PRIMERA PARTE

:
MIS AÑOS EN LA JOVEN GUARDIA
CAPÍTULO PRIMERO: LOS PASOS
INICIALES
I.- LOS COMIENZOS
Corría 1947. Estudiaba por entonces en
Santiago en el Internado Nacional Barros
Arana, donde cursaba el sexto año de
humanidades.
No entendía ni me preocupaba de política. Los
graves acontecimientos que ocurrían en Chile
apenas me rozaban: la voltereta del traidor
González Videla y el inicio de la represión
contra los comunistas.
No comprendía lo que pasaba. Sólo un año
atrás había visto en Llo-Lleo a mi querido ex
profesor Sergio Valenzuela –le decíamos
“farolito”- y a otros comunistas encabezar los
trabajos de la candidatura del actual Presidente
de la República y ahora éste los perseguía con
ferocidad: los exoneraba de los cargos

públicos, los detenía, encarcelaba o enviaba al
campo de concentración de Pisagua, ubicado
allá en el lejano norte del país.
Mi familia vivía en Llo-Lleo, pueblo balneario –
muy tranquilo durante el año, pero lleno de
veraneantes de enero a marzo- a orillas del
Pacífico, distante unos 100 kilómetros al oeste
de la capital.
En ese balneario había crecido y estudiado.
Mis principales actividades eran deportivas (fui
uno de los fundadores y largo tiempo
presidente del Club Atlético Estrella) y
religiosas (jugué el papel de dirigente de los
jóvenes católicos).
Durante el año que estudié en el Barros Arana
(también lo hice posteriormente cuando estudié
en el Pedagógico de la Universidad de Chile)
viajé todos los fines de semana a Llo-Lleo.
Dos de esos viajes, efectuados en noviembre
de 1947, iban a tener insospechada influencia
en mi vida.
Recuerdo que un lunes de ese mes, un
compañero de curso me prestó “La Nación”,
diario de gobierno, pues deseaba leer los
detalles del triunfo del Colo-Colo logrado el día

anterior. Por entonces era colocolino. Y lo sigo
siendo.
Habiéndome deleitado leyendo lo de mi equipo,
le eché una hojeada al periódico.
Encontré una información donde se hablaba
de un atentado perpetrado por los comunistas
contra un tren. Me llamó la atención de que se
hubiera producido en el ramal de Santiago a
Cartagena, en el que yo viajaba. Al leer con
atención la información me percaté que se
trataba del mismo tren en que yo había viajado
el viernes a Llo-Lleo. Se entregaban los
detalles del acto terrorista: fueron colocados
obstáculos en la línea férrea cerca de Malvilla,
a la salida de los túneles, apedrearon las
ventanas, quebrando vidrios, dejando algunos
heridos.
Todo eso había sucedido y yo no me había
dado cuenta. No podía ser. Para asegurarme
de no estar equivocado, consulté con otras
personas que también viajaron en esa
oportunidad. Ninguna había visto ni escuchado
nada. No existió tal atentado.
Pero, por entonces, yo creía a pie juntilla a la
prensa “seria”. No podía concebir que mintiera.

Concluí, por tanto, que debió ser un error de
imprenta y con esa idea quedé tranquilo.
Sin embargo, desde entonces ya no leía en “La
Nación” sólo la sección de deportes. Fue así
como dos semanas después, encontré otra
espectacular noticia de un atentado terrorista.
De nuevo un viernes y justamente en el tren
que había viajado. Esto confirmó las dudas que
me daban vueltas en la cabeza. No había
errores de imprenta, sino mentiras.
Me pregunté: ¿por qué se calumnia a los
comunistas? Si son en realidad tan malos como
los pintan, ¿qué necesidad hay de inventarles
cosas?
Fue ésta, mi primera inquietud política cuando
recién había cumplido los 17 años.
Nuevos hechos fueron fortaleciendo la certeza
de que se falseaba la realidad. Hubo
periodistas reaccionarios que llevados por un
afiebrado anticomunismo llegaron a escribir:
“Desconocidos que huyeron, de filiación
comunista...”

Yo por entonces joven católico, no pude menos
que comparar a los comunistas con los
primitivos cristianos.

II.- DESCUBRIENDO UN MUNDO NUEVO
Terminado el año escolar me fui a Llo-Lleo.
Estaba lleno de veraneantes. Estos y también
nosotros, los del lugar, cumplíamos el rito
estival: ir en la mañana y
después de
almuerzo a la playa; pasadas las 18 horas, a la
plaza, a dar vueltas incansablemente hasta las
20 horas, cuando todos íbamos por Inmaculada
Concepción a la estación ferroviaria a esperar
el tren que venía de Santiago (corría sólo dos
veces al día, el otro llegaba cerca de las 11
horas, cuando era tiempo de estar en la playa).
La verdad es que la inmensa mayoría de los
que repletábamos la estación no iba a esperar
a nadie. Una vez que el convoy partía rumbo a
Barrancas, San Antonio y Cartagena,
regresábamos a la plaza. Había música a

través de `parlantes. Algunos bailaban en el
centro de ella. Otros se sentaban a conversar,
pero la mayoría daba las tradicionales vueltas.
Todos admirábamos lo hermoso de la plaza:
los jardines, un pino en forma de casa, los
prados, el árbol de la vida. El que cuidaba esa
plaza era el “maestro” Armando Vidal, que
pololeaba con nuestra nana Carmen.
Aparentemente, la vida transcurría idílicamente
en Llo-Lleo y en todo Chile. Pero en esos
mismos momentos cientos de comunistas
estaban en la cárcel o en Pisagua; miles eran
perseguidos, expulsados de su trabajo.
También en esos días, miles de revolucionarios
trabajaban en la clandestinidad.
Pero ni lo uno ni lo otro lo sabía o le importaba
a la mayoría de aquellos que iban a la playa,
daban vueltas en la plaza o recibían el tren de
la noche.
Yo me encontraba entre esos ignorantes y
despreocupados chilenos que vivían en las
nubes. Pero algo maduraba en mí. Alguna
huella había dejado el comprobar la forma en
que se calumniaba a los comunistas. Sentía
simpatía, solidaridad hacia ellos, esto de un

punto meramente humanitario. Me sentía un
buen samaritano, deseoso de ayudar al
hermano perseguido.
Supe que un sastre de Llo-Lleo, llamado
Ramón Urzúa, estaba relegado en Pisagua.
Conversé con sus vecinos. Todos hablaron
muy bien de él.
Observé que algunos comunistas, a los que
conocía de vista, se paseaban solos. La gente,
inclusos sus amigos, temían que los vieran con
ellos.
Ello me indignó. Fue como un desafío para mí.
Me dije que yo haría lo que otros no se
atrevían a hacer. No tenía miedo. Me sentía
ingenuamente protegido. Pensaba que el
hecho de ser dirigente de la Juventud Católica,
presidente del Estrella, hijo del dueño del
almacén de la esquina o estar a las puertas de
la Universidad, me daba una especie de fuero.
Era fines de diciembre de 1947. Una noche
estando en la estación vi a un joven obrero de
la construcción, conocido comunista, Armando
Alarcón, que se paseaba solo. Me acerqué a él
y lo saludé. Contestó con una naturalidad, que
me desconcertó un tanto, pues esperaba que

mi actitud lo sorprendiera. Me conocía y sabía
quién era.
Luego de hablar sobre el tiempo, tema
apropiado para iniciar una conversación, le hice
varias preguntas, que respondió ampliamente:
¿Qué eran los comunistas? ¿Por qué
luchaban? ¿Por qué los perseguían?
La conversación de esa noche de verano
comenzó a abrirme las puertas hacia un
mundo hasta entonces desconocido para mí,
que me maravilló desde el primer momento.
Fue también el inicio de una gran amistad.
Nos juntábamos todas las tardes. Armando me
hablaba de Luis Emilio Recabarren, de una
historia muy distinta a la que había aprendido
en el liceo, de Lenin, de la Revolución Rusa, de
la Unión Soviética, de la traición de González
Videla.
Me parecía increíble que un obrero, que debió
abandonar la escuela para entrar a trabajar
cuando aún era un niño, supiera tanto.
Ante una pregunta, me respondió lleno de
orgullo:

-El Partido me ha educado. En sus filas he
aprendido todo lo que sé.
Esta afirmación me conmovió. Pensé: un
Partido que forma esta clase de jóvenes no
puede ser malo.
Recuerdo que un día, cuando se acercaba la
mitad de enero, Armando, así de frentón,
siempre con su característica sonrisa, me
propuso que me hiciera comunista y que le
ayudara a reorganizar las Juventudes
Comunistas de
Llo-Lleo, desaparecidas a
causa de la represión del traidor. Me contó que
quedaban sólo dos: él y otro joven de la
construcción de apellido Huala, y que para
constituir la Jota se necesitaban a lo menos
tres. Y me planteó: tú puedes ser el tercero.
¿Qué te parece?
Me pilló de sorpresa. Yo simpatizaba a esas
alturas totalmente con los comunistas, pero no
había pensado siquiera en la posibilidad de
incorporarme a la lucha. No me encontraba con
pasta de revolucionario.
Dos sentimientos experimenté ante la
proposición de Armando. Felicidad por la
confianza depositaba en mí por él (que

después supe que detrás de ella estaba la
opinión positiva del Partido). Por otro lado,
miedo. No a la represión, porque ni pensaba en
ello, sino a no poder cumplir y defraudar a los
compañeros.
Respondí: podría intentarlo con tu ayuda y si
me es permitido poner tres condiciones: que
me permitan seguir creyendo en Dios, que no
se me obligue a ser dirigente ni a hablar en
público.
Armando, inteligente y sin sectarismo alguno,
me explicó que no había problema alguno. Que
esas tres cosas las debía decidir yo
personalmente.
Acepté. El compañero me abrazó emocionado.
III.- UNA TARDE DE VERANO CERCA DEL
MAR
15 de enero de 1948. Nos juntamos en una
esquina de la plaza. Eran las 18 horas y la
gente comenzaba a cumplir con el ritual de las
vueltas. Armando llegó con el compañero
Fernando Huala. Caminamos por avenida
Providencia en dirección a Tejas Verdes.

Armando había propuesto reunirnos al aire
libre, pues era más seguro. Parecíamos tres
amigos dando un inocente paseo. Pero se
trataba de una sesión solemne y de profundo
contenido revolucionario.
Armando explicó que se acostumbraba en las
reuniones de la Jota a designar un presidente.
Decidimos que presidiera el compañero Huala.
Armando abordó asuntos internacionales, la
situación en Chile y las tareas que debíamos
efectuar en Llo-Lleo. Era el informe político.
Varias cosas no entendí y sobre las cuales
pregunté más adelante.
Se aprobó mi ingreso a las Juventudes
Comunistas y se eligió el secretariado de la
base. A la cabeza, como secretario político,
quedó Armando. Fernando fue designado
encargado de organización.
Entonces, Armando me dijo:
-Compañero Iván (en adelante me llamaría
José Soto, nombre de batalla que elegí)
necesitamos alguien que se encargue de
cobrar las cotizaciones mensuales y controle
los carnés (éste era una tarjeta doblada en dos.

En su portada se leía en color azul: “Club
Deportivo Camilo Henríquez”, en el interior
doce cuadritos, uno para cada mes del año,
donde se debía colocar la estampilla
correspondiente. En la contraportada, se
indicaban los tres deberes fundamentales de
un “socio”: asistir a reuniones, pagar
mensualmente las cuotas y cumplir las tareas
asignadas.
De acuerdo, dije, sin darme cuenta que desde
el primer día ocupaba un puesto de dirigente,
pues había aceptado ser el encargado de
finanzas de la base, pasando yo mismo por
encima de una de las tres condiciones que
había puesto para ingresar a la Jota.
Ese 15 de enero de 1948 se constituyó en el
día más importante de mi vida. Esa tarde de
verano, cerca del mar, me hice miembro de la
gran familia comunista.
En ese día se iniciaba, también, un nuevo
capítulo en la historia de la Joven Guardia de la
Comuna de San Antonio. Se constituía el
núcleo inicial de lo que sería, en pocos años
más, un ejemplo de organización juvenil
revolucionaria.

Esa noche, antes de dormir, me hice una
promesa. Me dije: tal vez no tenga pasta para
ser un verdadero comunista, pero a lo menos
en tres cosas estoy seguro que jamás fallaré:
fidelidad al Partido y a la Jota, responsabilidad
para cumplir toda tarea que se me entregue y
puntualidad.
En ese mismo año de 1948 ingresé al Instituto
Pedagógico de la Universidad de Chile a
estudiar historia.

IV.- CUMPLIENDO LA PRIMERA TAREA DEL
PARTIDO.
Fui citado a casa del compañero Pío Bustos, un
viejo y abnegado obrero de la construcción. Allí
me esperaba Segundo Pérez, dirigente del
Comité Local del Partido.
Tenemos una tarea para usted, me dijo. Una
tarea especial, muy importante, que se debe
cumplir de inmediato y con la mayor reserva.
¿Está dispuesto?

Me miró sonriente. Nos habíamos visto ya
varias veces en los once meses que llevaba
militando en la Jota. Era la primera ocasión en
que el Partido me encargaba una misión. Me
sentí
feliz
y
orgulloso.
Respondí
afirmativamente.
El camarada Pérez agradeció mi disposición. Y
me explicó: Creemos que para usted va a
resultar fácil. Se trata de hacer un saludo de
Año Nuevo en nombre del Partido. Busque
algún motivo, escriba unas frases. Lo tiene que
hacer en un papel esténcil con un croché de
hueso. Mañana a las 20 horas en Canelo
esquina Providencia
estará el compañero
Juan, que es hermano del camarada Pío. A él
le entrega el trabajo terminado.
Nos despedimos. Salí de la modesta casa
cerca de las 20 horas de una tranquila noche
de diciembre de 1948, en que el sol se estaba
ocultando en el Pacífico.
Caminé rápido hacia mi casa. Bajo el brazo
llevaba un diario en cuyo interior estaba el
esténcil. Esa noche no habría para mí ni
vueltas en la plaza ni paseo a la estación.

Como me había dicho el camarada Segundo,
para cumplir mi misión necesitaba imaginación,
buen pulso y un croché de hueso. Este último
se lo pedí a mi hermana María. Me preguntó,
sorprendida, para qué lo quería. Le dije que
para hacer un invento. No averiguó más. Con
una sonrisa de complicidad me pasó uno.
Hice varios bocetos de dibujo, que era lo más
difícil. Elegí una alambrada de púas, con un
puño que la rompía. Escribí: “Feliz Año Nuevo
1949, pueblo de San Antonio. Sin dictadura, sin
traidor, sin campo de concentración de
Pisagua. ¡Libertad, pan y democracia para
Chile y los chilenos! Partido Comunista de
Chile. Comité Local de San Antonio”.
El título y el dibujo lo hice con el croché. El
resto de la lectura lo escribí en una vieja
máquina que era de mi abuelo, Juan Vargas
Márquez, entonces pastor metodista en LloLleo.
A la mañana siguiente amanecí sin ganas de ir
a la playa, lo que sorprendió a mis amigos. Me
quedé en casa terminando mi obra de arte. No
quedó tan mala. A las 20 horas, tal como
estaba convenido, le pasaba un diario al

camarada Juan. Me dijo: mañana, a la llegada
del tren, se tiene que encontrar con el
compañero Segundo en la estación de Llo-Lleo.
En la noche del 22 de diciembre, en una de
las vueltas que daba a la espera del tren, divisé
al camarada en un asiento junto a la caseta de
señales. Al llegar el convoy y pararse toda la
gente, me fui a sentar a su lado.
Sin mirarme me dijo: Le transmito las
felicitaciones del secretariado del Comité Local
del Partido. El trabajo le quedó muy bueno.
Ahora queremos pedirle que usted ayude a
sacarlo a mimeógrafo. Si está de acuerdo,
mañana debe viajar con el compañero César
de la Jota a San Antonio. Acepté.
A la mañana
siguiente, nos juntamos con
César en el paradero que está frente a mi casa.
Nos sentamos en el asiento de atrás de la
micro. Conversamos todo el trayecto de fútbol.
Llegamos a San Antonio. Nos bajamos en el
primer paradero de avenida Centenario. Allí
nos esperaba un
obrero panificador, que
parecía muy interesado en las radios que se
exhibían en la vitrina de la Casa Suárez. Nos
acercamos. Sin mirarnos, murmuró: Esperen

un momento y luego síganme.
casa.

Vamos a mi

Comenzamos la difícil subida al Cerro Alegre,
allí donde se encuentra el Cementerio
Parroquial y también prostíbulos. Seguíamos
al compañero a cierta distancia, hablando con
enorme esfuerzo de fútbol. Se veía bastante
movimiento en esa mañana de diciembre.
Obreros del puerto, gente que iba o venía del
cementerio, dueñas de casa que hacían las
compras, alumnos que salían de la escuela
luego de finalizado el año escolar...
Nos detuvimos un momento para descansar.
Miramos hacia abajo. Allá estaba el puerto por
donde se embarcaba el cobre de El Teniente.

V.- TALLER Y REPARTO CLANDESTINOS

Luego de muchas vueltas por estrechas calles,
llegamos al domicilio del compañero Juvenal.
Era una pequeña casita, pobre, pero muy
limpia.
Vivía con su esposa y dos hijos pequeños,
que ese día habían ido donde la abuelita.
En un cuarto bastante reducido estaba el
“taller” clandestino. Una mesa con el
mimeógrafo, una botella de tinta negra, una
resma de hojas blancas, un paquete de polvos
talcos. Era la primera vez que César y yo
estábamos en un taller y no teníamos la menor
idea de qué hacer.
El compañero nos explicó pacientemente. Este
es un mimeógrafo “hechizo”, es decir, hecho
por nosotros. Es muy sencillo, bastante lento,
pero sumamente útil. Se compone de una
tabla gruesa, muy bien cepillada. Unida a ésta
por dos bisagras, hay un marco de madera,
donde está una tela especial, muy estirada.
Aquí ya está puesto el esténcil, que me
enviaron ayer. En la tabla de abajo colocamos
una hoja de papel, cerramos el marco. Este
rodillo de goma, que se debe untar con tinta, se
pasa sobre el esténcil.

La operación era muy lenta. Se pasaba el
rodillo, se abría el marco se sacaba la hoja
impresa, se ponía otra, se cerraba el marco, se
untaba el rodillo...
Los polvos talcos eran echarlos en las manos y
así no dejar huellas digitales en el papel.
Era un día muy caluroso y el taller parecía un
horno. La casa era pequeña, con techo de
calaminas y sin cielo raso. Las puertas y
ventanas debían permanecer cerradas, por
seguridad. Transpirábamos.
Al mediodía hicimos un descanso y
almorzamos. En mi casa había dicho que ese
día íbamos de excursión y mi mamá, como
siempre lo hacía en esos casos, me preparó
una bien provista mochila. Con estos
elementos y otras cosas que ella tenía, la
compañera dueña de casa hizo un buen
almuerzo.
Cuando
finalizamos
nuestra
tarea,
el
compañero Juvenal –que trabajaba de nocheya se había ido a la panadería. Eran las 20
horas. Antes que saliéramos, la camarada
echó una mirada a la calle y nos avisó “que no
había moros en la costa”.

El 30 de diciembre de 1948, los militantes del
Partido y de la Juventud fuimos convocados a
las 22 horas, en diferentes puntos de San
Antonio, Barrancas, Llo-Lleo y Lo Gallardo. No
se informó sobre el motivo de la citación
extraordinaria, sólo se nos dijo que íbamos a
efectuar una tarea que no duraría más de
media hora y se nos recomendó que
adoptáramos todas las medidas de seguridad
para llegar al lugar señalado, insistiendo en la
puntualidad.
En la esquina de Canelo con Arzobispo Larraín
nos juntamos los cinco compañeros de nuestro
grupo. Se nos explicó que se trataba de echar
por debajo de las puertas de las casas un
saludo de Año Nuevo del Partido. Tres
compañeros cumplirían esta tarea. Los otros
dos debían vigilar a cierta distancia. En caso de
peligro, avisarían.
Nos correspondió cubrir el sector de
Avenida Chile al cerro. Es decir, dos calles
que abarcaban unas siete cuadras. A las
22,30 todos debíamos irnos a la casa o a la
plaza, según acostumbráramos a hacerlo
cada noche.

Nuestro grupo cumplió su misión sin problema.
Después supimos que lo mismo había sucedido
con los otros. Fue una exitosa tarea.
A la mañana siguiente, mi hermana María
encontró en la puerta de calle uno de los
saludos. Con él en la mano llegó donde yo
estaba y me dijo:
-Te felicito. Te quedó del uno el “invento”. La
próxima vez me podrías pedir ayuda y no ser
tan misterioso...
Me sentí feliz de haber contribuido a dar un
puñetazo propagandístico al traidor. Claro que
no pude cachiporrearme por ello.
VI.- CANTANDO LA INTERNACIONAL
Estábamos en el centro de la Plaza de Llo-Lleo
y cantábamos a todo pulmón el himno de los
trabajadores del mundo. Era primera vez que
en ese tranquilo pueblo se escuchaba la
canción de los “esclavos sin pan” después del
inicio de la represión del traidor.
Era la proclamación de los candidatos a
diputados del Partido Democrático, a los que

apoyaba el Partido. Las estrellas ya habían
salido en esa noche febrero de 1949. Unas cien
personas estábamos ahí, entre ellos los 15
militantes del Partido y los 10 de la Jota de LloLleo.
El 3 de septiembre del año anterior se había
promulgado la mal llamada Ley de Defensa
Permanente de la Democracia, bautizada
sabiamente como “Ley Maldita”. Esta declaraba
ilegal al PC, prohibía a sus militantes y
sospechosos de serlo, ocupar cargos públicos,
ser dirigentes sindicales, postular a cargos de
representación popular. Ser ciudadanos: más
de cuarenta mil personas habían sido borradas
de los Registros Electorales. Se impedía
cualquier actividad o propaganda comunista.
A pesar de ello, estábamos en esa noche
cantando el himno de los comunistas y
participando de una actividad electoral.
Aprovechábamos
las
elecciones
para
denunciar al traidor y los atropellos de todo tipo
perpetrados contra el pueblo chileno.
Habían terminado los discursos, uno de los
cuales fue pronunciado por un dirigente del

Partido. Entonces surgió La Internacional.
Finalizada ésta, gritos: ¡Desfile!... ¡Desfile!...
Un dirigente del PD explicó: No se puede,
compañeros, sólo nos autorizaron para realizar
la concentración. No otorgaron permiso para
desfilar.
-¡No importa –gritó Armando- marchemos con o
sin permiso!
A los jotosos se unieron muchos otros.
Tomamos carteles y banderas. Y partimos. Yo
agarré una pancarta que decía: “Democracia y
Libertad. Legalidad para el PC”.
Desde el centro de la Plaza nos fuimos hacia la
esquina
de
Canelo
con
Inmaculada
Concepción. Justo en esa esquina estaba el
almacén Santiago de mi padre. Yo levantaba
con orgullo mi letrero. Era el primer desfile de
mi vida y me sentía feliz. Éramos unos
cincuenta, pero gritábamos por cientos.
Por Inmaculada Concepción marchamos hacia
la Estación ferroviaria. Tomamos por avenida
Los Aromos (donde no había ninguno de esos
árboles, pero sí palmeras), en dirección a
avenida Providencia. Casi al llegar a la esquina

de ambas calles, una fila de carabineros nos
cortó el paso. Un oficial gritó: ¡Alto o
disparamos!
VII.- “CON LA VARGUARDIA SOLA NO SE
PUEDE TRIUNFAR”
A mí me dio un miedo terrible. Por primera vez
en mi vida veía las negras bocas de las
carabinas apuntándonos amenazadoramente.
Creo que a todos nos pasó lo mismo.
¡Vamos no más, compañeros –gritó Armandoadelante!
Y pasamos, incluso apartado los cañones de
las armas. Armando con una bandera chilena,
yo con mi cartel y el Tololo Cruz con otro en
que se leía:
“Abajo el traidor. Libertad y Pan”.
Recién comenzábamos a avanzar por avenida
Providencia, cuando se nos acercaron dos
pacos a caballo. Uno de ellos (un policía, por
supuesto), vociferó:
-Y ustedes, ¿pa donde mierda creen que van?
¡Ya déjense de huevadas!

Percibí un gran silencio a nuestras espaldas.
Me volví. Estábamos los tres solos. Las masas
no nos habían seguido. Intenté ocultar mi
letrero. No era ya posible.
-Ya cabros, no hueveen más. Váyanse mejor
pa la casa, antes de que los llevemos presos.
El que gritaba era un sargento gordo y
colorado, bueno para el “tinto”, cliente del
almacén de mi papá, que tenia libreta
(compraba al fiado en el mes y al final de éste
cancelaba). También pasaba a pegarse sus
cañazos al negocio. Naturalmente que me
conocía.
-Córranse luego –agregó- antes de que venga
mi teniente... A ti, dijo dirigiéndose a mí, te voy
a acusar a don Juan de andar metiéndote en
cosas que no te convienen...
Enrollamos la bandera, dejamos los carteles
botados y nos fuimos corriendo.
-Más vale una retirada a tiempo, que tres
pajaritos en la jaula, murmuró riéndose el
Armando. No habíamos perdido el buen humor.
Al contrario, nos sentíamos nerviosamente
contentos.

