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Las raíces de la violencia

Joaquín Castillo Vial

Los hechos acaecidos en Venezuela han vuelto a poner los ojos en la convulsa tierra de Bolívar, la
cual, además de una profunda crisis política y económica, está amenazada por un creciente
desborde de violencia. Hace varias semanas, luego del asesinato de una conocida modelo y actriz,
los medios abordaron con preocupación este fenómeno, que ha alcanzado niveles alarmantes. Al
parecer, el relato mesiánico de la revolución bolivariana ya no es capaz de mover el foco de
atención de los problemas más acuciantes de aquel país, y el petróleo no es suficiente para eludir
el enfrentamiento total en el que están sumidos los venezolanos.
Las principales causas de este espiral de violencia radicarían, según se ha dicho, en la
corrupción y la impunidad. De acuerdo con un informe de Transparencia Internacional acerca de la
corrupción, de un total de 177 países, Venezuela se ubica en el número 160, convirtiéndose en
uno de los más corruptos del mundo y el segundo de América Latina. Con respecto a la impunidad,
hay cifras que señalan que de cada cien asesinatos, apenas un 8% recibe una condena. En este
camino, las cifras siguen aumentando y ennegreciendo el panorama, mientras el presidente
Maduro anuncia un ‘Plan de Pacificación’ que permita afrontar esta grave situación. Éste, dentro
de otras medidas, intentará perfeccionar el desempeño policial, desarmar las fuerzas paramilitares
y promover una cultura de la paz desde los medios de comunicación.
Este anuncio da la impresión que sólo basta enfrentarse a la violencia de carácter delictual
para calmar los ánimos tan crispados de los venezolanos, y no quiere verse un fenómeno cercano,
pero distinto: la violencia política. Los robos y homicidios se han visto acompañados de una crisis
institucional generalizada y una profunda polarización entre los adherentes y los adversarios del
proyecto revolucionario comenzado por Chávez. Durante años, el discurso político venezolano ha
estado impregnado de descalificaciones, ironías y acusaciones mutuas, sin importar el respeto a la
hora de enfrentarse en elecciones o debates. Vale recordar los graves remezones económicos a
propósito de los cuales el presidente inculpó a una ‘burguesía parásita’ de acaparamiento y de
especulación, o las marchas estudiantiles de la semana recién pasada, donde Maduro culpó a
‘grupos nazi fascistas’ de estar orquestando un golpe de Estado para derribar a su gobierno,
desconociendo en ambos casos muchos de los problemas que aquejan a su país.
Pero, ¿acaso importa el uso del lenguaje cuando existen preocupaciones mucho más
graves, como escasez, inflación o una incipiente ingobernabilidad? Sí y mucho: cuando el
adversario se convierte en enemigo, cuando se considera al ‘otro’ como un sujeto que solo
defiende sus intereses individuales y corporativos, cuando quienes no comulgan con el ideario
oficial o exigen mayor transparencia, libertad o respeto a los derechos humanos pasan a ser
automáticamente disidentes de la revolución y enemigos del pueblo, se da pie para un
enfrentamiento que está más cerca de la guerra que de la política. Ya no existen esas ‘cosas
comunes’ que obligan al diálogo, sino que se permite la exclusión de quienes parecen obstáculos a
un ideal utópico de sociedad. Uno de los grandes problemas de Venezuela ha sido no preocuparse
por las raíces de la violencia, esos orígenes que la hacen germinar en una sociedad y cuyo final es
imposible de prever (aunque por desgracia sabemos cómo suelen terminar). Sólo se han cuidado
sus expresiones más evidentes y crudas: los asesinatos y los enfrentamientos callejeros que han
llamado la atención mediática sobre la enemistad y la desconfianza cívica.
La violencia no se instala de improviso en la sociedad. No sucedió así en España en los
años treinta, ni en Chile y Latinoamérica en los años sesenta y setenta, ni en Venezuela en las
últimas décadas. Ésta va permeando poco a poco las distintas esferas de la vida pública,
horadando la confianza de las personas por sus conciudadanos y por sus instituciones. Aunque en
un principio esos fenómenos puedan ser hilarantes –como las famosas alocuciones de Hugo
Chávez referidas a Bush o a Estados Unidos–, poco a poco va emplazándose una lógica donde no
hay intención de diálogo político, sino de enfrentamiento y de lucha. Los caminos del populismo y
de la mitificación política son útiles, durante un tiempo limitado, para contener la violencia. Pero
inevitablemente sobreviene un período de develamiento de ese discurso: con ello se resquebraja
la confianza que se tenía en la salvación mesiánica que supuestamente llegaría con el ideal social
revolucionario. La creciente crisis económica ha sido el factor que revela la imposibilidad de
encontrar ese paraíso en la tierra y, por lo tanto, la necesidad de llevar a cabo una política que no
esté apoyada en un misticismo encarnado en figuras políticas particulares.
Con una crisis política como la que se vive hoy en día, urge en Venezuela una conducción
política que calme los ánimos crispados, busque puntos de encuentro que permitan afrontar las
dificultades sociales y económicas, asuma un compromiso férreo con los derechos humanos y la
libertad, al tiempo que pregone, con el ejemplo, que para hacer política se necesita un respeto por
el adversario político. ¿Estará Maduro a la altura del desafío?