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“Vemos que en nuestros tiempos se navega el Océano para descubrir nuevas tierras…” 1 algunas aproximaciones epistemológicas a partir del

: De Procuranda Indorum Salute y La Historia Natural y Moral de las Indias de José de Acosta, SJ. José de Acosta, teólogo jesuita, reconoce que en el siglo de los grandes viajes había que desentrañar las verdades que se hallaban ocultas al conocimiento europeo sobre lo que realmente existía más allá de ese mar desconocido, es decir de todo aquello que se mostraba en el nuevo continente americano. La historia natural y moral de las Indias se convierte, en cierta manera, en una memoria escrita sobre las “maravillas” que pudo contemplar y estudiar este jesuita, en el Nuevo Mundo. Un mundo que tardó mucho tiempo en ser descubierto a profundidad. A continuación, presentaré una reflexión sobre la experiencia de conocimiento que tuvo Acosta, durante su estancia en este Nuevo Mundo. Experiencia o más bien conjunto de experiencias que fueron muchas veces descritas por el teólogo como “maravillas”, porque los fenómenos que se mostraban ante él, muchas veces, desbordaban las formas y los contenidos referenciales preexistentes con los que se manejaba Acosta2. El término “maravilla” fue muy usado en la Europa tardo-medieval y renacentista; y derivaba del verbo latino “mirari” que significa admirar, mirar con admiración, asombrarse. El asombro, punto de partido filosófico, en ese sentido, estuvo presente en esta experiencia del teólogo, en el momento en que iba escrutando los fenómenos y sus significados. Este trabajo de investigación del conjunto de “cosas admirables” que se hallaban en la naturaleza hizo de Acosta un hombre moderno, que en términos gadamerianos respondía a un sujeto con pensamiento autónomo3, es decir con un ánimo de pensar por sí mismo, y además, de poseer como principal ejercicio de conocimiento la constate confrontación de su persona con todas las novedades que iban apareciendo en su entorno. De esta manera, se puede decir que iba experimentando4 constantemente. Más allá del mar de la imaginación y la especulación: Un mundo de Maravillas… El relato popular se presentaba como la primera gran valla que debía sortear el teólogo. Muchos eran los discursos y las historias que se habían tejido sobre el Nuevo Mundo. Algunas de ellas, fantásticas, hablaban de seres sobre-naturales o maravillosos5 que habitaban estas tierras de la Tórrida zona. Acosta, con el fin de paliar este problema – el cual se hallaba en el ámbito de la “opinión” popular- recurrió a una descripción exhaustiva de todos los elementos naturales que se hallaban presentes en este territorio. Realiza una catalogación, muy a la usanza de Plinio el Viejo6, donde destaca la flora, la fauna y los minerales que se extraen en estos territorios. Con su descripción sobre los animales, por ejemplo, intenta eliminar todo resquicio de error que había sido concebido a partir de la imaginación y el “rumor” basados en las distintas historias, difundidas en Europa. Esta descripción de las “maravillas” y fenómenos novedosos, según Acosta, también formaban parte de un plan mayor de creación7: “donde (se) celebra la excelencia de estas obras de Dios8
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José de Acosta, “Historia natural y moral de las Indias”, p. 104 En este punto, nos estamos refiriendo a todo su bagaje de pre-juicios (saberes y creencias). 3 Hans Georg Gadamer, “Mito y razón”, p. 13. 4 Observando los fenómenos y oyendo lo que sus interlocutores le comentan al respecto. 5 En este sentido, el término maravilloso se referiría a los acontecimientos que estaban relacionados con portentos, ostentos o a seres que, por su físico, eran “monstruosos”. 6 Cfr. Plinio el viejo, “Historia natural”. 7 José de Acosta, “Historia natural y moral de las Indias”, p. 219 8 Ibid, p.153

