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EDUARDO GALEANO

Los nadies.
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que
algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena
suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita
cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la
mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de
escoba.
Los nadies los hi!os de nadie, los dueños de nada.
Los nadies los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, !odidos,
re!odidos.
"ue no son, aunque sean.
"ue no hablan idiomas, sino dialectos.
"ue no pro#esan religiones, sino supersticiones.
"ue no hacen arte, sino artesanía.
"ue no practican cultura, sino #ol$lore.
"ue no son seres humanos, sino recursos humanos.
"ue no tienen cara, sino brazos.
"ue no tienen nombre, sino número.
"ue no #iguran en la historia universal, sino en la cr%nica ro!a de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.
Los pájaros.
Los presos políticos uruguayos no pueden hablar sin permiso, silbar, sonreír, cantar,
caminar rápido ni saludar a otro preso. &ampoco pueden dibu!ar ni recibir dibu!os de
mu!eres embarazadas, pare!as, mariposas, estrellas ni pá!aros.
'idas$o ()rez, maestro de escuela, torturado y preso *por tener ideas ide%logicas*,
recibe un domingo la visita de su hi!a +ilay, de cinco años. La hi!a le trae un dibu!o de
pá!aros. Los censores se lo rompen a la entrada de la cárcel.
,l domingo siguiente, +ilay le trae un dibu!o de árboles. Los árboles no están
prohibidos, y el dibu!o pasa. 'idas$o le elogia la obra y le pregunta por los circulitos de
colores que aparecen en las copas de los arboles, muchos pequeños círculos entre las
ramas.
-.Son naran!as/ ."u) #rutas son/
La niña lo hace callar
-Ssshhhh.
0 en secreto le e1plica
-2obo. .3o ves que son o!os/ Los o!os de los pá!aros que te tra!e a escondidas.
El sistema
4l sistema que programa la computadora que alarma al banquero que alerta al
emba!ador que cena con el general que inquieta al presidente que intimida al ministro
que amenaza al director general que humilla al gerente que grita al !e#e que putea al
empleado que desprecia al obrero que maltrata a la mu!er que golpea al hi!o que patea
al perro.
El maestro
Son% el tel)#ono. 4scuch) la orden
5&e llamo para decirte que vas a ser !urado.
567urado/
-Sí, sí. 7urado en un concurso.
58racias por avisarme 5alcanc) a balbucear.
4lla tenía doce años y era alumna de la escuela de la calle +onte 9aseros
54s un concurso de novelas. Las escribimos nosotros, los del se1to grado.
58ulp 5di!e.
5&e esperamos mañana 5mand%.
0 #ui.
Los novelistas eran un en!ambre de chiquilines que hablaban todos a la vez. 4l maestro
:scar, puños raídos, sueldo de #a$ir, los de!aba hacer. 4llos habían organizado aquel
concurso de novelas, ilustradas por sus autores, y habían conseguido que un !oyero del
barrio donara medallitas con el nombre grabado de cada uno de los participantes.
4n la ceremonia de la premiaci%n, #ue prohibida la entrada de los padres y demás
adultos. Los tres !urados, el maestro :scar, una de las autoras y yo, dimos lectura al
acta, que destacaba los m)ritos de cada uno de los traba!os. &odos #ueron premiados, y
cada premio recibi% una ovaci%n y una lluvia de serpentinas.
'espu)s, el maestro me di!o que lo bueno que tiene enseñar está en lo mucho que uno
aprende
53os sentimos tan unidos, que me dan ganas de de!arlos a todos repetidores.
0 una de las alumnas, que había venido a +ontevideo desde un pueblo perdido en los
campos, se qued% charlando conmigo. +e di!o que ella, antes, no hablaba ni una
palabra, y muerta de risa me di!o que el problema era que ahora no se podía callar. 0
me di!o que al maestro lo quería, lo quería muuuuuuucho, porque era )l quien le había
enseñado lo más importante le había enseñado a perder el miedo de equivocarse.
La frontera del arte
;ue la batalla más larga de cuantas se pelearon en &uscatlán o en cualquier regi%n de 4l
Salvador. 4mpez% a la media noche, cuando las primeras granadas cayeron desde la
loma, y dur% toda la noche y hasta la tarde del día siguiente. Los militares decían que
9inquera era ine1pugnable. 9uatro veces la habían asaltado los guerrilleros, y cuatro
veces habían #racasado. La quinta vez, cuando se alz% la bandera blanca en el mástil de
la comandancia, los tiros al aire empezaron los #este!os.
7ulio ,ma, que peleaba y #otogra#iaba la guerra, andaba caminando por las calles.
Llevaba su #usil en la mano, y la cámara, tambi)n cargada y lista para disparar, colgada
del cuello. ,ndaba 7ulio por las calles polvorientas, en busca de los hermanos gemelos.
4sos gemelos eran los únicos sobrevivientes de una aldea e1terminada por el e!)rcito.
&enían diecis)is años. Les gustaba combatir !unto a 7ulio; y en las entreguerras, )l les
enseñaba a leer y a #otogra#iar. 4n el &orbellino de esta batalla, 7ulio había perdido a los
gemelos, y ahora no los veía entre los vivos ni entre los muertos.
9amin% a trav)s del parque. 4n la esquina de la <glesia, se meti% en un calle!%n. 0
entonces, por #in, los encontr%. =no de los gemelos estaba sentado en el suelo, de
espaldas contra un muro. Sobre sus rodillas, yacía el otro, bañado en sangre; y a los
pies, en cruz, estaban los dos #usiles.
7ulio se acerc%, quizá di!o algo. 4l gemelo que vivía no di!o nada, ni se movi% estaba
allí, pero no estaba. Sus o!os que no pestañeaban, miraban sin ver, perdidos en alguna
parte, en ninguna parte; y en esa cara sin lágrimas estaba toda la guerra y estaba todo
el dolor.
7ulio de!% su #usil en el suelo y empuño la cámara. 9orri% la película, calcul% en un
santiam)n la luz y la distancia y puso en #oco la imagen. Los hermanos estaban en el
centro del visor, inm%viles, per#ectamente recortados contra el muro reci)n mordido por
las balas.
7ulio iba a tomar la #oto de su vida, pero el dedo no quiso. 7ulio lo intent%, volvi% a
intentarlo, y el dedo no quiso. 4ntonces ba!% la cámara, sin apretar el disparador, y se
retir% en silencio.
La cámara, una +inolta, muri% en otra batalla, ahogada en lluvia, un año despu)s.
Las palabras náufragas
(or las noches, ,vel de ,lencar cumplía su misi%n prohibida. 4scondido en una o#icina
de 2rasilia, )l #otocopiaba, noche tras noche, los papeles secretos de los servicios
militares de seguridad in#ormes, #ichas y e1pedientes que llamaban interrogatorios a
las torturas y en#rentamientos a los asesinatos. 4n tres años de traba!o clandestino,
,vel #otocopi% un mill%n de páginas. 4sos documentos eran el con#esionario completo de
la dictadura militar, que estaba viviendo sus últimos tiempos de poder absoluto sobre las
vidas y los milagros de todo 2rasil.
=na noche, entre las páginas arrancadas a los archivos militares, ,vel descubri% una
carta per#umada. La carta había sido escrita diez años antes, pero el per#ume del papel
no se había desvanecido del todo y el beso que la #irmaba estaba intacto. La huella de la
boca entreabierta parecía #resca al pie de las palabras.
, partir de entonces, cada vez que encontraba alguna carta, ,vel detenía sus tra!ines
ante la máquina #otocopiadora. 'escubri% muchas cartas. 7unto a las cartas, estaban los
sobres interceptados por los #uncionarios militares.
4l no sabía qu) hacer. +ucho tiempo había pasado. 0a nadie esperaba aquellas cartas.
>abían sido escritas por personas, habían sido dirigidas a personas, pero ahora eran
mensa!es de #antasmas a #antasmas. 0 sin embargo, ,vel no podía leerlas sin sentir que
estaba cometiendo una violaci%n. 63o estaban vivas esas palabras, aunque vinieran
desde los muertos y desde los olvidados hacia lugares que ya no eran y personas que ya
no estaban/ ,vel no podía devolverlas a los archivos militares. 4ra como devolverlas a la
cárcel. <ntent% romperlas, y se sinti% un criminal.
,l #in de cada noche, ,vel metía en sus sobres las cartas que había encontrado, les
pegaba sellos nuevos y las echaba al buz%n del correo.
El tambor
9omo los cuentos, como los sueños, el tambor suena en la noche.
(eligroso como la noche, el tambor ha sido siempre digno de sospecha, y muchas veces
ha sido culpable.
4n las plantaciones de las ,m)ricas, las sublevaciones de los esclavos se incubaban al
golpe del látigo, pero al golpe del tambor estallaban. 4sos truenos eran la contraseña
que desataba las revueltas.
4n las islas inglesas del 9aribe, merecía pena de cárcel o azote quien sonara tambores.
<nstrumentos de Satán, al modo a#ricano. 9uando los #ranceses quemaron vivo al
rebelde +ac$andal, que alborotaba a los negros de >aití, #ueron los tambores los que
anunciaron que )l se había #ugado, convertido en mosquito, desde la hoguera.
Los amos no entendían el lengua!e de los toques. (ero ellos bien sabían que esos sones
bru!os son capaces de llamar a los dioses prohibidos o al 'iablo en persona, que al ritmo
del tambor baila con cascabeles en los tobillos.
Crónia de la iudad de R!o.
4n lo alto de la noche de ?ío de 7aneiro, luminoso, generoso, el 9risto del 9orcovado
e1tiende sus brazos. 2a!o esos brazos encuentran amparo los nietos de los esclavos.
=na mu!er descalza mira al 9risto, desde muy aba!o, y señalandole el #ulgor, muy
tristemente dice
- 0a no va a estar. +e han dicho que lo van a sacar de aquí.
- 3o te preocupes -le asegura una vecina- 3o te preocupes @l vuelve.
, muchos mata la policía y a muchos más la economía. 4n la ciudad violenta, resuenan
balazos y tambi)n tambores los tambores, ansiosos de consuelo y de venganza, llaman
a los dioses a#ricanos. 9risto s%lo no alcanza.
La funión del arte "#$
4l pastor +iguel 2run me cont% que hace algunos años estuvo con los indios del 9haco
paraguayo. @l #ormaba parte de una misi%n evangelizadora. Los misioneros visitaron a
un cacique que tenía prestigio de muy sabio.
4l cacique, un gordo quieto y callado, escucho sin pestañear la propaganda religiosa que
le leyeron en lengua de los indios. 9uando la lectura termin%, los misioneros se
quedaron esperando.
4l cacique se tom% su tiempo. 'espu)s opin%
- Eso rasca. Y rasca mucho, y rasca muy bien.
0 sentenci%
- Pero rasca donde no pica.
La memoria
Los ge%logos andaban persiguiendo los restos de una pequeña mina de cobre que se
había llamado 9ortadera, que había sido y ya no era, y que no estaba en el mapa ni en
ninguno de los lugares donde ellos la buscaban.
4n el pueblo de 9errillos, alguien les di!o
54so, nadie sabe. 4l vie!o >onorio, qui)n sabe si sabe.
'on >onorio, vencido por el vino y los achaques, los recibi% echado en el catre. Les
cost% convencerlo. ,l cabo de unas cuantas horas y tragos y cigarrillos y dinero, que sí,
que no, que ya veremos, acept% acompañarlos al día siguiente.
,gobiado emprendi% la marcha don >onorio, a tropezones, y a duras penas trep% las
primeras lomas y atraves% el río seco. (ero a medida que iba recorriendo huellas,
via!ando a lo largo de la quebrada y a lo largo del tiempo, se le #ue a#irmando el paso.
(oquito a poco, el cuerpo doblado se le enderez%.
5.(or ahíA .(or ahíA 5señalaba el rumbo y se le alborotaba la voz cuando iba
reconociendo sus lugares perdidos.
Se había echado a andar en silencio, a la cola de todos, pero al cabo de un día entero de
caminata, don >onorio era el más conversador, y ba!% al valle a la cabeza de los !%venes
e1haustos.
'urmi% de cara a las estrellas, #ue el primero en despertar. 4staba apurado por llegar a
la mina, y no se desvi% ni se distra!o.
54se es el trillo de la e1cavadora 5señal%. 0, sin la menor vacilaci%n, ubic% las bocas de
los socavones y los lugares donde habían estado las me!ores vetas, la chatarra que
había sido máquina, las ruinas de barro que habían sido casas, los secarrales que habían
sido vertientes de agua. ,nte cada sitio, ante cada cosa, don >onorio contaba una
historia, y cada historia estaba llena de gente y de risa.
9uando emprendieron el regreso, ya don >onorio estaba siendo bastante menor que sus
nietos.
La pelota
,quella mañana se habían !untado allí todos los niños del barrio del 9alvario, y unos
cuantos no tan niños de otros barrios del pueblo de 9allosa de Segura y de qui)n sabe.
7oaquín había salido de su casa muy apurado, iba más corriendo que caminando, cuando
vio la mayor multitud !amás reunida en la rambla alta del pueblo.
Se le hacía tarde para llegar a la escuela, pero 7oaquín detuvo su carrera. ,bri)ndose
paso en el niñerío, descubri% que estaban todos esperando detrás de una pelota. ,llá en
la meta, recostado contra el palo, reconoci% al &oño (aredes, que tenía #ama de
invulnerable. 9ruzado de brazos, echando humo con el cigarrillo pegado a los labios,
&oño le dedic% una mirada desdeñosa.
3adie se atrevía a patear. 0 de pronto, 7oaquín escuch% que la pelota lo llamaba, la
pelota susurraba 7oaquín, 7oaquín. 0 )l arro!% al aire sus libros y sus cuadernos y tuvo,
en aquel instante, la certeza de que estaba cometiendo una locura inolvidable.
0 #ue inolvidable. La pelota era de piedra, era una piedra pintada.
9uando creci%, 7oaquín +anresa se dedic% a las letras.
La asa
>abía sido albañil desde la in#ancia. 9uando cumpli% dieciocho años, el servicio militar lo
oblig% a interrumpir el o#icio.
Lo destinaron a la artillería. 4n la práctica del tiro de cañ%n, debía disparar contra una
casa vacía, en medio del campo. Le habían enseñado a tomar puntería, pero no pudo
hacerlo. 4l había construido muchas casas, y no pudo hacerlo. , los gritos le repitieron
la orden, pero no pudo. 4l sargento lo alz% por los hombros, lo sacudi%, e1igi% un
porqu). 4l quería decir que una casa tiene piernas, hundidas en la tierra, y tiene cara,
o!os en las ventanas, boca en la puerta, y tiene en sus adentros el alma que le de!aron
quienes la hicieron y la memoria que le de!aron quienes la vivieron. 4so quería decir,
pero no lo di!o. 'i!o
5=na casa... es una casa.
Si decía lo que quería decir, iban a #usilarlo por imb)cil. 'iciendo lo que di!o, march%
preso.
4n un #og%n de las sierras argentinas, en rueda de amigos, 9arlos 2arbaresi cuenta esta
historia de su padre. :curri% en <talia, en tiempos de +ussolini.
Los árboles
4ra silencioso el abuelo de 7os) Saramago 7er%nimo, hombre de la tierra portuguesa, no
tenía letras, pero era sabido; y callaba lo que sabía.
9uando el abuelo 7er%nimo se en#erm%, calladamente supo que había llegado la hora del
adi%s. 4ntonces, camin% por su huerto, deteni)ndose de árbol en árbol, y los abraz%,
uno por uno abraz% a la higuera, al laurel, al granado y a los tres o cuatro olivos. 4l los
abraz%, y #ue por ellos abrazado.
4n el camino, un autom%vil esperaba. 4l autom%vil se lo llev% hacia Lisboa, hacia la
muerte.
La %o&
4n busca de ;ranz Ba#$a, camin) las calles de (raga.
,nduve en silencio, rodeado de silencio, a pesar del alboroto del gentío y de las
máquinas. (or mucho ruido que hubiera, por mucha gente que tuviera, (raga estaba
callada como Ba#$a, callada de )l; y sola.
,traves) la ciudad de punta a punta, y ya había caído la noche cuando llegu) a la calle
9eletna. 4n la esquina donde la calle 9eletná se abre a la gran plaza de la 9iudad Cie!a,
una voz rompi%, de golpe, el silencio que yo traía. =na mu!er cant%. ,lzándose sobre su
silla de ruedas, esa mu!er tullida desgarr% la noche con la voz más bella que yo haya
escuchado !amás. La voz más bella, la más dolida clavada en el negro #ulgor del
empedrado, esa mu!er cant% el alarido de todos los solos del mundo.
+e qued) estupe#acto, me pellizqu) el brazo. 64staba dormido/ 64staba soñando/ 64n
qu) mundo estaba/ (ero a mis espaldas, unos muchachos se burlaron de la paralítica
cantora, la imitaron riendo a la carca!ada, y ella se call% y agach% la cabeza. 0 entonces,
no tuve dudas yo estaba despierto y bien despierto, en el e1acto centro de este mundo.
El por%enir
+ientras peinaba la muñeca, ?ita anunci%
59uando yo sea grande, voy a ser música.
>oracio &ubio, que estaba leyendo el diario, levant% la vista por encima de los lentes
5"u) buena noticia 5di!o, y quiso saber qu) instrumento iba a tocar.
5La #lauta 5di!o ella.
>oracio se comprometi% a ir a su primer concierto
5,llí, en primera #ila, estar) yo, para aplaudirte.
?ita lo mir%, acost% la muñeca, se encaram% al sill%n y se puso a sumar con los dedos.
Sum% y sum%, de dedo en dedo.
'espu)s, mene% la cabeza y, muy suavemente, di!o
5+irá, tío. , mí me parece que no vas a poder ir, porque vas a estar un poquitito
muertito.
El e'ilio
Leonardo ?ossiello vino del norte del mundo. 4l via!e desde 4stocolmo hasta +ontevideo
se complic%, hubo no s) qu) problemas con las cone1iones de los vuelos, y por #in
Leonardo lleg%, tarde en la noche, en un avi%n que nadie esperaba.
,nte la puerta de la casa de sus padres, vacil%
56Los despierto/ 63o los despierto/
>acía años que vivía le!os, el tiempo del e1ilio, los años ciegos de la dictadura militar, y
estaba loco de ganas de ver a su gente. (ero decidi% que me!or esperaba.
Se ech% a caminar por la vereda, la vereda de su in#ancia, y sinti% que las baldosas le
reconocían los pies. Se le llen% la cabeza de noticias vie!as y chistes malos, y todo le
parecía nuevo y divertidísimo. La luna llena había subido, cielo arriba, para saludarlo y
para iluminar su ciudad dormida. 4ra una helada noche de invierno, la ciudad estaba
envuelta en escarcha, pero )l respiraba estos aires como si #ueran del tr%pico.
Leonardo demor% un buen rato en darse cuenta de que estaba cargando una vali!a, y
que la vali!a pesaba más que un cementerio. 4ntonces cruz% la calle, atraves% el campo
baldío y se sent% sobre la vali!a, de espaldas contra una pared.
4l #río no lo de!aba dormir. 9uando se alz%, y mir% la pared, encontr% garabatos y
palabras en el rotoso revoque, corazones #lechados, promesas del amor y agravios del
desamor, calumnias DLa +aría tiene celulitisE.
0 gracias a la luna, Leonardo pudo leer, tambi)n, unas letras medio borroneadas, que
preguntaban 0 entonces, 6d%nde estabas/ 6'iciendo qu) palabras/ 6>ablando con qu)
gente/
Esplendor del mediod!a
>abía peces !amás vistos, plantas de ningún !ardín, libros de imposibles librerías.
4n la #eria de la calle &ristán 3arva!a, en +ontevideo, había cerros de #rutas y calles de
#lores y habían olores de todos los colores. >abía pá!aros musiqueros y gente bailandera
y había predicadores del cielo y de la tierra, que subidos a un banquito gritaban su
mensa!e #inal. Los predicadores del cielo proclamaban que era llegada la hora de la
resurrecci%n; los de la tierra anunciaban la hora de la insurrecci%n.
>abía quien deambulaba entre los puestos de venta, o#reciendo una gallina, y la llevaba
caminando, atada del pescuezo, como perro; y había quien vendía un pingFino que por
error había llegado a nuestras playas desde las nieves del sur.
>abía largas hileras de zapatos usados, muy gastaditos, con la ñata alzada y la boca
abierta. Los zapatos se vendían por pares y tambi)n de a uno, zapatos solos para gente
de un solo pie. >abía lentes usados, llaves usadas, dentaduras usadas. Las dentaduras
yacían dentro de un gran tacho de agua. 4l cliente hundía el brazo, elegía y batía sus
mandíbulas si la dentadura no le venía bien, la devolvía al tacho.
>abía ropa para vestir y ropa para desvestir y había condecoraciones de atletas y de
generales y había relo!es que marcaban la hora que uno quería. 0 había amigos y
amantes, que uno encontraba sin saber que los había estado buscando.
;iesta de la memoria, y del pr%1imo domingo al mediodía.
El bautismo
4l agua más #ría del cielo bombarde% 2uenos ,ires aquella tarde del invierno de GHIJ.
, las cinco en punto, en pleno diluvio, lluviaz%n, helaz%n, naci% un niño en la calle
9entro. 4l padre arranc% al niño de los brazos de la madre, se lo llev% a la azotea y lo
alz%, desnudito, ante la lluvia #eroz. 0 a la luz de los relámpagos lo o#reci% a la lluvia,
gritando a pleno pulm%n, voz de trueno entre los truenos
5.>i!o mío, que las aguas del cielo te bendiganA
4l reci)n nacido se pesc% tremenda pulmonía. (as% cuatro meses de mal en peor. 0
cuando ya lo daban por muerto, se salv%.
&ambi)n se salv% de llamarse 'escanso 'ominical. 4l padre, un anarquista pobre y
poeta, siempre perseguido por la policía y por los acreedores, quiso llamarlo así en
homena!e a esa reciente conquista obrera, pero el ?egistro 9ivil no le acept% el nombre.
4ntonces se reunieron los amigos, anarquistas pobres y poetas, siempre perseguidos
por la policía y por los acreedores, y discutieron el asunto. 0 #ueron ellos quienes
decidieron que se llamaría 9átulo, 9átulo 9astillo, el niño que unos cuantos años
despu)s #ue capaz de inventar La última curda y otros tangos de esos que son para
escuchar de pie, sombrero en mano.
Los ilos
(ara cuándo, preguntaba ella, para cuándo.
=na vez por semana, +iguel +igli%nico pasaba por allí. La encontraba siempre en el
zaguán, clavada a su sill%n de mimbre, de cara a la calle, y doña 4lvirita lo acosaba con
preguntas sobre el embarazo de su mu!er
56(ara cuándo/
5(ara !unio, parece.
56"u) día/
5&anto, no se sabe.
2lanca ropa, pelo blanco, siempre lavada y planchada y peinada, doña 4lvirita irradiaba
paz y solera, señorío del tiempo, y daba conse!os
5&%quele la panza, que trae suerte.
5"ue tome cerveza negra, o malta, para que d) buena leche.
5>ágale los gustos, todos los anto!os, que si la mu!er se traga las ganas, sale la cría
manchada.
9ada viernes, doña 4lvirita esperaba la llegada de +iguel. La piel, que le envolvía el
cuerpo como un humo rosado, traslucía el rama!e de las venitas alborotadas por la
curiosidad
569%mo está ella/ 64stá linda/ 0 la barriga, 6la tiene en punta/ 4ntonces, no #alla será
var%n.
Soplaban #ríos los vientos del sur, el otoño se estaba yendo de las calles de +ontevideo.
50a #alta poco, 6no/
5(oco, doña, muy poco.
=na tarde, +iguel pas% muy apurado
5'ice el m)dico que es cuesti%n de horas. >oy, o mañana.
'oña 4lvirita abri% grandes los o!os
560a/
,l viernes siguiente, el sill%n de mimbre estaba vacío. 'oña 4lvirita había muerto el GK
de !unio de GHLI, mientras en casa de los +igli%nico nacía un niño que se llam% +artín.
El (i)o
, la orilla de la soledad, en el último rancho del pueblo de ,guas 'ulces, vivía don
&oribio. =na noche lo despertaron unos golpecitos en la puerta. 'on &oribio abri%. 0
despu)s cont%, en el bar del 2eco
5Lindo el 2icho. Luminoso. &enía alas de plumas o p)talos. 3o me dio tiempo ni a
preguntar qu) se le o#rece. Señalando al cielo, así, el 2icho me di!o M3os vemos allá
arribaN. 0 se vol%.
La clientela, muda. ,codado en el mostrador, el 2eco pregunt%, en un ataque de
locuacidad
560/
'on &oribio se encogi% de hombros
5<rme, no puedo. 0o tengo mucho qu) hacer aquí aba!o.
0 sigui% en el vino.
(asaron los días. 4ran largas las noches del invierno en aquellos m)danos. 3oche tras
noche, el público acudía al bar del 2eco, y don &oribio repetía, palabra más, palabra
menos, la historia de la visitaci%n.
Supongo que el 2icho se ha de haber cansado de esperar en las alturas, porque poco
despu)s se le dio por venir a la tierra, día y noche, un día sí y otra noche tambi)n. 0a
don &oribio hablaba solo. 3o había quien no tuviera su propia historia que contar, nunca
hubo tanto tema en el pueblo
50o lo vi 5!uraba uno, con los dedos en cruz sobre los labios, y lo describía sin alitas y
con caparaz%n de tatú, agazapado entre las rocas. ?oncando, amenazando.
54staba ahí 5decía otro, señalando las inmensidades de la arena revuelta por el viento,
y aseguraba que el 2icho era un #antasma que aullaba en el viento, llorando como lloran
las #oquitas cuando las #ocas mueren a palos.
+ás de un !inete #ue espantado por el 2icho, mala sombra que brincaba como rana
trotando a la par del caballo, y más de un pescador qued% sin palabras ni pescados
cuando el 2icho emergi% entre las olas y rompi% las redes a manotazos. =n día, al
amanecer, el 2icho apareci% a la entrada del pueblo, en #orma de niño, recorri% las
casas, hizo preguntas raras y a la caída del sol se perdi% en la mar, sin de!ar tras de sí
nada más que unas enormes huellas que serpenteaban en la arena.
Según algunas mu!eres, el 2icho les buscaba el cuerpo. 4llos temblaban cuando le
escuchaban los pasos que hacían cru!ir las al#ombras de me!illones.
0 así, #ue siendo, hasta que el 2eco habl%. Sin abrir la boca había escuchado todas las
historias de las andanzas del 2icho, trago va, trago viene, de pucho en pucho, hasta que
una noche, mientras secaba los vasos con el repasador, habl%. 4l 2eco era la má1ima
autoridad civil, militar y eclesiástica del pueblo, de modo que no hubo discusi%n cuando
muy dichamente di!o
54l 2icho muri%. 0 di!o
50o lo mat).
4l pueblo lo e1traña, todavía.
La no)e "*$
3o consigo dormir. &engo una mu!er atravesada entre los párpados. Si pudiera le diría
que se vaya; pero tengo una mu!er atravesada en la garganta.
La no)e "#$
,rránqueme, señora, las ropas y las dudas. 'esnúdeme, desdúdeme.
La umbre
9ada día, día tras día, repetían el via!e. Colvían de la escuela pedaleando, ,lon en su
bicicleta verde, &zvi$i en su bicicleta ro!a, por el camino entre los árboles, y el sol corría
con ellos por detrás del #olla!e.
,l #in de la llanura, donde empezaba la montaña, se tomaban de la mano. ,lon, alzado
en los pedales, se a#irmaba con todo, y el envi%n lanzaba a &zvi$i cuesta arriba.
4ntonces &zvi$i e1tendía la mano y daba impulso a ,lon, y así iban subiendo. 9ada uno
creaba un viento que empu!aba al otro, y de viento en viento, de mano en mano,
llegaban a la cumbre.
Llegaban !adeando, cuando ya no daban más. +ontados en sus bicicletas, se quedaban
un buen rato allí. Sin soltarse las manos, contemplaban los valles de 7erusal)n, que
e1tendían, luminosos, allá aba!o; y ninguno decía nada.
>an pasado los años. La misma vie!a bicicleta verde sigue acompañando a ,lon ?aab.
,hora )l vive muy le!os de aquellos para!es, pero pedaleando siente la misma música
del via!e en el viento. 0 ,lon se pregunta qu) será de su amigo &zvi$i, que nunca más
se supo, y qu) será de aquella montaña, o cerrito nomás, que allá en la in#ancia supo
ser el pico más alto del mundo.
El antor
9uando ,l#redo Oitarrosa muri% en +ontevideo, su amigo 7uceca subi% con )l hasta los
portones del (araíso, por no de!arlo solo en esos trámites. 0 cuando volvi%, nos cont% lo
que había escuchado.
San (edro pregunt% nombre, edad, o#icio.
59antor 5di!o ,l#redo.
4l portero quiso saber cantor de qu).
5+ilongas 5di!o ,l#redo.
San (edro no conocía. Lo pic% la curiosidad, y mand%
59ante.
0 ,l#redo cant%. =na milonga, dos, cien. San (edro quería que aquello no acabara
nunca. La voz de ,l#redo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo
vibrar los cielos.
4ntonces 'ios, que andaba por ahí pastoreando nubes, par% la ore!a. 0 )sa #ue la única
vez que 'ios no supo qui)n era 'ios.
Las preguntas
3unca habían visto una ciudad. Cia!aron a +adrid desde su aldea remota. 'alia y ;elipe,
indios to!olabales, se de!aron llevar, sin preguntar nada, siempre acompañados por
madrileños cordiales que con ellos comían y paseaban.
,l cabo de algunos días, ya estaban bizcos por el v)rtigo de los autom%viles y la marea
humana, tanto autío y gentío, y se les había torcido el pescuezo de tanto mirar los altos
edi#icios.
4ntonces, a la hora del regreso, 'alia y ;elipe quisieron saber
560 c%mo hacen ustedes para vivir unos encima de otros/ 60 d%nde siembran el maíz y
los #ri!oles/
+apa del Diablo
4n 9uba, el 'iablo supo ser amigo de los negros cimarrones. Los esclavos que se
#ugaban tenían al amo metido en el cuerpo. ,l son de los tambores, el 'iablo les sacaba
al amo de adentro, haci)ndoles vomitar todas las hostias y toda el agua bendita que a lo
largo de sus vidas habían tragado.
4n 9olombia, los #uegos negros echan todavía humos de azu#re en las plantaciones de la
costa del (ací#ico. ,llí el 'iablo regala machetes a los peones machetes que cortan la
caña solitos, sin ninguna mano, y dan dinero que s%lo sirve para ser gastado en
parrandas con los amigos.
4n 2olivia, el 'iablo acompaña a los mineros del altiplano. , cambio de cigarros y
aguardiente, los guía hacia las me!ores vetas, a lo largo de las tripas de las montañas.
4n ,rgentina, la gente del norte se endiabla cuando llega el tiempo del carnaval. 4l
mi)rcoles de cenizas, al #inal de los bailecitos y las borracherías, la gente entierra al
'iablo. Llorando lo entierra.
4n 2rasil, en los suburbios de las grandes ciudades, suenan tambores en las #iestas del
pobrerío. Los tambores llaman a un invitado especial, su!eto de mal vivir, respond%n y
!od%n, glot%n y ladr%n el tipo )se que #ue ángel rebelde arro!ado a los in#iernos y
despu)s decidi% quedarse a vivir aquí en el mundo, que es igualito al in#ierno pero más
gustoso.
Retrato de un profesional de prestigio
Civi% emplomando gente y emplomado muri%.
+ucha bala había metido cuando las balas lo encontraron, una noche de GHHP. (ara
entonces, ya hacía un buen rato que había perdido la cuenta al llegar a cien, de!% de
sumar.
Salvo los cuatro tiros a su mu!er, que los dispar% por las dudas, 7uancho Loayza siempre
había matado por cuenta de otros
5"ue nadie vaya a pensar mal 5decía5. 0o lo hago por dinero.
Sus labores le ganaron #ama y respeto en las calles de 9orinto y en otros pueblos y
ciudades del valle del 9auca. 4n toda 9olombia no, porque la competencia era mucha.
;ue cimiento de su hogar, bast%n de su madre, escudo de sus hermanas. 4n el cuarto
del #ondo de la casa, al #inal del largo corredor, había un altarcito consagrado a la
Cirgen.
9uando 7uancho se marchaba a cumplir un servicio, la madre y las hermanas se
quedaban allí, clavadas de rodillas, durante horas y horas, desgranando rosarios
suplicaban a la +ilagrosa que diera una ayudadita, para que el traba!o saliera bien.
El silenio
=na larga mesa de amigos, en el restorán (lata#orma, era el re#ugio de &om 7obim
contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de ?ío de 7aneiro.
,quel mediodía, &om se sent% aparte. 4n un rinc%n, se qued% tomando cerveza con O)
;ernando. 9on )l compartía el sombrero de pa!a, que lo usaban salteado, un día uno, al
día siguiente el otro, y tambi)n compartían algunas cosas más.
53o 5di!o &om, cuando alguien se arrim%5. 4stoy en una conversa muy importante.
0 cuando se acerc% otro amigo
5+e vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.
0 a otro
5(erd%n, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.
4n ese rinc%n aparte, &om y O) ;ernando no se di!eron ni una sola palabra. O) ;ernando
estaba en un día muy !odido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y
e1pulsar de la memoria, y &om lo acompañaba callando cervezas. ,sí estuvieron, música
del silencio, desde el mediodía hasta el #in de la tarde.
0a no había nadie en el restorán cuando se marcharon los dos, caminando despacito.
Las plumas
,ndan emplumados los indios que sobreviven a orillas del río (araguay.
4l pluma!e adorna y tiene poderes.
Las plumas verdes del loro dan señorío al cuerpo, que gustoso las luce en los tobillos y
en las muñecas, y tambi)n dan vida a las ho!as de los árboles.
Si no #uera por las plumas rosadas de un ave llamada espátula, la tuna no daría #rutos.
Las plumas negras del pato son buenas contra el mal humor.
Las plumas blancas de las cigFeñas ahuyentan las plagas.
4l guacamayo o#rece plumas ro!as, para llamar a la lluvia, y plumas amarillas, para
atraer las buenas noticias.
Las plumas grises del avestruz dan brío al canto humano, que se eleva agradeciendo la
luz de cada día.
Los Andes
'ios y el 'iablo nos están convidando
5Cengan a ver c%mo hicimos el mundo.
4stá cayendo la tarde, desde las cumbres de nieve que se alzan por encima de las
nubes, y todas las edades de la 9reaci%n están a la vista.
9ordillera arriba, las montañas lloran hilos de humedad que se deslizan sobre la piedra
negra; y la piedra, mo!ada, se ilumina y revela sus colores escondidos. La memoria de la
piedra o#rece los colores del paso de los tiempos, pintados por 'ios con helada maestría.
9ordillera aba!o, humean las ci)nagas. La humareda viene de los abismos donde el
'iablo #uma. 4n esas pro#undidades de la selva, el mundo muere en un parpadeo y en
un parpadeo se pudre y renace.
Las estrellas
0 ellas, 6nos espían/ 4sos #ulgores de la noche, 6son o!os que noche a noche nos miran/
6: son bocas/ 62ocas abiertas por el asombro, que tiemblan de miedo/ Los astr%nomos
no se atreven a decirlo, pero las más recientes investigaciones han probado que las
estrellas están cada vez más at%nitas y tembleques. Can del estupor al pánico ellas no
consiguen entender c%mo sigue dando vueltas, todavía vivo, este mundo nuestro, tan
#ervorosamente dedicado a su propia aniquilaci%n, donde no hay nada más rentable que
el crimen ni nada más e1itoso que la estupidez, y se estremecen de susto, porque han
visto que ya andamos invadiendo otros astros del cielo.
El %iaje
4l sol se está escondiendo tras los cipreses, cuando ,urora llega al cementerio de San
,ntonio de ,reco. La han llamado
53ecesitamos el lugar. Se muere mucha gente, usted comprenda.
0 un #uncionario le dice
5+ucho gusto, señora. Son trescientos pesos. ,quí tiene.
0 le entrega los huesos, dentro de una bolsa, de esas que se usan para la basura.
4n un autom%vil negro y enorme, ,urora +eloni se lleva los huesos. 4l cho#er, vestido de
negro desde la gorra hasta los zapatos, mane!a en silencio. 4lla agradece ese silencio.
3o mira la bolsa de plástico negro. +ira al mundo, que corre al otro lado de la ventanilla.
4n un descampado, unos muchachos !uegan al #utbol. ,urora no soporta esa alevosa
#elicidad; da vuelta a la cara. +ira la nuca del cho#er. 3o mira la bolsa, que via!a en el
suelo, apretada entre sus piernas.
