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Debía ir a Maracay esa tarde, ya eran casi las cinco cuando me encontraría de nuevo con mi compañero

de viaje en la central. Había que hacer dos paradas técnicas antes de agarrar el autobús que nos dejaría
en la Bandera. La primera parada en Bellas Artes, la segunda en Capitolio.
Venía escuchando música, viéndolo de lejos, esperándome; con unos pocos días sin vernos todo en él
me pareció diferente, su cara más que todo, su expresión. Sentí envidia nuevamente, envidia que en
otras épocas lejanas había sentido por él mismo de una manera que aún hoy no logro entender.
Me saludó como si nada, como si hubiera sido ayer el último día que nos vimos, como si no hubiera
cambiado nada entre nosotros, y, nuevamente, ahí estaba la envidia. Yo lo veía tan lejano, tan fuera de
mi alcance: nuestra amistad tan destrozada por pequeños y estúpidos eventos desafortunados -la culpacausados por mí.
Igual sonreí cuando lo vi, no puedo evitarlo todavía. Le pregunté por las cosas que había pasado desde la
última vez que nos vimos, y su vida se me hizo infinitamente más interesante que la mía. Tan lenta, tan
monótona, tan falta de algo, que la verdad yo sé que él tampoco tiene, pero no puedo evitar esa ilusión
de que en él es diferente.
El metro estaba abarrotado de personas, personas que se comportaban como siempre, como una
estampida humana, como animales. Solíamos burlarnos de las personas que corrían cuando el vagón se
abría y hacíamos ruidos de animales de granja, todos unos animales en esta ciudad, se perdió la
decencia de alguna manera, se perdió la civilización.
Me pidió un favor y tuve la sensación de que de mis labios brotaría la palabra no, pero no pude. En algún
lugar de mi vida, hace mucho tiempo, se perdió el respeto por mí misma, se perdió el egoísmo, y ahora
solo estoy ahí, dispuesta, débil, frágil. En fin, debía entregar un paquete a un pana en Bellas Artes, y
luego me encontraría con él en Capitolio. Debo admitir que mi conocimiento del oeste de la ciudad es
muy remoto, he ido, varias veces en realidad, pero nunca recuerdo nada, solo la plaza Bolívar de
Capitolio -me parece hermosa- y las calles viajas que la rodean, parecen eternas, parece que siempre
estarán ahí. Sabía que me perdería un poco entre entregar el paquete en Bellas Artes y llegarme a
Capitolio.
No lo he dicho: mi paquete era algo sencillo, unos potes de comida que alguien había olvidado. No
podíamos llevarnos a Maracay. En cambio su paquete eran dos papeles, Hoffman, LSD. Y debía
entregárselos a otro amigo, viejo amigo, que de vez en cuando aparece en nuestro camino.
Decidí que prefería que me acompañara entregar mi paquete, no le dije que pensaba que me perdería,
porque sabía que si lo intentaba podía lograrlo sola. Prefería su compañía, su guía. Pero la entrega del
paquete se canceló después de que ya habíamos abandonado el metro. El sufrimiento. Las personas
abarrotadas esperando a que llegara de nuevo el metro en dirección Propatria, y nosotros al final de una
cola. Se arrechó. Lo único que pude decirle es que no se diera tan mala vida, a nadie le gusta usar el
metro, pero las cosas que hay que hacer uno simplemente las hace.

