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IRAK

La célebre periodista, autora de uno de los más brillantes y polémicos artículos


publicados tras el 11-S, 'La rabia y el orgullo', que dio origen al libro del mismo título
que ha editado La Esfera de los Libros, reflexiona sobre el enfrentamiento que
protagonizan las principales potencias de Occidente en la escena internacional y
toma partido en relación con la crisis actual y la amenaza de guerra inminente en
Irak

Por ORIANA FALLACI

Para evitarme el dilema y ahorrarme la dolorosa pregunta de si «debe o no debe


hacerse esta guerra», para superar las reservas, las repugnancias y las dudas que
todavía me torturan, a menudo me digo a mí misma: «¡Ojalá los iraquíes se
liberasen por sí solos de Sadam Husein! ¡Ojalá que cualquier Ahmed o cualquier
Abdul lo liquidase y lo colgase por los pies en cualquier plaza como en 1945 hicieron
los italianos con Mussolini!». Pero eso no sirve. O sólo sirve en un sentido. De hecho,
en 1945, los italianos se liberaron de Mussolini, porque los aliados habían ocupado
las tres cuartas partes de Italia y, por lo tanto, habían hecho posible la insurrección
del Norte. En otras palabras, porque habían hecho la guerra. Una guerra sin la cual
habríamos tenido que aguantar a Mussolini mientras viviese (y lo mismo a
Hitler).Una guerra durante la cual los aliados nos habían bombardeado sin piedad y
en la que habíamos muerto como moscas. Ellos, también.En Salerno, en Anzio, en
Cassino. En el avance hacia Florencia, en la Línea de Gotica. En la tremenda Línea de
Gotica que los alemanes habían trazado desde el Tirreno al Adriático. En menos de
dos años, 45.806 muertos norteamericanos y 17.500 entre ingleses, canadienses,
australianos, neozelandeses, sudafricanos, hindúes, brasileños y polacos. También
los franceses que habían optado por De Gaulle y los italianos del Quinto o del Octavo
Ejército.(¿Saben cuántos cementerios militares aliados hay en Italia? Más de 130. Y
los más grandes y los más llenos son precisamente los de los americanos. Sólo en
Nettuno, 10.950 tumbas. Sólo en Falciani, cerca de Florencia, 5.811... Cada vez que
paso por delante y veo ese lago de cruces, me estremezco de dolor y de gratitud).
Porque en Italia también había un Frente de Liberación Nacional. Una Resistencia a la
que los aliados suministraban armas y municiones. Porque, a pesar de mi tierna
edad, yo también colaboraba. Recuerdo perfectamente el Dakota que, desafiando a
los antiaéreos, lanzaba a los paracaidistas en la Toscana. Exactamente en el Monte
Giovi, donde, para hacernos localizar, encendíamos fuegos y donde una noche
lanzaron en paracaídas incluso un comando cuya misión era instalar una radio
clandestina, llamada Radio Cora. Diez simpatiquísimos americanos que hablaban un
perfecto italiano. Y que, tres meses después, fueron capturados por las SS,
torturados de una forma salvaje y fusilados junto a la partisana Anna Maria
Enriquez-Agnoletti. Por eso el dilema persiste. Atormentador y agobiante.