'entro de esta bolsa, 6qui)n está/ 6,quel muchacho que vendía con ella queso casero y
dulce de leche en las #erias de los barrios de +ontevideo/ 6,qu)l que con ella enredado
dormía/ 6(or qu) nadie les avis% que todo iba a durar tan poco/ 6'%nde están las
palabras que no se di!eron/ Las cosas que no hicieron, 6d%nde están/ +uchos años han
pasado. 'iecisiete años, o veinte, o cien. 4l o#icial que había arrancado a 'aniel de su
cama a puñetazos, sigue estando donde antes estaba. Los hombres, armados hasta los
dientes, que acompañaban al o#icial, tambi)n siguen estando, y siguen armados hasta
los dientes. 60 'aniel/ 4n esta bolsa de plástico, 6está 'aniel/ 6,qu)l que amenazaba
con cambiar al mundo y #ue arro!ado a la vera de un camino como )ste, con treinta y
seis agu!eros en el cuerpo/
60 ella/ 4n este autom%vil de nunca acabar, este #únebre ade#esio de alquiler, 6está ella/
64s ella esta mu!er que se muerde los labios y siente agu!itas en los o!os/ 6Será esto un
autom%vil/ 6: será aquel tren #antasma que alguna vez se escap% de la vía, con ella
adentro, y se la llev% a ninguna parte/ ,urora quisiera llorar, quisiera llorarse, pero tiene
la cara reseca. 0 a su lado via!a la bolsa de plástico negro, cerrada con un nudo
El moribundo
9uentan las cr%nicas este ritual de la agonía. >ace dos siglos, en la ciudad de Salvador
de 2ahía, las #amilias copetudas convocaban a cuantos m)dicos pudieran pagar, nunca
menos de tres o cuatro, y a veces más, en torno al lecho del moribundo. 3umeroso
público se apiñaba en el dormitorio para escuchar a los galenos.
'espu)s de e1aminar al en#ermo, cada m)dico pronunciaba una con#erencia sobre el
caso. 4ran discursos solemnes, que el público, a viva voz, iba comentando
-.,poyadoA
-.3oA .3oA
-.+uy bienA
-.Se equivoca el doctorA
-.'e acuerdoA
-."u) disparateA
9ulminada la primera ronda, los #acultativos volvían a e1poner sus puntos de vista en
nuevos discursos.
4l debate duraba tanto como la respiraci%n del hombre o mu!er en agonía. ,lgunos
moribundos demoraban el último suspiro, porque era de mal gusto interrumpir el traba!o
de la 9iencia; pero otros se marchaban de este mundo cuanto antes, con tal de no
seguir escuchando aquella oratoria interminable.
La llorona
4n el e1ilio, en +)1ico, haciendo cola en la 'irecci%n de +igraci%n, muri% 9arlos
+artínez +oreno.
&arde en la noche, ,nhelo >ernández estaba velando a su amigo. Se había quedado a
solas con )l. +utilado de su amigo, ,nhelo no encontraba consuelo. 'e nada le servía
decirse que vivas seguían las palabras que había escrito, su esplendor, su ironía #ilosa
53os !odiste, gordo 5pens% en voz alta.
0 otra voz son%, a sus espaldas
56Lo lloramos, señor/
,lzada entre las sombras, que temblaban a la luz de los cirios, la llorona esperaba una
respuesta.
5, )l no le gusta que lo lloren 5di!o ,nhelo.
La pro#esional de las lágrimas no se movi%. 0 tampoco se movi% cuando ,nhelo sac%
unas monedas del bolsillo, se las puso en la mano y la despidi% con un gesto.
,nhelo se qued% sentado ante el ca!%n donde 9arlos yacía. La llorona, de pie, no lloraba
ni se iba.
+ucho despu)s, ella se adelant%, levant% la tapa y de!% caer las monedas, una por una,
sobre el muerto. Las monedas resbalaron hasta el #ondo del ataúd. 4ntonces ella se
persign%, cerr% la tapa y se desvaneci% en la noche.
,!mbolos
Sylvia +urnin$as estaba patinando por la costa de +ontevideo, una serena tarde de
luces, cielo sin nubes, aire sin viento, cuando escuch% ruidos de guerra. Se asom% al
hotel ?ambla y retrocedi% espantada.
4l combate a)reo ocurría en la planta ba!a. La planta ba!a del hotel, en plena
remodelaci%n, estaba en escombros, y sobre la basura de cascotes y de astillas de
vidrios y maderas, había una al#ombra de blancas plumas ensangrentadas. Las dos
últimas guerreras se estaban matando a picotazos se lanzaban en rá#aga, se trenzaban
en el aire, se estrellaban contra los ventanales y bañadas en sangre volvían al ataque.
Sylvia no conocía estas costumbres de las palomas.
El inorregible
>ace tres siglos, el río huy% de los #ranceses. 'espu)s, tampoco los ingleses pudieron
atraparlo. 4l nunca estaba donde los mapas decían. ,lgún colono dibu!aba su curso en el
día, y en la noche el río se escapaba y se echaba a correr por otros rumbos.
4n GLQI, #ue cazado. 0 una ciudad, la ciudad de 9hicago, creci% a sus orillas.
9uarenta años despu)s, el río se veng%. 9uando se incendi% la ciudad, está probado, )l
#ue c%mplice del #uego. 4l río ardi% tanto como la ciudad que ardía, y nadie pudo
salvarse arro!ándose a sus aguas en llamas.
La ciudad resucit%. Se dict% orden de civilizar al salva!e el río #ue dragado,
pro#undizado, canalizado y encerrado entre altos muros de cemento. Le desviaron el
rumbo y lo obligaron a #luir al rev)s.
=na mañana de la primavera de GHHR, cuando ya el río estaba por cumplir un siglo de
buena conducta, la ciudad amaneci% con los pies mo!ados. ;ue una #ea manera de
despertar. &raspiraba el +etro, traspiraban los s%tanos el río domado estaba brotando,
desde las pro#undidades, por los poros de las paredes, y no había manera de pararlo el
río asom% por gotas, pero despu)s salt% a chorros y embisti% a la ciudad.
,l cabo de unos días de combate, el rebelde #ue vencido. 'esde entonces, la ciudad
duerme con un solo o!o.
El mapa del miedo
4l nuevo día no es más que un ta!o en la negrura del cielo y ya despiertan las mu!eres,
encienden los #ogones, comienzan los tra!ines.
569%mo amaneciste/
4n los años de la guerra, cada cuerpo de mu!er era un mapa del miedo en los campos
de 4l Salvador. Si al amanecer el miedo pinchaba la barriga, el e!)rcito se estaba
acercando. Si el miedo oprimía los pechos, alguno de los hi!os no había regresado a
casa. Si el miedo dolía en los riñones, iba a #altar agua en el pozo.
Lord C)i)ester
=na noche, en una playa de estacionamiento de las muchas que hay en 2uenos ,ires,
?aquel Cillagra lo escuch% llorar. ,lguien lo había arro!ado entre los autos, dentro de una
bolsa. Lord 9hichester tenía poco tiempo de nacido y ya era desteñido, cabez%n y #eo.
:tra noche, muchas noches despu)s, ?aquel vio, desde la ventana, una silueta de
cuatro ore!as que se recortaban contra la luna llena. , la orilla del te!ado, Lord
9hichester y +ilonga, que era del vecindario, estaban esperando, bien pegaditos, el
eclipse de luna. ,ntes que el eclipse, lleg% el enemigo. ,quella noche, en duelo de
amores, Lord 9hichester perdi% un o!o de un zarpazo. 0 desde entonces #ue tuerto,
además de desteñido, cabez%n y #eo.
0 otra noche, cuando ?aquel y 7uan ,maral estaban sumergidos en la más pro#unda de
las dormidumbres, Lord 9hichester los despert% a los chillidos. Los dos saltaron de la
cama. 9hillaba Lord 9hichester como si lo estuvieran desollando.
5,lgo le duele 5di!o 7uan.
Lord 9hichester se los llev% al #ondo del corredor.
?aquel aguz% el oído
5>ay una gotera 5escuch%.
'eambulando por la antigua casona, ubicaron el plip-plop de la gotera en el baño.
54se caño siempre perdi% 5opin% 7uan.
5Se va a inundar 5temi% ?aquel.
0 discutieron, que sí, que no, hasta que 7uan mir% el relo!. 4ran las cinco de la mañana.
2ostezando, suplic%
5Camos a dormir5. 0 dirigi)ndose al escandaloso, agreg%
58ato de mierda.
?aquel, piadosa, movi% la cabeza
5Lord 9hichester está loco de remate.
0 se volvieron, perseguidos por el griterío del gato, que chillaba con desesperaci%n.
0a estaban por entrar al dormitorio, cuando el techo, vie!o y agrietado, se desplom%
sobre la cama.
El oplero
4n los tiempos en que una grabadora ocupaba todo un caballo, Lauro ,yestarán andaba
a campo traviesa, recogiendo la memoria de la música.
4n busca de coplas perdidas, Lauro lleg% una vez a un rancho escondido en las le!anías
de &acuaremb%. ,llí vivía un criollo que había sido mozo bailarín y guitarrero, diestro en
los duelos de versos y las tonadas de la patria vie!a.
4staba avie!ado el hombre. 0a no iba y venía de pueblo en pueblo y de #iesta en #iesta.
,ndaba agachadito, caminaba poco, se caía mucho, y para levantarse se apoyaba en el
lomo de alguno de sus perros. 0a no cantaba, más bien soplaba palabras, pero tenía
#ama de memorioso
5'e lo que hay, no #alta nada 5susurraba, con un dedo en la cabeza, y se reía.
8uitarra en mano, nomás rozándola, el vie!o verse%, canturre%, tarare%. 4n la
atardecida, sonaron ronquitas las melodías que celebraban la memoria de las vacas
sueltas y los hombres libres, mientras giraban y giraban los carretes de la grabadora.
4l coplero miraba la grabadora de reo!o. +ás que mirarla, la sospechaba
50 eso, 6qu) es/
54so es una máquina 5di!o Lauro.
4l vie!o pic% tabaco a cuchillo, en la palma de la mano.
560 para qu) sirve/
58uarda las voces.
Se ensimism% el musiquero. 4ch% unas cuantas pitadas, entretenido con el humo, y al
rato con#es%
53o entiendo.
4ntonces Lauro toquete% la grabadora y de pronto volvieron a sonar los versos que )l
había cantado.
4l vie!o nunca había escuchado su propia voz. +ientras escuchaba su voz guardada,
apunt% a la máquina con el pucho y sentenci%
54so... es 'ios.
La edad del arte
4n GHJL, la dictadura militar de 2rasil mand% quemar los libros del poeta bahiano
8regorio de +atos, que habían sido escritos tres siglos antes.
+ientras tanto, en (araguay, el !e#e de la 'irecci%n de <nvestigaciones aconse!aba al
dictador Stroessner que prohibiera un estreno del teatro ,rlequín, en ,sunci%n M&oda la
obra es un pan#leto contra el orden, la disciplina, el soldado y la leyN, decía su in#orme.
La obra, Las troyanas, había sido escrita veinticuatro siglos antes por un tal 4urípides.
9arlos 8ardel muri% hace más de medio siglo. Según mi amigo 7uceca, los discos de
8ardel ensayan de noche.
Las eni&as
4n octubre del HR, el presidente 7oaquín 2alaguer erigi% en Santo 'omingo un #aro
descomunal en honor del ,lmirante y en o#ensa del paisa!e. 4l día de la inauguraci%n,
mientras las cenizas de 9ol%n eran trasladadas de la catedral al #aro, muri% de muerte
súbita la hermana de 2alaguer, 4mma, que había dirigido las obras, y se derrumb% la
tarima donde el (apa de ?oma iba a pronunciar su bendici%n.
4n años y siglos anteriores, cada vez que la urna con las cenizas de 9ol%n había sido
abierta o mudada de lugar, habían estallado revoluciones y terremotos o se habían
desatado inundaciones y ciclones. 4n Santo 'omingo, mucha gente cree que 9ol%n da
mala suerte, trae #u$ú, pero quizá simplemente ocurre que a 9ol%n, que #ue hombre tan
via!ado, no le gusta nada que lo anden moviendo de aquí para allá.
-untos de %ista
Según la emperatriz +aría &eresa de >absburgo, Sol#gang ,madeus +ozart era un
inútil.
MSerás una desgracia para ti y para tu #amiliaN, anunci% el padre de 9harles 'arTin.
4l maestro de &homas ,lva 4dison lo ech% de la escuela, a los ocho años de edad, por
Mesterilidad totalN. &iempo despu)s, la ,cademia ;rancesa de 9iencias sentenci% que el
#on%gra#o de 4dison era Mun ridículo truco de ventrílocuosN.
La ,cademia de ,mberes rechaz% a Cincent Can 8ogh, que quería estudiar pintura,
porque no tenía condiciones.
(or #alta de condiciones, una biblioteca de Lisboa rechaz% a ;ernando (essoa, que
aspiraba a un empleo de archivista.
9uando ,lbert 4instein empez% la universidad, los pro#esores coincidieron M4ste
muchacho nunca llegará a nadaN.
El elipse
9uando la Luna se come al Sol, los indios $ayap% disparan #lechas de #uego hacia el
cielo, para devolverle al Sol la luz perdida. Los barí suenan tambores, para que el Sol
regrese. Los aymaras lloran, y a gritos suplican al Sol que no los abandone.
, #ines del HU, hubo pánico en (otosí. 9ay% la noche en plena mañana y qued% el cielo
súbitamente negro y con estrellas. 4n aquel mundo helado de muerte, mundo del #in del
tiempo, lloraron los indios, aullaron los perros, se escondieron los pá!aros y se
marchitaron las #lores.
>elena estaba allí. 9uando el eclipse acab%, ella sinti% que algo le #altaba en la ore!a, un
arete, un solcito de plata, se le había caído. 4lla busc% el pequeño sol por los suelos,
durante largo rato, aunque sabía que no iba a encontrarlo !amás.
El santo llu%ión
Sombrero en mano, acuden los campesinos a la iglesia donde duerme San +atías.
Las lluvias y los carnavales llegan !untos a las islas 9anarias. 9uando las lluvias #altan a
la cita, y las tierras se mueren de sed, los campesinos se !untan en la iglesia, se
persignan con todo respeto, despiertan al santo dormido y se lo llevan alzado en
procesi%n. , la orilla de un precipicio, lo bambolean
5: llueves de una vez, o vas a parar al #ondo del despeñadero.
0 San +atías llueve sobre los campos.
El miedo
=na mañana nos regalaron un cone!o de <ndias. Lleg% a casa en!aulado. ,l mediodía, le
abrí la puerta de la !aula.
Colví a casa al anochecer y lo encontr) tal como lo había de!ado !aula adentro, pegado
a los barrotes, temblando del susto de la libertad.
La pro)ibiión
4n el último recodo de la calle +ou##etard, en (arís, encontr) la iglesia de San +edardo.
,brí la puerta, entr). 4ra domingo, pasado el mediodía. La iglesia estaba vacía, ya se
habían apagado los rumores de las últimas plegarias. >abía una limpiadora, barriendo la
misa, desempolvando santos, y nadie más.
?ecorrí la iglesia, de cabo a rabo. , la luz de los cirios, busqu) la ordenanza real del año
GKQR (or orden del ?ey, se prohíbe a 'ios que haga milagros en este lugar. 9arlos
+achado me había dicho que la prohibici%n estaba grabada en una piedra, a la entrada
de esta iglesia consagrada a un santo demasiado milagrero. La busqu), no la encontr).
9oronada de ruleros, armada de plumero y escoba, la limpiadora me contest% sin
dedicarme ni una mirada
5.,h no señorA .3oA .(ero noA
9on voz culpable, insistí
5(ero esa orden del rey... 6nunca estuvo/
La mu!er me encar%
54star, estuvo.
4n el cabo de la escoba apoy% las manos y sobre las manos, el ment%n
5(ero ya no está.
0 dando por concluido el asunto, continu% su a!etreo.
<nm%vil, esper). ,l rato, ella detuvo sus tra!ines y e1plic%
5=na cosa así no era de buen tono para los creyentes. =sted comprenderá.
0o comprendí.
+ediod!a
7esucristo, negro, de lentes, mane!a una camioneta. Las destartaladas camionetas,
brotadas de gente hasta los techos, se abren paso en la multitud. &odas lucen mil
arabescos de colores y todas tienen nombre, se llaman (aciencia, >umillaci%n,
&ribulaci%n, Locura. , paso de reina camina una mu!er. Lleva un balde lleno de agua
sobre la cabeza y ba!o el brazo una gallina, que apostará a la lotería. =n hombre trae,
atada del pescuezo, una cabra que o#rendará a los dioses venidos del ,#rica. Los dioses
deambulan, mezclados con el gentío que va y viene y sube y ba!a en un tra!ín
incesante. ,quí nadie tiene traba!o, pero todos están muy ocupados. 3o hay comida,
pero muere más gente de risa que de hambre.
4s mediodía, y los gallos anuncian el amanecer. >ay dos soles en el cielo y tres o!os en
las caras. La luz grita, el aire baila. &antos colores tiene el aire, que el arco iris !amás
sale, por no pasar vergFenza. 9asas sin paredes, autos sin puertas, niños sin zapatos,
tumulto sin calles. 'e cara al mar, en las laderas de las montañas que las uñas del
'iablo han desollado a lo largo de cinco siglos, está (ort-au-(rince. 4sta ciudad, esta
basura, esta hermosura, es una estridencia donde la vida se aturde y olvida lo poco que
dura y lo mucho que duele.
El sub%ersi%o
(or los caminos anduvo <saac Libenson, sin casa ni documentos.
'e pro#esi%n, !usticiero a su paso iba de!ando líos, sindicatos y cooperativas. 3unca
sali% de pobre, ni le interes% ese asunto.
=na medianoche de GHRH, en 2uenos ,ires, naci% su hi!o 9arlos, así llamado en
homena!e a cierto barbudo pro#eta. Seis años despu)s, cuando las pro#ecías del pro#eta
empezaban a cumplirse y estaba cru!iendo el mundo, lleg% la hora de enviar al hi!o a la
escuela
5Camos a esperar un poco 5di!o <saac5. 4l socialismo no puede demorar, y así el pibe
recibirá una educaci%n solidaria.
5(re#iero un burro capitalista 5decidi% la mu!er, y al día siguiente envi% al hi!o a la
escuela del barrio.
4l socialismo todavía no había llegado un par de años despu)s, cuando <saac #ue
e1pulsado de la ,rgentina. 4ntonces se march% a pelear a la guerra de 4spaña, con toda
la #amilia.
El no)ero
8onzalo +uñoz, cuya imagen de color sepia integra mi álbum de #amilia, había nacido
para vivir de noche y dormir de día.
4l pasaba las noches en blanco, velando #antasmas, pero durante el día siempre había
mucho para hacer, de modo que no tenía más remedio que dormir de a pedacitos. 9aía
dormido en cualquier momento, y al despertar se con#undía de hora, y a veces hasta de
especie. +ás de una vez don 8onzalo, que era búho, cant% como gallo, en plena tarde,
saludando al amanecer desde la azotea, y esos errores suyos no caían nada bien en el
vecindario.
4n las reuniones sociales, estaba en plena charla y el sueño lo acometía. 4ntonces
apoyaba el puño en el ment%n, decía
5(ues sí. (ues sí señor 5y ahí nomás se desplomaba en la al#ombra, dormido como
piedra. 4ntonces alguna dama de la #amilia lo abanicaba, simulando desmayo súbito o
ataque #ulminante.
=na noche, don 8onzalo acudi% al estreno de un drama en el teatro Solís de
+ontevideo. 4ra #unci%n de gala, elenco europeo. 4n el segundo acto, como tenía
costumbre, don 8onzalo se durmi%. Se durmi% !usto cuando el persona!e principal, un
marido de mal carácter, se estaba agazapando, pistola en mano, detrás de un biombo.
(oco despu)s, cuando la esposa in#iel entr% en escena, el marido salt% de su escondite y
dispar%. Los balazos voltearon a la pecadora y levantaron a don 8onzalo, que despert%
súbitamente, se alz% en medio de la platea y, abriendo los brazos, e1clam%
5.9alma, señores, calmaA .3o se asusten, no corranA ."ue nadie se muevaA
Su mu!er, sentada al lado, se escurri% hasta desaparecer en las pro#undidades de la
butaca.
El minero
4l es uno de los #antasmas. ,sí llama la gente de Sainte 4lie a los pocos vie!os que
siguen hundidos en el barro, moliendo piedras, escarbando arena, en esta mina
abandonada que ni cementerio ha tenido nunca, porque tampoco los muertos han
querido quedarse.
>ace medio siglo, este minero lleg% al puerto de 9ayena y se intern% en busca de la
tierra prometida. 4n aquellos tiempos, aquí había #lorecido el !ardín de los #rutos de oro,
y el oro redimía a cualquier #orastero muerto de hambre y lo devolvía a casa muy gordo
de oro, si la suerte quería y si no lo degollaba algún amigo en un recodo del camino.
La suerte no quiso. 0 de nada sirvi% la varilla de azogue negro, que era in#alible para
atrapar al otro #ugitivo, ni sirvi% de nada el bru!o que espantaba la desgracia. (ero este
minero sigue aquí, sin más ropa que un taparrabos, comiendo nada, comido por los
mosquitos. 0 en busca de nada revuelve la arena día tras día, sentado ante la batea,
ba!o un árbol más vie!o que )l, que lo de#iende de la #erocidad del sol.
4l cazador de oro está hablando solo. Sebastián Salgado se acerca, se sienta a su lado.
>ay un solo diente, un diente de oro, en la boca del minero, tecla que brilla en la noche
de su boca.
5+i mu!er es muy linda 5dice, y muestra una #oto borrosa, rotosa.
5+e está esperando 5dice.
4lla tiene veinte años. >ace medio siglo que ella tiene veinte años, en algún remoto
lugar del mundo.
La eremonia
3o eran estallidos de celebraci%n, eran ruidos de guerra. 4n el cielo de Oagreb no había
más #uegos de arti#icio que las balas trazadoras que atravesaban la noche y abrían
camino a la metralla y las bombas. +oría el año vie!o y 0ugoslavia moría, suicidándose
en un baño de sangre, mientras ;ran Sevilla terminaba de transmitir a +adrid una de
sus cr%nicas del e1terminio mutuo.
,quella era su última cr%nica del año HG. ;ran colg% el tel)#ono y mir% el relo!, a la luz
de un encendedor. &rag% saliva. 4l estaba solo, en un hotel habitado por nadie, aturdido
por los alaridos de las sirenas y los truenos del bombardeo, y #altaban pocos minutos
para que naciera el año nuevo. Los #ogonazos de la guerra, que se metían por la
ventana, eran la única luz de la habitaci%n.
?ecostado en la cama. ;ran arranc% doce uvas de un racimo. 0 a la medianoche en
punto, las comi%. +ientras comía las uvas, una otras otra, iba dando doce golpecitos,
con un tenedor, en una botella de vino ?io!a que se había traído de 4spaña. 4so de los
golpecitos en la botella lo había aprendido de su padre, cuando )l era niño y vivían en
las orillas de +adrid, en un barrio que no tenía campanas.
-arte de guerra
La hi!a de don ;rancisco #ue capturada en la sierra de 9huacús. 4n la madrugada, un
o#icial del e!)rcito la arrastr% hasta la casa de su padre, y encar% a don ;rancisco
564stá bien lo que hacen los guerrilleros/
53o 5di!o don ;rancisco5. 3o está bien.
560 qu) hay que hacer con ellos/
'on ;rancisco call%.
56>ay que matarlos/
'on ;rancisco seguía callado, mirando al suelo. Su hi!a estaba de rodillas, encapuchada,
maniatada, con la pistola del o#icial clavada en la cabeza.
56>ay que matarlos/ 5insisti% el o#icial.
"uizá don ;rancisco quiso decir no, pero ninguna palabra le sali% de la boca. 0 sigui%
callado, con los o!os clavados en el suelo.
,ntes de que la bala volara la cabeza de la muchacha, ella llor%. 2a!o la capucha, llor%.
5Llor% por )l 5dice 9arlos 2eristain, que me cuenta esta historia de los años ochenta,
en 8uatemala.
-ara la átedra de dere)o i%il
4stán haciendo cola los pobres de absoluta pobrecía, los condenados a pena de pena
perpetua. :lor a !ab%n barato, gente limpita y peinada; la ley se despierta temprano,
hoy atiende el abogado de primera hora.
4l abogado ve que en la cola espera una anciana con varios niños y un beb) en brazos.
9uando le llega el turno, ella muestra sus papeles. Los niños no son nietos, son hi!os.
4sa mu!er tiene treinta años y nueve hi!os, y viene a pedir ayuda. 4lla había levantado
un rancho de lata y madera en algún lugar de las orillas del 9erro de +ontevideo; creía
que era tierra de nadie, pero era de alguien. 0 ahora van a echarla de allí, ya le ha
llegado esa cosa que se llama orden de lanzamiento.
4l abogado la escucha, revisa los papeles que ella ha traído, menea la cabeza. 'emora
en hablar, traga saliva, por #in dice
5Lo lamento, señora, pero no hay nada que hacer.
4l abogado lo dice en voz ba!a, mirando al suelo.
9uando alza la mirada, ve un racimo de hi!os en torno de esa mu!er. =na de las niñas se
está tapando las ore!as con las manos. "ui)n sabe si ella sabe que esas palabras, no
hay nada que hacer, ese trueno, ese castigo, van a aturdirle los oídos a lo largo de todas
las vidas de su vida.
La tele%isión
La televisi%n 6muestra lo que ocurre/
4n nuestros países, la televisi%n muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si
la televisi%n no lo muestra.
La televisi%n, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad.
(orque la vida es un espectáculo y a los que se portan bien, el sistema les promete un
c%modo asiento.
-ara la átedra de geograf!a
4staba intentando desci#rar el alboroto de los pá!aros de 9ali#ornia, en las arboledas de
la =niversidad de Stan#ord, cuando un vie!o pro#esor, que deambulaba por allí, se me
acerc%. 4l pro#esor, sabio en alguna especialidad de las ciencias biol%gicas, tenía mucha
charla guardada. 'e lo suyo, sabía todo. 0o, que de aquello no sabía nada, nada
entendí; pero )l era simpático, hablaba suavemente y daba gusto escucharlo.
, cierta altura, lo pic% la curiosidad y quiso saber de qu) país venía. Le contest); y por
sus o!os, estupe#actos, me di cuenta de que el nombre del =ruguay no le resultaba muy
#amiliar. 0o ya estaba acostumbrado, pero el pro#esor #ue amable y me hizo un
comentario sobre las ropas típicas de mi país. 4ra evidente que el pro#esor con#undía
=ruguay con 8uatemala retribuí su gentileza haci)ndome guatemalteco en el acto y sin
chistar, y di!e no s) qu) cosa sobre la tormentosa historia de ,m)rica 9entral.
59entral ,merica/ 5me interrumpi%. 0 por sus o!os, estupe#actos, me di cuenta de que
tampoco ese nombre le resultaba muy #amiliar. 9omo tambi)n a eso estaba
acostumbrado, no me sorprendí. 4ra evidente que el pro#esor creía, como muchos de
sus compatriotas, que en el centro de ,m)rica está Bansas 9ity.
Los onjuros
Lucila 4scudero no se daba por enterada de sus años. 4lla andaba tan campante por los
tres patios de su casa y por las calles del vecindario, sorda a las penas y a los achaques
y a las tristes voces del tiempo, y con o!os de reci)n llegada miraba al mundo desde el
balc%n.
Lucila creía en el cielo, y sabía que lo merecía, pero se sentía mucho me!or en casa.
(ara despistar a la muerte, dormía cada noche en un lugar di#erente. 3unca le #altaba
algún tataranieto para ayudar a correr la cama, y de ore!a a ore!a sonreía pensando en
el chasco que se llevaría la muerte cuando viniera a buscarla. ,ntes de dormir, encendía
el último cigarrillo del día, en su larga boquilla labrada, y se echaba la última copa de
buen vino tinto. 4ntraba en la noche bebiendo el vino da a sorbitos, un buche por cada
am)n, mientras rezaba los padrenuestros y las avemarías.
>abía nacido en GLLP. +uri% a los GGI años de su edad, en Santiago de 9hile, cuando
ya había enterrado a siete hi!os y estaba un poquito aburrida de vivir.
La fiesta
4l GI de mayo de GHLK, el 9lub 3ápoles se consagr% campe%n de <talia por primera vez
en JI años. La ciudad #ue vengada por las artes de un mago petiso y ruludo, llamado
+aradona, que hacía cantar a la pelota. 0 un terremoto de #iesta estall% y lanz% a bailar
por los aires a la gente que tenía la !odida costumbre de perder en el #útbol y en todo lo
demás.
,l #in de esa noche, un enorme cartel apareci% en el cementerio de 3ápoles. 3o se
dirigía a la calle, sino a las tumbas. 4l cartel decía
.L: "=4 S4 (4?'<4?:3A
Los ambios
Se parecía a 9arlitos 8ardel, despu)s de la caída del avi%n. Lo vi hace QI años, y es
como si lo estuviera viendo. &osía, a!ustaba el nudo del pañuelo que le protegía el
pescuezo. 4l pañuelo había sido blanco alguna vez.
5.0o no vendo nadaA 5roncaba.
&raba!aba parado sobre un ca!%n, #rente a la 9a!a de 7ubilaciones de +ontevideo. 4n las
manos sostenía una ca!a de cart%n, atada con piolines des#lecados como )l.
5.0o no vendo nadaA
,lgunos curiosos se acercaban, todos vie!os y muy vie!os. (oquito a poco, los curiosos
se iban haciendo gentío.
5.0o no vendo nadaA
0 cuando llegaba el momento, dos brasas se encendían en el #ondo de sus o!eras
cavernosas. 9on ampuloso gesto se quitaba el sombrero y lo arro!aba al piso. 0 alzando
la ca!a de cart%n, la o#recía a los cielos
5.0o no vendo nada, señoras y señoresA (orque esto... .no tiene precioA
Los vie!os se apretu!aban, ansiosos, mientras aquellos huesudos dedos desataban, muy
lentamente, con parsimonia de amante que demora el goce, los piolines que ataban la
ca!a de cart%n. 0 la ca!a se abría. ,dentro, había celo#anes de colores, anudados en
#orma de mariposas. 9ada celo#án era un cambio. 9elo#anes para cambiar de vida. >abía
cambios verdes, azules, lilas, ro!os, amarillos...
5., RII el cambioA 5roncaba el pregonero. 5.4s un regalo, señoras y señores, un
regaloA .4l precio de una botella de vino, que contiene veneno, cárcel, manicomio...A
La eremonia
4l &urco lleva mucho años detrás de aquel mostrador. Servía bebidas, a veces inventaba.
9allaba, a veces escuchaba. 9onocía las costumbres y las manías de cada uno de los
clientes que noche tras noche venían a echarse tragos.
>abía un hombre que llegaba siempre a la misma hora, a las ocho en punto de cada
noche, y pedía dos martinis secos. (edía los dos martinis a la vez y se los bebía )l solito,
un sorbo de una copa, un sorbo de la otra. +uy lentamente, mirando nada, diciendo
nada, el hombre vaciaba sus dos copas, se comía sus dos aceitunas, pagaba y se iba.
4l &urco tenía la costumbre de no preguntar, pero una noche el hombre le ley% alguna
curiosidad en los o!os y, como quien no quiere la cosa, cont%. 'i!o que su amigo más
amigo estaba viviendo muy le!os de allí, muy le!os de "uito, en :ttaTa. 0 di!o que a las
ocho en punto de cada noche los dos se encontraban, allí y allá, en ese bar de "uito y
en un bar de :ttaTa, y bebían una copa !untos.
0 así pas% el tiempo, de ceremonia en ceremonia. >asta que una noche, el hombre lleg%
con la puntualidad de siempre pero pidi% un solo martini, que sea uno, por #avor, y
bebi%, lento, callado, hasta agotar la única copa. 4ntonces 4l &urco hizo lo que nunca lo
toc%. 4stir% el brazo sobre el mostrador y lo toc%
5+i p)same 5di!o.
(ero el hombre aclar% que no, que su amigo estaba vivo y coleando
54s que he de!ado de beber 5e1plic%.
El gol
,l #in del verano de HJ, 7os) Luis 9hilavert hizo un gol hist%rico en 2uenos ,ires.
7ugando por el club C)lez contra ?iver (late, 9hilavert tir% de sesenta metros la pelota
atraves% las nubes y de pronto cay% verticalmente sobre el arco contrario y entr%.
Los periodistas quisieron conocer el secreto de su disparo 69%mo hizo la pelota ese
via!e increíble/ 6(or qu) cay% la pelota en línea recta desde la altura/
5(orque choc% con un ángel 5e1plic% 9hilavert.
, nadie se le ocurri% ver si la pelota estaba manchada de sangre. 3adie se #i!%. 0 nos
perdimos la oportunidad de saber si los ángeles se nos parecen, aunque más no sea en
eso.
Los solos
Lo cazaron en la selva, cuando era muy pich%n. , golpes de hacha voltearon el árbol
donde tenía su nido. Lo vendieron en la ciudad. (reso en una !aula, entre cuatro
paredes pas% toda su vida, hasta que #ue abandonado. Lo recogi% la #amilia Schlen$er,
que en las cercanías de "uito tiene un re#ugio para animales tristes. 4se guacamayo
nunca había visto un pariente. ,hora no se entiende con los demás guacamayos, ni con
loro ninguno, ni se entiende con )l. ,currucado en un rinc%n, tiembla y chilla, se arranca
las plumas a picotazos, tiene el pelle!o sangrante y desnudo.
(obre bicho, digo. +ás solo, imposible. (ero ,bd%n =bidia, que me ha llevado al re#ugio,
me presenta al solo más solo del mundo. 4s el último aguti paca, o cuy de monte, que
pasa las noches caminando en círculos y pasa los días escondido ba!o el tronco hueco de
un árbol caído. 4l es el único de su especie que queda vivo. &odos los suyos han sido
e1terminados. +ientras espera la muerte, no tiene a nadie con quien conversar.
Eos
Sonaba como el zumbido de los mosquitos en verano, aunque no era verano. ,quella
noche de GHJU, ,rno (enzias y ?obert Silson no podían traba!ar tranquilos. 'esde una
montaña de 3ueva 7ersey, los dos astr%nomos estaban tratando de medir las ondas
emitidas por alguna gala1ia, pero la antena captaba un zumbido que no los de!aba en
paz. 4l zumbido atormentaba los oídos, como ocurre cuando las hembras de los
mosquitos, hambrientas, enloquecidas por el calor, llaman a sus machos y acosan a la
gente.
'espu)s, se supo. (or increíble que pueda parecer, el zumbido era el eco de la tremenda
e1plosi%n que había dado origen al universo hace GP mil millones de años, días más,
días menos. ,quella vibraci%n de la antena no venía de las hembras de los mosquitos,
sino del estallido que había #undado el tiempo y el espacio y los astros y todo los demás.
0 quizá, qui)n sabe, digo yo, un suponer, el eco estaba todavía allí, resonando,
zumbando en el aire, porque quería ser escuchado por nosotros, terrestres personitas,
que al #in y al cabo tambi)n somos eco de aquel remoto llanto del universo reci)n
nacido.
-ara la átedra de Literatura
4nrique 2uenaventura estaba bebiendo ron en una taberna de 9ali, cuando un
desconocido se acerc% a la mesa. 4l hombre se present%, era de o#icio albañil, a sus
%rdenes, para servirlo
53ecesito que me escriba una carta. =na carta de amor.
560o/
5+e han dicho que usted puede.
4nrique no era especialista, pero hinch% el pecho. 4l albañil aclar% que )l no era
anal#abeto
50o puedo escribir. (ero una carta así, no puedo.
560 para qui)n es la carta/
5(ara... ella.
560 usted qu) quiere decirle/
5Si lo s), no le pido.
4nrique se rasc% la cabeza.
4sa noche, puso manos a la obra.
,l día siguiente, el albañil ley% la carta
54so 5di!o, y le brillaron los o!os5. 4so era. (ero yo no sabía que era eso lo que yo
quería decir.
La aróbata
0olanda 2arn)s empezaba el día saludando a sus dos pescaditos, el triste y el
entusiasta, en su casa de Los ,ngeles.
9uando muri% el entusiasta, el triste creci%, brill% y pas% del color gris al ro!o #uego. ,
los saltos saludaba y e1igía su comida. ,sí 0olanda descubri% que el pescadito era
pescadita, porque esas son cosas que a veces ocurren a las viudas.
La pescadita saltaba cada vez más alto, y daba vueltas en el aire. =na mañana, 0olanda
encontr% la pecera vacía. 4n vano busc% a la acr%bata por toda la cocina, hasta que por
#in la descubri% hundida en un plato de a!os a medio pelar. La devolvi% al agua, la
pescadita qued% aplastada contra el #ondo de la pecera.
,sí pasaron los días. La pescadita continuaba su quieta agonía, echando una burbu!a
que otra. 0olanda, que se sentía mirada por esos o!os rodeados de orillas de sangre,
disc% el primer número que le vino a la cabeza, pero era el tel)#ono de un amigo que
entendía de autos y de vacas, y que s%lo había visto peces en el plato, #ritos o a la
plancha.
La pescadita no tenía nombre. 0olanda pens% que era muy triste morirse sin nombre,
pero no se le ocurri% ninguno. (egada al vidrio, le di!o que ella era lo más interesante
que había conocido en su vida en materia de peces, y le di!o adi%s. 0 se march% a
comprar leche y huevos y tambi)n un pescadito nuevo. (ero s%lo tra!o la leche y los
huevos.
