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no necesariamente expresan el punto de vista del CEAMEG.
ESTUDIO
Por una masculinidad
sin violencia
Ricardo Ruíz Carbonell
ESTUDIO
Índice

I. La construcción del género
I.1 Diferencia entre sexo y género
I.2 No se nace mujeres u hombres, se llega a serlo
I.3 Roles y estereotipos: manifestaciones de la desigualdad
I.4 Las instituciones como partícipes del enfrentamiento entre masculinidad y
feminidad

2
6
8
10
II. Evolución histórica del estudio de las masculinidades
II.1 Los logros del feminismo
II.2 Los estudios de género
II.3 El estudio de las masculinidades
II.4 Los avances normativos: el impacto de la CEDAW

13
19
21
25
III. La noción de la masculinidad
III.1 Masculinidad e identidad
III.2 La masculinidad hegemónica
III.3 Las masculinidades subordinadas y alternas
27
28
29
32
IV. Generalidades sobre la violencia masculina
IV.1 El machismo y los micromachismos
34
36
V. Otros aportes para el tratamiento de las masculinidades
V.1 La influencia del ámbito internacional
V.2 La labor de la sociedad civil
V.3 El impacto de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia
(LGAMVLV) de México, en los generadores de violencia

42
44
45
VI. Algunas propuestas para el logro de una sociedad igualitaria entre mujeres y hombres 50
Bibliografía 52





2
I. LA CONSTRUCCIÓN DEL GÉNERO


I.1 DIFERENCIA ENTRE SEXO Y GÉNERO
Mujeres y hombres moldean su comportamiento y convivencia social a partir de una serie
de factores culturales impuestos, y con base en sus experiencias personales, adoptan un
género, es decir, una identidad masculina o femenina.
El concepto de género se refiere a los valores, atributos, roles y representaciones que la
sociedad asigna a hombres y a mujeres, se trata de la construcción social y simbólica
sobre la base de la diferencia sexual. Al ser construido, el género es cambiante, dinámico
y modificable. Así, cada cultura determina su ideal de lo femenino y lo masculino, y
aunque compartan similitudes pueden variar significativamente; asimismo, en una misma
cultura el género se transforma a lo largo del tiempo.
Si bien cada grupo social determina cómo deben ser hombres y mujeres según su sexo,
cada persona tiene una vivencia distinta, que es atravesada por otras condiciones, tales
como su clase social, edad, raza, posición económica, religión, historia familiar, entre
otras, y finalmente, por el grado en que efectivamente adopta el género impuesto, o bien
su identidad genérica y sexual oscila entre otras opciones.
A diferencia del género, el sexo se refiere a las diferencias y características biológicas,
anatómicas, fisiológicas y hormonales; y en sentido estricto, no cambia.
1

La concepción de lo que son el género y el sexo, sus diferencias, así como las
implicaciones de su interrelación, ha sido estudiada, desde bases teóricas y académicas,
por numerosas personas desde siglos atrás; por su parte, ante la idea ancestral de que el
sexo, a groso modo, determina la inferioridad de las mujeres y la superioridad de los
hombres, también han existido personajes en la historia que mediante manifestaciones
artísticas, sociales y políticas, han refutado lo antes dicho y han exigido una igualdad de
hecho y de facto.
Por mucho tiempo se pensó en las categorías de sexo y género como un binomio y,
consecuentemente, como una causa-efecto. Ante ello, también han surgido críticas y
propuestas que invitan a la reflexión y a abrir la posibilidad de nuevas consideraciones.
La definición de género como categoría analítica se remonta a los estudios del psiquiatra y
psicoanalista estadounidense Robert Stoller, quien a finales de los años sesenta cuestionó
que el comportamiento y la identidad de mujeres y hombres dependieran de su sexo

1
En algunos países la legislación permite el cambio de sexo, por lo que con ello se rompe el criterio de la
inmutabilidad.


3
biológico, para proponer que en éstos intervenía la influencia de asignaciones sociales y
culturales.
Stoller estudió el caso de gemelos idénticos que se convirtió en una de sus más famosas
investigaciones. Por accidente a uno de ellos le amputaron el órgano sexual al realizarle la
circuncisión, los médicos y su familia convinieron en que era mejor socializarlo como niña
a que viviera como un hombre sin pene. Fue así que el psiquiatra descubrió que la
identidad sexual no siempre es resultado del sexo al que se pertenece.
2

Al seguir con sus investigaciones sobre la identidad sexual de personas de quienes la
identificación de sus genitales era difusa, y se les atribuía el sexo contrario, con el paso
del tiempo, Stoller confirmó que el resultado era que el comportamiento, pensamientos,
sentimientos y fantasías de dicha persona correspondían a la manera como se le había
educado y como había sido socializada, y no a la determinación de los genitales con los
que había nacido.
Así, Stoller marca una diferencia entre la naturaleza y la cultura, concluye que el sexo se
refiere a las características biológicas y fisiológicas, mientras que el género se va
adquiriendo mediante el aprendizaje cultural, y que la asignación de los roles es más
determinante en la identidad sexual, que en la carga genética, hormonal o biológica; por
lo que prefiere llamar a esa identidad que se basa en la asignación de roles, identidad de
género.
3

El psiquiatra determina que si los términos adecuados para el sexo son hombre y mujer,
o varón y hembra; los correspondientes al género, son masculino y femenino.
Por su parte, el psicólogo y sexólogo neozelandés John Money, en la década de los
cincuenta, denominó a las conductas y a la forma de expresarse de mujeres y hombres
roles de género,
4
tras comparar los acontecimientos que ocurren desde la fecundación
hasta la aparición de la conciencia de masculinidad o feminidad. Planteó que niñas y niños
nacen psicosexualmente neutrales y que se les podía orientar a uno u otro género según
se les educara en la primera etapa de su vida, de esta manera refutaba lo innato contra lo
adquirido.
5


2
FACIO, Alda (s.f.) Conceptos básicos de la teoría de género. Feminismo, género y derecho, p. 9. Artículo
publicado en un manual de capacitación para jueces.
3
La identidad sexual refiere a la percepción que una persona tiene de sí misma como hombre o como mujer;
la diferencia con la identidad de género es que ésta es la conciencia que se adquiere respecto a las categorías
sociales de masculinidad o feminidad. Una persona puede sentir subjetivamente una identidad de género
distinta de sus características sexuales o fisiológicas.
4
Se entiende como roles de género lo que una persona dice y hace para indicar el grado en que es masculino
o femenino. El rol de género es la manifestación pública de la identidad de género.
5
MOLINA, Yanko (2010) Teoría de Género, en Contribuciones a las Ciencias Sociales (revista electrónica),
Cuba.


4
Money atañe a la influencia educativa, la formación de la identidad sexual. Al estudiar a
personas transexuales,
6
constató que mediante la educación se pueden asignar papeles
que no se corresponden con el sexo biológico.
Así, tanto Stoller como Money mostraron dos realidades: no todas las personas pueden
ser clasificadas como machos o hembras desde el punto de vista del dimorfismo sexual
porque poseen caracteres sexuales poco definidos; y otras, que morfológicamente se
encuentran bien definidas sexualmente, declaran sentirse en un cuerpo equivocado.
En 1972, la socióloga Ann Oakley
7
inserta el término de género a las ciencias sociales, de
tal manera que con este paso histórico se hacen importantes aportes desde el
movimiento feminista para explicar la diferencia social entre los sexos, así como que la
subordinación de las mujeres había sido un constructor social y no, como por siglos se
había pensado, que las mujeres eran biológicamente inferiores a los hombres. Esta
supuesta inferioridad mental y física está plasmada en diversos documentos de varias
disciplinas como la filosofía, la historia, la medicina, el derecho, y la antropología.
Un poco más tarde, en 1975, la antropóloga Gayle Rubin define el sistema sexo-género
como “el sistema de relaciones sociales que transforma la sexualidad biológica en
productos de actividad humana”.
8
En otras palabras, enfatiza el sexo y el género como un
sistema dual, naturaleza y cultura, en el que el sexo se identifica con la biología,
naturalmente determinado, y el género con la cultura, socialmente construido.
Asimismo, indaga sobre los mecanismos mediante los cuales las mujeres son relegadas y
subordinadas en las relaciones humanas, en el marco de la producción histórica y social
del género, ya que las características atribuidas a lo masculino gozan de mayor prestigio.
Rubin señala que este sistema ha dispuesto estereotipos masculinos y femeninos, para
hombres y para mujeres, los cuales consisten en características o etiquetas a quienes
integran un grupo social, una comunidad, o un país con tradiciones y costumbres
arraigadas. La autora lo ejemplifica de la siguiente manera: “el hambre es hambre en todas
partes, pero cada cultura determina cual es la comida adecuada para satisfacerla, y de la
misma manera el sexo es sexo en todas partes, pero lo que se acepta como conducta
sexual varía de cultura en cultura”.
Del sistema de género, Nelly Stromquist
9
reconoce tres niveles: el estructural, anclado en
la división sexual del trabajo; el institucional, conformado por reglas y normas que regulan
la distribución de recursos y de oportunidades; y el simbólico, constituido por las

6
Una persona transexual tiene una identidad y rol de género opuestos a las características físicas de su
cuerpo. Se trata de una persona con genitales femeninos que se siente, piensa y actúa como hombre; o
viceversa, con genitales masculinos, que se siente mujer; y que por tanto, transita de un cuerpo a otro.
7
FACIO, Alda (s.f.) Op. Cit., p. 10.
8
AGUILAR, Teresa (2008) El sistema sexo-género en los movimientos feministas. España, Amnis. Consultado el
26 de noviembre de 2012. URL: http://amnis.revues.org/537.
9
STROMQUIST, Nelly (2006) Una cartografía social del género en educación, vol. 27, núm. 95, mayo-agosto.
Centro de Estudios Educación y Sociedad, Brasil, p. 363.


5
representaciones y concepciones sociales de la feminidad y la masculinidad. En los tres
niveles existe opresión para las mujeres y privilegio para los hombres, sin negar que esta
dualidad también ha afectado y limitado a los hombres en ciertos espacios.
Estas aportaciones teóricas han sido el resultado de años de contribuciones de diversa
índole. Desde el siglo XV hubo mujeres que evidenciaron que su supuesta inferioridad era
una atribución social causada por los límites y obstáculos a los que se tenían que
enfrentar, y no originada por su anatomía: en 1405, Christine de Pisan, con su libro La
Ciudad de las Damas; a partir de 1670, Aphra Behn, a través de obras de teatro; en 1673,
Poullain de la Barre, en su obra La igualdad de los sexos; en 1791, Olympe de Gouges, con
su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana; en 1792, Mary Wollestonecraft,
mediante su texto Vindicación de los Derechos de la Mujer; en 1949, Simone de Beauvoir
con la publicación de El segundo sexo. En tales épocas estas declaraciones resultaron
sumamente polémicas, criticadas y en el caso de Olympe de Gouges, hasta le costó la
vida, pero indudablemente dejaron una huella imborrable que después el movimiento
feminista y los estudios de género, retomaron.
Ante la evolución de estos conceptos es necesario mencionar que la división dicotómica
de sexo y género también ha tenido sus críticas y sus debates, aunque ha facilitado la
comprensión de este sistema tan complejo. Autoras como Judith Butler sostienen que lo
que se entiende por sexo también es culturalmente construido, y que el hecho de que se
reconozcan únicamente dos sexos es una visión estática y limitada.
Butler propone un replanteamiento de la hipótesis de que el género es un reflejo del
sexo, afirma que “no está claro que la construcción de hombres dará como resultado
únicamente cuerpos masculinos, o que las mujeres interpreten sólo cuerpos
femeninos”,
10
y que tampoco hay motivo para asegurar que hay sólo dos géneros. Es así
que la autora plantea que el género no es la proporción directa de la cultura, sino que es
también un medio discursivo/cultural a través del cual un “sexo natural” es una superficie
neutral sobre el que la cultura actúa.
En este sentido, Marta Lamas
11
propone considerar las combinaciones que pueden
resultar de las áreas fisiológicas que conforman lo que consideramos el sexo biológico
(genes, hormonas, gónadas, órganos reproductivos internos y órganos reproductivos
externos), y hablar entonces de intersexos, es decir, los diferentes conjuntos de
características fisiológicas que obligan a reconocer por lo menos cinco sexos biológicos:
mujeres (personas que tienen dos ovarios); hombres (personas que tienen dos testículos);
hermafroditas (personas que tienen al mismo tiempo un testículo y un ovario);
hermafroditas masculinos o merms (personas que tienen testículos, pero que presentan
otros caracteres sexuales femeninos) y hermafroditas femeninos o ferms (personas con
ovarios, pero con caracteres sexuales masculinos).


10
BUTLER, Judith (1991) El género en disputa, p. 54.
11
LAMAS, Marta (1994) Cuerpo: diferencia sexual y género, en Debate Feminista, núm. 10, México.


6
I.2 NO SE NACE MUJERES U HOMBRES, SE LLEGA A SERLO
El comportamiento de los seres humanos tiene sus raíces en patrones sociales de
conducta en ocasiones muy arraigados, difíciles de modificar que, por el contrario, se
refuerzan y reproducen en los espacios en donde se desarrollan y en los que mujeres y
hombres desempeñan distintos roles. Esto se debe a que desde el nacimiento, el
conocimiento y la percepción del mundo fueron moldeados por el entorno alrededor. Se
van aprendiendo los límites de lo permitido y de lo que cada quien es, de manera distinta,
de acuerdo al orden social diferenciado para mujeres y para hombres que permeaba
desde antes de nuestra llegada al mundo.
Es así que el aprendizaje de cómo se llega a ser mujer u hombre inicia a partir de nuestro
nacimiento o incluso desde antes, es decir, desde que el padre, la madre y demás
familiares y amistades cercanos depositan una serie de expectativas, y con base en ellas se
empezará a educar y a formar a esa persona.
A partir del reconocimiento de genitales en el nacimiento, es decir, de su sexo, ya sea
mujer u hombre, es que se comienza a asignar el género a ese nuevo ser, con
manifestaciones como la manera de hablarle, de abrazarlo, etc. que suelen ser distintas
para niñas que para niños.
Durante los primeros años de socialización, niños y niñas adquieren la identidad de
género, ya sea masculina o femenina, cuando se identifican con uno u otro sexo a través
de los diferentes juegos, juguetes, vestimenta, actividades familiares y escolares, etc. Al
igual que el lenguaje, la identidad genérica no es innata, requiere de un estímulo social que
inducirá a conductas que serán el principio de una experiencia de vida que se trasladará a
la edad adulta.
Finalmente, la identidad cobra más fuerza cuando se arraiga en roles y estereotipos de
género, mismos que se sustentan en normas y prescripciones sociales, y en valoraciones
distintas para unos y otras.
Las construcciones de género varían de acuerdo al contexto y a otros factores que ya se
mencionaron, como etnia, edad, clase social, etc., lo que nos lleva a considerar que no
todas las mujeres ni todos los hombres son iguales entre sí, ni en todas las épocas y los
lugares geográficos. Por ejemplo, entre mujeres empresarias de clase media y mujeres
indígenas, pobres y con escasas oportunidades de desarrollo, hay una marcada y negativa
diferencia, tanto de intereses, como de necesidades entre las primeras y las segundas; así
mismo, entre hombres empresarios y hombres migrantes ilegales.
No obstante estas diferencias, los modelos de feminidad y de masculinidad comparten
mandatos sociales para cada grupo: las tareas domésticas, la maternidad, el cuidado de los
hijos e hijas, para las mujeres, además de que han sido invisibilizadas por el lenguaje,
marginadas por la historia y desvalorizadas como sujetas de derecho y, por el contrario,
la capacidad productiva, la participación en la esfera pública y las funciones de proveedor,
para los hombres.


