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L A SOCIEDAD CIVIL (Y LOS PENDEJOS

)

Dicen que, en el Perú, el que no es un pendejo es un cojudo. Con una sola excepción, en todo
el mundo de habla hispana, pendejo significa tonto o cobarde. En el Perú significa todo lo
contrario. El cojudo es, en cambio, nuestra forma de llamar al tonto. La pendejada es toda una
filosofía de vida. Consiste en sacarle ventaja al prójimo, pero también a la ley, al gobierno. La
cojudez es la peor ignominia: el cojudo, el caído del palto, siempre fracasa y, además de
fracasar, deshonra a la sociedad peruana. Ocurre, claro, que para que haya pendejos tiene que
haber cojudos. Si todos fuéramos pendejos, no habría a quién hacerle la pendejada. Del mismo
modo, si todos fuéramos cojudos, ninguno lo sería porque sólo se puede ser cojudo en
comparación con otro más vivo, más pendejo, que a uno lo cojudea (o cojudea a los otros).
Cuando a uno le robaban su sitio en el colegio, se decía que el que se había ido a Barranco
había perdido su banco. Cuando a uno le hacen lo mismo de adulto, el que le quita la silla al
otro, el que aventaja al prójimo mediante alguna treta, es aplaudido, o por lo menos
respetado, mientras que la víctima pasa por idiota. Un presidente peruano dijo, hace algunos
años, que el peor pecado en política era ser ingenuo. Años después, el mismo hombre que hoy
ocupa Palacio de Gobierno como dictador, salió por televisión con una enorme yuca en la
mano, en el mismo momento en que se descubría que había hecho trampas en su vida
profesional y las hacía también en su joven carrera política. Había suficientes indicios de que
quería enyucar al país. Pero el país quería ser enyucado: estaba harto de todos los políticos,
quería un cambio, y si ese cambio podía encarnarse en una persona que expresara vivamente
la filosofía nacional, la pendejada, tanto mejor.
Reducir la cultura «chicha», que es la determinante en el Perú de hoy, a la pura pendejada
sería simplista, injusto, inexacto. Desconocer que la cultura «chicha», la sociedad peruana del
nuevo milenio, en estado de fermentación, tiene un componente de viveza criolla, que a veces
conocemos con el nombre de pendejada, sería cegarnos. ¿Qué es exactamente la pendejada, si
la situamos en un contexto más amplio que el de la pequeña travesura diaria? Es una manera
de entender la relación de una persona con la otra, y de las personas con el Estado. No juzgo
intenciones sino acciones. El pendejo no siempre quiere hacer daño al objeto de su pendejada.
A veces actúa de forma inconsciente, pero en muchas ocasiones hace la pendejada sin desear
necesariamente que el otro se perjudique. Esto es porque funciona de acuerdo con unos
códigos de conducta, un patrón ciudadano, que han resultado de un continuo deterioro de las
instituciones del país y de los cambios ocurridos en una sociedad peruana a la que el
empobrecimiento sin tregua ha descompuesto más de lo que estaba. Así, todos, ricos, pobres y
clases medias participamos de la pendejada y la cojudez.
Hace medio siglo, éramos un país rural en un 70 por ciento y urbano en un 30 por ciento. Hoy
las cosas son exactamente al revés. Entonces, Lima tenía poco menos de medio millón de
habitantes; hoy, alrededor de siete millones. En 1988, la capital alcanzó una población
equivalente a la que tenía todo el Perú cuarenta años antes. Nos damos una idea de la
velocidad del cambio si pensamos que sólo en 1940 el Perú alcanzó a tener una población de
seis millones, parecida a la que tenía el Incario en el siglo XVI, cuando llegaron esos barbados
españoles. Pero después las cosas se aceleraron de modo vertiginoso y no puede decirse,
precisamente, como ocurrió cierta vez en Nueva York, que los apagones dispararon el índice
de natalidad. No entremos a analizar las razones, porque nos desviaríamos del tema central.
¿Cuál es ese tema? La transformación cultural del Perú. Al migrar del campo a la ciudad y
aumentar de forma tan notable, la población cambió, y con ella la sociedad. Crecieron las
ciudades, cuyos vientres se ancharon como si estuvieran encinta de octillizos, y nada de lo que
existía ni el gobierno, ni las empresas, ni los partidos, ni los sindicatos fue capaz de absorber el
fenómeno. La sociedad desbordó al país formal, el de las instituciones que hasta entonces
funcionaban sin mayor sobresalto porque participaban de ellas unas minorías contentas de
que el resto del país vegetara en los márgenes, a un costado de la «civilización».
No sólo Lima recibió inmigrantes. Casi todas las ciudades lo hicieron. Miles de puneños, por
ejemplo, se desplazaron con los años a lugares como Arequipa y Tacna, donde hoy
constituyen el nervio de la población y la economía; Chimbote, especialmente a partir de la
pesca industrial, se vio de pronto inundada de recién llegados. Con otras pasó igual. Todo
varió: la economía, la religión, la música. Como esa sociedad iba mucho más rápido que las
instituciones y que el gobierno, fue naciendo lo que conocemos como la «informalidad», sobre
la que…