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LA CULTURA DEL PERIODISMO CULTURAL

Lic. JORGE LUIS RODRÍGUEZ GONZÁLEZ, periodista del diario Juventud Rebelde,
profesor de la Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.


Desde los mismos orígenes del Periodismo como fenómeno de comunicación
social, la cultura ha sido uno de sus campos temáticos de mayor interés. En la
actualidad no existe un periódico o una revista que no contenga entre sus
páginas una sección de cultura; o una emisora radial o un canal de televisión
que no dedique algún espacio de su programación a la difusión de la actividad
cultural, ya sea a través de programas, periodísticos o no, dedicados
completamente a esta área del saber y hacer; o incluyendo sus contenidos en
los espacios informativos.

Uno de los problemas fundamentales que afronta una conceptualización del
periodismo cultural es precisamente la confluencia y a la vez contradicción que
encierran dos conceptos cardinales como son el de periodismo y el de cultura.
Las preocupaciones teóricas son muchas: ¿qué entender por periodismo
cultural?; ¿qué concepto de cultura subyace en esta especialidad periodística,
tanto en la elaboración teórica como en la práctica profesional de los medios de
comunicación?

Y es que la sola enunciación de este sintagma encierra varias contradicciones
y disyunciones que “exigen un modo de acercamiento más tentativo y
cauteloso que el requerido por otros géneros y productos del campo
periodístico. Porque se involucra y al propio tiempo se excluye, la aproximación
debe ser matizada, sin eludir ni sobredimensionar la naturaleza del dilema, esa
constante pendulación entre dos modos de ver (complementándolos o
enfrentándolos) los términos periodismo y cultura.” [Rivera, 1995: 9-10]

Cultura

Aunque ya en la filosofía antigua se encuentran los primeros esfuerzos por
conceptualizar la cultura, no es hasta finales del siglo XIX en que comienza a
insertarse como una de las preocupaciones más trascendentales del
pensamiento intelectual y científico.
“El interés por la cultura parte de que no es posible explicar el comportamiento
humano sin tener en cuenta que los actores sociales, además de posiciones en
redes y estructuras, además de individuos racionales y maximizadores, son
agentes productores de significado, usuarios de símbolos, narradores de
historias con las que se producen sentido e identidad”. [Basail y Álvarez, 2004:
26]

De esta manera se desarrollan dos perspectivas fundamentales para abordar la
cultura, que llegan incluso a nuestros días: una restrictiva, la humanista - o lo
que John B. Thompson (1991) denomina concepción “clásica”; y otra mucho
más amplia y abarcadora, la antropológica. Aunque otras ciencias sociales
como la Sociología y las Ciencias de la Comunicación también se interesarían
por lograr una definición que se adecuara a sus metas como ciencia.

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Una definición elitista

La concepción humanista de la cultura, denominada así por Fisher, comienza a
emerger desde fines del siglo XVIII impulsada principalmente por la Ilustración
francesa y con su base fundamental en la cultura vista desde una perspectiva
ideal, pues la define como “el cultivo de la mente humana y de la sensibilidad”,
lo cual sólo es perfectible a través de la educación.

El concepto de cultura sólo asume, entonces, a los “trabajos y práctica de
actividades intelectuales y específicamente artísticas, como en cultura musical,
literatura, pintura y escultura, teatro y cine" [Williams, 1976]. Se es más culto en
la medida que se cultiven las manifestaciones más refinadas del espíritu y la
creatividad humana en las bellas letras y artes.

Según Fischer, las personas cultas son aquellas que han desarrollado "sus
facultades intelectuales y su nivel de instrucción. En este sentido la noción de
cultura se refiere a la cultura del alma (cultura animi, Cicerón) para retomar el
sentido original del término latino cultura, que designaba el cultivo de la tierra."
[Austin Millán, 2000]

Otro de los supuestos fundamentales de esta concepción es el carácter
selectivo que le confiere a la cultura en tanto por ésta sólo se va a entender a
determinadas actividades humanas, o a la obra humana creativa, superior,
excelsa, muy refinada estéticamente que sólo algunas personas con la
sensibilidad y el buen gusto por “lo mejor que ha sido pensado y conocido” en
el arte, la literatura, la historia, la filosofía, actividades humanas que se según
esta perspectiva entran en la cultura.

Los productos culturales o las obras que no reúnan estos requisitos de filtro
quedan fuera de la cultura; es decir de la alta, legítima y refinada cultura, para
conformar lo que se denomina baja cultura, cultura popular (García Canclini),
cultura de masas (Edgar Morin) o seudocultura (Basail y Álvarez, 2004). De
esta forma, la concepción humanista se constituye en un mecanismo
jerarquizador y estratificador puesto que las personas cultas serán la élite y “la
nobleza o prestigio de la actividad y la nobleza o excelencia del resultado
consagran la nobleza y el estatus del individuo y del grupo social que las
producen o las consumen.” [Basail y Álvarez, 2004: 27]

