CONSTITUCIÓN DE CADIZ (1812) Y DECRETOS DE CORTES

La Constitución de Cádiz significó el despertar efímero de España al constitucionalismo y a la
modernidad en lo político y pretendió también más de un cambio en lo social. En sentido
estricto, se puede decir que la Constitución de 1812 es la primera de nuestra historia
constitucional, pues la Carta de Bayona de 1808 quedaba lejos del concepto moderno de
Constitución. Fue un texto breve en el tiempo de vigencia y muy limitado en su aplicación. Nació
en el contexto convulso del levantamiento popular frente al dominio francés, en pleno periodo
bélico. Participaron en su discusión desde el variado movimiento ilustrado español y quieres
abogaban por las doctrinas del liberalismo afrancesado hasta quienes se alineaban en la idea de
la restauración más conservadora y defensora de la tradición. Por eso, si bien en parte la obra
constitucional de Cádiz sigue muy de cerca el constitucionalismo francés, especialmente el que
se concreta en la Constitución de 1791 también tiene retazos de tradición.
Se ha dicho que la gaditana es una Constitución de síntesis entre la tradición y la modernidad.

Las Cortes fueron convocadas por la Junta Suprema Central Gubernativa y se convirtieron en el
primer Parlamento español en sentido moderno. Ejercieron el poder constituyente y a lo largo de
1811 llevaron a cabo los trabajos parlamentarios de elaboración del texto constitucional
finalmente promulgado el 19 de marzo de 1812 -festividad de San José- de donde le viene el
sobrenombre de “La Pepa”.

Pueden señalarse como notas más características de la Constitución de 1812 las siguientes:

a) Es un texto de una extensión desmesurada –nada menos que 384 artículos- y desborda
con mucho el número de preceptos que suelen tener los textos constitucionales (la
actual Constitución Española, también extensa, tiene 169 artículos). Así, regulaba con
detalle reglamentista numerosos aspectos como el sistema electoral o la organización de
los Ayuntamientos y Diputaciones o el proceso de elaboración de las leyes. Esta
minuciosidad, lejos de ser una solución, fue una fuente de problemas porque aparte de
mezclar lo principal con lo secundario daba carácter y rigidez de texto constitucional a
cuestiones menores y complicaba su adaptación a las necesidades.


b) Se caracterizó por una rigidez o resistencia al cambio extraordinaria. De entrada, prohibía
cualquier cambio en el plazo de ocho años desde su puesta en práctica (art. 375) y después,
para llevarlo a cabo, fijaba un procedimiento realmente complejo para cualquier modificación,
supresión o adición, al incluir numerosas fases en la propuesta y tramitación de la iniciativa
(intervención de tres Legislaturas) y ratificación del texto con mayorías de dos tercios (arts. 376
y siguientes). Esta híper rigidez reflejaba una voluntad de perdurabilidad de la obra de los
constituyentes gaditanos que a la postre se volvió contra la misma Constitución.

c) En parte fue un texto original, sobre todo ad intra pero menos si atendemos a los referentes
comparados y a la influencia francesa de 1791; es a la par revolucionaria (soberanía nacional y
división de poderes) y conservadora de la tradición (monarquía y confesionalidad). Aunque
carecía de un catálogo de derechos y libertades, algunos se formulaban dispersos en el texto y,
desde luego, fueron anticipados en los Decretos de Cortes: libertad de imprenta, inviolabilidad
del domicilio, ciertos derechos en materia penal, abolición de penas de horca, de tormento, de
apremio y confiscación de bienes y derecho de sufragio, universal –masculino- el activo y
censitario el pasivo. La Constitución contenía en su parte general un interesante artículo 4º
según el cual “La nación está obligada a conservar y proteger por leyes sabias y justas la
libertad civil, la propiedad y los demás derechos legítimos de todos los individuos que la
componen”. Este precepto seguía al que declaraba la soberanía de la Nación Española (artículo
3º).
En lo que se refiere a la organización de los poderes, las Cortes y el Rey eran poderes
constituidos. Las Cortes –unicamerales, según el modelo revolucionario- se reunían anualmente
y se nombraban por períodos de dos años y no eran reelegibles inmediatamente. En los tiempos
en que las Cortes no estaban reunidas se preveía la actuación de la Diputación permanente. Los
diputados gozaban de inviolabilidad y el cargo de diputado era incompatible con el de ministro,
de acuerdo con una aplicación más radical del principio de separación de poderes.
La Constitución no atribuía al monarca la facultad de disolución regia –rasgo propio de los
modelos de separación rígida de poderes- y tampoco era facultad suya la convocatoria. Las
Cortes tenía autonomía de existencia y funcionamiento y un extenso elenco de funciones (de
orden constitucional, en relación con la Corona –sucesión, regencia…-, legislativas –aunque
éstas compartidas con el rey-, tributarias y presupuestarias, entre otras). Quedaba así
establecido un modelo de monarquía limitada –monarquía moderada- aunque el monarca
participaba todavía de importantes potestades (compartía con las Cortes la función legislativa –
en la iniciativa y la sanción- y ejercía el poder ejecutivo –expedición de decretos y reglamentos,
nombramiento y cese de los secretarios de estado y despacho o declaración de guerra y paz o
mando de los ejércitos-). En la potestad legislativa el monarca tenía reconocido poder de veto.

El Rey, regulado en la Constitución por detrás de las Cortes (aquellas en el título III y este en el
Título IV) era declarado sagrado e inviolable y no sujeto a responsabilidad. Se le atribuía el
tratamiento de Majestad Católica y tenía asignadas numerosas funciones (arts. 170 y ss: aparte
de compartir el poder legislativo con las Cortes, tenía el poder ejecutivo, reglamentario,
declaraba la paz y la guerra, mandaba los ejércitos, dirigía las relaciones diplomáticas, etc.). En
este periodo, estamos muy lejos aún de la parlamentarización de la monarquía y no se atisba la
institución de un Ejecutivo colegiado, aunque los Secretarios de Despacho, dependientes del
nombramiento y cese del monarca, le asistían en el desempeño de la potestad ejecutiva.
Si bien la Constitución se aprobó en marzo de 1812 en parte el contenido de la misma y los
nuevos principios de soberanía nacional, división de poderes o el reconocimiento de algunos
derechos y libertades se habían adelantado mediante los Decretos dictados por las Cortes
generales y extraordinarias. Y es que el Decreto de Cortes fue el instrumento dispositivo
principal y cauce para la mayor parte de la decisiones de las Cortes. En septiembre de 1810
desde la sesión constitutiva de las Cortes los cambios políticos y sociales se impulsaron con la
aprobación de centenares de decretos y órdenes que empezaron a dar forma al nuevo Estado.
Es de destacar el Decreto de 24 de septiembre de 1810 que fijó los ejes del nuevo modelo
político-organizativo que después se plasma en la Constitución de 1812.Es esta la disposición
pionera con la que se afirmó el principio de soberanía nacional; la división de poderes y la
atribución a las Cortes del poder legislativo “en toda su extensión”. Estos tres principios figuran
entre los grandes pilares de la revolución, expresivos de la ruptura histórica que implica la
revolución gaditana.

No es exagerado decir que las Cortes de Cádiz desde su reunión en septiembre 1810 hasta 1813
ejercieron su plenitud de poder a través de esta figura extraordinaria del Decreto de Cortes.
Estos tienen un antecedente inmediato en los decretos asamblearios de la Revolución Francesa
de 1789 a través de los cuales se exteriorizaron decisiones de la Asamblea Nacional tan
relevantes como la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 o más
adelante la declaración de la República en 1792.