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2) RESORTE FISIOLÓGICO

ARTICULO 7
MEJORA DEL PROPIO TEMPERAMENTO
FOUILLÉE, Tempérament et caracteres (1895), Les caracteres (Paris 1902): MALAPERT, Les
élénents du caractére et leurs loís de combination (1897); J. GUISEKT, El carácter (Madrid
1935);
, FRÓBES, Psicología empírica y experimental t.2; TANQTJEREY, Teología ascética y
mística, a p .;
CONRADO HOCK, LOS cuatro temperamentos (Buenos Aires 1940); BRENNAN, Psicología
general
: (Madrid 1952); BARBADO, Estudios de Psicología experimental t.2 (Madrid 1948).
Además de estos grandes recursos psicológicos de tipo natural y sobrenatural
que acabamos de examinar, podemos aprovecharnos también en el
camino de nuestra santificación de una ayuda de tipo puramente fisiológico:
nuestro propio temperamento, mejorando sus buenas disposiciones y
corrigiendo
en lo posible sus defectos. Naturalmente que esto concurre muy de
lejos a nuestra santificación, en un plano puramente dispositivo y meramente
natural; pero no deja de tener su importancia, al menos negativa, removiendo
obstáculos (ut removens prohibens).
Vamos, pues, a estudiar la naturaleza, clasificación y medios de perfeccionar
el temperamento.
504. 1. Naturaleza.—Hay una gran diversidad de opiniones entre
los autores acerca de la naturaleza y clasificación de los temperamentos.
Nosotros vamos a recoger aquí la doctrina más comúnmente admitida, dándole
una orientación eminentemente práctica.
NOCIÓN.—El temperamento es el conjunto de inclinaciones íntimas
que brotan de la constitución fisiológica de un hombre. Es la
característica dinámica de cada individuo, que resulta del predominio
fisiológico de u n sistema orgánico, como el nervioso o el sanguíneo,
o de un humor, como la bilis o la linfa.
Como se ve por estas nociones, el temperamento es algo innato en el
individuo. Es la índole natural, o sea, algo que la naturaleza nos impone.
Por lo mismo, no desaparece enteramente nunca: «genio y figura hasta la
sepultura»; pero una educación oportuna y, sobre todo, la fuerza sobrenatural
de la gracia pueden, si no transformarlo totalmente, sí, al menos, reducir
hasta el mínimum sus estridencias y aun suprimir del todo sus manifestaciones
exteriores. Testigo de ello—entre otros mil—, San Francisco de Sales,
que ha pasado a la posteridad con el nombre de «santo de la dulzura» a pesar
de su temperamento fuertemente colérico.
505. 2. Clasificación de los temperamentos.—Después de
mil tentativas y ensayos, los tratadistas modernos vuelven a la clasificación
de los antiguos clásicos, que parece traer su origen del propio
Hipócrates. Según ella, los temperamentos fundamentales son cuatro:
el sanguíneo, nervioso, colérico y flemático, según predomine en
ellos la constitución fisiológica que su mismo nombre indica.
L. I I . C. 4 . MEDIOS SI'XTNDAIUOS INTERNOS IJIi r-ERl'KCCIÓN 7*29
Vamos a recoger las características principales de cada uno de
ellos. Pero antes es preciso advertir que ninguno de los temperamentos
que vamos a describir existe «químicamente puro» en la realidad;
generalmente se hallan mezclados y además presentan grados
muy diversos. Así, los flemáticos nunca lo son del todo, sino que se
encuentran en ellos muchos rasgos de sensibilidad; los sanguíneos
tienen, a veces, cualidades propias del nervioso, etc. Se trata únicamente
de algo predominante en la constitución fisiológica de u n individuo.
Es menester tener muy en cuenta esta observación para
evitar u n juicio prematuro—al descubrir en seguida algunos rasgos
propios de u n determinado temperamento—, que podría estar muy
lejos de la objetiva realidad.
Vengamos ahora a la descripción detallada de cada uno de ellos. Seguimos
principalmente a Conrado Hock y a Guibert, de los que citamos, a
veces, sus propias palabras.

