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Flaviano Amatulli Valente, fmap

¡Alerta!
LA IGLESIA SE DESMORONA

Apóstoles de la Palabra México, 2008 http://www.padreamatulli.net
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Indispensable para toda

BIBLIOTECA FAMILIAR CATÓLICA

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PRESENTACIÓN
Es un hecho que, mientras los demás hacen todo lo posible para avanzar, nosotros vamos para atrás, sin que nadie se percate de la situación ni se preocupe mínimamente, como si todo fuera obra del destino, un destino adverso que desde el Concilio Ecuménico Vaticano II (1962 - 1965) se está encarnizando contra nosotros, una especie de venganza de Satanás por haber soñado con un “Nuevo Pentecostés” y una “Nueva Primavera” para la Iglesia. Pues bien, con este folleto, quiero rescatar el último tramo de la historia de la Iglesia, los últimos cincuenta años, para darnos cuenta de las causas que nos llevaron al actual derrumbe y al mismo tiempo tratar de sondear algún camino que nos lleve a recuperar el terreno perdido, o por lo menos a no perder más terreno, y al mismo tiempo hacer posible hoy el cumplimiento del mandato de Cristo de ir y anunciar su Evangelio a todas las naciones. “Parecen cuentos” y son pura realidad. Atrévete a echarles un vistazo y fácilmente podrás revivir situaciones y descubrir a personajes, que tú mismo conoces perfectamente bien. No me queda más que desearte una buena lectura. Estoy seguro de que no te arrepentirás. El Petén (Guatemala), a 26 de Octubre de 2008.

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La conversión del Obispo Jeremías
Introducción
Lo que voy a relatar es una reconstrucción de una figura legendaria del pasado, el obispo Jeremías. Nunca se supo con certeza si se trataba de su verdadero nombre, de un nombre ficticio o de un apodo, debido a su estilo propio de enfrentar los problemas, es decir, llorando, quejándose y en algunos casos hasta amenazando. Acerca del obispo Jeremías quedó proverbial su manera típica de corregir a los curas: «O cambias o te mueres». Cuando se daba cuenta de que alguno de ellos la estaba regando, lo mandaba llamar o lo iba a buscar en cualquier rincón en que se encontrara y con lágrimas en los ojos (era su manera propia de tratar los asuntos) lo exhortaba a enmendarse. Y concluía: — ¿Me prometes que vas a cambiar, sí o no? Si contestaba que sí, añadía: — Que Dios te bendiga, hijo mío. Verás que pronto lo vas a lograr. Yo voy a orar por ti. Y de hecho lo lograba. Cuando alguien, al contrario, le contestaba que no, titubeaba o se burlaba de él; lo amenazaba: — Te voy a dar seis meses de plazo. Si no te corriges, le voy a pedir a Dios que te mueras. Y se moría de veras.

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Por esta razón y por tantas otras más, el obispo Jeremías, cuyo verdadero nombre nunca se supo, quedó famoso en el pasado. Ahora bien, para que se conozca su verdadera personalidad y su memoria quede viva en los siglos venideros, desde hace algún tiempo me dediqué a la ardua tarea de recopilar toda la información posible acerca de este personaje, que tanto influjo ejerció en las antiguas generaciones. De antemano pido venia a mis amables lectores, si por la escasez de los documentos encontrados o por mi nula experiencia en los menesteres de la pluma, el resultado de esta empresa no será a la altura de sus expectativas o del prestigio de tan alto personaje.

New York; a 21 de junio de 2008.

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Capítulo 1

PRIMEROS PASOS
Al no saberse con certeza el verdadero nombre del famoso obispo, me resultó imposible encontrar algún rastro que me llevara al lugar y la fecha de su nacimiento. Lo que encontré, fue un montón de datos, a veces contradictorios, acerca de sus papás y hermanos. En algunos documentos se habla hasta de quince entre hermanos y hermanas. Por lo demás, lo de siempre: una familia muy católica, muy apegada a la Iglesia, que nunca faltaba a la misa del domingo y en la cual todos los días se rezaba el santo rosario; los papás muy trabajadores y piadosos. Lo único que encontré fuera de lo común y que me dejó algo intrigado, fue una enfermedad, que en sus primeros años de vida llevó a nuestro personaje al borde de la tumba y de la cual se libró por la intervención de la «Madre del Amor». Al no encontrar mayores detalles al respecto, empecé a investigar más, revisando todos los archivos de la región y, por fin, descubrí que la dichosa «Madre del Amor» no era nada más que su madrina de bautismo, una bruja que se dedicaba a preparar filtros de amor. Cuando alguien estaba enamorado de una persona y no era correspondido, acudía a doña Clotis, que le preparaba un brebaje a base de yerbas, que solamente ella conocía y que contenían substancias eróticas. Y con eso doña Clotis lograba redondear sus entradas, hasta volverse en una de las personas más ricas e influyentes del pueblo, lo que explica el porqué todos la buscaban como madrina de bautismo para sus hijos. Otro dato importante: doña Clotis era considerada como una de las más fervorosas católicas del lugar, casi el pilar de la fe

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católica. Se llevaba muy bien con el señor cura. Cuando alguien se enfermaba, invariablemente acudía a la Iglesia para una misa o unas oraciones y allá la persona encargada de apuntar las intenciones, invariablemente le hacía al devoto o la devota la siguiente pregunta: — ¿Fuiste a visitar a doña Clotis? Si el devoto o la devota le contestaba que no, añadía: — Hazlo pronto. No se puede vivir de puros milagros. Dice Dios (no recuerdo en qué parte de la Biblia): «Ayúdate, que yo te ayudaré». Una buena limpia no te está mal. Cuentan las crónicas de aquel tiempo que todos los días una larga fila de enfermos, de todo tipo de enfermedad, esperaba ser recibida por doña Clotis e invariablemente la misma gente, al salir de su consultorio, se dirigía para el templo parroquial para pedir agua bendita o hacer algunos rezos. Hasta que un día doña Clotis despertó las sospechas de la Santa Inquisición y fue llevada al tribunal para ser interrogada. Por un pelo arriesgó la hoguera, puesto que lo que estaba haciendo estaba rotundamente prohibido por las leyes, sea del gobierno que de la Iglesia. Se salvó por la intervención del señor cura y de las demás personas notables del lugar, que juraron y perjuraron que doña Clotis era una santa persona, que lo único que hacía era «rezar por los enfermos» y «flagelarse» por la conversión de los pobres pecadores. Posiblemente por la experiencia personal que habrá tenido durante su niñez, el santo obispo Jeremías, al ser ya cura y obispo, nunca dejó de fustigar esta costumbre que tienen muchos católicos, de unir tranquilamente las prácticas de la fe católica con la práctica de la brujería. Qué enfermedad habrá padecido nuestro personaje y con cuáles remedios doña Clotis habrá logrado curarlo, nunca se supo. Posiblemente, años después de su muerte, muchos, al interpretar erróneamente la expresión «Madre del Amor», empezaron a enaltecer su gran devoción a María, la Madre de Dios. Algunos llegaron al extremo de afirmar que el santo obispo Jeremías nunca se fijó en el rostro de alguna otra mujer que no fuera alguna imagen de la Virgen. Leyendas populares. En realidad, nadie, al conocer la manera de ser del santo obispo, puede dudar acerca de su equilibrio emocional, poco afecto a exageraciones de todo tipo. Otro detalle acerca de los primeros años de vida de nuestro héroe consiste en la costumbre que tenía de retirarse seguido a los

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lugares apartados para orar. En esto están de acuerdo todos los documentos encontrados y yo les creo, porque es imposible que alguien haya podido lograr una personalidad de la talla del santo obispo Jeremías, sin contar con una continua protección de parte de Dios, que se consigue solamente mediante una oración constante. Que se retirara en las cuevas o subía a los árboles centenarios, para esconderse de la mirada indiscreta de gente o sentirse más cerca de Dios, es pura leyenda y yo no le creo nada. Lo importante es tratar de estar siempre en unión con Dios, sin importar el lugar. Evidentemente hay que apartarse del ruido y buscar un lugar donde haya silencio y se puedan evitar las distracciones. Que no vaya a pasar lo de la abuelita que se quejaba con el señor cura de no poder concentrarse durante el rezo del santo rosario. — ¿Cuándo rezas el rosario? — le preguntó el señor cura. — Cuando veo la televisión. — le contestó la abuelita. Claro que, si uno no busca la manera de evitar las distracciones, nunca va a poder rezar de veras. Una vez eliminados los motivos de distracción, cada uno poco a poco va aprendiendo su método para concentrarse y orar. Con relación a la manera de orar del santo obispo, encontré un dato muy curioso que refleja la mentalidad de la gente de aquel tiempo. Todos los domingos llegaba al templo una media hora antes de la misa y se quedaba orando ante la estatua del Sagrado Corazón. Un día lo descubrió el señor cura, se le acercó, lo agarró de la oreja y lo llevó delante del sagrario, diciéndole: — Aquí está Jesús de veras; aquí tienes que venir a orar, no delante de una estatua. Desde entonces, nuestro amigo empezó a pasarse horas y horas en oración delante del sagrario. Sus compañeros se burlaban de él, diciendo que se iba a la capilla del Santísimo por flojo, para no ayudar a sus hermanos en los quehaceres domésticos. De hecho en distintas ocasiones lo encontraron en la capilla bien dormido. De ahí la burla que le hacían llamándolo «el santo dormilón». Aparte de esto, no encontré nada más acerca del santo obispo Jeremías que me pudiera dar alguna pista acerca de sus primeros años de vida. De todos modos, lo que encontré, es suficiente para tener una idea bastante clara acerca de la vida de nuestro héroe y del ambiente en que se desenvolvió, un ambiente no tan diferente del nuestro, en que hay de todo y cada uno en la vida puede tomar el rumbo que quiere.

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Capítulo 2

EN EL SEMINARIO
No obstante todo esto, nunca el santo obispo Jeremías había pensado que un día pudiera ser sacerdote, posiblemente por la pobreza en que vivía su familia. Hasta que la catequista del pueblo empezó a meterle en la cabeza la idea de la vocación sacerdotal — Tú tienes que ir al seminario — le decía —. Verás que serás un santo sacerdote. Lo mismo empezaban a decirle sus compañeros de salón, al notar su interés por las cosas de Dios. En realidad, Jeremías o Jere, como lo llamaban de cariño los más allegados, se aprovechaba de cualquier oportunidad para invitar a sus amigos a ir a la Iglesia y confesarse. Él mismo los preparaba, ayudándolos a hacer el examen de conciencia y enseñándoles la manera correcta de pedirle perdón a Dios. En este aspecto todos los documentos están de acuerdo: Jeremías tenía una verdadera vocación al sacerdocio. Lo que nadie nunca se hubiera imaginado es que algún día aquel muchacho tan piadoso llegara a ser obispo ¡y qué obispo! Aún más nadie se hubiera podido imaginar que nuestro personaje, al decidirse por el sacerdocio, ya pensaba en ser obispo, lo que en distintas ocasiones le causó muchos problemas. De hecho, al llegar al seminario, en su primera entrevista con el rector, quedó rechazado. ¿La razón? — Es que, cuando el señor rector me preguntó para qué quería entrar al seminario, yo le contesté: «Para ser obispo». Así confesaba cándidamente el joven Jeremías, despertando la hilaridad de todos. — No se dice así — le insistía el señor cura —. Cuando alguien

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te pregunte por qué quieres ir al seminario, tú tienes que contestar: «Para ser un buen sacerdote». — Es que yo voy a ser obispo — contestaba invariablemente nuestro héroe y nadie lo podía hacer desistir. Hasta que la cosa llegó a oídos del obispo, un santo varón de Dios, que lo mandó a llamar y le hizo la pregunta de rito: — ¿Por qué quieres entrar al seminario? Como era de esperarse, el joven Jeremías le contestó — Para ser obispo como Usted. — Y lo serás — le contestó el obispo —. Pero, no te creas que la cosa va a ser tan sencilla como te puedes imaginar. Verás que esto te va a costar grandes sufrimientos. ¿Estás dispuesto a sufrir todo lo que sea necesario para apacentar con responsabilidad al pueblo de Dios y de una manera especial para buscar y enderezar a las ovejas descarriadas? — Sí, señor obispo — le contestó nuestro amigo con toda decisión. — Vete en paz — concluyó el señor obispo —. Cuenta con mi bendición. Yo oraré por ti. Un día tú serás obispo. Fácilmente se darán cuenta mis amables lectores, en cuántos problemas se fue metiendo nuestro héroe a causa de su santa ingenuidad. Empezando por los superiores, todos se burlaban de él, acusándolo de ser orgulloso y presumido. La verdadera razón era otra: los celos. Es que en toda su persona se transparentaba algo que lo hacía diferente de los demás. Muchos, sin conocerlo, a la simple vista pensaban: «Este seminarista llegará a ser obispo». Por eso muchos, entre superiores y alumnos, trataron de hacerle la vida de cuadritos, aprovechándose de su escasa capacidad intelectual. Cada año, al acercarse el periodo de los exámenes, el rector lo llamaba y le repetía el mismo estribillo: — Ésta es tu última oportunidad. Si fallas, tienes que retirarte. Posiblemente no tienes vocación para ser sacerdote. ¿Por qué no buscas por otro lado? A lo cual invariablemente nuestro santo seminarista contestaba: — Es que yo voy a ser obispo, señor rector. Le prometo que voy a dedicar más tiempo al estudio y voy a lograr pasar bien todos los exámenes. Le suplico, señor rector, ayúdeme a pedir a la Virgen que me dé más capacidad y memoria para aprender y recordar las cosas de la escuela.

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¡Pobre Jeremías! Tantos esfuerzos para aprenderse las cosas y a la mera hora, al momento de los exámenes, quedarse con la mente en blanco y bajo la continua amenaza de quedar expulsado del seminario. Por eso se pasaba horas y horas en oración y a cualquiera que se le atravesaba por su camino le pedía, con lágrimas, que orara por él para que pudiera pasar los exámenes y no ser expulsado del seminario. Hasta que logró concluir todos los estudios reglamentarios, superando satisfactoriamente todas las pruebas y pasando todos los exámenes, aunque fuera a panzazo. De todos modos, una vez que se acostumbró a llorar por cualquier cosa, nunca se le quitó la costumbre de resolver todos los problemas llorando y pidiendo a la Virgen su intercesión.

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Capítulo 3

ORDENACIÓN SACERDOTAL
Una vez terminados los estudios establecidos para ser ordenado sacerdote, nuestro personaje tuvo que esperar algunos años antes de acceder a la ordenación. ¿La razón? Casi todos los superiores y maestros del seminario no estaban de acuerdo en que Jeremías se ordenara sacerdote a causa de su escasa capacidad intelectual y su manera de ser bastante extraña. Por lo menos ésta era la razón oficial. En la práctica había otras razones: Jeremías era el ídolo de la gente. Todos lo buscaban, todos lo querían y él tenía una palabra oportuna para todos, sin importar el tipo de problema que le presentaban. Todos, al recibir sus orientaciones, quedaban satisfechos. Y esto era lo que más les molestaba a sus compañeros de seminario y a muchos de los superiores. Es que Jeremías tenía algo especial, que lo hacía agradable a la gente sencilla y de buena voluntad. Hoy diríamos que Jeremías tenía el don de gentes, aparte de aquel olor a santidad que todos percibían al primer contacto con él. Lo raro del caso es que nuestro amigo Jeremías, nunca se quejaba cuando le preguntaban acerca del motivo por el cual se estaba retrasando tanto su ordenación sacerdotal. Contestaba siempre lo mismo: — No se crean que ser sacerdote es un juego. Es algo serio. Por eso los superiores tienen que estar seguros de que se trata de una verdadera vocación y que uno esté bien preparado y entrenado para ejercer el ministerio sagrado. Cuando alguien le hacía notar que él sabía orientar a la gente mejor que muchos sacerdotes, que ya tenían a su cargo alguna

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parroquia, se enojaba y los dejaba con la palabra en la boca, diciendo: — Es que ustedes no entienden — y cambiaba de tema. De hecho Jeremías impartía retiros espirituales, orientaba a los catequistas acerca de la manera de preparar a los niños para la primera comunión y la confirmación, organizaba festivales y concursos bíblicos, etc. Era un volcán de iniciativas. Por eso muchos de sus compañeros, superiores y curas le tenían envidia y trataban de apartarlo de su camino. Hasta que no intervino el obispo en persona y cortó por lo sano. Durante una asamblea diocesana preguntó a la gente reunida (la flor y nata de la diócesis): — ¿Qué opinan acerca de Jeremías? ¿Quieren que sea ordenado sacerdote, sí o no? Y se oyó un estruendo, que hizo cimbrar el salón de reuniones: — Sí. Entonces el obispo concluyó: — Pronto nuestro querido Jeremías se va a ordenar diácono y seis meses después se va a ordenar sacerdote — y, para no darle largas al asunto, estableció la fecha y el lugar para cada ordenación. ¿Y Jeremías? Como siempre, llorando y dándole gracias a la Virgen, al obispo y a la gente que lo aclamaba. Acerca de las ordenaciones no logré encontrar ni la fecha ni el lugar. Se ve que en aquel tiempo no le daban mucha importancia a estos detalles. Lo que sí les importaba era la preparación, como en el caso de nuestro amigo, que, al ser admitido al diaconado, de inmediato pidió al obispo el permiso de retirarse en un monasterio para dedicarse exclusivamente a la penitencia y a la oración, permiso que le fue concedido sin ninguna dificultad. El problema fue cuando, una vez ordenado diácono, pidió al obispo el permiso de seguir dedicando a la penitencia y a la oración los seis meses reglamentarios que lo separaban de la ordenación sacerdotal. — Tú estás loco — le dijo el obispo —. ¿No entiendes que tienes que acostumbrarte a vivir siempre unido a Dios, sin importar lo que estés haciendo y de una manera especial cuando estés ejerciendo tu ministerio sacerdotal? ¿O crees que solamente delante del sagrario o en un monasterio se puede estar unido a Dios? ¡Pobre Jeremías! Era la primera vez que veía al obispo tan enojado. Se sintió perdido. Se puso de rodillas, lleno de vergüenza,

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y le pidió perdón. El obispo, al notar su buena fe, le concedió otro mes de permanencia en el monasterio. Y así, por fin, llegó el día tan ansiado de la ordenación sacerdotal. La catedral estaba repleta de gente. Nadie quería perderse la oportunidad de asistir a un evento tan importante en la vida de un ser tan querido como era para muchos Jeremías. El besamanos duró más de tres horas y para cada uno que se le acercaba el p. Jeremías tenía siempre una palabra especial, aunque a veces no se lograba entender casi nada por el problema de las lágrimas.

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Capítulo 4

VICARIO
Era costumbre del obispo entrenar personalmente en el ministerio a los sacerdotes recién ordenados. Lo que más le importaba era enseñarles la manera correcta de celebrar la santa misa, dedicando el tiempo necesario para la debida preparación y la acción de gracias. Pues bien, en una ocasión se dio cuenta de que el p. Jeremías celebró la misa muy de prisa y al finalizarla se fue corriendo, sin dedicar ni un minuto para la acción de gracias. Al encontrarlo poco después en el comedor para el desayuno, lo reprendió con toda severidad: — ¿Es ésta la manera de celebrar la santa misa? ¿Ya te dejaste contagiar por la fiebre del activismo? P. Jeremías, sinceramente me estás decepcionando. Que esto no se vuelva a repetir. ¿Entendiste? — Sí, señor — le contestó el p. Jeremías, muy apenado por el suceso. Posiblemente aquí está la raíz de ciertas habladurías con relación a la manera de celebrar la misa de nuestro personaje, como si no le diera la debida importancia. La realidad, evidentemente, era otra. De hecho, en distintas ocasiones hubo gente apática o enemiga declarada de la fe católica que se convirtió con sólo verlo celebrar la santa misa. Por lo menos esto atestiguan todos los documentos encontrados. Como todos bien saben, aquellos eran tiempos difíciles para la vivencia de la fe. Muchos eran católicos solamente de nombre. Se limitaban a cumplir con ciertos ritos y nada más. Sin embargo, cuando se encontraban frente a uno que realmente vivía de Dios,

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quedaban fascinados y se entregaban con fervor a la práctica de la vida cristiana. Algunos, después de haber asistido a una misa del p. Jeremías, confesaban: — Nunca me había pasado esto. Me parecía ver a Jesús en la Última Cena. Pues bien, aparte del detalle mencionado, que nunca lo dejó de preocupar, el santo obispo no encontró nada que pudiera impedir al p. Jeremías entrar de lleno en el ministerio sacerdotal. Para eso convocó a sus consejeros y les pidió que le dieran su opinión al respecto. La respuesta fue unánime: que el p. Jeremías no era idóneo para hacerse cargo de alguna parroquia y por lo tanto que se quedara siempre como vicario. Y así empezó otro calvario para nuestro amigo Jeremías, cambiando continuamente de parroquia, acusado de ser dormilón, puesto que en distintas ocasiones lo encontraban dormido delante del sagrario, flojo, por el hecho que su misa nunca duraba menos de una hora, y llorón, debido a su costumbre de llorar seguido durante la homilía y hacer llorar a la gente, lo que según los expertos era antilitúrgico. Cuando el obispo se dio cuenta de la razón verdadera de su rechazo, empezó a utilizar al p. Jeremías como medio para obligar a ciertos curas mañosos a enderezar su conducta. Si veía que algún cura se pasaba de la raya, le enviaba como vicario a nuestro p. Jeremías, que, entre lágrimas y citas bíblicas, ponía las cosas en su lugar, fustigando de una manera especial algunos abusos con relación a ciertas prácticas de vida cristiana, que en muchos casos rayaban en la idolatría. En aquel tiempo, como es bien sabido, muchos curas se dedicaban a promover algunas devociones populares que supuestamente garantizaban la salvación eterna a la gente que cumplía con determinados requisitos, que por lo general consistían en algunos rezos y actos de penitencia. Eran como un «seguro de salvación eterna», una especie de salvación barata, basada normalmente en revelaciones privadas, completamente al margen de la Palabra de Dios. Pues bien, ante esta situación, nuestro héroe reaccionaba con toda energía: — ¿Qué creen ustedes — exhortaba entre lágrimas — que, con sólo confesarse y comulgar nueve primeros viernes de mes, van a salvarse? ¿No saben que es estrecho el camino que lleva a la

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salvación? Solamente confiando en la misericordia de Dios y luchando seriamente por tener una vida santa, un día podremos alcanzar la gloria. Aún más enérgica era su reacción cuando alguien, con el afán de simplificar más las cosas y de esta manera garantizar más ganancias, relacionaba la salvación con determinados objetos sagrados, como estampas, agua bendita o escapularios. Entonces, su denuncia adquiría tonos realmente apocalípticos, hablando de condenación eterna y fuego inextinguible. Claro que muchos, al verse caer sus teatritos con esa predicación, preferían pedir su cambio. Así el santo obispo lograba lo que de otra manera le hubiera resultado casi imposible, es decir sacar de las parroquias a los curas más mañosos y renuentes, aunque con eso nuestro héroe se fuera ganando cada día más y con toda razón el título de «sicario», en lugar de «vicario».

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Capítulo 5

OBISPO
En aquel tiempo los obispos normalmente quedaban al frente de la diócesis hasta la muerte, aunque tuvieran una edad muy avanzada y estuvieran enfermos, como en el caso del obispo que ordenó al p. Jeremías. Pues bien, un día el santo obispo, ya cerca de los noventa años, mandó a llamar al p. Jeremías y le dijo: — Como todos saben, ya estoy rayando los noventa y ya no me resulta fácil cumplir a cabalidad con mis obligaciones de pastor de la diócesis. Por eso he pedido a la Santa Sede un obispo coadjutor y aquí está tu nombramiento, que me acaba de llegar. ¿Cómo la ves? — Ya era tiempo — comentó cándidamente nuestro querido amigo, el p. Jeremías —. Desde hace algunos años cada día me he ido preguntando: «¿Cuándo por fin llegará mi turno?» Es que el tiempo pasa y ya me siento cansado de hacer el vicario, o sicario, como muchos dicen. — ¿Qué le podemos hacer? Así son las cosas, mi querido Jeremías. Uno se acostumbra a mandar solo y le resulta difícil hacerse a la idea de compartir la chamba con otros. Pero ya llegó el momento para ti y sinceramente necesito tu ayuda. — Señor obispo, como siempre, me tiene a sus órdenes. Diga usted por dónde empezamos. — Empezaremos por la cabeza y el corazón. A ver, ¿cómo te has sentido en todo este tiempo de ministerio sacerdotal? — Bastante satisfecho por lo que Dios y la Virgen Santísima me han permitido realizar con su ayuda, pero al mismo tiempo me siento triste por lo que no he podido realizar.

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— Háblame más claro para que yo pueda entender bien tu situación. — Me siento contento por las ovejas descarriadas que he logrado arrancar al demonio y entregar a Cristo. Pero al mismo tiempo me siento mal, cuando pienso en la cantidad de ovejas que durante mi ministerio se han salido del redil y se han perdido. Como usted se habrá dado cuenta, estamos viviendo en tiempos muy difíciles, en que la fe se está enfriando, la impiedad y la falta de respeto por las cosas sagradas se están volviendo ley, las tentaciones de la carne están a la orden del día... — Te entiendo perfectamente bien, mi querido Jeremías. En realidad, lo mismo me está pasando a mí. Me gasté, me desgasté.... ¿y los resultados? Muy escasos. Dejo la diócesis peor de como la encontré. No te creas, mi querido Jeremías, esto me está preocupando seriamente, especialmente ahora que se está acercando el día en que voy a rendir cuentas al Pastor Supremo. Muchas veces me he preguntado: «¿Dónde está el problema?» y nadie me da una respuesta convincente. Todos tratan de animarme con argumentos vagos: que cada uno hace lo que puede, que hay que confiar en Dios y cosas por el estilo. Yo creo que es tiempo de enfrentar seriamente este problema. Ya estoy fastidiado al ver la apatía de tantos curas y hasta de algunos colegas míos muy queridos, para los cuales todo esto ni les va ni les viene. — ¿No será que el saco ya no nos viene, es decir, que nuestras estructuras ya no responden a las necesidades de los tiempos actuales? — Bueno. Creo que por ahí va la cosa. Así que te ordeno como tu superior inmediato que de aquí en adelante te dediques a eso, a ver qué cambios necesitamos realizar dentro de la Iglesia para estar en condiciones de atender a todos nuestros feligreses como se merecen. ¿Qué es eso de estar esperando en los templos a ver quién se acerca y en qué le podemos servir? No nos olvidemos de que antes que nada somos pastores y como tales tenemos la obligación de conocer a todas nuestras ovejas una por una y apacentarlas debidamente. — Le agradezco, señor, la confianza que ha depositado en mí. Trataré de no defraudarlo. Hoy mismo pondré manos a la obra. Trataré de ser lo más práctico posible y no desperdiciaré ni un minuto de mi tiempo en algo que no sea este proyecto. — A propósito, mi querido Jeremías, no es que yo esté en contra del don de lágrimas, don excelso que Dios concede a pocas

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almas selectas. Lo que quiero, es que tú entiendas que no somos monjes y que nuestra ascética tiene que ver antes que nada con nuestra misión de pastores. Así que ahora que vas a ser consagrado obispo, pídele mucho a Dios el don del discernimiento para entender qué es lo que la Iglesia necesita hoy para dar un paso adelante en estos tiempos tan turbulentos, difíciles y angustiantes. ¡Pobre obispo! Al final de la vida y con tantos problemas por resolver. Lo bueno es que confiaba en nuestro amigo, el p. Jeremías, un hombre cabal y un santo, sencillo como una paloma pero al mismo tiempo listo como nadie y decidido a todo por el Reino de Dios. Lástima que no encontré nada acerca del lugar y la fecha de la consagración episcopal de nuestro personaje. Me hubiera gustado conocer las reacciones de los feligreses y los curas al enterarse del nombramiento a obispo de nuestro amigo Jeremías, su participación en la consagración episcopal y tantas cosas más. Pero nada. Conociendo la manera de ser de nuestro personaje, estoy convencido de que todo se desarrolló de una forma discreta, sin mucho ruido, como se acostumbra ahora.

Cuentan las crónicas de aquel tiempo que un día el obispo Jeremías, al encontrarse en oración, tuvo una visión. No se sabe con certeza si se trató de un éxtasis o sencillamente se encontraba dormido delante del sagrario. De improviso se le apareció Jesús, rodeado de luz, que le dijo: — Basta de llorar, Jeremías. — Es que muchas almas se están perdiendo y yo no sé qué hacer para arrancarlas de las garras de Satanás — le contestó el obispo Jeremías entre lágrimas, como era su costumbre. Jesús siguió hablando: — Ya te lo dije. Deja de llorar, Jeremías. Así no se resuelven los problemas. Hazle caso a mi siervo que te impuso las manos y te consagró a mi servicio. — ¿Qué tengo que hacer, entonces? — suplicó el obispo Jeremías. — En lugar de trabajar por diez, pon a diez a trabajar. Y desapareció la visión. De inmediato nuestro héroe corrió a contar lo sucedido al anciano obispo, cuya salud se encontraba muy deteriorada a causa de su edad muy avanzada. Éste, mientras escuchaba el relato,

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repetía continuamente: «Bendito sea Dios», sin hacer ningún comentario al respecto. Parecía totalmente absorto en oración, con una cara de ángel, como pregustando el encuentro definitivo con el Creador. Al ver que no reaccionaba a sus palabras, el obispo Jeremías pensó retirarse, pero, al momento de besar la mano del ilustre anciano, de improviso éste abrió los ojos y le preguntó: — Mi querido hijo, ya sabes que pronto voy a regresar a la casa del Padre. Por favor, no dejes de celebrar bien tu santa misa diaria. Allá encontrarás tu verdadero sustento espiritual que te ayudará a superar todas las dificultades, que sin duda se presentarán en tu ministerio episcopal. Que no se vaya a repetir lo de aquella vez, cuando la celebraste de prisa y sin acción de gracias. Ahora que estoy por pasar a la otra vida, ¡cuánto me gustaría conocer la razón por la cual en aquella ocasión te portaste de una manera tan irresponsable! — Es que tenía una tremenda diarrea — le contestó humildemente el obispo Jeremías. — ¿Y por qué no me lo dijiste pronto, cuando te reprendí? — Porque usted no me lo preguntó. Yo pensé: «Cuántas veces me porto mal y el obispo no se da cuenta. Pues bien, acepto esta reprensión injusta para compensar todas las veces que me porté mal y el obispo no se enteró». Durante unos largos instantes, el santo obispo lo miró a los ojos con inmensa ternura y cariño, lo abrazó y expiró.

