You are on page 1of 4

LA RISA DE DIOS

Milan Kundera
Discurso pronunciado al recibir el Premio Jerusalén, 1985
El hecho de que el premio más importante que otorga Israel esté destinado a la literatura
internacional no es, me parece a mí, una consecuencia del azar, sino de una larga tradición. En efecto, son
las grandes personalidades judías las que, alejadas de su tierra de origen, educadas por encima de las
pasiones nacionalistas, han mostrado siempre una sensibilidad excepcional hacia una Europa supranacional
concebida no como territorio, sino como cultura. Si los judíos, incluso después de haber sido trágicamente
decepcionados por Europa, han permanecido, sin embargo, fieles a ese cosmopolitismo europeo, Israel, su
pequeña patria al fin reencontrada, surge ante mis ojos como el verdadero corazón de Europa, un extraño
corazón situado más allá del cuerpo.
Con una gran emoción recibo hoy el premio que lleva el nombre de Jerusalén y la marca de ese gran
espíritu cosmopolita judío. Lo recibo como novelista. Subrayo, novelista; no digo escritor. Novelista es aquel
que, según Flaubert, desea desaparecer detrás de su obra. Desaparecer detrás de su obra: esto quiere decir
renunciar al papel de personalidad pública. Ello no es fácil en la actualidad, en la que todo lo importante, por
poco que sea, debe pasar por la escena insoportablemente iluminada de los medios de comunicación
masiva; los cuales, contrariamente a la intención de Flaubert, hacen desaparecer la obra detrás de la imagen
de su autor. En esta situación, a la que nadie puede escapar por entero, la observación de Flaubert se me
presenta casi como una puesta en guardia: prestándose al papel de personalidad pública, el novelista pone
en peligro su obra, que corre el riesgo de ser considerada como un simple apéndice de sus gestos, de sus
declaraciones, de sus tomas de posición. Pues bien, el novelista no sólo no es el portavoz de nadie, sino que
yo llegaría a decir que ni siquiera es el portavoz de sus propias ideas. Cuando Tolstoi escribió el primer
esbozo de Ana Karenina, Ana era una mujer antipática y estaba justificado y se merecía su fin trágico.
LA SABIDURÍA DE LA NOVELA
La versión definitiva de la novela es muy diferente. Pero no creo que Tolstoi, de una versión a otra,
cambiara de ideas morales; yo diría más bien que, mientras la escribía, escuchaba una voz distinta de la de
su propia convicción moral. Escuchaba lo que a mí me gustaría llamar la sabiduría de la novela. Todos los
verdaderos novelistas están a la escucha de esa sabiduría suprapersonal, lo que explica que las grandes
novelas sean siempre un poco más inteligentes que sus autores. Los novelistas que son más inteligentes que
sus obras deberían cambiar de oficio.
Pero ¿qué es esta sabiduría, qué es la novela? Hay un proverbio judío admirable: "El hombre
piensa, Dios ríe". Inspirado por esta sentencia, me gusta imaginar que François Rabelais oyó un día la risa de
Dios y que fue así como nació la idea de la primera gran novela europea. Me complazco en pensar que el
arte de la novela vino al mundo como el eco de la risa de Dios.
Pero ¿por qué se ríe Dios contemplando al hombre que piensa? Porque el hombre piensa y la
verdad se le escapa. Porque cuanto más piensan los hombres, más se aleja el pensamiento del uno del
pensamiento del otro. En fin, porque el hombre nunca es lo que imagina ser. Es en el alba de los tiempos
modernos cuando se revela esta situación fundamental del hombre salido de la Edad Media: Don Quijote
piensa, Sancho piensa, y no sólo se les escapa la verdad del mundo, sino también la verdad de su propio yo.
Los primeros novelistas europeos vieron y entendieron esta nueva situación del hombre, y sobre ella
fundaron el arte nuevo, el arte de la novela.
François Rabelais inventó muchos neologismos que luego entraron a formar parte de la lengua francesa y de
otras lenguas, pero una de esas palabras ha permanecido olvidada, y ello es de lamentar. Es la palabra
agélaste; está tomada del griego y quiere decir el que no ríe, el que no tiene sentido del humor. Rabelais
detestaba a los agélastes. Tenía miedo de ellos. Se quejaba de que fuesen tan atroces con respecto a él que
a causa de los mismos había estado a punto de dejar de escribir, y para siempre.
No existe paz posible entre el novelista y el agélaste. No habiendo escuchado nunca la risa de Dios,
los agélastes están persuadidos de que la verdad es clara, de que todos los hombres deben pensar lo mismo
y que ellos son exactamente lo que imaginan ser. Pero es precisamente al perder la certidumbre de la
verdad y, el consentimiento unánime de los otros cuando el hombre deviene individuo. La novela es un
paraíso imaginario de los individuos. Es el territorio donde nadie está en posesión de la verdad, ni Ana ni
Karenina. Ha sido en el arte de la novela donde, durante cuatro siglos, se confirmaba, se creaba, se
desarrollaba el individualismo europeo.
