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Poemas de música y luz
Paco Yáñez
Ourense, 24/09/2009. Teatro Principal de Ourense. José Ángel Valente, voz en off. María Luz
Rivera, piano. Raquel Rivera, violín y escenografía. Pablo Coello, saxofón. Mauricio Sotelo,
electrónica. Mauricio Sotelo: Muros de dolor... I, Muros de dolor... V: José Ángel Valente –
Memoria Sonora; Manuel de Falla: Nana; Anton Webern: Vier stücke für geige und klavier Opus
7. Jornadas ‘José Ángel Valente. Memoria Sonora’. Ocupación 70%
“La palabra poética, cuando se
manifiesta y la recibimos, nos invita a
entrar en un territorio extremo, en el
territorio de la extrema interioridad,
en un lugar del no lugar, del no donde,
en un espacio a la vez vacío y
generador, concavidad, matriz, materia mater, materia
memoria, material memoria, origen”.
Uno de los orensanos más universalmente reconocidos del
siglo XX fue el poeta e intelectual José Ángel Valente (1929-
2000), que como tantos otros creadores mantuvo una nada
fácil relación con su ciudad natal, con esa Auria que marcó el punto cero de una
trayectoria vital que recorrió España de norte a sur, con una sustancial etapa
intermedia en Oxford, antes de su traslado a Ginebra, localidad helvética donde
finalmente se encontraría cara a cara con la muerte, esa presencia recurrente en tantos
de sus poemarios.
Transcurridos ochenta años desde su nacimiento y nueve desde su desaparición (física),
la ciudad de las Burgas alberga las Jornadas ‘José Ángel Valente. Memoria Sonora’,
organizadas por la Deputación Provincial de Ourense y coordinadas por Raquel Rivera,
que intentan, de este modo, dar a conocer en mayor medida al escritor en su localidad
natal, al tiempo que crear un foro de debate entre estudiosos de sus textos, amigos
personales del poeta y artistas cuya obra se haya inspirado en los poemas de Valente.
Entre los ponentes en estas jornadas se encontraba el compositor Mauricio Sotelo
(Madrid, 1961), amigo personal de José Ángel Valente, con el que trabajó en la
grabación de varios de sus recitados, además de creador de obras musicales inspiradas
en la poética valentiniana, como es el caso deMuros de dolor... V: José Ángel Valente –
Memoria Sonora, composición que hoy vivía su estreno mundial.
El estreno de Mauricio Sotelo se enmarca en un concierto celebrado el pasado 24 de
septiembre, parte de las citadas jornadas, y que tuvo lugar en un Teatro Principal con
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una muy notable asistencia de público para la ocasión. La propuesta de este concierto,
así como su concepción escénica y dramatúrgica, parte de la violinista orensana Raquel
Rivera, que ha sido la verdadera alma mater de estas jornadas, así como la promotora
de este estreno, encargo de la ciudad de Ourense para este evento.
Muros de dolor... V: José Ángel Valente – Memoria Sonora (2009) fue la pieza que
abrió el concierto, tras unas palabras en off del propio Valente, que ha estado presente
a lo largo de toda la noche, ya fuera por su aparición sonora o a través de una
escenografía en la que la luz ha representado el espacio del poeta, la
transubstanciación lumínica de su presencia física de nuevo en Galicia. Los extractos
textuales, algunos de los cuales se pueden leer a lo largo de esta reseña, fueron
seleccionados por Raquel Rivera en colaboración con Ernesto Estrella, poeta y profesor
de poesía española en la Universidad de Yale, a partir de un recital de Valente en la
Residencia de Estudiantes madrileña, en el año 1989. Como parte integrante de la
dramaturgia, se han dividido en tres bloques estos textos, cada uno en correlación con
la música escuchada.
