HITOS DEL BOLERO DOMINICANO: UNA VISIÓN APASIONADA

PEDRO DELGADO MALAGÓN

PROEMIO

Luis Alberti con acordeón piano.

Hablar del bolero es trasladar el recuerdo a los días antiguos de mi mocedad. Las voces lejanas de Lucho Gatica, Alfredo Sadel, José Antonio Méndez, Daniel Riolobos y Antonio Prieto son rumores que todavía palpitan en la memoria remota. La música ha sido parte entrañable de mi vida y conocer el bolero fue, en aquellos años, un descubrimiento capital. En los inefables años 50 me acerqué a los músicos y cantantes dominicanos. Intimé, así, con las canciones de Salvador Sturla, de Manuel Sánchez Acosta, de Juan Lockward, de Moisés Zouain, de Bullumba Landestoy. Escuché a Lope Balaguer, a Gerónimo Pellerano, a Guarionex Aquino, a Arístides Incháustegui, a Armando Recio. Llegué, muy escaso de edad, a esa fiesta perpetua que se difundía a través de la emisora de radio y televisión La Voz Dominicana. En esos días descubrí la noche y me sorprendió que una guitarra pudiese despejar las oscuridades del sueño. Entonces, de repente, comprendí la serenata. Poco a poco, de esta suerte, fui entrando en la totalidad de un universo lleno de palabras y acordes que me revelaban la vida, que explicaban unos ardores que mi adolescencia aún no anticipaba. Hube de esperar a los abrasadores años 60 para conocer los boleros de

Actuación de Lope Balaguer junto con Marco Antonio Muñiz en México acompañados del pianista Mario Ruiz Armengol, arreglista mexicano.

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Manuel Troncoso, de Rafael Solano, de Nelson Lugo. Era, sin duda, una música nueva, de melodía palpitante, con un montaje armónico de gran aliento, de poesía crecida y preñada de tropos. Me emocionaban esas canciones que levantaban el vuelo en las voces de Luchy Vicioso, Ivette Pereyra, Fernando Casado, Horacio Pichardo, Niní Cáffaro, Julio César Defilló. Esa nueva poética musical cerraba el círculo inconcluso. El bolero criollo se establecía entonces, con legitimidad absoluta, en el espacio que ocupaban los mejores músicos de América. Ya en Troncoso, Solano y Lugo podíamos encontrar los secretos melódicos y armónicos descubiertos por Marta Valdés, César Portillo de la Luz, Vicente Garrido, Arturo Castro y Armando Manzanero. Más tarde, ya en los 80, accedo a las inéditas emociones que proponen las melodías y los versos de Víctor Víctor y Cheo Zorrilla. También la magia radical de Juan Luis Guerra coquetea en aquellos días con el bolero, en viñetas coloreadas de inocente surrealismo. Después, durante los dos últimos decenios, el bolero dominicano languidece. Los tres grandes maestros del bolero moderno –Troncoso, Solano, Lugo– escriben muy poco, o ya no escriben. La canción romántica dominicana desaparece de la radio y la televisión. Salvo Cecilia García, como lo demuestran sus dos recientes y espléndidas producciones discográficas, prácticamente nadie canta hoy con la dignidad que el género merece. Ahora son los días de la bachata. Esta suerte de música –que una vez califiqué como «un tango escrito por un analfabeto»– se trasladó desde los extrarradios, desde los suburbios, hasta irrumpir en los centros urbanos y alterar el sentido estético de la gran población, masificada por la ingenuidad y la ignorancia. La bachata, denominada hoy día por algunos críticos extranjeros como el «bolero dominicano», evolucionó desde la canción de «amargue», de paupérrima factura literaria y musical, hasta lograr el máximo de dignidad que este género –limitado por la estrechez del patrón rítmico y armónico, y condicionado por una cierta penuria literaria– podría haber alcanzado. De ahí que la perspicacia de músicos como Juan Luis Guerra, Víctor

Víctor y Luis Díaz nos arrojara un puñado de afables canciones que la gente común bailotea hoy día con ademanes de áspera fruición. El recorrido es, no cabe duda, largo y sugestivo. El bolero ha transitado de las tonadas sentimentales de Salvador Sturla y Moisés Zouain a las cabriolas de Juan Luis Guerra y la rudeza de Luis Díaz. Ahora toma sentido el título de estas páginas: «Hitos del bolero dominicano: Una visión apasionada». En el trayecto que sigue me referiré solamente a mis pasiones, a mis viejas y vehementes pasiones. Destacaré los autores y compositores que me emocionaron ayer y que me conmueven todavía. No pretendo examinar la historia bíblica del bolero dominicano, tarea de anticuarios. Hubo, y hay aún, muchos artistas cuya obra respeto, aunque no sea de mi preferencia. Lejos de mí está el emitir juicios de mérito con relación a ellos. Acato la inclinación de los demás, tanto como espero que se tolere la mía. Aristóles dijo que las cosas se diferencian en lo que se parecen. Pienso que los hombres, así, se separan por lo mismo que quieren. Amar la música, amar el bolero, debe bastar para reconciliar todas nuestras diferencias.

DEFINICIÓN Y ORÍGENES DEL GÉNERO

Agustín Lara.

El bolero viene de muy hondo y de muy lejos. José (Pepe) Sánchez (n. 1856, f. 1918), un mulato sastre y poeta, natural de Santiago de Cuba, escribe a finales del siglo XIX (en el 1885) el bolero Tristezas, y esa fecha se establece convencionalmente como el punto de nacimiento del género. (Para ese entonces, el bolero tenía dos partes o períodos musicales de dieciséis compases, separados por un pasaje instrumental al que llamaban «pasacalle».) Tristezas me dan tus penas mujer, / profundo dolor que dudes de mí, / no hay prueba de amor que deje entrever, / cuánto sufro y padezco por ti. / La suerte es adversa conmigo / no deja ensanchar mi pasión / un beso me diste un día / lo guardo en mi corazón... Ya a lo largo del siglo XX, como una inmensa oleada que traspasa las aguas del Mar Caribe, aquella canción un poco italiana, siempre en la nota sentimental y melancólica, estrechamente ligada al bambuco colombiano y a la canción mexicana y, sin embargo, muy criolla para los oídos criollos, que los trovadores cantaban a media voz, cerrando los ojos, sufriendo y suspirando sobre las cuerdas de sus guitarras, evoluciona hasta materializar el carácter, la naturaleza, el ser, el ethos y el pathos, del hombre y la mujer caribeños.

Cecilia García.