506. A) TEMPERAMENTO SANGUÍNEO.—1) CARACTERÍSTICAS ESENCIALES
CON RELACIÓN A LA EXCITABILTDAD.—El sanguíneo se excita fácil y
fuertemente por cualquier impresión. La reacción suele ser también inmediata
y fuerte; pero la impresión o duración suele ser corta. El recuerdo de
cosas pasadas no provoca tan fácilmente nuevas emociones.
2) BUENAS CUALIDADES.—El sanguíneo es afable y alegre, simpático y
obsequioso para todos, sensible y compasivo ante las desgracias del prójimo,
dócil y sumiso ante sus superiores, sincero y espontáneo (a veces hasta la
inconveniencia).
Es verdad que ante la injuria reacciona a veces violentamente
y prorrumpe en expresiones ofensivas; pero lo olvida pronto todo, sin guardar
rencor a nadie. Desconoce en absoluto la terquedad y obstinación. Se
sacrifica con desinterés. Su entusiasmo es contagioso y arrebatador; su buen
corazón cautiva y enamora, ejerciendo una especie de seducción en torno
suyo.
Suele tener una concepción serena de la vida, es fundamentalmente optimista,
no le arredran las dificultades, confía siempre en el buen éxito. Le
sorprende mucho que los demás se enfaden ante una broma poco agradable,
que le parecía a él la cosa más natural y simpática del mundo. Tiene un
gran sentido práctico de la vida, es más inclinado a idealizar que a criticar.
Dotado de una exuberante riqueza afectiva, es fácil y pronto a la amistad,
y se entrega a ella con ardor y a veces apasionadamente.
Su inteligencia es viva, rápida, asimila fácilmente, pero sin mucha profundidad.
Dotado de una memoria feliz y de una imaginación ardiente,
triunfa fácilmente en el arte, la poesía y la oratoria, pero no suele alcanzar
la talla del sabio. Los sanguíneos serían muy frecuentemente espíritus
superiores
si tuviesen tanta profundidad como sutileza, tanta tenacidad en el
trabajo como facilidad en las concepciones.
3) MALAS CUALIDADES.—Pero al lado de estas buenas cualidades, el
temperamento sanguíneo presenta serios inconvenientes.
Sus principales defectos son la superficialidad, la inconstancia y la sensualidad.
La primera se debe principalmente a la rapidez de sus concepciones.
Le parece haber comprendido en seguida cualquier problema que se ie
pone delante, y en realidad lo ha percibido tan sólo de una manera superficial
e incompleta. De ahí proceden sus juicios apresurados, ligeros, inexactos con
frecuencia, cuando no enteramente falsos. Es más amigo de la amplitud
fácil y brillante que de la profundidad,
p La inconstancia del sanguíneo es fruto de la poca duración de sus im-
, presiones. En un instante pasa de la risa al llanto, del gozo delirante a una
negra tristeza. Se arrepiente pronto y de verdad de sus pecados, pero vuelve
a ellos en la primera ocasión que se le presente. Los sanguíneos son víctimas
de la impresión del momento, sucumben fácilmente ante la tentación.
Son enemigos del sacrificio, de la abnegación, del esfuerzo duro y continuado.
Son perezosos en el estudio. Les resulta poco menos que imposible refrenar
la vista, los oídos, la lengua y la guarda del silencio. Se distraen fácilmente
en la oración. A épocas de gran fervor suceden otras de languidez y
desaliento...
La sensualidad, en fin, encuentra terreno abonado en la naturaleza ardiente
del sanguíneo. Se deja arrastrar fácilmente de los placeres sensuales
de la gula y de la lujuria. Reacciona prontamente contra sus caídas, las
deplora
con sinceridad; pero le falta energía y coraje para dominar la pasión
cuando vuelve a levantar cabeza.