En el tercer libro de Gargantúa y Pantagruel, Panurgo, el primer gran personaje novelesco que ha
conocido Europa, está atormentado por la pregunta: ¿debe casarse o no? Consulta a médicos, a videntes, a
profesores, a poetas, a filósofos, quienes a su vez le citan a Hipócrates, Aristóteles, Homero, Heráclito,
Platón. Pero después de todas esas enormes investigaciones eruditas, que ocupan todo el libro, Panurgo
sigue ignorando si debe o no debe casarse. Nosotros, los lectores, tampoco lo sabemos, pero en cambio
hemos explorado desde todos los puntos de vista posibles la situación, tan cómica como elemental, de aquel
que no sabe si debe casarse o no.
La erudición de Rabelais, tan grande como era, tiene, pues, un sentido distinto que la de Descartes.
La sabiduría de la novela es diferente de la de la filosofía. La novela no nace del espíritu teórico, sino del
espíritu del humor. Uno de los fracasos de Europa es el de no haber comprendido nunca el arte más
europeo: la novela; ni su espíritu, ni sus inmensos conocimientos y descubrimientos, ni la autonomía de su
historia. El arte inspirado por la risa de Dios es, por esencia, no tributario, sino contradictor de las certezas
ideológicas. A imitación de Penélope, deshace durante la noche la tapicería que los teólogos, los filósofos,
los sabios han tejido la víspera.
EL SIGLO XVIII
En los últimos tiempos se ha tomado la costumbre de hablar mal del siglo XVIII, habiéndose llegado
hasta el siguiente tópico: la desdicha del totalitarismo ruso es obra de Europa, de su filosofía, especialmente
del racionalismo ateo del Siglo de las Luces, de su creencia en la omnipotencia de la razón. No me siento
capacitado para polemizar con los que hacen a Voltaire responsable del Gulag. En cambio, sí me siento
capacitado para decir: el siglo XVIII no es sólo el de Rousseau, de Voltaire, de Holbach, sino también (¡sino
sobre todo!) el de Fielding, de Sterne, de Goethe, de Laclos.
De todas las novelas de esa época, Tristram Shandy, de Laurence Sterne, es mi preferida. Una
novela curiosa. Sterne la comienza con la evocación de la noche en que fue concebido Tristram; pero apenas
empieza a hablar de ello cuando en seguida le seduce otra idea, y esta idea, mediante una libre asociación,
le recuerda otra reflexión distinta, luego otra anécdota diferente, de suerte que una digresión sigue a la otra
y Tristram, el héroe del libro, se ve olvidado durante un buen centenar de páginas. Esta forma extravagante
de narrar la novela podría aparecer como un simple juego formal. Pero en el arte la forma es siempre algo
más que una forma. Cada novela, de grado o por fuerza, propone una respuesta a la pregunta ¿qué es la
existencia humana y dónde reside su poesía? Los contemporáneos de Sterne -Fielding, por ejemplo-
supieron sobre todo saborear el extraordinario encanto de la acción y la aventura. La respuesta que se
sobreentiende en la novela de Sterne es diferente: la poesía, según él, no reside en la acción, sino en
la interrupción de la acción.
Es posible que indirectamente se haya entablado aquí un gran diálogo entre la novela y la filosofía.
El racionalismo del siglo XVIII se apoya en la famosa frase de Leibniz nihil est sine ratione. Nada de lo que es
lo es sin razón. La ciencia, estimulada por esta convicción, examina con encarnizamiento el porqué de todas
las cosas, de manera que todo lo que es parece explicable y, por consiguiente, calculable. El hombre que
quiere que su vida tenga un sentido renuncia a cada gesto que no tuviera su causa y su finalidad. Todas las
biografías están escritas así. La vida aparece como una trayectoria luminosa de causas, efectos, fracasos y
éxitos, y el hombre, fijando su mirada impaciente en el encadenamiento causal de sus actos, acelera todavía
más su loca carrera hacia la muerte.
Frente a esta reducción del mundo a la sucesión causal, de acontecimientos, la novela de Sterne,
únicamente con su forma, afirma: la poesía no está en la acción, sino allí donde la acción se detiene; allí
donde el puente entre una causa y un efecto se ha roto y donde el pensamiento vagabundea en una dulce
libertad ociosa. La poesía de la existencia, dice la novela de Sterne, está en la digresión. Está en lo
incalculable. Está al otro lado de la causalidad. Es una poesía sine ratione, sin razón. Está al otro lado de la
frase de Leibniz.
No se puede, pues, juzgar el espíritu de un siglo exclusivamente por sus ideas, sus conceptos
teóricos, sin tomar en consideración el arte y, en particular, la novela. El siglo XIX inventó la locomotora, y
Hegel estaba seguro de haber aprehendido el espíritu mismo de la historia universal. Flaubert descubrió la
necedad. Me atrevo a decir que éste es el descubrimiento más grande de un siglo tan orgulloso de su razón
científica.
