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LUZ MARUS
La amante de Stalin
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Diseño de tapa:
Yamila Kliczkowski para Estudio Guapabombon
www.guapabombon.com.ar
Ilustración de tapa: Nani Lamarque
nanitolamarque@hotmail.com
www.yosoynanid.blogspot.com
Diseño interior: Rubén E. Iglesias
panicoelpanico@gmail.com
Queda hecho el depósito que marca la Ley N˚ 11.723
Impreso en Argentina
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Marus, Luz
La amante de Stalin
1˚ ed. Buenos Aires: Pánico el Pánico, 2012
72 p.; 13 x 20 cm.
I.S.B.N.: 978-987-1917-01-3
1. Narrativa Argentina. 2. Novela. I. Título
CDD A863
Fecha de catalogación: 23/10/2012
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¨Queridísimo Do-Do:
Gracias por la carta. Ya que te estás disolviendo lentamente
en una figura mítica durante el largo período
de años transcurrido desde hace dos semanas,
te hablaré de mí: 1)Estoy sola; 2)No tengo parientes
ni amigos y me gustaría conocer a un guerrero malayo;
3)No cocino ni coso ni molesto en casa [...]
Cariño: La vida es difícil. Hay muchos problemas.¨
De Zelda a Scott Fitzgerald
Hospital Sheppard-Enoch Pratt (1934)
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Lo prohibido
La noche en que Daniel Guebel me mandó un mensaje pri-
vado diciéndome que había leído mi novela, que le había gusta-
do mucho pero que le había robado la idea de la amante de Sta-
lin a él, quedé pasmada frente al monitor. No Daniel, le dije, no
recuerdo nada de eso. No hay nada así en el grabador. “Es tu ca-
becita femenina que lo olvidó, seguro” me dijo. No puede ser. El
nombre al personaje masculino se lo puso el editor, te juro. “No,
no es así, chica” me seguía diciendo Daniel. “Un escritor consa-
grado le cuenta a una periodista algo en el intervalo de una en-
trevista y ella saca una novela con ese título”. Juro que no lo re-
cuerdo, Daniel. El nombre se lo puso mi editor. ¿No podés creer
en las casualidades? De todas formas, mi Stalin no es el Stalin
verdadero. Pero el título… Es ese. Tiene que ser ese... Es, como
decirlo, “una declaración de amor”. No es una metáfora, es una
declaración de amor, posta. Una declaración de amor de una pi-
ba de carne y hueso, argentinorusa. El sujeto en cuestión se va a
enterar, con la publicación de esta novela, de mi amor por él. El
sujeto en cuestión y muchos más. Claro que yo después voy a de-
cir en la presentación “Es todo ficción”. Es ficción, miren. Me
llamo Sonia, tengo 21 años y las tetas muy grandes y nací en San
Petersburgo. Me trajeron a Buenos Aires cuando tenía un año pe-
ro soy rusa en todos los aspectos de mi vida. Una vez aclarado es-
to, continuemos.
Esta novela –que vendría a ser mi segunda novela– sé que sal-
drá publicada. Esto lo sé porque a mi editor –sí, ya es “mi editor”–
le encanta tirar una piedra y esconder la mano, porque “Yo soy un
hombre serio, Sonia”. Y qué mejor para tirar una piedra, y escon-
der la mano, que ser yo la piedra que arroja, cuanto más lejos me-
jor. Mi editor publica una novela que cree que se venderá bien,
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nada más. Después de todo, esto también es un negocio (mal que
nos pese a nosotros, bohemios escritores).
Arrojame, lejos, cuanto más lejos mejor editor mío. Que me
lean en todos los barrios (iba a decir países), pero yo sólo quiero
ser leída en Buenos Aires. Esta es una novela de Buenos Aires y
para Buenos Aires.
Antes de empezar con mi declaración, quiero hablarles un po-
co más de mi editor. Mi editor (al cual no es necesario nombrar,
además siempre me gustó la frase “mi editor” y ahora que puedo
la voy a usar) es una especie de Carlo Ponti –no es que yo me sien-
ta Sofía Loren (o sí, tal vez, ahora sí me siento Sofía Loren)–, es
un descubridor de rarezas. Decir “hermosas rarezas” sería too
much siendo yo una de esas rarezas. Es un tipo encantador. Un
agitador inofensivo, como el pibe que rompe vidrios en la pelícu-
la de Chaplin. Muchos no lo conocen como lo conozco yo, y se
creen sus piedrazos y se ofenden y no ven a Jackie Coogan. Yo lo
vi antes de conocerlo personalmente, y fui a comprobarlo. Mi edi-
tor es el que le dio el giro de timón a mi vida antes de que me es-
trelle contra el iceberg.
Mi editor le dice al sujeto en cuestión “Stalin” por cuestiones
que decido no confesar. No sé mucho del Stalin real y no tengo
ganas ahora de buscar en Google. De ahora en más cuando me re-
fiera a Stalin, va a ser mi Stalin. En realidad yo preferiría llamar-
lo mi Lenin pero es cierto que mi Stalin tiene otra musicalidad.
No sé bien por qué le puso ese apodo, “le pusieron tantos ya”. Su-
pongo que le quiso decir dictador, o dictador comunista. Por su-
puesto nadie en el ambiente literario sabe que mi editor y yo lo
llamamos Stalin, salvo Stalin, al cual se lo conté un día por mail
y le pareció muy gracioso. O eso creo yo.
Stalin solo sabe que él es Stalin, y por supuesto leerá la novela
(eso espero). Leela Stalin por favor, hasta el final. No la abandones
ni la dejes en lugares peligrosos. Guardala en una caja fuerte don-
de nadie más que vos tenga la contraseña, o en el baúl del auto.
Hace poco coincidimos con Stalin en un evento literario. Ha-
bía llegado solo. Yo había ido al kiosco y cuando volvía, vi que es-
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taba acompañado (Stalin, como se imaginarán, es casado). Giré
sobre mí misma en un segundo y caminé para el lugar contrario.
A partir de ese momento, la noche fue un calvario y terminé llo-
rando en el baño, sentada en el inodoro (con la tapa baja, por su-
puesto). Había tomado vino y no recuerdo en qué momento de
la noche la realidad se me hizo demasiado insoportable. No me
acuerdo, posta, cómo fue que decidí (si es que lo decidí en algún
momento) encerrarme a llorar en el baño. Hay un fotograma que
se perdió. Me recuerdo ahí, llorando sin parar. El mundo queda-
ba afuera. Yo pensaba quedarme ahí hasta que no quedara nadie,
hasta que se me fuese el dolor. En un momento entró una amiga,
que no sé cómo se dio cuenta que yo estaba ahí, e intentó conven-
cerme de que salga. Yo salí, fui al patio del lugar y volví a entrar
al baño a llorar, cosa que hizo todo peor porque hasta ese momen-
to nadie me había visto y después de esa breve aparición de melo-
drama la noticia circuló. Finalmente, cuando casi todos se habían
ido (en este “casi” incluimos a Stalin) le hice caso y salí. Saludé a
los pocos que quedaban y nos fuimos. Hicimos una cuadra y le
dije a mi amiga: “Quiero volver”. “Ya no queda nadie”. No sé,
quería volver. Supongo que algo del goce se había instalado y que-
ría volver a llorar en el baño, hasta cansarme. Cuando llegué me
tiré en la cama y me dormí. A las cinco de la mañana me desper-
té y me di cuenta de que había perdido la cámara de fotos. A las
cinco de la mañana, en ese estado, decidí mandarle un mail a Sta-
lin para hablarle de mi primera novela (que tenía él para corregir).
Le dije que yo no puedo participar de ese proceso. Que si quiere
la corrija él sólo. Que yo si la vuelvo a leer rescribiría todo. Que
necesito escribir sobre lo que me está pasando. Stalin me respon-
de a la mañana: “Está bien, no corrijas, escribí”. Esa misma tarde
empecé con todo esto.
Stalin es el hombre más fiel que conocí. Y no lo digo porque
esto vaya a salir publicado, para hacerlo quedar bien. Es posta, re-
fiel, recatólico y todo eso. Todo esto es pura imaginación. Pura
improvisación. “La novela improvisada era una de las especialida-
des de la niña”.
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Stalin es el tercer hombre prohibido que me enamora. El pri-
mero fue un cura (en la adolescencia) y el segundo mi psicólogo.
Lo del cura no fue tan intenso de mi parte, pero algo era. Recuer-
do que yo fui a confesarme. Tenía el pelo muy largo y muy lacio.
Me arrodillé en el confesionario y empecé: “Padre, mi mayor pe-
cado en el mundo es no ser feliz. Tengo todo para ser feliz y no lo
soy y eso es una falta de agradecimiento hacia Dios y quiero que
me perdone”. Todo esto llorando, claro. El padre Marcelo –que
tenía 28 años– levantó la vista y me dijo algo que no recuerdo
bien pero que resumido sería: “¿Por qué no venís a verme a las
ocho de la noche todos los jueves?”. Era en la iglesia La Redonda
de Belgrano y los jueves había un encuentro de jóvenes o algo así.
El padre Marcelo me citaba en una especie de aula y me hablaba
de una luz al final del camino, del éxtasis de la fe, de no se cuán-
tas cosas más que yo no lograba comprender del todo.
Además de los jueves tenía que ir los domingos a escuchar su
misa. Un domingo fui temprano pero le dije que no podía que-
darme en la misa porque me esperaba Pablo –mi primer amor– a
esa misma hora en Barrancas. El padre Marcelo me dio un ser-
món que decía algo así: “Es una prueba del Señor, tenés a la mis-
ma hora, una visita con Dios y otra con (no sé si dijo literalmen-
te El diablo o si lo dio a entender con frases y gestos)”. Como
imaginarán, me fui a Barrancas.
Todo esto es una locura, lo sé. Voy a mandar todo al carajo por
un enamoramiento. No es una calentura, o sí, también, pero es
otra cosa además. Hoy te odio Stalin y quiero gritarlo a los cua-
tro vientos. En unas horas voy a ver a mi editor, me voy a tomar
un cafecito en la mesita con dos sillones que tiene, me voy a reír
mucho con él (es gracioso, muy gracioso y me hace bien), y le voy
a entregar el principio de este manuscrito. La suerte está echada,
Stalin. Ya no vas a poder decirme que lo baje como un video en
youtube o un post en Facebook. Esto va a circular por todas las li-
brerías de Buenos Aires. Es ficción, Stalin, es pura ficción. Decile
a “tu mujer” que es ficción.
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El origen
Conocí a Stalin como profesor particular. Yo tenía una nove-
la para corregir. Se llamaba Nieve en Buenos Aires y hoy me pare-
ce terriblemente cursi. Stalin me enseñó a escribir, aunque me
decía que no ponga palabras terminadas en “mente” y yo acabo
de escribir “terriblemente” porque me la banco y porque era “te-
rriblemente cursi” de verdad. Lo primero que me dijo fue que sa-
bía narrar. Le había gustado mucho una frase: “Lucía decía que
el semen de Pedro era perfecto”. La repetía cagándose de risa.
“¿Me querés decir cómo es un semen perfecto? ¿Qué tiene un se-
men perfecto?”. Me hacía reír mucho, pero todavía no lo amaba.
“Está muy buena esa frase porque resume todo. En una línea des-
cribís al personaje de ella. Una mina que dice que el semen de un
tipo es ‘perfecto’, ya sabemos cómo es. La describís a Lucía sin
caer en la burda descripción, y además nos contás que está hasta
las manos con el tipo, todo eso en una sola línea”. Yo no podía
creer que Stalin (que en ese momento todavía no era Stalin) me
elogiase de esa manera.
“El mate está lavado” dije yo un día. “¿Y qué querés? No to-
do es perfecto en la vida como el semen de Pedro”, me respon-
dió con cara de orto. ¿Eran estas sus primeras escenas de celos?
¿Celos por mis personajes masculinos? Un día dijo: “Ya lo sabe-
mos, Pedro es puto”, por mi personaje masculino. Meses más tar-
de, el personaje en la vida real en el cual estaba inspirado Pedro
me confesó que estaba en pareja hacía seis años con un hombre.
Stalin la tenía re clara.
Leíamos de a dos. Yo tenía que mandarle una copia por mail
y llevar una impresa para hacer correcciones en lápiz. El leía des-
de su notebook y yo en voz alta. Era muy musical, como algo rít-
mico. Mientras yo leía escuchaba que él decía: “Punto”, “Coma”,
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“Punto”, “Coma”. Y yo tachaba y agregaba puntos y comas con
mi lápiz. ¿Cómo puede ser Stalin? ¿Sólo tenías para corregirme los
puntos y las comas? ¿Y el resto? ¿El contenido? ¿No era todo un
desastre? “Punto”, “Coma”, “Punto”, “Coma”. Stalin me enseñó
a poner los puntos y las comas. Yo ponía demasiadas “comas” y él
me ponía los “puntos”. Stalin, en mi vida, me puso los puntos.
La primera vez que lo vi fue en un bar en Avenida de Mayo,
un jueves a la noche. Me había citado ahí, supongo para conocer-
me antes de darme entrada en su casa. Yo le decía que no quería
ir a su casa, no sé bien por qué (¿intuición femenina?). El barrio
me resultaba lejos y entonces le había propuesto vernos en un ca-
fé. Todavía no sabía que era casado porque en su Facebook no fi-
guraba nada al respecto. Agregó su estado civil meses después de
conocerme a mí. Intuyo que tuvo una escena con planteo onda
South Park por mi culpa, y se vio obligado a agregar esa info. Des-
pués de ese encuentro en Avenida de Mayo me preguntó: “¿En-
tonces vos no podés venir hasta mi barrio?”. Y yo le dije: “Sí, sí,
no hay problema, voy a tu casa”. Grave error. ¿Por qué no te res-
pondí: “No, como te dije por teléfono, me queda muy lejos tu ba-
rrio, prefiero un café intermedio”? Eso que me hizo cambiar de
opinión y sentir que no importaba la hora y media de viaje fue lo
que imposibilitó todo.
Mi vida comenzó a cambiar cuando lo conocí a Stalin. Al
principio no me gustaba. Me hacía reír, era inteligente, pero na-
da más. Durante cuatro semanas no me había dado cuenta de que
la señora que circulaba por ahí era “su mujer”. El primer día que
llegué lo primero que me preguntó fue: “¿Te molesta?”, por un
perro que había que se me venía encima. “Y sí, me está chupan-
do” le dije yo muy sincera. Algo de esa sinceridad le causó gracia,
y medio tentado gritó el nombre de la mina. “¿XXX podés sacar
a la perra por favor?”. Ella habrá pensado: “¿A cuál de las dos?”.
En ese momento “ella” me parecía una empleada, por la frase y la
forma que tuvo él de hablarle. Dije: “Es la empleada, de una”.
Otra tarde la vi y no parecía una empleada doméstica. Dije: “Ok,
es la niñera”. Había una niña y esta mujer hablaba con esta niña
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de manera demasiado afectuosa o afectada (las madres no hablan
así todo el tiempo, salvo que quieran demostrarle algo a alguien).