Un proyecto: más allá de la imaginación Ahora bien, es necesario recordar que el problema de la relación entre lo real y lo imaginario constituye un punto importante para una crítica epistemológica. Así, los presupuestos básicos para iniciar un estudio que poseyera carácter científico, debían de pasar por el juicio de si aquello que se investigaba era susceptible de ser conocido. De ello, dependía su valor existencia, sin embargo, es necesario reconocer que el valor de verosimilitud de dicha existencia también estaba vinculado al grado de fe que de ella pudieran tener los hombres. El hombre premoderno, sobre todo, se movió, en gran medida, en un mundo compuesto por elucubraciones propias, en las cuales los ángeles de los cielos y los demonios del infierno (oposiciones primarias por excelencia), eran –muchas veces- más reales que cualquier objeto o persona de su propia vida cotidiana...9. A pesar de que no llegara a “ver10” (constatar directamente) a dichas criaturas -que por lo general salían del “canon de la naturaleza”- , este sujeto se encontraba en capacidad de considerar que tales seres no sólo eran verosímiles sino también reales. Para Tomás de Aquino, la imaginación o fantasía se presentaba como el segundo de los sentidos internos, en el orden de perfección. El doctor angélico retomó el concepto de imaginación que ya había trabajado Aristóteles en su tratado “De Anima”11. Tomás comenta que la imaginación es una suerte de huella dejada por el acto del sentido común y que, por tanto, es propia sólo de los seres vivientes sensitivos y no podía aparecer sino sólo en los que poseían sentidos externos12. Sigue en la explicación el doctor angélico y comenta que el estímulo provoca primero la sensación, recepción y luego, conocimiento de la información. Ello provoca -además- un acto de conciencia sensorial en virtud del cual el sujeto conoce de nuevo el estímulo (esta vez integrado a la unidad siguiendo los patrones del objeto externo). Todo ello, se ha desarrollado en un acto simultáneo y en dependencia actual del estímulo. La posibilidad de superar esta dependencia se abre sólo con la fantasía. Ella puede, conservar la huella del estímulo y hacerla reaparecer en forma de imagen. Esto es precisamente lo característico, lo específico de la fantasía: su poder evocador, reproductor de contenidos de experiencias sensoriales pasadas, que se hallan en la memoria13. Como nota Tomás, esta capacidad tiene en el hombre una amplitud y una elasticidad que no se observa en el resto de animales. Esta capacidad constructiva, además, tiene su raíz en la participación del “sensus communis” y la capacidad racionalidad. Incluso, la imaginación14 se presentaría como la condición del progreso del pensamiento, dirigido a un pensar más abstracto. El sujeto, entonces, está capacitado para crear imágenes de manera muy libre, combinando los diferentes elementos que ha captado a través de sus sentidos. La fantasía, por sí misma, al abstraer del “esse” (ser) del estímulo externo y referirse sólo al “aparere” (aparecer) de la imagen en la conciencia, va más allá del nivel de la verdad y la falsedad (grado de veracidad) de aquello aprehendido15. Pero, cuando se desconecta la fantasía de su función de complemento de
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Héctor, Santisteban O, “Tratado de monstruos: Ontología teratológica”, p. 141 Recordemos que el sentido de la vista es muy importante para la civilización occidental. Esta idea proviene del paradigma griego de la vista como el medio de conocimiento. Platón, incluso, utilizará este sentido para componer sus metáforas gnoseológicas que van emparentadas con el ε ι δ ο σ (la idea). Cfr. Platón, “La República” (libros V-VII). Una vez que la imagen ha quedado grabada en la memoria puede ser susceptible de ser mezclada con otras. 11 Aristóteles, “De Anima”, III, lect.2. 12 Aquino, Tomás de (Santo), “Suma Teológica”, I q.3 a.3; I q.84, a.3 13 Aquino, Tomás de (Santo), “De memoria et reminiscentia”, III, n. 238 14 Además ella misma posee una capacidad analítica y constructiva que sirve a fines prácticos, afectivos y de mucha mayor complejidad. Todo ello debido a su función especulativa en el entendimiento. 15 Aristóteles, “De Anima”, III, lect.4, n.632.
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la percepción o de la pura base de sustentación para los procesos intelectivos superiores y la tomamos como un valor real, se cae entonces en el error, y así acontecen todas las ilusiones. Estas ilusiones producirían -entre otros- a los monstruos mitológicos, que más tarde quedarán grabados en la memoria del sujeto: individual y colectivo. José de Acosta, teólogo imbricado en la escolástica tomista, comentará además que gracias a la imaginación el entendimiento humano es capaz de alcanzar la verdad16, pero a su vez, gracias a ella puede alcanzar grandes yerros. De esta manera, estaría en la tarea de la propia razón, el de corregir la imaginación y con ella, el entendimiento. El ejemplo que usa el jesuita nos puede ayudar a darnos una idea:
“Así que a nuestra imaginación preguntamos qué le parece de la redondez del cielo, cierto no nos dirá otra cosa sino lo que dijo a Lactancio. Es a saber: que si es el cielo redondo, el sol y las estrellas habrán de caerse cuando se trasponen y levantarse cuando van al Mediodía, y que la tierra está colgada en el aire, que los hombres que moran de la otra parte de la tierra han de andar pies arriba y cabeza abajo, y que las lluvias allí no caen de lo alto, antes suben de abajo, y las demás monstruosidades que aun decirlas provocan a risa. Mas si se consulta la fuerza de la razón, hará poco caso de todas estas pinturas vanas, y no escuchará a la imaginación más que a una vieja loca; y con aquella su entereza y gravedad responderá que es engaño grande fabricar en nuestra imaginación a todo el mundo a manera de una casa, en la cual está debajo de su cimiento la tierra y encima de su techo está el cielo”17

