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El tema de la responsabilidad intelectual es todo él una cuestión de nuestro tiempo. A Sócrates no se le ocurrió plantear ante los sofistas este problema. Se discutía entonces un asunto más radical, es a saber, si la inteligencia (o la razón), puede alcanzar el ser de las cosas. Los sofistas no eran unos irresponsables intelectuales: muy al contrario, eran gente seria, pues seriedad implica el decir que el ser es inaccesible, y que sólo debemos ocuparnos de las cosas mismas, en cuanto prácticas, en cuanto pragmáticas. El triunfo de Sócrates no fue contra la charlatanería de los sofistas sino contra su escepticismo. ¿Habrá algo menos irresponsable que un utilitarista? Pues, bien, en el fondo esta era la posición de los sofistas (1). Así como la responsabilidad moral y la penal y la económica son temas relacionados íntimamente a un posible abuso en el orden moral, o en el penal o en el económico, de igual manera la responsabilidad intelectual es una cuestión que sólo se suscita cuando se presenta el abuso de la inteligencia. Y este abuso de la inteligencia no fue conocido ni en la antigüe(1) Cf. W. Jeager, Paideia, t. II, p. 127 y ss. (vers. esp., México, 1944) ; Julián Marías, Introducción a Platón, en la trad. del Fedro, p. 57 y ss. (Ed. Revista de Occidente, Argentina, B. Aires, 1948) ; Ernst Hoffman, Griechische Philosophie bis Platón, p. 109 y ss. (F. H. Kerle, Heidelberg, 1951) .

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dad ni en la Edad Media; tampoco en los primeros siglos de la llamada Edad Moderna. Corresponde quizás a la última centuria que llevamos de vida histórica, es decir, de 1850 hasta nuestros días, el que la inteligencia empiece a abusar de su tarea, el que no responda por lo tanto a la misión que siempre se le tuvo asignada. En efecto, casi contemporáneos son Nietzsche, Oscar Wilde, Bernard Shaw, Proust, Gide, y en ellos cabe localizar buena parte del origen en el abuso de la inteligencia. No niego que en muchos de ellos, primordialmente en Nietzsche, palpitará en lo hondo una inconformidad contra la suficiencia filistea de las gentes de su tiempo, inconformidad que se dirigía desde luego a la búsqueda de valores elevados y que pugnaba por hallarlos a contra vía, es decir, por caminos distintos de los que la humanidad había trasegado milenariamente. Pero en todos los citados y en otros más de menor prestancia, se anuncia ya la posibilidad de hacerlo todo con la inteligencia, lo que no es otra cosa que una manera de caricaturizarla y ponerla en ridículo (2). El intelectual de nuestro tiempo tiene su filiación en estas grandes figuras de la cultura moderna. Su inteligencia ya no sirve para el conocimiento de la verdad, sino que "es una forma de la propaganda", para usar una expresión spengleriana. En este momento agónico, la inteligencia es "voluntad de vida",
(2) "Nada hay serio, excepto la pasión. La inteligencia no es una cosa seria, ni lo fue nunca", dice Oscar Wilde en Una mujer sin importancia.

"fuerza vital", "principio dinámico práctico", en ningún caso voluntad de verdad. Pero con todo, ni siquiera me refiero a esa decadencia de la filosofía que describe Spengler en su famoso libro, decadencia que radica en el abandono de los grandes temas metafísicos para caer en un encismo de carácter social y práctico, mezquino en sus miras, y lánguido en el aliento vital que lo informa. Si por este aspecto, todas las culturas, en el sentido del maestro alemán (3) han padecido en sus finales una desviación de este orden, lo que ahora contemplamos es algo de peor calidad todavía, pues que no significa otra cosa que el torpe aprovechamiento de la inteligencia para expresar toda clase de pensamientos, así sean ellos verdaderos o falsos, calumniosos o veraces, símbolos de autenticidad o recursos de la más refinada simulación. Nadie osaría negar que en mucha parte el origen de este mal tan peculiar a nuestra época corresponda también al periodismo, una necesidad típicamente occidental, desconocida completamente antes, y ello por razones obvias. Desde que diariamente un ejército de hombres que se llaman periodistas, se vean en la necesidad de ganarse la vida, escribiendo, sin saber si tienen algo que decir, y sí sólo en posesión de unas múltiples maneras de decirlo, resulta entonces claro que el pensamiento debe derivar hacia zonas distintas de las de su objeto propio que es la de expresar la verdad. Ya es una hazaña que exis(3) Cf. La decadencia de Occidente, t. II, en esp. p. 223 y ss. (vers. esp., Madrid, 1925) .

