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06/04/1992

PERU-FUJIMORI PERFIL DE UN PRESIDENTE ATIPICO ...
Lima (EFE).- Alberto Fujimori se ciñó la banda de presidente de Perú el 28 de julio de 1990, día
de la independencia nacional y de su 52 cumpleaños, tras haber ganado por sorpresa unas
elecciones a las que concurrió sin dinero ni aliados notables, y el domingo, unos 20 meses
después, interrumpió la democracia para asumir poderes totales apoyado en las Fuerzas
Armadas.
Fujimori nació en Lima y es el segundo de los cinco hijos de un matrimonio de campesinos
japoneses emigrados a Perú en 1934 desde Kawachi, aldea de la prefectura de Kunamoto.
Los Fujimori fueron sucesivamente sastres, peones del algodón y floristas.
Dicen los biógrafos oficiales que el presidente aprendió de sus padres el valor del trabajo y que
heredó de ellos una sólida vocación por el campo que le inclinó a graduarse ingeniero
agrónomo en 1969.
El 25 de julio de 1974 se casó con Susana Higuchi, también descendiente de japoneses, y del
matrimonio nacieron cuatro hijos: Keiko, Hiro, Sachi y Kenji.
Cuando decidió presentarse a las elecciones sólo era conocido en los círculos universitarios
debido a que fue rector de la estatal Universidad Agraria (1984-89) y presidente de la
Asamblea Nacional de Rectores (1987-89).
Los pocos peruanos que identificaban su rostro tenían la imagen de un circunspecto
presentador, de rasgos orientales y con modales de profesor, de un programa de escasa
audiencia en la televisión del Estado, llamado "Concertando".
Ante las elecciones generales de 1990, Fujimori y un reducido grupo de colaboradores crearon
el movimiento Cambio 90, cuyos puntales eran pequeños empresarios y las iglesias
evangélicas, y sus intenciones ganar algunos escaños en el Parlamento bicameral.
Frente al desbordante gasto electoral de las partidos peruanos, Fujimori hizo una campaña
muy austera en recursos, con la consigna "honradez, tenología y trabajo".
Sin tener la financiación de los grandes grupos empresariales y políticos, la campaña electoral
de Fujimori se basó más en los contactos directos y propagación de viva voz de consignas
elementales como "votad por el chinito" entre la población de menores recursos, sobre todo,
por los disciplinados feligreses de las iglesias evangélicas.
La profunda crisis de los partidos en Perú, la reacción imprevista del mayoritario sector social
no integrado y su rechazo a los políticos tradicionales convirtieron a quien hasta entonces era
un candidato exótico en el depositario de una nueva esperanza para el pueblo peruano.
En las elecciones del 8 de abril de 1990, "el chinito", como se le llamaba a Fujimori, desbordó a
partidos con 60 años de tradición al obtener la segunda mayor votación, con casi el 25 por
ciento, a sólo tres puntos porcentuales del candidato favorito, el escritor peruano Mario
Vargas Llosa, de la coalición de derechas Frente Democrático.
Fujimori capitalizó la mayoría del decisivo voto independiente e impidió así que la que parecía
victoria cantada de Vargas Llosa se convirtiera en una derrota amarga e irreparable para el
escritor y para sus planes liberales de modernizar un país sumido en profundas
contradicciones nacionalistas.
En la segunda vuelta, preceptiva en Perú si ningún candidato obtiene la mitad más uno de los
votos, Fujimori barrió, con el 56 contra el 34 por ciento de los votos, a un Vargas Llosa tan
desmoralizado que incluso tuvo que ser convencido por sus amigos para no renunciar a la
candidatura.
Según los analistas, Fujimori no ganó las elecciones. Las perdió Vargas Llosa o las ganaron para
Fujimori todas las fuerzas políticas y sociales antiderechistas que se esforzaron, contra viento y
marea, para impedir la victoria del escritor y de un proyecto de gobierno neoliberal, en la
campaña electoral más sucia que los peruanos han presenciado.
Fujimori fue objeto también de una feroz campaña en la que salió a relucir, con ribetes de
escándalo, pormenores de una vida personal y unos negocios familiares poco conocidos.
Incluso la Iglesia echó más carne al asador contra Fujimori por la supuesta amenaza que, a su
juicio, representaban los protestantes para los católicos romanos.
Hasta la Marina, la fuerza armada más conservadora en Perú, hizo ruido de sables en franca
rebeldía por la llegada al poder de un descendiente directo de emigrantes, nipón por
añadidura.
Fujimori asumió el cargo de presidente el 28 de julio de 1990 con un discurso demoledor sobre
"el desastre" y "la bancarrota" en que le entregaba el poder su antecesor, el populista de
izquierdas Alán García, principal agente de su victoria electoral.
A la hora de gobernar, Fujimori prescindió de Cambio 90, se rodeó de sus parientes, buscó
técnicos independientes, se libró de lastre que representan los envangélicos en un país
mayoritariamente católico y adoptó el partido de los militares.
Las izquierdas peruanas tuvieron que beberse la amarga medicina neoliberal de Vargas Llosa,
pero envasada por Fujimori, que, nada más asumir el poder, impuso un drástico ajuste
económico en un intento de corregir los desequilibrios económicos y contener una inflación
que llegaba al dos por ciento diario.
Fujimori gobierna con un estilo que la prensa peruana califica de "personalista y autoritario".
Su talante reservado, así como su espíritu introvertido y desconfiado han hecho que algunos
periodistas escriban que Fujimori es una especie de reencarnación criolla de los emperadores
japoneses.
El gobernante peruano se impuso como primera tarea hacer las paces con los países más
desarrollados y con el sistema financiero internacional, después de la ruptura de cinco años
por la hostilidad y la beligerancia de su antecesor Alán García.
Pero a pesar de todos los esfuerzos y sus múltiples viajes internacionales no logró que un
grupo de países apoyara con créditos las necesidades financieras peruanas.
Fujimori ha desmontado parte del intervencionismo estatal en las políticas sociales y
económicas, pero sin liquidar un sistema estatista al que los especialistas atribuyen la culpa del
atraso peruano.
Los empresarios y la derecha no integrada en partidos que respaldó a Vargas Llosa entregó su
apoyo a Fujimori y a su política liberal, pero al cumplir 20 meses en el poder se notaba un
desencanto creciente tanto en los agentes económicos como en la población, con lo que se
desmoronaron dos de los pilares en los que el gobernante peruano sustentaba su poder.
Su política exterior se ha orientado a convertir a Perú en atractivo para el capital extranjero,
retraído tradicionalmente tanto por políticas nacionalistas como por las amenazas de los
grupos alzados en armas.
Fujimori no ha logrado avances significativos en otro problema interno rabioso como es el
narcotráfico, que distorsiona las finanzas peruanas y corrompe a autoridades militares,
policiales, judiciales y civiles.
La actividad de las guerrillas Sendero Luminoso (maoísta) y Movimiento Revolucionario Tupac
Amaru (MRTA) mantiene en jaque al Estado desde hace casi doce años y consume la mayor
parte del presupuesto nacional, aparte las pérdidas por sabotajes que cada año alcanzan cifras
similares a los ingresos por exportación. EFE FF/msr/L