=na semana despu)s, la pescadita daba saltos de circo y se llamaba +ilagro.
-ara la átedra de oftalmolog!a
4staba sentado a la puerta de una pensi%n, en el centro de +elo. <nm%vil detrás de sus
lentes negros, de!aba pasar el tiempo. S%lo los bostezos le movían la cara. 9uando
alguien le preguntaba c%mo andaba, )l contestaba con un murmullo o gemido.
54stá en#ermo de las vistas -me di!eron.
560 no se puede operar/
50a lo operaron. 4sa #ue la desgracia.
3o era desventura del destino, era error de cirugía. Según se decía en el pueblo, en el
hospital lo habían operado y lo habían de!ado mirando para adentro. 0 el pobre se
aburría, se aburría de verse.
-ara la átedra de urbanismo
4n ,ndalucía, en el pueblo de 9astelar Cie!o, un collar de casas blancas rodea al castillo,
y cada casa tiene cara y cada cara tiene historia. ,l lado está el pueblo de 9astelar
3uevo, que es un a!edrez de casas pre#abricadas, todas iguales.
4n una cantina de 9astelar 3uevo, trago va, trago viene, se hace la noche, y alguien
e1plica
5,quí ya no puedes ni emborracharte, porque despu)s no hay manera de que
encuentres tu casa.
-ara la átedra de geograf!a
4n 9hicago, no hay nadie que no sea negro. 4n pleno invierno, en 3eT 0or$, el sol #ríe
las piedras. 4n 2roo$lyn, la gente que llega viva a los treinta años es una prueba de la
e1istencia de 'ios. Las me!ores casas de +iami están hechas de basura. (erseguido por
las rata, +ic$ey huye de >ollyTood.
9hicago, 3eT 0or$, 2roo$lyn, +iami y >ollyTood son los nombres de algunos de los
barrios de 9it) Soleil, el suburbio más pobre de la capital de >aití.
-ara la Cátedra de .istoria
>ace unos quince mil millones de años, según dicen los entendidos, un huevo
incandescente estall% en medio de la nada y dio nacimiento a los cielos y a las estrellas
y a los mundos.
>ace unos cuatro mil o cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, la
primera c)lula bebi% el caldo del mar, y le gust%, y se duplic% para tener a qui)n
convidar el trago.
>ace unos dos millones de años, la mu!er y el hombre, casi monos, se irguieron sobre
sus patas y alzaron los brazos y se abrazaron y se entraron, y por primera vez tuvieron
la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso.
>ace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mu!er y el hombre #rotaron dos piedras y
encendieron el primer #uego, que los ayud% a de#enderse del invierno.
>ace unos trescientos mil años, la mu!er y el hombre se di!eron las primeras palabras y
creyeron que podían entenderse.
0 en eso estamos, todavía queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de #río,
buscando palabra.
-reguntas
<n)s, de tres años, hi!a de ,le!andra ?osenco#
56"u) tengo yo, mamá/ 6&engo hambre o tengo sueño/
7ulieta, de tres años, hi!a de 3elly >ughes
56(or qu) me voy a ir, si aquí estoy más/
+anuel, de cuatro años, hi!o de +inou &avárez +irabal
56:tra vez vas a salir, mamá/ 6(ero es que tú no sabes que me haces #alta/ 6"ue
cuando tú te vas, yo lloro/
Soledad, de cinco años, hi!a de 7uanita ;ernández
56(or qu) los perros no comen postre/
9amilo, de seis años, hi!o de 8lenda <razábal
56(or qu) me llamás Mmi vidaN, mamá/ Cos ten)s tu vida y yo tengo la mía.
Cera, de seis años, hi!a de 4lsa Cillagra
56'%nde duerme la noche/ 6'uerme aquí, aba!o de la cama/
Luis, de siete años, hi!o de ;rancisca 2ermúdez
56Se eno!ará 'ios, si no creo en )l/ ,y, mamá, no s) c%mo decírselo.
9arlitos, de cuarenta años, hi!o de +aría Scaglione
5+amá 6a qu) edad me sacaste la teta/ +i psic%loga quiere saber.
G/nesis0 #
,ndrea 'íaz iba trotando, montaña aba!o, por la costa del (ací#ico, cuando de pronto se
le descolocaron las rodillas y cay% redonda al suelo.
4n andas #ue llevada hasta el pueblo de "uepos. La llev% un vecino que tenía músculos
hasta en las uñas y ni se enter% del es#uerzo. 'espu)s, el tarzán trep% como ardilla por
el tronco de un cocotero y a machetazos parti% los cocos
5&%mese esto 5mand%.
0 e1plic% que no hay me!or remedio que el agua de coco para que vuelvan a su sitio los
huesos que se han corrido de lugar
54sto bebían ,dán y 4va, en el tiempo que no había en#ermedades. Las en#ermedades
son de despu)s.
,ndrea obedeci%, pero no pudo callarse la boca
560 usted c%mo sabe/
4l hombre la mir% con pena
5(ero mi niña, cualquiera sabe. 63o ve que en el (araíso no había agua corriente/
Caminares
&engo el cuerpo todo lleno de palabras. 4n los análisis de sangre, siempre aparecen más
palabras que gl%bulos
54l colesterol está dentro de los límites, pero las palabras... 5me dice el m)dico, y
#runce el ceño.
Las palabras me caminan adentro, mientras yo camino. 4n mis ires y venires a lo largo
de la costa de +ontevideo, las palabras van y vienen todo a lo largo de mí ellas se
buscan, se encuentran, se !untan, y !untas crecen y se van convirtiendo en cuentos que
quieren ser contados. 4ntonces las palabras golpean a las puertas de mi cuerpo, la
puerta de la boca, la puerta de la mano, queriendo salir, queriendo darse, mientras yo
me de!o ir por la orilla del río ancho como mar. ;ue a la orilla de ese río-mar donde
alguna vez tambi)n yo golpe) a las puertas de un cuerpo, queriendo salir, queriendo
darme, y #ui nacido.
La %entolera
,quella mañana 'iego L%pez cumplía cuatro años y le brincaba en el pecho la alegría, la
alegría era una pulga saltando sobre una rana saltando sobre un canguro saltando sobre
un resorte, mientras las calles de +ontevideo volaban al viento y el viento batía las
ventanas de la casa. 0 'iego abraz% a su abuela 8loria y en secreto, al oído, le orden%
5Camos a entrar en el viento.
0 la arranc% de la casa.
+a)os
&echo de palma, mostrador de cañas. ,codados en el mostrador, 'ámaso +urúa y yo
bebíamos cerveza, picoteábamos camarones al a!illo y escuchábamos las re#le1iones de
la clientela. 3o había mu!eres en aquel bar de +azatlán, pero s%lo se hablaba de ellas
5Lo di!eron en la tele. 9ada día muere un mont%n de mu!eres, dieciocho mil mu!eres
mueren cada día en el mundo. ,sí como lo oyes. 0 a la mía ni le duele la cabeza.
53i modo. 4s que hay matrimonios que acaban bien, y hay otros que duran toda la
vida.
5,ntes ella era buena, buena como mu!er de otro, pero ahorita... Les das con#ianza y
acaban pisándote. 0 cuantimás peor.
5Si las mu!eres #ueran buenas, digo yo, 'ios tendría una.
5+u!er que no !ode, es hombre. 4stá probado.
5(uro hable y hable. Ciboreando se pasan el día, puro chisme, pura que!a, puro
reproche.
5(os sí.
56"uieres que te diga/ Les #alta cerebro, pero les sobra memoria.
54so se ve a simple vista, nomás con echarles un vistazo.
5Las mu!eres tienen una pinche memoria. 0 es lo peor que tienen, no te perdonan una,
te recuerdan todo, %yeme bien, que no acostumbro mentir.
El blasfemador
9lavado de una sola mano, 7esús de 3azaret colgaba de los restos de una cruz
quemada. 4l otro 7esús, el de 9ambre, colgaba del andamio.
7esús 2abío, el de 9ambre, era maestro albañil, maestro carpintero, maestro #ontanero y
maestro blas#emador. >acía bien todo lo que hacía, pero )l había andado mucho y bien
sabía que no había en el mundo quien pudiera superarlo en el arte de la blas#emia, que
es, como la mística, un arte español. 0 a blas#emazo limpio estaba 7esús, el de 9ambre,
reconstruyendo la iglesia de Santa +aría de Cigo, que había sido incendiada por los
ro!os en los años de la guerra, mientras 7esús, el de 3azaret, negro de tizne, escuchaba
aquellos homena!es sin una mueca.
=na mañana, ,ngel Cázquez lleg% de a caballo, y con caballo y todo se meti% en la
iglesia en ruinas. 4n lo alto del andamio, 7esús estaba en lo suyo, picando una pared y
cagándose en el otro 7esús y en sus llagas y en sus espinas y en sus clavos y en la
inmaculada madre que lo había parido.
(or cambiar de tema, ,ngel le pregunt% por sus via!es. ,quel obrero errante había
traba!ado en <nglaterra, >olanda, 3oruega, ,lemania...
50 en 9ataluña y en 2arcelona, tambi)n estuve5 aclar% 7esús, mientras clavaba unas
cuñas de madera
5Sí que he via!ado. >e via!ado mucho, y #ue muy interesante.
Los pá!aros entraban y salían, torrenciales como lluvia, por el ventanal de la iglesia,
invadido de vegetaci%n.
5+uy interesante 5repiti% 7esús5. (ero mire usted, don ,ngel, estuve pensando.
0 con el martillo señal% el ventanal, y más allá señal% el sendero que atraviesa el
bosque de 9ambre
50o me cago en el camino del 9alvario, en el camino de 'amasco y en todas las
autopistas.
,ngel mir%. 4n el sendero no había nadie, o quizás había algún lugareño que llevaba,
montado en burro, una carga de leña o al#al#a. 0 7esús 2abío, el de 9ambre, sentenci%
5(orque sepa usted, don ,ngel, vaya sabiendo, que todo lo que hay para ver en el
mundo, y en el alto cielo, pasa por ese caminito ahí.
1o peador
+e con#ieso, padre, y disculpe la demora. ;ue a #ines del año HQ, creo, si no recuerdo
mal. 0o volaba hacia +adrid, y en el avi%n estaba leyendo un diario español, para
ponerme al día con las novedades de la madre patria. =n aviso, bastante grande, me
llam% la atenci%n. 4ra un convento haciendo publicidad. =n convento de clausura, en
8ranada, que andaba escaso de mon!as. 0o no s) si usted conoce, padre. 4l convento
había sido #undado, no s) cuándo, para albergar más de cien mon!as, y ya no tenía más
que nueve. 4l aviso invitaba a las muchachas españolas a meterse al encierro, y les
prometía la gloria M.4ntr)gate al SeñorAN, decía el aviso, y decía M.4l te dará el goce
eternoAN 9omo lo oye. ,quello me #ulmin%, padre, le ruego que comprenda. .4l goce
eternoA +e sentí humillado. 0 entonces, padre, lo con#ieso, cometí el sacri#icio de pensar
que 'ios 3uestro Señor estaba practicando la competencia desleal. 7uro que me
arrepentí en el acto, pero reconozco que !usto en ese momento el avi%n peg% tremenda
sacudida.
La guerra
0o aprendí la guerra de 4spaña, veinte años despu)s de la derrota, en +ontevideo en
las vinerías, donde los vencidos cantaban, abrazados, sus canciones de las trincheras, y
en los ca#)s, donde se peleaban como si la guerra estuviera ocurriendo.
=no de los e1iliados, ,braham 8uill)n, me contaba la guerra en su casa, a la hora del
desayuno. 4l me hablaba del marco geo-político y de las contradicciones tácticas y
estrat)gicas del #rente republicano. 'espu)s, las batallas ocurrían sobre el mantel.
Las cucharitas, el azucarero y las tazas de ca#) con leche señalaban las posiciones de los
milicianos y las tropas de ;ranco. <nclinando un cuchillo, ,braham disparaba, y el
cañonazo volteaba el tarro de mermelada, ro!o de sangre. Los tanques, los vasos,
avanzaban rodando y aplastaban las tostadas. Las tostadas cru!ían. Los aviones de
>itler arro!aban naran!as y panes que estremecían la mesa y provocaban tremendo
desparramo entre los escarbadientes, que eran la in#antería. 0o escuchaba los truenos
de las bombas, la tormenta de la metralla y los aullidos de las víctimas.
'esde la puerta de la cocina, la mu!er de ,braham se secaba las manos con un
repasador. +irando aquella mesa sembrada de cadáveres, meneaba la cabeza y
susurraba
5(obrecillos. (obrecillos.
Una arta
Cera 9arnevale, que tenía once años, escribi% una carta a su padre en#ermo.
&e digo querete, cuidate, protegete, mimate, sentite, amate, dis#rutate. &e digo te
quiero, te cuido, te prote!o, te mimo, te siento, te amo, te dis#ruto.
9on la carta de su hi!a ba!o la almohada, >)ctor se #ue en el sueño.
El %eneno
4n las heladas vísperas de cada amanecer, ante las brasas del #og%n, el capataz y el
pe%n armaban el primer cigarrillo del día. 4llos no se miraban, no se nombraban, no se
hablaban. 4ntre los dos se sentaba &arzán, el perro. S%lo con el perro conversaban.
'irigi)ndose al perro, decía el capataz
5>ay una vaca muerta en la cañada. >asta cuándo va a estar.
0 el pe%n
5(regúntele a la vaca, &arzán.
&arzán miraba a uno, miraba al otro. 4l era perro parco, de poco ladrar, y rara vez gruñía
o meneaba el rabo. Se ganaba el hueso escuchando al capataz, que le decía que hay
que arreglar la alambrada, y al pe%n, que le decía que chocolate por la noticia. 0 hasta
la madrugada siguiente, desaparecía.
4stos dos hombres que se odiaban eran los únicos que traba!aban las tierras de la
Ciuda, en ?ocha, inmensidades atravesadas por catorce tranqueras hábiles en sus artes
de !inetes pastores, tir%n de rienda, vuelo de lazo, ta!o de #ac%n, salían a recorrer campo
a la salida del sol, cada cual por su rumbo, y hasta la noche cabalgaban sin cruzarse
!amás.
=na madrugada, &arzán no vino. 4l sol abri% su primer ta!o en el horizonte y se elev% en
el cielo y &arzán no vino. Sin mirarse, sin nombrarse, sin hablarse, los dos hombres
ensillaron y se echaron al campo. 0 a la madrugada siguiente, &arzán tampoco vino y los
hombres, callados, se #ueron a traba!ar.
4l perro apareci% en un pastizal, o!os de vidrio, patas rígidas, un rastro de sangre en el
hocico, muerto del veneno de una víbora crucera. 0 una semana despu)s, día más, día
menos, alguien encontr% a los dos hombres, tumbados sobre las cenizas del #og%n, cada
uno con el cuchillo del otro metido hasta el mango en algún lugar del cuerpo.
La tumba
<ba 8abriela abrazada a las #lores que llevaba para su hermano 7avier, en el cementerio
de La 9hacarita, cuando por casualidad descubri% la tumba de :svaldo Soriano.
5;lores, no quiere 5advirti% el cuidador5. 4l es socialista.
5, los socialistas nos gustan las #lores 5di!o 8abriela.
0 el cuidador mene% la cabeza
5,quí viene cada raro, si usted viera. Si yo le contara...
0 le cont%. +ientras barría el tierral con un escobill%n, di!o el cuidador que allí acudían
unos raros que se ponían a dar vueltas en torno a la tumba de Soriano y charlaban, no
se callaban nunca, no hay un respeto, y se reían
56"uiere creer/ Se ríen, oiga, se ríen.
Se doblaban de risa los raros, di!o el cuidador, pero eso no era lo peor, si usted supiera,
si yo le contara. 0 le cont%. 9on#idencial, en voz ba!a
5Le de!an cartas. Le entierran papelitos, quiere creer.
9uando el cuidador dio por concluida su denuncia, y pas% a ocuparse, escobill%n en
mano, de otros di#untos, 8abriela qued% sola. 0 a solas, al pie de la tumba, esta leyente
agradeci% el humor desvestidor y entrañable de los libros del gordo Soriano.
4l cuidador estaba le!os y no escuch% la voz del 8ordo, que desde las pro#undidades
susurr%
5(erdoná que no me levante.
La atedral
4n un calle!%n del centro de Santiago de 9hile, un vie!o destartalado vendía cigarrillos
de contrabando en una destartalada mesita. 0o me detuve a estudiar la mercadería,
mientras el vie!o, sentado en el suelo, bebía del pico de una botella. 4l me o#reci% un
trago de su vino de cirrosis instantánea, y estuvimos charlando un rato. 9uando yo le
estaba pagando los cigarrillos, se vino la tromba. 'e pronto la mesita vol%, volaron los
cigarrillos, las moscas huyeron, se volc% el vino, yo trastabill) y una demoledora mu!er
levant% al vie!o por el pescuezo.
+e puse a recoger los paquetes desparramados por el piso, mientras la tarzana sacudía
al vie!o y le gritaba mu!eriego, putañero, qu) te has creío, descarao, degenerao, que
andái culiando con la 4va 5y )l balbuceaba que si yo ni la conozco5, y con la Lucy, y
con la &et), y )l ella me busc%, gemía, mientras seguía el bombardeo, que te has
revolcao con la +artita, la yegua )sa, y la puta de la 9harito, y la 2eti, y la +ary, y )l
6"u) pretende ust)/ 6"ue sea un maleducao/ 6"ue les niegue el saludo/
(or la vereda iba y venía la gente, ocupada en su a!etreo, y nadie les prestaba la menor
atenci%n. 4lla había aplastado al vie!o contra la pared y lo tenía atrapado por el cuello.
,pretando para estrangulaci%n, amenaz%
5.&e mandai mudarA .&e vaiA Si no te vai, te lo corto.
4ntonces lo solt%, y ante sus o!os cruz% los dedos como ho!as de ti!era, lentamente
56:íste/ .&e lo cortoA "uedas alvertío.
4l cay% de rodillas y le abraz% las piernas. Señalándome, di!o
5,quí está este amigo, que no vai me de!ar mentir.
0 !ur%
56(ero ust) no sabe/ 63o sabe ust) que ust) es mi catedral/ Las otras... las otras son
capillitas, nomás.
2erapia intensi%a
Lo encontraron en su casa de 2uenos ,ires, caído en el suelo, desmayado, respirando
apenitas. +ario 2enedetti había su#rido el más #eroz ataque de asma de toda su vida.
4n el >ospital ,lemán, el o1ígeno y las inyecciones lo devolvieron, poquito a poco, al
mundo, o a algún otro planeta más o menos parecido. 9uando alzaba los párpados, veía
muñequitos que bailaban, tomados de la mano, en la remota pared, y entonces volvía a
sumergirse en un silencio asueñado y ausente. 4staba molido. >abía sido aporreado por
7oe Louis, ?oc$y +arciano y 9assius 9lay, todos a la vez, aunque )l nunca les había
hecho nada.
4scuch% voces. Las voces iban y venían, se acercaban, se ale!aban, y en alemán decían
algo así como mal, mal, lo veo muy mal; un caso di#ícil, di#ícil; qui)n sabe si pasa de
esta noche. +ario abri% un o!o y no vio muñequitos. Cio unas túnicas blancas, al pie de
su cama. 9on voz de bandera arriada, pregunt%
56&an grave estoy/
Lo pregunt% en per#ecto alemán. 0 uno de los m)dicos se indign%
560 usted por qu) habla alemán, si se llama 2enedetti/
4l ataque de risa lo cur% del ataque de asma y le salv% la vida.
Los ausentes
4l cementerio de 9hichicastenango se muere de risa. +il colores luce la muerte en las
tumbas #lorecidas. "uizá los colores celebran el #in de la pesadilla terrestre, este mal
sueño de mandones y mandados que la muerte acaba cuando de un manotazo nos
desnuda y nos iguala.
(ero en el cementerio no veo ni una sola lápida de GHLR, ni de GHLQ, cuando #ue el
tiempo de la gran mataz%n en las comunidades indígenas de 8uatemala. 4l e!)rcito
arro!% esos cuerpos a la mar, o a las bocas de los volcanes, o los quem% en qui)n sabe
qu) #osas.
Los alegres colores de las tumbas de 9hichicastenango saludan a la muerte, la
<gualadora, que con igual cortesía trata al mendigo y al rey. (ero en el cementerio no
están los que murieron por querer que así tambi)n #uera la vida.
Los siete peados apitales
9uando crey% que se moría, un amigo me cont% que )l era culpable de avaricia, envidia,
gula, lu!uria, pereza, soberbia e ira M7amás me con#es). 0o no quería que el cura gozara
más que yo con mis pecados, y por avaricia me los guard). 3o con#es) que me daban
envidia las moscas, que podían volar ba!o la #alda de esa mu!er. 68ula/ Sí, gula desde
la primera vez que la vi, el canibalismo no me pareci% tan mal. (or lu!uria o rayos V yo
siempre la veía desnuda, como desnuda se ve la espada a pesar de la vaina. +eterme
en ella era lo único en el mundo que no me daba pereza; #uera de ella, yo andaba
desganado, asueñado, como bicho #umigado me arrastraba sin rumbo ni tumbo. 0 en
ella estuve, más entrando que saliendo, hasta que cometí la soberbia de creer que ella
era yo. 0 una noche, loco de ira, rompí a golpes ese espe!oN.
-ara la Cátedra de Dere)o Laboral
=nas cuantas abe!as vuelan dentro de una habitaci%n vacía y cerrada. 'urante varios
días se o#rece a las abe!as, por único alimento, un n)ctar de #lores mezclado con la
p%cima O. 4ntonces se introduce en la habitaci%n una camisa impregnada del olor de
alguien. ,gotado el n)ctar, las abe!as pasan hambre, revoloteando en torno a ese olor.
=na noche, se libera a las abe!as cerquita de la hamaca donde duerme el dueño de la
camisa. Las abe!as, desesperadas, clavan sus dardos. ,l amanecer, el inoculado no
consigue levantarse. 3o le responden sus músculos de trapo. ,l mediodía, se apaga
como una vela. 'e nada sirven las compresas de ho!as de romero y de nuez de
!engibre, empapadas en ron clarín, ni otros remedios in#alibles. , la tarde, sus queridos
lo llevan en andas al cementerio, y derraman lágrimas y arro!an #lores mientras las
paladas de tierra caen sobre el ca!%n. (ero esa noche, el di#unto rompe el ca!%n, abre la
tumba y vuelve al mundo. 4l regresado ha perdido la pasi%n y la memoria. Los o!os
idos, callada la boca, traba!a sin horario ni salario, moliendo caña o alzando paredes o
cargando leña, y no se que!a !amás, ni !amás e1ige, ni pide siquiera.
D4sta es una modesta proposici%n para corregir la indisciplina de la mano de obra en la
era de la globalizaci%n industrial. Se basa en un tratamiento ya ensayado, en casos
aislados, en la república de >aití, que podría aplicarse e1itosamente en escala universal.
La e1periencia permite con#iar en su e#icacia contra las tendencias con#lictivas que
actualmente alteran la paz pública, per!udican al sistema productivo y desalientan la
inversi%n e1tran!era.E
La risa
7avier Cilla#añe y 7orge Caldano habían almorzado !untos en un bodeg%n de Oaragoza. 0a
se estaban yendo, cuando el vie!o 7avier se golpe% la #rente de un brinco regres% a la
mesa y vaci%, a sorbitos lentos, la copa que había quedado a medio tomar. +ientras
7avier bebía aquel resto, porque es pecado de!ar vino y porque nunca se sabe si será el
último trago, escuch% risas que venían de la cocina.
>abían comido muy bien, un almuerzo que era obra de maestría, y 7avier decidi% que
Caldano y )l no podían irse sin dar las gracias al autor. 4n la puerta de la cocina
apareci% un hombre tamaño niño, chiquito y solar, un #ulgor metido dentro de un
inmenso gorro de cocinero. 7avier no sabía si #elicitarlo o llevárselo para su teatro de
títeres.
5,quí nos divertimos cocinando 5di!o el diminutito. 0 añadi%, orgulloso
5, los platos se les nota el buen humor.
0 di!o que hay que cuidarse, porque la gente cree que las malas ondas entran por los
codos y las rodillas, pero no entran por la boca.
-ara la Cátedra de Antropolog!a
, trav)s de los campos y los tiempos, marchaba el tren desde Sevilla hacia +or%n de la
;rontera. 0 a trav)s de la ventana, el poeta 7ulio C)lez contemplaba, con o!os cansados,
las arboledas y las casas que huían en rá#agas, verderías y blancuras tantas veces
vistas, mientras su memoria deambulaba por otras geogra#ías.
Sentado #rente a 7ulio iba un turista. 4l turista quería practicar su di#icultoso español,
pero 7ulio andaba qui)n sabe por d%nde, buscando alguna certeza que se le había ido,
alguna palabra o mu!er que se le habían perdido.
56=sted es andaluz/ 5pregunt% el turista.
7ulio, ausente, asinti%.
0 el turista, intrigado, insisti%
5(ero si es andaluz, 6por qu) está triste/
-ara la Cátedra de Religión
9uando llegu) a ?oma por primera vez, yo ya no creía en 'ios, y no tenía más que a la
tierra por único cielo y único in#ierno. (ero no guardaba un mal recuerdo del 'ios padre
de los años de mi in#ancia, y en mis adentros seguía ocupando un lugar entrañable el
hi!o, el rebelde de 8alilea que había desa#iado a la ciudad imperial donde yo estaba
aterrizando en aquel avi%n de ,litalia. 'el 4spíritu Santo, lo con#ieso, poco o nada me
había quedado apenas el vago recuerdo de una paloma blanca de alas desplegadas, que
caía en picada y embarazaba a las vírgenes.
3o bien entr) al aeropuerto de ?oma, un gran cartel me golpe% los o!os
2,39: '4L 4S(<?<&= S,3&:
0o era muy !oven, y me impresion% enterarme de que la paloma andaba en eso.
-ara la Cátedra de .istoria del Arte
4n las pro#undidades de una cueva del río (inturas, un cazador estamp% en la piedra su
mano ro!a de sangre. 4l de!% su mano allí, en alguna tregua entre la urgencia de matar
y el pánico de morir. 0 algún tiempo despu)s, otro cazador imprimi%, !unto a esa mano,
su propia mano negra de tizne. 0 luego otros cazadores #ueron de!ando en la piedra
huellas de sus manos empapadas en colores que venían de la sangre y de las cenizas,
de la tierra y de las #lores.
&rece mil años despu)s, cerquita del río (inturas, en la ciudad de (erito +oreno, alguien
escribe en la pared 0o estuve aquí.
+iró
,lmir 'W,vila lleva más de cuarenta años en el manicomio de San (ablo. 4ntr% de niño,
lo declararon demente y nunca más sali%. 3unca nadie le ha escrito una carta, ni ha sido
nunca visitado por nadie. ,unque pudiera irse, no tiene ad%nde; aunque quisiera hablar,
no tiene con qui)n. (asa sus días deambulando en círculos, con una radio de pila pegada
a la ore!a, y en su camino se cruza siempre con los mismos hombres que deambulan en
círculos con una radio de pila pegada a la ore!a.
=na tarde de domingo, uno de los m)dicos del manicomio llev% a algunos pacientes a
visitar la e1posici%n de 7oan +ir%. ,lmir se puso su tra!e único, muy gastadito pero bien
planchado ba!o el colch%n, se meti% hasta los o!os su sombrero de almirante de la #lota
imperial y march% a la e1posici%n apretando contra el pecho, como siempre, la bolsa
llena de piedritas que )l usa para pagar #avores.
0 vio. Cio los colores que estallaban, el tomate que tenía bigotes y el tenedor que
bailaba, el pá!aro que era mu!er desnuda, los muchos o!os que volaban en cada cielo y
las estrellas muchas que cada cara escondía.
,nduvo de cuadro en cuadro con el ceño #runcido. 4ra evidente que +ir% lo había
de#raudado, pero el m)dico quiso conocer su opini%n
5'emasiada 5di!o ,lmir.
56'emasiada qu)/.
5'emasiada locura.
0 ,lmir se atornill% la cabeza con un dedo.
El a%ión
;lameaban, altas, las banderas. La banda ensayaba una y mil veces el himno nacional,
mientras otros maestros ponían a punto lo me!or de la música lugareña. =n caballo, de
nombre +oscard%n, espantaba las vacas que se metían a pastar en la pista.
3adie había #altado. 4l pueblo entero de Lorica llevaba horas esperando,
achicharrándose al sol, todos con el pescuezo torcido y los o!os clavados en el cielo,
enca!es, lacitos, corbatas, almidonados todos como para boda o bautismo.
'esde le!os lo vieron venir. 0 tragaron saliva. 0 cuando el esperado se lanz% a tierra, el
tremendo trueno y el latigazo de viento provocaron una estampida general en la
concurrencia.
(or #in las h)lices de!aron de girar y call% aquel ruido de guerra. 0 la multitud
boquiabierta pudo ver, de le!os, al gigante. <nm%vil en la neblina del polvo ro!o, la
máquina, negra, brillaba.
3unca se había visto un avi%n en el pueblo de Lorica. La gente qued% muda de espanto,
paralizada ante tanto prodigio, hasta que un valiente rompi% #ilas corri%. 0 al pie del
monstruo, grit%
5.>uele a !ab%nA
4ntonces la música estall%. Las dos orquestas tocaban simultáneamente el himno patrio
y un popurrí de vallenatos, mientras la multitud atropellaba saltando y bailando. Los
pasa!eros #ueron ba!ados en andas y al piloto lo ahogaron en un mar de #lores. 0
celebrando la aparici%n del venido del cielo, se ech% a correr el trago #uerte y se desat%
la parranda, dale dale, en las calles del pueblo.
4l avi%n había hecho una escala, una paradita para seguir via!e hacia otros rumbos, pero
ya no pudo despegar.
54se #ue el primer secuestro a)reo de la historia de 9olombia 5dice 'avid Sánchez-
7uliao, el más !oven de los secuestradores.
El fotógrafo
>iladio Sánchez vive en la oscuridad, como los murci)lagos. 9omo los murci)lagos, ve
por los oídos. (ero los murci)lagos no saben sacar #otos, >iladio es #ot%gra#o, y de los
buenos.
4ra !ugador de #utbol, y de los buenos, hace veintipico de años. 7ugando para la
selecci%n nacional de 9uba, un pelotazo lo tumb%. (arecía muerto. &iempo despu)s,
despert% en el hospital. 4staba vivo. 4staba ciego.
,demás de ver por los oídos, >iladio ve por los o!os de su imaginaci%n y su memoria, y
ha encontrado la manera de contarnos lo que ve. 9ámara en mano, e!erce sus artes de
manosanta de la imagen. +ide la distancia por los pasos, y a!usta el dia#ragma según el
calor del día o la #rescura de la tarde. 0 cuando todo está listo, apunta y hace puntería
guiado por las voces o por los silencios, que nunca están callados.
>iladio #otogra#ía a sus vecinos, apoyados contra la pared marcada de cicatrices, y
#otogra#ía las sábanas colgadas del alambre y las !arras y los sartenes colgados de los
clavos, el leve paso de las horas y las gentes, la luz del sol en el patio, y la sombra que
la corta de un ta!o.
3o #otogra#ía la luz de la luna, aunque la conoce bien. 9ada noche, esos dedos helados
le tocan la cara. 4s la luna, que lo llama. 0 el ciego se hace el sordo.
El profesor
4n el patio de baldosas son% un estr)pito de botas con espuelas. 'esnudo, tirado boca
aba!o sobre el charco de su sangre, el &ito 2ernal alcanz% a entreabrir un o!o. 0 pudo
ver las botas plantadas ante su cara, botas que olían a cuero mo!ado, y desde ellas, la
larga sombra que partía en dos el patio. Le ardi% en el o!o la blancura del patio, blanco
de luna.
,llá en lo alto de las botas, tron% una voz. 4l &ito la reconoci%. 4ra la voz de ,lcibíades
2ritez, !e#e de policía de ,sunci%n, un servidor de la patria que cobraba los sueldos y
recibía las raciones de setecientos policías muertos. 4l &ito había escuchado esa voz
cada una de las muchas veces que había sido molido a palos por causa de las ideas que
creía y la gente que quería, porque andaban haciendo alboroto los campesinos sin tierra
o porque se estaba llenando la ciudad de pan#letos y pintadas que no eran para nada
cariñosos con el superior gobierno.
La bota lo pate%, lo hizo rodar, la voz sentenci%
54l pro#esor 2ernal... CergFenza debía darte. Los pro#esores no están para armar líos.
Los pro#esores están para dar conocimientos.
4l &ito tenía la boca hecha un estropa!o, pero consigui% decir
5,sí es.
"uizás el !e#e de policía lo escuch%. Si lo escuch%, no lo entendi%.
,lgún tiempo despu)s, el &ito termin% de morir.
El molino
3elly 'elluci atraves% alambradas y pastizales en busca del lugar donde había sido
triturada, un campo de concentraci%n llamado La 4scuelita, pero el e!)rcito argentino no
había de!ado ni un ladrillo en pie.
&oda la tarde anduvo buscando en vano. 0 cuando más perdida estaba en plena llanura,
deambulando sin ton ni son, 3elly vio el molino. Lo descubri% de le!os. ,l acercarse,
escuch% la que!a de las aspas azotadas por el viento, y no tuvo dudas
54s aquí.
3o había nada más que pasto alrededor, pero )se era el lugar. 'e pie #rente al molino,
que ya el crepúsculo teñía de ro!o, 3elly reconoci% el gemido que quince años antes
había acompañado a los presos días tras día, noche tras noche.
0 record% un coronel, harto de la letanía del molino, lo había mandado maniatar. Las
aspas habían sido atadas con varias vueltas de tiento, pero el molino había seguido
que!ándose.
Los peados
4n GHHR, mientras se celebraban los cinco siglos de algo así como la salvaci%n de las
,m)ricas, un sacerdote cat%lico lleg% a una comunidad metida en las hondonadas de las
montañas de 9hiapas.
,ntes de la misa #ue la con#esi%n. 4n lengua to!olabal, los indios contaron sus pecados.
9arlos Len$ersdor# hizo lo que pudo traduciendo las con#esiones, una tras otra, aunque
)l bien sabe que no hay qui)n pueda traducir estos misterios
5'ice que ha abandonado al maíz 5tradu!o 9arlos5. 'ice que muy triste está la milpa.
+uchos días sin ir.
5'ice que ha maltratado al #uego. >a aporreado la lumbre, porque no ardía bien. 4lla
su#ri%.
5'ice que ha pro#anado al camino, que lo anduvo macheteando sin raz%n.
5'ice que ha volteado un árbol y no le ha e1plicado por qu).
5'ice que ha lastimado al buey.
4l sacerdote no supo qu) hacer con esos pecados, que no #iguran en el catálogo de
+ois)s.
El letor
4n uno de sus cuentos, :svaldo Soriano imagin% un partido de #utbol en algún pueblito
perdido de la (atagonia. ,l 2arda del +edio, el equipo local, nunca nadie le había metido
un gol en su cancha. Seme!ante agravio estaba prohibido, ba!o pena de cárcel o de
horca. 4n el cuento, el equipo visitante evitaba la tentaci%n durante todo el partido;
pero al #inal, en una de las pi#ias de la de#ensa del 2arda, el delantero centro quedaba
solo #rente al arquero y no tenía más remedio que pasarle la pelota entre las piernas.
&reinta y tres años despu)s, cuando :svaldo lleg% al aeropuerto de 3euqu)n, un
desconocido lo estru!% en un abrazo y lo alz% con vali!a y todo
5.8ol, noA .8olazoA 5grit%5. .&e estoy viendoA ., lo (el) lo #este!asteA 5y cay% de
rodillas, elevando los brazos al cielo. 'espu)s se cubri% la cabeza
5."u) manera de llover piedrasA ."u) biaba nos dieronA :svaldo, boquiabierto,
escuchaba con la vali!a en la mano.
5.Se te vinieron encimaA .4ran un puebloA 5grit% el entusiasta. 0 entonces se hinch%
como un sapo, señal% a :svaldo con el pulgar y di!o a los curiosos que se habían
acercado
5, )ste yo le salv) la vida.
(or primera vez se estaba llenando de gente aquel partido que :svaldo había !ugado a
solas, una le!ana madrugada, sin más compañía que una máquina de escribir, un
cenicero lleno de puchos y un par de gatos dormilones
Naturale&a %i%a
,l#redo +ires rescata las tradiciones de 9a!amarca.
>ace años, cuando ,l#redo estaba empezando a recoger la memoria de las costumbres y
los tiempos, los campesinos le propusieron algunos temas de traba!o
el eclipse, la lluvia, la inundaci%n, la niebla, la helada, el ventarr%n, el remolino.
,l#redo asinti%
.,h, síA 5di!o5. ;en%menos naturales.
3adie respondi%. 'e callada manera, le estaban diciendo que tal cosa no e1iste en
9a!amarca.
9on el tiempo, ,l#redo aprendi%.