4) EDUCACIÓN DEL SANGUÍNEO.—La educación y encauce de cualquier
temperamento ha de consistir en fomentar sus buenas cualidades y en reprimir
los defectos. Por lo mismo, el sanguíneo ha de procurar a su exuberante
vida afectiva un cauce noble y elevado. Si logra enamorarse fuertemente
de Dios, llegará a ser un santo de primera categoría. Sanguíneos cien
por cien fueron el apóstol San Pedro, San Agustín, Santa Teresa y San
Francisco
Javier.
Pero es menester que luche tenazmente contra sus defectos hasta tenerlos
completamente a raya. Ha de combatir su superficialidad adquiriendo
el hábito de la reflexión y ponderación en todo cuanto haga. Debe hacerse
cargo de los problemas examinándolos por todas sus caras, previendo las
dificultades que puedan surgir, dominando el optimismo demasiado confiado
e irreflexivo.
Contra la inconstancia tomará serias medidas. No bastan los propósitos
y resoluciones, que, a pesar de su sinceridad y buena fe, quebrantará en la
primera ocasión que se le presente. Es menester que ate su voluntad a un
plan de vida—convenientemente revisado y aprobado por su director
espiritual—
en el que esté todo previsto y señalado y en el que nada se deje al
arbitrio de su voluntad floja y antojadiza. Tiene que practicar seriamente el
examen de conciencia, aplicándose fuertes penitencias por las transgresiones
que sean fruto de su inconstancia y volubilidad. Tiene que ponerse en manos
de un experto director espiritual y obedecerle en todo. En la oración ha de
luchar contra su tendencia a los consuelos sensibles, perseverando en ella a
pesar de la aridez y sequedad.
La sensualidad, en fin, deberá contrarrestarla con una vigilancia constante
y una lucha tenaz. Debe huir como de la peste de toda clase de ocasiones
peligrosas,
en las que sucumbiría fácilmente al aliarse su sensualidad con su
inconstancia. Debe tener particular cuidado en la guarda de la vista,
acordándose
de sus dolorosas experiencias. En él, más que en nadie, se cumple
aquello de que «ojos que no ven, corazón que no siente». Debe guardar el
recogimiento y practicar la mortificación de los sentidos externos e internos.
Debe, en fin, pedir humilde y constantemente a Dios el don de la perH-el a
pureza de alma y cuerpo, que solo del cielo nos puede vIuir (Sap. S.aü.
507. B) TEMPERAMENTO NERVIOSO.—1) CARACTERÍSTICAS ESENCIALES
CON RELACIÓN A LA EXCITABILIDAD.—La del nervioso es débil y difícil
al principio, pero fuerte y profunda por repetidas impresiones, Su reacción
I.. 11. C. .-,. MEDIOS SKCUXDAKIOS 1NTKKNOS DK I'I'.KFIICCION . 7 ü l
piesenta estos mismos caracteres. En cuanto a la duración, suele ser larga.
El nervioso no olvida fácilmente.
2} BUENAS CUALIDADES.—Los nerviosos tienen una sensibilidad menos
viva que la de los sanguíneos, pero más profunda. Son naturalmente
inclinados
a la reflexión, a la soledad, a la quietud, a la piedad y vida interior. Se
compadecen fácilmente de las miserias del prójimo, son bienhechores de la
humanidad, saben llevar la abnegación hasta el heroísmo, sobre todo al lado
de los enfermos. Su inteligencia suele ser aguda y profunda, madurando sus
ideas con la reflexión y la calma. Es pensador y gusta del silencio y la
soledad.
Puede ser un intelectual seco y egoísta, encerrado en su torre de marfil,
o un contemplativo que se ocupe de las cosas de Dios y del espíritu.
Siente atractivos por el arte y tiene aptitud para las ciencias. Su corazón es
de una gran riqueza sentimental. Cuando ama, se desprende difícilmente de
sus afecciones, porque en él las impresiones se arraigan muy adentro. Sufre
con la frialdad o ingratitud. La voluntad sigue las vicisitudes de sus fuerzas
físicas; es débil y casi nula cuando el trabajo le ha agotado, fuerte y generosa
cuando disfruta de salud o cuando un rayo de alegría ilumina su espíritu. Es
sobrio y no siente apenas el desorden pasional, que tanto atormenta a los
sanguíneos. Es el temperamento opuesto al sanguíneo, como el colérico es
el opuesto al linfático. Fueron temperamentos nerviosos el apóstol San Juan,
San Bernardo, San Luis Gonzaga, Santa Teresa del Niño Jesús, Pascal.
