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(*el relato está situado cronológicamente antes de "El primer caso de Cate

Maynes", primer libro de la serie)
Era ella.
Me detuve, conmocionada. Por el contrario, ella no parecía preocupada o en
alerta, ni asustada. Solo esperaba a que yo llegara a su lado, mientras clavaba la
mirada en mí y su rostro dibujaba una socarrona sonrisa.
Cuando lo hice, cuando me planté frente a ella y la miré a esos desconocidos
ojos azules, no supe entonces si pegarle o besarla.
***
Tres meses atrás
Tenía resaca; ergo, no me había enterado de casi nada de lo que me había
dicho la pelirroja de ojos de jade que había entrado en mi despacho.
—No sabía a quién acudir —terminó, expectante, su exposición.
Vale, puede que el conjunto no mucho, pero el moratón disimulado con
maquillaje me daba una pista, junto a, por qué no, las palabras novio y agresivo
que había llegado a captar.
Cuando terminó esa mañana, servidora tenía una nueva consulta y también un
nuevo propósito: aumentar la dosis de paracetamol desde ¡ya! y ad infinitum.
***
Ojitos De Jade se llamaba Antígona James, tenía veinticinco años y un ex que
confundía amor con dominación. Le había costado asumir que un puñetazo no era
precisamente sinónimo de pasión, aunque en tamaño descubrimiento tuviera que
ver —mucho y sobre todo— el que la última paliza la hubiera enviado directa al
hospital. Con esos datos en la mano —y en un par de sus costillas—, Antígona
había decidido acabar con la relación.
El problema era que su ex discrepaba. Y ahí era donde entraba yo, Catherine S.
Maynes, flamante detective privada de Océano, chica-con-pistola-para-todo y
escolta; faceta esta última la de su interés. La pregunta, en ese punto, era
obligada.
—¿Ha acudido a la policía?
—No voy a denunciarlo.
—¿Por qué?
Leí el miedo en sus ojos. La capitulación. Sentí pena por ella y, por qué no,
empatía. Las perdedoras somos así de solidarias.
—Joseph es… —vaciló—. Peligroso.

Partiéndome el mío al hacerlo. su hermana—. Solo necesito protección hasta entonces. eso me sonaba. para que me diera una nueva paliza y me advirtiera de que la próxima vez… —dejó morir la frase en sus labios. —Ya lo hice. En mi época de policía conocí demasiados casos de mujeres a las que ni denuncias ni protección salvaron. Insustancial detalle. pero eso no hacía falta que lo supiera él—. *** . Conclusión: No Sin Mi Glock. sé que no está bien hacerlo. ¿Por qué no ayudarle a tenerla? *** Mi clienta y yo decidimos que. Era exactamente lo que yo había hecho tan solo hacía unos meses.—Razón de más para hacerlo. Le aterraba la idea de que su ex la asaltara allí. En su caso. una poderosa organización criminal que se dedicaba a menesteres tan edificantes como el tráfico de drogas o el ajuste de cuentas. Irá a por mí. ¿Me ayudarás? —preguntó. No sirvió de nada. La ley se encargará de él. esbozando una mueca—. pero solo quiero olvidar todo esto y empezar de nuevo en otra parte. Eché mano de Geppo. por un cabrón cobarde que la trataba a patadas. Ella quería otra oportunidad. La súplica en su tono no fue tan determinante como la aceptación por mi parte de que esa mujer tenía derecho a hacer lo que iba a hacer. En el mío. mi cabrón particular no había tenido tanto que ver en mi huida como la actitud de una mujer —Helena. ¿Cuánto tiempo cree que estará encerrado? ¿Y después? —Se inclinó sobre la mesa—. Mire. además de acompañarla en sus salidas. pasaría también las noches en su casa. —¿La ley? —Me miró. un policía al que le salvé la vida —por pura casualidad. por uno a quien le metí una bala en la cabeza. Y esta vez no se detendrá en un par de patadas. Ah. —La solución no es dejar que se salga con la suya. Ella no era la única que contemplaba esa posibilidad. tuteándome. que eligió la sangre de sus venas por encima de la que hacía latir su corazón. pasando por la trata de blancas y el blanqueo de dinero. realmente. Al parecer. Antígona y yo teníamos algo más en común que haber sacado los dados equivocados: nuestra afición al running vital. salvo por el hecho de que. Solo —bajó la voz y la mirada—. —Me iré de Océano en unos días —la angustia se reflejó en su mirada—. Cuando tuve la información comprendí el miedo de Antígona. para averiguar hasta qué punto se merecía Joseph el calificativo de peligroso. Joseph Nsar pertenecía al clan de los Sinno.