,prendi% que el eclipse ocurre porque el sol y la luna son una pare!a que se lleva mal,
sol de #uego, luna de agua, y cuando se encuentran, se pelean, y el sol quema a la luna
o la luna mo!a al sol y lo apaga por un rato;
y aprendi% que la lluvia es hermana de los ríos; que por los ríos
corre la sangre de la tierra, y hay inundaci%n cuando la sangre se derrama;
que la niebla se mata de la risa burlando a los caminantes;
que la helada es tuerta, y por eso quema los cultivos por un solo lado;
que el ventarr%n se relame comi)ndose las semillas sembradas en luna verde y que el
remolino da vueltas porque tiene un solo pie.
El tajo
(or acaso del destino, yo estaba allí. 4ra el tiempo de la guerra, yo andaba de siete años
reci)n cumplidos.
3o soy de #recuentar tristezas, cream). ?olendio +artínez, un servidor, ya va para un
siglo de vida. 3unca gust) de negruras ni encontr) tocayos ni tuve traba!o aliviado. ,
esta altura ya no cumplo años ni uso relo!, pero no soy yacar) viudo para andar
caminando con la cabeza volteada. ,sí que no vaya a interpretarme mal. Lo mío no es
manía. 0o vi lo que vi, y lo sigo viendo. 9on los o!os abiertos, y durmiendo tambi)n.
3unca conseguí sacarme ese amargamiento.
9larito, lo veo. >abía un hombre que tenía un pañuelo colorado en el pescuezo. ,lgo
andaría haciendo, qui)n sabe, allí a la orilla del arroyo Sarandí. 4n eso, escuch)
caballos. 0 vi. ;ue cosa de un momentito. 'os !inetes llegaron de atrás, pasaron como
viento, uno caz% al hombre por el pañuelo y el otro peg% el cuchillazo, y despu)s limpi%
el cuchillo, al galope, en el anca del caballo. 0 se perdieron en el polvo.
;ue a la hora de la siesta, en pleno verano. La memoria mía no ha tenido el consuelo de
la niebla, ni la e1cusa de la oscuridad. ;ue hace noventa años, y lo veo todavía el ta!o
de ore!a a ore!a, el chorro de sangre, el hombre que sali% corriendo, pegando
manotazos, sin saber que estaba muerto
El pintor
50o me di cuenta de que estaba muerto, porque hablaba en latín 5me e1plic% ,ngel
Cázquez.
,demás, se sabía. >acía tiempo que =rbano Lugrís, artista pintor, yacía ba!o tierra. (ero
aquella tarde, ,ngel había subido a la torre, para esperar el otoño, y se lo había
encontrado.
'esde lo alto de la costa gallega, ,ngel estaba contemplando el otoño, que venía de la
mar, y el otoño era una luz blanca que invadía el cielo, limpio de nubes. 4n esa paz
estaba ,ngel, blanca brisa, aire nuevo, cuando descubri% que tenía al artista a su lado.
4l vie!o di!o alguna de esas maldades muy suyas, que en latín sonaban raro, pero ri%
como siempre reía, que no era con la boca sino con sus peligrosos o!os de niño
encendidos ba!o la maraña del pelo.
0 entonces, de pronto, el cielo se enloqueci% se alborot%, se oscureci%, y en la súbita
negrura aparecieron bailando unas nubes venidas qui)n sabe de d%nde, nubes de oro,
nubes de #uego, nubes de vino, y luego llegaron los relámpagos y las acuchillaron. 0
tembl% el mundo, sacudido por los truenos, y sobre el mundo se desplom% una lluvia del
#in del mundo.
,ngel grit%
5.'on =rbano .(inte eso, hombreA
<nm%vil ba!o la lluvia violenta, el artista ech% un bu#ido de perro vie!o. ;ue en latín, pero
dio para entender
5.(ero no ves que estoy muerto, cara!oA
El juego
, lomo de mula, a lomo de moto, a lomo de nada, ;ederico :caranza recorre los
caseríos perdidos en las montañas del norte argentino. 4l anda curando bocas en esas
soledades, en esas pobredades la llegada del dentista, el enemigo del dolor, es una
buena noticia para los pastores de llamas y los labradores de tierras heladas, y allá las
buenas noticias son pocas, como poco es todo.
;ederico me cont% que los niños !amás se cansan !ugando al #utbol en la altura, y se
pasan el día persiguiendo una pelota de trapo entre las nubes. (ero me di!o que no es el
#utbol lo que más les divierte. +ucho más dis#rutan haci)ndose los muertos. Los niños
se acuestan en el suelo de piedra, con los brazos en cruz, y se burlan de los c%ndores.
9uando los c%ndores, que vuelan en círculos, se lanzan al ataque, ellos pegan el brinco.
La no)e
9uando tenía siete años, >elena quiso descubrir la noche.
Se hizo la dormida, y a la medianoche se escap% de la cama. 4n silencio se visti% de
#iesta, como si #uera domingo o día de cumpleaños. 0 con todo sigilo se desliz% hacia el
patio y se sent% a conocer los misterios de la noche de &ucumán.
Sus padres dormían, sus hermanas tambi)n. >elena quería saber c%mo era el cielo
mientras la gente dormía. "uería ver c%mo crecía la noche, y c%mo via!aban la luna y
las estrellas. ,lguien le había dicho que los astros se mueven, y a veces se caen, y que
el cielo va cambiando de color mientras la noche anda, porque la noche nunca es negra
como a primera vista parece.
,quella noche, noche de la revelaci%n de la noche, >elena miraba sin parpadear. Le
dolían los o!os, se estru!aba los párpados, volvía a mirar. 4l color del cielo seguía siendo
negro como la tinta china y la luna y las estrellas seguían estando muy quietas, cada
cual en su sitio.
La despertaron las luces del amanecer. >elena lagrime%. 'espu)s, se consol% pensando
que a la noche no le gusta que le espíen los secretos
El orden
4l capitán 9amilo &echera siempre andaba con 'ios en la boca, buenos días si 'ios
quiere, hasta mañana, si 'ios quiere. 9uando lleg% al cuartel de artillería de &rinidad,
decubri% que no había ni un solo soldado que estuviera casado como 'ios manda y que
todos vivían en pecado, retozando en promiscuidad como las bestias del campo.
(ara acabar con aquel escándalo que o#endía al Señor, el capitán mand% llamar al cura
del pueblo. 4n un solo día, el cura administr% a toda la tropa, cada cual con su cada
cuala, el santísimo sacramento del matrimonio, en nombre del capitán, del (adre, del
>i!o y del 4spíritu Santo.
4l domingo, todos los soldados #ueron maridos.
4l lunes, un soldado di!o
54sa mu!er es mía.
0 clav% el cuchillo en la barriga de un vecino que la estaba mirando.
4l martes, otro soldado di!o
5(ara que aprendas.
0 retorci% el pescuezo de la mu!er que le debía obediencia.
4l mi)rcoles...
El %iaje
:riol Calls, que se ocupa de los reci)n nacidos en un hospital de 2arcelona, dice que el
primer gesto humano es el abrazo. 'espu)s de salir al mundo, al principio de sus días,
los beb)s mano- tean, como buscando a alguien.
:tros m)dicos, que se ocupan de los ya vividos, dicen que los vie!os, al #in de sus días,
mueren queriendo alzar los brazos.
0 así es la cosa, por muchas vueltas que le demos al asunto, y por muchas palabras que
le pongamos. , eso, así de simple, se reduce todo entre dos aleteos, sin más
e1plicaci%n, transcurre el via!e.
Caminares
(edro Saad camin% sobre las aguas. 4n el centro de ?usia, una tarde de mucho #río,
(edro camin% por encima del río Colga, que en el invierno había congelado. (edro estaba
solo, pero mientras caminaba iba sintiendo, en las plantas de los pies, la vibraci%n del
río que estaba vivo ba!o el hielo.
>acía ya unos cuantos años, al otro lado del mundo y del tiempo. (edro había caminado
por alguna calle de 8uayaquil, una tarde de mucho calor. (edro estaba solo, pero
mientras caminaba iba sintiendo, en las platas de los pies, el latido de la tierra que
estaba viva ba!o el as#alto.
La árel
4n GHLU, enviado por alguna organizaci%n de derechos humanos, Luis 3iño atraves% las
galerías de la cárcel de Lurigancho, en Lima. Luis se abri% paso a duras penas y se
hundi% en el sopor, en el dolor, en el horror. 4n aquella soledad llena de gente, todos los
hombres estaban condenados a tristeza perpetua. Los presos, desnudos, amontonados
unos sobre otros, balbuceaban delirios y humeaban #iebres y esperaban nada.
'espu)s, Luis quiso hablar con el director de la cárcel. 4l director no estaba. Lo recibi%
el !e#e de los servicios m)dicos. Luis di!o que había visto muchos presos en agonía,
vomitando sangre o comidos por las llagas, y no había visto ningún m)dico. 4l !e#e
e1plic%
5Los m)dicos s%lo entramos en acci%n cuando nos llama el en#ermero.
560 d%nde está el en#ermero/
53o tenemos presupuesto para pagar un en#ermero.
La memoria
La mu!er de 3orberto ?odríguez ha muerto, devastada por el cáncer y por la medicina,
al cabo de una agonía de tres meses; y 3orberto tiene toda la memoria ocupada por ese
tiempo de horror.
4l quisiera arrancar a su mu!er de esos suplicios, devolverla a sus días luminosos la
memoria se niega. , veces asoma, en la memoria, algún #ulgor venido de los muchos
años anteriores al dolor y al adi%s, algún pedacito de la alegría compartida con esa
mu!er querible y queriente. (ero entonces, como en una pantalla condenada a sombra
perpetua, las imágenes, atroces irrumpen, invaden y castigan; y no se van.
3orberto quisiera pedir clemencia a su memoria. 4l no sabe c%mo. 3adie sabe.
El tejedor
Llevaba poco tiempo en la #ábrica, cuando una máquina le mordi% la mano. Se le había
escapado un hilo. "ueriendo atraparlo, >)ctor #ue atrapado.
3o escarment%. >)ctor ?odríguez se pas% la vida buscando hilos perdidos, #undando
sindicatos, !untando a los dispersos y arriesgando la mano y todo lo demás en el o#icio
de te!er lo que el miedo deste!ía. 9reci)ndose en el castigo, atraves% el tiempo de las
listas negras y los años de la cárcel, y atraves% tambi)n las derrotas y las traiciones y
los desalientos. 9reía en lo que creía contra toda evidencia, y así #ue, sigui% siendo,
hasta el #in de sus días.
4ramos muchos. 4stábamos esperando en el p%rtico del cementerio. >)ctor iba a ser
enterrado en la colina que se alza sobre la playa del 2uceo. Llevábamos allí un largo
rato, aquel mediodía gris y de mucho viento, cuando unos obreros del cementerio
llegaron trayendo a pulso un #)retro sin #lores ni dolientes. 0 tras ese #)retro entraron,
en corte!o, algunos de los que estaban esperando a >)ctor.
6Se equivocaron de ataúd/ "ui)n sabe. 4ra muy de >)ctor eso de o#recer sus amigos al
muerto que estaba solo.
La %o&
3o son más de mil los indios ishir que sobreviven en el 9haco.
Syl$y, legalmente llamado 8regorio ,rce, habla por todos en las ceremonias sagradas.
>ace años, una peste mat% a su gente más querida. 4ntonces, )l se hundi% en el
bosque, y allí cant% y cant%, y sigui% cantando cuando la sangre le brot% de la boca. 9on
la garganta rota, mucho despu)s, emergi% de la #ronda.
4s casi nada la voz que le queda, un susurro quebrado, pero Syl$y es un señor de la
palabra. 4stá hecho de silencio, y de pocas palabras secretas y luminosas, el sendero
que conduce a la casa de los dioses.
E'orismos
Sonia (ie de 'andr) se levanta siempre bien temprano, porque el traba!o obliga y
tambi)n porque da gusto respirar el día cuando está reci)n nacido y huele a beb).
,quella mañana, ella camin%, cantando ba!ito, por las calles de Santo 'omingo, mo!adas
de luz nueva, y estuvo entre las primeras de la cola, ante el mostrador donde se retiran
los pasaportes. 9uando recibi% el suyo, vio que entre los datos #iguraba el color de la
piel. &rigueña, decía el documento.
Sonia es negra, y )sa es una de sus imbatibles alegrías. (idi% que se corrigiera el error.
3o se podía.
54n este país no hay negros5 le e1plic% el #uncionario, negro, que había llenado los
#ormularios
El e'ilio
;ue rey en #ebrero, en muchos #ebreros #ue rey. 4l rey &raimán, tambi)n llamado Sopita
y +arqu)s de las 9abriolas, gobernaba el carnaval. 8orra emplumada, atavíos de seda
allá en lo alto de su trono de luces, alzado sobre el trueno de los tambores y la algarabía
del gentío, )l no hablaba ni sonreía. 4l monarca mandaba, con imperturbable gravedad,
moviendo apenas el cetro, y su poder duraba mientras duraba la #iesta.
(ero moría el carnaval, y &raimán continuaba e!erciendo la monarquía. 4l tenía cara de
rey triste, desde que había nacido. 4n aquella cara de siempre, obra de al#arería
indígena, nada se movía una eterna mueca de desd)n le había subido las ce!as, le
había ba!ado los párpados y le había cerrado la boca. Sus labios s%lo se abrían para
decir lo imprescindible
50o soy el rey de la ,raucaria.
Sin palabras, quitándose el sombrero hongo, agradecía las monedas que muy de vez en
cuando contribuían a la causa del reino perdido; y sin palabras vendía caramelos en los
tranvías de la ciudad.
&raimán había llegado a +ontevideo, perseguido por los usurpadores blancos, hacía
muchos años. 4n algún lugar secreto guardaba, según se decía, los pergaminos que
daban #e de su autoridad sobre las tierras, las le!anas tierras del sur, donde había
nacido.
4l esmirriado monarca comía salteado, pero andaba enredado en complicadas gestiones
diplomáticas, que emprendía en nombre de sus súbditos. Los reyes europeos no le
contestaban, porque estaban atareados en sus guerras.
,l #in de la segunda guerra mundial, mientras esperaba noticias, &raimán muri%,
tuberculoso, en un hospital público. ;ue enterrado con su levita raída y con todas las
medallas que le colgaban del pecho.
La flor
(arece orquídea, pero no. >uele a gardenia, pero tampoco. Sus grandes p)talos, alas
blancas, tiemblan queriendo volar, irse del tallo en 9uba la llaman mariposa.
,lessandra ?iccio plant%, en tierra de 3ápoles, un bulbo de mariposa, traído desde La
>abana. 4n tierra e1traña, la mariposa dio ho!as, pero no #loreci%. 0 pasaron los meses
y los años, y seguía sin nada más que ho!as cuando unos cubanos amigos de ,lessandra
llegaron a 3ápoles y se quedaron en su casa durante una semana.
4ntonces, en los alrededores de la planta, sonaron y resonaron las voces de su tierra, el
antillano modo de decir cantando la planta escuch% esa música de las palabras día tras
día y noche tras noche, porque los cubanos hablan despiertos y dormidos tambi)n.
, la semana, ,lessandra di!o adi%s a sus amigos. 0 cuando regres% del aeropuerto, una
enorme #lor blanca la estaba esperando. Las alas desplegadas brillaban, luminosas, en la
noche de su casa
La inundaión
Las iglesias eran obras de con#itería y los palacios, obras de !uguetería; algunas casas
parecían ca!itas de música. (ero la ,ntigua 9iudad de 8uatemala vivía con el coraz%n en
la boca. Lo que no gastaba en lágrimas, se le iba en suspiros. ,burrirse, lo que se dice
aburrirse, !amás se aburrían amenazada por el volcán de ,gua y por el volcán de
;uego, estaba condenada a zozobra perpetua, entre los v%mitos de los volcanes y los
alborotos de la tierra.
4n GHKQ, un terremoto la sacudi%. 4lla tenía costumbre. +edio siglo antes, otro
terremoto la había despedazado, y ,ntigua había seguido en su sitio, como si nada, de
temblor en temblor, que si 'ios me ha de matar me mate y que el 'iablo me lleve. (ero
esta vez, no s%lo la tierra corcove% y rompi% todo lo peor #ue que el río se sali% de
cauce y ahog% a las gentes y a las casas. 0 los que sobrevivieron a la inundaci%n no
tuvieron más remedio que huir despavoridos para #undar, le!os, otra ciudad.
4l río que se desbord% se llamaba, se llama, (ensativo.
'e vez en cuando, a mí me pasa lo mismo
El agua
Le cay% muy simpático. 9aetano no lo conocía. 4l muchacho, que andaba por la playa
vendiendo cangre!os, lo invit% a dar una vuelta en su barca
5+e gustaría 5di!o 9aetano5, pero no puedo. &engo cosas que hacer. 9ompras,
trámites...
0 en barca #ueron. ?ecorriendo la ciudad por sus orillas, #ueron al mercado y al banco y
al correo y a todos los lugares donde 9aetano debía ir. 'e cuando en cuando se
detenían, por el puro gusto, a contemplar 2ahía desde la bahía, y era una #iesta
demorarse #lotando.
,sí, 9aetano Celoso #ue descubriendo una ciudad nueva. 4l la conocía, y muy mucho,
pero no sabía que la conocía de espaldas. 3unca la había andado así, desde lo mo!ado,
desde lo callado. =na ciudad era la ciudad caminada por las calles donde la gente no
puede estarse quieta, luces que bailan, colores que gritan, y otra ciudad, muy otra, era
la ciudad navegada por las silenciosas aguas donde no hay más alboroto que el de la
espuma. Cista desde la barca, 2ahía tambi)n era una barca, una serena barca
dis#razada de tierra loca por lo mucho que le gustan los dis#races. Las calles no morían
en la mar en la mar nacían. 4n la mar no estaban las a#ueras de 2ahía de San Salvador,
sino sus adentros.
, la caída de la tarde, la barca devolvi% a 9aetano a la playa donde lo había recogido. 0
entonces 9aetano quiso saber c%mo se llamaba aquel muchacho que le había revelado
la otra ciudad. 'e pie sobre la barca, el cuerpo negro brillando a la luz del último sol, el
muchacho di!o su nombre
50o me llamo +arco (olo. +arco (olo +endes (ereira.
El )in)a
5,quí hay un #anático que siempre trae al padre 5me di!o Si1to +artínez.
4stábamos en Sevilla, en el estadio. 4ra un partido aburrido, había criado barba la
pelota, pero daba gusto charlar al sol en medio del gentío.
50o tambi)n voy con el vie!o 5di!e5. 4l es #utbolero, como yo.
Si1to encendi% un cigarrillo, pit% hondo. Se ba!% los anteo!os, me clav% la mirada
54ste que te digo viene con el padre muerto.
0 de!% caer los párpados
5;ue su última voluntad.
'omingo a domingo, el hi!o traía las cenizas del padre y las sentaba a su lado en la
tribuna. 4l di#unto le había pedido, en agonía
5"ue no me pierda partido del 2etis de mi alma.
0 tambi)n le había pedido que siguiera pagando, mes a mes, sus cuotas de socio.
,l principio, el padre acudía al estadio en envase de vidrio. =na tarde, los porteros le
impidieron la entrada, por peligroso. 'esde entonces, venía en envase de cart%n
plasti#icado.
El )ombre más %iejo del mundo
4ra verano, era el tiempo de la subienda de los peces, y hacía ciento veinticinco veranos
que don ;rancisco 2arriosnuevo estaba allí.
54l es un comeaños 5di!o la vecina5. +ás vie!o que las tortugas.
La vecina raspaba a cuchillo las escamas de un pescado. 'on ;rancisco bebía un !ugo de
guayaba. 8ustavo, el periodista que había venido de le!os, le hacía preguntas al oído.
+undo quieto, aire quieto. 4n el pueblo de +a!agual, un caserío perdido en los pantanos,
todos los demás estaban durmiendo la siesta.
4l periodista le pregunt% por su primer amor. &uvo que repetir la pregunta varias veces,
primer amor, primer amor, (?<+4? ,+:?. 4l matusal)n se empu!aba la ore!a con la
mano
569%mo/ 69%mo dice/
0 por #in
5,h, sí.
2alanceándose en la mecedora, #runci% las ce!as, cerr% los o!os
5+i primer amor...
4l periodista esper%. 4sper% mientras via!aba la memoria, destartalado barquito, y la
memoria tropezaba, se hundía, se perdía. 4ra una navegaci%n de más de un siglo, y en
las aguas de la memoria había mucho barro, mucha piedra, mucha niebla. 'on ;rancisco
iba en busca de su primera vez, y la cara se le contraía como un puño.
4l periodista desvi% la mirada, cuando descubri% que las lágrimas estaban mo!ando los
surcos de esa cara estru!ada. 0 entonces don ;rancisco clav% en la tierra su bast%n de
cañabrava y empuñando el bast%n se alz% de su asiento, se irgui% como gallo y grit%
.<sabelA, grit%
5.<sabeeeeeeelA.
El árbol
Siete mu!eres se sentaron en círculo.
'esde muy le!os, desde su pueblo de +omostenango, >umberto ,$Wabal les había traído
unas ho!as secas, que )l había recogido al pie de un árbol.
9ada una de las mu!eres quebr% una ho!a, suavemente, contra el oído.
=na sinti% un viento soplándole la ore!a.
:tra, la #ronda que se hamacaba.
:tra, un batir de alas de pá!aros.
:tra di!o que en su ore!a llovía.
:tra escuch% los pasos de un bichito que corría.
:tra, un eco de risas.
:tra, un rumor de aplausos.
>umberto me lo cont%, y yo pens) 63o será que las ho!as muertas susurraron, al oído
de las mu!eres, la memoria del árbol/
El e'orismo
Si1to Ledesma se ganaba la vida partiendo piedras en las canteras de +aldonado. , la
caída del sol, se daba un buen baño en el arroyo. 'espu)s encendía la radio, y mientras
se echaba unos tragos de caña, creía todo lo que la radio decía. 0a en la nochecita,
ensillaba el caballo y se marchaba a enamorar a su dama.
, veces, Si1to se caía, por culpa de las mañas del caballo, las trampas del camino o la
traici%n de los tragos. 4ntonces se sacudía el barro de la zan!a, se sacaba la camisa y se
azotaba la espalda con un arreador de cuero trenzado. Se daba unos cuantos latigazos
en cruz, con alma y vida, y con la espalda sangrante llegaba a casa de 41celsa, su
bienamada. 0 le decía
5&ranquila, 41celsa, que estoy suavecito. 0a me saqu) todo el comunismo.
La boda
Se #ueron por las calles los reci)n casados. 4n el 9entral (ar$, +aría >ino!osa y 8ermán
()rez habían !urado que se amarían hasta el mutuo e1terminio. 9uando acab% la
ceremonia, los padrinos los acompañaron, en bullanguera procesi%n, por las calles de
3ueva 0or$.
<ban tronando tambores los padrinos de la música. Los padrinos del #uego marchaban
con velas encendidas. Los padrinos del aire soltaban palomas, y echaban puñados de
tierra los padrinos de la tierra tierra de +)1ico, donde naci% ella, y tierra de la
'ominicana, donde naci% el. 0 caminaban salpicando agua, agua que había sido bendita
por la gente más querida, los padrinos del agua.
El jaarandá
4n las noches, 3orberto (aso acarreaba bolsas en el puerto de 2uenos ,ires, y en los
días levantaba la casa. 4sta casa la hicieron !untos, 2lanca y )l. 2lanca le subía los
ladrillos y los baldes de mezcla y las paredes crecían en torno al patio de tierra. 4llos
eran muy !%venes, se reían de cualquier cosa, nunca se aburrían de mirarse.
La casa estaba a medio hacer cuando 2lanca tra!o un !acarandá del mercado. 4ra un
árbol chiquito, ella había pagado un platal. 3orberto se agarr% la cabeza.
54stás loca 5di!o, y la ayud% a plantarlo.
9uando terminaron la casa, 2lanca muri%.
,hora han pasado los años, y 3orberto sale poco. =na vez por semana se va al centro, a
protestar porque la !ubilaci%n es una mierda que no alcanza ni para pagar la soga donde
colgarse. 9uando 3orberto regresa, tarde en la noche, el !acarandá lo está esperando.
;rondoso de #lores de cielo pro#undo, el !acarandá lo espera despierto, para que )l le
cuente.
El %elorio
,sunci%n 8uti)rrez había muerto en +anagua, el día que cumpli% un siglo de vida, y #ue
velada en su casa de la comarca ,ran!uez por una multitud de parientes y vecinos.
0a hacía rato que los dolientes habían pasado de la pena a la #iesta y de los susurros a
las carca!adas, según quiere la costumbre, cuando en lo me!or de la noche doña
,sunci%n se alz% en el ataúd.
5Sáquenme de aquí, babosos 5mand%.
0 se sent% a comer un tamalito, sin hacer el menor caso de nadie.
4n silencio, los deudos se #ueron retirando. 0a los cuentos no tenían qui)n los contara,
ni los naipes qui)n los !ugara, y los tragos habían perdido su prete1to. Celorio sin
muerto, no tiene gracia. Los dolientes se perdieron por las calles de tierra. 'espabilados
por el mucho ca#), no sabían qu) hacer con lo que quedaba de la noche.
=no de los bisnietos coment%, indignado
54s la tercera vez que la vie!a nos hace esto.
El desierto
?omán +orales emprende la travesía del salar de =yuni. Se echa a caminar al amanecer,
desde las orillas donde las vicuñas detienen su paso y los c%ndores su vuelo. 0 a poco
andar, pierde de vista las últimas señales de la tierra.
+ás de un caminante ha sido tragado por estas inmensidades, y ?omán lo sabe. 4l sabe
que el salar, el desierto de sal más grande del mundo, ha nacido del rencor. 4n el
principio de los tiempos, )sta #ue una vasta mar de leche agria. 9uando &unupa, la
montaña, perdi% a su hi!o, se veng% regando la leche de sus pechos sobre las cumbres
del mundo, que #ueron de odio inundadas.
9uanto más camina ?omán, más miedo siente. +etido en el #ulgor, pasa las horas, la
mañana, el mediodía, la tarde, mientras cru!en los cristales de la sal ba!o sus botas, y
despu)s de mucho andar quiere volver, pero no sabe c%mo, y quiere seguir, pero no
sabe ad%nde. (or mucho que se restregue los o!os, no consigue encontrar el horizonte.
9iego de luz blanca, camina sin ver, a trav)s de la blanca nada.
0 se desploma. 9ae de rodillas al suelo o al cielo, suelo de sal, cielo de sal, y las
lágrimas saladas le cruzan la cara ra!ada por los soles que la sal re#le!a. 0 por primera
vez, ?omán escucha que su boca está suplicando, su boca suplica al desierto, con voz de
otro
53o me mates.
0 entonces las piernas, piernas de otro, se levantan y siguen caminando. Carias veces
?omán cae, pero cada vez que va a desmayarse, las piernas se alzan, por su cuenta, y
continúan este via!e sin vuelta. 0 cuando la noche llega, ?omán escucha nuevamente
esa voz desconocida que de su boca sale, la voz que ahora ruega a las estrellas
53o me de!en solo.
0 las piernas lo llevan a trav)s de la noche y todo a lo largo del nuevo día. 0 mucho
despu)s, despu)s de mucho tropezar y caer, despu)s de mucho caer y levantarse,
súbitamente las piernas de!an de andar. &umbado en el suelo de sal, ?am%n alza la
cabeza, parpadea, y ve allí nomás, cerquita, está la aldea de ,tulcha. 4n esa aldea, en
esas cuatro casas, acaba la mar de sal, y acaba el via!e.
+irándose las botas, que la sal ha comido a mordiscones, ?omán se pregunta
56"ui)n ha cruzado el desierto/ 6"ui)n #ui, qui)n habr) sido/
=na bandada de #lamencos, rá#aga rosada, le da la bienvenida.
La tierra
,llí había nacido, allí había dado sus pasos primeros. 9uando ?igoberta volvi%, años
despu)s, su comunidad ya no estaba. Los soldados no de!aron vivo ni el nombre de la
comunidad que se había llamado La!-9himel, la 9himel chiquita, la que se guarda en el
hueco de la mano mataron a los comuneros y al maíz y a las gallinas, y los pocos indios
#ugitivos tuvieron que estrangular a sus perros, para que no los delataran los ladridos en
la espesura.
?igoberta +enchú deambul% por su tierra alta a trav)s de la niebla, montaña arriba,
montaña aba!o, en busca de los arroyos de su in#ancia, pero ninguno había. 4staban
secas las aguas donde ella se había bañado, o quizá se habían marchado le!os, las aguas
ro!as de sangre, le!os. 0 de los árboles más añosos, que ella creía alzados para siempre
y que habían tenido brazos que la protegían y cuerpos que la escondían, s%lo quedaban
restos podridos. 'espu)s, alguien le cont% esas ramas poderosas habían servido para
atar las horcas y esos troncos habían sido paredones de #usilamiento. 4n los árboles
más vie!os, en los más sabidos, habían sido asesinados quienes conocían sus nombres.
9uando ya no tuvieron qui)n los nombrara, los árboles se de!aron morir.
0 sigui% ?igoberta caminando en la niebla, niebla adentro, gota sin agua, ho!ita sin
rama busc% al $u1ín, su muy amigo, lo busc% donde )l vivía, y no encontr% más que
sus raíces secas. 4so era todo lo que quedaba del que la visitaba en sueños, siempre
#rondoso de #lores blancas de coraz%n amarillo. 0 despu)s, supo el $u1ín había sido
salpicado por la sangre de sus queridos y había enve!ecido en un ratito, dolido de ellos,
y se había arrancado a sí mismo con raíz y todo
El sombrerero
Son% el tel)#ono, escuch) la voz cascada un error así, no puedo creer, %igame bien, yo
no hablo por hablar, que una equivocaci%n vaya y pase, pero un error así, c%mo es
posible, no puedo creer.
+e qued) mudo, con el tel)#ono pegado a la ore!a. +e ví venir lo peor. 0o acababa de
publicar un libro sobre #útbol en un país, mi país, que está habitado por doctores en
#útbol, eruditos en la historia del #útbol, catedráticos de tácticas y estrategias del #útbol,
y cada uno de mis compatriotas sabe de #útbol más de lo que el #útbol sabe de sí
mismo. Se me #ue el alma a los pies. 0o había cometido alguna pi#ia de )sas que no
tienen remedio. 4n silencio, cerr) los o!os y acept) mi condenaci%n.
54l +undial del QI 5acus% la voz, gastada pero implacable.
5Sí 5musit).
5;ue en !ulio.
5Sí.
560 c%mo es el tiempo en !ulio, en +ontevideo/
5;río 5implor).
5+uy #río 5corrigi% la voz, y atac%
5.0 usted escribi% que en el estadio había un mar de sombreros de pa!aA 6'e pa!a/ 5se
indign%5. .'e #ieltroA .'e #ieltro eranA
,rrepentido, conseguí balbucear
54s verdad.
0 guard) un bochornoso silencio.
La voz ba!% de tono, evoc%
50o estaba allí, aquella tarde, U a R ganamos, lo estoy viendo. (ero no se lo digo por
eso. Se lo digo porque yo soy sombrerero, siempre #ui, y muchos de aquellos
sombreros...
9asi se rompi% la voz
5... sombreros de #ieltro... los hice yo.
La botella
4n la mañana de su desdicha, 7orge ()rez se ech% a caminar. 9amin% sin saber por qu),
sin saber a d%nde, obedeciendo a sus piernas, que estaban más vivas que )l y se
movían sin consultarlo.
,quella mañana, 7orge se había quedado sin traba!o. 4n un santiam)n, y sin
e1plicaciones, había sido echado de su empleo de muchos años en la re#inería de
petr%leo. 0 al llegar a casa había recibido carta de su único hi!o, que era toda la #amilia
que le quedaba. 4l hi!o le decía que se sentía de lo más bien navegando en alta mar y
no pensaba volver.
Sin nada, sin nadie, 7orge se ech% a caminar a la hora en que nada ni nadie hace
sombra en el mundo. 2a!o el sol vertical, las piernas lo #ueron llevando a lo largo de la
costa sur de (uerto ?osales. 0 por allí andaba, mirando sin ver, cuando le golpe% los o!os
el #ulgor de una botella atrapada entre los !uncos. 7orge se agach% en el barro y la
recogi%. 4ra una botella de vino, pero no era vino lo que tenía adentro. 4n la botella,
cerrada con tap%n y lacre, había papales. 3o hay dos sin tres, temi% 7orge, pero más
pudo la curiosidad. ?ompi% el pico contra una piedra y encontr% unos dibu!os, algo
borroneados por el agua que se había #iltrado. 4ran dibu!os de soles y gaviotas, soles
que volaban, gaviotas que brillaban. &ambi)n había una carta, que había venido desde
2ahía 2lanca navegando por el mar y estaba dirigida a quien encuentre este mensa!e
>ola, soy +artín. 0o tengo ocho anios. , mí me gustan los nioqis, los huebos #ritos y el
color berde. , mí me gusta dibu!ar. 0o busco un amigo por los caminos del agua.
Notiias
4n GHHU, en Laguna 2each, al sur de 9ali#ornia, un ciervo irrumpi% desde los bosques. 4l
ciervo galop% por las calles, golpeado por los autom%viles, salt% una cerca y atraves% la
ventana de una cocina, rompi% otra ventana y se arro!% desde un segundo piso, invadi%
un hotel y pas% como rá#aga, ro!o de su sangre, ante los at%nitos comensales de los
restoranes de la costa. 4ntonces se meti% en la mar. Los policías lo atraparon en el agua
y con cuerdas lo arrastraron hasta la playa, donde sangrando muri%.
54staba loco 5e1plicaron los policías.
=n año despu)s, en San 'iego, tambi)n al sur de 9ali#ornia, un veterano de guerra rob%
un tanque del arsenal. +ontado en el tanque aplast% cuarenta autom%viles y rompi%
algunos puentes y embisti% cuanta cosa encontr%, mientras lo perseguían los patrulleros
policiales. 9uando se atasc% en un repecho, los policías se arro!aron sobre el tanque,
abrieron la escotilla y cocinaron a tiros al hombre que había sido soldado. Los
televidentes presenciaron, en vivo y en directo, el espectáculo completo.
54staba loco 5e1plicaron los policías.
Elogio de la prensa
,lberto Cillagra era un glot%n del diario. , la hora del desayuno, las noticias, reci)n
salidas del horno, le cru!ían en las manos.
=na mañana, !ur%
5,lguna vez voy a leer el diario arriba de un ele#ante.
0 !unt% dinero hasta que pudo via!ar a la <ndia y se sac% las ganas. 3o consigui%
desayunar a lomo de ele#ante, pero pudo leer un diario de 2ombay sin caerse de allá
arriba.
>elena, la hi!a, tambi)n es diari%mana. 4l primer ca#) no tiene aroma, sabor ni sentido
si no ha llegado acompañado por el diario del día. 0 si el diario no está, de inmediato
aparecen los primeros síntomas, temblores, mareos, tartamudeos, del síndrome de
abstinencia.
4l testamento de >elena pide que no le lleven #lores a la tumba
5Ll)venme el diario 5pide.
La m3sia
4ra un mago del arpa. 4n los llanos de 9olombia no había #iesta sin )l. (ara que la #iesta
#uera #iesta, +es) ;igueredo tenía que estar allí, con sus dedos bailanderos que
alegraban los aires y alborotaban las piernas.
=na noche, en algún sendero perdido, lo asaltaron los ladrones. <ba +es) ;igueredo
camino a una boda, a lomo de mula, en una mula )l, en la otra el arpa, cuando unos
ladrones se le echaron encima y lo molieron a golpes.
,l día siguiente alguien lo encontr%. 4staba tirado en el camino, un trapo sucio de barro
y sangre, más muerto que vivo. 0 entonces aquella piltra#a di!o, con un resto de voz
5Se llevaron las mulas.
0 di!o
50 se llevaron el arpa.
0 tom% aliento y se ri%
5(ero no se llevaron la música.
El espejo
(edro 8arcía 'obles siempre tuvo planes de #uga, pero a los dos años de edad vivía con
los padres, ,urelia y ,le1, en su casa de San <sidro de >eredia, y parecía con#orme con
la situaci%n.
=na mañana, ,urelia lo alz% en brazos ante el espe!o. Señalando su propia imagen, ella
di!o
5+amá.
0 señalando la imagen de )l, di!o
5(edro.
, (edro le interes% el asunto
564ntramos/
,urelia llam% al espe!o, toc-toc, con los nudillos. 0 nada. 4ntonces (edro intent%
meterse, y comprob%, triste
5&á cerrado
La narradora
9aminando por el parque del ?etiro, aquella mañana, 9hiti >ernández +artí se sentía
limpia de toda pena, propia o a!ena, y se sentía alegre de la me!or alegría, que es )sa
que no tiene motivo ni necesita e1plicarse; alegre porque sí, por todo y por nada.
9hiti se sent% en un banco, ba!o la #ronda, respir% hondo el aire verde, cerr% los o!os.
9uando los abri%, a su lado había un enano.
4l enano se present% era torero. 4lla imagin% el tamaño del toro y se le encogi% el alma
y se le #runci% la cara.
5&e ves muy triste 5di!o el enano, y pidi%, e1igi%
59u)ntame.
4lla neg% con la cabeza, pero el enano insisti%
53o seas descon#iada, 2lanca 3ieves.