Además, Acosta, tal vez adelantado a su época, reconoce que nuestra imaginación responde a un contexto referencial. Sostiene que ella está “asida a tiempo y lugar…”18 Es decir que el conocimiento que se desprende desde ella es particularizado y no universal. En todo caso, gracias a la razón el sujeto se forma una idea general y da forma a los contenidos del conocimiento: ordena los equívocos a los que se “lanzaría” la simple imaginación. Como comenta el historiador de las mentalidades Jean Delumeau, la imaginación colectiva trabajaba todo el tiempo a través de rumores...19. Son a través de éstos que las noticias (reales o sobredimensionadas) se comparten entre los villanos. Un rumor surge sobre un fondo previo de inquietudes por la convergencia de varias amenazas o de diversas desgraciadas que están próximas a ocurrir. De esta manera, el rumor del avistamiento o aparición de tal o cual portento, pudo haber puesto en tensión y fomentado un miedo colectivo, en toda una comunidad humana. Parece ser que a fines del siglo XV, en muchos lugares de Europa se presentaron una serie de fenómenos celestes, que fueron interpretados como signos de la venida de una nueva época 20. Estos fenómenos o “mirabilia” (contundentes portentos) fueron, incluso, objeto de prédica por parte de personajes de docta erudición como el dominico Savonarola. Estas prédicas estuvieron apoyadas en los triunfos del nuevo humanismo (algunas incluso, las vieron con la llegada de este nuevo paradigma mental)21. Este periodo, desde luego, hizo uso no sólo de los rumores sino también de las prédicas en las plazas para anunciar la venida del Anticristo y el fin del mundo22. Además, el mismo descubrimiento de América y de una humanidad -hasta entonces desconocida- fue interpretada de igual modo por los religiosos y no religiosos (recientemente desembarcados en el Nuevo Mundo) como una señal: bien de que el reino de los santos estaba próximo, o bien de que el fin de los tiempos no tardaría más. Y el argumento que apoyaba tal
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José de Acosta, “Historia natural y moral de las Indias”, p.78 Ibid, p. 79 18 Ibidem 19 Jean Delumeau, “El miedo en occidente”, p. 267 20 En esta época, nuevamente se presentó un fenómeno milenarista importante. 21 George Duby, “El año mil”, p. 9 22 Agustín de Hipona habría sido el primero en anunciar la segunda venida de Cristo y el inicio de una nueva época. Ello lo consagró en todo el libro XX de la Ciudad de Dios (De civitate Dei): allí demostró que los acontecimientos del fin de los tiempos eran ineludibles (dado que estaban anunciados por numerosos textos sagrados: sobre todo los apocalípticos) aunque no se sepa exactamente el momento de dicho fin del mundo.

concepción, era recogido de los Evangelios de san Marcos y de san Mateo que sitúan la conversión de (todos) los gentiles justo antes de la palusía23:
“Y primero tiene que ser predicado el Evangelio a todas las gentes” (Mc 13, 10) y “Y será predicado este Evangelio del reino en todo el orbe, para que sirva de testimonio a todas las gentes. Y entonces vendrá el fin...” (Mt. XXIV, 14)

