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2/8/2014 Derrida en castellano - A Maurice Blanchot

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Derrida en castellano
Nietzsche
Heidegger
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A Maurice Blanchot
Jacques Derrida
Texto leído en el transcurso de la ceremonia de incineración de Maurice
Blanchot. el 2 de febrero de 2003. publicado en una versión resumida en
Libération, París. 26 de febrero de 2003. Edición digital: Derrida en castellano.

Texto en francés
Desde hace algunos días y algunas noches, me pregunto en vano de
dónde sacaré fuerzas para hablar aquí, ahora.
Me gustaría pensar, y espero poder seguir pensándolo todavía, que
esas fuerzas, que de otro modo no tendría, me vienen del propio Maurice
Blanchot.
¿Y cómo no estremecerse en el momento de pronunciar aquí mismo,
en este mismo instante, este nombre, Maurice Blanchot?
Sólo nos queda pensar interminablemente, prestar oídos para escuchar
aquello que continúa resonando, y no dejará de hacerlo, a través de su
nombre, en su nombre, no me atrevo a decir en “tu nombre”, pues me
acuerdo todavía de lo que Maurice Blanchot pensaba y había declarado
públicamente sobre esa excepción absoluta, ese privilegio insigne que la
amistad confiere, a saber, el de un tuteo del que él decía que era la suerte
única de su amistad con Emmanuel Lévinas.
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Emmanuel Lévinas era el gran amigo que Maurice Blanchot, como me
confesó en una ocasión, lamentó tanto ver morir antes que él. Quiero honrar
aquí su memoria y asociarla en este momento de dolor a las de Georges
Bataille, René Char, Robert Antelme, Louis-René des Forêts, Roger
Laporte.
Cómo no estremecerse al pronunciar aquí y ahora este nombre, este
nombre más solo que nunca, Maurice Blanchot, cómo no estremecerse
cuando, invitado a hacerlo, debo hacerlo en nombre de todos aquellos y de
todas aquellas, que aquí mismo o en otros lugares, aman, admiran, leen,
escuchan, se han acercado a aquel a quien tantos en el mundo entero, desde
hace dos o tres generaciones, consideramos como uno de los mayores
pensadores y escritores de este tiempo, y no solamente de este país?
Y no solamente en nuestro idioma, pues la traducción de su obra se
extiende continuamente y continuará irradiando con su secreta luz en todos
los idiomas del mundo.
Maurice Blanchot, desde que tengo memoria, a lo largo de mi vida
de adulto, desde que empecé a leerle (hace más de cincuenta años). y sobre
todo desde que le conocí, en mayo de 1968, y no dejó de honrarme con su
confianza y su amistad, me había acostumbrado a oír ese nombre de un
modo distinto a como se oye el nombre de alguien, un tercero, el autor
incomparable que citamos y en quien nos inspiramos; lo oía de un modo
distinto a como oímos el ilustre nombre de un hombre, un hombre del que
admiro tanto la fuerza de exposición, en el pensamiento y en la vida, como
la fuerza de retirarse, el pudor ejemplar, una discreción única en estos
tiempos. que le mantuvo siempre lejos. deliberadamente, por principio ético
y político, de todos los rumores y de todas las escenas. de todas las
tentaciones y de todas las seducciones de la cultura, de todo lo que nos urge
y precipita hacia la inmediatez de los medios de comunicación, de la prensa,
de la fotografía y de las pantallas. Uno se pregunta si, después de haber
abusado en ocasiones de su reserva y de su invisibilidad, la demagogia de
algunos no les lanzará mañana, precisamente demasiado tarde y empujados
por los remordimientos, sobre fetiches negociables, confirmando de este
modo la misma negación o el mismo desconocimiento.
Al hablar del alejamiento de Blanchot, desde hace varios decenios,
permitidme que dé las gracias aquí a Monique Antelme. Quiero expresarle
públicamente, en esta ocasión. mi gratitud y la de muchos otros. Este
reconocimiento es para una amiga cuya fidelidad, entre el retiro de Blanchot
y el mundo, entre él y nosotros, fue a la vez la de una aliada. en realidad la
alianza misma, la amable, generosa y leal deferencia.
Acabo de señalar la fecha de un primer encuentro, en mayo de 1968.
Sin pretender volver a recordar la causa o la ocasión de este encuentro
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personal, que para nosotros concernía ante todo a un problema de
naturaleza ética o política, quiero hacer notar solamente que en aquel
momento, en mayo de 1968. Blanchot estaba con todo su ser, cuerpo y
alma, en la calle, totalmente comprometido, como lo estuvo siempre, con lo
que se anunciaba como una revolución. Porque de todos sus grandes