0 9hiti murmur% el primer nombre de hombre que se le pas% por la cabeza, mientras
pensaba en lo dura que debía ser la vida de un enano torero. 0 por no de#raudarlo
invent% que el muy gol#o se ha aprovechado de mí, y a partir de entonces ya no pudo
detenerse. , medida que la historia iba creciendo, este perdulario me golpea, me
maltrata, me llama puta y pocacosa, 9hiti sentía cada vez menos pena por el enano y
más pena por ella, pena y lástima por ella, que para entonces ya estaba embarazada de
aquel embustero casado y con hi!os, c%mo pude hacerle eso a mi novio que es tan
bueno, )l no se merecía eso, y 9hiti temblaba de #río en pleno verano, ahora me han
echado del traba!o, no s) qu) será de mi vida, no conozco esta ciudad, no tengo a
nadie, me cierran la puerta.
4l enano, abrumado, ya intentaba consolarla y se miraba los pies, que colgaban en el
aire, mientras los arroyitos de las lágrimas, lágrimas de verdad, atravesaban el parque
hacia el lago donde navegan los barcos de remo.
El narrador
4ran tiempos de e1ilio. >)ctor &iz%n andaba con la raíces al aire, y las raíces le ardían
como nervios sin piel.
,lguien le había recomendado un psicoanálisis, pero el psicoanalista y )l pasaban mudos
la eternidad de cada sesi%n. 4l paciente, tumbado en el diván, no abría la boca, por ser
de naturaleza enroscado y por creer que su biogra#ía carecía de importancia. 0 tambi)n
estaba callado el terapeuta, y en blanco, siempre en blanco, estaban las páginas del
cuaderno que yacía sobre sus rodillas. ,l cabo de los cuarenta minutos, el psicoanalista
suspiraba
52ueno. 0a es hora.
, >)ctor le daba pena el buen hombre, y )l mismo se daba pena aquel tormento, peor
que el e1ilio, le estaba destrozando los nervios, y encima pagaba por padecerlo.
=n buen día decidi% que las cosas no podían seguir así. 'esde entonces, a media
mañana, mientras el tren lo llevaba desde 9ercedilla hacia +adrid, >)ctor iba
inventando buenas historias para contar. 0 apenas se echaba en el diván, se montaba en
el arcoiris y disparaba cuentos de montañas embru!adas, h)roes endiablados, sirenas
que llaman a los hombres desde el #ondo de los ríos y #antasmas que hacen casa en la
alta niebla.
4l psicoanalista tenía más ganas de aplaudirlo que de interpretarlo.
La ita
>abía otra gente que le daba limosna, pero 2ud era el único que le escuchaba las
letanías, y cabeceando asentía con santa paciencia mientras ella se que!aba de los
achaques del cuerpo y las maldades del mundo.
,quel viernes, 2ud estaba sentado al borde de la acera. 4staba descalzo, envuelto en
una sábana blanca de rayas azules. La vie!a se sent% al lado, envuelta en sí misma.
,mbos miraban el suelo. 2ud di!o
54stoy muy cansado.
50o tambi)n 5di!o la vie!a, pero por primera vez se qued% calladita la boca. 9uando
2ud le pregunt% c%mo andaban sus llagas, ella cerr% los o!os, como para tomar impulso
cuando los abri%, )l ya no estaba allí.
4ntonces la mendiga llam% a la puerta de la casa de 2ud
564l está aquí/
0 supo que 2ud había muerto el sábado pasado, y que lo habían enterrado descalzo,
envuelto en una sábana blanca de rayas azules.
Comunión
,l toque de diana, se levantaron todos.
3adie había pegado los o!os en aquel inmenso barrac%n. Los presos habían estado de
plant%n hasta la madrugada, despu)s de una !ornada de palizas y amenazas de
#usilamiento, y corrían rumores de e1terminio.
=n preso reci)n llegado de +ontevideo, que todavía no había perdido la cuenta del
almanaque, in#orm%
5>oy es domingo de (ascua.
Los cristianos se pasaron la voz. >abía que celebrar. 4staba prohibido !untarse, no se
permitía ninguna clase de reuni%n, #uese para lo que #uese, y en carne propia los presos
habían aprendido que la prohibici%n no era ningún chiste. (ero había que hacerlo.
Los demás presos, los que no eran cristianos, ayudaron. ,lgunos, sentados en las
cuchetas, vigilaban las puertas de re!as. :tros #ormaron un anillo de gente que iba y
venía, caminando como al descuido, alrededor de los celebrantes. 0 al centro, ocurri% la
ceremonia.
+iguel 2run susurr% algunas palabras. 4voc% la resurrecci%n de 7esús, que anunciaba la
redenci%n de todos los cautivos. 7esús había sido perseguido, encarcelado, atormentado
y asesinado, pero un domingo como )ste había hecho cru!ir los muros, y los había
volteado, para que toda prisi%n tuviera libertad y toda soledad tuviera encuentro.
4n el barrac%n, no había nada. 3i pan, ni vino, ni vasos siquiera. ;ue la comuni%n de las
manos vacías. +iguel o#reci% al que se había o#recido
59omamos 5susurr%5. 4ste es su cuerpo.
0 los cristianos se llevaron la mano a la boca, y comieron el pan invisible.
52ebamos. 4sta es su sangre.
0 alzaron la ninguna copa, y bebieron el vino invisible.
'espu)s, se abrazaron.
La iudad de las palabras
Las casillas de correos de +ontevideo están allí desde los vie!os tiempos, hechas de
bronce con adornitos, pegadas unas a otras entre el suelo y el techo.
0o voy en las tardes. 0 cada vez que voy, antes de abrir mi casilla me detengo, llave en
mano, y paro la ore!a. Las casillas #orman una ciudad de las palabras, y yo escucho.
,llí hay cartas de mucha gente, dirigidas a mucha gente desde todos los lugares del
mapa del mundo. Las cartas, que no pueden estarse calladas, hablan todas a la vez. 0o
no entiendo lo que dicen, pero !uego a que les adivino las voces las cartas ríen,
suspiran, gimen, rezongan, silban, cantan, todas locas de ganas de ser abiertas y leídas.
Despu/s
;ue asesinado en una cervecería de los suburbios. =n policía lo mat% por error, o porque
andaba con una guitarra y tenía el pelo largo y no sabía ba!ar la cabeza ante la
autoridad. 4l policía lo agarr% por el pelo, le meti% el caño de la pistola en un o!o y
dispar%.
7avier ?o!as #ue enterrado en 2uenos ,ires. 0 mientras en 2uenos ,ires se abría la tierra
para recibirlo, muy le!os de allí, en ,nto#agasta, tembl% la tierra donde 7avier había
nacido. =n maremoto, venido muy del #ondo de las aguas, sacudi% violentamente
aquellas costas mientras el entierro ocurría. 0 8abriela, la hermana de 7avier, pens% que
'ios no e1iste, pero los dioses sí.
'esde la noche que muri% 7avier, 8abriela perdi% el ol#ato. 'e!% de sentir el olor de las
plantas, que habla por ellas, y el olor de las pieles, que revela a la gente, y el olor de los
libros vie!os, que es el olor del tiempo en que #ueron leídos.
,yel)n, la hi!a de 8abriela, supo de la muerte del tío y llor% hasta vaciarse. 'espu)s
convers% el asunto con su me!or amiga, una pa!arita invisible que duerme arriba del
ropero y se llama 2ocasucia, por su tendencia a las malas palabras. 0 tras mucho
charlar con la pa!arita. ,yel)n pregunt% a su abuela
5Si 7avier no está, 6d%nde está/
54n el cielo5 di!o la abuela.
0 la niña quiso saber
50 en el cielo, 6hay policías/
Contratiempos
Somos hi!os de los días. Según los mayas, hemos sido #undados por el tiempo, desde
que el tiempo cre% a los dioses que nos crearon. &odos somos tierra encantada y todos
somos tiempo, y de tiempo en tiempo andamos. 4l tiempo reina, y se burla se burla de
los pasatiempos que quieren matarlo, de las cirugías que quieren borrarlo, de las
píldoras que quieren callarlo, de las máquinas que quieren medirlo y de la gente que
quiere ganarlo.
4n las reuniones de San ,ndr)s Larráinzar, los #uncionarios del gobierno no han
conseguido entender a los indígenas zapatistas.
50a d)!ense de #astidiar con esta cosa del tiempo 5di!o uno de los #uncionarios. 0
señalándose la muñeca, y señalando las muñecas de los indios, sentenci%
53osotros usamos relo!es !aponeses, y ustedes tambi)n usan relo!es !aponeses. (ara
nosotros, son las nueve de la mañana. (ara ustedes, tambi)n son las nueve de la
mañana.
Los indios sonrieron, y callaron.
El andante
4n la #rontera, en ?ivera, lo conocí. 4l estaba llegando o estaba y)ndose, que eso nunca
se sabía.
&ampoco se sabía la edad. +ientras nos ba!ábamos una botella de vino tinto, me con#es%
noventa años. ,lgún añito se sacaba, puede ser. ;)li1 (eyrallo 9arba!al no tenía
documentos 3unca tuve. (or no perderlos me di!o, mientras encendía un cigarrillo y
echaba unos aritos de humo.
Sin documentos, y sin más ropa que la que llevaba puesta, había andado de país en
país, de pueblo en pueblo, todo a lo largo del siglo y todo a lo ancho del mundo. 'on
;)li1 iba de!ando, a su paso, relo!es de sol. 4ste raro uruguayo que no era !ubilado ni
quería serlo, vivía de eso hacía cuadrantes, relo!es sin máquinas, y los o#recía a las
plazas de los pueblos. 3o por medir el tiempo, costumbre que le parecía un agravio, sino
por el puro gusto de revelar los movimientos de la tierra, que se menea como mu!er, y
por las ganas de adivinar los secretos del cielo.
,llí, en ?ivera, don ;)li1 se estaba sintiendo muy bien, y eso lo tenía preocupado. 0a la
tentaci%n de quedarse le estaba dando la orden de irse Lo nuevo, lo nuevo, lo nuevoA -
chill%, golpeteando la mesa con sus manos de niño.
4n esa ciudad, )l estaba de paso. 4n todas partes estaba de paso. 'on ;)li1 siempre
llegaba para partir. Cenía de cien países y de doscientos relo!es de sol, y se iba cuando
se enamoraba, #ugitivo del peligro de echar raíz en una mu!er, en una casa o en una
mesa de ca#).
(ara irse, pre#ería el amanecer. 9uando el sol estaba llegando, )l se iba. 3o bien se
abrían las puertas de la estaci%n de autobuses o de trenes, don ;)li1 echaba al
mostrador los pocos billetes que había !untado, y mandaba >asta donde llegue.
El arpintero
:rlando 8oicoechea reconoce las maderas por el olor, de qu) arboles vienen, qu) edad
tienen, y oli)ndolas sabe si #ueron cortadas a tiempo o a destiempo y les adivina los
posibles contratiempos.
4l es carpintero desde que hacía sus propios !uguetes en la azotea de su casa del barrio
de 9ayo >ueso. 3unca tuvo máquinas ni ayudantes. , mano hace todo lo que hace, y de
su mano nacen los me!ores muebles de La >abana mesas para comer celebrando,
camas y sillas que te da pena levantarte, armarios donde a la ropa le gusta quedarse.
:rlando traba!a desde el amanecer. 0 cuando el sol se va de la azotea, se encierra y
enciende el video. ,l cabo de tantos años de traba!o, :rlando se ha dado el lu!o de
comprarse un video, y ve una película tras otra.
3o sabía que eras loco por el cine le dice un vecino.
0 :rlando le e1plica que no, que a )l el cine ni le va ni le viene, pero gracias al video
puede detener las películas para estudiar los muebles.
Las artas
7uan ?am%n 7im)nez abri% el sobre en su cama del sanatorio, en las a#ueras de +adrid.
+ir% la carta, admir% la #otogra#ía. 8racias a sus poemas, ya no estoy sola. 9uánto he
pensado en ustedA, con#esaba 8eorgina >Fbner, la desconocida admiradora que le
escribía desde le!os. :lía a rosas el papel rosado de aquella primera misiva, y estaba
pintada de rosáceas anilinas la #oto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal
de Lima.
4l poeta contest%. 0 algún tiempo despu)s, el barco tra!o a 4spaña una nueva carta de
8eorgina. 4lla le reprochaba su tono tan ceremonioso. 0 via!% al (erú la disculpa de 7uan
?am%n, perdone usted si le he sonado #ormal y cr)ame si acuso a mi enemiga timidez, y
así se #ueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban entre el norte y el sur,
entre el poeta en#ermo y su lectora apasionada. 9uando 7uan ?am%n #ue dado de alta, y
regres% a su casa de ,ndalucía, lo primero que hizo #ue enviar a 8eorgina el
emocionado testimonio de su gratitud, y ella contest% palabras que le hicieron temblar
la mano.
Las cartas de 8eorgina eran obra colectiva. =n grupo de amigos las escribía desde una
taberna de Lima. 4llos habían inventado todo la #oto, las cartas, el nombre, la delicada
caligra#ía. 9ada vez que llegaba carta de 7uan ?am%n, los amigos se reunían, discutían
la respuesta y ponían manos a la obra. (ero con el paso del tiempo, carta va, carta
viene, las cosas #ueron cambiando. 4llos proyectaban una carta y terminaban
escribiendo otra, mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa mu!er que era hi!a
de todos ellos, pero no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.
4ntonces lleg% el mensa!e que anunciaba el via!e de 7uan ?am%n. 4l poeta se
embarcaba hacia Lima, hacia la mu!er que le había devuelto la salud y la alegría. Los
amigos se reunieron de urgencia. 6"u) podían hacer/ 69on#esar la verdad/ 6(edir
disculpas/ 6'e qu) serviría tamaña crueldad/ +ucho debatieron el asunto. 4n la
madrugada, al cabo de algunas botellas y de muchos cigarros, tomaron una decisi%n.
4ra una decisi%n desesperada, pero no había otra. 0 sellaron el acuerdo en silencio,
encendieron una vela y soplaron todos a la vez.
,l día siguiente, el c%nsul del (erú en ,ndalucía golpe% a la puerta de 7uan ?am%n, en
los olivares de +oguer. 4l c%nsul había recibido un telegrama de Lima8eorgina >Fbner
ha muerto.
El Cristito
'ormía poco o nada la 3iña +aría. La luz primera de cada día recortaba las montañas y
ya la 3iña +aría estaba clavada de rodillas, susurrando rezos ante el altar.
4n el centro del altar reinaba un pequeño 9risto moreno. 4l 9ristito tenía pelo de gente,
pelo negro de la gente del lugar. +ilagros casi no hacía, poca cosa, algún milagro que
otro, muy de vez en cuando, para no perder la mano, pero los lugareños #recuentaban
mucho a ese hi!o de 'ios que tanto se les parecía, y )l aliviaba a los lastimados,
consolaba a los solos y escuchaba a los pesados. , )l acudían los latosos más
aburridores del valle de 9onlara y de sus inmediaciones, y el 9ristito les aguantaba el
que!erío con cristiana paciencia.
La 3iña +aría vivía a la mala, se la comía la mugre, pero ella bañaba al 9ristito con
agua de manantial, lo cubría con las #lores del valle y le encendía las velas que lo
rodeaban. 4lla nunca se había casado. 4n sus años mozos, se había hecho cargo de sus
dos hermanos sordomudos. 'espu)s, había consagrado su vida al 9ristito. (asaba los
días cuidándole la casa, y por las noches le velaba el sueño.
, cambio de tanto, ella nunca había pedido nada.
, los ciento tres años de su edad, pidi%.
"uiere vivir opinaron algunos.
"uiere morir aseguraron otros.
La 3iña +aría nunca di!o el #avor, pero cont% la promesa
Si el 9ristito me cumple di!o, lo tiño de rubio.
-ara la átedra de literatura
3o hacía mucho que había estrenado los pantalones largos, cuando recibí mi primera
lecci%n en el o#icio del buen decir, por hablado o por escrito.
=na noche, no recuerdo el d%nde ni el porqu), #ui invitado a un banquete. ?ecuerdo que
me sentía perdido entre tantos señores respetables, mucha ceremonia, poca comida, y
recuerdo que cuando yo ya había devorado el postre escuálido y estaba raspando el
plato, escuch) un tintineo de cucharitas. 4ntonces, en la cabecera de la mesa, un
caballero se alz%, anunci%
5Ser) breve,
y derram% su verba sobre todos nosotros. 0 transcurrieron los minutos, y transcurrieron
los años, mientras caían las cataratas de gorda prosa. 4l ca#) se en#riaba, cabeceaban la
cabezas, algunos o!os se cerraban y otros o!os se desorbitaban de pánico. 3o había
qui)n pudiera detener al peligroso dueño de la palabra. 3i )l podía. 7adeaba el orador en
busca del punto #inal no iba a encontrarlo, era evidente, !amás. (ero el perseguidor del
punto no tenía más remedio que continuar su cacería. 0 el punto huía. 9ada vez que )l
estaba a punto de atrapar el punto, el punto pegaba un salto, salto de pulga, y se iba.
9uarenta años antes, muy le!os de la ciudad de +ontevideo, <saa$ 2abel había escrito
53ingún acero penetra tanto el pecho como un punto puesto a tiempo.
La puerta
, 9arlos, que despu)s de esta historia, ya en plena democracia, volvi% a prisi%n por el
delito de ser periodista.
4n una barraca, por pura casualidad, 9arlos ;asano encontr% la puerta de la celda donde
había estado preso
'urante la dictadura militar uruguaya, )l había pasado seis años conversando con un
rat%n y con esa puerta de la celda número RLR. 4l rat%n se escabullía y volvía cuando
quería, pero la puerta estaba siempre. 9arlos la conocía me!or que la palma de su
mano. 3o bien la vio, reconoci% los ta!os que )l había cavado con la cuchara, y las
manchas, las vie!as manchas de la madera, que eran los mapas de los países secretos
adonde )l había via!ado a lo largo de cada día de encierro.
4sa puerta y las puertas de todas las otras celdas #ueron a parar a la barraca que las
compr%, cuando la cárcel se convirti% en shopping center. 4l centro de reclusi%n pas% a
ser un centro de consumo y ya sus prisiones no encerraban gente, sino tra!es de
,rmani, per#umes de 'ior y videos de (anasonic.
9uando 9arlos descubri% su puerta, decidi% quedársela. (ero las puertas de las celdas se
habían puesto de moda en (unta del 4ste, y el dueño de la barraca e1igi% un precio
imposible. 9arlos regate% y regate% hasta que por #in, con la ayuda de algunos amigos,
pudo pagarla. 0 con la ayuda de otros amigos, pudo llevarla más de un musculoso #ue
necesario para acarrear aquella mole de madera y hierro, invulnerable a los años y a las
#ugas, hasta la casa de 9arlos, en las quebradas de 9uchilla (ereira.
,llí se alza, ahora, la puerta. 4stá clavada en lo alto de una loma verde, rodeada de
verderías, de cara al sol. 9ada mañana el sol ilumina la puerta, y en la puerta el cartel
que dice (rohibido cerrar.
El jugador
,qu)l no era un domingo cualquiera del año JK. 4ra un domingo de clásico. 4l club
Santa#) de#inía el campeonato contra el +illonarios, y toda la ciudad de 2ogotá estaba
en las tribunas del estadio. ;uera del estadio, no había nadie que no #uera paralítico o
ciego.
0a el partido estaba terminando en empate, cuando en el minuto LL un delantero del
Santa#), :mar Lorenzo 'evanni, cay% en el área, y el arbitro pit% penal. 'evanni se
levant%, perple!o aquello era un error, nadie lo había tocado, )l había caído porque
había tropezado.
Los !ugadores del Santa#) llevaron a 'evanni en andas hasta el tiro penal. 4ntre los tres
palos, palos de horca, el arquero aguardaba la e!ecuci%n. 4l estadio rugía, se venía
aba!o.
0 entonces 'evanni coloc% la pelota sobre el punto blanco, tom% impulso y con todas
sus #uerzas dispar% muy a#uera, bien le!os del arco.
,o4ares
,l #in de sus días, la abuela ?aquel estaba ciega. (ero en el sueño de >elena, la abuela
veía.
4n el sueño, la abuela no tenía un mont%n de años, ni era un puñado de cansados
huesitos ella era nueva, era una niña de cuatro años que estaba culminando la travesía
de la mar desde la remota 2esarabia, era una inmigrante entre muchos inmigrantes. La
abuela pedía a >elena que la alzara, en la cubierta del barco, porque el barco estaba
llegando y ella quería ver el puerto de 2uenos ,ires. 0 en brazos de >elena, veía.
0 despu)s la abuela le decía que quería ver a sus queridos de toda la vida, y >elena se
la llevaba volando y la abuela los veía, uno por uno veía a los biena-mados
5.&anto tiempo sin verteA 5gritaba la abuela, en plena volandería.
0 despu)s de tanto ver, la abuela quiso verse
5"uiero verme 5pidi%5. "uiero verme como yo era antes. 0 en el sueño de >elena,
>elena quiso, pero no pudo.
El desaf!o
4n 9hiapas, los enmascarados desenmascaran al poder. 0 no solamente al poder local,
que está en manos de los devastadores de bosques y los e1primidores de gentes. La
rebeli%n zapatista viene desnudando tambi)n, desde hace un año y medio, al poder que
reina sobre todo +)1ico, un poder cuyas peores costumbres enseñan que las urnas y las
mu!eres están para ser violadas y que hacer política consiste en robar hasta las
herraduras de los caballos en pleno galope.
(ero los ecos de 9hiapas llegan más allá de la comarca y el reino. +arcos, el portavoz,
ha dicho que )l es zapatista en +)1ico y tambi)n es gay en San ;rancisco, negro en
,#rica del Sur, musulmán en 4uropa, chicano en 4stados =nidos, palestino en <srael,
!udío en ,lemania, paci#ista en 2osnia, mu!er sola en cualquier metro a las diez de la
noche, campesino sin tierra en cualquier país, obrero sin traba!o en cualquier ciudad. 0
en una carta entrañable, el sub ha evocado a su amigo, el vie!o ,ntonio, y ha contado
que el vie!o ,ntonio opina que cada cual tiene el tamaño del enemigo que elige. ,hí
esta, creo, la clave de la grandeza de este pequeño movimiento campesino, que ha
brotado en un lugar que nunca había sido noticia para los #abricantes de opini%n
pública su grito tiene resonancia universal, porque e1presa una pasi%n de !usticia y una
vocaci%n solidaria que desa#ían al todopoderoso sistema que impunemente se ha
apoderado del planeta entero. 0 el desa#ío se #ormula con bravura en los hechos y con
sentido del humor en las palabras, con cora!e y con alegría, que nos den cosas que
buena #alta nos hacen.
4stá el mundo sometido a una vasta dictadura invisible. 4n ella, la in!usticia no e1iste.
La pobreza, pongamos por caso, que a tantos atormenta y que tanto se multiplica, no es
un resultado de la in!usticia, sino el !usto castigo que la ine#iciencia merece. 0 si la
in!usticia no e1iste, la pasi%n de !usticia se condena como terrorismo o se descali#ica
como mera nostalgia. 60 la solidaridad/ Lo que no tiene precio, no tiene valor !amás la
solidaridad se ha cotizado tan ba!o en el mercado mundial. La caridad está me!or vista,
pero hasta ahora, que yo sepa, el supergobierno del mundo no ha o#recido ningún
+inisterio de 4conomía a la +adre &eresa de 9alcuta.
4l supergobierno los gobiernos están gobernados por un puñado de piratas, elegidos en
ninguna elecci%n. 4llos deciden la suerte de la humanidad y le dictan el c%digo moral. 4n
vez de un gancho, tienen en el puño una computadora, y al hombro llevan un tecn%crata
en lugar de un papagayo. 4llos dominan los siete mares de las altas #inanzas y del
comercio internacional, donde navegan los que especulan y se ahogan los que
producen. 'esde allí, distribuyen el hambre y la indigesti%n en escala mundial, y en
escala mundial mane!an a los mandones y vigilan a los mandados. La televisi%n, que
trasmite sus %rdenes, llama paz mundial o equilibrio internacional a la resignaci%n
universal.
(ero la condici%n humana tiene una por#iada tendencia a la mala conducta. 'onde
menos se espera, salta la rebeli%n y ocurre la dignidad. 4n las montañas de 9hiapas, por
e!emplo. Largo tiempo callaron los indígenas mayas. La cultura maya es una cultura de
la paciencia, que sabe esperar. ,hora, 6cuánta gente habla por esas bocas/ Los
zapatistas están en 9hiapas, pero están en todas partes. Son pocos, pero tienen muchos
emba!adores espontáneos. 9omo nadie nombra a esos emba!adores, nadie puede
destituirlos. 9omo nadie les paga, nadie puede contarlos. 3i comprarlos.
D+ensa!e enviado al Segundo 'iálogo de la Sociedad 9ivil, +)1ico, !unio de GHHP.E
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Las plumas
,ndan emplumados los indios que sobreviven a orillas del río (araguay.
4l pluma!e adorna y tiene poderes.
Las plumas verdes del loro dan señorío al cuerpo, que gustoso las luce en los tobillos y
en las muñecas, y tambi)n dan vida a las ho!as de los árboles.
Si no #uera por las plumas rosadas de un ave llamada espátula, la tuna no daría #rutos.
Las plumas negras del pato son buenas contra el mal humor.
Las plumas blancas de las cigFeñas ahuyentan las plagas.
4l guacamayo o#rece plumas ro!as, para llamar a la lluvia, y plumas amarillas, para
atraer las buenas noticias.
Las plumas grises del avestruz dan brío al canto humano, que se eleva agradeciendo la
luz de cada día.
El sieteolores
'ante 'W:ttone andaba por el (arque ?od%, haciendo nada, de!ándose ir entre los
árboles, cuando vio a una mu!er agachada ante un enorme telescopio que apuntaba al
lago.
-+e va a disculpar, señora, pero yo soy muy curioso.
La mu!er sac% el o!o del lente, y lo invit%
-+ire, mire.
0 'ante adivin% un sietecolores, un pa!arito de esos que !amás se ven en +ontevideo,
aleteando sobre el lago.
4lla manipul% el tubo, lo alarg%
-,sí se ve me!or. 0 cont% que había querido comprar unos prismáticos, por lo mucho que
le gustaba espiar a los pá!aros libres, pero el dinero no daba. 4n la #eria de &ristán
3arva!a había encontrado ese telescopio, arrumbado entre otros trastos vie!os, y por
unos pocos pesos se lo había quedado.
4l sietecolores, arcoiris con alas, revoloteaba al tuntún sobre los camalotes, y el
telescopio lo perseguía. 'aban ganas de pedir que no se #uera nunca esa alegría del
aire.
Las palomas
Sylvia +urnin$as estaba patinando por la costa de +ontevideo, una serena tarde de
luces, cielo sin nubes, aire sin viento, cuando escuch% ruidos de guerra. Se asom% al
hotel ?ambla y retrocedi% espantada.
4l combate a)reo ocurría en la planta ba!a. La planta ba!a del hotel, en plena
remodelaci%n, estaba en escombros, y sobre la basura de cascotes y de astillas de
vidrios y maderas, había una al#ombra de blancas plumas ensangrentadas. Las dos
últimas guerreras se estaban matando a picotazos se lanzaban en rá#aga, se trenzaban
en el aire, se estrellaban contra los ventanales y bañadas en sangre volvían al ataque.
Sylvia no conocía estas costumbres de las palomas.
Los patos "*$
4n una entrañable novela de 7.'. Salinger, un muchacho llamado >olden 9aul#iel no
daba pie con bola en el colegio ni en nada, y se sentía más solo que un perro solo. 4n
uno de los primeros capítulos, >olden escuchaba los reproches de un pro#esor del curso
de historia, y para escapar de tan atroz aburrimiento, pensaba en los patos del lago del
sur del 9entral (ar$ de 3ueva 0or$. 6, d%nde se iban los patos, cuando venían los #ríos y
el lago se cubría de hielo/ 6,lgún cami%n los recogía y los llevaba al zool%gico/ 6: se
marchaban a otro sitio por su cuenta/ >olden pensaba en este problema de los patos en
invierno, y el asunto le interesaba mucho más que el e1amen sobre los egipcios y sus
momias.
&odavía no era invierno cuando ,dol#o 8illy conoci% ese lago. ,dol#o andaba paseando
por el 9entral (ar$ y se sent% al pie de una loma verde, ante las aguas salpicadas por
las suaves luces doradas de una tarde de otoño. 0 en eso estaba, cuando un pro#esor,
que no era de historia sino de literatura, lleg% con sus alumnos a la orilla del lago.
4l pro#esor se puso a leer, en voz alta, ese capítulo de la novela de Salinger. Los
muchachos escuchaban, sentados en rueda. 0 ,dol#o vio que una escuadra de patos se
acercaba nadando a toda velocidad. Los patos se quedaron pegados a la orilla, mientras
el pro#esor leía las palabras que hablaban de ellos.
9uando termin% de leer el capítulo, el pro#esor se #ue, seguido por sus alumnos.
&ambi)n los patos se #ueron.
El lorito
>oudini se escapaba siempre. 4l primer día, levant% la puerta de la !aula, con su pico
poderoso, y sali%. 4l segundo día, alz% el piso por aba!o. 4l tercer día, hizo un agu!ero en
la malla de alambre.
Se escapaba; pero no llegaba le!os. ,lgo caminaba, a los tumbos, y se caía.
Sus secuestradores le habían cortado un ala, cuando lo cazaron en la selva. Bitty
>ischier lo encontr% en el mercado de (uerto Callarta. Le dio lástima, lo compr% para
liberarlo. 9omo >oudini no podía arreglarse solo, y mutilado como estaba se lo comía
cualquiera, ella decidi% llevarlo, en!aulado, en su camioneta. &enía la intenci%n de
pasarlo, clandestino, por la #rontera. >oudini iba a ser uno más entre los miles y miles
de me1icanos indocumentados en 4stados =nidos.
,l cuarto día, >oudini intent% la #uga por el techo, pero ya no le daban las #uerzas. 4l no
hablaba, ni comía. Bitty le o#recía palabras, en español y en ingl)s, y le o#recía
lechuguita, semillas de girasol y uvas; pero >oudini seguía callado, y arro!aba los
alimentos #uera de la !aula.
+udo, inm%vil, muri%. 4n huelga de lengua, en huelga de hambre.
Las garzas-4l lago &iticaca. 69onoce usted/
-9onozco.
-,ntes, el lago &iticaca estaba aquí.
-6'%nde/
-,quí, pues. 0 pase% el brazo por el inmenso secarral.
4stábamos en el desierto del &amarugal, un paisa!e de casca!os calcinados que se
e1tendía de horizonte a horizonte, atravesado muy de vez en cuando por alguna
lagarti!a; pero yo no era qui)n para contradecir a un lugareño.
+e pic% la curiosidad cientí#ica. 4l hombre tuvo la amabilidad de e1plicarme c%mo había
sido que el lago se había mudado tan le!os
-9uándo #ue, no s), yo no era nacido. Se lo llevaron las garzas.
4n un largo y crudo invierno, el lago se había congelado. Se había hecho hielo de
pronto, sin aviso, y las garzas habían quedado atrapadas por las patas. ,l cabo de
muchos días y muchas noches de batir alas con todas sus #uerzas, las garzas prisioneras
habían conseguido, por #in, alzar vuelo, pero con lago y todo. Se llevaron el lago helado
y con )l anduvieron por los cielos. 9uando el lago se derriti%, cay%. 0 qued% donde ahora
está.
0o miraba las nubes. Supongo que no tenía cara de convencido, porque el hombre
pregunt%, con cierto #astidio
-0 si hay platos voladores, dígame usted, 6por qu) no iba a haber lagos voladores/ 64h/
+e dio la espalda y se #ue.
La gallina
-'eclare el acusado su versi%n de los hechos -mand% el !uez.
4l escribiente, las manos en el teclado, transcribi% los dichos de ,gustín Sosa, residente
en la ciudad de +elo, mayor de edad, de estado civil soltero, de pro#esi%n desocupado.
4l acusado no neg% su responsabilidad en el delito que se le imputaba. Sí, )l había
estrangulado una gallina que no era de su propiedad.
-Si no mataba esa gallina, me moría de hambre -aleg%.
0 concluy% -;ue en de#ensa propia.
El gallo
>acia arriba lamía, y hacia aba!o escupía. 4ra, dicen que era, !uez, o recaudador de
tributos, o enviado del rey, aquel adul%n de los dueños de todo, que humillaba a los
dueños de nada. Se llamaba 8allo, de apellido, y pisando pueblo decía
-'onde este gallo canta, los demás callan.
'urante años callaron los callados, hasta que un buen día asaltaron el palacete donde se
e!ercía el abuso, atraparon al abus%n, le arrancaron las ropas y desnudo lo corrieron, a
pedradas, por las calles.
:curri%, dicen que ocurri%, en la ciudad andaluza de +or%n de la ;rontera. :curri%,
dicen que ocurri%, hace cinco siglos. (ero cualquiera que visite la ciudad puede ver a ese
gallo desplumado corriendo todavía, y todavía la advertencia se escucha en toda
4spaña que te cuides, tú, mareado por el poder o el poderito, que te vas a quedar como
el gallo de +or%n, sin plumas y cacareando, en la me!or ocasi%n.
Los patos "#$
6(or qu) los patos vuelan en C/ 4l primero que levanta vuelo abre camino al segundo,
que despe!a el aire al tercero, y la energía del tercero alza al cuarto, que ayuda al
quinto, y el impulso del quinto empu!a al se1to, y así, prestándose #uerza en el vuelo
compartido, van los muchos patos subiendo y navegando, !untos, en el alto cielo.
9uando se cansa el pato que hace punta, ba!a a la cola de la bandada y de!a su lugar a
otro pato. &odos se van turnando, atrás y adelante, y ninguno se cree superpato por
volar adelante, ni subpato por marchar atrás.
0 cuando algún pato, e1hausto, se queda en el camino, dos patos se salen del grupo y lo
acompañan y esperan, hasta que se recupera o cae.
7uan 'íaz 2ordenave no es pat%logo, pero en su larga vida ha visto mucho vuelo. 4l
sigue creyendo, contra toda evidencia, que los patos unidos !amás serán vencidos.
El )ereje
>ace cuatro siglos y medio, +iguel Servet #ue quemado vivo, con leña verde, en
8inebra. 9alvino lo mand% a la hoguera, porque Servet creía que nadie debía ser
bautizado antes de llegar a la edad adulta, tenía sus dudas sobre el misterio de la
Santísima &rinidad y era tan cabeza dura que insistía en enseñar, en sus clases de
medicina, que la sangre pasa por el coraz%n, pero se puri#ica en los pulmones.
Sus here!ías lo habían condenado a una vida gitana. ,ntes de que lo atraparan, había
cambiado muchas veces de país, de casa, de o#icio y de nombre.
Servet ardi%, muy lentamente, !unto a los libros que había escrito. 4n la portada de uno
de sus libros, un grabado mostraba a Sans%n cargando, a la espalda, una muy pesada
puerta. 'eba!o, se leía Llevo mi libertad conmigo.
El fin de la no)e
4n la última oscuridad de la noche, tiene su casa la niebla.
4n la niebla, tienen su casa los sueños que la gente sueña.
4n los sueños que la gente sueña, tienen su casa los dioses.
9uando el sol rompe la noche, los dioses salen de los sueños y se meten en
la gente, y en la gente despiertan, parpadean y se desperezan.
La enfermedad
4n alguna parada, un en!ambre de chiquilines invadi% el %mnibus. Cenían de la escuela,
y no paraban de hablar y de reír. >ablaban todos a la vez, a los gritos, empu!ándose,
zarandeándose, y se reían de nada y de todo. =n señor increp% a ,ndr)s 2ralich, que era
uno de los más estrepitosos
-6"u) ten)s, vos/ 6La en#ermedad de la risa/
, simple vista se podía comprobar que todos los demás pasa!eros habían sido, ya,
sometidos a tratamiento m)dico, y estaban completamente curados.
Sombríos, graves, esos rostros del +useo de 9era atravesaban la ciudad de +ontevideo,
de casa al traba!o, del traba!o a casa, a salvo de cualquiera de las locuras que en el
mundo acechan.
El general
>ace cien años, ocurri% en 9olombia la guerra de los mil días. La guerra no de!%
prisioneros, para que al gallo amarrado no le creciera la espuela.
4n una de las batallas, en los alrededores del río +agdalena, el general 7os) +aría
;erreira avanz% al rev)s. 9uando empez% la balacera, el general dio orden de echar
cuerpo a tierra y orient% a la tropa para lanzar el contraataque. 2uscando posici%n de
tiro, los soldados culebreaban a trav)s de los altos pastizales. 4l general tambi)n iba
pegado al suelo, apoyándose en los codos, pero mientras sus hombres se movían en
direcci%n al enemigo, )l reptaba en marcha atrás, hacia el otro lado. 4llos iban al norte,
y )l al sur.
(uede haber sido una #alla en el sentido de la orientaci%n, o una hábil maniobra para
cubrir la retaguardia, o quizá no #ue más que una prueba de sabiduría militar, porque
bien se sabe que soldado que huye sirve para otra guerra.