José de Acosta enfrenta los “rumores” europeos en su Historia natural y moral de las Indias o parafraseando a Francis Bacon, filósofo inglés de la misma época del jesuita, enfrenta los “ídolos de la tribu”24. Más allá del mar de la especulación: un mundo de maravillas Ciertamente, José de Acosta compone la Historia natural y moral de la Indias de una manera metódica y crítica. Antes de la descripción de los acontecimientos y fenómenos del Nuevo Mundo, presenta un diálogo crítico con todos los artífices del conocimiento clásico. Parafraseando nuevamente a Francis Bacon realiza una “crítica” (delimita el conocimiento” de los “idola theatri” (ídolos del teatro). Es decir de todo aquel conocimiento clásico: sistemas filosóficos del pasado que cumplieron una función importante, en sus respectivos contextos, pero que en este nuevo contexto ya no se ajustaban a la realidad. Acaso, el principal ídolo del teatro del conocimiento clásico, antes del descubrimiento del Nuevo Mundo era la inexistencia de vida en la “Tórrida zona”. Acosta comenta:
“estuvieron tan lejos los antiguos de pensar que hubiese gentes en este Nuevo Mundo, que muchos de ellos no quisieron creer que había tierra de esta parte, y lo que es más de maravillar, no faltó quien también negase haber acá este cielo que vemos…” 25.

Las sentencias sobre la “Tórrida zona”, reconoce Acosta que no son sólo producto de la imaginación sino más bien, de la especulación –posterior a una primera experimentación-. Por ejemplo, reconoce que en algunos casos la especulación sí ha coincidido con el fenómeno que se observa en la realidad. Por ejemplo, comenta cómo “Aristóteles y los demás peripatéticos, juntamente con los estoicos sintieron cuanto a ser el cielo todo de figura redonda y moverse circularmente y en torno, esto es puntualmente tanta verdad, que la vemos con nuestros ojos los que vivimos en el Pirú…”26. Luego de este punto de coincidencia, Acosta pasa a argumentar los contenidos de este nuevo conocimiento que han sido recogidos por la propia experimentación. El teólogo jesuita, aún más, discute el asunto de la posibilidad de vida “más allá del océano”, en la Tórrida zona. Según el pensamiento clásico más allá de la inmensidad del Océano el “calor” de esta zona impediría la vida humana. Se creía que era un espacio con constante ardor del sol, donde no habría agua ni vegetación. Acosta busca corregir la posición que fue tomada por Aristóteles, en este asunto. Comenta que el estagirita “procedió bien con su discurso”, pero, “...vino a errar”27. De esta manera, la razón y desde luego, la argumentación llegaron a un límite que no correspondía con la realidad. Ahora bien, reconoce que la opinión que se hicieron los antiguos (Aristóteles, Lactancio, Agustín, entre ellos) sobre la “tórrida zona” se había constatado a partir de la experiencia
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Ibid, p. 320 Es decir aquellos errores que son propios a la tendencia humana. Estos se entienden en tanto que el hombre tiende a satisfacerse con aquel aspecto de las cosas que impresionan a los sentidos. Cfr. Francis Bacon, “Novum Organum”, 1, 38-68. 25 José de Acosta, “Historia natural y moral de las Indias”, p. 61 26 Ibid., p.64 27 José de Acosta, p. 83