Dije: “Ah… es una maestra jardinera, que trabaja de niñera. Tipo
separado, clase media, vive solo, hoy le toca estar con su hija”. La
novela improvisada…
Es como la niñera de la clase media alta. Me lo imaginé a Sta-
lin de clase media alta y con niñera universitaria. Una maestra jar-
dinera que estudiaba otra carrera y mientras, trabajaba de niñera.
Algo así. Esa fue la imagen que me hice. Por esta razón yo no me
cuidaba de mis coqueteos y me reía de sus frases sobre el semen
de Pedro y le decía que yo escribiría para él como Stephen King
para su amada. Todavía no estaba enamorada.
Una tarde comprendí (too late) que la niñera de clase media
maestra jardinera que jugaba de fondo con la nena era “su mujer”.
Chan.
Fue así. Yo entré y le dije: “¿No hacemos mate hoy?”. Y me di-
jo: “Es que XXX está un poco mal, sensible, porque se tiene que ir
de viaje por trabajo, y bueno, le prometí que después tomaba la
merienda con ella”. Qué pollerudo Stalin, después decís de Garcés.
Pero en ese momento recuerdo que pensé, y que le conté a mi ami-
go Damián (el Pedro puto), la siguiente reflexión: Qué difícil es es-
tar en pareja. Yo me muero. ¡Era “su mujer”! Y no me di cuenta
porque jamás la trató como su mujer o su novia o algo. La secuen-
cia era así: La “mujer” entraba y salía, atendía el teléfono, traía co-
sas, pasaba por el living y él, nada. Se quedaba conmigo más tarde
de lo estipulado, se colgaba con alguna frase o me contaba anécdo-
tas. Ningún gesto cariñoso con ella, nada. Es más, ni siquiera me
la había presentado. A la nena sí, con nombre y edad y todo. Si la
nena aparecía y lo miraba desde la columna, él me decía: “Bueno
Luz, seguimos otro día, porque mi hija quiere que vea una serie
con ella”. Ese poder que tenía esa mirada de la nenita, le decía yo
a Damián, ese poder debería tener una mujer con su hombre, tam-
bién. En cambio, la mina pasaba por el living y nada. Ni la regis-
traba. Ahora entiendo que entraba y salía porque algo le molesta-
ba. Pero Stalin, como si nada. Stalin sólo registraba a su hija.
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Qué difícil, Damián, que es ser una mujer adulta. Quiero ser
una mujer niña siempre y con apenas una miradita así… “Papi
dale”, pero ni siquiera decirlo, sólo mirarlo, que el tipo ya deje to-
do para irse a mirar una serie a la cama conmigo. Las mujeres
adultas tienen que hacer reproches, tienen que hacer planteítos,
tienen que decir la espantosa frase “Tenemos que hablar”. Algu-
nas tienen que revolear platos y dar portazos. Yo no quiero ser una
mujer adulta. Yo quiero tener el poder de una mirada, apenas una
mirada. La mirada de una niña… “Dale, papi, vení”.
“Ay, qué tremendo Edipo no resuelto que tenés” me dijo Da-
mián (que era psicoanalista). “No sé, no me jodas. Nada que ver”.
Le dije yo. Y me quedé fantaseando con ese living, con una esce-
na parecida años después: yo mirando a Stalin sin decirle nada; él
viniendo corriendo conmigo a la cama a mirar una serie. Puede
ser tan fácil la vida cuando hay amor de verdad. Puede ser tan te-
diosa cuando no lo hay. Qué obviedades estoy escribiendo. Stalin
acá me diría: “Eso es un lugar común, es una pelotudez. No lo ex-
pliques, no lo explicites, contalo. Contá la anécdota y punto”. Eso
me diría. Pero esta vez no está para corregirme y por eso en esta
novela hay frases que van a sobrar. Frases que explican de más.
Que cuentan lo que la situación misma ya está contando. Pero
Stalin, sepan comprender, no puede leer esta novela antes de que
salga publicada porque le daría un infarto. Se enojaría, tendría
miedo, me diría que estoy loca, o me rompería la boca de un be-
so, no sé. Por eso, ahora que está en un libro, con tapa, contrata-
pa, solapa y todo eso, no hay problema. Ahora no cabe duda de
que es ficción y por eso Stalin la está leyendo relajado en su sillón.
Un día me fui de las clases particulares para meses más tarde
volver. Ya no a la casa. Nunca más a su casa. Sincronizamos por-
que a él también se le había complicado, según me confesó por
mail. El último día “su mujer” se había ido, dejándonos solos con
la nena. Así, en medio de una clase, le dijo a Stalin: “Tengo que
salir, ahora vuelvo” y claro, la nenita era chiquita y fue a reclamar
a su padre. Hermoso padre. Y bueno, la nena hizo lo que la mu-
jer no pudo hacer. ¿Es patético? No, no lo es. Lo es, o lo sería pa-
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ra mí, que soy demasiado complicada. Las mujeres adultas no se
hacen tantas preguntas. Hacen lo que tienen que hacer y recurren
a lo que sea, sin tantos miramientos.
“Su mujer” se ganó ese lugar, como sea. Y el orgullo y la ver-
dad no importan mucho. Y el deseo y la pasión, menos.
Pienso que el mundo debería estar separado por zonas. Cuan-
do uno está en pareja estable y enamorado, se muda a una zona
roja. En ese lugar se encuentran todas parejitas. En los bares, en
los cursos, en las Facultades. Hacen presentaciones de libros con
todas parejas (enamoradas). En otra zona, sería gris, están los que
andan solos. Hasta que se enamoran y se juntan. En ese momen-
to se mudarían a la zona roja. Lo mismo pasaría si una pareja se
separa, se vuelve a la zona gris. Eso estaría bien. Si el mundo es-
tuviera así de organizado nunca nos enamoraríamos de alguien
comprometido y todos seríamos un poco más felices. Pero no, tie-
nen que andar pululando los casados en el mundo de los libres, y
confundiendo y exponiéndose y todo eso. Sería como el muro de
Berlín. Un mundo así sólo sería posible dentro del comunismo.
Es cierto que hay una zona de crisis donde las personas no sabrían
bien dónde estar, y saltarían los muros de madrugada. Siempre se-
ría el mismo quilombo, al fin. No se puede hacer nada al respec-
to. Mejor sigamos en este mundo así desordenado a ver qué pasa.
Ellos infiltrados entre nosotros, infiltrados entre ellos. Esto lo di-
go por mí también cuando esté en pareja. Preferiría el mundo di-
vidido por el muro. Claro que surgirían los problemas entre pare-
jas. La novia de A se enamora del novio de B y se arma tremendo
quilombo. Habría que abolir el matrimonio burgués. Hoy pienso
que sí, pero en cuanto mi amor se concrete con alguien voy a vol-
ver a pensar en el matrimonio burgués como la mejor opción.
Ahora estoy de este lado del muro. Y no pienso cambiar de pos-
tura. Fuera parejas infelices y felices. Encima ahora es mucho
peor. Estar en pareja en tiempos de Facebook es un garrón. Es la
tortura lenta y agonizante de la actualidad.
Esa noche del evento yo quería ser la mujer que acompañaba
a mi amor escritor (no me gusta decir marido) a la presentación
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de su libro. Eso sí, yo hubiese pretendido que Stalin me diese más
bola a mí de lo que le dio ese día a “su mujer”. Ni un beso ni un
mimo ni nada. Ni le habló, que yo recuerde. No sé si me banca-
ría eso. Prefiero ser la amante deseada y no la esposa relegada. Pre-
fiero, toda la vida, ser la amante de Stalin.
Hoy es domingo y fue un domingo de mierda. Subí un video
de Stalin a Youtube y me mandó un mail horas después pidiéndo-
me que lo baje. Era nuestro pacto. “Si un día subo algo inapro-
piado o que no te guste, sólo tenés que decirme, bajá eso ya, y yo
lo hago”. Ese mail nunca llegaba. A Stalin le gustaban mis videos.
Hoy domingo de mierda, llegó ese mail. Lo que me dolió no fue
la vanidad. No va por ahí. Eran fotos que había sacado una ami-
ga; yo había hecho un fotomontaje. Me dolió porque sé perfecta-
mente por qué me pidió sacarlo. Estábamos Stalin y yo en dos fo-
tos. En una él me miraba la nuca. En otra yo inclinaba un poco
la cabeza hacia él, mientras sostenía su libro. Ahora entiendo por
qué mi editor le dice Stalin. Le hice caso sin dudarlo. Abrí Youtube,
Facebook, el blog recién inaugurado, todo muy rápido mientras
se me caían las lágrimas en el teclado. Obvio que lo hizo porque
la mina le hizo un escándalo. Esa tarde-noche de mierda odié a
Stalin.
El odio es mucho amor que se te vuelve encima como una pie-
dra en la cabeza. Ana me decía: “Boluda bajá eso, le va a traer qui-
lombo, es re-evidente”, “Pero Anita, es RE-SUTIL, ni nos toca-
mos, sólo estamos uno al lado del otro. Qué linda parejita hace-
mos, ¿no?”, “NO ES SUTIL LUZ” me chateaba Ana. “Se va a ar-
mar quilombo, Luz, en serio te digo”. Sí, ya no me llamo Sonia ni
tengo las tetas grandes. Me llamo Luz y se va todo al carajo. “Ani-
ta, ella lo tiene en la vida real, yo lo tengo en un fotomontaje, de-
jame Anita, no me censures”. Al otro día tuve que reconocerle a
Ana que tenía razón. Hoy es al otro día y estoy hecha mierda es-
cribiendo en la cocina. Tomé una decisión. Lo que empezó como
un juego toma forma real. Mañana lunes le llevo todo a mi editor.
Una vez me dijeron que no hay nada más deserotizante que
ver a la persona que te gusta enamorada y apasionada por otra
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persona, sea su pareja o no. Y es cierto. Si yo hubiese visto apenas
un atisbo de algo de parte de Stalin hacia “su mujer”, este senti-
miento no hubiera nacido nunca. Claro que eso hay que verlo al
principio, después ya es tarde. Ver eso después y meter la mano en
la hornalla es lo mismo. Pero recuerdo que las veces que apenas
empezaba a gustarme alguien y el tipo mencionaba con enamora-
miento o pasión o deseo a una chica, se me iba al toque. A lo su-
mo quedaba un “Qué pena”. Con Stalin fue demasiado tiempo de
tratarlo y no ver para nada a un tipo enamorado de nadie. Lo úni-
co que veía era que me hacía escenitas de celos a mí, y que hacía
comentarios sexuales en general. Las escenas de celos son uno de
los componentes más eróticos que existen. Son más eróticos toda-
vía si el otro no tiene ningún derecho a hacerte una escenita.
Me estoy haciendo unas tostadas. Voy a seguir toda la noche.
Voy a escribir mi segunda novela de un tirón esta noche para lle-
vársela mañana a mi editor. En una de esas tenga que agradecerle
a la “mujer” de Stalin haberse quejado de mi fotomontaje. O a
Stalin ser tan pollerudo del orto. No, todo bien con ser polleru-
do, todo más que bien, pero quiero que seas pollerudo conmigo,
sólo conmigo.
Ya que tengo novelas en mi cabeza y que “la novela improvi-
sada es la especialidad de la niña”, sigamos con esto. Imaginemos
cómo sería mi vida con Stalin. En principio me está acompañan-
do mi editor ahora, y es él quien decidirá si ustedes van a acom-
pañarme más tarde. De él depende y sólo de él, porque no me
atrevería a mostrarle esto a nadie más. Si él lo aprueba, la novela
ve la luz. Las preguntas de mi editor me motivan a seguir contan-
do. De alguna manera, esta novela la estamos escribiendo juntos.
Ahora voy a contar, en principio a mi editor, cómo fue que
Stalin se enteró de que era Stalin. Todo esto es como una gran car-
ta a mi editor. Nunca lo había pensado así. ¿El primer lector im-
portante de una novela es el editor? En este caso sí. En un mail
que le mandé a Stalin, le reproduje la siguiente conversación pa-
ra que se apure con la corrección de mi primera novela:
Editor: Luz, ¿cuándo me vas a traer lo tuyo?
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Yo: Está en proceso de corrección.
Editor: ¿Quién la tiene?
Yo: No te puedo decir.
Editor: Bueno, decile a Stalin que te haga la contratapa y
cuando esté lista traéme una copia impresa.
Juro que esto es todo verdad. Después juraré que es todo fic-
ción. Escribo por escrito que es ficción y negaré en entrevistas y
eventos cualquier parecido con la realidad.
Después de conocer a Stalin me enamoré de mi segundo amor
prohibido, un psicoanalista. Para ser más precisos, mi psicoanalis-
ta, a quien le hablaba de Stalin, pero en ese momento más como
un padre, como un amigo, como un primo. El profesional de la
salud ya veía algo, ya intuía pero yo lo negaba diciendo que el
hombre que me gustaba era él, mi psicoanalista. Ahora me pare-
ce inverosímil estar viendo a Stalin y pensar en otro. Nunca nos
tocamos, nunca pasó nada. Todo esto está en mi cabeza. Y posi-
blemente en la de él. Pero esta novela se está escribiendo, precisa-
mente, porque nunca pasó nada. De ahí la imperiosa necesidad de
contar. Todo esto lo desataron dos líneas en mi casilla de mail.
Dos líneas diciendo que baje ese video, con una pregunta al final:
¿Y si lo bajamos? Qué democrático mi dictador. “Ya lo bajo” res-
pondí yo. Qué poder que tiene Stalin sobre mí. Se hace el plura-
lista cuando sabe perfectamente que me está dando una orden.
Hay un lugar al que no sé si podré volver cuando esto se publi-
que. Espero que sí. Stalin, jamás dije tu nombre. En todo caso,
¿cuántas son las personas que pueden intuir que vos sos vos?
¿Diez, veinte? Treinta ya sería una multitud. Treinta personas no
es el público, Stalin querido. Jamás se darían cuenta los demás.
Los lectores, los editores, los jefes de suplementos y diarios, el pú-
blico en general, el público que te sigue fervoroso.
Vuelvo a mi amor por Stalin. Vuelvo porque pasaron ocho ho-
ras y lo odio un poco menos. Igual no puedo llegar a entenderlo.
Por más que Ana me diga: “Entendelo, es lógico”. “La lógica y el
amor no tienen nada que ver Anita. No lo entiendo y punto”. Es
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un pollerudo del orto y todo mal con los pollerudos que lo son
con otras y no conmigo. Se hace el punk y es más pollerudo que
Garcés. Ahora que lo pienso, Garcés no es pollerudo como vos
decís, Stalin. Garcés está enamorado y así lo muestra al mundo.
