EDITORIAL

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DOMINGO 6 DE ABRIL DE 2008

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El Siglo de Torreón

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Actitud
LUIS RUBIO
Cuando la gente se percata de que las cosas van para mal, hay dos preguntas que se puede hacer. Una es ¿qué hicimos mal? y la otra: ¿quién nos hizo esto? Esta última lleva a teorías de la conspiración y a la paranoia; la primera conlleva hacia otra línea de pensamiento: ¿Cómo lo corregimos?” Así plantea Bernard Lewis el problema de las naciones islámicas en la actualidad, en una forma que es absolutamente aplicable a nuestras circunstancias. Casi como respondiendo al planteamiento de Lewis, David Landes, el famoso historiador dedicado al estudio de la riqueza y pobreza de las naciones, agrega que “En la segunda mitad del siglo veinte, América Latina optó por las teorías de la conspiración y la paranoia, en contraste con Japón que, en la segunda mitad del siglo XIX se preguntó ¿cómo resolvemos nuestro problema?”* Si bien en México hay muchos problemas estructurales, ninguno se puede eliminar mientras no exista una actitud decisiva hacia su resolución. Nuestro problema de actitud es bien conocido. Baste ver las interminables manifestaciones que periódicamente paralizan la Ciudad de México para reconocer que hay muy poca disposición a enfrentar nuestros problemas. De hecho, todo parece conspirar en contra: los organizadores de manifestaciones saben bien que es más fácil construir y avanzar posiciones apelando a la víctima que todos llevamos dentro que procurando soluciones concretas, capaces de resolver problemas específicos. La campaña de AMLO en 2006 fue el epítome de esta actitud: los agravios son tan grandes que nadie debe asumir la responsabilidad de resolverlos. La sensación de agravio es más amplia de lo que uno pudiera imaginar: no son sólo los campesinos de aquí o los pueblos de allá, poblaciones que al menos tendrían la justificación de que su pobreza es evidente, sino que igual incluye a empresarios y políticos, maestros y deudores. Al referirse a la complejidad de sus inversiones, por ejemplo, hasta los empresarios más exitosos se asumen como víctimas. Se trata de un deporte nacional. Ciertamente, el abuso que han padecido grandes porciones de la población a lo largo de los siglos explica el atractivo de la victimización y la proclividad a explotarla por parte de estrategas que organizan movilizaciones que, valga recordarlo, jamás están orientadas a resolver el problema de los perjudicados, sino a avanzar los intereses de los organizadores. Lo interesante es que esa actitud de víctima no ha sido característica permanente y universal en la historia del país. Por ejemplo, entre los cuarenta y sesenta, en la era del “desarrollo estabilizador”, la actitud de empresarios, sindicatos y Gobierno era la de que, como va el dicho “sí se puede”. Se construían carreteras y se iniciaban empresas, se producía y se creaba riqueza; el sistema bancario crecía y se fortalecía. Hay muchas y buenas razones para criticar aquella era, sobre todo por su fragilidad estructural; sin embargo, lo que nadie puede disputar es que había una actitud proactiva, positiva y constructiva que luego desapareció. Algo similar ocurriría en los tempranos noventa, periodo en el que se logró un significativo cambio de percepciones. Cualesquiera que hayan sido sus errores y deficiencias, no cabe la menor duda de que Carlos Salinas logró que el país se enfocara, aunque

