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ADRIAN ARRIAGA R.













EL SOMBRIO SECRETO
DE LA FELICIDAD.
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Bienvenido a este mundo sombrío de sensaciones tan
humanas como inhumanas. De luces rodeadas por
sombras.

La belleza no existe sin las sombras que la rodean.
5
















A mis hermanas Leti y Vera con gran
cariño.
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F FF FELI ELI ELI ELIC CC CI II ID DD DA AA AD DD D
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EL SECRETO DE LA FELICIDAD.




Miré mi pequeña rata de cerámica. Tenía una vestimenta
muy invernal y un pequeño gorro azul sobre su cabeza.

La mire fijamente hasta que sus orejas vi moverse.

-Adrián, Adrián ¡Tú serás una tortuga!
-¡Cállate rata! –Le dije, y bastante desconcertado salí a la
calle a despejar un poco mi mente. ¡Qué infortunio había
salido descalzo! Regresé a mi habitación y tomé mis
zapatos.
-¡Tú serás una tortuga! – Me repitió la pequeña rata
exasperándome un poco.
-¡Calla o explícame lo de la tortuga de una vez!.
-Si, lo veo en tus ojos… ¡tú serás una tortuga! –Me repitió
irritándome.
-Y tú serás una cerámica rota si no hablas más claro.
-Déjame explicarte –Dijo dando un salto, bajando del
anaquel de adornos. Se subió a la cama trepando por las
cobijas y se sentó a mi lado.
-Deja te platico el secreto de la felicidad… ¡Tú serás una
tortuga!
-¡Basta ya! – Le dije enfurecido, tomándola entre
Mi mano.


-Está bien, está bien, no pierdas la paciencia amo Adrián,
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solo he dicho que serás una tortuga y a mi parecer eso no
se considera una ofensa…a menos que quieras ser una
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cerámica, claro. -Dijo estirando su pequeña cara de
cerámica de rata y mirándome con sus pequeños y
brillantes ojos de pintura negra.


-¡Rata…-Dije cuando de pronto me interrumpió la cara
de la vecina gorda que se asomó a mi habitación haciendo
un agujero en mi pared.
-¡Vete o te muerdo! –Le gritó amenazantemente la rata.
La vecina gorda sacó su cabeza de mi habitación, mirando
penetrantemente a la rata y temblando de temor.
-Vaya…Gracias rata, creo que comienzas a agradarme.
- Es solo que me molesta la gente entrometida. –Me
dijo con la mirada perdida.
-Pero ¡Tú serás una tortuga! –Repitió
-¡Rata deja ya eso!
-Está bien, te contaré el secreto de la felicidad pero antes
déjame cambiar mis colores, no me ha gustado este tono
que me has dado.
-Está bien, ve rata – Accedí.

La rata bajó con cuidado de la cama y se dirigió a
un mueble de varias divisiones con ropa, abrigos y en la
zona baja, mis pinturas.

Abría los pequeños botes de pintura acrílica, los
observaba, cerraba y aventaba.

-¡Rata, estás haciendo un desastre!
-Tú accediste, ahora no te quejes.

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Encontró las pinturas adecuadas y sacó un pincel de mi
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caja de pinturas.

-Ahora no quiero que mires como me pinto- Dijo la
rata. Suspiré.


-Está bien rata –Tapé mis ojos con mis manos. La rata
comenzó a pintarse mientras decía en forma melódica
“Serás una tortuga, serás una tortuga, serás una tortuga”.
-¡Rata te estoy escuchando! –Dije a la rata que hizo caso
omiso de mi reclamo y continuo tarareando. No insistí en
repetírselo, pues comenzaba a darme gracia y ternura.


-¡Listo!, puedes abrir los ojos, he terminado.

Abrí los ojos y para mi sorpresa la rata no había
cambiado en lo más mínimo su color.

-Rata, pero si te has pintado exactamente igual – Le dije
incomprendido mientras ella subía por las cobijas.
-Sí, pero ahora estoy doblemente pintada. –Se sentó junto
a mí.
-Bien, ahora te contaré el secreto de la felicidad. La
felicidad radica en ser un ratón de cerámica, excepto por
que al caer te rompes – Dijo, y calló de la cama
rompiéndose.





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EMILIE EN OTOÑO.




Fue la época de los moños largos y la música del
sublime violín. Aquella época donde los hombres llevaban
elegantes moños por corbatas y Emilie tocaba su música
delicada como los manantiales.

Emilie era una chica con un pasado sombrío y un corazón
tan rojo. Con sus talentosas manos creaba melodías
salidas de la melancolía más violeta, la naturaleza más
verde y el corazón más rojo. Con su violín Emilie rompía
el viento de manera delicada.

Un día Emilie salió a las calles, uno de esos días tan
nublados, con el cielo tan rosa tirando a rojo, donde los
caminantes iban por la delicia de los heladeros de las
calles, donde los heladeros trabajaban día y noche.
Emilie salió a dar un paseo y atravesó el puente que
cruzaba las aguas de la ciudad, una ciudad como Venecia
pero con la gran pasión de Paris, el gran misterio de Viena
y el olor a arte de Praga.

Emilie caminaba acompañada por una posiblemente
inmejorable compañía. Ella misma.

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Emilie no buscaba el amor, pues era la dueña del amor, no
buscaba precisamente compañía, pues era la dueña de su
alma, y no buscaba la música, pues era la dueña del viento
y las cuerdas.
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Sin embargo toda Lucretia buscaba su música, su
compañía y su amor.
Pero Emilie buscaba algo en especial y para ello se
dirigía rumbo a Praga. La gente rogaba por escuchar un
poco de su música, cuando menos un chirriante sonido de
su violín, lo que fuese, sin embargo ella estaba
decidida a marcharse aun cuando las personas
derramaban lágrimas.

Emilie era simplemente muy hermosa ¿Y más hermosa
que ella? Quien más que su música.

Los hombres se detenían frente a ella, haciendo
una reverencia y ofreciendo sus moños, la mayor
distinción ante una dama. Emilie los miraba extrañada,
casi repugnada, ignorando su gesto declaratorio.

Un arquitecto le ofreció la Klavokfka, una torre
gigantesca, llena de esculturas de gatos diminutos tallados
en plata, una torre con una escalera en forma de espiral,
que se extendía hacia las alturas, y estos pequeños gatos
decorando sus barandales. La torre tenía un color durazno
muy crema.

Emilie acepto la oferta, más aquel hombre pidió algo de
música a cambio. Emilie rechazo la oferta, pues cada que
un artista la escuchaba, su música embellecía. Ella
pensaba que aquella torre era una obra muy bella. Su
música embellecería tanto que la dejaría luciendo a ella
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en segundo plano.
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Emilie camino observando de largo la torre que pudo ser
suya, entonces se acercó un joven entusiasmado y le
ofreció las joyas de la corona del duque de Lucretia.
Emilie pensó “¿Por qué arrancaría las joyas y no robaría
la corona entera”, vaya clase de idiota. Emilie rechazo la
oferta, pues las joyas eran muy bellas, pero cada que un
idiota escuchaba su música, esta palidecía. Aquello la
haría lucir muy bella a ella, dejando su música en
segundo plano.

Emilie siguió su camino rechazando otras tantas ofertas.
Un carpintero le ofreció un violín muy rustico, un soñador
un sueño, un gigoló pasión y un religioso el cielo.

Emilie camino y prosiguió, pues nadie le ofrecía aquello
que tanto amaba.

Emilie camino y atravesó razonables extensidades.
Finalmente los hermosos campos a las afueras de Lucretia
para después llegar a Praga.

Llego a Praga, la tierra de los Stradivarius, la capital de la
música clásica, con sus pavimentadas calles que tantas
historias que contar tenían. Finalmente sus ojos brillaron.
Había llegado al final de su búsqueda, aquella inspiración,
aquello Indispensable para ella. Miró hacia el puesto de
música más popular y afamado en toda Praga, pero no era
ello, claro que no, era algo que en vez de cuerdas tenia
pelo.
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Emilie grito “willow“y su perro corrió hacia ella.

El perro perdido en las calles de Praga había vuelto a los
brazos cariñosos de su ama, de su compañera, de Emilie.
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LA HURRACA LADRONA.



Mixtel se quedó profundamente perdido en un éxtasis de
zarkova violeta, la más adictiva del mundo entero,
escuchando aquella música tan violeta y melancólica.
Miro el techo Perdido en sus fantasías; vio a un hombre,
con cara parecida a la madera, moverse frente a él. El
hombre movía su mano frente a el, mientras Mixtel
perdido, con la boca semi abierta, escurriendo en su
propia jugosidad, sin movimiento, no pudo reaccionar
más que para reírse tenuemente de aquel hombre de cara
preocupada, de nariz alargada. “Tienes, tenes, tens” dijo
con la voz descoordinada de consumir tanta zarkova
“tienes cara de madera” y empezó a reír sin cesar.
“No te parecerá tan gracioso cuando queme tu árbol
de zarkova”. Mixtel empezó a reír y reír. Era un chico de
gustos simples y humor refinado, que solo gustaba de
buenos ratos en su casa y salir a golpear algunos de
aquellos ojiazules, hombres miniatura que el mundo
entero odiaba. Eran muy bellos pero se asentaban todas
las noches, por las calles de las ciudades y los campos del
bosque carmelingo, con sus casas armables, miniatura,
con sus sombreros graciosos. Siempre talando árboles y
fumando indiscriminadamente, escuchando su música
pesada y energética, tan armónica como una jauría de
perros.

Mixtel pensó en contactar a su bandada pero se
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encontraba tan extasiado con la zarkova que no puedo ni
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impedir la salida de aquel hombre.

-Oye, oye, hombre con cara de misu ¿cómo te llamas?
– Dijo Mixtel divertido. Aquel hombre ofendido, su cara
de preocupación cambio tenuemente a agresividad.

-Me llamo kuvo y dejare toda tu zarkova como misu
– Recalco tomando una camitow para prender fuego
al árbol. La camitow era una pequeña esfera inflamable,
muy de moda por aquellos rumbos, la cual al chascar de
los dedos ardía como fogata.
-Jajajajaja misu – Rio Mixtel recostado, repitiéndose una y
otra vez aquella canción tan adictiva.

Kuvo salió enfurecido, rumbo a la noche, a las afueras de
la casa de Mixtel, donde se extendía un gran campo en
cuyo centro había un gran árbol con zarkova.

-Mira Mixtel, mira como prendo fuego a tu preciosa
zarkova jajajaja – Rio malvadamente kuvo

“Mi zarkova, mi preciosa zarkova” pensó mixtel y salió de
un salto de su pequeño sillón despertó de aquel letargo, el
pesado letargo de un cerebro idiotizado.

-¡Detente bastardo, deja mi zarkova! – dijo enojado y algo
desesperado por más que trataba de ocultar esto ultimo.
-Tu tiempo de suplicas se acabó Mixtel, pobre joven
adicto que dijo que mi cara era misu- Dijo sujetando
aquélla pequeña esfera blanca. Aventó el camitow al árbol
de zarkova y luego chasco los dedos.
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-¡¡¡Nooo!!!!- Grito Mixtel tomándose el cabello, con una
expresión realmente cómica, sus ojos como platos, y la
boca torcida - ¡¿Que acabas de hacer Bastardo de misu?!
– Dijo realmente frustrado y desesperado.

kuvo no puedo contener la carcajada, y mientras reía
gozoso no pudo notar que el fuego comenzaba a tomar
camino por su brazo derecho. Rio aguda y burlonamente
mientras Mixtel aun sostenía su cara de angustia, al borde
de

las lágrimas, l l e n o d e coraje y la frustración, viendo
como su zarkova se incendiaba frente a sus ojos.

-¡Bastardo! ¡Bastardo! ¡Bastardo! – Gritó coléricamente
Mixtel. En su frenesí de burla Kuvo se tocó el
estómago con sus ardientes manos, llenando en llamas sus
prendas largas, fuera de talla.

Mixtel lo miró y notó como llamas crecían de él. Su
cara de preocupación, de niño llorón, se relajó un poco
para después reír dulcemente, mirando a kuvo ardiendo.

-¿Qué pasa contigo muchacho? Tú Zarkova desaparece
y no haces más que reír, hubiera pensado que arderías del
coraje?- kuvo rio burlonamente, pero Mixtel rió aún más.
-Jajajaja ¡¿arder?! pero si ardiendo estas tu bastardo-
M i x t e l s o l t ó u n a c a r c a j a d a p l e n a . Kuvo
bajó la mirada. Las vivas llamas llegaron a su cara.
- ¡¡Mis ojos!! ¡Bastardo! ¡Bastardo! ¡Mira lo que me
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has hecho! – gritó cubo con la reacción de llevarse las
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manos a la cara, entonces su cara empezó a arder en
su totalidad.
-Jajajajaja, ¿lo que te he hecho? eso te pasa por atacar mi
zarkova – Kuvo comenzó a correr. Mixtel burlándose de
él a más no poder, lo vio adentrarse a las lejanías del
bosque. Los harapos largos se le caían a cenizas y
dejaron a entrever sus piernas flacas como dos palos de
escoba, cubiertas por mallones blancos tal como un bufón.

Mixtel continuó riendo unos segundos después de perder
de vista a kuvo. Se sentó y miro como el fuego casi
consumía en su totalidad las zarkovas, tan ligeras y
vulnerables ante cualquier maltrato.


La zarkova había que cuidarla más que a una novia
desleal, y aun más que a una delicada rosa.

Se recostó algo preocupado, más la noche fría le dio algo
de felicidad, refrescando su mente. Miró al cielo
estrellado, preguntándose si habría vida fuera del
cuadrante. A la lejanía se alcanzaba a ver una pequeña
galaxia en forma de espiral debido a la cercanía que
Andrómeda tenía con la vía láctea.

“¿Algún día el hombre podrá llegar a la vía láctea?” Se
preguntaba Mixtel.

Se quedó pensando tanto tiempo que olvido que iría con
su bandada a golpear algunos casimes. Entonces vio cómo
su novia Minu se acercaba a lo lejos. Se acercaba con la
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gracia de una urraca ladrona.
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-¿Mixtel, que sucede? Los chicos y yo te
estuvimos esperando en mi casa y nunca llegaste.
-Debes estar muy agotada, yo necesito pensar ahora que
un malviviente cara de misu me ha quemado toda mi
zarkova.
-Aun puedo estar contigo un breve momento, dijo
subiéndose en Mixtel muy provocadoramente.

Es por ello que mixtel pensaba que la zarkova era tan
difícil de cuidar como a su novia desleal. Minu tenía un
aroma dulce y amargo; el amargo aroma de la deslealtad y
el dulzor de la promiscuidad desenfadada. Mostraba
soltura y gracia en su forma de actuar.

- No Minu, en estos momentos solo quiero pensar. Algo
que puedes hacer es recostarte junto a mí para pensar
juntos.


-Está bien – dijo Minu y se puso muy pegada a Mixtel,
con los brazos detrás de su cabeza, mirando así como el
las estrellas.
-¿Mixtel crees que allá vida en otros planetas? – Dijo
Minu con su voz de niña mimada, volteando a ver a
Mixtel.
- No lo sé Minu, no lo sé, eso mismo pensaba…que más
querría que un poco de zarkova ahora mismo.
-Yo tengo algunos cigarrillos de zamk. ¿Quieres?
-Claro, dijo Mixtel. – Minu saco dos cigarrillos de su
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media falda. Los cigarrillos eran de un papel semi
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grueso en forma de cono. Median unos 13 centímetros.
Aquellos cigarrillos prendían de una manera simple, solo
se jalaba un poco de aire desde su base, y entonces
comenzaba la chimenea de sabor amargo, de sabor tosco y
adictivo. Tomaban el calor que había en el viento, aun
así se tratase del viento nocturno.
- ¿Mixtel, seguro no quieres dar la vuelta?
Debemos mostrarles quien manda a esos casimes – dijo
Minu de manera provocadora y entusiasta, acercando su
fina cara, dejando caer su cabello rizado, muy rubio, casi
blanco, muy cerca de la cara chata de Mixtel.
- Minu, ya te he dicho que solo quiero pensar – Dijo
un tanto irritado Mixtel, cosa que no pareció grata a Minu.
Lo miró más fríamente y sus ojos cambiaron a un
azul ultramar muy intenso.
-No me agrada que me respondas de esa forma Mixtel ¿Lo
sabes?- Mixtel tomó un poco de humo de su cigarrillo y lo
soltó frente a la cara de Minu. Minu tocio y se bajo de la
humanidad de Mixtel, alejando el humo con su mano.
-Está bien, está bien Minu vamos a dar la vuelta–
Minu volvió a sus cotidianos ojos color miel y rió. Se
levantó y tomó a Mixtel de la mano.
-Vamos – Dijo Minu. Mixtel se levantó un tanto en
desacuerdo, sin embargo no le parecía del todo mala la
Idea de ir a golpear algunos casimes, más que nada quería
olvidarse de aquella tragedia que había dejado aquella
noche, aquel desolado paisaje, su árbol en la miseria total.
-Tienes razón, quizá encontremos algo de zarkova o
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algunas semillas de zarkova en el camino – Dijo
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Mixtel entusiasmado.
- ¡¡Sí!!- Dijo Minu muy efusivamente - ¡Vamos!- Dijo
con su voz chillante.

Se fueron en dirección contraria al bosque, al sur de su
cabaña donde los campos eran tan extensos. Algunas
cabañas y camunones había en el camino.

Los camunones eran más grandes que 10 cabañas juntas y
normalmente estaban muy bien decoradas. Algunos
posos y pequeños lagos de aguas cristalinas decoraban
todo el camino, así como arboles con frutas como la
comina, la koga, el jik, o el fresco y jugoso movokle, así
como arbustos pequeños y algo de arena en el frio viento
nocturno. Ahí Vivian los casimes, realmente eran gente
pacífica, pacifica hasta el hartazgo.

Se encontraron a Maco, Mizél , Juxel y a mí, golpeando
algunos casimes con frondosas ramas espinosas de las
hermosas flores mastacasta, las flores más amarillas que se
podrían encontrar en ningún lugar, y rosas que crecían en
los altos arboles cosumes. Despedazando sus pequeños
hogares, silenciando su estruendosa música y
derramando la sangre de sus pequeños cuerpecillos.

-¡Miren ahí viene mixtel con Minu! - gritó el gordo y
calvo maco, patético como solo él. Tenía una voz muy de
niño y un carácter muy jovial y divertido.
-Ten amigo, aquí tienes una rama, solo límpiala que tiene
varios casimes insertados. - Dijo Juxel. La sangre azul
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escurría por las ramas. Los casimes gemían y se retorcían.
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Su piel azul palidecía y sus prendas blancas se empapaban
con sangre. Era un sinfonía de dolor, realmente era
excitante.
Comenzamos a prender fuego en sus cabañas e insertar sus
cuerpecillos en nuestras gruesas espinas. En un acto
realmente notable el gordo Maco froto un casime contra
un árbol, dándole un tono hermoso a aquel tronco.


-Ten Minu aquí tienes tu rama –Dijo Juxel torgándole una
vara a Minu, quien no era parte totalitaria de la diversión.
Juxel se preocupaba por que todo estuviera en su lugar,
era realmente cerebral, sereno y con una visión más
amplia que el mismo Mixtel, pero le faltaba esa sangre
hirviente. Era un enigma que actuara de esa forma,
siempre lo considere alguien con un código violento que
solo él era capaz de comprender.

Mixtel dio su cigarrillo a Minu, quien lo guardo en
su media falda. Aquellos cigarrillos de zamk tenían tanta
duración y tenían un aroma tan fresco y grueso. Dejaban
de consumirse con el simple hecho de dejar de jalar calor
de ellos.

Mixtel zafó algunos casimes y los arrojo al pasto. Aun se
retorcían y producían gemidos de dolor, heridos y
moribundos. Pobrecillos, su único delito era su debilidad,
débiles como Mixtel.

-Bien, deshagámonos de algunos casimes Minu – Minu
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rio y se unió a la sinfonía de gozo y excitación.
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Cabe decir que no éramos los únicos divirtiéndonos por
aquellas horas. Había otras bandadas. La mayor parte de
las bandas consistían en dos chicas y cuatro chicos.

Pequeñas partículas de hielo comenzaban a acompañar el
viento de aquella noche mientras continuábamos con
nuestra labor. Las chicas gritaban y brincaban de
diversión. Los chicos sonreían a dientes, como perros
hambrientos, golpeando y aplastando con gran vigor.
Risas, brincos, golpes, pocas cosas eran más divertidas en
aquellas noches.
Mi éxtasis fue tan elevado que comencé a saltar como un
chimpancé, mostrando los dientes, de pronto un plan
brillante vino a mi mente. Me aparte del grupo y me
introduje en el bosque, camine más sereno, alejado de
aquel frenesí tan dulce. A lo lejos me encontré la cabaña
del señor del tiempo.
Toque a su puerta, sabía cuál era la contraseña.
-Quien osa buscarme a estas horas?
- Soy un hombre de buena voluntad señor, solo busco uno
de sus favores.


-Se puede saber cuál es ese favor?


- Claro que sí señor, solo necesito un vaso de agua, estoy
sediento. Notara que mi propuesta no es egoísta.


-Lo es en distintas ópticas muchacho pero te abriré las
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puertas por la única razón de que has tenido la petición
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más baja que se me haya hecho en muchos años, solo
debes decirme la contraseña. ¿Qué hora es?



-Las 11:12 – Respondí. La leyenda hablaba de este
hombre como el hombre de los vasos de agua, la leyenda
del joven Arthur.



Mientras tanto, los chicos se divirtieron por un buen rato
hasta que Mixtel volvió a recordar aquella tragedia
con su árbol de zarkova mientras destrozaba una
cabaña con su gran vara.