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En un intento de definir el bolero, Clara Román-Odio dice: «Siguiendo la tradición del discurso amoroso de Occidente –que entronca, primero, con la lírica provenzal, luego con el romanticismo y, más tarde, con el modernismo hispanoamericano–, el bolero pone en escena al individuo en su búsqueda de la «alteridad», es decir, de «el otro», de «la otra». Igual que la cantiga y la canción medieval se destina al canto, a la comunicación oral a través de un intérprete. Y también al baile, mediante el cual la pareja, abrazada y moviéndose a un ritmo lento, actualiza como suyo el drama que la canción representa». En el 1906, Alberto Villalón presenta una revista musical («El triunfo del bolero») en el Teatro Alhambra de La Habana. Después, durante cien años germinan los boleros en Cuba, en México, en Puerto Rico, en Colombia, en Venezuela, en la República Dominicana. Más que un género, el bolero es una atmósfera, un clima, una tensión. Hasta Brasil, Argentina y Chile se extiende esta melodía concisa, con letra sentimental, nacida del danzón cubano y de la contradanza en 2x4. Las letras aluden, generalmente, a los afectos sencillos y espontáneos, a los amores imposibles, a las pasiones extraviadas. El bolero nace con expresiones propias y, al mismo tiempo, se apropia de los versos de Luis Urbina, de Amado Nervo, de Pedro Mata. Manuel Ponce, el Tata Nacho, Guty Cárdenas, Agustín Lara, Alfonso Esparza Oteo, Joaquín Pardavé y María Grever escriben los primeros boleros mexicanos del siglo XX. (Lara, al principio, se apropia del instrumental léxico de Darío) Nacen, así, temas como Estrellita, Borrachita, Ojos tristes, Concha nácar, Un viejo amor, Cuando vuelva a tu lado. En Cuba, Miguel Matamoros, Gonzalo Roig, Ernesto Lecuona, Eliseo Grenet, Julio Brito y Osvaldo Farrés crean, en los primeros decenios de la pasada centuria, canciones célebres como Flores negras, Quiéreme mucho, Estás en mi corazón, Toda una vida. La iluminación de Rafael Hernández y Pedro Flores produce, en Puerto Rico, joyas musicales como Perfume de gardenias

y Perdón. Esta es la generación instauradora, la generación fundadora del bolero americano. Ya después de las jornadas iniciales, afectadas por la romanza y la canción italiana, el bolero se transforma drásticamente. Las influencias son diversas: el jazz, el blues, la ranchera mexicana, el flamenco, el rock, el beguin (introducido por el insuperable Cole Porter y considerado por algunos como la versión norteamericana del bolero), el tango, el son, el mambo, el cha-chacha, el merengue. Una generación de músicos nacidos entre los primeros decenios del siglo XX revoluciona el bolero cubano de los años 40 y 50. Me refiero al grupo que componen Mario Fernández Porta, Juan Bruno Tarraza, Julio Gutiérrez, Sergio de Karlo, Orlando de la Rosa, René Touset, Pedro Junco, César Portillo de la Luz, Frank Domínguez, José Antonio Méndez. En Cuba aparecen, así, emblemáticas canciones: Qué me importa, Llanto de luna, Inolvidable, Flores negras, Nosotros, Toda una vida, Tres palabras, Contigo a la distancia, Delirio, La gloria eres tú, Imágenes. En México, asimismo, surge una numerosa y egregia hornada de escritores de textos y músicas de boleros. Hablo, entre otros, de Gonzalo Curiel, autor de Vereda Tropical; de Alberto Domínguez, compositor de Perfidia; de Consuelo Velásquez, creadora de Bésame mucho y Que seas feliz; de Vicente Garrido, escritor de No me platiques ya, Todo y nada y Una semana sin ti; de José Sabre Marroquín, autor de Nocturnal; de Wello Rivas, padre del bolero Cenizas; de Álvaro Carrillo, productor de boleros insuperables como Amor mío y Sabrá Dios; de Roberto Cantoral, inspirado creador de La barca, El reloj y Regálame esta noche. Con escasa distancia en el tiempo, surgen a la vida en Puerto Rico Roberto Cole (autor del bolero Olvídame), Mirta Silva (compositora de Qué sabes tú y Tengo que acostumbrarme), Bobby Capó (brillante creador de Piel canela y Poquita fe) y Silvia Rexac (intuitiva creadora de canciones como Olas

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y arena y Nave sin rumbo). Hasta Argentina llega la influencia caribeña, y allí surgen compositores señeros como Mario Clavell (autor de Somos, Abrázame así y Brindo por ti) y Chico Novarro (creador de Amnesia). La época dorada del bolero es el período de 1940 a 1950. La difusión de la radio hace del bolero un fenómeno de masas. Después, las voces de Agustín Lara y Toña la Negra, Fernando Albuerne y Fernando Fernández, Bobby Capó y Elvira Ríos, Pedro Vargas y Benny Moré, Alberto Beltrán y Leo Marini, entre muchas, invaden el mundo privado, el universo íntimo de los hispanoamericanos. La aparición de la vellonera es una verdadera revolución en los años 40. En los 50, bastarán cinco centavos para traer al escenario la magia de Lucho Gatica o el canto transparente de Alfredo Sadel. Cabe destacar que a finales de los 40 se manifiesta, principalmente en Cuba y México, un importantísimo movimiento de compositores y cantautores que algunos denominaron como «bolero moderno» o «filin» (derivado de la palabra inglesa «feeling», que se traduce como «sentimiento»). La obra de los cubanos José Antonio Méndez, César Portillo de la Luz, René Touzet, Frank Domínguez y de la prodigiosa Marta Valdés, así como de los mexicanos Vicente Garrido y Mario Ruiz Armengol, en una asombrosa simultaneidad de arquitectura musical y poética, constituyó uno de los fenómenos artísticos más preeminentes de la mitad del siglo. Se acepta que el giro hacia el bolero moderno nace en 1947 con la canción Contigo a la distancia, de Portillo de la Luz. Después, las canciones de José Antonio Méndez (La gloria eres tú, Novia mía), interpretadas por él con su «voz de ronco enronquecido», conmueven y trazan la pauta de lo que será un bolero de sugestiva cultura, de melodía donosa, articulado en torno a estructuras armónicas imaginativas y complejas, vinculadas al jazz. Dice Gonzalo Roig: «El intérprete del ‘filin’ tenía que ser un actor-cantante que dominara la escena y liberara la voz, jugando con el tiempo y la armonía, y con capacidad de dramatizar, reflejando en cada interpretación, con sus gestos y modulaciones
Bolero. Óleo del pintor Fernando Peña Defilló. 1998.