Respondí a su beso devorando esa boca sin futuro como si no fuese a conocer ninguna más. pero ella me la apartó y. La culpa. voy a ir derechita al infierno. solo que una cosa llevó a la otra. ya se sabe.Mi pistola y yo nos instalamos en casa de Antígona. Que fue. El primer día no fue un problema. tenía su boca sobre la mía. al día juntas + {1 vapuleada emocional y físicamente} + {1 esencialmente desmantelada} = consuelo mutuo del modo más básico que viene conociendo la Humanidad desde que se le ocurrió comprobar qué coño había al pie del árbol [=fornicación]. Nos desnudamos entre besos y caricias desabridas. de la fórmula: 2 mujeres x 24 h. Ese primer beso me supo a pérdida. y b) por idéntica dosis de mujeres para llevármelas al mismo sitio. Había sido esa una noche como las precedentes. Y el ahora era Antígona y su piel de terciopelo y su deseo por mí. En el instante en el que mi piel tocó la suya. Ella gimió y yo vacilé. deseo y deseo. Pero el hecho es que Antígona y yo establecimos una especie de puente emocional que cualquier espectador avispado habría sabido que en breve pasaría a ser también físico. A veces. a partir de la hora veinticinco se cae en el riesgo de sucumbir a la falta de estímulos. No sé cuál de las dos empezó. en el mismo . Inapropiado. Noté la cálida humedad de su sexo mojar mi vientre. Un error. Y. Sus labios. al tiempo que se mecía sobre mí. Las jornadas se habían caracterizado sobre todo por el tedio. Cualquier otra opción no solo era éticamente reprobable sino que me deslizaría un peldaño más en mi desmantelamiento. el mañana no existía. qué le vamos a hacer. Claro que. a un camino sin salida. perdí definitivamente de vista el mundo. Pero. Antígona tenía algo que lograba sacar al ser humano con un futuro que una vez fui. follamos. solo el ahora. tal vez. ya. lo sé. Yo estaba allí como profesional y esa debería haber sido la única vía en mi trato con Antígona. Solo vi deseo. de repente. Empezó a comer de mis labios como si arrastrara un hambre primigenia. La miré a los ojos. la vida puede ser muy simple. Resumiendo: sí. no debería beber mientras trabajo. Intenté llevar una de mis manos a su coño. Sí. La llevé hacia la cama y caímos en un enredo de piernas y brazos. sin embargo. me adentré en él. el tiempo se pasa volando averiguando cuál de las misteriosas puertas dará acceso al baño y en qué armario de la cocina guarda el café tu anfitriona. su dolor con el de servidora y. Soy una mujer de costumbres fijas. A falta de otras tentaciones pasábamos el tiempo hablando. tuviese algo —o mucho— que ver el whisky con el que empezamos a regar nuestras conversaciones. No supe. la vida rota de Antígona se cruzó con la mía. también lo sé. Antígona apresó mis caderas con sus piernas mientras retenía mis manos por encima de mi cabeza. Durante un instante me aterró la posibilidad de hacerle daño. no pude o no quise detenerme. claro. Como venía sucediendo desde hacía meses. la que escogí. que en mi caso se agravaban: a) por la falta de la preceptiva dosis de alcohol que llevarme a los labios. lo juro.

había sido ella la que se me había follado. Ahí se acabaron todas mis cavilaciones. Me apoderé de su dedo. la vida puede ser muy simple. mientras pasaba un dedo por el hueco de mi garganta. Antígona era heterosexual —o. cuando el temblor de su cuerpo se convirtió en un susurro de lujuria y su piel en una ardiente ascua. utilizando el talón de la mano para asegurarse mi excitación. cuando la obligué a mirarme a los ojos y no vi en ellos más pérdida que los segundos que se malgastaban sin estar dentro de mí. borrachuza a una barra de bar adosada—. recién salida de una relación plagada de abusos físicos y emocionales… ¡y yo iba y me la tiraba! Bueno. para más inri. Evidentemente. immmmBécil de marca mayor. sacudiéndome como un muñeco inarticulado. La hice mía con pasión. quizás. sí sabía que ella había dado el primer paso con su beso. ¿cómo no reconocer un comportamiento que a mí me debería resultar tan familiar como la imagen que veía cada mañana en el espejo? ¿Cómo no saber que. —Antígona… —susurré. según pude comprobar. Había días que no salíamos de la casa. puede que me estuviera engañando —y con ello a ella también—. con ternura. *** A esa primera vez siguieron muchas más. de sus labios. con ganas. pero. respondiendo a mi pregunta. haciendo que la explosión se precipitara. de su inmediato futuro entre esas cuatro paredes. y lo acepté. pero. temblando. ¿había sido ese sexo una especie de ofrenda de gratitud a la persona que no solo la había escuchado sino que la protegía? Que yo supiera. Cuando ya me tenía a punto liberó mi boca y dobló los dedos dentro de mí. ya era demasiado tarde. Antígona debía de tener un lío emocional de espanto y ahí estaba yo para empeorarlo. y ahora le echaba ojitos y dedos a una mujer que no solo se había convertido en su única compañía en una situación de alto estrés sino que. ¿Cómo podía haber cometido ese error? —Perfectamente —susurró entonces ella. de su cuerpo. estrictamente. coño con patas. cuando asumí que todo mi galimatías interior no sería más que eso. —¿Estás bien? —pregunté.movimiento. Aunque no tenía muy claro quién había empezado el juego de seducción. lo que estaba haciendo Antígona era buscar consuelo en el sexo? Peor aún. con un hilo de voz. buscando mi cuello con sus labios. pero —Catherine de las narices. Antígona era una mujer con la autoestima probablemente por los suelos. Cuando ese dedo encontró la aureola de mi pecho y esos labios mi acelerada yugular. colocó la suya en el mío. Ella se echó a mi lado con un suspiro y. Fuese cual fuese la muesca que todo ello dejaría. como mínimo. era su protectora. en silencio y gritando. mi propia y desmantelada visión. como ya he dicho. Entre aquella nube de sexo que nos mantenía desgajadas de la realidad me . Hundió dos dedos en mi interior y empezó a follarme. acababa de salir de una relación hétero—. Eso encendió todas mis alarmas.