7
Estas disposiciones han sido estructuradas sobre la división sexual del trabajo que ha
asignado históricamente papeles diferenciados a mujeres y hombres en relación a la vida
pública y la vida privada. Esta división reorganizó la vida entre el lugar del trabajo
productivo y asalariado, destinado a los hombres, y el doméstico y familiar, para las
mujeres.
No es de extrañar que esta reorganización, que se dio con el surgimiento de las
sociedades capitalistas, se hizo desde una concepción del mundo patriarcal, pues las
actividades del mundo público se convirtieron en las más valoradas, además de tener una
remuneración económica, gozan del prestigio, la posibilidad de participación política y
social. En cambio, la doméstica se considera una actividad secundaria, mucho menos
valorada y sin un salario a cambio, así como el espacio “natural” para las mujeres. Su
capacidad biológica de gestar y amamantar se tradujo en un confinamiento al espacio
doméstico, del que por mucho tiempo se vedó a los hombres, lo que ha traído
innumerables injusticias sociales y discriminaciones de género.
Contrario a esta idea de que las mujeres pertenecían al ámbito privado por naturaleza,
fue en donde aprendieron desde niñas a estar y a desenvolverse como amas de casa,
madres y esposas, con juegos alusivos al cuidado del hogar y de sus integrantes.
Asimismo, los hombres aprendieron con naturalidad su desarrollo en el espacio exterior,
y en éste han consolidado un sistema de poder y control sobre las mujeres,
argumentando que un cambio de roles se opondría al orden natural.
Es un hecho que actualmente no se puede afirmar que las mujeres están totalmente
ajenas a lo público y los hombres de lo privado, más la entrada a estos ámbitos no se ha
dado en igualdad. Si bien cada vez hay más mujeres conquistando espacios públicos, la
cantidad de hombres que se responsabilizan de tareas del hogar es muy dispareja,
12
sigue
predominando, por lo menos subjetivamente, que el rol masculino es el de proveedor,
una de las principales características de la masculinidad hegemónica o patriarcal.
Otro hecho que subraya la desigualdad es que las oportunidades para las mujeres en el
ámbito laboral, todavía no son las mismas que para los hombres, además de que enfrentan
una serie de discriminaciones por razón de su género: en México, al 21% de las mujeres
encuestadas en la ENDIREH 2011
13
les pagaron menos que a un hombre a pesar de tener
el mismo nivel y puesto; tuvieron menor oportunidad para ascender o menos
prestaciones; les redujeron el salario, las despidieron o no las contrataron debido a su
situación conyugal; y/o les solicitaron la prueba de embarazo como requisito para ser
contratadas o para mantener su empleo.

12
La Encuesta Nacional Sobre uso de Tiempo (2009), señala que el 79.5% del trabajo doméstico es producido
por mujeres, al que dedican 35:29 horas a la semana, mientras que los hombres dedican 11:04 horas
semanales.
13
Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares 2011, que sobre estas preguntas
entrevistó a mujeres de 15 años y más, ocupadas en los últimos 12 meses.


8
Estas desventajas hacia las mujeres han significado privilegios para los hombres, en muchas
ocasiones, por el sólo hecho de serlo, sin tomar en cuenta sus verdaderas aptitudes y
capacidades. Si bien de entrada resulta un tanto obvio la negativa a renunciar a dicho
estatus, conforme se han logrado relaciones de género más justas e igualitarias, ya se
escuchan voces de hombres que se niegan a permanecer en roles como el del proveedor,
el exitoso, el que no se derrumba, el poderoso, ya que también resultan opresivos y
demandantes.

I.3 ROLES Y ESTEREOTIPOS: MANIFESTACIONES DE LA DESIGUALDAD
Las diferencias sexuales no deberían convertirse en desigualdades sociales ni implicar
desigualdad legal, sin embargo, así ha sido a lo largo de la historia, desde que los hombres
tomaron el poder y se instituyeron como el modelo de lo humano, y a las mujeres se les
consideró como diferentes respecto a ellos, de hecho inferiores, lo que ha impedido el
acceso a oportunidades en igualdad, excluidas social, legal y políticamente, relegadas a la
esfera privada.
Marcela Lagarde
14
identifica algunas expresiones de estas desigualdades, que afectan tanto
a mujeres como a hombres:
- Por el sólo hecho de ser hombres, al género masculino se le asigna poder y
control sobre la vida de las mujeres; el ejercicio de este poder convierte a las
mujeres en dependientes.
- La construcción social de género marca la desigualdad con desventaja para las
mujeres, los hombres aprenden a tomar decisiones y a valerse por sí mismos, y
las mujeres, a que otras personas decidan y actúen por ellas.
- La construcción social de género otorga muchas más libertades sociales al género
masculino que al femenino, para la toma de decisiones, para el acceso y control
de recursos.
- En cuanto a las libertadas sociales, se busca proteger a las mujeres de los peligros
de la calle y, por el contrario, se considera a los hombres poco vulnerables, lo
cual los coloca en situaciones de riesgo con tal de demostrar su virilidad,
poniendo en juego su integridad y hasta su vida. Son comunes las muertes por
acceder a retos, por accidentes y causas violentas.
- Existe una situación de violencia de todo tipo contra el género femenino,
legitimada socialmente, normalizada, oculta, silenciada, y cobijada por las familias,
las comunidades, las parejas, las instituciones. La violencia lastima tanto a las

14
SERIE HACIA LA EQUIDAD (1998) Develando el género. Elementos conceptuales básicos para entender la
equidad. Master Litho, San José, Costa Rica, pp. 10 y 11.


9
mujeres como a los hombres, quienes culturalmente han sido educados para
agredir y ejercer violencia, antes que para hablar sobre los conflictos y llegar a
acuerdos.
- El esquema del patriarcado plantea un ejercicio autoritario del poder a quien lo
ejerce, lo aleja y lo ciega a tomar decisiones apropiadas y acordes con las
necesidades y condiciones de aquellas a quienes representa. Este ejercicio del
poder limita la construcción de sociedades democráticas y sostenibles tanto para
mujeres como para hombres.
Así bien, las diferencias sociales toman forma en roles y estereotipos. Los roles se
entienden como el papel que juegan las personas en función de su género, en una época y
lugar determinados, son las actitudes consideradas "apropiadas" para mujeres y hombres.
Y los estereotipos son las representaciones culturales y subjetivas que dan sentido a los
roles, las ideas que comparte un país/sociedad/comunidad, que establecen cómo deben
ser hombres y mujeres a partir de creencias, expectativas y atribuciones, sin tomar en
cuenta sus verdaderas características, capacidades y sentimientos. Al ser cuestión de
género, los roles y los estereotipos varían en cada lugar y en cada época.
Lo que se espera de las mujeres desde una visión muy tradicional, por ejemplo, es que
cumplan roles de amas de casa, maestras, enfermeras; y para ello, los estereotipos que le
dan sentido son la ternura, la sensibilidad, la maternidad, la actitud de servicio a otros; y a
los hombres se espera verlos desempeñándose como políticos, jefes, proveedores, y para
ello deben cumplir con ser racionales, independientes, líderes. Indiscutiblemente, no
todas las mujeres cumplen con estas características, como tampoco los hombres, y en
ninguna cultura las personas pueden identificarse completamente con el ideal que se tiene
del sexo al que pertenecen.
Al respecto, la antropóloga Margaret Mead
15
cuestiona el llamado carácter “natural” de
las diferencias entre hombres y mujeres, pues en sus investigaciones en Nueva Guinea,
constató que no todas las sociedades están organizadas de la misma forma (de manera
patriarcal) y que la distribución de roles no estaba distribuida al igual que las sociedades
occidentales.
Queda claro que los roles y los estereotipos han obstaculizado en mayor medida el
desarrollo libre de las mujeres, sin embargo, los hombres no quedan exentos de estas
formas de control y regulación de los deseos, las emociones y los cuerpos. Es así que la
ternura, el cariño, la sensibilidad, la duda y la vulnerabilidad con las que un sinfín de
hombres puede identificarse, hacen que la masculinidad hegemónica se quebrante.
En este sentido, la virilidad se convierte en una carga pesada que debe ser demostrada y
afirmada constantemente. El temor a la vergüenza a ser considerados “poco hombres”, a
la recriminación social, hace que se exalten los ideales masculinos, en muchas ocasiones

15
MOLINA, Yanko (2010) Op. Cit.


10
en detrimento de las mujeres, pero también de ellos mismos, con actitudes como la
violencia, el abuso de poder, el distanciamiento o la negación de sentimientos.
Es preciso tomar en cuenta que tanto las características consideradas masculinas, como
las femeninas, tienen componentes que no deben enfrentarse de forma bipolar, jerárquica
y excluyente, sino cada quién buscar el equilibrio de las que conforman la constante
creación de su identidad.

I.4 LAS INSTITUCIONES COMO PARTÍCIPES DEL ENFRENTAMIENTO ENTRE
MASCULINIDAD Y FEMINIDAD
El género se construye mediante la transmisión oral, simbólica y oficial de las distintas
instituciones, con los mensajes, las imágenes y las disposiciones que emiten. La
complejidad de su deconstrucción radica en lo profundo y enraizado que ha estado por
siglos en, al menos, la familia, la escuela, las religiones, el Estado, y los medios de
comunicación. Aunque se redefine continuamente según el contexto espacial y temporal,
mantiene la constante de que la valoración para lo femenino es menor que para lo
masculino, lo que afecta a las mujeres pero también a los hombres que quieren encajar a
toda costa en un cierto modelo, que resulta una utopía.
En la familia inicia la socialización de las personas a través de la atribución de roles de
género. Los primeros años de vida son claves para la formación del ser humano, y en ésta
intervienen las actividades y los lugares que le son asignados en la dinámica familiar para
desarrollar sus actitudes y capacidades, con las cuales formarán parte de la sociedad.
La manera como se dividen los roles que deben desempeñar mujeres y hombres, suele
mantener la hegemonía masculina sobre las mujeres. Ejemplo de ello son las siguientes
afirmaciones,
16
en torno a las cuales, las familias transmiten y refuerzan la división sexual
del trabajo:
Entre el 24 y el 44.9% de las mujeres encuestadas, piden permiso a su pareja o a algún
familiar para hacer gastos cotidianos, visitar familiares o amistades, salir solas, entre otros,
lo que muestra la poca autonomía que tienen para realizar sus actividades sociales o
económicas; seis de cada diez mujeres comparten la opinión de que en las familias donde
la mujer trabaja es ella misma quien más se ocupa de la casa; el 26.4% afirma que el
hombre debe ser el único responsable de mantener el hogar; el 22.6% considera que en
una pareja el hombre debe ganar más dinero que la mujer; el 24.8% piensa que si en una
pareja la mujer gana más dinero que el hombre, le pierde el respeto al hombre.
Finalmente, 10.9% de las mujeres y 13.2% de los hombres, opinan que la violencia de
pareja es un asunto privado.

16
Comisión Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (CONAPRED) e Instituto Nacional de las
Mujeres (INMUJERES) (2010), Encuesta Nacional sobre Discriminación en México (ENADIS 2010).


11
En cuanto al sistema educativo, si bien algunas escuelas no lo implantan, la mayoría de
éstas reproducen de manera muy marcada las desigualdades de género, tanto a través de
la información y los valores sexistas transmitidos, como con la división de actividades que
suelen discriminar a unos y a otras. Un ejemplo son los talleres de mecánica para los
hombres y de cocina para las mujeres, que aún cuando estén abiertos para ambos sexos,
se estigmatiza a quien pretende entrar al que socialmente “no le corresponde”, por lo
que se refuerzan los roles de género.
Una educación sexista que fomenta para los hombres profesiones de mayor prestigio y
remuneración por sus supuestas habilidades natas, y para las mujeres, las que tienen que
ver más con el cuidado de personas y servicio a éstas, provoca que más hombres ocupen
puestos de toma de decisión, y más mujeres puestos como enfermeras, secretarias o
maestras.
El Estado es una institución fundamental en la organización del poder, la legislación, los
derechos y códigos, la jurisprudencia y la administración de la justicia, a fin de procurar
bienestar entre la población. En sus manos está el logro de la igualdad de género, mas lo
que ha demostrado es la exclusión de las mujeres desde de la ciudadanía, hasta de una
serie de derechos. Fue hasta la segunda mitad del siglo XX que el Estado Mexicano inició
la incorporación del principio de igualdad jurídica entre mujeres y hombres, actualmente
previsto tanto en la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y en la Ley
General para la Igualdad entre Mujeres y Hombres
17
, así como en otros diferentes textos
normativos.
Pero mientras se siga otorgando a las mujeres un menor salario, se mantengan obstáculos
para ellas para acceder a puestos de poder de decisión, no se reestructure el sistema
institucional de manera que incida en la corresponsabilidad familiar de mujeres y hombres
y persistan declaraciones de funcionarios públicos que responsabilicen a las mujeres de
ser violentada, entres muchas otras, no podremos hablar de que hemos alcanzado la
igualdad real, efectiva o de oportunidades.
Alda Facio
18
pone el acento en la necesidad de repensar el derecho como disciplina, de
manera que no sólo tenga buenas leyes o buenas resoluciones judiciales a favor de las
mujeres, sino que sea un instrumento de colaboración entre personas diversas, que
promueva nuevos modelos sexuales, sociales, económicos y políticos, hacia una
convivencia humana basada en la aceptación de la otra persona como legítima. Así pues, el
desafío que plantea Facio, deberá trasladarse a la transformación social del resto de las
instituciones, en busca de la igualdad real.
La información que transmiten los medios de comunicación, sobre todo la televisión,
mediante imágenes y lenguaje, está plagada de estereotipos de género. El grueso de
anuncios comerciales, telenovelas, series y programas de revista en horarios estelares,
muestran a las mujeres como tontas, débiles, sumisas, responsables de la limpieza y el

17
DOF de 2 de agosto de 2006.
18
FACIO, Alda (s.f.) Op. Cit., p. 2.


12
cuidado del hogar, como objetos sexuales y con poco valor si no están con un hombre
que le dé sentido a sus vidas.
En cambio los hombres suelen presentarse como conquistadores, exitosos, caballerosos,
pero a la vez violentos y dominadores, y mostrando una imagen de virilidad, que no dé
cabida a la aceptación de una orientación homosexual. Cuando aparecen hombres en
papeles asociados a los de las mujeres, lo hacen de manera ridiculizada, incluso la
homosexualidad es tratada desde la mofa, con el cliché de expresiones amaneradas y la
forma de vestir grotesca y realizando actividades feminizadas, como estilistas o cocineros.
Tomando en cuenta que en México el raiting televisivo para este tipo de programación, es
muy alto, es de esperar que la normalización de los patrones culturales transmitidos
constantemente, se refuerce día a día.
Si bien el género masculino goza de privilegios innatos a su nacimiento, esto no implica
que la vivencia de los hombres en relaciones de poder dispar les asegure un desarrollo
como personas auténticas. El deseo o la necesidad de mantener la imagen de una
masculinidad marcada por la fuerza, la agresividad, la racionalidad, la competitividad,
supone renunciar a la sensibilidad, al diálogo e incluso a derechos como el de una
paternidad activa y presente, en conclusión, a sus verdaderas características, sentimientos
y habilidades.
Esta limitación de su identidad ha llevado a algunos hombres a replantarse la forma de
“ser hombres” y la manera en que han construido su masculinidad, para finalmente
reconocer que es necesario modificar algunos patrones a fin de lograr ser personas más
genuinas y convivir en relaciones más igualitarias y de mayor respeto.
El cambio de estilos de vida y de ideologías que limitan la potencialidad de mujeres y de
hombres es fundamental para el desarrollo humano, pues a pesar de su estado de
privilegios, la ideología patriarcal también restringe en algunos ámbitos a los hombres.




13
II. EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL ESTUDIO DE LAS MASCULINIDADES


II.1 LOS LOGROS DEL FEMINISMO
El feminismo, como movimiento social y político, ha cuestionado la subordinación y
opresión de las mujeres con diversas reflexiones y desde distintos puntos de vista que
coinciden en querer construir una sociedad sin discriminaciones por razón de sexo y de
género; desde sus inicios, ha evolucionado y ha incidido en la transformación de las
relaciones entre los sexos desde diferentes trincheras.
Sin embargo, no únicamente ha actuado desde esta posición, sino que también ha
contribuido a formar un marco teórico y conceptual, conocido como teoría feminista,
que de igual forma ha incidido en las agendas políticas y en las prácticas sociales. En
palabras de Valerie Bryson, la producción teórica del feminismo “quiere entender la
sociedad con el objeto de desafiarla y cambiarla, su objetivo no es el conocimiento
abstracto, sino el conocimiento susceptible de ser utilizado como guía y de informar la
práctica política feminista”.
19

Asimismo, la concepción de lo que conforma el patriarcado o el sistema de dominación
patriarcal, es producto de la teoría feminista, que explica las causas, formas, mecanismos,
justificaciones y expresiones que este sistema utiliza para subordinar a las mujeres. La
primera en definir este concepto fue Kate Millet, para quien “una sociedad patriarcal es
aquella que se organiza según dos principios: el primero señala que los hombres deben
dominar a las mujeres, y el segundo, que los hombres viejos deben dominar a los
jóvenes”.
20

Marcela Lagarde define al patriarcado como: “Es un orden social genérico de poder,
basado en un modo de dominación cuyo paradigma es el hombre. Este orden asegura la
supremacía de los hombres y de lo masculino sobre la inferiorización previa de las
mujeres y lo femenino. Es asimismo un orden de dominio de unos hombres sobre otros y
de enajenación entre las mujeres”.
21

La historia del feminismo como propuesta política tuvo sus primeras manifestaciones en
el siglo XVIII. En aquella época se desarrolló en Europa la Querella de las Mujeres, un
movimiento filosófico y literario en el que mujeres y hombres debatían sobre la supuesta
inferioridad natural de las mujeres y la superioridad natural de los hombres.

19
FACIO, Alda (S.A.) Op. Cit., p. 5.
20
ASTELARRA, Judith (2005) ¿Libres e iguales? Sociedad y política desde el feminismo. México, UNIFEM, p. 146.
21
LAGARDE, Marcela (1996) Género y feminismo. Desarrollo humano y democracia. México, Horas y Horas.