3) MALAS CUALIDADES.—El lado desfavorable de este temperamento es
la tendencia exagerada hacia la tristeza y melancolía. Cuando han recibido
alguna fuerte impresión, les penetra profundamente en el alma y les produce
una herida sangrante. No tienen el corazón en la mano como el sanguíneo,
sino muy en el fondo, y allí saborean a solas su amargura. Se sienten
inclinados al pesimismo, a ver siempre el lado difícil de las cosas, a exagerar
las dificultades. Ello les hace retraídos y tímidos, propensos a la desconfiar ^
za en sus propias fuerzas, al desaliento, a la indecisión, a los escrúpulos y ;
cierta especie de misantropía. Son irresolutos por miedo a fracasar en sus
empresas. El nervioso «nunca acaba de acabar», como diría Santa Teresa;
es el hombre de las oportunidades perdidas. Mientras los demás están ya
al otro lado del río, él se está pensando y reflexionando sin atreverse a
vadearlo.
Sufren mucho, y sin quererlo—porque en el fondo son buenos—
hacen sufrir a los demás. Santa Teresa no los juzgaba aptos para la vida
religiosa, sobre todo cuando la melancolía está muy arraigada 1.
4) EDUCACIÓN DEL NERVIOSO.—El educador ha de tener muy en cuenta
la fuerte inclinación del nervioso a la concentración sobre sí mismo; de
lo contrario, se expone a no comprenderle y tratarle con gran injusticia y
falta de tacto. El sanguíneo es franco y abierto en la confesión; el nervioso,
en cambio, quisiera desahogarse por medio de un coloquio espiritual, pero
no puede; el colérico pudiera expresarse, pero no quiere; el flemático, en fin,
ni puede ni quiere hacerlo. Hay que tener en cuenta todo esto para no intentar
procedimiemtos educativos contraproducentes.
Al nervioso hay que infundirle una gran confianza en Dios y un sereno
optimismo de la vida. Hay que inspirarle una suma confianza en sí mismo, o
sea, en la aptitud de su alma para las grandes empresas. Hay que aprovechar
su inclinación a la reflexión para hacerle comprender que no hay motivo
alguno para ser susceptible, desconfiado y retraído. Si es preciso, somé-
1 Cf. Fundaciones c.7. Téngase en cuenta, sin embargo, que la «melancolía» de que habla
no se refiere al simple temperamento nervioso, sino a los extravíos de un carácter voluntarioso
y neurasténico.

combatir su indecisión y cobardía, haciéndole tomar resoluciones firmes y
• lanzarse a grandes empresas con animo y optimismo,
»
508. C) TEMPERAMENTO COLÉRICO.—1) CARACTERÍSTICAS ESPECIALES
CON RELACIÓN A LA EXCITABILIDAD.—El colérico SC excita pronto y l/¡0-
lentamente. Reacciona al instante. Pero le impresión la queda en el alma por
mucho tiempo.
2) BUENAS CUALIDADES.—Actividad, entendimiento agudo, voluntad
fuerte, concentración, constancia, magnanimidad, liberalidad: he ahí las
excelentes prendas de este temperamento riquísimo.
Los coléricos, o biliosos, son los grandes apasionados y voluntariosos.
Prácticos, despejados, más bien que teóricos, son más inclinados a obrar que
a pensar. El reposo y la inacción repugnan a su naturaleza. Siempre están
acariciando en su espíritu algún proyecto grande. Apenas se han propuesto
un fin, ponen manos a la obra, sin arredrarse por las dificultades. Entre ellos
abundan los jefes, los conquistadores, los grandes apóstoles. Son hombres
de gobierno. No son de los que dejan para mañana lo que deberían hacer
hoy, más bien hacen hoy lo que deberían dejar para mañana. Si surgen obstáculos
e inconvenientes, se esfuerzan en superarlos y vencerlos. A pesar de
sus ímpetus irascibles, cuando logran reprimirlos por la virtud alcanzan una
suavidad y dulzura de la mejor ley. Tales fueron San Pablo Apóstol, San
Jerónimo, San Ignacio de Loyola y San Francisco de Sales.
