No hay duda que Hegel abrió en la primavera de 1807, hace ahora doscientos años, una nueva vía de reflexión

y análisis teórico con la publicación de su libro Fenomenología del espíritu. Se inauguraba así una vía inédita hasta entonces, capaz de introducirnos en la historia de la conciencia de los hombres y en su laboriosa elaboración y recorrido desde la ignorancia a la certeza y el saber. Ya en el texto redactado para el anuncio de la publicación del libro, encargado por el propio Hegel, se describía la fenomenología como “el reino de las manifestaciones del espíritu”. Se trata de un texto fascinante que a través de un monumental y prodigioso edificio especulativo y bajo cánones idealistas, nos muestra el camino emprendido por el alma desde el momento de la aparición del hombre en nuestro planeta. Y eso es lo que, a la luz de la conciencia moderna, nos interesa ahora: indagar en el nuevo espacio teórico para que, dotados con buena parte del instrumental teórico y analítico aportado por Hegel, accedamos a conocer y estudiar cómo el hombre ha construido su propio mundo humano y cuáles son las categorías que ha utilizado en cada momento histórico para hacerlo. Esto es lo que nos descubre la fenomenología de Hegel y su imponente legado. Por eso en ella se describe cómo las figuras de la conciencia (es decir, los estados de conciencia) configuran y dan sentido a cada etapa histórica. La creación del mundo humano indica una cierta manera de habitar la Tierra. Ya Heidegger decía que el hombre moderno tiene, ante todo, que traducir el mundo griego para entenderlo, ya que si no conocemos las figuras de la conciencia helénica no nos es posible entender su mundo, su realidad, su manera griega de ver y hacer las cosas. Son cosas, por tanto, que sólo adquieren sentido dentro y en el contexto de su propio mundo humano. La fenomenología nos desvela lo que hay de humano en el hombre ya que como afirma Hegel es “el camino del alma que recorre la serie de sus plasmaciones como estaciones de tránsito que le han sido trazadas de antemano por la naturaleza”. En consecuencia, continúa Hegel, “el hombre es un ser natural que debe encontrar la vía para nacer de nuevo, para transformar su primera naturaleza en una segunda que sea espiritual". Así, el trabajo de la fenomenología consiste en descubrir primero y describir después el acceso a esa segunda naturaleza del hombre, la que le hace humano mediante las manifestaciones del alma, la conciencia y el espíritu. Pero ese acceso no es inmediato, al contrario, requiere educación, cultura y saber para conseguirlo. De ahí que la fenomenología se conciba como el relato histórico de la construcción humana del hombre. Y esa definición no es tautológica porque el hombre es ante todo un ser natural -un ser biológico- que sólo alcanza su segunda naturaleza con el despliegue del espíritu y la construcción de su mundo humano. Mediante ella sabemos con qué categorías y figuras de la conciencia y del espíritu, la humanidad se encamina hacia el saber.

Porque los hombres hacen la historia pero la hacen a través de su conciencia. Las figuras de conciencia son, pues, las categorías que

