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Ovidio. ¡Mejor, el fruto prohibido!

Si no sientes, estúpido, necesidad de vigilar a tu mujer,

¡al menos procura vigilarla por mí, para que yo la desee más!

Lo que está permitido no tiene encanto; lo que no, abrasa más:

de hierro es quien ama lo que otro le deja.

Tengamos los enamorados esperanza al igual que miedo

y algún que otro desdén dé lugar al deseo.

¿De qué me sirve Fortuna, si nunca se cuida de engañar?

¡Yo no amo nada que no produzca nunca heridas!

Había observado la experta Corina este defecto en mí

y conocía astutamente por dónde podía cautivarme.

¡Ah, cuántas veces aparentando dolores de una cabeza sana me

invitó a retirarme y yo me retiraba dubitativo a paso lento!

¡Ah, cuántas veces se inventó una acusación y, en lo que se

permitía a una inocente, ofrecía la apariencia de culpable!

Así, después de maltratarme y haber avivado el tibio fuego,

de nuevo se mostraba amable y complaciente con mis deseos.

¡Qué ternezas, qué dulces palabras tenía reservadas para mí!

¡Besos, dioses poderosos, cuáles y cuántos me daba!

También tú, que ha poco arrebataste mis ojos,

teme a menudo asechanzas, niégate a menudo a mis ruegos,

y deja que yo, tirado en el umbral ante tu puerta,

soporte el frío interminable durante noches de helada.

Así dura mi amor y crece durante largos años:
eso me agrada, ése es el alimento de mi corazón.

El amor empalagoso y demasiado fácil me llega a hastiar

y perjudica como la comida dulce en el estómago.

Si nunca hubiera retenido a Dánae una torre de bronce,

Júpiter nunca hubiera hecho madre a Dánae;

por vigilar Juno a Ío, cambiada por los cuernos,

se hizo ella más atractiva a Júpiter de lo que fuera.

Quien desea lo que está permitido y es fácil, ¡que coja hojas

de los árboles y beba agua de un río caudaloso!

Si alguna quiere reinar largo tiempo, ¡que engañe al amante!

¡Ay de mí, ojalá no me atormenten mis propios consejos!

Sea lo que sea, me perjudica la complaciencia:

huyo de lo que me sigue, sigo a lo que me huye.

Tú, en cambio, demasiado despreocupado de tu bella esposa,

empieza ya a cerrar la puerta al anochecer;

empieza a preguntarte quién furtivamente llama tantas veces

a tu puerta, a quién ladran los perros en el silencio

de la noche, qué billetes trae y lleva la diligente esclava,

y por qué tantas veces ella duerme aparte en lecho vacío.

¡Que alguna vez esas cuitas remuerdan tus entrañas

y da ocasión y materia a mis engaños!

Puede robar arena en una playa vacía

quien acaso puede amar a la mujer de un imbécil.

Y ya de antemano te aviso: si no empiezas a vigilar

a tu mujer, ¡empezará a dejar de ser mía!
He soportado mucho y mucho tiempo: a menudo tuve la esperanza

de pegártela bien, cuando la tuvieras bien vigilada.

Eres complaciente y aguantas lo que ningún marido debería:

pero para mí será el final de ese amor consentido.

¿Es que nunca en mi desgracia se me impedirá acercarme?

¿Pasaré siempre las noches sin ningún vengador?

¿Nada he de temer? ¿Cogeré el sueño sin ningún suspiro?

¿No harás nada para que con razón desee que te mueras?

¿Qué haré con un marido fácil, qué con uno alcahuete?

Arruina esos goces con su propio defecto.

¿Por qué no buscas a otro, a quien le guste tanto aguante?

Si te gusta que yo sea tu rival, ¡impídemelo!

Ovidio, autor de éste texto lírico, sentía una terrible atracción hacia la poesía
desde joven, y disponía de un extraordinario talento para elaborarla. Nunca se
inclinó por cuestiones demasiado profundas, lo que le ayudó a no dejarse
dominar por sus dotes poéticas. Sus obras eran de una increíble perfección
formal, que ningún lírico latino lograría alcanzar en su totalidad, muy superior a
la calidad y profundidad del contenido.

Ovidio, afortunadamente, se había encontrado con un panorama latino en el
que la poesía lírica estaba ya firmemente asentada, gracias a sus grandes
predecesores, como Catulo, Horacio, o los elegíacos Tibulo y Propercio. Las
caracterísiticas eran semejantes a las de la anterior lírica griega: la polimetría
de los versos, la musicalidad, la patente expresión de los sentimientos, la
variedad de contenidos y estructuras, la brevedad...