Llegamos a la plaza. Allí nos esperaban muy
preocupados
los
otros
siete
jotosos
Comentamos la jornada. Para la mayoría de
nosotros era la primera experiencia en una
acción callejera. Estábamos emocionados.
- La última parte de los hechos, comentó
Armando ahora muy serio, es decir, lo que nos
ocurrió a nosotros tres, me hizo recordar algo
que leí del camarada Stalin. Contaba una
antigua leyenda
griega: había un gigante
llamado Anteo, hijo de dos dioses, el dios del
mar Neptuno y de Gea, la diosa tierra. Era
fuerte e invencible. Desafiaba a pelear a todo el
que encontraba a su paso. Siempre vencía.
Un semidios llamado Heracles, hijo del dios
Zeus y de una mortal, aceptó el desafío.
Previamente estudió a su enemigo. Descubrió
que su poder residía en que su madre, la tierra,
le transmitía fuerzas al tomar contacto con ella.
Comenzaron a luchar. Heracles mantuvo en
alto a su enemigo, sin dejarlo tomar contacto
con su madre tierra. Así lo venció.
Stalin agregaba que a los comunistas nos
ocurre lo mismo que al gigante Anteo. Cuando
estamos unidos a nuestra madre, las masas,

somos invencibles, pero separados de ellas, el
enemigo de clase nos puede derrotar.
- En otras palabras –agregó Hernán, otro
jotoso- con la vanguardia sola no se puede
triunfar. Sonrió satisfecho de su aporte teórico
a la conversación.
Armando nos peguntó:
- ¿Les gustó cantar la Internacional? Bueno
tenemos otras canciones. Una es la Joven
Guardia. Comenzó a cantar. Medio desafinado
pero con loable entusiasmo:
“Somos la Joven Guardia
que va forjando el porvenir...”
Nos gustó. Fuimos corriendo a mi casa, que
quedaba cerca, y trajimos papel y lápices.
Comenzamos a copiar la letra que nos dictaba
Armando.
Para la próxima vez ya no cantaríamos sólo La
Internacional, sino también el Himno de las
Juventudes Comunistas de Chile.

VIII.- JUGANDO PING-PONG EN LA CARCEL
DE BARRANCAS
El compañero Mario Zamorano del Comité
Regional Santiago participó en una reunión del
Comité Local de la Jota de San Antonio, del
cual yo era su Secretario Político. Informó lo
siguiente:
- Un camarada de apellido Fuentes fue
detenido hace algunos meses en Santiago,
procesado y condenado a varios años de
prisión. Recientemente fue trasladado a la
cárcel de Barrancas. El CR entrega a ustedes
la tarea de tomar contacto con él, prestarle
solidaridad moral y material. Es un buen
compañero que cayó cumpliendo tareas del
Partido. No explicó nada más. Ninguno de
nosotros hizo preguntas.
Nos pusimos a estudiar el asunto. No era nada
de fácil. Había que evitar “quemar” a algún
camarada, si se tomaba contacto directo con
Fuentes.
De pronto recordé algo: el Club Estrella había
recibido tiempo atrás un desafío del Club de
reos de la Cárcel para jugar ping-pong,
naturalmente en la prisión.

El Estrella lo habíamos fundado en enero de
1944. Primero para hacer excusiones, luego
fue entrando el fútbol. En sus comienzos le
llamamos Club Brigada La Estrella, después
Club Atlético Estrella. Teníamos los equipos de
fútbol con uniforme completo: camisetas
celestes, pantalones negros y medias como las
usaba el Colo-Colo entonces, negras con una
ancha franja blanca. Por ello, nos apodaban los
“pijes”. Más tarde “Estrella Roja”. Funcionaba
en ella una base de la Jota. Pero, no teníamos
rama de ping-pong. La base tomó la tarea de
constituirla. No fue difícil, pues contábamos con
varios socios que practicaban ese deporte.
Se envió una nota al Deportivo de la Cárcel,
respondiendo el desafío y proponiéndole una
fecha para jugar con dos equipos. Al mismo
tiempo, encargamos a dos compañeras no
conocidas como comunistas para que fueran a
visitar a Fuentes, le saludaran en nombre de la
Jota y le plantearan que debía dedicarse a
jugar tenis de mesa.
Dos semanas después, un sábado, entrábamos
como invitados a la cárcel.

Nuestra delegación, en que iban los siete
militantes de la base, estaba formada por diez
jugadores, cinco por equipo, y varios socios y
dirigentes.
Los partidos fueron ardorosamente disputados.
Unos ganamos nosotros; otros, los reos.
Fuentes no era nada de malo. Ganó a nuestro
representante. Al finalizar de jugar, me acerqué
a él, como hacía con todos los vencedores,
para felicitarlo. Soy, le dije, el presidente del
Estrella. Nos dimos un fuerte apretón de mano
y nos miramos de manera significativa. Al
quedar algo lejos de los otros, murmuré:
- Camarada Fuentes, le traigo el saludo del
Comité Regional y del Local de la Jota de San
Antonio. Hoy unas compañeras le entregarán
algunas cositas. Vamos a venir sábado por
medio, así que nos estaremos viendo seguido.
A cada reo le entregamos sus regalitos.
Naturalmente cada paquete había sido
rigurosamente registrado por los gendarmes
en la puerta, donde además debimos dejar
nuestros carnés de identidad. Medida adoptada
para evitar que se escapara algún reo.

Los internos
visita.

quedaron felices con nuestra

Nosotros también. Habíamos comenzado a
cumplir una tarea que, cuando se nos planteó,
nos pareció una misión imposible.
IX.- ME QUEDE SOLAMENTE
ABRIGO Y EL RELOJ

CON

MI

Seguimos jugando ping-pong en la cárcel de
Barrancas
durante
bastante
tiempo.
Practicábamos deporte y conversábamos con
el compañero Fuentes, al que llevábamos
alimentos e incluso buenos libros.
Nos fue contando algunas cosas de su vida. En
especial, nos conmovió el relato de las
acciones en que tomó parte y en una de las
cuales fue detenido:
- En febrero de 1949 me incorporaron a un
equipo especial, formado por militantes del
Partido y de la Jota, creado para llevar a cabo
acciones audaces. Por ejemplo, llegábamos a
una panadería de un barrio popular.

Inmovilizábamos al dueño y dependientes con
nuestras armas cortas y repartíamos el pan
gratis entre la gente. Curiosamente algunos lo
rechazaban y protestaban por lo que hacíamos.
Se ponían al lado del panadero.
En una panadería de San Miguel, fueron los
propios clientes, faltos de conciencia política,
los que llamaron a los pacos. Estos llegaron.
Hubo una balacera. Algunos compañeros
lograron huir, pero a mí me hirieron y me
agarraron.
Los que conocíamos la historia del camarada
Fuentes, sentíamos una gran admiración por él
y sus acciones. Yo me sentía especialmente
orgulloso, pero no podía contar el motivo de
ello.
Hacía poco menos de un mes, que fui citado a
Barrancas. Allí conversó conmigo el secretario
de organización del Comité Local del Partido.
Me explicó que pronto se crearía en San
Antonio un grupo especial, para llevar a cabo
algunas misiones muy secretas. Agregó que yo
había sido elegido para formar parte de ese
equipo, que más adelante me darían más
detalles. Debe guardar absoluta reserva de

esta conversación, de la cual no debe saber ni
el secretario político del Partido.
Muy misterioso el camarada me dijo: todo
revolucionario debe contar con tres elementos
primordiales: un abrigo, un reloj y un revólver.
Usted tiene los dos primeros. Pronto le
entregaré el tercero.
Insistió: esto es un secreto de Partido. Lo
conocemos sólo los miembros del grupo y yo.
Nadie más debe saberlo.
Pero resulta que me quedé sólo con el abrigo y
el reloj. Me llamó el propio camarada de
organización y me dijo que se había echado
para atrás la idea del grupo y que me olvidara
de lo conversado.
Primero pensé que no tenía el
confianza en mí. Me sentí muy mal.

Partido

Después supe la verdadera razón.
La formación de esos grupos y las acciones
directas
en que había tomado parte el
compañero Fuentes, era una orientación del
encargado nacional de organización. Luis
Reinoso. Esto llevado a cabo a espaldas del
resto del Comité Central.

El secretario general de las Juventudes
Comunistas, Fernando Ortiz, que estaba
involucrado en esta política, al darse cuenta
que algo andaba mal, informó de lo que pasaba
a miembros de la dirección nacional.
Se abrió un gran debate en el interior del
Partido. El Comité Central condenó estas
actividades, que calificó de ultraizquierdistas, y
expulsó al compañero Luis Reinoso y otros
dirigentes que habían actuado de acuerdo con
él.
Desde luego,
especiales.

fueron disueltos los grupos

Ello ocurrió en 1950, el mismo año en que yo
iba a completar los tres elementos de un
revolucionario, al decir del camarada que se
entrevisto conmigo en Barrancas. Me quedé
con mi abrigo y el reloj que me había regalado
mi padre.
Dentro de la Jota hubo por entonces una gran y
profunda discusión, la que alcanzó ribetes
dramáticos en el Instituto Pedagógico de la
Universidad de Chile, en donde yo estudiaba
desde comienzos de 1948.

CAPÍTULO
ALLENDE

SEGUNDO:

LAFERTTE

Y

I.- HIJO DEL SALITRE
En esa primaveral mañana de octubre de 1950
llegué poco antes de las 13 horas al viejo
edificio donde estaba la pensión. En la pieza
que nos servía de dormitorio, comedor y sala
de estar a los cuatro estudiantes de Llo-Lleo en
Santiago, estaba ya Jaraquemada. Leía
“Democracia”,
periódico
que
había
reemplazado a “El Siglo”. Nos turnábamos para
comprarlo.

Pronto llegaron los otros dos. Como teníamos
hambre pedimos de inmediato el almuerzo.
Jaraquemada comentó que en el diario venía la
información estaba programada para ese día
una charla del compañero Elías Lafertte, a las
19,30 horas en el teatro Sicchel.
Con Jaraquemada llegamos adelantados al
Teatro del Sindicato de la Compañía Chilena
de Electricidad. Eran como las 19,10. Ninguno
de los dos conocía físicamente al camarada
Lafertte. Había gente esperando. La mayoría
formaba
un
grupo
que
conversaba
animadamente. Nos acercamos. Un compañero
ya de edad decía:
- Ahora con el famoso aceite adulterado,
andamos todos como aviones a chorro.
Todos rieron.
El camarada que habló, seguramente un
obrero, se refería al escándalo que había
estallado por entonces: los empresarios
distribuidores de aceite comestible, en
complicidad con las autoridades, lo habían
adulterado para obtener mayores ganancias.
Esto produjo serios trastornos digestivos a
buena parte de la población.

Miré el
reloj. Eran casi las 19,30 y el
conferencista no llegaba. En ese momento
alguien levantó la voz:
- Compañeros, propongo que pasemos a la
sala y comencemos. Compañero Elías, dijo
dirigiéndose al que había estado hablando
del aceite, pase usted, por favor.
Nos miramos con Jaraquemada.
Habíamos pensado que el presidente del PC
llegaría cuando todo estuviera listo, para entrar
en medio de los aplausos, como lo hacían los
políticos burgueses. Pero el camarada Lafertte
rompió nuestros esquemas. El presidente y
uno de los fundadores del PC, ex senador de la
República, dirigente de la FOCH, una de las
grandes personalidades del país, había llegado
de los primeros, con la modestia de un obrero
revolucionario.
Su charla fue sencilla, amena, plena de
sabiduría. Aprendimos mucho.
Esa noche de octubre de 1950 comprendí
cabalmente como deber ser un dirigente
comunista: tener profundos conocimientos, ser
modesto, fraternal, alegre, optimista.

Elías Lafertte nos enseñó eso. Todos los
títulos no habían hecho cambiar su estirpe de
obrero consecuente. Con
razón, Volodia
Teitelboim le llamó Hijo del Salitre.
II.- MI PRIMERA ACCION CALLEJERA EN
SANTIAGO
Fue a comienzos de los años 50, no recuerdo
exactamente cuándo. Una mañana la noticia
conmovió a los estudiantes del Pedagógico:
Fernando Ortiz, dirigente estudiantil, había sido
detenido. La FECH (Federación de Estudiantes
de Chile) convocó a salir ese mediodía a las
calles del centro de la capital, exigiendo su
libertad.
De inmediato, comenzamos a preparar la
marcha.
Escribimos
algunos
letreros.
Recorrimos los cursos invitando a participar en
la acción.
Cerca de las 12 partimos hacia el centro donde
nos encontramos con estudiantes de otras
escuelas universitarias. El combativo desfile
recorrió varias calles, ante la amenazadora

vigilancia de la policía, que esta vez no
intervino.
Había conocido a Fernando Ortiz cuando yo
estudiaba en el Internado Nacional Barros
Arana, donde él ejercía el cargo de Inspector o
“serrucho”,
como
les
decíamos.
Le
correspondía vigilar la disciplina del patio
Siberia,
donde
estaban
los
sextos
humanidades. Era muy estricto. Los alumnos le
habían bautizado con el apodo de “Cayetano”.
No supe la razón de ese nombre.
Lo que logré saber después,
fue que
estudiaba historia y geografía en el Instituto
Pedagógico y que trabajaba como inspector en
el Barros Arana para tener ahí una pìeza y
comida y así poder continuar con sus estudios.
También me impuse que era
estudiantil y secretario general
Juventudes Comunistas de Chile.

dirigente
de las

Ese ejemplar universitario, que debía trabajar
para proseguir sus estudios, ese incansable
dirigente juvenil, había sido detenido por
agentes
del traidor. Los motivos: ser un
consecuente defensor de los intereses de los

estudiantes, ser un esforzado forjador de la
unidad de éstos con los trabajadores.
Por esos “delitos” cayó sobre Fernando Ortiz la
represión del tiempo de la infamia, pero las
combativas manifestaciones de los alumnos de
la Universidad de Chile, lograron sacarlo de las
mazmorras policiales.
Veintiséis años más tarde, cuando Fernando
tenía 54 años de edad y encabezada la
dirección clandestina del PC en Chile, fue
detenido y hecho desaparecer por los esbirros
de la dictadura fascista de Pinochet. Ello
ocurrió el 15 de diciembre de 1976.
III.- EL CONTUNDENTE ARGUMENTO DE UN
ANARQUISTA
La Plaza de San Antonio era distinta a la de
Llo-Lleo. No poseía grandes árboles ni los
hermosos jardines de ésta.
En el puerto, la gente no se paseaba en la
Plaza, sino por la avenida Centenario. Hasta
allí concurrían veraneantes y habitantes de la
zona en las tardes estivales. Se paseaban y
miraban las vitrinas de las tiendas.

Otros preferían ir al paseo a orillas del mar,
especialmente a contemplar la puesta del sol.
Era el 1º de Mayo de 1952. Habían llegado
unas 100 personas al acto convocado por los
anarquistas en la plaza. Estos mantenían cierta
influencia en los obreros de San Antonio,
especialmente entre los portuarios.
Yo asistí solo y a pesar de la opinión en contra
de numerosos compañeros.
Deseaba ver con mis ojos como era una
concentración de los anarcos. Y compararlo
con el magnífico acto que habíamos realizado
la noche anterior en un local de Barrancas en
conmemoración del Día Internacional de los
Trabajadores.
Llegué cuando ya habían
discursos. A medida que
aumentaba mi repudio a sus
que solamente contribuían a
gente.

comenzado los
los escuchaba
planteamientos,
desorientar a la

- La política, afirmó uno de los oradores, es el
peor mal para los trabajadores. Los obreros
nada podemos esperar de los políticos. Todos

son iguales. Todos nos utilizan para alcanzar
sus mezquinos intereses...
- Mentira, grité sin poder contenerme.
Mentiroso. Hay un partido que es el de los
trabajadores. Es el Partido Comunista.
Justo en el momento que interrumpía al
orador, se produjo un gran silencio en la plaza,
por lo que se escuchó claramente lo que decía.
Se alzaron varias voces: cállate huevón...
saquen de aquí a este agente de Moscú...
vendido al capitalismo opresor...
Iba a replicar, cuando sentí en la espalda una
punta afilada y fría. No fue difícil adivinar que
se trataba de un cuchillo. Al mismo tiempo, una
voz no muy amable me conminó:
- Cierra el hocico, concha de tu madre y córrete
de aquí, antes que te ensarte.
Ante tan convincente argumento, no repliqué.
Me alejé rápidamente unos metros y desde
fuera de la plaza grité con todas mis fuerzas:
-Anarquistas
burguesía...

mentirosos...

Ganchos

de

la

Y corrí velozmente hasta subirme a una micro
que me llevó a Llo-Lleo.
Este fue el último acto del 1º de Mayo
organizado por los anarquistas en San Antonio.
Ello no debido, naturalmente, a mi audaz
acción (con justicia muy criticada por el Comité
Local del Partido y de la Jota), sino porque los
anarcos perdieron la poca influencia que aún
tenían entre los trabajadores de la Comuna de
San Antonio.
IV.- LA MARCHA DEL HAMBRE
- Oye guatón, me gritó riendo un compañero
del Pedagógico, ponte al medio para que la
gente no te vea, no ves que
vamos
protestando contra el hambre y tú, ahí con tu
guatita...
Los que escucharon la talla, rieron de buenas
ganas. Íbamos desfilando por una calle céntrica
de Santiago. Marchábamos trabajadores y
estudiantes, en una de las más grandes
manifestaciones efectuadas contra el gobierno
del traidor. Era una tarde de agosto del invierno
de 1951.

Participábamos numerosos estudiantes de la
Universidad de Chile, entre ellos cientos de
jóvenes comunistas. Era la Marcha contra el
Hambre. La manifestación había sido
convocada por el Comando Nacional contra las
Alzas, formado por la FECH (Federación de
Estudiantes de Chile)
y todas las
organizaciones sindicales existentes en el país.
La iniciativa para constituir el Comando nació
de la FECH y significó forjar no sólo la más
amplia unidad entre estudiantes y trabajadores,
sino también un aporte a la unidad sindical, la
que se alcanzaría un año y medio después, el
12 de febrero de 1953, al fundarse la Central
Única de Trabajadores de Chile, CUT.
La Marcha finalizó en la Plaza de Artesanos, a
orillas del Mapocho, tradicional lugar de
encuentro de los trabajadores de la capital.
En ella se efectuó una concentración, en la
que
intervinieron
varios
oradores,
representando las diversas
organizaciones
concurrentes a la manifestación.
Uno de ellos fue Juan Vargas Puebla, que
habló en nombre de la Confederación de
Trabajadores de Chile, CTCH.

Era la primera vez que lo veía y escuchaba. A
igual que el resto de los que hicieron uso de la
palabra, fustigó al gobierno antipopular; exigió
libertad, pan y trabajo para los chilenos.
Me gustó su forma fogosa y convincente de
intervenir. Creo que es uno de los mejores, por
no decir el mejor, de los oradores obreros
chilenos.
No lo conocía personalmente, a pesar de ser
tío mío, hermano de mi madre. Esa noche de
agosto de 1951, después de la combativa
manifestación, me lo presentó una
compañera comunista del Pedagógico.
V.- MI TÍO JUAN VARGAS PUEBLA
Con el tiempo conocí su
extraordinaria
historia, Juan Diógenes Vargas Puebla nació
en La Serena el 8 de agosto de 1908. Su padre
fue Juan Vargas Márquez, militante del Partido
Demócrata; su madre, doña Rosa Puebla
Moreno. Tuvo dos hermanas, María y Laura.
Luego de permanecer algún tiempo en La
Serena, la familia Vargas Puebla se trasladó a
Santiago. Después a Valparaíso. En esas
ciudades, Juanito vivió su infancia.

El matrimonio se separó. Las hermanas
permanecieron con el padre; el niño con la
madre.
Doña Rosa pasó por años de enormes
dificultades económicas. Haciendo grandes
sacrificios logró que Juanito prosiguiera con
sus estudios. El niño estudiaba con mucho
tesón. En esos años aprendió a querer a
“Pancho”, como llamó siempre al puerto.
En 1919 doña Rosa se trasladó a Santiago. En
la capital el joven Juan comenzó, a los 14 años,
a trabajar en un taller de hojalatería.
Doña Rosa conoció a un obrero de la
construcción, llamado Eliseo Durán. Unieron
sus vidas. Para Juan Vargas, fue éste su
verdadero padre. Lo incorporó a laborar como
estucador. No dejó de educarse. Asistía a
escuelas nocturnas y leía mucho.
Con la influencia de don Eliseo y las lecturas,
Juan adoptó la ideología anarco-sindicalista.
A los 16 años de edad era el dirigente máximo
de la Juventud de la IWW, organización de
esa tendencia.

Era comienzo de 1924. En la esquina de
Moneda y Cueto, barrio muy pobre, lleno de
conventillos, se realizaba un mitin exigiendo
la rebaja de los arriendos. Arriba de un
cajón, hablaba un orador de palabra
tranquila y muy convincente. Juan, que vivía
en ese barrio, lo miraba extasiado. Fue la
primera vez que vio y escuchó a Luis Emilio
Recabarren.
Meses después, el 1º de Mayo de 1924, tuvo
lugar en la Alameda, el primer acto unitario del
Día Internacional de los Trabajadores. Lo
convocaron la FOCH, los anarco-sindicalistas,
los anarquistas, el Partido Demócrata y el
Partido Comunista.
Intervinieron varios oradores. Uno de ellos,
Recabarren.
Terminado el acto, los fochistas marcharon
hacia el oriente. Juan, portando una gran
bandera de la Juventud de la IWW, los siguió.
En la Plaza Vicuña Mackenna, junto al Cerro
Santa Lucía, Recabarren se subió a un muro y
habló de nuevo. Luego se dirigieron al local de
la FOCH, ubicado en Agustinas esquina
Tenderini. Era una vieja casa, con un
balconcito. Desde él habló Recabarren
poniendo fin a la jornada de esa mañana.

“Sin que nadie me lo pidiera y sin estar
programado –me relató mi tío Juan Vargas en
enero de 1991 la última vez que lo vi- subí a
ese balconcito y dije unas palabras en nombre
de los jóvenes de la IWW. La gente que
escuchaba, la mayoría comunistas, me
aplaudió. Fue la primera ocasión que hablé en
público. Estaba nervioso y emocionado.
Cuando finalicé, don Reca me acarició la
cabeza y me dijo cariñosamente: ‘Bien
muchacho, lo has hecho muy bien’. Me sentí
feliz. Fue esa la segunda y última vez que vi
vivo a Recabarren”.
Estando en el exilio, Juan Vargas escribió
en 1981: “Volví a ver al maestro Recabarren
el 21 de diciembre de 1924, ahora dormido
para siempre en su ataúd, en medio de una
severa capilla ardiente el local de la Unión
de obreros Ferroviarios, en la calle
Bascuñan Guerrero Nº 345.”
Ese día, Juan Vargas, que tenía 16 años y
cuatro meses de edad, marchó en las grandes
columnas que acompañaron al líder obrero
hasta su última morada.

En 1928, junto a su padrastro, estuvo entre los
fundadores del Sindicato Profesional de
Estucadores de Santiago.
En 1932, Juan Vargas era dirigente de los
Estucadores, mantenía sus ideas anarcosindicalistas. Realizaba actividades artísticas.
Por entonces, había germinado la semilla
cultural sembrada por Recabarren. El teatro
popular unía a obreros de distintos gremios y
diferentes
posiciones
ideológicas.
Precisamente en un grupo de teatro conoció a
Ida Osorio, una obrera comunista, llegada
desde Iquique, donde había trabajado en la
imprenta de “El Despertar de los Trabajadores”,
junto
a
Recabarren.
Nació el amor entre ellos y unieron sus vidas.
Juan había madurado políticamente. Ida le dio
el empujón final. Juan ingresó al Partido
Comunista en 1932, cuando tenía 24 años de
edad.
A fines de 1935 fue incorporado al Comité
Ejecutivo Nacional de la FOCH. Realizó por
esos años varias actividades encomendadas
por el Partido.