determinan la manera cómo los hombres ven y hacen el mundo: es la historia de la existencia humana tal como se manifiesta en la conciencia de los que la viven. O en otros términos, tal como afirma Valls Plana "la fenomenologia es la ciencia del saber que se manifiesta", expresa, por tanto, la progresión del saber a través de sus momentos históricos porque es precisamente en la historia donde el espiritu se manifiesta y vive. La fenomenologia es la exposición de los eslabones de la cadena del saber. Por eso inicia su relato por la conciencia como primera instancia del espíritu y no por la naturaleza, o por el mundo natural u objetivo, por las cosas y los objetos. Esto quiere decir que el hombre se hace desde la conciencia, desde la manera que ve y hace las cosas, que elabora y construye su mundo humano. El recorrido de la fenomenología va desde la manifestación más simple y sencilla del espíritu a la más alta y superior: el espíritu absoluto. Este recorrido se hace desde la conciencia y desde la historia. Es un itinerario del espíritu, no de la historia y por tanto la historia sólo aporta ejemplos de estas manifestaciones. Por eso desde el punto de vista del espíritu Grecia es el mundo ético, la edad media es la cultura, Roma es la persona abstracta ... Pero la historia del espíritu es también la historia de cómo los hombres han hecho su mundo humano a través de las figuras de su conciencia. Pero ¿qué es lo suscita hoy, ya en el siglo XXI, la actualidad y recuperación de esta obra hegeliana? Simplemente, la sorprendente convergencia entre la historia real, efectiva, del mundo y la historia del espíritu diseñada por Hegel. Hoy se está implantando una nueva sociedad sobre los últimos vestigios de la sociedad industrial: es la llamada, en términos convencionales, sociedad del conocimiento. Por su parte, Hegel finalizaba su Fenomenología del espíritu con el advenimiento del espíritu absoluto que entronizaba la comunidad universal del saber, al concluir el espíritu su revelación a lo largo del proceso de la historia. Pues bien, ambas categorías expresan conceptualmente la misma cosa. Es más, la sociedad del conocimiento ilustra, en tanto que ejemplo histórico, la realización de la comunidad universal del saber descrita por Hegel. Y eso es así porque el saber es en ella un recurso universal y primordial. Universal, en el sentido que cada vez más está en manos de todos los individuos y primordial porque con él se construye el nuevo mundo humano. Es el momento del saber de sí de la humanidad. Empieza, pues, a desvanecerse la conciencia, entendida como un modo de saber que objetiva a la realidad considerándola ajena al sujeto cognoscente y en su lugar emerge el espíritu en el que el saber ya no se extraña y habita en el sujeto. Esta prioridad dada a lo inmaterial nos lleva otra vez a Hegel cuando sorpresivamente afirma que "el idealismo no es un sistema o una tesis filosófica sino que forma parte del camino histórico de la conciencia humana". Hoy la conciencia moderna ha descubierto que la explotación intensiva de las categorías humanas intangibles hacen posible edificar una nueva forma de sociedad, son esenciales para una nueva manera de construir el mundo humano y que, en definitiva, ahora la instancia inmaterial del hombre prevalece sobre la material. Pues bien, en la fenomenología el hombre se construye mediante categorías inmateriales, como la conciencia y el espíritu, que a través de sus manifestaciones y figuras deben recorrer un largo y tortuoso camino para acceder al saber; el hombre se hace a través del saber.

Hegel nos ha revelado que existe un proceso de construcción humana del hombre y que ésta se hace a través de conceptos, teorías, ideas, sentimientos, emociones, sensaciones, valores, convicciones, creencias, conocimientos, descubrimientos o invenciones, que se materializan en objetos de representación ordinaria (el imperio romano, las catedrales, las guerras de religión, la revolución industrial, la teoría cuántica). Construcción, por otra parte, que nada tiene que ver con su evolución biológica como ser viviente. La metáfora de Kojève sobre la construcción humana del hombre es muy precisa en este sentido: “si se quiere comparar la historia universal con la construcción de un edificio es necesario remarcar que los hombres no son sólo los ladrillos que sirven para la edificación, son también los albañiles que la construyen y los arquitectos que conciben el proyecto que se elabora progresivamente en el transcurso de la construcción....pero el hombre no es únicamente el material, el constructor y el arquitecto del edificio histórico, además es para él que construye el edificio”. Kojève demuestra que lo que está en juego en la fenomenología es qué mundo humano (el edificio) construyen los hombres (los ladrillos), con qué albañiles (formas y figuras de la conciencia) y con qué arquitectos (manifestaciones del espíritu). Por eso la fenomenología no es una historia de la cultura o de la filosofía ni mucho menos una historia de la humanidad. En sentido riguroso es una gramática histórica de la conciencia que muestra sus categorías, de las que la historia real muestra ejemplos. La fenomenología aporta ejemplos históricos, de la misma manera que el profesor de gramática presenta a sus alumnos fragmentos literarios para que descubran las estructuras gramaticales y puedan hacer luego por ellos mismos, el análisis completo del texto. De la misma manera que la historia de una lengua es la de sus hablantes y no la de su gramática. En otra escala, expresa el itinerario que recorre el alma, es decir, el hacer humano, en su ascenso desde lo menos inteligible a lo más inteligible, desde la ignorancia al saber, desde lo inconceptuado a lo conceptuado, desde lo abstracto a lo concreto, desde lo más simple a lo más elaborado, desde lo indeterminado (sin contenido) a lo determinado (rico en contenido); en definitva, desde la aparición más simple del espíritu, tal como se da en la conciencia sensible, hasta las elaboraciones más altas del conocimiento. Así, para Ernst Bloch “no es sólo la historia de la aparición del saber en proceso de constitución” sino también “la exposición de la historia de la aparición del hombre como alguien que hace su historia y aún está en proceso de reconocerse como tal”. Desde la conciencia hasta el saber. Se trata, en última instancia, de observar con qué estados de la conciencia cuentan los hombres para edificar su mundo. Una construcción humana que se inició hace unos 40.000 años con la aparición del homo sapiens que puso fin a la evolución biológica del hombre e inauguró su evolución y selección cultural (fenomenológica), es decir, su proceso de humanización una vez conluido el de hominización (en términos antropológicos, el hombre moderno no difiere del hombre de Cromañon, pero, en cambio, en términos culturales es radicalmente distinto). En cierto sentido, la fenomenología investiga los recursos fenomenológicos (categorías, manifestaciones, figuras, modos) con que cuenta una comunidad humana para edificar su mundo humano. Recursos que suministra el espíritu a través de su conciencia o su mundo: la razón, la religión o la cultura. Hay una imagen muy sugerente de Hegel cuando