Se va al cine con la novia y deja a todos plantados porque quiere,
no porque ella le hace una escenita. Pone fotos en su muro y es-
cribe con ella en su blog, no porque le haga un planteo la mina,
sino porque quiere. O sea, el único pollerudo en el mundo litera-
rio sos vos, Stalin. Y no conmigo y eso es lo que más bronca me
da. No hay objetividad acá. Sos pollerudo conmigo, todo bien, lo
sos con otra, sos un pollerudo del orto. Son las siete de la maña-
na. Hace casi doce horas que me mandó el mail asesino y estoy
sobreviviendo. Es más, diría que se me está pasando.
A Stalin le encantan las anécdotas, por eso voy a contar otra,
porque esta novela es para y por él. No me sale ahora, porque me
viene la imagen de “su mujer” mirándolo a él y yo mirándola a ella
y mirándolo a él y sintiendo que había un error, que el guionista
de nuestras vidas se había equivocado. Que yo debería estar en ese
lugar, que yo nací para él y él lo sabe. Stalin escribe como He-
mingway. Stalin no valora lo que hago por él. Stalin es un ingra-
to y no sé por qué lo quiero tanto. Stalin es una mezcla de He-
mingway, Dostoievski y el Marqués de Sade. Voy a hablarles a
ellos, aunque siempre le estoy hablando a Stalin.
Hemingway
“Te he visto, monada, y ya eres mía, por más que esperes a quien
quieras y aunque nunca vuelva a verte, pensé. Eres mía y todo Pa-
rís es mío y yo soy de este cuaderno y de este lápiz. Luego otra vez a
escribir, y me metí tan adentro en el cuento que allí me perdí. Ya lo
escribía yo y no se escribía solo, y no levanté los ojos ni supe la ho-
ra ni guardé noción del lugar ni pedí otro ron Saint James. Estaba
harto de ron Saint James sin darme cuenta de que estaba harto. Al
fin el cuento quedó listo y yo cansado. Leí el último párrafo y luego
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levanté los ojos y busqué a la chica y se había marchado. Por lo me-
nos que esté con un hombre que valga la pena, pensé. Pero me dio
tristeza.”
¿Cómo hacías Ernest para soportar la frustración y dejar ir tan
tranquilo y quedarte solo con tu cuaderno y con tu lápiz y con tu
ron Saint James? Voy a probar con eso. El alcohol ayuda a sopor-
tar, parece. La soledad es más llevadera con etanol. Y te dio triste-
za. Pero no saliste corriendo a buscarla por la calle como hubiera
hecho yo si hubiera sido Ernest Hemingway y hubiese estado en
la “Bodeguita del medio” en Cuba escribiendo con mi cuaderno
y mi lápiz. Ser hombre tiene esas ventajas, Ernest, ¿cómo no las
aprovechabas? Podías simplemente salir e invitarle unos tragos y
derribar en unos minutos al mediocre rival que te llevó la chica.
Nosotros no te conoceríamos y vos hubieses sido más feliz y me-
nos borracho.
Me encantó la imagen, pero sabes qué, es una jodida menti-
ra. Una pintoresca y simpática frase que engaña a cobardes y
perdedores como vos y como yo. Sabes que ella no era tuya en
lo más mínimo y que mientras seguías con tu cuadernito sacán-
dole punta al lápiz ella estaba cogiendo con otro, comiendo con
otro, durmiendo con otro. Esa era la vida que te perdías en los
bares y en los vasos, Ernest. “Por lo menos que esté con un hom-
bre que valga la pena”, cobarde pasivo Ernest, y apenas te dio
tristeza. Así lo llamás ahora a eso que te carcomía los huesos y
tenías que ahogar con ron Saint James. Si volvieras a vivir sé que
no harías lo mismo. Que cambiarías toda esta fama postmortem
por haber tenido un poco más de coraje y voluntad. Ahora te ves
de lejos y te sentís un pelotudo y yo también me siento una pe-
lotuda porque tu frase me inspira para hacer lo mismo, escribir
y probar con un licor de anís. Por ahí estoy a tiempo de detener-
me y lejos de buscar el prestigio literario me arroje al placer de
lo real y me cague en tus libros, y en toda la literatura universal,
hermano Ernest.
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Dostoievsky
“Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagrada-
ble. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada
de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me
duele.
Ni me cuido ni me he cuidado nunca, pese a la consideración
que me inspiran la medicina y los médicos. Además, soy extrema-
damente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto por la me-
dicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticio-
so. Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura mal-
dad. Ustedes seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo com-
prendo. Claro que no puedo explicarles a quién hago daño al obrar
con tanta maldad. Sé muy bien que no se lo hago a los médicos al
no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí mismo; lo com-
prendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por mal-
dad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me
alegraré más todavía.”
Fiodor, me gustás. Por tu culpa nos enamoramos de los tipos
como vos. Borrachos desencantados de la vida que sólo van con
prostitutas. Me fascinan los hombres como vos Fiodor. Escépticos
ermitaños que sólo tienen sexo con putas y las putas se les enamo-
ran porque son magnéticos. Yo quiero un hombre como vos, Fio-
dor. Sí, uno que tenga muchas historias de burdeles y todo eso.
Uno que pague por sexo y que sea un hombre atormentado y pro-
fundo que le tiene miedo al amor, siente pero no se anima, enton-
ces llego yo y lo ablando y me ama sólo a mí. Y lo invito a que me
cuente sus historias sexuales con las putas y me calienta y me fas-
cina y se sirve otro vaso de whisky o coñac y se quiere resistir pe-
ro no puede, lucha contra él mismo, quiere que vaya y a la vez di-
ce que no y se esconde y me echa pero al final se entrega. Qué en-
fermita me dejaste Fiodor.
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Sade
MADAME DE SAINT-ANGE: Este que ves, Eugenia, este cetro
de Venus, es el principal agente de los placeres del amor; se lo llama
miembro, por excelencia. No hay parte del cuerpo humano en la que
no pueda introducirse. Siempre dócil a las pasiones de quien lo mue-
ve, tanto se mete aquí (toca la concha de Eugenia)... es su camino or-
dinario... el más usado, buscando un templo más misterioso la mayor
parte de las veces es aquí (separa sus nalgas y le muestra el agujero de
su culo) donde el libertino trata de gozar: ya volveremos sobre este go-
ce, el más delicioso de todos. La boca, los senos, las axilas, le ofrecen
también altares donde quemar su incienso; cualquiera sea el lugar
preferido, tras agitarse unos instantes se lo ve arrojar un licor blanco
y viscoso que al surgir hunde al hombre en un delirio tan vivo como
para procurarle los placeres más dulces que pueda esperar.
EUGENIA: ¡Cómo me gustaría ver correr ese licor!
A ver, con vos tenemos un capítulo aparte. Desde ya te diría
que No a “ese templo misterioso”. Sí, ya sé que es lo que más te ex-
cita sólo por prohibido. Vos fuiste el primer hombre que me per-
virtió, cuando adolescente ávida de lectura me paseaba por las li-
brerías de Corrientes, obviamente virgen de todos lados y de men-
te pura. Entre libros usados de Platón y Cervantes me encontré
con un librito de tapa rosa que decía “filosofía del tocador” y al-
guien había metido entre los clásicos, porque resulta que ahora sos
un clásico. Este librito tenía personajes vírgenes e inocentes como
yo por eso lo seguí leyendo, parada en la librería sin moverme de
ese lugar durante cuarenta minutos. Abstraída de todo y sin notar
ni al librero ni a los clientes, ni a nadie. Vos, hijo de puta y yo le-
yéndote con mi vestidito hippie naif en ese rincón de la librería,
absorta del mundo. Si usé el insulto “sádico de mierda”, es gracias
a vos. No podía dejar de leer y para variar no llevaba más que lo
justo encima. No podía comprarlo. Me hiciste volver al otro día y
llevarme el libro de tapa rosa y tirarme en el sillón de la casa de mis
viejos a leerte cuando todos se iban a la quinta. Yo prefería quedar-
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me a leer, a la nena no le interesaba ir a la pileta ni broncearse. Se
quedaba con las cortinas bajas leyendo al más hijo de puta de to-
dos. Tu apellido se hizo insulto. Sos famoso, Marqués.
Hoy Stalin es más Marqués que nunca porque me hizo sufrir.
No lo hizo a propósito pero lo hizo sabiendo lo que hacía. El día
del evento me fui a llorar al baño. No quería ver la realidad. No
soportaba ver que “su mujer” era otra. Que ese hombre que yo
sentía que era para mí, no era mío en lo más mínimo. Mientras
yo estoy terminando, casi terminando mi novela, Stalin debe es-
tar despertándose para desayunar con “su mujer”.
“Su mujer”. No puedo escribirlo si no es entre comillas. Yo
quiero ser tu mujer o tu novia o tu amante, Stalin. Quiero ser tu
mujer sin comillas, pero antes de ser tu mujer quiero ser tu novia
y antes de ser tu novia quiero ser tu amante. La amante de Stalin.
Este puede ser un buen título. ¿Qué dirá mi editor? Yo creo que
le va a gustar. Allá va la princesa comunista amante de Stalin.
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Lo posible
Hoy, lunes 16 de julio, fui a ver a mi Editor. Tuve que esperar-
lo porque estaba acompañado por chicas muy jóvenes. Me puse
un poco mal. Dije, claro, no soy importante en su vida. Me fui a
tomar un café y a pensar, a deprimirme un toque. De repente
pensé en la novela, pensé en que estaba realmente muy buena. To-
mé coraje y volví. Las chicas muy jóvenes eran sus hijas adolescen-
tes. Cuando llegué ya había leído el texto que le había dejado ho-
ras antes. Mientras acomodaba unos libros en un estante muy al-
to me dijo:
–¿Pero vos querés arruinarle la vida a este pibe?
–Pero si nadie sabe quién es Stalin. Además, él me enseñó a es-
cribir. Me dijo que la literatura muchos piensan que está allá le-
jos, pero que en realidad está acá cerca, y que hay que partir de la
anécdota y ficcionarla. Algo así.
–Cría cuervos… (Risas de ambos). Cría Cuervos le podemos
poner.
–¿Entonces sí?... Cría Cuervos… No, es un buen chiste, pero
si yo lo re quiero a él.
–Sí (Mirando y releyendo el texto). Me parece que no se me-
rece tanto.
–¿En qué quedamos? ¿Le arruino la vida o es demasiado bue-
no para él?
–Las dos cosas. Es algo para amar u odiar. Está muy bueno. Es
entretenido. Estás entre Robertita y Lola Arias, pero no llegaste a
superar a Fernanda Laguna.
–Te compro un libro de ella y me lo leo todo esta noche, así
aprendo.
–¿Cómo me asegurás que lo tuyo se va a vender? Yo soy un co-
merciante, vos bien lo dijiste acá. A vos no te conoce nadie.
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–Se va a vender, lo sé, lo sé mucho. Vas a tener que hacer una
segunda edición. Te lo prometo. Yo me voy a encargar de que se
venda. Además, la gente va a querer saber si es ficción o realidad.
Y yo voy a decir lo siguiente: “Es pura ficción”.
–Ay, me tengo que tomar una pastilla.
–¿A todos los hombres les hago subir la presión?
–Bueno, basta. Me quemaste la cabeza. Andá a tu casa y escri-
bí un segundo capítulo. El primero sería Lo Prohibido. Ahora, ha-
cé que pase algo entre ellos. No lo dejes como un amor imposible.
Cuando me estaba yendo le grité desde afuera del vidrio: “¡Se
va a vender!”. Me tomé un taxi feliz.
Cuando llegué a mi casa, tenía un mail de Stalin. Me pedía un
favor. Le dije que sí, que por supuesto me encargaría de “aquello”
y quedamos en vernos al otro día. ¿Las cosas empiezan a ir bien
por primera vez en mi vida? ¿Lo posible se acerca? ¿Mi editor me
dice que me va a publicar y Stalin me dice de vernos? Tranquila,
el éxito asusta. La concreción de los sueños es una de las metas
más difíciles para un neurótico.
Es martes, me visto, me arreglo y me tomo el colectivo rum-
bo a Stalin. Cuando me ve me hace un chiste, como siempre. Yo
me río, como siempre. ¿Será por eso que lo quiero tanto? ¿Porque
le debo horas de risa y la risa me salva de la angustia? ¿Por qué su-
fro tanto? No lo sé, pero el otro día en una película de Woody
Allen entendí que está bien ser así. Un pibe le pregunta a una pi-
ba: “¿Y qué tal con x?”. Y ella: “Y… sí, es copado, pero no sufre”.
“¿Qué?”, “Sí, no sufre por la agonía de existir”. Qué clara la tiene
este tipo. Siempre me pareció que a la gente que no sufre por exis-
tir le falta algo. No es interesante, pero nunca supe describirlo tan
bien. No hace falta tener un problemita (ahí te desgarrás, es la tra-
gedia griega). Sufrir porque vamos camino a la muerte como di-
ce Kierkegaard. La vida misma es algo angustiante. Y no me ven-
gan con los pequeños momentos. Claro que están. Por eso lo
quiero, entre otras cosas, a Stalin, por esos pequeños momentos.
En otra película de Allen, creo que en Annie Hall, dice algo así:
“La vida se divide entre lo horrible y lo miserable. Lo horrible son
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los paralíticos, las tragedias, la muerte y la destrucción, el hambre,
la violencia. Lo miserable, somos todos nosotros. Tenés que dar
gracias de estar del lado de los miserables”.
Es jueves y nos encontramos con Stalin. Recibo el recado que
me da, la misión que me encarga, y pienso que nunca mejor ele-
gido el apodo. Sí, soy tu espía rusa, soy tu cadeta, soy tu mensa-
jera. Soy todo eso que vos quieras. ¿Qué pasa Stalin, ya no te
odio? ¿Ya se me pasó, tan rápido? ¿Ya no hay otra que nos separa?
¿Te siento mío otra vez?
Estamos solos en el trabajo de Stalin. No hay nadie cerca. Yo
estoy contenta, pienso en mi novela, pienso en lo posible de la vi-
da. Estas cosas pasan cuando menos te las esperás. Mientras estoy
anotando las instrucciones de Stalin, pasa algo inesperado. O espe-
rado por mucho tiempo pero inesperado justo en este momento.
Stalin me agarra de la nuca y me muerde el cuello. Eso, no me be-
sa en la boca, me muerde el cuello. Me quedo inmóvil. No entien-
do si es un chiste. Me acuerdo de los pibes de la primaria que si les
gustabas no podían hacer más que darte golpecitos en la cabeza o
pataditas y empujoncitos. Lo miro. Me mira. Le doy un beso yo.
El primer beso con Stalin fue violento. Esa es la palabra justa.
Violento. Demasiado deseo contenido por demasiado tiempo.
Torpe y violento. Suena un timbre y nos sobresaltamos. Llega
gente. El lugar se llena de gente y nosotros nos miramos y tene-
mos la sensación del beso torpe y violento. Él habla pero me mi-
ra y es como si me dijese todo el tiempo: “Nos besamos, ¿viste? Ya
está. Ya empezó todo”. Eso siento que me dice. Yo lo miro y le di-
go: Si, ya empezó Stalin. No lo puedo creer, ya empezó.