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tan periodistas que sepan sustraerse a la necesidad de falsificación, aun a costa de que se les llame triviales y adocenados. Pero si miramos más a fondo, ¿no está afectada de periodismo toda la cultura moderna? ¿Cuántos son los escritores de novelas, de ensayos, de crítica literaria y biografía que se ven urgidos a sacar tres y cuatro libros anuales, al principio por necesidad, otras veces por codicia y siempre por el temor de aparecer sepultados en vida, como escritores sin vigencia y sin público? En tales condiciones, no es de esperar que la inteligencia que mueve esas plumas y configura esos estilos, pueda ocuparse de otra cosa que de atender al oficio. Si el mundo está tocado de imbecilidad, es porque la inteligencia se halla contagiada de excesiva vivacidad. Como en la frase nietzscheana, aspira más que a la vida eterna, a la vivacidad eterna. Entonces cabe llamar a responder a la inteligencia. Y como toda respuesta, esta de la inteligencia es respuesta a alguien y respuesta sobre algo. En otras palabras, la inteligencia debe responder hoy a la pregunta sobre su misión, dando cuenta, a la vez, acerca de la manera como la ha cumplido en nuestro tiempo. Y esta situación en que se halla la inteligencia, cabe trasladarla a la universidad de nuestros días, ya que la universidad no fue otra cosa en sus orígenes ni puede renunciar a ser cosa distinta que la "inteligencia como institución", como se expresara Ortega y Gasset (4).
(4) En el centenario de una universidad (la de Granada, 1932) , Obras Completas, t. v, p. 461 (Madrid, 1947) .

La universidad medieval surge en las escuelas. Por ello se llamarán, durante largos siglos, "escolares" a los alumnos que la integran. Las palabras escolar y escuela tienen una raíz común en el griego más antiguo que significa "tiempo de ocio", o el ocio mismo. Esto porque se suponía que el tiempo escolar es la otra cara de la medalla de "los días laborales". La labor, el trabajo consistía para los griegos en la producción de cosas útiles, de krémata, objetos al fin y al cabo del comercio y del trueque, con los cuales se atendía a la subsistencia propia y de la familia. El escolar, en cambio, sólo tenía por misión la theoria, la contemplación. Tan agudamente extremaba el hombre antiguo la distancia entre la labor intelectual y los demás oficios, que Platón recoge en uno de sus diálogos más celebrados, el Teethetos, la leyenda del viejo Tales que un día cayera a una fuente por estar mirando las estrellas, lo que provoca la risa burlona de su esclava tracia. Y se hace cuestión largamente debatida entre Sócrates y su interlocutor en el diálogo citado, la de saber si aquél que por estar "contemplando las cosas celestiales, no ve las que tiene ante sus pies", puede ser objeto de respeto y no más bien de burla y risa (5). Hasta este punto está pues vinculada la Universidad con la inteligencia y los menesteres de este orden, que suena a contradicción el que hoy hablemos de universidades industriales, obreras, artesanales, etc., pues el que concurre a una universidad no pue(5) Cf. Josef Pieper, La situación actual del que (Rev. Arbor, septiembre-octubre, 1952, Madrid) . filosofa

