El Huevo, la Bola de Billar y el Ciego: Sade político

Por Nicolás González Varela (fliegecojonera@gmail.com)

En 1938, el pintor-fotógrafo Man Ray, realizó un retrato imaginario en óleo
sobre Donatien Alphons François, Marquis de Sade. Más adelante le dedicará un busto llamativo en bronce que simbolizaba al Santo de los surrealistas ("Sade, el ente más libre que jamás haya vivido sobre la Tierra"). El interés de Man Ray sobre Sade coincidía con el renaissance de la obra del Divin Marquis por la Avantgarde francesa (un precursor fue el libro exultante de Apollinaire de 1909). El escritor Maurice Heine, vecino de Man Ray en la rue Campagne Premiere, fue el que re-lanzó a Sade luego de adquirir en 1929 los manuscritos de "Les 120 journées de Sodome"(con litografías de Collot) y lanzar una edición limitada de 396 ejemplares para los suscriptores de la mística "Societé du Roman Philosophique". También recordamos los textos de exaltación sadiana de Paul Eluard y Rene Char. El óleo de Ray nos muestra a Sade de perfil tallado sobre los muros de piedra de la institución (mezcla de André Bretón y Benjamin Franklin), mientras detrás se desarrolla el asalto e incendio de La Bastilla. El “pequeño bastión” fue un "emblema de la razón" del 1789 y Sade, tallado en las piedras que los curiosos se llevaban de recuerdo (como pasó con el Muro de Berlín) recordaba que se admiraba lo que hacía falta condenar: "La cólera brutal amontonaba las ruinas, y bajo esta cólera se ocultaba la inteligencia que, entre estas ruinas, ponía los cimientos del nuevo edificio" A partir de la edición de Heine, Sade fue popularizado y sobreinterpretado en su papel de pensador político por previsores teléologos retrospectivos de las ideas. Fue considerado, sucesivamente y acumulativamente, adelantado en éticas, precoz socialista autogestionario, semiólogo del gesto, antecesor de Nietzsche y Freud, Santo Padre del placer del texto, gozne entre Fourier y Loyola, libertino precursor de un revolucionarismo multidimensional, fundador de la unidad entre soberanía política y moral. La falsedad de la historia de los Sagrados "Bueyes Gordos" (una historia intelectual con precursores canónicos, en ordenado y pulido serial cronológico, cada uno con su etiqueta que resume la imprescindible contribución a la disciplina) nunca es tan patética como en el "Sade Político". En su obra lo político carece de autonomía significativa y surge montado (subsumido) en el tema de más éxito editorial del siglo XVIII: el problema de la utopía. Ochenta títulos nuevos, basados en el tema utópico, aparecen en Francia entre 1700-1789 (según

Goulemot). Respuesta espasmódica a procesos de largo plazo que destruían las formas políticas que dominaban la edad del clasicismo, reflejo paradójico dominado por la premisa absolutista a lo Jean Bodin: el centro del Poder que ilustra y refuerza. El paradigma clásico será para Sade "La Histoire des Séverambes"(1677) de Denis Vairasse D'Alais (máximo representante del comunismo utópico francés); "La Découverte australe par un homme volant..." de Nicolas-Edme Restif de la Bretonne, "L'Isle inconnue..." de Guillaume Grivel (un fisiócrata tardío).

