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LA PENA DE MUERTE

Por: LINA PAOLA GARCÍA MURILLO

Código: 2140244



Ensayo sobre la pena de muerte para la materia de
Taller de Lenguaje


Grupo: PJ8



Profesor: AURELIEN RODRIGUE MIGUEL DIAZ



ESCUELA DE INEGENIERÍA METALÚRGICA Y CIENCIA DE LOS MATERIALES
UNIVERSIDAD INDUSTRIAL DE SANTANDER
BUCARAMANGA
2014
LA PENA DE MUERTE

“La muerte es un castigo para algunos, para otros un regalo, y para muchos
un favor” Séneca.

La muerte es tan vieja como la existencia misma del hombre. Tiempo después de
que el hombre se organiza en comunidades, descubre que es necesario crear un
conjunto de normas en pro del bienestar común, fomentar el progreso y la
expansión y principalmente para proteger la existencia y la integridad del grupo.
Básicamente las normas impuestas en la comunidad buscan modelar el
comportamiento de los integrantes del grupo y de esa forma lograr el desarrollo de
la convivencia como herramienta de sostenimiento social.
Sin embargo, el hombre se da cuenta que las normas modelan el comportamiento,
pero no lo definen, descubre que cada persona es diferente a pesar de estar
dentro del mismo grupo y bajo las mismas condiciones, existen quienes se
manejan por fuera del código establecido y decide entonces que eso puede
resultar nocivo para la comunidad. Es ahí cuando la norma se hace ley, y el
castigo se hace instrumento para hacer cumplirla. La severidad de los castigos
puede variar según las creencias, la cultura y el nivel de desarrollo de la
comunidad.
A lo largo de la historia se ha sabido que la muerte, es el máximo y el peor de
todos los castigos. Darle fin a la existencia de una persona bajo el consentimiento
de la ley, puede obedecer a una gran variedad de delitos dependiendo de dónde
se cometa, el tiempo en el que se halla ejecutado o la intención con que se halla
llevado a cabo. Es así como se puede encontrar casos donde se ha condenado a
muerte a personas por haber traicionado a su nación, por haber cometido
asesinato, por profesar un culto o religión diferente, por ejercer una oposición
política, por cometer adulterio o incluso por haber dicho una simple mentira.
A pesar de todos los castigos que se pueden imponer en una sociedad a quien
infrinja la ley, incluyendo la muerte, no evita la existencia de los delincuentes, que
por razones sicológicas, sociales, políticas o religiosas, hacen daño a sus
semejantes o al sistema que los gobierna. Pero es importante la existencia de
parámetros establecidos por el marco legal para defender los intereses de la
comunidad y garantizar el bienestar de sus miembros.
Los primeros indicios de la pena de muerte, datan muchos siglos antes de cristo
con el Talión, el cual consiste en la ley de la venganza entre familias o tribus que
han sido deshonradas o han sido víctimas de algún delito por parte del integrante
de otra familia, tribu o comunidad. Básicamente consiste en retribuir el daño hecho
de la misma manera en que se hizo (ojo por ojo, diente por diente, meno por
mano…), por eso en muchas ocasiones las personas que sufrían el castigo no
eran necesariamente los autores del crimen, si no el semejante en su familia al
cual el criminal había hecho daño en la otra tribu o familia (papá, mamá, hermano,
etc.). Para regular las muertes desmesuradas entre comunidades o familias, se
acordó con el paso de los años, que dependiendo del tipo de ofensa cometido, se
podía indemnizar los afectados de forma pecuniaria, o con ganado o tierras, esto
con el fin de disminuir la mortandad.
La creatividad y la crueldad del ser humano para impartir dolor a través de la
muerte, toma un rumbo diferente cuando el emperador persa Darío padre de
Xerxes el grande, inventó la crucifixión medio milenio antes de que cristo, castigo
que era llevado a cabo en público cuyo único fin no fue diferente a sembrar el
terror entre sus enemigos y sus esclavos.
Siglos después de esto, es Roma quien nombra el primer delito merecedor de la
pena capital, el “perduellio”, introduciendo el término de traición a la patria, es
decir, por ser sorprendido dando información del imperio a otros reinos, por
desacatar las leyes o desconocer las mismas. Con el tiempo, Roma amplió a un
sin número de delitos, como merecedoras de la pena capital, especialmente
aquellos que atentaban contra la vida o la integridad de sus ciudadanos.
Adoptando la crucifixión como pena máxima y se aplicaba a los peores
delincuentes, además de otras muertes tortuosas que surgen de la invención de
nuevas y mejoradas armas.
De manera alterna al desarrollo de la legislación romana en cuestiones de
aplicación de la muerte como castigo, los pueblos de oriente medio que se
encontraban bajo el yugo romano, como el pueblo de Israel, es un claro ejemplo
del grupo de tribus o comunidades que ejecutaban a aquellos que fueran en contra
de la ley divina, establecida por Dios a través de Moisés. Las formas de ejecución
variaban desde el apedreamiento, el estrangulamiento o la hoguera y se tipificaba
como delito acciones que van desde el asesinato, la violación y el adulterio, hasta
el irrespeto del Sabbat y la herejía.
Curiosamente tres siglos después de la muerte de cristo, es un emperador
cristiano, Constantino I, el que implementa por primera vez la pena de muerte
como método para defender la libertad de culto, en este caso para defender el
cristianismo del judaísmo. También a una lista interminable de delitos.