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vocales los sentimientos del cantante-ejecutante. El público no sólo escuchaba, sino que sentía las mismas emociones que el cantante le proyectaba. Es una creación musical que no está hecha para el cine ni la televisión, sino para ambientes íntimos como una casa privada, un night-club o pequeñas boites, donde se crea una atmósfera apropiada y se puede ‘descargar’ a sus anchas». El punto más alto de la canción romántica latinoamericana, a mi juicio, se alcanza con las obras de los artistas que integraron el «filin». Los años 60 son un tiempo de protesta y rebelión. El fenómeno hippie, las drogas, el rock, los Beatles, las manifestaciones de mayo del 68 en París, Woodstock, la revolución cubana, la guerra de Vietnam, entre otras claves, expresan los nuevos valores de una juventud que deja de escuchar boleros, que rechaza la música que escuchaban sus padres, en un espacio estremecido por las convulsiones de una virulenta contracultura. Sin embargo, pese a todo, el bolero sobrevive a tales avatares. Armando Manzanero se establece como el más destacado compositor de boleros de los años 60. En las voces de Marco Antonio Muñiz y José José, su música le abre nuevas dimensiones a los reclamos pasionales del ser latinoamericano. En los temas de sus canciones, Manzanero accede a un inédito inventario de situaciones, de anécdotas, lejanas como nunca de los lugares comunes del bolero tradicional de los años 40 y 50. El bolero Esta tarde vi llover expresa la simultaneidad, la concurrencia de acontecimientos externos (la lluvia, el mar, la gente, el vuelo del ave) con otros de repercusión íntima (la soledad, la ausencia), para materializar en una de las más insólitas y hermosas expresiones del repertorio bolerístico de cualquier época. Cabe destacar que la melodía tanto como el entramado armónico empleado por Manzanero recogen, pareja e inteligentemente, las mejores influencias de la música cubana, mexicana, brasileña y norteamericana de la época. Una importante contribución al bolero moderno –probablemente nunca bien comprendida– la realizó el grupo de cantautores de la Nueva Trova

Cubana. Aunque no era éste su principal bosquejo poético y musical, cabe destacar el valioso aporte realizado al género bolerístico por Pablo Milanés (Para vivir), Noel Nicola (Te perdono), Amaury Pérez (Acuérdate de abril) y Miriam Ramos (Para tu piel). Después de 1990, el bolero (ahora influido por la balada) trata de recuperar el espacio perdido. En la voz del cantante mexicano Luis Miguel, y con producciones de Armando Manzanero y orquestaciones de Bebu Silvetti, el género reconquista el favor de la juventud hispanoamericana. El mocerío, en un rapto de romanticismo entumecido y anacrónico, se arroba ahora al escuchar las viejas canciones de Agustín Lara y Vicente Garrido. El bolero, así parece, no morirá. Confiemos, pues, en la vigencia de ese trozo de melodía, de esa minúscula hazaña poética, que escuchamos y bailamos con los ojos cerrados, en tanto nos deslizamos a lo más hondo, a lo más profundo de nosotros mismos.

EL BOLERO DOMINICANO DE 1930 A 1960

Salvador Sturla y Ángela Carrasco.

En la República Dominicana el bolero nace con algún retraso. Los músicos populares dominicanos de los años primeros del siglo XX –José Dolores Cerón, Julio Alberto Hernández, Rafael Ignacio, Machilo Guzmán, Danda Lockward– incursionan más que nada en lo que podría entenderse como una versión nativa del bolero caribeño, esto es, la criolla. De tal modo, nacen canciones como La gaviota, Como me besabas tú, Lucía. Las criollas prácticamente llenaron el espacio de la música romántica dominicana hasta bien entrada la pasada centuria. Cabría señalar que, en su gran mayoría, los boleros dominicanos escritos entre 1930 y 1960 tuvieron muy poca repercusión internacional. La música de este período, que una vez denominé como de «bolero tradicional» o «bolero preurbano», expresa una temática parroquial, provinciana, orientada a la exaltación de costumbres, paisajes y valores sencillos y bucólicos. Era arte simple, sin mayores pretensiones. Salvo aisladas canciones de Luis Kalaff, Bienvenido Brens, Juan Lockward, Bullumba Landestoy, Luis Chabebe, Armando Cabrera y Manuel Sánchez Acosta, el bolero dominicano estuvo ausente de la fiesta que se escenificaba en los centros artísticos de Cuba, México y Puerto Rico.

Nimbos de plata.

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Mario de Jesús y Billo Frómeta serían quizás la excepción. Pero sucede que ambos, si bien oriundos del país, llegaron a la culminación de sus carreras fuera del espacio nacional: Mario de Jesús madura y se desarrolla musicalmente en México; Billo Frómeta, en Venezuela. El descollante itinerario de estos dos artistas podrá suscitarnos un legítimo orgullo nacionalista, aunque debamos admitir que su relación con la música dominicana es no menos que alegórica y remota. Cabrían diferentes explicaciones respecto al retraimiento, a la orfandad en que vivió la música popular dominicana de aquellos años. En primer lugar podría señalarse la dictadura trujillista. El país se mantuvo aislado de la comunidad internacional, y muy pocos artistas podían viajar al exterior y, mucho menos, grabar o colocar sus discos fuera del país. Otra razón, dolorosa aunque objetiva, es que la obra de los compositores dominicanos de aquellos años era escasa en los aspectos musicales y, por igual, en el desarrollo literario. En la mayoría de los casos se trataba de melodías llanas, con inflexiones predecibles y desganadas que transcurrían en una anchura de uniformidad y simpleza. Hebras melódicas derivadas de la romanza, o acaso de la danza puertorriqueña, que se resolvían en volatines de una tristeza inelegante y cursi. La base armónica de casi todos los boleros dominicanos de esa época es trivial y poco ingeniosa. Se trata, tan sólo, de oscilaciones, vaivenes, ir y venir de cadencias mayores y menores que se resuelven en un estrecho círculo de monotonía sin asomo de perspicacia, que nada novedoso aportaban. Ésta, más que cualquier otra, es la explicación que se me ocurre para justificar la reducida trascendencia de los boleros tradicionales nuestros en todo el ámbito americano. Aún así, pienso que los méritos de algunos de nuestros autores y compositores pudo haber rebasado, bajo otras circunstancias, con mayor ventura, los límites exiguos de la frontera geográfica del país. Artistas como Salvador

Sturla, Luis Alberti, Juan Lockward, Manuel Sánchez Acosta, Bullumba Landestoy, Moisés Zouain, Tony Vicioso, Papa Molina, Luis Kalaff y Bienvenido Brens fueron dignos de mejor suerte. Su obra es pareja, en calidad, a la de aquellos autores que masivamente llenaron la radio del continente a mediados del pasado siglo. A ellos, que constituyen mis hitos del bolero dominicano, les dedico esta visión apasionada. SALVADOR STURLA (1891-1975) Salvador Sturla acaso sea nuestro primer autor de boleros. Sturla tocaba empíricamente guitarra, piano, ukelele, violín, armónica. Era cantante, autor, compositor, además de bailarín, fotógrafo y pirotécnico. A él debemos temas únicos como Amorosa y Azul (grabado por Rafael Colón, con la orquesta de Luis Alberti). En el año 1927, Antonio Mesa graba dos composiciones suyas con el Trío Quisqueya, a dúo con Salvador Ithier y la guitarra de Rafael Hernández: La muñeca y No puedo vivir sin tus palabras. Suyas son canciones como Quimera (grabada por el Trío Quisqueya, formado por Armando Cabrera, Emilio Carbuccia y Luis Frómeta), Navidad (grabada por el Trío Ensueño en los inicios de los años 50, y luego por Arístides Incháustegui), y Vuelan mis canciones (grabada, entre otros, por Fernando Casado). En la primorosa creación de Salvador Sturla está presente la influencia de la vieja trova dominicana, tanto como la poética de Agustín Lara, Guty Cárdenas y el Tata Nacho. No exagero al decir que el Azul de Sturla rivaliza en belleza con el Azul de Agustín Lara: «Azul» de Sturla: Azul es el mar de mis sueños / Azul la esperanza de amar / Azul, horizonte sin dueño / Azul es mi dulce canción. «Azul» de Lara: Cuando yo sentí de cerca tu mirar / De color de cielo, de color de mar, / Mi paisaje triste se vistió de azul / Con ese azul que tienes tú.
Página siguiente: Salvador Sturla.