Ovidio, espíritu libre e independiente por excelencia, aprovechó inmumerables
temas expresados por sus predecesores, moldeándolos con una excepcional
perfección en las formas. A pesar de su destierro a Tomis en el 8 d.C., durante
el cual sus poemas se tornaron de un tono lastimero y quejumbroso, la mayor
parte de las obras de Ovidio están destinadas al amor, especialmente sus
conocidos Amores, obra a la que pertenece el texto, y que se trataba de un
conjunto de elegías amorosas, en las que se representa al autor como una
persona insaciable de amor y desbordante de pasión y sentimiento.

En este poema lírico se expresa la sensación de deseo que habitualmente
tiene la raza humana por las acciones que tienen vetadas, que les han
prohibido realizar. De esta forma, las cosas prohibidas tienen un cariz atrayente
que hacen que Ovidio incluso pida que le impidan ciertos caprichos, o le hagan
más difíciles las cosas más placenteras de su vida, de modo que le sean más
atrayentes a sus ojos.

Ovidio habla en “Mejor, el fruto prohibido” de una mujer a la que el marido tiene
poco controlada. Muchas de las poesías de su obra “Amores” estaban
dedicadas a una tal Corina. Así pues, esta mujer a la que su marido no atosiga
con el control celoso de un esposo que teme la infidelidad, es muy probable
que sea la mencionada Corina. Ovidio afirma que mientras este hombre no le
prohiba acercarse a Corina, no se sentirá atraído por la idea de romper las
reglas, hasta el punto de pedirle, en el poema, que imponga un poco de
dominio sobre la mujer, fruto de su anhelo. “a menudo tuve la esperanza de
pegártela bien, cuando la tuvieras bien vigilada.” También explica que, si sigue
con esa actitud indiferente ante las acciones de su esposa, conseguirá que
deje de sentirse atraída por él. “Y ya de antemano te aviso: si no empiezas a
vigilar a tu mujer, ¡empezará a dejar de ser mía!”

A parte del tema del control del marido de Corina, Ovidio también habla de
cómo, cuando la amante le pone las cosas más difíciles o se retarda en darle lo
que él pretende, le seduce mucho más la idea de esa prohibición.

Este poema se puede comparar con las doctrinas del cristianismo, que dicen
que la debilidad por el fruto prohibido ha causado las miserias en las que
actualmente se encuentra el mundo, aprovechando así para persuadir a las
personas de las tragedias que ésto puede causar. Por ello, el fruto prohibido se
ha representado siempre como la manzana. Otro ejemplo a comparar podría
ser la manzana de las Cariátides que expuso la Discordia para un concurso
que, posteriormente, causaría una monumental guerra.

Esta sensación de atracción por el fruto prohibido no se puede asignar sólo al
romántico Ovidio, y mucho menos sólo a la época en la que él vivía, pues esto
se puede adjudicar a millones de personas en la actualidad, que sólo quieren lo
que no tienen, y desprecian lo que ya poseen “Huyo de lo que me sigue, sigo a
lo que me huye”. Es irónico que todos y cada uno de nosotros sienta una
desgarradora atracción por cosas que nos son inalcanzables, o que
simplemente están prohibidas por esa convención que mueve a las masas. Nos
creemos inteligentes, sensatos y pensamos que actuamos con lógica y, a pesar
de todo, seguimos cayendo una y otra vez en ese error garrafal de querer
aquello que es imposible que alcancemos. Quizás lo que tenemos es lo fácil, lo
correcto y lo más sensato, y además nos aporta felicidad y seguridad, pero
siempre anhelamos eso que está siempre rondando nuestra cabeza, y que nos
atrae por lo lejos que está de nosotros, simplemente porque alguien lo blinde y
le ponga un cartel con un “NO” enormemente dibujado. Ese ansia por romper
las reglas establecidas, por conseguir “el fruto prohibido” es, claramente, una
huella de la inmadurez de esta sociedad, de la influencia de la literatura y el
cine en las personas. ¿O es que quizás hayamos nacido con ese defecto? Es
curioso cómo sufrimos, cómo cometemos errores y nos arrepentimos de los
hechos, cómo creemos que hemos aprendido. Pensamos que lo tenemos todo
controlado. Y entonces, la prohibición nos hace un guiño y volvemos a sentir
debilidad por lo más absurdo e inaccesible del mundo. Y lo increíble es que nos
encanta.

Clara Vázquez

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