—Me marcho pasado mañana. lo sabía. —Dime. Pero siempre que intentaba sacar el tema ella me miraba y mi alma salía volando por la ventana. mirándome como si quisiera tallarme entre los pliegues de su iris. sino en nuestras pérdidas. No quería oírlo. evadiéndonos a conciencia del mundo. no perdía de vista que a Antígona ya le habían hecho suficiente daño. La conexión. como si dando ese paso recuperara parte de la dignidad que los golpes de aquel cabrón le habían quitado. Pese a que había acabado por aceptar aquella confusa relación. pero seguía aquí. cuando los volvió a abrir. con Geppo. Habíamos estado por la mañana en la Comisaría. ella o ambas. ¿Por mí? Que no sea por mí. No voy a permitirle que me haga eso también. pero ella acallaba mis palabras con una mirada herida que me partía el alma. Tocó mi mandíbula con su dedo y una nube de pesar oscureció el verde de su mirada. Acaricié su mejilla antes de colocarme la coraza que nunca tendría que haberme quitado. esbozó a continuación una triste sonrisa y lo aceptó. del mío. Quizás es que me estaba acostumbrando a dejar atrás más pedacitos de mí cada vez. de su deseo. En el fondo de sus ojos leí el dolor. desprenderme de sus besos. reconociéndonos no solo en nuestros cuerpos. llevaba en ellos su propia armadura. intenté decirle que en mí no había nada que pudiera ofrecerle. pero también —y eso lo sabíamos las dos—. se . notaba en ella el pesar por la inminente despedida. pero que estaban destinadas a ser pronunciadas.asaltaban destellos de lucidez que me gritaban que aquello no estaba bien. —Voy a denunciarle —dijo. Hasta que una noche pronunció las palabras que no sabía si temía yo. dando curso a la denuncia. y tampoco es que lo contemplara. Pero. con firmeza—. Yo había recalado en Océano con un lastre demasiado pesado como para volver a echarme a la mar. Habíamos pasado casi dos semanas juntas. —Antes quiero decirte que esto ha sido… No la dejé continuar. Pero antes quiero hacer algo. Intenté decírselo. Lo que yo sintiera al respecto sabía que no importaría y tampoco me costó demasiado asumirlo. La besé con el adiós que siempre había estado presente entre nosotras. Yo no era su futuro ni ella el mío. Y ella no necesitaba decirlo. al mismo tiempo. Cerró los ojos un instante y. Antígona estaba feliz. La miré. pero también la aceptación. *** La última vez que nos acostamos fue diferente. —¿Qué quieres hacer? Ella calló durante unos segundos. ¿Qué esperaba ella de mí? Sabía que hacía días que debería haberse ido. La Antígona que me folló no tenía casi nada que ver con la mujer cuya piel me había aprendido de memoria. rogaba. había ido más allá de lo puramente físico.

Que. pero. Antígona era el nombre de ese bálsamo. susurró: —Todo estará bien. con la vana esperanza de que sirviera de bálsamo a mis propias heridas. pero que nunca lo lograría del todo. que incineró mi sangre y mis sentidos y me dejó exhausta.había acabado. Desde que recalé en Océano me había acostado con tantas mujeres como mi libido y la ocasión me habían permitido. postrada. sí había dejado la huella suficiente como para que su espectro regresara. Mi respiración se espesó y eché la cabeza hacia atrás cuando su boca atacó mi pecho. cogió los vasos de whisky y me ofreció uno. que me puso del revés. al tiempo que levantaba el suyo en una especie de ofrenda de despedida. tras una cena en la que nos habíamos tragado los adioses y las palabras solemnes. Cate. sin dejar de mirarnos a los ojos. en pareja. Antígona se iría de Océano. pese a no tocar la parte más hundida de mi corazón. Que podría desear olvidarla. Sentí una pesadez que me embotaba la razón y a partir de ese momento me dejé hacer. Acababa de hacer la ronda habitual para asegurarme de que todo estuviera en orden. Todas fueron sexo de una noche. en grupo. había procurado asegurarme de que Joseph no nos hiciera una visita inesperada. Ambas los vaciamos hasta el fondo. Que podría haber amado a esa mujer si me lo hubiera podido permitir. La noche era cerrada ya. que me perdía. anónimo o a cara descubierta. Con todas ellas apenas había intercambiado las palabras necesarias para certificar nuestra libre disposición e intención y a todas ellas las había olvidado al día siguiente. pero para entonces Antígona ya estaría lejos. que me fundía. con cada movimiento. Habíamos estado bebiendo. Llevó sus manos a mi camisa y empezó a desabotonármela. Empezó una lentísima danza entre ambas. Al día siguiente. Cuando me liberó del beso dio un paso atrás. Gracias a Geppo sabía que hacía semanas que estaba fuera de la ciudad. Esa noche sería la última. Besándome con delicadeza. Nos dijimos adiós utilizando el lenguaje que nos había servido como medio de comunicación. Cogió mi vaso y lo depositó junto al suyo en la mesa. Con Antígona sabía que no sería así. Cuando le llegara la denuncia se iba a cabrear lo suyo. al tiempo que lamía mis labios. me permití un momento de autocompasión con esa Cate en la que me había convertido —y que a veces odiaba— y me rendí a la pleitesía del deseo de otra mujer. Antígona me cobijó. . por mucho que el alcohol o la lujuria enturbiaran mi sangre. La danza culminó con un orgasmo que me sacudió de arriba abajo. yo empecé a sentir que me ahogaba. Sabía que tenía mucho que reprocharme a nivel profesional. perdida. Enlazó mi cintura y me atrajo hacia ella para besarme. *** Su mano rodeó mi cintura. y con cada caricia. en la que el sexo era la música.