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LUIS ALBERTI (1906-1976) Luis Alberti constituye una de las inteligencias más fecundas del universo musical dominicano. Compositor de merengues como Compadre Pedro Juan, Loreta, Dolorita, Leña; de boleros: Luna sobre el Jaragua, Tú no podrás olvidar, Entre pinares; colaborador de Pancho García y Julio Alberto Hernández en la búsqueda de raíces y elementos primarios del folklore dominicano; autor de obras sinfónicas como la suite Estampas criollas; de un potpourri para banda: Albertiana; de obras para violín y piano: Olas de mar y Scherzando; escritor de libros como Método de tambora y güira, Cantos infantiles y Música, músicos y orquestas bailables dominicanas, 1910-1959. Luis Alberti era hijo del doctor Narciso Alberti Bosch, precursor de los estudios arqueológicos en el país, y biznieto del coronel Juan Bautista Alfonseca, autor del primer himno nacional dominicano. Alberti tocaba violín, cello, piano, órgano y piano-acordeón. Fué primer violín de la orquesta del teatro Colón, en Santiago. A finales de los años 20 constituyó la orquesta Jazz Band Alberti, que luego de varios cambios de nombre se transformó en la mítica orquesta Santa Cecilia. Al frente de su orquesta, como compositor y arreglista de boleros, Alberti logra plasmar un estilo pausado y elegante, desenvuelto y sobrio. En las voces de Rafael Colón y Marcelino Plácido, las canciones románticas interpretadas por Luis Alberti y su orquesta determinan el derrotero y el carácter del bolero bailable dominicano en los años 40 y 50. MOISÉS ZOUAIN (1912-2004) Oriundo de Santiago de los Caballeros, Moisés Zouain es un innato compositor y autor de canciones con significativo contenido poético y un muy elegante diseño musical. Los boleros Romance bajo la luna, Serrana y Egoísmo expresan su aliento como creador de algunos de los temas románticos más sugerentes del repertorio dominicano. El bolero moruno Egoísmo fue grabado por Lope Balaguer, Milagros Lanty, el colombiano Víctor Hugo
Luis Alberti.

Ayala y por el cantante puertorriqueño Gilberto Monroig. El bolero Romance bajo la luna –grabada, entre otros, por el mexicano Fernando Fernández y los dominicanos Lope Balaguer y Expedy Pou– irradia un desarrollo melódico y armónico de gran impulso, y representa una de las más hermosas composiciones dominicanas escritas en el período 1940-60: Qué raro es tu mirar bajo la luna / Su lumbre y tus pupilas van rimando. / Y el mar va formando encajes de blanca espuma / Y yo a ti te estoy queriendo como a ninguna. / Paisaje hecho de luz, de amor y besos / Sonrisas que me brinda tu querer. / Ternura de la luna, aliento de tu ser / Es cuanto yo pretendo merecer. Las canciones de Zouain fueron llevadas al disco, además, por Arístides Incháustegui, Francis Santana, Alcibíadez Sánchez, Milagros Lanty, Casandra Damirón, Rafael Colón, Camboy Estévez, Henry Ely y Niní Cáffaro.

Omar Franco mientras ensayaba con Moisés Zouain la canción “Tu recuerdo”.

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MANUEL SÁNCHEZ ACOSTA (1914) A finales del decenio de los 30 y en el inicio de los 40 aparece la música de Manuel Sánchez Acosta. Este médico y compositor, nacido en Santiago y arraigado tempranamente en La Vega, se anticipa a todos los compositores del país y escribe acaso los primeros boleros dominicanos con reflejos de modernidad: Paraíso soñado (compuesto en 1938), Ven, A primera vista, Maribel. Músico desde temprana edad, tocó la batería con la orquesta de su tío Dindín Acosta, en La Vega. En Sánchez Acosta se asoma la influencia de la sintaxis musical norteamericana: melodías despejadas, consonancias abiertas y de gran aliento, tempos rubatos (significa literalmente «tiempo robado»; se refiere a adelantamientos y retrasos en el desarrollo melódico en relación al pulso del acompañamiento) y armonía con innovaciones y mudanzas que se avecinan a los temas de Porter, Berlin, Kern, Carmichael y Gershwin. Sánchez Acosta es, además, compositor de merengues como Papá Bocó (con letra de Negrito Chapuseaux), El ají caribe y El zumbador. Su música ha sido grabada por inumerables cantantes nacionales y extranjeros: Alberto Beltrán, Rafael Colón, Lope Balaguer, Francis Santana, Rhina Ramírez, Angel Viloria y su Conjunto Típico Cibaeño, Frank Cruz, Dioris Valladares, Félix del Rosario y los Magos del Ritmo, Silvia de Grasse, Negrito Chapuseaux y Simó Damirón, Vicentico Valdéz, Tito Rodríguez, Rolando Laserie, Danny Rivera, Joe Valle, Billo Frómeta y su orquesta, Virginia López. JUAN LOCKWARD (1915) Creemos no exagerar cuando decimos que todo el bolero dominicano de los años 40 y 50 cabe en el ancho espacio poético y musical que despejan las fértiles canciones de Juan Lockward, el «trovador de la media voz». Dueño de gran donaire, con una concisa y gallarda prosa, él le canta a la patria chica:

Manuel Sánchez Acosta.

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Puerto Plata: Yo nací en la falda de la loma / Yo nací a la orilla de la mar / Me arrullaron las cándidas palomas / El cantar de un arroyuelo / Y la brisa de un palmar. O se regodea en la campiña apacible del Cibao: Fértil región de las palmas, del café y del cacao / Que Dios bendiga mil veces esta tierra del Cibao. O hace súplica a los ardores humildes de la tez oscura: Alumbra mi camino con tu mirar divino, morena / Pon fin a mi locura, arranca mi amargura y mi pena / Restáñame la herida conque la vida me ha castigado / Y ayúdame a olvidar / que tanto he sollozado y quiero descansar. O relata los conflictos del amor furtivo: Qué dilema tan grande se presenta en mi vida / Ella tiene otro hombre y yo otra mujer / Ella dice que me ama con pasión desmedida / Y yo le amo con todas la fuerzas de mi ser / Señor, como podré resolver / Señor, este dilema tan cruel / Señor, qué debo hacer / Ella dice que mía solamente quiere ser. Lockward es un músico y un poeta natural, a quien le suenan gratamente las melodías y las palabras, y en cuyo estro la nación subyugada encontró motivos y satisfacciones abundantes. Intuitivo, autodidacta, sus influencias musicales y literarias son claras. Guty Cárdenas, Sindo Garay, Agustín Lara, su padre Danda, el decimero, los poetas románticos. A nuestro juicio, Juan Lockward resume, sintetiza, expresa, todas las virtudes y limitaciones de nuestra producción de canciones populares románticas hasta el colofón de la dictadura trujillista. Las canciones de Juan Lockward fueron grabadas por prácticamente todos los cantantes y agrupaciones musicales del país (Guarionex Aquino, Lope Balaguer, el Trío Los Juglares, Luis Vásquez, Rafael Martínez, Niní Cáffaro, Rafael Colón, Fausto Rey, Rafael Solano). Su canción Dilema fue grabada en el decenio de los 50 por el Trío Los Panchos. En una hipérbole que dice mucho, tanto del autor como del objeto de la lisonja, el poeta Héctor J. Díaz, aparcero de Lockward en numerosas criollas y canciones, dice de él lo siguiente:
Juan Lockward.

