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ARGUMENTACIÓN

Dícese principalmente de un raciocinio que va encaminado a probar alguna tesis. En
este sentido se habla de argumentos silogísticos y extrasilogísticos, como el sorites
y el entimema. Más concretamente se llaman argumentos a varias maneras falaces
de llegar a una conclusión, de las cuales quizá la más conocida es elargumentum ad
hominem. En logística se dice de un término que, al insertarse en una función, la
convierte en proposición. Argumento de una función es una noción que proviene de
la matemática. A veces se llama argumento al término medio de un silogismo. En
este sentido, el argumento es la columna vertebral de la prueba (Palacios, Filosofía
del saber).

Por JAMES G. COLBERT, JR.

Dícese principalmente de un raciocinio que va encaminado a probar alguna
tesis. En este sentido se habla de argumentos silogísticos y extrasilogísticos,
como el sorites y el entimema. Más concretamente se llaman argumentos a
varias maneras falaces de llegar a una conclusión, de las cuales quizá la más
conocida es el argumentum ad hominem. En logística se dice de un término
que, al insertarse en una función, la convierte en proposición. Argumento de
una función es una noción que proviene de la matemática. A veces se llama
argumento al término medio de un silogismo. En este sentido, el argumento
es la columna vertebral de la prueba (Palacios, Filosofía del saber).
La prueba
Un argumento en su sentido más frecuente es una serie de proposiciones de
las cuales se afirma una en base a las demás. La que se afirma se llama
conclusión. Las restantes proposiciones ofrecen la razón o las razones de la
conclusión. Hay varias maneras de enjuiciar un argumento. Hay que saber si
las premisas son verdaderas, cosa que hacen las diversas ciencias. La lógica,
sin embargo, sólo pregunta si el argumento es correcto o incorrecto, válido o
inválido. Un argumento es correcto cuando aduce un fundamento para
afirmar la conclusión, aunque en realidad ese fundamento no exista.
La lógica formal del raciocinio ha sido estudiada tradicionalmente en la
silogística. En nuestro siglo la logística ha subrayado el punto de vista de la
proposición considerada como unidad, en vez del término. La validez o
invalidez puramente formal puede decidirse a la vista de las reglas que
establecen modos correctos de razonar. También se ha intentado catalogar
los diversos tipos de argumentos incorrectos o falaces por razones no
estrictamente formales. En la literatura anglosajona se suelen denominar
«falacias informales», es decir, falacias por una causa material. Ya Aristóteles
intentó clasificar las falacias informales en su libro De los argumentos
sofísticos.
No es posible dar un criterio que incluya a todas las falacias informales,
porque su misma naturaleza no responde a ningún orden. Sólo se puede dar
una lista de algunas falacias más comunes. De todas formas, hay dos
géneros fundamentales de falacias informales: las semánticas y las de
irrelevancia o impertinencia. No se ha dado suficiente importancia, a nuestro
modo de ver, al hecho de que las falacias materiales parecen formas
legítimas de argumentar, de modo que especialmente en las falacias de
irrelevancia el carácter falaz del argumento no suele ser obvio.
Falacias semánticas
En las falacias semánticas es ambiguo lo que se argumenta. Perelman y
Olbrechts han insistido en que el argumento contiene dos espíritus en
contacto. Por tanto, es especialmente dañino a la argumentación el que haya
una ambigüedad semántica. También ocurre que la falacia puede existir en el
argumento conjunto, el debate, de dos interlocutores, en vez de hallarse en
uno de ellos como ocurre en una falacia estrictamente formal.
La equivocación se puede dar cuando alguien sin darse cuenta llama a dos
cosas por el mismo nombre. Una situación parecida surge cuando los dos
participantes en un debate usan una palabra de modos diversos. De esta
forma una controversia, por ejemplo, sobre el derecho de acceso a la
universidad, puede ser viciada porque algunos entienden derecho en sentido
positivo y entonces se preocupan del modo de tener ayuda económica para
poder acceder a la universidad; otros, en cambio, podrían referirse
únicamente al no ser excluido como antes lo eran los católicos en Inglaterra,
las mujeres en España y los negros en muchas instituciones de EE. UU. De
modo similar, los fallos de acento, de anfibología y de distribución causan
confusión semántica.
Anfibología es una ambigüedad que resulta de la estructura de la frase. Si
decimos: «Tía Conchita regaló 10 euros a Juan y a Pepe», no queda claro si
regaló 10 euros a los dos juntos o 10 a cada uno. En «la madre del
estudiante de quien te hablé», no queda claro si se habló de la madre o del
estudiante.
Pueden ocurrir falacias de acento al leer «el estudio de la lógica no tiene que
darnos conocimiento de muchos hechos», según se acentúe la frase. Las
posibilidades son al menos cuatro: Estudio: el estudio no nos da el
conocimiento en cuestión, que, en cambio, encontramos mediante la práctica.
Tiene: la lógica no tiene necesidad de darnos ese conocimiento, aunque de
hecho nos lo da. Muchos: más bien da conocimiento de pocos hechos.