fuera por unos pocos años, hacia el futuro y hacia el resto del mundo, abandonando temporalmente nuestra ancestral propensión de mirar hacia adentro y hacia el pasado. Como en los sesenta, ese cambio de actitud se perdió en la crisis del 94 y 95, crisis que además dio vida a toda la movilización política que culminó en la contienda electoral de 2006 y que consagró no sólo la actitud negativa hacia el progreso, sino sobre todo la sensación de agravio y víctima. Entender por qué de la negatividad hacia el progreso en general y de la desaparición de los vientos actitudinales positivos y proactivos es vital para nuestro futuro. Estoy cierto de que cada quién tiene una hipótesis distinta sobre las causas de estos fenómenos y seguramente muchas de ellas serán válidas en su contexto específico. Por ejemplo, nadie puede dudar que padecimos un coloniaje explotador y depredador y que el siglo XIX estuvo saturado de abusos por parte de las diversas potencias de la época. Tampoco se pueden negar los problemas estructurales que caracterizan a casi cada rincón de la vida nacional en materia económica, política social. Sin embargo, como argumentaba Michael Novak respecto a la pobreza y la riqueza, de nada nos sirve entender las causas de la pobreza: de lo que se trata es de entender las causas de la riqueza porque eso es lo que nos podría sacar del hoyo (El Espíritu del Capitalismo Democrático). O, como diría Bernard Lewis, es la diferencia entre una actitud conspirativa y una constructiva. Independientemente de las causas ancestrales de esa negatividad, todos sabemos que la inauguración de las crisis económicas en los setenta dividió al país. Por un lado se fueron muchos de nuestros políticos que, a partir de los setenta, se sintieron capaces de hacer cualquier cosa y provocaron una incertidumbre permanente: su retórica y sus regulaciones, sus amenazas y su arbitrariedad crearon un ambiente de temor y lograron actitudes timoratas por parte de empresarios y clases medias: nadie quiere asumir riesgos a sabiendas de que siempre hay gato encerrado o un elevado potencial de abuso por parte de la burocracia, los poderosos y los cuates. Por otro lado se fueron los economistas y sus contrastantes propuestas de solución a nuestros problemas. Unos abogaban por reformas profundas con reglas escritas en blanco y negro, otros por un Gobierno con amplios poderes para decidir el devenir del desarrollo. De esta manera, como Odiseo tratando de navegar entre Caribdis y Escila, el mexicano trata de sobrevivir entre la arbitrariedad interconstruida en nuestras leyes y las facultades que políticos y burócratas se arrogan independientemente de las leyes, y las reformas que sin duda han permitido una estructura económica más sólida sobre la que, con la actitud correcta, se podría construir una pujante economía, pero con frecuencia no han probado solucionar lo fundamental. El problema sigue siendo cómo cambiar la actitud que domina nuestro catastrofismo, alimenta el sentido de agravio y crea un terreno fértil para que los vivales abusen, pero no para que el país prospere. * (Bernard Lewis en Foreign Affairs, Enero-Febrero 1997; David Landes en Harrison, Lawrence, Culture Matters, 2001). www.cidac.org

El FAP actúa contra la reforma que impulsó
JESÚS CANTÚ

R

esulta totalmente incongruente e ilógico que sean los integrantes del Frente Amplio Progresista los que empiecen a abrir boquetes a la legislación que ellos mismos impulsaron. La reforma electoral, tanto en el nivel constitucional como en el legal (que hasta hoy únicamente se ha concretado en el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales) fue promovida, entre otros, por el PRD, el PT y Convergencia, precisamente los tres partidos que conforman el FAP. Las dos principales motivaciones, de dicha reforma, fue el cambio en la integración del Consejo General del IFE y el establecimiento de nuevas reglas para la difusión de la propaganda electoral en radio y televisión, es decir, eran una frontal respuesta a los dos asuntos que ellos identifican como las principales causas de la derrota de Andrés Manuel López Obrador: una autoridad parcial, o al menos negligente, en su actuación que permitió los excesos del Ejecutivo Federal, el PAN y particulares (especialmente el Consejo Coordinador Empresarial y algunas otras organizaciones de membrete) en la difusión de mensajes en contra de AMLO y a favor de Calderón y el blanquiazul. Para cerrar las puertas, establecieron nuevas reglas para la difusión de la propaganda política y electoral en radio y televisión. La respuesta de los concesionarios fue inmediata y el más beligerante sigue siendo TV Azteca que, desde septiembre del año pasado, mantiene su oposición por distintas vías: en audiencias públicas (y supongo que privadas también) con los legisladores; en los contenidos de sus noticieros y demás programas; por las vías judiciales (al interponer un amparo en contra de la reforma); y en su rechazo a las pautas del IFE y la aceptación de los contratos con terceros. Primero fue su negativa a transmitir los programas y mensajes de los partidos políticos y, lamentablemente, la autoridad electoral todavía no inicia formalmente un procedimiento sancionatorio ordinario, como es su responsabilidad conforme al Artículo 361 del Cofipe. Pero la semana pasada la televisora del Ajusco transmitió 17 spots del FAP invitando a asistir a la manifestación del pasado martes 25 de marzo en el Zócalo de la Ciudad de México. Fueron legisladores del mismo PRD los primeros que solicitaron a la autoridad electoral investigar quién había ordenado la transmisión de dichos mensajes; después se supo que había sido el mismo FAP y, ahora, Porfirio Muñoz Ledo, coordinador general del FAP, defiende su difusión porque “la prohibición a los partidos políticos para difundir mensajes pagados con objetivos electorales no obliga al FAP, ni por su naturaleza jurídica ni por el tiempo en que vivimos”. Así los mismos impulsores de la nueva legislación, son los que empiezan a horadarla y paradójicamente se alían con su principal opositor.