Es la hora en la que tengo que ir a cumplir con la misión que
me encargó Stalin. Me voy, lo saludo en la mejilla. Hay gente. Ya
estamos en la clandestinidad. El beso en la mejilla ahora tiene otro
gusto. Camino re feliz por Corrientes. Tengo algo punzante que
no es angustia esta vez. Es algo así como incertidumbre. ¿Y ahora
qué? ¿Ahora viene el sexo o se termina todo en este beso violento
y torpe? ¿Y cómo vamos a hacer?, pienso. ¿Me llamará? ¿Me man-
dará un mail? ¿Iremos a un hotel? Yo vivo con mis padres, y él,
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bueno, no quiero pensar en eso. Stalin ahora es mío. Buenos Ai-
res es una de las pocas ciudades del mundo que tiene hermosos
hoteles. El concepto “Telo” no existe en Europa, ni en Estados
Unidos. Pienso en uno muy lindo, muy naif, que queda cerca de
mi casa. ¿Puede haber un telo naif? Sí, puede. Este tiene macetas
con flores, es romántico, es naif. Pienso, me imagino en ese telo
con Stalin. Comprendo que voy a tener que encargarme yo de ese
encuentro. Planeo cómo y cuándo. Vuelvo a mi casa. Tengo otro
mail de Stalin. ¿Otro mail?
“¿Pudiste hacer todo?, ¿cómo te fue?”.
Le respondo otro que dice:
“No me alcanzó, tenés que darme más. ¿Nos podemos encon-
trar esta vez cerca de mi casa? Estoy muy cansada, viajé todo el
día. Superí y Monroe, le digo. Te espero en la esquina”.
“Ok, salgo para allá”.
Yo no vivo en Superí y Monroe. En Superí y Monroe está el
telo naif. Hace frío pero no me importa. Lo espero casi una hora
en la esquina. Llega, me da un beso, entre la mejilla y la boca. Lo
agarro de la mano y le digo:
“Apurate que hace frío”. Lo llevo hasta el telo naif. Stalin po-
ne cara de sorprendido y saca la billetera. Lo dejo pagar a él por-
que es machista (y me encanta que sea machista). Una vez en la
habitación, me relajo. No me tiro en sus brazos desesperada como
en las películas. Ya está, ya estamos adentro. Ahora me relajo y soy
re feliz. Voy hasta el telefonito naif y pido con el bar.
–¿Qué querés tomar? ¿Cerveza? ¿Gaseosa?
–Bueno, pedí cerveza.
Pido dos cervezas y una Seven Up Light.
–Esto lo invito yo eh, dejame.
Busco música en una pantalla digital. La música es horrible,
no hay punk ni nada. Elijo lo más aceptable, algo tipo blues. Sta-
lin esta en el baño. Llegan las cervezas y la Seven Up y las sirvo en
una mesita que hay con bancos altos. Sirvo los dos vasos. Stalin
sale del baño. Voy al baño yo. Es evidente que estamos nerviosos.
Salgo del baño, me siento, tomo un trago de cerveza y le digo:
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–Bueno, charlemos. Te cuento cómo me fue. Está todo listo.
Empiezo a hablar mientras Stalin me mira y toma su cerveza.
Cuando estoy por llegar al final del relato, se levanta, me agarra y me
tira en la cama. Se desviste. Se tira encima mío. Ya no es torpe ni vio-
lento pero tengo miedo o una emoción fuerte que se parece al mie-
do o algo que no sé que es porque no se inventó un nombre.
Mucho tiempo pasé pensando cómo sería el sexo con Stalin.
Me imaginé todas las variantes posibles, conocidas, inventadas,
vistas en películas, leídas en novelas eróticas. Lo que pasó, no se
parecía a nada de lo que yo había leído, escuchado, visto u oído.
Si alguien lo hubiese mirado de afuera, posiblemente habría pen-
sado que hacíamos lo mismo que todo el mundo. Yo sabía que no.
No se parecía a nada. Lo mejor era lo que nos decíamos.
Después de acabar los dos, mientras yo estaba recostada sobre
él y los dos mirábamos el espejo del techo, volvió a hacer chistes.
Cómo te quiero, Stalin.
Leí esta parte en la casa de Alberto Laiseca. La gente presente
se quedó con ganas de más. Querían los detalles de la tarde en el
telo con Stalin. Voy a ser lo más precisa que pueda, sin caer en mis
devaneos freudianos, como me decía él.
Stalin me agarró de las muñecas, me tiró en la cama y me to-
có muy despacio el clítoris. Yo pensé que me iba a hacer algo muy
fuerte. Fue una mezcla. Sí, me agarró fuerte. Sí, me empujó y me
tiró en la cama. Las muñecas me las apretaba con mucha fuerza y
no me dejaba moverme. Mientras hacía todo eso, me tocaba el clí-
toris muy despacio. Casi imperceptible. Con una mano me soste-
nía muy fuerte de las dos muñecas mías que entraban en una so-
la mano suya. Con la otra me tocaba muy despacio el clítoris.
¿Cómo hacías, Stalin, para disociar tanto? ¿No te desconcentra-
bas? Esa mezcla fue mortal. Quedé desvanecida después del pri-
mer orgasmo. Después se levantó, se sirvió más cerveza y empezó
a hablarme desde la mesa. Yo respondía con gemidos. No podía
hablar. Después de un rato muy largo, vino y me penetró de una.
Era este, el verdadero sentido de la penetración masculina. Stalin
me lo mostró. Ahora ya no puedo hacerlo con nadie más.
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Lo real
“Lo Real en Lacan no tiene nada que ver con lo que en lenguaje
corriente referimos con la palabra realidad. En todo caso, lo Real se-
ría justamente aquello que está excluido de la realidad, lo que carece
de sentido, la dimensión de lo que no encaja, de lo que no podemos
situar. Lo que normalmente llamamos realidad sería el resultado de
una especie de entrecruzamiento entre lo simbólico y lo imaginario.”
Copié y pegué de Internet. Algo que hacemos todos. Mucho
mejor que tratar de explicar yo a Lacan. Voy a hablar de lo que
popularmente se conoce como Lo Real. Lo real es que Stalin está
casado y que jamás se va a divorciar porque no puede. No es que
no quiera, es que no puede. Hay ciertas limitaciones en el ser hu-
mano. Stalin no puede solo con el mundo. Necesita ese sostén que
no pide demasiado y que está sin generarle demasiada inquietud.
Le organiza gran parte de la vida práctica para que él pueda sur-
fear por Lo Simbólico. Es así. Esto es lo Real y siempre lo supe.
Pensé en decirte: Quiero que me mientas a mí, Stalin. Si le
mentís a una mujer es porque no querés perderla. Un día me
mentiste y me sentí un poco más feliz. No querías perderme a mí
tampoco. Quiero ser la más engañada de todas. Quiero que me
mientas más que a ninguna otra mujer en tu vida.
Stalin parece mi hombre ideal pero no lo es. O es al revés. Yo
parezco su mujer ideal pero no lo soy. O lo soy en un plano ideal.
En una dimensión donde seamos eternamente jóvenes y vivamos
en París, en Berlín, en Praga o en Roma, sin ningún tipo de preo-
cupación por el dinero. Nuestra vida ideal sería así. Viajando, de
cocktail en cocktail, de presentaciones de libros a premieres de ci-
ne. De Cinecittá a la Rue de Saint Germain. De Corrientes y Ca-
llao a San Telmo. Es muy argentino mi Stalin pero también es
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bien europeo. Nuestra vida imaginaria, simbólica, ideal, no exis-
te. Sólo puede existir dentro de la literatura. En unas páginas que
se cierran y se olvidan. En la vida Real, Stalin necesita otras cosas
y yo también.
¿Es cruel la realidad? Hoy pienso que sí.
¿Por qué mierda sufro? ¿Por qué me hago la Marguerite Duras
y sufro? Mi vida no tiene grandes problemas. Es más, muchos me
dicen que no tiene ningún tipo de problemas.
César, mi psicoanalista, entendía por qué. ¿Cómo se puede ex-
plicar el dolor desde adentro? No creo que me salga. Alguien se
preguntó (y acá me imagino a Stalin diciéndome: “¡No te compa-
res con Proust, por favor!”), ¿alguien se imaginó por qué sufría
tanto Proust si vivía en una casita hermosa en la planta de arriba
con árboles y una tía le hacía un tecito con magdalenas y la ma-
dre le daba un beso tierno antes de dormir y salía con las mujeres
más hermosas de Francia? ¿Alguien se lo preguntó alguna vez? Pa-
blo (mi primer profesor/primer novio) fue el primero que me le-
yó Proust, en la cocina. El olor y el gusto es lo que perdura des-
pués de todo. Claro que lo entendí, y lloré y supe de la nostalgia
demasiado pronto en la vida. Pero Proust no tenía problemas rea-
les, concretos. ¿Tenía problemas psicológicos, entonces? Yo pensé,
¿hay algo que sólo puede entender un psicoanalista?
César, te dije que me iba a ir e iba a escribir una novela don-
de serías mi musa. Hiciste unos chiste malos sobre “Yo no soy tu
Muzza” por la pizza y me causó gracia porque sos un tarado pero
me hacés reír. Antes de que te subiera la presión te reías de que
eras mi Muzza.
Todo puede ser. No es fácil ser mi musa. Muchos se resisten.
¿Pero qué les molesta si una musa no tiene que hacer nada? Pare-
ce que es complicado, que no es tan así. Que la musa si se sabe
tal, se involucra y ahí es donde se pudre todo. Por eso si de ahora
en más encuentro otra musa lo voy a mantener en secreto. Musa
o Pigmalión. Sería una mezcla de los dos. Artista que se enamora
de su creación. Arcilla en sus dedos que lo fascina cuando está ter-
minada, que cobra vida. Pigmalión.
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Estoy en un bar. Qué buen invento las portátiles. Un regalo de
un ex novio que cobró una herencia de una tía, y entonces me re-
galó mi Lenovo y un par de botas. “Para que escribas”, me dijo. Y
el par de botas, el toque frívolo de toda mujer. En la mesa de al
lado hay un matrimonio con hijos que hacen mucho ruido. No
me gustan los matrimonios, son como un volcán al revés, que se
traga a las personas individuales y expulsa a dos seres que hablan
en plural. Primera persona del plural. ¿Me gustaría a mí eso? No,
creo que no. Prefiero ser indivisible y conmover, exasperar, hacer
subir la presión desde mi única individualidad.
Tengo que salir con mi notebook SIEMPRE. No olvidarlo.
Pero nunca la saqué hasta ahora. Es la única computadora que
tengo y es una extensión mía. Tengo miedo de que se me rompa,
que me la roben, que se desconfigure, algo. La compró más bara-
ta sin sistema operativo y tengo desde hace un año un cartelito
que me recuerda: “Windows is not genuine”, como su compra-
dor. ¿Por qué me pasa esto a mí si todos tienen un Windows tru-
cho? Cada vez que la prendo tengo miedo de que ya no respon-
da. Todo esto viene a que ayer salí con papel y lápiz portaminas.
Anoté cosas que me parecían muy interesantes, y ahora ya no.
Ahora me da paja copiarlas, ahora ya fueron, ya está. Ya no tienen
sentido. Si estuviesen en el Word sería otra cosa. La palabra escri-
ta, ahora, es la palabra digital escrita. El resto, son borradores, ga-
rabatos, quedan ahí. Voy a tratar de recuperar la esencia.
Hablaba de las musas. Sí, las musas. Me acuerdo una anécdo-
ta que contaron en la Facultad. Sobre Renoir y Catherine Hess-
ling. Resulta que Jean Renoir, como todos saben, es el hijo del
pintor famoso Renoir. Eran burgueses de mucho dinero, cuentan.
El padre llevaba modelos hermosas para pintar a su estudio. El hi-
jo no sabía qué hacer con su vida. Iba y venía sin encontrar un
rumbo. Se deprimía, se emborrachaba. Un día ve a una piba (mo-
delo de su padre) que le encanta. Una rubia, que como todas las
modelos de pintores de la época, buscaba ser actriz. El jovencito
Renoir consigue que el padre le financie una cámara, y algunas
otras cosas y decide convertirse en director de cine para cumplir
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el sueño de esta piba. Ella se va con él, filman su primera pelícu-
la. A todo esto, lo único que le interesaba a Jean era la rubia. To-
do lo hacía por ella. Algo de su pasión enferma se trasladó y resul-
tó que era muy buena su película. Así filmó con esta rubia que usó
el seudónimo de Catherine Hessling. Esto no está en Wikipedia.
Ahí sólo encontramos que el tipo vendió los lienzos de su padre y
se aventuró a una costosa producción. Pero yo sé de buenas fuen-
tes que lo que buscaba Renoir era el amor de esta mujer. Antes ha-
bía sido soldado en La Primera Guerra Mundial (nada que ver),
había vuelto con una pierna herida (cojeó siempre después de
eso), no sabía qué carajo hacer de su vida. Esta piba, esta modelo
lo llevó hasta su deseo, que hasta ese momento ni conocía. ¿El ci-
ne? ¿Qué es el cine? Ella quiere ser estrella de cine, entonces, va-
mos por ello. Si la rubia hubiese querido ser cantante o repostera
no tendríamos al genio de Renoir en la historia del cine. Por su-
puesto que encontró en el cine lo suyo y nos dejó obra maestras
como “Las reglas del juego” y muchas más. Pero entró por casua-
lidad, o por amor, que es lo mismo, a eso me refiero. Después hi-
zo algo de compromiso político, en nombre de la paz, con su pe-
lícula “La Gran Ilusión” con Jean Gabin. El soldado había encon-
trado otras maneras de ser quien es, de manifestarse ante el mun-
do. La anécdota cuenta que cuando lo llamaron de Hollywood le
dijeron: “Queremos tus películas, pero sin Catherine Hessling”.
Para ese entonces ya estaba más enamorado del cine que de su ru-
bia. Pero mi pregunta es: ¿se hubiese dado cuenta de esto, sin una
musa que lo llevase hasta ahí? ¿Hubiese el mundo disfrutado de
su genio? ¿Hubiese él, borracho soldado perdido, burgués angus-
tiado sin saber qué hacer, llegado al cine en ese momento de de-
sorientación? No lo sabemos, pero sí sabemos que antes de que
esa rubia se le cruce en el camino, Jean era la preocupación de su
padre, no trabajaba, vivía ocioso, tomaba, despilfarraba el dinero
en juergas y no hacía nada productivo con su vida. Los hechos ha-
blan por sí mismos.
Un día apareció mi musa y desde ese momento sufro más pe-
ro estoy menos perdida. Tengo un norte, algo que no cambia.
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Puedo dejar todo, menos eso. ¿Puede haber más de una a la vez?