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Capítulo 6

APÓSTOL
Una vez al frente de la diócesis, el obispo Jeremías convocó a los presbíteros y les dio las siguientes recomendaciones acerca del trabajo pastoral: — Antes que nada, tenemos que cuidar nuestra vida espiritual y después ver qué es lo que nos compete estrictamente a nosotros como pastores de almas. Para todo lo demás, busquemos a gente que nos pueda ayudar. Que sean personas celosas por la gloria de Dios y llenas de amor hacia el prójimo. «En lugar de trabajar por diez — me dijo Jesús en una visión —, pon a diez a trabajar». Y ¡milagro! durante todo el encuentro el obispo Jeremías no lloró ni un instante ante el asombro general. Muchos se preguntaban: — ¿Qué pasó con nuestro obispo? ¡Ha cambiado muchísimo! ¿Será que de veras habrá tenido una visión? No se parece en nada al vicario, o sicario, de antes. Algunos atribuían el cambio a la gracia de estado y otros a una sutil perspicacia política. Pensaban: — Puro cuento lo de las lágrimas, la oración delante del sagrario y ahora lo de la visión. Pura pantalla para impresionar a los ingenuos. Una vez que consiguió lo que quería (la mitra), ya se quitó la máscara. Pues bien, que no cuente conmigo. A mí no me va a embaucar tan fácilmente. ¡Pobrecitos! Algunos de ellos pagaron con la vida su incredulidad acerca de la buena fe del santo obispo Jeremías. Al no querer cambiar de actitud y burlarse de su amenaza: «O cambias o te mueres», pasaron a mejor vida antes de tiempo, volviéndose en una terrible advertencia para todos. De hecho, muchos curas,

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ante esa perspectiva, recapacitaron y así el obispo Jeremías en poco tiempo logró grandes avances en su diócesis, tanto que su figura se volvió legendaria para las generaciones que siguieron. De los documentos encontrados se desprende que era tan grande el ansia apostólica del obispo Jeremías que no quería que ninguna oveja se le perdiera. Por lo tanto, se pasaba horas y horas en el confesionario, escuchando a la gente, aconsejando y perdonando los pecados en el nombre de Dios. Hasta que un día «se le prendió el foco». Así dicen literalmente los documentos. «Se le prendió el foco», ¿en qué sentido? Posiblemente aquí está la respuesta: «Desde entonces — cuentan las crónicas — , en lugar de dedicar horas y horas a las confesiones individuales, repitiendo continuamente los mismos consejos y sin darse abasto para atender a todos, utilizó el método de los dibujos». ¿De qué se trata en concreto? Para ahorrar tiempo y alcanzar a más gente, nuestro personaje preparó un examen de conciencia a base de dibujos (en aquel tiempo eran contados los que sabían leer y escribir), haciendo imprimir millares y millares de copias. Hecho esto, estableció un programa de confesiones, señalando días, horas y lugares determinados. Cuando todo estaba listo, el obispo Jeremías hacía repartir para cada penitente una hoja con la lista de los pecados y un lapicero para apuntar al lado de cada dibujo la cantidad de veces que uno había cometido la falta. El signo + quería decir «muchas veces», el signo - «pocas veces» y cada punto «una vez», cuando uno recordaba el número preciso de las faltas. Aclarado esto, empezaba la preparación, que a veces duraba horas, entre explicaciones, cantos, oraciones y exhortaciones, a veces con lágrimas, para un cambio de vida (por lo que parece, nunca se le quitó por completo la costumbre de llorar). Después cada uno se presentaba delante de él con la hoja en la mano, mientras los demás rezaban el santo rosario, meditando sobre los misterios dolorosos y en muchos casos acompañando el rezo con «suspiros y lágrimas de arrepentimiento» (se ve que también las lágrimas son contagiosas). El santo obispo leía la hojita, daba algún consejo práctico, teniendo en cuenta la situación de cada uno, asignaba la penitencia y otorgaba la absolución. Haciendo así, ahorraba tiempo y conseguía más frutos espirituales. Además, este método, revolucionario para aquel tiempo, representó para muchos una verdadera tabla de salvación. En realidad, muchos no se confesaban por no saber cómo expresarse o por la pena de manifestar sus cosas

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íntimas a otra persona. Al darse cuenta de que se podía hacer la confesión por escrito, muchísima gente empezó a disfrutar del perdón de Dios mediante el sacramento de la reconciliación. Una vez experimentada la eficacia del método, el obispo Jeremías empezó a enseñarlo a los curas que manifestaban más interés para los asuntos espirituales. Para los que tenían la manía de meterse siempre en los asuntos o chismes de la política, solía repetir: «Mejor que no se metan con esto, para no echarlo a perder todo». Y así, poco a poco el obispo Jeremías logró rodearse de un buen grupo de sacerdotes, totalmente identificados con sus ideales, cumpliendo así con lo que Jesús le había dicho en la visión: «En lugar de trabajar por diez, pon a diez a trabajar». Y contando con este equipo de sacerdotes, bien fervorosos y entrenados para el santo ministerio, nuestro héroe se lanzó a la ardua tarea de evangelizar al pueblo católico, que se encontraba en un estado de sumo abandono espiritual, aunque contara con un número suficiente de ministros del altar. En realidad, éstos lo único que sabían hacer era administrar los sacramentos al por mayor y de una forma rutinaria, como ritos sociales y nada más, no contando con ninguna experiencia de evangelización ni deseo de aprender. Estando así las cosas, para no echarlo a perder todo, el obispo Jeremías prefirió que siguieran como siempre y no se metieran en asuntos en los cuales se sentían incompetentes. Fíjense que en aquel tiempo el descuido del pueblo católico de parte del clero llegó a tal grado que hasta las fiestas religiosas fácilmente degeneraban en fiestas paganas, con bailes, borracheras y todo tipo de desorden. Y lo peor del caso era que casi siempre se aprovechaba de las fiestas religiosas para administrar los sacramentos. Imagínense ustedes, mis amables lectores, qué triste espectáculo se daba al mezclar el agua bendita con el aguardiente, la alabanza a Dios con cantos que abiertamente incitaban al vicio. Fíjense que mucha gente el mismo día se confesaba para casarse y, una vez celebrado el sacramento, se emborrachaba durante la fiesta que seguía. Lo mismo pasaba con los demás sacramentos. Tranquilamente se juntaban la celebración del sacramento y la diversión pagana. Pues bien, ante esta realidad, lo primero que hizo nuestro piadoso obispo fue declarar públicamente que por su parte nunca participaría en este tipo de fiestas religiosas y mucho menos para administrar el sacramento de la confirmación, comprometiéndose

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a realizar cualquier sacramento en un clima de oración, lejos de todo tipo de diversión u ocasión de pecado. A los curas que querían seguir con la costumbre de siempre, los dejó en completa libertad. — Allá ellos — comentaba —. Lo dejo todo a su conciencia. «Que los muertos sepulten a sus muertos» (Lc 9, 60). Con esta decisión, nuestro obispo Jeremías se liberó de tantos compromisos inútiles, dando a los canónigos de la catedral el encargo de administrar el sacramento de la confirmación. — Entonces, ¿ya no confirmaba el obispo Jeremías? — preguntarán muchos de ustedes. Claro que confirmaba, pero de una manera diferente, es decir, con la debida preparación y en un clima de oración. Para eso, él mismo escribió un texto en que se manejaba oportunamente teoría y práctica, enseñanza y oración. Al final, cuando los confirmandos ya estaban preparados, les administraba el sacramento durante un retiro espiritual, que duraba por lo menos tres días. Solía repetir: «Yo nunca voy a dar las perlas a los cochinos». En realidad, antes que el obispo Jeremías aportara los cambios mencionados, la confirmación se parecía más a una fiesta de despedida que a una toma de compromiso cristiano. Fue tan grande el impacto que esta nueva manera de administrar el sacramento de la confirmación causó en toda la región que poco a poco otros obispos la fueron adoptando, logrando frutos espirituales insospechados. Fíjense que con el pasar del tiempo muchos ministros del altar reconocían claramente que precisamente en el sacramento de la confirmación, administrado por el santo obispo Jeremías, descubrieron los primeros gérmenes de su vocación. Otra actividad, a la que el santo obispo Jeremías consagró gran parte de su tiempo, fue la predicación de los «santos ejercicios espirituales», que duraban por lo menos una semana. Normalmente lo acompañaba un grupo de sacerdotes. Algunos lo ayudaban en impartir los temas y otros iban con él sencillamente por el gusto de escucharlo y aprender. Eran días de trabajo agotador, entre pláticas, diálogo personal, confesiones y oraciones. Sin embargo, nunca nuestro héroe daba muestra de cansancio o malhumor. Se le veía siempre alegre y bien dispuesto para todo. Parecía que el trabajo, en lugar de cansarlo, le infundía más vigor y entusiasmo.

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Fue tan grande el fervor que los «santos ejercicios espirituales» fueron creando en las masas populares, que a veces, al no caber la gente en los templos, fue menester realizarlos en las plazas, reavivando en poblaciones enteras el deseo de las cosas divinas, lo que las llevó a dejar muchas costumbres perniciosas para el bienestar del pueblo y a crear otras nuevas, inspiradas en los preceptos del Santo Evangelio. Y por último, lo que más contribuyó a volver legendaria la figura de nuestro personaje, fue su manera muy peculiar de realizar las visitas pastorales, que en la práctica eran verdaderas «misiones populares». Como siempre, era acompañado por un grupo de sacerdotes, que lo ayudaban a predicar, confesar y aconsejar a la gente. Cuando se daba cuenta de que algún párroco no daba el kilo por alguna razón, lo cambiaba de inmediato, dejando en su lugar a uno de los sacerdotes que lo acompañaban. Apenas el párroco en cuestión lograba enmendarse o aprender lo que le faltaba, de inmediato era reintegrado en su cargo en la misma parroquia o en otra. Todo dependía del empeño que uno le ponía para mejorar en su conducta como pastor de almas. Cuentan las antiguas crónicas que a distancia de siglos se podía distinguir entre los pueblos evangelizados por nuestro héroe y los demás. Tan grande fue la huella dejada por el obispo Jeremías, el que durante muchos años fue tachado de ser «llorón» y «dormilón», además de poco apto para los estudios.

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Conclusión
El obispo Jeremías para aquellos tiempos fue un verdadero San Pablo y un gran reformador, aunque él mismo nunca se diera cuenta de la trascendencia que su obra tendría para los siglos venideros. Seguido repetía: «Si queremos que nuestros feligreses no se dejen contagiar por creencias contrarias a nuestra fe ni se pierdan en el indiferentismo religioso, antes que nada nosotros mismos tenemos que despertar del profundo sueño en que nos encontramos y tratar de inventar cualquier cosa con tal de fortalecerlos en la fe. Antes que la situación se nos escape de las manos, tenemos que hacer algo. Es inútil llorar, cuando ya se perdió todo». Y con estas ideas bien claras en la mente, el santo obispo Jeremías logró cambios tan grandes en la Iglesia que hicieron legendaria su figura. Muchas veces me pregunto «¿Qué haría el obispo Jeremías si viviera en estos tiempos?» Que su ejemplo y su mensaje logren por lo menos despertar e inquietar alguna conciencia adormecida.

León, Gto.; a 8 de julio de 2008.

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El Calvario de don Boni
Presentación
«Había una vez», así me hubiera gustado empezar este relato. Pero no, puesto que «El Calvario de Don Boni» aún sigue y no sabemos hasta cuándo va a durar. Don Bonifacio: un indígena, aferrado a sus costumbres y a su fe, un campesino cualquiera, llamado a enfrentar situaciones cada vez más complicadas y extrañas para él y su pueblo. Muchos de ustedes, mis amables lectores, sin duda ya lo conocen, pero otros no. Pues bien, para que todos lo conozcan y su recuerdo no se pierda con el pasar de los años, me decidí a contar su historia. Estoy seguro de que cada uno de ustedes encontrará en este relato algo que desconocía por completo y al mismo tiempo podrá añadirle detalles para mí totalmente novedosos. Además, es posible que en «El Calvario de Don Boni», muchos de ustedes descubran «su calvario», un calvario que aún perdura y no sabemos hasta cuándo durará. Pues bien, para que estén prevenidos y no vayan a repetir los mismos errores de siempre, los invito a leer atentamente el siguiente relato. México, D.F.; a 17 de julio de 2008.

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Capítulo 1

LA COSTUMBRE
Don Boni, segundo hijo varón de don Blas y doña Rufina. De diez, entre hermanos y hermanas, sobreviven cinco; los demás murieron en tierna edad por distintas enfermedades. Solamente él y su hermano mayor saben leer y escribir, mientras las hermanas no saben leer ni escribir. Así era antes en la sierra: solamente los varones pisaban un aula escolar algún tiempo, hasta que no aprendieran las letras y no lograran hacer las cuentas. Para algunos bastaban dos años, para otros un año o menos y para otros no alcanzaría toda la vida para aprender algo en la escuela. Así que, al ver que no la hacían, los papás pronto los retiraban y los llevaban a trabajar con ellos en el campo. Nada difícil o complicado: recoger la leña, llevar el agua o la comida a los que estaban trabajando, en fin, cosas sencillas que cualquiera puede aprender fácilmente. Mientras tanto iban observando a los mayores y así aprendían a sembrar, barbechar, cosechar y tantas otras cosas propias del campo. Hasta que llegaba la edad y se casaban, todo según la costumbre, sin grandes novedades. Es lo que le pasó a nuestro amigo Boni, que en menos de un año aprendió a leer y escribir y pronto se fue con el papá a trabajar en el campo. A los dieciséis años se casó y bien casado según la costumbre, por lo civil y por la Iglesia. En realidad, en aquellos años en la sierra las cosas no eran como ahora que cada quien hace lo que le da la gana. Entonces, la costumbre era ley y todos tenían que sujetarse a ella. No era como ahora que un día uno se casa o se junta con una mujer y otro día se

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divorcia o abandona la mujer y se va con otra. No. En aquellos tiempos las cosas eran muy diferentes. Para casarse, intervenía mucha gente y se trataba de un compromiso serio. Cuando uno no cumplía, lo agarraban, lo metían a la cárcel y le cobraban la multa, para que escarmentara y aprendiera a hacer bien las cosas, según la costumbre. Nada de que «me gusta otra mujer, a ver qué hago para casarme con ella o llevármela a mi casa». Nada de todo eso: una sola mujer y por toda la vida, como manda la Iglesia y ordena la costumbre.

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Capítulo 2

REZANDERO
Don Boni, desde su más tierna edad, manifestó siempre un gran interés por las cosas de Dios. Por eso su papá, don Blas, lo llevaba siempre consigo cuando había un rezo por los difuntos o alguna novena para los santos. Una vez que aprendió a leer y escribir, le compró un cuaderno grueso como un libro y le enseñó a copiar los rezos y los cantos, tomados de sus cuadernos y hojas sueltas. Lo que más le gustaba a nuestro amigo era ver a su papá rezar a los santos cuando había una fiesta. Usaba un antiguo reclinatorio que nadie podía ni siquiera tocar, algo sagrado que solamente él podía utilizar. Cuando rezaba arrodillado sobre el reclinatorio, se veía importante como un cura, teniendo a un lado alguien que le sostenía una vela encendida, aunque fuera de día y hubiera suficiente luz. Lo hacían para que la gente viera que don Blas era el primer rezandero del pueblo. A él le tocaba instruir y vigilar a todos los encargados de las fiestas, para que hicieran todo según la costumbre y no se equivocaran, provocando el enojo de los santos, como cuando por distracción del encargado no pusieron las flores a san Sebastián y hubo un tremendo granizo que acabó con el maíz. Don Blas cuidaba que ninguna mujer tocara la campana, puesto que, según la tradición de los antiguos, si una mujer tocaba la campana, ésta se rompía de inmediato. Tocar las campanas era cosa de hombres y nada más. Como por otro lado, vestir las estatuas de las santas era cosa de muchachas y se tenía que hacer a puerta cerrada y a una cierta hora de la noche, para evitar las miradas indiscretas de los hombres. En este caso, ni el mismo don Blas

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podía asistir. Todo se tenía que hacer bajo la supervisión de doña Rufina, la esposa de don Blas, o la presidenta de la asociación correspondiente. De hecho, en Cerro Tejón, el pueblo de don Boni, un pueblo de unas noventa chozas, había dos asociaciones, la del Sagrado Corazón y la de santa Filomena. Siendo de bulto la estatua del Sagrado Corazón, no necesitaba cambio de ropa, mientras la estatua de santa Filomena era de madera y paja. Dicen que tenía bien hechecitas solamente la cabeza, las manos y los pies, mientras todo lo demás era de madera simple con añadidura de paja o ramas de árboles, para darle la figura. En la capilla había alguna otra estatua, pero no le hacían ninguna fiesta especial. Estaban allá así nomás, para la devoción de la gente. Cuando uno tenía alguna necesidad particular, iba a la capilla, se ponía de rodillas ante la estatua del santo o la santa y le pedía lo que necesitaba: la salud de un ser querido, la lluvia para el campo, la protección contra alguna brujería o el castigo para alguien que había provocado algún daño. Poco a poco nuestro amigo Boni fue aprendiendo todo esto, seguro que algún día iba a tomar el lugar de su papá como primer rezandero del pueblo, la máxima autoridad en campo religioso. Lo único que no le gustaba de todo lo que hacía don Blas, era que éste se emborrachaba hasta caerse durante los novenarios y las fiestas. Todo lo demás le gustaba. — Es la costumbre del pueblo — contestaba don Blas, cuando Boni le hacía notar que no era conveniente lo que estaba haciendo. Y añadía: — Cuando uno toma, se olvida de las cosas de este mundo y se acerca más a Dios. Para eso Dios hizo el aguardiente. Esto nos enseñaron nuestros antepasados y esto tenemos que hacer nosotros. Estando así las cosas, a Boni no le quedaba más que obedecer y tomar cuando don Blas le ofrecía el aguardiente durante los rezos. Así, poco a poco, también Boni desde la adolescencia fue aprendiendo a tomar. — De todos modos — cuenta don Boni, cuando alguien le pregunta al respecto — yo nunca me emborraché completamente. Nunca me convenció del todo la razón que me daba mi papá. De hecho, él se emborrachaba por lo menos una vez cada quince días, hubiera o no alguna fiesta o novenario. Por eso sobre el asunto de la tomadera nunca le hice caso completamente.

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Capítulo 3

PRIMEROS ATAQUES CONTRA LA FE
Normalmente el padre llegaba a Cerro Tejón una vez al año, el 12 de junio en vísperas de la fiesta de san Antonio. Todo empezaba con el rezo del santo rosario, añadiendo a cada misterio cánticos y alabanzas. Mientras tanto, se alegraba el ambiente con cohetes y una abundante derrama de tepache. Todo era gratis. A la llegada del cura se daba inicio a la santa misa con la participación de los más devotos, unas cincuenta personas, mientras la mayor parte de la gente se quedaba afuera de la capilla, charlando y tomando. A la mañana siguiente, el mero día de la fiesta, se hacían los bautismos y los casamientos. Por la noche, a la luz de las linternas, se hacía el baile, inaugurado por el cura, que casi siempre, para no quedar mal con la gente, tomaba igual que todos. A las cuatro o cinco de la mañana terminaba la fiesta, quedando casi todos completamente borrachos. Era la costumbre que nadie se atrevía a criticar o querer cambiar. Hasta que un día llegó un forastero, pobre como ellos, pero con corbata y ropa bien arregladita, llevando una Biblia en la mano. Se decía «evangélico» y lo que pretendía era «anunciar la Palabra de Dios», que según él estaba en contra de muchas costumbres del pueblo. Al principio nadie le hizo caso, pero, al cabo de unas tres o cuatro visitas, algunos empezaron a reaccionar ante ciertas afirmaciones del forastero, según el cual «no había que adorar las imágenes», puesto que eran de madera y no tenían vida ni poder alguno. Cuando la noticia llegó a oídos de don Blas, se puso furioso y ordenó su inmediata expulsión del pueblo, apoyado por las

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autoridades, que veían en el forastero a un intruso, un enemigo y un perturbador del orden público. — ¡Imagínense qué nos puede pasar si la gente empieza a hacerle caso a este charlatán y excomulgado! Por culpa de él, los santos nos pueden castigar con el granizo, el chorrillo y quien sabe cuántas enfermedades más. Nuestro amigo Boni y su hermano mayor se encargaron de ejecutar la orden, amenazando al pobre predicador con el machete en la mano: — Si vuelves aquí con tus mentiras, te vamos a dar una buena paliza que no vas a olvidar por toda la vida. Hablaban con tanta firmeza que el predicador entendió perfectamente bien la amenaza y no volvió. Sin embargo, poco después llegaron otros con las mismas ideas contra las imágenes y contra la Iglesia, pero no pudieron hacerles nada porque eran del mismo pueblo, gente que había salido del pueblo para ir a trabajar lejos y ahora regresaba con una mentalidad totalmente diferente de cuando se fueron. Se decían «estudiantes de la Biblia» y, según ellos, su único objetivo era enseñar la Palabra de Dios a toda la gente del pueblo. — Bueno — les preguntó don Blas para salir de dudas —, ustedes dicen que son estudiantes de la Biblia y por eso la quieren enseñar al pueblo. Ahora yo quiero saber cuál es su religión. No vaya a pasar como el otro día que llegó aquí un excomulgado quien sabe de dónde y empezó a hablar en contra de nuestras costumbres y de los santos. — Mire, don Blas — le contestó uno que parecía ser el jefe de los que recientemente habían regresado al pueblo —, nosotros no tenemos nada que ver con la religión. Lo que nos interesa es que ustedes conozcan la Palabra de Dios. En el fondo, lo que salva no es la religión, sino Cristo. Ante esta manera de ver las cosas, don Blas ya no supo qué decir. En realidad, nunca había oído algo parecido. Entonces, sentenció: — No hay problema. Vamos a ver qué dice el cura sobre este asunto — y pronto envió a Boni y su hijo mayor a consultar al cura, cuya respuesta fue salomónica: — Aprovechen esta oportunidad para conocer la Biblia y después poder enseñarla a los demás. Es tiempo que empiecen a salir de su ignorancia.

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Teniendo en cuenta la respuesta del cura, los dos hermanos pronto se volvieron en asiduos «estudiantes de la Biblia». Unas dos horas diarias de estudio. Nuevos horizontes se empezaron a desplegar delante de sus mentes, deseosas de abrirse a los grandes misterios de la existencia: Dios, el hombre y la naturaleza. De todos modos, los dos hermanos no quedaron satisfechos. Por un lado empezaron a notar cierto rechazo de parte de la gente por el hecho de meterse a estudiar la Biblia con gente que no rezaba el rosario y no manifestaba ningún respeto por las imágenes y por el otro empezaron a sospechar que en todo el asunto había gato encerrado. En realidad, se dieron cuenta de que de vez en cuando estos supuestos «estudiantes de la Biblia» cuchicheaban entre ellos, no contestaban a las preguntas que les hacían (decían siempre: «Después») y se reían cuando hablaban de sus antiguas costumbres. Por fin decidieron retirarse, teniendo alguna idea acerca de la Biblia y dedicando todos los días a su lectura una media hora, aunque les resultara difícil asimilar su contenido. En realidad, estaban usando la Biblia que les regalaron los amigos llegados del norte, de por sí muy complicada, y habían empezado a leerla desde un principio, como se hace con cualquier libro. Ante la dificultad de entender bien su contenido, fueron a consultar al cura, que les dio una buena regañada: — ¿Qué creen ustedes que el estudio de la Biblia es tan fácil como aprender a rezar el rosario? Yo me quemé las pestañas durante años y ustedes ¡en unas cuantas horas piensan aprenderse la Biblia! De veras que ustedes están locos. De todos modos, si ustedes de veras quieren comprender más las cosas de Dios y estudiar la Biblia, los voy a mandar a un curso bíblico que va a durar una semana entera en el obispado. A ver cómo le hacen para la cuota, que es un poco alta. De todos modos, no se van a preocupar por la comida y para dormir. Allá les van a dar todo. ¿Cómo la ven? Aún faltan dos meses. Hay tiempo para juntar el dinero para el pasaje y la cuota que van a pagar. — Muy bien, señor cura. Le vamos a hacer la lucha. Con la promesa del curso que se iba a dar en el obispado, una gran esperanza empezó a surgir en el corazón de los dos hermanos y de su papá, don Blas, que por primera vez tuvieron que enfrentarse a un peligro tan grande para la comunidad, que amenazaba con mandar al traste toda una tradición de siglos y dejaba a todos completamente desamparados, sin ninguna certeza para el futuro.

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Capítulo 4

LA GRAN DECEPCIÓN
Mientras tanto los «estudiantes de la Biblia» no perdían su tiempo. De casa en casa y uno por uno, invitaban a la gente a estudiar la Biblia con ellos. Cuando alguien expresaba alguna duda acerca de la nueva doctrina, contestaban invariablemente: — Pregunten a don Blas qué dijo el cura. — ¿Qué dijo? — Que es la misma Biblia. Sus mismos hijos estuvieron estudiando la Biblia con nosotros. — Pero después dejaron de estudiar con ustedes. ¿Por qué no continuaron estudiando la Biblia con ustedes? — ¿Qué creen ustedes? Por flojera. Los hijos de don Blas son muy flojos. Por eso, en lugar de estudiar la Biblia, prefieren rezar y rezar, para que la gente les dé comida y aguardiente. Con estas y otras trampas, los recién llegados del norte lograron enredar a algunos y formar su pequeño grupo de «estudiantes de la Biblia», ante la impotencia de don Blas y sus hijos, que veían con malos ojos su desprecio por la costumbre, las imágenes y tantas cosas más. Su gran esperanza estaba cifrada en el curso bíblico, en que seguramente aprenderían a enfrentar el problema de la división religiosa, que, según lo que decía la gente, ya estaba causando serios daños en los pueblos vecinos. Vendieron algunos animalitos, pidieron algo prestado y por fin lograron juntar la suma requerida para el pasaje, la estancia en el obispado y la adquisición de algún libro o cassette que pudiera ayudar para prepararse mejor. Estaban dispuestos a todo con tal de capacitarse para evitar que también en Cerro Tejón el pueblo se dividiera como estaba sucediendo en otras partes.

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Por fin llegó el día tan deseado y salieron de Cerro Tejón muy de madrugada, con la bendición de don Blas y los mejores augurios de parte de toda la comunidad, reunida en el rezo del santo rosario. Se sentían como los antiguos cruzados que se alistaban para dar la gran batalla de la fe. Después de cuatro horas de camino por cañadas y cerros y tres horas de camión llegaron a la ciudad, a la casa del obispo, donde estaban llegando otros indígenas y campesinos como ellos, muchos de los cuales ya contaban con una Biblia, casi siempre regalada por los miembros de otros grupos religiosos. Todos eran agentes de pastoral y llevaban la misma ilusión: conocer la Biblia para sentirse seguros en la fe de sus padres y no dejarse confundir por los que la habían abandonado. Nunca se habían imaginado la gran decepción a la que estaban por enfrentarse. En realidad, la religiosa encargada del curso, pronto empezó a enseñar, mediante dibujos, cómo se hacen las letrinas. Ante el asombro general, los reprendió como si fueran niños de la calle, maleducados y desobedientes: — ¿No entienden que primero hay que preocuparse por la salud del cuerpo y después por la salvación del alma? ¿Cómo ustedes van a entender las cosas de Dios, si están desnutridos, enfermos y con el estómago vacío? Primero hay que llenar el estómago y preocuparse de la salud física y después hay que pensar en lo demás. — Habían dicho que íbamos a estudiar la Biblia — se atrevió a objetar un anciano del grupo, catequista desde hacía muchos años y por lo tanto con más confianza hacia la religiosa. — En la tarde van a estudiar la Biblia. Todas las mañanas yo les voy a dar la materia de promoción humana y todas las tardes otra religiosa les va a dar catequesis. Con esta promesa, se serenaron los ánimos y cada uno trató de concentrarse en lo que la madre estaba explicando acerca de las letrinas y fosas sépticas, algo interesante pero fuera de lugar, puesto que se trataba de agentes de pastoral, cuyo único deseo era ver cómo guiar espiritualmente a la comunidad y en el caso concreto cómo ayudar a fortalecerla en la fe ante el acoso sistemático de los grupos proselitistas. Por fin llegó la tarde y se presentó otra religiosa, encargada de impartir la enseñanza bíblica. Otro balde de agua fría. No se iba a estudiar directamente la Biblia, sino un folleto de unas cincuenta páginas sobre la Biblia: Antiguo y Nuevo Testamento, especificando

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los libros de cada uno, inerrancia bíblica, canon bíblico, contexto cultural en que se desarrolló cada etapa de la Historia de la Salvación, la interpretación de la Biblia, etc. La decepción y la amargura llegaron a su clímax. Se levantaron muchas voces de protesta: — Venimos aquí para estudiar la Biblia. ¿Qué nos interesa todo lo que está en este libro? Queremos conocer la Biblia. — ¿Qué creen ustedes que la Biblia es un libro cualquiera? — contestó la religiosa enojada —. Para entender correctamente la Biblia y no interpretarla mal, primero hay que estudiar todo esto. Una vez que uno entendió lo que está escrito en este libro, tranquilamente puede leer cualquier parte de la Biblia sin temor a equivocarse. — ¿Cuánto tiempo va a durar este curso? — preguntó nuestro amigo Boni, angustiado. — Quién sabe. Todo depende de la capacidad de aprender que tiene cada uno de ustedes. Cada día vamos a poner una prueba y solamente los que pasan todas las pruebas podrán acceder al curso superior en que se estudia directamente la Biblia. Protestas por todos lados. Nuestro amigo Boni, con las lágrimas en los ojos, miró a su hermano y exclamó: — Estamos perdidos. La religiosa lo observó tan triste y le preguntó la causa: — ¿Se siente mal? ¿Está enfermo? ¿Qué le está pasando? En el silencio general, don Boni (así empezaron a llamarlo sus compañeros de curso) presentó la situación desesperada, en que se encontraba su pueblo ante el acoso de los supuestos «estudiantes de la Biblia», que pronto le aclararon que se trataba de los testigos de Jehová, concluyendo: — Para eso venimos aquí yo y mi hermano. Queremos saber cómo contestar a los que nos atacan sobre las imágenes. Según ellos, están prohibidas las imágenes y citan Éxodo, capítulo 20, versículo 4. Nosotros queremos saber cómo podemos contestar a esto; queremos saber qué dice la Biblia sobre las imágenes; queremos conocer la verdad. — Pueden presentar dos citas bíblicas — intervino un agente de pastoral —: Éxodo, capítulo 25, versículo 18 y Números, capítulo 21, versículo 8 — y presentó su contenido de memoria. Ante esta intervención espontánea de parte de un alumno del curso, la religiosa se enfureció hasta volverse histérica:

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— ¿Qué es eso de aprenderse las citas bíblicas de memoria? No se olviden que nosotros somos católicos y no protestantes. Yo tengo cuarenta años de ser religiosa y no me sé ninguna cita bíblica de memoria. Siguió un largo murmullo de reprobación y rechazo de parte de los presentes, ante el cual la religiosa perdió totalmente los estribos, tiró al suelo el folleto que tenía en las manos y se retiró, suspendiendo de una vez el curso. Para muchos fue un alivio. Ya estaban fastidiados de reunirse dos veces al año para estudiar cosas de poca importancia para resolver los problemas de sus pueblos, dejando a un lado lo que realmente les interesaba, como era el estudio de la Biblia y la defensa de la fe ante los ataques de los grupos proselitistas. El catequista entrometido, profundamente apenado por el incidente que acababa de provocar, trató de alcanzar a la religiosa para pedirle perdón. Pero todo fue inútil. En pocos instantes ésta se escabulló y se perdió en los largos pasillos del obispado. Ni modo. Ante esta situación, cada uno empezó a pensar cómo regresar a su lugar de origen, dando por terminado este tipo de preparación, totalmente al margen de sus necesidades concretas y aspiraciones. ¡Qué bueno que aún no habían pagado la cuota del curso! Cuando ya estaban por dispersarse, llegó la madre superiora, suplicando a todos que regresaran al salón de estudio y continuaran con el curso establecido. Unos cuantos le hicieron caso, mientras la gran mayoría se alejó, manifestando su profundo rechazo hacia la manera como las religiosas estaban llevando las cosas. Antes de abordar el camión, se acercó a don Boni el catequista que le había dado las citas bíblicas en el incidente con la religiosa, y le entregó un librito color amarillo, titulado «Preguntas y Respuestas», diciéndole: — Aquí está lo que tú necesitas. En la primera parte se ve como la Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo y todas las demás organizaciones religiosas fueron fundadas por hombres. En la segunda parte, se encuentra la respuesta a los ataques contra la Iglesia que presentan los que andan por la calle, tratando de engañar a los católicos. Al ver este libro, se iluminó el rostro de los dos hermanos: — Esto es lo que íbamos buscando. Nuestro viaje no fue inútil. Gracias, Señor.

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— Si quieren, se lo puedo vender. Traigo suficientes. ¡Cuánta gente, leyendo este libro, ha encontrado la respuesta a muchas dudas que tenía y ha fortalecido su fe o regresado a la Iglesia Católica! Con este tesoro en las manos, los dos hermanos abordaron el camión que los llevó hasta la cabecera parroquial, de donde empezaron el largo camino a pie que los llevó de regreso a su pueblo, cansados pero felices por haber empezado a vislumbrar una solución a su problema.

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Capítulo 5

UNA RECETA EQUIVOCADA
Habiendo aprendido con anterioridad el manejo de la Biblia, don Boni y su hermano pronto se lanzaron a la ardua tarea de desenmascarar a los supuestos «estudiantes de la Biblia», que en realidad eran testigos de Jehová. Estudiaron el tema de las imágenes y los fueron a buscar en su casa. Al no conocer sus mañas, regresaron bien apaleados, puesto que los enredaron con un montón de temas y citas bíblicas. Entonces decidieron ir a ver al cura para pedirle alguna orientación al respecto: — De hoy en adelante — les aconsejó el cura — pónganse más abusados. Prepárense bien sobre un solo tema y pidan un encuentro con ellos. Que sea en público, donde haya mucha gente y que no falten sus seguidores. Así les van a dar una buena paliza. Acuérdense: un solo tema, diez minutos hablen ellos y diez minutos ustedes. Nada de ir brincando por aquí y por allá como los chapulines. — ¿Qué tema nos aconseja? — A ver, dónde está el libro que dijeron. El señor cura le echó un vistazo y pronto sentenció: — Aquí está: el primer tema, el tema de la Iglesia, con citas bíblicas y todo. — Ellos dicen que vienen desde el justo Abel. — ¿Qué tienen que ver ellos con Abel? En este caso, pregúntenles qué pasó cuando Abel murió asesinado. ¿Acaso quedó como jefe de la organización su hermano Caín? Don Boni y su hermano se soltaron en una sonora carcajada. — ¿Ya vieron como el asunto no es tan complicado como parece?