Se equivocan la televisora y el FAP cuando pretenden diferenciar las obligaciones del Frente y de los partidos políticos y, por lo mismo, evadir la prohibición expresa para que “en forma directa o por terceras personas” contraten tiempo en cualquier modalidad en radio o televisión. El Artículo 93 del Cofipe señala textual en su párrafo 1: “Los partidos políticos nacionales podrán constituir frentes, para alcanzar objetivos políticos y sociales compartidos de índole no electoral, mediante acciones y estrategias específicas y comunes”. Por lo cual no deja lugar a dudas que, de acuerdo con la figura contemplada en el Cofipe, son los partidos políticos los que pueden conformar un Frente y, más allá de que sus objetivos no sean electorales, tienen que sujetarse a las disposiciones que rigen para los partidos políticos. Esto todavía es más evidente cuando el Artículo 94, señala que el convenio que deben celebrar –los partidos políticos— para constituir un frente, tiene que contemplar: “La forma que convengan los partidos políticos para ejercer en común sus prerrogativas, dentro de los señalamientos de este Código”. Y precisamente el Artículo 48, señala: “Son prerrogativas de los partidos políticos nacionales: a) Tener acceso a la radio y televisión en los términos de la Constitución y este Código”. Y el Artículo 41 de la Constitución señala: “Los partidos políticos, en ningún momento podrán contratar o adquirir, por sí o por terceras personas, tiempos en cualquier modalidad de radio y televisión”. Así literalmente: los frentes únicamente pueden hacer uso de la radio y la televisión a través de los tiempos estatales de conformidad con las pautas que asigne el IFE. Sí podían haber difundido su mensaje, pero tenía que haberlo hecho a través de las pautas del IFE y en los tiempos estatales; y no podían contratar directamente con TV Azteca. Salvador Rocha Díaz, abogado de TV Azteca, según una información publicada en el diario regiomontano, El Norte, ya aclaró la postura de la televisora: “Si nos notifican, contestaremos; si nos sancionan, apelaremos, y si perdemos, tendremos ‘humildad del justiciable’ y acataremos, pero será hasta entonces y no antes cuando acatemos”. Así ellos llevarán hasta sus últimas consecuencias su oposición a las reformas constitucionales y legales y están en su derecho; pero los partidos y la autoridad electoral no tienen opción: los primeros, cumplir la Ley; y, la segunda, aplicarla y, por lo mismo, sancionar su violación. Es preocupante que los impulsores de la reforma se alíen con los opositores de la misma para transgredir las nuevas disposiciones y que la autoridad muestre nuevamente su negligencia para actuar.

La reforma que (casi) no fue
JORGE ZEPEDA PATTERSON

RELATOS DE ANDAR Y VER
ERNESTO RAMOS COBO

E

l Gobierno de Felipe Calderón está haciendo un último y desesperado esfuerzo para sacar adelante alguna reforma energética. Y digo alguna porque luego de tantos coscorrones el presidente se daría por bien servido con cualquier modificación del régimen sobre el que opera Pemex; cualquier pretexto que le permitiera mostrar que no habría salido derrotado de esta que ha sido la principal batalla política del sexenio. Lo paradójico es que por razones difíciles de entender, el propio Calderón sembró de minas el terreno que habría de recorrer. Para un hombre con el oficio político que se le atribuye, resultan inexplicables los disparos al pie en los que ha incurrido: Sobrepolitización. El presidente decidió convertir a su secretario de Gobernación en cabeza de la negociación de la reforma lo cual sobrepolitizó el debate de manera innecesaria. Lo que tendría que haber sido una discusión de argumentos técnicos y económicos terminó convertido en una medición de fuerzas entre actores políticos. ¿Pero qué creía el presidente? ¿Que sus rivales iban a conceder a su delfín un triunfo político que le permitiera arrancar con fanfarrias su precandidatura presidencial? Lo primero que hizo Manlio Fabio Beltrones, mandamás del Senado y aspirante a la misma silla presidencial, fue acribillar al proyecto y a su personero para que la reforma quedara cancelada o, al menos, para que triunfara por vía distinta a la de Bucareli. Pérdida de la Opinión Pública. Colocar a Camilo Mouriño al frente significó la pérdida de la batalla por la opinión pública. Calderón sabía de la desconfianza que muchos mexicanos abrigan, por razones reales y ficticias, hacia la penetración del capital privado tanto nacional como extranjero en el patrimonio de la nación. Y no obstante, para convencernos de lo contrario responsabilizó a un personaje cuyos principales atributos frente al imaginario popular es que es “español” y su familia se ha

