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Todo ensayista recorta del flujo de la historia y de la memoria momentos significativos.

El ensayista puede hacer filología dar significados de las palabras e incluso resignificarlas. Mirada
democrática, leyendo a los de al lado entiendo a los grandes.

El ensayista siempre está respondiendo algo.

El universo de la buena fe, acuerdo, me tiene que creer, aunque sea un ensayo,

En el ensayo hay fidelidad a la verdad.
El ensayo es pensar pero pensar con palabras.
Posición del ensayo, hay una lucha en otro campo.
El ensayo se llena de elementos ideológicos, se llena de metáforas.
Nos obliga a tomar posición.
EL ensayo no se sitúa en un lugar neutral, sino en el lugar de la evaluación moral (como significado
del proceso significativo y moral de los signos).
El ensayo establece un diálogo con el lector.
Al final del ensayo se resume una serie de valores, propiedades de la polémica u objeto.

I

En cierta noche de octubre de 1922 casi a media noche, varios Hombres se internaban en el
corazón de Buenos Aires, llevando a pulso un ataúd de modesta factura (cuatro tablitas frágiles)
cuya levedad era tanta, que les parecía llevar en su interior, no la vencida carne de un hombre
muerto, sino la materia sutil de un poema concluido.
Este poema sin lugar a dudas es un manifiesto, y el cadáver es el de la poesía como se
había conocido en los labios de los rubenianistas. Los cuadernos del ataúd no eran de tapas azules
y el epitafio en la cabecera de la tumba, una cruz de concreto en un muro en cuyo negro corazón
de hojalata no se lee Adán Buenosayres RIP, sino MURAL PRISMA No. 1 PROCLAMA.
¿Qué ha muerto aquella noche de poesía en la ciudad de Buenos Aires? ¿Qué ha muerto
que también murió en México, en Perú, en Brasil, en todos lados? Algo ya cambió de como lo
conocemos y unas hojas volantes son las proclamas de aquellos crueles crímenes. Dice Borges con
voz serena y comienza a contar:
En ese tibio ayer, que tres años prolijos no han forasterizado en mí, comenzaba el
ultraísmo en tierras de América y su voluntad de renuevo que fue traviesa y brincadora en
Sevilla, resonó fiel y apasionada en nosotros. Aquella fue la época de Prisma, la hoja mural
que dio a las ciegas paredes y a las hornacinas baldías una videncia transitoria y cuya
claridad sobre las casas era ventana abierta frente a cielos distintos, y de Proa cuyas tres
hojas eran desplegables como ese espejo triple que hace movediza y variada la gracia
inmóvil de la mujer que refleja.
1

De entre estos hombres, cuya imagen recortaba la criminal oscuridad, son la cabeza, el reflejo de
una muerte cruel de la cultura, y el frutecer de la vida en otro momento, por otros años largos y
tristes, salió de la voz de Eduardo González Lanuza, ya bajo los dinteles del alba, que pegaran un
ejemplar en la luna, grande y baldía a la sazón y a ras del suelo…
2

Este joven que compartiría no sólo la edad de Borges (en realidad un año más chico, pero
Borges nunca aceptó que Macedonio lo envidiará en vano
3
), el origen europeo o el amor por la
poesía, compartirían también el lugar en este mito genealógico de una nueva cultura de orbe
continental. Era:
" desganado y burlón, (dice Borges) trajo González un robusto alborozo de cantábrico, una
roja alegría como de tamboriles y pífanos y leños de San Juan. Su entusiasmo era
caudaloso como el de un río montañés. Con él publiqué Prisma -primera, única e ineficaz
revista mural[...].
4

Así la madrugada iba espolvoreando la luz de la cultura en la ciudad americana: nacía ese
momento que este pequeño grupo vivió sin más eco que sus propios pasos; Eduardo González
Lanuza y Jorge Luis Borges, como entender al uno sin el otro, pensando sobre todo en esta noche
de copas, orgías juveniles e inicios míticos. Bajaron el ataúd y era ni más menos que la poesía
desfalleciendo moribunda en las manos de quienes la irían acribillando ensu desangrar hermoso y
lento.