limitada que tuvieron en la propia Europa. “…veían que en tanto era una región más caliente cuanto se acercaba más al Mediodía; y es esto tanta verdad, que en una misma provincia de Italia es la Pulla más cálida que la Toscana, por esa razón, y por la misma en España es más caliente el Andalucía que Vizcaya, y esto en tanto grado, que no siendo la diferencia de más de ocho grados y aun no cabales, se tiene la una por muy caliente y la otra por muy fría…”28. En suma, recapitulando la imagen del mar con la que hemos iniciado este reflexión, Acosta diría que al propio Agustín de Hipona le habría dado tanto espanto la inmensidad del Océano, como para pensar que el linaje humano hubiese pasado a este Nuevo Mundo29. Las interpretaciones que muchos estudiosos tuvieron sobre qué era el Nuevo Mundo, muy pronto se mezclaron con historias y fantasías que Europa manejaba desde antiguo. Acosta aborda las creencias que había surgido en el viejo continente y las critica con firmeza. De esta manera, el jesuita le pone límites a los otrora “ídolos de teatro” que con el tiempo devinieron en “ídolos de la tribu”. Entre las interpretaciones que surgieron con el descubrimiento del Nuevo Mundo se encontraba aquella que entendía que espacio debía ser la famosa Atlántida perdida, de la que habló Platón. O aún más, advierte que no hubo gente que con claras bíblicas creyeron que el Perú era la tierra de Ofir30. Acosta, ciertamente, toma distancia de ambas interpretaciones –contemporáneas aún a su época-. La especulación, finalmente, también cobró visos escatológicos. Según el jesuita, hubo gente que asoció el Nuevo Mundo con la profecía de Abdías, a partir de la cual el verdadero pueblo de Israel se reuniría al final de los tiempos en un lugar santo y ese sería el reino del Señor31. A decir verdad, una suerte de “sionismo” en territorio32 americano. En el nuevo mar del conocimiento: el asombro y la maravilla. Ahora bien, una vez que hemos dejado de lado los planos de la imaginación y de la especulación, nos compete revisar el plano del conocimiento –en la base de la experiencia- que presenta la empresa de José de Acosta. Como ya se avizoró, Acosta reconoce que el conocimiento de la verdad no puede recusar de la asistencia de la propia imaginación, como tampoco de la facultad racional y especulativa. Aún más, podemos entender desde su propia experiencia descrita, que para que dicho conocimiento posea un grado de validez científico deberá ser contrastado con la realidad. Acosta en distintas partes de su Historia natural y moral de las Indias empieza sus exposiciones con las frases: lo que hemos visto u oído. Esto último nos permite entender mejor la importancia de la experimentación en ese conocimiento que va adquiriendo, paulatinamente, frente a los fenómenos y acontecimientos del Nuevo Mundo como al tipo de personas que habitan en él. La historia natural debe ser entendida cómo esa necesidad del sujeto de querer aprehender la realidad tal y como se presenta. En eso consiste la exigencia de Acosta: aprehender (recoger información y luego, conceptualizar) los elementos constitutivos de la realidad para luego, transmitirlos a otros que todavía permanecen envueltos de sus “certezas” y prejuicios sobre el Nuevo Mundo. La transmisión de la verdad, en ese sentido, es una exigencia moral a la que estuvo abocado el teólogo.
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Ibid, p.87 Ibid, p.100 30 Ibid., p.94 31 Ibid, p.98 32 Acosta tendrá una opinión desfavorable de aquellos que creen que los indios provienen del linaje de los judíos. Cfr. Ibid. p.119