caminando por sus largas calles llenas de molestos buhoneros y gente inconsciente que lanzaba cualquier clase de desperdicio al suelo. Nos sentamos alrededor de la plaza. con los que últimamente hemos estado saliendo. es el lugar perfecto para estos actos. Llegamos a Capitolio. Entonces llegó el pana. No sería el tipo de negocios en el que yo me inmiscuiría. Los cigarrillos siempre me calman. en el oeste. Pensé en el centro de Maracay. el siempre se confunde. menos ilegales. siempre pensé que si las cervezas en el este costaban 30. veía sus ojos que me parecieron más claros. pues era muy grande e incómodo para cargarlo en la espalda. Inconscientes. como una puta malagradecida. Yo seguía maravillada con regresar de nuevo al centro. me siento extrañamente segura. en esta ciudad no se sabe en qué momento lo hurtarán a uno. te seduce y en cualquier momento te escupe en el rostro. pasé mi infancia allí. o light. Cuestan casi lo mismo. Me encantan esas calles. Nunca intento acordarme de estas direcciones a las que no suelo ir. No para hacer dinero. No lo intento la verdad. en unas escaleras. Esta ciudad es una trampa: te agarra. . mínimo. Siempre he pensado que el negocio del papel no es muy rentable. como si fuera un lugar familiar. Animales. Justo como en el metro. Hablamos de trivialidades de nuestros amigos. Siempre quiero uno. yendo al trabajo de mi padre -un taller de latonería y pintura. y una parte de mí sabía que no nos iríamos a Maracay esa noche. Pero aunque me queje. no podía moverme y debí poner mi bolso entre mis pies. uno podría conseguir cervezas a 20. pero no es así. negocios más grandes. prefiero algo que de más ganancia en menos tiempo. la adicción se apoderado de mi. yo quería un cigarrillo. Solo estaba esperando que mi compañero se diera cuenta de que eso era lo que iba a suceder. para intercambiar dinero por drogas. no para mantenerte día a día. solo hay Polar ice. Continuamos en el viaje. le preguntamos a unos policías cual era la salida más cercana a la plaza Bolívar. igual la consumo. Un intercambio de mercancía se convirtió en unas birras en un pequeño restaurante con un terrible servicio. mientras esperábamos a nuestro amigo. y yo no tengo ni idea. La distancia supongo yo. Además. cada uno por su lado. Aunque la decadencia siempre tiene un amargo encanto. Estaba anocheciendo.Entramos como pudimos. es como tomar agua con aspecto de orine. Son trivialidades lo que salen de nuestros labios. y el metro en hora pico. te maravilla. La distancia. así como la angustia. esa sensación extraña que sientes que te tranca un poco la respiración. y lo mejor era irnos a un lugar más tranquilo. Y lo peor. Un insulto para el mercado de las cervezas a mi parecer.

A pesar de que estaba un poco ebria lo primero que sentí fue unas ganas absurdas de doblarme los dedos de la mano. que tocarían el fin de semana en algún lugar. A mí no me importaba para qué los quería. ya no brillaba el sol en el cielo. La experiencia fue totalmente diferente. en el fondo esperaba que algo mas sucediera. Y la pregunta mágica. Yo no quería. fuertemente. Creo que ya estaba un poco entonada. y la primera respuesta ante eso es doblármelas. igual yo no vendía. esperando a que algo más sucediera. cuatro en total. y ambas con una sensación de tranquilidad interna que no estoy segura de que algún día vuelva. ambas en la playa. cuando la ira se apodera de mí siento que se me empiezan a trancar algunas articulaciones. ¿nos tomamos unos papeles todos y vamos por la ciudad? Oh sí. otra. qué negocio tan poco rentable para él a mi parecer. He tenido esa sensación en otras ocasiones. Que siempre fueron así. Y luego el verdadero momento decisivo para el resto de nuestra jornada nocturna. y este amigo casi desconocido para mí: Luis. sacó el dinero y preguntó por la mercancía. En el camino. con un papel en mi sistema. Pero la esperanza me gusta. a menos que él realmente deseara ir. ¿por qué no?. la luz y el sonido. los pies. Qué aspiraciones… Entonces llegó el momento decisivo. mi compañero también y nuestro pana medio. me he cansado de decírselo pero igual él cree que saldrá bien al final. La charla rodó por trivialidades como siempre. y si no. principalmente las manos. fue toda una experiencia haberse convertido en dealer por poco tiempo. que él me dijera "vamos a quedarnos". Intente perseguir a uno. a pesar de que en la mañana había salido de mi casa con todas las cosas listas para el viaje. Al final creo que compró un tercer papel para esa noche. Me tragué uno completo. Y en efecto dejamos las cervezas y salimos a caminar a otro local que quedaba por ahí mismo en Capitolio. yo. Noches que me llenaban de esperanza. ¿nos vamos a Maracay? Y yo respondí que no. perros callejeros. Luis fue el de la idea. Ni idea de que haría con tanto ácido más tarde. yo no quería irme a Maracay. la esperanza de algo que aun no sé qué es. Solo ese malestar en el cuerpo. y los brazos. vi una manada de perros hermosos. Luego uno negro se me acerco. como si quisiera continuar por siempre hacia ningún lugar. Oscurecía poco a poco mientras las botellas iban vacías y venían llenas. ni más brillante ni la música la escuché diferente. y que fuera una noche como las que tuvimos en otras épocas. Y pedimos entonces otra ronda de cervezas. una ronda. pero tenía miedo. solo entregarme a los sentidos. aunque esperaba que mi compañero se deshiciera prontamente de la mercancía. y la mano. Y si había algo que sentía que había perdido era eso.Comenzamos a pedir las cervezas. El pana interesado en los papeles. El mundo se veía como siempre. . caminar. dijo que era para él y otros tres panas. en una de esas calles que tanto me gustan. él. desde el comienzo fue diferente. Nada. pero me sentí a gusto por un momento. Esta vez no se sintió así. Había consumido papel en otras ocasiones. buenas noches en tiempos tormentosos para mí. que fue lentamente convirtiéndose en una euforia rara.