Después de la caída del imperio romano y del surgimiento de la iglesia católica
romana como ícono del poder sobre el poder, aparece en la edad media la santa
inquisición, que con ayuda de la ingeniería, crea nuevas y peores formas de
tortura, que al final generaban las muertes más dolorosas y depravadas posibles.
Más parecían representantes de satanás en la tierra, que de Dios mismo, el nivel
de crueldad y dolor impartido por la iglesia católica hacia las víctimas de
inquisición era inimaginable.
La inquisición surge con el fin de imponer la pena de muerte a las personas que
fueran acusadas de herejía y su castigo iba a ser la hoguera, argumentando que
de esa forma el ser maligno que moría no iba a tener cuerpo para resucitar. Por
otra parte la persona que era sospechosa o acusada de herejía pero no había
pruebas, eran sometidas durante un juicio (injusto) a torturas, dónde el indicado
terminaba declarándose culpable o moría incluso antes de hacerlo. Algunas de las
máquinas y artefactos famosos de ésta época son: el potro, la rueda, el aplasta
cráneos, la doncella de hierro, el cepo, la turca, el péndulo, la pera, la horquilla del
hereje, el desgarrador de senos, el toro de falaris, la silla sumergible o incluso ser
desmembrado por caballos. Lo más injusto de esta justicia divina, es que a los
nobles que se les acusaba de tal delito, se les aplicaba penas alternativas como
pagos de cuantías de dinero o en el peor de los casos el destierro.
Tal fue el auge de estas penas, que con el tiempo casi cualquier conducta o
acción era condenada a pagar la pena capital. El sistema de acusación era
totalmente inconsistente, porque lo único que bastaba para llevar a alguien a la
muerte era acusarlo injustamente y generalmente dicha acusación era resultado
de una enemistad, envidias, roces o incluso en algunos casos simple conveniencia
de la muerte de un individuo para aprovecharse de sus bienes y su pareja
sentimental.
La inquisición perduró por varios siglos, antes durante y después de la
colonización, fue hasta el año 1834, que la inquisición española desapareció por
medio de un decreto firmado por María Cristina de Borbón.
Menos cruel pero igual de absurda resultó las penas de muerte impartidas por la
iglesia protestante. Que a mediados del siglo XVI adopta la pena de muerte dentro
de su organización como castigo a crímenes de alto nivel pero en muchos casos,
varias personas fueron ejecutadas por cuestiones religiosas, sin haber cometido si
quieras crimen alguno.
La pena de muerte como defensa de los intereses de Dios en la tierra, fue la
herramienta que contribuyó a la expansión del catolicismo, y se puede evidencia
en la historia, que el gran crimen de los aborígenes fue no conocer a Dios. Con el
paso del tiempo fueron desapareciendo las prácticas de la edad media y se aplica
un castigo más humanitario y dignificante, aunque no por eso dejaron de ser
injustas.
La razón, la libertad y la igualdad, harían del siglo XVIII un punto de cambio en la
historia de la organización política mundial, primeramente en Francia, dónde la
pena de muerte también sería protagonista. Luis XVI fue testigo de cómo para
acabar con la monarquía, debía acabarse también con sus monarcas. Mal
momento para ser rey de Francia. Después de estallar la revolución francesa, y
someter al rey Luis XVI a tantos improperios por parte de la convención nacional,