El asombro es entendido cómo el punto de partida para el aprendizaje que persiguió Acosta. La “maravilla” de todo este “nuevo mar” que era el Nuevo Mundo se le mostraba a la conciencia del sujeto como una novedad frente a lo cotidiano o a esos “saberes” occidentales que manejaba el teólogo. La actitud de maravillarse o del asombro, Acosta también la habría reconocido en Plinio el Viejo. Plinio no sólo se habría maravillado de los conocimientos naturales sino también de los “morales” (es decir, aquellos que tienen que ver con el ámbito de las costumbres de los pueblos de la antigüedad que describió). A partir de esto último, un proyecto de historia moral también lleva consigo ese ingrediente del “asombro”. La descripción de las costumbres de los pueblos americanos también se convierte en “maravillosos” cuando se escruta en el interior de ellos. La tarea de Acosta con respecto a la observación del comportamiento de los indígenas americanos, también tuvo que pasar por un proceso de comprensión profunda, lograda luego de una “larga y diligente consideración”33. En su obra “De Procuranda Indorum Salute”, tratado previo a la Historia Natural y Moral de las Indias, y de carácter eminentemente misional, se observa al teólogo jesuita envuelto en muchas observaciones, apreciaciones y consejos que lo acercan, aunque de manera prudente, a aquellas aseveraciones y prejuicios euro-centristas, que desdeñaban la capacidad racional de los pobladores de este continente. En el “De Procuranda Indorum Salute”, Acosta busca enfrentar las parálisis y resquemores de la evangelización americana. Observa las falencias de la misma y propone soluciones que van desde la descripción del tipo de sujetos que deberán estar abocados a tal tarea evangelizadora, como la metodología que se deba emplear para los usos de la misma. Acosta, en el prólogo de su “Procuranda Indorum Salute” parte del principio que la realidad del Nuevo Mundo es muy cambiante, mutable34. Esta característica, principalmente asociada al comportamiento de sus habitantes, se convertirá en el principal escollo que observa el jesuita para una adecuada evangelización. Evangelización que pretende trasmitir y dar cuenta de ciertas “verdades eternas e inmutables”35 y no simplemente, de explicaciones o descripciones sobre acontecimientos transitorios. De esta manera, la pregunta aparece frente al jesuita: ¿cómo transmitir la “verdades” de la fe cristiana a un grupo de sujetos que no poseen conceptos que dan cuenta de la permanencia o eternidad de entidades superiores? Aún más, el teólogo jesuita realiza una catalogación antropológica de los tres tipos de bárbaros que habitan en distintas latitudes del mundo (dos de ellos, en América). Para realizar su catalogación, Acosta parte del prejuicio europeo mediante el cual, los bárbaros eran considerados como aquellos sujetos que se alejaban de la “recta razón” 36 y el modo común de vida de los hombres (¿civilizados?). A los mexicanos y peruanos los ubica en un segundo plano37, después de los chinos, japoneses e indios. Tanto los bárbaros (indígenas) mexicanos como los peruanos aunque no llegaron a alcanzar el uso de la escritura –según la usanza europea o asiática- ni tuvieron conocimientos filosóficos o civiles 38, en cambio, sí lograron establecer una república con magistrados y poblaciones estables; además de poseer una forma solemne de culto religioso. De esta manera, incluso, José de Acosta se asombra de los “saberes” que manejan estos dos grupos específicos de “bárbaros” americanos. Sin embargo, reconoce que la
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José de Acosta, “De Natura Novi Orbis et de Promulgatione evangelii, apud barbaros, sive De Procuranda indorum salute”, p. 43 34 Ibidem. 35 Ayudará recordar lo que Acosta pone en boca de aquellos a quienes acusan a los indígenas de faltos de comprensión: “aquellos que acusan a los indios … y dicen que son torpes, estúpidos, unos troncos que, fuera de su maíz y su chuño, no son capaces de entender nada y para conocer las cosas celestiales y del espíritu son totalmente brutos y animales…” Ibid, p. 332 36 Vinculada a una fe y moral cristianas. 37 José de Acosta, “De procuranda indorum …”, p.48 38 Ibidem.