El concepto abre sus horizontes: visión antropológica

A mediados del siglo XIX, y conviviendo con la visión humanista, surge la
Antropología, ciencia que se dice “se organizó alrededor del concepto de
cultura” [Geertz, 1987, citado por María Rosa Neufeld, en Basail y Álvarez,
2004: 57], el cual aún hoy sigue siendo una de sus principales razones de ser.
El objetivo inicial fue caracterizar y analizar los diferentes pueblos -los “otros”
ajenos y muy por debajo del nivel de la Europa Moderna-, en cuanto a
cuestiones culturales como sus costumbres, tradiciones, religiones, mitos,
historias, que, como todo lo novedoso y exótico, se revelaban como una
misteriosa y atrayente realidad para el pensamiento occidental moderno.
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Es así como comienzan a aparecer conceptos integradores de la cultura que
recogen toda esta serie de prácticas y fenómenos diversos, pero que en su
contexto se revelan como comunes a todas las civilizaciones.

El más emblemático de estos conceptos dentro de las Ciencias Sociales es el
del inglés Edward B. Taylor (1871) que reconoce a la cultura como un “todo
complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, ley, costumbres y
toda otra capacidad y hábitos adquiridos por el hombre en tanto miembro de
una determinada sociedad”. [Citado por Neufeld, 1996, en Basail y Álvarez,
2004: 64]. Esta definición, fiel exponente del enfoque evolucionista, se ha
sintetizado en la aseveración de que la cultura incluye toda clase de
comportamiento aprendido.

Muchas y diversas han sido las definiciones antropológicas que sobre la cultura
se han esbozado desde el clásico Taylor hasta nuestros días, aunque su
denominador común ha sido la referencia globalizadora de “totalidad de modo
de vida de un pueblo”, lo cual permitió mirar hacia la variedad y riqueza
culturales de todas las comunidades. Por otra parte, y siguiendo esta línea, su
mayor importancia y valor radica en que reconoce la presencia de tres
elementos fundamentales en la cultura:

“En primer lugar, su universalismo: todos los hombres tienen culturas, lo cual
contribuye a definir su común carácter humano. En segundo lugar, está el
énfasis en la organización: todas las culturas poseen coherencia y estructura,
desde las pautas universales comunes a todos los modos de vida (por ejemplo,
las normas sobre el matrimonio, que imperan en toda cultura) hasta los
modelos peculiares de una época o lugar específicos. En tercer lugar, el
reconocimiento de la capacidad creadora del hombre: cada cultura es un
producto colectivo del esfuerzo, el sentimiento y el pensamiento humanos (…).”
[Valentine G., 1972; citado por Neufeld, 1996, en Basail y Álvarez, 2004: 57-58]

“Para la antropología cultura es todo, de manera que cuando un antropólogo
llega a una etnia, a una tribu primitiva que cultura es tanto la forma del hacha
como el mito, la maloca -su hábitat- como las relaciones de parentesco, tan
cultura es el repertorio de las plantas medicinales. Para el antropólogo, pues,
cultura es todo.” [Martín Barbero, 1999]

Muy distinto al etnocentrismo de la cultura humanista, uno de los pilares de la
Antropología lo fue, y lo es, el relativismo cultural, que no es más que el
reconocimiento de una pluralidad de culturas, de comunidades y pueblos con
costumbres y valores igualmente válidos. Para esta disciplina no existen los
grados de lo cultural, sino que todos “los hombres tienen cultura por igual”.

Así lo refleja Ralph Linton (1971) cuando expresa que no existen sociedades ni
individuos que carezcan de cultura. Toda sociedad posee una cultura, por muy
sencilla que sea y el ser humano es culto en el sentido de que es portador de
una u otra cultura.” [Citado por Ron, 1977: 27] Linton se está refiriendo a la
cultura en general como a la forma de vida de cualquier sociedad, y no
simplemente como las zonas que la misma sociedad considera como más
elevadas o deseables.
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Es precisamente esta cualidad de estudiar al hombre y sus conductas
independientemente de su origen lo que convierte a la antropología en una
ciencia holística.

“Sin lugar a dudas, la Antropología fue la ciencia que articuló con mayor grado
de plausibilidad sus discursos y prácticas profesionales alrededor del eje o
concepto cultura, aunque la entendiera como “otra” y “exótica” y derivara hacia
el “culturalismo” y el “relativismo”. Esta ciencia defendió la autonomía de la
cultura y sin dejar de verla como interdependiente, le dio universalidad, carácter
inclusivo y extendió el alcance del análisis cultural a múltiples áreas del
quehacer humano: el deporte, el ocio, la vida cotidiana, la cocina, la política, la
empresa, la organización, etc., entran ahora en el campo de investigación de
los estudios culturales.” [Basail y Álvarez, 2004: 28]

Ya después de la segunda mitad del siglo XX, la antropología presenta nuevas
definiciones sobre la cultura. Entre ellas se destaca la clásica conceptualización
del pensamiento latinoamericano de Adolfo Colombres, para quien la cultura es
“el producto de la actividad desarrollada por una sociedad humana a lo largo
del tiempo, a través de un proceso acumulativo y selectivo” [Colombres, 1987,
citado por Villa, 1998]

Se produce una redefinición en el término cultura como “el sentir de una
comunidad”, constituyéndose en una categoría ontológica, pues refiere un ser
inserto en una comunidad y la posibilidad de ese ser en cuanto interactúa con
otros.