Puede haber más de una, pero no en el mismo momento. Un día
una y otro día otra. No existe una palabra masculina para definir-
la. Mi muso. Mi Pigmalión. Ellos no se enteran. Ya me di cuenta
de que si se enteran se resisten. No les gusta el lugar pasivo. “O
hacemos algo o nada, olvidate de mí, andate, fuera”. No les gusta
ser pasivos. “¿Cómo vas a pensar en mí, inspirarte en mí, escribir
para mí?, ¿yo qué soy, un objeto?”.
Les cuesta a los hombres ser un mero objeto de deseo. Prefie-
ren ser todo o nada. Ese lugar híbrido los pone nerviosos. Les ha-
ce subir la presión. Les salta la térmica. Ya lo aprendí, entonces me
callo. No le aviso al muso que lo estoy mirando y que estoy escri-
biendo para y por él. A veces se da cuenta y ahí tengo que despis-
tarlo.
Madame Bovary, me dijo un escritor. “Sos Madame Bovary” y
¿dónde están todas esas novelas de amor que leía? ¿Esto era vivir
de a dos? ¿Y ahora qué personaje soy? ¿Anna Karenina? A César le
gustaba Tolstoi y sobre todo Anna Karenina, pero después le toca
una así y le sube la presión.
Puse a Tom Waits en Youtube mientras escribo. Youtube y
Hotmail son mi caja de seguridad. Confío más en las internacio-
nales que en mi capacidad de guardar algo y no perderlo. Discos,
manuscritos, todo ahora está en mi casilla de Hotmail y en mis vi-
deos de Youtube. Si escribo algo, lo mando a Hotmail, si filmo al-
go, a Youtube, aunque sea malísimo, peor es perderlo. Además es-
tá la opción “video privado” por si lo considero muy bochornoso.
Probé hacer back up, y guardar todo en DVD, pero los pierdo, se
me rayan, además están todo el tiempo cambiando el formato de
las cosas. ¿Qué hace hoy la gente que tenía guardada una obra ge-
nial en un diskette, hace años, y lo recuerda de repente? ¿En qué
ranurita lo mete ahora?
Youtube y Hotmail guardan parte de mi vida. Internet, en tu
ciberespacio vivo y sos traidora, Internet. Una vez, cuando todo
esto empezó, tenía unos escritos en una cuenta de topmail. Algo
que dejó de existir un día y cuando quise buscar “aquellos mails”
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ya no existían. En mi adolescencia confiaba en algo que se llama-
ba “topmail” y era de “terra.com” o algo así, ¿cómo voy a confiar
en una empresa llamada “topmail.com.ar”? Se llevaron mis escri-
tos. Mis “geniales” escritos. Todo lo que se pierde uno cree que es
genial. Como algunos amores. Youtube, Facebook, Cuevana,
Hotmail, Gmail. Ahora confío en un Blogspot. Por favor, no sean
tan efímeros. Son empresas, me digo, ¿cómo vas a confiar más en
una empresa, que administre tus cosas? La Nube, hay algo que se
llama La Nube, pero no voy a subir cosas a La Nube no voy a caer
en esa. La cuenta de topmail se llevó unos escritos enviados des-
de Roma.
“Vas a mirar el Coliseo y vas a extrañar la cancha de River”,
le había dicho su novio el periodista de Página 12, que vivía en
Núñez.
–¿El Coliseo queda en Roma?
–Qué inteligente que sos, piba. Sabés que tenés que actuar un
poco de tontita. Sabés que seduce eso.
Ella lo había preguntado en serio. No se acordaba dónde que-
daba. O lo había olvidado inconscientemente adivinando sus ga-
nas de estar con una tonta. Ella se enganchaba con las fantasías de
los hombres y las actuaba. Sin darse cuenta.
Le había regalado el libro Son de Mar del periodista Manuel Vi-
cent, con una dedicatoria. En el aeropuerto imaginó que llegaba
corriendo a pedirle que no se fuera. Años más tarde le confesaría:
–Yo estuve enamorado de vos, pero vos, te fuiste.
–Si me pediste que me vaya, que no querías nada serio.
–Nunca creas en todo lo que te dicen los hombres.
En las calles de Roma siempre se olía a perfume importado.
Importado para ella. Como los autos. Todos los autos eran impor-
tados. Tonta.
–¿Te gusta Roma? ¿En qué pensás? –dijo Rafael (un ex novio
convertido en amigo, por el poco tiempo que eso dura hasta que
la nueva novia oficial te prohíba para siempre).
–En la cancha de River.
De esos diez días no recuerda demasiado. La Via Nationale y
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Cinecitta. Se hospedaba cerca. Eran muros plateados como una
ciudad de juguete. Nunca pudo encontrar la puerta. Pensaba en
Sofía Loren y Carlo Ponti. Ella quería su Carlo Ponti que la en-
contrara llorando por haber perdido un concurso de belleza y se
haga productor por ella y la convierta en una estrella. Quería ser
la Giuletta Massina de un Fellini que la defienda de la industria
standarizada y la imponga y los cachetee a todos con su talento. Y
morir juntos de viejos. Como esos cuatro. Aunque Sofía Loren to-
davía no murió. Esas eran mujeres que admiraba. Las que supie-
ron conseguirse un hombre que las amara y las hiciera brillar. No
Madonna ni Marilyn. Las mujeres sin un hombre, o se vuelven fá-
licas o se mueren de sobredosis.
El periodista de página 12 quería que triunfe.
–Ponele garra, piba. Quiero buenas noticias.
No era el camino para ella. Tiró una moneda a la Fontana di
Trevi. Empezó a correr buscando un locutorio con Internet. Le
mandó un mail. Sintió algo parecido a la desesperación. Buscó un
teléfono.
–Estoy en Roma, sólo quiero estar con vos mirando la cancha
de River.
Comprendió demasiado tarde que la quería. Él ya estaba con
otra quien años más tarde se convertiría en su esposa y le daría dos
hijos varones.
¿Su vida iba a ser una colección de fracasos e historias de amor
inconclusas? No tendría que haberse ido, comprende años más
tarde. Tendría que haber roto el pasaje, haber perdido el pasapor-
te. Siempre se encontraba en el lugar equivocado. Como cuando
había nevado en Buenos Aires. Ella estaba en Estados Unidos.
Siempre al revés. Se perdía lo bueno buscando algo mejor. De los
amores que no están sólo se puede escribir.
El periodista la escuchaba y le decía:
–Vos tenés que escribir, piba.
–¿Cómo sabes si nunca te mandé ni un mail?
–Por la forma que tenés de mirar el mundo, haceme caso. Es-
cribí con tus manos de niña.
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De leer sus notas había aprendido a escribir crónicas. Se las
mandaba desde Europa. “Roma. 5 de enero. Llueve”. Sus mails
empezaban así. Le mandaba uno por día. Él no respondía.
Cuando volvió a Buenos Aires, casi un año después, apareció
por su casa sin avisar. Lo saludó desde la ventana. Él estaba escri-
biendo.
–¡Piba! ¿Cuándo volviste?
–¿Por qué no me respondías los mails? ¿Los leías?
–Esperá –va a su biblioteca. Saca una caja de cartón de color.
La abre. Estaban todos sus mails impresos y anillados–. No tengo
copia. Si un día querés te hago una.
Ella perdió esa cuenta de mail y con ella todos los mails. Nun-
ca le pidió una copia. Piensa que los debe haber quemado su es-
posa en la estufa.
Mejor vuelvo a la primera persona, me queda más cómoda.
Son las nueve de la mañana. En un rato voy a ir a hacerle una en-
trevista a un escritor que se cree el mejor escritor del mundo, y me
gusta que se crea el mejor escritor del mundo. El narcisismo me
resulta encantador, fascinante. El narcisista no se la cree todo el
tiempo. De repente baja y se siente la última cucaracha y eso es
magnífico. Estar ahí cuando caen, cuando suben. Ver esos vaive-
nes. Además, no lo pueden sostener todo el tiempo. Estar arriba,
en la cresta de la ola. Son muy vulnerables los verdaderos narcisis-
tas. Son encantadores.
Hace unas semanas, chateando con otro escritor narcisista pe-
ro que se hacía el modesto, surgió un argumento para una nove-
la erótica. En realidad, él me dijo, como César, que escribiese no-
velas eróticas. Pero ¿por qué? ¿Qué ven en mí? Yo sólo estaba ha-
blando de los celos. De la imposibilidad de las relaciones huma-
nas. El único que pudo escribir buena literatura erótica fue el
Marqués de Sade. Las mujeres que pretenden escribir literatura
erótica son patéticas. Yo no quiero ser una patética que escribe li-
teratura erótica. Yo quiero firmar con seudónimo masculino y ser
respetada como un hombre porque a veces pienso como un hom-
bre. Quiero confundirlos y que no sepan qué soy. Libertad de gé-
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nero, me acordé de eso. Qué grande estar en un momento del país
donde la gente puede elegir su género.
Los escritores no tenían ese problema. Desde la Edad Media,
una podía cambiarse de género y firmar como hombre para no ser
perseguida por la Inquisición o cosas así. Ahora no se estila mu-
cho, me dijeron, por la cultura del yo, todos quieren figurar, pe-
ro también es posible que una escritora firme con seudónimo
masculino o un escritor con uno femenino. Y eso da un alivio,
una paz. Saber que se puede hacer. Imagino a la gente que sentía
lo mismo en su vida privada. Como elegir un avatar, un seudóni-
mo, para vivir. Me encantan estas cosas que pasan en mi país aho-
ra. Otras no las entiendo, pero las que entiendo, me gustan.
Volviendo a mi novela erótica, no me pude poner a escribirla.
Lo único bueno era el argumento. Cuando quería pasarlo a mu-
chas páginas, me confundía. Primera o segunda persona, era todo
muy irreal y “la novela debe hablar del mundo”. El argumento era
el siguiente: Una pareja reciente. Ella es muy celosa pero de tan
celosa da una vuelta de tuerca como Henry James y le dice: “Vos
podés estar con cualquiera, pero me tenés que llevar a mí con vos.
Sólo hay una condición: No podés tener amigas ni conocidas y la
chica en cuestión tiene que hablar un idioma que vos no entien-
das, así no te enamoras”. Esto ya lo dice todo. Ellos van a Ams-
terdam, eligen una rusa veinteañera blanca de tetas blandas y pe-
zones rosas. Ella mira, participa, da indicaciones, filma, opina,
disfruta. Él, muy contento, acepta este juego. Salen y van a tomar
un cafecito en un barcito lindo que mira a un puente. Hace frío
y es de día. Se ríen, se divierten. Disfrutan. El tipo le dice que no
se le ocurra a ella hacer lo mismo. “Yo no quiero que a vos te to-
que nadie”. Ella le dice: “A mí nadie me toca mi amor, cuando
tengas dudas me atás con un grillete a la cama desnuda y me traes
sushi, comida hindú, vino, películas y libros”. Esto que parecía
una joda, con los años se transformó en realidad. Cuantas más
mujeres hermosas se cogía él, más insoportables eran sus celos. La
encerraba, no la dejaba salir, no le permitía hacer cursos para que
no fantasee con su profesor, ni ir al cine para que no se caliente
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con el actor. Decide encerrarla en una habitación de lujo en una
mansión de lujo (dinero no les faltaba sino hubiese sido un pro-
blema en el argumento) con un grillete y una cadena muy larga
que le permitía ir al baño, meterse en el jacuzzi y mirar por la ven-
tana. Ventana que después cerró y trabó para que ella no fantasee
con ningún vecino. El horror, era su mente. Tenía celos tormen-
tosos de su mente. El que tenía sexo con otras era él, pero era víc-
tima de los celos más devastadores. Una noche llorando le dice
que se vaya, que le va a soltar la cadena y que se vaya a la maña-
na y se cambie el nombre, se tiña el pelo, se vaya lejos (le deja cien
mil dólares para que empiece una nueva vida, el dinero no era un
problema). Le llora arrodillado y le pide que se vaya, que si se
queda tiene miedo de matarla. Tiene miedo de querer desintegrar
su cerebro con la mano como en Hombre mirando al sudeste.
Quiere destruir su mente, sus fantasías. Está a punto de volverse
loco, le dice. Él no sabe cómo va a vivir sin ella, le explica. Pero
quiere salvarla, entonces, la suelta y se va.
Él prepara su suicidio para la mañana siguiente, cuando ella ya
no esté. Llega a la casa a las siete de la tarde. A esa hora ella esta-
ría lo suficientemente lejos. Abre una botella de vino. Escribe una
nota con indicaciones al jardinero y al personal de limpieza, para
que no se asusten. Dice que el jardinero tiene que ser el primero
en entrar al cuarto, que hay un trabajo delicado para él. Se desnu-
da y se prepara un cocktail mortal. Me imagino cerezas venenosas
en un bowl. No tiene por qué ser realista. Eran cerezas que te ha-
cían dormir hasta morir. No había vómitos ni nada desagradable.
Era el suicidio tranquilo de lo melancólicos.
Él entra, desnudo, con su tupper lleno de cerezas (bueno, en
ese entonces se le había ido el estilo a la mierda), una copa de vi-
no y la película Casablanca en DVD, original, claro. Ellos com-
praban todo. Tenían un proyector con pantalla gigante en la ha-
bitación y compraban películas originales. Entra y cuando abre la
puerta la ve a ella, desnuda, encadenada. Se queda duro, parado
con el tupper con cerezas. Ella le dice: “Hace mucho que no la ve-
mos, dale vení, sentate acá”. Le manotea el tupper y empieza a co-
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mer las cerezas y pone el DVD. Empieza la música de Casablan-
ca. El está duro. Vamos, ella sabe lo que está haciendo, no es nin-
guna tonta, sólo disimula. Por amor, para que él no se sienta un
asesino. La pantalla muestra la pantalla del final de Casablanca (a
esta altura ya no era una novela sino una película. Alguien había
decidido llevarla al cine). Primer plano de la pantalla de Casablan-
ca en el final con Humprey Bogart diciendo: “Siempre nos que-
dará París”. El jardinero leyendo su nota con indicaciones y su-
biendo las escaleras hasta la habitación, la puerta entreabierta, el
reflejo de la película desde la puerta. El jardinero subiendo las es-
caleras. El reflejo y la música de Casablanca. Fin.
¿Qué tiene de erótico esto, me querés decir? (no voy a poner
tu inicial porque se darían cuenta todos), ¡si es una tragedia! ¡Una
tragedia urbana! Es la imposibilidad del amor. La imposibilidad
de capturar el deseo del otro.
Ahora que tengo (creo tener) a mi censor, me atrevo a escribir
algunas cosas que antes callaba.
Tengo mi portátil en un bar como todos, y mis auriculares que
se me caen, conectados a la música de mi celular. Antes de seguir
voy a buscar mi música en downloads. Música que bajé en los glo-
riosos tiempos de comunismo virtual y que ahora todas las em-
presas de mierda están bloqueando. Empresas de mierda, sí, y au-
tores de mierda que no entienden nada de nada. Que asocian ar-
te con dinero y se van al carajo mal, y por culpa de ustedes ya no
puedo tener en downloads películas y música que antes sólo lo-
graba con un click. Bajaba cualquier cosa, ahora suena “Por ese
palpitar” de Sandro, pero en realidad es Vicentico.