-¡Chicos, chicos! ¡¡Basta ya!!...¡Necesito hablarles de
algo!
Todos se detuvieron a escuchar a Mixtel
-¿Qué sucede mixtel?
-Vaya algo terrible ocurrió esta noche. – Dijo
Mixtel algo afligido.
-Bien, pues llego un tipo con cara de misu y llego
a destrozar mi árbol de nuestra preciosa zarkova.
-¡¡¡Mixtel no!!! – gritó la chica de cabello naranja. Mizél

¡¡Mixtel!!– Gritó de ira y frustración Maco, tirándose en
el suelo y derramando lágrimas, como rogando que fuera
una broma.
-¡Chicos necesitamos encontrar a aquel bastardo cara de
misu y hacerlo pagar ¡¿Que dicen?

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Los chicos enardecidos dejaron para otro día a los casimes
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y acompañaron a Mixtel. Una bandada donde los chicos
usaban una especie de chaquetas echas de la más pura
tela de árboles cosumes y las chicas utilizaban sus medios
vestidos y medias faldas, o en algunos casos, hasta
comunives con la tela más fina. Desde arboles cosumes
hasta muquetez. La vestimenta de las chicas era algo tan
variado.

Enfurecidos y dispuestos a utilizar fuerza pura con aquel
bastardo se encaminaron al bosque.

-¿Mixtel quieres algunas pemas? – Dijo Mizél
ofreciéndole algunas pemas en la palma de su
mano. Mizél

Normalmente iba tan bien equipada para defenderse
como cualquier chica de aquellos andares.

Las pemas eran básicamente piedras en extremo lisas,
bien afiladas manualmente.

-Gracias Mizél tengo suficientes.
-Está bien- dijo sonriendo – La mirada de Minu se
tornó algo azul ultramar y Mizél lo sabía, por lo que no
pudo esconder una clara sonrisa de satisfacción en su
rostro pálido.

Maco tenía un peinado de picos justo en medio de la
cabeza y rapado a los lados. Tenía un cabello moldeado
con algo de arena y azimork, por lo que cobraba una
gran altura. Era un tipo impulsivo y más cuando la
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zarkova, la vumba o la jerka de los chicos estaban en
peligro. Iba literalmente apretando los dientes y agitando
una especie de cadena de pemas ahora que sabía que un
tipo no había robado algunas zarkovas, si no había
quemado el árbol entero. En verdad era un chico de
cuidado cuando se hallaba enardecido.

Maz en cambio era un chico de cabello muy rizado muy
castaño pero un tanto transparente que le llegaba casi a
la cintura, era un chico bastante agraciado.

Se adentraron al bosque que entre sus incomodidades
tenía aquella molesta arena gris morada que se te metía
entre los dedos.

Mixtel quien iba al frente del grupo, iba ansioso de
encontrarse con kuvo, apartaba las ramas y moskovitas
que aparecían en el camino.


-Ya quiero encontrarme a ese bastardo para partirle la cara
de misu- Dijo Mixtel. Todos rieron.
-¡Era un tipo tan poco afortunado, tenía cara de madera
embarrada de misu!- Todos se divertían bastante,
ofendiendo a aquel bastardo quien se hallaba seguramente
en el bosque.
-Entonces no habrá problema si me limpio la misu con su
cara – Dijo Minu “jajaja”
-Veamos si te empieza a lamer el culo, así será una
limpieza profunda – dijo Juxel, todos rieron menos Maco
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y Mixtel quienes conocían bien el temperamento de Minu.
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Minu volteó con una mirada fría y sus ojos se tornaron
azul ultramar. Juxel la miró con temor. Minu tomó una
pema del bolsillo de su media falda y la acerco al cuello
de Juxel.

-Vuelve a decir algo así cerdo y te la clavare en la
garganta.
¿Entendido Juxel? –Juxel movió la cabeza asistiendo.
-Te estoy hablando y no escucho tu voz – Dijo Minu
-Sí, ¡entiendo!
-Muy bien – Respondió Minu sonriente con una pequeña
risita
-Jajajaja que ocurre amigo se te ha caído el cabello del
espanto – Dijo Maco tomando a juxel por el hombro.

Prosiguieron por el bosque hasta que Mixtel encontró
unas cuantas astillas tiradas.

-Esperen chicos…estas astillas se parecen a las de la
cara de kuvo. Seguramente se asentó por este lugar y se
quitó un poco de su cara el muy bastardo. Miren bien
arriba de los árboles y a sus alrededores.


Los chicos buscaron por mucho tiempo sin
encontrar nada.

-Mixtel dejemos las cosas así, aún tenemos vumba y
jerka en tu cabaña. ¿Quieres? – Dijo Mizél tocando detrás
de la oreja de Mixtel. Minu miro con ojos azul ultramar a
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Mizél. Maco se dio cuenta de esto y se acercó a Minu
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“anda, quita esa mirada”. Mixtel se encontraba más que
nada afligido por su zarkova. Con una cara de angustia
y frustración intensa si quiera miró a Mizél.
- Claro, está bien. Vámonos chicos.

Los chicos salieron del bosque cerca del lugar por el
cual había entrado Kuvo y se dirigieron hacia la cabaña.

-Vengan chicos contemplemos las estrellas como lo hacía
antes de que llegara Minu, vengan acompáñenme,
díganme que piensan- Dijo Mixtel para después tirarse en
el pasto.

Los demás chicos lo acompañaron y se recostaron todos
uno a un lado del otro.

- Pienso que las estrellas caerán algún día – dijo Jivu
-¡Vaya que eres un cabeza dura! - Dijo Maz - las
estrellas no pueden caer, si lo hicieran serian del tamaño
de una nuez, no sabes nada sobre Hub?
-Sí, pero ese anciano está loco, además si fueran tan
pequeñas no podríamos verlas – Dijo Jivu
-Claro que podríamos verlas, pues son muy pequeñas pero
su brillantes las hace ver un billón de veces más grandes.
– Dijo Mizél.


-¡Claro Mizél, eso es muy cierto! Me encanta tu lógica-
dijo
Mixtel. Los ojos de Minu se pusieron azules una vez más.
-Cierto, ¿te parece muy interesante no Mixtel? Pues
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quédate a contemplar el cielo con Mizél.
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Minu se levantó y observo a todos como esperando a que
alguno la detuviera. Al ver que Mixtel no hizo nada,
Minu se fue enfurecida y triste. Se marchó en dirección
oeste a la cabaña. Lllorando.


- Mixtel ¿No seguirás a minu? - Dijo Juxel
-Ella volverá enseguida ya lo verán.

Entonces como si nada los cuatro siguieron observando
las estrellas. Entonces Juxel sacó algunos cigarrillos de su
bolsillo.

-Nada mejor que unos cigarrillos para este frio tan de
medianoche ¿no creen chicos? – dijo juxel con su singular
carisma de siempre. “Claro” todos tomaron un cigarrillo.
-¿Creen que haya vida en otro planeta?-Pregunto Maco.
-Claro, si no sería un gran desperdicio de constelaciones y
galaxias ¿no lo creen así? – Dijo Mixtel
-Claro que lo seria… ¿Crees que haya chicas tan hermosas
como yo en otras galaxias Mixtel? – Dijo Mizél
-Claro – dijo Mixtel.
-¿Con este cabello tan hermoso y esta sonrisa
tan perfecta? – dijo Mizél como dando una segunda
oportunidad a Mixtel
-Claro, si no sería un gran desperdicio de galaxias y
constelaciones ¿no lo crees?


-Creo que debe haber chicas muy feas, chicas con cara de
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pescado y cuerpos escamados – Dijo Maco
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-Creo que eso sería más asqueroso que yo siendo mujer –
Dijo Juxel. Todos rieron
- No creo que haya algo más asqueroso que eso –
Dijo
Mizél “jajajaja”

Los chicos siguieron conversando mientras Minu
caminaba enfadada maldiciendo entre dientes.

Caminó para después recostarse en el pasto y observar
por un rato la luna violeta.

Las tenues nubes pasaban ocultando repentinamente la
luna.

“Habrá vida en otros planetas” pensó Minu. “Claro que la
hay” le respondió una voz y pequeñas astillas comenzaron
a caer del cielo.

“¿Qué demonios?” se levantó Minu y vio a un hombre con
la cara algo descompuesta, con varias manchas negras
como carbonizado.

-Eres tú, tu eres el hombre que destrozo nuestra zarkova
-Así es mi querida hermosa
-¡No me llames hermosa bastardo! Ya veras, iré por los
chicos y te las veras con todos nosotros.
-No creo que Mixtel te amé si tienes una cara astillada
-¿Una cara astillada?...
-Si, siéntelo por ti misma jajajaja. – Minu se tocó el rostro
y sintió madera en vez de piel. Atónita alzó la mirada
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para ver que kuvo había desaparecido.
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“¡Bastardo! ¡Bastardo! ¡¡Bastardo!!”

Se fue corriendo hacia la cabaña tomándose la cara con las
manos, pues esta podría pelarse.

“Si Mixtel me ve así ya no querrá siquiera mirarme”
pensó Minu y una voz le respondió “Así es, ni siquiera
podrá besarte sin astillarse jajaja”

¡Calla! Grito Minu envuelta en cólera. “¿Ahora qué
hago?”, sus ojos se tornaron azul ultramar.

Se dirigió a uno de aquellos pequeños lagos, pues
posiblemente lavando su cara podría recobrar su
normalidad.

Se hinco y metió su cabeza al agua, abrió los ojos debajo
del agua y vio como pequeños trozos de madera
flotaban. Después de unos segundos sacó su cabeza y
tomó aire. Tocó su rostro y notó que su piel había
vuelto, cambiando su astillado rostro.

“¡Que buen truco el tuyo cara de misu jajaja!”, grito
Minu, burlándose aliviada. “Claro, no puedes ver tus
propios ojos pero si los miraras ahora lucen tan pálidos”

“¿Pálidos?” pensó “¡Déjate de tonterías bastardo!” grito
Minu
“jajaja, mira el agua ¿acaso no luce tan azul?”

49

Minu miró el agua azul ultramar y con un grito
50

ahogado se llevó las manos cubriendo su boca, con
sorpresa y espanto.

“¡Bastardo! ¿Acaso envidias mi belleza?” “Vaya que
me he encontrado con chicos muy ególatras, jajaja…” La
risa de Kuvo se desvaneció en el viento.
“¿Y ahora que hare?” Pensó Minu. Miro el agua
observando como el color de sus ojos no se dispersaba por
el agua entera. “¿Podre recuperar el color?” “Minu metió
su cabeza en el lago nuevamente abriendo muy bien los
ojos. El color era atraído por ambas pupilas absorbiendo
aquel color ultramar. Saco su cabeza y miro su reflejo.
Sus ojos eran azul ultramar nuevamente. Rápidamente
volvieron a tornarse color miel con la misma intensidad
que siempre.

No ofendió de alguna forma a kuvo pues empezaba a
notar que había que ser cuidadosa con él, tal vez en
cualquier momento podría hacer algo con su hermosa
cabellera. Se tomó el cabello y lo miro, se encontraba en
normalidad.

Camino pasando de vuelta los campos donde momentos
atrás habían masacrado algunos casimes. Pisaba algunos
al pasar y escuchaba como algunos se retorcían. Paso
caminando con la luna gigante a sus espaldas. Algunas
bandadas aún se hallaban pasando el rato después de la
divertida persecución de casimes.


51

Caminando, guiada por la luna, se encontró conmigo.
52

-¿Dum, que haces aquí, porque desapareciste en medio de
la diversión? – Dijo Minu, sorprendida de encontrarse
conmigo.
-Fui con el sabio de la cabaña. Mira lo que he conseguido
– Saque el reloj de platina, con una sonrisa en rostro.
Minu tuvo un brillo en los ojos.
-¿Es cierto…Es el reloj del anciano de la cabaña? – Dijo
Minu incrédula
-Así es ¿Quieres ir a jugar un poco con el tiempo?
-Pero mixtel…
-Mixtel no te ama. Vámonos.
-Mmm… está bien – Dijo Minu algo dubitativa, pero
accediendo. Sonriendo.
Partimos a la lejanía de las colinas, nuevas aventuras le
esperaban a Minu, alejada del bastardo de Mixtel.

El día había sido tan exhausto como la mayoría, tan
divertido como la mayoría, tan nocturno como siempre,
pues lo que llamaban noche era solo diferenciada por ser
más fría, sin embargo la noche era eterna. Tan fresca y
jovial.






Diversión

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PATO.



Recuerdo mi primer vida, por cierto una de las mejores
que he tenido, que sin grandes riquezas y ambiciones vaya
que la disfrute. Era un pato, vivía en un amplio corral
con otros patos. Gente totalmente dispersa por el largo
prado era lo único que veía. Todos en pequeños
grupos, vistiendo de manera muy primitiva. Yo, con mis
ojos a cada lado de la cabeza, observaba como cuidaban
sus distintos animales, desde cerdos hasta pavorreales,
pero no pensaba en otra cosa más que ¿Se odiaran tanto
que prefieren alimentar a los animales que a sí mismos?
Obviamente al ser un pato no era nada listo, mas no había
otra cosa más divertida que ser estúpido y vivir.

Mis compañeros patos que buenos compañeros eran.
Si estaba o no con ellos daba igual, lo único por lo que
debía de pelear era en ocasiones por el alimento, mas eso
no solía suceder muy a menudo pues aquellas personas
eran muy generosas.

Corría con mis dos patas de un lado para otro
sintiendo la fresca brisa y el agradable aroma a naturaleza
pura. Era aun muy joven y no tenía otra ambición que
54

vivir, ni siquiera tenía la mas mínima idea de cuánto era
mi tiempo límite, mas finalmente una ambición nació en
mi. Observaba ladeando la cabeza, a los demás patos, y es
que es muy difícil ver como un pato, ves o la izquierda
o a la derecha más nunca ves de frente. Observaba
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como salían unos y llegaban otros, siempre sacaban a los
más grandes y robustos y llevaban los más frágiles y
pequeños al corral. Mi curiosidad era muy grande,
aquel corral era fantástico, mas quería saber que era todo
eso que lo rodeaba, si, así es, ilusamente creía que
llevaban a aquellos patos gordos a las afueras del corral, a
aquellos extensos horizontes. Fue entonces que comí y
comí como un loco esperando que me dieran mi
recompensa. Algunas veces los otros patos me
picoteaban por mi egoísta forma de dejarlos sin
comida.

Finalmente el día llego, era más robusto y grande que
ningún otro, así que dócilmente y sin ponerme revoltoso
acepte los brazos que me tomaban para llevarme al
exterior del corral, mas no me llevaban al verde horizonte,
aquella mujer me llevaba apretado en sus brazos hacia
aquellas chozas en que los humanos entraban a dormir y a
comer. Llegue a la entrada de la choza cuando de
pronto un tajante dolor en el cuello hizo presencia.
Sintiendo el abrazador calor del pequeño hogar lo
único que recuerdo son las manos de aquella mujer
sosteniendo mi cuello roto.

56

A AA AM MM MO OO OR RR R




























57





EL AZEBAKE.




Amané Sacó la cabeza por su ventana. El clima era muy
fresco y el cielo muy naranja. Estuvo a punto de caer.
Estremecido metió su cuerpo.

Bajo hacia su sala, con un agujero en el estómago por el
susto. Tomó un poco de azebake del comedor, una fruta
azul como el cielo, muy ligera y suave. Con el tamaño de
la esfera de un árbol de navidad y un sabor similar al de
las uvas.

Había preparado una fiesta para aquella tarde, por
supuesto la había invitado a ella. Estaba ansioso por que
llegara la tarde. Se sentó en la banca fuera de su casa.
Tenía una vista hacia el extenso prado.

Miró la luna y el cielo nocturno de la mañana, comiendo
azebake. Sobre sus piernas un traste de cristal que
contenía más azebakes. Ansioso comió azebake.

La tarde llego y comenzaron a llegar personas a la fiesta,
en el patio de su hogar.

Al patio de su casa, sin techo, y carente de algunas
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paredes, el azul nocturno perpetraba en plenitud. Unos
bailaban, otros conversaban y unos cuantos se miraban
a los ojos por bastante tiempo.

Alkasar piso el vestido de Ramisa haciéndola caer. Las
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risas no se hicieron esperar. Ramisa avergonzada y
enfurecida miró a Alkasar, quien no dejaba de
disculparse. Ramisa dio media
Vuelta, tomó un vaso con jugo de azebake y se lo
arrojó a Alkasar.

-¡Ramisa, te he dicho que soy alérgico al azebakeee…!–
Grito Alkasar, transformándose en un árbol.
-¡Ramisa dejó plantado a Alkasar en la fiesta,
jajajaja!, ¡¿Entienden?! ¡Lo dejó plantado! –Dijo
Levanah , tomándose la pansa de tanta risa.

Todos rieron y Ramisa con otro gesto de indignación y
enojo tomó otro vaso de azebake y se lo arrojó a Levanah.
.Levanah se volvió un pasto con un delicioso aroma a
café. Mientras tanto, Amané aun esperaba la llegada de
Kané. Ella llego como la naturaleza, tan hermosa como
siempre.
-En verdad llegaste. Pasa – Le dijo Amané, tomándola de
la mano y atravesando entre la multitud de bailarines
y ebrios parlanchines, incoherentes por tanto beber
ozomake, la versión alcoholizada del azebake. Era rojo.
-¿Y este árbol? – Dijo Kané con curiosidad.
-Es Alkasar, ¿Sabías que es alérgico al Azebake? –
Dijo Amané burlándose de Alkasar. Ella se asustó un poco
pero pronto volvió a la normalidad.
-Es un árbol hermoso –Dijo tomando una de sus hojas.

Levanah desapareció y se volvió la luna,
observando solitariamente la fiesta desde lo alto.
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-Ven, tengo algo que mostrarte –Dijo Amané a Kané
encaminándola, tomados de la mano, hacia el
poco poblado comedor.


Kané aun anonadada soltó la hoja de Alkasar con
gran delicadeza.

-Es hermoso –Dijo Kané.

En el comedor se encontraban los padres de Amané, junto
con su tía, su hermana mayor y su pequeño primo, todos
bebiendo azebake y conversando.

Amané llegó con Kané, tomados por la mano,
interrumpiendo abruptamente su conversación.

-Les presento a Kané –Dijo Amané
-Hola –Dijo Kané dulcemente saludando con la mano.
-Hola –Respondieron y murmuraron entre “sí, es una
chica linda, si muy linda, si linda”. Kané lucía un tanto
desprotegida y confundida en aquel lugar. Los siguió
con la mirada mientras murmuraban.
-Eres una chica muy linda –Dijo su tía cuando
finalmente se pusieron desacuerdo.
-Gracias –dijo ella muy dulcemente. La familia volvió a
su conversación. Su familia vaya que era bella.
-Ven –Dijo Amané y la encamino hacia su habitación.
-Tengo algo que mostrarte –dijo Amané mientras subían
las escaleras.

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Kané lo siguió sin resistencia.
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Llegaron a su habitación. Tenía una gran ventana que
daba un ambiente muy fresco. El viento movía las
cortinas y Levanah los observaba desde lo alto.

Él tomó su guitarra y ambos se sentaron sobre la cama. El
tocó una canción hasta que su primo “El
pequeño dinosaurio” abrió la puerta de la habitación. El
pequeño dinosaurio era un niño muy gracioso. Iba de un
lado a otro empujando descaradamente todo con su cola.

El dejó la guitarra.

-¿Pequeño dinosaurio puedes traerme más azebake? –
Dijo dándole su vaso vacío.
-¡Sí! –Respondió alegremente bajando las escaleras
brusca y graciosamente como siempre lo hacía.

Rizo y Plasku reían ebrios apoyados en las ramas
de
Alkasar.

-Amigo, tu…tu, ¡eres un árbol!- “jajajaja”, estallaron
ambos en risas dando palmadas a Alkasar sobre su tronco.

Levanah por su parte escuchaba los sonidos tan
extraños y tranquilizantes del universo, observando
estrellas, asteroides y cuanto alcanzaba a ver,
observando repentinamente la fiesta.

Una vez el acabó de tocar la guitarra, Amané y
63

Kané observaron la luna. Se acostaron y ella se acercó
64

más a él. La conversación fue tan breve y se basó tanto en
cosas de poco sentido y las culturas del pasado que no
vale la pena ser mencionada.

Alkasar al viento, al sol y la luna jamás les falló. Como un
árbol murió sufriendo la desdicha de ser alérgico al
azebake.

Levanah cobijó Kané y Amané amenizando tanto su
estancia.




















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¿QUE SERIA TU VIDA SIN TI?




En aquel día en Catidum, la ciudad rusa perdida, en que
todo se puso pies de cabeza, cuando los caballos cebras se
volvieron y los primeros nombrados rayas obtuvieron,
cuando el amanecer pasó a ser la tarde, y la luz del mundo
el abismo profundo. Ahí nació el Zar de Catidum, quien
más que Zar, era el hielo de Catidum, aquel lugar que
el gran Dum Dum había aborrecido hace ya varias noches,
sin embargo su cabeza era un maleficio entre los
hermanos de la caridad. Sus confines eran bizarros y
sublimes. Y ahí fue, a la época siguiente, donde nació
Jasul, quien enamorado de Jussimi, no encontró más que
las ruinas de la caridad. Los vientos fríos y el mármol eran
tan característicos del viejo Catidum como la sangre a los
peces.

“Oh Catidum Catidum te amamos sin Dum Dum”
cantaban al aire los Clansam religiosos y alegres visitantes
de Catidum.

Jasul en cambio imploraba a las hojas secas del viento,
“Oh Jussimi Jussimi ¿Cuándo notaras que soy Jasul y no
66

un Clansam de Catidum?”. Camellos blancos pasaban
frente a la gran estatua de Mariana Masul. Mariana había
reinventado la moral en algo más bello, cambio desde
Platón por Casum, cabeza moral de Catidum, y a Freud
por Barul, padre de la tercera introspección del ello.
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Junto a los monumentales Jinetes de mármol, Jussimi
miro los arboles de la plaza bella de Catidum.
“Oh árbol de frutos de Catidum, dame uno de tus frutos
y yo mi cariño te daré”

Jasul caminando entre los vientos de Catidum escribió un
poema en su mente de dilemas.