Así lo demuestran las palabras de Catalina González que hablan de la cultura
“como modo de ser de un grupo social, manera de pensar, sentir y creer, saber
almacenado (sin dejar por fuera la racionalidad), conducta, historia legado,
normatividad. Como consecuencia, se hace posible pensar en una cultura
popular o un arte popular, términos que en la ilustración se contradecían.”
[Citado por Villa, 2000]

Visión sociológica

Con la emergencia de la ciencia sociológica, el proyecto de la modernidad
comenzó a ser estudiado a través de sus propios procesos o movimientos
culturales. Pensadores clásicos como Karl Marx, Max Weber, Emile Durkheim
hicieron énfasis en la cultura vista como un proceso social que produce
diferentes tipos de sociedades, formas de pensar y estilos de vida.

Una de las constantes de la Sociología ha sido el concebir a la cultura como un
proceso social creador y constitutivo de “culturas” específicas con un énfasis en
la producción social material. Por ejemplo, Marx teorizó sobre el papel que
desempeña la cultura y la ideología en la permanencia de un orden social y sus
estructuras de control y dominación; o sea su papel como garantizadora del
orden y el equilibrio sociales.

Esta ciencia estudia a la producción y las prácticas culturales como procesos
sociales, y no solo como normas y valores. En ella se incluyen a los “los
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capitales simbólicos, los significados y los valores socialmente compartidos por
actores sociales de diverso tipo, expresados en sus tradiciones, mentalidades,
prácticas y/o instituciones sociales, en los modos en que piensan y se
representan a sí mismos, a los hechos o productos culturales, a su contexto
social y al mundo que los rodea.” [Basail y Álvarez, 2004: 36]. La cultura se
construye diariamente en el complejo entramado de relaciones sociales que se
establecen entre estos agentes sociales, y de manera recíproca tiene sus
efectos en estas mismas instituciones.

Así, García Canclini [1995: 59] conceptualiza a la cultura como un proceso de
producción: “No pensamos que la cultura sea un conjunto de ideas, de
imágenes, de representaciones de la producción social, sino que la cultura
misma implica un proceso de producción.”

“Ahora bien, –continua Canclini– ¿producción de qué tipo de fenómenos?
Fuimos asimilando cultura con procesos simbólicos y, por lo tanto, hacemos
aquí una restricción respecto del otro uso que la antropología ha establecido de
la cultura con estructura social o con formación social: la cultura como todo lo
hecho por el hombre.”

Al concebir a la cultura como un proceso social de producción, Canclini se
opone a las concepciones de la cultura como expresión y creación del espíritu
humano o como manifestación ajena, exterior y ulterior, a las relaciones de
producción (simple representación de ellas).

Esta definición destaca la fuerte interrelación entre cultura y sociedad. La
cultura es para Canclini un nivel específico del sistema social. “Toda
producción significante (filosofía, arte, la creencia misma) es susceptible de ser
explicada en relación con sus determinantes sociales. Pero esa explicación no
agota el fenómeno. La cultura no sólo representa la sociedad, también cumple,
dentro de las necesidades de producción de sentido, la función de reelaborar
las estructuras sociales e imaginar nuevas. Además de ‘representar’ las
relaciones de producción, contribuye a ‘reproducirlas’, ‘transformarlas’ e
‘inventar’ otras.” [Canclini, 1989: 42-43]

O sea, para la Sociología la cultura no constituye un campo autónomo sino que
lo cultural y lo social se constituyen recíprocamente “La cultura es constitutiva
de la sociedad y constituyente de las relaciones sociales. La sociedad es más
que cultura pero es un hecho profundamente cultural.” [Basail y Álvarez, 2004:
38]

Dentro de esta ciencia social se destaca la Sociología de la Cultura, la cual
trata de desentrañar las relaciones que se establecen entre los productos
culturales y sus destinatarios, así como el contexto en el que se produce esta
relación; es decir, los procesos de producción (social y material), circulación y
consumo de los bienes simbólicos. Aquí cobra mucha importancia el legado
marxista de introducir en este tipo de análisis cultural a las determinaciones
económicas.

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Un ejemplo de lo anterior es la obra del sociólogo francés Pierre Bourdieu,
quien retomando las ideas marxistas de que la sociedad es una estructura de
clases sociales y una lucha entre las mismas, se dedica a investigar los
sistemas simbólicos y las relaciones de poder, así como los vínculos entre
producción, circulación y consumo de los bienes simbólicos.