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— ¿Y cuando citan Isaías, capítulo 43, versículo 10: «Ustedes son mis testigos», qué tenemos que contestar? — Que allá se está hablando de las doce tribus de Israel, que no tienen nada que ver con ellos. No es que antes de Cristo el pueblo de Dios estaba compuesto por las doce tribus de Israel más otro grupo especial, llamado testigos de Jehová. Se está hablando solamente de las doce tribus de Israel y nada más, que ahora corresponden a los judíos. Pregúntenles si ellos son judíos. Los dos hermanos vuelven a reírse: — ¡Qué judíos van a ser ellos, si son más indios que nosotros! — Así que, adelante. Van a ver que con este librito van a lograr mucho. Que Dios los bendiga y la Virgen María los proteja y los ayude a permanecer siempre firmes en la fe. Los dos hermanos volvieron al pueblo, se pusieron en contacto con los testigos de Jehová, se hizo el diálogo público según las indicaciones del cura y resultó todo un éxito. De los quince simpatizantes de los testigos de Jehová, quedaron cinco. Los demás se alejaron al notar como los que parecían expertos en la Biblia no la hicieron ante los argumentos de don Boni. Al no poder refutarlos, se pusieron nerviosos y se alejaron, amenazándolos como siempre con la próxima llegada del Armagedón, una especie de Tercera Guerra Mundial, en que, según ellos, todos los católicos serán exterminados y solamente ellos se van a quedar en la tierra, que se va a transformar en un paraíso. — Cuentos, puros cuentos — comentaba don Boni, rebosante de alegría. Por fin parecía que estaban tomando el hilo y que el problema de la división religiosa pronto se iba a solucionar. Pero no fue así. Unos días después llegaron de lejos otros paisanos, cada uno con unas ganas locas de formar su propio grupo religioso, construir su propia capilla y volverse pastor. Todos eran pentecostales, pero entre ellos no se querían ver ni en pintura. Todos hablaban de milagros y sanaciones al por mayor. Cada uno contaba con su grabadora que servía también como aparato de sonido y con esa lograban impactar a la gente. Todas las tardes y las noches se oían cantos por todos lados. La gente se dispersaba por aquí y por allá alrededor de los recién llegados, atraída por la novedad de los cantos y el aparato de sonido, muy sencillo pero eficaz. Don Blas, don Boni y su hermano no sabían qué hacer. Se sintieron perdidos.

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Otra vez acudieron al cura. Su respuesta fue muy sencilla: — No les hagan caso. Es una moda y nada más. Van a ver que, pasada la euforia causada por la novedad, pronto se va a acabar este barullo y todo va a regresar como antes. — Mientras tanto ¿qué hacemos? — Orar, pedirle mucho a la Virgen y verán que la Virgen no va a permitir que un pueblo tan católico y devoto como el de ustedes se vaya a echar a perder así nomás. — Señor cura — imploró suplicante don Boni —, ¿no habrá algún lugar donde uno se puede preparar para no dejarse engañar por todos esos mentirosos que andan como lobos buscando la manera de confundir a la gente y llevársela con ellos? — En el último encuentro que los curas tuvimos con el obispo se habló de este asunto y parece que va a haber un congreso sobre el tema de la división religiosa. Cuando hay algo preciso, se lo voy a comunicar. Ustedes traten de estar al pendiente. Mientras tanto, sigan pidiéndole a la Virgen y verán que pronto todo esto se va a acabar. Pasaron los meses y nada. Don Blas y don Boni estaban desesperados. Veían como la fe católica se estaba desmoronando en Cerro Tejón, sin poder hacer nada. Orar y orar, mientras todo se derrumbaba. El golpe mortal vino cuando los pentecostales se pusieron de acuerdo y entre todos organizaron una gran campaña de sanación con la presencia de un gran predicador, que aseguraba tener el don de hacer milagros, hasta de resucitar a los muertos. Fue tan grande el impacto que causó este estratagema, inventado por los pentecostales, y la curiosidad que despertó en la gente, que prácticamente nadie faltó a la invitación. Una semana entera de cantos, alabanzas, predicación y milagros. Como siempre, todos los que se sanaban eran de otros lugares y nadie de Cerro Tejón. Después se supo que se trató de puros teatros. Era gente sana que se fingía enferma y daba testimonio de haberse sanado a raíz de la oración del predicador. De todos modos, ya muchos se habían cambiado de religión y ya no estaban dispuestos a regresar a la fe de sus padres. Decían: — Aquí uno aprende a rezar como se debe, no como se hace en la Iglesia Católica, que uno se emborracha hasta en la misma capilla, cuando se hace la fiesta de san Antonio. — Aquí uno conoce la Palabra de Dios y deja todas las costumbres malas que tiene. Ya no quiero volver a ser como antes.

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¿Qué hacer ante esta situación? Orar y orar... Hasta que llegó la noticia tan deseada: un curso sobre el problema de la división religiosa. Los dos hermanos regresaron al obispado llenos de ilusiones, seguros de que por fin les iban a enseñar cómo defenderse de los demás grupos religiosos, que estaban dispuestos a todo con tal de conquistar a los católicos. Pero, ¿qué pasó? Que se trataba de un curso sobre el ecumenismo. — Se trata de ver — explicaba el conferencista llegado de la capital — cómo llevarse bien con los que tienen otras creencias religiosas. En el fondo, todos buscamos al mismo Dios. ¿Para qué estar peleándonos? — No se trata de pelear — tuvo el valor de aclarar don Boni —, sino de conocer nuestra fe de manera tal que no nos dejemos engañar por las sectas. Al escuchar la palabra «sectas», el conferencista se puso furioso: — ¿Qué es eso de sectas? ¿No entienden que la palabra secta es ofensiva? — ¿Cómo hay que decir, entonces? — Digan como quieran, menos «secta». — ¿Qué tenemos que hacer entonces cuando esa gente nos ataca diciendo que el papa es el anticristo, la Iglesia Católica es la ramera, María tuvo otros hijos aparte de Jesús y que nosotros somos unos paganos porque nuestro bautismo no vale? ¿Cómo podemos defender nuestra fe? — Que los demás digan lo que quieran. Es su problema. Lo importante es que ustedes entiendan que la fe no se defiende, sino que se vive. ¡Como si Jesús necesitara que alguien lo defendiera! — concluyó en tono sarcástico, entre el asombro general, mientras escenificaba una pelea entre católicos y supuestos enemigos de Cristo. Al ver y escuchar esto, los dos hermanos no aguantaron más. Se levantaron y se salieron, totalmente decepcionados y profundamente heridos por las burlas del conferencista. — Ya estoy hasta el copete con este problema — exclamó el hermano de don Boni —. Ya no quiero saber nada. Siento tanta vergüenza que ni quiero regresar al pueblo. Por mientras me voy a poner una buena y después a ver qué pasa. Y se metió en una cantina. No obstante todas las súplicas de don Boni, no quiso regresar al pueblo: — Vete tú y diles que algún día voy a regresar.

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Y así fue. Unos meses después apareció en el pueblo con su traje de pastor y su buen aparato de sonido, alimentado con algunos acumuladores de carro. A los que le pedían alguna explicación, contestaba: — Mientras estaba en oración profunda, el Señor se me apareció en una visión y me dijo: «Hijo mío, no te dejes engañar por toda esa gente que anda usurpando mi nombre. Tú eres mi elegido. Tú anunciarás mi nombre a todas las naciones». Abrí los ojos y vi delante de mí el traje de pastor y el aparato de sonido con sus acumuladores nuevos, mientras una mano invisible me entregaba esta credencial, firmada por Dios y sellada con su dedo. De esa manera, un nuevo capítulo de sufrimiento se abría en la vida de nuestro buen amigo don Boni. La división religiosa había alcanzado el corazón de su misma familia.

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Capítulo 6

LENTA AGONÍA
El que no aguantó el golpe fue don Blas, el anciano rezandero, el antiguo pilar de la fe en Cerro Tejón. Sencillamente entró en una profunda depresión, de la cual nunca pudo salir, no obstante todos los rezos y las muestras de afecto de parte de doña Rufina, don Boni, toda su familia y el grupo de los católicos más allegados. Don Blas se entregó a la borrachera, pasándose todo el día vagando sin sentido por las calles y los campos, hasta que no lo encontraron muerto colgando de un árbol. Su funeral fue una apoteosis. Casi todo el pueblo estuvo presente, hasta los más renuentes adversarios de la fe católica. Para ellos fue como si por última vez todo el pueblo se reuniera para sepultar, con don Blas, todo un pasado lleno de recuerdos y nostalgia, que ya nadie podía ni quería revivir. El único ausente fue su hijo mayor, el visionario, que, al enterarse de la noticia, sentenció: — Lo mismo les va a pasar a todos ustedes, si no abandonan sus ídolos y no se entregan al Dios vivo, obedeciendo a su legítimo enviado. Terminado el novenario, don Boni fue a ver al cura para invitarlo a su pueblo para celebrar una misa en sufragio por el alma de su papá y al mismo tiempo aprovechar para animar a la comunidad, que se encontraba en su peor momento. — No se puede — aclaró el señor cura —. Ya sabes que no se puede celebrar la misa para uno que se quitó la vida. Si quieres que vaya a tu pueblo, tienes que hacer una lista de todos los niños que se van a bautizar y la gente que se va a casar por la Iglesia. Después vienes aquí, me enseñas la lista y vemos si conviene que yo vaya a tu pueblo o no.

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— ¿Cuánto va a cobrar por cada bautismo y cada matrimonio? — Ya conoces las tarifas. — Es que nosotros somos pobres. — Todos dicen lo mismo, como si yo no supiera cuánto dinero gastan cuando hacen sus fiestas. Si gastan para la pachanga, ¿por qué no van a poder gastar para las cosas de Dios? De todos modos, si consigues más de diez matrimonios y veinte bautismos, te voy a cobrar la mitad. — ¿Y la misa de difuntos por mi papá? — Ya te dije que en estos casos no se puede celebrar la misa de difuntos. De todos modos, una vez arreglado lo de los bautismos y los matrimonios, vamos a ver qué podemos hacer por tu papá. Algo se me va a ocurrir. ¿Qué te parece? — Muy bien, padre. Trabajando duro, en una semana don Boni ya tenía completas las dos listas: doce matrimonios y veinticinco bautismos. Con estas listas en las manos, el señor cura estableció la fecha de su llegada al pueblo y entregó a don Boni el papeleo correspondiente. — Mira; aquí están los expedientes de los matrimonios y las actas de los bautismos. Tú los vas a rellenar. Pide al maestro de la escuela que te ayude. Vas a ver que no es difícil. Por lo de la misa de tu papá, vamos a hacer así: primero hacemos los bautismos, después la misa con los matrimonios y al final una misa por los difuntos, incluyendo a tu papá. ¿Qué te parece? Tú mismo te vas a encargar de preparar la lista de los difuntos. Como siempre, la mitad de lo que marcan las tarifas. ¿Cómo la ves? — Muy bien, padre. Don Boni, con tal de cumplir con su obligación hacia su papá difunto, aceptó las disposiciones del cura sin oponer ninguna objeción y se esmeró para que todo saliera bien, aunque le costara un esfuerzo superior a lo previsto. En realidad, por las dudas que estaban sembrando los grupos disidentes y teniendo en cuenta la experiencia vivida, muchos ya empezaban a poner en tela de juicio todo lo referente a la Iglesia Católica y presentaban cierta resistencia con relación a la iniciativa de don Boni. Solamente por respeto hacia la memoria de don Blas aceptaron, posiblemente por última vez, acercarse a la Iglesia y cumplir con algunas costumbres propias de los tiempos pasados. Así que, al llegar el cura, muy pocos estuvieron presentes para recibirlo. No hubo guirnaldas de flores ni cohetes ni vallas de niños y niñas como de costumbre. Todo sencillo y todos en actitud

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inquisitorial, reprochándole al cura con su silencio y sus frías miradas el desinterés que en los últimos acontecimientos había manifestado por la suerte de la comunidad, que se estaba desmoronando ante la vista de todos, sin que él se dignara mover ni un solo dedo. Por lo visto, lo único que le interesaba era administrar los sacramentos y cobrar. Evidentemente para el cura no le resultó difícil darse cuenta de que los tiempos habían cambiado y había llegado el momento de cosechar lo que había sembrado durante tantos años de total descuido pastoral con el pretexto del respeto hacia los usos y las costumbres del pueblo. Ya el pueblo había abierto los ojos y se había dado cuenta del enorme vacío espiritual en que se encontraba. Ante esta situación, al cura no le quedó más que apresurar las ceremonias y retirarse, triste y avergonzado, como un ladrón sorprendido in fragranti, convencido de que probablemente era la última vez que pisaba la tierra de Cerro Tejón. Al momento de despedirse de don Boni, tuvo algún instante de titubeo al estirar la mano para recibir el dinero pactado por su servicio, que se encontraba envuelto en un periódico. Pero la fuerza de la costumbre lo venció. Agarró el paquete con el dinero, lo aventó a toda prisa en la mochila y de inmediato tomó el camino de regreso a la sede parroquial, mientras don Boni se quedaba mirándolo fijamente, con una enorme amargura en el corazón y totalmente decepcionado por la manera de llevarse las cosas dentro de su Iglesia. Durante la noche, cuando todo estaba oscuro y las puertas de las chozas bien cerradas, don Boni se dio cuenta de que alguien estaba afuera y le estaba chiflando suavemente de una manera que le resultaba familiar. Se levantó de inmediato, abrió la puerta y se dirigió hacia la silueta que se vislumbraba a unos metros de distancia. Era su hermano mayor. En un instante los dos se fundieron en un prolongado abrazo, entre lágrimas y sollozos. Se alejaron unos metros más de la choza, se sentaron sobre un tronco de árbol y empezaron a revivir sus años de infancia y adolescencia a la sombra de su papá, el difunto don Blas, su participación en las fiestas patronales, los novenarios de difuntos y las novenas a los santos, cuando todo el pueblo estaba todavía unido a la insignia de la fe y las costumbres. Hasta que llegaron los mentados «estudiantes de la Biblia» y todo se empezó a revolver.

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De una manera especial, fueron reviviendo su largo calvario de sufrimientos e incomprensiones de parte de los que más tenían que haberlos apoyado en sus esfuerzos por enfrentar el problema de la división religiosa. — Lo que a mí más me pudo en todo este asunto — comentaba don Boni —, fue ver a tantos paisanos míos como ovejas sin pastor, y especialmente a mi papá encerrarse cada vez más en sí mismo, hasta perder la razón. Y todo esto ante el desinterés y la indiferencia de los que están al frente de la Iglesia: las religiosas, los conferencistas y el cura. — A propósito del cura — preguntó el hermano mayor —, ¿te dejó algo de lo que se juntó con las limosnas y el pago de los bautismos, los matrimonios y las misas? — Nada. — Lo sospechaba. ¿Y esto te parece justo? Tú gastando de tu dinero para los pasajes y afanándote tanto para convencer a la gente, y el cura trabajando unas horas y llevándose todo el dinero. Por eso yo tomé la decisión de cortar por lo sano, apartándome de una vez de la Iglesia y haciendo mi changarrito particular. Fíjate que apenas estoy empezando. No te imaginas hasta dónde voy a llegar. ¿No te gustaría acompañarme? Verás que pronto habrá chamba para todos. — No. Yo me quedo aquí, en el lugar que me dejó mi papá. Un fuerte abrazo y se separaron definitivamente, tomando cada uno su rumbo, sin rencores ni resentimientos: don Boni siguiendo con sus rezos, cada día menos solicitados, y su hermano afianzando cada día más su papel de visionario, enviado de Dios, profeta y apóstol de Jesucristo. Todos los días, de casa en casa, no se cansaba de repetir lo referente a su visión, añadiendo continuamente más detalles acerca del tono de voz con que le habló Jesús («una voz potente»), el lugar de donde le habló («desde la cima de un árbol», que desde entonces se llamó «el árbol de la visión»), el color del cielo («totalmente azul») y la situación en que se encontraba («en éxtasis»). Hablaba de una manera tan convincente que a nadie se le ocurría sospechar mínimamente de que pudiera tratarse de un invento y nada más. A los que le preguntaban si desde entonces tuvo otras visiones, contestaba invariablemente: — Cuando tengo algún asunto importante que tratar con Dios, me pongo en oración profunda delante del árbol de la visión, entro en éxtasis y Jesús vuelve a presentarse como la primera vez para señalarme su voluntad.

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De hecho, de vez en cuando, en día y hora de la noche anunciada con anterioridad, se acercaba al árbol de la visión, que se encontraba en su huerta, se ponía en oración, de pie, con los brazos y las manos levantadas hacia el cielo y la mirada fija hacia la punta. A un cierto momento se veía la cima del árbol inclinarse hacia él. Según lo que contaba, era el momento preciso en que Jesús la pisaba. Después algún curioso descubrió que se trataba de un truco y nada más: un alambre unía la cima del árbol a un enorme tronco que estaba en el suelo. Bastaba poner el pie sobre el alambre y la cima del árbol se inclinaba hacia él. Lo curioso es que, no obstante que muchos se dieran cuenta del truco, la gente siguió creyendo en las visiones del gran profeta y apóstol de Jesucristo. Así es cuando un pueblo se vuelve fanático: cree en cualquier cosa y cierra los ojos ante toda evidencia, incapaz de distinguir entre la imaginación y la realidad. La fama del gran profeta y apóstol de Jesucristo — así empezaron a llamarlo todos — llegó a su máximo nivel cuando de un momento a otro apareció (ya se estaba poniendo de moda esta palabra en Cerro Tejón) una planta de luz y con ella la iluminación eléctrica de la capilla y la proyección de películas sobre la vida de Cristo y en general sobre los grandes personajes bíblicos. Para muchos se trataba de verdaderos milagros, apariciones de gente del pasado que llegaba a Cerro Tejón para confirmar la elección del gran profeta y apóstol de Jesucristo. Por lo tanto, se hacía siempre más difícil sustraerse a su fascinación. Además, cada día iba perfeccionando su oratoria, sencilla y cautivadora, pasando con mucha naturalidad del dialecto al español y viceversa y haciendo alarde de un lenguaje lleno de imágenes, que encantaba al auditorio y lo tenía como hechizado. Y mientras sucedía todo esto, don Boni seguía con su capilla y sus rezos, siempre más solo y olvidado, un campesino más, símbolo de un pasado, añorado por unos y despreciado por otros, un pasado destinado a desaparecer.

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Conclusión
Alguien preguntará: — ¿Cómo se acabó esta historia? Respuesta: — Esta historia aún sigue y nadie sabe cómo ni cuándo se acabará. En quince años en Cerro Tejón el número de las chozas aumentó de noventa a ciento cinco. Ya hay un pequeño centro de salud. Se habla de que pronto llegarán el agua potable, la luz eléctrica y el teléfono, y con eso la tele-secundaria. Ya Cerro Tejón cuenta con la presencia de algunas personas más preparadas que se están volviendo en el motor del progreso: los maestros, la enfermera y los pastores. ¿Y la Iglesia Católica? Como siempre, con sus rezos y ritos, sin ideas nuevas, sin oxígeno, en lenta agonía. Aunque la tercera parte de la población aún sigue considerándose oficialmente católica, los que participan en los rezos no son más de diez personas. ¿Y los demás? En la sala de espera, hasta que alguien no los convenza de un lado u otro. ¿Y tú, qué? ¿Seguirás indiferente, contemplando a don Boni en su Calvario? Es posible que, entre todos, ¿no habrá una Verónica o un cirineo, que se compadezca de él? Zamora, Mich.; a 27 de julio de 2008.

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Las confesiones de Doña Amalia
Presentación
Hija de un combatiente por la fe y con una vida totalmente impregnada por los valores de la fe, poco a poco entra en conflicto con sus principios religiosos hasta llegar a renegar de sus mismas raíces católicas. Y todo esto por su espíritu de obediencia hacia los guías de la Iglesia; algo increíble pero cierto. Un drama vivido por mucha gente y olvidado. Pues bien, para que no se pierda este capítulo de la historia reciente de la Iglesia, escribo este relato. Muchos encontrarán en esta historia una luz, que podrá ayudarlos a iluminar su misma historia, una historia de conflictos interiores profundos, provocados por los que tendrían el deber de ayudar a resolverlos. Una advertencia para cuantos, por el prurito de la novedad y movidos por intereses inconfesados, desprecian el sentido común de los sencillos y se lanzan hacia aventuras sin sentido, causando destrozos en el Pueblo de Dios. México, D.F.; a 8 de agosto de 2008.

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Capítulo 1

A LA SOMBRA DEL MARTIRIO
Son las 10.00 de la noche. Acabo de impartir la última clase de Apologética en la periferia de una grande ciudad del norte. Al despedirme de la gente y dirigirme al curato, los organizadores del evento, dos parejas de unos 40 años de edad (los esposos son hermanos entre sí), me invitan a ir a cenar a la casa de su mamá, que no es católica. – De todos modos – comenta el hermano mayor –, nuestra madre es muy educada. Estamos seguros de que nunca le va a faltar al respeto. Nos gustaría que la conociera y le pudiera compartir algo de lo que nos platicó en estos días. Ella es muy inteligente y sin duda va entender las cosas con mucha facilidad. – ¿Dónde está su casa? – Aquí cerca, a la esquina del templo. – Vamos. Al entrar en la casa la encontramos leyendo la Biblia y posiblemente orando. De inmediato la cierra y me mira en actitud de sorpresa y satisfacción, como si me estuviera esperando. Después de las presentaciones y los saludos de costumbre, voy al grano, hablando del tema de la Iglesia y su relación con la formación del canon del Nuevo Testamento. Concluyo: – Si la Iglesia Católica no es la Iglesia de Cristo, contando con todas las garantías que Jesús dio a su Iglesia, entonces todos estamos perdidos. En concreto, si la Iglesia Católica fuera la prostituta del Apocalipsis, como la definen muchos de sus adversarios, ¿qué garantía tendríamos de que los libros que constituyen el Nuevo Testamento son Palabra de Dios y solamente ellos y no los demás libros que fueron excluidos por la Iglesia?

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Mientras hablo, veo a doña Amalia muy atenta e interesada en el tema. Su rostro transparenta una íntima satisfacción. Teniendo en cuenta otras experiencias del pasado, sospecho alguna trampa: – Sin duda – pienso – doña Amalia, que parece tan amable, se trae algún as en la manga. No entiendo el motivo de tanta satisfacción. En cualquier momento sacará las uñas. Pues no. Doña Amalia es la mujer más sincera y transparente que he conocido. – Mire, padre; yo estoy totalmente de acuerdo con usted. En estos días me he dedicado a leer los libros que ha escrito usted y mis hijos me han hecho el favor de regalarme. Estoy segura de que la Iglesia Católica es la Iglesia fundada por Cristo y cuenta con la plenitud de la verdad y los medios de salvación, establecidos por el mismo Fundador. Desde que recuerdo, siempre he creído en esto. Solamente que ahora he logrado comprender su fundamento bíblico. – Entonces, ¿por qué no se reintegra a la Iglesia Católica? – Mi querido padre, mi vida ha sido una larga odisea, que no sé cuándo va a terminar. ¿Tiene tiempo para escucharme? – ¡Cómo no! Y empiezan sus confesiones. Sus hijos y nueras, que aparentan estar entretenidos en preparar la cena, no se pierden ni un detalle. +++++++++++ Nací en una familia profundamente católica. Mi padre fue un cristero muy activo y famoso en toda la región. Yo nací poco después de los mentados «arreglos», que más bien fueron una capitulación impuesta por la jerarquía católica, sin consultar a los interesados, que tuvieron que pagar las consecuencias. De hecho mi padre fue asesinado después de los «arreglos», a traición. Lo que los enemigos de la fe católica no lograron en el campo de batalla, lo lograron después, sin riesgo alguno, al amparo del gobierno masón. Yo no logré conocer a mi papá, pero todos me hablaban de él y sus hazañas contra el ejército federal, mediante emboscadas y en campo abierto. Su valentía se hizo legendaria en toda la región. Cuando la gente me veía, comentaba: «Amalia es la hija del difunto don Enrique, el martillo de los federales». Se contaba que los sol-

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dados le tenían pánico. Cuando menos se lo esperaban, se les aparecía al grito de «Viva Cristo Rey» y ¡sálvese el que pueda! Unos disparos por aquí y por allá y desaparecía, como si se lo hubiera tragado la tierra. Mi mamá formaba parte de las brigadas femeninas que abastecían a los combatientes. Se la veía por todas partes con su canasta en la cabeza vendiendo pan. En la práctica, en muchos casos con el pan llevaba armas y parque para los cristeros. En cualquier momento se desaparecía entre los caseríos de la periferia y regresaba muy ligera, con la canasta vacía. Dejaba todo bajo las ramas de algunos árboles caídos, adonde llegaban los cristeros para trasladarlo a la montaña. A mí me tocó ir muchas veces con mi mamá a ver los lugares donde estuvo escondido mi papá con un grupo de seguidores, que durante tres años tuvieron en jaque a los federales. Lo chistoso del caso es que mi mamá conseguía las armas de la esposa de un oficial del ejército. Y todo gratis. No sé si también ella formaba parte de la resistencia o lo hacía así nomás, para apoyar la causa. Es que entonces nadie sabía quién formaba parte de las brigadas y quién simplemente simpatizaba por la causa. Todo se hacía en secreto. Uno conocía solamente a dos o tres personas, que formaban parte de la propia brigada, más el enlace con el mando superior, y nada más. En algunos casos una muchacha no sabía que su hermana también formaba parte de otra brigada femenina. De esta manera, cuando alguien caía en manos del ejército o de la policía, no podía dar mayor información de la que conocía, que era muy limitada. De hecho, de vez en cuando alguien caía en las manos de la policía o del ejército, por sospechas, delación, por haber sido encontrados in fragranti, fabricando bombas o llevando municiones, o también por estar muy apegados a la fe. Los torturaban para que les proporcionaran alguna información o renegaran de la fe y los mataban. En un caso, por ejemplo, por odio a la fe católica, agarraron a un niño muy devoto y trataron de hacerlo renegar de su fe. Al ver su resistencia, le rebanaron la planta de los pies y lo obligaron a caminar de esa manera. Cuando vieron que el niño no cedía, les dieron de culatazos con los rifles hasta que murió, perdonando a sus verdugos y orando por su conversión. Pues bien, yo viví toda mi infancia y adolescencia a la luz de estos ejemplos de fe y entrega a Dios, soñando siempre con el

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martirio. «¡Cómo me gustaría morir por Cristo!», me repetía continuamente. No solamente yo pensaba así. Muchísimos compañeros de catecismo pensaban lo mismo. Al escuchar el relato del heroísmo de los papás y de tantos parientes y paisanos que habían sufrido o dado la vida por defender su fe, todos soñábamos con lo mismo: morir por Cristo y su Iglesia, en medio de los más grandes tormentos. Para nosotros la misa dominical y el rezo diario del santo rosario eran ley. Todas las noches, antes de acostarnos, rezábamos el santo rosario de rodillas, un rosario que nunca se acababa, porque mi mamá le añadía un montón de intenciones: por el papa, por los obispos, por los sacerdotes, por la paz mundial, por el aumento de las vocaciones, por los pobres pecadores, por los gobernantes, por la libertad de la Iglesia, etc. A cada intención seguía una breve explicación, que a veces se alargaba porque aprovechaba para darnos consejos prácticos y despertarnos del sueño, y el rezo de un padrenuestro, un ave María y un gloria al Padre. Otra cosa importante: a nadie se le ocurría desobedecer por ningún motivo una orden del señor cura. Si el cura decía que una cosa era blanca, es que era blanca, aunque los ojos dijeran lo contrario. Era más fácil pensar que uno anduviera mal de la vista que sospechar que el señor cura se equivocara o mintiera. La palabra del cura era algo definitivo en los asuntos de la fe y en muchos aspectos de la vida. Hasta para casarse, cuando surgía alguna dificultad, se acudía al señor cura y él decía cómo resolver el problema. Si un muchacho no sabía cómo vencer la resistencia de los papás de la muchacha, acudía al señor cura y éste, cuando se daba cuenta de que el matrimonio era viable, iba a la casa de los papás de la muchacha. Al verlo, los papás de la muchacha inmediatamente entendían que ya no había nada que hacer. Su única respuesta era: «Sí, señor cura; vamos a hacer cómo usted ordene» y todo arreglado. En la familia, en la calle y en la escuela a nadie se le ocurría decir ni una palabra contra la religión o insinuar algo que pudiera poner en tela de juicio los dictados de la fe ni mucho menos negar alguna verdad, enseñada por la Iglesia. En mi pueblo todos éramos católicos de hueso colorado, dispuestos a dar la vida por la fe. Cuando alguien hablaba de los protestantes, que negaban tal o cual verdad de la Iglesia Católica, me horrorizaba, como si se tratara del demonio en persona, que quisiera hacer daño a los verdaderos creyentes.

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Para mí y la gente que me rodeaba, hablar de Lutero era como hablar de un nuevo Judas, que, por intereses personales y posiblemente por motivos pasionales, había dado las espaldas a la Iglesia, abandonado sus votos y casándose con una monja. Mejor guardarse de esa gente peligrosa, evitando cualquier contacto con ella para no mancharse. Recuerdo que, antes de salir de mi pueblo para ir a la capital del estado para estudiar la Normal, en una sola ocasión vi a un protestante durante las fiestas patrias. La gente lo señalaba, diciendo: «Es un protestante», como para decir: «Peligro: no se le acerquen». De hecho, nunca me le acerqué demasiado. Solamente traté de escuchar su voz, para ver si hablaba como nosotros y prácticamente no le encontré nada raro. Con estas ideas pasé toda mi infancia y juventud, muy apegada a la Iglesia y muy comprometida. Desde mi primera comunión me integré a la Acción Católica, ocupando diferentes cargos de responsabilidad y ganando muchas distinciones a nivel parroquial y diocesano. Participé en muchas competencias como catequista o miembro de la asociación y logré quedar siempre en los primeros lugares. Mi párroco y toda la gente de mi pueblo me consideraban como una de las más grandes promesas de mi pueblo. Con el pasar de los años empecé a brillar por luz propia y no solamente por ser «la hija del difunto don Enrique, el martillo de los federales».

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Capítulo 2

ECUMENISMO INGENUO
Una vez graduada como maestra de primaria, empecé a trabajar en mi pueblo y unos años después me casé con Andrés, de mi misma edad, maestro como yo y compañero de curso durante toda la Normal. Los dos teníamos los mismos ideales; así que nuestro matrimonio desde un principio resultó todo un éxito. Muchos papás nos envidiaban y nos presentaban como ejemplo para sus hijos. «Fíjense con quién se van a casar – decían –. Que sea alguien temeroso de Dios y apegado al trabajo y al hogar, como el maestro Andrés o la maestra Amalia». Naturalmente yo seguí con mi catequesis y mi Acción Católica, como siempre. No como pasa con tantas muchachas, que antes de casarse, están muy apegadas a la Iglesia y después se olvidan con el pretexto de las obligaciones del hogar. En mi caso no fue así. Aunque tuviera que atender a mi esposo y a mis hijos, me las ingeniaba para cumplir siempre con mis compromisos como catequista y miembro de la Acción Católica y para no perderme ningún curso de formación a nivel diocesano o nacional. De hecho, pronto el señor obispo y los dirigentes de la Acción Católica empezaron a fijarse en mí, dándome encomiendas cada vez más importantes. Por lo menos dos o tres veces al año salía de mi estado para cursos de formación, encuentros o congresos, representando a mi diócesis. Imagínese, padre, que en una ocasión fui enviada hasta Roma, para un encuentro internacional sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Fueron años estupendos, mientras mis hijos crecían y se afianzaba siempre más mi matrimonio. En realidad, desde un principio entre Andrés y yo hubo siempre la más completa confianza.