“Oh Jussimi Jussimi tu piel blanca me recuerda a las
barrancas, que si caes te desquebrajas y de ellas no te
levantas…pero la marea roja, la marea roja si tu no
la traspasas pronto te descansa….Es muy literal, la
metáfora le falta, pero pronto, pronto Jussimi…”

“Jussimi Jussimi ¿Qué sería mi vida sin mí?” Pensaba
Jasul mientras por Catidum andaba.

¡Dios, quien tenga ojos para ver sus inacontecidos
recuerdos vea el actual Catidum, tan distanciado de Dum
Dum!, vaya que Dum Dum se ganó vuestro desamor….sin
embargo Jussimi, Jussimi estaba tan cerca y a la vez tan
distanciada de Jasul, así como los arboles al cielo.

“Y la marea roja solo ignórala o déjala andar
Jussimi, tu decidirás, pero tu mirada en rojo se tornara.”
Pensaba Jasul, caminando por la plaza bella de Catidum, a
la búsqueda de Jussimi.

Todo gris y viento frio en Catidum, y e n a l g u n o s
c a b í a n las añoranzas por Dum Dum “Prefiero y
recuerdo, pero les daré su Catidum sin Dum Dum” dijo
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algún día Dum Dum en el desierto nublado.

Jasul llego con Jussimi “Jussimi Jussimi ¿Qué seria tu
vida sin ti?”, “Mi vida sin mí sería tu amor por mí”,
“Cierto Jussimi, te amo viva o muerta, pero te prefiero
viva, porque así te escucho, te veo, y mi corazón palpita
en violeta”, “¿Y si Catidum se parte en dos, quien nos
dará cabida Jussimi?”, “Yo te abrazare más fuerte de
lo que Catidum pueda hacerlo”, “¿Y si yo muero
quien te amara Jussimi?”, “¡Pero Jasul ¿Qué sería tu vida
sin ti?” “Jussimi Jussimi, mi vida sin mí sería tu vida sin
mi amor por ti”.
69

EN EL PARQUE. (PARAMESIA)




Yo tan solo era un niño de 12 años y el parque me parecía
algo tenebroso cuando anochecía, sin embargo esa noche
no fue para nada temible. Iba con mis padres y a la entrada
del parque había una reja. Pasando la reja había un
pequeño pasillo con rocas a los costados, rocas llenas de
cal. En medio del pasillo había un pequeño hueco con una
lámina vieja que cubría de las lluvias o del sol. Pasando
ese hueco lleno de hierba mala, bastante descuidado en
general, había unas escaleras, y subiendo las escaleras un
pequeño modulo con un vigilante que te daba el paso o la
salida. Dentro del parque había unos cuantos juegos
mecánicos viejos, canchas para jugar futbol, básquetbol, o
algunas otras para el tenis, asfaltadas, que igualmente eran
utilizadas para el juego favorito de toda una nación; el
futbol. Paseamos por el parque, y nos detuvimos a
comprar un algodón de azúcar en la pequeña “plaza
central del parque” donde había varios ambulantes. Era un
parque como muchos otros, algo descuidado, desolado,
con algunos vagos, con familias y ambulantes; con todas
esas mezclas que solo esta ciudad puede ofrecer. Pues
bien, al momento de comprar el algodón de azúcar yo vi a
una niña, tal vez un año mayor que yo. Tenía el cabello
castaño, largo y algo descuidado. Su piel era blanca y sus
ropas estaban un poco sucias. La mire a los ojos por unos
segundos y de pronto se marchó. Yo la seguí.
70

La seguí hasta llegar a la parte trasera de un juego
mecánico, entonces me invito un poco de su palanqueta.

- ¿Cómo te llamas?
- Me llamo Gaby ¿y tú?
- Yo me llamo Adrián. ¿Y por qué luces tan
descuidada?
- Porque yo duermo aquí en el parque, tu eres tan
miedoso que no durarías ni una noche – Me dijo,
retándome.
- ¿Eso crees? Te demostrare que si puedo.
- Pero tendremos que quedarnos aquí…no mejor
allá- Dijo señalando los carritos chocones, y atrás
de ellos un tren mecánico descuidado, al igual que
el resto de los juegos.
- ¿En los carros? No cabremos ahí
- No tonto, en el tren, esperaremos hasta que toda la
gente deje el parque, incluso los vagos, este es mi
hogar, solo mío.
- Pero mi familia se preocupara, mi mama…
- Sabía que eras un chillón. Ve con el vigilante y dile
que estás perdido, eso será mejor.
- No, te dije que te demostraría que tengo valor. Me
quedare aquí contigo.

Nos dirigimos hacia el abandonado tren y nos metimos en
uno de sus estrechos vagones, cada quien en uno,
charlando a través de las láminas de pintura desgastada.
71

Eran las 7:30 de la tarde y el parque cerraba hasta las 10, y
con el pasar de las horas comencé a preocuparme.
Mientras tanto ella me contaba sobre sus vivencias en el
parque, sobre animales muertos y sobre cómo había
escapado de su casa. Me dijo que tenía 14 años y que iba
en una secundaria técnica y había estado en la carrera de
secretariado, pero que detestaría volverse una secretaria,
detestaba la idea. Sobre como subsistía en un parque así
olvide preguntarle, pues a todas luces era un lobo solitario,
y por alguna extraña razón había decidido abrirme un poco
las puertas de su mente, o tal vez solo quería despecharse.
Cuando me hablo de sus padres comenzó a llorar, y me
dijo que me fuera. El tiempo ya había dado marcha.

- ¡Vete, no tolero que nadie me vea así! – lucia
realmente consternada - ¡Vete niño de casa, anda y
ve con tus padres, que si no te vas te mato! –
Haciendo caso a sus amenazas y mis
preocupaciones, me levante del vagón y me fui. En
el camino rumbo a la salida iba pensando en mi
atrevimiento, en el hecho de hacer preocupar así a
mi familia. Pase entre las canchas pavimentadas,
solitarias, y con las gotas de lluvia que
comenzaban a caer. Vi al vigilante a lo lejos,
cerrando la reja de la entrada del pasillo,
preparándose para llegar a la calidez de su hogar.
Me entro una ansiedad y preocupación intensa,
¿Dónde dormiría? Pues había pocos lugares que
cubrieran del agua, y para empeorar mi
72

preocupación parecía que la lluvia no haría sino
empeorar.

Regrese, en medio de la intensa lluvia, hacia el tren, aquel
mágico tren donde aquella niña me había contado algunos
de sus secretos. Grite su nombre y no encontré
contestación. Me asome en los vagones del tren y no halle
nada. Con el agua escurriendo, corrí buscando algún lugar
para cubrirme de la lluvia, hasta que de pronto vino a mi
mente ese descuidado hueco en el pasillo, cubierto por una
lámina de plástico. Con la noche y la lluvia, era difícil
distinguir incluso los escalones, pero cuando llegue al
pasillo pude notar que alguien había pensado en aquel
lugar primero que yo. Distinguí una esbelta silueta
recostada cómodamente sobre una almohada, en posición
fetal, lista para dormir.

Sorprendida levanto el torso y me miro, y como si se
tratase de una película de suspenso en ese momento sonó
un trueno.

- ¿Qué haces aquí? deberías de haberte ido ya.
- Te dije que me quedaría no es así. Ya ves que no
soy un gallina.
- Muy bien, pero ahora búscate un lugar para dormir
que este ya está ocupado.
- No me dejarías dormir aquí, todo está mojado.
- No.
73

Sin ganas de rogarle y algo molesto, seguí mi camino
hacia la reja y trate de saltarla. Viendo que falle en mi
intento tal vez sintió lastima por mí.

- Está bien, ven para acá – me tendió una cobija y yo
mojado como perro no tuve otra opción que estar
bajo su poder. Me senté a un lado de ella, pero no
tenía sueño. A su lado poseía una mochila, al
parecer, con todo lo indispensable para sobrevivir.
Saco un delgado suéter azul de algodón y se lo
puso.
- Yo estaré bien con esto, tu quédate la cobija.
- Eres muy amable. Gracias – me sonrió y se acercó
a mí, recostándose sobre mis piernas.

Platicamos durante horas sobre nuestras familias, sobre
nuestros juegos favoritos; yo le dije que mi favorito
cuando era niño, “como si ya no lo fuera”, eran las
escondidillas, y yo al ser el más chiquito siempre era el de
chocolate. Ella me dijo que su preferido era la rueda de
san miguel, que solía jugarlo con sus hermanas, pero ahora
ya no tenía con quien jugarlo. En ese momento se puso
otra vez algo triste, pero se guardó las lágrimas. Le
pregunte sobre que animal desearía ser si fuera uno, y me
respondió que el cangrejo “Un gran cangrejo rojo, pues me
parecen muy lindos, fuertes y tenaces al mismo tiempo”
eso fue lo que dijo, y a mi parecer, no pudo elegir uno que
la describiera mejor, pues cuando uno empezaba a
adentrarte más en su ser, de inmediato percibías que era
74

una niña muy tierna, aun cuando su misma situación la
hacía fuerte y tenaz.

- Me gusta que estés aquí conmigo.
- A mi igual me gusta, y que bueno que me atreví a
preocupar a mis padres, además solo será por hoy.
- ¿Solo será por hoy, que no volverás a verme?
- Bueno, quizás sean más veces…

Me abrazo por la cintura y yo rodee su cuello con mis
brazos, y en esa posición quedamos dormidos.

De pronto sentí que algo me golpeaba el hombro.
Entreabrí los ojos y vi al vigilante moviéndome por el
hombro con su macana.

- Como es posible que se hayan quedado dormidos
dentro del parque. Llamare a su padres ahora
mismo – yo aún aturdido, y con el cuerpo algo
débil (pues había dormido empapado) alcance a
razonar.
- No, no les diga nada, yo me hare responsable, se
cómo regresar a casa, en realidad vivo muy cerca
de aquí.
- Pues anda, vete ya, no quiero que me des
problemas. Vete a tu casa antes de que la gente
empiece a llegar – Recordé que era sábado por la
mañana, ese día había mucho más movimiento en
el parque que de costumbre; había más ambulantes,
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globos, perros, familias. Había más vida en el
parque.
- Y a ti ya te había visto antes… – Dijo el oficial
notando a la otra criatura. Gaby lo miro fijamente
unos segundos, con una mirada inquieta y tensa.
Tomo su mochila y salió corriendo por la reja.
- ¡Hey, detente! – el oficial salió corriendo detrás de
ella sonando su silbato e inmediata mente yo salí
detrás de él, solo para notar que a unas cuadras se
daba por vencido y regresaba hacia su puesto de
trabajo.
- ¿Y tú que estás viendo? ya vete – sin pensarlo me
di la vuelta y me dirigí hacia mi casa.

Sentía una sensación excitante, jamás me había sentido
tan vivo, y sabía que en cuanto me vieran mis padres
recibiría su castigo, pero no me importaba mucho.
Tenía la extraña sensación de estar enamorado.
76

MIE MIE MIE MIEDO DO DO DO.

77

EL CORONEL HARRISTIF.




El caballero de la espada roja ataco al coronel
Herreistif. “¡Ayuda, ayuda!”

La película era genial, obviamente a mi corta edad me
sorprendía fácilmente, pero aquel día traumo mi vida.

Yo lidiaba con fantasmas dentro de mi mente todos
los días, aquello era fatal y todo empeoraba en los
momentos en que me encontraba en soledad. Voltee y
miré fijamente la ventana que daba vista al jardín. La
noche roseaba los rosales y el árbol de durazno que se
encontraba entre seco. Imaginé a un psicópata
pegado a la ventana, tomando un cuchillo en su
mano. Cerré los ojos y pensé en cosas que pudieran
hacerlo olvidar. Era un intento fallido. Todo lo
hermoso era transformado en horribles caras, gestos
animales y grotescas criaturas. Era muy complicado
luchar con una mente llena de miedo. Para confirmar
que mis pensamientos no eran más que puras
falsedades me acerque un tanto tembloroso al
vidrio que daba hacia el jardín, Sin embrago no vi
más que la locura de mis patos. Mis cuatro patos
solían danzar en forma muy extraña cuando el cielo
nocturno se tornaba en color rojo.

78

Me recosté en mi sillón con una tranquilidad
transitoria y prendí mi televisor en un fallido intento
por olvidar los fantasmas de mi cabeza,
fantasmas engendrados por la soledad absoluta.
No añoraba otra cosa más que estar acompañado…O
ser el coronel Harristif, su valentía era implacable.

Cada pequeño sonido alarmaba mi corazón,
encendiéndolo a mil por hora. Los resonantes pasos
que producían los horrorosos enanos que cada
noche se instalaban en la azotea de la casa me daban
escalofríos.

El estruendo que provocaban los niños limosneros al
chocar contra el zaguán estrujaba mi alma. Parecía
que la cosa no podría empeorar más, cuando de
pronto escuche el desgarrador grito de uno de los
enanos. Era muy probable que en tipo con una
sierra eléctrica lo estuviese descuartizando.

De pronto sentí pánico. La sala era un lugar muy
abierto. Me sentí vulnerable. El movimiento de los
arboles a causa del viento me provocaba pavor.

Subí corriendo a toda prisa por las escaleras. Llegue
al pasillo del piso superior. Se encontraba en
penumbras. Prendí la luz. Sentía como si un grotesco
y horripilante ser me observase a lo lejos del pasillo,
escondido en la habitación de mi padre. La habitación
79

no era más que penumbras. Contemple la
habitación temblorosamente hasta que el
anormalmente fuerte sonido de las manecillas
del reloj sobresalto mi corazón.

Entré, apenas resistiendo mi miedo, a la
habitación más cercana a las escaleras. Cerré la
puerta. Subí a la parte superior de la litera y me
tomé las rodillas, temblando sin control. El silencio
era absoluto en aquella habitación. Apenas era capaz
de escuchar el alboroto que producía el viento. Me
tranquilice poco a poco. De pronto mi corazón se
exaltó al mil por hora. El sonido provenía de las
escaleras. Era como de algo que se arrastraba por
ellas, subiendo lentamente. Sonaba como si fuesen
fuertes pisadas, como aquellos hombres de las
películas de horror, que solo pueden mantenerse
en una pierna y suben lentamente a paso firme. Sin
embargo estaba seguro de que no eran pisadas. Se
arrastraba y cada vez se acercaba más, produciendo
un ruido cada vez más y más estridente. No sabía qué
hacer. Temblaba como vagabundo en invierno. ¡Se
acercaba más y más a la puerta! Yo me
encontraba más espantado que todas las pesadillas de
un mundo colapsadas en una sola…sin embargo no
podía apartar la mirada de la puerta. ¡Quería saber
que era!

80

Mi corazón palpitaba en exceso, apretaba las cobijas
hasta casi desgarrarlas…De pronto el chirrido de la
puerta, abriéndose lentamente, congelo mi corazón.
Mi desgarrador grito hizo presencia únicamente en mi
mente y con una horripilante expresión que solo es
capaz de provocar el miedo que rompe el alma, vi
una espalda entrar por la puerta.

Se tambaleaba de izquierda a derecha para poder
avanzar, produciendo un resonante sonido sobre el
suelo.

Mi expresión se petrifico por unos diez segundos
mientras la espalda continuaba avanzando. Mis ojos
no soportaron más horror, rompiendo en diminutos
cristales. De pronto ahogado en el horror comprendí
que aquella era mi espalda. Mi cara boquiabierta y
horrorizada se deslizo lentamente de mi cráneo y
cayó sobre las cobijas con la finura que cae un
pétalo de rosa. Mi cráneo cayo destrozándose en el
duro suelo… yo continúe sintiendo horror.

S SS SO OO OM MM MB BB BR RR RI II IO OO O

SOMBRIO.




Augusta conversaba con la vecina mientras las
calles se llenaban de patos. Salían de todos los
rincones, de árboles, de agujeros en la tierra e
inclusive de las coladeras.

De pronto un sonido muy chillante y oxidado
comenzó a esparcirse por la ciudad entera. Era el
sonido que anunciaba el toque de queda ante la
amenaza que representaban los patos.

La amenaza que encarnaban no se debía a su
agresividad, mucho menos a una enfermedad que
tuviesen, eran patos comunes, de plumaje blanco
y amarillo principalmente, algunos pintos e
inclusive algunos de un color azul
chillante…La amenaza era algo mucho más horrendo
y mucho más bizarro. Aquellos patos resultaban tan
horrendos y repulsivos para los ciudadanos. Sus ojos
se volvían líquido al atravesar su vista. Un cristalino
líquido; una combinación de lágrimas, sangre y dolor.

Al escuchar la alarma, la señora Augusta y su vecina,
la señora Damuatra, se alejaron corriendo a más no
poder de las calles frías, rociadas por el azul intenso
del cielo. Corrieron a toda velocidad sin mirar hacia
atrás por temor a contemplar a alguno de aquellos

horrorosos patos. Augusta, que era un tanto más
rápida que Damuatra, llevaba la delantera.

- ¡Apresúrate antes de que el lugar se llene de
esos asquerosos animales! – Dijo augusta con
desesperación, abriendo con un rápido
movimiento la puerta de su casa.
- ¡Anda, pasa!- Gritó Augusta a Damuatra, entrando
rápidamente a la casa y dejando la puerta abierta.

Damuatra estaba a unos cinco metros de la casa,
cuando de pronto lo peor ocurrió. De entre las hojas
blancas de uno de aquellos arboles otus (en los que se
refugiaban para dormir durante el día), un pato salto
repentinamente justo frente a ella.

El pato ladeo la cabeza y la miro con su brillante ojo
negro, mientras su corazón latía con fuerza.

Damuatra se quedó petrificada, totalmente tensa,
con la sangre fría recorriendo todo su cuerpo. Con
una expresión horrorizada comenzó a sentir como si
le insertasen una a una, un millón de agujas en
cada ojo. Todo comenzó a distorsionarse y
manchas negras invadieron velozmente su visión
hasta llegar al negro absoluto. Aquello había durado
tan solo segundos…más el dolor era insoportable,
inimaginable.

Repentinamente un grito agudo, un grito atestado de
dolor y horror hizo presencia en la garganta de

Damuatra. Con las manos en la cara corrió gritando
como lunática.

El pato ladeo la cabeza para el lado contrario y la
miró a través de su pequeño ojo negro. Con un
¡cuack! Continúo su andar.

Damuatra, Para su fortuna, había dado con la entrada
de la casa. Dentro de la casa y con el cuerpo
temblando de una forma escalofriante, buscó con
su desesperada mano la puerta, encontrándola y
azotándola con rencor.

Se tiro sobre el suelo de madera y comenzó a gritar.
Su grito era insoportable, más insoportable que el
chillido de un millón de arañas, más horrendo que
cien amapolas caídas. Era espantoso.

Augusta entró en la sala, donde Damuatra se
encontraba retorciéndose y gritando, tirada al suelo.

- ¡Uf! – Dijo augusta con la mano en la frente
como si se limpiase el sudor – Menos mal que te
pasó a ti y no a mí – Dijo con gran tranquilidad, al
parecer insensible al sufrimiento de Damuatra.
- ¿No quieres una taza de te? – Ofreció
Augusta a Damuatra, que continuaba
retorciéndose en el suelo con las manos puestas
en la cara y con su hermoso vestido blanco
manchado por sus ojos.
- Está bien, creo que no es el momento

adecuado… Bueno, te veo mañana. Que duermas
bien. – Dijo Augusta con voz tranquila y dulce,
casi perversa ante la situación.
Subió la escalera en forma de caracol, dirigiéndose a
su habitación para dormir.

Al entrar a la habitación, tomo su pijama y la tiró
sobre la cama. Se colocó frente a su gigante
espejo y comenzó a quitarse su vestido rojo modelo
medieval, (se estilaba mucho en aquella época),
para después comenzar a desatarse el corsé.

Se colocó su hermosa pijama y comenzó a cepillar su
larga cabellera pelirroja. Tomó su aparato musical, se
acomodó los audífonos en los oídos y puso el
máximo volumen posible, todo con tal de no
escuchar el monstruoso sonido que emitían aquellos
repulsivos animales, invasores de las calles a cada
noche.

Se acostó en su cama de cabecera de plata. Estiró
el brazo hacia la mesita de noche de al lado de la
cama. Apagó la vela que daba luz a la habitación.

La pequeña e inocente mesa de noche se encontraba
atada a la pata de la cama, sufriendo la condena de la
luz de la luna y los relámpagos nocturnos.

Augusta a medio dormir, se levantó de un salto al
recordar a sus hijos. Se quitó las cobijas de

encima y se puso sus pantuflas. Tomo una
veladora de la mesita de velas, la encendió con
su reproductor musical, que en una de sus tantas
funciones llevaba un encendedor.

Se dirigió hacia el pasillo, cerrando la puerta de su
habitación cautelosamente. Apoyándose del barandal
echó un vistazo hacia la sala en donde observó a
Damuatra, con las manos en la cara, gritando y
diciendo cosas inentendibles por la desesperación y el
llanto,

“Vaya llorona que es” pensó Augusta,
continuando su despacio recorrido a través del
pasillo. El pasillo tenía colgando de sus paredes
varias pinturas muy extrañas, Incoherentes, tan
distorsionadas que era casi imposible descifrar lo que
expresaban. Augusta se detuvo enfrente de la puerta
de la habitación de sus hijos. No tenía más que el
objetivo de confirmar que todo se encontrara en
orden.

Casi segura de que sus pequeños se hallaban
durmiendo giró la perilla muy suavemente, tratando
de hacer el menor ruido posible para no despertarlos.
Metió la vela y tras de ella su cabeza.

La habitación resaltaba su vivo color a pesar de la
total obscuridad en que se encontraba, sin embargo
resaltaba de una manera opaca, tal y como lo hacen

las esferas opacas de los árboles navideños.
Fue entonces que observó las tres pequeñas
camas individuales que se hallaban deshabitadas. Las
rápidas palpitadas de su corazón le advirtieron que
algo horrendo estaba ocurriendo. Se quedó
boquiabierta y con los ojos como platos.