Esta disciplina trata de ver a la producción cultural como un proceso social y
material. Es decir, cómo los significados y valores simbólicos son producidos y
compartidos por los diferentes actores sociales. El proceso de apropiación,
compartimiento y legitimación de estas formas simbólicas se expresa a través
de “las tradiciones y prácticas sociales en sus mentalidades, en los modos en
que piensan y se representan a sí mismos, a los hechos o productos culturales,
a su contexto social y al mundo que los rodea.” [Basail y Álvarez, 2004: 52]

El proceso de consumo de estos capitales simbólicos se produce de manera
desigual entre grupos sociales e individuos. Por ello, la sociología de la cultura
hace énfasis también en la lucha que se produce, por dichos capitales, entre
los distintos campos culturales y entre las fuerzas internas de dichos campos,
en los que se produce y reproduce estas formas simbólicas motivos de disputa.

Cultura y Periodismo

Como ya anunciamos al inicio de este artículo, y como se ha podido demostrar
con la presentación sucinta de las principales posturas que sobre la cultura han
esbozado las diferentes ciencias sociales, la cultura y el periodismo
comprenden dos campos bastante amplios que semántica e históricamente
encierran una gran relación.

Por otra parte, si tenemos en cuenta las condiciones histórico-sociales en que
surge el periodismo, así como sus objetivos y procedimientos, no nos puede
caber la menor duda de que todo periodismo es un fenómeno cultural. También
podría hacernos pensar en que este tipo de periodismo tendría que abarcar
todos los campos del saber.

No podemos olvidar que el Periodismo tiene sus orígenes en el siglo XVIII. El
profesor español Bernardino M. Hernando [1999: 130] se refiere al Periodismo
como uno de los frutos más significativos de la Ilustración, movimiento que
encuentra en la forma de expresión periodística un vehículo ideal a su afán de
difundir los conocimientos.

“Los ilustrados no pueden limitarse a la cultura tradicional del libro y la
enseñanza, cuyas estrecheces propenden ‘al dogmatismo y a la parálisis
intelectual’ – refiere el profesor español citando a Francisco Sánchez-Blanco
(La mentalidad ilustrada, 1999) - . La Ilustración crea al Periodismo y es
recreada por él. La simbiosis Ilustración/Periodismo amplía horizontes, está
atenta a los saberes extranjeros, los acerca al público que ya no es el
selectísimo público lector de libros sino el cada vez más extenso lector de
papeles periódicos.” [Hernando, 1999: 130-131]

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El hecho de que desde sus orígenes el Periodismo haya tenido como principal
objetivo la formación y educación de sus usuarios induce al profesor español
Francisco Rodríguez Pastoriza afirmar que el Periodismo “nació como un
género cultural antes de que fuese clasificado en cualquiera otra de las facetas
informativas que hoy lo caracterizan. (…) Aún en la actualidad, es de manera
destacada una forma de cultura porque en gran medida la difunde y la fomenta,
la recrea y la crea y, además, termina por convertirse siempre en documento
para la historia, otra de las grandes manifestaciones de la cultura.” [Rodríguez
Pastoriza, 2006: 9]

Así mismo, el profesor Iván Tubau (1982), en su obra Teoría y práctica del
periodismo cultural, señala: “Es difícil distinguir dónde deja de difundirse cultura
y cuando empieza a hacerse cultura (…). El periodismo es cultura: no sólo la
transmite, también la crea y la produce. Los medios de comunicación de masas
son incluso la cultura más característica y definitoria de nuestro tiempo. Pero es
una cultura que no tiene como objetivo primario e inmediato la formación de la
persona, sino que esto lo alcanza de modo subsidiario, pues su fin intrínseco
es dar información y transmitirla”. [Rodríguez Pastoriza: 2003: 50]

Sea relacionada la cultura con las bellas artes y la erudición, o de manera
mucho más amplia sea relacionada con el patrimonio histórico de los pueblos,
sus costumbres, ideas, hábitos o con las instituciones que las sociedades han
creado para asegurar la convivencia de sus miembros, lo cierto es que el
Periodismo o los medios de comunicación se constituyen en una institución
social más que, al igual que otras como la familia y las instituciones educativas,
se encarga del desarrollo cultural, ya sea de manera positiva o negativa, en la
medida de que diariamente brindan información y conocimientos que
enriquecen el patrimonio personal y social de los miembros de una sociedad. Y
no sólo eso, sino que pueden y deben propiciar las herramientas que orienten a
los seres humanos en la búsqueda de la posibilidad de ser cada vez una
persona más instruida y completa.

“Lo paradójico es que mientras para el público el periodismo es cátedra, en
realidad la tarea periodística apenas sirve de guía, proporciona elementos,
facilita su examen y puede convertirse en un gran divulgador de doctrinas, pero
no crea ideas, ni organiza los sistemas. Y en el común denominador de lo que
generalmente se entiende por cultura:

(…) la función que cumple el periodismo cuando proporciona nuevos
conocimientos sobre el progreso de las ciencias y las nuevas proyecciones de
la tecnología, o refleja la dimensión que los grupos humanos dan al derecho, la
moral, los hábitos, las creencias, etc. No es otra que la de proporcionar cultura
o valores culturales.” [Filippi, 1997: 88]