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de hacerlo en otro papel que en el de intelectual, así su labor cotidiana y su subsistencia se radiquen en humildes quehaceres extraños a la contemplación desinteresada. El "kalos sjolazein", el entretener bellamente los ocios, tiene que seguir siendo la actitud interior del que concurre a las aulas, pues sin ella se frustra el propósito, fracasa la intención (6). Claro está que la labor intelectual de estos tiempos se halla muy lejos de poder ser llamada una bella entretención de los ocios. Los problemas del saber son hoy tan arduos que sólo pueden afrontarse "cura ira et cum studio", con ahinco, con pertinacia desusada en cualquier otro menester. Ya San Agustín, para fundamentar su voluntarismo, observaba cómo la palabra "estudio" significa ardiente dedicación y firme voluntad de saber. "Quod si ardenter atque instanter vult, studere dicitur." (7). Y Ortega en alguna parte apuntaba cómo al escolar medieval ha sucedido el estudiante de nuestros tiempos. No cabe duda que ello es debido al principio del esfuerzo que todo saber supone hoy, tan contrario a la apacible contemplación de los antiguos. Y esto tendrá cimeras consecuencias de que nos ocuparemos adelante. Pero "escolar" o "estudiante", de cualquiera manera que se les llame, son ellos los primeros en el derecho de hacer a la Universidad la siguiente pregunta, la pregunta fundamental, la que la universidad
(6) Cf. P. L. Landsberg, La Academia Platónica, p. 175. (Vers. esp., Madrid, 1926.) (7) Cf. E. Gilson, Introd, a l'étude de St. Agustín, p. 175 (París, 1949) .

debe responder: ¿Qué función desempeña en los claustros universitarios la inteligencia? ¿Cumple en ellos su función radical de buscar la verdad, de inquirir por la verdad, de crear la verdad? ¿Saben a la vez esos mismos claustros cuáles son los límites de la inteligencia? Ante todo digamos que el estudiante a que nos referimos no es solamente el que ya está en los claustros, sino también el que está por fuera de ellos y aspira a recibir de la universidad lo que ella por esencia ofrece que es nada menos que una vida intelectual. En este sentido, la responsabilidad de la universidad opera primordialmente ante todo en el que tiene un interés por la inteligencia. Con esto se alude a una sociedad o a una parte de la sociedad, que no es otra que el grupo intelectual, con derecho a exigir de la institución universitaria el cumplimiento de sus finalidades. La verdad, tal como la concibe actualmente la filosofía, es tanto cuestión de descubrimiento como de creación. Y esto porque el mundo a que la verdad se dirige no es sólo un mundo que no es dado sino también un mundo por nosotros construido. Cierto es que nuestra inteligencia está limitada por los materiales con que la verdad se construye; por tanto, respecto de estos materiales cabe siempre la actitud pasiva del intelecto, tal como la miraron los griegos clásicos: en otras palabras, cabe cumplidamente la contemplación. Mas por otro aspecto, esos mismos materiales no son más que el punto de partida de un acto creador

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de nuevas verdades, no sólo en p l a n ideal, sino como creaciones reales: en tal estado se hallan hoy todas las geometrías no euclidianas (8). La ciencia ha llegado, por tanto, en nuestros días a desempeñarse en forma análoga a la de la actividad artística: libre es ésta por así decirlo, no sólo de escoger sus materiales para la obra de arte, mas también de escoger el propio tema en q u e el objeto artístico h a b r á de desenvolverse. P e r o ocurre q u e u n a vez elegido un d e t e r m i n a d o material, escapará ya al artista la libertad para producir estéticamente un objeto cualquiera: de un m á r m o l de Carrara jamás resultará bien un lindo bibelot, ni con gutapercha se construirá adecuadamente u n a Afrodita de Melos. De igual m a n e r a hay u n a ley de la coherencia artística: lo q u e se inició como Moisés en Miguel Ángel no habría podido concluirse corno pileta pública, ni un c u a d r o de W a t t e a u servirá n u n c a como p r o p a g a n d a a u n a urbanización campestre (9). Subsisten en la ciencia m o d e r n a estos dos momentos en la b ú s q u e d a de la verdad. Se busca de dos maneras la verdad: o bien p a r a inquirir su h o n d o arcano estático, o bien p a r a establecer sus nuevas posibilidades dinámicas. Por ello es por lo que el clásico intelectualismo y el voluntarismo del saber, iniciado en los albores d e ] la edad m o d e r n a por Bacon y Descartes (10), se u n e n
(8) Cf. J. D. García Bacca, Introducción filosófica a la "Geometría" de Euclides, Primera parte. (En: Elementos de Geometría, Euclides, México, 1944.) (9) Cf. M. Heidegger, El origen de la obra de arte (vers., esp., Bogotá, 1953) y un ensayo del autor titulado La nobleza de los materiales en la obra de arte (Rev. Estudios, Medellín, 1947). (10) Cf. I. Pieper, op. cit.

