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habla precisamente de cómo hay varios humanismos, entre ellos el humanismo cristiano que lo es desde los orígenes del

cristianismo y a pesar de toda la edad media. Por esto Maritain hace arrancar de Santo Tomás el humanismo teocéntrico que se opone al humanismo antropocéntrico originario de Descartes y de toda la metafísica de la subjetividad. LA ENSEÑANZA DE LAS HUMANIDADES EN LA UNIVERSIDAD De esta suerte, el humanismo se ha extendido, ha ampliado su concepto y hoy consideramos que está a mucha distancia do lo que entendemos por «humanidades». «El Humanismo de las Humanidades»
Por CAYETANO BETANCUR

Ante todo, es menester decir qué se entiende aquí por humanidades. ¿Es acaso este concepto sinónimo del de humanismo? No cabe duda que son conceptos afines, pero hoy más que nunca podemos afirmar que no son conceptos sinónimos. En efecto, el humanismo en los tiempos modernos se ha vinculado al hombre, al hombre concreto e histórico que puede darse tanto en el mundo griego antiguo como en el universo cristiano, en China y Japón como en Estados Unidos, entre las tribus primitivas como en nuestras sociedades industrializadas. El humanismo más que una ciencia del hombre, es una disciplina que busca la esencia de la humanitas, de aquello en que el hombre como hombre consiste, es hoy una cosmovisión del hombre, por así decir, con toda la carga emocional que esta palabra tiene en alemán (Weltanschahuung). Si se le quiere llamar ciencia será una «scientia affectiva», como San Buenaventura nombraba a la Teología. Sartre ha escrito un famoso libro en que muestra cómo «el existencialismo es un humanismo», y ha explicado por cierto, contra muchos marxistas que desde un principio ven en sus doctrinas una esencia humanista, que el existencialismo desaparecerá precisamente cuando el marxismo haya llenado su inmensa laguna que es la de no abordar los problemas de la persona humana. Heidegger en su admirable carta sobre el humanismo, nos 318

¿Qué entendemos por «Humanidades»? Parece que esta palabra sigue fiel en su significación a los orígenes históricos que la hicieron posible. Las humanidades de hoy son aquéllas con las cuales tienen que ver los humanistas del Renacimiento o yendo más atrás, del Quattrocento italiano. De ellas dice con precisión Heidegger: «En la época de la república romana se piensa, y se aspira a ella expresamente, por vez primera y bajo su nombre, la humanitas. El homo humanus se sitúa frente al homo barbarus. El homo humanus es aquí el romano, que eleva y ennoblece la virtus romana mediante la «incorporación» de la paideia tomada de los griegos. Los griegos son los griegos del helenismo, cuya cultura fue enseñada en las escuelas filosóficas. Esta cultura se refiere a la eruditio et institutio in bonas artes. La paideia así entendida fue traducida por «humanitas». En Roma encontramos nosotros el primer humanismo. De ahí el que éste sea un fenómeno específicamente romano, surgido del encuentro de la romanidad, con la cultura del helenismo. El llamado Renacimiento de los siglos X I V y XV en Italia es una renascentia romanitatis. Porque lo que importa es la romanitas, se trata de la humanitas, y por eso de la paideia griega. Pero lo griego se ve en su figura tardía y esta misma romanamente. También el homo romanus del Renacimiento está en contraposición con el homo barbarus. Sin embargo, lo in-humano es ahora la pretendida barbarie de la escolástica gótica de la Edad Media. Al humanismo, históricamente entendido, pertenece siempre, por tanto, un studium humanitatis que se retrotrae de manera determinada a la Antigüedad y se vuelve, así, correspondientemente, revivificación del helenismo. Esto se hace notorio en el humanismo del siglo XVIII en Alemania, del que son sus portadores Winckelmann, Goethe y