-¡¡No!! – Grito pavorosamente, con desesperación
y gran fuerza - ¡Aléjense de la ventana! – Corrió
hacia ellos desesperadamente y a poco de llegar a la
ventana cerró los ojos, asegurándose de no
observar por equivocación algún pato tras la
ventana.

Con un rápido movimiento cerró las gruesas cortinas
color violeta.

Respiró agitada, apretando los ojos y tomando las
cortinas con fuerza. Deshizo su apretada cara al abrir
los ojos y velozmente dirigió su pavorida mirada
hacia sus tres pequeños hijos, esperando lo peor.

La caída estrepitosa de la vela, en su
desesperación, había dejado en penumbra la
habitación. Un relámpago hizo presencia y dejo entre
ver los contrastes de sentimientos encontrados en el
joven rostro de Augusta.

Se acercó como madre amorosa y tocó la cara de cada
uno de sus pequeños.


Revisó los ojos de cada uno y… ¿Qué es lo que
ocurría? Con un inesperado cambio del miedo a la
sorpresa, visualizo como tanto las dos pequeñas
niñas como el pequeño varón aun conservaban sus
ojos. No comprendía cómo podían observar a esas
horrendas bestias, sin embargo suspiro de alivio. Se
acomodó el cabello un tanto alborotado.

- Ya les he dicho que no se acerquen a la ventana a
estas horas del día – Dijo con una voz
llena de falsa tranquilidad, intentando ocultar el
miedo que le provocaban sus hijos.
- ¿Por qué? – pregunto con real interés el pequeño
Roskar, con un movimiento en su pulgar que
demostraba no entender la razón.
- Ya se los he mencionado, que por más inútiles
que parezcan, los ojos son muy importantes para
intentar vivir, y si ven a esas bestias horrendas los
perderán- Dijo Augusta con voz tranquilizante, mirando
muy de cerca a sus pequeños demonios, aun tratando de
ocultar el miedo que le hacían sentir.
- No entiendo, ¿Por qué los llamas horrendos?, yo
pienso que son lindos – Dijo Sicilia finalizando
su frase con una atemorizante nota llena de
dulzura hacia las bestias. Augusta retrocedió
temblorosamente un paso, mirando
boquiabierta y con los ojos bien abiertos a
Sicilia. La miraba como si fuese el mismísimo
diablo, disfrazado con brillante cabello rizado y
vestido blanco. Había estado criando un
monstruo. Su mente no conseguía como
reaccionar ante tal adjetivo para algo tan

horrendo. El sonido proveniente de los patos
retumbaba por toda la casa tal como el fondo de
un filme de terror.

- Sicilia, es lo mas horrendo que escuchado, no
quiero que jamás vuelvas a decir algo así…Es
más, ni siquiera quiero que vuelvas a pensarlo.
Decir que un pato lo es me hace desear vomitar de
pavor – Dijo Augusta, ahora con miedo de que
Sicilia descubriera que le tenía un temor fatal.
- Pero mama, no entiendo porque la gente les tiene
tanto miedo, parecen inofensivos…además no son
tan horribles como dicen – Dijo Arelli, dudando
decir aquellas últimas palabras ante la prevista
reacción de su madre.

- Yo quiero uno como mascota, sería mejor que
mi viejo topo – Dijo Roskar inocentemente.
Aquello parecía haber sido el frijol que derramo el
costal de frijoles.

Augusta temblaba, mirándolos fijamente, no podía
creer las palabras que salían de sus pequeños, ¡Había
criado unos monstruos! Su mente poco a poco se
obscureció, mancha tras mancha, hasta finalmente
aceptar dos posibles soluciones. Una era matarlos y
otra era castigarlos por su repulsiva e inaceptable
forma de pensar. Por un segundo, paso por su cabeza
la idea de salir corriendo y tomar el arma más
cercana, ya fuese una silla, una lámpara o una rama
de árbol, y regresar a la habitación para acabar con

sus pequeños hijos del demonio. Aunque esto
parecía lo más factible se decidió por la segunda
opción.

- ¡Ya basta. No puedo tolerar tal manera de pensar
en esta casa! No me dan otra opción que
castigarlos – Dijo con una firmeza bastante
creíble que lograba ocultar su miedo.
Así que comenzó con el pequeño Roskar, quien con
toda sinceridad era el que más pavor le provocaba.
Saco del bolsillo de su pijama de seda, su reproductor
mp3, el cual entre sus tantas funciones llevaba un
cortaúñas incluido. Jalo un tanto brusca a Roskar del
brazo y comenzó cortándole la uña del pulgar. El
rostro de Augusta demostraba dolor y sus ojos
parecían querer escapar hacia algún otro lado ante
aquel castigo tan cruel al que sometía al pequeño
Roskar. Sin embargo continuo firmemente uña tras
uña.

Roskar a diferencia de su madre, quien se
encontraba realmente adolorida y apesadumbrada,
demostraba una total indiferencia ante tan sombrío
castigo. Ni dolor ni gozo existía

En el, en vez de eso demostraba perturbación por la
reacción de su madre, sin embargo no emitió sonido
alguno hasta que el castigo finalizo, este castigo que
simplemente le resultaba demasiado bizarro.
Contemplo las uñas emparejadas de sus dos manos.


Prosiguió con las dos pequeñas niñas, aun con la
misma mortificación en su rostro, con tal
mortificación que parecía como si se le fuese a
romper el rostro en mil pedazos, tal y como un plato
de barro.

Uña tras uña mostraron la misma indiferencia que
Roskar mostro, a excepción de Arelli quien
demostraba un cierto dolor en ciertas ocasiones al
tener uñas tan largas y difíciles de cortar.

Augusta observo la reacción de sus hijos al finalizar
el desgarrador castigo. “¡Pero qué diablos
sucede!”, Alarmada pensó Augusta. Era incapaz de
creer que sus tres hijos fueran capaces de conservar la
compostura, o aun mas que conservarla, que
mostraran tal insensibilidad al dolor “Alguien normal
se estaría retorciendo de sufrimiento” pensó Augusta.
Ni el más valiente e insensible habría podido evitar
como mínimo gritar o sollozar.

Se encontraba realmente incrédula. No sabía si
sentirse orgullosa, sorprendida o aterrada. Sus hijos le
provocaban un horror tan enigmático y bizarro, que
ahora que se encontraba a un lado de una rama de
árbol realmente reconsideraba la opción de matarlos,
mas no fue así, simplemente se limitó a observarlos
fijamente. En lo más profundo de sus miradas no tuvo
oportunidad de ver nada, pues de forma

incomprensible no tenía idea de cómo era la
profundidad de una mirada. En
lo profundo se sus huesos aguardaba la esperanza de
que estuvieran fingiendo no sentir nada, en un
intento de demostrar valentía.

De esa forma salió del cuarto color violeta de cortinas
anaranjadas, sin saber con certeza la realidad de los
colores. Tomó suavemente la perilla azul
fosforescente para cerrar la puerta sigilosamente, sin
despegar la mirada, captando la hermosa luz que
emanaba el cuarto desde la más diminuta rendija de
luz a través de la puerta. Cerró la puerta con rudeza
para no asustar a los niños y caminó tranquilamente
con su hermoso vestido blanco estilo medieval, que
mostraba su esbelta figura moldeada por el corsé.
Contempló alegremente las pinturas de patos que
colgaban de las paredes del pasillo. Patos de todos
los colores: verdes, violetas, anaranjados, todos
muy brillantes y hermosos. De pronto miro hacia
abajo, con las manos puestas en el barandal. Aquella
escena era horripilante. Su sonrisa se borró al
instante.

Damuatra se encontraba con las manos en el
vestido color rojo, gritando y diciendo cosas
inentendibles por la desesperación y el llanto.
Damuatra sufría, pues los ojos del pato se habían
derretido sobre su hermoso vestido rojo.


Era muy comprensible que el pato hubiera derretido
sus ojos sobre Damuatra. ¡Damuatra era horrenda!

Era repulsiva, era simplemente lo más feo que
Augusta había visto en su vida… ¿La había visto?
Pero había algo que no entendía, ¿Por qué sus ojos
no se derretían si estaba viendo algo tan horrible? Fue
entonces que entró a su habitación y se miró al espejo
y notó…notó que no tenía ojos.

“Ya que los niños son tan valientes les diré que maten
a Damuatra para comerla mañana como postre” pensó
Augusta, agotada y acostándose lentamente en la
cama, acurrucándose con el sonido de los patos.
Aquel sonido era realmente hermoso,
pero...realmente no tenía idea de cómo sonaba,
“Creo que estoy sorda…Bueno, al menos soy más
bonita que Damuatra” Pensó Augusta.

ALICE.



A la madrugada en Catidum, el perro, de apenas tres
meses, chillaba, atado con un lazo podrido, e n la sucia
trabe. A su vez, él bebe de la casa lloraba incesantemente
en la habitación violeta. Eran de madrugada y como era
de esperarse la familia se encontraba durmiendo.

El niño en la habitación anaranjada soñaba que
acuchillaba a un horrendo elefante. Era una pesadilla
fatal, en cambio, a su propia manera de entender el mundo
pensó entre si que si el elefante lo hubiese acuchillado a
él, hubiese sido un sueño para recordar.

El padre en la habitación roja soñaba en medio de un
bosque de luz azul gris, repleto de árboles caídos.
Comenzó a replantarlos uno a uno.. Una vez que todos
estuvieron plantados, cayeron uno tras otro.
Contemplando a los arboles caer, el hombre notó que
soplaba un viento helado. Comenzó a cubrir a todos los
arboles con mantas en su frenesí de locura.

Satisfecho después de cubrir con manta hasta el último
árbol del bosque, se detuvo para contemplar su acto de
bondad, orgulloso de ella, como quien se satisface después
de dar una limosna, sin embargo los arboles más que
agradecidos parecían enfurecidos. Uno tras otro
comenzaron a enterrar sus mantas. Dieron un descanso a
su furia y contemplaron a aquel hombre desnudo, de

prolongada nariz, que continuaba observándolos con
una gran sonrisa, que ahora se tronaba en una curva
insegura, como quien espera algún agradecimiento y se
aferra a que haya empatía. Su sonrisa hizo enfurecer aún
más a los árboles, quienes notaron que comenzaban a
crecer pequeños retoños. Odiaron su propia existencia,
pues no toleraban que esta cupiera en los ojos de tal
clase de hombres. Sin compasión prendieron fuego de
inmediato para que estos desaparecieran. Habían decidido
abandonar aquel bosque, Ha su visión peculiar y elevada
aquellos retoños ya no valían nada si su vida iba a estar
sometida a otras visitas caritativas, lastimosas y
compasivas.

El fuego comenzó a expandirse rápidamente por el
bosque entero. Todos se dirigieron a aquel odioso
hombre quien se hallaba sorprendido, con una expresión
que detallaba el repudio y a la vez el temor encubierto de
fragilidad, como quien se defiende proyectando
compasión hacia el agresor. Sin embargo el agresor era
incompasivo. El choque de valores era polarizado. Si esto
sirviera de clase sobre los valores adecuados, se diría que
la falta de compasión y el orgullo son más aptos a la auto
conservación.

Uno de ellos, el más grande, muy posiblemente el
líder, levanto al hombre con sus frondosas ramas y lo
arrojo al fuego, el cual devoraba el bosque velozmente. Se
dirigían corriendo en dirección a una cabaña que se
encontraba a punto de ser arrasada por las llamas.


Las arboles salían uno tras otro de aquella cabaña, cada
uno sujetando una roca, símbolo de sagrado de su
fortaleza y lealtad a su espíritu, el espíritu de lo terrenal, y
de la vida. Pero la vida solo podría ser concebida así, dura
como la madera pero fácil de sucumbir en cenizas. ¿Pero
por qué quemaron los retoños? Eso genera otra perspectiva
a sus valores, perspectiva de la cual los retoños no tienen
saber.

Dejaron lentamente atrás a aquel despiadado hombre
enterrado en el bosque en llamas. Hacia un nuevo bosque
digno de la pureza eterna, sin las pisadas de ningún
impuro. Un bosque para su nuevo reposo eterno, con
nuevos retoños, lejos de aquellos malos aires.

Los satisfechos arboles a través del atardecer llegaron
a su nuevo destino, con nuevas canciones de aves para su
reposo, sin invasores que perturbaran su espíritu.
Ridículos al punto de vista de los retoños.


Alice en la habitación roja Yacía en su pequeña cama
de cobijas anaranjadas a una considerable distancia de la
habitación de su padre.

Al pie de su cama se encontraba su ornitorrinco,
durmiendo profundamente, un animal tan exótico como la
proyección misma de sus sueños. Alice adoraba tener un
ornitorrinco, pues este la hacía sentir como si viviera en un
sueño.
Soñaba con la sensación de que al despertar se hallaría en

otro sueño. En el mismo sueño le vino a la mente una idea
“¿Y si nuestra vida es un sueño y al morir en verdad
estamos despertando? Alice daba vueltas y vueltas tal y
como un cocodrilo en su fiesta de titulación, a su manera
de ver las cosas. El frio aroma violeta que producía la
noche la tenía hipnotizada. Era tan hermoso que
degradaba gradualmente el color rojo de las paredes, a un
color anaranjado. Alice finalmente quedó dormida.

Su sueño no tenía nada especial. Alice en la
inmensa habitación veía con sus brillantes ojos, el rojo de
la habitación degradarse en Naranja.

Extrañada por aquel suceso asomó su cabeza por la
ventanilla de la habitación. El violeta obscuro del cielo
nocturno junto con toda su gama de estrellas se movía a
velocidades inusuales.

Parpadeo un tanto desconcertada, con los parpados
ligeros, sin embargo no asustada.


Volvió a la cama y se envolvió en sus cobijas.

¿Pero qué sucedía? Su sensación era inusual, sentía
intensidades abismales en su mente, como si existiese un
pequeño punto en medio de todo un abismo, siendo ella
ese pequeño punto, pero ello le causo temor. Despertó.


Se sabía sola, y podría saberse ridícula, pero la convicción
de sus ideas la volvía una cabeza viva de esas mismas

ideas, un verdadero eje en contrasentido en la tierra, no un
reloj de manecillas disparatadas, tirado en un rincón de un
callejón.


Se recostó y puso su mente en negro, en ese mismo
abismo colosal que sintió en sus sueños. Se dispersó tanto,
y cada vez más, llegando a nuevos planos, y cada que se
acercaba a uno de ellos el temor y hasta el terror hacían
presencia. Llego a un límite impensable y traspaso un
sendero, que solo puede describirse de la siguiente forma:

La sensación había perdido su inmenso tamaño de tal
forma que había dado con la puerta con gran rapidez.
Salió, con el corazón palpitando peor que una zarkova.
En cuanto retomo la calma a la desaparición, vio un
hermoso paisaje frente a ella. Era un gran prado, tulipanes
y un rio dividiendo todo en dos mitades. El cielo rojo
como la pasión y montañas inmensas al horizonte. La
lluvia llegó roja como la sangre.

Estiró los brazos y miro hacia el cielo. Cerró los ojos y
con una sonrisa dio la bienvenida a la lluvia. Alice sintió
una alegría inmensa en aquel lugar, y no sintió más que la
frescura de las gotas sobre su rostro.

Tal despreocupación y complacencia desapareció
cuando sintió el agua cubrir sus talones.

Bajó la mirada lentamente. Sorprendida y con gran
preocupación noto la rápida inundación del lugar. Su

vestido blanco ahora estaba teñido en rojo.


Volteó desesperada para todas direcciones. El rio se
desbordaba, aplastante en las amapolas. Aquello lucia
más como un diluvio que como una lluvia.

El viento movía a los arboles con brusquedad y el vivas
rojo de las nubes ahora era un obscuro color vino. Los
árboles se desplazaban por los cielos a grandes
velocidades.

Un árbol volando entre una fuerte ráfaga de viento
se aproximó a Alice. Grito y se cubrió el rostro. El árbol
pasó de largo para su salvación.

Observo Una cueva a la lejanía. Decidida se dirigió hacia
ella. Aquello era una odisea pues el agua le cubría la
cintura.
Luchando contra lo corriente persistió, hasta que el agua
era tal que comenzó a nadar.

Nado y nado hasta que sin fuerzas se quedó. Su cuerpo se
hundió en las rojizas aguas como un pétalo de rosa.
Inconsciente navego. La corriente la arrastro.

Despertó.

Se encontraba cercana a una cueva, justo tras una gran
roca.
Se levantó con su larga cabellera mojada y su vestido
empapado. Miro al cielo y a su alrededor.

Aquel caos había cesado. No quedaban más que
charcos y humedad.
El ruido de una pequeña multitud hizo presencia. Alice se
agacho con rapidez, de rodillas, escondida detrás de la
roca.

Hombres cavernarios llegaban a la cueva con gran
algarabía, acompañados por una bizarra criatura que por
cabeza tenía un cráneo de toro.

Consigo llevaba un gran instrumento musical, similar a un
gran clarinete, que pronto comenzó a tocar. Sonaba como
la naturaleza, tan bizarro y extraño.

Se colocó en medio de la docena de hombres primitivos,
quienes lo escucharon con fascinación.

Alice curiosa como siempre, se entre asomó por un
costado de la roca, a deleitarse con el espectáculo. La
tarde y la noche llegaron acompañando su dulce melodía.

De pronto Alice se distrajo por la rareza del cielo nocturno
de aquel mundo.

Cuando volvió la mirada al extraño ser, este la señalaba
con su huesudo dedo. Alice suspiro de miedo y escondió
con rapidez. Salió a gatas, arrastrándose por la hierba, con
gran miedo.

De pronto echó un vistazo hacia atrás para asegurarse
de que no la seguían.

Lo que sintió fue tristeza y pena por aquel ser de
cualidades tan hermosas.

Aquellos primitivos hombres desgarraban a aquel ser. Lo
devoraban. Su raro instrumento musical cayó haciéndose
añicos.


Alice realmente triste y frustrada corrió hacia el bosque.
En un frustrante y extraño suceso era incapaz de dejar de
ver la despiadada eliminación de aquel ser. Cerró los ojos
y tropezó varias veces con las ramas. Corrió y corrió
torpemente con los ojos cerrados, sin embargo continuaba
observando la voraz y cruda escena perpetrada por los
primitivos hombres. Entre más apretaba los ojos
contemplaba la escena a mayor detalle. Abrió los ojos y
noto sus brazos y sus rodillas ensangrentadas por las
caídas.

Se recostó sobre un árbol y comenzó a llorar. Entre su
llanto escuchó risas. Se acercaban a ella con gran alegría.
Exaltada y respirando agitadamente cerró los ojos
ignorándolas.

Abrió los ojos y no contemplo más que el cielo nocturno y
la luna. Sintió el calor del fuego muy de cerca y fue
incapaz de moverse.
Frustrada y mirando de un lado para otro con
desesperación, solo contemplo los sucios pies de los
primitivos hombres. Muy cerca de su cabeza se hallaba
una fogata…y precisamente eso era lo único que quedaba

de Alice. Su cabeza.

Los primitivos hombres giraban en saltos y gritos en torno
a la cabeza de Alice.
Alice estaba realmente asustada. No quería saber nada
más de aquel mundo que se había tornado tan
sombrío. Cerró los ojos.
Abrió los ojos y mirando la brillante luz de la luna
imploro la paz.
Alice derrotada cerró los ojos. En un espiral de sonidos la
algarabía de los cavernarios terminó en ecos y un sonido
muy tranquilizante nació. El fluir del agua sonaba muy
cerca. No solo el sonido sino la fresca brisa de esta.

Alice abrió los ojos, ahora en un panorama soñado.
Una cascada frente a ella, rodeada de vegetación y
frescura en medio de una montaña que se elevaba a gran
altura. La luz iluminaba aquella especie de santuario.
Alice sonrió por la calma.
El cielo se tornó en violeta y la brisa se hizo presente.

Mirando al cielo recordó la sensación de un suave y
pequeño ser que tenía entre brazos.

Bajó la mirada y lo que vio fue un muy pequeño conejo,
con tan poco tiempo de vida como para permanecer con
los ojos abiertos por mucho tiempo. Su cara era tan tierna
que hizo brillar los ojos de Alice en aquel mundo que hace
poco había lucido tan sombrío.

Alice sonrió con su conejo en brazos. Brinco por el lugar


entero. Miró al cielo y notó una gran nube, que se
aproximaba a su estadía. La nube lucia
prometedoramente como una inminente lluvia.
-Ven conmigo pequeño, debemos protegernos de esta
lluvia. Pues no queremos que este hermoso mundo
vuelva a ser sombrío– A un costado de la cascada se
encontraba una entrada a un bosque.
Alice se dirigió al bosque protegiendo al pequeño conejo
en sus brazos.

A su paso por el bosque la naturaleza entera volteo a
observar el paso de Alice, con su conejo en brazos.


Entonces Alice dio gracias a dios. De ahí que descendiera
abruptamente de las 7 puertas de ensoñación. Este solo
era una, pero en su abismal recorrido se había enterado
de otras seis. La misma interacción en sus neuronas al
idear la palabra de dios en su mente, la había vuelto a la
sensación de soledad, de ese abismo que de vuelta no
controlaba y la regresaba a ser un punto que no avanzaba
a ningún lado.



Damirú.



Damirú, madre de Alice, despertó de un sueño muy
común al escuchar chillidos y gritos provenientes de la

habitación violeta y del baño de esta. Tomó un camisón
al estilo de aquella época Romana. Comenzó a caminar
rumbo a la planta baja que generaba tal estruendo. Bajó
por la gran escalera. Tardó mucho tiempo. Horas y horas
pasaron, hasta que la incansable madre llego finalmente a
la habitación violeta. La escena que ahí se observaba era
inentendible. A la lejanía la gran Roma, junto con su
naturaleza, era devorada por las llamas a plenitud de la
noche, mas eso no era de dar importancia, pues tanto el
niño como el padre regañaban al bebe. Pero “¿Por qué
regañaban al bebe y no al perro muerto?”, se preguntó la
madre.