hoy en u n a síntesis superadora, proveniente de la imagen del m u n d o q u e nos da la ciencia actual, a través de su actividad intelectual. De d o n d e resulta q u e la primera misión de la universidad es esta forma de búsqueda de la verdad de tipo m o d e r n o , q u e es a un tiempo saber y técnica, contemplación y creación, escolaridad y estudio. Visto en tal perspectiva, es evidente q u e la universidad colombiana, nuestra universidad apenas muy t í m i d a m e n t e trata de cumplir esta su primera misión. Es a q u í d o n d e cabe p l e n a m e n t e la palabra libertad. Es en esta zona d o n d e la ausencia de libertad es tan fatal como lo sería según la trivial imagen, la del oxíg e n o p a r a la célula viva. El Estado totalitario de nuestro tiempo no puede concebir este tipo de investigación, ni puede estatuir esta forma de ciencia ni de filosofía, p o r q u e en la raíz del sistema que lo hace posible está la planificación total, la proscripción de toda iniciativa individ u a l y creadora. Esta universidad se halla por lo tanto m u y fuera de los marcos de toda organización totalitaria (11). P e r o ocurre q u e al lado de la universidad que investiga está la universidad q u e enseña. Y que enseña,
(11) En especial, por lo que toca a la filosofía, ver: La filosofía y la Universidad en el pensamiento clásico alemán. Werner Goldschmidt (separata de Notas y Estudios de Filosofía, Tucumán, enero-marzo 1953) ; La Universidad y la Razón, Karl Jaspers (Rev. Alcalá, Madrid, enero de 1954) ; Teología y Universidad, Raimundo Páníker (Rev. de Educación, Madrid, No. 16, 1953) , La Educación Formal en la Universidad, José Perdomo (Rev. de Educ, Madrid, No. 21, 1954) , y el notable ensayo de Josef Pieper ya citado.

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no ya a investigar, sino a conocer la ciencia establecida. Es a esta universidad a la que se refería Hegel cuando protestaba contra la libertad de cátedra, aduciendo el principio de que la razón es capaz de conocer la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. "En el campo de la Filosofía fulmina Hegel contra la funesta costumbre de los alumnos de tener pensamientos propios." Esto derivado de su idea según la cual la filosofía sin sistema es tan insensata "como la estatua de un dios sin figura" (12). En esta ilación, ¿cabrá distinguir entre el personal universitario, aquél que concurre a las aulas para la investigación del que sólo a ellas asiste para aprender lo ya investigado y elaborado? No hay duda alguna que la masificación de la universidad, el inmenso afluir de estudiantes a ella, impone el que se haga esta discriminación inaplazable. A medida que la población mundial crece en las proporciones que nos enseñan las estadísticas, al paso que los instrumentos de divulgación se extienden todos los días en formas cada vez más aptas a transmitir conocimientos, no cabe detenerse a meditar si será posible someter a esta enorme multitud de gente ansiosa de saber, al previo requisito de que demuestren una capacidad propia para la investigación. Es menester entonces que se les dé un saber fijado, una doctrina hecha (13).
(12) Cf. W. Goldschmidt, ens. cit. (13) Sobre la masificación de la enseñanza universitaria, ver: La Educación, fenómeno social, Manuel Fraga Iribarne (en Cuadernos Hispanoamericanos, No. 46, octubre, 1953) y Universidades Norteamericanas, Emilio Willems (en Panorama, Rev. Interam. de Cultura, Unión Panamericana, Washington, No. 7, 1953).

Por ello, en las universidades, los llamados seminarios de investigación no pueden ser obligatorios para todo su personal discente. Es, pretenderlo, una simple utopía. Mas si se proclama la necesidad de una cátedra fijada, de una cátedra estatuida, ello no significa que haya de desembocar en la cátedra de propaganda. La enseñanza deja de serlo, si lo que se trasmite ha de obedecer a un sentido distinto del de dar a conocer. Y esto toca especialmente con la enseñanza de la filosofía. Todo profesor normal de filosofía debe enseñar esta materia o bien adhiriendo a un sistema cualquiera o bien al suyo propio, si lo considera digno de tal menester. Pero si ya es censurable tergiversar las doctrinas ajenas para confirmar mejor el sistema que se explica, resulta simplemente inmoral exponer lo que otros han pensado, mediante falseamientos y voluntarias caricaturizaciones, para servir fines políticos, éticos y religiosos, así sean ellos los más elevados. Y hemos llegado a la altura en que podemos plantear el problema de la libertad intelectual. ¿A qué viene este tema, a menudo suscitado en universidades y centros académicos, en la prensa y en los parlamentos? Justamente la cuestión de la libertad intelectual sólo surge como problema agudo, tras un largo abuso de esa misma libertad. Pero el concepto de libertad es un concepto esencialmente moral. Y cuando se vincula con el tema de la inteligencia, al preguntar por lo que signifique la libertad intelectual, no se hace otra cosa que plantear