II
Hacemos lores de este hombre, porque sin no entendemos el contexto de los grandesno los
entendemos a ellos. Eduardo González Lanuza fue merecedor de un ensayo en las Inquisiciones de

1
Jorge Luis Borges. Inquisiciones, en "Norah Longe".
2
Ibid. En Eduardo González Lanuza.
3
En sus relato del Receinvenido Macedonio Fernández dice que hubiera querido haber nacido en 1900...
dicha que no tuvo Borges y sí González Lanuza.
4
Ibid.
Jorge Luis Borges por la amistad que los unía, por las fuerzas poéticas que habían ayudado a
fundar: por su amor por la poesía y su encumbramiento en la metáfora. Este trabajo busca
responder esas posturas en torno a los linderos, a los límites entre la poesía en la voz de tres
autores Jorge Luis Borges, Eduardo González Lanuza y Octavio Paz.
Inquisiciones (Jorge Luis Borges)
- Subrayado Pos. 874-85 | Añadido el martes 29 de octubre de 2013 00H47' GMT-04:59

E. González Lanuza Hay que trazar una distinción fina y honda entre los propósitos íntimos que
motivaron el ultraísmo en España y los que aquí le hicieron frutecer en claras espigas, dispersadas
las unas y agavilladas en ulteriores libros las otras. El ultraísmo de Sevilla y Madrid fue una
voluntad de renuevo, fue la voluntad de ceñir el tiempo del arte con un ciclo novel, fue una lírica
escrita como con grandes letras coloradas en las hojas del calendario y cuyos más preclaros
emblemas -el avión, las antenas y la hélice- son decidores de una actualidad cronológica. El
ultraísmo en Buenos Aires fue el anhelo de recabar un arte absoluto que no dependiese del
prestigio infiel de las voces y que durase en la perennidad del idioma como una certidumbre de
hermosura. Bajo la enérgica claridad de las lámparas fueron frecuentes, en los cenáculos
españoles, los nombres de Huidobro y de Apollinaire. Nosotros, mientras tanto, sopesábamos
líneas de Garcilaso, andariegos y graves a lo largo de las estrellas del suburbio, solicitando un
límpido arte que fuese tan intemporal como las estrellas de siempre. Abominamos los matices
borrosos del rubenismo y nos enardeció la metáfora por la precisión que hay en ella, por su
algébrica forma de correlacionar lejanías. Entre nosotros, ninguno tan vehemente en su fervor
como González Lanuza.
A nuestro parvo agolpamiento de criollos, desganado y burlón, trajo González un robusto alborozo
de cantábrico, una roja alegría como de tamboriles y pífanos y leños de San Juan. Su entusiasmo
era caudaloso como el de un río montañés. Con él publiqué Prisma -primera, única e ineficaz
revista mural- y fue su voz la que propuso, ya bajo los dinteles del alba, que pegásemos un
ejemplar en la luna, grande y baldía a la sazón y a ras del suelo… Desde ese ayer han sucedido tres
años. Hoy González Lanuza ha publicado el libro de poemas que es la motivación de este examen.
He leído sus versos admirables, he paladeado la dulce mansedumbre de su música, he sentido
cumplidamente la grandeza de algunas traslaciones, pero también he comprobado que, sin
quererlo, hemos incurrido en otra retórica, tan vinculada como las antiguas al prestigio verbal. He
visto que nuestra poesía, cuyo vuelo juzgábamos suelto y desenfadado, ha ido trazando una figura
geométrica en el aire del tiempo. Bella y triste sorpresa la de sentir que nuestro gesto de
entonces, tan espontáneo y fácil, no era sino el comienzo torpe de una liturgia. Todos los motivos
del ultraísmo están entretejidos con ahincada pureza en el volumen que declaro. Todas las voces
fáusticas que intentan enlazar la lejanía y cuya sola anunciación es memorable del desangrarse del
tiempo, son omnipotentes en él. La tarde que no está nunca entre nosotros, sino en el cielo; el
grito, que es un emblema del dolor de lo efímero, así como el irrevocable beso lo es de su gracia;
el silencio, que es una pura negación hecha encanto: el ocaso que atañe doblemente a una
lontananza espacial y a una perdición de las horas; el pájaro y la senda, que son la misma
fugacidad hecha símbolo, están grabados en cada página suya. González Lanuza ha hecho el libro
ejemplar del ultraísmo y ha diseñado un meandro de nuestro unánime sentir. Su libro, pobre de
intento personal, es arquetípico de una generación. Son inmerecedores de ese nombre los demás
himnarios recientes. Estorba en Hélices de Guillermo de Torre la travesura de su léxico huraño, en
Andamios interiores de Maples Arce la burlería, en Barco ebrio de Reyes la prepotencia del motivo
del mar, en la compleja limpidez de Imagen de Diego la devoción exacerbada a Huidobro, en
Kindergarten de Bernárdez la brevedad pueril de emoción, en la bravía y noble Agua del tiempo la
primacía de sujetos gauchescos y en mi Fervor de Buenos Aires la duradera inquietación
metafísica. González ha logrado el libro nuestro, el de nuestra hazaña en el tiempo y el de nuestra
derrota en lo absoluto. Derrota, pues las más de las veces no hay una intuición entrañable
vivificando sus metáforas; hazaña, pues el reemplazo de las palabras lujosas del rubenismo por las
de la distancia y el anhelo es, hoy por hoy, una
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Inquisiciones (Jorge Luis Borges)
- Subrayado Pos. 204-38 | Añadido el martes 29 de octubre de 2013 00H51' GMT-04:59