3) MALAS CUALIDADES.—La tenacidad de su carácter les hace propensos
a la dureza, obstinación, insensibilidad, ira y orgullo. Si se les resiste y
contradice, se tornan violentos y crueles, a menos que la virtud cristiana
modere sus inclinaciones. Vencidos, guardan el odio en su corazón hasta que
suene la hora de la venganza. Por lo general son ambiciosos y tienden al
mando y a la gloria. Tienen más paciencia que el sanguíneo, pero no conocen
tanto la delicadeza de sentimientos, comprenden menos el dolor de los
demás, tienen en sus relaciones un tacto menos fino. Sus pasiones fuertes
e impetuosas ahogan esas afecciones dulces y esos sacrificios desinteresados
que brotan espontáneamente de un corazón sensible. Su fiebre de actividad
y su ardiente deseo de conseguir lo que se proponen les hace pisotear violentamente
todo lo que les retarda y aparecen ante los demás como unos
egoístas sin corazón. Tratan a los otros con una altanería que puede llegar
hasta la crueldad. Todo debe doblegarse ante ellos. El único derecho que
reconocen es la satisfacción de sus apetitos y la realización de sus designios.
4) EDUCACIÓN DEL COLÉRICO.—Tales hombres serían de un precio inestimable
si supieran dominarse y gobernar sus energías. Con relativa facilidad
llegarían a las más altas cumbres de la perfección cristiana. Muchísimos
santos canonizados por la Iglesia poseían este temperamento. En sus
manos, las obras más difíciles llegan a feliz término. Por eso, cuando logran
encauzar sus energías son tenaces y perseverantes en los caminos del bien y
no cejan en su empeño hasta alcanzar las alturas más elevadas. Hay que
aconsejarles que sean dueños de sí mismos, que no obren precipitadamente,
que desconfíen de sus primeros movimientos. Hay que llevarles a la verdadera
humildad de corazón, a compadecerse de los débiles, a no humillar ni
atropellar a nadie, a no dejar sentir con violencia su propia superioridad, a
tratar a todos con suavidad y dulzura.
2 Santa Teresa curaba a muchas monjas melancólicas prohibiéndolas la larga oración, las
vigilias y ayunos y «haciéndolas divertir» (cf. Moradas cuartas 3 12 y 13; Fundaciones
6,14).
I.. II. C. 4. MEDIOS SKCUNDAKIOS INTERNOS I)K PERFECCIÓN 733
509. D) TEMPERAMENTO FLEMÁTICO.—1) ¿CARACTERÍSTICAS ESENCIALES
CON KIÍLACIÓN A LA EXCITABIHDAD.-- -El flemático, o no se excita nunca
o lo hace tan sólo débilmente. La reacción es asimismo débil, si es que no
llega a faltar por completo. Las impresiones recibidas desaparecen pronto y
no dejan huella en su alma.
2) BUENAS CUALIDADES.—El flemático trabaja despacio, pero asiduamente,
con tal de que no se exija de él un esfuerzo intelectual demasiado
grande. No se irrita fácilmente por insultos, fracasos o enfermedades. Permanece
tranquilo, sosegado, discreto y juicioso. Es sobrio y tiene un buen
sentido práctico de la vida. No conoce las pasiones vivas del sanguíneo, ni
las profundas del nervioso, ni las ardientes del colérico; diríase que carece
en absoluto de pasiones. Su lenguaje es claro, ordenado, justo, positivo; más
que colorido, tiene energía y atractivo. El trabajo científico, fruto de una
larga paciencia y de investigaciones concienzudas, le conviene mejor que
grandes producciones originales. El corazón es bueno, pero parece frío. Se
sacrificará hasta el heroísmo si es preciso; pero le falta entusiasmo y espontaneidad,
porque su naturaleza es indolente y reservada. Es prudente, sensato,
reflexivo, obra con seguridad, llega a sus fines sin violencia, porque
aparta los obstáculos en lugar de romperlos. A veces su inteligencia es muy
clara. Físicamente, el flemático es de rostro amable, de cuerpo robusto, de
andar lento y cachazudo. Santo Tomás de Aquino poseyó los mejores elementos
de este temperamento, llevando a cabo un trabajo colosal con serenidad
y calma imperturbables.