14
No es posible hablar “del feminismo”, puesto que han confluido una gran variedad de
corrientes, así como intereses y necesidades heterogéneas ha habido en diversas épocas y
lugares del mundo. Las corrientes más representativas son las siguientes:
Feminismo sufragista. En el siglo XIX las mujeres en la Gran Bretaña se concentraron en la
lucha por conseguir el voto, exigían ser consideradas como ciudadanas. Hasta entonces la
ley les impedía votar, presentarse a elecciones, ocupar cargos públicos, afiliarse a
organizaciones políticas, les prohibía tener propiedades y negocios propios. Estas normas
sustentadas en la cultura patriarcal impulsan a que durante esta etapa se plantee que
mientras no hubiera un número suficiente de hombres que abogasen por la igualdad entre
los sexos, no habría grandes avances.
Dos siglos después, todavía encontramos modelos de masculinidad anclados en estas
“prohibiciones” hacia las mujeres, independientemente de lo que dicten las leyes, se
imprimen como formas de vida, por lo que la lucha de las sufragistas no se ha agotado.
Fue hasta el siglo XX, después de la Primera Guerra Mundial, cuando más países
empezaron a conseguir el voto de las mujeres. En México sucedió en el año 1953.
Feminismo liberal. Heredero del sufragismo, esta corriente que se desarrolló básicamente
en Estados Unidos, proponía la igualdad entre mujeres y hombres en el marco de
sociedades democráticas occidentales. Su principal interés fue impulsar medidas y
políticas desde las instituciones estatales o privadas a favor de la igualdad de derechos
entre ambos sexos.
Feminismo socialista. La situación de las mujeres obreras, tanto en Gran Bretaña como en
América tenía grandes exigencias, pues además de luchar contra el modelo económico
que les obligaba a cumplir largas jornadas laborales y que les prohibía sindicarse, tenían
que hacerlo contra el modelo doméstico, pues estaban sometidas a una doble jornada,
dentro y fuera de la casa. Fue así que en la década de 1870 se conformaron los primeros
sindicatos femeninos.
Figuras destacadas de esta época se enfocan a promover que las mujeres salgan de la
marginación y la ignorancia, aseguran que el acceso a la educación supondría la mejora
intelectual y moral de la clase obrera. Asimismo, hacen evidente que los intereses de las
mujeres no son homogéneos, que éstos dependen de la clase social a la que pertenezcan.
Una vez más, se constata que en la actualidad no han podido cesar las acciones para que
los hombres se involucren en las tareas domésticas y se despojen de esas pautas de una
masculinidad poco o nada consciente de sus responsabilidades en la esfera privada. Por
otra parte, el acceso de las mujeres a la educación, en igualdad de oportunidades, es
también un desafío pendiente en el que los hombres, desde diferentes cargos y roles
sociales, tienen mucho por hacer.
Feminismo radical. Surge en Estados Unidos, con la guerra de Vietnam como antecedente,
las mujeres deciden organizarse sin los hombres, pues se sienten doblemente oprimidas,


15
por el capitalismo y por el patriarcado. Consideran que es necesaria la transformación del
espacio privado, pues no basta con ganar espacios en el público, mientras continúen las
relaciones de poder que estructuran la familia y la sexualidad. Abanderan el lema “lo
personal es político”, para manifestar que existe una dimensión política en la vida
personal.
Feminismos de la diferencia y de la igualdad. En la segunda mitad de la década de los setenta,
el primero defiende la identidad propia de las mujeres y potencia sus valores femeninos.
Consideran que los logros que se han alcanzado para las mujeres, no se ha traducido de
manera clara en su libertad, y que en la medida en que se siga luchando por igualarse con
los derechos que tienen los hombres, se invisibilizarán las diferencias que tienen con ellos,
y entre ellas. En cambio, el feminismo de la igualdad, promueve la lucha por la igualdad de
derechos y oportunidades entre mujeres y hombres.
Un avance en este sentido, ha sido reconocer que no es posible alcanzar la igualdad de
hecho mientras persistan brechas de género entre mujeres y hombres, lo que hace
evidentes las diferencias entre unas y otros. Para contrarrestar lo anterior es que se han
impulsado a nivel internacional, las llamadas acciones afirmativas,
22
que tienen por objeto
compensar las desigualdades sociales que discriminan a las mujeres o a ciertos grupos
sociales del reconocimiento y disfrute de sus derechos, buscan establecer un trato
preferencial en el acceso o distribución de ciertos recursos, servicios o bienes, a los
distintos grupos sociales que han sufrido y sobre quienes se ejerce la discriminación. Estas
acciones exigen cambios en el modelo de masculinidad hegemónica, que por siglos ha
impedido el avance en el ejercicio de los derechos humanos de las mujeres.
Últimas tendencias del feminismo. Si bien el movimiento feminista ha evolucionado con el
pasar de los años, es cierto que también ha entrado en periodos de crisis. Se puede
destacar la década de los setenta como de mayores movilizaciones, sin embargo, se puede
concluir que la mayoría de los motivos de lucha antes mencionados, no ha alcanzado un
logro absoluto. Como consecuencia de esto, otros intereses paralelos han surgido, como
es el ejemplo del ciberfeminismo, que identifica una relación entre el acceso a la tecnología
de la información y la libertad de las mujeres; el ecofeminismo, que considera que la
destrucción de la naturaleza está relacionada con la dominación que los hombres ejercen
en las sociedades patriarcales; y el feminismo o movimiento queer, que surge en la
comunidad gay y lesbiana de Estados Unidos, en los noventa, se aleja de los
planteamientos normativos que encasillan las sexualidades. “Lo queer pone de manifiesto
el carácter de simulacro al reclamar identidades que no están fichadas en el pobre
continuo que va de lo masculino a lo femenino pero que por sí misma, como bien afirma
Butler no se muestra capaz de desestabilizar el sistema sexo-género”.
23


22
Las acciones afirmativas, también son conocidas como medidas de acción positiva, de discriminación
positiva, discriminación favorable, discriminación inversa o cuotas benignas, que tan sólo se diferencian entre
sí en función de aspectos muy concretos para cada una de sus especificidades, y en el uso de la terminología
que difiere en función de cada país.
23
AGUILAR, Teresa (2008) Op. Cit.


16
Movimientos de mujeres del Sur. El reconocimiento de las distintas corrientes feministas se
ha centrado principalmente en las europeas y estadounidenses, pero sería injusto
desdeñar los logros de mujeres africanas, asiáticas, latino y sudamericanas, en contra del
racismo, de la pobreza, de la violencia y la discriminación en sus múltiples
manifestaciones, de los feminicidios, del impedimento a ser propietarias de tierras, que
con base en redes y organizaciones, han alzado sus voces a favor de sus derechos y de
sociedades más justas.
Ahora bien, el movimiento feminista en sus numerosas expresiones, ha sido un parámetro
para que en la actualidad existan organizaciones de hombres que concuerdan en que es
necesario trabajar por la igualdad y que están convencidos de que el sexismo les afecta, al
limitar sus posibilidades de desarrollo personal y profesional, a la vez que afecta sus
relaciones personales y afectivas.
La transformación del movimiento feminista y de sus estrategias de lucha en el contexto
mexicano no ha sido la excepción. Asimismo, ha tenido un importante crecimiento en el
conocimiento teórico, que ha compartido las experiencias de la realidad de las mujeres en
el país.
Este movimiento inició en México en la década de los setenta, en aquel entonces estaba
conformado, en su mayoría, por mujeres urbanas académicas de clase media. Su demanda
principal era el acceso a oportunidades para intervenir en la toma de decisiones para
solucionar sus problemas y para participar en la vida política, buscaban equidad entre los
sexos y argumentaban que el sexismo al que se enfrentaban devenía de causas culturales.
Se puede hablar de una primera etapa del feminismo en México, de 1970 a 1982,
24
cuando
empezó su organización y establecimiento. Motivadas por el movimiento estudiantil de
1968, estudiantes universitarias tomaron conciencia de su estado de indefensión y
empezaron a formar alianzas con mujeres de otras partes para exigir sus derechos.
Diecisiete años después de haber conseguido el derecho a votar y a ser votadas, las
mexicanas seguían con una presencia muy débil en puestos políticos. En este contexto, se
organizaron en torno al lema de “lo personal es político”, para cuestionar el sexismo y el
androcentrismo presentes en el trabajo, la casa, la escuela y en general, en la vida
cotidiana. Se conformaron diversos grupos, la mayoría socialistas, que cuestionaban el
sistema capitalista y se enfocaron a desenmascarar el poder en el espacio privado
cotidiano, para después modificar el público.
Con la primera Conferencia Internacional de la Mujer, celebrada en México en 1975, las
feministas mexicanas cuestionaron su accionar, y el contacto con grupos de otros países
les permitió avanzar en sus propuestas.

24
BARTRA, Eli, Anna M. Fernández y Ana Lau (2002) Feminismo en México, ayer y hoy. México, Colección
Molinos de Viento.


17
Con ocasión de este evento, un año antes se reformó el artículo 4° constitucional que
daba igualdad jurídica entre mujeres y hombres, así como otros preceptos legales que
hasta entonces eran discriminatorios en contra de las mujeres. Y después de la
conferencia, el Estado mexicano se comprometió a diseñar y poner en marcha acciones
dirigidas a cambiar el papel tradicional de las mujeres.
Durante esta década, el movimiento mostró una variedad de posturas que, aunada a la
debilidad teórica y práctica que venía arrastrando, lo estancó hasta que los distintos
grupos que lo conformaban se dieron cuenta que debían visualizar la participación y la
condición de las mujeres en la sociedad, de manera integral.
La siguiente época de la práctica feminista en México, en los ochenta, se caracterizó por
la conformación de organizaciones no gubernamentales y por su participación en un
sinnúmero de reuniones y foros, nacionales e internacionales, en donde se discutieron
puntos de vista e intercambiaron experiencias. La actuación de varias de sus militantes
destacó en el espacio público, en la academia, y en la organización y promoción de
proyectos productivos financiados por fondos internacionales, que apoyaron sobre todo
los temas de violencia y educación. Así, surgieron centros y programas de estudios sobre
la mujer.
De este grupo, se separó otro del sector popular, con demandas específicas derivadas de
la crisis económica. El sismo de 1985 sacó a relucir las contradicciones entre el desarrollo
urbano de la capital del país y las terribles condiciones de trabajo que padecían gran
cantidad de mujeres, lo que propició una relación más cercana entre ambos grupos, el
“popular” integrado por militantes que realizaban trabajo asistencial y de educación
popular con agrupaciones del movimiento urbano, campesino y sindical; y el “puro”, al
que pertenecían las feministas independientes, las más reconocidas por su trabajo
intelectual.
En la década de los noventa se hizo evidente que aún persistían las desigualdades entre
mujeres y hombres en todos los ámbitos, las principales ocupaciones para la mayoría de
las mexicanas eran en el trabajo doméstico asalariado, como dependientas en comercios,
agentes de ventas, encargadas de funciones administrativas y vendedoras ambulantes.
Proliferaron en esta época organizaciones de la sociedad civil propulsoras de los derechos
humanos de las mujeres. Los derechos sexuales y reproductivos, a la no violencia, la
democracia, y la ciudadanía femenina, se suman a la agenda feminista. En el ámbito
político, se impulsa la incorporación de una agenda feminista en las plataformas de los
partidos políticos, y la propuesta de reforma electoral para instaurar cuotas, como acción
afirmativa, para que la participación de mujeres como candidatas a puestos de elección
popular, aumente, lo que ha costado mucho trabajo que se traduzca en realidad.
En 1994, la irrupción del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo evidente
la pobre respuesta que tenía el movimiento feminista mexicano para sus mujeres
indígenas, lo que llevó a colocar el tema indígena en la agenda nacional. La necesidad de


18
ver el género vinculado a la pertenencia étnica, obligó al movimiento a plantearse toda la
diversidad de categorías sociales que podrían intervenir con las asimetrías patriarcales.
En la actualidad podemos decir que durante la última década se ha conseguido posicionar
el tema de género en México con más fuerza, por la constante actividad de grupos de la
sociedad civil, y ahora también por la creación de dependencias gubernamentales
especializadas en materia de derechos de las mujeres, y áreas o unidades de género en
otras. Por otra parte, se ha avanzado en materia legislativa, en diversos instrumentos
normativos se reconocen los derechos de las mujeres y su igualdad ante la ley, así como
la obligatoriedad de presupuestar recursos con perspectiva de género. Asimismo, hay
programas y planes que establecen la obligación de implementar políticas públicas con
enfoque de género.
No obstante, no ha sido suficiente, pues la gama de temas que siguen mostrando brechas
de género, por los que se sigue luchando desde diferentes trincheras, no ha variado desde
hace décadas: se sigue peleando por el acceso a la educación, a la salud, por condiciones
de trabajo equitativas, por la corresponsabilidad familiar, por una vida libre de violencia y
de feminicidios.
Además, resulta necesario evaluar la influencia real en la sociedad de las instancias creadas
para el mejoramiento de la condición de las mujeres, así como ofrecer soluciones, que
involucren a los hombres, ante las problemáticas latentes y encauzar propuestas viables.
Por eso no se puede pretender una democracia de género con nuevas relaciones sociales
sin incluir la participación de los hombres en este cambio, desde masculinidades alternas a
la hegemónica, más respetuosas y comprometidas con la igualdad. Una democracia no
puede soslayar los intereses, las necesidades, las aspiraciones, la representación, la
participación y los derechos de la mitad de la población.
Los intentos del feminismo de crear una base universal de demandas, han sido criticados
en todas partes, pues la opresión de las mujeres toma matices distintos en cada cultura,
lo mismo la participación de los hombres en las sociedades patriarcales.
Si bien existen distintas corrientes del feminismo, Alda Facio
25
destaca una serie de
puntos en los que todas confluyen, que ayudan a desmitificar algunas ideas negativas en
torno a este movimiento, y que, por otra parte, invitan a los hombres a acercarse a
conocer sus principios a fin de reconocer el beneficio para ellos y para sus relaciones
humanas. Destacan los siguientes:
a) Todas las personas, mujeres y hombres, valemos en tanto seres humanos, tanto
dentro de cada uno de estos dos grandes colectivos humanos, como entre el de
hombres y el de mujeres. Las diferencias en términos de individualidades y de
colectivos, no deben significar una mayor valoración de un grupo en demérito de
otro.

25
FACIO, Alda (s.f.) Op. Cit.


19
b) Todas las formas de discriminación y opresión son igualmente vejatorias. La
mayoría de las corrientes feministas no exige simplemente más derechos para las
mujeres, sino que cuestiona cómo se van a ejercer y a quiénes van a beneficiar, de
tal manera que se transformen las relaciones de poder.
c) El feminismo se opone al poder sobre las personas y propone, en cambio, el
poder de las personas.
d) La afirmación “lo personal es político” amplía el estudio sobre el poder y el
control social a espacios tradicionalmente excluidos de este tipo de análisis. Esta
expresión tomó fuerza por el tema de la violencia contra las mujeres, y aclara que
no es un problema individual, sino que es la expresión de un sistema que
deshumaniza a la mitad de los seres humanos del planeta.
e) La subordinación de las mujeres tiene como uno de sus objetivos el control de
sus cuerpos, de su sexualidad y de su capacidad reproductiva. Algunas de estas
manifestaciones son la imposición de la heterosexualidad como requisito para
formar una familia a través del matrimonio; y el que dentro de éste, sea el marido
el que tiene la autoridad y el poder de toma de decisiones.
f) La teoría de género se basa en la conceptualización del género como una
categoría social como lo es también la raza, la clase, la edad, etc., que atraviesa y
es atravesada por todas las otras categorías.
El feminismo no se limita a luchar por los derechos de las mujeres, también cuestiona las
estructuras de poder. De esta forma, tiene sentido la discusión sobre el papel del género
masculino en el ejercicio del poder, pues exigir lo que a las mujeres corresponde en
cuanto a derechos y oportunidades, no llegará a ser suficiente si no se ataca el otro lado
del problema, la hegemonía masculina como parámetro.
Por otra parte, el análisis de las estructuras de poder también impacta a grupos de
hombres pertenecientes a colectivos subordinados, oprimidos y discriminados por
razones de etnia, clase, orientación sexual, discapacidad, etc. Es así que este movimiento
ha servido de sustento para el estudio de las masculinidades y de cómo el ideal del
modelo hegemónico, deja al margen a un número significativo de hombres que no
cumplen con las características impuestas, y que finalmente son de alguna manera
excluidos.

II.2 LOS ESTUDIOS DE GÉNERO
Existen diferentes argumentos sobre el origen de los estudios de género.
Indiscutiblemente tienen una estrecha relación con el movimiento feminista
contemporáneo y con los aportes de tantas mujeres que se han ido sumando a las
demandas que éste promulga.