gran mayoría de indígenas del Nuevo Mundo se encuentran en un tercer estadio de humanidad, en el cual no se puede hallar ningún principio de civilización. A pesar de haber hecho una clasificación antropológica sobre los tipos de bárbaros que habitan el Nuevo Mundo, el José de Acosta del “De Procuranda Indorum Salute”, sin embargo realiza una descripción estandarizada del indígena americano, en la que se le representa como un rudo e infante. Esto se puede advertir en la crítica férrea que lanza contra aquellos que “reprenden la torpeza y lentitud de los indígenas”39. El jesuita interpreta que la responsabilidad del cambio de esta situación del indio recae no en ellos sino en sus mismos evangelizadores. En esta obra misional, José de Acosta inicia una defensa hacia los indios que él mismo conoció en sus viajes por el Perú. Esta defensa, sin embargo, cobrará mayor fuerza en la Historia natural y moral de las Indias. Como bien reza el encabezado de esta obra: “[se] pretende al relatar las costumbres (escribir sus costumbres y pulicía y gobierno) de los indios…” con el único objetivo de “…es deshacer la falsa opinión que comúnmente se tiene de ellos, como gente bruta y bestial y sin entendimiento, o tan corto que apenas merece ese nombre...”40 Según comenta el teólogo, esta actitud de menosprecio intelectual habría traído consigo el desprecio a los propios sujetos41. Reconoce que si bien es cierto, algunas conductas de los indígenas podían entenderse como comportamientos propios de la barbarie, sin embargo, muchos otros son dignos de “admiración”; desde allí, se puede entender que muchos indios sí contaban con “una capacidad natural para ser bien enseñados”. En todo caso, “…educados en aquellas cosas que fueran en detrimento o contradecían la Ley de Cristo y de su Santa Iglesia…”42. Es decir, ayudarles a salir del “error” que implicaba la idolatría, que no era otra cosa -según la interpretación de Acosta y de sus contemporáneos- que el propio engaño del demonio. Como advertimos, Acosta se “maravilla” de distintos saberes indígenas –especialmente, los que pudo observar en México y Perú-. Así por ejemplo, se admira de cómo los mexicanos guardaban sus principales historias a través de la memoria. Y que para ello hicieron uso de figuras y jeroglifos en las que pintaban “imágenes significativas”43 de su propia vida cotidiana y creencias. Aún más, se maravilla que los indios del Perú tuvieran un sistema especial para conservar la memoria de sus “antiguallas”. Reconoce que éstos no contaron con ningún género de escritura como los chinas y los mexicanos, pero que desarrollaron un sistema distinto: el quipu. Se maravilla de cómo conservaban sus memorias en unos “registros de ramales, que en diversos ñudos y diversos colores, significan diversas cosas”44. Acosta, desde sus propias categorías, refiere: “es increíble lo que en este modo alcanzaron, cuanto los libros pueden decir de historias, y leyes y ceremonias y cuentas de negocios –según el criterio europeo de transmisión de conocimiento-, todo eso suplen los quipos tan puntualmente, que admira…”45. A continuación, transcribimos una parte de la descripción de Acosta en que nos presenta la
“maravilla” de este sistema mnemotécnico de los indígenas peruanos: “Yo vi un manojo de estos hilos, en que una india traía escrita una confesión general de toda su vida, y por ellos se confesaba, como yo lo hiciera por papel escrito, y aún pregunté de algunos hilillos que me parecieron algo diferentes, y eran ciertas circunstancias que requería el pecado para confesarle enteramente. Fuera de estos quipos de hilo, tienen otros de pedrezuelas, por donde puntualmente aprenden las palabras que quieren tomar de
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Ibid, p.332 José de Acosta, “Historia Natural y Moral de las Indias”, p.3 41 Esta afirmación es muy cercana a la tesis lascasiana que ya era conocida en la época de Acosta. 42 Ibid, p. 399. 43 Ibid., p.400 44 Ibidem. 45 Ibid., p.402

memoria. Y es cosa ver a viejos ya caducos con una rueda hecha de pedrezuelas, aprender el Padre Nuestro, y con otra el Ave María, y con otra el Credo, saber cuál piedra es que fue concebido de Espíritu Santo, y cuál que padeció debajo del poder de Poncio Pilato, y no hay más que verlos enmendar cuando yerran, y toda la enmienda consiste en mirar sus pedrezuelas, que a mí para hacerme olvidar cuanto sé de coro, me bastará una rueda de aquellas…”46

Por último, Acosta reconoce la capacidad racional que poseen los indígenas peruanos. A partir del uso manejo de los quipus, advierte: “Si esto no es ingenio y si estos hombres son bestias, júzguelo quien quisiere, que lo que yo juzgo de cierto, es que en aquello a que se aplican nos hacen grandes ventajas…”47. Ésta es en suma, la sentencia de un hombre moderno que navegó océanos nuevos de conocimiento en sus experiencias en Perú y México, sin perder la capacidad de “asombro” en sus distintas experiencias. Ésta es la sentencia de un sujeto moderno: José de Acosta.

Adolfo Domínguez Jaime

Fuentes bibliográficas

ACOSTA, José de

De Natura Novi Orbis et de Promulgatione evangelii, apud barbaros, sive De Procuranda indorum salute. Madrid: Ediciones España Misionera, 1952.

Historia Natural y Moral de las Indias. Madrid: Dastin, 2002 AGUSTÍN de Hipona AQUINO, Tomás de BACON, Francis DUBY, George DELUMEAU, Jean GADAMER, Hans – Georg PLINIO, el viejo
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La Ciudad de Dios. Madrid: BAC, 1958 Suma Teológica. Madrid: BAC, 1956 Novum Organum. Buenos Aires: Losada, 2003 El año mil. Barcelona: Gedisa, 1988 El miedo en Occidente. Madrid: Taurus, 2002 Mito y razón. Barcelona: Paidós, 1997 Historia natural. Madrid: Gredos, 1998

Ibid., p.403 Ibidem.

SANTISTEBAN, Héctor SHAKESPEARE, William

Tratado de monstruos: Ontología teratológica. México, 1999 Obras completas: La tempestad, II, Madrid: Gredos, 1965