Otro matiz de la estrecha relación entre ambos términos – cultura y periodismo-
es que la cultura es también producción simbólica de una sociedad. Y el
periodismo, si traemos a colación cualquiera de sus definiciones tradicionales,
tiene “…la función social de recoger, codificar y transmitir, en forma
permanente, regular y organizada, por cualquiera de los medios técnicos
disponibles para su reproducción y multiplicación, mensajes que contengan
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información para la comunidad social, con una triple finalidad: informar, formar
y entretener.” [Castelli, 1993, en Villa, 2000]

Esta definición nos revela el mecanismo mediante el cual funciona el
periodismo como institución social: el periodista como recolector y codificador
de información; el medio de comunicación como canal de transmisión,
publicación o circulación de la materia informativa, teniendo en cuenta sus tres
primordiales funciones (informar, formar y entretener. Y esa información que
nos sirven diariamente los medios de comunicación en virtud de sus funciones
sociales, se traduce en “capital simbólico” (información, formación y
entretenimiento), o como lo llama Rivera [1995: 16] “capital cultural objetivado
de una sociedad”.

O sea, que el periodismo puede ser visto como cultura, en tanto ambos campos
cumplen iguales funciones: la producción y reproducción simbólicas de una
sociedad.

Por otra parte, bien singulares son los aportes del sociólogo francés Pierre
Bourdieu (1990), para quien la sociedad está constituida por campos, entre los
cuales se encuentra el campo periodístico, el político, el cultural, el de la
religión, entre otros. Los campos tienen una relativa autonomía pues entre ellos
existen estrechas relaciones. Por ejemplo, el campo literario puede estar
fuertemente determinado por el campo económico, el político y el intelectual.
También, el campo periodístico, específicamente los medios de comunicación,
es influenciado por los campos económico y político.

Para Bourdieu (1990), los campos son espacios sociales estructurados, en el
que las fuerzas que lo componen – dominantes y dominados –, con sus
consiguientes relaciones de desigualdad, luchan por transformar o mantener
este campo de fuerzas y sus propiedades. Sus dos elementos constituyentes
son la existencia de un capital simbólico común y la lucha por su apropiación.

A su vez, muchos campos pueden ser considerados subcampos de otros. De
esta forma, el periodismo puede ser considerado un subcampo del espacio
cultural. Esta relación se explica mejor si tenemos en cuenta que el campo
cultural está integrado por una serie de instituciones y agentes
interrelacionados que ocupan dentro del mismo diferentes roles como el de la
producción, reproducción y difusión de los bienes culturales de una sociedad. Y
el periodismo, específicamente el periodismo cultural, asume los roles de
reproductor y difusor de estos bienes, e incluso puede llegar a tener un papel
de productor.

Por ejemplo, a través de cualquiera de las formas expresivas del periodismo
(información, reportaje, crónica, reseña, comentario, crítica, entre otros) que se
utilicen para abordar una obra, el periodista la está incluyendo entre los bienes
simbólicos que deben ser consumidos o al menos pensados por la audiencia.
Y, fundamentalmente a través del ejercicio de la crítica y la opinión culturales,
géneros en los cuales se destacan los valores de la obra, el periodista está
brindándole al receptor las estrategias y las armas para su lectura; o lo que es
lo mismo, está facilitando su proceso de circulación y consumo.
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El Periodismo, en conjunción con otras instancias como las universidades y
academias, se convierte en un espacio legitimador de la cultura. Como bien
asegura la profesora e investigadora argentina Silvia N. Barei (1999), “(…) el
periodismo se erige en atribuidor y distribuidor de este derecho sobre la base
de reglamentaciones, prescripciones, privilegios y omisiones que definen
espacios de saber y redes concretas de circulación de los textos artísticos y los
discursos sobre ellos. Pareciera entonces que ningún texto se hace visible
socialmente si en algún momento la crítica de los medios no se ocupa de él.”

Periodismo cultural

En la medida que el concepto de cultura no fue estático y su significación fue
abriendo o cerrando sus límites, así mismo ha ocurrido con lo que se ha dado
en denominar periodismo cultural.

El Periodismo, como ha de suponerse teniendo en cuenta esa amalgama
semántica que forma con la cultura –periodismo cultural- ha puesto y quitado
su mira en y de determinadas zonas en consonancia con las principales
perspectivas que sobre la cultura han emergido a lo largo del desarrollo de la
humanidad. Por supuesto, de la humanidad que ya contaba con el periodismo.

Aunque muchas han sido las disciplinas que han conceptualizado la cultura, las
más antagónicas resultan ser las perspectivas humanista y antropológica. De
manera que también se destacaron dos grandes formas de entender y ejercer
el periodismo cultural, siempre en función del concepto de lo cultural al que se
adhirieran.

Es así como podemos hablar de un periodismo cultural para el cual sólo iban a
ser de interés las más refinadas producciones del espíritu humano; o sea, el
campo de las “bellas letras” y las “bellas artes”; y que por consiguiente estaría
dirigido a un público selecto y minoritario consumidor de estas depuradas
manifestaciones artísticas y literarias. Otro sería mucho más abarcador, pues
acogería en su definición a las integradoras perspectivas de la antropología
cultural, desde la clásica de Taylor en 1871 hasta otras más modernas como
las de Boas o Linton como resultado del desarrollo que experimentó la ciencia
antropológica en el siglo XX.