Yo puedo presentir que tú debes sufrir igual que sufro yo por
esta situación, y ahí me doy cuenta de que es la forma, no el con-
tenido. Uy, qué boluda, me acabo de dar cuenta de que no había
desconectado los auriculares del celular que ya había dejado de so-
nar y que “Por ese palpitar” sonó por los parlantes de la Lenovo.
Con razón todos me miraban. Volumen al máximo, la mina con
anteojos oscuros y suena “Por ese palpitar”. ¿Qué quieren?, es mi
primera salida con mi Lenovo, no estoy acostumbrada, creo que
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estoy sola en el bar. Decía, es la forma, lo canta Sandro y suena
impostado, lo canta Vicentico y suena verdadero. Llegó el café
con leche y las medialunas. Voy a parar unos minutos.
Tomé el café con leche y me colgué editando otro video para
Youtube. Acá estoy otra vez, ya me adapté. Es lo más natural del
mundo salir con tu portátil, ¿cómo no lo había hecho antes? Edi-
tar un video en un bar es otra cosa. Tiene algo de la mirada de los
demás, que no tiene editar en tu propia casa.
Edito videos. Esto me hace pensar en que si yo fuese editora
de libros y me llegasen cientos de mails prefería que sean persona-
lizados y dijeran. “Hola, quiero publicar en TU EDITORIAL por
tal y cual cosa” antes de abrir un archivo de alguien que manda
genéricos y pide que alguien lo publique como si pidiese limosna.
El que elige a su editorial por motivos caprichosos, me quedaría
con éste. Aunque el texto no sea el mejor, lo es el autor. Yo tam-
bién quiero elegir, y también soy caprichosa. Así, como tocando
de oído, sin saber nada del mundillo, por las luces que genera –o
las sombras–, tengo tres editoriales con las cuales me encapriché.
Una es la de Guido Indij, de Interzona. Serán los libros que leí y
me gustaron, será el papel que usa, las tapas, la letra cortada al
medio, serán los bigotitos. Será que no me agregó a Facebook ar-
gumentando que sólo “agrega personas del mundo real”. ¿Y pero
yo de dónde vengo, Guido, de la cuarta dimensión? Será todo eso
o será lo inexplicable que pasa cuando te gusta alguien. Te gusta
uno y no sabés bien por qué.
La segunda es Mansalva porque me dijo Daniel Guebel (no sé
si puedo contar esto) que Garamona le rechazó una novela dicién-
dole: “Es que a mí me gusta la literatura salvaje”. Entonces se me
ocurrió, sin saber bien a qué se refiere el término, que lo mío es Li-
teratura salvaje, Francisco Garamona, así que tengo Literatura salva-
je para vos.
La tercera es Random House Mondadori sólo porque creo que
es re top. “¿Re top Mondadori, por qué top?, publica a Garcés”,
me dijo Guebel. “Bueno sí, debe ser por eso, no sé, para mí es re
top, me da así, re top”.
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Pasan cosas raras en el mundillo literario. Una vez me contac-
ta por Facebook un tal A.M (no puedo nombrarlo).Yo no sabía
quien era, pero lo tenía en Facebook y por algo lo tendría. Me di-
ce: “Leí tu blog, un cuento que está muy bien. Llamame, así ha-
blamos de tabajo”. ¿De trabajo?, pensé, qué bueno, ¿trabajo de
qué? Lo llamo al celular, previo googlearlo y mirar algo en su Fa-
cebook para saber un poco más quién era.
Resulta que el trabajo del cual me hablaba, ¡era para él! “Bueno
tus textos están muy bien pero se pueden trabajar y bueno, ¿vos sos
consciente de que una mirada profesional se cobra?”. ¡Hijo de pu-
ta! ¡Trabajo para vos buscabas! Se quedó mudo, no dijo nada más.
Al otro día me ofrece leer mi novela gratis. (Gratis por ahora, forro,
la primera te la regalan pensé). Ni en pedo, ya está en buenas ma-
nos y no confío en nadie más. No me cabe tu onda A.M.
La semana pasada fue una semanita intensa. Evento literario
que había, ahí estaba yo con mi camarita. Lo más impresionan-
te sucedió en la muestra de Sergio Bizzio. Me metí en el fondo,
una charla de mujeres que contaban intimidades bizarras. Me
metí en el medio con mi cámara. Después de una hora, la chica
de Mondongo dice: “¿Y esta?”, “Es Luz Marus” le dice alguien.
“Pero está hace una hora con la camarita. Llegás a subir esto a
Youtube y te juro que te mato Luz Marus, te juro que te voy a
buscar a tu casa y te mato”. Yo le dediqué una sonrisa y escucho
que un pibe me dice en voz baja por atrás: “Ojo que esta es de
la pesada en serio”.
Cuando llegué a mi casa decidí que mejor era cuidarme y no
subir nada de esta chica, sólo la parte que acepta mirar a cámara
y decir: “No soy actriz”. Subí el resto de la conversación que me
resultaba muy divertida e increíble. ¿Estas chicas serán escritoras?
No creo, pensaba, deben ser amigas de Bizzio de otro lado. A las
pocas horas de subir el video a Facebook aparecen mensajes pri-
vados de escritores diciendo más o menos todos lo mismo: “Ne-
na, está muy bueno el video, me cagué de la risa, pero esa que es-
crachaste mal es la mujer del tipo que querés que te publique”.
¿Qué? Ah, no, no puede ser, ¿cómo se llaman? Ahí me enteré de
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que eran Cecilia Pavón, Fernanda Laguna, de Belleza y Felicidad,
y dije, bueno, pero la de Mondongo no me puede hacer nada...
¡No te puedo creer! Bueno, pero es de onda, todo bien chicas, si
me cayeron re bien, posta. ¡Belleza y Felicidad!
Después conocí a Fernanda Laguna y leí sus libros, y quedé
fascinada con ella. A Cecilia la crucé en un evento y me pareció
lo más dulce del mundo.
Garamona, todo bien con tu mujer y su Dream Machine. Hi-
zo reír a muchos. A mí me sacó de la depresión cuando estaba por
caer. Pensar que yo iba a esa muestra sólo porque me dijeron que
para publicar una novela tenía que hacer sociales y que ibas a es-
tar vos y que te gustaba la literatura salvaje. Entonces en un mo-
mento me acerqué (casi al final de la noche) y te dije: “Hola, qué
tal, soy Luz Marus”, y me respondiste “Ah, ¿vos sos Luz Marus?”
(y algo más impublicable) y después dijiste que te había gustado
mucho la entrevista a tu amigo. Me sorprendiste, Garamona, no
se suponía que vos debías conocerme a mí, eso me cambió el
guión y me quedé muda. No pude decirte que tengo una novela
salvaje para vos. Y para rematarla, tu amigo (que no sé quien era),
agrega “Ah, ¿vos sos Luz Marus?”, “Sí, ¿vos también leíste la en-
trevista?, ¿quién sos en Facebook?” y me responde: “No, yo no
tengo Facebook pero un amigo me pasó por mail unos videos tu-
yos en Youtube”, “¿Qué?”.
Creo que eso me asustó más que la amenaza de muerte de la
de Mondongo y me fui. Fue así, me dio pánico y dije, “voy a bus-
car vino”, pero no, me fui. No saludé a nadie, sólo a Bizzio y só-
lo porque estaba en la puerta. Bizzio me dice: “Pará, mándame el
video por mail, anotalo”. Busco una lapicera y un papel en mi car-
tera y Bizzio no se acordaba su mail. Tardó un montón, y después
de cinco minutos de limbo me lo dice, ¡y era su nombre! Sólo su
nombre más una arroba y el más conocido de los mails. ¿No te
acordabas tu mail o no te acordabas de quién eras Bizzio? Era só-
lo tu nombre, sin guión ni nada raro, sólo tu nombre. El vino era
gratis y muy bueno, tengo que confesarlo.
Volví a encontrarme con Sergio Bizzio en una fiesta. Me di
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cuenta de que era un caballero, porque compartió conmigo una
idea maravillosa. Esto fue más o menos lo que sucedió:
–¿Y la chica se enamora alguna vez?
–Sí, claro, siempre estuvo enamorada.
–Ah, por eso hace todo eso, para disimular.
–Puede ser.
–Y para que el tipo reviente de celos.
–No tanto, eh.
–Y en un momento, blablablablabla.
–¡Ay Sergio! ¡Esa idea es genial! ¿Pero me la vas a regalar así?
Tengo decir que se te ocurrió a vos.
–No, surgió acá, hablando juntos.
–¿Sos el primer caballero del mundillo, entonces? Gracias,
¡qué generoso! Igual voy a decir: “Lo mejor de mi novela, se le
ocurrió a Sergio Bizzio” (y la gente que imagine lo que quiera).
Interrumpe Daniel Guebel:
–Ese personaje masculino tuyo es más blando que un flan, no
le podés poner ese nombre.
–Daniel odia a todos los personajes masculinos, de ficción o
de realidad. ¿A Hemingway también lo odiás?
“¿Quién es Hemingway?” hubiese sido una respuesta típica de
Daniel. En cambio dijo:
–Vos acordate de no poner ningún nombre y apellido real y
listo. Al mundillo, si no le ponés fantasía, es un embole. Hablan-
do de Roma, mirá quien llega.
–Strafacce, el otro día recomendé un libro tuyo.
–Hola, ¿cómo andan? ¿Qué libro?
–Preparate Strafacce, dentro de poco vas a tener laburo. Esta
chica se está metiendo en problemas.
Hay un veinticinco por ciento de esta novela que va a volar,
que ya está volando y jamás lo van a leer.
Guebel, gracias por la sugerencia pero la primera novela ya no
existe. Ni Metálica ni Carne quemada. Esta es la segunda novela y
algo me dice que va a ser la primera publicada. Metálica quedó en
las manos de Stalin y ahí murió.
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Todavía me falta mucho. Me falta, entre otras cosas, olvidar-
me de Stalin. Estoy en ese proceso. No es fácil. Escribir es catár-
tico, tenías razón. Esta novela surgió después de leer Derrumbe.
No intenta parecerse, jamás podría atreverme, pero reconozco que
fue un estímulo literario. Hay historias que terminan antes de em-
pezar; hay finales que se precipitan.
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El final
Nos citamos con Stalin en un punto intermedio para darle un
punto final a lo nuestro. Chacarita, cerca del cementerio. Las co-
sas se me estaban yendo de las manos. No podía disimular y ter-
minaba llorando en baños públicos de eventos literarios suscitan-
do rumores y habladurías. La gente comentaba y la vida de Stalin
se estaba poniendo complicada.
En un bar de mala muerte (no me causa gracia) nos despedi-
mos. Yo lloraba, como es de esperar. Él estaba serio, muy serio.
Decía: “Luz, basta, no lo hagas más difícil de lo que es”. Yo le de-
cía: “No lo hago, es”.
–Vas a encontrar a alguien que te quiera.
–No me consueles pelotudo.
–Te voy a extrañar.
–Yo también.
–Voy a escribir una novela para vos. Va a ser mi mejor novela.
–Qué hijo de puta. Yo te quiero en la vida real, no en una
novela.
–Sabés que no se puede.
–Sí, ya sé que no se puede.
–No quiero enterarme si te enamorás de otro. Ni siquiera si es-
tás con otro. Haceme el favor de no comunicármelo. ¿Puede ser,
Luz? ¿Podés hacerme ese favor?
–No voy a poder estar con nadie, nunca.
–Siempre tan extremista.
–¿Y vos?, ¿vas a poder ser feliz?
–Voy a hacer lo que pueda. Vos en cambio sí, podés ser feliz.
–No seas cursi que no te queda bien. Falta que me digas: “Te
curarás antes que yo, Maga, porque vivís en la salud”.
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–El pobre diablo soy yo, ¿no te das cuenta?
–No sé. Sí, un poco.
Esta novela la terminé de escribir en el bar Tienda de Café, de Elca-
no y Conde, en el piso de arriba, un miércoles 18 de julio de 2012 a
las 13 y 37 de la tarde.
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La corrección
Llego a la imprenta y baja Stalin a abrirme. Nos quedamos un
rato hablando. Stalin es mi jefe. Stalin es como el ciudadano de
Orson Wells. Después está Pancho que es su mano derecha. Una
especie de Sancho Panza pero flaco y lindo. Es lindo Pancho, lás-
tima que es tan pancho. También está Marcos, que es el más serio
de los tres. El orden jerárquico sería así: Stalin es el más jefe de to-
dos. Le siguen Pancho y Marcos, que es el que hace las tareas más
trabajosas. Marcos se enojó conmigo el otro día por un malenten-
dido. No tiene mucho sentido del humor Marcos. Pancho es dis-
tante, serio, formal y todo eso que hace suponer que alguien es
muy profesional.
Nos quedamos hablando con Stalin. Le pido que me proteja. Se
ríe y niega con la cabeza. Ya no tenemos un romance. Hablamos só-
lo de trabajo. Le hablo de mi novela y le pido ayuda. Me dice que
le falta corrección. Le digo que él tiene la primera novela. Le expli-
co que esta es diferente y que no se la puedo mostrar porque el per-
sonaje masculino está inspirado en él, pero que no es él. Me sigue
diciendo que le falta corrección. Que no le puedo presentar a un
editor un texto sin el formato adecuado. Le digo que él no quiere
ayudarme. Me dice que sí quiso y que yo no lo escuché.
–Yo te dije y vos no me escuchaste.
–Sí que te escuché. Siempre te escucho.
Llegan Marcos y las chicas. Oyen esta última parte del diálo-
go. Stalin sube. Me quedo un rato hablando con Marcos inten-
tando aclarar el malentendido. Es inútil. Subo yo también.
Voy a la cocina a preparar café y están Pancho y Stalin. Me
uno a la conversación. Nos reímos. Hacemos un buen trío. Ya no
hay romance con Stalin. Ahora somos amigos y me gusta ser su
amiga. Me siento Lou Andreas-Salomé. Me gusta ser la intelectual
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entre hombres intelectuales. Hablamos de mi primera novela. Sta-
lin vuelve a decir que le falta corrección y que yo no lo escucho.
Le digo que la segunda es diferente, pero el que no me escucha
ahora es él. Pancho asiente y le da la razón a Stalin. “Pancho, pe-
ro si vos no leíste ninguna de las dos”. “Tenés razón” me dice. Nos
ponemos a trabajar.
A la salida me tomo el colectivo con Pancho porque vamos pa-
ra el mismo lado. Seguimos hablando de las novelas y la correc-
ción. Le digo: “Pancho, bueno, ¿cuánto me cobrás? Te la paso es-
ta noche”. “Dejame que lo hable con Stalin” me responde.
Llego a mi casa y veo un mail de Pancho donde me dice que
me cobra seiscientos. Me parece mucho porque no tengo plata,
pero le digo que sí. Se la mando por mail. Empieza el proceso de
corrección.
Me quedo dormida y me despierto tipo cuatro de la mañana.