Aún en la penumbra que rodeaba a Valente como palabra y luz, hicieron entrada en el
escenario Mauricio Sotelo y Raquel Rivera. El compositor madrileño se ha hecho cargo
de la electrónica, mientras que la violinista es aquí una parte sustancial de la propia
obra, como es habitual en Sotelo, fruto de las enseñanzas de su maestro Luigi Nono, tal
y como podemos leer en la partitura: “con Raquel Rivera a la memoria de Valente”. Ese
trabajar las obras ‘para’ y ‘con’ determinados artistas posibilita una proximidad que en
sus intérpretes redunda en una mayor involucración personal. En el caso de Rivera,
esta involucración viene dada en buena medida por su coordinación del proyecto,
además de por pertenecer a una familia muy cercana al genial escritor orensano, cuya
poesía ha conocido desde niña.
Dividida en cinco partes que se enlazan sin interrupción, la obra de Sotelo establece un
denso diálogo entre violín y electrónica, que en su recorrido a lo largo de la
composición realizan una inversión de sus voces, jugando a una suerte de fuga entre un
coro electrónico y la voz de la solista, cuyas cuerdas han albergado parte del sentido
poético valentiniano. En un primer momento, es Raquel Rivera la que expone un tema
de origen flamenco, una soleá que al final de la obra escucharemos como una presencia
en la lejanía del entramado electrónico, en la voz del cantaor Arcángel, artista que en
los últimos años ha cantado todas las obras de Sotelo con textos del poeta gallego. Si la
presencia del flamenco en Sotelo -también herencia de Nono, a través de una
redefinición de su escucha que incluyó una reconsideración por parte del madrileño del
acervo musical hispano- nunca es gratuita, menos lo es en una obra relacionada con
Valente, poeta que en sus últimos años redescubrió el sur, esa Almería cargada de
materialidad, aridez y luz, y en cuyos espacios acústicos se daba cita una música, el
flamenco, que el poeta orensano también amaba profundamente. Con todo, he de decir
que la primera exposición del tema flamenco sonó con unas reminiscencias populares,
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con un carácter folclórico, que me ha hecho recordar a esos ‘cantares de cego’ que se
podían escuchar por los pueblos y ciudades de Galicia hace décadas, en buena medida
a través de la voz y los arcos de los violinistas invidentes, cuyas composiciones
seguramente conoció Valente en su infancia, con sus letras atravesadas de poética. Es
otra forma de viaje musical que recorre, del mismo modo, en diagonal España; tal y
como lo hizo Valente a lo largo de su vida.
Muros de dolor... V avanza a través de una multiplicidad de voces que se superponen
en diversos tiempos, a través de diversos materiales, concitando diversas memorias y
señalando diversas direcciones en sentidos muy diversos, en la línea de una obra tan
querida por Rivera y Sotelo como La lontananza nostálgica utópica futura (1988-89).
Todo ello conforma un topos sonoro envolvente de enorme belleza poética, al tiempo
oculto y acogedor, velado y provocador, misterioso y místico, hermético y elocuente,
delicado y firme. El recorrido del violín ha ido ganando una consistencia que nos habla
del nacimiento de la palabra como epifanía de la fragilidad en un entorno de actitudes
hostiles. La fragilidad se ha hecho música en las agudas tesituras de las que Sotelo ha
hecho emerger al violín desde el paisaje inicial de la electrónica, en sus saltos
de tasto a ponticello, en las continuas regulaciones dinámicas, en sus pasajes
tremolados, en la levedad del flautato... Una segunda sección, que se iniciaba con arco
barroco en unos compases muy ligados, ha incidido en el lirismo del poeta, en su
sensualidad ondulante a través de los colores sonoros, en la ambigüedad ‘equívoca’ y
sugerente de los microintervalos, todo ello en un estudio de las texturas del pianissimo,
donde la poesía recorre el silencio y se encuentra con la humildad.