Padre e hijo acusaban al bebe señalándole con el dedo,

-¡Acaso están locos! – Gritó la madre - ¡Deberían de estar
regañando al perro en vez de a esa inocente criatura! – Él
bebe asintió con la cabeza, con los ojos hinchados de
tanto llorar, como rogando que los dejaran en paz.
-Pero si él bebe ha matado a nuestro pobre perro… ¡Ha
matado a nuestro perro!- dijo papa.
-¡Eso es de lo que hablo. La muerte del perro ha hecho
Llorar al bebe. Él bebe es la verdadera víctima, así
que déjenlo en paz! – Dijo la madre con gran autoridad,
como culminando el caso.


Aquello había resultado muy razonable, así que el padre
y el hijo pidieron una disculpa al bebe y se dieron la
vuelta, quedando de frente a la trabe, donde se
encontraba el cadáver del perro que yacía amarrado
al putrefacto lazo.


Comenzaron a señalar al perro, culpándole de haber hecho
llorar al bebe. Gritos y gritos se dirigían hacia el
culpable perro. Al cabo de un rato los gritos cesaron.
Sonrientes y tranquilos, la familia giro para observar al
bebe que yacía con gran sonrisa, sentado sobre la mesa de
madera.

-Sabes, creo que la real victima aquí eres tu madre, que
has perdido tus talones al bajar tan larga escalera – Dijo él
bebe.






















LUZ DE UNA.




El bugg era un bufón de las profundidades del reino
niberubio. El observaba a su padre hacer actos de circo
ante el pueblo. Su gracia fue tal que el rey pidió sus
servicios. El bugg veía con admiración a su padre, quien
hacía que el rey estallara en carcajadas. Tenía tantos trucos
bajo la manga. Vestía como bufón pero era un verdadero
mago. Su mayor truco consistía en desaparecer su propio
rostro. Movía su capa frente a su rostro 3 veces, y a la
cuarta vez su rostro quedaba en blanco, totalmente en
blanco; sin ojos, sin boca y sin cejas, solo la forma de la
cara, con la nariz dividiendo por la mitad su tez cubierta
de maquillaje blanco.

Esto siempre fascinaba al rey, quien aplaudía
enérgicamente. El padre del bugg siempre recibía los
halagos del rey por tan impresionante acto. De pronto, un
día el acto fallo. Ante un mal movimiento, la máscara tan
fina, pero mascara al fin y al cabo, cayo con brusquedad.
El rey cambio su expresión de gozo a desconcierto y furia.

El buffon trato de levantarla con rapidez, pero el
nerviosismo no lo dejaba. El rey llamo a sus guardias ante
aquel hecho tan penoso. Se lo llevaron como a un criminal
y el rey ni siquiera regalo una mirada a aquel que había
sido dueño de su fascinación.

Lo aventaron a la gran plaza, donde el pueblo harapiento y
hambriento exclamaba por ver un poco de sangre,
aburridos de la rutina, del trabajo, de la sed, del hambre,
de la violencia, de la injusticia; solo querían ver a alguien
más desafortunado que ellos, y así tal vez pensar que sus
vidas valían la pena.

El bufón fue a dar al centro del espectáculo, mirando con
ojos tristes al pueblo, desilusionado. Con una mirada
desolada su cabeza rodo por los escalones de madera.

El bugg, quien tan solo tenía 10 años presencio aquel
hecho, tan desgarrador e injusto, aquel hecho que lo
marcaria como bufón. Solo podía ver a la multitud
gozando de algo de lo que el tanto sufría, un acto tan
injusto, tan deplorable.

El bugg quedo huérfano, pues solo contaba con su padre,
quien trabajaba como bufón para comprar un poco de
alimento y prendas, en su mayoría, para su pequeño.
Ahora estaba en el callejón en el que solían dormir, pero
sin la compañía de su padre, solo él y sus lágrimas, solos
en las sucias calles, a la luz de la luna, tan azul como el
mar de emociones que lo invadían.

Lloro y lloro durante horas la pérdida de su padre, hasta
que un hecho lo distrajo. Vio caer algo en medio de la
espesa noche, cayendo como un pañuelo para socorrerlo.
Era la máscara blanca, tan suave y ligera como no parecía,
cayendo justo frente a él. La máscara de su difunto padre.

El bugg la tomo y trato de ponérsela. Por obvias razones la
máscara no le quedo. Bugg solo era un pequeño niño, un
pequeño bufón, sin experiencia, sin padre, sin madre, sin
nada, nada más que el mismo. Tendría que arreglárselas
solo.

La lluvia llego, con relámpagos, como un diluvio que
rompe el silencio. Sus lágrimas se revolvieron con las frías
gotas de lluvia y sus huesos temblaron. Bugg se tiró sobre
la fría calle, en medio de la nada.

Cerró los ojos como nunca, apretándolos, sabiéndose un
ser difuso, sin importancia para nadie. La lluvia no daba
paz alguna y solo la luz de la luna lo cobijaba. La luz de la
luna fue lo más hermoso de su vida, y no vale la pena
contar más sobre la trágica existencia de aquel ser, pues si
contase más, este libro dejaría de ser un bello secreto, un
enigmático secreto, y pasaría a ser un sombrío secreto, un
trágico secreto, un maldito secreto. Un libro maldito.













DAKURNIS.



Yo soy Dakurnis y amo destrozar las rosas del bosque
Carmelingo.

Las golpeo contra el frondoso tronco con tal brutalidad
que el hermoso puñado de pétalos no tiene ni el más
mínimo tiempo de aferrarse al botón que los sujeta.

Me divierto mucho y armo gran alboroto en el bosque
cada que una rosa muere por mi causa. Cada vez
imprimo más fuerza en mi golpetear, y es que, si no soy
yo ¿quién las destrozara?, ¿Quién lo hará?

Después de haber destrozado cuanto menos unas cien
rosas, me siento bajo el roble, que es alumbrado por el sol,
y miro al horizonte. Con el viento en mi rostro, realizo una
mirada orgullosa y pienso en lo buena gente que me he
vuelto. Me considero la persona más bondadosa sobre la
tierra.

“Ahhh”, suspiro, pensando en las pobres rosas que he
salvado de su marchito destino. Ahora no son más que
pétalos destrozados y botones secos. Lo que más me
endulza la vida es verlas destrozadas sobre el suelo,
contemplando la forma en que alguien aprovecho su
existencia con tanta alegría. Las he salvado de su
marchito destino.

De pronto algo horrendo e incomprensible sucedió cuando
me inclinaba para tomar una rosa más. El árbol detrás de
mí, en el que me encontraba reposando, me tomo por las
piernas, prensándome con sus gruesas ramas. El árbol
me tomaba como si fuese un bate.



Justicia.
70
























71

P PP PER ER ER ERD DD DI II IC CC CI II IO OO ON NN N. .. .

























72





COLOR SUEÑO.



Adame observaba a través de su ventana pasar los rembos.
Todos iguales; pedazos de nubes amarillas atadas a
caballos rojizos. Sobre las nubes iban sentadas las
personas. Todos vestidos de igual forma. Vestimentas
de colores ocres. La única diferencia notable era el
calzado y el peinado, los cuales no tenían grandes
variantes.
Para Adame, aquella época era a su parecer demasiado
deprimente y monótona. Prefería quedarse en su torre,
aquellos muros gigantescos donde llevaba a la práctica la
introspección en su mente.

Detestaba aquel sistema llamado “Comunismo
sentimental” que se había esparcido por todo Catidum,
sistema en el cual nadie tenía derecho de sentir más que
los demás. De esta forma no existía felicidad ni tristeza
en los fieles al sistema, que era la mayor parte de la
población. Aquellas personas no tenían la intención de
inventar, no deseaban hacer algo fuera de lo cotidiano.
Dum, sin embargo, fuera de eso, amaba como se
empezaba a tornar obscuro el cielo a aquellas horas de la
tarde. Amaba como cambiaba de naranja a un azul
ultramar semi oscuro, al llegar de la tarde, y al llegar la
noche cambiaba a un violeta oscuro de nubes claras, pero
73

más que todo aquello, amaba el momento Justo en que
las suaves nubes de algodón violeta aparecían, y cuando
las casas amarillas se tornaban más naranjas, era el
74

momento en que aparecía ella.

Estaba enamorado de una chica de brillante y larga
cabellera castaña, de tierna cara expresiva, de tez blanca
Como la nieve. La vio pasar desde su torre, con su
camisón blanco, contrastando con el violeta del cielo,
combinando con el mundo entero, encendiendo a las
mismísimas estrellas con su andar.

Su sonrisa siempre mostraba una diversión traviesa
e inocencia al mismo tiempo, llena de sufrimiento,
felicidad y amor. Llena de vida. Era simplemente más
hermosa que cualquiera de los cisnes que había visto en el
bosque. Con tan solo verla, él sabía que ella era la
única diferencia, la única luz que existía, a su parecer,
además de él. Ni el mismo sol azul iluminaba más que
ella y el juntos. Pero esto sucediera únicamente en su
mente. Dum debía demostrarle que existía.

Dum sintió aquel aire azul cristalino que entra por
las ventanas de triangulo, e l a i r e d e a m o r e s . Aquel
aire había entrado al interior de su cuerpo, dando un
destello a sus ojos negros y moviendo sus cortinas
blancas. Pensó que aquel era el momento para confirmar
su existencia con ella, pero estaba tan enamorado que dejo
de observar las cosas, simplemente era capaz de observar
las nubes violetas, como si estuviera hipnotizado por su
belleza, en estado de dispersión total. T a l v e z
r e a l m e n t e e s t a b a e n a m o r a d o d e l v i o l e t a ,
t a l v e z s o l o e s t a b a e n a m o r a d o d e l v i e n t o ,
75

t a l v e z a m b a s c o s a s s u c e d í a n c u a n d o l a
m i r a b a , ¿ C ó m o s a b e r l o ? ¿ C ó m o s a b e r s i
ú n i c a m e n t e a m a b a e l v i e n t o y e l v i o l e t a
q u e h a c í a n p r e s e n c i a a l m o m e n t o d e s u
p a s o p o r l a s c a l l e s d e C a t i d u m ? Se imaginaba
con ella, solo ellos dos, mirando desde lo alto a todos. Lo
imagino con una sonrisa en el rostro, sintiéndose en la
dispersión más confortable. Lo imagino tanto que no era
capaz de controlar su vista, no era capaz de ver nada
más que las nubes, como si su cuerpo estuviera dentro
de un iceberg intentando tocar el cielo, sin pensar si
quiera en el repudio que sentía por aquellas frías personas.
Sabía que aquella chica era su complemento, su alma
gemela, cualquier nombre que pueda recibir aquel
indescriptible sentimiento.
Cuando puso en su mente un objetivo claro, finalmente,
fue capaz de moverse por sí mismo, sin embargo ella se
había esfumado ante sus ojos como solía hacerlo, entre la
blanca neblina que provenía del bosque, con sus
movimientos graciosos.

Era momento de esperar al siguiente amanecer, y él sabía
muy bien lo que debía hacer, y es que tenía la
esperanza de obtener su atención al demostrarle su
existencia.
El siguiente día amaneció con el cielo de un color naranja
muy claro, con nubes de un amarillo muy suave, tal y
como el fino merengue de un pastel. Dum continuaba aún
muy enamorado. Observó por su ventana tristemente, y
76

es que sin el brillo de aquella chica extraña aquello
parecía un desierto. Sin embargo, dejándose de
sentimentalismos, Dum salió de su habitación
dirigiéndose por el pasillo, rumbo a las escaleras que
daban a su azotea, en la cual se encontraba su jardín. Su
rembo se encontraba atado a su enorme árbol de
hojas violetas. El caballo armo un alboroto de felicidad en
cuanto lo vio entrar al jardín.

Comenzó pintando su nube con un extraño fruto rosa
que nacía de la mala hierba en su jardín. Su jardín era
hermoso, parecía ser unas tres veces más grande que su
casa, sin embargo era solo una ilusión de su
belleza. Las ninfas formadas por el viento le daban un
toque muy fresco, además tenía la suerte de colindar a
escasos metros de las nubes. Solo y exclusivamente en su
jardín las nubes nunca cambiaban su suave y apenas
perceptible color violeta. A los costados, cortinas blancas
de terciopelo cubrían la visión, con el propósito de
que sus vecinos no se sintieran insultados ante la posesión
de algo tan hermoso (eran un tanto envidiosos), sin
embargo esto era únicamente una medida preventiva, ya
que era prácticamente imposible que las personas
voltearan hacia arriba, pues al estar su jardín por encima
de todas las otras casas, les causaba un exceso de pereza.

Finalmente pintó la nube de rosa en su totalidad. Aquel
rosa era tan hipnóticamente suave que acabo dormido
sobre ella.
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Comenzó a transportarse a uno de sus mundos
preferidos. Este era el mundo de los sueños.

Apareció de la nada en un campo extenso, lleno de
hermosas aves. De pronto, tal y como suele suceder en los
sueños, el acabo transformado en una hermosa ave de
plumaje amarillo. El cielo era coincidentemente como él
lo prefería. Era violeta. Un arpa sonaba en medio del
paisaje a causa del zumbido del viento.

Pero… ¿de quién era aquella silueta? El latido de su
corazón retumbaba al igual que si la estuviese viendo en
persona.
Ella se encontraba sentada en el pasto, observando
las estrellas en el cielo despejado. Las observaba de una
manera muy única y especial, como si los demás fueran
incapaces de ver lo que ella observaba en ellas. Al
horizonte se veía un castillo de un gris violeta muy
empastelado.

Se aproximó hacia ella volando velozmente, pero
cuando estaba a punto de llegar a su hombro, notó que él
n o e r a e l ave. Ahora él era simplemente un espectador,
observando a su amor con un ave amarilla sobre su
hombro. Él se encontraba en un sitio desconocido y se
sintió realmente frustrado, simplemente observando
aquella hermosa pintura de su sueño y a la vez
sintiendo celos hacia aquella ave.
Sin siquiera estar a su lado, aquel era su momento
de completa felicidad.
78

Un momento de abismo absoluto hizo presencia en su
sueño. Una imagen nueva fue la que el visualizo. Aun se
encontraba
en el campo, pero ya no la veía, ni siquiera veía al
canario.
Sentía como si estuviese viendo todo desde una
perspectiva mucho más inferior. El cielo nocturno se
había tornado en un naranja obscuro, muy sombrio.

De pronto volteó a su derecha y vio la figura de un
enorme cuervo negro. Lo veía como si sus ojos
estuviesen al nivel de sus patas, y eso era exactamente lo
que ocurría. Se encontraba enterrado de cuerpo entero,
solo su cabeza se encontraba sobre la superficie.

Miró al gran cuervo con desprecio. Era un cuervo del
sistema.

- ¿Por qué me has enterrado? – Le preguntó al gran
cuervo.
- Es mi deber – Respondió seriamente el cuervo.
- Tu… ¿Qué? ¿Pero de que me estás hablando, si yo
no he hecho nada malo? – dijo un tanto irritado Dum.
- No has hecho nada…claro, más que llegar a un nivel
de felicidad que no puedo permitir- Dijo el cuervo
serenamente.
- ¿Y eso que tiene de malo?- Dijo Dum realmente
confundido.
- Imagina tan solo la envidia que vas a causar en
tantas personas. Si es tu felicidad la que causará la
angustia en tantos, y si es necesario que para ello
79

dejes de ver a aquella chica extraña, aun simplemente en
sueños, será mejor que permanezcas enterrado aquí
hasta que tu felicidad regrese a su normalidad. Mi
deber es apoyar a las masas…A menos que esto haya
cambiado tu felicidad por el enfado- Dijo el cuervo,
inclinándose para mirar a Dum de cerca, con sus pequeños
ojos negros, esperando casi burlonamente la respuesta de
Dum.

- Bueno…pues me es imposible no estar enfadado
contigo, pero creo que eso no cambiara mi felicidad…de
hecho me siento más feliz que nunca, inclusive estando
aquí enterrado. Lo único que hago es pensar en ella. –
Dijo Dum.
- No puedo esperar por demasiado tiempo a que
cambies de parecer, tengo otros problemas. Mmm…-
Medito el cuervo, con una de sus alas tocando su barbilla
y con la cabeza agachada.- Creo que no me queda más
alternativa que molestarte.
- ¿Molestarme? (¿qué le pasa a este cuervo?)…está
bien, haz lo que quieras, nada de lo que hagas va a
cambiar las cosas.- Contesto Dum, un tanto molesto,
retadoramente.
- Si es así…- Dijo el cuervo, caminando como si fuese
un pingüino, hacia un puñado de ramas secas. Cogió
las ramas secas con su pico y regreso hacia Dum para tirar
las ramas sobre su cabeza. –…Comenzaré.

Pasaron los días y el cuervo no hacía más que tirar
ramas secas sobre la cabeza de Dum. Aquello en verdad
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que se estaba convirtiendo en una tortura, hasta que de
pronto sintió una helada brisa de viento.

Despertó. Realmente se estaba congelando. Estaba
recostado sobre su nube rosa, observando las pocas
nubes del suave color violeta que se hallaban a pocos
metros de él. El cielo se encontraba semi despejado, con
algunas nubes de un grisáceo violeta, que amenazaban con
la lluvia, y el hermoso manto color azul violeta que
cubría toda la ciudad. ¿Pero acaso estaba
anocheciendo? En verdad que había dormido por un
largo rato.

Sobresaltado se levantó de su nube. No podía
perderse el mejor momento del día. Bajo las escaleras
corriendo y llegó a su ventana de cortinas blancas. Ella ya
no estaba. La calle lucía hermosa cada noche debido al
brillante reflejo del cielo nocturno, sin embargo, en aquel
momento carecía de su esplendor primordial.

Decidido, subió corriendo nuevamente hacia su jardín.
Desato su caballo y monto su flameante rembo de nube
rosada. Se encamino hacia la interminable escalera en
forma de caracol. En ella no se percibía nada más que sus
interminables barandales, atestados de hierbas y flores
entre las grietas.
Adame no pensaba en otra cosa más que en verla. Tal vez
las ilusiones y falsas expectativas que había creado en ella
eran inciertas, pero no existía nada que encendiera su vida
más que el simple hecho de contemplar su existencia. No
81

tenía la más mínima idea de cómo era su persona. Sin
duda alguna nada podía decepcionarlo. Bajó y bajó por las
extensas escaleras de suave color crema durazno. ¿Dum
estaba obsesionado con su misma ilusión? La línea es
demasiado delgada para saberlo.

De pronto cerró los ojos, y en un parpadeo, las escaleras
se tornaron en un color violeta con toques negros,
asimilándose más a una escalera hacia el inframundo.
¡¡Todo era horrendo!!
Poco a poco las escaleras se contraían y pequeños niños
con caras de ave salían a través de las paredes. Eran
horribles. Adame desconocía sus intenciones, lo único
que reconocía era
Su aproximación constante hacia su persona. Dentro de la
obscuridad, que invadía cada vez más, las escaleras.
¿Que se estaba moviendo en las sombras? ¿Qué rayos
sucedía en las escaleras?

Los pequeños niños ave no le daban el más mínimo
espacio. Lo asfixiaban cada vez más y más. ¡Los muros
se contraían!
Aquello no podía ser la realidad. Dum, atrapado por los
horrendos niños ave, notó que la mayoría carecía
Continuó avanzando erguido y orgulloso, Sin embrago,
aquello realmente que hería su interior. Continuó
avanzando, abriéndose paso por las calles, acompañadas
por arboles a los costados. Las calles eran alumbradas por
candelabros. Aquella ciudad tenía una estructura muy fina
y bella, seguramente las personas del pasado habían
82

sido brillantes. Se había conservado, tal vez por la
falta de intención de avance de sus habitantes. Por aquel
lado toda esa apatía valía la pena al menos para algo. La
vestimenta era hermosa (excepto por el color, claro).
Comenzó a lloviznar.



Adame Dum



El olor que provenía de la tierra húmeda era hermoso.
De hecho noté que amaba todo de aquel lugar excepto a
sus habitantes, a excepción de uno, claro.

Observe una mariposa. Sus colores eran muy bellos.
Continúe avanzando. ¿Pero que era aquello tan hermoso?,
Aquello que lucía tan raro y único… ¡Era ella! Me
observaba fijamente con su mirada traviesa, llena de
gozo y sufrimiento a la vez, llena de excentricidad.
Corrió adentrándose en el bosque como incitándome a
seguirla. Baje de mi rembo y la seguí a toda prisa.

Apartaba las ramas con ambos brazos, para observar
su camino. No podría resistir perderla. No fui capaz
siquiera de notar que la pequeña llovizna era casi un
diluvio. Finalmente fui capaz de alcanzarla. Llegue a un
extenso campo de flores.

Ella me miró con su peculiar brillo en los ojos, con sus
grandes ojos. Como siempre, con su sonrisa
traviesa. Riendo, ¡¡Burlándose de mí!! No era capaz de
83

alcanzarla. A unos cuantos metros de ella, tropecé con una
rama. La tecleé con brusquedad. Caímos en un charco, su
vestido blanco acabo manchado por el lodo. A pesar de
la caída ella me miro con una sonrisa y yo no hice más
que burlarme de su alborotado cabello. Ella intento
mirarme con rabia pero su sonrisa la delataba. Yo solté
una carcajada, realmente que me causaba gracia. Sus
expresiones me hacían reír. Ella me aventó agua del
charco, casi entra por mi boca, abierta por tanta risa. Se
burló nuevamente y se echó a correr. Gritaba de una
manera muy divertida, muy aguda. Seguramente ella, en
su mente, creía ir muy rápido, sin embargo la alcance con
rapidez.