compromisos, sin olvidar los de antes de la guerra, y los de la ocupación,
los de la guerra de Argelia y del “Manifiesto de los 121”, todos ellos
inolvidables también, y los de Mayo del 68, de todas estas experiencias
políticas nadie supo mejor que él, con más rigor. lucidez y responsabilidad,
extraer todas sus enseñanzas. Nadie supo mejor que él, ni tan pronto,
asumir las interpretaciones y las reinterpretaciones, incluso las
reconversiones más difíciles.
Este nombre, Maurice Blanchot, me había acostumbrado a
pronunciarlo, no ya como el de una tercera persona, el de un hombre
extraño y secreto del que se habla en su ausencia, y que uno descifra,
transmite, invoca, sino como el nombre de alguien vivo a quien en este
momento hablamos, a quien uno se dirije, un hombre que fue, más allá de la
nominación, la apelación siempre destinada a alguien cuya atención,
vigilancia, deseo de responder, exigencia de responsabilidad, asumimos
tantos de nosotros como las más rigurosas de estos tiempos. Ese nombre se
había convertido a la vez en el nombre familiar y extraño, tan extraño, tan
extranjero como el de alguien a quien llamamos o que nos llama desde
fuera. inaccesible, infinitamente lejos de sí, pero un nombre también íntimo y
antiguo, un nombre sin edad, el de un testigo de siempre, de un testigo sin
complacencias, de un testigo que vela en nuestro interior, del testigo más
cercano, pero también del amigo que no me acompaña, preocupado por
dejaros con vuestra soledad. siempre atento no obstante a permanecer
cerca de vosotros, atento a todos los instantes, a todos los pensamientos, a
todas las preguntas también, a las decisiones y a las indecisiones. El nombre
de un rostro que la amabilidad de la sonrisa no abandonó ni un segundo
durante todos nuestros encuentros. Los silencios, la respiración necesaria de
la elipsis y de la discreción, en el transcurso de aquellas conversaciones,
aquél fue también, por lo que puedo recordar, un tiempo afortunado, sin la
más mínima interrupción, el tiempo ininterrumpido de una sonrisa, de una
espera confiada y benevolente.
Una infinita tristeza me ordenaría ahora callarme y al mismo tiempo
dejar hablar a mi corazón, para responderle una vez más, o para interrogarle
como si esperara todavía una respuesta, para hablarle una vez más a él,
ante él y no solamente de él, como si estar ante él para dirigirme a él
significara todavía algo para él. Por desgracia esta tristeza sin fondo me
priva cruelmente tanto de la libertad como de la posibilidad de llamarle,
como lo hacía todavía hace poco por teléfono. Oía entonces el sofoco de su
voz claramente debilitada, pero haciendo esfuerzos por resultar
tranquilizadora evitando cualquier queja. Nada puede privarme del derecho
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a llamarle, allí donde, perdida toda esperanza, no puedo sin embargo
renunciar a hablarle –dentro de mí.
Y sin embargo. Maurice Blanchot en vida. Maurice Blanchot mientras
vivía, aquellos que lo han leído y escuchado lo saben perfectamente, fue
alguien que no dejó nunca de pensar en la muerte, incluso en su propia
muerte, en el instante de la muerte, lo que tituló El instante de mi muerte.
Pero siempre como lo imposible. Y cuando se obstinaba en hablar de la
muerte imposible (hasta el punto de que, como tantos de sus amigos, para
luchar contra los peores presagios de lo ineluctable, me animaba a veces,
haciéndome el ingenuo, esperando que fuera inmortal, o en cualquier caso
menos expuesto a morir, por decirlo de algún modo, que todos nosotros:
mientras que un día, al volver del hospital después de una caída de la que
acababa de reponerse, me escribió en un tono inhabitual: “Ya ves, estoy
hecho de buena pasta”), sí. cuando él se dedicaba a considerar la muerte
como imposible, no entendía con eso una victoria exultante de la vida sobre
la muerte, sino más bien la aquiescencia con aquello que viene a poner
límites a lo posible, y por tanto a todo poder, allí donde, La escritura del
desastre lo precisa, aquel que quisiera todavía dominar ese no-poder.
“convertirse en un maestro de la no-maestría”, debe entonces enfrentarse,
“como si fuera otro, a la muerte como aquello que no sucede o como
aquello que retorna (desmintiendo, de una manera demente, la dialéctica, y
conduciéndola a buen puerto) como la imposibilidad de toda posibilidad”.
Decir de la muerte que no tiene lugar, no es por tanto ni una afirmación del
triunfo de la vida, ni una negación, ni un arranque de rebeldía o de
impaciencia, más bien la experiencia de lo neutro que él define de este modo
en Le Pas au-delà:

