El multifacético perfil de la impuntualidad

A continuación se presentan varios intentos de explicación acerca de la
impuntualidad en nuestro medio. Según una interpretación, no sería más que
el resultado de la interiorización del desorden social vigente en la conducta
cotidiana de la gente. Se trataría pues de una adaptación de la persona a
condiciones sociales ya dadas. Pero es también la pervivencia de un hábito
poco ético cultivado precisamente por los mismos actores que se quejan de él
y lo reconocen como retardatario. La situación recuerda al adicto que
confiesa su afección y al mismo tiempo se auto-repudia por no poder
remediarla por sí mismo y ser su principal causante. Nuestra impuntualidad
es, principalmente, un ritual, una práctica muy difundida, mecánica e
inconsciente sobre la cual no nos cuestionamos. Esto es, un hábito cultural
que se reproduce sin racionalizarlo.

Desde otro ángulo, la impuntualidad asoma como la señal más
epidérmica de desapego hacia las propias obligaciones. Estaríamos ante el
signo más obvio de una ausencia de identificación con las tareas cotidianas.
Esto es, una falta de compromiso real, una apatía hacia el quehacer diario. Y
como siempre sucede en la vida social, esta falta de entrega perjudica, en
última instancia, a otras personas.

Muy ligado a los anterior estaría el o los prejuicios subyacentes.
Nuestra sociedad es terreno fértil de ideas preconcebidas hacia los demás. Si
esto es verdad, la impuntualidad es la cara disimulada del desprecio o de la
subestimación del otro.

Otra interpretación expone la impuntualidad como un mecanismo de
evasión de las tensiones cotidianas. La cara fáctica de un mecanismo que
busca aplacar nuestra ansiedad y mantener a raya la frustración y los
reproches hacia uno mismo. Este conformismo se esfuerza por “normalizar”
un comportamiento ciertamente retrógrado pero igualmente muy extendido.
La impuntualidad sería, para algunos, un reductor de estrés o un empeño por
mantener el ritmo personal para hacer las cosas.

Otra mirada, esta vez desde los receptores de la impuntualidad, la
desnuda como una falta de confianza personal, un conformismo hacia el otro
que nos ofende con su tardanza. Hay aquí una pasividad y falta de asertividad,
una incapacidad o temor para expresar nuestra molestia y reclamarle al otro
su falta.

Para ser justos, debe decirse igualmente que ser puntual es indicador
de una vida relativamente decorosa, pasada y presente, y de estabilidad
psicológica o buena salud mental. Desgraciadamente, para amplios sectores
de nuestra población, agobiados por una vida marcada por las carencias
materiales y personales, la puntualidad es un lujo que no pueden darse.


Orbegoso, A. (2007). Epílogo. En “La deshora peruana o la impuntualidad en el Perú”
(pp. 51-52). Colección Realidad Nacional. Lima: Editorial Universitaria