La tome por los costados, justo cuanto pise un charco
enlodazado y caímos nuevamente. Quedamos cara a cara,
no percibí si quiera un mínimo dolor. Los dos nos
miramos y comenzamos a reír hasta que la risa llegó
a su fin. Nos miramos fijamente a los ojos. No tenía que
conocer nada mas de ella, con el hecho de mirar sus ojos
sabía que era única, tan rara y única como un ángel.
Sucedió lo que era inminente. La bese.

Nos despegamos un poco, aunque realmente muy poco,
lo necesario para mirar las estrellas. Estrellas y
estrellas chocantes. No mencionaré aquello que ella me
dijo sobre las estrellas. Supe por que las miraba con tanta
diversion. Jamás lo diré.

Era realmente gracioso verlas, y cuando llegaban aquellos
84

extraños gusanos era simplemente delicioso.
Ella me embarró lodo en la cara una vez que voltee
buscando sus labios. Se burló y corrió de una manera muy
graciosa. Nuevamente con su grito muy particular.

Corrió, manchando su vestido entre los charcos, el cual
ciertamente ya no era blanco. Corrió por la colina. El
cielo violeta de la noche nos alcanzaba.

Corrí detrás de ella, sin atraparla, simplemente muy cerca,
haciéndola gritar y correr más rápido.

Llegamos a un gran prado. Conocí a los duendecillos de
los cuales me habló. Y entonces comenzó a cantar. Una
voz única, cada que intentaba verla me apartaba la mirada
con su mano. Era rara, realmente era rara como un ángel.

Molestamos a los duendecillos por un rato, hasta que
enfurecidos, nos persiguieron. La tome de la mano y
corrimos riendo y riendo.
Nuestra conversación se basaba en la risa. Y es que no
había nada con más gracia que ella.

Me hablo de un país extraño y luego le hice la propuesta
de intercambiar ojos. Ambos nos entusiasmamos. Parecía
algo realmente divertido, pero estábamos exhaustos.
Terminamos tirados en el pasto, mirando aquellas estrellas
tan graciosas, “¡mira esa! jajaja”, señalaba aquellas
que lucían más divertidas. La mire a los ojos, tome su
hermoso cabello largo y lacio.
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Toda la noche contemplamos las estrellas. Finalmente,
abrazados, terminamos dormidos.
Despertamos. El día era esplendoroso. Una ardilla
apareció. La perseguimos…. no la alcanzamos.

Fuimos con los duendecillos, les pedimos
disculpas. Se negaron por un largo tiempo hasta que
finalmente cedieron. Realizamos el intercambio esperado.
Intercambiamos ojos. Al instante vi un mundo dos veces
más triste, dos veces más alegre. Dos veces más vivo.

Caminamos como embriagados, torciendo torpemente
los pies por el pasto seco. Ella también lucia muy alegre.

Caminamos con los ojos cambiados por todo el día.
Reímos nuevamente con las estrellas y dormimos,
Inclusive con ojos cambiados.

¡¡Al siguiente día Vimos al gran lagarto!!. Nos montamos
en él. “Brincaremos”, “¡¡¡no!!!”, “¡¡sí!!”, le tome de la
mano y saltamos con un gran brinco, acompañado de un
grito agudo. Caímos en el suave pasto, miramos el sol
naciente. Parados en un acantilado, y observamos la
intensidad del océano. Con ella el mundo era infinito. El
sol nos hipnotizo, hasta que se tornó muy aburrido. Se
levantó y me tomó de las manos. Comenzamos a dar
vueltas y vueltas. Nos sentamos asqueado.
Contemplamos las espirales de aire.

Conversamos y conversamos hasta que llegaron las
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estrellas. Desperté, aún era de noche, ella ya no estaba, se
había quedado perdida en el mundo de los sueños.
Realmente triste, camine. El camino sin ella era muy
extenso. Vaya que era un largo camino.
Había perdido un ángel, había perdido un sueño.
Extraviado en el mundo real.

Comenzó a nevar, perdí el camino, confundido entre
la blancura de la nieve.
Nada valía la pena sin ella. Extraña como los ángeles.

Me levanté con fuerza de la nieve, no podría perderla,
era única en el mundo, en el Universo, en la existencia.
Caminé y caminé sin encontrarla. Mi cuerpo se congelaba,
sin embargo la frustración y la tristeza me abrigaban del
frio.

Tal vez paso más de un día, no estoy seguro. Vi las
estrellas con tristeza, note que su gracia se debía a la
dulce risa que provocaban en ella. Ahora ella estaba
únicamente en lo más profundo de mi, sin embargo, lo
único que me provocaba recordarla era tristeza…y
felicidad.

Llegue finalmente al lugar en el que había dejado parado
mi rembo. Mi caballo comía pasto. Decaído me subí en
el. Deje que mi caballo cabalgara hacia cualquier lugar,
con toda libertad. El cielo era violeta y mi mente no
era más que un océano perdido.

Contemple la posibilidad de que fuera un ángel. Pensé con
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mi última esperanza buscarla en las nubes.
Me encontraba sentado, dormido sobre mi rembo, que
vagaba sin órdenes, rumbo a mi castillo.

Mi sueño era realmente hermoso, soñaba con ella…hasta
que de pronto desperté furioso al sentir un ligero golpe. ¿
Qué demonios me había despertado de tan hermoso
sueño? Sentí nuevamente un pequeño golpe en mi
cabeza. Voltee hacia atrás. Vi a un anciano con un
puñado de pequeñas piedras. Lo observe fijamente.
Ignorando mi mirada me lanzo otra pequeña piedra.
“¿¡qué rayos le pasa!?”. Sentí otra roca, proveniente de
otra dirección. Esta vez era un niño el que me atacaba.

Me percate que estaba obstruyendo la avenida. Había un
gran tráfico de rembos detrás de mí. “¿Qué demonios les
pasa a estas personas?, ¿que no saben que hay otras
vías?”, pensé, pero creo no me encontraba en posición de
atacarlos, me había dormido a mitad de la avenida, no sé
durante cuánto tiempo.

Recibí unas cuantas pequeñas rocas más antes de
avanzar. Cuando me alejaba, el anciano me grito a la
lejanía “Sé que estabas feliz mientras dormías, y lo puedo
confirmar por la sonrisa que tenías”. Varias personas
escucharon eso y me miraron con repudio. Estaba
rompiendo las leyes del comunismo sentimental. “Nadie
puede sentir más que nadie”, es de esa forma que aquella
comunidad se hallaba en “equilibrio”, sin tristeza ni
felicidad.
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Me miraban de una manera distinta a la acostumbrada.
Normalmente no hacían más que ignorarme con sus
miradas vacías, ahora sentía realmente su odio. Tal
parecía que había excedido el límite, a pesar de no
hallarme en un punto máximo de felicidad.

En el camino me topé con un grupo de chicos que jugaban
su clásico y patético juego de rocas. Trataba de ver
quien era capaz de encontrar la roca más grande. Corrían
y cada uno tomaba una roca. En cuestión de segundos se
reunían y el que tuviera la roca más grande triunfaba.
Aquello resultaba demasiado estúpido para mí, sin
embrago siempre me contenía tras mi mascara de
respeto, pero aquellas personas en verdad que me habían
enfadado ese día.
- Saben chicos, su juego luce muy insulso y ridículo,
pero no lo tomen apecho, es lo mejor que pueden dar
de sí mismos. – Me miraron con odio al igual que a mi
rembo.

Cada uno me lanzo su roca (cuando menos su búsqueda
no había sido muy buena, pues todas eran pequeñas y
medianas). No podrían haber generado otra reacción, su
capacidad no se los permitía. Ante la estupidez la única
manera en que se reacciona es con agresividad. Ahora sé
que mis pensamientos eran realmente agresivos e
intolerantes, realmente que estaba desesperado. Perdía
cada segundo sin ella.

Llegué a mi hogar y subí por la gran escalera. Llegué
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a mi jardín y escale las nubes. Escale y escale nubes
violetas. Acampe para descansar ciertas noches.
Duré días, semanas, hasta que mi barba se tornó
descuidada y mi cuerpo escuálido. Me movía con el
corazón.

Observe desde las alturas la neblina que abrumaba la
ciudad, y a la lejanía los rayos azules, que prevenían una
intensa tormenta. El cielo se tornó de un verde oscuro
muy intenso.

Me sentía casi muerto, hasta que una calidez muy
especial llegó sobre mi hombro y sobre mi cabeza. ¡Era
ella!, refugiándose en una pequeña cueva de frías nubes.

Yo la abrace y llore de felicidad. Ella se notaba triste.

- Dum ellos te odian y yo soy la causante de todo
esto.
Sin mi tu no romperías las leyes, de esa forma no te
odiarían como lo hacen ahora…- su cara se entristeció con
la voz semi rota - Creo que debemos dejar de vernos…te
Quiero- me dio un beso…- ¿en verdad la estaba
viendo?, ¿En verdad me odiaban? Mi mente era un
océano.

Quedé desolado. Ahora el hambre y la falta de espíritu
no eran el factor primordial de mi debilidad física, ahora
estaba muriendo de tristeza. Esto fue la pizca de debilidad
que acabo con la fuerza de mi cuerpo y espíritu. Caí por
las nubes. Al fin podía volar y no era algo que me
90

estuviera satisfaciendo como sucedía en mis insólitas
fantasías.

Atravesé nubes y nubes, hasta que una de aquellas nubes
detuvo mi caída fatal…sin embargo al llegar a ella yo ya
me encontraba muerto para ese mundo, si, muerto de
tristeza…¿Pero cuál mundo era ese?

Tal parecía que aquel comunismo de sentimientos, que
para mí resultaba ridículo, realmente salvaguardaba a la
persona. Muerto por alcanzar las máximas escalas
de felicidad y tristeza. Persiguiendo un ángel.

- Hola- Me dijo con una sonrisa
- Hola- le devolví la sonrisa
- ¡¡Adame!! Estas herido- Dijo realmente preocupada
- Esto – dije señalando mi herida – No tiene
importancia. Lo único que importa es que estoy contigo
otra vez.

Ahora el cielo realmente se tornaba violeta, era
realmente hermoso, no podía dejar de verlo. Era
simplemente como ella. Color sueño.

Me encontraba ante la capa más baja de nubes. Una
infinidad de nubes blancas iluminadas por el violeta
brillante. Al fin el violeta salía de día, y al fin ella estaba
nuevamente conmigo, para existir a mi lado en un
mundo distinto, sin embargo no más ni menos real que el
otro.
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Nos tomamos de las manos y ambos sonreímos.
Volamos hasta atravesar la gran capa violeta de la tierra.
Observamos la inmensidad del universo y a l a distancia
vimos la estrella en la que habitaba el amable y amigable
gran roble.

La gran escalera ahora no albergaba aquellos horribles
niños pájaro, ahora se observaban adorables y pacíficos
patos caminando por la escalera llena de pastizales con
rosas que movían las frescas brisas.

A las lejanías un sol rodeado de nubes rosas y pétalos
navegando a través de las corrientes del universo entero.
Ella riendo de fascinación, más hermosa que cualquier
cosa.

Ambos perseguimos una estrella, hasta que la atrapamos y
la observamos juntos. La estrella dio un grito y ella
sobresaltada soltó un grito aún más intenso. Yo reí. Ella
me miro malvadamente, sin embargo vislumbró una
sonrisa. También comenzó a reír. Era muy graciosa.

Perseguimos unas cuantas estrellas más hasta que
llegamos a aquel mundo.

Mi mundo preferido, el pequeño mundo de las extensas
llanuras, plagadas de flores y aves, donde un arpa
expandía su sonido por todos los rincones. A las lejanías
del cielo violeta se vislumbraba, tapado entre las nubes,
un hermoso castillo de un violeta empastelado y
pequeñas montañas se observaban al horizonte.
92





¿Dónde están?



Se acostaron sobre la suavidad del pasto y observaron el
universo que jamás acabarían de recorrer.

Yo miraba las hermosas lunas de aquel pequeño
planeta cuando recordé aquel gracioso mundo en el que
existía, y comencé a reír observando juntos las
estrellas. Ella me observo y rio junto a mí. Ambos
sabíamos que reíamos de felicidad. La conexión que había
entre nosotros hacia tan pero tan divertido hablar entre sí,
sin embargo en aquel momento las palabras salía
sobrando. Tomé su mano jugueteando con ella.

El amor por el simple existir de una persona…pero, ¿Sabe
que existo?








Dum en la ilusión infundada. La sombría ilusión
93

DAMUATRA DAMUATRA DAMUATRA DAMUATRA
94

SOMBRIO.
(La versión espectral)



Costa negra en el siglo XVlll era una ciudad perdida en la
costa de España, perdida entre la neblina y las sombras.
Augusta había partido de su ciudad natal, pues su
hermana Jacinta le había contado sobre ella, y la pinto
como una ciudad excepcionalmente bella, con algunas
carencias, con algunos detalles, más aun así, convenció a
Augusta de mudarse.


La aldea era realmente bella, llena de viñedos. Su noche
contaba con las lunas más brillantes que se pudieran
encontrar solo en ella, pero tenía un detalle sombrío; sus
noches llegaban con una rapidez escalofriante, robándose
el día abruptamente, esto, solo unos cuantos días al año, y
en algunas de esas noches arrebatadoras, el terror
arribaba.


Augusta había llegado a la ciudad con sus pequeños hijos,
Sicilia, Arely y Oscar, este último, el más pequeño de los
tres, y su nana, Damuatra. Arribaron a la mansión de su
hermana Jacinta.


A su llegada, Jacinta les había advertido de los patos de
costa negra, escalofriantes, los cuales aparecían en ciertas
noches de luna llena, cuando la tarde pasaba a ser la
noche, absorbiendo la luz en su inmenso lienzo. Los patos
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causaban verdadero espanto, eran una amenaza hirviente,
eran el mismísimo demonio.


Su aparición volvía el pueblo un caos viviente, un
escenario infernal. Los campanarios de las dos iglesias del
pueblo se agitaban, la gente gritaba y corría. El toque de
queda empezaba.


La amenaza que encarnaban no se debía a su agresividad,
mucho menos a una enfermedad, eran patos comunes, de
plumaje blanco y amarillo principalmente, algunos
pintos y otros incluso, tenían un color azul ultramar.


La amenaza era mucho más horrenda, mucho más bizarra.
Aquellos patos resultaban tan atroces y repulsivos, que los
ojos de aquellas personas no eran capaces de tolerar su
intromisión. Sus ojos se tornaban en líquido cuando el
emplumado atravesaba las pupilas. Un cristalino líquido;
una combinación de lágrimas, sangre y dolor.


Augusta y Damuatra habían escuchado las historias de
Jacinta, sin embargo, la escucharon con la misma
credibilidad que los oídos ponen a una leyenda. Su
escepticismo había hecho caso omiso, hasta que
observaron el caos con sus propios ojos.


Llego la noche en que Jacinta cayó víctima de los
emplumados, una de aquellas tardes que se volvió noche
de manera abrupta.
96

Jacinta recorría los viñedos, cuando de pronto, un
emplumado hizo presencia frente a ella. Sus ojos
desaparecieron al igual que su cordura. Murió quemada
cual bruja debido a la repulsión que causaba entre los
aldeanos del lugar. La consideraron maldita.
Varios meses después de aquel fatídico día, de aquel luto
tan largo, aquella cicatriz que se había aferrado al recuerdo
de Augusta, decidió salir con Damuatra a recorrer los
viñedos, caminando entre ellos, cuando de pronto, la
noche arrebato el día con una rapidez alucinante. Todo fue
rociado por el azul de la noche.
El sonido proveniente de los campanarios de las
iglesias, muy oxidados, comenzó a esparcirse por la
ciudad entera.
Los aldeanos locales comenzaron a correr. Un caos total.
Damuatra y Augusta trataban de guardar la compostura.
El padre de la iglesia paso junto a ellas y grito “! Corran,
corran si es que quieren salvar sus almas!”.


La señora Augusta y su nana, la señora Damuatra, se
alejaron corriendo a más no poder de la noche fría,
rociadas por el azul intenso del cielo. Corrieron a toda
velocidad, sin mirar hacia atrás, por temor a
contemplar a alguno de aquellos horrores. Augusta,
que era un tanto más rápida que Damuatra, llevaba la
delantera.

-¡Apresúrate, antes de que el lugar se llene de esos
animales endemoniados! – Dijo augusta con
desesperación, abriendo con un rápido movimiento la
97

puerta de su casa.

La luna se abría paso por los cielos azules, y comenzaba a
brillar como solo ella y el viento azotaba con fuerza.
-¡Anda, pasa!- Gritó Augusta a Damuatra, entrando
rápidamente a la casa, dejando la puerta abierta.

Damuatra estaba a unos cinco metros de la casa, cuando
de pronto, lo peor sucedió. De entre las hojas blancas, de
uno de aquellos árboles, en los que se refugiaban para
dormir durante el día, un pato salto repentinamente justo
frente a ella.

El pato ladeo la cabeza y la miro con su brillante ojo
negro, mientras el corazón de Damuatra latía con fuerza.
Su graznar era tan común, pero a la vez tan horrendo.
Damuatra se quedó petrificada, totalmente tensa, con
la sangre fría recorriendo todo su cuerpo, abandonada.
Con una expresión horrorizada, comenzó a sentir como si
le insertasen, una a una, un millón de agujas en cada
ojo. Todo comenzó a distorsionarse, y manchas negras
invadieron velozmente su visión hasta llegar al negro
absoluto. Aquello había durado tan solo segundos, más el
dolor era insoportable, furibundo.

Repentinamente un grito agudo, un grito atestado de dolor
y horror, hizo presencia en la garganta de Damuatra.
Con las manos en la cara corrió gritando como lunática.

El pato ladeo la cabeza para el lado contrario y continuo
su mirar a través de su pequeño ojo negro. Con un ¡cuack!
98

Continúo su andar.

Damuatra, Para su fortuna, había dado con la entrada de la
casa, reconociéndola a base de rasguños, como un gato
negro que se halla herido. Dentro de la casa, con el
cuerpo temblando de una forma escalofriante, buscó
con su desesperada mano, la puerta, encontrándola y
azotándola con rencor.
Se a r r o j ó sobre el suelo de madera y estallo en gritos.
Su grito era insoportable, más insoportable que el chillido
de un millón de arañas, más horrendo que cien amapolas
caídas. Era espantoso.


Augusta dio vuelta hacia la sala, donde Damuatra se
encontraba retorciéndose y gritando tirada al suelo.

-¡Uf! – Dijo augusta, con la mano en la frente como si se
limpiase el sudor – Menos mal que te pasó a ti y no a mí –
Dijo con gran tranquilidad, luciendo bastante insensible al
sufrimiento de Damuatra.

-¿ No quieres una taza de té? –Ofreció Augusta
a Damuatra, que continuaba retorciéndose en el suelo, con
las manos puestas en la cara, con su hermoso vestido
blanco manchado por sus ojos. Augusta bebía un té de
arándano, humeante, perfecto para una noche tan trágica.

-Comprendo, no quieres hablar, creo que no es el
momento adecuado. Bien, te veo mañana. Linda noche
amiga mía. Dijo Augusta con voz tranquila y dulce, casi
perversa ante la situación.
99

Subió la escalera en forma de caracol, dirigiéndose a su
habitación, para dormir.
Al entrar a la habitación, tomo su pijama y la tiró
sobre la cama. Se colocó frente a su gran espejo y
comenzó a quitarse su vestido rojo de noche (se estilaba
mucho en aquella época) para después comenzar a
desatarse el corsé.

Se cubrió con su hermosa pijama color vino y comenzó a
cepillar su larga cabellera pelirroja. Se tapó los oídos con
sus manos, pues no deseaba escuchar el monstruoso sonido
que emitían aquellos repulsivos animales, invasores de
las calles a cada noche.

Se acostó en su cama de cabecera de plata, estiró el
brazo hacia la mesita de noche de al lado de la cama.
Apagó la vela que daba luz a la habitación. Cayo dormida.
La pequeña mesa de noche se encontraba atada a la pata
de la cama, sufriendo la condena de la luz de la luna y
los relámpagos nocturnos.

Augusta se levantó de un salto debido a una pesadilla, la
cual le hizo recordar a sus hijos. Se quitó las cobijas
de encima y tomo una veladora de la mesita de
noche. La encendió.

Se dirigió hacia el pasillo, cerrando la puerta de su
habitación cautelosamente. Apoyándose del barandal,
echó un vistazo hacia la sala, en donde observó a
Damuatra con las manos en la cara, gritando y diciendo
cosas inentendibles por la desesperación y el llanto, con
100

su vestido desgarrado por sus propias garras.

“Vaya llorona que es” pensó Augusta, continuando
su despacio recorrido a través del pasillo. El
pasillo tenia colgando de sus paredes varias pinturas muy
extrañas. Incoherentes, tan distorsionadas, era casi
imposible descifrar lo que expresaban. Se detuvo frente a
la puerta de la habitación de sus hijos. No tenía más que el
objetivo de confirmar que todo se encontrara en orden.

Casi segura de que sus pequeños se hallaban durmiendo,
giró la perilla muy suavemente, tratando de hacer el
menor ruido posible para no despertarlos. Metió la vela, y
tras de ella, su cabeza. Miro alrededor.

La habitación resaltaba su vivo color a pesar de la total
obscuridad en que se encontraba, sin embargo, resaltaba
de una manera opaca.
Fue entonces que observó las tres pequeñas camas
individuales, que para su sorpresa se hallaban
deshabitadas. Las rápidas palpitadas en su corazón le
advirtieron que algo dantesco estaba ocurriendo. Se quedó
boquiabierta y con los ojos como platos.
-¡¡No!! –Grito pavorosamente, con desesperación y
gran fuerza - ¡Aléjense de la ventana! – Corrió hacia ellos
desesperadamente. A poco de llegar a la ventana, cerró
los ojos, asegurándose de no observar por error algún
emplumado tras la ventana.

Con un rápido movimiento cerró las gruesas cortinas color
violeta.
101

Respiró agitada, apretando los ojos y tomando las cortinas
con fuerza. Deshizo su apretada cara al abrir los ojos.
Velozmente dirigió su pavorida mirada hacia sus tres
pequeños hijos, esperando lo peor.