Participó en la fundación de la Federación
Industrial Nacional de la Construcción, FINC,
en
Noviembre de 1936, siendo elegido dirigente de
ella. Un mes más tarde tomó parte en el
Congreso de Unidad Sindical, del cual surgió la
CTCH
En abril de 1938 fue elegido Regidor por
Valparaíso. En ese mismo mes participó en el
Décimo Congreso Nacional del Partido
Comunista de Chile.
En junio de 1941 inició sus colaboraciones en
“El Siglo”.
Por entonces era ya considerado como un
orador brillante y convincente. Quizás el
mejor orador obrero que ha tenido Chile.
En el XII Congreso Nacional del PC, celebrado
del 26 de diciembre de 1941 al 1º de enero de
1942, Juan Vargas fue elegido miembro del
Comité Central, de su Comisión Política y del
Secretariado.
En 1943, en el Segundo Congreso de la CTCH
pasó a ser miembro de su Consejo Directivo
Nacional. Cumplió a partir de 1944 diversas

actividades en el extranjero, representando a
los trabajadores chilenos.
Vargas
Puebla
fue
un
consecuente
internacionalista. Realizó acciones solidarias
con los trabajadores argentinos, con los
republicanos españoles, con Cuba, etc.
En las comisiones del 4 de marzo de 1945
triunfó como candidato a diputado por
Valparaíso. Fue un ejemplar parlamentario
obrero, tanto fuera como dentro de la Cámara.
Cuando se consumó la traición de González
Videla en octubre de 1947, hizo uso de la
tribuna del Parlamento para entregar la palabra
de los comunistas, que luchaban en la
clandestinidad.
EL 14 de diciembre de 1948 rindió en la
Cámara homenaje al 24 aniversario de la
muerte de Recabarren. En parte de su valiente
discurso denunció: “La obra de Recabarren
pretende ser destruida por nuevos dictadores,
por pigmeos incapaces de comprender el
desarrollo de los pueblos. Hoy se persiguen
brutalmente sus ideales, el Partido que él
fundase, la prensa que él creara. Se trata de
destruir la CTCH, continuadora de la FOCH. Se

trata de entregarnos maniatados a la voracidad
del imperialismo yanqui. Pero Chile no está en
venta. Ni el pueblo ni la clase obrera están
derrotados.”
El 21 de mayo de 1949 finalizó su período
como
diputado.
Continuó
trabajando
activamente como consejero de la CTCH. El 8
de septiembre fue detenido por agentes de
Investigaciones y relegado a Pisagua. De ahí
enviado a Belén un poblado en la Cordillera a
3.300 metros de altura. Después llevado al
puerto de Taltal, para conducirlo a la isla de
Melinka en el extremo austral de Chile.
La victoriosa huelga de los trabajadores de
febrero de 1950, obligó al traidor a dejar en
libertad a prisioneros y relegados políticos.
Juan Vargas regresó a Santiago y de inmediato
reanudó su actividad como consejero nacional
de la CTCH.
En febrero de 1953 participó en el Congreso
Constituyente de la Central Única de
Trabajadores de Chile, siendo designado
tesorero nacional.

El ex dictador Carlos Ibáñez del Campo, inició
su gobierno en 1952 con una actitud
paternalista hacia los trabajadores. Pero pronto
volverá por sus andadas antipopulares. A partir
de mayo de 1954 comenzó a reprimir a los
dirigentes de los trabajadores. Uno de los que
sufrió la represión ibañista fue Juan Vargas. El
viernes 22 de octubre de 1954, agentes de
Investigaciones irrumpieron en su hogar y lo
detuvieron. No le dejaron llevar ni lo más
indispensable. Lo relegaron a Putre en plena
Cordillera a 3.500 metros de altura, donde
permaneció cerca de dos meses. Pudo
regresar a Santiago el jueves 13 de enero de
1955, luego que el Parlamento rechazó el
Estado de Sitio, lo que obligó al gobierno a
liberar a los relegados.
El jueves 5 de enero de 1956 fue detenido
nuevamente y enviado a la cárcel de la capital,
donde estuvo 119 días. En virtud del proceso
por convocar al paro nacional de la CUT de
enero de 1956 fue relegado a San Javier el 5
de abril de 1957, donde permaneció hasta el 22
de octubre de ese año.

En las elecciones de abril de 1967 fue elegido
regidor de la Municipalidad de Santiago.
Después del golpe fascista se asiló en la
Embajada argentina. De Buenos Aires viajó a la
República Democrática Alemana. Luego estuvo
en Bulgaria y allí se dirigió a México, a donde
llegó en 1976. En ese país desarrolló enorme
actividad: hizo clases en la Universidad Vicente
Lombardo Toledano; fue el responsable de la
sección internacional del periódico de la
Confederación de Trabajadores de México;
dicto charlas, escribió artículos y folletos.
Participó en los actos de solidaridad con el
pueblo chileno.
Tanto, en su país como fuera de él conquistó
amigos por grandes cantidades. Es que era de
una sana alegría de vivir, a pesar de las
prisiones, exilio, incomprensiones y los duros
golpes que recibió en toda su existencia. Era
un conversador incansable, muchas veces en
torno a un botellón. Era un recitador notable,
amante de los tangos y bueno para bailar,
admirador de Carlos Gardel e hincha del ColoColo

Desde el exilio viajó dos veces a Chile en 1989
y en 1991. En el segundo, tuvo la dicha de
reencontrarse con su hija Carlota Espina, con
quien había perdido todo contacto desde el
golpe fascista.
En diciembre de
1991 fue brutalmente
atacado por tres colegas mexicanos que
laboraban en el periódico. Esos golpes lo
condujeron a la muerte. Falleció el 21 de
enero de 1992 cuando tenía 84 años de
edad. Fue asesinado en lo que él consideró
su segunda patria.

VI.- HERNÁN RAMÍREZ NECOCHEA
Hacia 1951 cursaba yo mi cuarto año en el
Instituto Pedagógico de la Universidad de
Chile. Ese año se publicó el libro “La Guerra
Civil de 1891. Antecedentes Económicos”.
Su autor, era el profesor Hernán Ramírez
Necochea, que a la fecha tenía 34 años de
edad, pues había nacido en Santiago el 27 de
marzo de 1917.
En 1934 ingresó al Partido Comunista de
Chile, en el que militó hasta su muerte y, en
ese mismo año, comenzó a estudiar en el

Instituto Pedagógico. En 1938 recibió el
título de Licenciado en Filosofía con
mención en Historia.
Realizó estudios en Estados Unidos,
Inglaterra, España, Unión Soviética y
Checoslovaquia.
Ejerció como profesor de historia en liceos de
Santiago. En 1945 comenzó a trabajar en el
Instituto Pedagógico, como ayudante de
cátedra del profesor Juan Gómez Millas.
En 1952,
fue profesor fundador de la
cátedra de Historia Económica y Social.
Al
leer
“La Guerra Civil de 1891”, me
sorprendió constatar que el extenso prólogo
llevaba la firma de uno de mis profesores, don
Guillermo Feliú Cruz.
Mi sorpresa era causada porque el historiador
Feliú Cruz, un liberal de viejo cuño, que nada
tenía que ver con el marxismo, prologaba el
libro de un conocido comunista, además, en
tiempos en que estaba en vigencia la mal
llamada ley de defensa de la democracia, la
bien bautizada “Ley Maldita”.
Con su actitud, don Guillermo Feliú Cruz, no
sólo dio una lección de amplitud a sectarios

como yo, sino que en ese prólogo hizo gala de
erudición y una emocionante modestia.
Refiriéndose a Hernán Ramírez, relató: “Me
tocó conocerlo y apreciarlo
en el
Departamento de Historia en la época en que
fue mi alumno. Era casi un niño. Dentro de una
seriedad
desconcertante,
disciplinado,
estudioso, fino y delicado en su trato, Hernán
Ramírez poseía un temperamento ardiente,
apasionado y reflexivo. Un profundo don de
observación le distinguía de sus compañeros”.
“En Hernán Ramírez –continuaba don
Guillermo Feliú Cruz- me ha parecido ver,
por la claridad del pensamiento y la
disciplina de su espíritu, un artista
embebido en los estudios históricos. El don
de la armonía me parece su más acentuada
característica intelectual”.
Finalizaba su prólogo afirmando: “Lo que yo
no había conocido y nunca consideré un factor
decisivo en las causas de la Revolución de
1891, era la acción de esta aristocracia, mejor
dicho ahora con precisión, de una plutocracia al
servicio de intereses que no fueran los
permanentes del país... Esta es una conclusión

desafortunada a la que he llegado después de
la lectura de este libro.”
Ya en esa, su primera obra, Hernán Ramírez
Necochea, demostró sus notables cualidades:
un historiador serio, documentado y muy
riguroso
que,
utilizando
el
marxismo,
desentrañó las claves para explicar muchos
momentos de la historia de Chile.
VII.- LUCHA IDEOLÓGICA EN EL TREN
Todos los fines de semana viajábamos en
ferrocarril desde Santiago a Llo-Lleo los viernes
y regresábamos los domingos en la tarde.
Éramos seis jóvenes llolleínos, todos dirigentes
del Estrella y militantes de la Jota.
En uno de los viajes conocimos, hacia fines de
1951, a un muchacho de Barrancas que
estudiaba en el Barros Arana, donde era un
brillante alumno.
Cinco
de
nosotros
éramos
alumnos
universitarios y uno del Instituto Superior de
Comercio.

Por entonces, la campaña presidencial había
tomado ya color y nosotros nos esforzábamos
por conquistar votos para Salvador Allende y,
cuando era posible, militantes para las
Juventudes Comunistas (JJ CC).
Esas eran nuestras intenciones cuando
empezamos a conversar con nuestro recién
conocido amigo. Y resultó que Lucho, así se
llamaba, era simpatizante de la candidatura de
Ibáñez. Se trataba de una persona bien
informada, que sabía discutir con mucha lógica.
En resumen, un hueso duro de roer.
Al bajarnos en Llo-Lleo, en la misma estación
diseñamos un plan de acción para ganarnos a
nuestro nuevo amigo, que había continuado
viaje a Barrancas. Cada uno de nosotros debía
especializarse en un determinado tema, los que
distribuimos de inmediato. Estos eran:
- nacionalización de las riquezas básicas, en
especial el cobre;
- reforma agraria;
- dictadura del general Ibáñez (de 1927 a
1931);
- el imperialismo y la situación internacional;
- antecedentes sobre las fuerzas que
apoyaban al candidato Ibáñez;

- historia del movimiento obrero y del PC de
Chile.
Esa semana fue estudio para los seis.
Afortunadamente, tanto la candidatura de
Allende, como el Partido, habían editado
bastantes materiales al respecto.
El viernes comenzó la operación. Cuando
Lucho (Luis Bocaz era su nombre)
argumentaba, por ejemplo, sobre el cobre,
nuestro “experto” en la materia le refutaba con
argumentos muy concretos. Y así sobre otros
temas. Lo hacíamos cuidando que no se diera
cuenta de la táctica que empleábamos.
Durante varios fines de semana se llevó a cabo
una interesante lucha ideológica, que tenía por
sede un vagón de tercera clase del tren del
ramal Santiago-Cartagena. Las discusiones,
muy documentadas, contaban en ocasiones
con buena cantidad de público y, en más de
una oportunidad
participó en ellas algún
pasajero. Ni sentíamos el viaje.
Lucho era ibañista, pero no fanático. Por el
contrario, tenía gran amplitud. Aceptaba todo
argumento razonable y con base seria.

Fue experimentando una positiva evolución.
Llegó a ser un decidido allendista. Poco
después se hizo socio del Estrella y luego
ingresó a las filas de las Juventudes
Comunistas.
Fue en largas discusiones en ferrocarril, que se
ganó a un camarada, que posteriormente jugó
un importante papel en la Jota, en el Partido y
se convirtió en uno de los intelectuales más
brillante de Chile.
VIII.-CUANDO ESCUCHÉ POR PRIMERA VEZ
A ALLENDE
Era una estival tarde de febrero de 1952. En la
calle Centenario de San Antonio, arriba donde
está el estero Arévalo, donde comienza el
camino a Santiago, nos estábamos juntando
los manifestantes. Algunos llegaban con
pancartas; otros con banderas rojas y chilenas.
Crecía la multitud por instantes.
Estábamos compañeros de San Antonio,
Barrancas, Llo-Lleo, Tejas Verdes, Lo Gallardo.
A muchos no conocía. Grupos de jóvenes que
se
adivinaba
eran
universitarios,
que

seguramente veraneaban en la zona. Pronto se
unieron a nosotros y formamos un combativo
destacamento juvenil, que gritaba consignas,
cantaba canciones revolucionarias, gritaba los
“Jota Jota, Ce Ce, Juventudes Comunistas de
Chile”. Dábamos color y calor a la espera.
De pronto alguien gritó:
- ¡Ahí viene el candidato!
- ¡También el camarada Lafertte!, agregó con
su potente voz el compañero Valenzuela, un
comunista de San Antonio, vendedor
ambulante, al que le faltaba una pierna, lo que
no le impedía actuar con gran agilidad.
Comenzó a moverse la columna, marchando
por Centenario en dirección a la Plaza de San
Antonio.
Me parecía que sólo ese inmenso desfile
auguraba el seguro triunfo del abanderado del
Frente del Pueblo. No le daba importancia a
que gran cantidad de personas, desde las
casas o la vereda, gritaban a nuestro paso el
nombre de los otros tres candidatos,
especialmente el del ex dictador, el general
Ibáñez, que había proclamado una amplia y

heterogénea coalición, donde participaban
desde marxistas (los socialistas populares)
hasta fascistas (algunos elementos agrario
laboristas).
Llegamos a la Plaza de San Antonio, ubicada
muy cerca del puerto. Desde ella se podían
escuchar las sirenas de barcos y remolcadores.
La brisa de esa tarde de verano traía el olor
salobre del mar.
Se inició el acto. Lo abrió el presidente del
Comando Allendista de la Comuna. Luego fue
anunciado Elías Lafertte. Aplausos y la mayoría
de los que llenábamos el lugar, levantamos el
puño derecho y cantamos La Internacional. Era
el saludo y homenaje al hijo del salitre, pero al
mismo tiempo una respuesta al traidor, que tres
años atrás había asegurado la total destrucción
del Partido Comunista de Chile.
El camarada Lafertte se refirió a ello en su
discurso. Dijo que en esa tarde en San Antonio
podía replicar al Judas de La Moneda,
parafraseando al escritor español, que “los
muertos vos matasteis, gozan de buena salud”.
La plaza se pobló de gritos:

¡Y que fue... y que fue... Aquí estamos otra vez!
Salvador Allende fue recibido con un
indescriptible entusiasmo y con la Canción
Nacional.
Fue la primera vez que escuché a Allende.
Habló como un verdadero maestro del pueblo.
Nada de demagogia, tan utilizada por los otros
candidatos. Una clara y pedagógica exposición
de los problemas de Chile, de sus causas y
soluciones.
Esa noche, bajo el cielo estrellado y teniendo
como música de fondo el incansable ronroneo
del océano, Allende planteó las medidas a
tomar para terminar con el atraso del país y la
miseria de su gente: romper las ataduras con el
imperialismo, hacer el cobre chileno de Chile,
realizar una profunda reforma agraria...
Finalizó sus palabras llamándonos a luchar sin
claudicar y sin sentirnos jamás derrotados.
Nosotros –dijo- representamos el futuro.
IX.- LA NOCHE DE SAN JUAN DE 1952

El traidor, poco antes de terminar su gobierno,
asestó un nuevo golpe contra la soberanía
nacional: firmó el Pacto Militar con Estados
Unidos.
Esto motivó combativas demostraciones de
protesta en la capital. En ellas participaban
especialmente jóvenes allendistas e ibañistas,
que estando en posiciones diferentes en la
campaña presidencial, se hermanaban en la
lucha antiimperialista.
Recuerdo especialmente lo ocurrido en la
noche de San Juan, el 24 de junio de 1952. En
esa ocasión, como en otras anteriores, el
centro de Santiago se convirtió en escenario de
multitudinarias manifestaciones de repudio al
gobierno y su Pacto Militar. Divisábamos, a la
distancia, grandes cantidades de carabineros.
Yo participaba con un grupo de compañeros
del Pedagógico. Alguien propuso que nos
colocáramos en la mitad de la inmensa
columna, pues-según su opinión- era más
seguro ahí en caso de que...
Escuchamos un toque de clarín, que nos
estremeció. Una avalancha de cientos de
policías se lanzó contra la pacífica marcha.

Golpeaban salvajemente con sus lumas. La
columna fue cortada por la mitad, precisamente
donde íbamos nosotros. Los policías parecían
drogados, Atacaban con furia y de manera
descontrolada. Una compañera fue empujada
al suelo y allí pateada por un oficial. No pensé
en nada. Simplemente no me aguanté y le di
sorpresivamente un bofetón en el rostro del
cobarde
atacante.
De
inmediato
dos
carabineros se abalanzaron sobre mí. Me
golpearon sin piedad. Varios compañeros
reaccionaron. Algunos levantaron del suelo a la
camarada caída. Otros enfrentaron, sólo con
sus puños, a los pacos que me pegaban y
lograron arrebatarme de sus garras. Entonces
corrimos, corrimos. A mí me llevaban en el aire.
Me dolía todo el cuerpo, especialmente la
espalda. Los brazos no lo pude mover en
varios días.
Corríamos. Un grupo de pacos nos perseguía.
Éramos cinco. Uno gritó:
- Metámonos en este edificio.
Así lo hicimos. Entramos por un pasadizo.
Tomamos un ascensor y llegamos al último
piso. Tocamos el timbre de la primera puerta

que encontramos. Salió una señora. Jadeando
le explicamos lo que pasaba. Tuvimos suerte,
nos hizo entrar. Escóndanse ahí, nos dijo,
mostrando una puerta. Era un dormitorio. Ahí
estaban otros dos jóvenes que no conocíamos,
pero que evidentemente estaban en la misma
situación que nosotros.
Sonó el timbre. La señora abrió la puerta.
Desde nuestro escondite, muy asustados,
escuchamos lo que ella decía:
- En este piso no he oído nada raro. No.
Hasta aquí no ha venido nadie. Si desean,
pueden pasar a verificarlo...
- No es necesario, señora. Muchas gracias.
Perdone la molestia.
Pasaron unos minutos. La dama vino a
buscarnos. Mejor esperen unos minutos antes
de salir, ¿qué les parece una tacita de té para
calmar los nervios? Hubo té y galletas.
El departamento era muy elegante. En una
pared estaba el retrato de Arturo Matte,
candidato de la derecha. La dueña de casa se
dio cuenta de un gesto que nos hacíamos al
ver el afiche.

- Sí, nos dijo. Aquí con mi marido somos
partidarios de Matte. Seguramente les
extrañará que siendo así los haya ayudado. En
cuanto al candidato estoy lejos de ustedes,
pero coincidimos en que este gobierno es malo.
Además tenemos un hijo, que estudia derecho
y es comunista...
Media hora después, luego de haber
agradecido a la señora su solidaridad, nos
dirigimos a una esquina, la que previamente
nos habían dado como punto de encuentro
para reiniciar la protesta, en caso de ser
disueltos por la policía.
Allí había ya un buen número de compañeros.
Entre ellos Fernando Ortiz, que encabezaba la
acción y que, (esto lo vine a saber mucho
tiempo después), ese día estaba de
onomástico –su nombre completo es Juan
Fernando Ortiz Letelier- y además de
cumpleaños.
Las
manifestaciones
de
protesta
prolongaron hasta pasadas las 22 horas.

se

Esa jornada resultó para mí inolvidable. Como
regalo de onomástico (Iván es Juan en eslavo)
recibí mi bautizo de fuego. Apaleado y todo esa

noche fuimos con Jaraquemada a casa de mi
tío Juan Vargas Puebla, y allí estuvimos
celebrando su “santo”, mientras escuchábamos
discos de Carlos Gardel, recordando el
aniversario de su muerte en ese accidente en
el aeropuerto de Medellín.
Los dolores del apaleo me duraron varias
semanas.
El
fortalecimiento
de
mis
convicciones experimentado en esa noche de
San Juan, me acompañará mientras viva.

X.- LA JOTA DE SAN ANTONIO Y LA
CAMPAÑA DE 1952
Apenas se inició el feriado de invierno en la
Universidad, en julio de 1952, viajé a Llo-lleo.
No de vacaciones, sino a trabajar por la
candidatura presidencial de Salvador Allende.

Por entonces, yo era el secretario político del
Comité Local de la Jota de San Antonio.
En noviembre de 1951, el PC y el PS de Chile,
la fracción más pequeña en que se había
dividido el Partido Socialista, constituyeron el
Frente del Pueblo, primer paso de una larga y
fructífera alianza entre los dos partidos obreros
chilenos. Esta coalición proclamó poco
después la candidatura presidencial de Allende,
en una campaña que debía culminar el 4 de
septiembre de 1952.
En San Antonio contábamos con una numerosa
y bien organizada Jota, el PC estaba en muy
bien pie y el PS de Chile era un pequeño, pero
activo núcleo.
Con esas fuerzas llevamos adelante una
excelente campaña electoral, siendo su punto
sobresaliente el trabajo de propaganda.
Formamos una brigada formada por 25 jotosos,
unos 10 militantes del PC y 5 socialistas.
Salíamos todas las noches a pintar. Así nuestra
Comuna fue, en palabras del propio Allende, la
que tuvo la mejor propaganda mural.

No dejamos pared por pintar. Ninguna otra
candidatura pudo competir con nosotros en
San Antonio, Barrancas, Llo-Lleo, Tejas
Verdes, Lo Gallardo y otros lugares de la
Comuna. No teníamos muchos medios
económicos, pero sobraba corazón y
entusiasmo.
En varias ocasiones nos encontrábamos en las
calles con grupos de la candidatura de Ibáñez.
A veces surgían dificultades, que solían llegar a
los golpes. Con las otras dos candidaturas no
teníamos problemas, pues no efectuaban
propaganda
mural.
Pegaban
afiches,
empleando grupos de personas pagadas, que
ponían poco empeño en trabajar y
no
defendían la propaganda del candidato que los
contrataban.
Además,
jamás
hicieron
contrapropaganda, destruyendo la nuestra.
Una noche sorprendimos a un pequeño grupo
de ibañistas borrando nuestra propaganda en
el Estadio Municipal. Al vernos, arrancaron.
Pero pillamos a dos de ellos y les propinamos
algunos golpes.
A la noche siguiente pintábamos en el camino a
Tejas Verdes, cuando llegó un camión de

Ibáñez. Se bajaron al vernos. Borraron nuestra
propaganda, nos botaron toda la pintura que
nos quedaba y nos pegaron palos.
Manolo Lázaro, hijo de un exiliado español cuya familia había llegado en el Winnipegmilitante de la Jota, uno de los fundadores del
Estrella, que recibió algunas caricias de los
ibañistas, juró enfurecido:
- Coño, esto no se repetirá nunca más. ¡A
partir de mañana salgo con el revólver que usó
mi padre en la guerra civil! Y ya veremos...
Al día siguiente trajo el arma que nos mostró
con orgullo. Mientras escribíamos en muros
cercanos a la Cancha de Tenis, Manolo dijo:
- Ojalá aparecieron ahora esos matones.
Se cumplió su deseo. Llegó un camión con
unos 15 ibañistas, armados de palos. Se
bajaron y se acercaban amenazadoramente.
Entonces le recordé a Manolo:
- ¡El revólver, huevón, usa el revólver!
Los atacantes se rieron pensando que era una
bravata mía. Entonces el Manolo sacó el arma
y comenzó a gritar a todo pulmón:

-¿Esto es lo que querían, cabrones?. Ahora
van a pagar lo de anoche. Más de uno se va a
ir con una bala en el culo...
El español era bien conocido en Llo-Lleo por
su decisión y lo arrebatado. Al verlo con el
revólver en la mano se pararon en seco.
Botaron los palos y comenzaron a retroceder
sin volver las espaldas. No deseaban llevarse
una bala en el culo. Estaban muertos de miedo.
-No dispare, por favor, don Manuel, gritó uno.
-Cuento hasta diez y comienzo la balacera...
Corrieron despavoridos al camión. Yo temía
que disparara y dejara la escoba. Sabíamos
que era un rajado. Pero no disparó.
Cuando todo pasó, me acerqué a Manolo para
felicitarlo:
- Estuviste muy bien. Le diste un buen susto a
los ibañistas. Pero lo mejor es que te supiste
controlar, que no perdiste la calma y no heriste
a nadie.
Me miró muy serio y contestó:

- Y cómo les iba a disparar, coño, si no tenía
balas. Además este aparato no funciona.
Es una pieza de museo...
CAPITULO TERCERO:
ÚLTIMA CONDICION

ROMPIENDO

MI

I.- MI PRIMER DISCURSO
En reunión del Comité Local del Partido de San
Antonio, del cual formaba parte
por ser
secretario político del CL de la Jota, relaté lo
ocurrido en Santiago en la noche de San Juan.
Los camaradas estaban impresionados. Uno de
ellos propuso que hablara sobre eso en la
concentración que al
día siguiente se
efectuaría en Lo Gallardo.
- Pero, es que yo..., intenté argumentar en
contra.
- Debe hablar, insistió otro, porque ha sido
testigo presencial de los sucesos y ha sufrido
en carne propia lo que significa este gobierno
infame.