Persiste por los motivos que me dispongo a exponer. El primer motivo es que,
contrariamente a los pacifistas que nunca berrean contra Sadam Husein o Bin Laden
y se meten sólo con Bush o con Blair (en la manifestación de Roma gritaban incluso
contra mí, al parecer deseando que saltase en mil pedazos con el próximo
transbordador), yo conozco la guerra. Sé muy bien qué significa vivir en el terror,
correr bajo el fuego de los cañones o las bombas de mil kilos, ver morir a la gente y
explotar las casas, reventar de hambre y no tener ni siquiera agua para beber. Y lo
que es peor, sentirse responsible por la muerte de otro ser humano (aunque ese ser
humano sea un enemigo, por ejemplo un fascista o un soldado alemán). Lo sé
porque pertenezco, precisamente, a la generación de la Segunda Guerra Mundial. Y
porque gran parte de mi vida he sido corresponsal de guerra. No uno de esos
corresponsales que ven la guerra desde los hoteles, sino de los que realmente se
patean el frente. Por tanto, desde Vietnam hasta ahora, he visto horrores que el que
sólo conoce la guerra a través de la televisión o de las películas, donde la sangre es
salsa de tomate, ni siquiera puede imaginar. Odio la guerra de una forma que nunca
podrán odiar los pacifistas de buena o mala fe. La odio tanto que cada uno de mis
libros rezuma ese odio. La odio tanto que incluso las escopetas de caza me molestan
y los disparos de los cazadores hacen que me suba la sangre a la cabeza. Pero no
acepto el farisaico principio o el eslogan de los que dicen: «Todas las guerras son
injustas, todas las guerras son ilegítimas».La guerra contra Hitler y Mussolini era una
guerra justa, por todos los santos. Una guerra legítima. Incluso, obligatoria. Las
guerras del resurgimiento italiano que mis abuelos hicieron en el siglo XIX para
expulsar al extranjero invasor eran guerras justas, por todos los santos. Guerras
legítimas. Obligatorias.Y lo mismo se puede decir de la Guerra de la Independencia
que los colonos americanos hicieron contra Inglaterra. Y lo mismo las guerras (o las
revoluciones) que tienen lugar para reencontrar la dignidad y la libertad. Yo no creo
en las rápidas absoluciones, en las cómodas pacificaciones, en el perdón fácil. Y
todavía creo menos en la explotación de la palabra paz, en el chantaje de la palabra
paz. Cuando en nombre de la paz se cede a la prepotencia, a la violencia y a la
tiranía. Cuando en nombre de la paz un pueblo se resigna al miedo y renuncia a la
dignidad y a la libertad, la paz ya no es paz. Es un suicidio.

El segundo motivo es que, a pesar de ser justa como espero y legítima como deseo,
esta guerra no debería tener lugar ahora. Habría tenido que desarrollarse hace un
año. Es decir, cuando las ruinas de las dos torres estaban todavía humeantes, y todo
el mundo civilizado se sentía americano.Y si se hubiese hecho entonces, hoy los
simpatizantes de Bin Laden y de Sadam Husein no llenarían las plazas con su
pacifismo de sentido único. Las estrellas de Hollywood no se habrían exhibido en el
papel (en el fondo grotesco) de jefes de Estado. Y la ambigua Turquía que está
volviendo a poner el velo a las mujeres no negaría el paso a los marines que se
dirigen al frente Norte. A pesar de las chicharras europeas que, junto a los
palestinos, gritaban «les ha estado bien empleado a los americanos», hace un año
nadie negaba que Estados Unidos había sufrido un segundo Pearl Harbor y que, por
tanto, tenían derecho a reaccionar. Más aún, a pesar de ser justa como espero y
legítima como deseo, ésta es una guerra que habría tenido que desarrollarse incluso
antes. Es decir, cuando Clinton era presidente y las pequeñas Pearl Harbor surgían
en todo el mundo. En Somalia, por ejemplo, donde los marines en misión de paz
eran asesinados y mutilados y, después, entregados a las muchedumbres
enloquecidas. En Yemen, en Kenia y en otros muchos sitios. El 11-S no fue más que
la brutal confirmación de una realidad ya fosilizada. La indiscutible diagnosis del
médico que te pone ante la cara la radiografía y sin miramientos te dice: «Señor,
señora, tiene usted un cáncer». Si Clinton hubiese pasado menos tiempo con mozas
lozanas, si hubiese utilizado de una forma más responsable el Despacho Oval, quizá
no hubiese tenido lugar el 11-S. Y es inútil añadir que, menos aún, el 11-S tampoco
habría tenido lugar si George Bush Senior hubiese eliminado a Sadam Husein en la
Guerra del Golfo. ¿Recuerdan? En 1991, el Ejército iraquí se desinfló como un balón
pinchado. Se desintegró tan rápidamente que hasta yo capturé a cuatro soldados
suyos. Estaba detrás de una duna del desierto saudí, sola e indefensa, cuando cuatro
esqueletos indefensos y harapientos vinieron hacia mí con las manos en alto.
«¡Bush!», susurraron en tono suplicante.«¡Bush!», palabra que, para ellos significaba
«Tengo hambre y sed. Hágannos prisioneros, por caridad». Les cogí, les entregué al
teniente y, éste, en vez de alegrarse, comenzó a gruñir: «¡Uf! Ya tenemos 50.000.
¿Le va a dar usted de comer y de beber?».Y sin embargo, los americanos no llegaron
a Bagdad. George Bush Senior no derrocó a Sadam. («El mandato de Naciones
Unidas era liberar Kuwait y nada más»). Y para darle las gracias, Sadam intentó
hacerlo asesinar. A veces, me pregunto si esta guerra tardía no es una represalia
pacientemente esperada. Una promesa filial, una venganza de tragedia
shakesperiana o griega.