parecía clamar su actitud.Quise creerla. Antígona. *** Desperté por el sonido de un fuerte golpe. pero creo que algo dentro de mí anhelaba algo más. Ay. *** Grité. directa y agresiva que se me mostró la noche anterior no iba a permitirlo. el hermoso cuerpo de esa mujer. Solo esperaba que la vida no pusiera más cabrones al alcance de sus costillas. la hermosa mirada de jade. Lo segundo. que deberías haber conocido. haciendo un repaso a mi vapuleada anatomía. yacía boca arriba y una horrible escisión en su vientre dejaba entrever sus vísceras. Busqué su rostro. ahora velada por unos párpados ensangrentados. Que me escociera el coño era —aparte de constituir mi tercer descubrimiento del día— una nimiedad. Sabía que detrás de esa liberación estaba el paso que había dado denunciando a su maltratador. Algo dentro de ella había echado a volar y eso era algo que jamás podrían quitarle ya. aunque por mi pasado podría ser como huella de pato en una de dinosaurio. resacosa y apesadumbrada. Pero esta tercera cosa no tenía ni punto de comparación con la que sabía me esperaba. el porqué esa última noche se mostró tan diferente. que Antígona no estaba conmigo en la cama. Por ella y por mí. Puede que yo jugara al sexo sin ataduras. De lo primero que fui consciente fue —grandiosa novedad— que saludaba al nuevo día con un terrible dolor de cabeza. pero creo que la Antígona segura. Otra mujer en mi vida que se me iba. sintiendo una arcada. Antígona me meció con ternura y me dormí entre sus brazos. Resbalé con la sangre que empapaba el suelo y caí de bruces. sino la libre y vital que era antes de eso. precipitándome hacia ella. El cuerpo de Antígona. para bien o para mal. Me levanté escocida. egoístamente. En nuestra relación física no es que se hubiera mostrado timorata o pasiva. sobre todo por mí. vería a otra Antígona. Esta es la Antígona. Solo que todavía no podía permitírmelo y no sabía aún si algún día podría. pero al parecer había estado sujetando algo que por fin quedaba libre. La mujer que nunca debería haber cambiado. Solo que no tendría ocasión de demostrárselo al mundo. pensé. Intuía la razón. me dejaría una huella que. no. Empecé a sollozar y adelanté las manos para tocarla. y para el resto de la noche. . Quizás. Antígona. No la mujer derrotada por la violencia. porque la cuarta y definitiva cosa de la que fui consciente esa maldita mañana de su adiós fue su cuerpo destripado sobre el suelo de la cocina. Desperté con sus dedos dentro de mí. En esta ocasión. dado lo que esa mujer me había hecho. Había sido una noche intensísima. no! —gemí. —¡No. Su adiós. sabía que siempre estaría ahí.

Él me miró con compasión. Joseph Nsar salió impune. *** Cuando desperté. —¡Yo debía protegerla! Sentí cómo algo dentro de mí empezaba a arrasarme. Antígona estaba muerta.Y entonces algo me golpeó en la cabeza y la oscuridad me tragó. tapándome la cara con las manos. con el móvil todavía en la mano y empapada de sangre. No había huellas . —El forense ha dicho que la cantidad de sangre encontrada es incompatible con la vida. Ambos sabíamos qué significaba eso. me cortaba en trocitos. Geppo? —sabía que era prácticamente imposible dada la gravedad de la herida. —¿Cómo pudo saber que ella le había denunciado? ¡Estuvimos ayer en Comisaría! Geppo hizo una mueca. —¿Y si todavía estaba viva. No había una sola prueba en el escenario que lo implicara. Lo segundo. Geppo me había interrogado. —Esto no es culpa tuya. lo primero que vi fue el rostro preocupado de Geppo inclinado sobre mí. me convertía en pulpa. Llevaba toda la mañana en el hospital. Cuando Geppo llegó sólo había un inmenso charco de sangre y un reguero que evidenciaba que algo había sido arrastrado. sacudiendo la cabeza. pero mi angustia y desesperación eran superiores a mi razón. dolorida y hundida. había recobrado el conocimiento el tiempo suficiente como para llamarle y balbucear unas incoherentes palabras que incluían “asesinato y “jodergeppojoder” antes de volver a caer redonda. impresa en la sangre— no había sido concluyente. No hubo tiempo de cursar la denuncia. La única que se había hallado —la huella de un zapato del 46. Y ahora había desaparecido. Cate. abierta en canal. *** Varias semanas después todo había acabado. Alguien de dentro le había avisado. el número que calzaba. Geppo? —me lamenté. yo la había matado. pero solo podía decirle lo que sabía: la última vez que había visto a Antígona estaba tirada en el suelo. Al parecer. —¿Qué he hecho. que el cadáver de Antígona había desaparecido. Yo estaba inconsciente. No había que ser muy sagaz para señalar al primer sospechoso.