La amplia tercera parte de la obra, señalada por Sotelo como “oscuro, misterioso” en la
partitura, vuelve a incidir en su comienzo en una regulación dinámica constante
delpianissimo, verdadero registro musical de una respiración que hace presente el
aliento del poeta en cada compás, a través de un denso batir del arco lanzado sobre la
cuerda. El recorrido posterior desde este tremolado gettato avanza a través de trinos
microinterválicos de incisiva rítmica, hasta alcanzar algunos de los compases más
complejos de la obra para el violín, con multifónicos, cuartos de tono, microintervalos,
y una organización en tresillos que enfatiza el carácter sinuoso y el movimiento interno
de la voz poética, que poco a poco se va afirmando a través de amplias escalas que
intercalan el violín con pasajes de electrónica, al tiempo que en otros compases las
cuerdas se recorren en glissandi conponticello y glissandi tremolados, que unidos a
nuevos pasajes de flautato generan cierta sensación de transitar los territorios
desnudos del no-saber, la búsqueda compleja y sin descanso del verbo generador.
Compases de arco leggerissimo, nuevos motivos en escalas de amplio recorrido,
tremolado y vibrantes apariciones de pizzicato en forte, se alternan con pasajes líricos,
de nuevo en piano. El final de esta sección es progresivamente acelerado,
con saltato virtuoso y un tremolado velocissimo alla punta, en unos compases muy
rítmicos que comprenden nuevamente trino microinterválico y amplios contrastes
dinámicos hasta un fortissimo que, poco a poco, nos lleva a la electrónica pura en su
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final.
La cuarta sección presenta una gran agresividad en el violín, que parte de
un martellato en un fortissimo de nuevo muy incisivo que llega a las ffff, para abordar
en los compases finales una exploración del arco de gran amplitud tonal a través del
trémolo gettato. La quinta y última sección va acallando la presencia del violín, que
ahora escucha a la electrónica desde los albores mantenidos del pianissimo, a través de
un ligado descenso sin vibrato en más de treinta compases hasta ese Sol grave final que
devuelve la voz del poeta a la materia, al espacio de la luz, al rumor de la electrónica,
donde previamente habíamos escuchado a Arcángel en la inversión de voces al
principio señalada. Se trata de un violín reflexivo, que desde su recogimiento posibilita
que el espacio se llene de ecos, de puentes tendidos a otras culturas, de revelación del
conocimiento alquitarado, mientras la escena se vacía en sombras y ambos mueren en
una lontananza (¿nostálgica?, ¿utópica?) que ha convertido el tiempo en un espacio de
ecos... Bella y profunda composición, como pueden deducir, este muro de dolor donde
se ha explicitado todo el amor que por Valente, persona y poeta, tienen tanto Mauricio
Sotelo, como la propia Raquel Rivera.
Maur i ci o Sotel o y Raquel Ri v er a ensay ando
© 2009 by Paco Yáñez
“La palabra poética llama hacia el interior de sí misma”... “El poema es una
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estancia”...
Después del primer bloque del concierto, ‘Estancia’, contemplamos un montaje
audiovisual con imágenes de Ourense a comienzos del siglo XX, un tiempo del que
Valente nos dice enoff que era un periodo de “tanto ir y venir, tantos muertos, tanta
sorda infancia irremediable”... Para ambientar musicalmente aquella España en esta
segunda parte, denominada ‘Tiempo de guerra’, el Dúo Rivera ha rescatado a otra
víctima de la contienda, a un Manuel de Falla del que escuchamos su Nana, en una
bellísima y evocadora interpretación, llena de intimismo y poética, que por unos
instantes ha mitigado el eco sordo y atroz de la barbarie; una afrenta nunca olvidada
en la lúcida crítica de Valente, por más que la historia siga cursos impredecibles, que
llevan a los epígonos de los verdugos a cubrir con flores las tumbas de los poetas.
“Escribo desde un naufragio”... “Sobre una revelación no hecha”... “Para que nadie
pueda construir tales muros”... “Escribo desde la sangre, desde su testimonio... desde
el genocidio... pero escribo también desde la vida”...