Todos opinaron igual y esa fue una de las
resoluciones de esa reunión.
Me sentía morir.
Fueron 24 horas en que pasé sufriendo.
Pensando y repensando en qué diría y cómo lo
haría. Escribí algo y traté aprenderlo de
memoria, pues me dijeron que allí no habría luz
para poder leerlo.
En la reunión del Partido había entregado
muchas razones para que no me obligaran a
intervenir en ese acto. Pero me dio vergüenza
invocar las tres condiciones que le puse a
Armando en enero de 1948.
Lo Gallardo es una pequeña aldea, a orillas del
río Maipo. Son dos hileras de casas a ambos
lados de la calle única, que es el camino que
une a Llo-Lleo con San Juan. Funcionaba allí
un activo Comité Allendista, que había
organizado la concentración.
Un grupo de militantes del Partido y de la Jota
llegamos desde Llo-Lleo a las 19,30 horas.
Estábamos en pleno invierno y el sol ya se
había ido a bañar al océano. Nos dejaba su
recuerdo en el color rojizo de las nubes.

Nos dirigimos a casa del presidente del Comité,
un camarada del Partido. Vivía justo al lado de
la cancha de fútbol del Deportivo Lo Gallardo,
en donde se efectuaría el acto.
La cancha era de tierra, con abundantes
piedras, y se encontraba entre el camino o calle
y el río. No tenía camarines ni galerías. Era
bien proletaria.
Al lado de la casa del compañero presidente se
instaló la “tribuna”: una mesa y junto a ésta una
silla, para que los oradores pudieran subirse a
ella. Había un micrófono y un equipo de
parlantes.
Estaba todo oscuro. Sólo una débil ampolleta
alumbraba apenas el micrófono. Era la única
iluminación para el acto.
Tanto la corriente eléctrica, como la mesa, la
silla, la ampolleta y el equipo de sonido, eran
proporcionados por el sencillo trabajador que
presidía el Comité.
Cuando oscureció totalmente comenzó a llegar
la gente. Apenas se veía. Por los aplausos
calculé que eran unas cien personas, lo que
para Lo Gallardo era una buena cantidad.

Abrió el acto el presidente del Comité. Luego
me tocó a mí. Estaba tan nervioso que me
costó subirme a la silla y de ésta a la mesa.
Tenía la sensación que se iba a desarmar,
porque sentía como se balanceaba de un lado
a otro. Lo que en realidad flaqueaban eran mis
piernas.
- Compañeros, comencé, reciban el combativo
saludo de los estudiantes de la Universidad de
Chile, que salieron a la calle a protestar contra
el pacto militar con Estados Unidos...
Hubo aplausos y vivas. Ello me dio fuerzas
para seguir y me entusiasmé. No tomé en
cuenta lo que había escrito. Relaté con pasión
lo ocurrido en la noche de San Juan. Me olvidé
que estábamos ilegales, que regía la Ley
Maldita, y me lancé a atacar al gobierno y al
traidor.
Estaba en medio de mi encendido discurso en
esa noche de invierno junto al río Maipo,
cuando pasó un camión por la calle iluminando
con sus potentes focos parte de la cancha.
Divisé fugazmente morenos rostros de
campesinos, de obreros, mujeres y muchos

niños. También me percaté que había una
pareja de carabineros.
Sentí miedo. Al mismo tiempo percibí la fuerza
que me daba esa gente del pueblo allí reunida.
Terminé mi discurso en medio de aplausos y
vivas. Y mientras se anunciaba el último
orador, el presidente me tomó de un brazo y
me dijo:
- Compañero, venga por aquí, rápido. Me
condujo por la oscuridad hacia su casa.
Entramos por una puerta que daba a la cancha.
Mi guió sin encender las luces. Me hizo
esperar. Abrió otra puerta, que daba a la calle.
Miró. Se volvió hacia mí: Salga tranquilo,
compañero. Muchas gracias. Me gustó mucho
su discurso. Ha sido una gran ayuda. El auto
que está ahí lo espera a usted y lo llevará a su
casa. Hasta luego.
Mientras el taxi me llevaba a Llo-Lleo, los
pacos se acercaron rápidamente a la tribuna
preguntando el nombre del que había hablado.
Les dijeron: José Soto, un universitario de
Santiago. Pidieron conversar conmigo. No me
encontraron. Entonces dejaron el recado que
fuera a presentarme al Retén de Carabineros.

El taxista me dijo que el viaje estaba
cancelado. Me despedí de él y me bajé frente a
mi casa.
Me dormí feliz esa noche en que había roto mi
tercera y última condición que había puesto, en
enero de 1948, para ingresar a la Jota.

II.- “UNA MEDALLITA, PADRECITO...”
Quedé entusiasmado con mi primer discurso y
con grandes deseos de poder volver a hablar
en un acto. A los compañeros también les
gustó y me propusiera que hablará en una serie
de pequeñas concentraciones. Acepté.
Recuerdo especialmente una de ellas. Se
realizó en el llamado “Barrio Chino” de San
Antonio, sector obrero en que el Partido no
tenía ninguna influencia. Hasta allí llegamos
con un cajón, que nos servía de tribuna, un
viejo equipo amplificador, una bandera chilena
y un lienzo donde se leía: “Allende Presidente.
Pan, Justicia y Libertad”.

Nos instalamos en una esquina donde un
compañero tenía un amigo que nos
proporcionó electricidad. Tocamos unos viejos
discos para atraer gente. Llegaron varias
personas y una increíble cantidad de niños y
perros,
que
como
siempre,
corrían
incansablemente a nuestro alrededor.
Primero habló un camarada socialista, después
vine yo y cerró un dirigente del Partido.
Yo abordé especialmente lo ocurrido en la
noche de San Juan. Al finalizar, algunos
aplausos de los más entusiastas, de los
compañeros que nos acompañaban. Al bajar
del cajón, me rodearon muchos niños, que me
tomaban de la ropa y gritaban algo que no
entendí en un comienzo. Luego, no podía creer
lo que decían:
- Una medallita, padrecito, una medallita...
Entonces comprendí el entusiasmo de los
peques. Como estaba oscura la calle y yo
vestía una casaca de color negro, que por el
frío reinante en esa noche de invierno había
abrochado hasta arriba, los cabros
me
confundieron con un cura. Y yo convencido,

que había pronunciado un discurso muy
revolucionario.
Después de esa experiencia, los compañeros
me decían:
- Hermano. ¿ a qué barrio le toca ahora ir a
predicar?
III.-A PUPUYA LOS BOLETOS
Fue a fines de 1952 cuando el Comité Regional
de la Jota nos entregó como Comité Local San
Antonio, la tarea de reunir fondos para
contribuir a costear el viaje de uno de nuestros
dirigentes, Mario Navarro, al Encuentro Mundial
de Jóvenes Campesinos, a efectuarse en Italia,
organizado por la Federación Mundial de
Juventudes Democráticas.
Al comienzo, la tarea nos pareció una misión
imposible de cumplir. Pero luego de algunas
reuniones con Mario Zamorano y el negro
Barrios, se nos fue aclarando la película.
Programamos diversas actividades, entre ellas
un baile, reunir dinero a través de listas,

solicitar ayuda a los trabajadores y una acción
en Pupuya, la tierra de Mario Navarro.
Recuerdo que en varias ocasiones nos
levantamos muy temprano y fuimos a
Puertecito, lugar donde se embarcan los
obreros del puerto. Les explicábamos el
objetivo de nuestra acción y reuníamos algunos
pesitos.
El baile, realizado en un local de Barrancas en
el camino a la playa de Montemar, fue un gran
éxito. En la preparación, visitamos sindicatos y
otras organizaciones haciendo propaganda y
vendiendo entradas.
Tuvo lugar un sábado en pleno verano de
1953. Concurrió harta gente.
Compañeros y amigos de la zona. También
muchos veraneantes, atraídos por la buena
difusión previa.
Esa actividad nos dejó una buena ganancia.
El final de la campaña pro viaje de Mario, debía
culminar con una acción en Pupuya, donde
vivía la familia de éste. Para cumplirla fuimos
designados Goyito y yo, además del propio
Mario, que ya se encontraba en ese lugar.

Pupuya es una localidad campesina ubicada al
sur de San Antonio, en la Comuna de Navidad.
Nos fuimos en una micro del recorrido Llo-Lleo
– Navidad.
Goyito era un joven obrero de la construcción
de extracción campesina. Hacía poco se había
incorporado a la Jota. Tenía gran espíritu de
sacrificio y era muy responsable.
El viaje de ida fue ya una primera prueba de
nuestra firmeza revolucionaria. El camino era
de tierra y con abundantes hoyos. El vehículo
daba grandes saltos y el polvo invadía la micro,
cubriendo rostros, ropa y equipajes. A eso se
agregaba el calor de esa tarde de enero de
1953. Apenas se podía respirar en ese bus
lleno de gente, paquetes, gallinas y tierra.
Faltaba poco para llegar a Navidad, cuando se
detuvo la micro. Se subió un campesino que
habló con el chofer. Este se levantó y
dirigiéndose a los pasajeros preguntó:
- ¿Viaja aquí el señor José Soto y un amigo
de éste?

Nos miramos con Goyito. No conocíamos a ese
campesino, pero este conocía mi nombre de
batalla. ¿Sería compañero o...?
No podía perder tiempo en cavilaciones. Me
decidí y dije:
- Sí, señor, aquí vamos.
- Se tienen que bajar, dijo el chofer.
No podíamos echarnos para atrás. Tomamos
nuestros equipajes y descendimos. El
campesino nos saludó y dijo:
- Compañeros, el camarada Navarro me
encargó que los viniera a buscar aquí y los
llevara a caballo hasta Pupuya, porque en
Navidad los pacos los están esperando a
ustedes.
Dentro de mis planes no entraba tal prueba.
Montar a caballo. Es el más mansito, explicó, el
compañero. Me costó un mundo hacerlo. No
sabía ni el lado por donde subirme. Era primera
vez que vivía esa experiencia. Antes sólo había
estado sobre el caballo de un carrusel.
Goyito, como buen campesino, lo hizo con toda
elegancia.
Los otros dos, expertos jinetes se hicieron
cargo de mi equipaje y yo quedé con la difícil

misión de no caerme de la cabalgadura. El
compañero de Pupuya nos explicó que
teníamos que apurarnos. Nos pusimos a
galopar. Pocas veces en mi vida había tenido
más miedo que entonces. Me agarraba de la
montura y dejaba que la bestia hiciera lo que
quisiera, pues no tenía posibilidad alguna de
dirigirla. Esta imitaba lo que hacían los otros
caballos.
No sé cuántos kilómetros recorrimos. A mí me
parecieron miles. No me caí de la cabalgadura.
Llegué a la casa de los Navarro, vivo pero muy
machucado. Sentía el cuerpo hecho pedazos.
Me dolían las piernas, las asentaderas, los
hombros. Todito.
La madre y otros familiares de Mario, hicieron
todo por aliviar mi adolorida humanidad. Me
dieron un Mejoral, me llenaron cataplasmas y
de tallas. Aguanté el dolor y las bromas con
gran heroísmo. Esa noche me senté de lado y
dormí boca abajo.
IV.- DOS PELIGROSOS AGITADORES

Durante el desayuno repasamos el programa
que habíamos trazado la noche anterior, entre
cataplasma y cataplasma.
Mario nos explicó de la decisión de irnos a
buscar antes de llegar a Navidad, tuvo por base
una información dada por un carabinero amigo
en el sentido que a la Tenencia había llegado
una orden desde San Antonio de detenernos al
llegar la micro.
Finalizado el desayuno, una hermana de
Mario, que trabajaba como operadora del único
teléfono y del correo de Pupuya, se dirigió a
cumplir con sus labores. Pero volvió al poco
rato, en forma sorpresiva y muy agitada. Había
recibido un mensaje telefónico dirigido a los
carabineros de la aldea, en que se les
ordenaba verificar si habían llegado hasta ese
lugar dos agitadores comunistas. De ser así,
debía procederse a detenerlos. No le cupo
duda que los dos agitadores éramos nosotros,
por eso vino a avisarnos antes de llevar el
mensaje a los carabineros.
Esta noticia venía a confirmar la información
dada por el carabinero de Navidad.

Esto complicaba los planes. Lo primero era
adoptar algunas medidas de seguridad.
Contábamos con la ventaja de conocer antes
que los carabineros de la localidad los
mensajes enviados a ellos.
Con Goyito estábamos preocupados y algo
nerviosos, pero al mismo tiempo nos sentíamos
orgullosos de ser considerados “peligrosos
agitadores”. Sobre nosotros pendía la espada
de Damocles de la Ley Maldita.
La familia Navarro era conocida como
comunista y sin duda sería una de las primeras
casas a donde se dejaría caer la policía. Era
necesario abandonarla. Pero, ¿a dónde ir?
La idea salvadora se le ocurrió al padre de
Mario: durante el día debíamos ocultarnos en
un pajar que había no lejos de la vivienda. Las
actividades efectuarlas de noche. Los pacos de
aquí, afirmó, sólo actúan de día. Por tanto, en
las noches pueden dormir incluso en casas de
compañeros poco conocidos. Aprobamos su
plan.
Provisto de mantas, algo de comer, beber y
leer, nos fuimos a enterrar en la paja. Ahí
pasábamos el día entre el miedo que nos

pillaran los pacos o nos picara una araña poto
colorado, un peligroso arácnido que vive
precisamente en la paja.
Los policías estuvieron muy activos ese día.
Visitaron todas las casas de comunistas o
sospechosos de serlo. Pero no se les pasó por
la cabeza buscarnos fuera de las viviendas.
Menos, en un inocente pajar.
La hermana de Mario, desde su puesto de
telefonista, se impuso de nuevos detalles en
relación a nuestro caso. La Gobernación de
San Antonio había recibido informaciones en el
sentido que los comunistas intentaban iniciar
una ola de agitaciones en la zona campesina
de Navidad-Rapel-Pupuya; que se había
detectado el viaje de dos agitadores a esa
región.
El comunicado no indicaba los nombres, pero
aseguraba su militancia comunista. Sobre el
lugar concreto de la acción no se precisaba,
pero se sospechaba que fuera Pupuya o sus
alrededores.
Llegó la esperada noche. Nos reunimos con la
célula comunista, en medio del campo, junto
unos árboles y bajo la vigilancia de una

hermosa luna llena. Informamos de nuestra
misión: reunir fondos para el viaje de Mario.
Se analizaron varias ideas para reunir dinero y
se concluyó que lo mejor era realizar una fiesta
en la
playa el domingo subsiguiente.
Quedaban diez días para prepararla.
Los compañeros nos explicaron que esas
fiestas a orillas del mar, era una vieja tradición
en la zona, que la iniciativa iba a ser acogida
con gran entusiasmo por los campesinos de la
localidad, la mayoría de los cuales tenían gran
simpatía por el Partido.
Además, esa actividad no
despertaría
sospecha alguna a los carabineros y sus
soplones.
Nadie imaginaría que una inocente fiesta
campesina podría ser la forma que adoptaría la
agitación que tanto temía el gobierno.

V.- PREPARANDO LA FIESTA
De la reunión salió un plan bien concreto. Lo
principal era conversar con los campesinos y

ganarlos para que participaran en la fiesta. Nos
distribuimos las tareas.
Los camaradas aprobaron la idea de que
pasáramos el día en el pajar y que
realizáramos las actividades de noche,
pudiendo dormir incluso en casas de confianza.
- Aquí los pacos se acuestan con las
gallinas, afirmó un compañero.
El de Pupuya era un campesinado muy
combativo. Muchos habían laborado en las
minas de cobre, del carbón o en las salitreras.
La conciencia de clase adquirida en esos
centros proletarios no la habían perdido.
Ello lo constatamos tanto en las reuniones, en
los intercambios de opiniones personales,
como en la manera en que cumplían las tareas
asignadas.
Con Goyito estábamos muy contentos con los
resultados de nuestra labor. En las
conversaciones con los campesinos éste jugó
un papel muy importante. De pocas palabras,
su extracción campesina y las experiencias
vividas en el campo durante su niñez, le
permitían ubicarse muy bien y argumentar de
una manera convincente.

Debo confesar que al iniciar mi viaje con
Goyito, no me imaginé nunca el rol tan decisivo
que jugaría en nuestra misión de “agitadores”.
Nos tenía harto aburridos estar escondidos en
el pajar. Se lo hicimos saber a Mario. Lo
conversó con su familia. Su hermana Adela
tuvo la idea de disfrazarnos de campesinos
para que pudiéramos pasearnos por la aldea.
Tomando todas las precauciones del caso,
llegamos a casa de los Navarro un mediodía.
Adela se esmeró en transformarnos en jóvenes
campesinos. Nos prestaron ojotas, pantalones,
camisas y sombreros apropiados. Mirándonos
al espejo, aseguramos que ni nuestras madres
nos reconocerían.
Salimos alrededor de las 5 de la tarde a dar
nuestra primera vuelta. Recorrimos algunas
calles de la aldea. Estábamos mirando la vitrina
de un negocio, cuando se nos acercó un
campesino que no conocíamos. Nos saludó,
como acostumbraban toda la gente del lugar.
Dudo unos minutos. Luego nos dijo:
- Oigan... Por ahí vienen unos pacos. Parecen
que los buscan a ustedes. Córranse al tiro,
mejor.

Agradecimos al desconocido amigo y nos
fuimos a nuestro pajar.

VI.- UNA FIESTA JUNTO AL PACIFICO
Temprano, ese domingo del verano de 1953,
por un camino lleno de baches, partió la alegre
caravana. Doce carretas tiradas por bueyes,
bellamente adornadas, en que iban las familias
campesinas con abundante cocaví, guitarras y
mucha alegría. Muchos montaban caballos y
otros caminaban a pie. Guitarras y voces
acallaban el chirriar de las ruedas de las
carretas y los gritos que animaban a los
bueyes.
Goyito y yo íbamos en la carreta de la familia
Navarro.
Estábamos
eufóricos.
Jamás
soñamos con un éxito así. Prácticamente todos
los campesinos del lugar participaban en la
fiesta en la playa.
Después de recorrer algunos kilómetros, al
paso cansino de los bueyes, llegamos a orillas
del mar. Se buscó el sitio adecuado y nos
instalamos.

Comenzó
la
fiesta.
Jugamos
fútbol.
Almorzamos, se comió y se bebió en
abundancia. Cantamos y hubo un descanso.
Algunos durmieron una rápida siesta. Otros
fueron a mojarse los pies. Los niños
correteaban incansables.
Eran las cuatro cuando se inició el acto
artístico-político. Después de algunas
canciones campesinas, me tocó hablar a mí.
Entregué algunos antecedentes de la
situación que se vivía en el país, de la
importancia del Encuentro Mundial de
Jóvenes
Campesinos, del honor que
constituía para Pupuya que uno de sus hijos
viajara a Europa a esa importante reunión.
Finalicé pidiendo el aporte de todos para
que el viaje de Mario pudiera realizarse.
Terminé y nadie aplaudió. Esto me dejó
helado. Estaba acostumbrado a recibir
aplausos al hablar. Se produjo un silencio
que fue para mí terrible. Se escuchaba el
ruido del mar y el trinar de las gaviotas.
Pensé que había errado con mi discurso.
Miré a Goyito y éste se encogió de hombros,
en un gesto que no entendí. En cambió
Mario me guiñó un ojo, como indicando que
todo iba bien.
De pronto se paró un viejo campesino
(todos estaban sentados en la arena) y dijo:

- Bueno, yo estoy muy de acuerdo con lo
dicho por el compañero. Por su boca ha
hablado la verdad. Y la cosa es clara: hay
que ponerse para que Mario viaje a esa
reunión. Yo presto mi sombrero.
Se lo sacó, echó en él un puñado de billetes
y lo pasó a su vecino. Comenzó a correr el
sombrero entre las manos generosas de
esos campesinos. Se llenó, lo vaciamos y
siguió la ronda.
Contamos el dinero. Dimos a conocer la
elevada suma reunida y estalló la alegría de
todos, incluidos –naturalmente- nosotros:
Goyito, Mario y yo.
El sol se inclinaba sobre el océano, cuando
se inició el regreso. Carretas y canciones
iban dejando sus huellas por el camino.
Fue ese domingo vivido junto al mar, una
hermosa jornada plena de fraternidad,
alegría, cuecas y canciones. También una
viva demostración de la generosidad del
pueblo con su Partido.
El lunes, aún cansados, volvimos con
Goyito a nuestras casas. No tuvimos
mayores problemas, salvo los hoyos de la
ruta, los saltos de la micro y el polvo estival.
Ya en Llo-Lleo, nos impusimos del revuelo
que se había armado con Pupuya. Incluso
en la Cámara, un diputado reaccionario
había
denunciado
que
agitadores

comunistas intentaban incitar a los
campesinos de esa zona a un levantamiento
armado contra el gobierno. La prensa
escrita y las radios habían dedicado espacio
a esas patrañas.
Entonces comprendimos mejor la sabiduría
de los compañeros de Pupuya al proponer
la fiesta junto al mar. Muchos días después,
los ágiles policías seguían tratando de
descubrir dónde se produciría el alzamiento
armado ordenado desde Moscú.
Por entonces, Mario ya iba hacia Europa, en
un viaje costeado por los trabajadores
chilenos y para el cual los campesinos de
Pupuya hicieron un significativo aporte.

CAPÍTULO
CUARTO:
REGIONAL SANTIAGO

MIEMBRO

DEL

I.- MI PRIMERA MISIÓN COMO ACTIVISTA
DEL CR
A comienzos de 1953 fue promovido a
miembro del Comité Regional Santiago de
las Juventudes Comunistas, creo que a
proposición de Mario Zamorano, secretario
político de ese organismo.

Recuerdo que en una reunión de este
Comité, efectuada en mayo de 1953, el
secretariado propuso que asistiera a una
reunión del Comité Local de Las Barrancas
(una comuna de Santiago, que no se debe
confundir con Barrancas de San Antonio)
representando al Comité Regional (CR).
Quise objetar la proposición, pero no me
atreví a hacerlo en la sesión.
Finalizada ésta, me quedé conversando con
Mario Zamorano. Le dije:
- Yo no puedo cumplir esa tarea. Lo
siento mucho.
Mario, con la tranquilidad que le era tan
propia, me miró un momento y luego,
sonriendo replicó:
- Tú puedes. Tienes la valiosa experiencia
del trabajo en San Antonio.
- No, no puedo. Me falta la capacidad
política necesaria. Seguramente van a
discutir algún tema complicado sobre el
cual no tenga la menor idea...
- Lo puedes hacer muy bien, estoy seguro
de ello.
- Además, insistí, eso queda muy lejos y
yo no tenga idea de cómo llegar allá.
- Es muy sencillo, dijo sin inmutarse
Mario. Tomas la micro... Explicó
detalladamente la micro que debía

tomar, donde bajarme. Incluso dibujó un
croquis.
- Es que, argumenté ya sin muchas
esperanzas de eludir la tarea, por esos
lados cogotean de día...
- Es verdad que no es un barrio muy
tranquilo, pero los compañeros te van a
ir a esperar al paradero. Uno de ellos te
conoce. Al término de la reunión te
acompañarán
hasta
que
tomes
movilización.
- Además hay otro problema: no tengo
llave de la pensión y cierran la puerta a
las 10 de la noche.
- Yo sé, respondió el paciente Mario, que
vives ahí con otros dos compañeros en
la misma pieza, que hay teléfono y que
tienen una ventana que da a la calle.
Pues bien, mañana les comunicas a los
camaradas que llegarás tarde. Al volver,
si encuentras un teléfono los llamas
diciéndoles a qué hora llegas y si no lo
hay, les tiras piedrecitas a los vidrios
para que te abran
No tuve ya nada más que decir. La lógica
del
compañero
demolió
todos
mis
argumentos.
Al día siguiente, con mucho susto, subí al
micro en dirección a Las Barrancas. En el

paradero señalado me esperaban tres
camaradas.
Mientras caminábamos hacia el lugar de
reunión, me contaron sobre el trabajo que
desarrollaban en la Comuna. Era muy
bueno. Tenían contactos con muchas
organizaciones juveniles, en especial clubes
deportivos, lo que por entonces no era algo
corriente en otras comunas.

II.- “VALIÓ LA PENA INSISTIR...”
Poco después de las 19,30 comenzó la
reunión. Hubo un informe político, que abordó
aspecto de la situación internacional y nacional.
Dio un rápido vistazo al trabajo realizado en la
Comuna y planteó como tarea principal la
realización de una gran fiesta juvenil, cuya
preparación debía constituir el tema central de
la sesión.
Sus objetivos eran tres: reunir fondos para las
JJ CC, estrechar los vínculos con las
organizaciones juveniles de la Comuna y ganar
nuevos militantes.
Escuchar esto, me volvió el alma al cuerpo. En
Llo-Lleo había adquirido una rica experiencia al

respecto. Las fiestas del Estrella y de la Jota
tenían fama de ser buenas.
Algunas intervenciones de los compañeros
entregaron valiosas ideas.
Se ofreció la palabra al miembro del CR.
Estaba nervioso, pero ya sabía lo que tenía que
decir. Primero hice algunas referencias a la
situación política, sobre la base de apuntes
tomados en la última reunión del Regional.
Señalé que entre las tareas planteadas por el
Comité Central estaba la de crear y fortalecer el
trabajo hacia la masas juveniles, junto con
trabajar por el crecimiento de nuestra
organización.
Este sentido –enfaticé- la fiesta planteada por
ustedes tiene un gran significado político.
Permítanme –agregué- entregar algunas
sugerencias sobre la preparación y realización
del evento que tienen planteado. Y me largué.
Relaté las experiencias vividas al respecto en
San Antonio. Propuse una serie de medidas
concretas.
Terminé mis palabras felicitándoles por su
excelente y ejemplar trabajo.