La amable prohibición de morir allí donde de umbral
en umbral, ojo sin mirada, el silencio nos transporta con la
proximidad de lo lejano. Palabra por pronunciar todavía
más allá de vivos y muertos, testimoniando con la ausencia
de testimonio (p. 107).

Porque más allá de todo lo que una lectura precipitada nos haría creer,
más allá de lo que su constante atención a la muerte, a ese acontecimiento
sin acontecimiento del morir nos puede hacer pensar, Maurice Blanchot sólo
amó, y sólo afirmó, la vida y el vivir, y la luz de todo lo que se manifestaba.
Tenemos mil pruebas de ello tanto en sus textos como en la manera en que
ha aceptado la vida, en que ha preferido la vida, hasta el final. Me atrevo a
decir que con una especial alegría, la alegría de la afirmación y del “sí”, una
alegría distinta a la de la gaya ciencia, menos cruel sin duda, pero una
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alegría, la alegría misma de la felicidad que cualquier oído sensible no podía
dejar de percibir. En todos los escritos que dedicó a la muerte, es decir, en
realidad en todos sus escritos, ya se tratara de discursos de tipo filosófico o
filosófico-político que han zarandeado todo el campo del pensamiento, de
su historia, de sus obras canónicas y de sus progresos más inéditos, ya se
tratara de sus exégesis literarias que han inventado, a propósito de tantos
corpus franceses y extranjeros, otras formas de leer y de escribir, ya se
tratara de sus relatos, novelas, ficciones (que apenas se están empezando a
leer ahora y cuyo futuro está casi intacto), ya se tratara de todas las obras
que, como L’attente l’oubli o L’Écriture du désastre, mezclan de una
forma indisociable, y de una manera todavía inédita, la meditación filosófica
y la ficción poética, pues bien, en todas partes, lo mórbido y lo letal no
tienen nada que ver con el timbre o la tonalidad musical de esta palabra.
Contrariamente a lo que se dice a menudo y a la ligera. Ninguna
complacencia en él, numerosas citas podrían confirmarlo, con la tentación
suicida o con cualquier otro tipo de negatividad. Si leemos Le Denier
Homme, podemos oír a aquel que, antes de pronunciar “había llegado a
convencerme de que primero le había conocido muerto y después
moribundo” ya había dicho, cito, la “felicidad de decir sí, de afirmar
continuamente” (p. 12).
Me gustaría, para cederle definitivamente la palabra en el momento el
que para nosotros todo se reduce a la experiencia de las cenizas, leer
todavía algunas líneas de L'Écriture du désastre, ese inmenso libro
obsesionado por la innombrable incineración que fue el holocausto. cuyo
acontecimiento como se sabe, como si fuera otro nombre del desastre
absoluto, se convirtió pronto en el centro privilegiado de gravedad de su
obra. Como lo será indirectamente en todas partes, el holocausto fue
recordado en el principio del libro. Que designa la “quemadura del
holocausto, el aniquilamiento de mediodía”, y “el olvido petrificado
(memoria de lo inmemorial) que constituye el desastre”, incluso si ese
desastre, dice además. “lo conociéramos tal vez con otros nombres...” (p.
15).
¿Cómo y por qué el dolor y el duelo nos corta la respiración, por qué
nos sentimos desterrados, sin aliento, como si estuviéramos bajo el impacto
de un acontecimiento inaudito, en el momento en que nos abandona alguien
que sin embargo no ha dejado nunca, en sus obras y en sus cartas (como
pueden demostrar, casi sin excepción, todas las que he recibido de él desde
hace decenios), de hablar de la inminencia de su muerte, pero también de
que la muerte era imposible?, ¿y que de todas maneras, si no llegaba nunca,
era porque ya había llegado? No podíamos estar más preparados para su
muerte, preparados por él mismo, y al mismo tiempo más desamparados,
más mortificados, más tristes por adelantado y más incapaces de mitigar lo
imprevisible. La muerte siempre inminente, la muerte imposible y la muerte
ya pasada, tres certidumbres aparentemente incompatibles pero cuya
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implacable verdad nos ofrece el don de la primera provocación a pensar.
Aquello de que levanta acta y sella L'Écriture du désastre:

