Ciencia: “Hay que poner en cuestión el mito de

la ciencia universal”
Año 3. Edición número 143. Domingo 13 de febrero de 2011
Por Matías Alinovi ciencia@miradasalsur.com
El físico e investigador Diego Hurtado acaba de publicar su libro La ciencia argentina: un
proyecto inconcluso (1930/2000).

Entrevista a Diego Hurtado, historiador de la ciencia
Diego Hurtado dirige el Centro José Babini, de la Universidad Nacional de San Martín.
Aunque se doctoró en física, es investigador del Conicet en el área de historia y suele
decir que vive su profesión como una larga transición entre una y otra disciplina.
Acaba de publicar La ciencia argentina: un proyecto inconcluso (1930-2000), un libro
que estudia las instituciones de la ciencia en el país. Desde España, donde participa
de un seminario sobre ciencia y sociedad, dialogó con Miradas al Sur.
–La ponencia que usted presenta en estos días se llama La organización de la ciencia
en la Argentina, un proceso de institucionalización escindido (1933–1966). ¿Por qué
elige hablar de escisión al considerar la institucionalización de la ciencia argentina?
–Durante la década del ’40, en la Argentina se promovieron dos representaciones
divergentes del campo científico. Una parte importante de la comunidad científica
argentina, reunida alrededor de la figura de Bernardo Houssay, promovió la actividad
estructurada alrededor de valores como la libertad de investigación, que también
significaba autorregulación, y la asimilación de los estándares internacionales.
Mientras tanto, el gobierno de Perón fue construyendo un lugar para la ciencia y la
técnica, integrándolas a iniciativas de planificación económica y a la resolución de
problemas nacionales de relevancia para el desarrollo social y económico: energía,
salud, recursos naturales, defensa. El golpe de 1943 y el posterior proceso de
enfrentamiento entre poder político y universidades polarizaron estas posiciones. El
resultado fue un proceso escindido de institucionalización.
–¿Es decir?
–Mientras el grupo de Houssay intentó construir un sistema de filantropía que le diera
autonomía financiera del Estado y promovió la creación de una serie de institutos
privados, desde el Estado se promovió la creación de instituciones como la Dirección
Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, la Comisión Nacional de Energía
Atómica o el Instituto Antártico Argentino. Con el golpe militar que derrocó a Perón,
estas dos improntas ideológicas, cada una por su lado, se desplegaron en la identidad
de las instituciones de ciencia y tecnología.
–De acuerdo a su ponencia, ese período se clausura en 1966, con la Noche de los
Bastones Largos.
–Ese hecho, como eslabón de una larga cadena de acontecimientos que debilitaron la
ciencia argentina, se vuelve paradójico al considerar la respuesta migratoria de
muchos científicos de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA. Yo pude hablar con
algunos de ellos y las opiniones aparecen divididas. Mientras que algunos hacen una
autocrítica y sostienen que fue una equivocación dejar la universidad, otros, como
Rolando García, sostienen que volverían a hacer lo mismo. Se puede hablar de un
tercer grupo que creyó que las renuncias iban a obligar al gobierno a dar marcha
atrás. Retrospectivamente, este episodio es la manifestación de un factor estructural
de los años ’60: el contexto de guerra fría, el “miedo al avance del comunismo en
América latina” y, como respuesta, la incorporación de las doctrinas de la seguridad
nacional. Yo creo que las universidades argentinas estaban condenadas por una
política que tenía entre sus metas su sistemático debilitamiento y que la renuncia de
profesores que siguió a la noche de los bastones largos facilitó este proceso.
–Creyendo defenderse de unas calamidades, alentaron tal vez otras peores. ¿Cree
que hoy la ciencia argentina debe avanzar hacia un proceso de centralización
política?
–Yo pensaría en términos de una política científica integral coherente con las políticas
de salud, de desarrollo social y la política económica, por ejemplo. El Ministerio de
Ciencia debe liderar el proceso complejo de elaboración de esta política con el apoyo
y coordinación de otros ministerios. Una política integral debe trabajar sobre la
comprensión del lugar que debe ocupar la ciencia en nuestro país. Esto significa
poner en cuestión algunos mitos y presupuestos vinculados a las representaciones
hegemónicas, que son expresadas en máximas que están naturalizadas. Por ejemplo,
que la ciencia es universal. Los productos de la ciencia son universales, no su
práctica, ni los temas considerados relevantes, que son los que marcan las agendas
de los países desarrollados. Utilizamos conceptos como tecnologías de punta, ciencia
de frontera o hightech, que están cargados de ideología. Para los países en desarrollo
el sentido de estos términos puede ser muy diferente. Tomando la metáfora de la
frontera, podemos pensar que hay muchas fronteras del conocimiento, dependiendo
del sendero de desarrollo seleccionado. También repetimos que “la ciencia trabaja
para beneficio de la humanidad”, pero la historia demuestra cómo también fue un
instrumento de dependencia y cómo desde el siglo XVII fueron incrementándose los
mecanismos de apropiación selectiva y privatización del conocimiento. Se habla de
“acortar la brecha tecnológica con los países avanzados”, pero el concepto de brecha
significa que hay que seguir la huella de los países desarrollados, copiando,
comprando, pagando regalías. Esta visión de la ciencia lleva a pensar, por ejemplo,
que cualquier colaboración de científicos argentinos con grupos de investigación de
países avanzados es buena a priori. Los resultados más frecuentes son, o bien que
los científicos no regresan, o bien que se multiplican en el país líneas o temas de
investigación subordinados a los intereses de los países centrales.
–En materia científica y tecnológica, ¿todavía se debe dar una profunda discusión
ideológica?
–Hace poco leí una entrevista en la que Pablo Kreimer, reconocido sociólogo de la
ciencia, decía algo con lo que estoy en desacuerdo. Decía que un laboratorio de
Dresden, Alemania, puede ser tan periférico respecto de Berlín como uno de Buenos
Aires. Un laboratorio de Dresden puede ser de tercera o cuarta línea en Alemania,
pero está integrado a un sistema de instituciones científicas y técnicas propias de un
país desarrollado, con políticas robustas en ciencia y tecnología, que lo incluyen, y
cuyos temas de investigación vienen dados por la agenda fijada por esas políticas,
que responden a los intereses de su país. Por el contrario, para que se lo considere
competitivo, un laboratorio de un país periférico debe estar integrado de manera
híbrida a varias redes que, en general, responden a políticas científicas ajenas a su
contexto social y económico. Desde la perspectiva de la ciencia y la tecnología
consideradas como instrumentos de política exterior, los laboratorios de la periferia
padecen coerciones, diversas formas de exclusión que no padece un laboratorio de
Dresden. Los laboratorios no pueden ser unidades de análisis desconectadas del
contexto socioeconómico. Si la noción de periferia científica no queda definida por
variables geopolíticas y geoeconómicas, que son las que definen la noción clásica de
periferia, ¿qué rasgos definen la definirían? La respuesta que se infiere de la idea
criticada es productividad y calidad. Si un laboratorio produce mucho y publica en
revistas prestigiosas, entonces es central; si produce poco o publica poco en revistas
prestigiosas; entonces es periférico. Debemos revisar ese tipo de concepciones
ideológicas trágicas para nuestra historia.


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