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Hasta que llegó el Concilio y las cosas empezaron a cambiar. Recuerdo con cuánto entusiasmo lo habíamos esperado, soñando con la «Iglesia de los Pobres» y el Nuevo Pentecostés del Papa Juan XXIII, que iban a inaugurar una nueva primavera para la Iglesia. Con qué satisfacción íbamos enterándonos por el periódico diocesano de los cambios que se iban a realizar en el campo de la liturgia y del apostolado de los laicos. Pero pronto todo empezó a enfriarse con la aparición de un fantasma, que nadie sabía cómo definir: el ecumenismo. Se empezó a hablar de «hermanos separados» en lugar de herejes, de diálogo y comprensión en lugar de cuidado y rechazo, de acogida… Sinceramente todo esto nos desconcertó. Pronto los sacerdotes empezaron a tacharnos de retrógradas y fanáticos, ridiculizando muchas de nuestras costumbres y actitudes y enalteciendo los valores y la manera de ser de los de afuera. Empezaron a pintarnos como los malos de la película, a nosotros que habíamos luchado por defender nuestra fe y estábamos dispuestos a dar la vida por ella. De un momento a otro, quién sabe porqué, los herederos de los mártires nos volvíamos en villanos y atrasados. Por aquel entonces ya diferentes grupos no católicos estaban presentes y muy activos en nuestra región. Muchos de sus integrantes eran los herederos de nuestros antiguos perseguidores y en los nuevos credos encontraban un pretexto para justificar las fechorías de sus padres y al mismo tiempo un motivo para seguir atacándonos. Pues bien, de un momento a otro, sin ninguna explicación, resultaba que ellos no eran como pensábamos, es decir, enemigos de nuestra fe, sino hermanos que teníamos que acoger y escuchar, buena gente, en muchos casos mejores y más entregados que nosotros, un ejemplo a imitar. ¿Y sus ataques contra la Eucaristía, la Virgen y los santos? ¿Y su afán iconoclasta contra todo lo católico? Parecía que el clero no estaba enterado de nada, como si viviera en otro planeta. En una ocasión, el mismo obispo fue a inaugurar un templo evangélico, enalteciendo los valores presentes en otras confesiones religiosas, como si nosotros como católicos necesitáramos de su ayuda para poder ser verdaderos discípulos de Cristo. Cada año, durante el octavario por la unidad de los cristianos que se lleva a cabo del 18 al 25 de enero, me tocó acompañar al obispo en su visita a los templos evangélicos. ¡Qué santa ingenuidad! Llegaba, saludaba al pastor y a los principales de la comunidad, rezaba un padre nuestro y ya. Mientras ellos se

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ufanaban por dar al acontecimiento el máximo realce. Sacaban fotos por todos lados, cantaban himnos muy bien ensayados, lucían las mejores prendas… Hacían todo lo posible para impactarnos. No digamos el discurso del pastor, que por lo general era una verdadera pieza oratoria, comentando algún texto bíblico. Aparte de esto, cada uno trataba de abordar a algún católico desprevenido, ofreciéndole algún tipo de propaganda y pidiéndole su dirección para dar continuidad al evento. Y así muchos católicos fueron cayendo en las redes de los grupos proselitistas por la actitud irresponsable de sus pastores y bajo sus mismas narices. Seguido se veían a los miembros de los grupos proselitistas ir de casa en casa, enseñando a los católicos una fotografía del obispo, mientras saludaba a sus pastores o rezaba en sus templos. Le decían a la gente: – ¿Por qué no vienen a nuestro templo a orar con nosotros? Si son verdaderos católicos, ¿por qué no imitan el ejemplo de su obispo? ¿Por qué nos tienen miedo? – El obispo sabe que nosotros somos mejores. Por eso seguido viene a nuestro templo para orar con nosotros y escuchar la predicación que hace nuestro pastor, totalmente de acuerdo con la Biblia, lo contrario de lo que pasa en los templos católicos, donde hay puros rezos y adoración de ídolos. – El obispo se está dando cuenta de que nosotros tenemos la verdad. Verán que pronto dejará la Iglesia Católica y se hará evangélico como nosotros. Y con eso sembraban el desconcierto entre los fieles, que empezaban a dudar acerca de la validez de su pasado religioso, considerado por los mismos pastores de la Iglesia como fanatismo. No era raro escuchar a un cura invitar a los católicos a no cerrar la puerta a los que tenían otras creencias. – No sean maleducados – les decían –. Recíbanlos, dialoguen con ellos, acepten sus revistas, léanlas. Verán que no hay nada malo. En el fondo, hablan de Dios, del mismo Dios que tenemos nosotros, aunque ellos tengan otra manera de honrarlo. Ábranse y dejen de ser cerrados. Hubo algún caso (no en mi diócesis sino en una diócesis del sur de México), en que el párroco prestaba a los evangélicos las instalaciones parroquiales para sus campañas. A los que se quejaban por el hecho que muchos católicos se estaban cambiando de religión a raíz de esta propaganda, el párroco les contestaba:

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– ¿No se dan cuenta de que es lo mismo? ¿No ven cómo el Papa se lleva con los que son de otra religión? ¿Nunca oyeron hablar del ecumenismo? Ecumenismo: todo es lo mismo. Dejen la mentalidad cerrada de antes y sean más abiertos y comprensivos. ¿Dónde está el amor hacia el prójimo? ¡Pobres feligreses católicos, aventados por sus mismos pastores en las fauces de los lobos rapaces! Créame, padre: todo esto fue para mí, mi familia y tanta gente más un verdadero martirio. Mi mamá no aguantó. Pronto sus ojos empezaron a perder su brillo y a empañarse por el tormento de la duda. Se volvió intratable y se encerró en sí misma, hasta que poco a poco se fue apagando. Mi esposo se volvió en la burla de sus colegas, por su apego a la religión católica. Yo aguanté hasta que pude, con tal de no contradecir a mis guías espirituales, que eran el obispo, el párroco y los curas encargados de la catequesis. Por fin tomamos una decisión: cambiar de lugar, aprovechando el hecho que el hijo mayor había ganado una beca que lo obligaba a cambiar de estado. Así dejamos nuestra tierra para empezar una vida nueva en un lugar lejano, donde nadie nos conocía. Pero antes de irnos, tuve una enorme satisfacción: el obispo, al despedirse de la diócesis por motivo de edad, reunió al clero, a las religiosas y a los laicos más comprometidos y reconoció públicamente haberse equivocado al haberse precipitado en algunas iniciativas en campo ecuménico, sin medir ni sospechar las posibles consecuencias. En concreto, se refirió a las visitas que había hecho a los templos evangélicos y el mal uso que de éstas se había hecho de parte de sus pastores y feligreses en perjuicio del pueblo católico. Pidió perdón a todos por no haber sabido ser un buen pastor y haber causado tantos destrozos en la Iglesia con su actitud ingenua e irresponsable. Concluyó, invitando a los presbíteros a ser más precavidos en adelante y a desistir de toda iniciativa, que, en lugar de ayudar, pudiera perjudicar seriamente el futuro de la Iglesia. De todos modos, ya todo estaba decidido. Así que dejamos nuestro pueblo y nos venimos a vivir aquí, en las afueras de esta enorme ciudad, en un ambiente totalmente diferente, con una presencia de los grupos proselitistas bastante consistente y mucho indiferentismo religioso. Fíjese, padre, que nuestra parroquia en aquel tiempo contaba con más de cincuenta mil habitantes, atendidos por un solo sacerdote. Qué diferencia con la parroquia de

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nuestro pueblo, que contaba con diez mil habitantes, atendidos por tres sacerdotes. Ante una realidad tan espeluznante para nosotros, que estábamos acostumbrados a vivir siempre a la sombra del campanario y bajo la constante protección del señor cura, no hubo otro remedio que entrarle otra vez al quite, como se dice vulgarmente. Todos nuestros planes para descansar y desintoxicarnos espiritualmente, dejando a un lado la problemática religiosa, aunque fuera por un corto plazo, se fueron para abajo y pronto nos organizamos para construir una parroquia en nuestra colonia, la que usted acaba de visitar. Naturalmente mi esposo y una servidora fuimos los que más le echamos el hombro. Con eso volvimos a oxigenarnos espiritualmente, lejos de cualquier responsabilidad a nivel parroquial o diocesano. Regresamos a la vida de antes, con nuestros rezos diarios, la misa y la comunión dominical y la confesión mensual. Otra vez empezamos a respirar a pleno pulmón., sin problemas de ninguna especie. Hasta que se inauguró la nueva parroquia y llegó el párroco. Y otra vez empezaron los problemas.

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Capítulo 3

LA HACIENDA DEL GRAN REY
Lo primero que hizo el párroco fue hablarnos de la Gran Misión, una iniciativa que sin duda iba a resolver de raíz el problema de la evangelización de los católicos alejados. En un encuentro diocesano nos iban a explicar los pormenores. Y precisamente yo fui elegida para participar en dicho encuentro, no obstante todas mis reticencias. Ni modo. No me quedaba más que obedecer. Otra vez empezó mi martirio, como oveja llevada al matadero, sin poder oponer resistencia alguna. El vicario de pastoral presentó la primera ponencia, haciendo un análisis de la situación en que se encontraba la Iglesia, totalmente imposibilitada para llevar adelante la misión evangelizadora que le fue encomendada por el Fundador. ¿Qué hacer entonces? Unir fuerzas trabajando juntamente con los «hermanos separados». Concluyó su intervención con la siguiente perorata, que a mí me pareció totalmente absurda, una verdadera locura: – Basta de divisiones entre una Iglesia y otra, entre un credo y otro, dando al mundo un triste espectáculo de rivalidades innecesarias, que hoy en día no tienen sentido. Basta de dogmatismos. Que ya no sea la Iglesia Católica, la Iglesia Anglicana o la Iglesia Protestante, que anuncie el Evangelio. Que sea la Iglesia de Cristo, de la cual todos formamos parte de manera complementaria. Al escuchar esto, se me hirvió la sangre en las venas. Tenía ganas de gritar, rebelarme y correr. Pero me aguanté. Le pedí a Dios que me ayudara a entender qué era lo que estaba pasando. Esperaba alguna protesta o aclaración de parte de algún cura o del

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obispo y nada. Empecé a temblar. Alguien se dio cuenta y llamó a una enfermera que me llevó a un cuarto contiguo y me midió la presión, que estaba muy alta. Me dio una pastilla y regresé al salón de conferencias. Posiblemente exageró la dosis, por lo cual se me nubló la vista, sentí un enorme cansancio y me dormí. Al despertar, me entregaron un panfleto en que se explicaba el proyecto de la Gran Misión. Recuerdo que, cuando mis hijos mayores lo leyeron, les dio un ataque de risa: – ¿Qué pasó con nuestros curas? – comentaron – ¿En qué planeta viven? Insistieron en que dejara de asistir a este tipo de reuniones y tratara de no volver a involucrarme demasiado en los asuntos de la Iglesia. – Ya vio lo que le pasó la otra vez. ¿Qué quiere ahora? ¿Qué le pase algo peor? ¿Quiere que le dé un infarto? Deje todo por la paz. No se meta en estos asuntos de ecumenismo, que lo están revolviendo todo. Esto será para Europa o Estados Unidos, no para aquí, donde nuestros dichosos «hermanos separados» nos quieren tragar a todos. Es un asunto que tiene que ver con las iglesias históricas y no con las organizaciones proselitistas que trabajan aquí para acabar con nuestra Iglesia. ¿No entienden nuestros curas que no puede haber ecumenismo con los que practican el más descarado proselitismo religioso? ¿No entienden que el ecumenismo y el proselitismo son como el agua y el aceite y por lo tanto no puede haber ecumenismo donde hay proselitismo? ¿En qué mundo viven nuestros curas? Mi esposo pensaba lo mismo y me rogó que les hiciera caso, puesto que estaba de por medio mi salud y la paz del hogar. Pero no. La fuerza de la costumbre me venció. Fui con el señor cura, le llevé el panfleto y le expuse mis dudas acerca de la viabilidad de tal proyecto. El señor cura abrigaba las mismas dudas: – Ni modo – concluyó –. ¿Qué le podemos hacer? Órdenes son órdenes. Alguien de nuestra parroquia tiene que participar en la capacitación que se va a dar en La Hacienda del Gran Rey. Qué mejor que vaya usted, que ya tiene alguna experiencia al respecto. No quiero que vaya algún novato, que, al no entender bien las cosas, se haga bolas y lo eche a perder todo. Acepté. No me quedaba otra, aunque por esta actitud de parte mía poco a poco se fue enfriando la relación con mi esposo y mis hijos mayores, que por la experiencia pasada estaban bien

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conscientes de la gravedad del problema en que me estaba metiendo una vez más. Preferimos no tocar el tema religioso en nuestras conversaciones. Y yo, tonta, por el apego a mi fe poco a poco me fui hundiendo en la duda y la desesperación, sin que nadie me diera una mano para sostenerme. Recuerdo el primer encuentro que tuvimos en el arzobispado los delegados de las distintas parroquias. Esta vez nos habló el encargado del ecumenismo: – Por favor – insistió –, tengan paciencia, mucha paciencia. Allá se encontrarán con gente que no comparte totalmente nuestra fe. No discutan si algo no les parece. Aguanten. Son gente fervorosa, que tiene mucha experiencia acerca de cómo anunciar el Evangelio a los que no lo conocen, como son la mayoría de los católicos. Ellos nos pueden ayudar a despertar a este gigante adormecido que es el pueblo católico. Fijémonos en esto por el momento; después se verán los detalles. Por el momento vayamos a lo esencial, que es el kerigma. Que todos sepan y entiendan que Dios nos ama y que en Cristo está la salvación. Todo lo demás viene después: la Iglesia, la Eucaristía, la Virgen, los sacramentos, etc. Primero lo primero; después lo demás. ¿Me expliqué? De inmediato levantaron la mano algunos delegados, que después me di cuenta que eran miembros de la misma comisión ecuménica diocesana. Posiblemente ya estaban de acuerdo entre sí. El primero habló de la importancia del amor en la vida cristiana: – Como dijo Jesús, tenemos que amar a todos, hasta a los enemigos, a los que nos odian y hablan mal de nosotros. Si nos amamos solamente entre nosotros los católicos, ¿qué mérito tenemos? Otro recalcó lo mismo con otras palabras y añadió: – Dejémonos guiar por los que tienen la misión de guiarnos. ¿Acaso nosotros pretendemos meternos de maestros para nuestros pastores? Acuérdense: el que obedece nunca falla. Otro insistió en la importancia de estar al día y dejar atrás siglos de oscuridad y malentendidos: – ¿Entendieron? – concluyó – El nuevo verbo que hoy en día resume la esencia de nuestro ser cristiano, es el ecumenismo. Si practicamos el ecumenismo siempre y con todos, ya la hicimos. Nada de pleitos para ver quién tiene la verdad. Nadie tiene la verdad absoluta. Todos tenemos parte de la verdad. Cada uno ve las cosas

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desde su punto de vista. Por lo tanto, dejemos a un lado el problema de la verdad y enfoquémonos a la práctica del amor, un amor sin condiciones, dispuestos a sufrir hasta el infierno con tal de que triunfe el amor y nuestros hermanos alejados conozcan y amen a Cristo. Muchos aplaudieron, mientras otros quedamos más desconcertados que nunca. En el intervalo, mientras tomábamos el café, me acerqué a un grupo de delegados que no estaban conformes y se veían bastantes irritados. Entre ellos había un ex seminarista que había estudiado hasta teología. Estaba sumamente enojado: – Todo lo que acabamos de escuchar, contradice totalmente el dato bíblico y la historia bimilenaria de la Iglesia. ¿Cómo que «todos tenemos parte de la verdad» y que «todas las iglesias constituyen la única Iglesia de Cristo en manera complementaria»? Yo sencillamente me retiro. Digan lo que quieran, pero mi conciencia no me permite ni siquiera escuchar este tipo de patrañas. Y se retiró. Lo mismo hicieron todos los del grupo. Yo tuve un momento de incertidumbre. Estaba por seguir su ejemplo, pero me detuve. El sentido de responsabilidad y el reclamo de la obediencia no me permitieron dar el paso. Ojalá lo hubiera hecho. Me hubiera ahorrado tantos sufrimientos inútiles en el futuro. Así que, al toque de la campana, volvimos al salón de conferencias y el mismo obispo presentó al Pastor James, «un hombre de toda confianza, completamente entregado a la causa del Evangelio, con dotes excepcionales de predicador y organizador, pieza fundamental para la realización de la Gran Misión». Exhortó a todos a ser muy cuidadosos en acatar sus orientaciones, puesto que de eso iba a depender esencialmente el éxito de la misión. A continuación tomó la palabra el Pastor James, con barba, güero, alto, bien fornido, con un castellano casi perfecto y dotado del don de gentes. Su mirada y sus gestos no dejaban lugar a dudas: era un verdadero líder. Al solo verlo, todo el auditorio quedó prendado. Se hizo un silencio de tumba y empezó: – Hace poco heredé un patrimonio considerable de parte de algunos parientes lejanos. ¿Qué hacer? Me puse en oración y me llegó la respuesta del cielo. El Señor Jesús me dijo: «Quiero que consigas una hacienda cerca de la ciudad y la consagres a mi nombre. En ella yo voy a realizar prodigios y milagros. Se llamará «La Hacienda del Gran Rey». Y pronto experimenté en mi persona el primer milagro: en lugar de sentir un profundo rechazo hacia la

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Iglesia Católica, a causa de los prejuicios que me infundieron desde la niñez, empecé a sentir hacia ella un profundo amor y respeto. «¿Por qué, en lugar de criticarla – pensé –, no hago algo para ayudarla?» Y de inmediato corrí a ver al señor obispo, un auténtico apóstol de Jesucristo y totalmente abierto a la voz del Espíritu, le conté lo sucedido y juntos formulamos el proyecto de la Gran Misión o Mega Campaña Evangelizadora. Sinceramente, al solo ver al Pastor James y escucharlo mientras hablaba, quedé hechizada. Un nuevo panorama se abría delante de mis ojos: campos y campos de mies, listos para la cosecha. Es cierto, detrás de mí, escuché una voz que dijo: «¡Qué casualidad!». Pero no le hice caso. Es que me encontraba totalmente extasiada al contemplar al Pastor James, mientras hablaba con tanta unción y fijaba en nuestros ojos su mirada escrutadora. Parecía un ángel bajado del cielo. Con su sola presencia el encuentro adquirió un tono completamente nuevo, más espiritual y, diría yo, místico. Todos teníamos la impresión de estar flotando en un mundo etéreo, nunca imaginado. Después pasó a darnos el testimonio de su vida de una manera altamente emotiva. Hasta el obispo derramó lágrimas al constatar la eficacia de la acción del Espíritu Santo en sus elegidos. Yo por poco me desmayaba, aunque me daba cuenta de que entre los presentes no faltaban algunos escépticos. Por desgracia no les hice caso, atribuyendo su actitud a la dureza del corazón. El Pastor James terminó su intervención, invitando a todos los presentes a levantarse y aceptar a Cristo como el único Salvador y Señor de nuestra vida. Y nosotros, como bobos, obedeciéndole en todo. Parecíamos como hipnotizados. Por la tarde, después de la comida, nos llevó a visitar La Hacienda del Gran Rey, que para la gran mayoría de los delegados representó el tiro de gracia. Allá nos recibió un coro de unas cincuenta personas, que nos alegraron con himnos y cánticos espirituales. Nunca habíamos tenido la oportunidad de disfrutar de algo tan sabroso, mientras se alternaban los cantos con los testimonios. Como conclusión del encuentro, hubo una oración de efusión del Espíritu Santo, presidida por el mismo Pastor James. Muchos se desmayaron. Nunca en mi vida había experimentado algo parecido. Al final nos despedimos, todos eufóricos, convencidos de que un nuevo capítulo se estaba abriendo en la historia de la Iglesia, trabajando codo a codo católicos y hermanos separados, bajo el

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signo del Espíritu y a la insignia del Evangelio, sepultando de esa manera siglos de incomprensión, frialdad espiritual y esterilidad apostólica.

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Capítulo 4

CRISIS FAMILIAR
Al día siguiente la prensa, la televisión y la radio no hablaban más que del gran acontecimiento, que sin duda iba tener enormes repercusiones en todos los ámbitos de la sociedad. En todos los medios aparecían juntos el obispo y el Pastor James, dando entrevistas y explicando los pormenores de La Gran Misión o Mega Campaña Evangelizadora, en la que todas las iglesias estaban comprometidas. Su objetivo era «hacer un frente común contra la corrupción, la violencia y el deterioro de las costumbres y al mismo tiempo ofrecer a la sociedad un ejemplo concreto acerca de la manera más correcta de resolver los múltiples problemas que la aquejan, mediante el diálogo y la concertación y no mediante la confrontación, el encono o la mutua descalificación; y todo esto, a la luz del Evangelio». Fue tan grande el impacto que este hecho causó en toda la sociedad, que el factor religioso, de un momento a otro y de una manera inesperada, volvió a ocupar dentro de la sociedad un espacio que no había ocupado desde hacía siglos. Poco a poco la palabra del obispo iba adquiriendo un peso decisivo en orden a la búsqueda de soluciones en todos los ámbitos de la sociedad, incluyendo el ámbito político. Sus homilías dominicales se volvieron en uno de los acontecimientos más esperados en el quehacer estatal. Cuando se presentaban situaciones realmente difíciles entre un partido y otro, los sindicatos y las empresas o el gobernador y el congreso, todos esperaban, como un oráculo, la palabra del señor obispo, un verdadero hombre de Dios y un árbitro confiable, más allá de las partes y de insospechada solvencia moral.

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Desgraciadamente (y esto lo entiendo ahora que todo pasó y estoy en mejor condiciones de evaluar las cosas), el obispo juntamente con sus colaboradores más allegados pronto se dejó absorber por los asuntos profanos, olvidándose casi por completo de La Gran Misión. Según él, con el Pastor James la diócesis se había ganado la lotería, puesto que, contando con los fondos necesarios, una gran experiencia y capacidad organizativa, pronto todo el pueblo católico recibiría el anuncio del Evangelio, en la manera más eficaz y adecuada posible y sin perjudicar mínimamente el erario eclesiástico, por cierto muy exiguo. ¡Santa ingenuidad! Ni sospechaba mínimamente lo que le iba a pasar, es decir, que poco a poco el Pastor James le iba a quitar los mejores elementos con que contaba la diócesis para evangelizar. De hecho los delegados, a medida que iban familiarizándose con el Pastor James, se iban acostumbrando a su manera propia de ver y manejar los asuntos de la fe, sin que nadie interviniera. De hecho, los presbíteros encargados de impartir enseñanza en La Hacienda del Gran Rey poco a poco se fueron escabullendo con el pretexto del exceso de trabajo, igual que los demás pastores, que al principio habían acudido al llamado del obispo y el Pastor James y después se retiraron al sospechar algo turbio en todo el asunto. Y así, sin que nadie se diera cuenta, poco a poco el Pastor James se volvió en el dueño absoluto de nuestras conciencias. No solamente lo encontrábamos en La Hacienda del Gran Rey el día domingo para la capacitación. También durante la semana, cuando menos lo esperábamos, se presentaba en nuestros hogares, trayéndonos casi siempre algún regalo. Ahora que me doy cuenta, me avergüenzo de mí misma por haber sido tan ingenua. De hecho, llegaba casi siempre a los hogares de las delegadas y casi nunca a los hogares de los delegados; además llegaba siempre cuando nos encontrábamos solas (quien sabe cómo se enteraba de este detalle). Y no le digo cómo nos trataba. A todas nos llamaba «princesas» o «reinas». Nos hacía sentir muy bien, usando todo tipo de galantería. Según él, lo hacía para inspirarnos más confianza y así tener más oportunidad de dirigirnos espiritualmente. De todos modos, su manera tan rara de comportarse con nosotras no dejó de despertar serias sospechas acerca de sus reales intenciones. Yo, por ejemplo, completamente inexperta en este tipo de coqueteo, pronto me enamoré perdidamente de él y, aunque tratara de ocultarlo, no lo logré. Después supe que lo mismo les pasó a

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otras delegadas, lo que causó muchos problemas en nuestros hogares. Yo me imaginaba que solamente las mujeres nos damos cuenta cuando los hombres andan por mal camino. En esta circunstancia me di cuenta de que lo mismo pasa con los hombres. También ellos, por detalles insignificantes, perciben cuando una relación ya no es la misma. Mi marido, por ejemplo (y eso lo supe después, cuando empeoró la situación y tuvimos que enfrentar la realidad a cartas descubiertas), se fijó en el brillo de mis ojos, que cambiaba de inmediato cuando hablaba del Pastor James. Bastó este detalle para empezar a sospechar algo. Después se enteró de que seguido llegaba a la casa en su ausencia. Conclusión: mi marido y mis hijos mayores decidieron alejarse de la casa, buscando cualquier pretexto. Mis hijos mayores apresuraron su casamiento y mi esposo, con la excusa de la enfermedad de su madre, se jubiló y regresó a su pueblo a vivir en la casa paterna. Y yo, tonta como siempre, no me daba cuenta de que mi hogar se iba desmoronando. Al contrario, veía todo esto como una providencia de Dios, puesto que así podía dedicarme más a los asuntos de la evangelización. Por lo menos esto era lo que quería aparentar, mientras dentro me quemaba la pasión por el Pastor James. Quería verlo continuamente, saludarlo y escuchar su voz mientras me decía «mi princesa». Esperaba algo más. Pero nada. El Pastor James era un verdadero mago en el arte de enamorar y dejar. Después me di cuenta de que lo mismo les pasó a otras mujeres. Y fíjese: siempre se trataba de mujeres casadas. Primero nos atrapaba y después nos hacía sufrir con sus descuidos y desprecios o provocando celos entre unas y otras. Y todo esto al amparo de la Palabra de Dios. Nunca supimos si el Pastor James era casado o no, tuviera hijos, fuera soltero o gay. Su manera de ser era realmente rara. Con la misma galantería con que trataba a las mujeres, trataba también a los muchachos. En distintas ocasiones los invitaba a ir de paseo con él. Los llevaba a los mejores restaurantes y les regalaba ropa fina, muy costosa. En algún caso, los ayudaba económicamente para continuar con sus estudios. Realmente para mí el Pastor James ha sido y sigue siendo un verdadero misterio: por un lado aparentaba estar totalmente lleno de Dios y por el otro no era difícil descubrir que se tratada de alguien que era sumamente astuto, intrigante y dominador, un verdadero maestro en el arte de manipular los sentimientos, haciéndote sentir un santo y un héroe y poco después un endemoniado y un gusano.

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Donde más se notaba su capacidad histriónica y manipuladora era en su predicación. Una vez que se apoderaba del público, lo llevaba adonde quería y por el camino que quería. Con facilidad lo hacía pasar de un sentimiento a otro, según el caso, haciendo derramar lágrimas, provocando gritos ensordecedores o adormeciendo a todos. Según él, todo era fruto de la acción del Espíritu Santo. Según mi opinión, ahora que ya pasó todo y veo las cosas con más serenidad y mente fría, en todo este asunto el Espíritu Santo no tenía nada que ver. Sencillamente nos encontrábamos ante un experimentado hipnotizador y sicólogo, que hacía todo lo posible por impactar y crear dependencia. Lo que buscaba, era que lo consideráramos como un ser sobrenatural, dotado de grandes poderes, sin el cual nuestras vidas perdían todo sentido. De hecho, cuando el clero se dio cuenta de la trampa, ya era demasiado tarde. La gran mayoría de los delegados y las delegadas no le hizo caso y se quedó con él. ¿Qué había pasado? Que el dichoso Pastor James, una vez seguro de haber logrado un completo control sobre nuestras personas, sacó las uñas, haciendo comparaciones entre lo que sentíamos antes de conocerlo a él y después, entre la celebración eucarística y el culto dirigido por él, el uso de la Biblia dentro de la Iglesia y el uso que se hacía en La Hacienda del Gran Rey. Antes que el clero pudiera tomar conciencia de la situación que se estaba creando y tratar de poner algún remedio, ya casi nadie participaba en la misa dominical de su parroquia. Muchos pensaban: – ¿Para qué ir a misa, una vez que asistí al culto en La Hacienda? Muy pocos reaccionamos ante esta situación. De todos modos, el Pastor James, en lugar de suavizar las cosas ante las protestas de algunos curas con sus delegados, encaró la dosis, acusándonos a nosotros católicos de idólatras y paganos y quitándose de una vez la máscara. ¿Y los ecuménicos a ultranza? Muchos se pasaron con el Pastor James. Otros se quedaron católicos, pero con ideas totalmente distorsionadas sobre aspectos importantes de nuestra fe. ¿Y el obispo? Como si no hubiera pasado nada, siguiendo con sus intervenciones en campo político y social y apareciendo en televisión acompañado de cualquier tipo de gente: atea, católica o de otra religión. Una vez seguro de sí mismo, el Pastor James lanzó su programa: «Para el año dos mil, dos mil templos» y ahora sí, a trabajar todos. La capacitación ya se acabó.

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Capítulo 5

SOLA
¿Qué hacer? ¿Seguir al Pastor James o regresar a mi parroquia? No faltaron los ofrecimientos y las amenazas: – Si usted se decide a dar el gran paso, verá que pronto será pastora. – ¿Dónde usted experimentó de veras la presencia de Dios: en la Iglesia Católica o aquí con nosotros? Si fue con nosotros, ¿por qué ahora nos quiere dar la espalda? Cuidado: un día el Juez Supremo le va a pedir cuentas. – Hna. Amalia, ¿no le da pena regresar a la vida de antes? ¿No entendió que la Iglesia Católica es la prostituta del Apocalipsis? ¿Acaso fue inútil todo lo que aprendió con el Pastor James? Piénselo bien. Confieso que hubo un momento en que mi mente se obnubiló completamente y no supe qué decisión tomar. Pero una vez más venció la fuerza de la costumbre con sus raíces profundamente católicas y resistí. – Digan lo que digan los demás – pensé –, yo me reintegro a mi parroquia. A ver qué hago. Y así fue. Regresé a mi parroquia y le conté todo a mi párroco, que hizo el siguiente comentario: – Me lo imaginaba. Desde un principio sospeché que iba a terminar así esta alianza híbrida entre la Iglesia Católica y el Pastor James. ¿Qué le podemos hacer? Así son las cosas. Ni modo: un descalabro más para la Iglesia. Una vez más, vimos como «los hijos de las tinieblas son más astutos que los hijos de la luz» (Lc 16,8 ). Una vez reintegrada a la vida parroquial, ¿qué hacer? De acuerdo con el párroco, decidí dedicarme a los retiros de conversión. Claro que de esa manera pude aprovechar lo mejor que

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aprendí del Pastor James, especialmente en el aspecto didáctico, logrando realizar encuentros bastante amenos y atractivos, lo que pronto empezó a despertar algunas suspicacias: – Lo que doña Amalia nos está enseñando a nosotros, ¿no será lo mismo que aprendió con el Pastor James? Mucho cuidado. No vayamos a caer en una trampa. – ¡Qué casualidad que ahora doña Amalia haya regresado a la parroquia, mientras todos los demás delegados se hayan quedado con el Pastor James! En este caso, es preferible ser prudentes y desconfiados. ¡Pobre de mí, rechazada de un lado y de otro! De todos modos, seguí adelante, contando con el apoyo incondicional del párroco, que conocía muy bien mis intenciones y me orientaba espiritualmente, evitando que cayera en una depresión. La misma actividad me ayudó a no replegarme en mí misma y a olvidar poco a poco la experiencia de La Hacienda del Gran Rey. Cada mes tenía un retiro de conversión con gente nueva, que después se iba integrando en algún grupo parroquial o iba formando un grupo nuevo. Sin embargo, esta situación de relativa paz no duró mucho tiempo. Un día, regresando de la escuela (aún no me había jubilado), me encontré con la novedad que mis dos hijos menores, que ya estaban en la universidad, querían dialogar conmigo acerca de temas religiosos. Accedí de buena gana, imaginándome que se trataba de una respuesta del cielo a mis oraciones y súplicas constantes para su conversión. En realidad, mis hijos menores, a diferencia de los mayores, eran fríos espiritualmente. Posiblemente les afectó la problemática familiar, suscitada por motivos religiosos. Desgraciadamente no se trataba de eso. El asunto era mucho más serio de lo que me imaginaba. Empezó el más grande: – Mamá, sabemos que usted conoce bastante la religión católica. – Bueno. Como saben, desde mi niñez estuve muy apegada a la Iglesia y he tenido muchas oportunidades para prepararme. – Sin duda, habrá estudiado también la Biblia – siguió el hijo más grande. – Claro. Cuento con un diplomado en Biblia y además he tenido la oportunidad de impartir algún curso bíblico. Para una vida auténticamente cristiana, la Biblia es fundamental. – Muy bien. Puesto que está bastante preparada en Biblia, ¿nos puede explicar el asunto de las imágenes? Como usted bien sabe, la Biblia las prohíbe: Éxodo, capítulo 20, versículo 4.