Después de las imágenes Con el ambicioso gesto de un hombre que ante la generosidad vernal de
los astros, demandase una estrella más y, oscuro entre la noche clara, exigiese que las
constelaciones desbarataran su incorruptible destino y renovaran su ardimiento en signos no
mirados de la contemplación antigua de navegantes y pastores, yo hice sonora mi garganta una
vez, ante el incorregible cielo del arte, solicitando nos fuese fácil el don de añadirle imprevistas
luminarias y de trenzar en asombrosas coronas las estrellas perennes. ¡Qué taciturno estaba
Buenos Aires, entonces! De su dura grandeza, dos veces millonaria de almas posibles, no se
elevaba el surtidor piadoso de una sola estrofa veraz y en las seis penas de cualquier guitarra cabía
más proximidad de poesía que en la ficción de cuantos simulacros de Rubén o de Luis Carlos López
infestaban las prensas. La juventud era dispersa en la sombra y cada cual juzgábase solo. Éramos
semejantes al enamorado que afirma que su pecho es el único enorgullecido de amor y a la
encendida rama sobre la cual pesa septiembre y que no sabe de las alamedas en fiesta. Con
orgullo creíamos en nuestra soledad ficticia de dioses o de islas florecidas y excepcionales en la
infecundidad del mar y sentíamos ascender a las playas de nuestros corazones la belleza urgente
del mundo, innumerablemente rogando que la fijásemos en versos. Los novilunios, las verjas, el
color blando del suburbio, los claros rostros de las niñas, eran para nosotros una obligación de
hermosura y un llamamiento a ejecutivas audacias. Dimos con la metáfora, esa acequia sonora
que nuestros caminos no olvidarán y cuyas aguas han dejado en nuestra escritura su indicio, no sé
si comparable al signo rojo que declaró los elegidos al Ángel o a la señal celeste que era promesa
de perdición en las casas, que condenaba la Mazorca. Dimos con ella y fue el conjuro mediante el
cual desordenamos el universo rígido. Para el creyente, las cosas son realización del verbo de Dios
-primero fue nombrada la luz y luego resplandeció sobre el mundo -; para el positivista, son
fatalidades de un engranaje. La metáfora, vinculando cosas lejanas, quiebra esa doble rigidez. La
fatigamos largamente y nuestras vigilias fueron asiduas sobre su lanzadera que suspendió hebras
de colores de horizonte a horizonte. Hoy es fácil en cualquier pluma y su brillo -astro de epifanías
interiores, mirada nuestra- es numeroso en los espejos. Pero no quiero que descansemos en ella y
ojalá nuestro arte olvidándola pueda zarpar a intactos mares, como zarpa la noche aventurera de
las playas del día. Deseo que este ahínco pese como una aureola sobre las cabezas de todos y he
de manifestarlo en palabras. La imagen es hechicería. Transformar una hoguera en tempestad,
según hizo Milton, es operación de hechicero. Trastrocar la luna en un pez, en una burbuja, en una
cometa -como Rossetti lo hizo, equivocándose antes que Lugones- es menor travesura. Hay
alguien superior al travieso y al hechicero. Hablo del semidiós, del ángel, por cuyas obras cambia el
mundo. Añadir provincias al Ser, alucinar ciudades y espacios de la conjunta realidad, es aventura
heroica. Buenos Aires no ha recabado su inmortalización poética. En la pampa, un gaucho y el
diablo payaron juntos; en Buenos Aires no ha sucedido aún nada y no acredita su grandeza ni un
símbolo ni una asombrosa fábula ni siquiera un destino individual equiparable al Martín Fierro.
Ignoro si una voluntad divina se realiza en el mundo, pero si existe fueron pensados en Ella el
almacén rosado y esta primavera tupida y el gasómetro rojo. (¡Qué gran tambor de Juicios Finales
ese último!) Quiero memorar dos intentos de fabulización: uno el poema que entrelazan los
tangos -totalidad precaria, ruin, que contradice el pueblo en parodias y que no sabe de otros
personajes que el compadrito nostálgico, ni de otras incidencias que la prostitución-, otro genial y
soslayado Recienvenido de Macedonio Fernández. Una ilustración última. Ya no basta decir, a fuer
de todos los poetas, que los espejos se asemejan a un agua. Tampoco basta dar por absoluta esa
hipótesis y suponer, como cualquier Huidobro, que de los espejos sopla frescura o que los pájaros
sedientos los beben y queda hueco el marco. Hemos de rebasar tales juegos. Hay que manifestar
ese antojo hecho forzosa realidad de una mente: hay que mostrar un individuo que se introduce
en el cristal y que persiste en su ilusorio país (donde hay figuraciones y colores, pero regidos de
inmovible silencio) y que siente el bochorno de no ser más que un simulacro que obliteran las
noches y que las vislumbres permiten.
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Inquisiciones (Jorge Luis Borges)
- Subrayado Pos. 556-80 | Añadido el martes 29 de octubre de 2013 00H54' GMT-04:59