señalando la carpeta. pero si no aparecen nuevas pistas… —sacudió la cabeza—. Cate. encaja —insistí—. Yo también quiero cogerle. —Lo sé. Saqué la copia de la fotografía de su documento de identidad. —Le encubren. Era todo lo que tenía que decir al respecto y lo sabía. joder. maldita sea! —Los médicos de Urgencias están obligados a denunciar cualquier sospecha de agresión y tú lo sabes. Durante esas semanas me había sumergido aún más en el pozo que era mi vida y solo aguantaba porque tenía un objetivo. —A veces desearía que ese cabrón me hubiera matado a mí también — musité—. La principal fuente de pruebas que podría haber sido el cuerpo había desaparecido y él tenía coartada. No he encontrado otras denuncias de Antígona contra Joseph. Geppo. mirándole con toda la intención del mundo. es el protocolo —dije. Geppo me había contado cómo fue el interrogatorio. Joseph primero negó conocer a nadie con ese nombre y cuando Geppo le plantó su fotografía. Que se llevó el cuerpo para eliminar las pruebas. Avisó a Joseph de la denuncia contra él y también haría desaparecer los partes de los hospitales y cualquier otra denuncia que lo relacionara con ella. pero debes sobreponerte — . Pero sin ellas… Di un puñetazo. ¡Ni siquiera he encontrado partes de agresiones de Antígona. Las huellas de neumáticos que había en el exterior no se corresponden con ningún vehículo a su nombre. Sabía que no había nada firme contra él. Alargué la mano y cogí el informe. avalada por sus compinches: se encontraba fuera de la ciudad en el momento del crimen. Comprendo que es doloroso. Nada más. sonrió y dijo: “Una pelirroja de ojos verdes preciosa”. acusadores. —¿Puedo quedármelo unos días? —pedí. No tenemos pruebas de que haya un soplón en la Comisaría. Sabía hacia dónde apuntaban mis sospechas. —Pero encaja. Geppo. —Lo siento. El jade de sus ojos destacaba en su rostro. Intenta olvidarlo. Cate. Pero no tenemos nada. ni nada que la relacione con él.dactilares. Cate —Geppo abrió el expediente del caso—. ni ningún tipo de resto biológico o físico que lo señalara. por favor. ¿Por qué no lo hizo? —No digas eso. Eso era como pedirle al sol que no iluminara. no hay nada que hacer por ahora. Él resopló. frustrada y rabiosa. Hasta en eso iba a fallarle a Antígona. —Yo también. Me miraban. Sabes que ese cabrón la mató. ya le hemos dado mil vueltas a eso —bajó el tono—. Pasé el pulgar por la fotografía. —Cate. —Cate. El caso no está cerrado todavía. Cate. no se me olvida su cara cuando le dije que Antígona había sido asesinada. —Quiero que pague por lo que hizo.