Si es cierto que. para cierto Freud, “nuestro
inconsciente no sabría representarse nuestra propia
mortalidad”, esto significa a lo sumo que morir es
irrepresentable, no solamente porque morir no tiene
presente, sino porque no tiene lugar, ni siquiera en el tiempo,
en la temporalidad del tiempo (pp. 181-182).

Luego, hablando de una particular “paciencia” que, dice él, “sólo
sufrimos ‘en nosotros’ como la muerte de otro o la muerte siempre otra, con
la que no nos relacionamos pero de la que. más acá del infortunio, nos
sentimos responsables”, concluye:

No hay nada que hacer con la muerte que siempre ha
tenido lugar: acción de la inacción, desvinculada de un
pasado (o de un futuro) sin presente. De este modo el
desastre estaria mas allá de lo que entendemos por muerte
por abismo, en cualquier caso por mí muerte, puesto que no
hay más lugar que para ella, desapareciendo sin morir (o lo
contario).

“...o lo contrario”: desaparecer sin morir o morir sin desaparecer, la
alternativa no es fácil. Se desdobla ella misma, como precisamente hoy
podemos ver. De aquel que nos la ha dado a pensar, podemos decir hoy
que muere sin desaparecer pero también que desaparece sin morir. Su
muerte puede seguir siendo inimaginable, a pesar de que ya ha tenido lugar.
Entre la ficción literaria y el irrecusable testimonio, L’Instant de ma mort
nos proporciona el relato y su inconcebible temporalidad. Aquel que
entonces, en cierto modo, murió ya, y más de una vez, sopesaba y
examinaba todavía lo imponderable. Cito:

[...] el sentimiento de liviandez que no sabría cómo
traducir: liberado de la vida?, ¿el infinito abriéndose? Ni
felicidad ni desdicha. Ni la ausencia de temor y tal vez ya un
paso mas allá. Sé, imagino, que este sentimiento inanalizable
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cambió lo que le quedaba de existencia. Como si la muerte
fuera de el no pudiera ya más que enfrentarse a la muerte
dentro de él. “Estoy vivo. No, estás muerto...

“Estoy vivo. No. estás muerto”, estas dos voces se disputan o se
reparten la palabra dentro de nosotros. E inversamente: Estoy muerto. No.
estás vivo.
La carta que acompañó el envío de L’Instant de ma mort, el 20 de
julio de 1994, me decía, desde las primeras palabras, como para señalar la
vuelta o la repetición de los aniversarios: “20 de julio, hace cincuenta años
conocí la felicidad de ser casi fusilado. Hace veinticinco años pisábamos por
primera vez la luna”.

Entre las advertencias más dignas que debo fingir por un momento
olvidar o traicionar están aquellas, memorables, de la amistad misma, quiero
decir, aquellas que dan paso, en cursiva, a la conclusión titulada “La
amistad” en el libro del mismo título L'Amitié, reunido y dedicado, como se
sabe, a la memoria y a la muerte de Georges Bataille:

¿Cómo aceptar hablar de este amigo? Ni para hacer
un elogio, ni en interés de cualquier verdad. Los rasgos de
su carácter. las formas de su existencia. los episodios de su
vida, incluso coincidiendo con la investigación de la que se
sintió responsable hasta la irresponsabilidad, no pertenecen
a nadie. No hay ningún testigo [...] Ya sé que están los
libros. Los libros permanecesn provisionalmente. incluso
cuando su lectura nos abre las puertas a la necesidad de
esta desaparición a la que ellos se retiran. Los libros mismos
remiten a una existencia (pp. 326-327).

Y en cuanto a “lo que introduce en ella de imprevisible la extrañeza del
final Blanchot insiste todavía:

Y ese movimiento imprevisible y siempre oculto en su
infinita inminencia —el de morir tal vez— no proviene de
que el termino no pueda darse por adelantado, sino de que
no constituye nunca un acontecimiento que tiene lugar,
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incluso cuando tiene lugar, [un événement qui arrive, même
quand il survient] nunca una realidad capaz de asirse:
inasequible y manteniendo totalmente inasequible a aquel a
quien está destinado (p. 327).

