Ensayo sobre “El malestar en la cultura”

Jorge Humberto González Fabiani

Somos portadores de un acto terrible y arcaico; pasó hace tanto tiempo que ahora sólo se
recuerda como un mito. El crimen de Edipo es el que estructura nuestra cultura. Lo que
trajo el parricidio fue la prohibición del incesto y, como consecuente, fuimos echados del
Edén.
Esto nos trajo problemas, pues el amor se transformó de un acto universal a un acto
selectivo. Por lo tanto, no podemos amar a cualquiera; al igual que también provocó la
agresión, pues nos fue vetado el amor incestuoso. Sentimientos confundidos, no sabemos
si amar u odiar al padre que nos prohíbe amar eróticamente a nuestra madre; por lo
tanto, es como uno viene a ser castigado por el superyó; la agresión dirigida a uno al ser
imposibilitada su exteriorización.
Amar u odiar, crear o destruir, Eros y Tánatos; es la única forma en la que uno puede
actuar. Estas fuerzas se complementan y al mismo tiempo son una. No podemos amar sin
odiar, ni crear sin destruir; somos condenados a una dualidad inmanente a nosotros. Las
pulsiones de vida y muerte rigen nuestra vida; sin embargo, ni siquiera la cultura le deja a
uno ser llevado del todo por ellas; hay normas que las regulan y nos prohíben su
exteriorización; lo único que queda es sublimarlas. El amor erótico queda sublimado y se
vuelve amor fraterno, y la agresión lo lleva a enfocarlo a un enemigo común. El precio a
pagar por vivir en sociedad es renunciar a estas fuerzas, a ceder el placer infinito y la
destrucción máxima.
El superyó hace empalidecer al Gran Hermano orwelliano, ni siquiera para él nuestros
pensamientos están exentos de su eterno castigo. Visto como agresión inhibida, ya no
dirigida al objeto, sino a uno mismo. Ejemplificado quizá por el homicida que se torna
suicida o por el fracaso consecuente de muchas revoluciones; pues es la misma violencia
que ejercen, la misma violencia que será ejercida sobre ellos y viceversa. Por lo tanto, el

propósito del superyó no es de una conciencia moral que nos vuelve “buenos
ciudadanos”, sino un mecanismo despiadado que nos tortura incesantemente, que nos
mutila para asemejarnos a una figura inexisten.
Ciertamente el precio a pagar para no vivir solos es muy alto, pues la marca que nos
define precede nuestra génesis. El ser primitivo gozaba infinitamente, pero todo cambió
en el momento que quiso vivir en sociedad. Pues necesitábamos reglas para no matarnos
entre sí. Tuvimos que ceder nuestras armas y ser pasivos ante la agresión que la cultura
ejerció sobre nosotros. Al no haber un punto de escape para esta energía, tuvimos que
sublimarla; darle otra manifestación, aunque no tan intensa como la primordial. Así el
amor erótico que nos fue vetado se convirtió en arte y ciencia, y la agresión prohibida
entre el grupo se convirtió en guerra.
El hombre se encuentra atrapado en el constante terror de que el amor le sea quitado, es
esta agresión cuya constante amenaza por parte de la cultura que puede hacer que el
hombre termine odiándola. Puede haber casos en los que el mundo externo es negado y
darle total importancia al mundo interno, esto es lo que identifica a las psicosis. El
neurótico es un tipo mucho menos radical, pero no lo exenta del mismo malestar; éste es
invadido por la angustia y reacciona reprimiéndola; más tarde esto es lo que provoca que
el neurótico se veía impedido del actuar. Otros encuentran la liberación de esta angustia a
través de la religión, condeciéndole el atributo superyóico a una fuerza mística llamada
Dios, negando el mundo objetivo y la vida misma; todo con el propósito de abrazar una
realidad esperada donde todo el sufrimiento que toleraron durante años será
recompensado con el placer infinito y vida eterna.
Es así que como humanos pagamos una deuda que no pedimos, todo nuestro destino fue
decidido antes de que siquiera hubiéramos nacido. Es como a nosotros nos trasciende un
mito casi olvidado y somos conformados por él. Todas nuestras decisiones ya fueron
tomadas por fuerzas antiguas que rigen nuestra vida. Es así como cada meta a la que
apuntamos llega siempre a un mismo lugar: La inexorable búsqueda del placer en un
mundo castrado por la cultura y la evitación del dolor en un mundo lleno de sufrimiento.