No importa —dije. Antígona se levantó antes que tú. Volví a repasar las fotografías y cuando llegué a la serie de la cocina. Faltaba el vaso que debería haber estado junto a su gemelo. Geppo —gruñí.. —Está bien. Geppo. no. Fruncí el ceño. Sí. Llamé a Geppo. vacilante—. Creo que pensaba que yo iba a empezar a liarla con una trama en la que ese misterioso desconocido al servicio de los Sinno se había apropiado de la prueba para utilizar mis huellas con algún oscuro propósito. —¿Solo el mío? Le escuché suspirar. Cate. Empecé a buscar en la Red todo lo . bebiendo. No con los ojos de Antígona mirándome desde algún lugar dentro de mí. —No sé. Puse un dedo sobre el expediente. antes de colgar. sí. supongo que temiendo que volviera a insistir en la teoría del policía vendido. —Joder —musité. Y no es que fuese desencaminado. bebiendo. Quizás ordenó el salón. *** Encontré la discrepancia al repasar las fotografías del escenario. lo lavó y volvió a dejarlo en su sitio. Creo que pensaba que aquello no iba servir más que para profundizar en el pozo de mis remordimientos. pero acabó cediendo. lo combatía del único modo que conocía: bebiendo. cortante. Sé que has estado bebiendo más de lo habitual y… —No necesito ninguna niñera.. Según el informe. sosteniendo la fotografía de la huella en la sangre. ¿Podría ser atribuible a la propia inconsistencia de un elemento como la sangre o indicaba algo más? El vaso ausente y la huella equívoca. sobre la mesa del salón. Pero no necesitaba ni quería buenos samaritanos a mi lado. Sabía lo que pensaba: estaba perdiendo la perspectiva por culpa de mi obsesión. —Sí o no. en un tono paternalista que me hizo hervir la sangre. como si hubiera faltado apoyo en esa parte. el único vaso hallado llevaba las huellas de Antígona.carraspeó. —empezó a decir. Pero sí importaba. pero él se mostró reticente. así que el que faltaba era el que yo había usado. ¿Nadie se había fijado? Estaba menos marcada en la zona de la punta del zapato. ¿Lo del vaso era accidental o el hecho de que fuera el mío —con mis huellas. —Cate. el asesinato de Antígona me había perturbado y. el corazón me dio un vuelco. no lo olvidemos— era determinante? ¿Tan descuidado podría haber sido Joseph que dejó su huella en el escenario del crimen? ¿O tal vez no obedecía a ningún descuido y sí a una calculada intención? No compartí mis sospechas con Geppo. ¿me lo puedo llevar? Él hizo una mueca. solo que… … el vaso no estaba. déjalo.

¿quién? Intenté averiguar el origen del sms. ¿amenazador? Al parecer. por aquello de las encerronas probablemente mortales y todo eso. ¿A quién me encontraría? ¿Al chivato a sueldo de los Sinno? ¿Al dueño de la equívoca huella del 46? ¿O al propio Joseph Nsar? *** Pero lo que me aguardaba en aquel embarcadero de Guijarro. Varios días después recibí un sms: La curiosidad mató a la gata. desde luego. no supe entonces si pegarle o besarla.relacionado con Joseph Nsar y Antígona James. era ella. mientras clavaba la mirada en mí y su rostro dibujaba una socarrona sonrisa. lunes. ¡Oh. era un nuevo zarpazo a mi triturado corazón. —Antígona… *** —Cate —saludó ella con toda tranquilidad. Me detuve. pero había sido enviado desde una web que no dejaba rastro. venga. sino que la muerte de Antígona era un asunto muy personal. cuando me planté frente a ella y la miré a esos desconocidos ojos azules. —Y al tercer día… —Antígona soltó una breve carcajada y yo sentí como si algo me partiera en dos—. no pongas esa cara! ¿No te alegras de verme? . Pese al cambio en el color y corte del pelo y las lentillas que cambiaban sus ojos de jade a añil. alguien se había percatado de mi interés. —¿Cómo…? —pregunté. conmocionada. ni asustada. Pese al cabello ahora negro como la brea. Cuando lo hice. una pequeña localidad costera a 120 kilómetros de Océano. era Antígona. parco. Porque era ella. no es que no lo fuese. Pero. con voz agarrotada. Solo esperaba a que yo llegara a su lado. pero. No reaccioné hasta pasados varios segundos. por desgracia. ella no parecía preocupada o en alerta. embarcadero Críptico. Eso me dejaba sola con mi críptica cita y. ¿no lo sabías? Guijarro. 23:00. si yo fuese una chica lista habría puesto en antecedentes a Geppo. Por el contrario. Cate.

sería Joseph. dulce Cate. al fin y al cabo. él sabía que era inocente y no hubiese parado hasta averiguar quién le había endosado ese marrón. masajeándose el brazo. debería haberlo hecho. —¿Entonces? —Solo queríamos librarnos de él. —Buena chica —dijo. —Joseph Nsar —adiviné. Pero nuestro fogoso amigo resultó ser algo más. pese a la ausencia del cuerpo. —Así que decidisteis simular tu muerte. Sencillo Necesitábamos estar al tanto de lo que hacías y… y muy productivo. La rabia empezó a formarse en mis ojos. Ninguna de las dos alternativas me procuraba mucha paz espiritual. por supuesto. Ya sabes cómo va. la historia fuese creíble. Pero eso no habría sido prudente. Que creyera que estaba muerta. mi pobre Cate. no era nuestra intención encerrarlo. No lo has entendido. toda la angustia que había pasado por ella. Debería haber mirado hacia atrás en ese momento. —¿No podías dejar que descansara en paz. Pero la persona que esperaba entre las sombras no se me reveló hasta que no escuché lo que Antígona tenía que contarme. No. . no querrás que tu mujercita se entere… —hizo una mueca—. *** —Nos dedicamos al chantaje —dijo. pero al parecer es un tipo rencoroso. ¿Qué coño es esto? —Me haces daño. Pusimos pies en polvorosa. Nos ha estado siguiendo la pista por todo el país. La mujer cuya muerte me había sumido en un pozo de oscuridad me miraba sin un ápice de sentimiento.—¿Qué es esto. —¿Necesitábamos? —un escalofrío recorrió mi columna—. Yo tenía tantas ganas de abofetearle como de sentir de nuevo sus labios. que dijésemos. no quieras estropear la sorpresa tan pronto. —Oh. ¿Yo le hacía daño? Todo el dolor. Antígona? —Di un paso hacia ella y aferré su brazo—. todos los remordimientos. fotos. Cate? —¿Cómo supiste…? —Un programita espía en tu ordenador. Que. —Premio para la detective privada. ¿no? Sexo. Respiré hondo un par de veces y me obligué a soltarla. Y el sospechoso. Entre rejas no os molestaría. ¿Quién más está en esto? —Oh. Creímos que se trataba del típico tío que quería echar una cana al aire. Si hubiésemos querido eso habríamos acumulado pruebas en su contra. como si hablara del clima— y nos equivocamos de presa.