Quería vivir en la sombra de lo que nunca sería. pero una especie de paranoia se apodero de nosotros por un momento. Me preocupaba saber que el tiempo seguía transcurriendo en esa noche tan trivial. Nunca me ha gustado el sabor de otro licor que no sea la cerveza fuerte. creo que hecho con cocuy. y quizás jamás seremos. como otras viejas. Aunque el LSD normalmente me hacía ver mejor. Supongo que es por el imposible. en una ruta nocturna. Aunque era estúpidamente temprano. nuestra jornada habría comenzado alrededor de las seis. creo que tenía nombre de algo dulce. con sangre para los animales. Si no. en una misión de tener un atisbo de lo que éramos antes. Me llamó la atención su nombre. tenía un sabor raro. Quería beber toda la noche. Al final continuamos. creo que nunca he podido andar tan tranquila por Caracas en la noche. un señor que dijo ser veterinario retirado. probablemente producto del ácido. Me mostró una foto de la mujer… Nunca entiendo a los hombres y sus persecuciones absurdas. realmente no entendí. pero no lo recuerdo. y su amigo casi desconocido. era peor. detallar mejor. Creo que quizás estaba hablando demasiado. que no llegáramos jamás a casa y que no saliera el sol. alguna otra vez había estado en la entrada de ese local pero se hallaba cerrado. épocas en las que yo no existía para ninguno de los dos. al igual que el hombre de los perros. ya no somos. y sin mis lentes de ver. los muchachos me veían raro. quería que él papel nunca acabara. Llegamos a otro lugar. Quería que la noche continuara por siempre. Siempre recordaré ese nombre. Nos habló de su hija que vivía en Margarita y que había salido justo como él. y supongo también que yo he estado en esa posición. qué haría yo ahí esa noche con mi compañero perdido. El hombre estaba despechado. Por más que yo tenía una sensación plena de que esta noche nada nos iba a pasar. parte de la fauna nocturna. algo desagradable quizás. Cosas que seguiré descubriendo por siempre. pero era nuestra noche. y para mí. A cada rato alguien volteaba a ver si nos seguían y yo propuse la idea de pararnos en la plaza Bolívar. Pero no era un plan dejar que el hombre nos siguiera. y mi compañero habló con él un rato hasta que le dijimos que teníamos que partir. cada cierto tiempo yo les decía que nadie nos seguía. se quería anotar con nosotros para seguir bebiendo.Justo en ese momento llegó el dueño de los perros. Venganza se llamaba el perro que me gustó. así se refiere a estos personajes mi compañero. consumir cualquier licor se volvió más que un gusto. Ya íbamos a pagar la cuenta cuando llegó un hombre ebrio. Contaron historias viajes en que mi compañero rescataba a Luis de cualquier situación. como en ese . y ahora parecía vivir en las calles con sus perros. Íbamos casi corriendo por el centro. por las calles de noche. vidas que tuvieron antes de entrar en mi vida. Y quizás habrían transcurrido dos horas desde entonces. una costumbre. por andar detrás de una caraja casada. antes de seguir caminando o corriendo. aunque en realidad siempre tomo cualquier cosa. muy raro. Él tiene sangre para esos personajes extraños. Me senté y seguí doblando mis manos. Venganza. Nos sentamos y pedimos una jarra de mohito de parchita. o quizás tenía hogar en algún lugar. la fauna nocturna del centro de Caracas. sentía más bien que toda la ciudad lucía opaca. Nos libramos del hombre de la fauna nocturna.