Schiller. Hölderlin, por el contrario, no pertenece al humanismo y ciertamente no, porque él piensa la destinación de la esencia del hombre más primariamente de lo que es capaz este humanismo». («Carta sobre el Humanismo», cuadernos taurus, vers. de R. Gutiérrez Girardot). Concretando el tema del presente trabajo a estas humanidades, podemos tratar de describirlas con algunos otros detalles. Se ha asignado a Petrarca el papel de primer humanista, y no obstante su filiación cristiana, está plenamente evidenciada su preferencia por las formas de pensamiento y de expresión del mundo greco-romano. Parece que no en todas partes de Europa surgieron las humanidades y el entusiasmo por ellas en una forma paralela y semejante. Huizinga en El otoño de la edad media (Tomo I I , pp. 264/5) alude a un primer humanismo floreciente en Francia, puramente formal y verbalista, sin ningún contenido de pensamiento que recordara siquiera el mundo antiguo. Pero en Italia, la tierra en que moraron antes los primeros humanistas, es decir, los romanos, como dice Heidegger, hubo desde un principio un contacto con el mundo antiguo integrado en el pensamiento y en el lenguaje. Así escribe Dilthey, que el Renacimiento, ya en sus orígenes no sólo era una nueva ocupación del hombre con la antigüedad, sino una nueva relación. Mas no sólo se asumió una nueva relación con la antigüedad. Antes que todo, se descubrió en ese mundo griego un concepto del hombre que era extraño y ajeno a otros pueblos. En efecto, los griegos descubrieron la arete, la virtud moral (en su enfoque filosófico, ignorada por el mundo hebreo, por ejemplo), la cual no es sino la vía por la cual se llega a un ideal de humanidad fijado de antemano: «Hagamos con nuestras vidas como arqueros que tienen un blanco», nos dice Aristóteles en la Ética Nicomaquea. Por esta razón las «humanidades» abren un campo ignoto, distinto a la religiosidad del más allá que era la medieval, avizorando así para el hombre una misión ética en este mundo visible. P o r esto el hombre del Renacimiento ya no busca sólo realizarse como viador hacia lo eterno, sino también como habitante del más acá. Sin duda que el huero formalismo de la escolástica decadente y una primitiva y gastada retórica influyeron en un principio para hallar en el mensaje del mundo antiguo un encanto y una frescura hasta entonces desconocidas. El Aretino saluda con fer320

vor los nuevos tiempos mostrando cómo desde hace setecientos años nadie ha conocido en Italia la literatura griega, y Victoriano de Feltre concibe la nueva pedagogía como la misión de hacer grato el estudio. P o r esto a su escuela la denomina «casa giocosa», casa de la alegría. Recordaba así también que los griegos llamaban ocio al estudio de filosofía y letras y los romanos lo denominaban «ludus litterarius». Pero al lado de esta faceta jovial y jocunda de las humanidades, estaba la otra más profunda, la que mostraba al hombre y su relación con este mundo visible, encantador y maravilloso, en donde él es rey y señor, e invitado permanentemente a disfrutarlo y a gozarlo. El P a p a León Décimo, nos refiere Burckhardt, logró hacer del palacio de los pontífices romanos un albergue de todas las delicias. Pero las «humanidades» no se detienen en este sólo aspecto, en el de deparar una sonriente y grata forma al saber y a la cultura. Es que a poco se descubre que en el pensamiento antiguo está encerrada también toda la sabiduría y esto fue lo que enunciaron los primeros humanistas: El Aretino, ya citado, al anotar las largas centurias durante las cuales en Italia se desconoció la lengua griega, hacía ver que de este idioma venía toda la gran literatura. A través de la lengua ve precisamente Rodolfo Agrícola, la importancia del humanismo: «permite pensar correctamente sobre todas las cosas y expresar sin dificultad lo que se piensa». Cuando por medio de este pedagogo el humanismo de las humanidades surge en el norte de Europa y produce figuras tan destacadas como Erasmo de Rotterdam, es visible que esta concepción primera no ha variado aún; el humanismo en Erasmo, es ahistórico y por esto llega a decir que «la ciencia de todas las cosas ha de pedirse a los autores griegos». Lo que ya era principio común en la enseñanza del Trivium y el Quadrivium, E r a s mo lo repite con igual convicción en esta nueva época: «Rerum cognitio potior, verborum prior». Siéndole evidente que no se , conocen las cosas sino por las palabras sabidas («cum res non nisi per voce nota cognoscuntur»). Dilthey resume esta actitud erasmiana, común a muchos contemporáneos suyos, diciendo: «Una vez que se han dominado 321