20
En América Latina, fue por la década de los ochenta, con la entrada del sistema
democrático, que se abrió un espacio para los estudios de género, impulsados en gran
medida por académicas e investigadoras feministas, pero también por la apertura al tema
en instituciones universitarias. Es así que se empieza a hacer referencia al género como
categoría analítica, se amplían los criterios conceptuales de las ciencias sociales para
incorporar nuevos temas, problemas e interrogantes.
Los estudios de género han profundizado sobre la construcción, la función simbólica y las
representaciones sociales de las diferencias sexuales y genéricas, y han hecho evidente
cómo funcionan las relaciones de poder, de opresión y de dominación, y las inequidades
en diversos ámbitos en los que se desarrollan hombres y mujeres. También han
cuestionado la producción de conocimiento androcéntrico, discutiendo la superioridad
masculina sustentada en la subordinación femenina.
Este doble propósito, de generar conocimiento a través de visibilizar las condiciones
específicas de las mujeres y las relaciones entre los géneros, y el político, de contribuir a
la eliminación de la injusticia social y la opresión, ha hecho de los estudios de género una
contribución indiscutible en el fomento de la promoción del saber desde la perspectiva de
las mujeres y para transformar las formas tradicionales de construir conocimiento
científico; así como para dar un nuevo sentido a lo que son las mujeres y los hombres, y a
las relaciones que se producen entre ambos.
Es así que se a esta mirada analítica que indaga y explica cómo las sociedades construyen
sus reglas, valores, prácticas, procesos y subjetividad, tomando como referencia la
diferencia sexual, se le llama perspectiva de género. Marcela Lagarde considera que la
perspectiva de género tiene como único objetivo: “el de contribuir a la construcción
subjetiva y social de una nueva configuración (de la concepción del mundo) a partir de la
resignificación de la historia, la sociedad, la cultura y la política, desde las mujeres y con
las mujeres. Señalando que el reconocimiento a la diversidad de género y la diversidad de
cada uno es el principio esencial de esa perspectiva”.
26

La perspectiva de género también permite visibilizar la experiencia de los hombres en su
condición de género, y considerarlos en su diversidad. Los hombres ya no pueden
quedarse al margen, son parte del cambio, y los estudios de género han sido un impulso
importante para que también se analicen las diferentes formas de ser hombre, se
deconstruyan y se resignifiquen.
Uno de los principales aportes que ha impactado el estudio de las masculinidades ha sido
el que ha permitido reflexionar sobre desarrollo y género. Casi con seguridad ha sido el
cambio del discurso entre el modelo de Mujeres en el Desarrollo (MED) de los años
setenta, y el de Género en el Desarrollo (GED), de los ochenta, uno de los elementos
que lo han motivado. Así, el MED que centraba la integración de las mujeres desde
soluciones parciales y que señalaba sus necesidades mediante intervenciones específicas
con un “componente” de mujer, resultó insuficiente por sus evidentes limitaciones. Caso

26
MOLINA, Yanko (2010) Op. Cit.


21
contrario al posterior modelo del GEM puesto que con éste comienza el debate de las
relaciones de poder y las de género, empieza a entender la subordinación de las mujeres,
avanza para el logro del “empoderamiento” de éstas, cuestiona el modelo de desarrollo
dominante y promueve la eficiencia y la identificación de oportunidades para mejorar la
redistribución de género, lo que ha permitido la construcción de las identidades
genéricas.

II.3 EL ESTUDIO DE LAS MASCULINIDADES
Los estudios relativos a las masculinidades son recientes, puesto que fue en los años
setenta cuando de manera tímida se iniciaron las primeras investigaciones. Así, autores
como Herb Goldberg, en el año 1976, Dan Kiley, en 1985, León Gindin en 1987 y ya
concluyendo los 80, Michael Kaufman, empezaron a analizar y a proponer alternativas al
estudio de la masculinidad patriarcal, como una acción posterior, pero en muchos
aspectos complementaria, a los procesos de reivindicación feminista.
En Latinoamérica las investigaciones sobre los hombres desde una perspectiva de género
iniciaron a finales de los ochenta, en su mayoría por feministas. Al igual que los estudios
de género, éstos se han realizado desde diferentes enfoques y teorías, pero en conjunto
han producido material valioso sobre la masculinidad y las diferencias culturales de la
construcción de las identidades masculinas, así como de las relaciones de género. A lo
largo de una década el análisis teórico sobre la masculinidad se centró en el modelo de
masculinidad hegemónica, en torno a temas como la paternidad, los ámbitos de
sociabilización de los hombres, y la salud reproductiva versus la sexualidad masculina.
27

A partir de entonces la investigación sobre los hombres se hace de manera más
sistemática, en un inicio enfocada al fenómeno del machismo. Se estudia a los hombres
desde sus cuerpos, subjetividades, comportamientos y aquello denominado «lo
masculino». Se comienza a desnaturalizar la masculinidad.
Los estudios de los hombres latinoamericanos se han propuesto reconocer la diversidad
de experiencias e identidades masculinas, y no utilizar una perspectiva esencialista que
englobe a todos los hombres en una identidad común. Para ello, la metodología que han
empleado consiste en analizar la confluencia de clase, raza y región, a fin de comprender
las desigualdades sociales.
Las siguientes menciones a diferentes estudios antropológicos dan cuenta de las
variaciones culturales de hombres de distintas zonas, que finalmente podrían compartir
algunos rasgos de masculinidad.

27
HERNÁNDEZ, Misael (2008) Estudios sobre masculinidades. Aportes desde América Latina, en Revista de
Antropología Experimental, N° 8, Universidad de Jaén, España.


22
Norma Fuller, en 1997 y 2003, estudió la concepción de ser hombre de clase media en
zonas urbanas de Perú, y concluyó que comparten elementos de la masculinidad
hegemónica, como el poder y la dominación, con la variante de otras zonas, que ahí las
mujeres se desempeñan en posiciones sociales que les permiten confrontar a los hombres
y negociar con ellos.
Por su parte, Mara Viveros, en 1997 y 1998, identificó en dos regiones de Colombia a
hombres catalogados como quebradores o como cumplidores. En Quibdo se llama
quebrador al hombre con habilidad para conquistar mujeres; y en Armenia, se hace
referencia al cumplidor, al que atiende sus responsabilidades, al que es buen trabajador y
sostén de su familia. Ambos utilizan esa imagen para resaltar su masculinidad.
Un ejemplo paradójico es el que comparte Claudia Fonseca, en 2003, de un barrio
popular de Brasil, en donde los hombres que son engañados por sus parejas con otros
hombres, son llamados guampudos, lo que pone en jaque su honor y su masculinidad.
En México, en 2004 Oscar Hernández analizó las etiquetas de hombres cabrones y hombres
responsables en Victoria, Tamaulipas. La primera se asocia a la capacidad sexual y de
conquista de mujeres, a la habilidad en el trabajo y al valor de hacer frente a los
conflictos; mientras que la segunda refiere al hombre proveedor y participativo en las
labores del hogar y la crianza de los hijos e hijas. Por su parte, Gutmann, en el año 2000,
constató que en una colonia popular de la Ciudad de México, la figura del macho
mexicano como violento y emocionalmente distante es infundada.
Estas referencias muestran diferentes etiquetas de la masculinidad, sin embargo, no son
excluyentes ni exclusivas, pues como sabemos, en el caso mexicano, tener cierta
participación familiar como proveedor, no limita que los hombres puedan ser violentos,
infieles o que el hecho de que su compañera tenga un ingreso económico igual o mayor al
de ellos, les signifique una amenaza.
Algunos autoras y autores han abordado otros ejes de estudio que se alejan de las
características de la masculinidad hegemónica, como es el caso de la homosexualidad, en
ciertos estudios se aborda como una condición peyorativa al “ser hombre”, y en otros, se
empieza a identificar como una posibilidad de las masculinidades subordinadas o alternas.
Resulta interesante la opinión de algunos autores en el sentido de que el aprendizaje de la
masculinidad es un camino difícil, pero tiene sus recompensas.
En los últimos años se ha señalado que la masculinidad está en crisis, así como también la
manera en que se estructuró la vida entre hombres y mujeres durante gran parte del siglo
XX. Para muchos varones la forma dominante de ser hombre, resulta ajena a sus
vivencias, y va en contra de lo que en realidad quieren ser y hacer.
Entre los años setenta y ochenta, se hace visible la inestabilidad del sistema de sexo-
género en América Latina y la crisis a la que se enfrenta la familia nuclear patriarcal,
debido a una serie de factores y de procesos: por una parte, las políticas de ajuste


23
económico, la reformulación del papel del Estado, la globalización de la economía y los
intercambios culturales; y por otra, el reconocimiento de derechos específicos de las
mujeres, su entrada a obtener ingresos propios, más años de escolaridad, así como el
reconocimiento de la diversidad social, los cambios demográficos y la presencia de la
pandemia del VIH/sida.
28

A partir de la epidemia del VIH/sida, la población homosexual pasa a ser visible. Se
reconoce su presencia en las relaciones sociales, en la vida de pareja, en centros de
diversión, y se crean organizaciones que los representan y comienzan a formular una
agenda propia.
Ante los cambios inminentes que están enfrentando hombres y mujeres con las nuevas
formas de relacionarse mediante modelos de feminidad y masculinidad más flexibles y con
la incorporación de ambos a espacios antes exclusivos para el otro sexo. Viveros
propone indagar los efectos de la reestructuración económica y social en las vidas de los
hombres, y abordar la masculinidad, no sólo como una construcción histórica y cultural,
sino también como subjetivo, el cuerpo como un hecho cultural y psíquico, y las
implicaciones de la diferencia sexual.
Es claro cómo el planteamiento de Butler, de que el sexo puede ser culturalmente
construido, impacta también en el estudio de las masculinidades e invita a disolver el
modelo de la masculinidad hegemónica, de manera que puedan asumirse identidades,
cuerpos, deseos y prácticas sexuales distintas a la heteronormativa.
Pese a lo reciente de su historia, el análisis de las masculinidades ha sido objeto de
diversas críticas con diferentes enfoques. Así, algunas corrientes defensoras de los
derechos humanos de las mujeres desde una perspectiva incluyente han aceptado que
pese a los graves perjuicios que el patriarcado ha ocasionado a las mujeres, para su
erradicación, se debe contar con la aportación de los varones.
Estos nuevos planteamientos han sido objeto de debate en las últimas conferencias a nivel
mundial y así, por ejemplo, en la Resolución de la Sesión Especial de la Asamblea General
de las Naciones Unidas, conocida como “Beijing + 5”,
29
se establece la atención que se ha
de prestar a la integración de los hombres en el cambio de las relaciones de género.
En este tenor, en su párrafo 41 se afirma que “el contexto cambiante de las relaciones de
género, así como la discusión sobre la equidad de género, han conducido a una creciente
reevaluación de los roles de género. Esto ha impulsado una discusión más profunda sobre
los roles y responsabilidades de mujeres y hombres trabajando juntos hacia la equidad de
género”.

28
OLAVARRÍA, José (s.f.) Los estudios sobre masculinidades en América Latina. Un punto de vista. Chile: FLACSO.
29
Período Extraordinario de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas: “Igualdad entre los
géneros, desarrollo y paz en el siglo XXI”, Nueva York, del 5 al 9 de junio de 2000.


24
Igualmente, en al párrafo 44, en el apartado destinado a las acciones necesarias para
superar los obstáculos existentes en el Plataforma de Acción, se cita textualmente que “la
equidad de género implica que las necesidades, los intereses, las preocupaciones,
experiencias y prioridades tanto de mujeres como de hombres sean una dimensión
integral del diseño, implementación y monitoreo a nivel nacional e internacional, así como
del seguimiento y la evaluación de todas las acciones en todas las áreas.”
Las distintas corrientes, especialmente las provenientes de los feminismos, que han
planteado con rigor si era necesario incorporar nuevas estrategias en las que pudieran
estar incluidos los hombres para alcanzar la igualdad efectiva o sustancial, lo han hecho
desde un enfoque analítico y crítico. En este sentido, algunas voces feministas han
mostrado su rechazo, mientras que otras consideran que la participación de mujeres y
hombres pueden facilitar esta meta. En términos generales, quienes están a favor de la
inclusión de los hombres para eliminar el patriarcado consideran que ha sido necesaria
una primera etapa de transformación parcial compuesta por una plataforma de cambios
desde las mujeres, por las mujeres y para las mujeres.
Desde esta postura surgió el término “Democracia de Género”
30
, que contiene unas
directrices de género inclusivas pero que ha encontrado por distintos sectores su
desaprobación para aceptar dicho término. Sin objetar si la acepción es o no correcta, lo
cierto es que a través de ella se produce una reflexión general sobre la democratización
de las relaciones de género en referencia a los contextos sociales y a los sistemas
políticos, y se propone un cambio de paradigma y una reorientación hacia un cambio
estratégico que permita superar los límites, resistencias y retrocesos existentes.
Además, la democracia de género implica diálogo, información, participación activa,
negociación y acuerdos entre mujeres y hombres, con base en sus intereses comunes y
sus diferencias, a través de integrar los temas y puntos de vista de ambos a nivel familiar,
doméstico, laboral, educativo y político, así como la interacción entre unas y otros. Es
decir, se plantea un análisis entre las esferas productiva y reproductiva.
Es más, como se ha señalado, la democracia de género significa “buscar sistemáticamente
una nueva acumulación de fuerzas para seguir avanzando hacia relaciones de género más

30
La “Democracia de Género” surge como estrategia incluyente en la segunda parte de los años 90, en
Alemania. Autores como Neusüss o Von Bargen consideran que el nacimiento de esta alternativa a las
políticas de género tradicionales debe contemplar a ambos sexos. Así, la propuesta inicial dirigida a la
entonces ministra alemana en la materia y titulada “Por la Democracia de Género”, contemplaba como
propósito “un relanzamiento de la política de género, que integre las temáticas de los hombres, del trabajo
familiar y, sobre todo, de la interacción entre los géneros”. Dentro de los partidarios, existe dicotomía de
criterios, ya que un sector entiende que no es una propuesta de alternativa, sino otra herramienta que debe
ubicarse a la par del empoderamiento o de la igualdad de oportunidades, mientras que otras voces la sitúan
en un mecanismo alterno para alcanzar la plena igualdad. En el mundo anglosajón se empieza a hablar, años
después, de una sociedad con perspectiva de género, “engendred society”.


25
justas y democráticas. Busca evitar el encapsular o la segmentación de la acción de las
mujeres, sobre todo en espacios mixtos.
31


II.4 LOS AVANCES NORMATIVOS: EL IMPACTO DE LA CEDAW
Los aportes del movimiento feminista, a través de la teoría de género, han tenido en las
agendas internacionales y han sido avalados por organismos como la ONU, que el 18 de
diciembre de 1979, mediante su Asamblea General aprobó la Convención sobre la
Eliminación de todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (mejor conocida como
la CEDAW por sus siglas en inglés), que entró en vigor como tratado internacional en
1981 tras su ratificación por 20 países, entre ellos México.
En el ámbito de los derechos humanos, la CEDAW ocupa un importante lugar en la
incorporación de las mujeres a la esfera de los derechos en sus distintas manifestaciones,
y establece no sólo una declaración internacional de derechos para las mujeres, sino
también un programa de acción para que los Estados Parte garanticen el goce de éstos.
En su preámbulo, la Convención reconoce explícitamente que "las mujeres siguen siendo
objeto de importantes discriminaciones" y subraya que esa discriminación viola los
principios de la igualdad de derechos y del respeto de la dignidad humana.
La Convención distingue positivamente el principio de igualdad al pedir a los Estados
Parte, de conformidad con el artículo 3, que tomen "todas las medidas apropiadas, incluso
de carácter legislativo, para asegurar el pleno desarrollo y adelanto de la mujer, con el
objeto de garantizarle el ejercicio y el goce de los derechos humanos y las libertades
fundamentales en igualdad de condiciones con el hombre".
A diferencia de otros tratados de derechos humanos, éste se ocupa de los que tienen que
ver con la reproducción humana y con las consecuencias de los factores culturales en las
relaciones entre los sexos. Ejemplo de ello son el artículo 5, que aboga por "una
comprensión adecuada de la maternidad como función social", lo que requiere que ambos
sexos compartan plenamente la responsabilidad de criar los hijos; y el 16, que aborda el
tema del matrimonio y las relaciones familiares y establece la igualdad de derechos y
obligaciones de la mujer y el hombre en lo referente a la selección del cónyuge, la
paternidad, los derechos personales y la posesión de bienes.
De esta forma la CEDAW tiene el cometido de ampliar la interpretación del concepto de
los derechos humanos mediante el reconocimiento formal del papel desempeñado por la
cultura y la tradición en la limitación del ejercicio por la mujer de sus derechos
fundamentales. En el preámbulo destaca que para lograr la plena igualdad entre el hombre

31
MEENTZEN, Ángela y Gomáriz, Enrique (Comp.) (2003) “Democracia de género, una propuesta inclusiva.
Contribuciones desde América Latina y Europa, Fundación Heinrich Böll, El Salvador, p. 8


26
y la mujer es necesario modificar el papel tradicional de ambos en la sociedad y en la
familia.
Los Estados Parte, en aras a lo que recoge el artículo 5, están obligados a coadyuvar en la
modificación de los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres para
eliminar "los prejuicios y las prácticas consuetudinarias y de cualquier otra índole que
estén basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos o en
funciones estereotipadas de hombres y mujeres".
En el artículo 10 se estipula la modificación de los libros, programas escolares y métodos
de enseñanza para eliminar los conceptos estereotipados en la esfera de la educación.
Todas las disposiciones de la Convención que afirman la igualdad de responsabilidades de
ambos sexos en la vida familiar e iguales derechos con respecto a la educación y al
empleo, reprueban los patrones culturales que definen el ámbito público como un mundo
masculino y la esfera doméstica como el dominio de la mujer. En suma, la Convención
proporciona un marco global para hacer frente a los múltiples factores que han
mantenido la discriminación basada en el sexo.
Para dar seguimiento a la aplicación de la Convención, hay un Comité para la Eliminación
de la Discriminación contra la Mujer, compuesto por 23 personas expertas. Los Estados
Parte presenten al Comité, por lo menos cada cuatro años, un informe sobre las medidas
que van adoptando para hacer efectivas las disposiciones de la Convención. Los miembros
del Comité examinan esos informes y hacen recomendaciones sobre aspectos relativos a
la eliminación de la discriminación contra las mujeres.