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«Una mezcla espiritual de Quijote, de Tenorio y de Cellini; canta, pinta y expresa sus sentimientos transportando al oyente al más increíble escenario o al más imposible y taumaturgo cuento de Lohengrin o del Hada de Pariban.» LUIS KALAFF (1916) La canción Aunque me cueste la vida, recordada en la voz de Alberto Beltrán y también de Pedro Infante, fue sin ninguna duda el mayor éxito de Luis Kalaff: Aunque me cueste la vida / sigo buscando tu amor / te sigo amando, voy preguntando / dónde poderte encontrar. / Aunque vayas donde vayas / al fin del mundo me iré / para entregarte mi cariñito / porque nací para ti. Hijo de un emigrante árabe, Kalaff nació en Pimentel, provincia Duarte.
Partitura La india soberbia de Juan Lockward.

Recibió sus primeras, y acaso únicas, lecciones de música, cuando era muy joven, del profesor Santos Palín. Desarrolló su carrera como autodidacta. Formó parte, junto a Bienvenido Brens y Pablo Molina, del trío Los Alegres Dominicanos. Su obra comprende mangulinas, merengues y boleros, entre cientos de composiciones. Suyo es el célebre merengue La empalizá, que se convirtió en un éxito en México en las voces de Los Tres Diamantes. Boleros de Kalaff son, además: Cuando vuelvas conmigo (popularizada en la voz del cubano Celio González) Amor sin esperanzas, Mi gloria (interpretada por Pedro Vargas) y Acuérdate de mi. La lista de los artistas internacionales que grabaron su música es muy extensa: Libertad Lamarque, Oscar de León, Johnny Albino y el Trío San Juan, La Lupe, Daniel Santos, Blanca Rosa Gil, Félix Chapotín y Miguelito Cuní, la Sonora Matancera, Rolando La Serie. En el país, la música de este compositor alcanzó un lugar preeminente en las voces de Lope Balaguer, Fausto Rey, Elenita Santos, Armando Recio, Rafael Colón y Nicolás Casimiro. La obra de Kalaff responde a los reclamos de aflicciones y sentimientos humildes, sencillos –que una vez llamé «pre-urbanos»– expresados en frases

Luis Kalaff.

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plagadas de tópicos y de castos diminutivos. El hilo melódico esbozado por Kalaff es, aunque de intuitiva belleza, de hechura fácil y sin complicaciones. TONY VICIOSO (1917-1955) El poeta Tony Vicioso es una rara avis en el panorama de la música popular dominicana. Nadie lo describe mejor que su hija, la poetisa Scherezada (Chiqui) Vicioso: «poeta y bohemio, escritor y dibujante, compositor con voz de crooner y largura de palabras tristes, músico renacentista que tocaba el piano, el contrabajo, el ukelele y el armonium. Escribe crónicas novedosas, poemas de corte moderno, relatos interesantes.» Junto a Blas Carrasco y al arquitecto Amable Frómeta constituyó un trío de vanguardia en el decenio de los 50. La obra musical de Vicioso es amplia y novedosa. De él se conocen decenas de canciones, estructuradas con una originalidad armónica sin par, influida por los giros del blues y el fox-trot, y con una valiosísima aportación lírica. Su canción Hiéreme otra vez es una hazaña, todavía no superada, en el panorama de la música popular dominicana (el pianista y compositor Nelson Lugo la armonizó de forma inusitada, con acordes de cuartas que fluian en movimiento cromático descendente): Hiéreme otra vez / con tu cruel indiferencia, / vuélveme a decir / que es mentira mi cariño; / vuélveme a olvidar / me hacen falta tus desdenes, / yo te quiero así / mentirosa de mi amor. / No te importe ya / que yo sufra por tu ausencia, / ni quieras saber / si me matan los desvelos; / gózate en herir / a mi corazón, / qué te importa a ti / todo este dolor / hazlo de maldad: / hiéreme otra vez. De Tony Vicioso se registran, entre otros temas, La canción que tú inspiraste, Mi pena, Crucigrama, La canción de la espera, Nuestra canción, Presagio y Díme cuánto cuesta tu corazón. La obra de este brillante compositor y poeta, quien falleciera a los 38 años en un accidente de aviación, permanece como un patrimonio inexplorado
Tony Vicioso.

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de la música popular dominicana. Pienso que su prematura desaparición, su exilio forzoso en el interior del país, así como la destreza musical que exigían sus canciones, impidieron que la obra de Vicioso alcanzara la divulgación que su incuestionable excelencia merecía. RAFAEL «BULLUMBA» LANDESTOY (1925) «Bullumba» Landestoy, pianista y compositor, nació en La Romana, República Dominicana. A los 20 años de edad trabajó como pianista en La Voz del Yuna. Vivió hasta los años 50 en el país, desde donde partió a México. Luego se trasladó a Puerto Rico y allí entabló amistad con Rafael Hernández. Su obra musical es vasta y profunda. Bullumba fue, con toda seguridad, el compositor dominicano más afortunado en el ámbito internacional. Su bolero Pesar fue grabado por Daniel Santos, Toña la Negra, Panchito Rizek, Alcibíades Sánchez y la orquesta Billo's Caracas Boys, el Trío Janitzio, Alberto Beltrán y Miltinho: El dolor que has dejado en mi vida / con tu indiferencia, / no lo puedo arrancar ni un momento de mí, / y tan sólo este inmenso pesar / que tortura mi alma / se ha quedado en mi vida / después de negarme tu amor. Sus canciones Carita de ángel y Mi dulce querer fueron grabadas y llevadas al cine por el destacado cantante y artista mexicano Fernando Fernández: Vidita, / carita de ángel, amor de mi vida, / te llevo en el alma. / Vidita, / yo sufro por ti. / Vidita, / a veces de noche junto a las estrellas / yo miro tu imagen. / Vidita, / y sufro por ti. La notable cancionera mexicana Lupita Palomera grabó su bolero Sin necesidad. Toña la Negra y Milagros Lanty llevaron al disco la canción de Bullumba Yo soy mulata. Juan Arvizu grabó el bolero Incomprensión. También Vicentico Valdés y Panchito Rizek realizaron grabaciones de las obras de este fecundo autor.