La siguiente pieza musical fue Muros de dolor... I (2005), también de Mauricio Sotelo,
a cargo del saxofonista gallego Pablo Coello, uno de los músicos más involucrados en la
defensa de la creación contemporánea en nuestra comunidad autónoma. Aunque
quizás la interpretación de este ‘martinete para saxofón’ pudo ser más ligada y
compacta, evitando unos silencios que han desarticulado un tanto el discurso, la
exposición de Coello ha sugerido los aromas meridionales de la composición, algo tan
poco frecuente en el saxofón, pero tan consustancial a la poética de Sotelo.
Paralelamente, una suerte de nostalgia, de melancolía profunda, se ha desarrollado
junto al ‘duende’ de esta música, que de nuevo transita los territorios del silencio, ese
espacio tan elocuente para el madrileño, con sus ecos y vibraciones internas.
Por último, y de nuevo escuchando la voz del poeta, llegamos a un compositor tan afín
y querido por Valente como Anton Webern, a través de sus Vier stücke für geige und
klavier(1910), que sonaron en el violín y el piano del Dúo Rivera. Para la audición de
este opus 7, se llevó a cabo una dinámica de pieza para violín y piano seguida de un
recitado de Valente; dinámica que aquí respetaremos en nuestra reseña.
La primera pieza, ‘Sehr langsam’, fue expuesta por Raquel y María Luz Rivera aún
rebosante de ecos del romanticismo, especialmente en las notas del piano, cuyo
concepto weberniano parece conectar más con una pátina tardorromántica de carácter
temático. Por el contrario, el violín expone el carácter motívico de estas piezas de forma
más moderna y concisa; un riesgo que puede hacer su lectura algo más insegura en
algún compás, pero que estilísticamente para este opus 7 considero que es ya lo más
acertado... “Reconozco a tientas mi moral”.
La segunda pieza, ‘Rasch’, sonó precisa e incisiva, tal como demanda la partitura en
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sus 24 compases. De nuevo el piano volvió a portar aromas de un discurso más
moldeado y ligado, seguramente por su articulación y amplio aliento en el uso del
pedal... “Descendí contigo a la semilla del respirar”.
El segundo ‘Sehr langsam’ fue expuesto con una gran belleza, muy contenido en sus
dinámicas en piano, ambiguo en los ataques de ponticello, así como aforístico; esa
forma por la que Anton Webern pasaría a ser reconocido en sus siguientes obras, y que
llevaría a Arnold Schönberg a afirmar aquello de que su discípulo vienés era capaz de
condensar “toda una novela en un simple suspiro”; algo tan afín al ascético concepto
poético de Valente... “Tu propia creación es la palabra... ella ha de decirte”.
El ‘Bewegt’ final se desarrolló con una vehemencia muy controlada, impregnado de
poesía, casi más como una sugerencia que como una afirmación tempestuosa, a
medida que se iba perdiendo en la distancia, como el ocaso de una palabra en
levedad... “Hay una luz remota, y sé que no estoy solo”.
Maur i ci o Sotel o, Raquel Ri v er a y Antoni o Gamoneda conv er sando
© 2009 by Paco Yáñez
Las jornadas sobre José Ángel Valente concluyeron con la presencia de aquel al que el
orensano consideraba el más interesante poeta vivo español de su tiempo: Antonio
Gamoneda. El poeta asturleonés nos regaló un emocionantísimo recital poético en el
que prestó su voz a su querido amigo y compañero de búsquedas literarias. Si la poesía
de ambos es pura música, más alcanza ésta tal condición en un recitado como el que
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hemos tenido el privilegio de presenciar, de vivenciar en la voz de Antonio Gamoneda,
que recorrió poemas de Valente para, en un último homenaje y a petición de Claudio
Rodríguez Fer, recalar en su poesía como puerta de acceso a la memoria, al recuerdo
robado al óxido progresivamente oscuro del olvido... ese que Gamoneda intenta
conjurar a través de la palabra, y nosotros estos días a través de la música, la poesía y la
luz...
...“Escribo sobre cuanto estamos a punto de no ser”
Este artículo fue publicado el 22/10/2009