Estas palabras. retomémoslas. aprendamos esta distinción entre
sobrevenir [survenir] y llegar [arriver]. Digamos que la muerte de
Blanchot ha sobrevenido [survenue] innegablemente, pero que no ha
llegado, que no llega. Que no llegará nunca.[elle n’est pas arrivée, elle
n’arrive pas. Elle n’arrivera pas.]
Incluso si Blanchot nos ha puesto en guardia contra todas las leyes del
género y de la circunstancia, contra el elogio del amigo y contra el género
biográfico o bibliográfico de la oración, incluso si, de cualquier manera,
ningún discurso, aunque fuera interminable, podría compararse aquí con la
dimensión de semejante deber, permítanme dedicar algunas palabras a
aquellos y a aquellas que están aquí, sus lectores y lectoras, sin duda, pero
también sus familiares, vecinos y amigos que, en Mesnil-Saint-Denis,
colmaron a Maurice Blanchot con sus atenciones y su afecto hasta el final
(pienso en particular en Cidalia Da Silva Fernandes, a quien doy las
gracias); estas pocas palabras, por tanto. para convencerles una vez más de
nuestro agradecimiento y de lo siguiente: aquel a quien acompañamos hoy
aquí nos lega una obra que no acabaremos nunca de agradecer lo bastante,
tanto en Francia como en el resto del mundo. A través de los fluidos de una
escritura sobria y fulgurante, que interroga incesantemente y pone en duda
su propia posibilidad, ha influido en todos los dominios. en el de la literatura
y la filosofía, en los que no se ha producido nada que él no haya conocido e
interpretado de una manera inédita, en el del psicoanálisis, en el de la teoría
del lenguaje. en el de la historia y la política. Nada de aquello que habrá
preocupado al siglo pasado y ya a éste, sus inventos y sus cataclismos. sus
mutaciones, sus revoluciones y sus monstruosidades, nada de todo eso
escapó a la alta tensión de su pensamiento y de sus textos. A todo eso
respondería como si estuviera afrontando implacables exhortaciones. Lo
hizo sin el respaldo de ninguna institución, ni la de la universidad y ni siquiera
la de los grupos o asociaciones que constituyen en ocasiones determinados
poderes, a veces incluso en nombre o en representación de la literatura de
la edición y de la prensa. La irradiación a veces invisible de su obra en todo
lo que ha cambiado y transformado nuestras maneras de pensar, de escribir
o de actuar, no creo que pueda definirse con palabras tales como
“influencia” o “discípulos”. Blanchot no ha hecho escuela, dijo por lo demás
lo que tenía que decir sobre los discursos y disciplinas pedagógicas.
Blanchot no ha tenido eso que se llama influencia sobre discípulos. En su
caso se trata de algo muy distinto. La herencia que nos deja nos promete
una huella más íntima y más grave: inapropiable. Nos dejará solos. nos deja
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más solos que nunca con responsabilidades infinitas. Algunas nos
comprometen ya con el futuro de su obra, de su pensamiento, incluso de su
firma. La promesa que le hice a este respecto por mi parte seguirá siendo
indefectible, y estoy seguro de que muchos aquí compartirán esta fidelidad.

Con regularidad, una o dos veces al año, le telefoneaba y le enviaba
una tarjeta postal del pueblo de Eze. Hace dos años lo hice junto con Jean-
Luc-Nancy, nuestro amigo común que se encuentra hoy aquí, junto a mí, y
sobre quien Blanchot dirigió a menudo su pensamiento, particularmente en
La Communauté inavouable. Cada vez que le enviaba una vieja tarjeta
postal de antes de la guerra, después de haberla elegido en la tienda de
algún coleccionista que hay en las callejuelas de ese viejo pueblo de Eze, en
el que Blanchot, hace tiempo, había residido y sin duda se había cruzado
alguna vez con el fantasma de Nietzsche, de quien un camino lleva todavía
su nombre, cada vez por tanto, a medida que los años pasaban, no quería
preocuparme y me decía a mí mismo, con el mismo fervor ritual, afectuoso y
un poco supersticioso: todavía le enviaré otras muchas tarjetas postales.
Hoy sé que sin volver a echar ya esos mensajes al correo, continuaré
escribiéndole y llamándole, dentro de mi corazón o de mi alma, como se
suele decir, mientras viva.
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Sitio creado y actualizado por Horacio Potel