Los compañeros quedaron muy entusiasmados
y yo feliz de haber salvado exitosamente esa
prueba a la que tanto había temido.
Cerca de las 11 de la noche, todos los
miembros del Comunal, incluidas dos
compañeras, me fueron a dejar al paradero.
Nos despedimos muy fraternalmente.
En la siguiente reunión del CR, el informe se
refirió, entre muchas otras cosas, a la buena
impresión dejada por el representante del
Regional en la Comuna de Las Barrancas.
Finalizada la sesión, Mario se acercó y me dijo:
¿Verdad que valía la pena insistir? Muchos
camaradas aún no saben las capacidades que
poseen.
III.- EN LA OCTAVA COMUNA
Fui citado por secretariado del CR para que
llegara una hora antes de la reunión del
Comité. Me esperaban Mario Zamorano y el
negro Barrios.
- En la Octava Comuna, comenzó diciendo el
primero, tenemos una buena Jota. Su
dirección es muy activa, son inteligentes...

- Pero nos preocupa algo, agregó Barrios,
que hizo una pausa y sacó su pañuelo que
se pasó por la nariz.
- Nos preocupa, continuó Mario, algo que
pasa con el secretariado.
No es que trabajen mal. Eso no, sino que
hemos observado que sus tres miembros
tienen la tendencia a ponerle su poco. Con
su mano hizo un movimiento como llevando
un vaso a la boca.
Ha habido reclamo al respecto y pensamos
que el CR debe meter manos en el asunto.
- Hoy vamos a plantear el problema al CR,
concluyó Barrios, y el
secretariado hará la
proposición de que tú, un hombre sin vicios,
vaya como activista a la Octava Comuna. Por
eso hemos querido conversar contigo primero
para conocer tu opinión al respecto.
Luego de aclarar algunos detalles, le manifesté
mi acuerdo. Los dos compañeros agradecieron
mi disposición.
Cuando se discutió el asunto de la Octava
Comuna y se dio a conocer la proposición del
secretariado, hubo unanimidad en aceptarla.

Fue así como me convertí en activista de la
Octava.
Cinco días más tarde, concurría a la primera
reunión con el secretariado de esa Comuna. Ya
conocían mi designación. Me acogieron con
franca alegría y gran fraternidad. Estaban muy
contentos que el CR les enviara un refuerzo,
pues las tareas que tenían por delante eran
muchas.
La reunión fue buena. Los tres camaradas
tenían un elevado nivel político y mostraban
gran experiencia en el trabajo. Se pasó revista
a lo realizado, se planificaron las tareas futuras,
preparando así la reunión del Comité Local,
que debía efectuarse en tres días más.
Terminada la sesión, me dijeron:
- Compañero José (continuaba usando mi
chapa de José Soto), queremos invitarlo a que
tomemos algo como un saludo a su
incorporación
como activista en nuestra
gloriosa comuna.
Les agradecí y les plantié derechamente la
preocupación que existía en el CR,
advirtiéndoles:

-Mientras sea activista aquí, no aceptaré ni
haré vista gorda ante la desviación de andar
tomando bebidas alcohólicas. Y esto es
definitivo.
-Pero compañero Soto –replicó uno de los tres¿quién ha pensado en beber alcohol?. Nuestra
invitación es para que nos tomemos una
“agüita”, como demostración de nuestra alegría
de tenerlo con nosotros.
Los miré tratando de descubrir la verdad, si
había sinceridad o picardía en sus palabras.
Los tres me miraban con cara de angelitos. Les
dije:
-Si es así, acepto gustoso. Con condición,
naturalmente, que ustedes también sólo tomen
una “agüita”.
Resulta que en todo el barrio no había una sola
Fuente de Soda. Lo que abundaban eran los
bares. Nos metimos en uno de mala muerte.
Cuando entramos el barman saludó a los
compañeros muy cordialmente. Se veía a las
claras que eran asiduos parroquianos de allí. Al
hacer el pedido: cuatro gaseosas, el garzón
puso una cara de sorpresa que me hizo
sonreír:

-¿Cuatro gaseosas?, preguntó incrédulo.
Sí, sí, dijo uno de los camaradas
rápidamente,
como
evitando
mayores
comentarios. Y yo quiero una papaya.
Yo pedí una bilz; los otros dos, siguieron mi
ejemplo.
Nos sentamos en una mesa. Cerca de donde
estaba el camarero, que nos miraba con
indisimulada extrañeza. Nosotros bebíamos y
nos reíamos de buenas ganas con las bromas
y tallas que no cesaban.
-Se imaginan, dijo uno, lo que pasaría si Mario
o el negro Barrios nos vieran saliendo de aquí
con el compañero Soto. Pensarían que lo
corrompimos en la primera reunión. Más risas.
Estas se nos helaron, cuando al salir a la calle
vimos, afirmado en un poste y comiendo un
gran sandwich, al compañero Barrios, que
vivía en ese sector.
Al vernos, movió la cabeza, sonrió con picardía
y dijo:
- Buenas noches
queridos compañeros,
veo que el camarada José Soto comenzó

muy
exitosamente su trabajo en la
Octava...
IV.- DE CÓMO SE ESCRIBIÓ LA MEMORIA
Ya en 1952 siendo alumno de Hernán
Ramírez Necochea, en la cátedra de Historia
Social y Económica, no tuve duda alguna: él
debía dirigir mi Memoria de Prueba. Ya
había elegido el tema: “Origen y desarrollo
del proletariado chileno en el siglo XIX”.
Cuando hablé con él me acogió con una
amabilidad, exenta de paternalismo.
Me alentó en mi proyecto, trazó las líneas
generales del trabajo, entregándome una
extensa bibliografía.
Al despedirnos, me dijo entre serio y sonriente:
“Tómelo como una tarea de Partido”.
Cuando llevaba algunos meses leyendo
libros y la prensa de la época, le presenté
las fichas confeccionadas. Las revisó
cuidadosamente. Me dijo: “Ha hecho un
trabajo de investigación muy prolijo. Tiene
prácticamente reunido todo el material
disponible sobre la minería en el siglo XIX.
Pero le falta sobre la industria y el comercio.
Hay una compañera de su curso que ha

realizado una investigación excelente en
esos aspectos que a usted le faltan. Ella
trabaja sobre el tema del artesanado en el
siglo XIX. He pensado que si ustedes
unieran sus investigaciones, tendríamos un
panorama completo sobre el siglo XIX,
porque –además- es posible y bueno que
trabajen dos personas en una Memoria.”
No me gustó para nada la idea. Pero no me
quedó más que preguntarle: ¿quién es esa
compañera? Marcia Ortiz, me contestó. Le
repliqué con mi mejor sectarismo de jotoso:
Pero... ¡Es que ella no es comunista! Me miró
y no dijo nada. No insistió. Seguimos hablando
sobre mi tesis...
Al día siguiente me dijeron en la
Universidad:
Marcia Ortiz te anda
buscando. Nos encontramos en un corredor
del Pedagógico. Antes de saludarme me
dijo: ¡No pienso trabajar contigo!.
¡Menos yo!, le respondí. Y ella me desafió:
vamos al tiro a la casa de don Hernán para
decirle lo que pensamos. Vamos, repliqué con
digna decisión.
Y fuimos. Tocamos el timbre salió a abrirnos,
siempre cariñosa, la profesora Matilde Aguirre,
esposa de Hernán Ramírez. Nos hizo pasar.

El
compañero
Ramírez
nos
saludó
amablemente: Tomen asiento, ¿se sirven algo?
Y empezó a exponernos su idea del trabajo
conjunto. No tuvimos la posibilidad de decir ni
pío. Al despedirnos del profesor guía ya
teníamos el plan de trabajo listo. Además, una
gran responsabilidad, pues éste nos dijo que
nuestro trabajo le serviría para un libro que
estaba preparando. Esto, seguramente para
estimularnos.
En la calle Marcia me dijo: ¿y no estabas tan
decidido, por qué no fuiste capaz de oponerte?
¿Y tú, que venías tan aleonada?
Comenzamos a trabajar juntos. Luego de
lograr la aprobación de Marcia,
en cada
parte de la Memoria colocamos un epígrafe
de Federico Engels o de Carlos Marx.
Los tres profesores designados para revisar la
Memoria fueron
Hernán Ramírez, Olguita
Poblete y Guillermo Feliú Cruz. Cuando le
fuimos a entregar el trabajo a este último, nos
recibió en la puerta de su casa, le echó una
ojeada y se topó con algo de Engels o Marx.
Enojado nos dijo: esto es tendencioso y nos
devolvió el libro.

Desesperados,
porque
pensamos
que
habíamos perdido cerca de dos años de
trabajo, corrimos a donde nuestro profesor
guía. Cuando le contamos lo sucedido, sonrió y
nos dijo muy tranquilo: vayan de nuevo donde
don Guillermo y díganle de parte mía que lo
que él escribe también es tendencioso. Así lo
hicimos. Gruñó el querido maestro y recibió
nuestra obra.
Los tres profesores calificaron la Memoria con
nota siete y la misma nota obtuvimos en el
examen final, que era la defensa de ella.
Gracias al convincente Hernán Ramírez unimos
nuestros esfuerzos allá por 1952. Y pasado
más de medio siglo, seguimos trabajando
juntos. Con razón, su viuda, la querida
compañera Matilde, me decía que Hernán se
consideraba nuestro padrino de boda.
Me titulé el 4 de agosto de 1954 como Profesor
de Historia, Geografía y Educación Cívica, con
la nota máxima, luego de haber escrito, junto
con la que sería mi esposa, la tesis o Memoria
de Prueba, guiada por el historiador Hernán
Ramírez Necochea, titulada “Estudio sobre el
origen y desarrollo del proletariado en Chile

durante el siglo XIX”. Calificada con nota siete
por los académicos e historiadores Guillermo
Feliú Cruz, Olguita Poblete y Nernán Ramírez
Necochea.
CAPÍTULO QUINTO: EN UNA ALDEA DEL
LLUVIOSO SUR

I.- HACIA LA TIERRA DE LOS COPIHUES
-Le doy un consejo, dijo el funcionario del
Ministerio de Educación, firme los registros de
uno de los partidos de Gobierno y no tendrá
más problemas...
Salí indignado de la oficina y abandoné con
rabia el edificio, al cual concurrías casi cada
día a averiguar algo sobre mi postulación a un
cargo como profesor de historia y geografía en
algún liceo de Chile.
Me había titulado hacía varios meses con
distinción unánime (que es la más alta
calificación) pero me bloqueaban cualquier
posibilidad de un trabajo. Sólo gracias a la
ayuda del compañero e historiador Hernán

Ramírez Necochea y de un amigo suyo y
funcionario del Ministerio de Educación, don
Francisco Salazar, logré ganar un concurso
para un lejano pueblito sureño: Nueva Imperial.
En los primeros días de junio, conociendo ya mi
nombramiento, fui citado por dirigentes del
Comité Central de las Juventudes Comunistas.
La conversación que tuve con ellos constituyó
una gran ayuda en un momento en que sentía
con bastante temor ante lo desconocido.
Además muy triste porque debía dejar a los
camaradas del CR Santiago y a los de San
Antonio.
Los dirigentes del CC me aclararon muchas
dudas. Me hicieron comprender que en el sur
había también posibilidades de luchar por un
mundo mejor y que incluso podía ser muy útil
allá. Al despedirnos, el camarada Esmeraldo
Plaza me dijo:
- Compañero Soto, a dónde vayas, serás un
importante aporte para la causa.
Esa frase resumía lo que yo había captado y
para mí tuvo un significado que, seguramente,
no previó el compañero que la dijo.

Viajando en el tren que me llevaba hacia
Temuco, iba decidido a no defraudar la
confianza que la Jota depositaba en mí.
Llegué a esa ciudad, que no conocía, dejé mis
cosas en una pensión y salí a ubicar al
compañero Lara, secretario político del CR
Cautín de la Jota. Lo ubiqué en la dirección que
me habían dado en el CC. Era una mueblería,
donde laboraba. Quedamos de juntarnos en la
Plaza de Armas, que quedaba cerca de donde
estaba la pensión, a las 18 horas, después que
saliera de su trabajo.
Me condujo al local que el PC tenía a pocas
cuadras de la plaza, en pleno corazón de
Temuco, a pesar de estar ilegal. Era pequeño,
pero bullía en actividad.
Allí los dirigentes del CR del Partido me
saludaron muy fraternalmente y me informaron
sobre Nueva Imperial:
- Es un pueblo muy chico, de unos 6 mil
habitantes, con un liceo en donde estudian
muchos hijos de campesinos, especialmente
mapuches.

Hay una célula del Partido, con seis militantes.
No existe Jota.
Pero en el liceo estudia un joven llamado
Wilfredo Burgos, que no milita, pero su padre
es un conocido dirigente comunista de Cunco.
Si lo ubica, salúdelo de parte del profesor
Exequiel Arellano.
En Temuco encontré también a un
ex
compañero de curso del Pedagógico, militante
radical, que había ejercido el mismo cargo en
Nueva Imperial que yo iba a ocupar. Me dijo
que al saber que yo lo reemplazaría, habló con
la familia en donde estuvo pagando pensión y
que ella estaba dispuesta a recibirme. Esa fue
una buena noticia
Al día siguiente de llegar a Temuco, tomé el
tren que me llevaría a Nueva Imperial, distante
a unos 35 kilómetros hacia el oeste de la
capital de La Frontera.
II.- EN NUEVA IMPERIAL
Llegué a Nueva Imperial a mediados de julio de
1955. No pasaba de ser una aldea, ubicada
cerca del punto donde se unen los ríos Cautín y
Chol-Chol para formar el Imperial, que corre

en dirección oeste para desembocar en el
Pacífico.
En la estación ferroviaria le pregunté a un
muchachito donde quedaba la dirección de la
calle Riquelme, donde estaba mi futura
pensión. Me dijo que estaba a unas cuatro
cuadras y me ofreció llevarme la maleta y el
baúl en un carrito de mano. De esa manera
trabajaba ese niño para aportar algo de dinero
a su hogar.
La primera impresión que me causó ese pueblo
fue deprimente. Pequeño y pobre. La mayoría
de las calles sin pavimentar. Muchas casas de
madera y en muy mal estado.
Fui recibido amablemente en la casa. Dejé las
cosas en la que iba a ser mi pieza y mi dirigí a
presentarme al liceo, distante -según me
dijeron- a unas siete cuadras.
Desde lejos divisé un edificio en construcción y
a su lado una vieja casona de madera. Allí
funcionaba el Liceo de Hombres de Nueva
Imperial, que lleva ese nombre a pesar de ser
mixto.

En la entrada había un hermoso jardín, en
donde trabajaba alguien, que supuse era el
jardinero. Lo saludé y pregunté por el Rector.
- Soy yo, me respondió.
Me presenté y me acogió con alegría y
cordialidad. Su nombre era Luis González
Vásquez, de bastante edad, que debiera ya
haber jubilado, pero no quería hacerlo hasta
entregar terminado el nuevo edificio del
establecimiento..
Fuimos a la Rectoría, donde me recibió
oficialmente. Me llevó a la sala de profesores,
donde me presentó a los estaban allí. También
lo hizo en cada uno de los cursos; visitamos la
construcción de la cual, igual que de su jardín,
estaba muy orgulloso. Me entregó el horario de
clases y nos pusimos de acuerdo que
empezaba a ejercer mis funciones al día
siguiente.
El resto de la tarde la dediqué a preparar mis
clases.

III.- NACE LA JOTA EN NUEVA IMPERIAL
Llegué temprano al liceo. Antes de ir a la sala
de clases conocí al resto de los colegas que
no había visto el día anterior.
Comencé mi primera jornada como educador.
Al pasar la lista de asistencia me fijaba
especialmente en los apellidos que se iniciaban
con B.
Era la última clase de la mañana, tenía con el
Quinto Humanidades. Por fin encontré el
apellido que buscaba: Burgos. También el
nombre: Wilfredo.
Me fijé bien en el alumno que contestó:
¡Presente, señor! De regular estatura, macizo,
algo rubio, rostro colorado, muy serio.
Al finalizar la hora, cuando los estudiantes
abandonaban el aula. Lo llamé y le pedí por
favor que me esperara, pues necesitaba
conversar con él. Como lo noté algo nervioso,
le dije que no era nada para preocuparse, que
deseaba
hacerle
algunas
preguntas
personales, que me esperara en la plaza,
donde haríamos como que nos encontrábamos
por casualidad.

Dejé el libro en la sala de profesores, me
despedí de los colegas, con los cuales nos
veríamos en la tarde, y salí. En una esquina de
la plaza, a una cuadra del liceo, estaba
Wilfredo.
Bueno, le dije, como te expliqué deseo
hacerte algunas preguntas.
- Diga, no más, señor.
- ¿Te llamas Wilfredo Burgos y eres de
Cunco?
- Sí señor, me respondió poniendo cara de
no entender nada.
- ¿Tu padre tiene tu mismo nombre y tiene
una carnicería en Cunco?
- Efectivamente, señor.
- En Temuco conocí al profesor Ezequiel
Arellano. Me dijo que era muy amigo de tu
padre y que ambos son antiguos militantes
del Partido Comunista.
Ahora me miró con desconfianza, murmurando
que algo así había oído.
Entonces le dije:
- Wilfredo, yo también soy comunista, soy
militante de las Juventudes
Comunistas.
Quería hablar contigo para preguntarte si tú
simpatizas con nuestras ideas.

Ahora sonrió,
Respondió:

iluminándosele

el

rostro.

- Naturalmente, señor. Mi padre tiene, eso
sí bien escondidos, varios libros muy buenos.
Con razón me parecía que muchas cosas que
habló en clase ya las había dicho mi padre o
leído en sus libros. Es para mí una alegría
conocerlo, señor.
Le pregunté por qué no militaba en la Jota. Me
dijo porque no había tenido la ocasión. Le
propuse que formáramos las JJ CC en Nueva
Imperial.
Estuvo de acuerdo y me pidió que le explicara
cómo podía ayudar.
- Muy fácil, le informé, piensa en un amigo
de plena confianza, serio, que esté de
acuerdo con nuestras ideas e invítalo a
conversar a mi pensión,
la casa del
Alcaide de la cárcel.
- Hay alguien así, Se llama Lautaro Cares y
vive precisamente al frente de usted.
- Muy bien. Habla con él y si lo ves decidido
a participar con nosotros, invítalo para hoy
a las 7 de la tarde. Van como alumnos a
consultar sobre una tarea.

Esa tarde invernal de julio, constituimos la base
de las Juventudes Comunistas en Nueva
Imperial. Wilfredo quedó como secretario
político; Lautaro, encargado de organización y
yo de finanzas. La principal tarea que nos
dimos, fue estudiar y crecer.
Así culminé mi primer día de clases en ese
pueblito del sur de Chile.
IV.- “ASÍ SE TEMPLÓ EL ACERO”
Fue una noche de fines de julio de 1955. Era
pleno invierno, llovía torrencialmente y soplaba
un fuerte viento. Mojado y embarrado llegué al
taller de carpintería del compañero Samuel
Salas.
Allí, en medio del aserrín y la virutilla, a la luz
de una vela, me reuní por primera vez con el
Partido de Nueva Imperial.
El encuentro se realizó respetándose
rigurosamente las normas del trabajo
clandestino: llegamos a gotas (cada cual sabía
la hora que debía venir), cubrimos las ventanas
con una gruesa manta, se emplearon señales

convenidas de antemano para indicar que todo
estaba en orden.
Informé oficialmente de mi nombramiento en el
liceo y comuniqué sobre los inicios del trabajo
de la Jota en la localidad. La noticia fue
recibida con alegría y entusiasmo.
Mientras tanto, Wilfredo y Lautaro no perdían el
tiempo. Conversaban con los amigos de mayor
confianza y les planteaban qué era la Jota,
invitándolos a militar.
Yo les había facilitado algunos libros,
especialmente novelas revolucionarias, que se
pasaban de mano en mano. Los jóvenes leían
con verdadera pasión. Entre las obras de la
biblioteca ambulante estaban:
“Ricardo Fonseca, combatiente ejemplar”, de
Luis Corvalán; “La Madre”, de Máximo Gorki;
“Tierra Fugitiva”·, de Manuel Guerrero;
“Carbón”, de Diego Muñoz; “Así se templó el
acero”, de Nikolai Ostrovski.
Creo que fue este último libro el que causó
mayor impresión en los muchachos. Hubo
algunos que aprendieron de memoria ese
párrafo que dice: “Lo más preciado que posee

el hombre es la vida. Se le otorga una sola vez,
y hay que vivirla de forma de que no se sienta
un dolor torturante por los años pasados en
vano, para que no queme la vergüenza por el
ayer vil y mezquino, y para que al morir se
pueda exclamar: Toda la vida y todas las
fuerzas han sido entregadas a lo más hermoso
del mundo, a la lucha por la liberación de la
humanidad”.
En una semana los militantes de la Jota eran
ya diez.
En mi pieza había una puerta a la calle, que
estaba clausurada.
Por ella entraban
silenciosamente todas las mañana los jotosos.
Los lunes teníamos reunión de base. Los
cuatro días siguientes, charlas que yo les daba.
A los dos meses pudimos formar tres bases y
constituir un Comité Comunal.
Poco después el Alcaide fue trasladado a
Temuco y debí buscar una nueva pensión. La
encontré en la misma calle Riquelme a una
cuadra de distancia, más cerca del Retén de
Carabineros. Era una pequeña pieza, pero
donde se podía reunir el Comité Local.

V.- EN EL COMITÉ REGIONAL DE CAUTÍN
Comencé en 1955 una etapa de mi vida, que
duró diez años, en que trabajaba en Nueva
Imperial y vivía en Temuco. En esta ciudad, a
la cual viajaba los miércoles en la tarde por tres
horas y cada fin de semana, comencé a
participar en reuniones y actividades del
Comité Regional Cautín de la Jota, sin ocupar
un cargo concreto.
Éramos siete miembros. Teníamos mucho
corazón, enorme entusiasmo,
Espíritu de sacrificio y pasión revolucionaria.
De lo que carecíamos era de conocimiento y
experiencia para aplicar adecuadamente
algunos aspectos del método leninista.
Ello ocurría, por ejemplo, con el principio de
dirección colectiva.
Las tareas las discutíamos y acordábamos en
reuniones, lo que era y es correcto. Pero
estábamos convencidos que para cumplir con
esa norma leninista, debíamos todos juntos,
los siete miembros del CR, realizar cada una
de las tareas.

Por esos meses programamos y llevamos a
cabo una fiesta que resultó un éxito. Lo hicimos
aplicando “nuestra” concepción del trabajo
colectivo. Los siete fuimos a conseguir el local,
los siete confeccionamos y mandamos a hacer
un volante de propaganda y las entradas, los
siete arrendamos un equipo amplificador, los
siete...
Semanas después acompañé al camarada
Lara, secretario político de la Jota de Cautín, a
una reunión del CR del Partido. Allí informamos
sobre la fiesta, insistiendo, con orgullo, de
nuestra particular manera de entender la
dirección colectiva.
Como por casualidad, uno de los dirigentes del
CR, un obrero, habló sobre el concepto
leninista de la dirección colectiva. Explicó que
tenía dos aspectos. Primero, la discusión
colectiva, con participación de todos los
miembros de la instancia correspondiente.
Segundo, la realización práctica, donde las
tareas se dividen: cada compañero toma una
de ellas, la que debe cumplir rigurosamente,
porque la dirección colectiva tiene por base la
responsabilidad individual de cada dirigente.

Aunque el camarada en ningún momento se
refirió a la Jota, para nosotros (y no sólo para
nosotros) quedó muy claro que los versos eran
con dedicatoria a los miembros del CR de la
Jota.
Tomamos en cuenta esas sabias palabras.
Desde ese momento, mejoramos nuestra
actuación.
En septiembre de 1955 viajamos a Santiago. El
25 de ese mes
contraje matrimonio con
Carmen Marcia Ortiz Zvietcovich, con quien
tenemos un hijo, Iván Vladimir.

CAPÍTULO SEXTO: EL CR DE
CAMBIA DE SEDE

LA JOTA

I.- UNA CITACIÓN EXTRAORDINARIA
- Yo se lo había dicho, compañeros, que no soy
muy experto para manejar y –además- la
dirección del cacharro estaba un tanto falla...