La caída estrepitosa de la vela, en su desesperación,
había dejado en penumbra la habitación. Un relámpago
hizo presencia, y dejo entre ver los contrastes de
sentimientos en el joven rostro de Augusta.

Se acercó como madre amorosa y acaricio la cara de cada
uno de sus pequeños.

Revisó los ojos de cada uno y… ¿Qué es lo que ocurría?
Con un inesperado cambio, primero del miedo a l a
t e r n u r a , l l e g o d e s p u é s a la sorpresa. Visualizo
como, tanto las dos pequeñas niñas, como el pequeño
varón, aun conservaban sus ojos. No comprendía cómo
podían observar a esas horrendas bestias, sin embargo,
suspiro, llena de alivio. Se acomodó el cabello un tanto
alborotado.


-Ya les he dicho que no se acerquen a la ventana a estas
horas de la noche –Dijo con una voz llena de
falsa tranquilidad, intentando ocultar el miedo que le
provocaba la situación.
-¿Por qué? –pregunto con real interés el pequeño Oscar,
con un movimiento en la cabeza que demostraba no
entender la razón.
-Ya se los he mencionado, si ven a esas bestias
horrendas perderán sus ojos, ¿Saben cómo sería un mundo
a oscuras? por favor no miren hacia la ventana por los
102




103

noches ¡Jamás! - Dijo Augusta, mirando muy de cerca a
sus pequeños, aun tratando de ocultar el miedo que sentía,
con poco éxito.
-No entiendo, ¿Por qué los llamas horrendos?, yo pienso
que son lindos – Dijo Sicilia, finalizando su frase con
una atemorizante nota llena de dulzura hacia las bestias.
Augusta retrocedió temblorosamente un paso, mirando
Boquiabierta, y con los ojos bien abiertos, a Sicilia.
La miraba como si fuese el mismísimo diablo disfrazado
con brillante cabello rizado y vestido blanco. Había estado
criando un monstruo. Su mente no conseguía cómo
reaccionar ante tal adjetivo para algo tan horrendo. El
sonido proveniente de los patos retumbaba por toda la
casa, como la sinfonía perfecta para una situación tan
perversa.

-Sicilia, es lo más horrendo que escuchado, no quiero que
jamás vuelvas a decir algo así, es más, ni siquiera quiero
que vuelvas a pensarlo. ¿Sabes a cuantos amigos nuestros
han destrozado aquellos emplumados? ¿Recuerdas a tu
tía Elizabeth? Jamás volvió a ser la misma, perdió la
cordura. Dios sabrá que es lo que vio en los ojos de esas
bestias. Jamás vuelvas a llamarlos así– Dijo Augusta, con
la voz quebradiza, pero guardando la compostura.

-Pero mama, no entiendo porque la gente les tiene tanto
miedo, parecen inofensivos…además no son tan horribles
como dicen – Dijo Arely, dudando decir aquellas últimas
palabras ante la prevista reacción de su madre.


-Yo quiero uno como mascota, sería mejor que mi
viejo huesos – Dijo óscar inocentemente.
104

Aquello parecía haber sido la gota que derramo el vaso.
Augusta temblaba, mirándolos fijamente, no podía creer
las palabras que salían de sus pequeños, ¡Había criado
unos monstruos! Su mente poco a poco se obscureció,
mancha tras mancha, hasta finalmente aceptar dos
posibles soluciones;
Una era encerrarlos para siempre y otra era castigarlos por
su repulsiva e inaceptable forma de pensar. Por un
segundo, paso por su cabeza la idea de salir corriendo y
tomar el arma más cercana para acabar con sus
pequeños hijos del demonio. Sin embargo se decidió por
la segunda opción, pues realmente los amaba, a pesar de
sus escalofriantes visiones, a pesar de su devoción por el
demonio.

-¡Ya basta. No puedo tolerar tal manera de pensar en esta
casa! No me dan otra opción que castigarlos –Dijo con
una firmeza bastante creíble, que lograba ocultar su
miedo.
Entre jalones y órdenes, a pesar de los reproches y las
caras al borde del llanto, se llevó a sus pequeños hacia el
sótano, donde los encerró con cadena.

-Es por su bien, ¡por qué no quiero que miren hacia la
ventana. Sé que aún no son capaces de comprender el por
qué, pero ya sabrán agradecérmelo después! – Dijo
Augusta envuelta en lágrimas, mientras sus pequeños
golpeaban la pequeña puerta de madera y suplicaban,
realmente espantados por la oscuridad y el olor podrido
del sótano.

Los pequeños continuaron gritando, pero Augusta no los
105

quería escuchar, realmente los amaba, pero deseaba
protegerlos. Subió la escalera de caracol corriendo, con
las manos apretujando sus oídos. Se metió en sus cobijas
y apretó su cabeza con las almohadas.
De pronto el incesante sonido de alguien arrastrándose
por las escaleras la horrorizo.

El jadeo y el balbuceo era cada vez era más cercano. La
puerta chirriante se abrió y tras de ella Damuatra se
arrastró.

-¡Me ha matado! ¡Me ha matado ama! – Grito el cuerpo
sin ojos de Damuatra, el cual más que un cuerpo en vida,
lucia como un cadáver. Augusta grito y salió corriendo de
la habitación, evitando el cuerpo de Damuatra, quien
trataba de sujetarla sin conseguirlo. Augusta llego con
rapidez al sótano donde había encerrado a sus hijos.
-¡Hijos, ¿Están bien?! – grito exaltada Augusta.
-¡Mama, ayúdanos! ¡Hay alguien con nosotros! - Gritaron
sus pequeños. Augusta busco la llave del candado en las
bolsas de su pijama, con las manos temblando. Los pasos
retumbaron por la escalera de madera. Damuatra bajaba
corriendo por las escaleras. Augusta pavorida soltó un
grito salió corriendo de la casa, olvidando la amenaza de
los emplumados.

La lluvia hacia presencia. Augusta corrió y corrió por las
calles de costa negra hasta llegar precisamente al mar, que
haciendo honor al nombre del pueblo, en las noches, se
vislumbraba tan negro. Con la pesadez de la arena su
cuerpo no aguanto más. Tomo un suspiro. Al mirar hacia
atrás vio a Damuatra aproximándose jadeante y
balbuceando. Augusta corrió con desesperación hasta que
106

el espectro la alcanzo y la derribo.

-¡Tú me mataste Augusta! Mi alma no descansara hasta
verte pudriéndote en tu propia alma, y lo digo porque tu
alma ya está corrompida – Grito el espectro con orificios
en la cara.
-¿De que estas hablando? ¡Yo no he matado a nadie!
-¡Estás viviendo en las penumbras de ahora en adelante,
pues ni siquiera tienes ojos, si no me crees trata de verte
en un espejo! – Grito el espectro a la cara de Augusta.
Augusta grito por auxilio y se retorció tratando de quitarse
al espectro de encima.
-Recuerda como me apuñalaste y me sacaste los ojos,
¡Recuérdalo!, ¡te los colocaste y te diste cuenta que eso no
te devolvería la vista, mucho menos tu cordura. No hiciste
nada por mí, me dejaste abandonada en mi sufrimiento
hasta que morí, luego me metiste al sótano! – Augusta
podía recordar aquel suceso, una falta de sensibilidad
hacia el sufrimiento de Damuatra. debía haber una razón
para su falta de empatía. había pasado por alto ese
recuerdo, sin embargo se negaba a ser partícipe de su
muerte.
-¡Déjame en paz! –grito Augusta, quitándose a Damuatra
de encima y levantándose.

Se quitó las cobijas de encima. Aquello había sido una
pesadilla. Encendió una vela con precipitación y se dirigió
a la habitación de sus pequeños. Al pasar por el pasillo se
asomó hacia la sala, apoyándose del barandal. Estaba
vacía, en calma, en su alfombrado rojo no había más que
muebles.

Abrió la puerta lentamente y metió primero la vela,
107

después su cabeza. En voz baja dijo, “niños”. Las camas
estaban vacías. Las palpitaciones veloces en su pecho se
hicieron presentes de vuelta.
Bajo corriendo las escaleras, en dirección al sótano. Los
niños continuaban gritando, rasguñando, golpeando la
puerta. ¡De verdad los había dejado encerrados!, aquello
no había sido parte de la pesadilla.
-! Aguarden mis amores, los saco enseguida! - Grito,
buscando la llave del candado en su pijama. Saco la llave
y abrió el candado. Quito la cadena y abrió las puertas.
Los niños salieron llorando, y se abalanzaron sobre su
madre. Augusta los abrazo con fuerza.
-Nunca volveré a encerrarlos, no volveré a apartarlos de
mí, perdónenme por haberlos hecho sufrir de tal forma –
Lamento Augusta con un arrepentimiento tan franco.
-¿Porque nos encerraste con la nana? – Dijo Oscar entre
lágrimas. Augusta sorprendida por las palabras de Oscar,
se apartó para dar un vistazo hacia el sótano. Todo se puso
en penumbras, no podía ver nada. Se tomó el rostro y
acaricio su cara. Empezó a llorar.
Sollozo y sollozo hasta que comenzó a gritar de
desesperación. Abrazo a sus hijos.
-No los salve, falle, no los salve – Sollozo Augusta, con
sus hijos en brazos – Ahora son ciegos, igual que yo, debí
cerrar las cortinas, debí cerrarlas.
-Te amamos madre ¿por qué nos quitaste los ojos?
¿Porque nos mataste? – Dijo la pequeña Sicilia
sollozando.

-Yo también los amo. No fui yo, todo fue culpa de los
patos, fue culpa de Jacinta, jamás debimos llegar a este
lugar. – Dijo Augusta, al tiempo que el espectro de
Damuatra también salía del sótano.
108

-Augusta, ¿cuándo se dará cuenta que sus alucinaciones
acabaron con nosotros?, que su hermana Jacinta murió
hace mucho tiempo, murió cuando solo eran un par de
niñas. Siempre has vivido aquí, esta es la mansión que le
ha heredado su padre, con las granjas, con los patos.
Aquel día vio a su hermana ser quemada en vida, ¿Lo
recuerda? acusada de brujería. Jamás volvió a ser la
misma. Aun así pudo formar una familia al lado de un
buen hombre, más las tragedias no terminaron. Tuvieron
tres hijos. A los meses de haber nacido el pequeño Oscar,
su marido pereció, víctima de la peste. Siendo viuda,
siendo sus hijos lo único que tenía, fueron ellos mismos lo
que más amo en vida, pero su enfermedad en los ojos
finalmente la hundió en las sombras. Perdió la vista.
Desde ese momento comenzó a desvariar, a alucinar con
los patos, los cuales escuchaba graznar todas las noches.
Ahora no culpe a su hermana, ella bien sabe, nunca fue
culpable de nada, solo fue víctima de la estupidez de los
hombres que rigen nuestro mundo. Usted fue la única
culpable de nuestra muerte Augusta, usted nos mató.
Fuimos a recorrer los viñedos, como siempre, yo la
llevaba de la mano. Entramos a la sala y fui a preparar un
té, como a usted siempre le apeteció, para las noches frías.
De pronto la vi parada junto a mí dentro de la cocina. Le
dije que saliera, que podía lastimarse, y la tome por su
hombro, para acompañarla, pero usted había tomado un
cuchillo de la cocina, y comenzó a apuñalarme con él, lo
más nefasto es que no me dio una muerte rápida. Con sus
manos me arranco los ojos, con una fuerza rabiosa. Me
dejo gritando, desangrándome en medio de la sala.
Escuche sus pasos subir las escaleras. Subió a su alcoba y
se enlisto para dormir, pero no satisfecha con ello, se
dirigió a la habitación de sus hijos, donde uno a uno los
109

mato, de la misma manera que hizo conmigo. Se puso los
ojos de cada uno de sus pequeños en sus cuencas vacías, y
llena de frustración, bajo las escaleras. Salió hacia los
viñedos con la noche lluviosa, salpicada de sangre por
todos lados. Grito y sollozo, tropezando, sin rumbo, hasta
que dio con la costa, con el mar que luce tan negro de
noche. Estoy segura de que en ese momento despertó de
su fantasía, se dio cuenta de que los amaba. Su
arrepentimiento fue tan grande, su desesperación tan
desgarradora, su remordimiento tan venenoso, pues cegó y
mato a sus hijos y a su nana. Se arrojó al mar. Ahí está su
cuerpo, pudriéndose, devorado por toda clase de criaturas,
y aquí estamos nosotros, errantes y malditos, en esta
existencia, si es que a esto se le puede llamar existir, un
existir tan sombrío.

Los patos graznaban a las afueras de la mansión, a la luz
de la luna, a las noches frías, llenas de lluvia como suele
suceder en costa negra, lugar que pocos pueden encontrar,
pero quienes lo encuentran, aseguran que los patos se oyen
graznar todo el día, toda la noche.


P PP PE EE EN NN NSA SA SA SAR RR R. .. .





























DE LAS SOMBRAS A LA LUCIDEZ




Me encontraba en las sombras, no tenía nada más
que el único deseo de encontrarte. De pronto el gran
abismo me arrebato la compostura, me arrebato el corazón
y aun peor, la razón.

Caminé y caminé por desiertos sombríos, llenos de
abismales y diversas sombras. Corrí y corrí a toda prisa sin
siquiera estar asustado, peor que eso, desalmado,
avanzando con la mente nublada.

Mi alma también se nublo, el enfoque de las emociones
castigaba lo primero que hallaba, con injusticia, ridiculez
y confusión. ¿Sera cierto que el alma no debe ser tomada
a consideración?, ¿solo importa la conducta?, pues yo le
diría a Watson que mire bien dentro de su propia frialdad.
“¿Dónde estás?...Te necesito ahora que mi voluntad es
endeble.” Preguntaba sin saber si quiera hacia que enfocar
mi voluntad.
Me hallaba en un sombrío bosque, lleno de árboles débiles,
y me oculte en ellos por mucho tiempo, y más que eso, los
volví mi razón de ser, mi orgullo de ser. Admito que aún lo
admiro en gran medida, pero en varios rincones me
provoca nauseas, el hedor es insoportable. Mi deber es
limpiarlo, embellecerlo.

Voy caminando sobre el cristal bajo el cual se encuentra el


mundo, y en lo alto, sobrepasando la inmensa obscuridad
de lo que podría llamar cielo, veo halcones gigantes.

“¿Dónde estás? No se tu nombre, necesito tu ayuda.”
Palabras sin rumbo, desesperadas y ansiosas que
resonaban en mi mente.

Ahora abrí un sendero y llegue a otro bosque, pero busco
algo más..
No se tu nombre, no han tenido la cortesía de
presentarnos. Podría darte nombres falsos, podría hacer
un muestreo, una investigación completa para hallarte,
pero es imposible, comienzo a creer, cada vez con más
firmeza, que no tengo otra opción que hacer un censo para
hallarte.

No me importa si eres de un status más bajo, si debo
adquirir mayor status, comienzo a creer que la única
opción es enamorarme de los status, y a mi parecer,
conocer los estatus me brinda un status que comienzo a
querer.
Me estoy enamorando del bosque. Engranar mi mente me
da satisfacción, y encontrarte sigue siendo mi ilusión, más
no mi devoción.
Si no te hallo, me sentiré cobijado entre árboles que no
son ni fríos ni cálidos, aun no encuentro una palabra que
traduzca mejor mi sentir, más que belleza. Estos árboles
son bellos, y lo son por el hecho de que no los conozco
del todo, pero realizare una gran caminata por este
sendero, me satisface conocerlos uno a uno y hablarle a
los demás sobre ellos, tal vez contribuya a que sean más
verdes. Caminare por un buen rato porque sé que entre
ellos he encontrado cobijo, mi deber es recompensarlos,


conocerlos mejor, ayudarlos, crecer al lado de ellos. Hayo
en ellos una calidez tan satisfactoria como solo algunos
compartimos.

Ya no te busco devoción inútil, inútil por el hecho de ser
devoción, pero dejare los brazos abiertos por si te
encuentro, y si te encuentro quiero que vengas conmigo a
dar esas caminatas por el bosque, a observar los árboles,
porque sabes que eso me agrada, eso me hace ser, y ser un
código me agrada. También hay tiempo para otras cosas,
no quiero quedarme perdido en el bosque, no es algo que
desee, pero tampoco sería mi infierno.



Y todo esto es una reformulación, una reestructuración de
un escrito frio, que había vivido en las sombras, o mejor
dicho, había perecido en las sombras por algunos años,
pero ahora esta nutrido y eso provoca una satisfacción
enorme. Prefiero que así sea, que este nutrido, aun cuando
estuviese en las sombras, así tendrá más fuerzas, y por el
puro hecho de tener a Watson entre sus líneas, sé que
alguien compartirá el código, y eso me genera tanta
satisfacción…no sé si algo tendría real sentido sin un
código…
Te encontré sendero iluminado, aun cuando te confundí
con distintas sombras, cuando quise poner mi empeño en
esas sombras, tal como una masa amorfa de energía, sin
dirección alguna. Te encontré sendero de luz y te nutriré,
ese es mi deber. Prefiero el código compartido y dejar de
lado la ridiculez de aferrarme a un código individual, que
tiene el destino de perecer, pues carece de sentido cuando


nadie más lo comparte, y ahora te veo a la distancia, código
absurdo y difuso, caricatura de código.
Ahora mismo he unido los dos bosques, y estoy seguro que
se nutrirán entre sí, he llegado a crear la formulación
perfecta, a unir las sombras, a unirlas en este texto con el
único propósito de saber que estuvieron alguna vez. Ahora
no se encelen entre si bosques míos; quien diría que
árboles de distintas clases compaginarían tan bien, crearían
un escenario tan bello, bello por el hecho de que lo es,
también por el hecho de que no perece en las sombras,
bello porque tienen a Watson en sus líneas y tiene al arte
entre ellas.





















TRISTAN.



Tristán se hallaba recostado sobre un árbol observando el
hermoso paisaje despejado y los barcos que se
deslizaban sobre el agua a la lejanía, siempre preocupado
por sus pensamientos catastróficos, Imaginando y leyendo
sobre catástrofes, el auténtico morboso de la tragedia,
encontró en su mente una justificación al preguntarse
“¿En verdad soy una mala persona. Pensar y emocionarme
por la catástrofe me vuelve alguien malo?”. Entonces una
segunda voz en su cabeza le respondió. “No Tristán,
pensar que lo que piensas te hace malo te vuelve bueno,
por el simple hecho de pensar que pensar estas cosas te
vuelve malo”. Una tercera voz le respondió “Pensar
que eres bueno, por pensar en que es malo lo que
piensas, no es más que una excusa para tu maldad.
Inventar una excusa para ello solo te hace más malo”, una
cuarta voz le dijo “Pensar que lo que piensas es malo y
pensar que pensar esto te vuelve bueno, no es más que una
excusa, pero pensar en que estás pensando que esto se
trata de una excusa que solo trata ocultar tu maldad
inicial, te vuelve objetivo, por el simple hecho de que
estás viendo de separando tus pensamientos y los separas
como buenos o malos según tus valores”, Entonces
Tristán se preguntó “¿entonces si pienso que es malo y
eso me vuelve mala persona pero al mismo tiempo me
vuelve buena persona…que es bueno y que es malo?
Repentinamente, un rayo partió el gran árbol en el cual


Tristán se hallaba recostado, aplastándolo por completo.
Las aves asustadas revolotearon. Tristán hizo un gran
descubrimiento. Se dio cuenta de que eso era realmente
malo, y pensó “pensar en catástrofes no es bueno ni malo,
solo es pensamiento. El problema no se planteaba
sobre si pensar en catástrofes era malo, si no en si las
catástrofes realizadas o recibidas eran malas…ahora no
pienso en ellas, ni pienso si pensar en ellas me vuelve
malo o bueno, de hecho ya ni siquiera pienso, solo sé que
me ocurrió una catástrofe… y eso es malo.

Unas aves se alojaron de vuelta en el ahora árbol
caído. El viento siguió su marcha y los barcos su andar.








Solo las acciones valen.

F FF FUEGO UEGO UEGO UEGO
Y Y Y Y
H HH HUMO UMO UMO UMO
























VIENTO.




Subí a mi azotea para fumar un cigarrillo. Me pusé mi
larga chamarra negra de cuero pues estaba lloviendo
acompañado por un viento tan vitalizante. Breve
lluvia espanta gente, muy común estos días en mi
gran ciudad. Caminé y observe un lazo mientras me
acercaba al barandal que da hacia la mejor vista.
Aquel lazo era movido por el viento, como
flotando a su propio ritmo y manera, fuera de
lugar. Me acerque para tocarlo como esperando que
tuviese algo en particular, algo especial, solo para
notar que no era más que un lazo roto que colgaba y
se suspendía entre la noche. Me recargue en el
barandal y prendí mi cigarrillo, tapando el viento con
mi chamarra. Observe la luz de una patrulla a la
distancia, la gran universidad y las luces de las casas
en la noche. Pensé “Debo escribir mejores historias”
“Puedo escribir algo que tenga mayor significado”.
Miré hacia abajo las hojas y el pasto de mi jardín
moviéndose. Mire mi cigarrillo humedecido y miré
todas las luces de las casas nuevamente. El cielo daba
un fondo algo rojizo. Cientos, miles de luces de
diferentes tonos. Azules, rojas, amarillas, y blancas.
Tonalidades más intensas unas que otras, luces que
imagine como el mismísimo cielo estrellado, luces
incapaces de observarse en el cielo debido a la
contaminación y al clima nublado. Entonces pensé en
mis historias y no las pensé tan malas. Fumando mi

cigarrillo miré las luces pensando en una nueva
historia, alguna que pudiera hacerme pasar un buen
rato, alguna historia enferma, fresca, simple o
divertida.

CIGARRILLOS.