El periodismo cultural al que sólo le interesaban las actividades y productos
ilustrados estuvo muy presente en medios específicos que servían los más
refinados manjares del arte a su limitado número de consumidores; mientras
que el segundo difundió su cultura en la mayoría de los medios. Es necesario
aclarar que aunque ambas visiones tuvieron su momento histórico, ya hoy
conviven.

Un ejemplo de ello son aquellas publicaciones excesivamente especializadas
en arte y literatura y otras mucho más ligeras (suplementos de espectáculos,
revistas de divulgación, colecciones fasciculares, entre otras) que contienen
amplias y variadas ofertas culturales no reconocidas por las ilustradas, y entre
las que también se pueden encontrar algunas temáticas que en un primer
momento sólo correspondían a los más selectos medios.
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Quizás el primer ejemplo de un periodismo cultural dirigido exclusivamente a
los aficionados de las artes, las ciencias y la literatura, aunque con un concepto
de cultura abarcador, lo encontramos en el periódico francés Journal des
Servants, conocido como “el primer periódico científico informativo”, en el que
los científicos e intelectuales comunicaban sus hallazgos en el terreno de las
ciencias y sus opiniones; además de dedicarle también un espacio a la crítica
literaria. [Acevedo, 2000: 30]

No obstante las diferentes visiones de la cultura que se encuentran detrás del
periodismo cultural o de determinados medios que se interesan en este campo,
las actividades y los productos que históricamente por su modo de producción,
consumo y recepción se han considerado culturales, son aquellos que se
encuentran dentro de los marcos de la concepción cerrada, elitista y restringida
de “las bellas artes y letras”. Aunque también no es menos cierto que con el
desarrollo de la humanidad, la emergencia de nuevas disciplinas científicas y
sociales, y el surgimiento y evolución de nuevas formas de creación espiritual,
el campo cultural ha abierto sus horizontes y ha legitimado como arte a algunas
de esas manifestaciones.

Es así como un terreno que desde sus inicios estuvo consagrado a la filosofía,
la literatura, el teatro, la escultura, la pintura y la arquitectura, ahora asume
dentro de él a otras tan antiguas también como la danza, la artesanía y a las
más emergentes y novedosas dentro de la evolución histórica de las
sociedades como el cine, aunque como siempre, no todos los productos van a
ser considerados como puro arte o refinada expresión del espíritu humano; y
para determinar esa cualidad están los patrones o filtros, los cuales no son
estáticos sino que varían en función del contexto.

Al respecto, Bourdieu diferencia tres campos dentro de la cultura: el campo de
la cultura consagrada, en el que se incluyen las artes plenamente consagradas
como el teatro, la escultura, la pintura, la literatura o la música clásica, que se
encuentran legitimadas por instituciones culturales como la universidad, las
academias, los centros culturales y las publicaciones especializadas; el
segundo campo corresponde a las manifestaciones legitimables, como el cine,
el jazz o la fotografía; mientras que el tercer espacio es la esfera de lo arbitrario
donde conviven expresiones como la decoración, el diseño y la moda, en las
que intervienen instancias no consagradas de legitimación como la publicidad,
los creadores de la alta costura, los rankings, entre otros.

Teniendo en cuenta estas peculiaridades del campo cultural, y aunque
anteriormente haya asumido que el periodismo es por su naturaleza cultural, en
la práctica no es asumido así, sino que históricamente el periodismo cultural ha
sido esa “zona muy compleja y heterogénea de medios, géneros y productos
que abordan con propósitos creativos, críticos, reproductivos o divulgatorios los
terrenos de las “bellas artes”, las “bellas letras”, las corrientes del pensamiento,
las ciencias sociales y humanas, la llamada cultura popular y muchos otros
aspectos que tienen que ver con la producción, circulación y consumo de
bienes simbólicos, sin importar su origen o destinación estamental.” [Rivera,
1995: 19]
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Así, ampliamente, define el profesor y periodista argentino Jorge B. Rivera al
periodismo cultural, del cual excluye, aunque también estén presentes en las
publicaciones periodísticas, a los textos específicamente literarios ya que sus
formas lingüísticas y retóricas, así como sus objetivos tienen su propia tradición
cultural y equidistan de los del periodismo.

Sin embargo, la presencia de estos textos en muchas de las publicaciones del
periodismo cultural, como bien asegura Rivera, es uno de los factores que
complejiza el abordaje del fenómeno pues se tiende a no delimitar bien los
límites entre literatura y periodismo.

“Convencionalmente se admite que un poema o un cuento incluido en una
revista o un suplemento no poseen el estatuto ‘periodístico’ que sí se confiere a
una nota de divulgación, a una reseña bibliográfica e incluso un ensayo,
aunque en este último caso (…) la atribución posea ya una gran labilidad.

(…) los textos literarios de creación son insumos empleados por la prensa
cultural, pero que sólo la definen de modo parcial. Tan parcialmente, por lo
menos, como el empleo exclusivo de insumos informativos.” [Rivera, 1995: 20]
Martínez Albertos también hace referencia a la confluencia de textos
periodísticos y literarios en las secciones culturales de los periódicos, a las que
denomina con el término folletón, utilizado como galicismo, vocablo utilizado
anteriormente por Ortega y Gasset para referirse a la sección de crítica literaria
de los periódicos.