27
III. LA NOCIÓN DE LA MASCULINIDAD


Con base en lo expuesto, tanto los mecanismos sociales como culturales utilizados para
demostrar qué es y cómo debe comportarse un hombre, es decir, qué implica la
masculinidad,
32
han variado sustancialmente en función de cada momento de la historia.
Así, un breve recorrido histórico nos indica que tanto en la vida privada como en la
pública, la masculinidad varía de una cultura a otra y, hasta en ocasiones, pueden ser
totalmente contrapuestas.
Ejemplo de ello lo encontramos en las tradiciones o costumbres que existen en diferentes
partes del mundo. La idea de qué implica ser un “verdadero hombre” difiere mucho de un
continente a otro y, aún más, entre los distintos países de un territorio muchos rasgos
distinguen a unos de otros. De cualquier manera, fruto del androcentrismo y de la
ginopia
33
que han permeado el mundo, existe un denominador común que está enfocado
a considerar que la vieja masculinidad tiene como rasgos “obligados” la protección, la
fecundación, la provisión y la competencia, tanto social como sexual.
Como se ha señalado,
34
la masculinidad patriarcal se define básicamente por la
concurrencia de tres aspectos: la separación de los chicos de la madre para evitar la
contaminación de comportamientos, actitudes y valores femeninos; la segregación desde
edades tempranas para diferenciarse de las chicas y la reafirmación de la heterosexualidad
por negación de la homosexualidad.
Ante este escenario, lo cierto es que la masculinidad encuentra su sustento en dos
aspectos: el primero, en las grandes desigualdades que se dan entre mujeres y hombres
en función del género y, el segundo, que al existir distintas concepciones de la
masculinidad, no siendo la hegemónica la única existente, se debe de hablar de
masculinidades.
Ello nos remite a aceptar que analizar la historia con perspectiva de género es observar el
ejercicio del poder y, por supuesto, el patriarcado, caracterizado por tres aspectos: el
primero, es la oposición entre el género masculino y femenino, asociada a la opresión de
las mujeres y al dominio de los hombres en las relaciones sociales, normas, lenguaje,
instituciones y formas de ver el mundo. El segundo punto se refiere al rompimiento entre
mujeres basado en una enemistad histórica en la competencia por los varones y por

32
Existen especialistas que prefieren utilizar el concepto “hombre de verdad”, bajo el argumento que no se
pueden extrapolar términos recientes, como es el de masculinidad, a épocas históricas en los que no eran
aplicados para el análisis de la realidad. Vid. BARRAGÁN MADERO, Fernando, “Prevención de la violencia de
género desde la adolescencia: Del proyecto Arianne a la construcción de una cultura de paz en las
escuelas de secundaria” (documento inédito).
33
De conformidad con Alda Facio, la ginopia implica la imposibilidad de ver lo femenino.
34
BADINTER, Elisabeth (1993), XY La identidad masculina. Alianza, Madrid.


28
ocupar los espacios que les son designados socialmente a partir de su condición de
mujeres, y finalmente caracteriza el patriarcado por su relación con un fenómeno cultural
conocido como machismo, basado en el poder masculino y la discriminación hacía las
mujeres.
Es norma generalizada que los hombres que nacen y construyen sus comportamientos en
una sociedad patriarcal sociabilizan una idea masculina que, entre varios aspectos, denota
superioridad y correlativamente una idea de quién es “más hombre”, lo que
lamentablemente encuentra en el imaginario social la percepción de que este rol lo
adquiere quien “es más violento”, “posee mayor adicción al alcohol o las drogas”, “es más
promiscuo” o “más autoritario”. No hay que obviar que los efectos del patriarcado han
supuesto que las sociedades que se rigen bajo sus criterios se distingan por la distribución
desigual del poder, que siempre se gesta bajo relaciones dominantes y opresivas.
Al enlazar el patriarcado y la masculinidad, es necesario profundizar en su
conceptualización que ha sido entendida recientemente por diferentes especialistas. Así,
Connell, en el año 1997 la define como:
[…] procesos y relaciones por medio de los cuales los hombres y las mujeres
llevan vidas imbuidas en el género. La masculinidad es, al mismo tiempo, la posición en las
relaciones de género, las prácticas por las cuales los hombres y las mujeres se
comprometen con esa posición de género y los efectos de estas prácticas en la
experiencia corporal, en la personalidad y la cultura.
35

Todavía más, Gilmore, en el año de 1994, la define como:
la forma aceptada de ser varón adulto en una sociedad concreta, es decir,
aquello que se refiere a por qué la gente de muchísimos lugares considera el
estado de “hombre de verdad” o de “auténtico hombre” como incierto y precario, como
un premio que se ha de ganar o conquistar con esfuerzo, y de por qué tantas sociedades
elaboran una exclusiva imagen exclusivista de la masculinidad mediante aprobaciones
culturales, ritos o pruebas de aptitudes y resistencia.
36


III.1 MASCULINIDAD E IDENTIDAD
La identidad masculina se ha construido desde un parámetro de referente, y que define al
género opuesto en su negación, es decir, que la existencia de los hombres se sustenta en
la negación de lo otro, lo devaluado, pues a los hombres se les asignan los valores, las

35
CONNELL, R.W. (1997). La organización social de la masculinidad. Ediciones de las Mujeres, No. 24. ISIS
Internacional, Santiago de Chile. pp. 31-48.
36
GILMORE, David (1994), Hacerse hombre. Concepciones culturales de la masculinidad. Paidós. Barcelona. En
este texto el autor utiliza como fuentes de estudio la mitología, los estudios etnográficos, la antropología y la
literatura, con diferentes metodologías.


29
características y los roles más valorados socialmente. De hecho, muchas de las
características que definen la masculinidad, el “ser hombre”, son las que distinguen al ser
humano de los animales: el intelecto, la razón, el pensamiento. Y a esta posición es difícil
renunciar.
La identidad masculina está asociada con la forma como los hombres construyen su
masculinidad y cómo se asocia ésta con la sexualidad, la reproducción, la paternidad, el
trabajo y la violencia.
37
La identidad no está aislada del contexto socioeconómico, cultural
e histórico en que están insertos los varones.
El patrón del deber ser de los hombres que se ha impuesto sobre otros, es el
“hegemónico”. Sin embargo, ha ocasionado tensiones, frustraciones y dolor en muchos
hombres y mujeres, porque no corresponde a su realidad cotidiana ni a sus inquietudes e
intereses.
La identidad masculina está directamente ligada a la sexualidad. Predomina la noción de
que los varones tienen un deseo sexual instintivo, por naturaleza, que les es difícil
controlar, idea que genitaliza la sexualidad masculina. El sexo se asocia con la posibilidad
de satisfacer el deseo y es visto como una reafirmación de su masculinidad ante ellos
mismos y para ser mostrada a los otros hombres. La sexualidad de la que hablamos, la
“normal” es la heterosexual.

III.2 LA MASCULINIDAD HEGEMÓNICA
Tradicionalmente, la única forma de expresar la masculinidad ha sido a través de la
denominada masculinidad hegemónica, es decir, de la construcción social dominante
sobre otras construcciones de género.
La masculinidad hegemónica, a criterio del ya citado Connell, puede definirse como “la
configuración de la práctica de género que envuelve la respuesta comúnmente aceptada al
problema de la legitimidad del patriarcado, que garantiza la posición dominante de los
hombres y la subordinación de las mujeres”.
38

Otras definiciones, la sitúan como “el conjunto de atributos, valores, funciones y
conductas que se suponen esenciales al varón en una cultura determinada. (…) Existe un
modelo hegemónico de masculinidad visto como un esquema culturalmente construido,
en donde se presenta al varón como esencialmente dominante, que sirve para discriminar
y subordinar a la mujer y a otros hombres que no se adaptan a este modelo”.
39


37
OLAVARRÍA, José (s.f.) Op. Cit.
38
CONNELL, R. W. (1995), Masculinities, Universidad de California Press, Berkeley, p. 77.
39
DE KEIJZER, Benno (1995), La Masculinidad como factor de riesgo. (Documento inédito no publicado),
Zacatecas, México.


30
Dentro de este contexto, la masculinidad patriarcal se asienta sobre dos ejes; uno
individual, y otro social; el primero se traduce en los hechos cotidianos de cada persona y
se expresa en los valores, conductas, roles que realizan en la vida diaria y que les hace
establecer un sistema de relaciones con su entorno de vida, con las mujeres, con otros
hombres y hasta con sus propios pensamientos y comportamientos. En cuanto al segundo
pilar, se establece como sistema social, son diversas las fuentes de valores que a través de
distintas instituciones e introducen una serie de valores fundamentales que marcan las
pautas para el desenvolvimiento de mujeres y hombres, que legitiman unas conductas y
sancionan otras, en función del sexo de quien las realice. Ejemplo de ello se encuentra en
las reglas y directrices que marcan el Estado, las distintas religiones, las familias, los usos y
costumbres, la legislación, la educación o la ciencia, entre otros.
Consecuencia de todo ello, la masculinidad patriarcal está impregnada de una serie de
factores que exigen comportamientos rígidos y definidos. En primer lugar, la
heterosexualidad, puesto que, tristemente, está socialmente aceptado que un hombre que
cumpla con los mandatos hegemónicos debe ser heterosexual, lo que evidencia el nexo
que existe entre la masculinidad hegemónica y la sexualidad. Esto se refuerza con los
mandatos sociales que exigen que la masculinidad deba de ser consustancial con la
heterosexualidad y entendida como un hecho natural. Tampoco es anómalo en un
determinado entorno social, que muchos varones “entiendan” que violar y acosar
sexualmente puedan ser considerados signos de masculinidad lo que genera que las
víctimas de estos delitos sean revictimizadas ya que en ocasiones hasta se les considera
culpable. En estos casos nuevamente confluyen las relaciones dispares de poder y que
cosifica a las mujeres puesto que en las sociedades actuales el sexo femenino es para
muchos hombres una mercancía de gran valor.
Otro aspecto incidente es el poder. Al efecto, Kaufman
40
plantea que:
la equiparación de la masculinidad con el poder es un concepto que ha evolucionado a
través de los siglos, y ha conformado y justificado a su vez la dominación de los
hombres sobre las mujeres y su mayor valoración sobre éstas. (...) Los hombres como
individuos interiorizan estas concepciones en el proceso de desarrollo de sus
personalidades ya que, nacidos en este contexto, aprendemos a experimentar nuestro
poder como la capacidad de ejercer el control (...); el poder colectivo de los hombres
no sólo radica en instituciones y estructuras abstractas sino también en formas de
interiorizar, individualizar, encarnar y reproducir estas instituciones, estructuras y
conceptualizaciones del poder masculino.
El autor agrega que “la adquisición de la masculinidad hegemónica (y la mayor parte de las
subordinadas) es un proceso a través del cual los hombres llegan a suprimir toda una
gama de emociones, necesidades y posibilidades, tales como el placer de cuidar de otros,
la receptividad, la empatía y la compasión, experimentadas como inconsistentes con el

40
KAUFMAN, Michael (1995), “Los hombres, el feminismo y las experiencias contradictorias del poder entre
los hombres”, en Género e identidad. Ensayos sobre lo femenino y lo masculino, Arango, Luz, León, Magdalena y
Viveros, Mara (Comp.) Tercer Mundo, Bogotá, pp.142-165.


31
poder masculino”; esto redunda en que “el poder que puede asociarse con la
masculinidad dominante también puede convertirse en fuente de enorme dolor, puesto
que sus símbolos constituyen, en últimas, ilusiones infantiles de omnipotencia que son
imposibles de lograr. Dejando las apariencias de lado, ningún hombre es capaz de alcanzar
tales ideales y símbolos”.
Los avances de las últimas décadas han permitido que la división entre el mundo privado y
el público no esté tan aferrado a cada uno de los sexos y ha posibilitado,
satisfactoriamente, una reducción en las brechas diametralmente opuestas entre los roles
asignados a las mujeres y a los hombres. Esto ha encontrado sus pilares en la mayor
inserción de las mujeres al mundo laboral remunerado, transformándolas, también, en
proveedoras, lo que ha significado que los varones ya no sean los únicos que socialmente
deban llevar a cabo las funciones correspondientes al mundo público.
Igualmente, ha propiciado que la institución familiar ya no se limite exclusivamente al
modelo tradicional nuclear, sino que se produzcan otros varios tipos de familias, entre las
que destacan las extensas, las agregadas, las monoparentales, las compuestas por personas
de igual sexo, etcétera. Ello ha impactado en la masculinidad hegemónica, puesto que el
derecho de estas nuevas formas familiares ha motivado cuatro situaciones: la reducción
de la familia nuclear; el control legal de los poderes familiares avanzando para hacer
desaparecer los vínculos autoritarios; la existencia de un pluralismo jurídico que obliga al
legislador a la implantación de múltiples modelos familiares, y la previsión y compromiso
para aquellas familias, o algunos integrantes de la misma, que no vean satisfechos sus
deberes de protección, por lo que se hace necesaria la participación del Estado en los
asuntos familiares que lo requieran.
41

Pero no únicamente los cambios en la masculinidad hegemónica han transcendido al
ámbito laboral o familiar, sino, también, a otros que incluyen aspectos emocionales
relacionados con su rol social como pareja, como padre de familia y como ciudadano.
Ello, ha permitido una dicotomía de formas de actuar en cuanto al establecimiento de
este tipo de masculinidades.
Por una parte, muchos hombres desean que se genere un cambio sustancial que les
facilite otros comportamientos y actitudes que desde el enfoque del reconocimiento de
los derechos humanos y, en especial, del principio de igualdad entre los sexos, logren
romper la barrera entre lo doméstico y lo extra doméstico, lo que les permitirá
mantener relaciones igualitarias pero, por el contrario, para otros muchos les resulta muy
difícil modificar los roles y estereotipos a los que históricamente han estado asignados.
Ejemplo de ello, se encuentra en aquellos que si bien manifiestan su deseo de adoptar
actitudes no inflexiblemente masculinas como el poder exteriorizar los sentimientos de
ternura, ser corresponsable de muchas tareas históricamente asignadas a las mujeres o el
mantener relaciones pacíficas y conciliadoras, les resulta dificultoso puesto que el nuevo
papel social que deben realizar les produce inseguridad y desconcierto.

41
RUIZ CARBONELL, Ricardo (2011) El principio de igualdad entre mujeres y hombres en el derecho familiar
español, Editorial Académica Española, Saarbrücken, Alemania, pp. 211 y 212.


