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¿Quién mató a Dag Hammarskjöld?

De las dificultades
de clarificar un asesinato político
8 JULIO, 2014 AT 7:26 AM

En la noche del 17 al 18 de diciembre de 1961 el avión que llevaba a DH al
aeropuerto de Ndola, en lo que hoy es Zambia, se estrelló poco antes de aterrizar.
Perecieron todos sus ocupantes, salvo uno que murió –aparentemente de
complicaciones por las heridas sufridas- unos cuantos días más tarde. A diferencia
de lo que ocurrió con el general Balmes, el accidente se investigó repetidamente.
Lo hicieron en dos ocasiones las autoridades competentes de lo que entonces era
la Rhodesia del Norte (parte de una Federación en que también figuraban la
Rhodesia del Sur, hoy Zimbabwe, y Nyassalandia, hoy Malawi, bajo dominio
británico) y las propias Naciones Unidas.
La primera y segunda investigación determinaron que la causa del accidente fue
debida a un error del piloto. La tercera no se pronunció y dejó abierto el caso.
Este ha generado varios libros, numerosos programas de televisión e incontables
artículos de prensa. En ello se diferencia del caso Balmes, rápidamente olvidado.
También se diferencia en que la muerte de DH ha dado origen a las más variadas
teorías conspiratoriales en las que figuran como motores la CIA, el MI6, los belgas,
varias multinacionales de la época, mercenarios contratados por el Gobierno
secesionista de Katanga (una parte del Congo recién llegado a la independencia),
los partidarios del apartheid sudafricano y los colonos británicos opuestos a la
descolonización.
Dado que en este blog uno de sus amables lectores me ha regañado por mis
presuntos fallos en la investigación del caso Balmes, he recordado que tenía sin
leer un libro que me regaló mi mujer las últimas Navidades. Me he precipitado,
pues, sobre él para contrastar técnicas de análisis en la investigación del
“accidente” en el que pereció DH. No soy criminalista y entiendo que uno no cesa
de aprender hasta que le visita la negra parca o le atrapan el Alzheimer o la
demencia senil.
La autora del libro, Who Killed Hammarskjöld? The UN, the Cold War and White
Supremacy in Africa, publicado en 2011, es Susan Williams, una investigadora
senior en la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad de Londres y
experta en temas de descolonización.
Williams ha escrito un libro fascinante. Conoce muy bien el marco estratégico
general y los problemas económicos, políticos y militares conectados con la
operación de mantenimiento de la paz que DH lanzó en el Congo con la preceptiva
autorización del Consejo de Seguridad. Esta parte la resume de mano maestra
pero los planteamientos generales solo sirven para encuadrar el “accidente”.

Durante años ha escudriñado los documentos generados por las dos
investigaciones. Ha destacado en particular las incongruencias de la más
sospechosa, la primera. Ha buscado datos complementarios en tres continentes.
Ha tejido una red de complicidades con antiguos miembros de varios servicios de
inteligencia. Ha visitado archivos oficiales (y a veces privados) en Bélgica, Estados
Unidos, Inglaterra, Naciones Unidas, Noruega, Portugal, Sudáfrica y Suecia. Ha
interrogado a personas que tuvieron alguna conexión con el caso o con sus
descendientes. Ha expurgado memorias y literatura secundaria. En definitiva, ha
hecho obra de detective y sacado a la luz documentación o informaciones que no
se conocían, que se habían desdeñado o que se habían distorsionado. Un lugar
importante corresponde a los análisis comparativos de textos, debidamente
contextualizados. Salvando las distancias, es más o menos lo que hice en relación
con el caso Balmes. No extrañará, claro, que las claves no se encuentren en los
artículos de prensa de la época, en parte porque muchos de ellos fueron
sometidos a una campaña consciente de desinformación. Como con Balmes.
La conclusión de una monografía de casi trescientas páginas no lleva a poder
determinar quién mató a DH. Demasiada documentación se ha destruído. Sí lleva
a establecer que no se trató de un accidente. El avión sueco se vio obligado a
descender de la altura en la que se había situado para aterrizar unos minutos
después. Dos escenarios son verosímiles: bien otro avión le forzó a ello y le lanzó
una bomba o bien se activó otro explosivo, oculto en el tren de aterrizaje.
El director del aeropuerto lo cerró sin indagar lo que hubiera podido ocurrir
cuando el avión se retrasó; las comunicaciones con el avión no se grabaron o
desaparecieron; se “pasó por alto” que en la torre de control probablemente hubo
personas que no querían demasiado a DH; se retrasó todo lo posible la
investigación sobre el terreno; se omitieron testimonios oculares (de nativos) que
habían llegado al lugar del “accidente” mucho antes que las fuerzas de seguridad,
etc.
En realidad DH se había convertido en una persona cuyo compromiso con la
integridad territorial del Congo molestaba a los Gobiernos británico, belga y
sudafricano, a poderosas multinacionales que se las prometían muy felices ante la
posibilidad de explotar los inmensos recursos minerales de una Katanga
independiente y, no en último término, a las autoridades de la Federación de las
dos Rhodesias y Nyassaland. Los archivos de su presidente (Sir Roy Welensky) y
del alto comisario (Lord Alport) no han desaparecido pero sí se han “peinado”.
También los de la CIA y, probablemente, los de la NSA, uno de cuyos funcionarios
captó en una estación de escucha de Chipre conversaciones de un segundo avión
que no se registraron. Mutatis mutandis, es lo que ha ocurrido con ciertos papeles
de la Presidencia del Gobierno y de las autoridades militares españolas o de los
fondos del Foreign Office y de los archivos del MI6, todavía cerrados a piedra y

lodo.
Personalmente, me siento muy satisfecho de que, con las naturales diferencias,
las técnicas de investigación y análisis que utilicé en mi estudio acerca del
“accidente” del general Balmes sean, en el plano metodológico, muy parecidas a
las que Susan Williams ha seguido en su fascinante estudio. Con una diferencia.
El caso DH fue muchísimo más complejo y plantea las responsabilidades de
importantísimas personas en la esfera política y económica de varios países. De
aquí que no haya podido determinar con total exactitud quiénes fueron los
causantes. En el caso Balmes puedo reafirmar que, con un 99 por ciento de
probabilidad, el nombre de su asesino es identificable.
Para los interesados: la entrada de DH en la edición en español de Wikipedia es
paupérrima y admite la teoría del accidente; la de la versión en inglés es más
completa pero no menciona el estudio de Williams. Tampoco cree en un asesinato
aunque expone las teorías que discrepan del accidente.
Lo que cuesta averiguar ciertos hechos…