Ella. Para él. reprochándome el ligero temblor . Preferíamos eso a que el lobo nos fuera detrás el resto de nuestras vidas. Antígona? —grité. Ahora lo comprendía. no me lo reproches a mí. él la habría conocido con otro aspecto y bajo otro nombre. —¿Y era necesario acostarse conmigo? Un brillo malicioso cruzó su mirada. Sus palabras cobraban ahora pleno sentido. tanta cantidad… ¿Cómo lo hiciste? ¿Te la extrajiste y la conservaste? Sonrió. por primera vez. ¿Me matarás? Me tragué —¿Por qué yo? —pregunté. Pensé en la ausencia de otras denuncias. —Teníamos que asegurarnos de que le llegara el mensaje —replicó. meterse en la guarida del lobo. —De ahí la denuncia —dije. Se alzó de hombros. Cerré los ojos. No iba a tragarse algo tan simple como una esquela en un periódico. no? —Me encrespé. —La sangre. Yo no lo empecé. apretando los puños. —No exactamente. —No juegues conmigo o… —¿O qué. Y lo había estado. la réplica. Pensamos que una mujer se mostraría más receptiva al tema del maltrato. pensando en su primer beso—. ¿Como tampoco eres la autora de toda esta mierda? —Todavía no lo has entendido. No bastaba con desaparecer bajo otra identidad o irnos a la otra punta del mundo. Ella se movió hacia mí y yo no reaccioné. Nada de eso había sucedido nunca. con amargura. Adelantó una mano para enlazar mi cintura y acercó su cara a la mía. —¿Ah. “Una pelirroja de ojos verdes preciosa”. Arriesgado. Tomé aire. ¿verdad? —¿Qué coño tengo que entender. —Y lo hicisteis en la ciudad donde vivía. Antígona James debía estar muerta. —Oh. —Eras la única guardaespaldas femenina que encontramos en el directorio de Océano. burlona. había dicho Joseph.—Mi testimonio —dije. de partes hospitalarios de agresión. Una representación muy convincente. Fruncí el ceño al recordar algo. durante todo ese tiempo. Probablemente. Cate? —me interrumpió. —No iba a ser suficiente con colar la noticia falsa de la muerte. desafiante—. —No conoces a ese tío. dio muestras de inquietud.

Aunque no habrían hecho falta tantas precauciones. —Date la vuelta si quieres saber quién coño no soy. Algo que tenía más que ver con el fondo que con la encubierta forma que tenía delante de mí. La certeza se aposentó en mi pecho como una losa. ¿verdad? Pero no podíamos dejar el vaso allí por si les daba por analizarlo. hasta la última parte de la grotesca representación. . ¿todavía no lo has adivinado? “Esa última vez”. Noté cómo se me erizaba el vello de la nuca. No era el enmascaramiento de su nuevo aspecto. —Tenía que probarte. el último clavo sería hundido en mi carne. El sexo con Antígona había sido distinto. esta vez con atención. Tanta cantidad… La sonrisa en su rostro se expandió. La miré. había pasado un infierno por la pérdida de esa mujer. Es increíble lo que se puede hacer con un kit de maquillaje especial y algo de casquería. notando la quemazón de la sospecha. —¿No te gustó esa última vez. Si follas. Era algo más. querida —dijo—. No puede ser.ante su tacto. Cate. porque sabía que. Un inofensivo somnífero. —No me llamo Antígona. Antígona. Abrí los ojos y la empujé. ¿lo pronunciarás mientras te beso? —inquirió. Un precioso y casi idéntico ADN. no bebas.. Algo empezó a removerse en mi interior. ¿Qué llevaba la bebida? —Empezamos a atar cabos. —¿Quién coño eres tú? —pregunté lentamente. bravo —levantó las manos—. —ADN. Ella sonrió con burla. Cerré los ojos. nada más. —Déjame darte un consejo. no fue solo el alcohol.. —No. Luché contra el deseo de girarme. Cate. no tenía nada que ver con lo meramente físico. —La sangre.. —De verdad. Eres una testigo muy fiable. Te necesitábamos bien dormida para preparar la escenita del hallazgo del cuerpo. Algo que enlazaba la arrogancia de esta Antígona con el incisivo comportamiento de aquella última noche. La miré.? —balbuceé. dulce Cate —susurró. al menos. ¡El vaso! —exclamé—.. —Vete a la mierda. en cuanto lo hiciera. —¿Cómo. Cate? Sé que solo tenía una oportunidad. El alcohol te confunde. lamiendo mis labios.. Me quedé dormida entre sus brazos y cuando desperté. Si te digo mi nombre. Cate —me dijo esta mujer que ya sabía que nunca había sido Antígona. No. Al fin y al cabo. pero te juro que intenté dar lo mejor de mí para igualar el marcador —sus labios se curvaron en una imitación de congoja—.. ¿O es que ella folla mejor que yo? ¡¿Ella?! —¿De qué estás hablando? Antígona sacudió la cabeza como si me perdonara la vida.