Quien hablaba, con su acostumbrada y
enervante lentitud, era Collío, el rucio Collío,
como le decíamos. Tenía unos 18 años, colorín
y pecoso, que no estudiaba en el liceo, sino
que trabajaba como ayudante de un técnico
dental. Incorporado a la Jota hacía un año, se
había ganado el derecho de ser miembro del
Comité Local de Nueva Imperial y, más tarde,
responsable del auto.
Informaba en esa reunión citada urgente y
extraordinariamente, enfermándonos a todos
con su maldita calma. Me parecía que en esa
ocasión hablaba más lento que nunca y
además su aspecto era desastroso: pálido,
tembloroso, con la cabeza y un brazo
vendados.
La sesión tenía lugar en mi pequeña pieza de
la casa en que pagaba pensión en calle
Riquelme de Nueva Imperial. Estaba el
Comunal en pleno, a pesar de lo apresurado de
la citación. Conmigo éramos ocho. Uno, el
informante sentado en la única silla que tenía;
cuatro sobre la cama (un somier con patas) y
tres encima del viejo baúl que me había

regalado mi padre y al cual llamábamos “el
cofre del pirata”.
Además de esos muebles, tenía dos estantes
para libros, hechos de tablas de cajón y que
colgaban con alambres de las paredes, una
mesa frente a la ventana, que me servía de
escritorio; otra mesa pequeña sobre la cual
estaba el lavatorio y un jarro de agua, frente a
la cual había un espejo. Un rincón del cuarto,
tapado por una sábana, jugaba el papel de
ropero. Además había un pequeño velador,
donde efectivamente había una vela, porque
por entonces tanto el alumbrado público como
el domiciliario se cortaba en el pueblo a las 21
horas. El WC era una caseta sobre un pozo,
ubicado en el fondo de un largo patio.
Esa tarde de primavera, ya con cara de
verano, de comienzos de diciembre de 1956,
yo había llegado a Nueva Imperial, como lo
hacía todos los domingos en el tren –entonces
único medio de transporte colectivo entre
Imperial y Temuco- de las 18 horas. En la
estación me esperaba Lautaro.
- Compañero, me dijo antes de saludarme,
quedó la escoba. Ayer salimos al campo, como

estaba programado. Y en una bajada... Bueno,
los detalles serán informados en una reunión
extraordinaria del Comité Comunal, que hemos
citado para hoy a las 7 en su pieza. Tengo la
tarea de citarlo, pero no estoy autorizado para
adelantar ningún detalle de lo que veremos en
la sesión. Hasta más rato, compañero...
Se fue rápidamente y me dejó con la bala
metida. Así era Lautaro. Un tanto exagerado y
siempre dándoselas de misterioso. Quedé muy
inquieto sin saber lo que había pasado. Sólo
me tranquilizaba un poco el conocer lo bueno
que era éste para exagerar.
Ahora estábamos en la reunión. Mis
esperanzas que las cosas no fueran tan graves
de desvanecieron sólo con mirar a Collío.
- Cuando vi desde arriba el puente –continuaba
el rucio- me di perfectamente cuenta que éste
aparecía un poco estrecho y que la bajada era
harto pronunciada. Para que el compañero
Soto tenga una somera idea de cómo era, me
tomaré
la
libertad
de
mostrárselo
gráficamente...
Con la mano del brazo que no tenía vendado,
trazó en el aire una línea imaginaria bastante

imprecisa. Intentaba mostrarme cuan parada
era la cuesta, cosa que no me quedó en
absoluto clara, ni me interesaba para nada
saberlo con precisión. La explicación era
dedicada a mí, por ser el único de los
asistentes que no había participado en la salida
al campo del día anterior.
-Además, agregó Collío, yo tenía clara
conciencia de que los frenos no estaban en su
mejor estado y la dirección, la del auto,
naturalmente, (sonrió maliciosamente) –como
ya lo he afirmado en esta misma sesión- estaba
bastante fallute. A eso agreguémosle el natural
nerviosismo de un conductor novato, es decir,
que recién comienza a manejar. El hecho es,
como le consta a los que vivieron esa sabatina
experiencia, que con gran responsabilidad
detuve el vehículo y les dije a mis compañeros:
“creo que es mejor que se bajen. Tengo la
impresión de que con menos peso podré
maniobrar mejor”. Manifesté eso, pero la
verdad es que yo, con una consecuente actitud
comunista, teniendo en cuenta que “el bien
más preciado que tiene el hombre es la vida”,
decidí enfrentar sólo esa compleja situación,
sin arriesgar la seguridad de mis camaradas...

II.- UNA DESVIACIÓN DE IZQUIERDA
Debo confesar que siempre me ponía muy
nervioso la manera de hablar de Collío: su
enfermante lentitud, lo largo y enredado para
explicar todo. Pero esta vez, su informe me
tenía al borde de un colapso. Había pasado
cerca de dos horas de que recibí la primera
noticia del desastre y aún no sabía que ocurrió.
Impaciente, le hice un gesto a Collío de que se
apurara y le rogué que fuera al grano.
- Calma, compañero, calma –me dijo- aquí es
necesario
guardar
la
misma
calma
revolucionaria que tuve yo para enfrentar el
problema de la bajada y el puente... Los
compañeros, mostrando un alto grado de
madurez política y disciplina descendieron del
coche. Y, con ese humor tan propio de nuestro
pueblo, me desearon “feliz aterrizaje”.
Comencé a descender frenando y en primera.
Fue agarrando vuelo el demonio de auto. Veía
aproximarse velozmente el puente, que cada
vez me parecía más angosto.

Intenté apuntarle. Fracasé. Algo, tal vez una
piedra o qué sé yo, hizo que me desviara a la
izquierda (hizo una pausa, nos miró a todos
calmadamente, haciendo un guiño de picardía).
Hubo, repito, una leve desviación hacia la
izquierda y el auto se deslizó al estero. Menos
mal que traía poco agua. Los compañeros
llegaron corriendo y me sacaron del auto...
No soporté más y sin pedir la palabra pregunté
casi gritando (olvidando toda norma de
seguridad, pues aún estaba en vigencia la Ley
Maldita):
- ¿Y el auto? ¿Qué pasó con el auto?
Presidía Manuel Pincheira. Varios pidieron la
palabra. Habló Lautaro:
- Debo decir, con todo respeto, que el
compañero Collío relata los hechos de una
manera muy unilateral, intentando aminorar la
gravedad de ellos. La cosa fue mucho más
catastrófica. (tres afirmaron con la cabeza).
Es verdad que nos hizo descender del auto,
también que la bajada era muy pronunciada y
el puente harto angosto, pero tengo la
impresión que no bajó frenando ni en primera.

Es mi impresión, insisto. La cuestión es que el
auto tomó una velocidad del demonio,
levantando mucha tierra. No podíamos ver
nada y de pronto sentimos el medio
chancacazo. Corrimos.
Al llegar al estero, que estaba prácticamente
seco, vimos un montón de fierros y latas. En
medio de todo eso a Collío, que estaba
aturdido. Repartidos por todos lados, los restos
del desastre: ruedas, tornillos, trozos de
vidrios... El compañero se salvó de milagro. Un
poco más y no habríamos tenido la oportunidad
de escuchar su informe. El coche hay que irlo a
recoger con palas. Escondimos la batería para
darle el gusto al compañero chofer, cuando
éste volvió en sí.
Las intervenciones de otros compañeros
ayudaron a ir poniendo las cosas en su lugar.
El estado del auto no era tan bueno como lo
pintó Collío ni tan malo como lo aseguró
Lautaro.
Pero, seguramente sería muy difícil repararlo.
III.- EL AUTO DE BARCELÓ

El famoso auto había sido facilitado al Comunal
de Nueva Imperial por Ramón Barceló
entonces militante del Partido y candidato de
éste a diputado en las elecciones de 1957con el fin de utilizarlo en la propaganda de su
campaña, especialmente en las numerosas
comunidades indígenas de los alrededores de
Nueva Imperial.
Se entregó la responsabilidad del vehículo,
bastante viejo y no en muy buen estado, pero
que andaba, al compañero Collío. Fue tratado
cuidadosamente y con él se realizaron
numerosos viajes al campo, recorriendo
prácticamente toda la extensa comuna. Gracias
al auto, se llevó a cada rincón de ella la voz
de los comunistas, dando a conocer a su
candidato.
Después del desastre del puente angosto,
se remolcó el auto hasta Nueva Imperial. Se
comprobó que los daños no eran tan graves
como habíamos pensado, pero no teníamos
dinero para repararlo. Lo dejamos en una
calle frente a la casa del
compañero
Sandalio Poblete - profesor de inglés del
liceo y
antiguo militante comunistaesperando la oportunidad de arreglarlo.
Esta nunca llegó.

Durante la campaña electoral, Barceló no se
acordó el auto. Nosotros tampoco.
Perdimos las elecciones. Diversos problemas
surgidos posteriormente, determinaron el
alejamiento definitivo de Ramón Barceló de las
filas del PC. Yo había realizado, por acuerdo
del CR del Partido, toda la campaña junto a
nuestro candidato. Según mi opinión era un
buen hombre, impulsivo y generoso, pero no
tenía pasta de comunista.
Cuando se produjeron los problemas con el
Partido, Barceló volvió a acordarse de su auto.
Le contamos la firme. Se puso furioso. Nos
amenazó con llevarnos ante los tribunales de
justicia, lo que nunca hizo.
Mucho tiempo después fue a buscar, con un
camión, lo que quedaba de su auto.
No supimos más ni del uno ni del otro.

IV.- LAS VELADAS DE CADA LUNES

El Partido de Nueva Imperial arrendó un viejo y
gran galpón en la calle Urrutia. Poco a poco
comenzó a germinar la idea de hacer algo en
ese destartalado local.
-Fundemos un centro cultural, propuso Luis
Omar Lara en una reunión del Comunal de la
Jota. La idea fue acogida con entusiasmo.
Alguien sugirió el nombre “Centro Cultural
Pablo Neruda”. Hubo acuerdo. Conversamos
con los camaradas del Partido a quienes gustó
también la idea.
-Magnífico, dijo uno de ellos, así tendremos
una pantalla para nuestras actividades, así
podremos combinar el trabajo legal con el
clandestino.
Esto ocurría a comienzos de 1957, época en
que el PC aún estaba fuera de la ley y era
perseguido.
Había que arreglar el local. Con una manguera
y baldes lavamos el piso. Una vez seco, le
echamos parafina. Reparamos las puertas. Lo
dejamos como nuevo con dos manos de
pintura. Compramos madera y bajo la dirección
de dos camaradas que eran carpinteros que

había en el Partido, montamos un escenario,
con bastidores y un telón de boca.
Se fabricaron unas veinte bancas muy largas
con tablones que regaló el Locho Suárez.
En todo eso trabajaron con entusiasmo y
alegría militantes del Partido y de la Jota.
Quedó listo el salón de actos. Juntamos plata y
compramos una vieja batería de orquesta dada
de baja en un cabaret, que la tocaría el
compañero Mendoza; el pepe Painemal tenía
un acordeón; los hermanos Santibáñez,
jóvenes que trabajaban vendiendo pescado,
dos guitarras.
Con esos instrumentos
formamos un conjunto musical.
Artistas brotaron por montones: cantantes,
recitadores, actores que hacían brevísimas
comedias, las más de las veces improvisando
sobre el escenario. Con Iván Navarrete,
profesor de castellano del liceo y militante
socialista, preparábamos excelentes coros
hablados con textos de Neruda.
Así fueron naciendo las veladas de los lunes.
Asistían cientos de
espectadores, que
repletaban el salón y llegaban hasta la calle.

Cada lunes yo tenía la tarea de dar una
pequeña charla sobre un tema de actualidad.
En esas veladas no sólo participaban
comunistas, llegaban a ofrecer su colaboración
jóvenes de todas las tendencias y muchos
independientes. Con ellas, el Partido y la Jota
ganaron gran prestigio y fueron muchos los se
incorporaron a la lucha a través de esas
actividades culturales-artísticas.
Las veladas del Pablo Neruda se transformaron
en un verdadero acontecimiento en un pueblito,
donde no existía otra entretención que un poco
de fútbol, un cine que daba malas películas
tres veces por semana y algunos espectáculos
preparados por el liceo o la escuela industrial,
muy de tarde en tarde.
Allí se formaban artistas. Recuerdo como un
grupo de jóvenes obreros constituyeron un
grupo teatral que improvisaba sobre el
escenario entretenidas comedias. Luis Omar
Lara, hacía suspirar a las niñas, cantando con
su voz de Leo Marini “Hojas Muertas” y otras
canciones igualmente románticas. Además leyó
en esas veladas algunas de sus primeras
creaciones poéticas.

Esas veladas, constituyen para todos
de una u otra forma participamos en
hermoso recuerdo de un trabajo
atractivo, de masas, llevado adelante
grupo de jóvenes revolucionarios.

los que,
ellas, el
audaz,
por un

V.- NUEVA IMPERIAL SEDE TRANSITORIA
DEL CR CAUTIN
A mediados de julio de 1957, el compañero
Juan Lara, secretario político del CR Cautín de
las Juventudes Comunistas, me informó que el
fin de semana siguiente, visitarían Temuco dos
miembros del CC de la Jota, con el fin de
estudiar con nosotros temas relacionados con
el trabajo de la organización, especialmente la
idea de trasladar transitoriamente el CR a
Nueva Imperial.
La situación de las JJ CC de la provincia de
Cautín había variado. A los siete militantes
existentes en Temuco y a los quince de Cunco,
se habían sumado los 50 incorporados en
Nueva Imperial. En varias otras comunas
existían
algunos
militantes,
pero
no
funcionaban orgánicamente.

En Nueva Imperial, habían surgido dirigentes,
aún sin gran experiencia, pero estudiosos,
abnegados y con gran pasión revolucionaria.
Al mismo tiempo, la Jota de Temuco era débil y
no estaba en condiciones de atender otras
localidades. A todo esto se agregaba que el
camarada Juan Lara había quedado cesante y
debía emigrar a otra zona del país.
Por todo lo anterior, se llegó a la conclusión
de la necesidad de trasladar por un tiempo el
CR a Nueva Imperial. Así se podría mejorar la
atención al resto de la provincia y permitir a los
compañeros de Temuco se dedicaran de lleno
a fortalecer la Jota en la capital de La Frontera.
En la reunión del CR con los miembros del CC,
se analizó la situación y se resolvió aprobar el
traslado del CR a Nueva Imperial. Pero que,
previamente a concretar ese paso, los
compañeros del CC se trasladarían a Nueva
Imperial para estudiar en terreno las
posibilidades ahí existentes.
Se reunieron con el Comité Local. Conversaron
personalmente con algunos dirigentes.

Hecho esto, manifestaron su total acuerdo con
el traslado.
Al constituirse el nuevo CR, fui elegido
secretario político de éste. Era una nueva
responsabilidad que echaba sobre mis
hombros.

CAPÍTULO
SÉPTIMO: AUDACIA
ESCRIBE CON “C” DE CAUTÍN

SE

I.- RECLUTAR CON AUDACIA
En una de las primeras reuniones del nuevo
CR tomamos el acuerdo de transformar a la
Jota de Cautín en una de las tres mejores del

país. Para ello nos trazamos un audaz plan de
reclutamiento: llegar a los 300 militantes en la
provincia. Esa cifra era un sueño, un hermoso
sueño, que a muchos pareció una utopía
imposible de alcanzar.
Dos semanas después de la “histórica
resolución”, asistí a una reunión del CR del
Partido, del cual era miembro por el cargo que
ocupaba en la Jota. Informé de nuestro
acuerdo. Varios compañeros lo saludaron con
entusiasmo. Eso es, exclamaron, así trabajan
los comunistas.
Unos pocos reaccionaron escépticamente,
preocupados porque –según ellos- se nos
estaban subiendo los humos a la cabeza.
Adoptamos una serie de medidas para apoyar
nuestro plan: confeccionamos
fichas de
reclutamiento; redactamos el decálogo del
militante, en que estaban las 10 cuestiones
necesarias a tener en cuenta para ganar a
nuevos combatientes; conseguimos libros,
especialmente buenas novelas y constituimos
una biblioteca ambulante a nivel provincial;
viajamos a otras localidades; pedimos la ayuda
concreta del Partido en cada ciudad.

Así fue surgiendo la Jota en Carahue, Villarrica,
Loncoche y Puerto Saavedra. Se fortaleció en
Cunco y en Melipeuco, aldea cordillerana,
donde los compañeros de Cunco
habían
creado una base.
En Temuco se dio un vuelco impresionante.
Gran influencia tuvo ello el compañero Raúl
Buholzer, que había vivido en Argentina,
donde trabajó como obrero en los frigoríficos.
Tenía un gran bigote, por eso lo bautizamos
como “foco” (de foca). Nos contaba
incansablemente las experiencias audaces de
los jóvenes argentinos para ganar nuevos
afiliados. Nació así el deseo de emular a
nuestros camaradas del otro lado de los Andes.
Llegábamos en Temuco, a todas partes con
nuestras fichas.
Recuerdo que el Partido organizó una gran
fiesta en el barrio Santa Rosa.
Luego de solicitar la autorización de los
compañeros, llegamos allí siete jotosos ficha
en mano y nos lanzamos a conversar con los
numerosos jóvenes asistentes. Lo hacíamos en
grupos
o
individualmente.
Resultado:
reclutamos 21 nuevos militantes. A lo menos,

dos de ellos llegaron a ser excelentes
dirigentes de la Jota y posteriormente del
Partido.
Nuestro entusiasmo no tenía límites. Tampoco
nuestras acciones. En una población ribereña
de Temuco (se llaman así a las poblaciones
levantadas a orillas del río Cautín) reclutamos a
cuatro jóvenes carabineros. (No se debe olvidar
que todavía estaba vigente la Ley Maldita),

II.- COMO COMENCÉ A ESCRIBIR EN “EL
SIGLO”
El de 1957 fue un invierno muy crudo. Las
torrenciales lluvias hicieron subir el caudal de
los ríos de la provincia, provocando grandes
inundaciones.
Especialmente
desastrosas
resultaron las crecidas del Cautín y del
Imperial. Este último anegó vastas zonas desde
Nueva Imperial hasta la costa, dejando
damnificadas a gran cantidad de comunidades
mapuches.

El Partido y la Jota de Nueva Imperial
recogimos ayuda para los mapuches que
estaban aislados y llegamos hasta a ellos en
botes.
En Cautín y en todo el territorio de Concepción
al sur, no teníamos ningún parlamentario
comunista. Debido a ello, el CC designó al
diputado por Concepción, camarada Santos
Leoncio Medel, para que visitara y atendiera,
desde el punto de vista parlamentario, el sur
del país.
El compañero Medel era un minero del carbón,
que no siendo de edad avanzada tenía el pelo
totalmente blanco. Hablaba con voz ronca, en
forma pausada; era extraordinariamente
amable y cordial; entusiasta y apasionado
como un joven, optimista y alegre. (Mucho
después vine a saber que ya por entonces su
organismo estaba gravemente afectado por la
silicosis, la terrible enfermedad que ataca
mortalmente los pulmones de los mineros).
Otra de las cualidades del compañero Medel
era su gran sencillez y modestia.
Vino a Cautín a recoger antecedentes de las
secuelas de las lluvias caídas.

Me correspondió acompañarlo en su minuciosa
gira desde Temuco hasta Puerto Saavedra.
Visitamos comunidades mapuches, el barrio
Estación de Carahue, la zona costera del
Pacífico. Por todas partes desolación y
muestras de la indolencia y despreocupación
de las penurias del pueblo de parte de las
autoridades. Gobernaba el ex dictador Carlos
Ibáñez del Campo.
Finalizada la gira, el Comité Regional del
Partido se reunió, en mi casa (no teníamos
local) con el compañero diputado. Se hizo un
balance de la gira.
Después de la reunión, mientras tomábamos
una taza de té, el compañero Medel me dijo:
- Camarada Iván, le deseo pedir un favor.
Resulta que debo escribir algo para el diario,
pero como hemos andado los dos juntos y
usted es mejor para la pluma que yo, he
pensado que usted podría redactar una
informacioncita de lo que vimos y de lo que
hicimos.
No pude negarme. Escribí de inmediato el
artículo, poniendo todo mi empeño. Lo corregí
varias veces. Después se lo pasé al diputado.

Pensé que iba a proponer correcciones. Lo leyó
en voz alta y me dijo:
- Muy bien compañero. Le quedó excelente.
Mañana en la mañana, apenas llegue a
Santiago, lo llevaré a “El Siglo”. Y si usted no
tiene inconveniente para ello, lo publicaremos
con su nombre.
Acepté feliz, Se hacía realidad un viejo anhelo
de escribir en el diario del Partido.
Fue así como apareció mi primer artículo en “El
Siglo”.
III.- EL PRIMER SPUTNIK SURCA EL CIELO
IMPERIALINO
El viernes 4 de octubre de 1957, me
encontraba haciendo clases en el Quinto
Humanidades del Liceo de Nueva Imperial. Era
la primera hora de la tarde. Golpearon la puerta
de la sala. Se abrió y entró Herman Pérez,
profesor de Matemáticas y Física, militante
socialista. Sin saludarme, me dijo emocionado:
- Recién informó la radio que la Unión Soviética
lanzó hoy exitosamente un satélite artificial...

Juntémoslo hoy a las 20, frente al liceo para
verlo pasar. Los alumnos aplaudieron. Los más
felices eran los siete militantes de la Jota de
ese curso.
El resto de la tarde se desarrolló bajo el
impacto de la noticia, que en minutos fue
conocida
en
todo
el
establecimiento.
Comentarios, preguntas, opiniones sobre el
histórico acontecimiento.
Esa noche, no sólo nosotros dos con el colega
Pérez, estábamos frente al liceo. Éramos
varias decenas de personas: profesores,
alumnos, vecinos.
Habían venido todos los militantes del Partido y
de la Jota.
Eran las 20 horas y el cielo estaba raramente
muy despejado. Brillaban las estrellas. El
colega Pérez explicaba algunos detalles
técnicos.
Esperábamos
expectantes:
queríamos
contemplar con nuestros propios ojos el primer
artefacto enviado por el hombre al espacio.
Un alumno de sexto humanidades fue el
primero en verlo:

- ¡Ahí va, ahí va!, exclamó jubiloso Es como
una estrella que se mueve lentamente.
Estalló entonces el grito colectivo: ¡Ahí va!, ¡Ahí
va! Y también los aplausos y los vivas al
sputnik y a la Unión Soviética. Rompimos la
campesina calma de esa noche imperialina.
Pisoteamos la Ley Maldita.
Seguimos con la mirada el majestuoso caminar
del viajero espacial por el firmamento del sur
de Chile.
Vi lágrimas en los ojos de viejos camaradas,
en los del carpintero Samuel Salas y en los del
zapatero remendón Heriberto Muñoz. Estaban
felices y emocionados.
La velada del lunes 7 de octubre de 1957 fue
inolvidable. Hubo canciones dedicada a la
Unión Soviética. El coro hablado fue preparado
con versos de Neruda que hablaban del primer
país socialista de la historia.
Mi charla versó sobre el mismo tema.
El colega Pérez entregó antecedentes sobre el
primer satélite artificial de la tierra:

- Es una esfera muy pulida de aluminio, de 58
centímetro de diámetro y 83 kilos de peso.
Tiene dos pares de antenas de 2,4 y 2,9
metros. Fue este pequeño artefacto –concluyó
Herman Pérez- el que ha abierto el camino
hacia las estrellas.
Lo más notable de esa velada del 7 de octubre
de 1957, fue el número de fondo. Cerca de las
22 horas, las decenas de personas que
repletábamos
el salón del Centro Pablo
Neruda, salimos a la calle para observar, una
vez más, el paso victorioso del primer sputnik
soviético por el cielo de Nueva Imperial.
IV.- NO FUE TODO SÓLO MIEL SOBRE
HOJUELAS
En 1957 era conocida en Nueva Imperial la
existencia de las Juventudes Comunistas. Y no
podía ser de otra manera: las veladas de los
lunes, el gran número de militantes, las
discusiones en los hogares. Todo esto había
alertado a los reaccionarios y presionaban a
los padres a adoptar medidas. Hubo quienes
no molestaron a sus hijos. Otros se dedicaron a
dar largas charlas anticomunistas a los

muchachos. También existieron los que
castigaron de diversas formas a los
“extremistas”: les prohibían salir después de
clases, incluso llegaron a cambiar a alumnos a
un liceo de Temuco.
Pero no lograron sus objetivos. No hubo
deserción alguna. Entonces actuaron las
autoridades. El Gobernador del Departamento
de Imperial, borrachín e ignorante, ordenó
actuar a la policía de Investigaciones. Lo
supimos a través de nuestros informantes.
Adoptamos medidas de seguridad extrema
para las reuniones. Todas se realizaban bajo el
alero del Centro Cultural Pablo Neruda. Este
gozaba de tal prestigio que hacía imposible
tomar medidas represivas contra él.
Dimos charlas a los militantes más conocidos,
de cómo comportarse en caso de una posible
detención.
Diez camaradas, todos alumnos del Liceo,
fueron detenidos por los ágiles “tiras” de la
dotación de Nueva Imperial.
Los interrogaron largamente sobre la Jota, si
eran militantes.
No lograron sacar nada.
Entonces intentaron involucrarme a mí en

actividades políticas en el establecimiento.
Buscaban encontrar algo al respecto para
aplicarme la Ley Maldita. Todo esto lo
sabíamos de antemano.
Posteriormente supimos el siguiente diálogo,
entre un detective y el compañero Sáez, un
brillante alumno del Sexto humanidades:
- Bueno, ya está claro que tú no
perteneces a una organización
política.
Pasemos a otro tema. Dime, ¿tu profesor de
historia les ha hablado de Rusia?
- Sí, señor.
- Te repito la pregunta: el profesor Ljubetic
les ha hablado en clases de Rusia?
- Efectivamente, nos ha hablado de Rusia.
El policía saltó de alegría y salió corriendo para
volver con los otros dos miembros de la
dotación. Sus rostros brillaban de expectación.
El detective que llevaba la interrogación, repitió
la pregunta:
- ¿El profesor Ljubetic les ha hablado de
Rusia?
- Le repito por tercera vez, sí señor. Nos ha
hablado de Rusia.
Ahora tomó la palabra el jefe, de apellido
Riquelme:

- ¿Podrías poner un ejemplo de ello?
- Con mucho gusto, detective Riquelme. Nos
explicó, por ejemplo, que en 1812
Napoleón Bonaparte invadió Rusia y que...
- ¡Basta!, gritó el furioso el jefe al darse
cuenta que les estaba tomando el pelo.
- Desean, los señores,
alguna otra
información, les dijo el joven camarada,
poniendo cara de inocente.
Todos los jotosos fueron dejados en libertad y
la policía no los volvió a molestar.
V.- EL TERCER CONGRESO NACIONAL DE
LAS JJ CC
La Convocatoria al III Congreso Nacional de las
JJ CC de Chile, encontró en muy buen pie a la
Jota de Cautín. Se había hecho carne en
nuestros dirigentes y militantes un espíritu
nuevo, a la ofensiva. Usábamos métodos
audaces. Contábamos con un buen CR y con
Jota en ocho comunas. Habíamos superado la
soñada cifra de 300 militantes en la provincia.
Fueron designados dos delegados de Cautín al
Congreso: José Muñoz, joven dirigente de
Nueva Imperial y yo.