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Me sentí perdida. En realidad, nunca había dado importancia a estas objeciones de los hermanos separados. Me habían enseñado que, en lugar de estar peleando con ellos por detalles insignificantes, era mucho mejor fijarse en lo bueno que tenían. – Bueno – contesté –; estas son las ideas de los hermanos separados, pero nosotros tenemos otra manera de ver las cosas. – Aquí se trata de Biblia y no de maneras diferentes de ver las cosas. ¿Acaso para los católicos no vale la Biblia? Por el tono de la voz y la convicción que manifestaban en su manera de presentar el asunto, me di cuenta de que se trataba de algo serio. Les pregunté cómo se habían dado cuenta de todo eso: – El Pastor James nos ha ido abriendo los ojos poco a poco. Así me enteré que, durante mi ausencia, visitaba a mis hijos y les enseñaba la Biblia a su modo, poniéndolos en contra de mí. De hecho, pronto me sacaron el asunto de la virginidad de María, del bautismo de los niños y muchos ataques más contra la fe católica. No sabiendo qué contestar, les pedí que me dieran un tiempo para investigar. Fui al párroco y nada; fui a un maestro de seminario y nada; fui al encargado del ecumenismo, le expuse el caso y recibí un tremendo regaño: – ¿Qué es esa tontería de discutir sobre asuntos de religión? Si sus hijos se quieren cambiar de religión, que se cambien. Cada quien es libre de escoger la religión que más le convenga. Me extraña que usted, siendo una persona tan preparada, salga con esas tonterías. – No se trata de tonterías. ¿Acaso yo no tengo derecho a que mis pastores me orienten en el campo de la fe? Ahora bien, pedí ayuda al párroco y no me dio ninguna respuesta; fui con un maestro de seminario y me contestó que él maneja el ecumenismo y no la apologética, puesto que la apologética ya pasó de moda; vengo con usted y me regaña. ¿Se puede saber si la Iglesia Católica tiene o no tiene una respuesta a los ataques que nos hacen las sectas? Esta vez el encargado del ecumenismo se puso furioso: – ¿Qué es eso de llamar sectas a nuestros hermanos separados? ¿Le gustaría a usted que llamaran «secta» a la Iglesia Católica? – Es que existe una enorme diferencia entre la Iglesia Católica, que viene desde Cristo, y todas las demás agrupaciones que surgieron después, como la del Pastor James. – Es lo mismo. En realidad, todos buscamos al mismo Dios y todos podemos alcanzar la salvación en cualquier religión. ¿No entiende usted que nadie tiene el monopolio de la salvación? Se ve

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que usted está muy atrasada. No se da cuenta de los últimos documentos de la Iglesia. Todavía anda con las cruzadas y el Concilio de Trento. Quiero que sepa de una vez que no cuenta conmigo. Y me dejó plantada. Al verme tan deprimida y sin una respuesta concreta, mis hijos me tuvieron lástima y me hablaron con toda franqueza: – Mamá, ya basta. ¿Aún no se da cuenta de que los curas la están engañando, aprovechándose de su buena fe? Deje de una vez la Iglesia Católica y venga con nosotros. Ahí me di cuenta de que ya lo había perdido todo: esposo e hijos, quedándome totalmente sola. Me refugié en la oración y el apostolado de los retiros espirituales. Notaba la euforia de mis hijos y no tenía el ánimo, el valor o la capacidad de dialogar con ellos. Me di cuenta de que me estaba pasando lo mismo que anteriormente les había pasado a mi marido y a mis hijos, es decir, sentirme excluida, ignorante y del montón. Es que el fanatismo religioso es algo tremendo. Cuando uno cae en esto, es difícil poder sacarlo. Se vuelve totalmente ciego y no hay razón que valga. Imagínese usted, padre, qué triste fue para mí vivir con mis hijos bajo el mismo techo, sin poder compartir lo más profundo de nuestro ser, que es la fe, aquella fe que yo les había comunicado desde su más tierna edad. Después vinieron los problemas religiosos y todo se fue evaporando. Nuestras relaciones se fueron haciendo siempre más superficiales: yo con mis cosas y ellos con las suyas, yo una pobre pecadora y ellos los santos y elegidos, los que iban a transformar el mundo con la luz del Evangelio. A veces buscaban cualquier pretexto para apartarse de mí, manifestando hacia mi persona el más profundo desprecio, según ellos, por mi terquedad al rehusarme a dar el paso definitivo hacia Cristo y su enviado, el Pastor James. En una ocasión me lo dijeron claramente: – Mamá, ya es tiempo de tomar una decisión: o se convierte o tenemos que separarnos definitivamente. Ya no podemos estar juntos agua dulce y agua salada. Y desde entonces empezamos a comer en mesas diferentes: una para ellos y otra para mí. Ellos los puros, los santos y los elegidos, y yo una pobre pecadora, maldita por Dios y merecedora del castigo eterno. De esa manera la situación se volvió totalmente insostenible, hasta que los dos abandonaron la casa y cada uno fue formando su hogar. Uno se dedicó a su profesión como ingeniero

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civil y el otro se entregó totalmente a la causa del Pastor James, como misionero de La Haciendo del Gran Rey. Y yo solita en la casa, dedicada completamente a la oración y al apostolado de los retiros espirituales. De vez en cuando me visitaban mis hijos mayores con las nueras y los nietos. Trataban de consolarme, invitándome a no sentirme culpable por todo lo que había pasado. En alguna ocasión fui a mi pueblo para ver si era posible una reconciliación con mi esposo. Pero todo fue inútil. El daño que le había causado había sido demasiado grande y ya no había vuelta de hoja. Vivíamos bajo el mismo techo, para no causar escándalo entre la gente, pero hasta ahí. Era imposible revivir el pasado. Hasta que… Sí: «hasta que…». Ésta ha sido toda mi vida: una continua zozobra, un continuo «hasta que…». A veces tengo miedo a despertarme por la mañana, pensando: «¿Qué me va a pasar hoy?» Pues bien, hasta que me llegó un recado de parte del consejo parroquial: «Doña Amalia, ya no puede seguir dirigiendo los cursos de conversión por su falta de testimonio. ¿Cómo puede orientar a los demás, si no puede con su mismo hogar?» Para mí fue el acabose: sin esposo, sin hijos, sin apostolado y sin escuela, puesto que por aquel entonces ya me había jubilado. Y podría añadir también: sin Dios. De hecho, por todo lo anterior caí en una profunda depresión. Aunque luchara con todas mis fuerzas por acercarme a Dios y experimentar su consuelo, no podía. Me resultaba imposible dirigirme a Dios como antes, para decirle: «Padre». Más bien lo sentía como un ser lejano, todopoderoso y cruel. «Ni modo – pensaba –: la regué y ahora tengo que pagar». Mis antiguos amigos, de uno y otro bando, huían de mí, como se huye de la peste en persona. Ahora que todo pasó, entiendo que se trató de un período de purificación. Ahora entiendo mejor el grito angustioso de Jesús en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mt 27, 46). Me doy cuenta de que, con todo lo que me pasó, mi Padre Dios contestó a mi deseo juvenil de martirio, un martirio lento que empezó hace casi cincuenta años y aún no sé hasta cuándo va a durar. Ojalá que este largo martirio sirva para que los responsables de la Iglesia abran los ojos y sean más cuidadosos cuando toman decisiones que pueden afectar profundamente la vida de sus feligreses.

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Capítulo 6

EN BUSCA DE PAZ
En el momento en que me sentía más desesperada y buscaba con ansia una señal del cielo como respuesta a mis súplicas de luz, apareció en mi casa el Pastor James con una propuesta muy concreta y atractiva: – Hna. Amalia, usted ya sabe cuánto la apreciamos en La Hacienda del Gran Rey. Estamos seguros de que usted aún tiene mucho que dar para la causa del Evangelio. Pues bien, puesto que ya dejó de dirigir los cursos de conversión, que por cierto han hecho tanto bien a las almas sedientas de Dios, la invito a ser pastora del templo que tenemos en esta misma colonia, llamado «Paz y Prosperidad». Actualmente cuenta con unos cuarenta feligreses y el pastor que está a su cargo me informa que mensualmente le quedan unos siete mil pesos, una vez sacados los gastos de mantenimiento. Ahora bien, llevándose consigo a las personas que más la aprecian, fácilmente podrá conseguir mensualmente una entrada de diez mil pesos. A mí me da el diezmo y se queda con nueve mil pesos. ¿Qué le parece? Además, allá tendrá la dicha de pastorear a sus mismos hijos, uno de los cuales, el misionero, será su ayudante. ¿Cómo la ve? A propósito, ¿cuánto le daba el cura por el servicio que prestaba a la parroquia como directora de los cursos de conversión? – Nada. – ¿Cómo que nada? Así que en la Iglesia Católica son muchos los que trabajan y uno solo el que toma para sí todas las ganancias. ¡Qué injusticia! No tuve tiempo ni para pensar. El Pastor James me tomó de la mano, me ayudó a salir de la casa y entrar en su coche, que estaba

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estacionado delante de la puerta. En unos minutos llegamos al templo, donde estaban esperando unas cien personas, entre los miembros de la comunidad y los invitados. El Pastor James me presentó con palabras muy elogiosas y esperanzadoras con relación a mi futuro desempeño como «pastora y predicadora del Evangelio». Me sentí como aturdida. Antes que pudiera reaccionar, me vi inundada de aplausos con abrazos y muestras de cariño de parte de todos, especialmente de los antiguos compañeros, enviados a La Hacienda del Gran Rey como delegados parroquiales para especializarnos en la evangelización. El momento culminante fue cuando se me acercaron mis dos hijos, que, según el Pastor James, se me habían adelantado en la aceptación de Cristo como su único Salvador y Señor. Me abrazaron con efusión, como nunca habían hecho en su vida, me pidieron disculpas si me habían causado algún sufrimiento en su intento de querer seguir a Cristo de una manera radical y me prometieron todo su apoyo en el cumplimiento de la nueva misión que se me había encomendado como pastora y predicadora. Después supe que todo había sido preparado y hasta ensayado con anterioridad. De ahí su fuerte impacto en mi persona, tan sensible y al mismo tiempo tan debilitada por las pruebas. De todos modos, por lo menos por algún tiempo, la nueva experiencia representó para mí un gran alivio, puesto que me ayudó a olvidar mis penas y a volver a soñar en una nueva vida al servicio del Evangelio. Así que pronto me lancé a la tarea de predicar con ganas la Palabra de Dios, aprovechando cualquier oportunidad para hablar de Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Para mí, hablar de la pasión de Cristo como preludio de la resurrección se había vuelto en un bálsamo, que calmaba los ardores de las heridas, y al mismo tiempo me ayudaba a descubrir el sentido último de mi existencia. Era tanta la convicción con que hablaba que muchos, sin que yo me lo propusiera, llegaban hasta a derramar lágrimas de arrepentimiento o consuelo. Y todo esto hizo que pronto me llovieran solicitudes de parte de otras congregaciones para que yo hablara en sus templos de un tema casi desconocido en sus ambientes. Fue una experiencia bastante enriquecedora para mí y sin duda resultó de mucha utilidad para los que tuvieron la oportunidad de asistir a mi predicación. Pero no duró mucho tiempo. Pronto empezaron las críticas:

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– La pastora Amalia parece más católica que evangélica. Habla demasiado de la pasión de Cristo. ¿Cuándo hablará de la prosperidad, que es el signo que acompaña siempre al verdadero creyente? – La pastora Amalia aún no se ha convertido completamente. Parece traumada por su pasado como católica y no se decide a dar el paso decisivo, reconociendo públicamente al Pastor James como el enviado de Dios para los últimos tiempos. No sé si por falta de conversión o por el miedo a llamar demasiado la atención, opacando la figura del Pastor James, el hecho es que, con el pretexto de la edad, antes de cumplir un año como pastora, fui exonerada del cargo, que fue entregado a mi hijo, el misionero. De todos modos, la experiencia como pastora y predicadora para mí resultó de grande utilidad sea en el aspecto sicológico, en el sentido que me ayudó a salir del estado de depresión en que me encontraba, sea en el aspecto económico, puesto que me aseguró un capital suficiente para vivir desahogadamente los últimos años de mi vida. Al realizarse el cambio, mis dos hijos evangélicos me suplicaron insistentemente que no volviera por ninguna razón a la Iglesia Católica, puesto que de ahí dependía su porvenir, uno como pastor y el otro como ingeniero encargado de la construcción de los templos de la iglesia "La Hacienda del Gran Rey". Así que, una vez más, regresé a mi soledad. ¿Hasta cuándo durará? No lo sé. Dios dirá. Estoy en sus manos. Hace unos días fui a ver a un padre de la catedral, le conté todo y su respuesta me dejó más desconcertada que nunca: – Mire, doña Amalia – me dijo –: si usted cree que la voy a ayudar a regresar a la Iglesia Católica, se equivoca. Sencillamente no responde a mi manera de ver las cosas. Para mí, si quiere regresar, regrese y, si quiere seguir siendo evangélica, siga siendo evangélica. Es asunto suyo y a mí ni me va ni me viene. En estos días, hojeando sus libros, me di cuenta claramente de que la Iglesia Católica es la única Iglesia que fundó Cristo, algo que siempre había creído, aunque nadie me lo hubiera enseñado, mucho menos con el fundamento bíblico que usted presenta. Estando así las cosas, le pregunto, padre, qué tengo que hacer para agradar a Dios y al mismo tiempo no causar molestia a mis hijos evangélicos. Conociendo bastante al Pastor James, yo sé que es capaz de todo con tal de hacerme la vida difícil, si regreso a la Iglesia

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Católica e intento dar a conocer todas sus maniobras para obligarme a dejar el catolicismo y pasarme con él. Lo que más me preocupa es el daño que puede causar a mis hijos, que prácticamente dependen de él en todo. Yo de por sí estoy acostumbrada a sufrir. ¿Acaso desde niña no soñé con ser mártir por la fe, como mi papá?

Al escuchar las confesiones de doña Amalia, sinceramente no sé qué pensar. Me siento como aturdido. Nunca me hubiera imaginado que por motivos religiosos se pudiera llegar a sufrir tanto, hasta soportar un verdadero martirio, lento y doloroso, con altibajos y momentos de intensidad dramática, insospechables en un asunto destinado a dar serenidad y paz. Me levanto y la miro a los ojos, unos ojos cansados, que reflejan un profundo dolor, soportado con una dulce resignación y una inmensa paz. Sufrimiento y paz: compañeros inseparables de las almas grandes, signos inequívocos de elección divina y garantía segura de santidad probada. Mientras trato de balbucear unas palabras de consuelo y esperanza, para salir al paso de una situación para mí totalmente inédita, suena el timbre y veo a las dos nueras de doña Amalia precipitarse hacia la puerta. Un servidor y doña Amalia nos miramos a la cara y no sabemos qué pensar, puesto que acaba de pasar la medianoche. Mientras tanto se abre la puerta y entran algunas personas, al canto de las mañanitas. Estando en la penumbra, no alcanzamos a distinguirlas. Al mismo tiempo salen de la cocina los dos hijos de doña Amalia, gritando "Vivan los novios". Realmente no sé qué pensar. Todo me parece una alucinación. Por fin veo a doña Amalia correr hacia adelante y abrazarse a un hombre que acaba de salir de la penumbra. El hijo mayor da la explicación: – Hoy mis papás cumplen cuarenta años de casados. Queremos que en su presencia, padre, renueven los compromisos matrimoniales de hace cuarenta años. Ante mis titubeos, aclara: – No se preocupe, padre, todo está arreglado. Nos regresamos al pueblo donde nacimos. Allá nadie está enterado de los enredos que sucedieron aquí. Ya estamos de acuerdo con el señor cura de allá. Todo será como antes, como si no hubiera pasado nada. Católicos de hueso colorado, como siempre.

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Mientras tanto, las nueras y los nietos preparan un altar con un grande crucifijo y una imagen de la Virgen. Traen un lazo, lo ponen encima de los dos abuelitos, puestos de rodillas delante del altar y abrazados. Yo, más confundido que nunca, improviso una oración de circunstancia y empieza la fiesta con pastel y todo.

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Conclusión
Doña Amalia: ejemplo de un nuevo capítulo que se abre en el martirologio católico. Por su fidelidad a Cristo y a la Iglesia, sufre hasta lo imposible en el silencio, sin contar con ningún apoyo o reconocimiento oficial, al contrario entre la incomprensión o la contrariedad de muchos pastores de la Iglesia; una advertencia para cuantos, en nombre de una ideología, se vuelven insensibles ante el dolor humano. Ojalá que, pasada la euforia del momento, el sacrificio (martirio) de doña Amalia sirva para volvernos más realistas y menos aventureros en asuntos de tanta importancia para la fe y el futuro de la Iglesia. Richmond, VA (EUA); a 25 de agosto de 2008.

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El Padre Enrique ya no sabe qué hacer
INTRODUCCIÓN
El p. Enrique se ordenó sacerdote con las mejores intenciones y las más grandes ilusiones del mundo. Luchó, logró grandes satisfacciones, hizo todo lo que pudo. Pero poco a poco fue perdiendo la brújula. Le parecía estar sembrando en el mar, sin entusiasmo ni ilusiones. Una vida sin sentido. ¿No te gustaría conocer las razones más profundas de un cambio tan grande en la vida del p. Enrique, un sacerdote y luchador de cepa, acostumbrado a enfrentar los retos cara a cara, en campo abierto y a plena luz del día, sin fijarse si hay público o desierto, si es más probable la victoria o la derrota? Sígueme: es tu oportunidad para acercarte a él, hacerle preguntas y escucharlo, cuestionarlo y dejarte cuestionar por él. Aprovéchala. Podrá ser la aventura de tu vida. Castellana Grotte (Italia), a 10 de septiembre de 2008.

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Capítulo 1

POR LA GLORIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS
El p. Enrique cumple sesenta y cinco años de edad. Como siempre, le organizamos una fiestecita entre los amigos más íntimos y allegados. No le gusta la grande pachanga, ni le gustan los discursos inflados de circunstancia. Prefiere lo sencillo y espontáneo. Acostumbra decir: «Los panegíricos después de muerto». Máxime ahora que anda alicaído, después de tantas luchas y tantos sueños frustrados, y posiblemente con algún achaque propio de la edad. Desde un principio lo aclaró: «No quiero payasadas. Ya no estoy para eso. Así que, o hacemos algo que pueda ser útil para todos o nada. En este caso, aprovecho para descansar y reflexionar un poco». Y citó el refrán: «Mucho ayuda el que no estorba». Estando así las cosas, no nos queda más que reducir todo a lo esencial: misa, comida y diálogo, un diálogo sin cortapisas, como es su costumbre hacer entre amigos, y sin límite de tiempo. Cuando alguien se siente cansado, se puede dormir tranquilamente (sin roncar demasiado fuerte, por supuesto, para no estorbar a los demás) o retirarse. No pasa nada: así se hace entre amigos. Empezamos por una pregunta de cajón: — Padre, ¿cómo se siente al cumplir sesenta y cinco años de edad? — Muy agradecido a Dios por lo que me ha concedido realizar durante todos estos años de vida. — ¿Algo concreto que quisiera destacar? — La capacidad de detectar a tiempo los problemas y enfrentarlos. Naturalmente se trató de algo que fui adquiriendo poco

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a poco, después de un periodo de fascinación por ciertos líderes ‘carismáticos’ y ciertas ideas ‘geniales’, que parecía iban a revolucionar el mundo y que después descubrí que eran ‘pura demagogia’. Como es el estilo propio del p. Enrique, pronto entramos en el vivo del tema, sin preámbulos ni nada. Alguien hace notar la conveniencia de empezar desde un principio, puesto que no todos los presentes están enterados de muchos aspectos importantes de su vida. El p. Enrique accede de buena gana y empieza: — Como muchos de ustedes ya saben, nací en una familia muy religiosa. Nunca faltaba a la misa dominical, al catecismo, a las novenas y las fiestas de los santos, que se veneraban en mi pueblo natal. Las personas que más influyeron en mi formación espiritual, fueron la maestra de catecismo y el párroco, que era un verdadero apóstol. Continuamente inventaba cosas para tenernos entretenidos y al mismo tiempo transmitirnos su pasión por «la gloria de Dios y la salvación de las almas». Para alcanzar una vida siempre más conforme al Evangelio, nos comentaba anécdotas de la vida de los santos. Así, poco a poco, las figuras de San Felipe de Jesús, San Francisco de Asís, San Juan Bosco, Santo Domingo Savio y Santa Teresita del Niño Jesús se nos hicieron familiares. Era tanto el entusiasmo con que nos hablaba de estos personajes, que poco a poco se fueron volviendo en nuestros héroes y por lo tanto para nosotros alcanzar la santidad, imitando sus ejemplos, se volvió en el objetivo principal de nuestra vida. Como método práctico para alcanzar este objetivo, nos inculcaba el rezo de las jaculatorias, las visitas al Santísimo y la práctica de las florecillas, pequeños sacrificios que servían como entrenamiento para aprender a dominar nuestros instintos y hacer el bien. Su refrán era: «Cada día por lo menos una florecilla». Auxiliado por la catequista, trató de ayudar a todos los niños y adolescentes a canalizar todas nuestras energías hacia los valores espirituales, soñando con ser santos y apóstoles como él. Nos exhortaba a no desperdiciar ninguna oportunidad para hablar de Dios a nuestros compañeros de salón y llevarlos al catecismo. Entre todos los niños y adolescentes, seleccionó un grupo de «vanguardistas», y yo formaba parte de él, especializado en abordar a los niños y muchachos de nuestra misma edad para cuestionarlos acerca de la fe y llevarlos a la práctica de la vida cristiana. Cada uno se las ingeniaba para ver cómo llevar gente a Cristo, metiéndose en las pandillas del barrio o participando en todas las

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iniciativas (canto, teatro o deporte), que se organizaban en la parroquia o la escuela. Lo importante era hacer algo para estar lo más posible en contacto con los demás niños y adolescentes, hacérnoslos amigos y llevarlos a la vida sacramental. Periódicamente nos reuníamos para intercambiar nuestras experiencias, evaluar los resultados conseguidos y revisar las estrategias utilizadas. Lo que más nos entusiasmaba era notar con cuánto interés el párroco escuchaba todo lo que decíamos. Cuando teníamos algún éxito, exclamaba: «Aquí están mis valientes campeones. Con ustedes vamos a conquistar el mundo entero». Y cuando teníamos algún fracaso (que algún muchacho no nos había hecho caso o se encontraba en serias dificultades, sin que nosotros pudiéramos hacer algo para ayudarlo), comentaba: «Ni modo. No siempre es posible lograr todo lo que se quiere. Una vez que hicimos lo que pudimos, pongamos todo en las manos de la Virgen de Guadalupe y verán que algo va a pasar». Y nos impulsaba a echarle siempre más ganas. A veces le pedíamos algún consejo o sugerencia acerca de la manera de llevar a cabo alguna iniciativa. Él en este caso era muy precavido. Sabía que no nos podía dar atole con el dedo, como si se tratara de niños ingenuos. Entonces, decía: «Miren, muchachos. Aquí no se trata de pura teoría; aquí se trata de práctica. Y en esto sinceramente ustedes me ganan. Fíjense que, desde cuando yo era como ustedes hasta ahora, han cambiado muchas cosas. ¿Qué les puedo decir? Pueden intentar esto y esto. Pero no garantizo nada. Son ustedes quienes harán la experiencia y van a ver si algo funciona o no». Y con esto, más nos impulsaba a echarle ganas, inventando cosas y no dejando nada sin intentar. Recuerdo con qué pasión escuchaba nuestros relatos, preguntando por tal o cual detalle. Y nosotros contestando siempre (a veces exagerando las cosas, como ahora hacen los artistas en la televisión). En realidad, nos sentíamos importantes, como si fuéramos verdaderos héroes, descubridores o aventureros. Teníamos la conciencia clara de estar haciendo historia. A medida que el p. Enrique se va adentrando en dar su testimonio, se olvida de sus problemas y regresa a ser el de siempre: entusiasta y emprendedor, dispuesto a enfrentar el mundo entero con tal de hacer realidad su sueño de procurar la mayor gloria de Dios y salvar todas las almas posibles, siempre rodeado de gente e inventando cosas. Ya se le fue el pesimismo; ya se olvidó de la edad

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y los posibles achaques, decepciones o descalabros. Al revivir su infancia y adolescencia, recobra su acostumbrado entusiasmo y vigor. Alguien interviene: — Padre Enrique, no creo que toda su niñez y adolescencia haya sido puro amor a Dios y a las almas descarriadas. También usted con sus compañeros habrá hecho alguna travesura. — Claro. Como todos, también nosotros hacíamos travesuras, no cosas graves, inocentadas diría yo. Recuerdo que un día, terminada la reunión de costumbre y viendo que el sacristán estaba ausente, se nos ocurrió la idea de ir a la sacristía para tomar las ostias. De hecho, había muchos paquetes de ostias. Abrimos unos dos paquetes y nos comimos todo. Una vez realizada la operación, alguien sugirió la conveniencia de completar el desayuno sagrado con un poco de vino. Dicho y hecho. En pocos instantes se acabó la botellita de vino de consagrar. ¿Qué hacer? No había otra. Corro a mi casa y le echo tequila. Imagínense qué pasó al día siguiente, cuando el cura, al momento de beber del cáliz, se dio cuenta de que no era vino sino tequila. De inmediato me echó una mirada de fuego (¿quién hubiera podido ser el autor de tanta fechoría si no yo?). Parecía que quisiera devorarme. Al verme descubierto, antes que me agarrara (le estaba sirviendo de monaguillo), me eché a correr en pleno templo ante el asombro de todos. Después me dijeron que el padre tuvo que suspender la misa, mandar al sacristán al curato por otra botella de vino y solamente después pudo concluir la celebración eucarística. Naturalmente durante una semana no me aparecí en la parroquia, hasta que un compañero fue a verme para decirme de parte del padre que me había perdonado y que no tuviera miedo a regresar a la parroquia. El que no me perdonó fue mi papá, que, al enterarse del asunto (quién sabe quién se lo contó y con qué intención), me llamó y me conminó a contarle todo, detalle por detalle. Al solo mirar su cara y escuchar el tono de su voz, me di cuenta de que la cosa iba en serio y casi seguramente se iba a concluir con una buena paliza. Ni modo. Al no saber en realidad qué era lo que él sabía en concreto, tuve que ser preciso al contar todo lo sucedido. Sin embargo, me di cuenta de que, a medida que iba contando las cosas, su cara se iba serenando. Seguramente se había imaginado algo peor. Noté que, al momento de hablar del tequila, se volteó por otro lado y fingió toser. Posiblemente le estaba dando un ataque

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de risa. Entonces, al sentirme fuera de peligro, empecé a exagerar las cosas, causándole más hilaridad, hasta que no logró componerse y concluir el asunto con algún consejo de poca relevancia, tanto para salir al paso. Después posiblemente se habrá metido en algún lugar apartado para reírse a sus anchas. Recuerdo que por este hecho durante algún tiempo me volví en la fábula de los parientes y amigos de familia. En cualquier encuentro, mi papá quería que yo repitiera la historia del tequila, según él, para que los demás se dieran cuenta del pillo que era yo y no se le ocurriera a nadie repetir lo mismo. En la práctica, creo que lo hacía para volverse a reír y hacer reír a la gente. Muchos comentaban: «Mira nomás: Enrique parece tan piadoso y ¡quería emborrachar al cura!». Alguien le pregunta al p. Enrique a qué edad entró al seminario. — A los quince años, después de haber terminado la secundaria. Lo único que me costó fue el ambiente cerrado propio del seminario. Extrañaba a mis amigos y de una manera especial la libertad de acción que teníamos en el campo del apostolado. En el aspecto espiritual, hubo bastante adelanto con la misa, la meditación y el rezo cotidiano del santo rosario. Recuerdo cuánto fervor nos inspiró la llegada de un misionero, expulsado de China. Su testimonio nos llenó de santo celo por el anuncio del Evangelio por todo el mundo, comenzando por el ambiente en que vivíamos. Para nosotros, jóvenes seminaristas, pensar en la enorme cantidad de pueblos que aún viven sin conocer a Cristo, representaba un verdadero tormento. Una frase que se me quedó bien grabada en la mente (no sé quién la pronunció por primera vez), fue la siguiente: «Cruzar los mares, salvar un alma y morir».

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Capítulo 2

UN NUEVO PENTECOSTÉS
Así cursé la preparatoria, el introductorio y parte de la filosofía, sin grandes novedades. Hasta que apareció en el escenario eclesial la figura del Papa Juan XXIII con el anuncio del Concilio Ecuménico Vaticano II. Este hecho representó el detonante que despertó en la Iglesia enormes esperanzas, cuya realización implicaba grandes cambios, encaminados a crear una Iglesia joven, libre de toda atadura inútil y totalmente entregada a la vivencia de la fe de una manera más auténtica y al anuncio del Evangelio con más eficacia, utilizando todos los medios que ofrece la tecnología moderna. Desde entonces se empezó a hablar de un «Nuevo Pentecostés», la «Iglesia de los Pobres» y la «Puesta al día» (traducción de la palabra italiana «Aggiornamento»). Pronto, de una manera inesperada, surgió en el corazón de todos un anhelo generalizado de pasar de una Iglesia inmóvil y centrada en sí misma, que miraba hacia el pasado, a una Iglesia volcada hacia afuera y con la mirada fija hacia el futuro. Cada uno empezó a soñar con algo diferente, a la insignia de la autenticidad, la eficacia y la apertura hacia todos. Lástima que al mismo tiempo se fue abriendo camino un cierto espíritu iconoclasta, especialmente en el campo litúrgico, atacando de una manera especial el uso del latín e identificando todo lo pasado con el oscurantismo. El problema fue que, de hecho, con el latín se dio al traste con siglos de música sacra (el gregoriano y la polifónica), un patrimonio artístico de inestimable valor. Ni modo. Así es el ser humano, que con facilidad pasa de un exceso a otro. Ojalá que algún día se logre alcanzar un cierto equilibrio, recuperando lo mejor del pasado y al mismo tiempo estando abiertos a toda novedad creadora, que lleve el sello de la autenticidad.

