Nicaragua: país del eterno suicidio

Miguel Huezo Mixco

El almuerzo con Violeta Barrios de Chamorro, el pasado jueves, resultó diferente a lo que me esperaba. Managua estaba a 33° C, y en la residencia de la ex Presidenta de Nicaragua, en el barrio Las Palmas, se transpiraba política. Mientras sus hijos e hijas protagonizaban animadas conversaciones con los comensales, me asombró gratamente que doña Violeta no pareciera tan interesada en participar en las controversias sobre la política nicaragüense como en cumplir con las atenciones propias de su condición de anfitriona.

Las bebidas se sirvieron en la amplia biblioteca que perteneció a su esposo, el periodista Pedro Joaquín Chamorro, asesinado por Somoza en 1978. En la habitación hay decenas de fotografías, diplomas y objetos que lo recuerdan, incluida la camisa manchada de sangre que vestía el día del crimen, y que yo miré con cierto estremecimiento. “La muerte de Pedro Joaquín es el suicidio de los Somoza”, escribió el poeta Pablo Antonio Cuadra. Y la profecía se cumplió. Violeta formó parte de la Junta de Reconstrucción Nacional integrada después de la insurrección de 1979 dirigida por el FSLN. Pronto pasó a la oposición y en 1990, contra todo pronóstico, ocupó la Presidencia derrotando a Daniel Ortega. Como sabemos, Ortega ocupa de nuevo la silla presidencial, desde 2007, blandiendo los colores del ejército de Augusto C. Sandino, lo cual me lleva a otra profecía. En 1935, el también poeta Alberto Guerra Trigueros dijo que con el asesinato a traición de Sandino, a manos de sus propios compatriotas, Nicaragua habían cometido suicidio. "Un suicidio --advirtió-que no se borrará en todos los siglos de los siglos". No sé por qué los desastres me traen tantos recuerdos. La noche anterior, conversando con la poeta Claribel Alegría, decíamos que Nicaragua parece condenada a repetir hazañas y desdichas, en un interminable carrusel con asonadas, caudillos y gordos taimados. Claribel tiene una encantadora manera, entre compasiva y cruel, de disentir con los poderes. Es una solitaria intrépida. Llegó con su esposo Darwin J. Flakoll, ya fallecido, para vivir la resurrección de Nicaragua, en 1985. Pero mantuvo la sonrisa cuando le tocó mirarla en una sala de cuidados intensivos. Sus hijas han hecho sus propias familias y solo le queda cerca Daniel, periodista y mártir de cuatro matrimonios. A sus 80 años, Claribel sube y baja aviones para ir a leer sus

poemas a lugares muy distantes de Centroamérica. Su casa, tres cuadras arriba del gimnasio Atlas, en Los Robles, siempre me ha parecido una parada indispensable para digerir el ambiente de vidrio y pinol que triza el aire nicaragüense. En su libro “Mágica tribu” reúne las prosas que escribió sobre sus amistades célebres: un tal Juan Rulfo y un mentado Julio Cortázar, entre otros, a quienes fue despidiendo a la otra vida, uno a uno, con ternura conmovedora. La mejor obra de Claribel es su existencia misma. Si un día le anuncian que bautizaron con su nombre un liceo o una escuela, estoy seguro que sabrá sobrellevarlo… “Yo, poeta de oficio, condenada tantas veces a ser cuervo, jamás me cambiaría por la Venus de Milo que reina en el Louvre muriendo de tedio y juntando polvo”, ha escrito. Es una confidente leal. Es la abuela con la que siempre quiero volver a brindar. Es una de las compañías más gratificantes en el país del eterno suicidio.

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