Hechos: la lógica no da conocimiento de hechos, sino de relaciones formales,
que son de naturaleza distinta de los hechos físicos. Esta proposición es una
importante verdad lógica.
Argumentos falaces por división y composición ocurren cuando o bien se pasa
a aceptar distributivamente algo que empezó siendo compuesto o colectivo
(falacia de división); o, al contrario, se comete la falacia de composición al
pasar de entender algo en sentido distributivo o divisivo a entenderlo en
sentido compuesto. Igual que la equivocación, estas falacias pueden ocurrir
en un diálogo o en un monólogo. Falacia de división sería, por ejemplo, si al
decir que en mi dormitorio, mi biblioteca y mi sala de estar tengo 100 libros,
mi interlocutor entendiera que tengo 100 libros en cada sitio. Falacia de
composición sería suponer que porque ni el ácido nítrico ni la glucosa son
explosivas, su compuesto tampoco lo es. O bien suponer que porque todos
los militares de un ejército invasor sean individualmente hombres amables y
bondadosos, la actuación del ejército para el país invadido sea amable y
bondadosa. Se debe notar que a veces es legítimo pasar del todo a las partes
(o viceversa) como, por ejemplo, si decimos que un hospital es bueno, sería
natural suponer que cualquier médico determinado del hospital
probablemente lo es también. Similarmente, no todo argumento es
controversia de palabras. En el ejemplo de la equivocación citado, incluso
después de resolver los problemas semánticos sobre derecho quizá seguiría
la discusión acerca de qué derechos existen efectivamente.
Falacias de irrelevancia
Las falacias de irrelevancia o impertinencia en general intentan usar materia
que no tiene que ver con la conclusión, contienen personalidades en vez de
temas o apelan a elementos no intelectuales. No es posible ningún inventario
riguroso de tales falacias y la literatura lógica varía más o menos a placer de
los autores.
La argumentación con ignorantia elenchi, ignorancia de la conexión, se basa
sobre un malentendido. Así, por ejemplo, si en una discusión teológica sobre
los milagros alguien dijera que en realidad los antibióticos son milagrosos, su
observación mostraría desconocimiento del problema bajo escrutinio. En
realidad, la ignorantia elenchi incluye todas las falacias por irrelevancia.
Algunas de ellas, sin embargo, han recibido denominaciones especiales.
Similar a laignorantia elenchi es el argumento que prueba demasiado, por
ejemplo, si se atacara a colegios privados con el argumento de que nadie se
dedica a la enseñanza si es capaz de ejercer una profesión, en realidad se
ataca todo tipo de centro docente.
Quizá el argumento por impertinencia más conocido es el ad hominem. Esta
expresión tiene dos sentidos totalmente diversos. Primero, se puede argüir
dialécticamente de premisas que sólo acepta el otro interlocutor, pero no
quien las emplea (por ejemplo, si intento mostrarle que mi conclusión sigue
de sus premisas). Esta táctica puede ser poco honrada en algún caso, pero es
perfectamente válida desde el punto de vista estrictamente lógico. En
cambio, se puede atacar el carácter del interlocutor en vez de centrarse en el
problema que se discute. Esto ocurre, por ejemplo, cuando los estudiantes
acusan a sus padres de ser demasiado viejos para entenderles o, al contrario,
los padres acusan a los estudiantes de ser demasiado jóvenes para entender
los problemas del mundo.
A veces se llama tu quoque al argumento que responde a una acusación del
interlocutor con otra acusación. Se trata de una subespecie de argumentum
ad hominem.
En sentido contrario, se puede usar el argumento ad verecundiam, lo cual
supone un intento de probar algo en razón del respeto que tenemos a una
persona. Así, por ejemplo, el aceptar una tesis especulativa simplemente
porque su autor es un santo. Hoy en día hay gran peligro de cometer esta
falacia porque la misma especialización que hace que alguien sea autoridad
en un campo estorba la posibilidad de que lo sea en otro. Einstein, por
ejemplo, se cita a veces en temas religiosos.
Tanto el argumentum ad hominem como el argumentum ad
verecundiam tienen parecido con argumentaciones lícitas. Cuando se
depende de un testigo, se acepta su testimonio por su autoridad y no por la
evidencia. Por tanto, en algunos casos puede ser necesario discutir la
autoridad (atacando o ensalzando).
El argumentum ad ignorantiam afirma la verdad de la proposición propia en
razón de la incapacidad del interlocutor de probar su tesis. A veces se define
elargumentum ad ignorantiam como el querer demostrar la propia posición
refutando la del interlocutor. Pero tal procedimiento sería correcto cuando (y
sólo cuando) hay exactamente dos alternativas. En cambio, aunque haya sólo
dos alternativas (por ejemplo, existencia o inexistencia de vida racional en
otros planetas) el que un interlocutor muestre la incapacidad de su
contrincante, no significa que haya ganado la discusión.