Examen de metáforas Su principio Los preceptistas Luis de Granada y Bernard Lamy se acuerdan
en aseverar que el origen de la metáfora fue la indigencia del idioma. La traslación de los vocablos
se inventó por pobreza y se frecuentó por gusto, arbitra el primero. La lengua más abundante se
manifiesta alguna vez infructuosa y necesita de metáforas, corrobora el segundo. Algún
detenimiento metafísico reforzará impensadamente ambas afirmaciones. El mundo aparencial es
un tropel de percepciones baraustadas. Una visión de cielo agreste, ese olor como de resignación
que alientan los campos, la gustosa acrimonia del tabaco enardeciendo la garganta, el viento largo
flagelando nuestro camino y la sumisa rectitud de un bastón ofreciéndose a nuestros dedos, caben
aunados en cualquier conciencia, casi de golpe. El idioma es un ordenamiento eficaz de esa
enigmática abundancia del mundo. Lo que nombramos sustantivo no es sino abreviatura de
adjetivos y su falaz probabilidad, muchas veces. En lugar de contar frío, filoso, hiriente,
inquebrantable, brillador, puntiagudo, enunciamos puñal; en sustitución de ausencia de sol y
progresión de sombra, decimos que anochece. Nadie negará que esa nomenclatura es un
grandioso alivio de nuestra cotidianidad. Pero su fin es tercamente práctico: es un prolijo mapa
que nos orienta por las apariencias, es un santo y seña utilísimo que nuestra fantasía merecerá
olvidar alguna vez. Para una consideración pensativa, nuestro lenguaje -quiero incluir en esta
palabra todos los idiomas hablados- no es más que la realización de uno de tantos arreglamientos
posibles. Sólo para el dualista son valederas su traza gramatical y sus distinciones. Ya para el
idealista la antítesis entre la realidad del sustantivo y lo adjetivo de las cualidades no corrobora
una esencial urgencia de su visión del ser: es una arbitrariedad que acepta a pesar suyo, como los
jugadores en la ruleta aceptan el cero. Ninguna prohibición intelectual nos veda creer que allende
nuestro lenguaje podrán surgir otros distintos que habrán de correlacionarse con él como el
álgebra con la aritmética y las geometrías no euclidianas con la matemática antigua. Nuestro
lenguaje, desde luego, es demasiadamente visivo y táctil. Las palabras abstractas (el vocabulario
metafísico, por ejemplo) son una serie de balbucientes metáforas, mal desasidas de la corporeidad
y donde acechan enconados prejuicios. Buscarle ausencias al idioma es como buscar espacio en el
cielo. La inconfidencia con nosotros mismos después de una vileza, el ruinoso y amenazador
ademán que muestran en la madrugada las calles, la sencillez del primer farol albriciando el
confiado anochecer, son emociones que con certeza de sufrimiento sentimos y que sólo son
indicables en una torpe desviación de paráfrasis. El lenguaje -gran fijación de la constancia
humana en la fatal movilidad de las cosas- es la díscola forzosidad de todo escritor. Práctico,
inliterario, mucho más apto para organizar que para conmover, no ha recabado aún su adecuación
a la urgencia poética y necesita troquelarse en
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Borges había vuelto de Europa con algo más que un cuñado cuyas Hélices no eran para
despegar (muchos menos en el gusto de Borges). Pero encuentra a sus cómplices, entre ellos una
figura recortada por la descripción del mismo Jorge Luis que deja retratado en sus Inquisiciones:




Aquella mujer que los acompañaba dicen enloqueció a por lo menos uno de los rebeldes que se
aventuraban en esa locura llamada Ultraísmo. Sin embargo, ese amor se convirtió en aquella
rivalidad trivial que dejó tantas cosas impresionantes que decir en torno a los dos líderes que
tarde o temprano entre letras se verían: de un lado Jorge Luis Borges y del otro Oliverio Girondo.

Ninguna prohibición intelectual nos veda creer que allende nuestro lenguaje podrán surgir otros
distintos que habrán de correlacionarse con él como el álgebra con la aritmética y las geometrías
no euclidianas con la matemática antigua. Nuestro lenguaje, desde luego, es demasiadamente
visivo y táctil. (metáfora)

preceptistas Luis de Granada y Bernard Lamy se acuerdan en aseverar que el origen de la metáfora
fue la indigencia del idioma. La traslación de los vocablos se inventó por pobreza y se frecuentó
por gusto, arbitra el primero. La lengua más abundante se manifiesta alguna vez infructuosa y
necesita de metáforas, corrobora el segundo. (metáfora)

no quiero que descansemos en ella y ojalá nuestro arte olvidándola pueda zarpar a intactos mares,
como zarpa la noche aventurera de las playas del día. (metáfora)


Dimos con la metáfora, esa acequia sonora que nuestros caminos no olvidarán y cuyas aguas han
dejado en nuestra escritura su indicio, no sé si comparable al signo rojo que declaró los elegidos al
Ángel o a la señal celeste que era promesa de perdición en las casas, que condenaba la Mazorca.
(metáfora)