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en términos éticos la cuestión de los límites de la inteligencia. No hablamos desde luego de las limitaciones físicas de la inteligencia, sino de sus linderos morales. N o preguntamos por aquello q u e n o p u e d e hacer, sino por aquello que no debe hacer. "Conocer sus límites, es saber inmolarse", decía sentenciosamente el autor de Fenomenología del Espíritu. A h o r a bien, toda inmolación es un acto moral. La inteligencia tiene q u e reconocer sus propios linderos, q u e no puede i m p r u d e n t e m e n t e traspasar. ¿Y cuáles son los límites de la inteligencia? Los límites de la inteligencia vienen fijados por el m u n d o de los valores. Por de p r o n t o , por el m u n d o de los valores estétieos. No puede, en efecto, el artista aspirar a ser solam e n t e inteligente. Sin esa v i r t u d p r o p i a a la creación artística, tan vinculada a la espontaneidad del espír i t u y que sólo proviene de la intuición inmediata de los valores estéticos, jamás se creará o b r a bella. Ya G o e t h e sospechaba q u e la obra de arte no consiste en la expresión de la belleza, sino en la expresión de la fuerza, del vigor vital. Esto para indicar posiblemente q u e n i n g u n a obra artística se edifica con la sola sustancia intelectual. T o d o s los productos de la decadencia de los pueblos, están marcados por el excesivo intelectualismo, o, para decirlo exactamente, por el intelectualismo q u e es siempre excesivo. Y trasladando ahora la cuestión de la inteligencia a la vida h u m a n a toda, q u e es el componente con que actúa la universidad, allí sí que vale tener en cuenta

esto de los llamados límites de la inteligencia. Porq u e si la Universidad es "la inteligencia como institución", según la frase ya citada, no es, empero, "la inteligencia sin limitación". La inteligencia tiene ya un límite i n t e r n o q u e es el de atenerse a la verdad, verdad creada o verdad recibida. Pero en todas formas, la verdad ha de ser el objetivo de la inteligencia, como lo es lo visible p a r a los cristales ópticos. ¿Por qué se proclama hoy con t a n t o ahinco, la necesidad de la cátedra libre? ¿Acaso la cátedra auténtica, la q u e se inicia en los jardines de Academo y subsigue en el h u e r t o de Apolo Likinos, t u v o necesidad n u n c a de exigir libertad? Ello p o r q u e la inteligencia de Platón o de Aristóteles se movía solamente en el p l a n objetivo que le es connatural. ¿Por ventura habrá necesidad de defender la libertad de ver tras los cristales ópticos? Sólo tras un p o r ahora, imprevisible abuso de este empleo elemental de esos útiles, podría entenderse q u e algún día se llegara a plantear esa exigencia de libertad. Luego, la libertad de cátedra que se proclama hace suponer algo sospechoso en la cátedra misma que a tal libertad aspira. Y no se hizo digna de sospecha, sino p o r q u e en lugar de ser cátedra de verdad, había devenido en cátedra de propaganda. Hace veinte y más siglos q u e un sofista griego señaló el hecho, virtualmente posible, de que la inteligencia no es sino el recurso q u e como única arma encontraron los débiles para luchar contar los poderosos. Flaco homenaje es ciertamente este que se le hace al conocimiento intelectual, al enfrentarlo en