3) MALAS CUALIDADES.—Su calma y lentitud le hacen perder muy buenas
ocasiones, porque tarda demasiado en ponerse en marcha. No se interesa
mayormente por lo que pasa fuera de él. Vive para sí mismo, en una
especie de concentración egoísta. No vale para el mando y el gobierno. No
es aficionado a la penitencia y mortificación; si es religioso, no abusará de los
cilicios. Es de los que Santa Teresa describe con tanta gracia; «Las penitencias
que hacen estas almas son tan concertadas como su vida... No hayáis
miedo que se maten, porque su razón está muy en sí» 3. En los casos más
agudos se convierten en hombres átonos, dormilones y vagos, completamente
insensibles a las voces de orden superior que podrían sacarles de su
letargo.
4) EDUCACIÓN DEL FLEMÁTICO.—Puede sacarse mucho partido del flemático
si se le inculcan convicciones profundas y se le exigen esfuerzos metódicos
y constantes hacía la perfección. Despacio, llegará muy lejos. Pero
hay que sacudirle de su letargo e indolencia, empujarle hacia las alturas,
encender en su corazón apático la llamarada de un gran ideal. Hay que llevarle
al pleno dominio de sí mismo, pero no como al colérico—conteniéndose
y moderándose—, sino, al contrario, excitándole y empleando sus fuerzas
adormecidas.
510. 3. Conclusión general sobre los temperamentos.—Repetimos
lo que ya hemos insinuado más arriba: ninguno de estos temperamentos
existe en la realidad en estado «químicamente puro». El lector que haya recos
rrido estas páginas, acaso no haya encontrado en ninguna de ellas los rasgo completos
de su particular fisonomía. La realidad es más compleja que todas
las categorías especulativas. Con frecuencia encontramos en la práctica, reunidos
en un solo individuo, elementos pertenecientes a los temperamentos
más dispares. Ello explica, en buena parte, la diversidad de teorías y clasi'
locaciones entre los autores que se preocupan de estas cosas. Con todo, £>>
indudable que en cada individuo predominan ciertos rasgos temperamentales.
i quejpermiten^catalogarlo, con las debidas reservas y precauciones, en alguno
de los cuadros tradicionales. Por otra parte, sin negar, ni mucho menos, la
gran influencia del temperamento fisiológico sobre el conjunto de la psicología
humana, dadas las íntimas relaciones e interdependencias entre el alma
y el cuerpo, hemos de guardarnos de concederle una importancia exagerada
k —sobre todo en lo relativo a la moralidad de nuestros actos—, a la manera
de ciertos racionalistas, que atribuyen al temperamento nativo la responsabilidad
única de nuestros desórdenes.
511. 4. EL TEMPERAMENTO IDEAL.
Si quisiéramos recoger
ahora en sintética visión de conjunto las características del temperamento
ideal, tomaríamos algo de cada uno de los que acabamos
de describir. Al sanguíneo le pediríamos su simpatía, su gran corazón
y su vivacidad; al nervioso, la profundidad y delicadeza de
sentimientos; al colérico, su actividad inagotable y su tenacidad; al
b flemático, en fin, el dominio de sí mismo, la prudencia y la perseverancia.
A lograr por el esfuerzo sistemático e inteligente este ideal hu-
1 mano que la naturaleza no suele conceder a casi nadie, se encamina
la difícil empresa del perfeccionamiento y mejora del propio temperamento,
j u n t o con la ruda labor de la formación del carácter, de
ia que hemos hablado más arriba.