4l hecho es que el general, despu)s de mucho retroceder, lleg% al pie de la ceiba. La
ceiba era el único árbol digno de respeto que se alzaba en aquella nada. 4l general
encontr% re#ugio detrás del tronco gigantesco, y allí se qued%, inm%vil, de espaldas a los
estampidos, cuidándose de la tentaci%n de asomarse y mirar. 4l no quería repetir la
triste e1periencia de su hermano, el #inado coronel 7oaquín ;erreira, que había perdido la
cabeza cuando la sac% por la claraboya de una iglesia para ver c%mo marchaba el
combate.
(asaron los minutos, las horas, los siglos. 4l general seguía acurrucado, al amparo de un
hueco del tronco de la ceiba. 4ntonces escuch% que estaban cambiando los vientos de la
guerra ahora soplaban hacia )l, cada vez más cercanos, los truenos de los tiros y los
alaridos, que antes sonaban en la le!anía. 4l general ya veía las balas, mortales avispas
que pasaban zumbando a sus costados. Se persign%. =n sudor de hielo le recorría el
cuerpo, sacudido por violentos espasmos que )l no entendía ni podía evitar.
4l general ;erreira hundi% la cara entre las manos, y trat% de poner en orden el
torbellino de sus pensamientos. 0 razon%
-Si la sangre huele a mierda, estoy herido.
La justiia
'esde las perdidas comunidades de 4l 8ran &unal, (edro 7asso 2ravo y el 9haparro
marcharon a la ciudad de +)1ico. (edro iba más a pie que montado, montaba de a ratos
nomás, por no atormentar la cansada espalda del 9haparro ya estaban, los dos,
pasaditos de años, y era largo el via!e. (ero así, poco a poco, caminando los días,
llegaron, por #in, a la gran plaza del O%calo.
0 se plantaron a las puertas del (alacio 3acional, donde vive el poder. 0 allí se quedaron,
esperando audiencia. Cenían a e1igir !usticia. ,llá en el 8ran &unal, la !usticia está más
le!os que la luna, porque la luna, al menos, se ve. Los indios de las comunidades,
o#icialmente e1tintos, no #iguran ni en las estadísticas. >an sido acorralados en tierras
de pedrerío y polvareda, que les dan de comer un menú #i!o de piedra y polvo.
4l presidente de la naci%n se neg% a recibirlos, pero no hubo manera de echarlos los
delegados de 4l 8ran &unal volvían a la plaza, cada vez que los sacaban. 3i modo ni a
palos, ni por las buenas. 4l 9haparro ponía cara de burro y (edro ponía cara de no te
gastes, que ya llevamos cinco siglos en esto.
&ermin% el año GHHK, empez% el WHL a los ochenta y siete años de su edad, (edro tuvo
que aceptar la primera inyecci%n de su vida, casi muerto de tanto respirar veneno; pero
sigui% acampado, como si nada, mientras el 9haparro hacía oídos sordos a las calumnias
de la prensa, que lo llamaba *medio de transporte*.
Los dos residieron #rente al (alacio 3acional durante un año, dos meses y quince días.
(or #in, emprendieron el regreso. 4l poder seguía sordo, pero algo habían conseguido no
era todo, ni era mucho, pero algo era. >abían conseguido que el hi!o de (edro, +argarito,
saliera de la cárcel, y que marcharan presos, aunque más no #uera por un rato, algunos
vampiros de indios. 0 habían conseguido que, aunque más no #uera por un rato, los
huachichiles se salieran de la categoría de #antasmas.
0 se volvieron los dos. ,penas llegaron a 4l 8ran &unal, el 9haparro muri%. "uizá le
habían arruinado los pulmones los sucios aires de la ciudad más contaminada del
mundo; o quizá se de!% morir, humillado, porque en el via!e comprob% que el poder era
un señor más burro que )l. 4n todo caso, de esto sí que no cabe duda el 9haparro ha
pasado a ser el único asno que comparte una nube, allá en el alto cielo, con el caballo
blanco de 4miliano Oapata.
Ciudades
4stoy sentado ante la ventana del ca#) 2rasilero, leyendo el diario y tomándome un
cortadito y viendo a la gente pasar, cuando un señor golpetea el vidrio y entra. &iene
aspecto de pro#esor, de pro#esor de algo, y habla con acento raro. ,poyando las manos
en mis hombros, me mira a los o!os
-Carsovia -dice-. 6?ecuerdas/ 0o te acompañ) en Carsovia. 0 se sienta.
Carsovia, pienso. Sí, Carsovia en medio de la calle, en sillas que parecían tronos, unos
vie!os !ugaban a los dados.
-6, los dados/ Sería a!edrez -dice el pro#esor-. 0 en medio de la calle... Carsovia una
iglesia de piedra, alzada al centro de un lago, un abanico de vitrales ba!o la cruz.
Llegamos en barca.
4n la oscuridad, un coro cantaba.
-6=n lago/ -se sorprende el pro#esor, y acaricia sus bigotes de nutria-. =n charco, más
bien. 9uando llueve, todo se inunda. 4stán tapados los desagFes, desde hace siglos. =n
desastre.
Carsovia una novia huía, con su largo vestido blanco, #lotando sobre el gentío. 0 a la luz
de los candelabros, un pianista tocaba con #renesí, como si hubiera metido las manos en
un hormiguero.
-6(ianista/ -duda el pro#esor-. Sería un violinista.
0 así seguimos hasta que yo me levanto, pago, saludo y me voy. 4sto no da para más.
4s evidente que la ciudad que yo recuerdo no se parece un cara!o a la que recuerda )l,
lo que nada tiene de raro, pensándolo bien, porque yo nunca estuve en Carsovia. @l,
qui)n sabe.
La )erenia militar
4l presidente del =ruguay, 7ulio +aría Sanguinetti, tiene quien le escriba. +ientras
concluye su segundo período presidencial, le siguen lloviendo cartas desde el mundo
entero. 6'%nde está --le preguntan-- el nieto o nieta del poeta argentino 7uan 8elman/
4se beb) había sido secuestrado por los militares en los años setenta, cuando las
dictaduras sudamericanas borraron las #ronteras y pusieron en práctica el mercado
común del horror. >ubo uruguayos desaparecidos en el =ruguay y tambi)n en la
,rgentina, 9hile y (araguay; y hay pruebas de que la nuera argentina de 8elman,
apresada en 2uenos ,ires, desapareci% en +ontevideo, despu)s de dar nacimiento a un
niño o niña que se perdi%, como ella, en la neblina de la guerra sucia.
, #ines del año pasado, la prensa uruguaya in#orm% que el presidente Sanguinetti había
dado, por #in, una respuesta práctica a tanta demanda universal, y había encomendado
la investigaci%n del caso a la !usticia militar. (ero no se estaba anunciando un estreno
esta obra de teatro ya había sido representada, años atrás. 4n GHLK, durante su
presidencia anterior, Sanguinetti tambi)n había encargado a la !usticia militar la
investigaci%n sobre ciento cuarenta uruguayos desaparecidos.
,hora, en sus respuestas públicas al diluvio de la solidaridad internacional, el presidente
dice y repite que averiguar lo que pas% *sería un milagro*. 0 no le #alta raz%n. 69%mo se
va a resolver un crimen, si lo investigan quienes lo cometieron/ Seme!ante milagro no
ha ocurrido !amás, ni en la historia de la criminología, ni en la historia de la literatura
policial.
La dictadura militar uruguaya se había especializado en el arte de la tortura. Sus
verdugos no s%lo copiaron algunos m)todos de morti#icaci%n que venían de la Santa
<nquisici%n, sino que además supieron aplicar la tecnología moderna. 4l =ruguay lleg% a
ser, en esos años setenta, el país con la mayor cantidad de torturados en proporci%n a la
poblaci%n, el campe%n mundial de la tortura serás atormentado hasta que traiciones o
mueras, serás culpable aunque no sepas por qu). 9omo un reconocimiento a esta
especialidad nacional, el presidente civil puso en manos de un torturador militar, en
GHLK, la investigaci%n sobre los desaparecidos, los muertos sin cadáveres el coronel
7os) Sambucetti tuvo a su cargo la tarea, el milagro no ocurri%, nada se supo.
4l periodista Samuel 2li1en revel% por entonces, en el semanario 2recha, que
Sambucetti había dirigido personalmente numerosas sesiones de torturas diarias en el
2atall%n de <n#antería 3X R. =na de sus víctimas, Sonia +osquera, cont% que este
e1perto en la #lagelaci%n de mu!eres atadas había ordenado, a cara descubierta
--, )sta no se le cay% ni una lágrima. "ue vuelva a la máquina.
,ños despu)s, el presidente Sanguinetti acaba de anticipar públicamente la caída del
tel%n en el reestreno de esta obra titulada *<nvestígate a ti mismo*, que ha vuelto a
escena representada por el elenco de uni#orme
--3o ha desaparecido ningún niño en territorio uruguayo-- asegur% el presidente, sin
tomarse el traba!o de e1plicar de d%nde ha sacado esa certeza.
+ientras tanto, el teniente general ;ernán ,mado, que o#reci% hace tres meses un
almuerzo de desagravio a los o#iciales violadores de los derechos humanos, se está
!ubilando de su empleo de comandante en !e#e del e!)rcito. 0 al irse, pronuncia la #rase
que concluye el último acto de la representaci%n. >ablando de los desaparecidos, dice el
actor.
--4l e!)rcito no dispone de ninguna in#ormaci%n sobre el tema.
La omertá, ley del silencio, no s%lo rige para la ma#ia siciliana.
4n los años ochenta, con la resurrecci%n de la democracia en ,m)rica del Sur, llegaron
las leyes de impunidad, para que tambi)n desapareciera la memoria de los
desaparecidos. (ero ocurre que la desaparici%n de personas y el secuestro de niños son
delitos continuados, para la !urisprudencia internacional y para la conciencia humana de
los humanos que todavía tienen conciencia no hay ley que pueda obligar al silencio de
los crímenes que se siguen cometiendo, cada día, mientras los desaparecidos no
aparezcan, ni se devuelvan los niños usurpados.
4n el =ruguay, el presidente Sanguinetti lleva ya muchos años traba!ando para que esto
siga así. 0 lleva ya muchos años demostrando que no se había equivocado 8eorges
9lemenceau, el político #ranc)s, cuando advirti%, hace más de un siglo
--La !usticia militar se parece a la !usticia, tanto como la música militar se parece a la
música.
+organ
4l sol lo busca. (erseguido por el sol, +organ corre por la playa, vuela sobre la arena y
ondula en el olea!e, como si #uera del#ín.
4l sol lo atrapa en la orilla, cuando por un instante se detiene para sacudirse el agua del
cuerpo, y entonces +organ brilla, ro!o de sol, envuelto en una aureola de espuma. 0
nuevamente se echa a correr, de!ando una estela de chispas sobre la arena, y el sol
recomienza su cacería.
Ciendo esa rá#aga #ugitiva, dan ganas de aplaudirlo. pero +organ se llama +organ por
su tendencia al delito, y las víctimas de sus #echorías no lo consideran tan admirable.
2rinc%n y ladr%n, a +organ lo persigue el sol y tambi)n lo persigue el propietario de la
pelota de tenis, o sandTich, o zapatilla, o prenda íntima que )l ha usurpado para
hundirse en el agua con el botín entre los dientes.
3unca supo a!uiciarse. &iene cuatro años reci)n cumplidos y hasta ahora, que se sepa,
nunca nadie lo ha visto quieto, ni ha mostrado nunca el menor indicio de cansancio o
arrepentimiento.
+anuel +onteverde, que tiene la misma edad, se sienta en una roca y re#le1iona sobre
el asunto
Sí dice. +organ se porta mal. (ero hace reír.
El torero
?a#ael 8allo, señor de los ruedos, había cumplido gran #aena en la plaza de toros de
,lbacete, y había recibido, en tro#eo, las ore!as y el rabo.
+ientras se desnudaba de su tra!e de luces, el diestro decidi%
,hora mismo nos volvemos a Sevilla.
4l ayudante le e1plic% que no se podía, que ya era muy tarde
0 lo le!os que está Sevilla...
?a#ael se irgui%. 9omo si estuviera en plena lidia, y su ayudante #uera toro, mand%
."uietooooA
>echo un relámpago de #uria, puso las cosas en su sitio
6"u) has dicho tú, qu) has dicho/ Sevilla está donde debe estar. Lo que está le!os es
esto.
El desobediente
Sagner ,doum andaba en su autom%vil con la vista siempre clavada al #rente, sin echar
!amás ni una sola o!eada a los carteles que daban %rdenes al borde de las calles de
"uito y de las carreteras del país. Los amigos le decían que eres un suicida y un peligro
público, que ya basta de provocar za#arranchos y estampidas, tienes que respetar los
carteles, hazlo por tu vida y por la vida de los demás.
(ero )l se de#endía. 3o lo hago por distraído, decía
0o nunca mat) a nadie. 0 si tengo los años que tengo y sigo vivo, es porque nunca hice
el menor caso a los carteles.
8racias a eso, decía, )l no había bebido un oc)ano de cocacolas, ni había comido una
montaña de hamburguesas, ni se había cavado un cráter en la panza tragando millones
de aspirinas, y había evitado que las tar!etas de cr)dito lo hundieran hasta los pelos en
el pantano de las deudas. 0 así se había salvado de morir por ahogo, indigesti%n,
hemorragia o as#i1ia.
La estrella fuga&
,lgunas noches, en los ca#)s, la competencia venía #eroz -, mí, allá en la in#ancia, me
me% un le%n - decía uno, sin alzar la voz, como negando importancia a su tragedia.
-, mí, me gustaba caminar por las paredes. 4n casa no me de!aban -con#esaba otro,
como si su prohibida proeza #uera cosa de nada.
0 otro
-0o, de muchacho, escribía poemas de amor. Los perdí en un tren. 60 qui)n los
encontr%/ 3eruda.
0 cabeceando sonreía, como si #uera incapaz de rencor contra quien le había robado sus
llaves del :limpo.
(ero don ,rnaldo, de pro#esi%n odont%logo, no se de!aba intimidar.
,codado en el mostrador, soltaba un nombre
-Libertad Lamarque.
4speraba el impacto, y despu)s
-6Les suena/
0 entonces evocaba su encuentro con la 3ovia de ,m)rica. 'on ,rnaldo no mentía. =na
madrugada, allá por los años treinta, la actriz y cantante argentina Libertad Lamarque
venía su#riendo duro castigo en un hotel de Santiago de 9hile. 4l marido le estaba
gritando puta, no por lo que era sino por lo que podía llegar a ser, mientras le volaba
bo#etadas, como tenía costumbre, porque más vale prevenir que curar. 4n plena biaba,
Libertad grit%
-.2astaA .Cos lo quisisteA
0 se arro!% en picada desde la ventana del cuarto piso.
?ebot% en un toldo, y aplast% al odont%logo, que venía de visitar a la mamá y !usto en
ese momento pasaba por la vereda. Libertad qued% intacta, y tambi)n intacto qued% su
pi!ama de seda ro!a bordado de dragones chinos, pero el in#ortunado don ,rnaldo #ue
conducido, en ambulancia, al hospital.
9uando se le recompuso el hueserío, y le quitaron sus venda!es de momia, don ,rnaldo
empez% a contar la historia que despu)s sigui% contando, hasta el #in de sus días, en los
ca#)s y en todo lugar donde hubiera alguna ore!a desde el cielo, desde la alta nube
donde moran las diosas del cine y del tango, aquella estrella #ugaz se había de!ado caer
sobre la tierra, y entre millones de hombres lo había elegido a )l, sí, a )l, y entre sus
brazos se había desplomado, por no morirse sola.
La anión 5 el silenio
?en Seschler recogi% su testimonio. 4n GHKP, 2reyten 2reytenbach era el único preso
blanco entre los muchos negros condenados a muerte en la cárcel de (retoria.
,l #in de cada noche, uno de los condenados marchaba al patíbulo. ,ntes de que el piso
se abriera ba!o sus pies, el elegido cantaba. 9ada amanecer, una canci%n di#erente
despertaba a 2reyten. ,islado en su celda, )l escuchaba la voz del que iba a morir, y
tambi)n escuchaba a los que escuchaban escuchaba el silencio de los demás presos,
que esperaban su día en la #ila de la horca. 4se silencio sonaba más #uerte que la voz.
2reyten sobrevivi%. Sobrevivi% para contarlo, y para seguir escuchándolo.
La atri&
>ace más de medio siglo, la 9omedia 3acional llev% 2odas de sangre a los campos de
Salto. 'esde otros campos, le!anos campos de ,ndalucía, venía esa tragedia de 8arcía
Lorca. 4ra una historia de #amilias enemigas, una boda rota, una novia robada, dos
hombres queriendo esa mu!er en tierras de secano, corría la sangre más #uerte que el
agua, y peleando a cuchillo, acuchillados, caían los dos. La madre de uno de los muertos
decía a su vecina
6&e quieres callar/ 3o quiero llantos en esta casa. &us lágrimas son lágrimas de los o!os,
nada más.
+argarita Virgu era, en escena, esa madre dolida y altiva. 9uando se apagaron los
aplausos, un pe%n de estancia se le acerc%. Sombrero en mano, la cabeza gacha, le di!o
La acompaño al sentimiento. 0o tambi)n perdí un hi!o.
6isitas.
>abía corrido la sangre, sangre de los inocentes y sangre de los valientes, y Sicilia
parecía por #in libre de ma#iosos.
4ntonces, llegaron los e1traterrestres. 4n la ciudad de (alermo, que está en la punta de
esa isla que la bota de <talia patea, un vecino llamado Salvatore denunci% a la policía
que un e1traterrestre le había robado la motoneta. :tro vecino, Sergio, public% una
carta, en un diario local, revelando que había sido secuestrado por unos enanos con
antenitas.
+ientras tanto, otro vecino, ,ldo, se preparaba para via!ar al espacio sideral. &enía listo
el equipa!e, no más que un par de zapatillas y una camiseta, ayunaba para no pesar y
se había a#eitado todo el cuerpo, hasta las ce!as, para que la astronave pudiera aspirarlo
sin que los pelos molestaran la #uerza magn)tica. >abía un planeta, decía ,ldo, donde
las máquinas hacían todo y la gente era #eliz.
La alfalfa.
9uando el tiempo está enemigo, cielos negros, días de hielo y tormentas, la al#al#a
reci)n nacida se queda quieta y espera. Los tímidos brotecitos se echan a dormir, y en la
dormici%n sobreviven, mientras dura el mal tiempo, por mucho tiempo que el mal
tiempo dure.
9uando por #in llegan los soles, y azulea el cielo y se entibia el suelo, la al#al#a
despierta. 0 entonces, reci)n entonces, crece tanto crece, que no la mira y la ve crecer.
0 pronto los campos de al#al#a alzan una mar ba!o el cielo, una mar de verdería la
al#al#a ondula, en olea!es verdes, empu!ada por un viento que no viene del aire, sino de
sus propias ganas de vivir, y que quizá sube desde el #ondo de la tierra encantada.
La moderni&aión.
Levi ;reisztav lee, escribe, pinta y talla maderas, hasta la caída de la tarde. +ás, no. 0a
los o!os sienten el paso y el peso de los años; y )l pre#iere guardar los o!os para mirar
las montañas.
9on la mirada clavada allá, en los altos picos donde se enredan los !irones del
crepúsculo, Levi evoca los tiempos idos. 0a hace casi medio siglo que se vino a la
(atagonia, desde 2uenos ,ires, por casualidad o curiosidad, y aquí se qued% para
siempre caminando estas tierras y estos aires, Levi descubri% que sus padres se habían
equivocado de mapa cuando le dieron nacimiento.
,penas lleg% al sur, este sur que iba a ser su lugar en el mundo, Levi consigui% traba!o
en un proyecto de hidroponía. =n doctor del lugar había leído, en alguna revista, que los
norteamericanos estaban plantando lechugas en el agua, y el doctor decidi% poner en
práctica esa novedad. Levi cavaba, clavaba, sudaba, montando días tras días una
complicada estructura de tubos acanalados, hierros y cristales. Si lo hacen en los
4stados =nidos por algo será, decía el doctor, es una #i!a, no puede #allar, esa gente está
a la vanguardia de la 9ivilizaci%n y de todo, llevamos varios siglos de atraso, la
tecnología es la llave de la riqueza.
4n aquellos tiempos, Levi era todavía un bicho urbano, un hombre del adoquín o del
as#alto, de esos que creen que los tomates nacen del plato y se quedan bizcos cuando
ven un pollo que camina. (ero un día, contemplando las inmensidades de la (atagonia,
la vasta verdería de estos valles vacíos, se le ocurri% preguntar
:iga, doctor. 6Caldrá la pena/ 6Caldrá la pena, con tanta tierra que hay/
(erdi% el traba!o.
+alefiios
Según Sara >ermann, cualquier avi%n puede venirse aba!o si contiene un equipo
deportivo completo, aunque sea de a!edrez. &ambi)n constituye grave amenaza la
e1altaci%n patri%tica en cualquiera de sus #ormas, desde la ostentaci%n de escarapelas o
banderitas hasta la entonaci%n de himnos.
4ric 3epomuceno tiene la convicci%n de que ningún avi%n puede sostenerse en el aire si
contiene más de tres mon!as o más de seis niños con ore!as del rat%n +ic$ey.
Sara y 4ric saben que nadie muere en la víspera, salvo el pavo de 3avidad, y que cada
persona tiene su día marcado para morir, a ras de tierra o en los altos aires. (ero cuando
suben a un avi%n, sudan la gota gorda pensando 0o no s) si ha llegado mi día. (ero, 6y
si ha llegado el día del piloto/
Los piojos.
4n (anamá, escuch) decir Son sucios. &ienen pio!os. Son sucios.
4n el archipi)lago de San 2las, islas de arena blanca y arreci#es de coral, comprob) que
sí pero no los indios $unas tienen pio!os, pero se bañan con tanta #recuencia y
entusiasmo que entre ellos me coron) rey de los cochinos.
, la cabeza, el agua no llega. Los pio!os se guardan vivos en la cabeza, para que sean
arrancados por la persona amada. Según manda la tradici%n, quien te quiere ha de
probar que te quiere salvándote del tormento de esos minúsculos demonios.
La serpiente
,rdían las brasas; chorreaban los chorizos sus !ugos prodigiosos; de las carnes doradas
se desprendían aromas de perdici%n. ;rente a su casona de piedra, en la sierra de
+inas, monte adentro, don Cenancio o#recía un asado a sus amigos de la ciudad.
0a estaban por empezar, cuando el hi!o menor, muy chiquilín todavía, anunci%
Y>ay una víbora en la casa.
0 alzando un palo, pidi%
Y6La mato yo/
;ue autorizado.
'espu)s, don Cenancio entr% y comprob% un traba!o bien hecho. 4n la cabeza,
aplastada por los golpes, se adivinaba todavía el dibu!o de la cruz amarilla. 4ra una
crucera, de las más grandes. 'os metros, quizá tres.
'on Cenancio #elicit% al hi!o, sirvi% el asado y se sent% a comer. 4l banquete #ue
celebrado largamente, con varios bises y mucho vino.
,l #inal, don Cenancio brind% por el matador, anunci% que iba a darle el cuero de la
serpiente, su tro#eo, y los invit% a todos
YCengan a verla. 4ra enorme, la hi!a de puta.
9uando entraron en la casa, la serpiente no estaba.
'on Cenancio mascull% la bronca, entre dientes, y di!o que hay que !oderse, nomás
Y4l compañero se la llev% para la cueva.
0 di!o que siempre es así. Sea serpiente o serpienta, macho o hembra, el muerto
siempre tiene quien lo venga a buscar.
&odos volvieron a la mesa, al vino y la charla y los chistes. &odos volvieron, menos uno.
, (inio =nger#eld le cost% salir. (inio se qued% en esa casa, un rato largo mudo, sordo a
la algarabía de sus amigos, ciego de nada que no #uera esa gran mancha de sangre
negra sobre el suelo.
El aballo
&arde tras tarde, (aulo ;reire se colaba en el cine del barrio de 9asa ;orte, en ?eci#e, y
sin pestañear veía y volvía a ver las películas de &om +i1. Las hazañas del coTboy de
sombrero aludo, que rescataba a las damas inde#ensas de manos de los malvados, le
resultaban bastante entretenidas, pero lo que a (aulo de veras le gustaba era el vuelo
de su caballo. 'e tanto mirarlo y admirarlo, se hizo amigo; y el caballo de &om +i1 lo
acompañ%, desde entonces, toda la vida. ,quel caballo del color de la luz galopaba en su
memoria y en sus sueños, sin cansarse nunca, mientras (aulo andaba por los caminos
del mundo.
(aulo pas% años, añares, buscando esas películas de su in#ancia
-6&om qu)/
3adie tenía la menor idea.
>asta que por #in, a los setenta y cuatro años de su edad, encontr% las películas en
algún lugar de 3ueva 0or$. 0 volvi% a verlas. ;ue algo de no creer el caballo luminoso,
su amigo de siempre, no se parecía ni un poquito al caballo de &om +i1.
(aulo su#ri% esta revelaci%n a #ines de lHHP. Se sinti% esta#ado. 9abizba!o, murmuraba
-3o tiene importancia.
(ero tenía.
4n esas 3avidades, 3ita le regal% una pelota. (aulo había recibido treinta y seis
doctorados honoris causa de las universidades de muchos países, pero nunca nadie le
había regalado una pelota de #utbol. @l s%lo había tenido, allí le!os en el tiempo, pelotas
de trapo. La o#renda de 3ita brillaba y volaba por los aires, casi tanto como su caballo
perdido.
El dilu%io
'ios había decidido repetir el castigo. >arto de las violencias del mundo, había decidido
borrar de la #az de la tierra toda la carne creada por su mano. <ban a ser e1terminadas
las gentes y las bestias y las sierpes y hasta las aves del cielo.
9uando el sabio 7ohannes Stoe##ler dio a conocer la #echa e1acta del segundo diluvio
universal, que iba a sepultar a todos ba!o las aguas el día U de #ebrero de lPRU, el conde
von <gleheim se encogi% de hombros. (ero entonces ocurri% que 'ios en persona se le
apareci% en sueños, barba de relámpagos, voz de truenos, y le anunci%
-Morirás ahogado.
4l conde von <gleheim, que era capaz de repetir la 2iblia entera de memoria, salt% del
lecho y mand% llamar de urgencia a los me!ores carpinteros de la regi%n. 0 en un
santiam)n apareci% en las aguas del río ?in una inmensa arca #lotante, alta de tres
pisos, hecha de maderas resinosas y cala#ateada por dentro y por #uera. 0 el conde se
meti% en ella, con su #amilia y toda su servidumbre y víveres en abundancia, y llev% al
arca una pare!a de macho y hembra de cada especie de todos los bichos que poblaban la
tierra y el aire. 0 esper%.
9ay% lluvia en el día señalado. 3o mucha, #ue más bien una llovizna; pero las primeras
gotas bastaron para desatar el pánico de la humanidad. &odo el mundo enloqueci%. 0
una multitud desesperada invadi% los muelles y se apoder% del arca.
4l conde opuso resistencia y #ue arro!ado a las aguas del río, donde ahogado muri%.
Dios
, los cinco años de su edad, Cera 3avratil alz% la mirada hacia la alta noche de
+ontevideo y pregunt% a su madre
-Los muertos, 6se van al cielo/
-Sí.
-0 cuando 'ios se muere, 6a qu) cielo se va/ 6Se va a un cielo especial, que está más
arriba/
4n ?ibeirZo (reto, muchas leguas al norte de +ontevideo, +arcos ,Tad estaba esa
misma noche mirando las mismas estrellas, a la misma edad que Cera. 0 +arcos
pregunt% a su madre
-0 a nosotros, 6qui)n nos hizo/
-3os hizo 'ios.
-60 a 'ios/
-6, 'ios qu)/
-6"ui)n lo hizo/
-, 'ios no lo hizo nadie. 'ios se hizo a sí mismo.
-60 la espalda/ 69%mo hizo 'ios para hacerse la espalda/
El loutor
-Sólo tres personas han dejado mudo el estadio de Maracaná: el Papa, ran! Sinatra y
yo.
Lo di!o ,lcides 8higgia, sacando pecho, y no minti%.
(oco #altaba para el #in del partido. 8higgia se escabull% por la punta derecha y clav% el
gol que hizo campe%n del mundo al =ruguay. 'espu)s del pitazo #inal, mientras caía el
sol y caía todo lo demás, el público sigui% sentado en las tribunas. =n pueblo tallado en
piedra, gigantesco monumento a la derrota doscientos mil brasileños, la mayor
multitud !amás reunida en un estadio de #utbol, no podían moverse, ni hablar, ni creer.
+uchos se quedaron hasta la medianoche, inm%viles, mudos, at%nitos. 3uestro
>iroshima, titul% un diario de ?ío de 7aneiro, al día siguiente, e1agerando un poquito.
<saías ,mbrosio estaba allí. 4l había sido uno de los albañiles que habían construido
aquel estadio, el más grande del mundo, y había recibido una entrada de regalo.
(as% el tiempo. <saías seguía sentándose en el mismo lugar que había ocupado, en las
gradas de +aracaná. 0 cada tarde trasmitía, a#errado a un micr%#ono, el gol de la
tragedia nacional. 'e lunes a viernes lo trasmitía, una vez y otra y otra. <saías repetía la
!ugada de 8higgia, paso a paso, para la audiencia de una radio imaginaria, o para )l, o
para nadie. Llevaba medio siglo en eso, desde aquella tarde con voz impostada, gritaba
el gol, o más bien lo lloraba, y volvía a gritarlo, a llorarlo, ante el inmenso estadio vacío,
como en la tarde anterior y en la tarde siguiente y en todas las tardes.
El eletriista
,ndaba en bicicleta, con la escalera al hombro, por los caminos de la pampa in#inita.
2autista ?iol#o era electricista y tambi)n todero, arreglador de todo, motores y relo!es,
molinos, radios, escopetas, lo que #uera según se decía, la !oroba que tenía en la
espalda le había salido de tanto agacharse hurgando máquinas y maquinitas.
?en) ;avaloro, el único m)dico de la comarca, tambi)n era todero. 9on los pocos
instrumentos que tenía y los remedios que encontraba, o#iciaba de ciru!ano, partero,
psiquiatra o especialista en lo que se necesitara componer.
9on la ayuda de todos los vecinos, cercanos y distantes, ?en) pudo #undar una clínica
comunitaria.
0 con la ayuda de 2autista, pudo instalar el primer equipo de rayos V que hubo en toda
la regi%n.
7unto con esa máquina de radiogra#ías, ?en) compr% tambi)n, en 2ahía 2lanca, una
máquina de música un tocadiscos holand)s, a pagar en c%modas cuotas
cuandopuedarias. 4n aquellas soledades de la pampa, habitadas por el viento y el polvo
y muy poquita gente, la música era una compañera imprescindible.
(ero el tocadiscos tenía sus mañas, y en un par de meses se neg% a seguir #uncionando.
0 ahí vino 2autista, en su bicicleta. Sentado en el suelo, se rasc% la barba, investig%,
sold% unos cablecitos, a!ust% tornillos y arandelas
-, ver ahora -di!o.
(ara probar el aparato, ?en) eligi% un disco, la 3ovena de 2eethoven, y coloc% la púa en
su movimiento pre#erido.
0 se desat% la música. La poderosa música invadi% la casa y se ech% a volar por la
ventana abierta, hacia la noche, hacia el desierto; y sigui% viva en el aire despu)s de
que el disco de!% de girar.
9uando el silencio volvi%, ?en) coment% algo, o algo pregunt%, pero 2autista no
contest% nada.
2autista tenía la cara escondida entre las manos. 0 un largo rato pas%, hasta que por #in
levant% la cara mo!ada. 0 entonces aquel electricista consigui% decir
- (erdone, don ?en). (ero yo no sabía que esa... esa electricidad e1istía en el mundo.
Los mangos
'ámaso ?odríguez tenía vacas, pero no tenía pasto. Las vacas andaban por todas
partes, deambulaban por aquí, por allá; y al menor descuido del dueño, se metían en el
pueblo de =reña y rumbeaban al parque de su tentaci%n.
4llas iban derechito al gran mangal del parque. ,llí estaban las matas hinchadas,
rebosantes, y había una al#ombra de mangos regados por los suelos. Los policías
interrumpían el almuerzo. ,rreaban las vacas a palos y las encerraban en los calabozos.
'ámaso pasaba horas en la comisaría, soportaba el plant%n y el serm%n, hasta que por
#in pagaba la multa y liberaba sus vacas.
,ura, la hi!a, lo acompañaba a veces. Colvía lagrimeando, mientras el padre le e1plicaba
que la autoridad sabía lo que hacía. ,unque los mangos #ueran muchos, y se secaran
tirados por ahí, los animales no merecían seme!ante sabrosura. Las vacas no eran
dignas de ese dorado man!ar de !ugo espeso que 'ios había o#rendado a los hombres,
para consuelo del vivir.
-3o llore, hi!ita. La autoridá es autoridá, las vacas son vacas y los hombres somos
hombres - decía 'ámaso. 0 ,ura, que no era autoridá, ni vaca, ni hombre, le apretaba la
mano.
7lautas
2ailar la vida, comer la vida la ciudad de Sibaris, al sur de lo que ahora llamamos
<talia, estaba consagrada a los dioses de la música y de la buena mesa.
>ace veinticinco siglos, los sibaritas quisieron ser guerreros, tuvieron sueños de
conquista; y Sibaris #ue aniquilada. 9rotona, la ciudad enemiga, la borr% del mapa.
, orillas del gol#o de &arento, ocurri% la batalla que desbarat% al e!)rcito de los sibaritas
la ciudad de Sibaris, educada en la música, #ue por la música vencida.
9uando la caballería sibarita se lanz% a la carga, los soldados de 9rotona desenvainaron
sus #lautas. 4ntonces, el aire cant%. Los caballos reconocieron la melodía, cortaron el
galope en seco, se alzaron en dos patas y se pusieron a bailar. 3o era el momento más
oportuno, dadas las circunstancias, pero los caballos siguieron bailando, según era su
gusto y costumbre, mientras sus !inetes huían y las #lautas no de!aban de sonar.
La mar
4n una terraza de la ribera, echado al sol, ?a#ael ,lberti estaba mirando la mar,
tocándola con los o!os, respirándola el vuelo sin ningún apuro de las gaviotas y los
veleros, la espuma luminosa, el viento azul. 0 de pronto se estremeci%, como si #uera la
primera vez, y sinti% el asombro de estar, de seguir estando. Se volvi% hacia +arcos
,na, que callaba a su lado y, apretándole el brazo, di!o, como si nunca lo hubiera sabido,
como si reci)n lo descubriera
Y"u) corta es la vida.
=nos días despu)s, ,lberti muri%, de cara a la mar, en esta bahía de 9ádiz donde
noventa y seis años antes había nacido.
+ar8eting
Salim >arari siempre tenía pimienta a mano, in#alible arma de :riente para arro!ar a los
o!os de los ladrones; pero ni los ladrones entraban. La tienda, La Lindalinda, estaba tan
vacía como los est%magos de sus nueve hi!os.
Salim nunca se había dado por vencido, desde que había llegado desde la le!ana
'amasco a vender g)neros en la ciudad de ?a#aela. 4l limonero no daba #rutos y )l
ataba limones a las ramas. 3ingún cliente aparecía y )l arro!aba metros y metros de
telas a la calle, desde el balc%n
-.,quí se regala todoA
Le llegaban noticias de que un barco se había hundido en el río (araná y )l regaba con
agua sus satenes y sus creas, y a gritos los o#recía
-.Las telas rescatadas del nau#ragioA
(ero ni así. 3o había manera. La gente pasaba y miraba para otro lado.
Largo #ue el tiempo de la desgracia, cada día peor que el anterior y me!or que el
siguiente, hasta que a Salim se le encendi% la lamparita, una noche, mientras dormía.
'espert% decidido a cobrar entrada. >abía que pagar para conocer La Lindalinda. "uien
no pagaba, no entraba.
0 entonces cambi% la suerte. &odo el pueblo hacía cola.
La mosa
4l papa ,driano C<, único pontí#ice ingl)s de toda la historia del Caticano, vivi% una vida
muy agitada por sus guerras incesantes contra 8uillermo el +alo y ;ederico 2arbarro!a.
4n la vida de la mosca no hubo acontecimientos dignos de menci%n.
4l choque entre el (apa y la mosca tuvo lugar en la #uente de agua de la plaza principal
del pueblo de ,nagni, un mediodía del verano del año GGPH.
9uando el (apa abri% la boca ante el chorro de agua, la mosca se le meti% en la
garganta. 4l díptero insecto se meti% por error en ese lugar que no era para nada
interesante, pero sus alas no pudieron salir y los dedos del (apa no pudieron sacarla.
4n la batalla, murieron los dos. 4l (apa, atragantado, muri% de mosca. La mosca,
prisionera, muri% de (apa.
El ofiio más antiguo
Los sumerios decían #lecha y decían vida con la misma palabra. (ero el primer relato
escrito en el mundo, que #ue obra de ellos, no se re#iere para nada al vuelo de la vida
como #lecha en el tiempo. 4l tema es otro.
9uenta el relato, escrito hace cuatro mil años a orillas del río 4u#rates, que una #amilia
su#ría una desgracia que parecía irreparable el hi!o era un p)simo estudiante. (ero el
grave problema encontr% soluci%n. La #amilia invit% al pro#esor a la casa y lo deleit% con
un banquete, y al cabo de una larga noche de agasa!os, lo halag% cubri)ndolo de
regalos. , la mañana siguiente, el p)simo estudiante se convirti% en el me!or alumno.