El tema interrumpe, entre líneas y codificado (por supuesto: la censura) en las páginas de "Aline et Valcour. Ou le roman philosophique" de 1795. Para el propio Sade su novela filosófica más ambiciosa, un producto de “muchos años de insomnio”. Sobre una base de breve argumento novelesco, en el capítulo IV de la primera parte, “Histoire de Zamé”, el relator Sainville se encuentra en la isla de Tamoe, en el Océano Pacífico (situada entre los 25º y 26º de latitud sur). Podemos ver dibujada la utopía sadenianne. Descubierta por los franceses durante el reinado de Luis XIV, allí el clima es sano, estable y templado y un sabio-filósofo Zamé, un francés que se instaló allí enamorado de una indígena, transformó la isla en un estado próspero y, en especial, ordenado. Zamé (vagamente inspirado en el tirano ilustrado de Platón: Sade también es representante del reaccionario platonimso político) propondrá su sistema de gobierno como ideal político para Europa. La legitimación del origen del estado "sadiano" es típica de las filosofías naturalistas desde Hobbes: la ciencia de la política, a través de la figura del legislador estatal, nada tiene que dictar, sólo precisa saber con más certeza qué es lo que en verdad perturba al estado y establecer el equilibrio roto por medio de la ley develada. La voluntad organizadora de la racionalidad natural es, paradoja en las visiones de un Sade anarco-libertario, un Estado extraordinariamente poderoso, ampliado, que diseña a través del absolutismo ilustrado (ya no monárquico) las formas adecuadas del intercambio comunitario y de las instituciones. El espacio privado lo es en tanto transparencia legítima de la totalización y de la síntesis que produce la forma-estado dirigida por Zamé. El estado es el único propietario de todos los bienes, se encarga de criar a los niños y todos visten de igual manera (“un fino lienzo, gris para los ancianos, verde para los de mediana edad, rosa para los jóvenes”). El estado neoplatónico entrega a cada pareja una casa y reparte las tierras equitativamente: no existe lujos, por lo que los habitantes son iguales. A esta altura, Sade se ve molesto e incómodo en su contradictorio cuello de socialista autogestionario. En realidad es uno de los representantes más extremistas del platonismo político de la época. Esta utopía despótico-ilustrada es construida por el sabio Zamé en tanto su constitución se deduce de la naturaleza humana individualista y siempre perenne. El mundo de

la naturaleza son hombres impulsados egoístamente hacia la virtud y el vicio: supongamos, diserta Zamé-Sade, un huevo colocado sobre el tapete de una mesa de billar y dos bolas arrojadas por un ciego; "la una en su recorrido evita al huevo; la otra lo rompe". ¿Es falta del ciego que ha lanzado la bola destructora del huevo? El ciego es la naturaleza, el hombre es la bola de billar y el huevo roto el vicio cometido... El origen de nuestras pasiones, de nuestras desviaciones (¡ni hablar de la plebe!) depende únicamente de nuestra constitución física. Todo es naturaleza (Sade utiliza a fondo el materialismo de D'Holbach) y no somos más que el ciego instrumento de sus caprichos. Por lo tanto la maquinaria institucional/constitucional no debe basarse en una supuesta potencialidad hacia el progreso o el bien de la naturaleza humana (como sostenía los jacobinos) sino en la racionalidad egocéntrica intrínseca de los hombres, eminentemente falible, volátil y, por ello, concluye Zamé-Sade, muy peligrosa para dejarla a sus anchas. ¿Ciudadanos?... sí, pero muy cerca de ser súbditos, pues: ¿cómo interpelar con las reglas de la razón estatal a imprevisibles bolas de billar?... Sólo queda la esperanza del modelo Zamé, al estilo de las utopías jacobitas (por Jacobo I) inglesas, donde el fénix del orden civil, con su poder concentrado de política y burocracia (en Tamoé hay sólo dos edificios de gobierno: el palacio del Jefe y la administración pública) que intenta, con el mecanismo equilibrador de la ley, utilizar las pasiones egoístas, completas y continuas del "homo oeconomicus", para transformarlas en virtud pública. Utopía nacida del seno de una familia descendiente de Templarios, llena de obispos, camarlengos pontificios, capitanes de galeras papales, coroneles de caballería, el Sade "político" se yergue como una conjugación, en logos y praxis, encarnada en la persona de un aristócrata nobiliario girondino, "homme de lettres", signado por la decadencia de un regimen y un modo de producción y la conflictiva aparición del capitalismo. Salvada su vida libertina, curiosamente, por el guillotinamiento de Robespierre, Saint-Just, Couthon et altri el 10 de Termidor (o lo que es lo mismo: salvado por la contrarrevolución), pudo concluir en la "Histoire de Juliette" (1797) por boca del príncipe de Francaville, que: "...al gobierno corresponde regular la población, debe tener en sus manos todos los medios para exterminarla si la teme, y para aumentarla si lo considera conveniente..." El fantasma del bonapartismo ya estaba aquí y para quedarse. El Sade "político" es un caso claro de cómo las creencias nacidas de la pasión sirven mal a la pasión. De su obra se puede decir que ha tenido, en su postrera valoración en la filosofía práctica, el beneficio del prejuicio. Pero este problema ya no es del "Divin Marquis" sino enteramente de nuestro tiempo...

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