los idiomas, deben aprenderse las cosas por los autores clásicos, quienes las poseen del modo más fundamental; el fin de la instrucción se alcanza con la imitatio de los clásicos». («Historia de la pedagogía», v. de L. Luzuriaga, B. Aires, 1942). Ya en plena edad media, se anunciaba el Renacimiento con hombres laicos que al lado de los clérigos poetas del siglo XII, sabían lo que sabían los antiguos, procuraban escribir como escribían los antiguos, y empezaban ya pronto a pensar y sentir como los antiguos pensaban y sentían. (Burckhardt, «La cultura del Renacimiento en Italia», p. I I I , cap. I V ) . Esta concepción estática de las humanidades, todavía es mantenida en el siglo X V I I I con el neoclasicismo. Al fin y al cabo este movimiento no fue otra cosa que un Renacimiento tardío y desde luego sofisticado... Boileau llega a establecer como condición ineludible para la belleza de la obra de arte, la ausencia de novedad conceptual. A su juicio, todas las verdades ya están dichas. Lo que importa es expresarlas en una forma nueva. Por esto el escritor no debe buscar la novedad por sí misma, sino en cuanto sirva a las exigencias de sencillez, sobriedad y brevedad. Un pensamiento nuevo, nos dice Boileau, no es el que nunca fue pensado; «c' est au contraire une pensée qui a dü venir a tdut le monde et qui quelqu'un s'avise le premier de exprimer». Este tipo de humanidades espera, con pleno optimismo, hallar todo el saber en los autores que llamamos clásicos, y no sólo el saber sobre el hombre, sino acerca de la naturaleza toda. Entre nosotros como en otras latitudes, se ha dado el caso de escritores clasicistas que han obtenido todos sus conocimientos en ciencias naturales leyendo a Plinio o a F r a y Luis de Granada, en lugar de las grandes obras que ha deparado la investigación moderna. A este propósito, cabe recordar aquí la famosa afirmación de un pensador contemporáneo, según la cual el prestigio intelectual de Aristóteles, su gran genio creador y su prodigioso saber, causaron una parálisis al desarrollo cultural de Occidente, ya que se creyó que en muchas materias el filósofo griego había dicho la última palabra. Pero esta relación con Aristóteles no fue común a todos loa que de él se enamoraron en la edad media y en el Renacimiento Basta citar a Santo Tomás y a Melanchton.
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Santo Tomás descubrió el «espíritu objetivo» mucho antes que Hegel, aunque sin sistematizarlo, como es natural. Cuando distingue entre el agere como obrar interior, y el facere como obrar ad extra, saca conclusiones a este respecto muy pertinentes. Sertillanges, citado por Rodolfo Mondolfo, (Origen y sentido del concepto de la cultura humanista, La Plata, 1940), expone esta diferencia así: «La creación de nuevos ordenes espirituales se cumple según una norma interior (recta ratio agibilium) de la cual deriva la norma de toda creación exterior (recta ratio factibilium) : la industria, el a r t e , toda la civilización, son espíritu «realizado, esto es, traducción de un ideal en la realidad». De esta suerte, Santo Tomás asegura que el verdadero progreso se halla en el equilibrio entre la tradición y la creación, entre la continuidad conservadora y la actividad renovadora. Tres siglos después, Melanchton, a quien con justicia se le ha llamado «Praeceptor Germaniae», exige también a Aristóteles como modelo de todo el pensamiento clásico. Sin embargo para Melanchton, «por la reflexión sobre los buenos escritores no sólo se forman la boca y la lengua, sino también el ánimo». No cree el educador alemán que en los clásicos se halle todo el saber, sino la base y el umbral para una sabiduría general humana que servirá «de fundamento a todos los estudios especiales y al arte de la exposición». Este humanismo progresivo de las humanidades es el que verdaderamente ha fecundado la cultura occidental. En este sentido, las humanidades son abocadas históricamente en forma dinámica y no estática, como conceptos funcionales activistas. Rodolfo Mondolfo en el lugar citado, nos ha mostrado cómo desde un principio, en el seno del humanismo, se exigió con gran vigor y conciencia esta forma de afrontar las humanidades. Según Mondolfo, lo que nos liga a las tradiciones intelectuales tiene un motivo profundo y es la convicción de que lo que ya ha sido pensado por una generación, al ser repensado por las siguientes adquiere más luz, inteligibilidad y aptitud para un ensanchamiento progresivo. Leonardo Bruni de Arezo, sigue refiriendo Mondolfo, decía que estos estudios se llaman «humanidades» por cuanto perfeccionan y adornan al hombre. En todos los autores, agrega, el concepto de «humanidades» está ligado al «concepto de la dignidad y potencia espiritual del hombre», lo