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Recuerdo con cuánto entusiasmo se esperaba la reforma litúrgica. Fíjense que en aquel tiempo la gente piadosa asistía a la misa rezando el rosario «para no perder tiempo». Cada quien actuaba por su cuenta: el sacerdote, el coro y el pueblo. Aún no se hablaba de «participación litúrgica» de parte del pueblo ni se hablaba de comunidad. Eran términos totalmente ausentes en el lenguaje litúrgico preconciliar. Solamente los que más estaban metidos en las cosas de Dios (religiosas, seminaristas o algunos laicos más preparados) utilizaban el misalito, que les permitía seguir paso a paso los distintos momentos del acto litúrgico juntamente con el sacerdote celebrante. Los demás o rezaban el rosario o meditaban sobre algún aspecto de la fe o estaban en la misa cuerpo presente, mientras la mente se ocupaba en cualquier otra cosa. Al escuchar esto, todos quedamos asombrados, pensando en el tipo de liturgia que se manejaba antes del Concilio, algo totalmente desconocido para nosotros, que contamos con otro tipo de formación. El p. Enrique se da cuenta y ahonda más en el tema: — Es que en realidad, con el Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia dio un gran paso adelante en muchos aspectos de su vida interna y en su manera de situarse ante el mundo exterior. Antes del Concilio, por ejemplo, a nadie se le ocurría permitir el ingreso a su casa a uno que, profesando un credo religioso diferente, intentara convencerlo de algo que estuviera en contra de la propia fe. Mucho menos se permitía a un católico visitar un templo de otra confesión religiosa. — Entonces, por lo general, en su ambiente ¿cómo fue visto el surgir de la problemática ecuménica? — pregunta uno de los presentes. — Como algo curioso y al mismo tiempo interesante, pero lejano, algo que no tenía nada que ver con nuestra realidad, puesto que en nuestros pueblos todos éramos católicos. De todos modos, no faltó gente que se entusiasmó por este tipo de problemática, hasta sentirse acomplejada por vivir en un ambiente totalmente católico y soñando con vivir en un ambiente «plural» (otra palabra, que poco a poco se fue abriendo paso dentro de la Iglesia desde el anuncio del Concilio). — A usted, en concreto, ¿qué le llamó más la atención con el anuncio del Concilio? — pregunta otro de los presentes. — Aparte del aspecto litúrgico, fue el aspecto organizativo, buscando en todo una mayor eficacia y evitando todo lo inútil u ostentoso. Por ejemplo, con el anuncio del Concilio, se empezó a

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hablar mucho de los límites de edad para todos los que tuvieran algún cargo en la Iglesia, en concreto, los párrocos, los obispos y el mismo papa. Según mi opinión, los límites de edad tendrían que ser los sesenta y cinco - setenta años. «Si esto es posible y ventajoso en las empresas privadas y la administración pública —pensaba—, ¿por qué no tiene que ser posible y ventajoso también dentro de la Iglesia?» En realidad, en este aspecto en la Iglesia había muchas situaciones realmente dramáticas con párrocos y obispos, que rebasaban los noventa años de edad y no se decidían a renunciar. Según los opositores, habría que considerar como un matrimonio, y por lo tanto indisoluble, la unión del párroco con su parroquia o del obispo con su diócesis. «Entonces — objetaba yo —, ¿por qué los párrocos y los obispos de todos modos renuncian cuando se trata de acceder a un cargo de mayor responsabilidad o prestigio?» Evidentemente se trataba de puros pretextos para ocultar en los ambientes eclesiásticos un desmedido afán de honores, poder y dinero, algo totalmente contrario al espíritu del Evangelio. En esta misma línea iba mi deseo de que fuera cambiando el vestuario de los dignatarios de la Iglesia. A veces cierta manera de vestir de los obispos y de los cardenales me parecía carnavalesca, cosas de siglos pasados, propias de los reyes y de los príncipes en algún momento de la historia. Lo mismo con relación a los títulos de «excelencia», «eminencia» y similares. Fíjense que en las procesiones, si bien recuerdo, los obispos llevaban una cola de tres metros y los cardenales de seis. Había un encargado para llevarla (como se hace ahora con las novias), que se llamaba caudatario (cauda = cola). Todo esto me parecía abiertamente contrario al espíritu del Evangelio y me dio mucho gusto al ver como poco a poco fue desapareciendo de la vida de la Iglesia. Otro tema que me llamó mucho la atención fue el de la «Iglesia de los Pobres», es decir, una Iglesia en que los pobres se sintieran a gusto y pudieran vivir su fe sin ningún tipo de marginación. Antes del Concilio, en realidad, era evidente, dentro de la Iglesia, una cierta discriminación entre los ricos y los pobres. Era difícil, casi imposible, ver a un pobre que enseñara el catecismo a una persona rica. Normalmente los que tenían una mejor posición social eran los que más rodeaban al cura y al obispo. En algunos templos había sillas o bancas especiales con los nombres de las personas que las habían regalado y por lo tanto estaban reservadas para ellas y sus herederos. Si alguien se sentaba ahí, al llegar el dueño, tenía que pararse y ceder el lugar.

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En fin, con el Concilio, un aire nuevo de mayor autenticidad evangélica empezó a permear los distintos ambientes eclesiales: menos apariencias, menos honores y más fidelidad al Evangelio. Y todo esto con miras a favorecer una vida cristiana más auténtica al interior de la Iglesia y al mismo tiempo ponerla en mejores condiciones para poder cumplir con más eficacia el mandato de Cristo de ir a predicar el Evangelio por todo el mundo. Ésta fue mi percepción acerca del papel que el Concilio Ecuménico Vaticano II estaba destinado a desarrollar en la historia de la Iglesia. Era convicción común que con el Concilio se preparaba para la Iglesia un «Nuevo Pentecostés». Al escuchar el relato del p. Enrique acerca de la manera cómo percibió el acontecimiento conciliar, entendemos más el desaliento que lo embarga actualmente ante una realidad muy diferente de la que había soñado en su juventud. Con miras a profundizar más dicho acontecimiento, alguien le pregunta: — Padre, antes, durante e inmediatamente después del Concilio ¿nadie se dio cuenta de los riesgos que se perfilaban para el futuro de la Iglesia con las medidas que se estaban tomando? — Muy pocos, que por lo general eran tachados de retrógradas. El entusiasmo y la euforia del momento nos volvieron ciegos casi a todos. Era tan grande el deseo de cambio que se estaba dispuesto a cualquier sacrificio con tal de acelerar la llegada del «Nuevo Pentecostés», visto como el inicio de una «Nueva Primavera» dentro de la Iglesia. Se trataba de una fe ciega en los destinos de la Iglesia, convencidos de que se estaba viviendo uno de los acontecimientos más importantes de su historia. Después los hechos demostraron ampliamente cuán provechoso hubiera sido para todos haber tenido en cuenta muchas señales de alarma, que desde un principio empezaron a surgir por todas partes. Se trató de un descuido, cuyas consecuencias aún no alcanzamos a medir adecuadamente.

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Capítulo 3

DEL TRIUNFALISMO AL COMPLEJO DE CULPA Y AL DERROTISMO
Pues bien, en este clima de esperanza y fervor religioso cursé parte de la filosofía y toda la teología. Con esta misma esperanza y el mismo fervor me ordené sacerdote, animado por un celo apostólico y un deseo de santidad sin medida. A eso me llevaba toda mi formación y experiencia anterior, desde la niñez, la adolescencia y la juventud como seminarista. Sin embargo, poco a poco todo se fue desvaneciendo al surgir en los ambientes eclesiales un liderazgo, cuya misión parecía ser la de acabar con los mismos cimientos de la Iglesia, haciendo de ella una simple institución humanitaria, destinada esencialmente a favorecer el bienestar material de la sociedad, abandonando a su suerte las comunidades cristianas, que poco a poco fueron decayendo, dominadas por una profunda «asfixia espiritual». Puesto que se trataba de «teólogos» de renombre y de «obispos» destacados, era difícil disentir de ellos públicamente en nombre de lo que siempre se había creído y enseñado en la Iglesia. Se hablaba de teología «conciliar» en oposición a la teología «tradicional» o «preconciliar», de «progresistas» y «conservadores», como si los asuntos de la fe y la vida de la Iglesia fueran un simple problema «teológico», sujeto a los gustos y a las modas del momento. Años después una frase del Papa Paulo VI me ayudó a aclarar todo el asunto «El humo de Satanás llegó hasta el altar». Sí, esto fue lo que pasó y lástima que me di cuenta demasiado tarde: Satanás

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metió la cola en el asunto de la puesta al día en la Iglesia y todo se enturbió. El espíritu iconoclasta y la manía de novedad invadieron largos sectores del clero y la vida religiosa, que poco a poco fueron perdiendo el sentido de su misión, causando un enorme desconcierto y una tremenda angustia entre los feligreses, al quedarse sin una guía segura como había sucedido en el pasado. De por sí, desde el anuncio del Concilio, ya se preveía que los nuevos aires, que se empezaban a respirar, iban a causar algún tipo de trastorno dentro de la Iglesia. Posiblemente iban a causar algún resfriado especialmente a sus miembros más delicados, acostumbrados a vivir siempre apegados a las sotanas de los curas y evitando cualquier contacto con ideas o personas, que pudieran poner en peligro su fe. Pero la realidad rebasó todas las previsiones. Ya no se trató de un simple resfriado, sino de una verdadera pulmonía, que en muchos casos llegó a causar un verdadero colapso de las instituciones eclesiales. Poco a poco los seminarios se fueron vaciando, muchos clérigos dejaron el ministerio y las congregaciones religiosas sufrieron el más grande descalabro de su historia. En realidad, ya no tenía sentido entregarse totalmente a Dios, si en el fondo se trataba de desarrollar una labor esencialmente humanitaria. En este caso, era mucho mejor meterse directamente en la política o adherirse a una ONG (organización no gubernamental), que entrar primero en un seminario o convento para después hacer lo mismo que los laicos, con la desventaja de contar con menos preparación específica y menos libertad de acción. Los documentos conciliares que más influyeron a crear esta situación, fueron los que se referían a la libertad de conciencia, la libertad religiosa y el ecumenismo. De por sí se trataba de documentos altamente positivos para formar la conciencia del católico en el nuevo contexto cultural, que poco a poco se iba perfilando en la sociedad, una sociedad que con extrema celeridad se estaba liberando de la tutela clerical para volverse cada vez más laica y plural. En este contexto, entonces, era necesario aclarar que todo ser humano tiene derecho a enfrentar el problema religioso según su capacidad, buscando a Dios con toda libertad (libertad de conciencia) y manifestando su fe públicamente, sin presiones de ningún tipo (libertad religiosa). Al mismo tiempo era necesario aclarar el nuevo tipo de relaciones que habría que establecer entre las distintas expresiones religiosas (diálogo ecuménico entre

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cristianos y diálogo interreligioso con relación a todas las demás religiones, empezando por los judíos y los musulmanes, por profesar como nosotros la fe en un solo Dios), relaciones impregnadas por un espíritu de tolerancia mutua y comprensión, teniendo en cuenta de una manera especial el peligro del ateísmo que asechaba a todos por igual. Pero las cosas no fueron interpretadas de esa manera. En los mismos ambientes eclesiales, se empezó a interpretar estos documentos de una manera totalmente descabellada, al margen y en contra del sentir de la Iglesia, como si se tratara de gente profana, sin ningún conocimiento de la doctrina católica. Muchos empezaron a pensar: «Si cada quien está libre de escoger la religión que más le guste y todas las religiones son igualmente buenas para descubrir y acercarse a Dios, y así alcanzar la salvación, ¿para qué perder tiempo en aclarar a nuestros feligreses nuestra identidad católica? Que cada quien, en campo religioso, haga lo que más le convenga, sin ningún tipo de intervención de parte de los pastores. Los que quieran seguir siendo católicos, que lo hagan, y lo mismo los que prefieran cambiar de religión. Libertad total. Además, el Evangelio es muy exigente. ¿Para qué insistir tanto para que sea conocido y aceptado por todos?». En esta misma línea fue interpretado el gesto del Papa Juan Pablo II de pedir perdón por los pecados que en el pasado cometieron algunos de los hijos más destacados de la Iglesia. En lugar de ver en este gesto un testimonio de humildad y sinceridad de parte de la Iglesia Católica, condición esencial para establecer entre todos relaciones de comprensión, se vio como un reconocimiento implícito del papel negativo, desarrollado por la Iglesia en el pasado, y la aceptación clara de tratarse de una institución puramente humana como cualquier otra, sujeta a todos los vaivenes de la historia. Desde entonces, para muchos miembros del clero y la vida consagrada, su tarea principal fue la de ensalzar los valores presentes en las demás organizaciones religiosas y rebajar el papel de la Iglesia Católica en orden a su desempeño histórico y en orden a la salvación. Y todo esto, con miras a favorecer un clima de igualdad entre todas las organizaciones religiosas, condición esencial, según ellos, para crear un nuevo tipo de sociedad a la insignia de la paz y la comprensión. Y así poco a poco todo se fue desmoronando, al dejar solo al católico ante los ataques despiadados de los grupos proselitistas.

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«¿Y el dato bíblico? — me preguntaba — ¿Y el sentido de la fe que animó a la Iglesia a lo largo de dos mil años de historia?» Para muchos se trataba de problemas sin sentido, como si el pasado no tuviera ninguna incidencia en los asuntos de la fe. Otra pregunta que me hacía, era la siguiente: «¿Cómo se llegó en tan poco tiempo a un cambio de mentalidad tan radical dentro de la Iglesia?» La respuesta me vino de un antiguo compañero de seminario, que, una vez ordenado sacerdote, había sido enviado a especializarse en sociología en una universidad oficial. «Al principio — me confesó —, traté de quedarme bien apegado a mis principios religiosos, sin dejarme llevar por el ambiente, que por lo general era contrario a dichos principios. Pero poco a poco tuve que ceder para poder seguir con mis estudios, entrando así en una especie de esquizofrenia intelectual: por un lado pensaba como católico y por el otro, en el ambiente universitario, pensaba y actuaba como agnóstico. Hasta que me fui olvidando de mis principios religiosos y me dejé llevar totalmente por el ambiente pagano que me rodeaba, sin fijarme en mi identidad como sacerdote católico y cayendo en el más grande indiferentismo religioso. Y todo esto para estar a la moda y no tener problemas con la gente con la que convivía, que por lo general no comulgaba con los principios cristianos. Así que fui enviado a la universidad para entender mejor la cultura actual y así estar en mejores condiciones para transmitir el mensaje evangélico a la gente de hoy. Pero en la práctica ¿qué pasó? Que la cultura profana me ganó y me olvidé del Evangelio que tenía que vivir y transmitir, volviéndome en uno de tantos. La sal perdió su sabor (Mt 5, 13). Claro que seguía dando misa y administrando los sacramentos; pero lo hacía todo sin ganas, diluyendo las exigencias del Evangelio y no mencionando los aspectos, que más contradecían mi nueva manera de ser y actuar. Hasta que no entré en una profunda crisis espiritual que me llevó al borde de la desesperación. Afortunadamente un antiguo amigo me llevó a un «Seminario de vida en el Espíritu», donde tomé conciencia de mi situación y regresé al fervor de mis años mozos, rechazando tantas ideas chuecas que habían envenenado mi vida». Mis queridos amigos, me temo que ésta haya sido la experiencia de la Iglesia a partir del Concilio: quiso abrirse al mundo para evangelizarlo, pero quedó atrapada por el mundo. En lugar del «Nuevo Pentecostés» se topó con el «Antiguo Babel». «¿Hasta cuándo?», me pregunto.

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A medida que el p. Enrique va presentando su experiencia con relación al cambio de mentalidad que se ha dado en la Iglesia a partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, muchas cosas se van aclarando en nuestra mente. Muchos tienen ganas de aportar su experiencia personal para definir mejor algunos detalles del cuadro eclesial, dibujado por el p. Enrique. Empieza un seminarista de teología: — Es cierto lo que acaba de decir el p. Enrique. Por ejemplo, actualmente en el seminario en que estoy estudiando teología, solamente se habla del ecumenismo y el diálogo interreligioso. Nunca se habla de la apologética, que ayuda al católico a sentirse seguro en su fe y a tener una respuesta a los cuestionamientos y los ataques que le pueden venir de afuera. Hasta se burlan de uno, cuando trata de hacer esto por su cuenta, buscando por aquí y por allá. No faltan casos en que alguien se ufane por contar con parientes o amigos que dejaron la Iglesia Católica para formar parte de algún grupo proselitista. — Yo conozco — añade otro seminarista — a un cura, cuya madre se acaba de cambiar de religión, sin que él haya hecho algo para ayudarla a no dejarse atrapar por los que desde hace años estaban luchando por conquistarla. Por otro lado, ¿qué podía hacer, al no contar con ninguna herramienta específica con relación a esta problemática? De hecho, en este aspecto, lo único que se enseña en el seminario es aprender a respetar a los que tienen otras creencias; nunca se enseña a uno a sentirse seguro en la fe y no dejarse confundir por los que la atacan. Como si viviéramos en el país de las maravillas, en que todo fuera amor y comprensión. Además, para nuestros maestros, lo que les importa es dar su clase, comentando los documentos oficiales, y ya. No les importa si sirven o no para nuestra vida personal y nuestro apostolado. — Hasta se burlan de uno, si trata de ayudar a un católico a no dejarse enredar por los grupos proselitistas. Según ellos, habría que dejar a los católicos sin ninguna orientación al respecto para que puedan tomar una decisión con toda libertad. Como dice un refrán «Cada quien se rasque con sus uñas». En una ocasión, hablando con un fanático ecumenista, éste me dijo «Puesto que los católicos practicantes somos el 5% del total y no estamos en condiciones de aumentar su número por falta de personal, ¿por qué no dejamos que los demás sean evangelizados y atendidos por los grupos no católicos? Mejor un buen evangélico que un mal católico. Por lo tanto, ¿para qué preocuparnos por los que dejan la

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Iglesia? Posiblemente allá se encuentran mucho mejor que en la misma Iglesia.» — Además, hablar de la Iglesia Católica como la única Iglesia fundada por Cristo, para muchos representa algo negativo, un intento de regresar a la actitud triunfalista del pasado. A este punto, puesto que todos quieren comentar algo al respecto, por un rato se suspende el encuentro y se forman pequeños grupos espontáneos, en que todos tienen la oportunidad de intervenir con más libertad, presentando sus opiniones y experiencias o haciendo algún comentario a lo que se acaba de escuchar. Al mismo tiempo, algunos aprovechan para tomar un cafecito, otros van al baño y otros se levantan para desentumirse las piernas, dando unos pasos por aquí y por allá. — En mi parroquia, por ejemplo — comenta un catequista en su grupo —, el párroco, por un malentendido ecumenismo, quiso obligarnos a todos a integrarnos a un grupo evangélico, puesto que en nuestro pueblito no había capilla. Claro que nadie le hizo caso y, al comentar el asunto con el obispo, éste nos felicitó por nuestra actitud de fidelidad a la Iglesia y nos apoyó económicamente para construir nuestra capilla. — En mi pueblo — comenta otro agente de pastoral — hay dos equipos de futbol: uno de los católicos y el otro de los evangélicos. Pues bien, ustedes no me lo van a creer, el capitán de los evangélicos es nuestro párroco. ¿La razón? Los evangélicos se portan mejor que los católicos y por lo tanto son sus mejores amigos. A veces me pregunto: «¿Cómo van a mejorar los católicos, si su pastor se dedica solamente a la administración de los sacramentos?» Así que por un lado se sirve de los católicos para resolver el problema económico y por el otro simpatiza con los evangélicos porque se portan mejor. A veces me pregunto «Puesto que quiere juntarse con gente buena, ¿por qué no ayuda a los católicos a mejorar su conducta?» Otro participante en el encuentro habla de algo realmente increíble que escuchó por radio. Según él, en una ocasión escuchó a un sacerdote decir: «No sean cerrados. Ábranse. No tengan miedo de hacer otras experiencias diferentes. Hagan como hago yo que, cuando tengo algún tiempo libre, voy por la calle y, al toparme con algún templo no católico, me meto sin preguntar a qué grupo pertenece. Así aprendo muchas cosas, que antes ignoraba por completo». ¡Qué santa ingenuidad! No se da cuenta de que, si un

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católico impreparado frecuenta el templo de un grupo proselitista, pronto lo van a envolver y va a dejar la Iglesia. Un seminarista muere del ansia por compartir su experiencia — Hace unos meses, durante la semana dedicada a la unidad de los cristianos (del 18 al 25 de enero), tuvimos en el seminario un encuentro ecuménico en que participaron como exponentes también algunos líderes de comunidades no católicas. ¿Y qué paso? Que, mientras el conferencista católico se limitó a presentar una breve reseña histórica acerca del ecumenismo, los demás se aprovecharon de la oportunidad para atacar a la Iglesia Católica, trayendo a colación muchos elementos de la leyenda negra. ¿Y nosotros? Bien callados. Yo quise intervenir para aclarar las cosas, pero no me dieron la oportunidad. Después alguien, experto en el asunto, me dijo que así debe de ser aunque los demás nos ataquen, nosotros no tenemos que contestar, demostrando así nuestro amor hacia ellos, aunque por este hecho alguien pudiera quedar desorientado. Lo que pasó precisamente en el seminario. Al final, todos los seminaristas quedamos con un mal sabor de boca, como si ellos fueran los buenos y nosotros los malos de la película. Afortunadamente no falta una buena noticia. — En mi caso — comenta otro seminarista —, las cosas son diferentes. Gracias a Dios, apenas el obispo se enteró de las causas que estaban llevando a muchos católicos hacia la deserción, implantó en el seminario la materia de apologética, que abarca también el aspecto práctico con visitas domiciliarias, encuestas, cursillos, etc. Todos lo felicitamos, haciendo votos para que esto se vuelva ley en todos los seminarios. De otra manera, ¿cómo el futuro pastor de almas aprenderá a orientar oportunamente a los que se encuentran en dificultad por el fenómeno del proselitismo religioso, que hoy en día está afectando profundamente todas las comunidades católicas? Al reanudar el encuentro, el p. Enrique nos invita a compartir entre todos lo que se trató en los pequeños grupos y concluye con algunas reflexiones: — Lo que a mí más me molesta acerca de este asunto, es el sentido de irresponsabilidad con que actúan la gran mayoría de los clérigos y las religiosas. Ven que, portándose de esa manera, todo se está derrumbando y siguen sin mover ni un dedo para evitar el fracaso. Para ellos, es suficiente estar de acuerdo con algunos documentos de la Iglesia, que no vienen al caso, puesto que se

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refieren a otras situaciones y no tienen nada que ver con la problemática que en concreto nosotros estamos viviendo aquí. — Es el fenómeno de la globalización dentro de la Iglesia — comenta uno de los presentes. — Claro. Cuando se trata del problema de la globalización a nivel económico o político, todos levantan el grito al cielo, haciendo notar las consecuencias desastrosas que pueden derivar para algunos países o sectores de la sociedad. Sin embargo, cuando se trata del mismo fenómeno a nivel de Iglesia, nadie dice nada, felices de actuar en conformidad con algún «documento» oficial. En este caso, ¿qué habría que hacer? Tener en cuenta aquel principio de pastoral muy práctico: «Pensar globalmente y actuar localmente». ¿Entendieron? «Localmente», no «locamente», como se ha hecho en muchos casos y aún se sigue haciendo dentro de la Iglesia. De otra manera, todo se derrumba, sin que nadie se sienta responsable. Como sucedió con el nazismo y con tantos otros movimientos culturales o políticos del pasado. Uno piensa: «Yo obedezco y ya». Claro, esto te puede servir para tranquilizar tu conciencia, pero no resuelve el problema. Además, no exime de cierto tipo de responsabilidad, que puede volverse en complicidad. En nuestro caso concreto, ¿es posible que no sientas nada, al ver como la Iglesia se está desmoronando bajo tus mismas narices? Algunos dicen: «No importa la cantidad, sino la calidad. Yo con un pequeño grupo de católicos bien formados, me conformo». Les pregunto «¿Dónde está este pequeño grupo de católicos bien formados? ¿Qué está haciendo para formarlo? ¿O piensa que le va a caer del cielo?» Pura demagogia. Les digo esto, porque lo que les estoy comentando, no es pura teoría, sino parte importante de mi vida. Al principio uno se deja llevar por la moda y fácilmente logra tranquilizar su conciencia; pero después, con el pasar de los años, al hacer el balance de su vida, uno se da cuenta de que, no solamente se quedó con las manos vacías, sino también con la conciencia de haber causado daño a mucha gente. Y créanme, se trata de algo, que no es tan fácil de soportar. Uno tiene la impresión de haber jugado en el equipo equivocado o de haber perdido una apuesta. En mi caso concreto, por mi misma inmadurez, pronto me dejé fascinar por algunos líderes, que presentaban el ecumenismo y el diálogo interreligioso como la varita mágica que iba a remediar todos los males o resolver todos los problemas presentes y futuros dentro de la Iglesia y la sociedad. Así que pronto me lancé a buscar

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todas las intervenciones de la jerarquía al respecto. No me daba cuenta de que se trataba de una problemática lejana, que no tenía nada que ver con la problemática que se estaba viviendo en mi parroquia, donde apenas habían empezado a desarrollar su actividad los grupos proselitistas con un ansia conquistadora sin medida. Pues bien, en lugar de prevenir a mis feligreses acerca de este peligro, yo mismo les facilité el camino de la deserción. ¿Qué pasó? Que un día nos reunió el vicario foráneo y nos leyó un artículo, tomado de una revista de los Estados Unidos. En este artículo se presentaba la experiencia de una ciudad en que una vez por semana se reunían los curas católicos con los pastores luteranos, episcopalianos y de algún otro grupo ecuménico. El objetivo era preparar todos juntos la homilía del domingo siguiente, para que, según ellos, cada domingo el Pueblo de Dios no escuchara la voz de la Iglesia Católica, de la Iglesia Anglicana o de la Iglesia Luterana, sino escuchara en todas partes y al mismo tiempo la voz de la Iglesia de Cristo. Años después me di cuenta del grave error que se estaba haciendo al separar la Iglesia Católica de la Iglesia de Cristo y pensar que todos juntos (católicos, ortodoxos, luteranos, anglicanos, etc.) formamos la Iglesia de Cristo «complementariamente». Además, llevados por el fervor del momento, no caímos en la cuenta de que entre nosotros no había iglesias históricas, sino puros grupos proselitistas (testigos de Jehová, mormones, adventistas del Séptimo Día, pentecostales, etc.), con un afán de conquista incontenible. Así que, como verdaderos borregos, sin mayores reflexiones, nos aventamos a esta experiencia «ecuménica», que por cierto duró muy poco, abriendo totalmente las puertas a estos grupos, que apenas estaban dando sus primeros pasos en nuestra región y se aprovecharon de nuestra ingenuidad para afianzar su presencia. El mismo vicario foráneo, comentando hace poco esta antigua experiencia, se sintió muy apenado por su propuesta y aclaró que también en Estados Unidos resultó un verdadero desastre en el sentido de que nuestros hermanos separados se aprovecharon de la oportunidad que se les dio para crear confusión y conquistar a más católicos, hasta que la experiencia se dio por terminada. No obstante este descalabro, el ansia ecuménica era tan grande que en alguna ocasión acompañé a mi párroco (entonces yo era vicario) a visitar distintos templos evangélicos presentes en el territorio parroquial, induciendo a los feligreses a seguir nuestro

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ejemplo y por lo tanto abriéndoles el camino hacia el abandono de la fe católica. Pues bien, ahora, a unos veinte años de distancia, al notar que por lo menos el 20% de mi antigua feligresía ya se cambió de religión, me siento mal. Reconozco que no he sido un buen pastor para mis ovejas. Por mi culpa muchas ovejas salieron del redil. Y esto me inquieta bastante. Otro problema. Hace unos años, al tomar conciencia de esta situación, traté de remediar buscando por aquí y por allá algo que pudiera ayudar a mis feligreses a fortalecer su fe ante los ataques de las sectas. ¿Y qué pasó? Que me volví en la burla de todos los demás curas. Desde entonces me empezaron a llamar «el fundamentalista», «el inquisidor», «el peleonero», «el anti ecuménico» y «el que quiere hacer la guerra santa». No solamente esto, sino que por tratar de ayudar a mis feligreses a defenderse de los lobos rapaces, con el pretexto del año sabático, me quitaron la parroquia y se la dieron a otro cura que acabó con lo poco que había logrado, dejando una vez más a los feligreses totalmente desprotegidos ante el ansia devoradora de los grupos proselitistas, que se aprestan a hacer su nuevo agosto. Se ufana de tener a los pastores como sus amigos, cambió el sistema de la catequesis (que tenía un tinte completamente bíblico y apologético), regresando al antiguo método, eliminó a los agentes de pastoral que más comulgaban con mis ideas. En fin, por todos los medios posibles está tratando de hacerme la guerra, una guerra contra un fantasma, puesto que yo ya me encuentro lejos y no tengo ninguna injerencia en mi antigua parroquia. Y para colmo, en estos días me llamó el vicario general, que al mismo tiempo está encargado del ecumenismo a nivel diocesano, y me propuso ir a su parroquia para ayudarlo. Ayudarlo ¿cómo?, me pregunto, ¿volviéndome como él en una «máquina sacramentaria»? De hecho, mientras utiliza un lenguaje muy sofisticado en el campo del ecumenismo y el manejo de la problemática social, en la práctica se dedica a la pura administración de los sacramentos, como medio para sacar dinero y vivir cómodamente. Ante esta situación, sinceramente no sé qué hacer. Me doy cuenta de que no tiene sentido trabajar en estas condiciones.

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Capítulo 4

LOS POBRES: DE CRISTO A MARX
Al oír todo esto, nos quedamos como anonadados. Nunca nos habíamos imaginado el tipo de crisis que estuviera enfrentando el p. Enrique. Pensábamos que se trataba de un simple desaliento, debido a los cambios propios de la edad, y nos damos cuenta de que se trata de una profunda crisis existencial, como cuando uno pierde el rumbo y ya la vida no tiene sentido. Posiblemente somos los primeros y los únicos a tener acceso a este tipo de confidencias, un privilegio de un valor excepcional, máxime por tratarse de un cura muy reservado por temperamento y formación. Puesto que todos estamos sumamente interesados en lo que nos está compartiendo y no damos signos de ceder ante Morfeo, el p. Enrique sigue adelante con su relato, feliz de encontrarse con gente interesada en conocer los antecedentes que lo han llevado al estado de depresión en que se encuentra actualmente, antecedentes que tienen mucho que ver con la vida de la Iglesia en los últimos decenios. — Como ven, mis queridos amigos, ésta es mi situación. Posiblemente ésta será la primera y última vez que escucharán a un cura hablar con tanta libertad y sinceridad de lo que le pasa. En efecto, los curas, por nuestra misma formación, estamos acostumbrados a escuchar confidencias pero no a hacerlas, dispuestos a aguantar hasta reventar, y a portarnos como si fuéramos estatuas y no gente de carne y hueso, más identificados con el papel que desempeñamos como guías de la comunidad que

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como seres humanos, sujetos a todos los vaivenes de la vida como todos los mortales. Ahora bien, les voy a platicar acerca de otro aspecto que representó uno de los ejes fundamentales de mi vida. Me refiero al problema de los pobres. Antes y durante el Concilio, el problema de los pobres era visto a la luz de la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia, como un tesoro que la Iglesia tenía que cuidar con cariño. Poco después todo cambió. Se dejó la perspectiva bíblica para pasar a la perspectiva cultural del momento, en concreto a la perspectiva marxista. Según mi manera de ver las cosas, el fantasma de Marx influyó demasiado en los asuntos de la Iglesia durante y después del Concilio. En realidad, era convicción común que el marxismo, en su vertiente filosófica con el ateísmo y en su vertiente económica con el socialismo (o comunismo), iba a marcar fuertemente el futuro de la historia. De ahí la insistencia de los padres conciliares en unir todas las fuerzas de los creyentes para hacerle frente (ecumenismo y diálogo interreligioso). De ahí también, después del Concilio, de parte de los que estaban interesados en apoyar la causa de los pobres, la urgencia de realizar algún tipo de alianza con los marxistas (que supuestamente eran los que más estaban luchando en favor de los pobres) para lograr una sociedad más justa e igualitaria. De inmediato surgieron en la Iglesia por todos lados grupos de reflexión acerca de esta problemática, animados generalmente por religiosos, religiosas y seminaristas, que se sentían como los nuevos cruzados, dispuestos a todo con tal de acelerar el adviento de un nuevo tipo de sociedad. A escondidas (para no ser descubiertos por los organismos de seguridad del estado) se estudiaban los textos de Marx o sus comentarios; se buscaban contactos con los marxistas, metidos en las guerrillas; muchos clérigos soñaban con volverse en comandantes, con sus uniformes militares bien planchados y su buena pistola al cinto. Guerrilleros de salón, al fin, contando con todo tipo de seguridades: su buena casa, su buen carro y su buen trabajo, que podía ser en el colegio, el hospital o la parroquia, y al mismo tiempo libres de todo escrúpulo, dispuestos a hacer de las masas desheredadas, que pretendían emancipar, carne de cañón al enfrentarse a las fuerzas de seguridad del estado en el intento de derrocar a los gobiernos establecidos. Claro que, ante estas contradicciones tan evidentes, muchos se alertaron y empezaron a marcar distancias y deslindar

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responsabilidades, dando origen a todo tipo de polarización al interior de las órdenes y congregaciones religiosas y en el clero diocesano, mientras el laicado más comprometido religiosamente se organizaba en los movimientos apostólicos y eclesiales, tratando de llenar el vacío dejado por el clero y la vida consagrada. Naturalmente todo esto se me fue aclarando poco a poco, con el pasar de los años y atando cabos según la experiencia que mano a mano iba haciendo. Lo que sí puedo afirmar con toda certeza es que nunca me dejé envolver en ideologías de tipo marxista o posturas teológicas heterodoxas. Siempre me acompañó una especie de instinto de la verdad, que me impidió caer en cualquier tipo de trampa, viniera de donde viniera. Claro que yo también, por un cierto tiempo, caí en las redes de la demagogia, considerando como líderes de confianza a los promotores de esta nueva manera de ver el papel de la Iglesia en el mundo (se hablaba de la necesidad de «involucrarse en los procesos históricos»).Entre ellos destacaban los obispos Don Sergio Méndez Arceo de Cuernavaca (México) y Dom Elder Câmara de Olinda y Recife (Brasil), con los cuales tuve algún contacto personal. Pero pronto, al conocer mejor sus posturas, me fui alejando, sin dejar de apreciar su sincero amor por los pobres, su testimonio de vida y su lucha por inyectar aire nuevo en algunos aspectos de la vida eclesial, como la liturgia y la promoción del laicado mediante pequeñas comunidades cristianas, muy metidas en el propio ambiente para ser fermento de cambio a todos los niveles. Lo que no me gustaba de ellos y de otros líderes religiosos, que mano a mano iban surgiendo, era su coqueteo con el marxismo, su incompetencia y continua injerencia en los asuntos políticos y económicos, su visión estatista de la sociedad y su extrema superficialidad acerca de las causas del subdesarrollo y la manera de eliminarlas. Me parecía que, con su manera de ver las cosas, en lugar de ayudar a la sociedad a resolver el problema de la pobreza, lo iban a empeorar, volviéndose en «fabricantes de miseria», como la situación real de los países socialistas (comunistas) estaba demostrando ampliamente. Pues bien, estas reflexiones y algunas experiencias personales al respecto (años 1969-1972) me impulsaron a cortar con ese tipo de gente, que en el fondo pretendía servirse de la Iglesia para proyectos de tipo político y económico, dando origen a un cristianismo híbrido, en que no se respetaban los distintos ámbitos, confundiendo las cosas de Dios con las del César.