El tercer motivo es la forma equivocada en la que se realizó la hipotética promesa al


padre. ¿Quién se atrevería a refutarle? Desde el 11-S hasta los comienzos del
pasado otoño todo el énfasis se concentró en Bin Laden, en Al Qaeda y en
Afganistán. Sadam Husein e Irak fueron prácticamente ignorados. Y sólo cuando
quedó claro que Bin Laden gozaba de una excelente salud, porque el intento de
cogerlo vivo o muerto había fallado, Bush y Powell se acordaron de su rival. Nos
dijeron que Sadam Husein era malo, que cortaba la lengua y las orejas a los
enemigos, que mataba a los niños delante de sus propios padres (cierto). Que
decapitaba a las prostitutas y, después, exhibía sus cabezas en las plazas (cierto).
Que sus prisiones estaban repletas de presos políticos encerrados en celdas tan
pequeñas como grandes, que los experimentos químicos y biológicos los realizaba
sobre tales víctimas con especial predilección (cierto). Que mantenía relaciones con
Al Qaeda y que financiaba el terrorismo, premiaba a las familias de los kamikazes
palestinos con 25.000 dólares a cada familia (cierto). Y por último, que jamás había
renunciado a su arsenal de armas letales y que, por lo tanto, Naciones Unidas tenía
que volver a enviar a los inspectores a Irak. De acuerdo, pero seamos serios. Si en
los años 30 la ineficaz Liga de las Naciones hubiese enviado sus inspectores a
Alemania, ¿Hitler les habría mostrado Peenemünde, donde Von Braun fabricaba los
V1 y los V2 para pulverizar Londres? ¿Seguro que les hubiese mostrado los campos
de concentración de Dachau y Mathausen, Auschwitz y Buchenwald? A pesar de
todo, la comedia de los inspectores se puso en marcha y con tal intensidad que el
papel de estrella pasó de Bin Laden a Sadam Husein. Y ni siquiera la detención de
Khalid Muhammed, el arquitecto del 11-S, provocó el júbilo popular. Y la noticia de
que Bin Laden fue localizado en Pakistán y corrió el riesgo de tener la misma suerte,
también pasó desapercibida. Una comedia repleta de miserias la de los inspectores.
Una comedia de vil doble juego y de complicidad. Una comedia llena de estrategias
equivocadas por parte de Bush que, teniendo el pie en los estribos, pedía al Consejo
de Seguridad permiso para hacer la guerra y, al mismo tiempo, enviaba las tropas a
las fronteras de Irak. En menos de dos meses, un cuarto de millón de soldados. Con
los ingleses y australianos, más de 300.000. Y eso sin tener en cuenta que los
enemigos de América (o de Occidente debería decir) no están sólo en Bagdad.