32
III.3 LAS MASCULINIDADES SUBORDINADAS Y ALTERNAS
Pero la masculinidad arquetípica y conservadora puede y debe ser objeto de cambio,
consecuencia lógica del devenir de las sociedades y de los cambios estructurales que en
gran medida se deben a los movimientos feministas y académicos.
En este tenor, este proceso de transformaciones se enfoca a las masculinidades y como
señala Kimmel, la masculinidad es “un conjunto de significados siempre cambiantes que
construimos a través de nuestras relaciones con nosotros mismos, con los otros y con
nuestro mundo”, lo que como el mismo autor afirma “la virilidad ni es estática ni
atemporal”.
42

En este orden de ideas, no se puede obviar otro término que es el llamado
“neomachismo”, es decir, un machismo debilitado o “light” que impide a los hombres
ejercer conductas patriarcales y que se traduce en una mayor “permisividad” para que
“sus” mujeres o compañeras trabajen fuera del hogar o en la adopción de actitudes más
negociadoras.
Este tipo de masculinidad, que puede ser considerada como subordinada, es una fase
intermedia entre la masculinidad hegemónica y la alterna, que si bien es positiva, como se
ha señalado, “mantiene un marco de referencia con un claro encuadre machista”.
43

Este tipo de masculinidad nos ubica en que los hombres la ejercen en menor medida o, a
veces, no pueden ejercerla de igual manera que lo hicieron sus abuelos o padres.
En este tipo de masculinidad algunos rasgos patriarcales están ausentes, dado que se trata
de hombres que no son tan fuertes, cuya capacidad económica no es tan grande, no
comparten rasgos de autocontrol emocional, pertenecen a una minoría, y en lo general
carecen de identidad propia con algunos estereotipos masculinos.
Por otra parte, el estudio de las masculinidades alternas, es una propuesta relativamente
nueva puesto que fue en los años noventa cuando se iniciaron las primeras
investigaciones, como las realizadas por Robert Moore y Douglas Gillette, en 1993 y Luis
Restrepo, en 1994.
El objetivo prioritario de la masculinidad alterna es motivar y establecer una reflexión
crítica acerca de la masculinidad hegemónica lo que, ineludiblemente, debe implicar un
cambio de conductas y valores, tanto individuales como colectivos, y para lo cual es
necesario visibilizar la perspectiva de género y eliminar las diferencias entre hombres y
mujeres respecto a las relaciones desiguales de poder.

42
KIMMEL, Michael (1997) “Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina”, en Valdés,
Teresa y Olavarría, José, en Masculinidad: Poder y crisis, Flacso Chile, Santiago, p. 49.
43
LEÑERO OTERO, Luis (1994) “Los varones ante la planificación familiar”, en Maternidad sin riesgos en
México, IMES A.C., México.


33
Quienes optan por este tipo de masculinidades eligen características, actitudes y
conductas nuevas, de ahí que hay hombres que toman lo bueno de unas y otras,
obteniendo la posibilidad de elegir cómo relacionarse con otros, entendiendo que las
relaciones no deben ser violentas, ni implicar atracción sexual. También, respetan los
derechos a definir preferencias sexuales y asumen que los hombres tienen sentimientos
como las mujeres y, de igual forma, evalúan positivamente la amistad entre hombres.
En síntesis, con el logro de una masculinidad alterna que analice, sensibilice y permita la
autocrítica acerca de las negativas consecuencias del sistema patriarcal se posibilitarán
hombres comprometidos e igualitarios y relaciones más justas y menos violentas en los
distintos espacios de convivencia.




34
IV. GENERALIDADES SOBRE LA VIOLENCIA MASCULINA


Sin lugar a dudas, fue el movimiento feminista el que posicionó en la agenda pública el
grave problema de la violencia familiar y de género, a partir de la incidencia política y de la
participación directa en espacios del Estado.
44

Al aterrizar este aspecto a los hombres violentos, nos remite a aceptar que es necesaria
la prevención a todos los varones, sin exclusión alguna, y la atención directa a quienes de
una u otra forma ejerzan violencia, al responder la violencia masculina a los procesos de
construcción del género masculino, por lo que debe ser abordada como parte integrante
del tejido social. En esta dirección, la existencia de una masculinidad esencial hegemónica,
ha posibilitado que “la masculinidad y sus atributos están inscritos en un continum, en
donde en el extremo final se encuentran los hombres más violentos”.
45

La íntima conexión existente entre las masculinidades y la violencia permite abordar su
repercusión, pero no ubicándola únicamente como la que los hombres generan contra las
mujeres, que deviene del poder histórica y socialmente atribuido a través de los distintos
roles fruto de la división entre el mundo público y privado, sino también la que los
hombres cometen contra otros hombres y a la que los propios hombres comenten
contra sí mismos.
En este sentido y como ha sido remarcado, al margen del poder genérico “existen los
poderes intergenéricos que ejercen algunos hombres sobre otros…con lo que se amplía
y afina la gama de los procesos de dominio y opresión”.
46

En similares términos y como señala Kaufman,
47
la violencia masculina contra las mujeres
es un componente de una tríada de violencia, en la que aparte de la que se genera contra
las mujeres concurren otros dos elementos que son la violencia contra otros hombres y
la violencia del hombre contra sí mismo. Es decir, aparte de la ya incuestionable violencia
contra las mujeres, la que se comete contra otros hombres lleva aparejada una
competitividad que se traduce en descalificaciones, rivalidades innecesarias y lucha de
poderes entre varones, mientras que la que se ejerce contra uno mismo se produce
porque en muchos casos se encuentran impotentes para marcar las pautas sociales en
que se ven inmersos, tal es el caso de no poder mostrar públicamente su orientación

44
En este sentido, las cuatro conferencias mundiales celebradas hasta la fecha en Ciudad de México (1975),
Copenhague (1980), Nairobi (1985) y Beijing (1995) propiciaron grandes avances en la lucha por la igualdad
entre mujeres y hombres, así como las de Rio de Janeiro (1992), Viena (1993) o El Cairo (1994).
45
BATRES, Gioconda (1999), El lado oscuro de la masculinidad, ILANUD, Costa Rica.
46
CAZES, Daniel (s.f.) “La perspectiva de género”, CONAPO y CONAM, México, p. 93.
47
KAUFMAN, Michael (1989) Hombres: placer, poder y cambio. Editora Taller. Santo Domingo, República
Dominicana.


35
sexual, tener que ser inexpresivo e insensible, o tener que justificar una fortaleza, a veces
no deseada.
Tanto la violencia que los hombres ejercen contra otros hombres como las que se
cometen a sí mismos, son muestra evidente que los mandatos sociales establecen que el
hombre reproduzca los mecanismos de violencia que se encuentran institucionalizados en
una sociedad patriarcal, racista, machista, clasista, discriminadora y xenófoba.
Pese a lo injustificable que resulta la violencia en cualquiera de sus formas, en diversos
estudios se constató que una muy notable mayoría de hombres agresores proceden de
familias en las que fueron víctimas y/o testigos de violencia. Otros padecen graves
problemas, como por ejemplo sentimientos de inferioridad o consideran sus logros por
debajo de sus ambiciones. Es por lo anterior que, para apuntalar su autoestima frágil,
abusan frecuentemente del alcohol y de productos tóxicos y suelen iniciar relaciones
conyugales a una edad muy temprana.
48

De cualquier manera, la violencia masculina tiene un denominador común compuesto
básicamente de una patología de celos, inseguridad y aprendizaje de conductas y valores
patriarcales. Existe una primera categoría formada por maltratadores con nivel social y
cultural precario que suelen ser más violentos fuera del hogar y que se caracterizan por
su agresividad, malos modales, escasa o nula cualificación profesional y que son adictos a
sustancias tóxicas o alcohólicas, y, una segunda, constituida por victimarios que poseen un
nivel más alto, con puestos de trabajo altamente reconocidos y remunerados, con
actitudes detallistas y excelente presencia física, que siguen siendo igualmente peligrosos
en el hogar, pero que obedecen más a las convicciones sociales y limitan el uso de la
violencia únicamente al entorno privado contra los miembros de su familia. En este
contexto, el hombre violento no se distingue de la “normalidad masculina” general.
Es así que, se puede afirmar que existen dos tipos principales de agresores, los dominantes
que, con frecuencia, muestran rasgos de personalidad antisocial y ejercen las conductas
más violentas, tanto fuera como dentro del hogar, y los dependientes, que son más
depresivos y celosos y ejercen la violencia, mayormente, en el ámbito doméstico. Pese a
estas diferencias, las repercusiones negativas de ambos son idénticas, dado que se
asientan en una permisividad social impuesta por la cultura, el clima social, las leyes, las
costumbres o las creencias religiosas; en la aceptación de una cotidianidad, ya que la
violencia se transforma en actos cíclicos; en la deshumanización que se produce, puesto
que cuando se deja de percibir a la víctima como humana se le anula su identidad básica y
se le priva de su pertenencia a su comunidad, y en la presencia de una doble moral,
puesto que en múltiples ocasiones prevalece la continuidad de la familia, la gratitud, los
deberes conyugales, el perdón o la fidelidad antes que el reconocimiento de la violencia.


48
RUIZ CARBONELL, Ricardo (2008) La violencia familiar y los derechos humanos, Comisión Nacional de los
Derechos Humanos, México, p. 27.


36
IV.1 EL MACHISMO Y LOS MICROMACHISMOS
Sin lugar a dudas, la señal y el resultado que genera el machismo está impregnada de
efectos perjudiciales. A pesar de los avances sociales, especialmente los obtenidos por las
diferentes corrientes del feminismo encaminados a la mayor participación de las mujeres
en el mundo educativo o al auge en la inserción de éstas en el mundo laboral
remunerado, así como los económicos y tecnológicos, lo cierto es que la percepción
social y el impacto en todos los órdenes de la vida civil permiten afirmar que el machismo
es una conducta o creencia que justifica que lo masculino y femenino son excluyentes y
que las desigualdades que existen en contra de la mujeres tienen su origen en los
desequilibrios de poderes entre los sexos que afectan en todos los ámbitos. De igual
manera, en el machismo concurren tanto discriminaciones directas como indirectas, que
tiene su base en la creencia de que las mujeres son inferiores a los hombres y que esa
superioridad debe estar presente en cualquier orden de la vida civil.
Aunque no son excesivas las definiciones que se han empleado, el machismo es según
Connell “un ideal masculino que hace hincapié en la dominación sobre las mujeres la
competencia entre los hombres, la exhibición de la agresividad, la sexualidad depredadora
y el doble juego”.
49

Según E. P. Stevens es considerado como “un culto a la virilidad cuyas características son
agresividad e intransigencia entre hombres y arrogancia y agresión sexual hacía las
mujeres”.
50

Para Marina Castañeda el machismo “constituye toda una constelación de valores y
patrones de conductas que afectan todas las relaciones interpersonales, el amor y el sexo,
la amistad y el trabajo, el tiempo libre y la política...”.
51
Del análisis de estos conceptos se
desprende que el machismo per se no implica únicamente una conducta, valor o creencia,
ni tampoco, exclusivamente, un atributo personal de los seres humanos, sino una manera
de relación entre las personas basada en el poder y que, por tanto, genera un alto
número de desigualdades.
A raíz de esta realidad y sobre la base de que la violencia es una construcción social y el
machismo una de las muchas variantes en que se traduce la violencia, para lograr su
eliminación es necesario su deconstrucción mediante un cambio de actitud de la sociedad,
puesto que son las sociedades machistas quienes forjan personas machistas.
Si bien es cierto que gran parte de quienes producen actos machistas son hombres, no se
puede obviar que, en ocasiones, son las mujeres las que realizan este tipo de
comportamientos, básicamente, por dos razones: una, ocasionada en tiempos más
actuales, por el ingreso progresivo de las mujeres en el mundo laboral, que produce
esencialmente machismo en entornos familiares o laborales y, otra, que fruto de las

49
CONNELL, Robert. W. (1995), Masculinities, Universidad de California Press, Berkeley, p. 31.
50
STEVENS, E. P. (1973), Machismo and marianismo, Society, número 10, pp. 57-63.
51
CASTAÑEDA, Marina, (2002) El machismo invisible, Grijalbo, México, p. 20.


37
construcciones sociales aún muchas mujeres dependen de su marido, compañero, padre
o hermano para regir sus vidas, lo que facilita la perpetuidad del machismo.
Al efecto, David Barrios afirma que el machismo es una especie de ente monstruoso que
deriva del viejo sistema de la sociedad patriarcal y que no es exclusivo de los hombres, ya
que muchas mujeres lo practican y lo reproducen.
52

Ciertos sectores consideran que progresivamente el machismo se ha ido eliminando
tanto de las relaciones personales como de las sociales, pero lo cierto es que sigue
operando en muchos escenarios puesto que muchas mujeres que han logrado cierta
independencia y autonomía, por el contrario, en sus relaciones cotidianas encuentran
reacciones machistas con sus padres, esposos, patrones, profesores, etcétera. Ello nos
permite afirmar que el machismo extrapola los ámbitos laborales y familiares para
atravesar el funcionamiento de las instituciones, el mundo social y político, las áreas
destinadas al fomento de la educación o la salud, entre otras.
Pero, el machismo no es únicamente la consecuencia de actos que, de una u otra manera,
son visibles o cuyo resultado entraña de manera directa un daño ya sea corporal,
psicológico, económico, patrimonial, sexual o feminicida, sino, también, un conjunto de
prácticas que, de igual manera, son el resultado de la dominación masculina y que pese a
ser causados de forma constante y regular, en principio se realizan sutilmente y resultan
casi imperceptibles.
En ese punto es necesario analizar lo que Marina Castañeda denomina el machismo
invisible y Luis Bonino, los micromachismos, es decir, prácticas de dominación masculina
cotidiana, pero que se realizan de manera poco evidente y casi imperceptible. También
han sido señalados como “pequeñas tiranías”, “terrorismo íntimo” o “violencia blanda”.
Los micromachismos se transmiten de diferentes maneras aunque casi todos ellos tienen
un sustento común cuya finalidad es reafirmar y perpetuar el dominio sobre la mujer y,
consecuentemente, “microabusar” de ellas. Los micromachismos son, en gran parte, el
inicio de posteriores actos, mucho más evidentes y que arrojan a la violencia más visible y
en muchos casos tipificada como delito, pero que no deja de ser violencia per se.
En los micromachismos, igual que ocurre con el machismo, concurren desequilibrios de
poderes. En ocasiones, hasta aquellos hombres que se encuentran inmersos en relaciones
de convivencia o de actuación pacífica y no violenta, en determinados momentos puedan
“microviolentar”, precisamente por el entramado social que ha permitido la masculinidad
arquetípica.
Los micromachismos se utilizan en las relaciones familiares, laborales, escolares, etcétera,
teniendo como objetivo prioritario anular a la mujer como sujeto, forzándola a una
mayor disponibilidad e imponiéndole una identidad “al servicio del varón, con modos que
se alejan mucho de la violencia tradicional, pero que tiene a la larga sus mismos objetivos

52
BARRIOS MARTÍNEZ, David (2008), Resignificar lo masculino, Vila Editores, México, p.22.


38
y efectos: perpetuar la distribución injusta para las mujeres de los derechos y
oportunidades”.
53

Los micromachismos, al igual que ocurre con los actos violentos más perceptibles y
evidentes, están impregnados de desigualdades construidas y concebidas al amparo de
relaciones dispares entre los sexos y, de igual manera que cualquier otro episodio de
violencia, se transmite en contra de distintas personas o grupos sociales siendo el
verdadero origen la violencia ocasionada por razón de género y su impacto nocivo la
homofobia, el racismo o la xenofobia, por citar sólo algunas.
Por supuesto, el machismo, así como los micromachismos, ocasionan el triángulo
perfecto para generar violencias, es decir, discriminaciones, desigualdades y negativas
diferencias.
Así, al vincularlos con la discriminación se debe de retomar la acepción que remite a un
sentido negativo, es decir, la que consiste en “dar trato de inferioridad a una persona o
colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etcétera” (Real Academia de la
Lengua Española, 1992).
54

Con relación a la situación de México es procedente señalar la definición que se
encuentra en la Ley Federal para Prevenir y Eliminar la Discriminación,
55
que en su
artículo 4 establece que “para los efectos de esta Ley se entenderá por discriminación
toda distinción, exclusión o restricción que, basada en el origen étnico o nacional, sexo,
edad, discapacidad, condición social o económica, condiciones de salud, embarazo, lengua,
religión, opiniones, preferencias sexuales, estado civil o cualquier otra, tenga por efecto
impedir o anular el reconocimiento o el ejercicio de los derechos y la igualdad real de
oportunidades de las personas. También se entenderá como discriminación la xenofobia y
el antisemitismo en cualquiera de sus manifestaciones”.
Consecuencia de ello y de que uno de los valores fundamentales que intenta resguardar el
derecho a la no discriminación es el de igualdad de derechos y oportunidades, este
derecho junto a los principios de igualdad ante la ley, de igualdad en la aplicación de la ley,
de igualdad en el contenido de la ley, así como del principio de igualdad entre hombre y
mujer y el de la igualdad sustancial material, forma parte del conjunto de figuras jurídicas
mediante las cuales el constitucionalismo contemporáneo intenta plasmar en la realidad el
valor de la igualdad.
56


53
BONINO MÉNDEZ, Luis, “Micromachismos: La violencia invisible en la pareja”, en Talleres de
sensibilización en género para hombres: “Así se comportan los machos de verdad”, Suprema Corte de Justicia
de la República de El Salvador y Fondo de Población de las Naciones Unidas. (Ponencia)
54
Real Academia Española (1992) Diccionario de la Lengua Española. El sentido neutro del verbo discriminar
implica separar, distinguir o diferenciar una cosa de otra.
55
Publicada el 11 de junio de 2003, en el Diario Oficial de la Federación.
56
Ob. Cit. RUIZ CARBONELL, Ricardo (2011) El principio de igualdad entre mujeres y hombres en el derecho
familiar español, Editorial Académica Española, p. 25.