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Algunos hechos de una manera especial me ayudaron a darme cuenta de esta situación y me llevaron a tomar una decisión tan drástica. Se los voy a presentar de una manera muy resumida y sencilla. En aquel tiempo, recién ordenado sacerdote, el obispo me confió el cuidado pastoral de algunas colonias populares, consideradas como el «dormitorio» de la ciudad, puesto que la gente de allí todos los días tenía que trasladarse a la ciudad para el trabajo. Imagínense la cantidad de problemas presentes a todos los niveles. Pues bien, para «concientizar» (otra palabra que se empezó a utilizar en aquellos años) a la gente y ayudarla a luchar por el cambio, fundé un periódico, titulado «El Despertador», que se imprimía de una manera casera y con un costo mínimo mediante el mimeógrafo. Poco después entraron en la zona algunos jesuitas, deseosos de ensayar sus teorías libertarias. También ellos fundaron un periódico, titulado «El Coyote Hambriento», más radical y dedicado exclusivamente a los problemas de tipo social, económico y político. Al contar con pocos simpatizantes, me invitaron a unir fuerzas y salió el periódico «El Despertar del Pueblo», tomando ellos la dirección. Resultado: desde entonces ningún artículo mío salió en el nuevo periódico. Lo que nos quedaba a mí y a mi gente era sencillamente su distribución en nuestras capillas, sin que pudiéramos influir en las ideas que se manejaban, puesto que entre nosotros y ellos había diferencias muy marcadas (nosotros tratábamos también temas de tipo pastoral y ellos no). Tal vez por mi ingenuidad o buena fe, no di importancia al asunto y acepté otra sugerencia de los jesuitas: juntar los líderes de mis grupos con sus líderes para una pastoral de conjunto más eficaz. También en este caso pasó lo mismo: en todos los encuentros sus líderes brillaban por su ausencia. ¿El contenido de sus intervenciones? Doble lenguaje: uno para los del montón y otro para los escogidos. A estos se les hablaba con toda claridad de guerrilla y levantamiento armado para construir una nueva sociedad al estilo de Cuba. A mi objeción acerca de la moralidad de dicho planteamiento y su viabilidad, por encontrarnos demasiado cerca de los Estados Unidos, sencillamente se reían con un sentido de superioridad «ideológica». Por fortuna se trató de una experiencia muy breve, puesto que pronto descubrí algo que me puso en alerta máxima y me impulsó a cortar por lo sano. Un día fui a la casa de los jesuitas. Estaba abierta la puerta y entré. No había nadie. Esperé unos minutos, cuando de pronto llegó una muchacha de unos dieciséis -

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dieciocho años de edad, muy contenta por darme las primeras noticias. Evidentemente me había confundido con algún jesuita. Me contó que acababa de llegar de Cuba, donde había estado durante algún tiempo para entrenarse en la guerrilla urbana juntamente con otros jóvenes que estaban por llegar, cada uno por caminos diferentes, dando vueltas de un país a otro para borrar cualquier huella que pudiera llevar a los órganos de seguridad a descubrir su identidad y actividad subversiva. Me parecía escuchar un cuento de espionaje, con pasaportes falsos, nombres ficticios y un montón de peripecias. Sencillamente me asusté. Qué bueno que la conversación duró unos cuantos minutos, puesto que la muchacha traía bastante prisa. Solamente me dejó el encargo de avisar a los demás acerca de su llegada y la llegada de los amigos que venían de Cuba. Así que, al volver a quedarme solo, me salí inmediatamente de la casa, antes que me viera alguna persona conocida que tuviera algo que ver con este tipo de actividades. Pensé: «Si se dan cuenta de que alguien fuera de su círculo está enterado de sus planes, lo más probable es que traten de eliminarme en la mayor brevedad posible, para evitar cualquier peligro de ser delatados». Así que apresuré mi cambio, que ya de por sí estaba previsto por aquel tiempo, y pronto me trasladé a la sierra. Después me enteré de que, desde hacía algún tiempo, el gobierno había infiltrado a alguien en aquel grupo. Así que, al darse cuenta de este hecho, todos se dispersaron, posiblemente para reconstituirse y actuar en otros escenarios. Esto explica porque, al formalizarse la Teología de la Liberación, me encontré entre sus más decididos opositores, no obstante haber tenido al principio un cierto contacto con algunos de sus líderes más destacados y comulgar con algunas de sus posturas. Ahora bien, a raíz de esta experiencia, encontrándome en la nueva misión, traté de ser más precavido, evitando todo contacto con los seguidores de la Teología de la Liberación y dedicándome a la tarea de ayudar a los pobres a volverse en protagonistas de su destino, sin ideologías extrañas y abarcando todos los ámbitos de la vida, no solamente el aspecto económico y político. De esta manera, en poco tiempo logré multiplicar el número de las capillas, hasta abarcar todos los núcleos poblacionales. Hasta los ranchitos de diez - quince casas, contaban con su capillita, que en muchos casos era de palos de ojote y techo de zacate. Lo importante era que todas las poblaciones, por pequeñas que fueran, contaran siempre con su lugar de oración y sus agentes de pastoral,

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bien formados en los centros catequísticos, diseminados a lo largo y lo ancho del inmenso territorio parroquial, donde se reunían periódicamente para compartir experiencias y recibir formación. Los mejores de entre ellos accedían a un centro diocesano (del cual yo era director), destinado a la formación de los diáconos permanentes. En el campo social promoví de una manera especial las cajas de ahorros (que ya estaban implantadas a mi llegada) y las cooperativas ganaderas, aprovechándome de la coyuntura política que se estaba viviendo en aquel momento, muy favorable al desarrollo del campo. Fue aquí donde más noté la mentalidad marxista que animaba a los seguidores de la Teología de la Liberación. En lugar de aprovecharse de cualquier oportunidad para promover el bienestar del pueblo, hacían todo lo posible para hundirlo más. ¿Con qué objetivo? Exasperar y evidenciar las contradicciones presentes en la sociedad, para acelerar de esa manera el proceso de cambio mediante un levantamiento armado con las consecuencias que todos conocemos. Posiblemente fue en el aspecto social donde coseché éxitos más duraderos, puesto que los curas, que con el tiempo tomaron mi lugar, no lograron convencer a los campesinos a dejar las cooperativas para dedicarse a la huerta familiar, la cría de conejos y la medicina natural (que eran su especialidad), con el pretexto que, según ellos, mediante las cooperativas los bancos los estaba explotando. Evidentemente nadie les creyó y los «liberadores» tuvieron que cambiar de parroquia, en busca de gente más ingenua que convencer. En los demás aspectos, al contrario, lograron acabar casi por completo con el trabajo que yo había realizado anteriormente, dando poca importancia al papel de los catequistas y reduciendo al de monaguillos el papel de los diáconos permanentes. Al mismo tiempo, mientras con los labios afirmaban estar en favor de los pobres, en la práctica, al interior de la Iglesia, a los laicos no les dejaban ninguna oportunidad para ejercer su ministerio y, cuando se lo permitían, de todos modos no les daban ni un centavo por sus servicios, portándose como verdaderos explotadores. Ni modo. Este es precisamente uno de los grandes problemas que nosotros tenemos a nivel de Iglesia: muchas veces lo que uno construye, el otro destruye, por celos, envidia o no saber dar continuidad a las iniciativas. Y todo esto, al revisar mi acción pas-

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toral de más de tres décadas, me deja muy confundido y me quita las ganas de seguir trabajando en estas condiciones. Con relación al problema de las vocaciones, ustedes mismos se han dado cuenta de lo que ha pasado. ¿Dónde están ahora los curas y seminaristas que yo promoví para el seminario? Unos cuantos están presentes aquí. ¿Y los demás? Ya se sienten progresistas, con ideas muy avanzadas, y por lo tanto se avergüenzan de sus humildes orígenes y de haber tenido algo que ver con un cura a la antigüita, que aún cree en los dogmas y en la superioridad de Cristo con relación a los fundadores de otras religiones, en todo lo que tiene que ver a la salvación. Y todo esto, créanme, duele y desalienta. Uno tiene la impresión de haber sembrado en el mar. Y seguir sembrando en el mar no parece la mejor opción de vida que digamos.

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Capítulo 5

MEA CULPA
Pide la palabra un seminarista: — Por lo visto, de seguir así, nuestra Iglesia cada día irá perdiendo siempre a más gente. Ahora mi pregunta es la siguiente: «¿No habrá una manera de parar esa constante sangría de católicos hacia los grupos proselitistas y el indiferentismo religioso y al mismo tiempo empezar a pensar en la posibilidad de recuperar el terreno perdido y avanzar en la misión encomendada por Cristo de anunciar el Evangelio a toda criatura?» — Claro que es posible. A condición de hacer primero un serio examen de conciencia a nivel de Iglesia y después estar dispuestos a rectificar la ruta. — Una especie de autocrítica. — Precisamente. No basta pedir perdón a Dios cuando ya se perdió todo. Ahora es el momento de pensar en serio en las causas que nos han llevado a este desastre y buscar el remedio. Es tiempo de hacer un serio análisis de la realidad eclesial, buscar la raíz de los males que nos afligen actualmente y ensayar el remedio. Ya basta de demagogia y flojera. Es tiempo de ver las cosas según el Evangelio y no según el mundo, en el afán de llevarse bien con todos a costa de perderlo todo. — Según usted, ¿cuál sería el obstáculo principal que impide un serio análisis de la realidad eclesial con miras a una recuperación del papel originario de la Iglesia? — El hecho que aún siguen vivos y coleando muchos de los actores que causaron este enorme desastre. Para evitar que sean señalados con nombre y apellidos, se prefiere seguir adelante, como si no hubiera pasado nada o como si todo fuera obra del destino. Y

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como pasa siempre, los más débiles son los que pagan el pato, siguiendo en la confusión y el abandono. Lo mismo que estaba sucediendo con los curas pederastas, hasta que la situación se hizo insostenible y la alta jerarquía tuvo que tomar cartas en el asunto. Otro obstáculo es el siguiente existe una convicción generalizada de que, si alguien se siente seguro de encontrarse en la verdad, corre el riesgo de volverse intolerante hacia los demás. Pues bien, para que esto no suceda, muchos piensan que es mejor que todo quede suspendido en el mundo de lo posible o por lo menos que esta convicción se quede en el fuero interno de la propia conciencia y no se exprese públicamente, para no perjudicar el diálogo con los demás, que representa el bien supremo que habría que salvaguardar a como dé lugar. Así que, en nombre de un supuesto bien superior (no señalar a los culpables y favorecer el diálogo a toda costa), se deja al pueblo católico en la incertidumbre, sin ideas claras acerca de su identidad, como si estuviéramos en un plan de búsqueda total, completamente abiertos a lo que venga. Claro que, encontrándose el católico en esta situación, se queda extremadamente vulnerable ante los cuestionamientos y ataques de los grupos proselitistas, que no quieren saber nada ni de diálogo ni de búsqueda y cuyo único objetivo consiste en conquistar a nuevos adeptos, utilizando todos los medios posibles, lícitos e ilícitos. Ahora bien, ante esta situación, ¿cómo habría que portarse? Ni triunfalismo ni complejo de culpa ni derrotismo en nombre de un diálogo a toda costa, arriesgando con perderlo todo, sino sencillamente estar conscientes de nuestra realidad como Pueblo de Dios (somos en plenitud la Iglesia de Cristo) y hacer todo lo posible por actuar en consecuencia, confiando en que ésta sea la única manera de colaborar eficazmente en la realización de los planes de Dios, que son siempre de salvación, aunque a primera vista pudiera resultar difícil aceptar algún aspecto, por estar en contra de la manera de pensar de la sociedad en general. Por otro lado, tenemos que estar bien convencidos de que nunca habrá coincidencia total entre la manera de ver las cosas de parte del mundo y la manera de ver las cosas de parte de Dios. Por lo tanto, si para nosotros lo máximo es llevarnos bien con todos, tenemos que reconocer que de por sí se trata de un camino equivocado (Lc 6,26) y posiblemente aquí está la clave que nos puede ayudar a entender el porqué en los últimos decenios hemos tenido un fracaso de tales dimensiones.

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— Fíjense que esta confusión —comenta otro seminarista—; no solamente existe entre la gente de la calle, que no cuenta con una sólida formación religiosa, sino también entre los que un día vamos a ser los guías de la comunidad cristiana, como somos los seminaristas y todos los que estamos estudiando teología. Muchos maestros, en lugar de aclararnos bien el sentir de la Iglesia acerca de los puntos fundamentales de nuestra fe, prefieren sembrarnos alguna duda o dejarnos en la incertidumbre, según ellos para vacunarnos contra el peligro de la intolerancia y hacernos más humildes e idóneos para el diálogo y la búsqueda. Según algunos, la vulnerabilidad sería el signo más grande de la autenticidad cristiana, mientras la seguridad sería un signo de soberbia, que llevaría a la intolerancia. Y así, mientras los de la competencia buscan a toda costa la seguridad, como medio para afianzar su práctica religiosa y su afán proselitista, nosotros preferimos sentirnos vulnerables, aunque esto implique poco fervor religioso e incertidumbre ante sus ataques. Por eso, cuando nuestros mismos feligreses en buena fe nos preguntan algo para salir de la duda que les están sembrando los de la competencia, ya no sabemos qué contestarles. Y ahí están las consecuencias: un catolicismo sumamente débil e inseguro, aunque, según los expertos, ésta sería la manera más correcta de favorecer el diálogo. ¿Con quién, me pregunto, si no se conoce la propia identidad? Ojalá que pronto las autoridades competentes hagan algo para aclarar este equívoco. Que se entienda de una vez que para un auténtico católico no puede haber ningún tipo de diálogo con quien sea sin tener una conciencia clara acerca de la propia identidad como miembro de la única Iglesia de Cristo. Que se entienda que no puede haber diálogo ni apertura sin identidad. Sería como una casa sin puerta ni ventanas, abierta a todos los vientos. — Algunos pastoralistas — añade otro seminarista — sostienen que en el paradigma del futuro no habrá cabida para otra opción que no sea el diálogo y la apertura con todos. — Según mi opinión, se trata de un paradigma totalmente utópico, sin ningún fundamento en la realidad. Como la historia ha demostrado ampliamente, estoy convencido de que siempre habrá gente disidente, que no aceptará ninguna regla, cuyo único objetivo será el de ganar a siempre más adeptos y cuya única norma será el fanatismo más absoluto. Estando así las cosas, lo único que a mí realmente me importa es vivir en el paradigma presente y no

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arriesgar con perderlo todo, soñando en un paradigma futuro, cuya llegada parece extremadamente dudosa. Interviene un laico comprometido, que está al frente de un centro catequístico — Antes se habló de «recuperar el terreno perdido». ¿Nos puede señalar alguna pista al respecto? — Con mucho gusto. Sin embargo, considero que primero será necesario «rehacer el camino andado» a nivel teológico, es decir, tenemos que recobrar el sentido de Iglesia y pertenencia a la misma, desechando todo intento de reducir y confundir su papel. Solamente después de haber recuperado el sentido de Iglesia, será posible pensar en «recuperar el terreno perdido». — ¿Cuáles serían, en concreto, los pasos a seguir? — Aquí están, de una manera muy esquemática. 1. Iglesia y Reino de Dios. ¿En qué consiste el Reino de Dios? En un mundo como lo quiere Dios, en que Dios esté al centro de todo y cada uno haga todo lo posible por establecer una relación correcta con Él, consigo mismo, el prójimo y la naturaleza; un mundo en que se vean las cosas a la manera de Dios y todo se haga de acuerdo con su voluntad. Estando así las cosas, evidentemente no existe ninguna oposición entre la Iglesia y el Reino de Dios. Al contrario, la Iglesia, por su misma naturaleza, se encuentra en mejores condiciones para favorecer el Reino de Dios, que sin duda rebasa sus fronteras visibles. Pero en la práctica ¿qué ha pasado? Que muchos seguidores de la Teología de la Liberación, para justificar su opción en campo político y económico y al mismo tiempo superar el escollo de las reservas puestas de parte de la jerarquía eclesiástica, han subrayado demasiado el papel del Reino de Dios en la predicación de Cristo con miras a disminuir el papel de la Iglesia, hasta eliminarlo. Ahora que todo esto ya pasó a la historia, considero muy importante que se ponga cada cosa en su lugar, viendo en la Iglesia no un obstáculo, sino el germen y el instrumento principal para el establecimiento del Reino de Dios en este mundo, en cuanto que la Iglesia está en mejores condiciones para definir, vivir y promover los auténticos valores del Reino. 2. Semillas del Verbo y Verbo Encarnado. Mismo problema de antes. Los intereses de tipo político y económico volvieron ciegos a los teólogos de la liberación. Claro

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que todos los pueblos, todas las culturas y todos los seres humanos cuentan con alguna chispa de verdad. Pero no es lo mismo una chispa que una llama. En nuestro caso concreto, no podemos rechazar o menospreciar el papel de la Iglesia-Cuerpo Místico de Cristo, en nombre de las «Semillas del Verbo», presentes en cada cultura, como si cada cultura tuviera derecho a desarrollar por su cuenta sus «Semillas del Verbo», sin tener en cuenta su desarrollo histórico en Cristo y su Iglesia. 3. Iglesia Católica y demás entidades eclesiales. Es un grave error pensar que todos formamos la única Iglesia de Cristo «de manera complementaria». La Iglesia Católica es la Iglesia de Cristo en plenitud, sin tratar de negar, menospreciar o reducir el alcance del valor salvífico o del papel que desempeñan las demás entidades eclesiales o simplemente religiosas. 4. Cristo y los demás fundadores de religiones. En orden a la salvación, no es lo mismo creer en Cristo, Moisés, Mahoma o Buda. Para nosotros católicos, es parte fundamental de nuestra fe reconocer y aceptar a Cristo como el único Salvador del mundo, de manera tal que todos los que alcanzan la salvación (católicos, luteranos, testigos de Jehová, judíos, musulmanes, budistas, etc.), la alcanzan esencialmente por la sangre de Cristo, aunque no se den cuenta explícitamente, y no por la intervención de tal o cual fundador de religión. Posiblemente estas afirmaciones para algunos pueden parecer muy fuertes, hasta hirientes para los que no comparten la misma fe, pensando que con esto se corre el riesgo de fomentar la discriminación (palabra mágica en estos tiempos) y aumentar los obstáculos para el entendimiento mutuo y la búsqueda de la unidad. Ni modo. En los asuntos de la fe, nadie tiene derecho a quitar o añadir nada, por ninguna razón. Lo único que se tiene que hacer, es consultar las Escrituras y averiguar el sentir de la Iglesia a lo largo de dos mil años de historia (Tradición). Hecho esto, no nos queda más que someter nuestra mente y nuestro corazón a los dictados de la fe (obediencia de la fe), nos guste o no nos guste. Tengo la impresión que precisamente a este malentendido se deba mucha confusión que se ha generado últimamente dentro de la Iglesia. Ojalá que pueda ser superada en la mayor brevedad posible, en aras de la fidelidad al Dios, en que creemos.

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Pues bien, hasta que no se logre esta aclaración, será imposible pensar en «recuperar el terreno perdido», reavivando la misión de la Iglesia ad intra y ad extra (hacia adentro y hacia afuera), una misión que después del Concilio prácticamente se colapsó. Fíjense que por los años setentas hasta se llegó a pensar en la misión como algo negativo, que habría que suspender (moratoria) para permitir a cada pueblo madurar en la fe según su propia manera de ser y sus posibilidades concretas, sin la presencia de los misioneros, vistos como unos intrusos y un estorbo, más que como una ayuda. ¡Hasta qué punto Satanás había penetrado en la Iglesia (hasta el altar), logrando sembrar la confusión en asuntos de tanta importancia y llegando a poner en peligro su misma supervivencia en muchas regiones! A medida que el p. Enrique avanza en su exposición, manifiesta más seguridad y entusiasmo. Parece haber vuelto a ser el orador y el apóstol que conocimos hace muchos años, de la palabra fácil y la mirada firme, como un capitán al frente de su batallón. Nos damos cuenta de que el revivir su experiencia, meter en orden sus ideas y compartirlas con gente de confianza, le sirve como catarsis. Ya no es el p. Enrique de hace unas horas, lento, alicaído y deprimido. Parece haber recuperado el brío de la juventud. Un viejo amigo, que le sigue la pista desde sus primeros pasos en el campo de la pastoral, le pregunta a qué se refería cuando dijo: «No basta pedir perdón a Dios cuando ya se perdió todo». — Antes que nada, me refería a un deber de conciencia con relación a Dios. Sin duda, hubo bastante descuido de parte de muchos encargados de apacentar el pueblo de Dios, que se daban cuenta de lo que estaba pasando y, por flojera o por no arriesgar con perder su popularidad, no intervinieron oportunamente para aclarar las cosas (pecado de omisión). Después me refería a un acto de justicia hacia todos los que sufrieron las consecuencias de una actitud tan irresponsable. De hecho hubo gran cantidad de presbíteros, religiosas y laicos, que, al no contar con una precisa orientación al momento oportuno, se extraviaron, unos cayendo en depresión como en mi caso, otros enfriándose espiritualmente y otros saliéndose de la misma Iglesia. Pues bien, estoy seguro de que un sincero «mea culpa» y una petición de perdón de parte de la comunidad eclesial podría resultar de mucha utilidad para los que, en el momento de la prueba, se sintieron abandonados. Y para hacer esto, no hay que esperar siglos, cuando todo pasó y ya no queda nada por hacer. No. Ahora es el momento de hacerlo,

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cuando se puede devolver la esperanza a muchos hermanos confundidos o desalentados. No sé si ustedes se dieron cuenta; son muchos, entre los mismos presbíteros, los que se encuentran en mi misma situación, sin ganas de hacer nada, al notar un descuido tan grande de parte de los responsables de guiar al pueblo de Dios. Claro que no faltan los dormilones, que no se dan cuenta de nada. A veces, hablando con mis colegas, les pregunto cómo van las cosas en su parroquia. «Todo bien — me contestan —. En mi parroquia, gracias a Dios, estamos muy bien organizados.» ¿Y las sectas?» «En mi parroquia no hay sectas». ¡Qué santa ingenuidad! O más bien, ¡qué enorme irresponsabilidad! Todo su territorio parroquial se encuentra tapizado de templos no católicos y el párroco no se da cuenta de nada. Para él, lo importante es que no le falte la chamba para sacar lo necesario para los frijolitos. Una vez que haya suficientes intenciones de misas, ceremonias de quinceañeras, bautismos y matrimonios, con eso se conforma. ¿Y el cuidado pastoral de los feligreses? «¿Qué es eso?». Una vez más: «Felices los ingenuos, porque de ellos es el Reino de la paz». A veces tengo la impresión de que muchísimos pastores de la Iglesia viven en las nubes, sin darse cuenta de lo que está pasando entre sus feligreses. Ni les va ni les viene. Ellos a lo suyo y que el mundo ruede. Una vez asegurado el pan de cada día, duermen tranquilos. ¡Felices ellos! Por lo menos no tendrán problemas de gastritis ni de colitis. ¿Hasta cuándo?

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Capítulo 6

MAR ADENTRO
El encargado del centro catequístico vuelve a la carga, repitiendo la misma pregunta — ¿Es posible recuperar el terreno perdido? En mi pueblo, por ejemplo, que cuenta con unos mil habitantes, más de la mitad ya no son católicos. ¿Qué se puede hacer? ¿Hay alguna esperanza de recuperarlos? Por otro lado, entre los que aún se consideran católicos, son pocos los que practican la fe. La mayoría son indiferentes, juntamente con un buen número de gente que se metió en algún grupo no católico, quedó decepcionada por algún mal testimonio y ahora ya no sabe qué hacer. ¿Qué me puede decir al respecto? — Antes de pensar en recuperar a los que ya dejaron la Iglesia, tenemos que ver qué hacer para que, los que aún se encuentran dentro de la Iglesia, no se salgan y al contrario se vuelvan en católicos practicantes y entusiastas. — Una auténtica aventura, casi imposible. — De otra manera, ¿para qué luchar para que vuelvan a la Iglesia los que se alejaron? ¿Para que regresen a la vida de antes? Así que, o hay un cambio en la manera de llevarse las cosas dentro de la Iglesia o ni pensar en un regreso de los que se alejaron y allá experimentaron algo mejor (Palabra de Dios, abandono de algún vicio, oración y apostolado) de cuando eran católicos (puros sacramentos) con una vida a veces totalmente pagana. Posiblemente por esa razón muchos miembros del clero no hacen nada para que regresen a la Iglesia los que un día fueron católicos y se alejaron. Sencillamente no saben qué ofrecerles. En este caso, piensan, es mejor que se queden donde están. Es que por lo general nuestro clero está preparado para cosechar

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(administración de los sacramentos), no para sembrar (evangelizar), para servirse de la mesa ya puesta, no para poner la mesa. Y como es el clero, así son también los demás agentes de pastoral, que dependen directamente de él en su formación y el ejercicio de su ministerio. Por eso entiendo tu inquietud y tu incapacidad a enfrentar el problema. — ¿No se podría aprovechar de la religiosidad popular, como medio para atraer a los que se pasaron con las sectas? — Ni pensarlo. Es que ya están vacunados contra este tipo de religiosidad, que es una mezcla entre cristianismo y paganismo. Conociendo la Biblia, de inmediato se dan cuenta de las fallas presentes en la religiosidad popular. Lean los profetas y verán cómo fustigan ciertas creencias y prácticas religiosas del pueblo. Imagínense qué harían hoy en día si regresaran los antiguos profetas (Elías, Isaías, Jeremías, Amós, etc.) y vieran cómo actualmente estamos llevando los asuntos de la fe en nuestra Iglesia con el cuento de que se trata de «religiosidad popular». Quedarían horrorizados. — Es que los documentos de la Iglesia están en favor de la religiosidad popular. — Bueno, lo que dicen los documentos es que, en lugar de pensar en acabar con todo, es mejor aprovechar lo bueno que tiene la religiosidad popular para evangelizar. Al mismo tiempo, hablan de la necesidad de purificarla. Pero, en la práctica, ¿qué se está haciendo? Que se sigue adelante sin un serio discernimiento entre lo que es auténtico y lo que es espurio o totalmente contrario a la fe católica. Y todo esto ¿para qué? Para no perjudicar las entradas. Y por el amor al maldito dinero se dejan las cosas así como están, con el pretexto de que en los documentos de la Iglesia se habla bien de la religiosidad popular. Aún no caemos en la cuenta de que los tiempos cambiaron y ahora hay gente más despierta, que fácilmente descubre si algo está bien o está mal. Es inútil querer tapar el sol con un dedo. A veces me pregunto: ¿Acaso nadie se da cuenta de que en todo el asunto de la religiosidad popular hay mucho de simonía e idolatría? Entonces, ¿qué se está esperando para poner algún remedio y empezar a pensar en una verdadera purificación? — Es que nadie quiere aventarse primero — opina un seminarista. — ¿Y por qué nadie quiere aventarse primero? Porque alrededor de este tipo de religiosidad giran muchos intereses creados. Sería como meter mano en un avispero.

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— ¿Qué habría que hacer, entonces? — Regresar a las Escrituras. Que todo se haga a partir de las Escrituras y que se entienda de una vez que ningún documento de la Iglesia puede sustituir la Palabra de Dios. Por otro lado, hoy en día, para fortalecer la fe del pueblo católico, no existe otro medio más eficaz que el conocimiento de la Palabra de Dios. Solamente así podrá resistir ante cualquier tipo de ataque o seducción. — Si abandonamos la religiosidad popular y nos abocamos solamente a la Biblia, ¿no corremos el riesgo de perder a las masas católicas? — comenta el encargado del centro catequístico. — No se trata de abandonar completamente la religiosidad popular, que sin duda contiene muchos valores, sino de purificarla seriamente, aunque esto no le vaya a gustar a muchos. — Creo que los primeros en respingar — comenta un laico comprometido —, serían los mismos clérigos, puesto que se encuentran totalmente sumergidos en ella y viven de ella. — Por esta misma razón, creo que, en caso de darse el cambio, se trataría de un proceso lento, puesto que la mayoría de los clérigos no estaría de acuerdo y por lo tanto seguiría atendiendo a los católicos más renuentes, que de esa manera seguirían dentro de la Iglesia sin mayores dificultades. Mientras tanto, se podría abrir paso una nueva manera de ver y practicar la fe, más en sintonía con el dato bíblico y los deseos de los que realmente buscan a Dios y están dispuestos a conformar su conducta a sus preceptos. Ante este planteamiento, hecho por el p. Enrique con toda claridad, se nota una cierta inconformidad de parte de algunos presentes. Por fin se levanta el encargado del centro catequístico, muy contrariado, y pide licencia para retirarse con el pretexto de que ya se le está haciendo tarde. Lo sigue otro agente de pastoral. Al despedirse de uno de sus amigos de más confianza, comenta «Protestantismo puro». Evidentemente, no todos los que aprecian al p. Enrique están de acuerdo con todos sus planteamientos, lo que es perfectamente lógico. Por mientras, sigue la conversación. Toma la palabra un seminarista ya próximo a la ordenación diaconal — Padre, ¿cree usted que esto sea suficiente para que se dé en la Iglesia el Nuevo Pentecostés, del que se habló con el anuncio del Concilio Ecuménico Vaticano II? — Creo que no. Estoy convencido de que nos encontramos ante un cambio de época. Por lo tanto, si queremos enfrentar seriamente el problema de la evangelización, aparte de lo que

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comenté anteriormente, tenemos que realizar cambios profundos dentro de la Iglesia, cambios a nivel estructural, que abarquen la catequesis, la administración de los sacramentos y el ministerio. En realidad, nos encontramos en las postrimerías de un sistema que ya no funciona. El saco ya no nos queda y es tiempo de pensar en otro diferente. Es tiempo de pensar en un nuevo paradigma, de voltear la mirada hacia la Iglesia de los primeros siglos, marcada por el pluralismo y la oposición, e ir desechando poco a poco el modelo medieval, en el cual nos encontramos actualmente, configurado para una sociedad totalmente católica. Por lo tanto, es urgente pasar de un catolicismo de tradición a un catolicismo de convicción, de un catolicismo de sacristía a un catolicismo de plaza y de un catolicismo acomplejado a un catolicismo seguro y orgulloso de su identidad. — Una tarea de titanes — comenta otro agente de pastoral, muy comprometido con la Iglesia. — Sí. Una vez asegurada la defensa, es hora de pasar al ataque. Ya basta de malas noticias: que allá el número de los católicos bajó de manera preocupante; que allá surgió otra secta que tiene alarmado a todo el pueblo con el cuento del próximo fin del mundo; que se acaba de cerrar otro seminario, etc. Es tiempo de empezar a pensar en buenas noticias: que en aquella diócesis toda la catequesis se hace con la Biblia en la mano; que en aquel otro lugar los sacramentos de la Primera Comunión y de la Confirmación son administrados durante un retiro espiritual; que en aquella otra región para cada presbítero hay un promedio de diez diáconos permanentes, de manera tal que todo el pueblo católico es atendido debidamente. Es tiempo de empezar a pensar en clave positiva y ya no negativa. Es tiempo de echar a andar la imaginación creativa, soñando con un nuevo tipo de Iglesia, en subida, ya no en picada. Ya es tarde. Es cierto, el p. Enrique no parece cansado y se ve claramente que quisiera seguir hablando por mucho tiempo más acerca de la problemática eclesial. Pero es tiempo de concluir. El p. Enrique se da cuenta y agradece a todos su presencia y participación. Algunos tienen prisa en despedirse y alejarse. Se nota que no están del todo convencidos acerca de lo que el padre acaba de decir. Les parece demasiado utópico, pura imaginación sin fundamento alguno en la realidad. Mejor olvidarse y tratar de pensar en algo más concreto y factible. Otros se quedan. Parece que no tienen ganas de retirarse. Con mucho gusto se pasarían toda la noche dialogando con el p. Enrique.