Rafael «Bullumba» Landestoy.

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Landestoy es un músico de sólida formación académica, que ha escrito decenas de temas de música culta para piano. Intérpretes como René Rodríguez, Milton Cruz y María de Fátima Geraldez han ejecutado sus obras. En los boleros de Bullumba Landestoy se da una originalísima forma de estructurar la melodía, con aliteraciones, con pertinacias de notas que, al cabo, fluyen soportadas por progresiones de acordes de gran donaire y extrañeza. Los canjes melódicos y armónicos en que se basa el bolero Carita de ángel constituyen, a mi juicio, una de las primeras y más valiosas innovaciones que registra el bolero dominicano tradicional. BIENVENIDO BRENS (1925) Nacido en Pimentel, provincia Duarte, Bienvenido Brens es un fecundo compositor de mambos, sones, tamboreras, criollas, plenas, guarachas, merengues, mediatunas, mangulinas, danzas, danzones y boleros. Formó parte del trío Los Alegres Dominicanos, junto a Luis Kalaff y a Pablo Molina. Johnny Albino y el Trío San Juan popularizaron su bolero Mar de insomnio. El Trío Los Panchos divulgó dos boleros de Brens: Al retorno y Pensando. El mexicano Fernando Fernández graba e introduce en el cine, en 1951, el tema Peregrina sin amor. Esta canción fue luego llevada al disco por Betty Misiego, Rafael Colón, Leo Marini, Panchito Risek, Trío Los Príncipes y Lope Balaguer: Pobrecita golondrina / que aventuras por los mares del champagne y del dolor / Pobre piedra peregrina / que rodando por el mundo vas detrás de un nuevo sol / Lleva el rostro avejentado / por el peso de las noches tenebrosas del alcohol / Quién pudiera a ti salvarte, / avecilla trashumante, / peregrina sin amor. Otras composiciones de Bienvenido Brens fueron interpretadas por importantes cantores internacionales como Bobby Capó, Marco Antonio Muñiz, José Feliciano, el Trío Los Diamantes y Carlos Pizarro. Por igual, los más destacados vocalistas nacionales grabaron las canciones de Brens: Lope Balaguer,

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–y, por qué no decirlo, en toda hispanoamérica– de los años 50. De ahí su relativo éxito y la trascendencia de sus canciones en las voces de tríos e intérpretes de indiscutible arraigo popular. No dejo de advertir que el lenguaje lírico y musical de Bienvenido Brens y Luis Kalaff –por coincidencia, compueblanos– es parejo, similar. Habida cuenta de diferencias formales, ambos interpretaron la manera de sentir y de entender de una población campechana que, ávida de claridades, reclamaba de trovadores que explicaran, que tradujeran el amor en francas y pudorosas canciones. RAMÓN ANTONIO «PAPA» MOLINA (1925) Trompetista, arreglista, compositor de merengues y boleros, Ramón AnBienvenido Brens.

tonio «Papa» Molina constituye una de las personalidades más destacadas de la música popular dominicana durante el siglo XX. Nació en Moca, provincia Espaillat. Realizó sus primeros estudios de solfeo y teoría musical con el profesor Tilo Rojas. Muy tempranamente fue considerado un «niño prodigio» en la ejecución de la trompeta. Durante corto tiempo formó parte de

Página siguiente: Ramón Antonio «Papa» Molina.

Luchy Vicioso, Fernando Casado, Francis Santana, Tony Curiel, Joseíto Mateo, entre muchos. La relación de las palabras en la obra de Bienvenido Brens es espontánea, sencilla y, no cabe duda, de una candorosa eficacia: Cuando no haya remedio para curar tu herida / cuando ya estés vencida por la cruz del dolor / entonces hallarás en mi jardín las flores del ensueño / y con alegre trino el ruiseñor me anunciará tu dueño. Su música es abiertamente lineal, vaporosa, tenue, con melodías elementales que se articulan en torno a movimientos lógicos entre acordes mayores y menores, sin sobresaltos ni giros insólitos. Quizás más que ningún otro autor de aquella época, Brens refleja en sus estrofas la humilde franqueza con que se expresaba el pueblo llano en el país

las agrupaciones musicales de Enriquillo Sánchez, Tatán Minaya y Luis Alberti. En 1942 se integró como primera trompeta de la orquesta San José, vinculada a La Voz del Yuna, en Bonao. En 1949, y hasta 1961, se desempeñó como director de dicho grupo, entonces llamado Super Orquesta San José. Casado con la bailarina Josefina Miniño, es el padre del renombrado músico sinfónico José Antonio Molina, antiguo director de la filarmónica de Palm Beach, Florida. Su bolero más divulgado es Evocación, que fuera grabado por Alcy Sánchez, Alberto Beltrán y la orquesta de Billo Frómeta, Rafael Colón y Betty Misiego: Cuando suelo evocar / con marcada inquietud / tu boca sin igual que me roba la vida, / no hago más que anhelar / la historia de tus besos / y entregarte mi corazón.

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Otros boleros suyos grabados por artistas locales son: Sufro por ti, interpretado por Alberto Beltrán y la Super Orquesta San José; Nunca te lo he dicho, en la voz de Lope Balaguer; y Cuando volveré a besarte, con versiones de Elenita Santos y Rafael Colón. Aunque los boleros de Molina constituyeron típicas canciones de la época, ajustadas a los patrones de estilo prevalecientes en el ámbito de la música caribeña, las mismas no recibieron la merecida difusión internacional. Esta eventualidad, cabe destacarlo, no impide que reconozcamos los altos méritos de su obra. EL BOLERO DOMINICANO DESPUÉS DE 1960 El segundo período del bolero dominicano se inicia en las postrimerías del decenio de 1950. Surgen entonces compositores como Manuel Troncoso (1927), Rafael Solano (1931) y Nelson Lugo (1940). Después de 1961, el país endereza su vuelo. La capital crece desmedidamente. El mundo cambia durante los años 60. Surge en Santo Domingo, entonces, un movimiento que bien podría denominarse como del «bolero moderno» o «bolero urbano». MANUEL TRONCOSO (1927) El autor emblemático de este grupo lo constituye Manuel Troncoso. Culto, con formación académica, está tocado por la influencia del modernismo poético, el «filin» y la música norteamericana. Nace con Troncoso, así, una nueva y plena estructura armónica tanto como un inédito y rico desarrollo melódico. Pero Troncoso está dotado, además, de una visión poética capaz de traducir en despejadas palabras, en delgados tropos, en coloquios íntimos, los conflictos interiores del hombre de la ciudad grande. Las dudas existenciales, la angustia vital de la clase media urbana encuentra en los temas de Manuel Troncoso su cabal territorio.
Dr. Manuel A. Troncoso.