El folletón, según Martínez Albertos, agrupa variados géneros y estilos: “Dentro
de esta sección caben de hecho todos los géneros periodísticos: noticias de
hechos culturales en forma de información, reportajes, entrevistas, crónicas y
comentarios. Caben también unas manifestaciones no propiamente
periodísticas del estilo ameno: trabajos de creación literaria –cuentos, novelas,
ensayos doctrinales, narraciones de ficción…- o dibujos, chistes, fotografías,
crucigramas y pasatiempos de cierto tono erudito o cultural.” [Martínez
Albertos, 1991: 391]

Gargurevich [1989: 115] reconoce tres acepciones al folletón: una para asignar
a la sección del periódico dedicada al entretenimiento, otra para los relatos
publicados en serie, y una última que lo consideraba como estilo de redacción
superficial. Fue precisamente la primera de estas acepciones la que con el
transcurso del tiempo se convirtió en la página o sección cultural.

A pesar de la gran variedad de opciones de entretenimiento de estas
secciones, causa fundamental por la cual se considera que predomina en ellas
un estilo ameno, para Martínez Albertos lo más trascendente del folletón es el
ejercicio de la opinión sobre las novedades de la vida cultural e intelectual,
apreciable en secciones especializadas, de presencia regular, en las cuales se
pueden encontrar críticas de arte, de cine, de teatro, de libros, de música, entre
otros temas.

Esta impronta de la literatura en el periodismo cultural de los medios impresos
sigue estando en definiciones de otros autores. Mary Luz Vallejo Mejía, citando
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a Cesar Antonio Molina, se refiere al fenómeno como prensa literaria cuya
función fundamental es “la divulgación, la crítica y la creación literarias (…)”, y
dentro de la misma destaca cuatro grandes grupos: periódico de las letras,
revistas, suplementos literarios y páginas culturales de la prensa diaria.” [Citado
por Villa, 2000]

Otro de los fenómenos que podríamos agregar es el de los suplementos
culturales, los cuales se definen como una especie de separata del corpus
central de los diarios tanto en contenidos como en cuestiones organizativas y
directivas, pues generalmente sus redactores no son los mismos del diario, al
igual que su director. Incluso su perfil editorial puede no coincidir con el del
periódico del que forma parte. En estas publicaciones el tratamiento de la
información cultural es diferente al de las secciones culturales de los diarios,
pues no están sometidos a la inmediatez periodística de estos. Ello implica que
sus páginas den una mayor cabida a la opinión y críticas culturales, e incluso a
textos literarios como cuentos y poemas, por ejemplo, lo cual fomenta aún más
los lazos entre periodismo y literatura.

El fenómeno de los suplementos culturales ha originado que se produzca, no
sólo una mayor especialización en los periodistas que conforman su equipo de
redacción, sino una subespecialización temática, es decir que cada periodista,
además de tener conocimientos generales sobre arte y cultura, debe dedicarse
al estudio y la especialización en una temática específica (literatura, cine,
televisión, plástica, etc.).

La relación entre periodismo cultural y literatura, tan presente en los
suplementos culturales, obedece también a que desde su génesis hasta la
actualidad este campo del periodismo ha sido ejercido mayormente por
escritores o literatos que le han impuesto al mismo el sello de…. De hecho, el
periodismo cultural es asumido por muchos profesionales que aspiran a la
condición de escritores, como uno de los caminos más cortos y seguros.

Así lo asegura el narrador y periodista argentino Carlos Dámaso Martínez al
expresar que el periodismo cultural es para un escritor “un campo de
aprendizaje, una actividad de experimentación de sus gustos estéticos, de
adquisición de ciertos saberes y estrategias de escritura que más tarde o
paralelamente se ponen en juego en su producción creativa, crítica o
ensayística. Este es el modelo que, consciente o por lo general de una manera
más inconsciente, un escritor encuentra cuando escribe notas, reseñas o
reportajes para el suplemento cultural de un diario o para la sección de una
revista.” [Dámaso, en Rivera, 1995: 193]

Por su parte, la profesora argentina Silvia N. Barei (1999) analiza el periodismo
cultural, especialmente tomando como unidad de análisis a la crítica, desde
una perspectiva a la que denomina “funcional”, o sea desde el punto de vista
de las funciones que desempeña este tipo de periodismo dentro del gran
campo cultural. Aunque el estudio de Barei toma como referencia la prensa
plana, su análisis sobre las funciones que cumple el periodismo cultural dentro
del campo de la cultura es extensivo a los demás medios (radio, televisión,
internet, cine)
13
Los distintos medios de comunicación donde se practica el periodismo cultural
o aquellos que son meramente especializados en cultura y arte, se insertan
dentro del sistema de la cultura o campo cultural como mediadores entre el
proceso de circulación de los bienes simbólicos de una sociedad y el proceso
de recepción de los miembros de esa sociedad, así como en agentes
transformadores de ese campo en tanto el periodismo cultural va a ser el
medidor crítico de esa producción cultural.