Porque sus enemigos están también en Europa, señor Bush. Están en París, donde el
melifluo Chirac pasa ampliamente de la paz, pero sueña con satisfacer su vanidad
con el Premio Nobel de la Paz. Donde nadie quiere derrocar a Sadam, porque Sadam
es el petróleo que las compañías petrolíferas francesas extraen de Irak. Y donde,
olvidando el pequeño lunar llamado Pétain, Francia sigue teniendo la napoleónica
pretensión de dominar la Unión Europea. Asumir su hegemonía. Sus enemigos, señor
Bush, están en Berlín, donde el partido del mediocre Schröder ha ganado las
elecciones comparándole con Hitler. Donde las banderas americanas se ensucian con
la esvástica, símbolo de la Alemania nazi. Y donde los alemanes van de la mano de
los franceses, creyendo que son nuevamente los amos. Sus enemigos, señor Bush,
están en Roma, donde los comunistas salieron por la puerta para entrar por las
ventanas como los pájaros de la homónima película de Hitchcock. Donde los curas
católicos son más bolcheviques que los comunistas. Y donde afligiendo al próximo
Papa con su ecumenismo, su tercermundismo y su fundamentalismo, Karol Wojtyla
recibe a Aziz como si fuese una paloma con la rama de olivo en el pico o un mártir a
punto de ser devorado por los leones del Coliseo (y después lo manda a Asís, donde
los frailes le acompañan hasta la tumba de San Francisco, pobre San Francisco). Y en
los demás países, lo mismo o peor. ¿Todavía no le han informado sus embajadores?
Señor Bush, en Europa hay enemigos de Estados Unidos por todas partes. Lo que
usted llamaba diplomáticamente «diferencias de opinión» es odio puro. Un odio
parecido al que exhibía la Unión Soviética hasta la caída del Muro. Su pacifismo es
sinónimo de antiamericanismo y, acompañado de un profundo renacimiento del
antisemitismo, triunfa igual que el Islam. ¿Sabe por qué? Porque Europa ya no es
Europa. Se ha convertido en una provincia del Islam, como España y Portugal en
tiempo de los moros. Europa alberga 16 millones de inmigrantes musulmanes, es
decir, el triple de los que hay en América (y América es tres veces mayor). Europa
hierve de mulás, de ayatolás, de imames, de mezquitas, de turbantes, de barbas, de
burkas, de chadores. Y cuidado con protestar. Europa esconde miles de terroristas
que nuestros gobiernos no consiguen ni controlar ni identificar.Por eso, la gente tiene
miedo y enarbola la bandera del pacifismo, pacifismo igual a antiamericanismo, y así
se siente protegida. Y por si eso fuera poco, Europa olvidó a los 221.484 americanos
muertos por ella en la Segunda Guerra Mundial... Le importa un bledo sus
cementerios en Normandía, en las Ardenas, en los Vosgos, en el valle del Rin, en
Bélgica, en Holanda, en Luxemburgo, en Lorena, en Dinamarca o en Italia. En vez de
gratitud, Europa siente envidia, celos y odio. Ninguna nación europea apoyará esta
guerra, señor Bush. Ni siquiera las realmente aliadas, como España, o las dirigidas
por tipos como Berlusconi que le llama «mi amigo George». En Europa usted sólo
tiene un amigo y un aliado: Tony Blair. Pero incluso Blair dirige un país invadido por
los moros y lleno de envidia, celos y odio hacia Estados Unidos. Incluso su partido lo
persigue y le vuelve la espalda. Por cierto, tengo que pedirle disculpas, señor Blair.
Porque, en mi libro La rabia y el orgullo, fui injusta con usted. Equivocada por su
exceso de cortesía hacia la cultura islámica, escribí que era usted una chicharra entre
las chicharras, que su coraje era flor de un día y que, una vez que ya no le sirviese a
su carrera política, lo dejaría de lado. Pero la verdad es que está sacrificando su
carrera política en aras de sus propias convicciones. Con una impecable coherencia.
Pido disculpas de verdad y retiro incluso la dura frase que aumentaba la injusticia:
«Si nuestra cultura tiene el mismo valor que una cultura que obliga a llevar el burka,
¿por qué pasa las vacaciones en mi Toscana y no en Arabia Saudí o en Afganistán?».
Y le digo: «Venga cuando quiera. Mi Toscana es su Toscana y mi casa, su casa. My
home is your home».