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Por mientras, alguien abre el refrigerador y saca lo que encuentra, muy poco por cierto: queso, jamón y leche. Otro busca en la alacena, encuentra algo de pan y empieza a preparar unos sándwiches. Otro se dedica a preparar el café. Unos cuantos se quedan charlando con el p. Enrique. Quisieran parar el tiempo. Mientras toman algo, un seminarista de teología pide un momento de silencio y habla — Hermanos, antes de concluir este encuentro, quiero confiarles algo. Fíjense que había venido aquí para comunicarles que había decidido retirarme del seminario. Sin embargo, al escuchar lo que el p. Enrique acaba de decir, una vez más en mi corazón volvió a nacer la esperanza. Sí, vale la pena ser sacerdote, vale la pena luchar por un ideal. Una vez más empiezo a soñar en algo que llena mi vida. Los nubarrones ya pasaron. El sol volvió a brillar delante de mis ojos. Gracias, p. Enrique, por este regalo. Ante un testimonio tan inesperado, el ambiente se calienta. Todos quieren felicitar al amigo seminarista que acaba de tomar una decisión tan importante para su vida. Todos quieren comentar algún detalle de lo se trató durante el encuentro. Y el tiempo pasa, mientras el sueño se aleja siempre más. El seminarista vuelve a tomar la palabra — Hermanos, se me acaba de ocurrir una idea ¿por qué no nos organizamos en un grupo de reflexión o apoyo (el nombre es lo de menos), para dar continuidad a esta experiencia tan enriquecedora? No quisiera regresar a la vida de antes. La soledad me espanta. ¿Qué les parece? Todos están de acuerdo. Un nuevo panorama se presenta ante sus ojos. Alguien sugiere una velada de oración. Dicho y hecho. Todos bajan a la capilla del Santísimo. Pasa la noche y surge un nuevo día. Ahora el p. Enrique ya sabe qué hacer.

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Conclusión
El p. Enrique ya sabe qué hacer. Y tú ¿sabes qué hacer? Lástima que muchos aún no lo saben y siguen entretenidos en cosas de poca importancia, tanto para matar el tiempo. ¿Y después? Si tú ya sabes qué hacer, ¿por qué no lo compartes con otros que están en la misma situación del p. Enrique antes del encuentro que cambió su vida? Matacães, Torres Vedras (Portugal), a 15 de octubre de 2008. Fiesta de Santa Teresa de Ávila.

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CONCLUSIÓN GENERAL
A raíz del Concilio Ecuménico Vaticano II, el tema de los pobres entró de lleno en la reflexión y el quehacer eclesial. Lástima que su perspectiva fue ad extra y bajo el perfil esencialmente político, económico y social. Nunca se subrayó el aspecto eclesial. Se habló de explotación, marginación, rezago y tantas cosas más, pero mirando siempre hacia afuera y nunca hacia adentro de la Iglesia. Pues bien, con estas historias, quise ver el problema de los pobres dentro de la Iglesia. Me refiero a los catequistas, los diáconos permanentes y las inmensas masas de católicos, marginados, humillados, abandonados y muchas veces explotados por los mismos que se dicen defensores de los pobres. Con la lengua están en su favor, pero en la práctica no mueven ni un dedo para promover a los pobres de carne y hueso, que se encuentran a su alrededor y con los cuales comparten la misma misión evangelizadora. Como se habrán dado cuenta, se trata de situaciones tan reales, que cada uno de ustedes con toda facilidad podrá poner nombre y apellidos a cada personaje que se presenta. Una manera sencilla de cuestionarse uno mismo y cuestionar. Sin duda, no faltará algún aludido que va a respingar. Ni modo. Son los gajes del oficio y de esto estoy bien consciente. Como dice el refrán «A quien le venga el saco, que se lo ponga». Lo que sí les puedo asegurar, es que no es nada personal. De todos modos, no por eso voy a dejar de escarbar en la realidad eclesial, con miras a que tomemos conciencia de nuestra situación como Iglesia y tratemos de poner algún remedio. Ni voy a desistir de mi opción preferencial en favor de los pobres, todos los pobres, pero de una manera especial los pobres a nivel de Iglesia, desnutridos

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espiritualmente, con dudas, marginados, humillados y abandonados bajo el pretexto de la apertura y la modernidad. Es una manera concreta de manifestar mi amor hacia la Iglesia, mis hermanos en el ministerio y especialmente hacia los más débiles e indefensos. Es una manera de ser la voz de los que no tienen voz dentro de la misma Iglesia. Mi grande deseo es que algún día podamos regresar a ver en los pobres el grande tesoro que Dios ha confiado a su Iglesia, un tesoro que tenemos que cuidar como a las niñas de nuestros ojos, gastándonos y desgastándonos por salvaguardar su dignidad y buscar su real superación. Para mí, esto es amar realmente a los pobres y estar de su parte. Todo lo demás me parece demagogia barata. México, D.F., a 1 de noviembre de 2008. Fiesta de Todos Santos.

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Apéndice

*Necesidad de análisis de la realidad eclesial * Necesidad de nuevos paradigmas pastorales * Ad futúram rei memóriam ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL

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Invitación
Lo que sigue a continuación son reflexiones, comentarios y algunas claves de lectura para que puedas aprovechar mejor el contenido de estos relatos. Después de una atenta lectura, tú también puedes enviarnos tus reflexiones y comentarios, que pueden ser publicadas en futuras ediciones de este libro. Puedes enviar tus aportaciones a la siguiente dirección: P. Flaviano Amatulli Valente, fmap Renato Leduc 231 Col. Toriello Guerra, Tlalpan 14050 México, D.F. E-Mail: apostle@prodigy.net.mx

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Apéndice 1

Necesidad de análisis de la realidad eclesial
Hoy más que nunca se hace necesario redescubrir la forma más adecuada de presentar el Evangelio. El futuro evangelizador tendrá que ser un artista o un místico. El artista, que es capaz de crear y recrear para poder transmitir la Buena Nueva que él mismo ha experimentado en su vida. El místico, que está tan cerca de Dios y su forma de ver la vida y de actuar puede ser un testimonio de la Buena Nueva y su capacidad de dar sentido a la propia vida. Felicito al P. Amatulli por el aporte que está realizando a través de los diferentes géneros literarios que utiliza recientemente, sobre todo por estos relatos que nos presentan la forma en que concibe la Iglesia y las nuevas ideas que aporta para enfrentar parte de los problemas que aquejan a la comunidad eclesial. La conversión del obispo Jeremías: al leer este relato lo primero que me vino en la mente fue: ¿Qué estamos haciendo como Iglesia?, ¿dónde quedó nuestro celo por la evangelización y el seguimiento de Cristo? Sobre todo vino a mi mente un cuestionamiento: ¿será que se puede hacer algo? Analizando la realidad en la que nos encontramos, me doy cuenta que los pastores no están listos para atender a las ovejas. Por cada presbítero hay un sinfín de personas que necesitan atención, de aquí que resonó en mi mente las palabras que, en el relato, Dios le dirigió al obispo Jeremías: “En lugar de trabajar por diez, pon diez a trabajar”. Una propuesta, una realidad. Ya basta de seguir con el clericalismo o el autoritarismo. Es necesario que los laicos tomen

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su lugar dentro de este gran campo de trabajo. Es necesaria una verdadera conversión para poder descubrir a los demás y querer que se conviertan en verdaderos seguidores de Jesucristo. El Calvario de Don Boni: presenta una realidad eclesial palpable: el deseo que tiene un laico de trabajar, un hombre que trata de buscar respuestas a sus interrogantes y a las necesidades concretas de su pueblo, un hombre que como resultado sólo encuentra respuestas equivocadas, un hombre que ve morir lo poco que consideraba bueno y por lo cual está dispuesto a luchar para conservarlo. Son dramáticas estas palabras: “Y mientras sucedía todo esto, don Boni seguía con su capilla y sus rezos, siempre más sólo y olvidado, un campesino más, símbolo de un pasado, añorado por unos y despreciado por otros, un pasado destinado a desaparecer”. Este es el calvario del hombre, que ve morir las cosas sin encontrar una respuesta que pueda dar rumbo y sentido a su razón de ser, a su vida. Es un modelo de Iglesia que ya no responde a las necesidades actuales, que tiene que hacer algo en esta larga agonía en la que se encuentra o terminará siendo un campesino olvidado sin más ni más. Las confesiones de doña Amalia: después de terminar esta lectura me vino a la mente una pregunta: ¿es posible que esto pueda pasar? ¿La respuesta? No sólo puede pasar, ya pasó y sigue pasando. Cuando las cosas no se entienden bien y se quiere aplicar una misma medicina para diferentes enfermedades, los resultados son negativos. Las confesiones nos señalan una realidad que muchas veces no se ha analizado profundamente, que es cómo las diferencias religiosas, aún dentro de la propia familia, ocasionan que las relaciones familiares se pongan tensas. Si alguien me dijera que eso es puro relato, les respondería que tiene los ojos cerrados a la realidad. Cuando uno se pone sensible a las necesidades vitales de las personas, no sólo en el aspecto económico o social, sino en el ámbito propiamente de la fe descubriría cuántos problemas hay dentro de una persona: “¿Qué tengo que hacer para agradar a Dios y al mismo tiempo no ocasionar problemas a mis hijos evangélicos…”? Es una pregunta que muchas personas se han hecho y no han encontrado una respuesta. Al parecer no les queda más que seguir sufriendo en el silencio interior. ¿Qué hacer? Por último, tenemos el relato El padre Enrique no sabe que hacer: Siempre he tenido la idea de que la mayoría de las

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personas que acceden al ministerio del Orden, tienen muchas ideas claras, muchos deseos y anhelos. Tienen un espíritu de búsqueda y una gran sed por la evangelización, al igual que el P. Enrique; sin embargo, a lo largo del camino va descubriendo que no todo es color de rosa y las cosas no son como creía; entonces empieza a llegar un sentimiento de desánimo, de indiferentismo, o simplemente de ya no hacer nada. Los brillos que tenía al principio van desapareciendo. Por eso el P. Enrique nos presenta su historia, expresada dentro de la comunidad en donde no todos piensan como él, pero que le sirve como desahogo y a la vez para recobrar fuerzas y abrir nuevas perspectivas. El P. Enrique descubre sus logros y sus errores, se da cuenta que no es tarde para poder realizar sus sueños de cuando se iniciaba en el camino presbiteral, descubre que ya sabe qué hacer. Tú, así como el P. Enrique, analiza tu forma de llevar el ministerio, y descubre que todavía tienes mucho que hacer y qué dar. Conclusión Hoy más que nunca es necesario realizar un verdadero análisis de la realidad eclesial, descubrir lo que puede servir y desechar lo que ya no sirva en orden a la evangelización y el trabajo pastoral. Hoy como nunca, es necesario revitalizar todo lo que se tiene dentro, de poder dirigir la buena noticia a todas las gentes con todos los medios posibles. Enhorabuena. Que las lecturas de estos relatos puedan forjar en ti nuevas ideas para poder realizar cada día más y mejor tu servicio eclesial, o que sean un impulso para unirte a esta labor, la más noble aventura. Por Manuel Francisco Koh May, fmap seminarista apóstol de la Palabra 2° de Teología (UIC) kohmay7@hotmail.com

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Apéndice 2

Necesidad de nuevos paradigmas pastorales
Cuando no hay dirigentes, cae un pueblo, y se salva cuando tiene muchos consejeros (Prov 12,14)

El despertar de un sueño.
Nuestra Iglesia pasa por una dura prueba histórica: paulatinamente se avizora un derrumbe continuo y dramático de las masas católicas, ya sea a manos de los grupos proselitistas, ya sea por parte de las corrientes ideológicas y filosóficas presentes en el mundo. Existen numerosos grupos al interior de la Iglesia que afirman que dicha visión es fatalista y exagerada, y se refieren a este proceso como un aspecto normal de la evolución de la fe cristiana a la luz del Vaticano segundo y de las nuevas realidades sociales que se presentan. El P. Amatulli, presenta a lo largo de estas historias, reflexiones que van encaminadas a una toma de conciencia de la situación que vive la Iglesia en este tiempo, así como luces que nos ayudan a buscar nuevos caminos para realizar una pastoral más efectiva y que responda a las condiciones que nos enfrentamos. En lo personal comparto la visión anti determinista del P. Amatulli, y tengo la profunda convicción de que se puede frenar y paulatinamente revertir el fenómeno que se observa con respecto a la continua y creciente caída de las masas católicas, claro que un

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paso primordial para lograr esto es la búsqueda de nuevos paradigmas pastorales. Como se podrán dar cuenta, se trata de una lucha de conciencias, una disyuntiva sobre las visiones que se tienen sobre lo que debería ser la Iglesia.

La cuestión del paradigma
Un paradigma se puede entender como la manera en la que nosotros vemos y entendemos el mundo, así como la manera en la que lo enfrentamos y resolvemos los problemas que nos presenta. Todos pensamos y actuamos conforme a paradigmas, por ejemplo, en las comunidades indígenas existe la ley de la “costumbre”, y todo habitante de dicha zona deberá guiarse por ella, por lo tanto, para los que nacieron en esa comunidad, ese será su paradigma, y vivirán conforme a él. Los paradigmas, son connaturales al hombre, y nos ayudan muchísimo a enfrentar las situaciones que se nos presentan. No existe hombre alguno que no viva bajo paradigmas. Todo paradigma surge en un ambiente concreto, y surge precisamente para dar solución a la problemática contemporánea que enfrenta. El paradigma funcionará, siempre y cuando las condiciones que le dieron origen puedan mantenerse sin un cambio demasiado significativo, pero el problema surge cuando las condiciones y reglas que le dieron origen cambian radicalmente, en dicho caso el paradigma se vuelve ineficaz para enfrentar el problema y se convierte, no pocas ocasiones, en un obstáculo. Y aquí viene el drama del paradigma, y es que para el ser humano es muy difícil cambiar un paradigma que se ha arraigado profundamente en su persona, además de que puede volver ciega a la persona acerca de las nuevas condiciones que se presentan, así como ineficaz en su manera de enfrentarlas. La Iglesia tiene también sus propios paradigmas. A lo largo de estos escritos, el P. Amatulli nos presenta de manera clara los distintos paradigmas existentes en la Iglesia, en la manera en que se viven y se enfrentan los problemas eclesiales, esencialmente nos explica que el paradigma predominante en la pastoral y en las estructuras de la Iglesia fueron diseñados en el contexto de un régimen de cristiandad, donde la sociedad era completamente católica, y el mismo Estado defendía la fe contra cualquier opinión contraria.

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Todo estaría bien, sino es por un pequeño detalle, hoy vivimos en una sociedad multifacética, multicultural, multirreligiosa; en otras palabras, en una sociedad plural. Todo el contexto y las reglas del entorno han cambiado, pero no el paradigma, la Iglesia sigue actuando y pensando como si estuviéramos en un régimen de cristiandad.

Apologética, punto de partida indispensable
En el relato “El Calvario de Don Boni”, se nos presenta un hecho que ejemplifica muy bien esta posición: la apologética, para las comunidades que se ven acosadas por el fenómeno del proselitismo religioso. En el relato, don Boni pudo conseguir un libro sobre apologética, esto es, tuvo a su alcance la respuesta acerca de los ataques y cuestionamientos a la fe, pero eso no fue suficiente para evitar la paulatina caída de su comunidad, dejando entrever que se necesita un cambio mayor en la forma de llevarse a cabo la pastoral en la Iglesia. Este relato refleja magistralmente el drama que viven muchas comunidades cristianas. La apologética es indispensable para por lo menos frenar el éxodo masivo de católicos a los grupos proselitistas, pero queda evidenciado, que no es la solución completa. Se necesita buscar un nuevo paradigma pastoral que responda mucho mejor a las necesidades que la situación plantea.

Conclusión
La búsqueda de nuevos paradigmas pastorales no es un camino fácil, pero es un proceso en el cual debemos involucrarnos todos los sectores de la Iglesia, guiados a la luz de la Palabra de Dios, que siempre tendrá algo actual que decirnos y que siempre será una guía segura en esta búsqueda difícil pero vital. Es un momento decisivo, la historia juzgará, como dije en un principio, es una lucha de conciencias y de visiones, por lo tanto, la pregunta clave es: ¿Qué postura vas a tomar? Por Reisner Samuel Omar Vázquez Jáuregui, fmap seminarista apóstol de la Palabra 2° de Filosofía (ISEE) reisnero@hotmail.com

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Apéndice 3

Ad perpetuam rei memoriam ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL
Cronista de la realidad eclesial
He leído con mucho interés cada uno de los escritos que componen este nuevo libro, el más reciente escrito por el P. Flaviano Amatulli Valente. Examinando el contenido con detenimiento me parece que cada una de las historias retrata algunos aspectos de la compleja realidad eclesial vivida desde principios del convulso siglo XX, dibujando de una manera muy particular, con el realismo del drama y la crudeza de la tragedia, algunas tendencias que han contribuido al actual estado de cosas en la vida de la Iglesia. El autor, el P. Flaviano Amatulli Valente, es un testigo privilegiado. Cuarenta años de misión ininterrumpida en México (1968-2008), giras apostólicas periódicas por todos los países de América Latina y visitas frecuentes a los Estados Unidos de América, con un diálogo constante con el pueblo católico y los más variados agentes de pastoral, le han permitido al P. Amatulli conocer de primera mano «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias» (GS 1) de muchos hermanos en la fe. Por eso ha decidido tomar el papel del cronista, conservando para la posteridad algunas historias significativas que retratan los dramas y las tragedias vividas por los pastores de la Iglesia, los religiosos y religiosas y los fieles cristianos laicos de nuestro vasto continente.

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Con estos relatos se complementa lo que estudié sobre la historia reciente de la Iglesia, que no sólo consiste en los grandes acontecimientos eclesiales ni en los hechos realizados por los papas, los obispos y los teólogos de altura, sino también en la vida cotidiana de los católicos, con todas sus alegrías y sinsabores. Por otra parte, cada uno de los relatos permite tomar conciencia de lo que implica en la vida concreta la toma de decisiones y las omisiones que hacen quienes tienen la autoridad pertinente. No sorprende que el P. Amatulli señale la conveniencia de ser muy cuidadosos cuando se toman decisiones que de hecho van a afectar la vida de los feligreses. Se trata de historias que nos permitirán examinar los últimos decenios para buscar comprender cómo es que hemos llegado a la situación actual, caracterizada por el éxodo masivo de católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, con una significatividad igual o de mayores dimensiones a la vivida en la Reforma protestante, y la existencia de un catolicismo nominal de grandes proporciones.

Castigat ridendo mores
El primer relato, donde se nos presenta la simpática figura del obispo Jeremías, refleja la ineficacia de la praxis eclesial y el agotamiento de las actuales estructuras eclesiásticas, puesto que nacieron en una época que ya no existe más, a la que se ha dado en llamar régimen de cristiandad. También presenta una imagen menos idílica y más realista acerca del clero, que vive y genera un ambiente en el que se dan cita las cualidades pero también los defectos propios de los seres humanos: envidias, celos, rivalidades, discordias, búsqueda de los propios intereses, lucha por el poder, deseo de hacer carrera en la actividad eclesiástica, simonía, falta de celo apostólico y creatividad pastoral, prejuicios e ideas preconcebidas... El relato está hecho de pinceladas que presentan con humor la vida cotidiana de muchos católicos, el recurso frecuente a los brujos y curanderos, las características de la hagiografía más difundida, la devoción a las imágenes, la predilección por la excelencia académica en lugar de la

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excelencia pastoral en la formación de los futuros sacerdotes, las relaciones difíciles entre el párroco y el vicario… También se describe el ambiente en que se forma y vive el católico, bajo el signo de la llamada religiosidad popular, que parece caracterizar al catolicismo latinoamericano, considerada una de sus más grandes virtudes, lo que impide que se reflexione y se trabaje para hacer realidad la multicitada purificación que requiere. Sin embargo, el relato no sólo nos permite acercarnos a esa particularidad de nuestra Iglesia que se resiste a desaparecer y que va tomando formas muy diversas, incluso fuera del ámbito eclesial, como el caso de los “santos laicos” que se multiplican por doquier, pero notablemente emparentados con la religiosidad popular del catolicismo latinoamericano. En este contexto se enmarca el culto a diversas personas “canonizadas” por el sentir popular. En efecto, además de la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y San Martín Caballero, cuyas imágenes encontramos en casi todas partes de México, hay personajes considerados por algunos investigadores como verdaderos “santos laicos”1. La mayoría de estos personajes se caracteriza por qué amplios sectores piensan que estos “santos laicos” intervienen en asuntos relacionados con la salud y la enfermedad, los problemas económicos y las relaciones interpersonales: El “Niño” Fidencio, Teresa Urrea (la “santa de Cabora”), don Pedrito Jaramillo, Jesús Malverde, Juan Soldado, Pancho Villa, Pedro Infante, entre otros. Destaca en todo esto el extendido culto a la así llamada “Santa Muerte” y el éxito del grupo “Pare de sufrir”. Las peripecias del obispo Jeremías, presentado como «un volcán de iniciativas» pastorales, también nos permiten asomarnos a soluciones ingeniosas y pertinentes, para enfrentar el tema de la evangelización y la atención y el acompañamiento pastoral de los fieles católicos. Algo que requiere, precisamente, una conversión pastoral.

Suum cuique tribuere
El Diccionario de la Lengua Española define el término calvario como la “serie o sucesión de adversidades y

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pesadumbres”. Pues bien, El Calvario de don Boni nos presenta las angustias que vive don Boni en la compleja realidad rural, donde se vive bajo la ley de las costumbres ancestrales y un catolicismo popular, liderado por los rezanderos, con la presencia esporádica del señor cura con ocasión de la fiesta patronal para administrar los sacramentos al mayor número posible de feligreses. El relato nos presenta el drama vivido en innumerables comunidades por la presencia de los primeros grupos proselitistas y la ingenuidad de los pastores católicos que no encontraron la forma más adecuada de enfrentar el fenómeno de la división religiosa y el proselitismo sistemático, que rápidamente ha fragmentado a la otrora población mayoritariamente católica. Además, podemos aproximarnos a los primeros acercamientos a la Biblia por parte del pueblo católico más sencillo, sin una preparación específica y utilizando versiones no católicas, generalmente guiados por algunos hermanos separados. Podemos, asimismo, constatar la amplia politización de la predicación evangélica y el acercamiento cientificista a la Sagrada Escritura por parte de agentes de pastoral católicos, sin un contacto más personal con ella con miras a crecer en la vivencia de la fe, con los resultados que están a la vista de todos. Se describe de forma muy plástica la insensibilidad de muchos señores curas hacia la suerte de su feligresía y la situación de los mismos agentes de pastoral, que se manifiesta en unas relaciones difíciles e injustas entre el clero y el laicado, especialmente en el ejercicio de la autoridad y en el aspecto económico y en el abandono pastoral. En este contexto, me parece oportuno citar unas palabras que escuché recientemente de un sacerdote: “Muchas cosas cambiarían si los sacerdotes nos quitáramos de la cabeza el signo de pesos”. Obviamente, el propósito no es lavar los trapos sucios en público, sino presentar por contraste la pertinencia de favorecer una relación más evangélica entre los Pastores de la Iglesia y la feligresía que el Señor ha puesto bajo su cuidado pastoral. Creo que ante lo aquí descrito, podemos afirmar aquella frase célebre que tanto escuché al estudiar el Derecho Canónico: “La realidad supera la imaginación”.

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Timeo Danaos et dona ferentes
En “Las confesiones de doña Amalia”, el P. Amatulli nos ofrece un recorrido por el siglo XX vivido por la Iglesia mexicana, desde la Cristiada hasta nuestros días, desde los días de gloria del catolicismo mexicano, con feligreses dispuestos al martirio cruento, hasta el éxodo silencioso y constante de los católicos hacia las más variadas propuestas religiosas, hacia el indiferentismo religioso y el abandono paulatino de la práctica religiosa, reservada a momentos específicos. También se nos presenta el surgimiento de un grupo proselitista a causa de un malentendido ecumenismo, por el poder de seducción de un astuto pastor norteamericano, la ingenuidad de algunos Pastores de la Iglesia y la falta de un espíritu crítico y una malentendida obediencia de amplios sectores del laicado. El relato nos deja ver, plásticamente, que en los grupos proselitistas no todo es miel sobre hojuelas. También hay trucos y trampas, aunque se presenten disfrazados de regalos sumamente atractivos como la colaboración en la tarea evangelizadora. No extraña que a lo largo y ancho del vasto continente americano se hayan multiplicado y formado diversos grupos proselitistas y se haya dado el crecimiento de las jerarquías del protestantismo y aún de grupos ortodoxos como el fruto no esperado de encuentros ecuménicos y la manera de entender el ecumenismo.

¡O sancta simplicitas!
En “Las confesiones de doña Amalia” se señala también que un malentendido ecumenismo es el elemento fontal de muchos de los problemas más acuciantes de la Iglesia católica, que llevó a la supresión de la Apologética, el debilitamiento de la identidad católica, la apertura indiscriminada hacia los hermanos separados y el coqueteo con los grupos proselitistas, que ha llevado al surgimiento de más grupos religiosos no católicos, como siempre, a costa de nuestra feligresía. Que quede bien claro: el P. Amatulli no está en contra del Ecumenismo, sino de la manera en que se le ha interpretado y aplicado, especialmente en América Latina, como queda de

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manifiesto en el relato que nos ocupa. Máxime cuando se aplica de manera tan ingenua por parte de los Pastores de la Iglesia, equivaliendo a una verdadera capitulación en aras de mantener una imagen positiva, no intransigente, de la Iglesia en el posconcilio.

Ab imo pectore
El último relato del libro, “El padre Enrique ya no sabe qué hacer”, es el desahogo desgarrador de un sacerdote que vive la así llamada tercera edad y que hace un recuento pormenorizado de su existencia, con la conciencia lacerante de que ha sembrado en el mar, siguiendo un interesante itinerario: un periodo de fascinación por ciertos líderes ‘carismáticos’ y ciertas ideas ‘geniales’, que parecía iban a revolucionar el mundo y que después descubrió que eran ‘pura demagogia’. La historia del P. Enrique es un magnifico pretexto para hacer un recuento de los últimos cincuenta años del catolicismo, especialmente en el ámbito latinoamericano. El relato inicia, no sin nostalgia, a recordar la vida cristiana en un ambiente donde la vivencia religiosa era favorecida a la insignia del siguiente lema, que permeaba la vida de la Iglesia: «la gloria de Dios y la salvación de las almas». El gran evento eclesial del siglo XX, el Concilio Ecuménico Vaticano II, es recordado por todas las expectativas que generó y se afirma que representó para la Iglesia católica un gran paso adelante en muchos aspectos de su vida interna y en su manera de situarse ante el mundo exterior, favoreciendo un clima de mayor autenticidad evangélica que empezó a permear los distintos ambientes eclesiales: menos apariencias, menos honores y más fidelidad al Evangelio. Al mismo tiempo que se señalan los excesos y situaciones que se dieron en el posconcilio: el espíritu iconoclasta, especialmente en campo litúrgico; la receta ecuménica, considerada la única adecuada para enfrentar el problema de la división religiosa y el proselitismo sectario; la disolución del espíritu misionero, la reducción de la Iglesia a una simple institución humanitaria, destinada esencialmente a favorecer el bienestar material de la sociedad, el surgimiento

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de la así llamada teología de la liberación, con la politización de la fe y seducida por la revolución de corte marxista. En fin, se trata de un examen minucioso de todos estos acontecimientos eclesiales y sus repercusiones en la vida de la Iglesia y de cada católico. Por otra parte, además de hacer un recuento de la compleja realidad eclesial, el relato nos ofrece sugerencias concretas y plausibles para «rehacer el camino andado» a nivel teológico que permita recobrar el sentido de Iglesia y pertenencia a la misma, desechando todo intento de reducir y confundir su papel, con vistas a sentar las bases que posibiliten «recuperar el terreno perdido» en las décadas recientes.

Conclusión
No creo que extrañe a nadie el hecho de señalar que estos relatos tienen abundantes elementos autobiográficos. El género utilizado nos permite entrar más fácilmente en la realidad eclesial reciente para vislumbrar soluciones prácticas. No es un catálogo de quejas ni un simple desahogo personal. Nos ofrece, más bien, una base vivencial que nos permite reflexionar críticamente sobre la vida de la Iglesia, mejor informados acerca de las vicisitudes que han vivido los más variados miembros de la Iglesia Católica, que muchos de nosotros conocemos con nombre y apellido. Es, por tanto, una invitación a hacer el propio recuento. Seguramente muchos nos hemos dado cuenta de situaciones como las que se describen en este libro. Y tal vez las hemos propiciado o padecido.
Por el P.D. Jorge Luis Zarazúa Campa, fmap jorgeluiszarazua@hotmail.com http://zarazua.wordpress.com

_____________________ 1 SAUCEDO, Carmen, Historias de Santos Mexicanos. Desde Juan Diego y San Felipe de Jesús hasta los recién canonizados por el Papa, Planeta, 2002.

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ÍNDICE
PRESENTACIÓN ................................................... 3

LA CONVERSIÓN DEL OBISPO JEREMÍAS
Introducción ......................................................... 6 Capítulo 1 PRIMEROS PASOS ................................................ 8 Capítulo 2 EN EL SEMINARIO .............................................. 11 Capítulo 3 ORDENACIÓN SACERDOTAL .............................. 14 Capítulo 4 VICARIO .............................................................. 17 Capítulo 5 OBISPO ............................................................... 20 Capítulo 6 APÓSTOL ............................................................ 24 Conclusión .......................................................... 29

EL CALVARIO DE DON BONI
Presentación ....................................................... 32

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Capítulo 1 LA COSTUMBRE ................................................. 33 Capítulo 2 REZANDERO ....................................................... 35 Capítulo 3 PRIMEROS ATAQUES CONTRA LA FE ................. 37 Capítulo 4 LA GRAN DECEPCIÓN ........................................ 40 Capítulo 5 UNA RECETA EQUIVOCADA .............................. 45 Capítulo 6 LENTA AGONÍA .................................................. 50 Conclusión ........................................................... 55

LAS CONFESIONES DE DOÑA AMALIA
Presentación ....................................................... 58 Capítulo 1 A LA SOMBRA DEL MARTIRIO ........................... 59 Capítulo 2 ECUMENISMO INGENUO ................................... 64 Capítulo 3 LA HACIENDA DEL GRAN REY .......................... 69 Capítulo 4 CRISIS FAMILIAR ................................................ 75 Capítulo 5 SOLA .................................................................... 79 Capítulo 6 EN BUSCA DE PAZ .............................................. 84 Conclusión .......................................................... 89

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EL PADRE ENRIQUE YA NO SABE QUÉ HACER
INTRODUCCIÓN ................................................. 92 Capítulo 1 POR LA GLORIA DE DIOS Y LA SALVACIÓN DE LAS ALMAS ....................... 93 Capítulo 2 UN NUEVO PENTECOSTÉS ................................. 98 Capítulo 3 DEL TRIUNFALISMO AL COMPLEJO DE CULPA Y AL DERROTISMO ........................................... 102 Capítulo 4 LOS POBRES: DE CRISTO A MARX .................. 112 Capítulo 5 MEA CULPA ....................................................... 119 Capítulo 6 MAR ADENTRO ................................................. 126 Conclusión ......................................................... 131

CONCLUSIÓN GENERAL ................................... 132

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APÉNDICE
Apéndice 1 * Necesidad de análisis de la realidad eclesial .... 128 Apéndice 2 * Necesidad de nuevos paradigmas pastorales ... 131 Apéndice 3 * Ad perpetuam rei memoriam. ESTAMPAS DE LA REALIDAD ECLESIAL ........................ 134

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