esta misma condena a muerte al entonces rey de Francia bajo el cargo de
“conspiración contra la libertad pública y la seguridad general del Estado”. Es
entonces cuando el mundo es testigo de cómo la ley en manos del pueblo hace
rodar la cabeza de su propio rey.
Después de esto gobierna en Francia el régimen del terror, que no fue más que
una “inquisición” dónde se ejecutaron miles de personas que eran acusadas de
ejercer actividades anti revolucionarias, desde 1793 hasta 1795, fue la guillotina, la
encargada de cuidar los intereses de la revolución, incluso de los actores mismos
de la revolución. En la mayoría de los casos, las penas de muerte impuestas,
carecieron de un juicio justo y al igual que en la santa inquisición, solo bastaba
pronunciar unas palabras y sin prueba alguna se llevaba el acusado a la guillotina.
“Es de temer que la revolución, como Saturno, acabará devorando a sus
propios hijos” Pierre Victurnien Vergniaud
No por ser menos cruel la muerte, era producto de un proceso justo, y no por
haber más leyes y castigos, el hombre dejará de ser hombre. La revolución en
Francia y la independencia de los Estados Unidos, desencadenarían los
movimientos revolucionarios de independencia en Latinoamérica.
Bajo el yugo de la corona española, las leyes son estrictas y la muerte es común,
sin embargo a diferencia de las torturas propiciadas en la edad media por la iglesia
católica, los condenados a muerte por violar la ley son fusilados, los nobles son
crueles y despiadados y como en toda sucia sociedad, el peso de la ley y la ira de
Dios recae sobre los pobres y los hijos de nadie. La pena capital fue aplicada a
todas las personas acusadas de traición a la corona, sin embargo esto no detuvo
la revolución y toda Hispano América en menos de dos décadas de revolución, ya
se encontraba libre de la corona española.
La pena de muerte como castigo a quienes se opusieran al régimen de la corona
española e inglesa, no fue contundente en la defensa de sus intereses políticos, el
impacto que causó dentro de la población fue contrario al planeado, enardeció las
masas con sus injusticias y le dio voluntad a la revolución. La independencia o la
muerte, no había otro camino ni otra opción de vida para quienes como Simón
Bolívar o George Washington vivieron para morir libres y dejar la libertad como
legado para sus pueblos. No hay pena de muerte que pueda contra la voluntad de
la revolución, no la hay.
Cien años después de la independencia de América Latina, estallaría la primera
guerra mundial en 1914, y con la guerra viene la muerte, pero no en forma de
castigo ni de pena, si no como un complemento del desarrollo de la hostilidad en
el campo de batalla. Luego vendría en 1939 la segunda guerra mundial, y entre la
primera y la segunda guerra mundial hubo tantas personas muertas, que los
líderes del mundo se preocuparon y crearon entonces la ONU (organización de
naciones unidas), quien hizo la Declaración Universal De Derechos Humanos,
donde en 30 artículos es abolida totalmente, toda práctica o actividad que atente
contra la vida, la libertad, y la dignidad del hombre.
A partir de entonces todas las naciones estado que hacen parte de la ONU,
empiezan a reorganizar sus leyes y normas en pro de la defensa de los derechos
de sus ciudadanos. Aunque eso solo se materializaría en los países desarrollados
de Europa. En cambio en los países africanos y de América Latina, hubo que