39
En este escenario y en lo que compete al derecho a la igualdad, si bien la noción por sí
nos remite a la exigencia básica que impone a favor de todas las personas la titularidad de
los derechos humanos, en el caso de los micromachismos se incumple tanto el derecho a
la igualdad de trato como de oportunidades, puesto que las desigualdades, ya sean
económicas, sociales o políticas, son disparidades que existen tanto en el goce como en el
ejercicio de los derechos de las personas, y en tanto que crean status jurídicos distintos
se traducen en desventajas para unos y ventajas para otros, por lo que deben ser
combatidas por el derecho con el fin de hacer efectivos tanto el principio de igualdad
formal como el de igualdad material. En el caso de los micromachismos las
imposibilidades de acceder en igualdad de condiciones es otro obstáculo más para el
logro de la plena igualdad.
Por último, igualdad y diferencia no son conceptos antónimos, por el contrario se exigen
mutuamente, dado que la igualdad no implica homogeneidad en relación con las formas de
ser, actuar y pensar de las personas. Las diferencias existen entre las personas, ya sea de
índole natural, social o cultural, y constituyen los rasgos específicos que distinguen y al
mismo tiempo individualizan a las personas, y por ello las diferencias en tanto que
constituyen la esfera de libertad mediante la cual las personas expresan su identidad y
originalidad deben ser valoradas y protegidas por el derecho.
Pero hay supuestos en que esas diferencias llevan aparejados efectos negativos que
ocasionan discriminación y desigualdad y es ahí cuando sus efectos son perjudiciales. Así,
al analizar la violencia de género, se observa que los micromachismos son un claro
ejemplo de ella ya que su invisibilización es constante pero, por el contrario, sus efectos
son altamente nocivos.
En este orden de ideas, una de las formas de impregnar los micromachismos se llevan a
cabo mediante la diferenciación jurídica de las diferencias, que se expresan en la valorización
de algunas identidades y en la desvalorización de otras y, por tanto, en la jerarquización
de las diferentes identidades, de tal forma que las identidades se ubican por las diferencias
valorizadas, ya sean por razón de sexo, nacimiento, etnia, fe religiosa, lengua, renta y
otras que resultan asumidas como estatus privilegiados, fuentes de derechos y de
poderes, e incluso, como base de un falso universalismo modelado únicamente sobre
sujetos privilegiados, mientras otras como la de mujer, judío, negro, hereje, apóstata,
extranjero, apátrida, etcétera, se asumen como estatus discriminatorios, fuentes de
exclusión y de sujeción y, en ocasiones, de persecución.
57

El ámbito de actuación de los micromachismos es innumerable y dada su
imperceptibilidad algunos de ellos son considerados “normales” y otros “complejos”. Por
ello y como ha sido clasificado
58
los mismos pueden ser distribuidos en tres categorías:
los coercitivos o directos; los encubiertos, también denominados de control oculto o
indirecto y los de crisis.

57
FERRAJOLI, Luigi y CARBONELL, Miguel (2005). Igualdad y diferencia de género. Colección Miradas 2.
Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED), México D.F.
58
Ob. Cit. BONINO MÉNDEZ, Luis “Micromachismos: La violencia invisible en la pareja”


40
En los primeros de ellos, los coercitivos o directos, se genera por parte del hombre el
uso de la fuerza ya lo sea a través de cualquier tipo de violencia que intenta limitar a la
mujer su libertad, su capacidad, su tiempo o espacio, lo que agudiza el desbalance de
poder. Ejemplo de ellos son, entre otros, intimidar; controlar el dinero; no participar en
las actividades domésticas; insistir abusivamente; obligar a mantener alguna práctica
concreta en las relaciones íntimas no deseadas o hacer uso frecuente de la supuesta
superioridad varonil.
En el caso de los micromachismos encubiertos, de control o indirectos, el varón oculta su
objetivo de dominio y hasta en ocasiones sus actos transcurren en primera instancia de
forma desapercibida. La diferencia con los micromachismos directos o coercitivos estriba
en que su principal elemento no es la fuerza, sino la inducción de actitudes para disminuir
el pensamiento y la acción eficaz en la mujer.
Algunas situaciones que propician micromachismos encubiertos son manipular
emocionalmente; descalificar; ridiculizar; menospreciar; negar el diálogo o inculcar un
exceso de proteccionismo.
En lo que compete a los micromachismos de crisis, se suelen cometer en momentos de
desequilibrios que se producen cuando la mujer logra un cierto empoderamiento, ya sea
por los logros que ha obtenido o, por el contrario, por la reducción del poder de quien
los ejerce, consecuencia de una disminución del tradicional rol público o extra doméstico
asignado, como puede ser la pérdida laboral o alguna limitación de carácter físico. Los
micromachismos de crisis tienen su base en hechos como prometer cambios en su
comportamiento; adoptar el rol de víctima; generar lástima; establecer un mayor
distanciamiento en la relación o rehuir la crítica.
El punto en común de los tres tipos de micromachismos radica en que cualquiera de ellos
posee efectos perjudiciales tanto para quienes los padecen como para quienes los
imponen. Así, para las mujeres provocan agotamiento de sus reservas emocionales y de la
energía para sí, con actitud defensiva por el sentimiento de derrota e impotencia por la
desvalorización que producen; deterioro de su autoestima, aumento de la
desmoralización, de la inseguridad y disminución de la capacidad de pensar; disminución
de su poder personal y parálisis del desarrollo personal y malestar difuso, irritabilidad
crónica o hartazgo de la relación, de los cuales se culpan por no percibir que son
producidos por presión externa y que son frecuentes motivos de consulta los dispositivos
de salud mental.
A los varones, de igual manera, les ocasionan efectos nocivos que les imposibilitan
mantener relaciones pacíficas, igualitarias y respetuosas, entre otras, un aumento o
conservación de su posición superior y de dominio, con desinterés creciente de las
necesidades y derechos de las mujeres; una afirmación de su identidad masculina
sustentada en las creencias de superioridad sobre las mujeres y un aislamiento receloso
creciente, ya que el dominio no asegura el afecto femenino, únicamente obediencia, y sólo


41
puede generar aumento de control o aumento de desconfianza e incomprensión a la
mujer.




42
V. OTROS APORTES PARA EL TRATAMIENTO DE LAS MASCULINIDADES


V.1 LA INFLUENCIA DEL ÁMBITO INTERNACIONAL
Antes de la Cuarta Conferencia Mundial celebrada en Beijing en el año 1995, punto de
referencia general en cuanto a la inclusión de mujeres y hombres para el logro de la plena
igualdad, ya se produjeron los primeros avances que consideraban necesaria la
participación de los varones en distintos ámbitos de la vida civil.
Así, por ejemplo, el Programa de Acción de la Conferencia Internacional sobre Población
y Desarrollo (CIPD) de 1994, celebrada en El Cairo,
59
destacó la importancia de los
derechos reproductivos y de la salud reproductiva tanto en mujeres como en hombres, y
resaltó la necesidad de que se lograra la igualdad en las relaciones de género y un
comportamiento sexual responsable. En este tenor, en el capítulo dedicado a la igualdad y
equidad entre los sexos y al empoderamiento de la mujer, se incorpora el rol que los
hombres deben desempeñar al establecer que “es preciso que los hombres participen e
intervengan por igual en la vida productiva y reproductiva, incluida la división de
responsabilidades en cuanto a la crianza de los hijos y al mantenimiento del hogar”.
Un año más tarde, en 1995, la Plataforma de Acción de Beijing, aprobada en la IV
Conferencia Mundial sobre la Mujer, reiteró el papel clave de los hombres en el acceso
de las mujeres a los servicios de salud sexual y reproductiva, y se estableció la necesidad
de diseñar programas específicos para hombres de todas las edades con la intención de
proveer información completa sobre los comportamientos reproductivos y sexuales
responsables y seguros, incluyendo métodos masculinos voluntarios, apropiados y
efectivos para la prevención del VIH/SIDA y otras Enfermedades de Transmisión Sexual
(ETS).
60


59
Aprobado por 179 países. En el mismo Plan de Acción, en el subapartado sobre las responsabilidades y la
participación de los varones en el logro de la igualdad y de la equidad entre los géneros, establece que: “Los
cambios de los conocimientos, las actitudes y el comportamiento de hombres y mujeres constituyen una condición
necesaria para el logro de una colaboración armoniosa entre hombres y mujeres. El hombre desempeña un papel
clave en el logro de la igualdad de los sexos, puesto que, en la mayoría de las sociedades, ejerce un poder
preponderante en casi todas las esferas de la vida, que van de las decisiones personales respecto del tamaño de la
familia hasta las decisiones sobre políticas y programas públicos en todos los ámbitos”.
60
En 1996, el Fondo de Población de las Naciones Unidas para el Desarrollo (FNUAP) publicó un
documento titulado Participación masculina en salud reproductiva, incluyendo planificación de la familia y la salud
sexual, en el que se razonaba acerca de la participación masculina a base de los papeles de género en la
reproducción, el aumento de la prevalencia contraceptiva, la prevención de las Enfermedades de Transmisión
Sexual (ETS) y el SIDA y la reducción de la violencia relacionada con el género. Igualmente, en el Estado de la
Población Mundial 2000: Vivir Juntos, en Mundos Separados: Hombres y Mujeres en Tiempos de Cambio, el FNUAP
dedicó el capítulo 4 a Los Hombres, los derechos reproductivos y la igualdad de género, poniendo un especial
énfasis en la participación de los hombres en los derechos sexuales y reproductivos y la equidad de género.


43
En lo que compete al tema de la violencia de género, las revisiones de Cairo+5 y
Beijing+5 hicieron énfasis en la necesidad de lograr el compromiso activo y responsable
de los hombres, su participación directa para la erradicación de la violencia de género y la
promoción de modelos masculinos positivos, todo ello sin perjuicio de los servicios para
mujeres. En ambas conferencias una de las conclusiones fue que uno de los principales
obstáculos que habían impedido avanzar en la responsabilidad masculina era la
persistencia de actitudes sociales y culturales que dificultan la participación del hombre en
el discurso sobre la equidad de género y el empoderamiento de las mujeres, tanto a nivel
comunitario como de políticas públicas.
En este campo, la Plataforma de Acción de Beijing enfatizó en la necesidad de establecer
una legislación más estricta contra todas las formas de violencia doméstica y en el
consenso acerca de que la violencia contra la mujer y la niña son violaciones de los
derechos humanos, por lo que era necesaria la promoción de programas que
sensibilizaran y capacitaran a los varones. En síntesis, en la Conferencia de Beijing, se
impulsó notoriamente para que los grupos de hombres que luchan contra la violencia
contra las mujeres se conviertan en aliados del cambio.
En otro rubro, en el que afecta a la participación política de las mujeres, de manera
explícita, el Fondo de Población de las Naciones Unidas para el Desarrollo (FNUAP), en
el año 2000, publicó el documento Un nuevo papel para los hombres: asociados para la
potenciación de la mujer, en el que de nueva cuenta se contempla que “es imprescindible
que los hombres apoyen la potenciación de la mujer: son los hombres quienes ocupan la
mayoría de los puestos de poder en las sociedades de todo el mundo. Con mucha
frecuencia se considera que la lucha por la potenciación de la mujer le incumbe
únicamente a ella. Es preciso que los hombres comprendan que los adelantos de la mujer
han de beneficiar a toda la sociedad”.
Con seguridad, tanto las Conferencias de El Cairo y Beijing + 5, así como los aportes del
FNUAP han constituido el punto de inflexión para la puesta en funcionamiento de
programas gubernamentales que incluyen la experiencia de los hombres con relación a su
sexualidad, su reproducción, su paternidad, su violencia o su salud, etcétera. Pese a ello,
muchas de las contribuciones que realizan los gobiernos se basan en proyectos
específicos limitados que, en muchas ocasiones, no incorporan una perspectiva de género
relacional, ni incluyen políticas públicas integrales.
Para concluir este apartado es sumamente positivo el binomio que para actuaciones
concretas se ha formado entre gobierno y sociedad civil. En este caso, se ha logrado
eliminar parcialmente la barrera antaño existente entre uno y otra, para poder afirmar
que en la actualidad muchos de los proyectos ciudadanos dirigidos a incluir la perspectiva
de género y, en concreto, al trabajo sobre masculinidades se hace de manera conjunta. En
el caso de México se ha hecho un esfuerzo colaborativo de diversas instancias públicas,
como el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES), el Fondo de Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF), la Secretaría de Educación Pública (SEP), las Comisiones de
Equidad y Género de los Congresos y como el Sistema para el Desarrollo Integral de la


44
Familia (DIF), en torno a propuestas realizadas por organizaciones civiles como Salud y
Género, Hombres por la Equidad, Género y Desarrollo (GENDES) o los Forkados, entre
otras.

V.2 LA LABOR DE LA SOCIEDAD CIVIL
Al igual que en otros muchos temas en la materia vinculados con el sistema sexo-género,
como la visibilización de la violencia, la cultura de denuncia o la implantación de refugios
para mujeres víctimas de la violencia machista, fueron las Organizaciones de la Sociedad
Civil (OSC) quienes iniciaron un trabajo directo con los generadores de violencia.
El recorrido socio-histórico de los aportes de las OSC también incluye al ámbito de las
masculinidades el cual ha transcurrido por distintas etapas y así, en la primera de ellas se
elaboraron propuestas metodológicas para realizar un trabajo con hombres a través de
generar procesos reflexivos y de cambio de las formas tradicionales de la masculinidad; en
un segundo momento se llevó a cabo un debate teórico sobre el estado de la cuestión
sobre la masculinidad y los elementos conceptuales propuestos para la construcción de
las identidades masculinas y, posteriormente, investigaciones de carácter empírico.
Más tarde, consecuencia de la especialización progresiva de las OSC, se realizaron
participaciones en función de ejes rectores o temas concretos y así, al margen de los
trabajos sobre la reflexión de la identidad masculina, se desarrollaron otros con carácter
específico como los de salud, sexualidad masculina, trabajo doméstico y extra doméstico,
violencia de género o paternidad. En definitiva, acciones tendientes a deconstruir la
masculinidad tradicional y promover nuevos modelos para la equidad entre los géneros
que permitan gestionar un paradigma alternativo que propugne una visión más humana y
equitativa de los hombres hacia las mujeres.
También, los aportes de la sociedad civil organizada propiciaron la inclusión del estudio
de las masculinidades a otros espacios como los académicos y los gubernamentales.
En esta dirección, las estrategias de intervención que suelen utilizar este tipo de OSC se
encuentran enmarcadas en las llamadas políticas redistributivas, es decir, que intentan
cambiar las relaciones de género existentes en una dirección que distribuya el poder
entre mujeres y hombres. Es evidente que los hombres que ocasionan violencia deben, al
margen de encontrar vías que eliminen estos “hábitos”, asumir responsabilidades que
favorezcan la igualdad, que involucren a mujeres y hombres como agentes decisores de su
propio desarrollo y que, en definitiva, transformen positivamente las relaciones de
género.
En el caso de México fue en los años noventa del pasado siglo cuando se iniciaron los
primeros movimientos desde la sociedad civil que tuvieron como efecto inmediato el
abordaje de la violencia de género desde su raíz, para lo cual no sólo se debía trabajar


45
con las mujeres víctimas, sino, también con quienes la ejercían, es decir, con los
victimarios.
61

En este escenario, se constituyó un pequeño círculo reflexivo sobre masculinidades que
trabajó a través de la revisión de experiencias y vivencias personales desde diferentes
disciplinas y aportes culturales. Estos comienzos resultaron difíciles por dos cuestiones,
básicamente. La primera, por el desconocimiento de un amplio sector ciudadano,
instituciones de gobierno, víctimas y victimarios, de la existencia de este tipo de recursos
y, la segunda, porque hasta la promulgación de la Ley General de Acceso de las Mujeres a
una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV), no existía una obligación legal, puesto que el
principio que regía era el de la “voluntariedad”, dado que era necesario que el agresor
reconociese su problema y acudiese a los servicios destinados a tal fin libremente.