Por supuesto, incluso antes de Flaubert no se dudaba de la existencia de la necedad, pero se la
entendía de manera un poco diferente: estaba considerada como una simple carencia de conocimientos, un
defecto corregible mediante la educación. Pues bien, en las novelas de Flaubert, la necedad es una
dimensión inseparable de la existencia humana. Acompaña a la pobre Emma a través de su vida hasta su
lecho de amor y hasta su lecho de muerte, por encima del cual dos agélastes famosos, Homais y Bournisien,
van a seguir intercambiando largamente sus inepcias como una especie de oración fúnebre. Pero lo más
chocante, lo más escandaloso en la visión flaubertiana de la necedad es esto: la necedad no se disipa ante la
ciencia, la técnica, el progreso, la modernidad; por el contrario, con el progreso, ¡ella también progresa!
Con una pasión perversa, Flaubert coleccionaba las fórmulas estereotipadas que alrededor de él
pronunciaban las gentes para parecer inteligentes y demostrar que estaban al día. Con ellas compuso un
célebre Diccionario de las ideas recibidas. Sirvámonos de este título para decir: la necedad moderna no
significa ignorancia, sino falta de reflexión sobre las ideas recibidas. El descubrimiento de Flaubert es más
importante para el porvenir del mundo que las más inquietantes ideas de Marx o de Freud. Porque es
posible imaginar el futuro sin la lucha de clases o sin el psicoanálisis, pero no sin la irresistible ascensión de
las ideas recibidas, que, inscritas en los ordenadores, propagadas por los mass media, amenazan con llegar
pronto a ser una fuerza que aplaste todo el pensamiento original e individual y ahogue así la esencia misma
de la cultura europea de los tiempos modernos.
Enemigo de lo 'kitsch'

Unos ochenta años después de que Flaubert imaginara su Emma Bovary, en los años treinta de
nuestro siglo, un gran novelista, el vienés Hermann Broch, escribiría: "La novela moderna intenta
heroicamente oponerse a la ola kitsch, pero acabará por verse abatida por lo kitsch". La palabra
kitsch, nacida en Alemania a mediados del siglo pasado, designa la actitud del que quiere agradar a cualquier
precio y al mayor número posible de personas. Para agradar es necesario confirmar lo que todo el mundo
quiere oír, estar al servicio de las ideas recibidas. Lo kitsch es la traducción de la necedad de las ideas
recibidas al lenguaje de la belleza y de la emoción. Nos arranca lágrimas de enternecimiento por nosotros
mismos, por las trivialidades que pensamos y sentimos. Hoy, después de cincuenta años, la frase de Broch
deviene todavía más cierta. Vista la imperativa necesidad de agradar y de obtener así la atención del mayor
número posible de personas, la estética de los medios de comunicación es inevitablemente la de lo kitsch; y
a medida que los medios cercan e infiltran nuestra vida, lo kitsch se va convirtiendo en nuestra estética y
nuestra moral cotidianas. Las personalidades políticas son juzgadas por los votos de la popularidad; los
libros, por las listas de los best sellers. Hasta una época reciente, el modernismo significaba una rebelión no
conformista contra las ideas recibidas y lo kitsch. Hoy, la modernidad se confunde con la inmensa vitalidad
mediática, y ser moderno significa un esfuerzo desenfrenado por estar al día, por estar conforme, por estar
todavía más conforme que los demás. La modernidad se ha vestido con la ropa de lo kitsch.
Los agélastes, la no-reflexión de las ideas recibidas, lo kitsch, son el único y el mismo enemigo
tricéfalo del arte nacido como el eco de la risa de Dios, y que ha sabido crear ese fascinante espacio
imaginario en el que nadie está en posesión de la verdad y en el que cada uno tiene el derecho de ser
comprendido. Este espacio imaginario de la tolerancia nació con la Europa moderna, es la imagen de
Europa, o al menos nuestro sueño de Europa, sueño traicionado muchas veces, pero, no obstante, lo
suficientemente fuerte como para unirnos a todos en la fraternidad que rebasa con mucho el pequeño
continente europeo. Pero sabemos que el mundo de la tolerancia (la tolerancia, imaginaria, de la novela y la
tolerancia, real, de Europa) es frágil y perecedero. Se ven en el horizonte los ejércitos de agélastes que nos
acechan. Y precisamente en estos tiempos de guerra no declarada y perpetua, y en esta ciudad de destino
tan dramático y cruel, yo me he decidido a no hablar más que de la novela. Posiblemente hayan
comprendido ustedes que no se trata de una forma de evasión por mi parte ante las cuestiones llamadas
graves. Porque si la cultura europea me parece hoy amenazada, si lo está desde el exterior y desde el
interior en lo que tiene de más valor -su respeto por el individuo, por su pensamiento original y su vida
privada-, me parece que esta valiosa esencia del individualismo europeo está depositada, como en una caja
de plata, en la sabiduría de la novela. Es a esa sabiduría a la que quería rendir homenaje en este discurso de
agradecimiento. Pero ha llegado el momento de detenerme. Estaba olvidando que Dios se ríe cuando me ve
pensar.