Prendo la computadora, abro Gmail y veo el siguiente mail de
Pancho:
Luz, acá te mando editada tu novela.
1) Le cambié los nombres (puse los reales). Fijate en la escena de
las amigas de Bizzio, quizás ahí se me escapó alguno. ¿Mondongo es
Mansalva? Si es así, no lo cambié, cambialo vos por favor.
2) La novela me encantó. Sinceramente, me parece que está bue-
nísima, me sorprendiste. No esperaba algo así de vos (te subestimé,
perdón). Creo que se va a editar y que se va a vender. Está buena. Por
lo menos, va a armar quilombo.
3) Voy a llamar a XXX para decirle de qué va la novela. No pue-
do evitarlo, me pusiste en una situación de mierda, él es mi amigo.
No puedo callar esto, si sale a la luz y se edita, no puedo ocultar que
la leí antes de que pase a papel. Como te prometí no decir nada, te
doy hasta las 22:30 para que hables vos con él. Yo lo voy a llamar
22:30. Si querés ser vos la que se lo diga, llamalo antes.
Besos y felicitaciones, la novela está muy bien.
Saludos, Pancho.
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Como dice mi amiga Ana, me quedé “Lacia” frente a la pan-
talla. No puedo creerlo. Trato de tomarlo con humor. Le pongo
onda. Le respondo otro que dice:
Querido Pancho. Gracias por tus elogios. Menos mal que no es-
cribo como Dostoiveski sino ya estaría en la comisaría. Te mando
un beso.
Luz
Trato de ponerle onda pero no lo consigo. NO PODÉS SER
TAN PANCHO, PANCHO!!! Grito en mi mente. Este pibeeeee!!
Es un boludo!!... pero es gracioso. Me dio media hora. O sea: Me
escribió a las diez que me daba hasta diez y media para llamarlo
yo y decirle. Decirle quéeeee Pancho si es una novela!! Es ficción!!!
Trato de ver la parte tragicómica. Me río. Me obligo a reír pero
no me sale. Me hago la canchera tipo onda no me importa nada.
Pienso en lo que le va a decir a Stalin. Cómo de qué va la nove-
la??? Se la vas a contar o se las vas a pasar??? No entiendo Pancho.
Ahora prefiero que se la pases y me diga si está bien escrita. Pero
no, se la vas a contar!! O sea, con tus palabras!!!! Y si lo preocupás
al pedo???... Además…no es él!! Juro que no es él. No es mi jefe!!
Bueno, hay algún parecido. Pero es un rejunte, es una construc-
ción. Ayy Pancho, qué pancho que sos. Cómo se nota que sos pe-
riodista y que no sos un artista Pancho!!... Trato de entender a
Pancho porque me cae bien y es lindo y no es malo. Trato de com-
prender que para él es algo serio. No lo vio como una novela. Tra-
to de no juzgar a Pancho. Trato de comprender el recorrido de su
mente. Pancho sos un taradooooooooooooo!!! Trato de calmarme.
No puedo. Le mando un mail a Stalin. Le mando la novela. Ha-
go chistes “Ayy este Pancho, menos mal que no escribí un poli-
cial”. Stalin no me responde. Pasan dos días, tres días y ni noti-
cias. Lo llamo a Laiseca llorando: “mirá lo que me pasó”. Lloro en
el teléfono. No tengo consuelo. “De traidores está lleno el mun-
do, si yo te contara”. “Pero me hizo sentir re-mal a mí, como si
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hubiese cometido un crimen”. “Eso tienen los traidores. Te hacen
sentir que el hijo de puta sos vos”. Me seco los mocos y voy de-
jando de llorar. Alberto dice “Ese Pancho es un boludo, no en-
tiende nada de literatura. Además, Stalin no existe. Eso lo supe yo
y eso que la leí dos veces. Vos quedate tranquila. Esa novela se va
a publicar y sino la llevo yo mismo”. “Bueno, gracias, gracias,
chau, chau”. Corto y me siento un poco mejor. Imprimo la copia
corregida –que igual tenía dos erratas– y trato de no odiar a Pan-
cho. Stalin no me tranquiliza. No me responde los mails. ¿Qué
pasa? Es inteligente, tiene sentido del humor. ¿Por qué no me res-
ponde con un chiste, como siempre? Ya está, pienso que ya está.
Mañana jueves nos encontramos con mi editor para firmar. “Está
bien”, pienso. Si esto genera en el público, todo bien. Esto a mi
editor le va a gustar. Pero… ¿si Stalin le hace caso a Pancho y me
echa? Me muero si me echa. No puedo vivir lejos de Stalin. Ade-
más, la imprenta es mi vida. Está todo ahí. Mis amigos, mi gen-
te, mi lugar. Tengo que ver el lado positivo del asunto. Le voy a
mandar un mail contándole todo esto a mi editor. Va a ponerse
loco de contento. Son las cuatro de la mañana. Pasaron seis horas
de todo este escándalo. Mi editor debe estar durmiendo pero le
dejo esta buena noticia para cuando se despierte. Esto a él le va a
gustar. Piensa en la gente saliendo a comprar la novela que armó
tanto quilombo. Le escribo como cinco carillas de mail. Necesito
escribir. Mi editor es mi primer lector. Le escribo y ya me voy por
las ramas. Paso del episodio con la corrección a mis recuerdos de
infancia y sigo por planteos académicos. Le cuento anécdotas de
Puán. Le hablo de César Aira y del cuento que más me gustó de
Fogwill, “Muchacha punk”. Son las seis y pongo el despertador
para las doce del mediodía. Me duermo exhausta de tanto llorar
y escribir. Me duermo abrazando la almohada. Rezo para que Sta-
lin no me eche. Sueño con Stalin. “Stalin es de mentira”. Me
duermo diciendo esa frase.
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La publicación
Es jueves y nos encontramos con mi editor en un bar del cen-
tro para firmar el contrato. Llego, lo saludo, me pido un café y lo
miro. Está serio.
–¿Te pasa algo?
No me responde.
–Guido, ¿te pasa algo?
–Me di cuenta de todo, eso me pasa.
–¿De qué hablas? ¿Es un chiste, no?
Guido siempre hacía chistes y con la cara muy seria. Yo siem-
pre tardaba en darme cuenta.
–Dale, no me jodas. No me quieras hacer creer que te arrepen-
tiste. No seas sádico.
–Me di cuenta de todo –repetía.
Decido seguirle el juego.
–Bueno, dale, ¿de qué te diste cuenta? Contame.
–De que vos y Stalin están los dos confabulados. Me están ha-
ciendo caer. Vos me mandas mails a las cuatro de la mañana, des-
de la cama con Stalin.
–Guido, ¿me estás jodiendo, no? Stalin no existe.
–Bueno, ya me acostumbré a llamarlo así. Vos y él están con-
fabulados, y me hicieron caer a mí. Es más. El que te escribe la
novela es él y como no le publico nada últimamente, está querien-
do publicar a través tuyo.
El mozo me trae el café y le digo: “Disculpá, ¿podés agregarle
algo fuerte? Anís, cognac, lo que tengas, pero mucho, vos ponele
mucho”.
–Guido, ¿te volviste loco? No me jodas, dale, ya fue el chiste.
Es muy gracioso, igual, pero ya fue.
–No es ningún chiste, Luz. Pensabas que no iba a darme cuen-
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ta a tiempo, ¿no? Casi lo logran. Casi firmamos, pero esta maña-
na me di cuenta de todo.
–¿Esta mañana? ¿De qué hablás? –llega el mozo y me deja el
café con cognac. Tomo el cognac solo, de un trago.
–Sí. Fue por ese mail que mandaste a las cuatro de la mañana.
Ahí vi todo.
–¿Qué viste, Guido, por favor? Ay, yo no puedo creer esto que
está pasando. ¿Qué es lo que viste?
–Que estabas con él y que él te dictaba. Reconocí su forma de
escribir.
–¿Guido, qué decís? ¿Estás loco? Estaba sola en mi casa y no me
podía dormir, por eso te escribí. Tenía mucha ansiedad por lo de hoy.
–Es su forma de escribir Luz, la conozco perfectamente.
Le hago señas al mozo pidiendo otra medida de Cognac.
–Casi lo logran. Ese mail los delató. Es su escritura, inigualable.
–Guido, ese mail lo escribí yo desde mi casa, sola.
–Ah, ¿si? Qué raro. Escribís como él.
–Y Bueno, no sé, él me enseñó a escribir, qué se yo.
–El estilo no se enseña, Luz.
–El estilo se enseña, Guido, es lo único que se puede enseñar.
Él cambió mi estilo. Es un halago que me digas que escribo como
él, pero esto es un chiste de mal gusto.
–No es un chiste, Luz. Ya está. Me di cuenta. Se pudrió todo.
Decile que es un boludo, y que ya está grande para hacer seme-
jantes pelotudeces.
–No lo puedo creer, esto es una locura. Entonces ¿no vamos a
firmar?
–No sé, tal vez si viene y lo reconoce, podemos arreglar algo.
El texto me gustó, pero no me gusta que me tomen de pelotudo.
Llamalo.
–Ay, Guido te estás volviendo loco. Stalin es de ficción. Y el
personaje real en el cual está inspirado, no tiene nada que ver. Te
juro que nunca pasó nada con él. Está todo en mi cabeza. ¿Qué
les pasa a todos? Es una novela, Guido. De Pancho, bueno, lo en-
tiendo que se confunda…. ¿¿¿pero vos???
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–De una forma u otra, esto se resuelve con un llamado telefó-
nico. Claro que pueden seguir mintiéndome, pero de cerca es di-
ferente. Lo conozco. Se va a tentar y no va a poder seguir con la
farsa. Y si estoy equivocado, bueno, me daré cuenta.
–O sea, vos no sólo querés que lo llame sino que lo cite acá,
en este café, ¿ahora?
–Sí, quiero que venga, ahora. Si viene y da la cara, tal vez fir-
memos los tres. Y si no tiene nada que ver, me daré cuenta y te
pediré perdón y firmamos nosotros, como habíamos acordado, y
aquí no pasó nada.
–Ay, no lo puedo creer. ¿Y si no te hago caso?
–No firmamos un carajo.
–Guido, tengo taquicardia. Nunca lo llamé. No va a entender
nada. Va a estar con la mujer al lado, le voy a generar un quilom-
bo al pedo.
–Si vos querés publicar, llamalo. Y poné altavoz.
Me quedo mirando a Guido y negando con la cabeza. Guido
no se ríe. Está hablando en serio. Saco mi celular de la cartera y
temblando, busco el teléfono de Stalin. Vuelvo a mirarlo a Gui-
do, que no hace ningún gesto, está inmóvil, esperando. Miro su
nombre real. Toco el ícono verde. Está llamando.
–Hola
–Hola, habla Luz.
–Ah, ¿qué tal, Luz?
–Bien. Bueno, más o menos. Necesito tu ayuda.
–¿Qué pasa Luz?
–Tenés que venir a un bar del centro. El club del progreso se lla-
ma. Ahora. Por favor.
–Luz, ¿me estás cargando? No puedo salir ahora. Pero, ¿qué
pasó?
–Estoy acá (Miro a Guido y me asiente con la cabeza)…Estoy
acá, con Guido Indij y, bueno, no me cree que la novela la escri-
bí yo. Piensa que la escribiste vos. Quiere que vengas a dar la ca-
ra. Dice que si no venís, no firmamos.
Silencio gélido.
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–¿Estas ahí?
–Sí, estoy acá. Esto es una locura Luz. ¿Tomaste algo?
–No, no tomé nada. Bueno estoy tomando Cognac ahora pe-
ro eso no tiene nada que ver.
Guido dice en voz baja y gesticulando muy fuerte: “DECILE
QUE ME DI CUENTA DE TODO. DALE, DECILE”
–Guido dice….Guido, emmm, dice…. que se dio cuenta de
todo.
–Luz, no entiendo nada.
–Yo tampoco, te juro. Pero si no venís, nunca voy a publicar es-
ta novela de mierda que ya me está trayendo muchos problemas.
–¿Le dijiste que yo no leí tu novela?
–Sí, pero no me cree, dice que la escribiste vos.
Suena un “tiin” de que se acaba el crédito.
–Por favor, dale, se va a cortar. Dale, por favor, ¿vas a venir?
Se corta.
Nos quedamos con Guido, sin hablarnos, mirando por la ven-
tana, esperando a Stalin.
–¿Te das cuenta de que parecemos los tipos de “Esperando a
Godot”?
–No la leí.
–Guido… ¿no leíste a Beckett? ¿En serio no leíste a...?
Suena su celular. Atiende. Escucho la voz de Stalin. Guido se
para y se va hacia la ventana. Están discutiendo. No logro escu-
char todo lo que dicen.
Vuelve a la mesa.
–Era Stalin. Dice que no te publique. Dice que me vas a traer
quilombos.
Suena mi celular. Mensaje de texto:
STALIN.
–Luz, quedate tranquila, yo hablo con Guido. Tu novela va
a salir.
Se lo muestro. Nos quedamos mirándonos.
–¿Y ahora qué vas a hacer?
–Te voy a publicar, por supuesto. Ahora más que nunca.
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–¿Cuándo?
–Dame un año. Tenemos compromisos antes, pero podemos
firmar ahora.
Guido saca un contrato tipo y lo guarda rápido.
–Mirá quien está ahí.
Enzo Maqueira viene hacia nosotros.
–¡Hola! ¿Qué andan haciendo por acá?
–Luz me está haciendo una entrevista –miente Guido.
Lo miro y asiento con la cabeza.
–Leí tu novela –me dice Enzo.
–¿Ah, sí? ¿Y qué te pareció?
–Bien, bien, igual le falta eh… Yo diría que le falta –dice mi-
rando a Guido–. Hay un par de ideas marquetineras que pueden
funcionar muy bien. Y eso del mundillo es muy atrapante. Todos
querríamos estar ahí y a la vez nos da terror. Pero yo que vos la
guardo un tiempo, la dejo reposar, en un cajón. Ojo, me gustó
eh… Me interesó esa cosa endogámica que trabaja la novela, ob-
vio, porque formo parte de ese mismo mundillo. Ahora, la pre-
gunta del millón… ¿Quién es Stalin? Es Sergio Bizzio, ¿no?
Con Guido nos miramos y nos tentamos.
–Yo me imaginé que era Bizzio, pero te va a cagar a trompa-
das Lucía Puenzo.
–Enzo, no es Bizzio. No es nadie. Stalin no existe. Es un per-
sonaje de ficción.
–Daaaleeeeeee. A mí no me engañas.
Enzo no parece querer irse. Le digo a Guido que seguimos con
la “entrevista” después.
Me voy pensando en el llamado que le hizo Stalin a Guido y
me pongo a llorar justo con el ruido del subte. Como si el ruido
que hace el subte cuando llega pudiera hacer que la gente no lo
note, o que algo se afloje y salga, con ese ruido metálico de las vías
y el subte llegando.