Fumando, observe mi cigarrillo. Había escuchando
tantas pestes sobre ellos, decían que estaban hechos
desde el mismísimo infierno ¿Será que me importa
poco? O posiblemente me agrada la idea de tener un
infierno en mis manos, un pequeño infierno que
puedo prender y extinguir cuando me plazca, el
poder de llevarlo a mi interior y expulsarlo a mi
placer, tiempo y fuerza; me agrada. Entonces miro el
final de la ceniza ardiendo tan vivazmente y
cuando esta termina su agonía, lo embarro contra la
pared, apagando lo último que queda en el,
embarrando al mismísimo Satanás. Claro, ese debe
ser el misterioso poder adictivo de los cigarrillos, el
poder de ser dios por unos minutos.











ABHRAMANI ABHRAMANI ABHRAMANI ABHRAMANI





















CA CA CA CAP PP PIT IT IT ITU UU UL LL LO OO O I II I




























EL HECHIZO DE LA ESTRELLA.



La joven y Bella Caro miró las estrellas, recostada sobre el
pasto. Entre montañas y con el manto de la noche, su piel
blanca resplandecía con intensidad. Reclino la cabeza para
llevarse el aroma de una hermosa flor violeta. De pronto una
estrella fugaz y los ojos verdes de Caro brillando con
intensidad.

“Caro pide un deseo”, escucho Caro. “¿quien dijo eso?”, dijo
Caro, levantándose un tanto asustada. “No te preocupes
por ello, tu solo pide un deseo” susurro la voz “está
bien”… “quiero tener una estrella para mi sola”, deseó Caro
por desear algo. Estaba algo incrédula “¡Pero cierra los ojos! Le
dijo la voz. Caro cerró los ojos, no tenía nada que perder.
Abrió los ojos y miró a su entorno. Se reclino hacia delante y
miró el campo extenso. Notó que no había ninguna estrella
para ella. Rió, extrañada de sí misma, “¿Por qué parte de mi
cabeza pasa que una estrella pueda bajar para ser mía?”. Se
puso en pie y caminó con los brazos cruzados. Portaba un
ligero suéter violeta, pero el frio nocturno era demasiado
intenso. Su largo cabello negro se movía por el viento y sus
labios temblaban con fuerza.

Caminó observada por la gran luna y su hermosa luz nocturna.
De pronto tropezó con algo que soltó un “¡AAaah!” Muy
agudo. Caro se inclinó e hizo a un lado el pasto. “¡Vaya, es mi
pequeña estrella!”, Tomo a la aturdida estrella,
emoci onada, y la cubrió con su suéter. Miro para todas

partes y corrió.

Llego a su cabaña en medio del hierbero.
Toco a la puerta con fuerza. “¡papa, abre la puerta rápido!”.

Su padre se asomó a la puerta y encendió la luz. Observo a su
hermosa hija Caro que lucía más pálida que de costumbre,
jadeante y con una gran sonrisa.

-Papa, mira lo que tengo, no lo vas a creer – Saco con ansias a
la pequeña estrella, que lucía unos pequeños ojos
negros, muy cansados. La tomo con ambas manos y la acerco
a su padre.

Su padre abrió bien los ojos y acerco su cara a la pequeña
estrella.

-¡¿Pe...Pero donde has encontrado esto?!- Dijo atónito.

-En el bosque, yo la deseé– Caro rio de incontenible alegría.

- Jajaja… ¡Una estrella!, ¡no lo puedo creer!

- ¡Si, es increíble!- Caro salto de alegría – Ambos miraron a la
pequeña estrella que lucía muy agotada.

- Vamos pasa. Tal vez necesite un poco de calor.

Caro se quitó su suéter violeta y abrigo a la pequeña estrella.
La soltó con delicadeza sobre el sillón marrón. Se acercó a ella
y la acaricio con suavidad mientras su padre calentaba un poco
de miel de maple. “descansa mi pequeña estrella”, susurro
Caro.


-Bien, veamos si le gusta la miel de maple – Llegó
alegremente su padre con una tetera con miel de maple. Caro lo
volteo a ver, y con el dedo índice sobre su boca emitió
un ligero “sshhh”. Su padre no soltó la tetera y se acercó a la
pequeña estrella para contemplarla de cerca.
-¿Es hermosa cierto? –dijo Caro en voz baja,
contemplándola, con un brillo en sus ojos que iluminaba aun
mas su sonriente rostro.


-Si…solo alguien tan bella como mi pequeña Caro pudo
haber encontrado algo así.

Caro volteo a ver a su padre y le dio una tierna sonrisa.

-La llamaré Stela…Bien, creo que debemos dormir papa.
-Sí, es verdad. Descansa mi pequeña y deja que Stela haga lo
mismo- Dio un beso a Caro en la frente y se marchó.
-Y tú, tu mi pequeña Stela, no dejes de brillar –
Susurro a la estrella y le dio un pequeño beso. Caro se
separó de la estrella y sus labios comenzaron a brillar con
intensidad.
-¡Padre!- Grito Caro asustada y emocionada a la vez.
-¡Caro…estas brillando! – Dijo atónito su padre. Caro
comenzó a lucir un hermoso brillo en su piel, tan intenso como
la luz de la luna. Miro alucinada sus manos y después su
cuerpo entero Comenzó a despegarse del suelo. Quedo
fascinada y miro a su padre con una gran sonrisa.
-¡Caro!, e...esto es simplemente imposible. ¡Es increíble!- Caro

se elevó por la cabaña, con gracia, como la mismísima luna.
La estrella abrió sus pequeños ojos y contemplo a Caro
flotando. Voló hacia caro, dejando su cobija violeta. Caro
atrapo a la estrepitosa estrella y la abrazo.

-Padre, saldré de paseo con Stela, ¡volveré! – Grito Caro,
saliendo por la puerta de la cabaña, apretando cariñosamente
a Stela entre sus brazos.
-¡Ten cuidado Caro!

Caro despego a gran altura para contemplar el panorama entero
con su pequeña estrella en brazos. Vio los arboles y los
pastizales, atravesando las nubes, y las casas que se veían tan
diminutas. Cerró los ojos para sentir la brisa del viento.
Sobrevolaron sobre un gran lago. Inesperadamente Caro, con
los ojos cerrados, dejo resbalar de entre sus brazos a la
pequeña Stela.

Abrió los ojos y con desesperación movió las manos en un
fallido intento de atrapar a Stela.

_ ¡Stela! – Grito y voló en picada hacia el lago.

Stela cayó estrepitosamente en el agua del lago y poco
después Caro también lo hizo.

Bajo el agua contemplo a Stela, que inconsciente, descendía
hasta el fondo. Nado con fuerza hacia Stela. Miro sus brazos
y noto que su brillo desaparecía. Nado aun con más fuerza.
Estiro su brazo y a punto de tocar a Stela esta se deshizo,

lentamente, en polvo dorado. Caro abrió sus ojos
irremediablemente tristes y perdió la fuerza. De pronto una
brillante luz en el fondo hizo presencia. La luz aumento y
burbujas comenzaron a salir del fondo. Una corriente en
forma de espiral salió con fuerza y se aproximó a Caro.
Suspendida en el agua se vio envuelta en esta corriente en
espiral, que arrastró consigo el polvo de Stela. Caro observo
sus manos que comenzaban a brillar con una, aun más potente,
luz blanca, más fuerte que la luz de la luna. La corriente en
espiral estallo en un fulgor como el oro y llevo a Caro a la
superficie. Caro acabo en superficie, tosiendo y sacando
agua por la boca. Se sintió extremadamente débil. Aun
continuaba brillando como mil lunas. Tirada en el pasto
recordó a Stela, a quien no fue capaz de salvar. Comenzó a
llorar, estrujando el pasto con rencor entre sus puños.

Levanto la mirada y observo la lejana cabaña.

Con gran debilidad notó que no era capaz de ponerse en pie. Se
arrastró por el pasto, abrazada por la luna. Se arrastró y
arrastro soltando lágrimas de frustración y dolor, pues su
cuerpo brillante como mil lunas apenas y tenía fuerzas.

Miro al cielo como implorando a la luna, hasta que después
de tanto arrastrarse dio con la cabaña. Apenas y pudo
sostener con las manos un escalón de madera, al pie de la
cabaña, y grito “¡Papa!, ¡Papa!”.

Su padre abrió la puerta y no vio más que el campo y la noche.
“¡papa!”, grito nuevamente Caro. Bajó la mirada y vio a su

ángel que lo miraba implorando ayuda, con sus grandes
ojos húmedos de lágrimas.

-¡Caro! –bajo las escaleras velozmente y la cargo, metiéndola a
la cabaña. Caro Entro llorando.
- Papa, la perdí, no la pude rescatar…No pude…no… -
Caro quedo inconsciente en los brazos de su padre.
-Caro despierta. Caro- El brillante cuerpo de Caro se comenzó
a tornar muy blanco, inclusive sus prendas, y fue adquiriendo
una complexión diferente, nada parecida a la carne humana,
más bien como la porcelana, hasta que la transformación se
completó. Ahora caro era de porcelana.
Abhramani el mago.



Junto al gran rio del bosque Carmelingo, el joven e inexperto
mago se tiró de rodillas y se refresco el rostro con el agua
cristalina. Estaba cansado de huir como un bandido. Aquellas
personas lo perseguían por alguna razón.

Escuchó un ruido entre el ramerio de árboles que cubría la
entrada al divino manantial.

La muchedumbre enfurecida, con palos y antorchas lo había
alcanzado. Con una nueva inspiración de adrenalina, se levantó
entre tropiezos para continuar con su carrera. La muchedumbre
lo persiguió. Corrió y corrió.

Unos coloridos pájaros le nublaron la vista al revolotear cerca
a su rostro. Con manoteos los disperso. Atravesó el rio por las

rocas y subió por la cuesta pastosa y Pedroza, tropezando
ocasionalmente entre sus imperfecciones.

Llegó a la cima y se encontró atrapado entre un precipicio y la
muchedumbre. La muchedumbre lo miró. Parecían
estatuas, mientras el, respirando exaltadamente y lleno de
frustración, miró al frio cielo. Volvió la mirada a la
muchedumbre y finalmente, ante la muerte súbita, recurrió a
un hechizo de confusión que apenas dominaba. De espaldas
a la muchedumbre susurro “Confusius totalupolos”. Dio
cara a la muchedumbre.

-¡¡ ¿Por qué me siguen?!!

La muchedumbre permaneció intacta, más solo por
segundos. Pronto se encontraron las miradas de confusión.
El murmullo no se hizo esperar. El movió los ojos de un
lado para otro, esperando la respuesta, irritado.
Finalmente uno de entre el murmullo habló alto.

- ¡¿Y tu porque huyes de nosotros!? Es por nuestra pinta de
gente mala, ¿cierto?! – El hechizo había hecho efecto.
- ¡¡ ¿Pe…pero que dices?!!¡¡ ¿Pinta de gente mala?!! – Río de
loca y desesperada ironía. - ¡Ustedes querían matarme!
- Piénsalo bien muchacho, tal vez si hubieras preguntado antes,
te habrías evitado correr tanto.

Abhramani trago saliva y los miro respirando aun un tanto
agitado.

La muchedumbre permaneció quieta y decepcionada, hasta que

a la lejanía, uno de ellos visualizó a un hombre que tomaba
frutos de los arbustos.

-¡¡Miren a ese hombre!! ¡¡Persigámoslo!! – La
muchedumbre furiosa dio marcha atrás.

Abhramani sintió la fría ventisca, moviendo sus arreglados
atuendos. De pronto un poco de sol salió para prestarle un poco
de su abrazador calor.

Agobiado por correr tan largas extensidades, se derrumbó
sobre el pasto. Cerró los ojos y pensó en todos los
hermosos paisajes y panoramas que no tuvo la delicadeza
de contemplar a detalle, debido a su exaltado estado.

De pronto no pensó más que en la calidez de su hogar.
El abrazador calor del fuego de la fogata y el exquisito aroma
del panque de vainilla.
Sin la preocupación del camino de regreso, terminó
profundamente dormido. Cuando abrió los ojos se
encontraba en medio de la noche.

Su piel se encontraba más pálida que de costumbre. Necesitaba
comer algo.

Aun con el cansancio y dolor en su cuerpo se puso de pie
con firmeza y comenzó su camino de retorno. Comió algunas
frutillas rojas que encontró en los arbustos de paso. Miró
sorprendido la luna. Lucía unas cuatro veces más grande de lo
acostumbrado.


Entrecruzo los brazos y los apretó fuertemente contra su pecho
debido al frio nocturno. Caminó y caminó entre los
pastizales hasta que encontró una cabaña a la intemperie.

Tocó a la puerta y un educado y alargado hombre abrió.

-Pase usted, hombre perdido en la intemperie del carmelingo
– Amablemente dio la bienvenida.
-Gracias – Dijo Abhramani temblando, apretando su capucha
azul con fuerza.- ¿Y usted como sabe eso?
-Digamos que su rostro habla por sí solo… Tomé asiento –Le
abrió paso a un pequeño sillón junto a la fogata. Frente a él una
pequeña mesa.
-Es muy amable de darme cabida en su humilde casa señor-
dijo agradecido Abhramani.
-No agradezca joven, siempre he esperado la visita de alguien
como usted para hacer uso de mis servicios. Hablando de
servicios… ¿No quiere agua? – Dijo de una manera un tanto
extraña, ansiando la respuesta, mirando fijamente a
Abhramani.
-No, gracias señor.

-Mmm…Que lastima- Respondió demostrando cierta
decepción.
- Pero, si no es aprovecharme demasiado de su servicial
trato, ¿No me podría dar un café?
-Claro – Dio media vuelta y tomó de la pequeña alacena un
frasco con granos de café. Comenzó a prepararlo.

Abhramani a la espera contemplo con intriga el hogar de aquel
hombre. Sus paredes se hallaban tapizadas de repisas con

brillantes vasos de vidrio. Abhramani sintió en primera
instancia gracia y curiosidad, y posteriormente un poco de
temor.

El hombre llegó con la cafetera y la taza de café. Notó a
Abhramani contemplado su gran colección. Vasos de todos los
estilos y complexiones.
-Joven, su café…Joven – Repitió haciendo ruido con la
cafetera.
- Ah…ah sí, por supuesto, disculpe. Gracias.
- Le ha gustado mi colección ¿Cierto?
- Si, es muy bella – Dijo Abhramani dando un sorbo a su café.
-Si algún día alguien necesitase agua, quisiera que fuera con el
vaso adecuado. Es por ello que tengo un vaso de cada estilo;
Desde una copa hasta el cuello de ganso. – Abhramani
sintió ternura y percibió inocencia en aquel hombre.
-Es usted impresionantemente servicial señor – Dijo
Abhramani dándole una franca sonrisa.
-Gracias… ¿No quiere agua?- Preguntó nuevamente
expectante.
-No gracias, con el café me basta – Respondió
Abhramani nuevamente con una sonrisa y dio un sorbo.
- ¡Acábese ya su café y tome agua! – Dijo golpeando la mesa.
Abhramani sorprendido, respondió ahora un tanto irritado.
-Señor ya le he dicho que no quiero agua, ¿De acuerdo?
-Entiendo, discúlpeme joven y continúe con su café. Tal vez
eso lo deje sediento.
Abhramani miró con un tanto de extrañeza al hombre, y

permaneció en silencio hasta que terminó su café.

-Vaya, esta ha sido un café realmente exquisito. En verdad se
lo agradezco.- e l ma g o se puso de pie. – Bueno, creo que
es hora de continuar mi camino.
-¿Pero qué dice?, la noche es muy fría como para estar
andando ahí afuera. ¿Por qué no espera al amanecer? Tengo
una pequeña pero cómoda habitación. Venga, se la mostraré.

Abhramani se mostró indeciso. Miró a través de la ventana.
El fuerte viento sacudía con fuerza a los arboles. Sin remedio
respondió.
-Tiene razón, no podré andar hasta el amanecer – Acepto y el
hombre lo guío hacia la habitación.

La cama era pequeña y sus cobijas muy cómodas. Durmió
sin problemas.
Al amanecer recordó el extraño comportamiento del hombre,
que a final de cuentas había sido tan amable y servicial con él.
Pensó en armarle una sorpresa. “Esto lo pondrá muy
contento”, pensó Abhramani.

Bajo por la escalera de madera, estirándose.
-Buenos días señor. Es una linda mañana ¿no lo cree?
-Concuerdo joven.
-Y es un día de sol.
-…Si, así es el día – Al hombre le brillaron los ojos y mostró
cierto interés.
-Sabe, estaba pensando en su colección de vasos.
- ¿Usted pensó en ellos? – Dijo el hombre ilusionado y
expectante.

-Si, y creo que quiero el cuello de ganso. Esta mañana de sol
me ha traído mucha sed. – Dijo Abhramani regocijándose en
su interior al contemplar la desbordante alegría del hombre.
-¿Está usted seguro joven. Ni la copa o el vaso común o…?
-No. Quiero el cuello de ganso.
-Está bien – Dijo el hombre con radiante alegría.
Abhramani esperó con una sonrisa.
-En serio quiere agua – preguntó el hombre limpiando con
dedicación el vaso, con un trapo rojo.
-Sí, muero por un vaso de agua señor.
-Está bien- Dijo alegremente. Dejó el trapo de lado y tomo el
vaso con fuerza. E s t i r o s u b r a z o , c o n f u e r z a y
j u s t o f r e n t e d e s i . Abhramani lo miro extrañado. El
hombre Cerró los ojos y dijo – Usted es un hombre afortunado,
¿Lo sabe?, si, es un hombre con suerte- Con una sonrisa se
convirtió repentinamente en innumerables y pequeñas gotas
de agua que se suspendieron en el aire, simulando su silueta
por un segundo y cayendo con increíble tino dentro del vaso
que se tambaleó en el suelo de madera.

Abhramani sorprendido y con los ojos bien abiertos salió
asustado de la cabaña, mientras el vaso aun continuaba
tambaleándose. Cerró con un portazo que desequilibro
el vaso, haciéndolo caer, derramando el líquido que no
sería absorbido más que por la madera del piso de la casa.

Abhramani se tomó del cabello incrédulo de lo que había visto.
Miró al cielo y busco con desesperación el sol. Sin éxito en su
búsqueda corrió por los pastizales entre el frio intenso. La luz
de l a l una salpicaba el panorama entero.

Abhramani corrió, sintiendo sus extremidades frías como el
hielo. Corrió hasta dar con panoramas conocidos del
Carmelingo. Finalmente salió del bosque y atravesando las
extensas calles de tierra roja llego a sus aposentos. La noche
cubría el pueblo entero. Exhausto durmió en su amada cama.

Abrió los ojos en medio de la noche. Vio las cobijas en el suelo
y su ventana abierta. Se puso de pie y se dirigió a la gran
ventana. Contemplo la luna. Su tamaño era el de siempre.
Cerró la ventana y levanto las cobijas. Se acostó nuevamente
y pensó en el hombre de la cabaña. No podía dejar de
pensar en que había dejado caer aquel vaso. No pudo volver
a dormir.
En el viejo libro de las aventuras de la maga Cazarina, se
hablaba de hombres de agua, y se hablaba de ellos como
premonición de amor. Del amor verdadero.

Al amanecer, el mago se arregló y se vistió. Bajó para tomar
el desayuno. Julián tenía listo un delicioso desayuno.

- Buenos días mago Abhramani
-Buen día Julián. ¿Qué me has preparado?
-Un poco de carne asada a la naranja, un panque de vainilla,
su preferido señor, y chocolate caliente.
-Gracias Julián, vaya que añoraba un poco de esta calidez –
Dijo Abhramani tomando asiento. Lo primero que acerco a él
fue la taza de chocolate, saboreando su delicioso aroma
y sintiendo su calor.
-Desea que le traiga un poco de agua para acompañar su carne
–Abhramani perdió la concentración sobre la taza de
chocolate y miró a Julián desconcertado.

-No, gracias Julián. Solo comeré el panque.
-Como usted desee señor. –Julián se retiró con una pequeña
reverencia.

Abhramani comió lentamente el panque, explotando al
máximo su suavidad y delicia. Una vez terminó con un último
sorbo su taza de chocolate, se puso en pie y se limpió con la
servilleta.
-¡Julián!
-¿Sí señor? – Respondió Julián, aproximándose deprisa.
-Necesito que mantengas todo en orden, Iré a las cajas
hipnóticas.
-Pero señor, hoy es el gran festival del pueblo, las multitudes
se encuentran por las calles, no creo que pueda llegar hasta su
centro de hipnosis.
-Deja que la gente se preocupe por festejar y tú ocúpate de este
lugar Julián.
-Como usted diga señor –Julián hizo una reverencia mientras
Abhramani salía deprisa.

La vista a las afueras de su mansión lucia un césped bien
cortado con algunas esculturas decorando el lugar y una gran
fuente.
Se montó en su caballo y cabalgo a toda prisa.
Dos hombres le abrieron las puertas a su veloz cabalgar.
A su rápido y ágil paso por las calles de comercio,
hombres y mujeres con cargas y canastones, le abrían el paso.
“Miren, ahí va el mago Abhramani”, algunos hacían una
reverencia y otros simplemente le abrían paso.

Finalmente Abhramani llegó a una amplia calle, pavimentada

con mármol. No todo era tierra roja en guadacosta. La gran
calle era un camino cuesta abajo que daba hacia su centro de
hipnosis.

Desde la altura a la que se encontraba, era posible ver el
camino entero. “Julián tenía razón, grandes multitudes se
hallan por el camino entero”, pensó Abhramani.
Continuó su avance, ahora a un lento cabalgar.
Alegres hombre montados sobre enormes sancos, señoras
gordas, vendedores de dulces, niños corriendo de
felicidad, viejos limosneros, muchachas con sus mejores
atuendos en búsqueda de conquista, y chicos disimulando
fino arreglo en la misma búsqueda.
Todos caminando hacia la gran plaza.
Un hombre tambaleando muy graciosamente en sus
enormes zancos, pasó a un lado de Abhramani.
-¡Míreme joven Abhramani, soy más alto que usted!
-Sí, eso es lo que parece – Abhramani continuo su lento
cabalgar.














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