René Rodas y la búsqueda del Paraíso

Miguel Huezo Mixco Uno de los libros de poesía más vivificantes que he leído en los últimos años se publicó en San Salvador el año pasado, pero casi nadie sabe que existe. Tampoco apareció en la brevísima relación de los libros del 2004 que prepararon los siempre informados periodistas culturales. La razón es explicable: aunque el volumen fue publicado en mayo, todavía no ha sido presentado públicamente. Unas pocas personas, en realidad, hemos tenido el privilegio de leerlo. Una de ellas es Jacinta Escudos que, antes de largarse del país, se lo leyó de un tirón mientras viajaba en bus del centro de la ciudad hasta su casa, y escribió una reseña que es, hasta ahora, lo único que se ha dicho sobre este libro precioso y extraño que se titula “Balada de Lisa Island” (DPI, 2004). Su autor es el poeta René Rodas. Un poeta que, al igual que Carlos Santos, posee una de las voces poéticas más originales y menos conocidas en tierras salvadoreñas. Por un azar, los dos viven en Canadá. Pertenecen a la cepa de los peregrinos. No tienen capilla. Ni “cartel”.

Ellos escriben debajo de las ruinas en las que han vivido. Ninguno de los dos ha figurado en la nómina de los huéspedes de los festivales de poesía de El Salvador, lo que no tiene nada de malo, ni de bueno, simplemente es así. René Rodas publicó sus dos primeros libros de poemas en Toronto. En el primero, titulado “Civilus I Imperator”, hizo el extenso monólogo de un hombre solitario atenazado por la crueldad y la amargura. En el segundo, “Diario de Invierno”, compuso poemas de experimentación, haciendo nudos de palabras, algunos admirables, dejando entrever una voz furiosa. Su tercer poemario es completamente distinto. La “Balada” nos cuenta en estrofas, breves y precisas, una historia de amor. El centro del poema es una mujer. Su nombre es Lisa. Lisa Island: “Sus gestos son amplios y tersos como si la primavera tuviera la certeza de encontrar un gato al final de sus manos”. La encontró en un cruce de caminos: “Saltando trenes de carga llegaste al puente Cartier. Pusiste un clasificado en la única página de un periódico imaginario: ‘Busco peregrino que me cuente un cuento’”. El poemario es la historia de ese encuentro. No hay imágenes rebuscadas, ni alardes estilísticos. El poeta no recurre al inventario narcisista. Lisa tampoco es una gran señora. Vive en Dammen Island, un sitio poblado por blancos pobres e indios enfrente de Vancouver. “Las parcelas son grandes, la marihuana crece silvestre entre acelgas y tomates”. No hay policía, ni bancos: el aire es limpio. Su padre: un tipógrafo que “amanecía muerto en un caótico jardín de plomos”. La madre: una mesera que soñó cantando las letras de Pink Floyd. Apenas se escucha el correr del agua, el sonido de un cáñamo roto entre los dientes, o el susurro del peregrino cuando lee, en su idioma, versos como estos para Lisa: “Acaricio tus mejillas y entre mis manos palpita la fiera sedosa de la tarde. Recorre mi dedo tus labios entreabiertos y un misterio desvela el hechizo de su cifra”. La “Balada” vuelve a decirnos que el amor es el muelle de la gran poesía. Celebremos con besos y caricias el aparecimiento de este libro y de este poeta que nos evoca los dulces espejismos y las promesas de amor que ojalá nunca fueran traicionadas ni rotas.

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