Entre las distintas funciones que Barei (1999) concede al periodismo cultural
como espacio ya canonizado por “las prescripciones y reglamentaciones
sociales” propias del periodismo, se encuentran las siguientes:

1- Influir en la circulación de los bienes simbólicos en la medida en que
emerge como la voz que dará cuenta críticamente (favorable o desfavorable)
de esos acontecimientos culturales (literatura, cine, teatro, espectáculos,
exposiciones, conciertos, programas musicales). “Pareciera entonces que
ningún texto se hace visible socialmente si en algún momento la crítica de los
medios no se ocupa de él”. En este sentido Barei cita a Luz María Vallejo Mejía
(1994) quien afirma que “(…) sin una reseña laudatoria en el famoso
suplemento literario The New York Times Book Review, especie de biblia de la
alta cultura y del mundo literario norteamericano, es difícil colocar un libro en el
mercado (…)".

2- Determinar en qué forma de expresión (género periodístico) será abordada
en la sección o el segmento cultural del medio el acontecimiento cultural.
Aclarar que el tipo de discurso (entrevista, crónica, comentario, crítica, ensayo)
que se haga eco de cualquiera de estos hechos entraña en sí mismo un grado
de jerarquización. Evidentemente un hecho cultural al que el medio o el
periodista dediquen una crítica es más relevante que aquel al que apenas se le
dedique una información, y esa escala de jerarquía es asumida también por los
receptores.

3- “Delimitar el espacio textual en el que ha de publicarse (suplemento, páginas
especiales) y por lo tanto, en qué términos se relaciona con los textos de la
misma página o del periódico todo.” En el caso de los medios audiovisuales se
traduce en el tiempo de duración que ocupan determinadas informaciones
culturales en un espacio informativo que de por sí ya es pequeño en función de
que aún la cultura no es considerada como un área capaz de generar las
denominas noticias “duras”, por lo que la presencia del periodismo cultural en
un noticiero es muy reducida y en ocasiones puede llegar a ser omitida.

4- “Instaura reglas constitutivas de los textos, una tópica y una retórica,
procesos de enunciación propios del periodismo especializado y de formas de
modelización del sujeto receptor.”

5- “Deja traslucir un discurso histórico que muestra las directrices
fundamentales de las ideologías sociales en pugna, en tanto voces ocultas tras
un tipo de saber especializado, pero fuertemente reglado por la economía de
mercado.”

14
La asunción de un concepto

Luego de haber hecho un recorrido por algunas concepciones básicas para
emprender este estudio, asumimos que los conceptos que en torno al
periodismo cultural se han esbozado en varios de los autores y estudios citados
resultan insuficientes para la perspectiva que pretendemos asumir, pues
olvidan cuestiones cardinales dentro del concepto de cultura.

La definición de Iván Tubau es sumamente ambigua al referirse al periodismo
cultural como “la forma de conocer y difundir los productos culturales de una
sociedad a través de los medios masivos de comunicación" (Tubau, 1982, en
Villa, 2000).

Por su parte, el argentino Jorge Rivera, teniendo en cuenta el devenir histórico
del periodismo cultural lo define como “una zona muy compleja y heterogénea
de medios, géneros y productos que abordan con propósitos creativos, críticos,
reproductivos o divulgatorios los terrenos de las bellas artes, las bellas letras,
las corrientes del pensamiento, las ciencias sociales y humanas, la llamada
cultura popular y muchos otros aspectos que tienen que ver con la producción,
circulación y consumo de bienes simbólicos, sin importar su origen o
destinación estamental.” [Rivera, 1995: 19]

Esta definición, aunque tiene en cuenta en gran medida el gran abanico de
temas y preocupaciones del periodismo cultural, es demasiado amplia en
cuanto a los soportes y medios en los cuales se va a expresar.
El análisis del periodismo cultural desde el punto de vista de su funcionalidad
que realiza la profesora argentina Silvia Barei, aunque no expresa
explícitamente un concepto de periodismo cultural, las funciones que le otorga
a esta especialidad periodística dejan traslucir implícitamente una concepción
bastante cerrada del periodismo cultural como la práctica encargada de la
información, visibilidad y crítica de las producciones meramente artísticas.

La presente investigación propone pensar el periodismo cultural como la
práctica periodística especializada dedicada a la divulgación, información, y
crítica de los productos culturales de una sociedad, tanto los referidos a las
manifestaciones artísticas, incluidas las del registro culto y del popular, así
como el desarrollo del pensamiento en torno a la cultura; los procesos
culturales, de formación de identidad, lo referido al patrimonio cultural tangible
e intangible, y la lectura e interpretación de la realidad desde una perspectiva
cultural.

Lo consideramos una práctica ya que una evaluación del periodismo cultural no
debe referirse sólo al discurso periodístico, el resultado de un proceso, sino que
también debe tenerse en cuenta los modos en que se construye, se lee y se
interpreta la cultura en todo su abanico de posibilidades.





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