4ste testimonio, registrado en signos cunei#ormes sobre dos tablillas de barro cocido,
demuestra que los pro#esionales del soborno practican el más antiguo de los o#icios
humanos. Las pro#esionales del amor, que se atribuyen esa gloria, no tienen pruebas
escritas.
No)ebuena
;ernando Silva dirige el hospital de niños en +anagua. 4n vísperas de 3avidad, se qued%
traba!ando hasta muy tarde. 0a estaban sonando los cohetes, y empezaban los #uegos
arti#iciales a iluminar el cielo, cuando ;ernando decidi% marcharse. 4n su casa lo
esperaban para #este!ar.
>izo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden, y en eso
estaba cuando sinti% que unos pasos lo seguían. =nos pasos de algod%n; se volvi% y
descubri% que uno de los en#ermitos le andaba atrás.
4n la penumbra lo reconoci%. 4ra un niño que estaba solo. ;ernando reconoci% su cara
ya marcada por la muerte y esos o!os que pedían disculpas o quizá pedían permiso.
;ernando se acerc% y el niño lo roz% con la mano
-'ecile a... -susurr% el niño- 'ecile a alguien que yo estoy aquí.
El ra5o
3o se sabe si ?oy Sullivan e1isti%. 'icen que #ue guardabosques, en algún lugar de
4stados =nidos, y dicen que sobrevivi% a siete rayos. Las versiones que corren s%lo son
precisas en las #echas
en lHPH, un rayo le arranc% la uña de un dedo del pie;
en lHJH, otro rayo le vol% las ce!as y las pestañas;
en lHKI, otro rayo le achicharr% el hombro izquierdo;
en lHKR, otro rayo lo de!% sin pelo;
en lHKQ, otro rayo le quem% las piernas;
en lHKJ, otro rayo le abri% un tobillo;
en lHKK, otro rayo le calcin% el pecho y el vientre.
(ero no vino del cielo el rayo que le parti% la cabeza. 4n lHLQ, dicen, ?oy Sullivan se
peg% un balazo, despu)s de escuchar la #rase, o la palabra, o el silencio, de una mu!er.
'icen.
El teatro
,nton 9h)!ov via!% al desierto de San Luis (otosí y ,rist%#anes anduvo charlando con los
indígenas de las comunidades de 9hiapas.
4llos nunca habían estado en esos para!es. ;ueron los teatreros de 4l 8alp%n quienes los
llevaron a recorrer tierras me1icanas, de punta a punta.
4ran los años de mugre y miedo de la dictadura militar en el =ruguay, y todo el elenco
de 4l 8alp%n había marchado al e1ilio.
4n +ontevideo, qued% solamente la sala. 4staba la sala, que había sido hecha a pulso,
sin una moneda de ayuda o#icial; pero 4l 8alp%n no estaba, y el público tampoco. La
dictadura o#recía espectáculos ante las butacas vacías. Sombra sin cuerpo, cuerpo sin
alma nadie iba.
,l #in del e1ilio, cuando los galponeros recuperaron su teatro usurpado, no encontraron
ni los #ocos de luz.
El %enado
,rnaldo 2ueso cumplía quince años.
Sus mayores le #este!aron el cumpleaños con una gran cacería en el bosque, a orillas del
río ,!agual. (or ser su primera vez, le asignaron un puesto en la retaguardia. Lo de!aron
en algún lugar de la espesa arboleda, con instrucciones de no moverse de allí. 0 allí se
qued%, mirando al ri#le RR que lo miraba, mientras los cazadores soltaban sus perros y
lanzaban al galope sus caballos.
Se ale!aron los ladridos, se desvanecieron los ruidos.
4l ri#le estaba amarrado al tronco de un árbol, por una larga cincha. ,rnaldo no se
atrevía a tocarlo. ,costado, con las manos en la nuca, se distraía contemplando al
pa!arerío que revoloteaba en la #ronda. La espera #ue larga. ,rrullado por los pá!aros, se
durmi%.
Lo despert% el estr)pito del #olla!e roto. "ued% paralítico del susto. ,lcanz% a ver que un
enorme venado se le venía encima, en estampida el venado salt%, rozando el árbol, se
enred% con la cincha del #usil, y ,rnaldo escuch% un balazo. 4l animal cay%, #ulminado.
&odo el pueblo de Santa ?osa de 9opán celebr% la hazaña. 4ra algo !amás visto un
certero disparo desde aba!o, en pleno salto, directo al coraz%n.
=nos cuantos años despu)s, en su casa, ,rnaldo interrumpi% una animada rueda de ron
con sus amigos. (idi% silencio, como para iniciar un discurso. Señal% la enorme
cornamenta que daba #e de la primera y última gloria de su vida de cazador, y con#es%
--;ue suicidio.
Los inmigrantes
=na piedra, un tr)bol de cuatro ho!as,
una #lor que ya no tenía olor ni color,
un zapato solo,
un mech%n de pelo,
una vie!a llave que había perdido su puerta,
una pipa que había perdido su boca,
el nombre de alguien bordado en un pañuelo,
el retrato de alguien en marco de %valo,
una cobi!a que había sido compartida
y otras cosas y cositas venían envueltas, entre ropas muy gastadas y lavadas, en las
vali!as de los peregrinos. 3o era mucho lo que cabía en cada vali!a, pero en cada vali!a
cabía un mundo. 9hueca, destartalada, atada con cordones o mal cerrada por herra!es
herrumbrosos, cada vali!a era como eran todas, pero cada una era igual a ninguna.
Los hombres y las mu!eres llegados desde le!os se de!aban llevar, como sus vali!as, de
#ila en #ila, y se amontonaban, como sus vali!as, esperando. Cenían de remotas aldeas
perdidas en el mapa de 4uropa, #ugitivos de la miseria y de otros horrores, y al cabo de
la larga travesía habían desembarcado en la isla 4llis. 4staban a un paso de la estatua
de la Libertad, que había llegado poco antes que ellos al puerto de 3ueva 0or$.
4n la isla, #uncionaba el colador. Los porteros de la &ierra (rometida interrogaban y
clasi#icaban a los inmigrantes, les escuchaban el coraz%n y los pulmones, les estudiaban
los párpados, las bocas y los dedos de los pies, los pensaban y les medían la presi%n, la
#iebre, la estatura y la inteligencia.
Los e1ámenes de inteligencia eran un desastre. +uchos de los reci)n llegados no sabían
escribir y no atinaban más que a balbucear palabras incomprensibles, en lenguas
desconocidas. (ara de#inir su coe#iciente intelectual, las mu!eres debían contestar, entre
otras preguntas, c%mo se barría una escalera 6Se barría hacia arriba, hacia aba!o o
hacia los costados/ =na muchacha polaca respondi%
-0o no he venido a este país para barrer escaleras.
El due4o
@l hizo el conteo. Sus hombres no sabían sumar, o sumaban mintiendo. ?epiti% la
operaci%n, con#irm% le #altaba un animal.
,trap% al pe%n sospechoso, lo amarr% a una cuerda, mont% a caballo y de a rastras se lo
llev% le!os.
'esollado por los pedregales, el pe%n lleg% más muerto que vivo, pero don 9armen
<triago se tom% su tiempo y lo estaque% con esmero. 9lav% las horquetas, una por una,
y a cada horqueta at%, con tientos húmedos, las manos, los pies, la cintura y el
pescuezo del condenado.
Los restos del pe%n lloraban
-0o le pago la novilla, le doy lo que sea, la vida le doy...
-La vida. 4so te estoy cobrando. (or #in encuentro a alguien que está de acuerdo
conmigo -comprob% don 9armen, desde lo alto del caballo. 0 se ale!%, trotando en el
polvo.
&estigos no hubo, más que el caballo, que ya es muerto. 'el pe%n, comido por las
hormigas y los soles, no se guard% ni el nombre s%lo qued% un esqueleto, con los
brazos en cruz, sobre la tierra ro!a.
0 don 9armen no era hombre de andar hablando de estas cuestiones, porque la
propiedad privada #orma parte de la vida privada, y la vida privada es cosa de uno.
Sin embargo, ,l#redo ,rmas ,l#onzo lo cont%. 4l estuvo sin estar, y vio sin ver, como vio
cuanta cosa ocurri%, desde que el mundo es mundo, en el vasto valle que el río =nare
parte por la mitad.
El delegado
4n algo se parecen. 4n 2rasil, como en todas partes, los políticos más poderosos, los
generales más condecorados, los sumos sacerdotes de la <glesia, los caudillos populares,
los millonarios notorios, los ídolos del #utbol, los campeones de atletismo, los reyes del
volante, las estrellas de la televisi%n, los cantantes de )1ito y los genios del arte tienen,
todos, algo en común son, todos, mortales.
7aime Sabino había estudiado muy bien este asunto. 0 cada vez que algún #amoso
cumplía su destino, )l era el primero en enterarse y el primero en aparecer. , la
velocidad de la luz, 7aime acudía al entierro del di#unto o di#unta, #uera donde #uese,
desde el suburbio de ?ío de 7aneiro donde )l era humilde empleado de una o#icina
pública. ,travesaba sin problemas todos los controles y los cordones de seguridad
0o vengo en representaci%n de los doscientos mil habitantes de 3il%polis decía.
9ualquiera puede parar a una persona, pero nadie es capaz de prohibir el paso a
doscientas mil personas. 0, de inmediato, 7aime ocupaba el lugar e1acto en el momento
e1acto. 7usto cuando se encendían las cámaras de la televisi%n y los #lashes de los
#ot%gra#os, )l estaba cargando al hombro el ataúd de la gloria nacional que había de!ado
un vacío imposible de llenar, o aparecía estirando el cuello, parado en puntas de pie,
entre los parientes más cercanos y los amigos más íntimos. Su cara compungida era
in#altable en los noticieros y en los peri%dicos.
Los periodistas lo llamaban papagayo de pirata. (or envidia.
La ultratumba
Según dicen los que saben, los enterradores con#undieron los muertos. (alada va,
palada viene, han metido a 3enona Santamaría en la tumba de ;roilán ?otundo, y
;roilán ?otundo ha ido a parar a la tumba de 3enona Santamaría.
La virtuosa mu!er, que yace ba!o la lápida del canalla, no recibe #lores ni visitas. 4l,
hombre de in#ame memoria en todo el gol#o de +aracaibo, tan malo que la gente hacía
cola para odiarlo, tiene un !ardín encima y nunca le #altan dolientes con quienes
conversar.
, Socorrito, la hi!a de 3enona, le suena rara la voz de la mamá, un vozarr%n de mat%n
borracho, pero ha de ser la muerte, piensa, que la ha de!ado ronca. Sentada en el suelo,
!unto al mármol tapado por la #lorería, Socorrito cuenta tristuras y recibe conse!os.
Le gusta la ropa a!ena
?%bala.
4l padre está gagá
4chalo.
4l pueblo la aburre
"u)malo.
4l beb) no la de!a dormir
+artíllalo.
La vecina miente
+átala.
4l marido huele a per#ume de otra
'estrípalo.
4lla se siente #ea
Suicídate.
El león 5 la )iena
Los poetas y los artistas del pincel y del cincel aman desde siempre al le%n, que vibra en
los himnos, #lamea en las banderas y custodia castillos y ciudades, pero a nadie se le ha
ocurrido nunca cantar a la hiena, ni inmortalizarla en la tela o el bronce. 4l le%n da
nombre a santos y papas y emperadores y reyes y plebeyos, pero no hay noticia de que
ninguna persona se haya llamado o se llame >iena.
Según los estudiosos de la vida de los bichos, el le%n es un mamí#ero carnívoro de la
#amilia de los #)lidos. 4l macho se dedica a rugir. Las hembras se ocupan de conseguir la
comida, un menú de cebras o venados, mientras el macho espera. 9uando la comida
llega, el macho se sirve primero. 'e lo que sobra, comen las hembras. 0 al #inal, si algo
queda todavía en el plato, comen los cachorros. Si no queda nada, se !oden.
La hiena, mamí#ero carnívoro de la #amilia de los hi)nidos, tiene otras costumbres. 4s el
caballero quien trae la comida, y )l come último, despu)s de que se han servido los
niños y las damas.
(ara elogiar, decimos 4s un le%n. 0 para insultar 4s una hiena.
6'e que se ríe la hiena/ 6Se ríe de nosotros/
Adi%inan&as
(iaban los niños y los pollitos alrededor de doña +aría de las +ercedes +arín, que
cloqueaba mientras caminaba arro!ando granos de maíz a sus muchas gallinas. 4n eso
estaban, aquel día como todos los días, cuando un autom%vil emergi%, resplandeciente,
de una nube de polvo en el camino que venía de Santo 'omingo.
Sin saludar, sin presentarse, un señor de tra!e y corbata y maletín pregunt% a doña
+aría de las +ercedes
YSi yo le digo, e1actamente, cuántas gallinas tiene, 6usted me da una/
4lla no di!o nada.
4l señor encendi% su computadora (entium <<< a JII +hz, activ% el 8(S, el sistema
0ahoo de #otos satelitales y el contador de pi1els y, enseguida in#orm%
Y6=sted tiene ciento treinta y dos gallinas Yy atrap% una y la apret% entre los brazos.
'oña +aría de las +ercedes pregunt%
YSi yo le digo en qu) traba!a usted, 6me devuelve la gallina/ 4l señor sonri%
Y(or supuesto.
(ero la sonrisa se le borr% de los labios cuando ella adivin%, sin la menor vacilaci%n, que
)l era un e1perto de alguna organizaci%n internacional.
Y69%-c%mo lo supo/ Ytartamude%, mientras de!aba la gallina en el suelo.
0 ella le e1plic% que era muy #ácil. 4l había venido sin que nadie lo llamara, se había
metido en su gallinero sin pedir permiso, le había dicho algo que ella ya sabía y había
cobrado por eso.
El presupuesto de guerra
Los monarcas europeos habían tenido la gentileza de civilizar el ,#rica negra. >abían
cazado, encadenado y vendido a sus hi!os más #uertes; le habían robado el oro, el mar#il
y los diamantes; le habían roto el mapa y se habían repartido los pedazos.
(ara completar la educaci%n de los brutos de cabeza dura, 4uropa lanz% despu)s
diversas e1pediciones militares de castigo y escarmiento.
, #ines del V<V, los soldados británicos cumplieron en 2enín una de esas operaciones
pedag%gicas.
'espu)s de la carnicería, y antes del incendio, se llevaron el botín.
4l botín de guerra era la mayor colecci%n de arte a#ricano !amás vista en 4uropa. Las
máscaras y esculturas, arrancadas de sus santuarios, despertaron en Londres más
curiosidad que admiraci%n.
4sos e1%ticos #rutos del zool%gico negro s%lo podían interesar a los coleccionistas
e1c)ntricos y a los museos dedicados a las costumbres primitivas. (ero la reina Cictoria
los mand% a remate, el martillo ba!% una y otra vez, y el dinero alcanz% para pagar
todos los gastos de la misi%n militar.
4l arte de 2enín, que narraba mil años de historia, #inanci% así la devastaci%n del reino
donde ese arte había nacido y sido.
El palaio de despu/s
4l #undador de la dinastía "in pas% la vida entera #abricando su tumba. 9omenz% la
tarea el día que se sent%, a los diez años de edad, en el trono imperial de 9hina; y
desde entonces estuvo ocupado, noche y día, en la construcci%n de su muerte.
4l mausoleo, grande como una ciudad, crecía y crecía, mientras iba creciendo tambi)n el
e!)rcito que iba a custodiarlo. 9on barro cocido eran modelados los guerreros, que así
nacían a salvo de la ve!ez y la traici%n.
La muerte esper%. 4l emperador "in Shi >uang &i iba a cumplir cincuenta años, cuando
comprob% que ya no había nada más que hacer. 4staba completo el e!)rcito de siete mil
guerreros, con sus armas y corazas y caballos, y el gigantesco monumento #unerario
había alcanzado la per#ecci%n. 4l emperador con#irm% que ya no eran posibles más
cambios, ni correcciones, ni ampliaciones. La misi%n estaba cumplida; y la muerte lo
recompens% matándolo.
+aneras de morir
Llueve muerte. 4n el moridero caen los colombianos por bala o cuchillo, por machetazo
o garrotazo, por horca o #uego, por bomba que viene del cielo o mina que estalla ba!o
los pies.
=na chalupa lleva a 9arlos 2eristain a lo largo de los ríos (erancho y (eranchito. 4n la
selva de =rabá, ba!o un techo de palo y palma, una mu!er llamada 4ligia se abanica y
dice, o desea
-"u) rico sería morir naturalmente.
Llamadas
4l bombero ingl)s +ar$ 3eTman se abri% paso, a golpes de hacha, y entr% en un vag%n
del tren que se había estrellado contra otro tren a la salida de la estaci%n de (addington.
4l vag%n estaba tumbado. , trav)s del humo, que agregaba niebla a la niebla, +ar$
pudo ver a los pasa!eros caídos unos sobre otros, maniquíes rotos en pedazos entre las
maderas en astillas y los hierros retorcidos; y con su linterna recorri% esos restos
buscando, en vano, algún signo de vida.
3o se oía ni un gemido. S%lo rompían el silencio los timbrazos de los tel)#onos m%viles,
que llamaban y llamaban y llamaban desde los muertos.
La lu&
4n <#), la ciudad sagrada del reino de los yorubas, estaba agonizando un vie!o. 4l
moribundo entreg% una moneda a cada uno de sus tres hi!os, y anunci%
-&odo lo que tengo será de quien pueda llenar mi dormitorio.
0 ba!o el portal esper%, en la estera donde yacía.
9on su moneda, el hi!o mayor compr% pa!a, y la pa!a llen% el dormitorio hasta la mitad.
9on su moneda, el hi!o segundo compr% arena, pero la arena no lleg% hasta el techo.
9on su moneda, el tercer hi!o compr% una vela, y la encendi%.
La Luna
La luna nueva, luna verde, no quiere siembras. La luna creciente, luna azul, embaraza la
tierra.
La luna llena, luna blanca, alborota a los lunáticos, a los alunados, a las mu!eres y a la
mar.
La luna amarilla viene con tormenta.
La luna ro!a trae guerra y peste.
9uando hay luna negra, luna ninguna, el cielo está mudo y el mundo bosteza.
9atalina ,lvarez <nsúa, que está dando sus primeros pasos en el mundo, alza los brazos
al cielo y llama
-.Luna, venA
9 de mar&o de *9*:; Am/ria Latina in%ade los Estados Unidos
,m)rica Latina invade los 4stados =nidos. Llueve hacia arriba. La gallina muerde al
zorro y la liebre #usila al cazador. (or primera y única vez en la historia, soldados
me1icanos invaden los 4stados =nidos.
9on la descua!aringada tropa que le queda, quinientos hombres de los muchos miles
que tenía, (ancho Cilla atraviesa la #rontera y gritando .Civa +)1icoA asalta a balazos la
ciudad de 9olumbus.
9ampos de 9hihuahua y 'urango. La agu!a en el pa!ar
=na e1pedici%n de castigo, diez mil soldados y mucha artillería, entra en +)1ico para
cobrar a (ancho Cilla el insolente ataque a la ciudad norteamericana de 9olumbus.
-.4n !aula de hierro nos vamos a llevar a ese asesinoA- proclama el general 7ohn
(ershing, y le hace eco el trueno de sus cañones.
, trav)s de los inmensos secarrales del norte, el general (ershing encuentra varias
tumbas -,quí yace (ancho Cilla- sin Cilla adentro. 4ncuentra serpientes y lagarti!as y
piedras mudas y campesinos que murmuran pistas #alsas cuando los golpean, los
amenazan o les o#recen en recompensas todo el oro del mundo.
,l cabo de algunos meses, casi un año, (ershing se vuelve a los 4stados =nidos. Se
lleva sus huestes, larga caravana de soldados hartos de respirar polvo y de recibir
pedradas y mentiras en cada pueblito del casca!oso desierto. 'os !%venes tenientes
marchan a la cabeza de la procesi%n de humillados. ,mbos han hecho en +)1ico su
bautismo de #uego. 'Tight 4isenhoTer, reci)n salido de Sest (oint, está iniciando con
mala pata el camino de la gloria militar. 8eorge (atton escupe al irse de este país
ignorante y medio salva!e.
'esde la cresta de una loma, (ancho Cilla contempla y comenta
-Cinieron como águilas y se van como gallinas mo!adas.
Los emigrantes0 a)ora
(or tierra y por agua, marchan las inmensas caravanas. Cia!an desde el sur hacia el
norte y desde el sol naciente hacia el poniente.
4ste es el )1odo de los #ugitivos del hambre y de la desesperanza. Cienen desde el sur
del río 2ravo, desde las orillas a#ricanas del mar +editerráneo y desde las tierras de
:riente. Les han robado su lugar en el mundo, han sido despo!ados de sus traba!os y
sus tierras. (recios de ruina, salarios de hambre, suelos e1tenuados, bosques arrasados,
ríos envenenados los desterrados de la globalizaci%n peregrinan inventando caminos,
golpeando puertas, queriendo casa.
41pulsados, rechazados, prohibidos no tienen para o#recer nada más que sus brazos.
4stán cerradas para ellos las #ronteras que mágicamente se abren al paso del dinero y
de las cosas.
4n cuarenta países, a lo largo de varios años, Sebastiño Salgado ha #otogra#iado esta
tragedia.
&odo está contado en trescientas imágenes, que caben en un segundo.
64n un segundo/ WW4s por la alta velocidad de obturaci%nWW, e1plica Salgado la luz que ha
entrado en la cámara, todo a lo largo de tantas #otogra#ías, suma apenas un segundo.
=na guiñada de los o!os del sol. 0 toda esta desventura de millones y millones de
náu#ragos no es, al #in y al cabo, más que un instantito en la memoria del tiempo. =n
instantito, y nada más que eso. Las #otogra#ías no quieren que el olvido lo mate.
El sol
4n algún lugar de (ennsylvania, ,nne +ira$ traba!a como ayudante del sol. 4lla está en
el o#icio desde que tiene memoria. ,l #in de cada noche, ,nne alza sus brazos y empu!a
al sol, para que irrumpa en el cielo; y al #in de cada día, ba!ando los brazos, acuesta al
sol en el horizonte.
4ra muy chiquita cuando empez% esta tarea y !amás ha #altado a su traba!o, porque ella
sabe que el sol la necesita.
>ace medio siglo, la declararon loca. 'esde entonces, ,nne ha pasado por varios
manicomios, ha sido tratado por diversos psiquiatras y ha engullido muchísimos
psico#ármacos. 3unca consiguieron curarla. +enos mal.
El parto
,l amanecer, doña &ota lleg% a un hospital del barrio de Lanús. 4lla traía un niño en la
barriga. 4n el umbral, encontr% una estrella, en #orma de prendedor, tirada en el piso.
La estrella brillaba de un lado, y del otro no. 4sto ocurre con las estrellas, cada vez que
caen en la tierra, y en la tierra se revuelcan de un lado son de plata, y #ulguran
con!urando las noches del mundo; y del otro lado son de lata nomás.
4sa estrella, apretada en un puño, acompañ% a doña &ota en el parto.
4l reci)n nacido #ue llamado 'iego ,rmando +aradona.
El fuego
'e la primera civilizaci%n, se salvaron las palabras. Las palabras parecen huellas de
pá!aros. +anos maestras las dibu!aron en la arcilla, con cañitas a#iladas que hacían las
veces de lapiceras.
+iles de libros de barro nos cuentan, ahora, lo que los sumerios contaron hace más de
cuatro mil años.
*&odo cuanto hacemos no es más que viento*, dice uno de esos libros *Somos polvo y
nada*.
0 polvo son, ahora, los templos y los palacios de aquellos antiguos reinos de Sumer.
(ero las palabras quedaron. 3o #ueron devoradas por la lepra del tiempo. Las antiguas
voces sobrevivieron gracias al #uego, que coci% la arcilla. 4l #uego las guard%. 4l #uego,
que aniquila y salva, mata y da vida como los dioses, como nosotros.
El emperador
Las leyendas no se detienen en minucias. =na de ellas cuenta que un emperador de la
9hina #ue iluminado por la verdad, pero no nos ha dicho su nombre ni su dinastía ni su
tiempo.
4l emperador llam% a su conse!ero principal, y le con#i% su angustia
- 3adie me teme -di!o.
9omo sus súbditos no lo temían, tampoco lo respetaban. 9omo no lo respetaban,
tampoco lo obedecían.
- ;alta castigo -opin% el conse!ero.
4l emperador di!o que )l mandaba azotar a quien no pagaba el tributo, que sometía a
lento suplicio a quien no se inclinaba a su paso y que enviaba a la horca a quien osaba
criticar sus actos.
- (ero esos son los culpables -di!o el conse!ero. 0 e1plic%
- 4l poder sin miedo se desin#la como el pulm%n sin aire. Si s%lo se castiga a los
culpables, s%lo los culpables sienten miedo.
4l emperador medit%, en silencio, y di!o
- 4ntiendo.
0 mand% al verdugo que cortara la cabeza del conse!ero, y dispuso que toda la poblaci%n
de (e$ín asistiera al espectáculo en la (laza del (oder 9elestial.
'espu)s del conse!ero, otros inocentes #ueron decapitados.
4l emperador tuvo larga vida y #eliz gobierno.
Desmirar
>acía más de un año que 2etina 2enavídez no conseguía levantar los párpados. 4l
m)dico del hospital crey% que podía ser un caso de miastenia, una en#ermedad rara;
pero los análisis de sangre y todos los e1ámenes decían que 2etina era una !oven
saludable. &ampoco el oculista encontr% nada; y 2etina seguía día y noche con los
párpados caídos, encerrada en la chacrita de su #amilia, en las a#ueras de +ontevideo.
6Sería una huelga de o!os/ 6Los o!os se habían cansado de mirar, y habían perdido las
ganas de seguir mirando/ Caya uno a saber el hecho es que despu)s tambi)n el
coraz%n se cans% de latir, y perdi% las ganas de seguir latiendo.
9iega del mundo, 2etina muri% a la medianoche del QG de diciembre de RIII, mientras
morían el año, el siglo y el milenio, quizá cansados de mirar y ver lo que veían.
Los tesoros esondidos
4l ta1i hacía piruetas de circo, pero no había manera de abrirse paso. 3os resignamos.
4l destino y el embotellamiento del tránsito nos mandaban quedarnos quietos en esa
calle de 8uadala!ara, hasta que alguna vez se acabara la eternidad.
,lguien golpe% la ventanilla. La sueñera me hizo violar la regla más elemental de la
seguridad urbana; y abrí. 0 ese alguien me entreg% una tar!eta, o más bien un tar!et%n,
y se ale!% entre los autom%viles.
"#a $isto arder%, leí. (egu) un respingo. 0 en la línea siguiente "#a escuchado
secretos% 0 despu)s "Sabe de alg&n tesoro oculto en haciendas, casas antiguas o
monta'as% 4l te1to aconse!aba (o espere más, y o#recía el servicio más moderno y
pro#esional. ,l dorso, #iguraba el tel)#ono, el #a1 y el e-mail de la empresa de 2enito
9hávez >., especializada en encontrar tesoros escondidos.
&om) nota, por si alguna vez me canso de buscar escribiendo.
El dotor
4l pueblo de 9erro 9hato no tiene ningún cerro, ni chato ni puntiagudo. (ero 7avier
Oeballos recuerda que 9erro 9hato tenía, en los tiempos de su in#ancia, tres comisarios,
tres !ueces y tres doctores.
=no de los doctores, que vivía en el centro, era la brú!ula de los mandados. La mamá de
7avier lo orientaba así
-'e la casa del 'octor 8alarza, vas dos cuadras para aba!o.
-4sto queda en la esquina del 'octor 8alarza.
-,ndá a la #armacia que está a la vuelta del 'octor 8alarza.
0 allá marchaba 7avier. , cualquier hora que pasara por allí, con sol o con luna, el 'octor
8alarza estaba siempre sentado en el portal de su casa, mate en mano, dando cumplida
respuesta a los saludos de los caminantes, buenos días, 'octor; buenas tardes, 'octor;
buenas noches, 'octor.
0a 7avier era hombre crecido, cuando se le ocurri% preguntar por qu) el 'octor 8alarza
no tenía consultorio m)dico ni estudio !urídico. 0 entonces se ente- r% de que el 'octor
no era se llamaba. ,sí había sido anotado en el ?egistro 9ivil 'octor de nombre,
8alarza de apellido. 4l papá quería un hi!o con diploma, y aquel beb) no le parecía
digno de con#ianza.
.onras f3nebres
4scuchando o leyendo los cuentos de +onteiro Lobato, los niños del 2rasil habían
aprendido a ser brasileños y magos. 9uando el escritor muri%, ellos #ueron sus
hu)r#anos.
(ero los niños no acudieron al cementerio. 'os oradores, adultos, di!eron adi%s a
+onteiro Lobato. 0 cada uno lo reivindic% como militante de su partido ?ossini 9amargo
8uarnieri despidi% al camarada comunista, y (hebus 8icovate habl% en homena!e al
camarada trots$ista.
,penas terminaron sus discursos #únebres, los dos se trenzaron en áspero debate.
'iscutían en plural, como correspondía a los asuntos de la revoluci%n mundial
-.?enegadosA
-.'ivisionistasA
-.2ur%cratasA
--.(rovocadoresA
-.=surpadoresA
-.&raidoresA
-.,sesinosA
Los argumentos iban y venían. 4l combate ideol%gico #ue subiendo de tono, hasta que
los polemistas pasaron a los puños y golpeándose rodaron y cayeron, !untos, en la #osa
abierta.
'oña (urezinha, la viuda, alzaba los brazos implorando respeto al di#unto.
Seguramente ella no sabía que +onteiro Lobato estaba muri)ndose de nuevo, pero
muri)ndose de la risa. 4ra )l, vie!o enemigo de todas las solemnidades, quien se
divertía dirigiendo aquella tri#ulca, desde su ataúd.
El faro
-6"u) vas a ser cuando seas grande/ -me preguntaban los grandes, y yo mentía que no
sabía.
(ero sabía. 0o iba a ser !ugador de #utbol, santo o pintor.
(or patadura y por pecador tuve que renunciar, desde temprano, a la pelota en los pies y
al halo en la cabeza. ,lgún tiempito más me duraron las ilusiones del pincel en la mano
un vecino de casa, 8iscardo ,m)ndola, artista pro#esional, era tan bondadoso que me
estimulaba a seguir cometiendo chambonadas contra su noble o#icio. =n día, ,m)ndola
me hizo el honor de invitarme a acompañarlo. =n bar de la costa, 4l +alec%n, que tenía
ventanales abiertos sobre la playa, le había encargado un mural. ;uimos caminando.
,m)ndola no llev% ca!a de pinturas, ni pinceles, ni escalera, ni nada. 3o era así como yo
me imaginaba a +iguel ,ngel camino de la 9apilla Si1tina, pero no hice preguntas.
3os esperaba una gran pared, toda pintada de negro. ,m)ndola se plant% ante la pared
y allí se qued%, un largo rato, mirándola #i!o. 9ada tanto, se rascaba el ment%n. 0 yo
pensaba 6Ca a pintarla, o va a hipnotizarla/
(or #in, sac% del bolsillo una moneda de cinco reales, una gran moneda de plata, de
borde dentado, y se subi% a una silla. +oneda en mano, atac% la pared. 0 el #ilo de la
moneda hiri% la pared con largas líneas blancas, que se cruzaban sin ton ni son. 0o lo
miraba hacer, callado la boca, sin entender esa esgrima; hasta que despu)s de unas
estocadas, vi aparecer un #aro en la negrura, un poderoso #aro que se alzaba entre las
rocas y daba luz al olea!e bravío.
>an pasado los años, y todavía creo que la negra pared de aquel bar había estado
esperando ese #aro, un #aro nacido de una moneda, para salvar del nau#ragio a los
marineros de los barcos y a los borrachitos del mostrador. 4ra eso lo que la noche de la
pared estaba necesitando; y el artista era artista porque había sabido escucharla.
Celebraión de la fantas!a
;ue a la entrada del pueblo de :llantaytambo, cerca del 9uzco. 0o me había despedido
de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de le!os las ruinas de piedra, cuando un
niño del lugar, enclenque, haraposo, se acerc% a pedirme que le regalara una lapicera.
3o podía darle la lapicera que tenía, por que la estaba en no s) que aburridas
anotaciones, pero le o#recí dibu!arle un cerdito en la mano.
Súbitamente, se corri% la voz. 'e buenas a primeras me encontr) rodeado de un
en!ambre de niños que e1igían, a grito pelado, que yo les dibu!ara bichos en sus
manitas cuarteadas de mugre y #río, pieles de cuero quemado había quien quería un
c%ndor y qui)n una serpiente, otros pre#erían loritos o lechuzas y no #altaba los que
pedían un #antasma o un drag%n.
0 entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito que no alzaba mas de un
metro del suelo, me mostr% un relo! dibu!ado con tinta negra en su muñeca
- Me lo mandó un t)o m)o, *ue $i$e en +ima- di!o
- Y anda bien- le pregunt)
- ,trasa un poco- reconoci%.
La abuela
9uando mira una montaña, +iriam +íguez quisiera atravesarla con la mirada para entrar
al otro lado del mundo. 9uando mira su in#ancia, ella tambi)n quisiera atravesar con la
mirada esos años idos, para entrar al otro lado del tiempo. ,l otro lado del tiempo, está
la abuela. 4n su casa de 9%rdoba, la abuela escondía algunas ca!as secretas. , veces,
cuando +iriam y ella estaban a solas, y no había peligro de que algún intruso asomara
la nariz, la abuela entreabría sus tesoros y de!aba que la nieta viera. ,quellos botones,
piedritas, caracoles, lente!uelas, plumas de pá!aros, llaves vie!as, palillos de ropa, trapos
de colores, ho!as secas y recortes de revistas parecían cosas, y nada más que cosas;
pero las dos sa-bían que eran mucho más que cosas. 9uando la abuela muri%, todo eso
desapareci%, quizá quemado o arro!ado a la basura.
+iriam tiene, ahora, sus propias ca!as secretas. , veces las abre para quien sepa verlas.
La maldiión
3aci% llamándose Langland. 4ra una nave de tres palos y casco de hierro, que llevaba a
4uropa salitre de 9hile y guano de (erú.
9uando cumpli% RI años, pas% a llamarse +aría +adre; y ahí empez% la mala suerte.
4lla sigui% cumpliendo sus travesías de la mar, pero la desgracia la perseguía, y andaba
de mal en peor.
, principios de siglo, ya dolida de muchas averías, qued% atrapada en el puerto de
(aysandú. ,llí estuvo prisionera, durante UI años, por no s) qu) enmarañado pleito por
algún contrato no cumplido.
4n GHUR, #ue re#lotada. 0 nuevamente cambi% de nombre. Llamándose 9lara 0, volvi% a
la mar. Oarp% con un cargamento de mil toneladas de sal.
, poco andar, a la salida del río de la (lata, una nube gigante, en #orma de cigarro, se
elev% desde el horizonte. +ala señal en seguida volaron las olas como banderas locas y
el viento pampero embisti% a la 9lara 0, le rompi% el tim%n y los mástiles y todo lo
demás y arro!% a tierra los despo!os. 4lla cay% abatida en la playa Las 'elicias, a los pies
de la casa de Lorenzo +arcenaro. ...)l era el hombre que la había bautizado por tercera
vez.
'esde entonces, ninguna nave se atreve a cambiar de nombre en esta agua del sur. La
mar es libre; pero sus hi!as, las naves, no.
Los ontribu5entes
4n dinero pagamos, cada día, el impuesto al valor agregado. 0 en desdicha contante y
sonante pagamos, cada día, el impuesto al dolor agregado.
&odos pagamos el impuesto al dolor agregado, que se aplica en escala universal, aunque
los tratados de 'erecho &ributario ni siquiera lo mencionan.
Las autoridades planetarias, abocadas a la tarea de convertir al mundo en un lugar
insoportable, agregan dolor al dolor humano, y nos cobran ese #avor que nos hacen.
'esde hace unos cuantos miles de años, sabemos que hay dolores que no tienen
remedio, las inevitables palizas que nos pegan el amor, el tiempo y la muerte; pero el
dolor agregado se dis#raza de #atalidad del destino, como si #ueran la misma cosa la
#ugacidad del empleo y la #ugacidad de la vida.
2ra%es!a
,sí ha sido, y sigue siendo. 'esde mucho antes de que hubiera gente en el mundo, las
mariposas via!an.
9uando el otoño anuncia que se viene el #río, ellas abandonan las costas del norte de
,m)rica y vuelan hacia los bosques de los volcanes en el centro de +)1ico. =n luminoso
río de mariposas #luye, entonces, a trav)s del cielo. +uy larga es la travesía sobre
playas y praderas y ciudades y sobre los grandes lagos y las cadenas montañosas y el
desierto de nunca acabar. 4l suave olea!e, olas de alas, va de!ando, a su paso, una
estela de color naran!a en las alturas.