enriquecido como concesionaria de Pemex. El presidente está convencido de lo contrario, pero ¿cómo ignorar la natural desconfianza de la opinión pública? Es tan obvia la contradicción que llevaría a pensar en un acto de provocación o de soberbia ciega. ¿No sabía que le estaba tendiendo un puente de oro a López Obrador para regresar a la escena pública luego de un año de casi-destierro? Dicho sea de paso, el regreso de AMLO no pudo ser más desafortunado para Calderón porque se dio justo en las semanas previas a la elección interna del PRD. Es muy probable que sin tal reposicionamiento nacional de “El Peje”, Jesús Ortega, cabeza de los moderados, presidiría hoy el partido. Eso le habría permitido a Calderón disminuir su codependencia política con el PRI, porque seguramente “Los Chuchos” le habrían permitido llegar a algunos acuerdos legislativos sin pasar por el tricolor. Su debilidad por Mouriño le costó al presidente comprometer futuros márgenes de gobernabilidad. Ausencia de Hacienda. ¿Qué habría pasado si Agustín Carstens hubiese coordinado los esfuerzos para sacar adelante la reforma energética? No hay mejor manera de aproximarse a los actores políticos que desde la solidez de un interlocutor que no es rival y que está investido de la autoridad que proporciona el hecho de saber más que ellos de la materia que se discute. Los secretarios de Hacienda suelen gozar de un respeto entre los legisladores que el resto de los ministros no disfruta. Algo tendrá que ver la sensación de vulnerabilidad que todo mexicano padece con respecto a sus finanzas personales y el pago de impuestos. Será el sereno, pero lo cierto es que incluso los líderes de la Oposición prefieren emprenderla contra el presidente que contra “Dolores”. Un gobernador priista puede desairar al secretario de Gobernación co-

mo parte de su estrategia política, pero se lo pensará dos veces antes de irritar al señor de los dineros, de quien depende la liberación de las partidas que necesita. Por lo demás, Carstens tenía más motivos para encabezar la gestión de la reforma energética que el propio Camilo Mouriño. Después de todo, nuestras finanzas públicas están petrolizadas; un desplome de los ingresos de Pemex en el mediano plazo provocará una crisis del erario que necesariamente habrá de traducirse en un aumento de impuestos y/o reducción del gasto público. Es decir, la crisis energética “pegará” a los mexicanos en primera instancia por vía de una crisis en las finanzas públicas. No es casual que la Secretaría de Energía se ubique en el Gabinete económico, cuya cabeza es, justamente, el secretario de Hacienda. Pésima estrategia de comunicación. Todo indica que el Gobierno creyó que podría sacar la reforma energética como obtuvo la del ISSSTE y la Fiscal: sin involucrar a la opinión pública y en estricta negociación con los directamente afectados. Eso explicaría la tardanza en la presentación del diagnóstico o en la difusión del spot. El Gobierno subestimó la relevancia que el petróleo tiene (expropiación incluida) como factor de identidad y pertenencia entre los mexicanos. Cuando quiso reaccionar, la mayoría de los actores políticos ya había tomado posición en contra de una reforma amplia o ambiciosa. Antes de que el Gobierno pudiera esgrimir los argumentos a favor, el grueso de la opinión pública había dado un veredicto no necesariamente en contra de la apertura, pero sí de los alcances de la misma. El Gobierno de Calderón hace hoy esfuerzos denodados para sacar adelante una reforma a la que boicoteó consciente o inconscientemente. ¿Error de cálculo o estrategia calculada? Juzgue usted mismo. (www.jorgezepeda.net)