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Los temas son otros y variados. Él se deleita en la contemplación panteísta: No hay nada que sea más hermoso / ni más grande en el mundo / que el mar y el cielo / y las nubes que pasan / por el firmamento. / La lluvia que pinta de verde / a la primavera / y ver el otoño a las hojas / jugar con el viento. / El viejo sentado en el parque / viviendo un recuerdo / y la carcajada inocente y burlona / de un niño travieso. / Y todas las cosas sencillas / la luna y el sol cuando brillan / porque ellas reflejan la imagen / de Dios. O confiesa la inevitabilidad de un amor: Cuando las hojas se van cayendo / y sus colores lo van perdiendo / es el otoño, tiene que ser. / Cuando la noche se desvanece en medio mundo / es que amanece / es otro día, tiene que ser. / Si en unos ojos el llanto asoma / es que hay tristeza / tiene que ser. / Si ves que lloro cuando tú lloras, / si ves que río cuando tú ríes. / Si por tus labios que no son míos / al mismo cielo lo desafío, / es que te quiero, / es que te adoro / tiene que ser. O revela las claves del amor recurrente: Para que tú no me olvides / te voy a decir tres cosas / muy fácil de recordarlas: te amo, te amo, te amo. / Aunque tu amor yo no pueda tener, / aunque tus besos no pueda alcanzar / siempre me queda el consuelo / de poder soñar. / Grábatelo en la memoria / y conocerás la historia / de quien te dice cantando: / te amo, te amo, te amo. Troncoso recupera el tiempo perdido y sus canciones se arriman, en calidad, a los grandes boleros de influencia moderna escritos en América. Artistas internacionales como Marco Antonio Muñiz, Vicentico Valdez, Antonio Machín, Tito Rodríguez y Blanca Rosa Gil grabaron los boleros de Manuel Troncoso. Su repertorio aparece en los discos de prácticamente todos los cantores dominicanos: Lope Balaguer, Cecilia García, Los Solmeños, Horacio Pichardo, Niní Cáffaro, Rhina Ramírez, Fernando Casado, Luchy Vicioso, Expedy Pou, Sonia Silvestre.

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RAFAEL SOLANO (1931) Rafael Solano, pianista, arreglista, director de orquesta, cantante y escritor, constituye una de las más sólidas personalidades del arte dominicano de nuestros días. Nacido en Puerto Plata, fue organista de iglesia a muy temprana edad. Educado en su pueblo natal por los profesores Rafael Arzeno y Vicente Grisolía, se trasladó a la capital donde recibió instrucción musical de los maestros del Conservatorio Mary Siragusa y Pedro Lerma. Solano dirigió a los 20 años la orquesta Angelita de la emisora La Voz Dominicana. Agotó luego temporadas musicales en Venezuela y Jamaica. La obra de Solano es ingente y de grandes aportaciones a la música y, en general, a la cultura popular dominicana. Es autor de merengues, mangulinas, temas de jazz, boleros. Fue descubridor y promotor de una numerosa hornada de cantantes que surgieron a través de la televisora Rahintel, en su programa La hora del moro: Luchy Vicioso, Ivette Pereyra, Niní Cáffaro, Los Solmeños, Luis Newman, Fernando Casado y Julio César Defilló, entre otros. Solano es autor de boleros emblemáticos, de gran aliento musical y poético, como En la oscuridad: Un atardecer / cuando no haya sol / y que el mar se ve ya sin su color, / en la oscuridad donde nadie va / que no se oiga ya ni tu respirar, / voy a hacer que en un solo suspiro / me entregues la vida / para adorarte y con fiebre en los labios / saciarte de besos. / Y ese atardecer / en la oscuridad / tú serás mía. / Un atardecer / en el mes de abril / cuando los capullos se quieren abrir / prenderé tu cuerpo / con mi fuego ardiente / y aunque tus pupilas / ya no puedan verme / como un sueño será cuando sientas / que ya estás rendida. / Y ese atardecer / en la oscuridad / tú serás mía. La obra bolerística de Rafael Solano incluye títulos notables como Por amor, Aquel romance, Perdidamente enamorado, Quiero verte, Magia, EntonRafael Solano.

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ces me cansaré de ti, El sonido de tu voz, El diez de abril. Grandes artistas internacionales, como Plácido Domingo y Marco Antonio Muñiz, han grabado sus canciones. Asimismo, su repertorio musical aparece en los discos de los principales intérpretes dominicanos: Lope Balaguer, Cecilia García (se destaca su primorosa versión del bolero Aquel romance, en el disco Para toda la vida), Niní Cáffaro, Fernando Casado, Horacio Pichardo, Los Solmeños, Francis Santana, Expedy Pou. Los lineamientos musicales de Rafael Solano se equiparan, en calidad y en influencias, a los bosquejos desarrollados por Manuel Troncoso. Es conocida la gran vinculación existente entre estos dos compositores, así como su recíproca concurrencia, durante muchos años, en la concepción y el desarrollo de sus obras respectivas. Los influjos musicales que acogen Troncoso y Solano son básicamente los mismos: la música dominicana de los 50 (Bullumba, Vicioso), la música norteamericana (Porter, Gershwin, Rogers, Carmichael), el «filin» (Portillo, Méndez, Vicente Garrido, Ruiz Armengol), la música brasileña (Barroso, Jobim, Gilberto). En algunas de las composiciones populares de Solano, anotación aparte, se advierte una acentuada tendencia pianística en el desarrollo melódico y la armonía, marcada acaso por sus estudios y conocimientos, básicamente, de Chopin y Debussy. Explícitamente, considero que Rafael Solano y Manuel Troncoso representan la cota más alta, la cima que alcanzó el bolero dominicano durante la segunda mitad del siglo XX. NELSON LUGO (1940-2004) Un personaje inusitado en la escena de la música popular de los años 60 lo constituye Nelson Lugo. Oriundo de La Romana, Lugo fue médico cirujano de largo ejercicio. Estudió piano con su madre, Maricusa Camarena, y su tía María Estela Salazar de Valdez. Realizó estudios de armonía y
Página siguiente: Nelson Lugo.