salió a colación un poema de Alejandro Castro sobre Bolívar. como un recuerdo borroso de la realidad. En la entrada del metro de Capitolio sacamos el libro de Alejandro Castro y leímos el poema de Bolívar. Fran Garden estaba por ahí. ni diferenciarlo de un Marlboro. En algún momento del camino saqué un poemario de Luis Enrique Belmonte para leerles el poema Antidepresivos. opaca. Así que ambos me tomaron y me llevaron al metro. y comenzamos a esperar. Dijeron que la Urdaneta era muy peligrosa y ya era muy de noche. y que por más que tomé un cuarto en varias ocasiones siempre me producida un estado que me gusta denominar de ausencia. Probablemente sonaba un poco loca. pero quizás mi sentido común colapsó justo allí. Eventualmente llegamos a Bellas Artes. Nos dirigimos a la Urdaneta. Yo no sabía nada. De verdad no tenía ni idea del camino que seguíamos. triste pero graciosa. viendo y conversando. iba protestando todo el camino de que yo quería caminar. ni de la noche. en el centro de la plaza Bolívar más grande de Venezuela. igualmente las disfruto. sentía que la noche se me iba a ir esperando el metro… Qué sensación tan extraña tuve toda la noche. para caminar desde ahí a La Candelaria. un poco fuera de lugar. no pude disfrutar del sabor del cigarrillo. pero mi cuerpo se había entregado completamente al instante de tiempo ambiguo. sobre todo cuando estas cosas pasan.momento. Mi compañero esperaba que nos quedáramos más tiempo en la plaza. de verdad no tendría ni la mas mínima idea. discutimos un poco de la imagen de Bolívar en la actualidad. estaba demasiado acelerada por continuar y hacer más. la sensación de que en algún momento todo se acabaría. Si es que el momento de dormir llegaba. y menos de donde quedaba La Candelaria desde allí. cerca de la Urdaneta. Compramos una caja de Camel en la salida del metro. en algún lugar subiendo hacia La Candelaria. aunque había sido su idea. si alguien me preguntara ahora cómo llegar al lugar. negra. un precio absurdo por cigarros y debo admitir que mi paladar no estaba en sus mejores estados. . o a Colegio de Ingenieros. Fue una protesta vacía porque igual fui al metro. Estuve vomitando palabras desde que entramos al metro. y dijeron que La Candelaria estaba muy lejos. sin pasado y sin un futuro real que importara. Cuando llegamos a la Urdaneta. ni de los peligros de la Urdaneta. El tema del poema surgió por una pastilla que alguien me regalo en algún momento. Había una parte en el fondo de mí que murmuraba algunas palabras de advertencia que llegaban a mis oídos como un eco distante. cansarme más para poder dormir tranquila esa noche. ni del tiempo. consumir más. Y el tiempo parecía no transcurrir aunque no dejaba de pensar en el final. A veces me siento como un cliché de algo más. Vimos la estatua de Simón Bolívar en su caballo. casi detenido. ellos se achantaron. y yo quería seguir. Me pareció una idea estúpida momentáneamente. Pero fuimos. como ver una película ajena y distante. Ellos dos parecían estar más pendiente de todo lo que nos rodeaba.