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cual siempre «se presentó estrechamente vinculado a la historicidad de sus creaciones». El pensador italiano cita a propósito del carácter historicísta de las humanidades, casos extremadamente reveladores. Por ejemplo: San Bernardino de Siena concibe al hombre como esencialmente superior al animal; y sin embargo afirma que esta superioridad sólo se hace efectiva en el proceso histórico de la cultura. Y cuando por otra parte reconoce este santo varón que el alma humana es más valiosa que toda la naturaleza porque es creada a imagen de Dios, resueltamente considera que el hombre no pasa del estado bestial al noble sino por la ciencia y el estudio. Alude también a Mateo Palmieri quien exhorta a que no seamos pedantes repetidores de las creaciones de nuestros antepasados, sino que sintamos la inquietud de la insatisfacción y cumplamos el esfuerzo del progreso. Es muy interesante a este propósito el agudo pensamiento de Giordano Bruno, según el cual la edad moderna es más vieja que la edad antigua, vale decir, más madura, merced a la continua agregación de experiencias y progresiva afirmación y profundizaron del poder del entendimiento y del juicio. Este concepto dinámico de las humanidades es el que debe presidir su enseñanza tanto en la Universidad como en los colegios de bachillerato. Hay, entonces, por así decir, dos clases do humanidades: las que históricamente se conocen con este nombre, es decir, los clásicos literarios latinos y griegos, a los que debemos añadir los clásicos italianos, españoles, ingleses, alemanes, franceses, rusos, etc., cualquiera que sea su edad y naturaleza. Estos clásicos deben ser leídos por el estudiante y expuestos por el profesor, en primer lugar, exponiendo el contexto histórico, y en segundo lugar mostrando de ellos lo vivo y lo muerto que en ellos hoy podemos distinguir. Puede asegurarse que la infertilidad de muchos estudios do humanidades realizados por nuestros institutos académicos se debe a esta falta de referencia a su pasado y de conexión relativa con el presente. No se puede pedir que un muchacho obtenga una enseñanza del conocimiento de la Odisea si no se le abren los ojos para que advierta que Ulises no es un hombre de estos días y cómo, sin embargo, mantiene con los hombres de hoy vínculos muy estrechos.
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Hay otra clase de humanidades y es la de las tradiciones culturales y científicas. La ciencia, ninguna ciencia, así sea la más abstracta e ideal, puede enseñarse como algo intemporal y ahistórico. Es necesario que el profesor distinga muy cuidadosamente al exponer un determinado tema científico, qué es lo que hay en él de actualmente vigente y qué lo que obedece a reminiscencias de un pasado más o menos remoto. La ciencia no es un conjunto de verdades. De ella hacen parte también los errores del pasado, los tanteos, las aproximaciones, los ensayos. Una ciencia que se trasmite como plenamente acabada y perfecta es una ciencia engañadora y mentirosa. El estudiante tiene que saber de ella su carga de historia y adivinar en ella sus posibilidades de corrección y progreso. Además, por otra parte, ninguna ciencia del pasado debe enseñarse en forma autónoma como ciencia actual. Aquí reside a mi juicio, el fracaso en la enseñanza del derecho romano y de la filosofía escolástica. El alumno no toma conciencia de que eso que le dicen o que lee ya en mucha parte está superado y no es una experiencia o vivencia de estos tiempos. Es muy frecuente que un estudiante de derecho civil comprenda mejor el sentido de la «stipulatio» o de la «in jure cessio» romanas cuando el profesor las expone al lado y como ilustración de lo que hoy entendemos por contratos o por enajenación. De igual manera el concepto de la materia prima le será mas accesible si se le pone al margen y como marco de lo que hoy se entiende por campos de energía, de gravitación, etc. Como síntesis de todo lo que he expuesto, considero que la enseñanza de las humanidades en los dos sentidos expresados, sólo será fecunda y formadora si se hace como realidades de un tiempo histórico ya pasado pero que en cierta forma ha dejado sus huellas en el presente, mostrando al tiempo mismo lo que tuvo de vivo y actuante en el pasado y lo que de ello subsiste en los tiempos actuales. Bogotá, marzo 28 de 1971.

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