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composición con el maestro Manuel Simó, y de dirección de orquesta con el maestro español García Asensio. Compuso un puñado de canciones populares y dos conciertos para piano y orquesta sinfónica. Los temas populares más conocidos de este compositor son: Matices (grabada por Luchy Vicioso), Concierto en gris (ganadora de un premio en el II Festival de la Voz de New York, en la voz de Fausto Rey), El mundo y el amor (finalista en el II Festival de la Canción de Amucaba), Te quiero así, La vida es loca armonía y Yo quisiera. Hoy la vida cambia de colores, / hoy tu blanca tez se ha marchitado. / No pienses tú que el tiempo ha de borrar / los momentos felices de ayer / se han acabado / Pienso cuanto has hecho tú en mi ausencia. / Siempre te he llevado en mi pensamiento. / Mas, el correr de los años cambia un corazón. / La vida cambia de matices, / cambia de color. [Matices] Quizás un tanto más que Troncoso y Solano, Nelson Lugo estuvo signado por el peso de la música norteamericana de mediados de siglo XX. Él sentía una devota admiración por Gershwin, Jerome Kern y Richard Rogers. Era admirable su gran agudeza y capacidad como ejecutante del piano y arreglista. La obra de Nelson Lugo, igual que la de otro «extraño» como Tony Vicioso, aguarda por el estudio y la divulgación de los músicos de nuevas generaciones. JUAN LUIS GUERRA (1956) El éxito internacional de Juan Luis Guerra sobrepasa los límites registrados por un artista dominicano en cualquier época. Con la originalidad de sus merengues y canciones, él rompe las fronteras del mercado internacional y se transforma en un auténtico fenómeno de masas que subyuga multitudes en New York, Boston o Madrid. Nacido en Santo Domingo, de pequeño le llamaban «el niño de las veladas», por la emotividad de sus actuaciones escolares, cuando hacía llorar a
Juan Luis Guerra.

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padres y compañeros. Guerra cursó Filosofía y Letras en la Universidad de Santo Domingo. Después estudió guitarra y composición musical en Berklee College of Music en Boston, Estados Unidos. «Mi casa siempre fue musical; hasta los aguacates cantaban», recuerda el artista a quien algunos definen como poeta. «Lo que soy en realidad es un letrista, no un poeta; poetas son otros». Lector perseverante, su casa está llena de libros y discos. Es asiduo de la literatura hispana de Julio Cortázar, García Lorca, César Vallejo, Nicolás Guillén y Pablo Neruda; y de la música de los Beatles, Eric Clapton, Serrat, Silvio Rodríguez y Pablo Milanés. Después de su regreso al país, él produjo Soplando (1984), su primer álbum musical con un cuarteto de voces que más tarde fue conocido como Juan Luis Guerra y 4-40. Su siguiente disco, publicado en 1989, lo llevó a la fama: Ojalá que llueva café. Aunque los éxitos de Juan Luis Guerra están asociados principalmente a una nueva visión literaria y musical del merengue, cabe destacar que su incursión en esa suerte de sub-género de bolero que representa la «bachata» logra rescatar, en tanto fue posible, esta forma rudimentaria de música de su naturaleza y de su fundamento tosco y turbulento. Guerra logra que la «bachata», ya dignificada por su empaque musical y sus letras, se derrame hacia el gran público. Burbujas de amor se inspira en una escena de la Rayuela del gran escritor argentino Julio Cortázar: Tengo un corazón / mutilado de esperanza y de razón / tengo un corazón / que madruga adonde quiera / ¡ayayayay! / Y ese corazón / se desnuda de impaciencia ante tu voz / pobre corazón / que no atrapa su cordura / Quisiera ser un pez / para tocar mi nariz en tu pecera / y hacer burbujas de amor / por donde quiera / ¡oh! pasar la noche en vela / mojado en ti / Un pez / para bordar de corales tu cintura / y hacer siluetas de amor / bajo la luna / oh! saciar esta locura / mojado en ti / Canta corazón / con un ancla imprescindible de ilusión / sueña corazón / no te nubles de amargura / ¡ayayayay! / Y este corazón / se desnuda de impaciencia ante tu voz / pobre corazón / que no atrapa su cordura / Quisiera ser un pez /

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para tocar mi nariz en tu pecera / y hacer burbujas de amor / por donde quiera / ¡oh! pasar la noche en vela / mojado en ti / Un pez / para bordar de corales tu cintura / y hacer siluetas de amor / bajo la luna / ¡oh! saciar esta locura / mojado en ti / Una noche para unirnos / hasta el fin / cara a cara, beso a beso / y vivir / por siempre mojado en ti. Su Bachata rosa está inspirada en el Libro de las preguntas del extraordinario poeta chileno Pablo Neruda: Te regalo mis manos / mis párpados caídos / el beso más profundo / el que se ahoga en un gemido, oh / Te regalo un otoño / un día entre Abril y Junio / un rayo de ilusiones / un corazón al desnudo / Ay, ayayay, amor / eres la rosa que me da calor / eres el sueño de mi soledad / un letargo de azul / un eclipse de mar, vida... / Ay, ayayay, amor / yo soy satélite y tú eres mi sol / un universo de agua mineral / un espacio de luz / que sólo llenas tú, ay amor. La magia de Guerra transforma la «bachata» en un espacio cuajado de inteligencia poética y de agradable y novedosa expresión musical. Con su ingeniosa versatilidad, Juan Luis Guerra se manifiesta, así, como uno de los grandes músicos populares de la historia dominicana, y, sin ninguna duda, como el más trascendente de su generación. EPÍLOGO Muchas veces he señalado estas frases del musicólogo norteamericano Andrew Fletcher: «Si me dejan escribir todas las baladas de una nación, no me importa quién escriba las leyes». Cierto. Hay un apresto antropológico en los versos del bolero hispanoamericano y, precisamente, del caribeño. Más que un sentimiento y un ritmo, el bolero expresa nuestro carácter, nuestra forma de ser. Al crear una espacialidad y un tiempo resueltos en ensueños de palmeras, olas y lunas, el bolero narra las congojas del amor, pero también nos conjura y nos redime. Alguien dijo que el bolero, contrario al juicio de Enrique Santos Discé-

polo sobre el tango, no es «un pensamiento triste que se baila» sino, más bien, un deseo jubiloso que se baila con el pensamiento instalado en el cuerpo. Mejor dicho: en el bolero, el pensamiento es el cuerpo. Hace ya mucho tiempo que Julio Cortázar soñó el siguiente bolero: Qué vanidad imaginar / que puedo darte todo, / el amor y la dicha, / itinerarios, música, juguetes. / Es cierto que es así: todo lo mío te lo doy, es cierto, / pero todo lo mío no te basta / como a mí no me basta que me des / todo lo tuyo... / Siempre fuiste mi espejo, / quiero decir que para verme / tenía que mirarte…. / La lenta máquina del desamor / los engranajes del reflujo / los cuerpos que abandonan / las almohadas / las sábanas los besos / y de pie ante el espejo interrogándose / cada uno a sí mismo / ya no mirándose entre ellos / ya no desnudos para el otro / ya no te amo, / mi amor. Está claro: en la escueta dimensión del bolero está la ilusión de lo que existe y no existe, el vuelo y el descenso, el temblor y la fuga, el trepidar de fuegos primordiales, el amor y el desamor, el abrazo y la deserción, el plenilunio y el eclipse. Por último, admito que hablar de mi pasión por el bolero –ya lo dije al principio– es volver a los días lejanos de mi juventud; reencontrarme con lo que fui y, quizá, todavia soy. Será, quién sabe, regresar a los orígenes de una añeja emoción. O, tal vez, comenzar a reconocer que la memoria no es más que un cañamazo tejido con vetustos hilos de fervor. O, acaso más: que mis recuerdos ya son viejos, muy viejos, aunque todavía no lo entienda y, por igual, que poco me importe.

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