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esta forma a la voluntad de poder, a las fuerzas vitales egregias. Por el contrario, Aristóteles enseñó que el pensamiento también es vida, que pensar es una forma de vivir. Por tal razón se exige que el pensamiento, y en su caso, la inteligencia, se incorporen a la totalidad de la vida humana, sin desempeñar en esa totalidad ni un papel absorbente ni una función precaria. Colombia está entrando ahora en la vía segura de la especialización intelectual. El contacto directo de los colombianos con los grandes centros científicos del exterior, nos empieza a traer ya un saber objetivo, serio y controlable científicamente. Los inmensos recursos de que hoy se dispone permiten incluso que , este saber more en cabezas no muy genialmente dotadas, ni resulte el esfuerzo de voluntades que entre nosotros llegaron en otros tiempos hasta el heroísmo. Esto determina que la ciencia, y por tanto la inteligencia, y finalmente, la universidad, lleguen a ser dirigidas por sujetos admirablemente equipados, del punto de vista intelectual, mas no siempre revestidos de una alta personalidad moral. Porque el que entre nosotros se lanzaba en el siglo , pasado a explorar en los terrenos del pensamiento, si bien no llegara a ser un consumado maestro en la vida científica, sí era todo un hombre por la virtud y el carácter. Pues sólo provisto adecuadamente en estos órdenes, podría acometer la hazaña de adentrarse en la ardua, desapacible y siempre ingrata tarea de saber, en en un medio donde los estímulos eran desconocidos y la resonancia social acaso siempre nula.

Esos hombres ilustres desempeñaron en nuestra cultura, el papel que asigna Kelsen al juez en las sociedades primitivas. El maestro vienés escribió toda una obra para mostrar cómo el derecho se originó históricamente, no en la cabeza del legislador, sino en las balbucientes sentencias de los jueces. La sociedad tribal tenía un gobernante que era a la vez un juez. Más aún, sus funciones de gobierno las realizaba en su misión de juez. La posterior necesidad de la división del trabajo, determinó en sociedades más maduras, que unos fueran los que legislaran, otros los que gobernaran y unos terceros los que juzgaran. Paralelamente en la cultura, nuestros pensadores fueron a la vez poetas, críticos y científicos. La realidad cultural les imponía el deber de abarcar muchos campos. Por ello, nuestros grandes maestros se consagraron como legisladores y jueces en nuestro mundo intelectual. Les correspondía crear la cultura y dispersarla en la enseñanza. Y esa enseñanza se ejercitaba no ya sólo en las aulas, sino en la prensa, en el parlamento y hasta desde la silla presidencial. Por eso el sabio, en Colombia, como en todos los pueblos que empiezan, estaba rodeado de la veneración que se rinde al patriarca. Las cosas han cambiado fundamentalmente. La especialización viene exigida por la compleja vida moderna a que Colombia se unce fatalmente, como consecuencia de las estrechas relaciones de todo orden que tienen hoy unas naciones con otras. Nuestro sabio de hoy puede ser por lo mismo un pobre diablo, como tantos que hoy arrojan al mundo

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las técnicas y bien especializadas universidades europeas y americanas. Y es este peligro de que nos invada el espécimen del puro científico, sin personalidad moral, el que debe detener primordialmente la Universidad. Goethe recordó una vez que a Napoleón lo exasperaba Rabelais, al par que admiraba, no obstante ser más fría, la obra literaria de Corneille. Y ello, porque esa obra era la expresión de un carácter moral. Para fortuna nuéstra, debemos confiar en que aquel peligro sea harto remoto, dada la herencia hispánica, cultural y moral, que todavía nos nutre. Si España, por boca de Unamuno, se jactó un día de no tener sabios, quizás ello no fuera sólo una salida de mal humor del genial salmantino, sino la defensa ante esta desviación que acabo de señalar. Mas con todo, es justamente en este siglo cuando la ciencia española ha empezado a incardinarse de nuevo en la gran ciencia de Occidente, como ocurría hace siete centurias. Y sin mengua, por cierto, de este aspecto moral, pues ha coincidido que, quien más ha luchado por la europeización de España en el campo científico y filosófico, José Ortega y Gasset, sea también el que más ha proclamado a toda hora el valor de la honestidad intelectual. He aquí, pues, cómo llegados al final de esta charla, nos hallamos con que la inteligencia, al encontrar sus propios límites, descubre también que la Universidad, su albergue natural, trasciende el campo puramente intelectual en la tarea de formar hombres antes que científicos, caracteres antes que cabezas pensadoras.

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