Parque Nocturno
P
or las noches salgo de la oficina al parque vecino, entre árboles, y recorro algún sendero angosto, sabedor tal vez que esto de la vida es justamente así, un sendero angosto, y que las noches en ocasiones son largas, y el musgo es el apropiado para recargar la cabeza debajo de un árbol. En esas noches trato de respirar lo justo, pesadamente, sólo el instante necesario para que la melancolía aborde, aunque sea por un rato. Y mi soledad se escabulle de lo cotidiano al perderme quietamente en la oscuridad del parque, y se encuentra con el silencio más allá de las piedras grandes, apenas una planicie de árboles viejos, iluminada lo insuficiente por sus copas cerradas, donde la noche es tan serena como apenas lo recuerdo, y las bancas están allí, prestas a acompañarnos a roer nuestras preguntas. Sentarme en una de ellas es tal vez la pequeña libreta moleskino, y el bolígrafo en turno al escribir estas letras. Es entonces cuando resulta revelador que detrás de la soledad y del silencio habite la inquietud, y que detrás del todo siempre sean las mismas siluetas las que compartimos la nocturnidad del parque, día tras día. Los mismos rostros paseando a sus perros y dejando las heces en los cestos atiborrados. La misma pregunta al inicio del mes. La misma angustia que tal vez pudiera despertarnos al bordear la madrugada. Finalmente la humanidad es sólo una, y las dudas de un hombre son las dudas de todos los hombres. Entre ellos hay una mujer canosa que con lentos pasos cruza los árboles a las diez de la noche, y a la que veo acercarse con una cara que acortando el cuello pega la barbilla al pecho. Un chicotazo de farol relumbra en sus dientes, antes de marcharse a perseguir una sombra por el sendero de la izquierda. Parece rumiar golpes, parece escupir éxitos y fracasos, y en sus manos, nítidamente, el tiempo ha dejado las marcas del viento en la arena. Pudiera parecer tantas cosas. Pero no lo sé. Tan sólo nos quedamos viendo y nos cruzamos miradas, y ella pudiere parecer tantas cosas, pero no lo sé. Desde su cara a mis ojos la barrera es sólida. Somos dos planetas. En alguna ocasión le dirigí alguna palabra, pero desde hace tiempo desistí al intento. Ahora me limito a observarla. La veo cruzar el sendero de la izquierda y, media hora después, regresar por el otro lado a hurgar en los basureros. Mejor quedarnos mudos ante la diversidad de intenciones. Mejor intentar conocernos a nosotros mismos. Con ese otro tipo flaco y alto nunca he cruzado palabra. Parece el miembro más honorario de la legión de los solitarios, y su altivez destaca donde la hay. Siempre carga lo que es auténticamente una petaca, baúl forrado de cuero, de donde extrae algunos libros mientras su perro merodea por entre los árboles. Cruza la pierna lentamente y parece que quiere leer, pero no lee, extrañamente. Abre el libro y voltea a los lados y después lo cierra, y no lee. La vida siempre cargada de buenas intenciones. En ocasiones las historias (las llagas) nos dejan con la mente distraída y lista para el traste, aunque nos despilfarremos de buenas intenciones. Comúnmente lo persigo con la mirada mientras recoge sus tiliches, antes de marcharse frente al perro que zigzaguea a sus espaldas. En aquella otra el deterioro es cotidiano. Llevo ya meses viéndola y últimamente parece habitante de las catacumbas. Pareciere faltar poco para extinguírsele del todo aquella luz perla que alguna vez inundó sus ojos. Es que las llamas pueden extinguirse con cualquier descuido. Resquebrajarse sin avisar la esperanzadora utopía que alguna vez creímos alcanzar. Desaparecer del todo la caminata nocturna que alguna vez creímos disfrutar. Caerse todo en un instante de las manos. Ahora ella sólo tiene los restos sucios del perro aguadándosele al tacto, como si fueran semanas, como si fueran los días y las horas depositadas en el cesto repleto de la banca del fondo. Las llamas que se extinguen ante cualquier descuido. Pero así pasa. Basta quedarse allí también quieto en la banca hasta que comiencen a fallar los faroles. Y es por ello decidí marcharme. Y por allí voy. Lentamente y con mi paso quieto y con mi propio bagaje a cuestas, y calcando también, en este breve moleskino oscuro y con una letra horrible, ese ruido de hojas secas que me lleva a la calle, crujiendo paso a paso, mientras atravieso el sendero del fondo. http://ciudadalfabetos.blogspot.com