Pasantía es la práctica profesional que realiza un estudiante para poner en

práctica sus conocimientos y facultades. El pasante es el aprendiz que lleva
adelante esta práctica con la intención de obtener experiencia de campo,
mientras que el encargado de guiarlo suele conocerse como tutor.
El objetivo de la pasantía, por lo tanto, es brindarle experiencia laboral al pasante
y prepararlo para que pueda desarrollarse en el campo laboral vinculado a su
futura profesión. La remuneración que percibe el estudiante por la pasantía es
nula o escasa, lo que en muchos casos es aprovechado por las empresas para
contratar mano de obra barata.
La pasantía implica la formación del estudiante. Cuando una compañía contrata
estudiantes para una pasantía y se limita a emplearlos sin preocuparse por la
formación, se trata de una violación del espíritu del concepto y del derecho
laboral. Es importante, por lo tanto, tener en cuenta que algunas empresas
aprovechan esta figura para recortar sus gastos.
El término suele utilizarse como sinónimo de becario, aunque no se refieren
exactamente a lo mismo. El becario es el estudiante contratado por una empresa
u organización para brindarle una ayuda económica que debe destinarse a
solventar los estudios.
Por ejemplo: “Mi hermano está a punto de recibirse de ingeniero y acaba de
conseguir una pasantía para desempeñarse por seis meses en una compañía
multinacional”, “Entre la pasantía y los exámenes finales, no tengo tiempo para
descansar o salir”, “Cuando realicé la pasantía, me hicieron trabajar como un
esclavo y no me pagaron ni siquiera los viáticos”.
Síntesis del camino que condujo a este encuentro
La educación es de obligada referencia como una dimensión sustantiva para la
promoción del desarrollo de las personas y las sociedades que integran. El acceso
al conocimiento, en esta sociedad global que se ha definido como “de la
información y el conocimiento” está atravesado por relaciones sociales en conflicto
con una dinámica de inclusiones y exclusiones.
En función de esto, la aspiración para alcanzar una sociedad cada vez más
democrática debe garantizar el derecho a la educación para todas las mujeres y
todos los hombres a lo largo de toda la vida, tal como se expresa en la
Declaración Mundial sobre Educación para Todos realizada en Jomtien, Tailandia,
en 1990, cuyos antecedentes se ubican en el Informe Faure “Aprender a Ser” de
1972.
Si bien la perspectiva de una educación para toda la vida fue objeto de un
significativo consenso e incorporada tempranamente en el ámbito académico y
dada su relevancia, invocada desde siempre por el discurso político, recién a fines
del año 2008 pudo concretarse una Ley General de Educación (LGE) que

contemplara claras definiciones para ofrecer garantías en el ejercicio al derecho a
la educación así concebido. Su antecedente, la Ley Nº 15.739, entendida como de
emergencia a la salida de la dictadura, sobrevivió más de dos décadas.
Era necesaria la presencia de un proyecto país que la contuviera para otorgar a la
educación la incidencia que efectivamente tiene en toda apuesta de desarrollo en
un contexto de globalización, pues: “En este nuevo contexto económico y social se
configuran modalidades de dominación, explotación y exclusión capitalista que
cambian la llamada estructura de riesgos que refuerzan patrones de diferenciación
y/o desigualdad donde los jóvenes, las mujeres y los estratos con menores
ingresos, entre otros grupos sociales ven negados sus derechos y quedan fuera
del trabajo y del acceso y goce de bienes y servicios. (… )[Consejo Nacional de
Coordinación de Políticas Sociales, 2007