El motivo final de mi dilema radica en los términos con los que Bush y Blair y sus
consejeros definen esta guerra. «Una guerra de liberación, una guerra humanitaria
para llevar la libertad y la democracia a Irak». Pues no, queridos señores, no. El
humanitarismo no tiene nada que ver con las guerras. Todas las guerras, incluso las
justas, incluso las legítimas, son muerte y desgracia y atrocidad y lágrimas. Y ésta
no es una guerra de liberación (ni siquiera es una guerra por el petróleo, como
muchos sostienen. Contrariamente a los franceses, los americanos no necesitan el
petróleo iraquí). Es una guerra política. Una guerra hecha a sangre fría para
responder a la Guerra Santa que los enemigos de Occidente declararon el 11-S. Es
una guerra profiláctica. Una vacuna, como la vacuna contra la polio y la varicela, una
intervención quirúrgica que se abate sobre Sadam Husein, porque entre los diversos
focos cancerígenos, Sadam Husein es el más obvio. El más evidente y el más
peligroso. Además, Sadam constituye el obstáculo (piensan Bush y Blair y sus
consejeros) que, una vez retirado, les permitirá rediseñar el mapa de Oriente
Próximo. Es decir, hacer lo que los ingleses y los franceses hicieron tras la caída del
Imperio Otomano. Rediseñar y difundir una Pax Romana, perdón, una Pax
Americana, donde reine la libertad y la democracia. Donde nadie moleste con
atentados ni matanzas. Donde todos puedan prosperar, vivir felices y contentos.
Tonterías. La libertad no se puede regalar, como un trozo de chocolate y la
democracia no se puede imponer con ejércitos. Como decía mi padre, cuando
invitaba a los antifascistas a entrar en la Resistencia, y como digo yo cuando hablo
con los que creen honestamente en la Pax Americana, la libertad tiene uno que
conquistarla. La democracia nace de la civilización y, en ambos casos, hay que saber
de qué se trata. La Segunda Guerra Mundial fue una guerra de liberación no porque
regalase a Europa dos trozos de chocolate, es decir dos novedades llamadas libertad
y democracia, sino porque las restableció. Y las restableció porque los europeos las
habían perdido con Hitler y Mussolini. Pero las conocían bien y sabían de qué se
trataba. Los japoneses, no. Estoy de acuerdo. Para los japoneses los dos trozos de
chocolate fueron un regalo que les reembolsaba, sobre todo, Hiroshima y Nagasaki.
Pero Japón ya había iniciado su marcha hacia el progreso, y ya no pertenecía al
mundo que en La rabia y el orgullo llamo La Montaña. Una montaña que, desde hace
1.400 años no se mueve, no cambia, no emerge de los abismos de su ceguera. En
definitiva, el Islam. Los modernos conceptos de libertad y democracia son
absolutamente extraños al tejido ideológico del Islam, totalmente opuestos al
despotismo y a la tiranía de sus estados teocráticos. En ese tejido ideológico es su
dios el que manda, su dios el que decide el destino de los hombres y de ese dios los
hombres no son hijos, sino súbditos y esclavos. Insciallah –lo que allah quiera-,
Insciallah. Es decir, en el Corán no hay lugar para el libre albedrío, para la elección y,
por lo tanto, para la libertad. No hay lugar para un régimen que, al menos
jurídicamente, se basa en la igualdad, en el voto, en el sufragio universal, es decir,
no hay lugar para la democracia.De hecho, los musulmanes no entienden estos dos
conceptos modernos. Los rechazan, e invadiéndonos, conquistándonos, los quieren
borrar incluso de nuestra vida.

Apoyados en su profundo optimismo, el mismo optimismo con el que en Fort Alamo


combatieron con tanto heroísmo y terminaron todos masacrados por el general
Santa Ana, los americanos están seguros de que en Bagdad serán acogidos como en
Roma y en Florencia y en París. «Nos aplaudirán, nos echarán flores», me dijo, todo
contento, un cabeza de huevo de Washington. Quizá. En Bagdad puede pasar de
todo. ¿Y después? ¿Qué pasará después? Más de dos tercios de los iraquíes que en
las últimas elecciones dieron el 100% de los votos a Sadam son chiítas que, desde
siempre, sueñan con establecer la república islámica de Irak. Y en los años 80,
incluso los soviéticos fueron bien acogidos en Kabul. También los soviéticos
impusieron su pax con el Ejército. Convencieron a las mujeres de quitarse el burka,
¿recuerdan? Pero, 10 años después, tuvieron que irse y ceder el sitio a los talibán. ¿Y
si, en vez de descubrir la libertad, Irak se convirtiese en un segundo Afganistán?
Pregunta: ¿Y si en vez de descubrir la libertad, todo el Oriente Próximo saltase por
los aires y el cáncer se multiplicase? De país en país, como una especie de reacción
en cadena... Como occidental orgullosa de su civilización y, por lo tanto, decidida a
defenderla hasta el último suspiro, en ese caso tendré que unirme sin reservas a
Bush y a Blair, atrincherados en un nuevo Fort Alamo. Sin repugnancia, debería
luchar y morir con ellos. Es lo único sobre lo que no tengo duda alguna.