V.3 EL IMPACTO DE LA LEY GENERAL DE ACCESO DE LAS MUJERES A UNA VIDA LIBRE DE
VIOLENCIA (LGAMVLV) DE MÉXICO, EN LOS GENERADORES DE VIOLENCIA
Hasta hace pocos años, las leyes en su más amplío espectro, aparentemente imparciales,
han estado reproduciendo una dominación invisible, un mecanismo de autoridad que bajo
el establecimiento de reglas, ha generado identidades, establecido lo que existe y lo que
no existe, lo que es verdad y lo que no lo es y, en definitiva, lo bueno y lo malo.
En este tenor, la igualdad formal como una manifestación del propio principio de igualdad
de trato
62
ha supuesto un avance sustancial pero insuficiente puesto que la segunda etapa,
es decir, la del logro de idénticas oportunidades aún es, en muchos aspectos, una
asignatura pendiente. En esta dirección, la igualdad efectiva, real o de oportunidades
implica el reconocimiento de diversas diferencias de tratos jurídicos a favor de grupos
concretos en función de criterios de desigualdad jurídicamente razonables y válidos y, por
supuesto, legítimos.
La masculinidad hegemónica ha estado inmersa en todos estos supuestos, puesto que las
leyes per se, hasta hace pocos años, han impuesto la exclusión en algunos casos y la
limitación en otros muchos de un reconocimiento igual entre mujeres y hombres.
63


61
Fruto de un grupo de reflexión de varones sobre la construcción de su identidad de género, en 1993 se
consolidó en la Ciudad de México un grupo de trabajo cuya formación y retroalimentación estuvo a cargo de
la Red de Hombres en contra de Vivir en Ambientes Violentos de San Francisco, California. Ya en 1997, se
formó, también en Ciudad de México, la ya disuelta organización de la sociedad civil Colectivo de Hombres
por Relaciones Igualitarias, A. C. (Coriac).
62
La igualdad legal tiene incidencia en diferentes vertientes, como son la igualdad en la ley, ante la ley, en la
aplicación de la ley, en el contenido de la ley y el mandato de no discriminación.
63
A título de ejemplo, Landelino Lavilla, Ministro de Justicia español entre los años 1976-1979, en plena
transición democrática señalaba: “Cuando hablo de igualdad me refiero a la situación jurídica que exige la
dignidad de la persona humana. No, por supuesto, a una inexistente, utópica y hasta a veces ridícula igualdad
de posibilidades o facultades entre sexos que la ciencia, la prudencia y sobre todo la naturaleza, rechazan


46
Ello no era más que un fiel reflejo de lo que ocurría en muchas legislaciones en las que las
mujeres, en especial las casadas, tenían el status de “legalmente incapacitadas”, fruto del
poder masculino que transitaba en las sociedades androcéntricas.
Al analizar la cuestión de la violencia contra las mujeres y, en concreto, las posibles
sanciones que deben de ser impuestas a los victimarios, se ha producido una evolución
acelerada en un corto período de tiempo. En primer lugar, fruto de la inexistencia de la
violencia como delito durante siglos, la impunidad a favor de los agresores era total; más
tarde, con la inclusión en la década de los años setenta en algunos códigos penales de la
violencia física y con el requisito inexcusable de la habitualidad en los hechos, la sanción
era parcial y muy limitada; posteriormente, con la incorporación en los textos legales de
otros tipos de violencias y con una mayor conciencia de denuncia las penas se
incrementaron, pero se dejaba al arbitrio y voluntad de los agresores el someterse a
tratamientos de rehabilitación, situación que ha sido cambiada en varias legislaciones,
entre ellos en México, al contemplar mediante ley la obligación para que los agresores se
sometan a tratamiento de apoyo.
Ante la actual situación, existen dos corrientes: una, tal vez la más generalizada, que es
sancionar por la vía penal las situaciones graves de violencia, sin profundizar en
alternativas de futuro para quienes cometen el delito y, otra, establecer medidas, sin
perjuicio de la sanción que amerite el ilícito, de apoyo que beneficien su pronta
reinserción.
En este punto, Tirado Estrada ha puesto de relieve la inconveniencia de establecer
medidas penales de excepción para los maltratadores domésticos, más allá de las
previstas para la violencia en general, y, por el contrario, la conveniencia de aplicar
“programas tendentes a favorecer su resocialización y rehabilitación, mediante -si es
preciso- una especial atención psicológica”.
64

México, a través de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia
(LGAMVLV),
65
ha incorporado varios preceptos que retoman la obligación de trabajar con
los agresores. Así, en su artículo 8, y en lo que concierne a los modelos de atención,
prevención y sanción que establezcan la Federación, las entidades federativas, el Distrito
Federal y los municipios y como parte de la obligación del Estado de garantizar a las
mujeres su seguridad y el ejercicio pleno de sus derechos humanos, en su inciso 2,
establece la obligación de “brindar servicios reeducativos integrales, especializados y
gratuitos al agresor para erradicar las conductas violentas a través de una educación que
elimine los estereotipos de supremacía masculina, y los patrones machistas que generaron
su violencia”. En este sentido, la inclusión en la LGAMVLV de la obligación de prestar

unánimemente”, citado por MÁRQUEZ GONZÁLEZ, María Teresa, en “Una visión particular desde el
feminismo 1977-2002”, Gaceta Feminista, n° 1, p.10, en
www.ciudaddemuujeres.com/articulos/IMG/pdf/VisionParticularFeminimo.pdf
64
TIRADO ESTRADA, J.J. (1998). “Violencia en el hogar y medidas cautelares en el proceso penal”. Boletín
de Información, núm. 1820. 939-947.
65
DOF 1° de febrero de 2007


47
servicios especializados es una medida, en principio, ventajosa y si bien son distintas las
técnicas que se empelan como norma generalizada los objetivos del tratamiento consisten
en enseñar a los victimarios a reconocer las situaciones estresantes que pueden precipitar
su conducta violenta, a controlar sus explosiones de ira, a aumentar su asertividad, sus
habilidades de comunicación y sus habilidades de resolución de conflictos.
Este punto nos remite nuevamente a la necesidad de trabajar con mujeres y hombres
para detener de raíz la violencia, ya que en caso de sólo hacerlo con las víctimas, las
probabilidades de que la violencia se perpetúe y reproduzca se agudiza. Por tanto, en
cumplimiento de ello, la LGAMVLV en su artículo 14.IV establece la necesidad de “diseñar
programas que brinden servicios reeducativos integrales para víctimas y agresores.” A
través de estos programas se ha logrado, en algunos casos, cambio de actitudes que han
aumentado la consciencia de los agresores en relación con los roles sexuales, así como en
la comprensión de los factores sociales y personales que favorecen la agresión a las
mujeres.
Todavía más, la LGAMVLV en su artículo 30.VII, dentro del marco de las órdenes de
protección preventivas establece la obligación de “brindar servicios reeducativos
integrales especializados y gratuitos, con perspectiva de género al agresor en instituciones
públicas debidamente acreditadas”. En cumplimiento a ello, la propia LGAMVLV otorga
facultades a la Secretaría de Salud para trabajar con los generadores de violencia, a cuyo
efecto, el artículo 26.V, recoge el compromiso de “brindar servicios reeducativos
integrales a las víctimas y a los agresores, a fin de que logren estar en condiciones de
participar plenamente en la vida pública, social y privada”.
Por su parte, en su artículo 38. II se establece como una de las obligaciones, aún
pendiente de realizar, del Programa Integral para Prevenir, Atender, Sancionar y Erradicar
la Violencia contra las Mujeres “la obligación de transformar los modelos socioculturales
de conducta de mujeres y hombres, incluyendo la formulación de programas y acciones
de educación formales y no formales, en todos los niveles educativos y de instrucción,
con la finalidad de prevenir, atender y erradicar las conductas estereotipadas que
permiten, fomentan y toleran la violencia contra las mujeres”. Este artículo, como
parámetro de que el derecho es quien controla el orden social, es un ventajoso punto de
inflexión para deconstruir el concepto clásico de la masculinidad hegemónica y poder
implantar otras más actuales en donde primen los derechos humanos inherentes a
cualquier persona, entre otros muchos, el de igualdad, el de libertad y el de vivir una vida
libre de violencia.
Esto se reafirma cuando la LGAMVLV en el inciso 8° del artículo 41 señala la necesidad
de “coordinar la creación de Programas de reeducación y reinserción social con
perspectiva de género para agresores de mujeres”.
66


66
La Secretaría de Seguridad Pública también tiene este tipo de obligación, a cuyo fin el artículo 44, en su
apartado 5° de la LGAMVLV al “Establecer las acciones y medidas que se deberán tomar para la reeducación
y reinserción social del agresor”. También, el artículo 46- 5° del mismo cuerpo legal en lo que compete a las


48
La LGAMVLV también establece la obligación de los municipios de trabajar con los
agresores como una medida necesaria para erradicar la violencia, como se establece entre
las atribuciones señaladas en su artículo 50.V la de “apoyar la creación de programas de
reeducación integral para los agresores”.
Pero un gran avance ha sido la obligación para quienes ejercen violencia de someterse a
tratamientos de reeducación, a cuyo fin la LGAMVLV establece en su artículo 53 que “el
agresor deberá participar obligatoriamente en los programas de reeducación integral,
cuando se le determine por mandato de autoridad competente”. Ello permite un abordaje
integral para avanzar en la eliminación de la violencia, puesto que la diferencia de antes
que se dejaba a la libre voluntad del generador de violencia el someterse a un programa
de reeducación, actualmente es la ley quien lo exige.
De cualquier forma, algunas voces
67
consideran que es más positivo el resultado si el
victimario acude de manera voluntaria que si lo hace por mandato legal. Su experiencia
les indica que “las tasas de éxito de los pacientes derivados del juzgado o sometidos
obligatoriamente la tratamiento son muy bajas”.
Principalmente, el objetivo de la intervención por mandato legal se enfoca a enseñar a los
victimarios diversas habilidades que le permitan abandonar la agresión, reducir los índices
de celotipia, controlar las adicciones al alcohol o drogas, corregir sus distorsiones
cognitivas, solucionar problemas interpersonales, aprender relajación y controlar la ira y
los impulsos.
Aunque existen distintas formas de llevar a cabo los tratamientos, generalmente consta
de diferentes niveles: el primero, en el que los hombres exploran cómo y por qué
requieren de expectativas de autoridad, así como las crisis de identidad que motivan la
violencia; un segundo en el que los hombres aprenden a usar su “proceso íntimo”, una
fase de exploración profunda de las conductas violentas que aprendieron; el tercer nivel
pretende lograr un aprendizaje que les permita entablar relaciones satisfactorias e
igualitarias y, en consecuencia, ejercer una vida libre de violencia y la cuarta y última de
ellas que intenta que la transformación y el cambio de actitudes positivas que han logrado
adaptar sea transmitido a otros hombres que se encuentran en similares condiciones con
relación al ejercicio de la violencia.
Pese a ello, aún existen obstáculos que no han sido subsanados, tal vez por lo reciente de
la LGAMVLV, como la inexistencia en algunas entidades federativas de profesionistas
especializados en el tema y la resistencia de un alto número de victimarios a someterse al
tratamiento completo, pese a la obligatoriedad en que recaen, lo que dificulta los

competencias de la Secretaria de Salud recoge la obligación de “Establecer las acciones y medidas que se
deberán tomar para la reeducación y reinserción social del agresor”.
67
ECHUBURÚA Y DEL CORRAL (1999), “Programas de intervención para la violencia familiar”. Boletín
Criminológico, nº 40, Marzo-Abril, p.3.



49
resultados finales, lo que exige que los programas se aborden íntegramente, dado que a la
fecha de las escasa evaluaciones realizadas sobre programa de tratamientos
implementados para victimarios por violencia de género, son poco satisfactorios los
resultados alcanzados.




50
VI. ALGUNAS PROPUESTAS PARA EL LOGRO DE UNA SOCIEDAD IGUALITARIA
ENTRE MUJERES Y HOMBRES


Resulta evidente que se han realizado notorios esfuerzos informativos y de
sensibilización acerca del papel de los hombres para el logro de la igualdad entre los
géneros, así como la progresiva incorporación de éstos en los programas y proyectos. De
cualquier manera, la persistencia de determinados modelos tradicionales de masculinidad
dificultan la integración y participación de los varones en el discurso sobre la equidad, por
lo que es necesario establecer algunas propuestas de solución o alternativas que permitan
la eliminación de la masculinidad hegemónica y, consecuentemente, la aceptación de las
masculinidades alternas.
Probablemente, el primer campo donde se debe incidir es el relacionado con la
ciudadanía. La desnaturalización de la masculinidad permite ubicar el uso de discursos
sobre lo masculino como dispositivos de poder en las relaciones de pareja y familiares,
entre amistades, en los espacios comunitarios o en los centros laborales, y otros que
inciden de manera directa en el ámbito público como los medios de comunicación o la
política. Es fundamental que el poder sea utilizado para el bien común, como una fuerza
transformadora y distributiva, que promueva la efectividad de los derechos y no la
opresión de un sector de la sociedad.
Íntimamente vinculado con ello, otra asignatura pendiente es lograr una cultura no sexista
que transversalice todos los ámbitos, entre otros en el seno de las familias, en las escuelas
y en los centros de trabajo, como, también, a través de otros agentes que impactan la
vida diaria. Quienes deciden sobre los procesos de implementar políticas públicas, de
legislar, de supervisar los contenidos en los medios de comunicación, tienen una gran
responsabilidad en este sentido.
En lo que compete a la violencia, el hecho de que las leyes contemplen la obligatoriedad
para que quienes sean considerados violentos se sometan a tratamientos que posibiliten
un cambio en su conducta, puede resultar una herramienta óptima. De esta manera, y
tras el proceso de reconocimiento interna, es probable que adopten nuevos modelos de
convivencia en los que los malos tratos sea eliminados de nuestro devenir cotidiano y el
derecho a vivir una vida libre de violencia sea ejercido como un verdadero derecho
humano.
Otro ámbito en donde se debe de incidir es en la adolescencia y juventud y, en especial,
en dos campos: la violencia escolar y social y la sexualidad juvenil. En ambos casos es
necesario trabajar estrechamente con ambos colectivos en la construcción de la identidad
masculina como un período vital en el que, con frecuencia, se exacerban las presiones por
cumplir con los modelos patriarcales de masculinidad, con base en las exigencias sociales
de reafirmar la identidad, lo que ocasiona actitudes homofóbicas, perpetuidad del


51
androcentrismo y en general rechazo a lo femenino. Es urgente emprender
investigaciones que adopten el tema de la sexualidad desde una esfera social y que
permitan romper con los estereotipos ya establecidos, lo que facilitará definir y establecer
estrategias.
En el campo de la salud sexual y reproductiva, es necesario implementar políticas que
involucren a los hombres tanto en su salud como en la de las mujeres, de manera que
tomen conciencia de la importancia de la prevención y atención de enfermedades como el
cáncer de próstata. Por otra parte, su participación en las decisiones reproductivas y
anticonceptivas de las mujeres, debe ser más presente pero también más respetuosa e
informada.
Por otra parte, es necesario lograr una paternidad responsable, entendida no sólo como
la obligación de contribuir económicamente,
68
sino el involucrarse por igual desde el
momento de la procreación, contribuir en la educación y salud de los hijos e hijas y, en
definitiva, participar equitativamente en todas las necesidades que permitan romper el
binomio mundo público-mundo privado. En este tenor, se ha logrado positivamente
legislar para que los hombres se responsabilicen económicamente de sus hijas e hijos
como una obligación inherente al ejercicio de la patria potestad. Unido a ello, también, es
necesario que se regule acerca de la licencia de paternidad, puesto que en el continente
latinoamericano es escasa la legislación que otorga derechos por su condición de ser
padre, a diferencia de Europa, en donde es factible distribuir entre padre y madre los
periodos de licencia por nacimiento y los derechos inherentes al mismo, al existir una
normatividad que los contempla.
Todos estos cambios deben pasar por la necesidad de que se promulguen leyes con
perspectiva de género
69
en las que se valoren las relaciones de poder entre los sexos,
dado que ésta es la única forma de considerar las repercusiones del sistema patriarcal. El
hecho de agregar exclusivamente a una ley el componente “mujer” no permite
profundizar en las verdaderas causas estructurales que han impedido la igualdad entre
mujeres y hombres, ni contempla la perspectiva de género.



68
En este punto, y dado el alto número de impagos que se generan en las obligaciones con los hijos y las hijas
es importante sensibilizar sobre los nuevos roles pero, también, establecer medidas legales rígidas y
sancionadoras que les obliguen al pago de las pensiones alimenticias.
69
En el artículo 5.IX de la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia, se señala que
la perspectiva de género “Es una visión científica, analítica y política sobre las mujeres y los hombres. Se
propone eliminar las causas de la opresión de género como la desigualdad, la injusticia y la jerarquización de
las personas basada en el género. Promueve la igualdad entre los géneros a través de la equidad, el adelanto y
el bienestar de las mujeres; contribuye a construir una sociedad en donde las mujeres y los hombres tengan el
mismo valor, la igualdad de derechos y oportunidades para acceder a los recursos económicos y a la
representación política y social en los ámbitos de toma de decisiones”.


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56

Centro de Estudios para el Adelanto de las Mujeres y la Equidad de Género








CEAMEG
Cámara de Diputados
LXII Legislatura
2013

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Tel. 5036-0000 Ext. 59216

Centro de Estudios para el Adelanto de las Mujeres y la Equidad de Género

Mtra. María de los Ángeles Corte Ríos
Directora General

Mtra. Nuria Gabriela Hernández Abarca
Directora Interina de la Dirección de Estudios Jurídicos de los
Derechos Humanos de las Mujeres y la Equidad de Género

Mtra. Adriana Medina Espino
Directora Interina de la Dirección de Estudios Sociales de la
Posición y Condición de las Mujeres y la Equidad de Género

Dr. Ricardo Ruiz Carbonell
Elaboró

Andrea Ramírez Sánchez
Colaboración