esperar hasta el 8 de Junio 1990 cuando en Asunción, Paraguay, se aprueba el
protocolo a la convención americana sobre derechos humanos relativo a la
abolición de la pena de muerte, en el cual se reconoce la vida como un derecho
inviolable, inclusive por el estado mismo.
A pesar de esto, la abolición de la pena de muerte en Latinoamérica,
especialmente en Colombia, solo se encuentra en el papel. Colombia es un país
donde se practica las ejecuciones extrajudiciales, los mecanismos de la justicia
transicional en nuestro país, permiten las ejecuciones por parte de la fuerza
pública y son tachados después como acción legítima de la fuerza. Pero esta
acción legítima al igual que durante toda la historia de la humanidad, solo recae
sobre las clases menos favorecidas. En medio del conflicto que se vive hoy en
Colombia, la pena de muerte a diario cobra la vida de personas inocentes, la pena
de muerte en nuestro país no necesita de ley ni de norma para tener permiso de
llevarse las vidas que quiera, basta solamente con vivir en la zona de algún grupo
armado y por el simple hecho de no estar de desobedecer a sus caprichos, ya
estarás condenado a morir. Esta revolución, legado de Ernesto y de Fidel, hoy por
hoy no tiene sentido, condenar a muerte a un pueblo inocente, ni las hace
revolucionarias y mucho menos las hace del pueblo y aunque resulte paradójico,
la misma fuerza pública que está para cuidar el pueblo, fusila por doquier a quien
no preste atención a sus requerimientos. Igual pasa en las ciudades, donde los
mismos ciudadanos en complicidad con la fuerza pública se organizan para hacer
limpieza “social” y acabar con los ladrones de poca monta. Como si matarlo hiciera
más por la sociedad que reivindicarlo.
Hace poco caminaba por el centro de la ciudad y fue aprehendido un ladrón que
con un cuchillo había intimidado a una niña y le había robado el celular, lo había
agarrado un par de motociclistas y estaba rodeado por una multitud que quería
lincharlo, pasando cerca de allí alcancé a escuchar a una señora diciendo “maten
esa rata, que no sirve para nada, solo sirve para robar”, y no sé por qué, pero
sentí una gran indignación. La gente pide la muerte para un simple ladrón que
acaba de robar un celular, y su forma de juzgar cae en el oxímoron de no hacer
absolutamente nada contundente en contra de aquellos que a diario les roban la
salud, la educación, y el dinero de los impuestos. Incluso no tienen ni la más
mínima intención de retribuirle el dolor y las muertes que causaron los agentes
patrocinadores del paramilitarismo, que hoy por mayoría están presos, y algunos
aún siguen votando por los que no lo están. Es curioso que bajo las condiciones
bajo las que vive un colombiano, pida la muerte como castigo para un simple
ladrón y se deje robar a diario sin hacer absolutamente nada para evitarlo.
La muerte como castigo, por muy dolorosa, tortuosa e injusta que sea, puede
modelar el comportamiento de una persona o de un pueblo, pero nunca definirlo.
La pena de muerte como instrumento para defender los intereses políticos o
religiosos ha sido un total fracaso, hoy muchos no creen en Dios y muy
seguramente en Rusia hay personas de derecha y en Estados Unidos hay
personas de izquierda. La muerte tampoco es garantía de soberanía, por el
contrario aviva la sed de libertad de los oprimidos y hoy por hoy ni el acento nos
ha quedado.
La muerte tarde o temprano llega, como castigo de la vida misma.