CUALES SON LOS INSTRUMENTOS DE LAS BUENAS OBRAS

(RB 4-07)
La Regla continúa en el versículo 59 relacionando dos elementos que me
gustaría presentar en sintonía con la espiritualidad de algunos Padres y de los primeros
cistercienses. El versículo se inicia con la frase de Gálatas: No realizar los deseos de la
carne(5,16). Pasa enseguida al mandato de aborrecer la propia voluntad y obedecer
los preceptos del abad, aún en el caso que él -Dios no lo permita- obrase de otro
modo, recordando aquel precepto del Señor: “Haced lo que os digan, pero no hagáis
lo que ellos hacen”.
Cuando San Pablo habla de no realizar los deseos de la carne lo dice en
contraposición a la vida según el Espíritu. Los deseos de la carne no son primeramente
los deseos del cuerpo, que tiene sus necesidades legítimas, sino los deseos carnales que
no están “orientados” por el Espíritu. Todo me está permitido, mas no todo me conviene
(1Cor 6,12), nos recuerda San Pablo. Es importante que tengamos muy presente la
antropología que subyace en ese pensamiento desarrollado por la tradición patrística y
por nuestros padres cistercienses. El alma que vivifica nuestro cuerpo es algo más que
un alma animal, buscadora instintiva de la supervivencia, la procreación y el bienestar.
Nuestra alma tiene una vertiente espiritual que nos proyecta a valores superiores. Es la
doble imagen del animus y del anima, alma “masculina” y alma “femenina” que
vivifican tanto al varón como a la mujer. En este sentido, el anima debe someterse
siempre al animus, el instinto a la razón, para que haya armonía en nuestra casa corporal
(tanto en la del hombre como en la de la mujer). En esta línea se debieran interpretar
ciertos textos bíblicos –que, como diría Orígenes, no tienen sentido literal, pero sí
espiritual- en una comunidad cristiana donde ya no hay hombre ni mujer, porque todos
somos uno en Cristo Jesús, estando jerarquizados no por nuestra condición sexual, sino
por nuestro servicio y obediencia mutuas. Lenguaje que no siempre se entiende al leer la
palabra de Dios, por lo que, como decía San Pablo cuando hablaba del don de lenguas,
hay que preguntarse si no es mejor callarse para no escandalizar cuando no hay nadie
que traduzca para los no iniciados que nos escuchan.
Para que no predomine el anima sobre el animus, sino que le esté sumisa, es
importante escuchar la voz de éste, para vivir así según el espíritu, que vivificará
nuestras necesidades humanas. La obediencia al abad en este contexto podemos
interpretarla como un reconocimiento del carisma recibido, carisma espiritual que va
más allá de su valer personal y de sus mismas carencias. Su papel, como el del animus,
busca discernir nuestros deseos, animando a un dominio de sí que no nos permita
enredarnos en nuestros caprichos, lo que además nos abre a horizontes mayores. Mi yo
corporal se reduce a las dimensiones corporales del espacio y del tiempo que terminarán
desapareciendo. Mi yo espiritual, sin embargo, es lo que me abre a los otros y me
trasciende, lo que me hace sentir miembro de algo más amplio, entrando en comunión
con la humanidad y con el Espíritu de Dios que todo lo vivifica. Guiar mi pequeño yo
desde el animus espiritual, me provocará insatisfacción inmediata por no poder dar
rienda suelta a todos mis apetitos, pero me abrirá a los demás. Así sucede en el interior
de cada uno y en el seno de la comunidad.
Continúa este capítulo de la RB con una frase tomada de la Passio Iuliani (46):
No desear ser tenido por santo sin serlo, sino serlo efectivamente, para que como tal
le consideren con toda justicia. ¿Por qué habríamos de desear ser tenidos por santos?
Sin duda porque para nosotros ese es un ideal de vida, si es que superamos ciertos
rechazos del lenguaje posconciliar y una visión perfeccionista que se aleja de la santidad
de Dios en el amor. Es curioso que cada uno tienda a presumir del camino que ha
comenzado, deseando que los demás le consideren en un estado avanzado del mismo. El
que ha terminado una carrera universitaria se esfuerza por presentarse como tal
profesional siempre que puede, apresurándose a hacer tarjetas con su nombre y su
profesión y dejar testimonio de ello en todo membrete que le afecte. Y tanto más lo hará
cuanto más principiante sea. Necesita ser reconocido por los demás para darse seguridad
de ser o tener lo que, quizá por el momento, tan sólo puede ansiar. Pero incluso a un
aprendiz de ratero le gusta ser tenido por carterista, estafador o ladrón reconocido. Cada
cual quiere que los demás le reconozcan lo que aún no tiene pero se ha puesto en
camino para alcanzarlo. Y, paradójicamente, cuanto más se ha avanzado en el camino,
menos preocupación hay de que los demás me reconozcan lo que yo ya sé que poseo.
Querer ser tenido por santo es signo de que valoramos la santidad, al mismo
tiempo que revela que todavía no la tenemos. Con frecuencia confundimos nuestros
deseos con la realidad. Iniciamos un camino y pensamos que ya somos maestros del
mismo. Pero eso no es así. Es cierto que podemos engañar a los de fuera, pero no a los
de dentro ni a nosotros mismos. Cuando vamos a un hospital y vemos a alguien con bata
blanca y un fonendoscopio al cuello, le tenemos por médico, pero algunos no tienen
más que el título y la bata, aunque les agrada se les llame doctor. Bien sabemos que a
nosotros nos sucede lo mismo, y tanto más cuanto más lejos estemos de la realidad. San
Benito nos pone los pies en el suelo y nos recomienda trabajar primero en lo que
deseamos, sin buscar un reconocimiento que nos puede distraer y engañar. Los
reconocimientos han de venir solos si quieren ser auténticos. La verdad se impone por sí
misma y no por las muchas palabras que salen en su defensa.
Y San Benito da una lista muy concreta de una vida en santidad que viene a
reducirse a la vivencia del amor. Pero para ello recuerda que debemos huir de la
vanagloria y no caer en los celos o la envidia. La primera nos impide ver más allá de
nosotros mismos, al estar tan preocupados por nuestra imagen. Lo segundo, nos impide
ver con claridad, incapacitándonos para ver lo bueno y recto de los hermanos. Mal
consejeros son los celos y la envidia, absolutamente incompatibles con el amor cuando
les hemos dado consentimiento. Bien lo sabemos, la santidad no es otra cosa que la
vivencia del amor que se da gratuitamente y que acoge misericordiosamente. Y la
vivencia del amor es como un estado, donde el anima se deja gobernar por el animus y
mira siempre a su modelo, el Espíritu de Dios. Los actos de amor no son más que el
reflejo de una vivencia interior, del que se ha dejado transformar. Quien así vive no
busca ser reconocido, aunque todos lo reconocen. ¿Cómo solemos actuar? Si nos
examinamos lograremos descubrir las causas por sus efectos, la realidad en la que
vivimos por la imagen que transmitimos.