La miré—. solo uno más exhaustivo —sonrió—. notando un nudo en la garganta—. Mejoraremos. Al parecer. digamos. mi hermanita tiene un pequeño defecto. eso —hizo un mohín—. notando el sabor de la bilis en mi garganta. ¿Y si lo hago? Ella sonrió como un perro de presa. —¿Y si me felicito por mi extraordinaria previsión y hago llegar a la policía una grabación de alto contenido sexual con cierta detective como co-protagonista? ¿De verdad quieres destapar esa caja. El dedo acusador me señalaba. —¿Por qué tú? —Pregunté. el somnífero empezaba a hacer efecto. tal vez celos… —chasqueó la lengua—. alcohol. Cate? No voy a aburrirte con detalles. A tu amiguito el poli le costaría parar toda la mierda que te iba a caer encima. Es mejor guardarse un as en la manga. ¿no crees? Cerré los ojos un instante. con dureza—. ¿no? Ella arqueó las cejas en un gesto divertido. nunca revelamos que somos dos. nuestros “negocios”. pero te diré que tenemos prácticamente el mismo ADN. Estaba en calma.—¿Gemelas? —pregunté. Existen diferencias. —Más pequeños que un 46. pero… —suspiró—. Me sentí vacía. ¿qué necesidad había de hacer tal cosa en el caso del asesinato de la pobre Antígona? Todo fue muy convincente: el estado del cuerpo. Cate? Aún en el caso de que te creyeran. —En fin. pero no por su amenaza. por supuesto. ¿La escolta que se folló a su vulnerable clienta? —su expresión se oscureció. ¿qué crees que parecería? Una truculenta historia de sexo lésbico. la verdad es que no estaba planeado. algo sentimental. No estaba de acuerdo en que yo la sustituyera. Chasqueó la lengua. y de ello sí era culpable. —Idénticas —concedió—. Verás. se había cansado ya de la conversación—. digamos. —De acuerdo —accedí. ¿Por qué estás tú aquí y no ella? —Oh. ¿Has oído hablar de los gemelos monocigóticos. No era tanto por su coacción como por la certeza de . —Te aprovechaste de que estaba drogada y… —¿Reproches éticos ahora. Todo lo contrario que mi interior. A veces es. —¿Por qué fingir la muerte de una sola de vosotras? —Durante. Pero. Cate. ¿Y bien? ¿Qué vas a hacer? —¿Me preguntas si os voy a delatar? —Ella asintió y yo me giré hacia el mar. Bajé la mirada hacia sus pies. Usamos sangre de ambas para la escena. Apreté la mandíbula con rabia. era la primera vez que simulábamos un asesinato. Política empresarial —sonrió sin alegría. Cate? —Me interrumpió. Cate. la cantidad de sangre… Tu testimonio. —¿Fue eso? ¿La huella del zapato? —Y el vaso. no pude resistir la tentación. dulce. pero un simple análisis forense no detectaría nada. claro. Lo había hecho todo mal.

Pero. Yo ya no tenía nada más que hacer allí. me vi en la obligación de decírselo—: Pero yo de vosotras no bajaría la guardia. No volví a mirar atrás. en alerta y asustada. Tal vez fue una mezquina revancha. . Hizo ademán de dar un paso en mi dirección. eso no ocurrió esa noche. Que deseaba conocerme. que se había fijado en mi aire triste y melancólico. De hecho. *** Esa noche fui al Sappho. Por ello. yo seguiría siendo la mujer perdida en el camino de la piel de otra mujer que solo me había llevado a una nueva y amarga decepción. Dispuesta a beber. o tal vez de verdad me preocupaba. Puede que Joseph quiera saber por qué vuestra Antígona hizo creer a la policía que tuvieron una relación. todas las que hicieran falta. pero ella en mí sí. La expresión de mi interlocutora se ensombreció. pero me di la vuelta y me encaminé hacia la salida del embarcadero. rostro armónico y mirada azul tuviera un papel predominante en mi vida a partir del instante en el que cruzara su mirada con la mía. No reparé en ella. dispuesta a olvidar. dispuesta a follar. Aún habría de pasar un tiempo hasta que esa mujer de largo cabello rubio. hacía tiempo que me seguía la pista. pese a todo. pero su áspera pregunta me detuvo. No sabía si por mí o por ellas. Sin embargo.que al final ganaría alguien como Joseph Nsar. Otra y otra y otra vez. —¿No quieres despedirte de ella? Capté un movimiento unos metros detrás de mí. Y ella sí parecía preocupada. Antígona —o como se llamara ahora— también había cambiado su aspecto. hasta ese día. Me giré para irme.

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