mejor dicho. La ciudad se me hizo más oscura transitando esas calles abandonadas y mugrientas. desde que la leí la primera vez recordé un sueño que tuve una vez. una advertencia que proclamaba “smoking kills”. prendí la luz. y la verdad. Esa fue mi frase de la noche. como si todo diera igual todo el tiempo. Creo que el efecto del papel desaparecía en ese momento. en algún rincón que solo podía quedar olvidado por los efectos de sustancias que alteraran el estado de la consciencia. Y simplemente seguí durmiendo. tuvieron ellos un debate al respecto. Consumimos nuestra caja de Camel como si fuera a durar por siempre. Todo me comenzó a parecer distante mientras estábamos en Fran Garden. para apreciarlo con otros ojos y otro cuerpo. como lo recordaba. lastimosamente. que siempre cargo anotada en algún lugar conmigo. Salimos a la calle y aún había personas por ahí. nuevamente como si nos persiguieran. guiada por mi compañero. alcohol. como en un espejo roto. y sonó el himno nacional. aunque no estoy segura de quién era. subiendo a la Cota mil desde La Candelaria. hace no tanto en el que escuchaba que un vaso se partía en la oscuridad. así que su comportamiento no estaba fuera de lugar. Ahora me encontraba en un taxi con él yendo juntos a mi casa. Ellos corrían por las calles. Pero esta frase me la sé de memoria. viendo la ciudad que siempre . y me desperté preguntándole a mi compañero con quien dormía si había escuchado el vaso partirse. me fijé en que olía como siempre. no pertenecíamos a esas calles. y un cuadro de un retrato que podría haber sido el de Rómulo Gallegos. Estaba fastidiada de Fran Garden. proclamando la media noche y nuestra partida. Maravillada por ese instante que se agotaba. porque el miedo siempre estaba allí. uno tras otro. Comieron perros calientes en algún lugar de La Candelaria. pero a mi parecer nada es seguro en esta ciudad ni en esta vida. En Fran Garden vimos un cuadro del cuervo. viviendo sin miedo. no recuerdo dónde lo leí. la caja de cigarros más cara que he tenido. pero no había nada. incluso después de comer. Había estado recostada de mi compañero en Fran Garden: me pasó el brazo sobre los hombros. supongo que la Candelaria no era muy seguro. Totalmente me encontraba en ese estado mientras deambulaba por la ciudad de noche. así que realmente nada importa.El poema de Belmonte me parece un buen ejemplo de que son los Antidepresivos y el efecto que producen. y con una advertencia en ingles cubriendo el diseño del camello sobre el fondo beige. siguen reflejándose pedazos de ilusión a través de los días…” es de un cuento Primavera. no podía seguir la conversacion. no recuerdo bien de qué trata. sé que en algún momento salió a colación una cita de algún libro de Pocaterra. la fauna nocturna. una especie de la que nunca sería parte real. me gustaba pensar que era así. cada vez más. Tuvimos un debate al respecto. a mi casa. “Era eso que se le rompe a uno en el alma la primera vez y en cuyos fragmentos. Quizás algún día debería volver a ir. como en épocas pasadas. de época en época. drogas… Era hora de irnos. A mí no me importaba quién era. o no lo sé. en algún fondo. en algún cruce oscuro. Una especie inconsciente de los peligros de la noche. y por este seudo-conocido. Buscamos un taxi a casa.

Recosté mi cabeza en su pecho y la restregué como solía hacer. Y como para cortar la tensión entre nosotros. Porque hay una parte de mí que se ha ido despedazando en sus manos y la otra se ciega ante eso. como para cortar el silencio. en la llovizna. No nos quedo de otra que reírnos de que ese fuera el soundtrack del momento y besarnos como si no hubo otras épocas. En silencio. Eventualmente entraríamos. siempre en lo incierto. prendiendo el penúltimo cigarrillo. Es el auto-engaño y la mutilación. Y en silencio. y la angustia de mirarlo de vez en cuando.he pensado que es una puta doble cara. no quería pisar mi casa así que nos quedaríamos afuera al pie del Ávila. o por lo menos así fue para mí. con un poco de esperanza y con un poco de dolor. Ver un atisbo de viejas noches. la lejanía volvería. estar con él suele ser eso. sonó esa canción de Marc Anthony de vivir la vida. Y en la mañana todo sería igual. El ácido aún estaba en mi sistema. . y seguramente seguiré sonriendo otras más. solo cuando el tiempo parezca no transcurrir. y aún no quería que la noche se acabara. Igual sonreí esa noche. hasta que noches como esta volvieran. y días quizás. No estoy segura de cómo se llama realmente.

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