Le dijo que no me publique. Stalin lo llamó para decirle que
no me publique. Y me va a publicar igual. ¿Por qué mierda lloro,
entonces?
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Llego a mi casa y me meto en la ducha bien caliente. Suena mi
celular. Es Guido. Atiendo toda mojada y desnuda y el touch no
reconoce mi dedo. Me seco con una toalla rápido y logro atender.
–¡Holaaa, Guido!
–Hola Luz. Te fuiste al final. ¿Cuándo nos vemos para firmar?
–No, no… no...
–No, ¿qué?
–Te dijo que no me publiques, ¿no? Stalin.
Guido se queda en silencio por un momento.
–Pero yo no le voy a hacer caso, Luz. No es mi jefe.
–Sí, pero…
–¿Pero qué? ¿Tenés miedo ahora? ¿Te arrepentiste vos? Sos la
única que le teme Luz, date cuenta.
–Bueno, no sé. Él tiene negocios con vos. Deberías hacerle caso.
–No entiendo a las mujeres, pero menos a vos, Luz. Sos el pa-
radigma de la histérica argentina.
–Guido, pero no me abandones del todo, por favor. Yo quie-
ro viajar a la residencia creativa y escribir por encargo. A mí me
encanta escribir por encargo. Y además, eso, de viajar para inspi-
rarse, es tan lindo, tan…
–Luz, bueno no sé, pensalo. Si cambiás de opinión, llamame.
–Gracias Guido –le digo, llorando–. ¿Me vas a llevar a la resi-
dencia del Llao Llao entonces, en serio?
–Ay, Luz, no te entiendo. Estás tirando por la borda la posibi-
lidad de una novela. Sos muy naif. Y dejá de llorar, por favor.
–Pero prometeme que me vas a llevar, así dejo de llorar… ¿me
lo prometés?
–Sí, Luz, te lo prometo, te voy a llevar a la Residencia Creati-
va del Llao LLao. Ahora dejá de llorar por favor.
–¿Y puedo elegir algunos escritores yo?
–Veo que ya estás mejor. No, Luz, no podés. En todo caso, po-
dés sugerir y gracias.
–Bueno, está bien. Gracias Guido. ¡Te quiero!
Cortamos y me tiro en la cama. Me duermo y me despierto
justo para ir a la imprenta.
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Stalin me recibe con una sonrisa socarrona y me hace chistes
que ya no me causan gracia.
–Y, ¿qué tal? ¿Cómo va tu publicación? ¿Te vas a hacer famo-
sa ya? ¿Vas a aparecer en la Ñ? ¿Te van a llevar a esa residencia de
viaje de egresados como tanto querías?
–No, no se va a publicar. Guido dijo que no.
–Ahhh… ¿qué te dije yo? Bueno, seguí participando. Ahora
ponete a laburar que hay mucho por hacer. Cuando termines te-
nés que llevar esto a microcentro, acá te dejo la dirección. Volvé
rápido.
–Pero no hay subtes.
–Cómo se queja la gente en este país de incompetentes.
Salgo de la imprenta y llamo a mi psicólogo. Se me corta la
respiración.
–¿Qué te pasa?
–Estoy mal… m a l… me qu… iero… m ori rrrr.
–¿Querés venir ahora?
–Sí, voy para allá.
Me tomo un taxi con los últimos pesos que me quedan hasta
fin de mes. Llego y apenas entro al consultorio me largo a llorar.
Me hizo esto, a mí, que lo quería tanto, lo quiero tanto… lo
quería tanto… lo quiero tanto… lo quería tanto… lo odio mu-
cho… no puedo odiarlo… es un forro, es un idiota… ahora en-
tiendo por qué lo odian en tantos lugares. Pero yo no puedo
odiarlo, me da pena, me da… no sé… me angustia mucho. Sien-
to algo acá, en el pecho, me duele el pecho. Siento que me voy a
morir. Tengo taquicardia. Me estoy por morir.
Sigo llorando y diciendo estas incoherencias durante la hora y
media que dura la sesión. Me calmo y César empieza a decirme
algo, que no logro escuchar.
No quiero volver a la imprenta pero no puedo dejarla. No
puedo porque no puedo. Estoy atada. No sé por qué estoy atada.
–Stalin no domina el mundo. Esa es tu fantasía. Vos le das ese
poder. Es poderoso y de acero, como su nombre lo indica, sólo
para vos. Stalin no domina el mundo.
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–Vos porque sos psicoanalista pensás así.
Llego a mi casa y tengo un mensaje de un chico que mucho
no conozco. Es editor y psicoanalista. Leyó mi novela.
Atiendo y me dice:
–Luz, me gustó mucho. La voy a publicar.
Digo en voz baja la frase de mi psicoanalista: Stalin no domi-
na el mundo.
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La fiesta de escritores
Estamos con Luciano preparando todo para la fiesta. Luciano
es mi editor psicoanalista. Es la conjunción perfecta. Un editor
psicoanalista. Eso era lo que necesitaba. Le cuento que tengo otra
novela y un guión de cine que habla de la transferencia erótica, o
dicho en palabras del pueblo: el intenso enamoramiento de una
paciente por su analista. Se ríe y me dice que ya la va a leer. Aho-
ra nos tenemos que concentrar en la Fiesta. Pensamos estrategias
de prensa y de financiación. Faltan 2000 pesos y eso me entusias-
ma: la cruzada por conseguirlos. “El hombre no quiere felicidad,
el hombre quiere desear”, leí una vez que le dijo Freud a un co-
munista en su consultorio, en un libro de Peter Gray. Los dos
años que estudié psicología me sirvieron para leerme las biografías
e ignorar las teorías. La belle indifférence.
Empezamos a escribir la lista de invitados. Escritores, editores,
artistas plásticos, músicos.
Le digo a Luciano: uno que tiene que estar sí o sí, porque me cae
bien, pero además el pibe convoca, es Sebastián Pandolfelli. No sa-
bés, en su presentación había un toco de gente. Y regalaban choripa-
nes. Y eran tres escritores grosos presentándolo a él. Estaba Laiseca…
Luciano anota: Pandolfelli.
–Anotá también los de la editorial Wu-Wei: Luis Mazarello y
Silvana de Santis, que es su mujer y la hermana de Pablo de Santis.
–¿Te sabes todos los parentescos?
–Es que es divina. Un día se me acercó a preguntarme si ya te-
nía el prólogo de Laiseca. Ellos también querían publicarme. Pa-
ra la próxima será.
–Anoto a mis amigos: Ariel Idez, Matías Pailos, Esteban Di-
paola, Sebastián Robles, Pablo Farrés. Obviamente a Maru Gers-
berg y a mi mujer Luciana Saldivia.
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–Anotalos a todos, no te olvides de ninguno. Que Idez venga
con todos sus fans varones y Dipaola con sus fans mujeres.
–Leticia Martín, por supuesto.
–Y todos sus amigos poetas.
–Guido Indij, por supuesto.
–Enzo Maqueria y sus groupies.
–María Kodama.
–Yo la tengo en Facebook.
–Sí, eso es importante. Tiene que ser gente que tenga Face-
book porque la publicidad la hacemos por ahí.
–Todos tienen Facebook, Lu. Ah no, Sergio Bizzio no tiene.
Le mando un mail. Tarda en responder, pero responde.
–Bueno mándaselo ya.
–Los de Mansalva, por supuesto, todos. Cecilia Pavón y Fer-
nanda Laguna.
–¿Cuánta capacidad tenemos?
–Robertita, también. Quiero que venga Robertita.
–¿Cómo se llama el de Mundo Porno?
–Juan Manuel Candal. Al final se hizo famoso por Mundo Por-
no. La gente lo reconoce así: “El de Mundo Porno”.
–Garcés y su novia. Anotá a todos los que vienen en pareja de
este lado.
–Vamos a jugar el póker… ¿Por plata?
–Eso es ilegal, Luz
–¿Qué tiene? Piratear música y películas supuestamente tam-
bién, y está buenísimo. Dale, ¿quién se va a enterar?
–Bueno, no sé, dejame pensarlo.
–Castagna Reflections también. ¿Por qué se ponen esos nom-
bres en Facebook? ¿Cómo es su nombre real?
–No importa el nombre real. Importa el nombre de Facebook.
También Christian Broemmel y la gente de Clase Turista.
–Tiene que estar como invitada especial Alicia Digón. Hacé
una invitación especial para ella. Podríamos mandarle una limou-
sine. ¿Cuánto saldrá alquilar una?
–Luz, no delires.
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–Bueno, y anotá a todos los chicos de la imprenta.
Nos quedamos callados. Ambos sabemos lo que estamos pen-
sando.
–Luz… a Stalin lo tenemos que invitar.
–¿Te parece?
–Y sí Luz, me parece. Ya está. Olvidate lo que pasó. ¿No estás
contenta acaso con todo esto? Sin darse cuenta, te ayudó. ¡Mirá
adónde estás ahora! En la movida literaria pujante, la vanguardia,
la editorial que sacó la novela del año.
–¿Voy a seguir los pasos de Idez?
–Y mucho más. Ahora estás en la crème de la crème.
–Me hacés reír Luciano. Sí, estoy contenta.
–Bueno, lo ponemos entonces.
–Bueno, está bien, pero invitalo vos. Yo todavía estoy enojada.
Igual, ponelo del lado de los que vienen sin pareja.
Luciano me mira fijo y aplica su lado psicoanalístico.
–No, ya no me pasa nada, tranqui. Pero igual, por las dudas.
No queremos quilombo el día de la Fiesta, ¿no?
Luciano se ríe y escribe el nombre de un escritor argentino al
que un día todos empezaron a llamar STALIN.
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Nota de la autora
Luciano me pide que describa en pocas palabras qué quise ha-
cer o por qué quise escribir esta novela.
Me encanta que me preguntes estas cosas, Luciano. A mí me
encantaría pedirte un día que escribas por qué vos quisiste publi-
carla. Son preguntas de “por qué”, no porque no lo comprenda-
mos. Lo comprendemos perfectamente, pero queremos escuchar-
lo, necesitamos el relato.
Partí de la premisa que dice Woody Allen: “Trato de hacer pe-
lículas que yo querría ir a ver al cine. Me pienso a mí como espec-
tador y de esa forma siento que lo que hago puede ser auténtico e
identificar a buena parte del público”.
Pensando en mis escritores favoritos (Proust, Dostoievsky,
Chejov, Hemingway), me doy cuenta de que los elijo porque me
dejan transitar la fantasía de que “todo esto fue cierto, o podría
haberlo sido” No lo afirman pero tampoco hay algo que lo nie-
gue. Disfruto mientras leo Memorias del subsuelo, al pensar que
Fiodor era un ermitaño huraño y que una vez se enamoró de una
prostituta llamada Lisa. O que si bien no mató a una vieja usure-
ra, como en Crimen y Castigo, quiso hacerlo de tan pobre que era
y un día estuvo casi a punto.
Me atrapa Proust si puedo imaginar que Swann es él y que tu-
vo una relación con su madre como la que vemos en En busca del
tiempo perdido y que Marcel tenía asma y que había una chica que
era Odette y que se convirtió durante mucho tiempo en su obse-
sión. Me alivia pensar que Chejov tuvo esas conversaciones en un
jardín cuando iba como médico a visitar a la aristocracia rusa.
Que se servían té, que calentaban el samovar y hablaban del tedio
de la vida, de la necesidad de trabajar para no angustiarse, de la
imposibilidad del amor. Quiero creer que tuvo un romance con
una rusa que paseaba su perro, y que tirándose en trineo le dijo a
una tal Nadia: “Te amo Nadenska” para después hacerse el bolu-
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do y negárselo y volver a susurrárselo cuando volvían a tirarse en
trineo. Me compro todo el París que relata Hemingway y no quie-
ro saber nada con ningún otro París.
Escritores argentinos hay muchos que lo hacen. Pero para
nombrar a una escritora, elijo a Fernanda Laguna. Un día me
acerqué en una fiesta y le dije: “Me encantó tu libro, sobre todo
porque me dejaste pensar que todo fue verdad. Hay una escena
maravillosa donde dos chicas cabalgan desnudas en un caballo”.
Ella me respondió: “Es que fue todo verdad”. Laguna maneja ese
discurso y te hace dudar. Me lo dice porque sabe que yo necesito
creerlo, al menos, mientras dura la lectura.
A diferencia de Fernanda mi lema es: “Esto es todo ficción”.
Basta que nos afirmen algo para que lo dudemos. La duda es el
signo de hombre inteligente. Una afirmación despierta la sospe-
cha de que nos mienten. Así como yo dudé de la aseveración de
Laguna, muchos dudarán de la mía. Lo importante es que no per-
damos la coherencia. Mi novela es ficción. Eso lo voy a sostener,
siempre. Y como Fernanda, inevitablemente, voy a despertar se-
rias dudas.
Quise ser honesta conmigo y escribir algo que yo leería. Me
imaginé en una libería, abriendo la primera página: Una autora
cuenta que un escritor consagrado la acusa de querer robarle un
título y ella se defiende diciendo que su novela es una declara-
ción de amor. Dice que el sujeto en cuestión se va a enterar de
esto con la publiación de la novela. Yo la compro y trato de ju-
gar a que lo voy a adivinar. Así hasta el final. Como un Sherlok
Holmes de la literatura. Y si después de todo me doy cuenta que
fui engañada, le agradezco ese engaño que me hizo mantener la
tensión hasta la última página. El arte debe inquietarnos. No
puede darnos ninguna respuesta tranquilizadora. El arte, como
dice Peter Brook, debería “penetrarnos, golpearnos, sacudirnos”.
Eso quise hacer. Pero sobre todo, mi respuesta sobre lo que quie-
ro hacer, es no dar ninguna respuesta. Abro un juego. Enigmas
que se mantienen irresueltos. ¿Debe la literatura respetar la reali-
dad? ¿Cuál es el límite? ¿Es autobiográfico o simula serlo? En ese
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punto, siento que La amante de Stalin es un híbrido entre dos gé-
neros. Hay un personaje al que nunca le corremos el velo. No sa-
bemos si existe, como el Godot de Beckett. Pero tampoco po-
dríamos afirmar que no.
El mejor elogio me lo hizo Pandolfelli. “Tu novela es tan al pa-
lo que cuando terminé tuve que tomarme un té de tilo para po-
der dormirme”.
Si logro inquietar al lector, habré logrado lo que yo quisiera
que logre un autor vivo, hoy, conmigo.
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Índice
Lo prohibido / 7
El origen / 11
Lo posible / 25
Lo real / 31
El final / 47
La corrección / 49
La publicación / 53
La fiesta de escritores / 61
Nota de la autora / 65
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OTROS TÍTULOS
Colección: Potlach
1. Los años felices, Sebastian Robles
2. Cómo no pensar en mí, Matías Pailos
3. La última de César Aira, Ariel Idez
4. Literatura argentina, Pablo Farrés
5. El gusto, Leticia Martin
6. Correo sentimental, Valeria Iglesias
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en el mes de noviembre de 2012
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