El argumentum ad populum consiste en apelar al sentimiento del pueblo. En
laDefensa de Sócrates, vemos cómo Sócrates, en el mismo momento de
rehusar elargumentum ad populum, lo emplea sutilmente recordando al
jurado que él también tiene mujer e hijos. A veces se distingue entre las
pasiones del pueblo y sentimientos más personales y se habla
del argumentum ad misericordiam, como cuando un estudiante intenta
convencer a su profesor de que merece buena nota a causa de problemas
personales en vez de su progreso escolar. No hay ninguna diferencia lógica
entre el argumentum ad misericordiam y elargumentum ad populum. En
algunos momentos, al tomar una decisión práctica (no al formular un juicio
teorético) puede ser pertinente mencionar factores sentimentales.
El argumentum ad bacculum consiste en obligar a alguien por fuerza a
afirmar una determinada proposición. Así, por ejemplo, el profesor que
suspende a quien no repite exactamente lo que ha dicho. Es dudoso que este
argumento sea propiamente falacia, porque no engaña, ni hace asentir, sino
tomar una acción externa.
Suposición ilícita
Hay diversos tipos de argumentación en los que se hace una suposición
ilícita. La de la pregunta compleja es un caso típico «¿Ha dejado usted de
emborracharse?» es una pregunta que no se puede contestar sin admitir un
supuesto desfavorable.
La causa falsa o argumentación post hoc, propter hoc, demuestra un principio
general implícito falso. Antiguamente se suponía que los animales se
generaban espontáneamente a causa del calor y humedad bajo las piedras.
Es también cierto que los cánones de la deducción de J. S. Mill buscan
simplemente una sucesión regular. Confunden, pues, causa y condición.
El argumento circular y la petición de principio son muy similares. La petitio
principii es argüir aceptando algo que se trata de demostrar. El argumento
circular expresa la conclusión en otra forma verbal como principio.
Argumento en logística
En la lógica matemática, el argumento de una función es un término que
llena un hueco. Simbólicamente, en fa,a representa un argumento y fla
función. Así, por ejemplo, «Carlos V» es un argumento de la función «x fue
Rey de España». Cualquier término cuya presencia forma una proposición
significativa, aunque sea falsa, puede ser argumento de una función. En rigor
hay distintos tipos de funciones y, por tanto, distintos tipos de argumentos.
«Es verdad que x» sería una función que exige una oración como argumento
como, por ejemplo, «Marsella es la capital de Francia», lo cual produciría
desde luego, una proposición falsa. En cambio, no cabe decir «Es verdad que
Carlos V». Esa sustitución produce un sin-sentido.
Argumentos meramente probables
Es interesante observar que algunos argumentos que convencen más
psicológicamente son en cambio menos sólidos desde el punto de vista
lógico-formal. Como, por ejemplo, el método reductivo, que ha desplazado
prácticamente a la inducción, viene a decir: «Si el principio A es verdadero se
deben dar los casos particulares a1, a2, a3, etc. Pero, en efecto, se dan esos
casos, luego A es verdadero». Tal como queda dicho, semejante modo de
argumentar es un sofisma y, sin embargo, es la base del trabajo científico.
Estrictamente hablando da un resultado sólo probable desde el punto de vista
formal, aunque a base de suficientes comprobaciones se puede eliminar
cualquier duda razonable.
El argumento por ejemplificación que tanto usan las publicaciones de lengua
inglesa es otro caso de argumentación con poca validez formal. Convence
más, sin embargo, la explicación anecdótica de un caso real, que no la
deducción desde generalidades.
Muy similar es el argumento por analogía, que no tiene que ver con la
analogía tomista. A nuestro modo de ver, fuera del tomismo se usa analogía
en dos sentidos. En primer lugar, se habla de la proporción matemática: «A
es a B, como C es a D». Aquí en realidad no hay analogía, sino equivocidad.
Exactamente la misma relación se da en ambos casos. En segundo lugar, la
analogía se usa para aplicar los principios válidos en un caso a otro caso,
cuando son semejantes en algún aspecto. A nuestro parecer, es esencial a
esta acepción de analogía el que los casos sean singulares. Se hace entonces
un salto de un caso singular a otro -salto que no tiene estricta justificación
formal-. Buen ejemplo de este tipo de argumentación es el uso de
precedentes por los tribunales ingleses y americanos. Es poco rigurosa esta
argumentación por casuística, puesto que cuando los precedentes ya son un
poco numerosos se puede escoger el que más convenga.
Argumento a fortiori
Un argumento legítimo y seguro es el afortiori. Se basa en la consideración
de una propiedad susceptible de grados, una propiedad que se da en diversas
intensidades. A esa propiedad está relacionada otra que se vincula con la
primera precisamente en sus variaciones intensivas. En ese supuesto, lo que
se puede atribuir a algo que posee la primera propiedad se podrá decir con
razón de más de lo que posee la propiedad en mayor grado. Negativamente,
lo que no se puede decir de algo que posee la propiedad en alto grado, se
podrá decir aún menos de quien lo posee en menor grado. Así, por ejemplo,
positivamente se puede argüir: «Si el robo es criminal y, por tanto,
castigado, más castigado será el asesinato». Negativamente se podría argüir:
«Si los sabios no son omniscientes, mucho menos lo serán los
analfabetos».
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Gran Enciclopedia Rialp, Tomo II, páginas 741-743. Editorial Rialp, S.A.,
Madrid.