afirma que el hombre, al nacer, es lanzado al saber, es decir, a un mundo de sentidos, ideas, convicciones, creencias, convenciones, etc, que sólo es capaz de captar a través de su conciencia. Desde el primer momento de vida tiene que aprenderlo todo para construir su humanidad, pero para acceder a ella hace falta una larga y laboriosa odisea del espíritu que los individuos y las sociedades deben recorrer en el transcurso de su existencia. Son las llamadas edades de la fenomenología, o manifestaciones históricas del espíritu, que se inician en la Grecia clásica con la vida ética (la polis), que es la primera realización del espíritu, y prosiguen luego en Roma con el reconocimiento de la persona; en la edad media con el mundo de la cultura; en el renacimiento y hasta el siglo XVIII con la razón; en el siglo XIX y principios del XX con el estallido del alma (romanticismo) y ahora, en el inicio del siglo XXI, con la epifanía del conocimiento y el advenimiento de su sociedad. No es casual que el advenimiento de la nueva sociedad sociedad del conocimieno signifique también un renacer de la vigencia de la Fenomenología de Hegel. Es así porque para Hegel el hombre se construye mediante categorías inmateriales como la conciencia y el espíritu que a través de sus manifestaciones y figuras recorren el largo y tortuoso camino para acceder al saber, el hombre se hace a través del saber, que hoy es, precisamente, la categoría central de nuestra época. Quedan por citar las navegaciones fenomenológicas que no son otra cosa que niveles o registros sincrónicos del proceso ignorancia/certeza: el testimonio sensible del hombre común; el hombre común en tanto que miembro de una civilización y el hombre común que se expresa en las obras de la cultura y del pensar.Y eso es lo que demuestran las tres navegaciones -en sentido platónico- que lleva a cabo la fenomenología. La primera navegación incluye los estados de conciencia en el individuo: figuras de la conciencia que navegan por la sensación, la percepción o el entendimiento. Navegación que nos lleva, por tanto, de la conciencia sensible a la razón. En una segunda navegación la conciencia reconoce en la sociedad el producto de la actividad humana (mundo humano), o espíritu, y navega por la historia del hombre a través de sus manifestaciones históricas: Egipto, Grecia, mundo romano, cultura, estado de derecho, revolución francesa. Navegación que nos lleva del mundo ético griego a la revolución francesa y a la Ilustración. Por último, en la tercera navegación que es la del metalenguaje de la conciencia -es decir, el discurso del hombre sobre el hombre-, éste interpreta conscientemente su propia obra histórica y de esta manera navega por la filosofía, la religión o el arte. Navegación que nos lleva del totemismo al cristianismo, de Platón a la teoría de la relatividad o del arte rupestre al cubismo En otro orden de cosas, Hegel mismo legitima en su Filosofía del Derecho el análisis fenomenológico más allá de los hallazgos de su obra: la historia prosigue y habrá de manifestar, por tanto, mayores riquezas del espíritu. De igual manera se expresa Valls Plana, uno de los mejores comentaristas de la Fenomenología del espíritu, cuando advierte que se mantiene “abierta la posibilidad de ulteriores manifestaciones históricas del espíritu”. Estas

nuevas manifestaciones son las que debe revelar la fenomenología moderna. Y esta es la tarea imperiosa que nos impone la construcción moderna del hombre. Porque lo que en último término la fenomenología busca en la historia de la humanidad no son los nombres propios de reyes, batallas, filósofos, artistas, monumentos, naciones o palacios, lo que realmente busca son las categorías de la conciencia y del espíritu que se realizan en ella. Son las categorías que construyen y configuran la conciencia y el mundo humano de cada época histórica de la humanidad.