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Hayek versus los Planificadores

En los últimos años se ha evidenciado en América Latina un resurgimiento de


las ideas socialistas basado en el supuesto fracaso del capitalismo y las
políticas neoliberales aplicadas en el pasado para erradicar la pobreza. En
nuestro país, por ejemplo, se están impulsando una serie de reformas que no
han hecho más que fortalecer la inherencia del Estado en todos los ámbitos de
la economía poniendo en tela de juicio si el Estado es realmente capaz de
resolver todos los problemas económicos firmando decretos, dictando leyes
inescrutables u ordenando a los diferentes agentes económicos lo que tienen
que hacer.

Un sistema económico responde a tres interrogantes fundamentales: qué, cómo


y para quién producir. En el capitalismo, los medios de producción son de
propiedad privada y en virtud del poder de decisión que les otorga dicha
propiedad, los individuos son libres de maximizar su bienestar, produciendo o
comprando bienes que mejor satisfagan sus necesidades. En el socialismo, en
cambio, el poder de decisión descansa sobre el Estado y por ende también la
propiedad. Las decisiones sobre qué, cómo y para quién producir se toman
unilateralmente por un grupo de personas denominadas “planificadores
centrales”, quienes emitirán todos estos juicios en base de lo que ellos creen
que el pueblo (una figura aglutinante, sin rostro ni individualidad) demanda y
necesita. ¿Cómo podría un organismo gubernamental ajeno al individuo conocer
sus necesidades y deseos más profundos sino él mismo?

El sistema socialista, que se vende bajo la idea de que crea sociedades más
“justas y equitativas”, donde no hay desigualdades, clases sociales ni pobreza,
es un mero concepto de papel que suena atractivo a oídos de los pobres, pero
en la práctica es técnicamente imposible. Nadie es igual a nadie y lo que es
más grave aún: los individuos tienen necesidades ilimitadas que un planificador
central jamás podría conocer. Según Hayek, “ningún planificador central desde
arriba podría de alguna manera tener suficiente información para asignar los
recursos y provocar el funcionamiento de las fábricas”. Un planificador central
no podría siquiera soñar con atender las necesidades de 13 millones de
ecuatorianos que viven en condiciones distintas y que tienen combinaciones
infinitas de motivaciones y aspiraciones. Hayek continua su artículo afirmando
que “un sistema descentralizado permite que cada individuo utilice su
conocimiento de cientos de diminutos factores de tal forma que haga que su
proyecto funcione y que sus acciones sean coordinadas a través de los precios
del mercado”. De nuevo, solo el individuo puede conocer sus necesidades y
conocer parcialmente las de los individuos más cercanos para en base a eso
lanzarse al mercado a emprender y generar riqueza.

Por supuesto, el planificador central, en su arrogancia, puede verse inclinado a


pensar que el pueblo solo necesita comida, vivienda, salud y educación—es
decir, en tanto se cubran las necesidades básicas, la variedad dentro de cada
categoría sería irrelevante y conceptos como la libertad y el espíritu creativo
serían innecesarios. Pero esto no es así. La planificación destruye todos los
incentivos para la innovación, el trabajo y el esfuerzo. Si un individuo no puede
poseer nada más que aquello que le toca por asignación, ¿para qué va a
esforzarse? ¿Para qué alguien inventaría algo novedoso si la propiedad
intelectual no será para él, sino para el Estado? Estos ejemplos simples ponen
en evidencia cuan determinantes son los incentivos para la acción humana. Los
grandes avances del mundo moderno no se han suscitado porque un gobierno
con planificadores iluminados, ordenaron a tal o cual científico lo que debía
inventar. Los grandes avances se han dado gracias al aporte de millones de
personas quienes vieron necesidades a su alrededor y desearon satisfacerlas
haciendo uso de su ingenio y talento, a sabiendas de que esos descubrimientos
les pertenecerían y obtendrían un beneficio de ellos a la vez que beneficiarían
también a los demás.

Según Mises, “el problema con el socialismo es que provoca un corto-circuito


en el proceso de cálculo económico al eliminar el sistema de precios”. Este es
quizás el argumento fundamental que invalida la planificación central. Los
precios les permiten a los individuos determinar si les conviene o no realizar
alguna acción en el mercado. Al abolir la propiedad privada de los medios de
producción, se crea un efecto en cadena que interrumpe el normal
funcionamiento del mercado y por ende acaba con su existencia. Sin derechos
de propiedad no hay incentivos para comprar y vender; si nadie oferta ni
demanda nada no hay intercambios consumados; sin intercambios no hay
precios y sin precios no hay nada que exprese de forma racional el valor
relativo de los productos para los individuos. ¿Cómo podrían entonces los
empresarios saber que recursos utilizar y de qué forma para satisfacer las
necesidades del público de forma eficiente? O mejor dicho, ¿cómo podría el
Estado decidir qué, cómo y para quién producir si no existen precios que
transmitan esta información? Una vez más, los planificadores centrales caerán
en la actitud soberbia de creer que pueden decidir sobre la vida de los
individuos, asignando el valor que ellos suponen que tienen los bienes en lugar
del valor real dictado por el mercado.

La solución para la pobreza no radica en más leyes y prohibiciones que


entorpezcan el libre albedrio de las personas. Tampoco radica en usurpar la
riqueza de otros y repartirla por “igual” o pretender regalar bonos a los más
necesitados, haciéndoles creer que el socialismo es bueno porque reparte
dinero fácil. Citando una vez más a Hayek, “El valor de la libertad consiste
principalmente en la oportunidad para el crecimiento de aquello que no ha sido
diseñado”. Es gracias a la libertad y el espíritu emprendedor de los individuos
que las sociedades han podido desarrollarse. Naturalmente, el Estado debe
hacer respetar las reglas para que no se cometan abusos, pero pretender que
un ente planificador regule cada aspecto de la economía no solo es ineficiente e
imposible sino que atenta contra la libertad de los individuos. Ceder nuestro
poder de tomar decisiones a los planificadores centrales solo redundará en
mayor pobreza y subdesarrollo.

Bibliografía

1. Easterly, William, “Hayek versus los expertos en desarrollo”. El Cato Institute. 18 de Jun,

2009. http://www.elcato.org/pdf_files/ens-2009-06-18.pdf

2. Ebeling, Richard, “La imposibilidad del Socialismo”. El Diario Exterior.com. 2006.

Fundación Atlas. 18 Oct. 2006 <http://www.ieep.org.ec/index.php?

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3. Krause Martin, Ravier Adrian, Zanotti Gabriel, “Economía”. Primera Edición. Guayaquil,

Ecuador. Instituto Ecuatoriano de Economía Política. Mayo, 2009. Pág 136-140

4. Von Mises, Ludwig, “El Cálculo Económico en el Sistema Socialista”. La Escuela Austriaca

y el Socialismo. Hispanic American Center for Economic Research. 24 Abr. 2004 <

http://www.hacer.org/pdf/rev10_vonmises.pdf>