+ientras dura el via!e, muchas mariposas mueren volteadas por los vientos y las lluvias,
y todas las demás mueren porque se acaba su breve vida en el mundo. 'e las que han
partido, ninguna llega; pero el via!e sigue, y sigue. Las mariposas van muriendo en el
camino, y en el camino van naciendo. Las que aterrizan en los bosques del sur son las
tataranietas de las que habían iniciado el vuelo en el norte le!ano.
La má<uina
4ran dos los hu)spedes del manicomio de 3igua que tenían máquina propia.
7úver 4scobar, que no se había enterado del #in de la guerra mundial, había armado un
aparato para detectar los submarinos alemanes y los aviones !aponeses que andaban
rondando el manicomio.
'e más alto nivel tecnol%gico era la máquina de ?úsbel 3icodemo, una mezcla de radio,
tel)#ono y plancha, provista de manivela y micr%#ono, que le había devuelto la vida
cuando )l se muri% porque la sangre se le cua!% como morcilla. 'esde entonces, el
resucitado, que no creía en nadie, s%lo tenía #e en su máquina. 4lla era la única que
nunca le mentía.
9ada vez que conseguía permiso para salir del manicomio, ?úsbel se iba a la calle 4l
9onde, y allí pasaba las horas mirando pasar a las muchachas de la alta sociedad de
Santo 'omingo.
Siempre había una que brillaba entre todas las demás, y tras sus luces caminaba
?úsbel, a respetuosa distancia, hasta la puerta de la casa. 4sa noche, la máquina le
in#ormaba
- 4lla te adora, ella muere por ti.
0 al día siguiente, ?úsbel salía al cruce de la dama luminosa, y le preguntaba
-6>asta cuándo seguirás #ingiendo desd)n/ &u boca calla, pero yo escucho la voz de tu
coraz%n.
0 así, día tras día. 0 la estatua, sorda y ciega, seguía, sin detenerse, su camino. >asta
que a ?úsbel se le agotaba la paciencia, y le gritaba cobarde, engañera, mentirosa. 3o
por despecho por indignaci%n. @l no toleraba los simulacros.
Siempre terminaban igual sus permisos de salida. =na tremenda paliza, y de vuelta al
manicomio, donde 7úver estaba organizando la de#ensa, porque ya >itler y >irohito
habían #irmado la orden de ataque.
La abnegada
La esposa hacendosa no retoza ni reposa.
7ulieta, la señora de 9amargo, vivi% obedeciendo, por mandato bíblico y por tradici%n
hist%rica. (ara entonces ya se habían di#undido bastante la máquina lavarropas, la
aspiradora el)ctrica y el orgasmo #emenino, que habían llegado poco despu)s de la
penicilina; pero 7ulieta s%lo salía para hacer las compras, y no se enteraba más que de
los chismes del barrio.
4lla barría, lustraba, en!abonaba, en!uagaba, planchaba, cosía y cocinaba. , las doce en
punto de cada día servía el almuerzo, y a las ocho en punto la cena. 4scuchaba al
marido sin abrir la boca; y entraba en la cama rogando a 'ios que )l estuviera dormido.
=na vez, 7ulieta #ue a visitar a una hermana en#erma. ?egres% al atardecer, y encontr%
al marido muerto. =n vecino, 8erardo +endive, la vio cuando ella abri% la puerta al
m)dico. 4staba vestida de luto.
'esde entonces, dicen, 7ulieta cambi% de barrio, de nombre y de vida. &ambi)n dicen
que, años despu)s, ella corrigi% algún errorcito de esta versi%n de los hechos. Se lo
cont%, dicen, a una sobrina.
9uando volvi% de casa de la hermana, 7ulieta encontr% al marido pataleando y
boqueando, bizco y de color tomate.
0a va a estar, querido, no te impacientes.
9ocin% un banquete de ravioles de salm%n y merluza a la vasca y a las ocho en punto
sirvi%, como de costumbre, la cena. 9omprob% que )l estaba de#initivamente quieto, se
visti% de negro y llam% por tel)#ono al doctor.
La %engan&a
La casa, todavía en pie, parece viva; pero ha muerto por as#i1ia. Según la gente
del lugar, esta #ue la primera casa de >ernán 9ort)s en tierras de +)1ico.
9ort)s mand% que #uera hecha de adobe y piedras del río >uitzilapan y corales de
los arreci#es de la mar, cerquita de la ceiba donde había amarrado su nave
capitana.
4l conquistador no pudo adivinar que un árbol enorme vengaría, en los siglos por venir,
a esta tierra humillada. 4l árbol ha estrangulado su casa con mil brazos. ?amas, lianas y
raíces han aplastado las paredes, han invadido el patio y han tapiado las ventanas, por
donde ya no entra ni un poquito de luz. 4l tupido rama!e s%lo ha de!ado una puerta
abierta, para quien quiera asistir; mientras día tras día, siglo tras siglo, se sigue
cumpliendo la lenta ceremonia de la devoraci%n, ante la indi#erencia o el desprecio de
los vecinos.
+apa del tesoro
=na manchita de color púrpura vino creciendo desde más allá de la llanura. 4l autom%vil
se detuvo ante la casa de 9arlos 'íaz, el m)dico del cuartel de (araguarí. 4n estos
para!es !amás se había visto un coche así, tan inmenso y brillante y de color tan raro. 4l
autom%vil venía desde muy le!os, desde una gran hacienda a orillas del río das +ortes,
en el +ato 8rosso, pero parecía reci)n salido de la #ábrica o del sueño. 3i el polvo de los
caminos se había atrevido a tocarlo.
'os brasileños !%venes, intactos como su auto, traían a un paraguayo vie!o, que se caía
a pedazos
-?evíselo, doctor, que se siente mal.
4l m)dico le puso el estetoscopio en el pecho y le escuch% el coraz%n, que latía por
gentileza.
Los brasileños le o#recieron unos cuantos billetes, para que los acompañara hasta el #in
del via!e; y allí march% el m)dico.
'emoraron en llegar. , campo traviesa, el invulnerable autom%vil se abri% paso hasta un
rancho de terr%n y pa!a, perdido en las soledades de esas tierras sin nadie. -0o ba!o solo
-di!o el vie!o. 0 malandando se meti% en el rancho.
La espera #ue larga. Los perros #lacos se cansaron de ladrar y las gallinas entraron en
con#ianza y andaban picoteando entre las ruedas. 'ormido al sol, el auto hervía. -4ntre
usted, doctor, a ver qu) pasa.
4n la penumbra del rancho, el m)dico encontr% al vie!o tumbado en un catre. 'os
mu!eres le estaban poniendo trapos mo!ados en la #rente. 4l vie!o murmur%
-4sta es mi casa, doctor. ,quí me quedo. 'ígales que me perdonen, si pueden.
Los brasileños pusieron el motor en marcha y llevaron al m)dico de vuelta a su casa.
<ban mascullando la bronca. Le contaron que el vie!o venía traba!ando de pe%n en la
hacienda desde hacía más de treinta años, y una noche les habl% del tesoro. 4l mariscal
L%pez había enterrado un arc%n lleno de monedas de oro, cuando iba perseguido por los
invasores que lo mataron, y )l conocía el lugar, nadie más lo sabía el abuelo, que era
soldado de L%pez, se lo había dicho al oído, en el último suspiro. 4n sus años mozos,
di!o el vie!o, )l había escarbado mucho pozo buscando, pero se precisaba un detector.
0 ellos le habían creído, al principio no, pero despu)s sí, y habían mandado traer desde
4stados =nidos un detector que era el último grito de la tecnología y se habían venido
hasta aquí, con el detector y con el vie!o.
-'os semanas via!ando, para esto -di!o el que mane!aba.
0 el otro
-Cie!o tramposo. Si nos decía que quería morir en su casa, le pagábamos el pasa!e. 3o
le íbamos a negar ese #avor.
4se #avor, repiti% el m)dico en silencio. 0 sonri%.
La orilla
3o se animaban a meterse. 9on los o!os clavados en las olas, todos parados como
soldados en #ila, se medían el miedo y se atrevían, a lo sumo, a mo!arse los pies.
4ran niños venidos de tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca
en la playa de (iri%polis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar. 0
uno de aquellos niños que estaba descubriendo la mar y que no tenía o!os para ver
lo que estaba viendo, coment%
-.=n río de una sola orillaA
El aao
4l chocolate estaba prohibido a los mortales. La espumosa bebida era deleite de
los dioses, y s%lo de ellos, hasta que uno de ellos los traicion%.
"uetzalc%atl ba!% desde los cielos y se vino a vivir con los toltecas, gente su#rida
que se mataba traba!ando. ;ue )l quien les regal% esa alegría en la barba les
tra!o, escondidas, las cuatro semillas del cacao, que había robado a sus hermanos.
0 #ue adorado por los toltecas, que en el trono lo sentaron y alzaron un gran
templo, en la ciudad de &ula, para darle casa.
9uando los dioses vieron que los toltecas bebían chocolate, enviaron al dios de la
noche en misi%n de venganza. 4l dios de la noche se desliz% a la tierra por un
largo hilo de araña, se dis#raz% de mercader, se hizo amigo de "uetzalc%atl y lo
emborrach% con pulque. 0 los súbditos del rey de los toltecas vieron las ridiculeces
que hizo y escucharon las estupideces que di!o.
"uetzalc%atl despert% con tremenda cruda, boca sin saliva, cabeza de tambor.
>umillado, se #ue.
+arch% caminando hacia la mar le!ana, y allá se perdi%.
El Armonio
>erm%genes 9ayo se hizo devoto de la Cirgen del Lu!án hace más de medio siglo.
, pie lleg% a 2uenos ,ires, despu)s de mucho caminar, desde las le!anas alturas
de la puna de 7u!uy. @l vino !unto con otros muchos indígenas, que e1igían que el
gobierno les reconociera la propiedad de las tierras que traba!aban desde siempre.
0 entonces, como quien no quiere la cosa, se dio una vueltecita por Lu!án, donde
le habían dicho que había una catedral que era para caerse de espaldas.
9uando regres% a la puna, >erm%genes reprodu!o la catedral, en versi%n enana, a
la entrada de su pobrísima casa de piedra. 9on adobe hizo los arcos g%ticos, y
arm% los vitrales con pedacitos de botellas rotas, de todos los colores que
encontr%. La copia qued% id)ntica al original, pero un poco más linda. 7orge
(relorán la #ilm%, para de!ar constancia.
&iempo despu)s, >erm%genes escuch% un armonio en alguna iglesia perdida en
aquellas soledades. 3unca en su vida había escuchado un armonio, y descubri%
que no podía seguir viviendo sin eso. (ero poca es la gente y la distancia mucha,
allá en la puna, y la iglesia quedaba a varios días de caminata. 'e modo que
>erm%genes no tuvo más remedio que convencer al cura de que el armonio )se no
estaba sonando bien. 'iciendo ser un e1perto, o#reci% sus servicios para a!ustar el
instrumento. Lo desarm%, dibu!% cuidadosamente cada una de las piezas, y de
vuelta a casa se hizo un armonio propio, todo tallado en raíces de card%n.
4n ese armonio, que le ocup% la mitad de la casa, >erm%genes cantaba sus
gratitudes a la Cirgen del Lu!án, al #in de cada día.
La Canoa
Los ríos visibles #luyen, a trav)s de la tierra, hacia la mar.
Los ríos invisibles #luyen, a trav)s del aire, hacia el cielo.
(or los ríos invisibles, via!an los muertos. Los cuerpos quedan, se marchan las
sombras. Las sombras de las mu!eres y los hombres que mueren en las costas del
9hoc% navegan, en canoa, hacia más allá de las nubes.
Si el muerto es niño todavía, la madre tiene prohibido llorar. 4n la laguna de las
lágrimas, la canoíta se quedaría dando vueltas, y no subiría.
Las a%ispas
8ran señor era 8útapa. @l se pasaba la vida dormitando, hamaqueando, mientras
su mu!er, que ni nombre tenía, le rascaba la cabeza, le espantaba los mosquitos y
le daba de comer en la boca. 'e vez en cuando, 8útapa se levantaba y le
propinaba una buena paliza, para cuidarle la conducta y mantenerse en #orma.
9uando la mu!er huy%, harta de vivir sin vivir, 8útapa se lanz% a buscarla por los
barrancos del río ,mazonas. ,rmado con un palo, aporreaba cualquier posible
escondite de la #ugitiva; y en eso estaba cuando peg% con alma y vida un
garrotazo en un recoveco donde había un nido de avispas.
Las avispas se vengaron. ,cribillado de la cabeza a los pies, aullando de dolor,
8útapa consigui% regresar, a duras penas, a su hamaca. 0 ya no pudo levantarse.
(asaron seis, siete lunas. 8útapa seguía inm%vil, ardiente de #iebre, llorando de
rabia; pero ya no tenía el cuerpo hinchado. La hinchaz%n estaba toda en una
rodilla. 4l globo in#lado de la rodilla era transparente, y 8útapa veía que adentro
iban creciendo unos hombres y mu!eres minúsculos ellos tallaban #lechas de
cerbatanas y ellas te!ían canastas y collares.
, la novena luna, la rodilla revent% y los indios ti$unas salieron al mundo. Los
reci)n llegados #ueron recibidos por la algarabía del loro ala azul y el loro
guayabero y el loro uvero y otros comentaristas.
Los )impan/s
Los dioses no estaban !ugando a los dados. <nspirados por la generosidad y el
sentido común, ubicaron a los primeros seres humanos en el [#rica quisieron
evitarnos los gastos en cale#acci%n y las tristezas de la vida sin sol. Los dioses nos
hicieron ese #avor, a nosotros y a todos los demás miembros de la #amilia de los
monos.
(ero el tiempo pas%, los humanos nos hemos desparramado por el mundo, y
hemos encerrado a nuestros primos más peludos en los zool%gicos.
+uchos chimpanc)s, arrancados de la selva a#ricana, viven en el zoo de ,rnhem,
en el helado norte de 4uropa. 4llos pasan la mayor parte del año encerrados en un
edi#icio, que los salva de morir durante los largos meses de nieve y oscuridad.
9uando llega la primavera, y escuchan el ruido de los portones que se abren,
cantan a coro un himno a la alegría en versi%n chimpanc), y se lanzan al sol. 0 por
poco que el sol sea, celebran la buena noticia rodando en la intemperie.
La )oguera
, la luz del #uego, se celebra la iniciaci%n del verano en la playa del poniente. La
inmensa hoguera se arma al modo marinero, sobre la rosa de los vientos de cuatro
barcas en cruz. Los vecinos de 8i!%n limpian sus casas y sus almas arro!an al
#uego sus trastos vie!os y sus deseos vie!os, cosas y sentires gastados por el
tiempo, para que lo nuevo nazca.
4l #uego rompe a la medianoche.
,l amanecer, arde todavía.
La forja
,ntiguas certezas del [#rica negra la palabra, hi!a y madre del silencio, es, como
el silencio, sagrada. 0 sagrado es el #uego, que !unta a la gente para decir y callar.
4n el #og%n y en la #or!a, templos secretos, la palabra y el silencio celebran las
ceremonias de gratitud al #uego. 4n el #og%n, el #uego hace la comida. 4n la #or!a,
el #uego hace que el hierro prolongue la mano. 4l taller del herrero es el santuario
donde el hierro al ro!o se convierte en azada, pico o pala, para traba!ar la tierra, y
en cuchillo, hacha o lanza, para de#enderla.
Las ometas
,caba la estaci%n de las lluvias, el tiempo re#resca, en las milpas el maíz ya se
o#rece a la boca. 0 en el pueblo de Santiago Sacatep)quez crece, en cada casa,
una cometa mucho más grande que cada casa. 3o hay vecino que no sea un
artista de las cometas, capaz de combinar, con mano maestra, los colores que van
#ormando #lores o soles o estrellas en círculos sucesivos.
'espu)s, las cometas se despliegan #uera de casa, y en la intemperie se pegan a
las armazones de caña. 4ntonces estos pá!aros inmensos, de plumas de papel,
esperan que llegue la hora del vuelo.
9uando amanece el 'ía de los +uertos, las cometas más grandes del mundo se
alzan sobre el cementerio y ondulan en el aire, hasta que rompen las cuerdas que
las atan y en el aire se pierden.
,llá aba!o, al pie de cada tumba, la gente cuenta a sus muertos los chismes y las
novedades del pueblo. Los muertos no contestan. 4llos están gozando esa #iesta
de colores que ocurre allá arriba, donde las cometas tienen la suerte de ser viento.
El uniforme de trabajo
9iento treinta y cinco años despu)s de su muerte, ,braham Lincoln andaba por las
calles de 2altimore, ,nnapolis y otras ciudades de +aryland.
Lincoln entraba en cualquier comercio. &ocándose el ala del sombrero de copa,
inclinaba el cuerpo en una leve reverencia. 4studiaba el panorama con sus
incon#undibles o!os melanc%licos, mientras se rascaba la barba grisácea sin
bigotes, y despu)s e1traía de la levita negra una pistola +agnum QPK. 4n su estilo
directo, de hombre que va al grano y no se anda con vueltas, decía
-La bolsa o la vida.
'urante el mes de mayo del año RIII, Bevin 8ibson asalt% once tiendas, siempre
dis#razado de ,braham Lincoln, hasta que la policía lo atrap% y lo meti% en la
cárcel.
8ibson está preso desde entonces. &iene cárcel para rato. @l se pregunta por qu).
,l #in y al cabo, no estaba haciendo nada más que imitar a algunos e1itosos
políticos de su país.
=nstruiones de %uelo
4l m)dico se iba. >abía estado un buen tiempo allí, en el pueblo de ,!oya, perdido
en la sierra, compartiendo los traba!os y los días de la gente, sus partos y sus
muertes; y era llegada la hora de partir.
'i!o adi%s, casa por casa. 0 en el minúsculo dispensario de la comunidad, se
detuvo a e1plicar el asunto a doña +aría del 9armen, que tanto lo había ayudado y
ahora no lo podía creer
-(ues sí, +aría. (ues eso.
-60 ad%nde se va, si se puede saber/
-, 4spaña. +e vuelvo a 4spaña.
-60 está le!os 4spaña/ 64stá más le!os que la ciudad de +)1ico/
'oña +aría del 9armen no había llegado nunca más allá del río 8avilanes. @l le
garabate% un mapa, para que se hiciera una idea. >abía que cruzar la mar, la mar
entera, toda la mar.
->a de ser un barco muy grande, para tanta agua.
-3o, +aría, no. +e voy volando.
4lla nunca había visto un avi%n, ni de le!os. 4l m)dico hizo todo lo que pudo para
contarle qu) cosa era via!ar en avi%n. 9on las palabras y las manos, trat% de
e1plicar. >asta que ella interrumpi%
-0a entendí. Lo que usted quiere decirme es que va a via!ar dormido en el viento.
El )ambre
4n la escritura antigua de los nativos del río 0u$on, se usa el mismo signo para
decir palabra y para decir hambre.
(ero hay palabras que no nacen del hambre de decir, sino de la necesidad de
mentir o de las ganas de !oder la paciencia. "uizá por eso el hambre de decir
pre#iere, a veces, comer callando.
El in%entor
Eduardo Galeano
La Jornada
3o hacía mucho que +anuel ?osaldo había iniciado su vida escolar, cuando invent%
una inyecci%n.
La inyecci%n se daba por la cola, pero actuaba sobre la cabeza. 'e un solo
pinchazo, te metía en la cabeza todos los conocimientos, todo lo que la humanidad
sabía despu)s de miles y miles de años de andar averiguando las cosas de este
mundo.
La inyecci%n era muy buena para +anuel, que así podría vivir siempre en
vacaciones; pero tambi)n resultaba conveniente para sus padres, que resolverían
el problema de su educaci%n, y para los maestros, que no tendrían por qu) seguir
perdiendo el tiempo con )l.
4l invento no #ue aceptado por la #amilia, ni por las autoridades de la escuela de
(alo ,lto.
El nombre
9uando alguien muere, cuando su tiempo acaba, 6mueren tambi)n los andares,
los deseares y los decires que se han llamado con su nombre en la tierra/
4ntre los indios del alto :rinoco, quien muere pierde su nombre. 4llos comen sus
cenizas, mezcladas con sopa de plátano o vino de maíz, y despu)s de esa
ceremonia ya nadie nombra nunca más al muerto que en otros cuerpos, con otros
nombres, anda, desea y dice.
La sentenia
4stábamos en rueda de vinos, empanadas y cantarolas, con el (erro Santillán, el
'iablero ,rias y otros amigos, cuando alguien invit% al (etete, que era #inado, y el
(etete vino a echarse unos tragos con nosotros.
0o no lo conocía, pero ese mediodía, bebiendo y cantando con este petizo panz%n,
nos hicimos amigos. 0 )l me cont% que había muerto porque siendo pobre tuvo la
p)sima idea de en#ermarse. La diabetes lo atac% en plena noche y el hospital de
7u!uy no tenía insulina.
La tinta
Los cronistas de los tiempos de la conquista de ,m)rica se deshicieron en elogios
prodigados a esa #ruta rara, !amás vista ni saboreada, que los indios me1icanos
llamaban ahuacatl y los peruanos palta.
4scribieron los cronistas que su #orma seme!aba a las peras, pero más se parecía a
los pechos de moza doncella. "ue crecía en los montes sin traba!o alguno, con
'ios por hortelano. "ue su delicada manteca, ni dulce ni amarga, regalaba
suavidad a la boca, salud a los en#ermos y #uerza a los #lo!os. 0 que no había nada
me!or para dar ardor al amor.
4lla, la #ruta, opin% que muy merecidos eran esos homena!es, y para que el tiempo
no los borrara o#reci% a los cronistas la tinta indeleble de sus semillas. 9on tinta de
aguacate, con tinta de palta, #ueron escritas las alabanzas.
Las alfombras
(or antigua costumbre, en la ciudad ,ntigua de 8uatemala las al#ombras de #lores
cubren las calles en los días de procesi%n o #iesta.
4stán te!idos con p)talos de #lores los pá!aros y los ondulantes arabescos que
hacen camino a los penitentes y a los celebrantes. +archan sobre !ardines los
hombres que cargan al 9risto que carga la cruz y los bailarines que celebran a las
reinas de belleza al son de marimbas, #lautas y tambores.
Las al#ombras de #lores duran tanto como los pasos que las pisan. 4n seguida se
las llevan los basureros o el viento.
Adioses
9:+: S< ;=4?, cumpleaños, pero no era. Serpentinas de colores alegraban los
sombreros y luces de colores celebraban la noche, mientras brotaban man!ares de
maíz de las ollas humeantes, se derramaba a chorros el diablo embotellado y los
pies levantaban polvareda al son de las guitarras y las quenas.
9uando el sol asom% entre las montañas, unos cuantos invitados roncaban en los
rincones.
Los despiertos despidieron al que se iba. 4l se iba con lo puesto, y con un
pasaporte de la ?epública del 4cuador. Le regalaron una manta, para engalanar el
via!e. Se #ue a lomo de mula. 'espu)s, iba a seguir en lancha, autobús y avi%n.
3o era el primero. :tros se habían ido, antes. 4n el pueblo s%lo quedaban los niños
y los vie!os. 'esde le!os, los idos mandaban noticias y dineritos. 3inguno volvi%.
Los invitados se quedaron a comentar la #iesta
-Pasamos liiiiiiindo. -+o *ue hemos llorado.
El albatros
C<C4 43 4L C<43&:. Cuela siempre, volando duerme.
4l viento no lo cansa ni lo gasta. , los sesenta años, sigue dando vueltas y más
vueltas alrededor del mundo.
4l viento le anuncia de d%nde vendrá la tempestad y le dice d%nde está la costa. @l
nunca se pierde, ni olvida el lugar donde naci%; pero la tierra no es lo suyo, ni la
mar tampoco. Sus patas cortas caminan mal, y #lotando se aburre.
9uando el viento lo abandona, espera. , veces el viento demora, pero siempre
vuelve lo busca, lo llama, y se lo lleva. 0 )l se de!a llevar, se de!a volar, con sus
alas enormes planeando en el aire.
Reeta de la sopa
4L +43'<8: LL,+: a la puerta.
-0o no pido -di!o-. Cengo a o#recer.
:#reci% la sopa más sabrosa de la historia de la gastronomía, y lo de!aron entrar.
(uso una olla en el #uego. 9uando el agua rompi% a hervir, ech% en la olla una
piedra que traía en el bolsillo. (rob%, se chup% los dedos.
-(er#ecto -di!o.
(ara per#eccionar la per#ecci%n, #ue pidiendo algunos complementos un mano!o de
espinacas, una cebolla picada y dorada en manteca, s)mola, #ideos, un chorro de
vino blanco, mucho queso rallado, un toque de pimienta y un puñado de sal.
4l mendigo se comi% casi toda la sopa, pero tuvo la gentileza de convidar alguna
cucharada a los dueños de casa. 0 les de!% la piedra.
(arece una piedra cualquiera, sin sabor a nada.
La sopa se sigue cocinando a las orillas del lago L)eman, al pie de los ,lpes. 9on
esa piedra.
,opa de letras
(or el tamaño y el brillo, parece una lágrima. Los cientí#icos lo llaman lepisma
saccharina, pero )l responde al nombre de pescadito de plata, aunque de pez no
tiene nada y no conoce el agua.
Se dedica a devorar libros, aunque tampoco tiene nada de polilla. 9ome lo que
encuentra, novelas, poemas, enciclopedias, poquito a poco, engullendo palabra por
palabra, en cualquier idioma.
Se pasa la vida en la oscuridad de las bibliotecas. 'e lo demás, ni se entera. La luz
del día lo mata.
Sería erudito, si no #uera insecto.
La er%e&a
4S&4 ':?,': 4L<V<? da consuelo a las desventuras de la vida, pero conduce a la
perdici%n. , la perdici%n de los caracoles.
9uando oscurece, ellos salen de sus escondri!os y a ritmo de caracol avanzan
dispuestos a devorar la carne verde de las plantas.
4n medio de la huerta, un vaso de cerveza monta guardia. Llamados por el aroma
de su bebida predilecta, los caracoles trepan a lo alto del vaso. 'esde el #ilo del
abismo, se asoman a la sabrosa espuma y cuesta aba!o resbalan, de!ándose caer.
0 en la mar de cerveza, borrachitos, mueren ahogados.
La lu&
43 L,S +:3&,\,S más altas de 9a!amarca, las que más demoraron en despertar
y levantarse cuando el mundo naci%, hay imágenes de la tierra y signos del cielo.
Son #iguras pintadas, hace unos cuantos miles de años, por los artistas sin
nombre. 4sos tatua!es de colores en las laderas de piedra han sobrevivido a la
intemperie, a pesar de los golpes de la lluvia y los mordiscones del tiempo.
Las pinturas son y no son, según la hora. ,lgunas se abren cuando se abre el día,
y al mediodía desaparecen; muchas van cambiando de #orma y de color a lo largo
del camino del sol, desde el alba hacia la noche; y otras s%lo se de!an ver cuando
el crepúsculo llega. (orque las pinturas han nacido de la mano humana, pero
tambi)n son obra de la luz, y están a su mandar. 4lla, la luz, la otra artista, reina y
señora, las esconde y las muestra como quiere y cuando quiere.
El desubrimiento
4?34S&: 8,L4,3:, un ciudadano reci)n llegado al mundo, estaba durmiendo,
desnudo, en la cuna.
La hermana, <vonne, lo mir% y sali% corriendo. 8olpe% las puertas de sus vecinas,
y con un dedo en los labios las invit% al espectáculo. 4llas abandonaron sus
muñecas, a medio vestir, a medio peinar, y en puntas de pie, tomadas de las
manos, se asomaron a la cuna. 3o se pusieron coloradas de envidia, ni
palidecieron por el comple!o de castraci%n. ,guantándose la risa, comentaron
--Mirá lo *ue se trajo este loco para hacer pip).
El m3sulo sereto
=3, &:?&=8, atraves% los 4stados =nidos, de costa a costa.
'oris >addoc$, obrera !ubilada, camin% desde Los [ngeles hasta Sashington.
Se ech% al camino para denunciar la democracia comprada por las grandes
#ortunas que pagan las campañas de los políticos. , su paso, etapa por etapa, iba
arengando a la gente que #luía hacia ella.
-Esa $ieja es un r)o -decían los entusiastas.
-Esa $ieja es un manicomio -decían los esc)pticos.
(ero todos iban.
0a llevaba más de un año de caminata, casi volada por los vientos, casi #rita por
los soles, casi rota por los achaques, cuando la paraliz% la nieve. =na tremenda
tormenta de nieve se descarg% sobre las montañas del oeste de Cirginia. 'oris
#este!% su cumpleaños, noventa velitas, y sigui% via!e en esquí.
4squiando via!%, a trav)s de la nieve, todo el último mes. +ientras nacía el siglo
veintiuno, lleg% a la ciudad de Sashington.
=na multitud la acompañ% hasta el 9apitolio. ,llí traba!an los congresistas, la
mano de obra política de las grandes empresas que destinan cien millones de
d%lares mensuales al pago de sus servicios.
'esde las gradas, ella pronunci% un lac%nico discurso sobre la democracia
traicionada. 0 señal% el p%rtico del 9apitolio, y di!o
-Esto se está con$irtiendo en una casa de putas.
0 se #ue.
.agiograf!a
0a es santo, casi ángel, 7os) +aría 4scrivá de 2alaguer, que por nosotros vela
desde el 9ielo.
4n vida, este piadoso siervo de 'ios predic% el amor a la guerra, denunci% a los
ro!os y a los libertinos, odi% a los homose1uales y a los !udíos y despreci% a las
mu!eres.
+ucho antes de que el (apa lo hiciera santo, el generalísimo ;rancisco ;ranco lo
había hecho marqu)s )l le cantaba himnos de alabanza y custodiaba la paz de su
espíritu mientras ;ranco e1terminaba la república española y aniquilaba a los
here!es.
4n el camino de la gracia divina, 4scrivá #und% el :pus 'ei, para que los
banqueros virtuosos practicaran la caridad prodigando cheques al Caticano.
Según sus devotos, produ!o varios hechos milagrosos. Su milagro más
e1traordinario ocurri% cuando un creyente desesperado, víctima de la inseguridad
ciudadana, or% implorando su protecci%n. 4scrivá, que todavía no era santo pero ya
estaba en eso, escuch% la plegaria. 4ntonces la estrella de la #e ilumin% la puerta
de la casa de aquel buen hombre y allí apareci%, intacto, el autom%vil que le
habían robado.
.istoria de la m3sia
,polo, sol de los griegos, era el dios de la música.
4l había inventado la lira, que humillaba a las #lautas, y pulsando la lira transmitía
a los mortales los secretos de la vida y de la muerte.
=no de sus hi!os descubri% que las cuerdas de tripa de buey sonaban me!or que
las cuerdas de lino. 9ambi% el corda!e de la lira de ,polo, y le o#reci% esa sorpresa.
, solas con su lira, ,polo acarici% el regalo de su hi!o. >izo vibrar las nuevas
cuerdas y con#irm% que eran más melodiosas.
4ntonces, el dios celebr% el progreso. Se regal% la boca con n)ctar de ambrosía,
alz% su arco de guerra, sali% a los prados del :limpo, apunt% al hi!o y desde le!os
le parti% el pecho de un #lechazo.
La inflaión
>abía sido un viviente #laco, pero #ue un globo en la muerte.
(ara clavar la tapa del ataúd, toda la #amilia tuvo que sentarse encima. 0 toda la
#amilia opin% sobre la in#laci%n del di#unto
-Parece sapo.
-+a muerte hincha.
-Es el gas carbónico.
-Es la mala leche.
-Es el alma -solloz% la viuda. El alma *uiere salirse del traje.
4l tra!e, un tTeed ingl)s de alta categoría, color gris perla, había sido el único lu!o
en toda la vida del #inado. @l se lo había mandado hacer, de medida, cuando ya le
volaban cerca las lechuzas y vio que estaba por llegar al #inalmente.
>erencia, no de!%. 3i una lira. 0 muchos años despu)s, cuando se abri% el ataúd,
estaba en !irones el tra!e que había vestido su muerte.
3icola 'i Sábato cont% el desentierro de su tío. 3icola, que descargaba arena en
un muelle de ,vellaneda, había llegado a la ,rgentina huyendo de los perros del
hambre. , )l le gustaba reír, cocinar y compartir historias de su le!ana in#ancia, en
su le!ana <talia.
4sas cosas del tiempo 3icola cont% que el tiempo se había comido al tío y había
deshecho su tra!e relleno de dinero. Los billetes, miles de billetes, un poco
desteñidos, habían durado más. (ero ya no valían nada.
Los aplausos
'4S'4 "=4 ;4'4?<9: 8arcía Lorca había caído, acribillado a balazos, La zapatera
prodigiosa no aparecía en los escenarios españoles. Los teatreros del =ruguay
llevaron la obra a +adrid.
,ctuaron con alma y vida. ,l #inal, no recibieron aplausos. 4l público se puso a
patear el suelo, a toda #uria; y los actores no entendían nada.
9hina Oorrilla lo cont%
-3os quedamos pasmados. =n desastre. 4ra para ponerse a llorar.
(ero despu)s, estall% la ovaci%n. Larga, agradecida. 0 los actores seguían sin
entender.
"uizá los españoles habían aplaudido con los pies. "uizás aquel trueno sobre la
tierra había sido para el autor, #usilado por ro!o, por marica, por raro, como una
manera de decirle para que sepas, ;ederico, lo vivo que estás.
Los pesadores
43 L,S ,?43,S de la barra de 8uaratiba, las barcas descargan peces y sucedidos.
=no de los pescadores, 9laudionor da Silva, se estru!a la cabeza, y arrepentido
gime. >abía atrapado un pargo de buen tamaño, pero el pez señal% hacia atrás con
una aleta, y di!o *,hí viene otro, mucho más grande que yo*. 0 )l le crey%, y lo
de!% escapar.
3ivaldo ?og)rio ;ilho paga cerveza para todos. 4l pescador !inete celebra su buena
#aena. ;rente a la playa de <panema, en el archipi)lago de las 9agarras, mont%
una orca de media cuadra de largo. La orca le tiraba tarascones a las piernas, pero
)l le había clavado las espuelas y la cabalg% hasta que la consider% domada.
7orge ,ntunes muestra su ropa nueva llevaba varios días perdido en la mar, y un
olea!e violento lo de!% desnudo y se llev% su bid%n de agua dulce. 0a se había
resignado a morir de sol y de sed, cuando la red le tra!o un tibur%n que tenía, en
la barriga, una lata de 9oca-9ola bien #ría, un pantal%n y una camisa.
?einaldo ,lves ríe con todos sus dientes postizos. 3o es por despreciar, dice, pero
buena #ortuna, lo que se dice buena #ortuna, tuvo )l. 4s de no creer, dice, con
tanta mar que hay, y tantos peces. 4n plena navegaci%n, estornud% y la dentadura
vol% al agua. Se zambull%, la busc%, no la encontr%. 0 un par de días despu)s,
tuvo la suerte de atrapar la br%tola que la estaba usando.
,ubsuelos de la no)e
(orque esta mu!er no se callaba nunca, porque para ella no había una estupidez
que no #uera un problema, porque estaba harto de traba!ar como un burro de
carga, porque no aguantaba más dormir con una estatua con ruleros, por las
malas ondas, por la #alta de respeto, porque ella le dolía demasiado y porque la vio
con otro, )l se vio obligado a retorcerle el pescuezo, como si #uera gallina.
(orque este hombre no escuchaba nunca, porque para )l no había un problema
que no #uera una estupidez, porque estaba harta de traba!ar como una mula,
porque no aguantaba más dormir con una estatua que roncaba, por los malos
tratos, por las burlas, porque )l le dolía demasiado y porque lo vio con otra, ella no
tuvo más remedio que empu!arlo desde un d)cimo piso, como si #uera bulto.
,l #in de esa noche, desayunaron !untos, como todos los días. Leyeron el diario,
ninguna noticia les llam% la atenci%n. Los sueños no salen en los diarios.
6entanas
<9: C:84L<=S ,&43'<: la llamada. 'el tel)#ono brot% un chorro incesante de
insultos.
@l no colg%. 'e!% el tubo sobre el escritorio, y continu% traba!ando.
+ientras el tel)#ono seguía gritando, truenos que se escuchaban en toda la o#icina,
;ico, inmutable, coment%
- 0o no s) por qu) me odia tanto, si nunca le hice ningún #avor.
El libertador
43 ,L8=3:S 9,S4?<:S perdidos en los ,ndes, los memoriosos se acuerdan de
cuando el cielo estaba montado sobre el mundo.
&eníamos al cielo tan encima que la gente caminaba agachada, y no podía
enderezarse sin darse un cocazo. Las aves se echaban a volar y en el primer
aleteo chocaban contra el techo. 4l c%ndor y el águila arremetían con toda su
#uerza, pero el cielo ni se enteraba.
4l tiempo del aplastamiento del mundo termin% cuando un relampaguito
bailandero se abri% paso en el poco aire que había. 4l colibrí, el más pequeño de
los pá!aros, pinch% el culo del cielo con su pico de agu!a y a los pinchazos lo oblig%
a subir hasta las alturas donde ahora está.
'esde entonces, el colibrí merece mucho respeto. "uien #ue capaz de levantar el
cielo, en cualquier momento podría derrumbarlo.

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