Cumpliendo las normas de la más estricta
clandestinidad, se realizó en un lugar de
Santiago -entre el 30 de enero y el 2 de
febrero de 1958- el III Congreso. Concurrieron
85 delegados de 19 provincias. El anterior
Congreso había tenido lugar hacía 14 años.
En la sesión inaugural, el presidente del PC,
compañero Elías Lafertte, saludó, en una
emotiva intervención, a los participantes en ese
evento.
El Informe central fue entregado por el
camarada Manuel Gómez
( chapa de Manuel Cantero), secretario general
de las JJ CC.
Fue un magnífico encuentro, emotivo, pleno de
experiencias, crítico y autocrítico.
“El Siglo”, en su edición del domingo 9 de
febrero de 1958, escribió refiriéndose al informe
que entregué en nombre del CR de Cautín:
“El joven que habló a nombre de la provincia de
Cautín, puso el dedo en la llaga cuando al
referirse a las inmensas condiciones objetivas
para un formidable desarrollo de nuestra Jota,
señaló que es necesario tomar en cuenta las

características juveniles para realizar una labor
positiva... Este mismo congresal en su
intervención reseñó lo que a su juicio ha
impedido el crecimiento de la Juventud
Comunista. Fundamentalmente es: 1) ser una
organización que no atrae a los jóvenes por no
identificarse plenamente con su forma de ser,
gustos e intereses; 2) no haber emprendido
una audaz campaña de reclutamiento...
Concluyó: “Debemos dejar de ser un Partido de
jóvenes”.
En otra parte de esa misma edición “El Siglo”
informó que “los delegados de Cautín
modestamente haciendo un balance de su
trabajo dieron a conocer que en un año
reclutaron 300 jóvenes empleando métodos
juveniles”.
Con verdadera sorpresa, pues no lo
esperábamos, escuchamos elogiosas palabras
dedicadas a Cautín en el Informe central.
Habíamos ganado la emulación nacional en
cuanto a reclutamiento. No sólo habíamos
alcanzado la meta que nos habíamos
propuesto de estar entre los primeros tres
regionales del país, sino que éramos la mejor.

El III Congreso puso el acento en la necesidad
de utilizar métodos juveniles y lanzarse a ganar
miles de nuevos combatientes para la Jota.
En lo personal, ese congreso tuvo una enorme
importancia: fui elegido miembro del CC de las
JJ CC de Chile, cargo que ocupé hasta mi pase
al Partido en 1963.
El compañero Cantero fue reelegido secretario
general.
Regresamos a Cautín muy felices, trayendo
nuevas experiencias y más fuerzas para seguir
luchando.
Y
también
un
proyector
cinematográfico, el premio entregado por el
CC al CR que ocupó el primer lugar en la
campaña de reclutamiento.
Los jotosos de Cautín quedamos muy
orgullosos del reconocimiento a nuestros
logros, pero decididos a no dormirnos en los
laureles.

CAPÍTULO OCTAVO: CONQUISTANDO LA
LEGALIDAD
I.- ROMPIENDO LA ILEGALIDAD.
- Ha muerto el camarada Galo González, me
comunicó muy triste el compañero Juvenal
Valdés, secretario político del CR Cautín.
Tenemos reunión extraordinaria a las dos
de la tarde.
En la sesión, efectuada en casa del compañero
Manuel,
tomamos
conocimiento
del
comunicado oficial del fallecimiento del
secretario general del Partido, el obrero Galo
González Díaz, ocurrida ese mismo día 8 de
marzo de 1958, que había reemplazado en ese
cargo a Ricardo Fonseca Aguayo, a la muerte
de éste en julio de 1949.
Adoptamos dos resoluciones: enviar a Santiago
una delegación de cuatro miembros del CR,
designándose en ella a los que estuvieron en
condiciones de viajar en forma tan imprevista, y
salir a efectuar un rayado mural en homenaje al
camarada desaparecido.
Llegamos a la estación ferroviaria de la capital,
poco después de las 7 de la mañana del día 9

de marzo. Nos dirigimos de inmediato al
Sindicato Sicchel, en Catedral 2789, esquina
con Sotomayor. En un amplio salón estaba la
capilla ardiente. En las paredes, banderas del
CC del Partido y de la Jota, de diversos
Comités Regionales, Comités Locales y de
células.
Los cuatro representantes de Cautín hicimos
solemne guardia de honor junto al féretro del
camarada Galo.
En la tarde del día siguiente tuvieron lugar los
funerales.
Una
masiva
y
combativa
demostración de pesar y decisión. Por primera
vez, desde que González Videla inició la
represión contra los comunistas en octubre de
1947, las calles de Santiago vieron desfilar a
miles y miles de militantes y amigos del PC.
Cientos de banderas rojas con la hoz y el
martillo, marchaban ondeando en manos de
obreros, profesionales, mujeres y jóvenes.
Entre esas banderas iban las del CR del
Partido y de las JJ CC de Cautín. Algunos
contemplaban esa marcha con ojos incrédulos.

Durante el trayecto hacia el cementerio, se nos
unieron
varios
compañeros
que
no
conocíamos.
- Somos de Cautín, nos explicaron, y queremos
marchar junto a las banderas de los comunistas
de nuestra provincia.
Se
gritaban
incansablemente
consignas. Entre ellas:

algunas

- ¡Compañero Galo González...
Presente... Ahora y siempre!
- ¡Legalidad para el Partido Comunista!
- ¡Y que fue... y que fue...
Aquí estamos otra vez!
En la plazoleta del Cementerio General se
realizó un mitin de despedida al camarada Galo
González. En él, Luis Corvalán, recién elegido
secretario general por el CC, pronunció su
primer discurso en calidad de tal. Una frase
reflejó claramente la decisión de los comunistas
chilenos:
-“Hoy la ilegalidad del Partido Comunista ha
terminado de hecho y para siempre”.

II.- EL COMITÉ REGIONAL CAUTÍN VUELVE
A TEMUCO
En mayo de 1958, con el visto bueno del
Comité Central, el CR Cautín de las JJ CC
retornó a su sede de Temuco.
En los casi dos años de su estada en Nueva
Imperial se habían cumplido ampliamente los
objetivos trazados entonces.
Se había sobrepasado los 300 militantes y
existía organización de la Jota en varios puntos
de la provincia. En Temuco existían varias
bases.
Se eligió un nuevo Comité Regional. Ocupé
nuevamente el cargo de secretario político. Se
iniciaba así, una nueva y difícil etapa en mi
vida como jotoso. Debía ser el dirigente
máximo de un organismo que tenía por sede
Temuco, permaneciendo yo la mayor parte de
la semana en Nueva Imperial, donde seguía
trabajando como profesor en el Liceo de esa
localidad. Y esta situación se prolongaría por
más de seis años.

La tarea de las tareas que teníamos por
delante era llevar a la práctica las resoluciones
del III Congreso Nacional. Una de ella, que
adquiría prioridad, era la de contribuir en la
lucha por la legalidad del Partido, barriendo en
los hechos con la Ley Maldita.
También estaba a la orden del día, el
fortalecimiento de las Juventudes Comunistas y
la utilización consecuente de los métodos
juveniles.
En cumplimiento del principal acuerdo del III
Congreso, el CR lanzó una campaña
consistente en escribir 2.500 veces en la
provincia la consiga “Legalidad al PC”, la hoz y
el martillo, más “JJ CC”.
Distribuimos las cuotas por localidades:
Temuco, 1.300; Nueva Imperial, 500...
Así, a cada lugar en que existía Jota le
asignamos una cantidad de consignas, que en
papel parecían alcanzables, pero que en
algunos pueblos eran más que las casas que
había. Pero nada nos asustaba y nos lanzamos
a cumplir esta tarea.

Los rayados los hacíamos con unos lápices de
esperma, que fabricábamos en un taller
clandestino. Necesitábamos dos materias
primas: velas y tierra de color.
El sistema era sencillo: se derretía la esperma
de las velas, previamente cortada en trozos y
sacadas las mechas. Una vez derretidas, en un
tarro al fuego, se le agregaba la tierra de color
(usábamos negra o roja). Se revolvía bien.
Luego se echaba la mezcla en un tiesto con
agua y en ella, con las manos, apretando la
pasta, se le daba la forma de lápiz.
Con esos lápices, fáciles de llevar y esconder,
hicimos rayados por años. Algunos intentaban
borrarlos pintando encima, pero con el calor
del sol volvían a aparecer.
III.- EL COMPAÑERO INOSTROZA
La tierra de color la aportaba la industria de
baldosas de los hermanos Alonso e Israel
Neira, dos antiguos militantes comunistas.
En una reunión del CR se planteó el cómo
conseguir la gran cantidad de velas que
necesitábamos. El compañero Lucho Bórquez

se propuso ir a conversar con el señor
Inostroza, un
industrial progresista, para
pedirle su aporte. Otros dos camaradas se
ofrecieron para acompañarlo.
Al día siguiente aparecieron con un saco de
paquetes de velas.
-Se cuadró el señor Inostroza, informaron en la
próxima reunión del CR. Ofreció darnos todas
las velas que necesitáramos.
Felicité a la comisión por el éxito de su gestión.
Y agregué entusiasmado:
- Yo creo que ese ayudista merece que le
llamemos compañero Inostroza.
Quizás exageré un poco, porque vi en algunos
compañeros una risita un tanto irónica. Con
todo, desde ese día empezamos a llamarlo
como yo propuse.
El compañero Inostroza
generosos aportes.

siguió

haciendo

A medida que pasaba el tiempo iba tomando
fuerza en mí la impresión de que algo raro
había en referencia a ese ayudista. Algunas
risitas irónicas, algunas frases escuchadas al

pasar, un dejo de picardía con que lo
nombraban, el ponerme obstáculos para que
yo lo conociera...
Un día, estando ambos solos, abordé a Lucho
Bórquez y le dije a boca de jarro:
- Dime, ¿quién es Inostroza?
- No puedo, dijo todo cortado, es un secreto.
- Pero, ¿cómo pueden haber secretos de
ese tipo para el secretario político? ¿O tú
piensas que no puedes confiar en mí?
- No se trata de eso, replicó sintiéndose
acorralado, se trata de algo muy distinto.
- Dímelo entonces, le exigí.
- Mira, te lo voy a contar, pero no te enojes.
Hace muchos años fue fusilado aquí en
Temuco un pobre hombre, que había
cometido no sé qué crimen. Su apellido
era Inostroza. Como ocurre en estos casos,
después de su muerte se tejió toda una
leyenda sobre los milagros que podía hacer
la “animita” del fusilado. En el Cementerio
hay un lugar donde se le rinde culto. Hasta
allí llegan miles de personas a hacerle
rogativas y a ofrecerle pagarle con velas o
una placa los favores concedidos. Hay
madres que piden por un hijo enfermo,
estudiantes que imploran ayuda para los
exámenes, enamorados que claman por su

amor desesperado... Si el finadito concede
les favores, cumplen la manda. El lugar
está lleno de placas
y de una gran
cantidad de velas, incluso de paquetes de
éstas, de los agradecidos creyentes.
Cuando vimos en el CR la necesidad de
tener muchas velas, me acordé del
“animita” de Inostroza
y me propuse
conseguirlas. Con los que estábamos en el
secreto, nos pusimos de acuerdo en no
decirte la verdad, por temor de que te
opusieras a nuestro método de conseguir
las velas.
No me enojé ni me opuse. Por el contrario, los
felicité por la iniciativa. Fue así como el
compañero Inostroza siguió
haciendo su
aporte de velas para la propaganda del CR de
las Juventudes Comunistas de Cautín.
IV.- DEROGADA LA LEY MALDITA
El 27 de marzo de 1958 se constituyó el Bloque
Democrático, una amplia coalición de partidos
con dos finalidades bien concretas: derogar la
ley maldita y reformar la Ley de Elecciones.

El 31 de julio fue aprobada por el Parlamento la
ley que derogaba la Maldita. El Presidente
Carlos Ibáñez del Campo la promulgó el
sábado 2 de agosto de 1958.
Con este acto jurídico se vino a ratificar lo que
el pueblo, encabezado por los comunistas,
había conquistado con su lucha.
Junto con derogarse la Ley Maldita el Bloque
Democrático logró la reforma de la Ley de
Elecciones, que estableció la Cédula Única,
que constituyó un duro golpe para la práctica
de la compra de conciencias que realizaba la
derecha en cada elección.
Faltaba un mes para las elecciones
presidenciales. Esa campaña de 1958, el PC la
comenzó siendo ilegal y la finalizó cuando
había conquistado su derecho de ser legal.
La segunda campaña presidencial de Salvador
Allende, esta vez abanderado del Frente de
Acción Popular, FRAP, fue tomada con mucho
entusiasmo y responsabilidad por los jóvenes
comunistas de Cautín.
Efectuamos una buena propaganda mural.
Participamos en muchos mitines en Temuco y

en otras ciudades. Llegábamos a los barrios y
poblaciones con nuestras banderas y cantos,
dábamos películas, agitábamos. Ganábamos
votos para Allende y militantes para nuestra
organización.
Pocos meses antes del término de la campaña,
el candidato hizo una gira por la provincia.
Recuerdo que hubo un acto en el teatro de
Nueva Imperial.
Estaba lleno. Había
campesinos -la mayoría mapuches-, obreros y
una gran cantidad de jóvenes. Hablaron entre
otros, Mireya Baltra y Salvador Allende.
Después de la concentración hubo una comida
en que participaron Allende y miembros de su
comitiva, junto a dirigentes del FRAP Comunal.
En esa oportunidad, Orlando Millas se refirió en
términos muy positivos a la labor de la Jota en
Nueva Imperial:
- En el acto de esta noche, dijo, se pudo
apreciar el excelente trabajo de las
Juventudes Comunistas en este lugar:
muchos jóvenes, bien disciplinados y
entusiastas.
Siendo dirigente del Centro Gremial del Liceo
de Nueva Imperial, me correspondió viajar a

Santiago para participar en reuniones de la
Sociedad Nacional de Profesores, que
agrupaba a los maestros de liceos. En algunas
de ellas me encontré con Hernán Ramírez. Por
ejemplo, en la Tercera Convención Nacional,
efectuada en abril de 1958. Recuerdo que el
compañero Ramírez presentó en esa ocasión
un documentado trabajo sobre el profesorado
secundario y el Estado Docente. Sus tesis
sirvieron de base para algunas de las
resoluciones aprobadas en esa Tercera
Convención, realizada durante el segundo
Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo.
Una de ellas, planteaba “la reducción del
monstruoso horario de 36 horas que
actualmente desempeñan los profesores de
Educación Secundaria y declarar que
ninguna reforma podrá prosperar mientras
el profesorado carezca de tiempo suficiente
para el estudio, la reflexión y el
perfeccionamiento
de
su
profesión
docente”.
Otra resolución, sobre el estado Docente,
exigía: “Que el total de subvenciones
destinadas a colegios particulares se supriman
y los dineros pasen a integrar el Fondo
Nacional de Educación.” Era abril de 1958.

En esa Convención de los maestros
secundarios del país, Hernán Ramírez fue
elegido director de la Sociedad Nacional de
Profesores, SONAP.

CAPÍTULO NOVENO: VIENTO EN POPA
I.- UN CAMPAMENTO JUNTO AL LAGO
Era de noche y estábamos junto al lago
Villarrica. Alrededor de una fogata, cincuenta
jóvenes comunistas (35 militantes y 15 amigos)
cantábamos canciones revolucionarias.
Había finalizado el primer día del Campamento
de Estudio, organizado en Villarrica por el CR
de Cautín de las JJ CC.

En medio de un hermoso paisaje natural –muy
visitado y admirado por los turistaspasaríamos diez días de sol, descanso, de
esparcimiento, pero fundamentalmente de
estudio.
En aquella noche de verano, de temperatura
agradable y con un cielo preñado de estrellas,
recordaba los afanes que nos habían costado
realizar la audaz idea surgida en plena
campaña presidencial de Salvador Allende.
Seguíamos en la onda de realizar acciones
audaces. En una reunión del CR alguien
propuso
la
idea,
que
fue
acogida
entusiastamente. El camarada había dado en el
clavo. Con un campamento llevaríamos a la
práctica varias tareas planteadas por el CC:
utilizar
métodos
juveniles,
capacitar
ideológicamente a dirigentes y militantes,
reclutar y mostrar a la gente cómo éramos
realmente los comunistas...
No resultó fácil resolver todos los problemas
que teníamos por delante: conseguir carpas y
alimentación para 50 personas durante diez
días; el transporte a Villarrica de los

participantes desde diferentes lugares de la
provincia, y de todo lo que necesitábamos.
Con ayuda del Partido y de simpatizantes
más el trabajo entusiasta de los jotosos,
fuimos superando una a una las dificultades.
Un amigo nos consiguió las carpas en el
Regimiento Tucapel (habían sido dadas de baja
por el Ejército). Realizamos una serie de
actividades para reunir dinero, llevamos a cabo
una campaña para reunir alimentos no
perecibles, se consiguió una camioneta para
trasladar desde Temuco (donde las había en
mayor cantidad) las cosas hasta la ciudad del
lago.
En Villarrica misma, el Comité Local de la Jota,
encabezado
por
el
camarada
Héctor
Velásquez,
trabajó
responsable
y
efectivamente por el éxito del campamento.
Reunió leña y carbón, ubicó el sitio, consiguió
que de una casa cercana a ese lugar, nos
proporcionaran agua potable.
Héctor Velásquez era miembro de una familia
comunista muy conocida en Villarrica. Su
padre, un viejo trabajador, de profesión
carpintero; la madre, una abnegada mujer del

pueblo. Los hijos, apenas tuvieron la edad,
ingresaron a la Jota.
Héctor fue un excelente dirigente de las JJCC,
luego del Partido. Después del golpe fascista,
mientras cumplía una misión clandestina, fue
detenido en Buenos el 16 de mayo de 1977,
entregado a los agentes de Pinochet y desde
entonces está desaparecido. Un hermano suyo
también dirigente de las JJ CC y que participó,
siendo casi un niño en nuestro campamento,
fue asesinado en Villarrica por agentes de la
dictadura. a pocos metros de su hogar. Su
cadáver fue encontrado en el lago.
II.- “INVASIÓN ROJA”
En esa noche de enero de 1959, junto al lago,
pasaba revista a lo ocurrido en ese primer día
en Villarrica.
En la mañana habíamos llegado en el tren.
Desde la estación ferroviaria, encabezados por
banderas chilenas y de la Jota, marchamos –
cada uno con su pañuelo rojo al cuellocantando canciones revolucionarias, por las
calles del pueblo hasta alcanzar la orilla del

lago. Nos guiaban 10 jotosos de Villarrica que,
con Héctor a la cabeza, habían esperado
nuestra llegada.
Sonreía al recordar la cara de sorpresa o
temor de algunas personas que nos vieron
pasar.
Desde el lugar elegido para acampar, muy
cerca del azul agua del lago, contemplábamos
el bello panorama: el volcán Villarrica, el
límpido cielo y las lejanas montañas. De pronto
se completó el paisaje, con un nada idílico jeep
de carabineros. Se bajaron dos policías.
Saludaron y preguntaron quienes eran los
responsables del grupo. Nos presentamos con
Héctor. Dijeron:
- “Mi” teniente desea conversar con ustedes.
Por favor, vengan con nosotros.
Subimos al jeep. En pocos minutos estuvimos
en el cuartel. Entramos. Nos recibió un oficial,
que nos saludó amablemente. Nos invitó a
sentar y explicó:
- Desde más de media hora me tienen loco
algunos vecinos y veraneantes con alarmantes
llamados telefónicos en que me informan de

una invasión roja que se ha dejado caer en
Villarrica,
que
vienen
armados,
que
seguramente realizarán las peores tropelías.
Yo no creo en nada de esto. Conozco a los
comunistas. Soy de Iquique, mi padre era
trabajador de la pampa, igual que mi abuelo,
que fue camarada de Recabarren.
No esperábamos algo así. Estábamos
sorprendidos. Sobre todo, porque por entonces
gobernaba el reaccionario Jorge Alessandri
Rodríguez.
Le explicamos al oficial nuestros objetivos y
programa: permanencia en el campamento
todas las mañanas, estudiando; salidas en las
tardes por la ciudad; fogatas en la noche...
El teniente no hizo objeciones a nuestras
actividades ni por el lugar en que
acampábamos, debido a que se encontraba
fuera de la zona de baño. Nos pidió no
molestar a los veraneantes y mantener siempre
limpio el sitio donde estaríamos.
Nos despedíamos, cuando sentimos gritos en
la calle. Habían llegado los camaradas para
saber que ocurría con nosotros. El oficial sonrió
y dijo:

- Estaba seguro que pasaría esto; no los voy a
conocer...
Salimos muy contentos y les explicamos a los
compañeros que estaba todo claro. Nos fuimos
cantando al campamento, donde esperaban los
cinco que habían quedado cuidando
las
cosas...
III.- DIEZ DIAS MARAVILLOSOS
Fueron diez días inolvidables, para los 50
jóvenes, incluidos los 10 de Villarrica.
La jornada se iniciaba a las 7 de la mañana.
Nos levantábamos, a lavarse en el lago o en la
llave que habíamos instalado. El equipo
encargado para ese día preparaba el
desayuno, el que tomábamos a las 7,30 horas.
A las 8 empezaban las clases, que duraban
hasta las 12, con un recreo –con colaciónentre 9,45 y 10,15.
Como los asistentes a la escuela tenían un
nivel muy heterogéneo, el primer día
realizamos una especie de sencillo examen.
Según los resultados, dividimos a los

estudiantes en tres niveles, entregando tres
cursillos paralelamente. Las materias eran:
historia de Chile, historia del movimiento obrero
chileno, algunos episodios relevantes de la
historia del PC; qué eran las JJCC, qué es un
joven comunista; algo sobre oratoria, etc.
Era hermoso ver a esos tres grupos de
muchachos siguiendo con atención la
exposición de los que oficiaban de maestro,
preguntando,
respondiendo
las
interrogaciones..
De gran ayuda en esa escuela fue el aporte
realizado por el camarada Mundo Chacón,
miembro del CC de la Jota, que con su
compañera, ejercieron el papel de profesores.
A las 12,30 el almuerzo. Después de éste,
chipe libre: algunos organizaban paseos por los
alrededores, otros se bañaban en el lago,
andaban en botes (que debían arrendar) o
dormían siesta. No faltaban aquellos que,
motivados por las clases, se dedicaban a
estudiar.
A las 18 horas, la cena. Luego, de 19 a 20
horas, salíamos a las calles del pueblo.
Hacíamos pequeños actos en algunas

esquinas, cantos acompañados de guitarras,
algo de agitación, en los cuales lográbamos
reunir algún público.
Al regresar veíamos desde lejos la roja bandera
izada en una larga asta que lucía bonita
iluminada por los últimos rayos del sol, el astro
rey, que fue generoso durante nuestra
permanencia en Villarrica.
Cuando oscurecía, en la quietud de la noche
estrellada, encendíamos la clásica fogata y
cantábamos alrededor de ella. A medida que
iban pasando los días, era más y más la
cantidad de gente que llegaba hasta nosotros.
Cantábamos las canciones de moda por
entonces y, más de alguno, nos pidió la letra
de canciones revolucionarias, como la
Internacional, la Joven Guardia, la Morena o
Catalina.
En la víspera de nuestra partida, concurrimos a
la Tenencia, a despedirnos del oficial de
carabineros, cuyo abuelo había trabajado con
Recabarren.
Fueron diez días fructíferos. De estudio,
recreación, sol, baños, paseos, agitación y
reclutamiento (los quince amigos que nos

acompañaron en ese campamento ingresaron
como militantes).
La invasión roja, que tanto asustó a algunos,
sirvió también para no pocos habitantes de
Villarrica y turistas, conocieran en vivo y en
directo, como son los comunistas: alegres,
responsables, respetuosos, estudiosos y bien
educados.
IV.- UN VIAJE INOLVIDABLE
22 de junio de 1959. Iba volando en el avión
rumbo
a Buenos Aires,
donde nos
embarcaríamos hacia Hamburgo, y aún no me
convencía que fuera cierto. Era uno de los 48
chilenos, que formaban la delegación de los
jóvenes de nuestro país, que viajaba para
participar en el VII Festival de la Juventud y los
Estudiantes por la Paz y la Amistad, que
tendría lugar en Viena, capital de Austria.
Cuando el CC nos planteó la tarea de reunir los
recursos para que yo pudiera viajar a Europa,
nos pareció una meta imposible de alcanzar.
Pero los jotosos de Cautín tomaron la iniciativa
con audacia. Se realizaron actos, se recurrió a

los amigos. Profesores y alumnos del Liceo de
Nueva Imperial me apoyaron de manera
emocionante.
Hubo un acto de despedida en el local del CR
del Partido, ubicado en Temuco, en la esquina
de Bulnes con Miraflores. Marcia, miembros del
Partido y jotosos me fueron a despedir a la
estación ferroviaria.
Viajé en tren hasta Santiago el 20 de junio.
Luego el vuelo por sobre la Cordillera. En ese
Momento recordé que era corresponsal en viaje
de “El Siglo” y me decidí realizar la primera
entrevista mientras pasábamos sobre los
Andes. Y la hice a la muchacha sentada a mi
derecha, junto a la ventanilla. Así conocí a la
que sería una de las más grandes luchadoras
por la Verdad y la Justicia y contra la
Impunidad: Sola Sierra Henríquez, a la que
llamaría años después, una imprescindible.
Después de permanecer dos días en la capital
argentina, nos embarcamos en la motonave de
esa nacionalidad llamada Yapeyú.
Durante 22 días surcamos el Atlántico, 11 de
ellos viendo sólo mar y cielo. No perdimos el

tiempo en el trayecto.
Nos dedicamos a
preparar nuestra participación en el Festival.
Como buenos chilenos, improvisando todo a
última hora.
El 14 de julio avistamos las luces de una
ciudad española. Al amanecer estábamos en el
puerto de Vigo. Visitamos la ciudad. En forma,
no muy disimulada,
fuimos vigilados por
agentes de la dictadura de Franco.
En la víspera del fin de nuestra travesía,
realizamos una bella y emotiva fiesta de
despedida, en que participamos los que
viajábamos hacia Viena y los marineros del
Yapeyú, la mayoría peronistas. Con ellos
habíamos tejidos lazos de fraternal amistad en
los atardeceres, en medio del océano, reunidos
en la popa de la motonave, cantando tonadas,
vidalitas y cuecas, conversando de nuestras
vidas, mientras el mate amargo pasaba de
boca en boca.
El martes 16 de julio, llegamos al gigantesco
puerto alemán de Hamburgo, en el río Elba.
Los integrantes de la
delegación chilena
somos invitados a la República Democrática
Alemana. Nos dirigimos en tren hasta la

hermosa región de Schwerin. El recibimiento
fue grandioso y muy fraternal. Permanecimos
diez días en un hermoso castillo medieval
(naturalmente modernizado en su interior), en
medio de un lago, donde funcionaba
un
campamento internacional de pioneros. Era de
sueño.

EN LA CAPITAL DE LA JUVENTUD DEL
MUNDO
Desde Schwerin, fuimos llevados en buses en
dirección noreste al cercano puerto de Rostock.
Luego de pasar unas horas en esa ciudad,
viajamos hacia el sur. Cruzamos la frontera con
Checoslovaquia y llegamos a Praga, la bella.
Allí almorzamos en grandes comedores. De
pronto gritos, que se alzan sobre las
conversaciones en la inmensa sala:
- ¡Primocho! ¡Pimocho!
Todas las miradas hacia gritón, que se acerca
corriendo precisamente hacia nosotros. Al
reconocerlo, casi me da un ataque: Era mi

primo Juanito Vargas Osorio. Abrazos para mí
y todos los chilenos que estábamos en la mesa
En esa ciudad se incorporó a la delegación.
Había salido de Chile en 1957 formando parte
de la delegación al VI festival de la Juventud y
los
Estudiantes,
realizado
en
Moscú.
Finalizado éste, después de viajar por la Unión
Soviética, se estableció en la República
Democrática Alemana. Había sido designado
intérprete oficial de los chilenos, pues ya
dominaba muy bien el idioma alemán, que es el
que se habla en el país sede del VII Festival.
Era hijo de mi tío Juan Vargas Puebla.
De nuevo en marcha. Pasamos la frontera de
Austria para arribar a su destino, Viena la
ciudad de los bosques, valses y del Danubio.
Convertida ahora en la capital de la juventud
del mundo.
En Viena vivimos otros diez días inolvidables.
Desde el 25 de julio, cuando participamos en el
gran acto inaugural en el Estadio Prater, hasta
el mitin de clausura, realizado el 4 de agosto
de 1959 en la plaza Heldenplatz,
donde
tenemos la oportunidad de escuchar, entre
muchos otros artistas,
al cantante negro

estadounidense Paul Robeson. Los alrededor
de cien delegados chilenos, junto a otros 18 mil
jóvenes venidos de 112 países, es decir de
toda la tierra, participamos en desfiles, actos
artísticos, encuentros entre delegaciones.
Juanito, como todos lo llamamos, se convierte
no sólo en un excelente intérprete, sino que es
el alma, el conductor de los chilenos. Hace de
todo, organiza y hasta se sube al escenario a
cantar cuando es necesario.
En Viena, que durante diez días se transformó
en la capital de la juventud el mundo, nos
encontramos con miles de jóvenes de todos los
países de la tierra, nos abrazamos, cantamos,
desfilamos,
presenciamos
maravillosos
espectáculos. Allí hicimos el compromiso de
entregar lo mejor de nosotros por la causa de la
Paz y la Amistad entre todos los pueblos del
planeta.
En ese festival percibí la fuerza de los jóvenes
del mundo. Nos sentíamos hermanos, pasando
por encima de todas las diferencias. Los
idiomas distintos no fueron obstáculo para que
nos entendiéramos.

ALGO SOBRE LOS FESTIVALES DE LA
JUVENTUD
El VII Festival es el primero que se realiza en
un país capitalista. El I tuvo lugar en Praga,
capital de Checoslovaquia, en 1947, donde se
reúnen 17 mil jóvenes de 70 países; el II, tiene
por sede Budapest, capital de Hungría, en
1949, al que concurren 20 mil jóvenes de 82
países; el III, se efectúa en Berlín, capital de la
República Democrática Alemana en 1951, a
donde llegan 26 mil jóvenes de 104 países; el
IV tiene lugar en Bucarest, capital de Rumania,
en 1953, participando 30 mil jóvenes de 111
países; el
V, se celebra en Varsovia, capital de Polonia en
1955, al que asisten 31 mil jóvenes
provenientes de 114 países; el VI, se celebra
en Moscú, capital de la Unión Soviética, en
1957, con la participación de 34 mil jóvenes
que llegan desde 131 países.
Todos los festivales han sido organizados por
la Federación Mundial de la Juventud
Democrática (FMJD) y en cada ocasión se ha
llevado cabo una feroz y muy bien financiada
campaña anticomunista contra ellos.

Pero con oportunidad del VII Festival, esas
acciones se extreman. Ello por dos razones:
porque se realiza en un país capitalista donde
puede ser más vulnerable la organización y
realización del encuentro mundial, y porque
sólo seis meses atrás triunfa la Revolución
Cubana, asestando un duro golpe a los
sectores más reaccionarios, y transformándose
en un potente estímulo a las fuerzas
progresistas de la tierra. En Francfort del
Meno, República Federal Alemana, se
establece un comando a cargo de la OTAN,
con el objeto de coordinar las acciones contra
la realización del Festival. Este comando envía,
por ejemplo, alrededor de seis mil activistas
para intentar frustrar la ceremonia inaugural en
el Estadio Prater. Pero la perfecta organización
llevada a cabo por la FMJD impide esa acción
saboteadora.
LA URSS Y EL REGRESO
La delegación chilena recibimos invitaciones de
varios países socialistas. Se hace un sorteo.
Cumplo mi sueño de visitar la Unión Soviética,
junto a parte de la delegación chilena. Estoy en

Moscú, Bakú y otras ciudades de la República
de Azerbaiján, junto al Mar Caspio.
Desde Moscú, el grupo que ha visitado la
URSS, iniciamos por tren su regreso hacia el
oeste. Es una larga travesía sobre rieles, que
pasa por territorio soviético, de
Hungría,
Checoslovaquia, Alemania Federal,
En Ámsterdam, Holanda, se reúne con el resto
de la delegación y se embarcan en la motonave
Alberto Dodero. Llegan a Buenos Aires 22 días
después de partir de Amsterdam. De ahí en
avión a Santiago. De la capital en tren a
Temuco, de ahí también en ferrocarril a Nueva
Imperial, que me pareció pequeño, mucho más
chico que antes de partir.
Regreso feliz. He cumplido varios de mis
sueños. Entre ellos, el de visitar la Unión
Soviética.

V.- MOTIN A ABORDO CON EL CAPITAN
AUSENTE
Estaba intranquilo. Eran días decisivos para
asegurar el éxito del Primer Congreso Regional

de las JJ CC de Cautín después de que el
Partido conquistara la legalidad. Era el CR el
responsable de esa importante tarea y yo en
Nueva Imperial, no pudiendo concurrir a la
sesión de control programada para el viernes.
Pero, por circunstancias que no recuerdo, se
suspendieron las clases del viernes en la
mañana. Logré que un auto me llevara (porque
no había tren a esa hora) y me dirigí
directamente al local ubicado en la esquina de
Bulnes con Miraflores en Temuco. Me
imaginaba
la audacia con que estarían
tomando las medidas para los actos
programados.
El CR se reunía en un cuartucho construido en
un rincón de la gran sala.
Me acerqué y escuché al camarada Alfredo que
decía:
- Bien, compañeros, estamos de acuerdo,
mañana le decimos al compañero Iván que el
Congreso Regional se posterga y punto...
No podía creer lo que oía. Decidí ver la
reacción de los otros. Habló Raúl:

- La palabra, compañero Manuel. Deseo insistir
en que me parece una cobardía adoptar este
acuerdo en ausencia del secretario y que la
fecha de nuestro Congreso fue fijada por el
Comité Central, teniendo en cuenta la
programación de las actividades relativas a la
realización del Cuarto Congreso Nacional. Por
otra parte, aún nos quedan dos meses por
delante y no veo razón para venir a plantear
ahora la postergación.
- El CR es un organismo leninista, intervino el
compañero Alfredo, y de acuerdo a las normas
leninistas la minoría debe acatar la mayoría.
Aquí hay sólo dos miembros del CR que no
están de acuerdo con mi proposición de
postergar el Congreso. Más el compañero Iván,
suman tres; tres contra seis. En segundo lugar,
aún no se consiguen dos cosas esenciales
para el Congreso: el Teatro Real y la Plaza
Teodoro Schmidt.
Más vale hacer una cosa buena con tiempo y
no algo mediocre apurado.
-Que el camarada Alfredo no venga a esconder
su irresponsabilidad citando las normas
leninistas. Él es el responsable de conseguir el

teatro y la plaza y no lo ha hecho. Todos los
otros aspectos están ya resueltos, planteó
Repetto.
- No le demos más vuelta al asunto. La
mayoría estamos por postergarlo, musitó Gaby.
- Apoyo a la compañera, señaló Lucho,
propongo que lo posterguemos para enero de
1960.
Bien, dijo Manuel, que presidía, votemos. Por
mantener la fecha, dos; por postergarlo, seis.
Se acuerda realizar nuestro Congreso Regional
en enero de 1960.
En ese momento golpeé la puerta del cuartito,
entré y les dije, intentando aparentar la mayor
calma del mundo:
- Buenas noches, compañeros. Veo que hay
motín a bordo.
Me miraron sorprendidos. Raúl y Repetto
sonreían con alegría. El resto muy serio.,.
desconcertado.
- Compañeros –agregué- les propongo que
sigamos la reunión afuera, en la sala grande,
donde hay más espacio, porque me interesa

conocer los argumentos para adoptar el
acuerdo que he escuchado.
- Habíamos terminado ya la sesión y es muy
tarde, objetó Alfredo.
- Si es así, cito a reunión extraordinaria del CR
para tres minutos más, en la sala del Regional.
¿Me apoya el resto del secretariado?
- Sí, exclamaron Raúl y Repetto.
No de muy buenas ganas algunos, pero todos
nos sentamos en torno a la verde mesa de ping
pong, a la que sacamos le red para que no
molestara. Propuse que presidiera Repetto, lo
que fue aceptado. Pedí la palabra, comencé
por hacer un breve análisis de la situación que
vivía el país, me referí al triunfo de la
Revolución Cubana. Señalé la importancia del
Cuarto Congreso de la Jota que se estaba
preparando y que nosotros mismos habíamos
aceptado la fecha para la realización del
Congreso Regional. Subrayé que la reunión
programada para hoy viernes era para hacer un
balance de cómo iban las cosas relacionadas
con nuestro evento regional y no estaba en el
orden del día discutir si se hacía en la fecha ya
acordada o se postergaba. Según la

programación nacional no hay posibilidad de
postergarlo, por tanto, lo correcto es votar si
queremos o no queremos realizar el Congreso
Regional.
VI.- SER O NO SER ESE ES EL ASUNTO
Planteada así las cosas, se ponía a los
compañeros en un duro aprieto. Dos
protestaron (Alfredo y Lucho) sobre la forma
en que se planteó la disyuntiva.
Repetto, tanto o más inflexible que yo, llevó
adelante la votación. Nadie se atrevió a votar
contra la realización del Congreso. Dos se
abstuvieron: Alfredo y Gaby.
Luego propuse que realizáramos un balance
del cumplimiento de las tareas para la
realización del Congreso. El resultado fue que
todas se habían cumplido menos dos:
conseguir el teatro y la plaza y que ambas eran
de responsabilidad de Alfredo.
Mi enojo era muy grande. No podía entender la
irresponsabilidad de Alfredo ni que el resto del
CR, menos Raúl y Repetto, se hubiese dejado
engatusar por él.

Sin ocultar mi malestar, propuse que de
inmediato fuera el compañero Alfredo,
acompañado por Raúl, al teatro Real, a una
cuadra de distancia de donde estábamos, a
conversar con el compañero Alberto Marvaldi,
un comunista italiano, gran ayudista del CR del
Partido.
Alfredo dijo que ya era muy tarde, que mejor él
iba mañana.
Pedí de nuevo la palabra y en forma muy dura
le dije si se negaba a cumplir una tarea que el
mismo había aceptado, mejor sería que
renunciara al CR. No se puede vivir a medias.
Ser o no ser ese es el asunto.
Se asustó Alfredo y aceptó ir. Repetto propuso
hacer un descanso mientras durara la gestión y
que él podría ir acompañando a los dos
compañeros. Ambas cosas fueron aceptadas.
A los 20 minutos, volvieron los tres felices.
Reanudamos la sesión. Alfredo dio cuenta de la
misión. Estaba eufórico. Puchas el camarada
paleteado, dijo refiriéndose a Marvaldi. Nos
arrendó el teatro, cobrándonos sólo los
impuestos municipales, o sea, muy barato.
Además nos facilitará gratis el equipo de

parlantes. Y no sólo eso. Cuando le contamos
lo de la plaza, tomó el teléfono, habló de
inmediato con el Alcalde, del cual es amigo, y
consiguió la autorización para ocupar la plaza.
Ambas cosas para fines de noviembre de este
año.
La memorable reunión de ese viernes dio un
gran impulso al trabajo de la Jota en Cautín.
En el último fin de semana de noviembre de
1959 realizamos un magnífico Congreso
Provincial, que contó con la presencia del
compañero Manuel Cantero, secretario general
de las JJ CC de Chile.
Las sesiones se efectuaron el viernes y el
sábado. Todo el CR fue reelegido y se
designaron los delegados al Cuarto Congreso
Nacional.
Las resoluciones señalaron continuar con el
trabajo pleno de audacia y de espíritu juvenil
que estábamos desarrollando.
El domingo en la mañana tuvo lugar el acto de
clausura en el Teatro Real.

Fue una masiva manifestación de combatividad
y alegría. El principal orador fue el compañero
Cantero.
En la tarde hubo una fiesta popular, al aire
libre, en la Plaza Teodoro Schmidt de Temuco.
Se veía linda con banderas chilenas y rojas,
con tantos jóvenes, muchos de los cuales
llevaban su rojo pañuelo al cuello.
Tanto el Congreso mismo, como los actos
efectuados en su marco, mostraron que la Jota
de Cautín continuaba marchando viento en
popa.

CAPÍTULO DECIMO “MAPUCHE, COPIHUE,
PELLÍN...”

I.- EL CUARTO CONGRESO NACIONAL DE
LAS JJ CC
Finalizado el año escolar en Nueva Imperial,
viajé a Llo-Lleo a casa de mis padres. Deseaba
estar algunos días allí, antes de dirigirme a
Santiago, donde debía participar en los
preparativos del Cuarto Congreso Nacional de
las Juventudes Comunistas.
Era el 18 de febrero de 1960. Estaba en la
sede del CC de la Jota, en Avenida Matta, en
Santiago, en reunión de la comisión encargada
de preparar el acto inaugural del Congreso, de
la cual formaba parte, cuando escuchamos:
“Mapuche, copihue, pellín,
Cautín, Cautín, Cautín
Juventudes Comunistas de Cautín...”
Los que estaban en la sesión nos levantamos y
salimos a mirar. Venían llegando los
compañeros que, junto conmigo, constituíamos
la delegación de nuestro CR al Cuarto
Congreso. Nos abrazamos jubilosos. Los recién
llegados venían con sus camisas o blusas
blancas, luciendo el rojo pañuelo al cuello.

Después de los saludos, se les ofreció té, café
y sandwichs. Nos contaron las últimas
novedades ocurridas en la provincia. Como
venían cansados con el largo viaje en tren,
fueron llevados a
diferentes casas de
compañeros,
poniéndonos
de
acuerdo
previamente, donde nos juntábamos la mañana
siguiente para trabajar el Informe del CR, cuyo
proyecto se me había encargado escribir.
A las 9 de mañana del 19 de febrero nos
encontramos la delegación. Estuvimos todo el
día elaborando nuestro informe.
El sábado 20 se inauguró el Congreso con un
gran acto en el Parque Bustamante, junto al
monumento de Manuel Rodríguez. Este se
inició con un hermoso festival folklórico, cuya
figura central fue Violeta Parra.
“El Siglo” al día siguiente informaba:
“Desde las 17 horas comenzaron a llegar las
delegaciones de las diversas comunas y
provincias, coreando sus gritos de batalla:
‘Somos del acero, somos del carbón,
Juventudes Comunistas de Concepción’,
gritaban los jóvenes penquistas. ‘Mapuche,
copihue, pellín, Juventudes Comunistas de

Cautín’, les respondían los delegados de esa
provincia”.
En la mañana del domingo 21, con gran
despliegue y combatividad, cientos de jóvenes
venidos de todas las provincias y muchos de la
capital, nos congregamos en el Teatro
Balmaceda para escuchar el Informe Central,
rendido por el compañero Manuel Cantero.
Finalizado éste, se anunció que en nombre del
Partido hablaría el miembro de su CC, Juan
Vargas Puebla. Entonces, nos pusimos de pie y
cantamos La Internacional.
El Congreso continuó por la tarde con una
asamblea plenaria en la sede del CC del
Partido, en Teatinos 416. Después los 134
delegados nos dividimos en cinco comisiones y
nos fuimos a sesionar en el local de la FECH.
Proseguimos el lunes el trabajo de comisiones
el lunes 22. Cuando a las 19 horas de ese día,
nos trasladábamos hacia la sede de Teatinos
416, para sesionar en plenaria, fuimos
brutalmente apaleados por carabineros, frente
–gran ironía- a los Tribunales de Justicia.
Marchábamos por la vereda, cantando, sin
provocar desorden alguno. Éramos un Partido

legal, pero eso no fue impedimento para que
las fuerzas del “orden” nos reprimieran.
Gobernaba el inefable Jorge Alessandri
Rodríguez.
El apaleo no detuvo el desarrollo del Congreso.
Recuerdo que nuestro informe fue bien
recibido. Planteamos en él la necesidad de
tener una Jota capaz de ganar y educar a miles
de
jóvenes.
Subrayamos
que
era
imprescindible saber actuar con flexibilidad, no
forzando a los jóvenes dejar de ser tales,
contribuir a fortalecer la personalidad de cada
militante y ayudar a la educación políticaideológica de ellos.
Refiriéndonos a la flexibilidad en el trabajo,
citamos una leyenda griega, la del lecho de
Procusto. Este era, según la mitología griega,
un cruel bandido que asolaba la región del
Atica, donde se encuentra Atenas.
Los
prisioneros eran tendidos en un lecho de hierro.
Si eran más chicos que el lecho, los estiraban
hasta que alcanzaran su tamaño. Si resultaban
más largos, los cortaban en la medida de la
cama del bandido. En ambos casos, las
víctimas morían.

La Jota, concluíamos, no puede ser el lecho de
Procusto, donde todos los jóvenes se sientan
obligados a someterse a métodos que no están
de acuerdo con lo que es. No todos los jotosos
podemos ser iguales. Las JJ CC deben ser una
organización en que cada joven se sienta a
gusto y donde, al mismo tiempo, encuentre la
posibilidad de combatir por la más elevada de
las causas, que es la de contribuir a forjar un
mundo mejor.
En el último día, martes 23 de febrero, hubo
votaciones para designar el Comité Central.
Resulté reelegido. Éramos 25 miembros, entre
ellos cuatro compañeras. Una de éstas era
Gladys Marín, a quien conocí en ese evento
juvenil. Al constituirse el nuevo CC, elegimos a
Mario Zamorano como secretario general.
Manuel Cantero y otros dos compañeros que
habían sido miembros del CC y promovidos al
Partido, fueron despedido con un emotivo
discurso por el camarada Carlos Jorquera (a
quien llamábamos Carucho).
Finalmente intervino Juan Vargas Puebla.
La delegación de Cautín regresó feliz de ese
gran IV Congreso juvenil. No sólo traía

importantes nuevas experiencias. También
una biblioteca, pues la joven guardia de la
tierra de los rojos copihues había sido
nuevamente premiada por su excelente
trabajo.
II.- MAYO DE 1960: SISMO Y SOLIDARIDAD
El llamado terremoto de Valdivia alcanzó a 9,5
grados de magnitud en la escala Richter y una
intensidad XII en la escala de Mercalli . Duró 10
minutos. Dejó 6.000 muertos y más de mil
desaparecidos. En Valdivia, el 40% de las
casas quedaron destruidas; varios pueblos
fueron barridos por la fuerza de las olas.
El sismo del 22 de mayo de 1960 abarcó 13
provincias desde Talca a Chiloé, once de las
cuales habían sido afectada por un sismo el día
anterior, el que alcanzó una magnitud de 7,5
grados en la escala Richter y una intensidad de
VII en la escala de Mercalli. La zona más
afectada ese 21 de mayo fue Concepción.
En Temuco el remezón del 22 de mayo fue
fuerte y prolongado. Los edificios de altura se
cimbraron, pero resistieron. El Intendente de
Cautín,
el poderoso latifundista Oscar
Schleyer, designado por el Presidente Jorge

Alessandri Rodríguez, aseguró que
en la
provincia todo marchaba sin novedad alguna.
Dos días después, el 24 de mayo, un piloto civil
sobrevoló el litoral costero de la provincia, y
“descubrió” que tres pueblos y numerosas
comunidades mapuches habían sido barridos
por las olas. Así ocurrió con Toltén, Queule y
Puerto Saavedra. Fueron borrados del mapa.
En ese último pueblo, sólo una casa resistió los
embates de las tres inmensas olas,
que
arrastraron al resto 2 kilómetros tierra adentro.
De sus 2.500 habitantes, 50 murieron
ahogados. Los otros alcanzaron a correr hacia
los cerros, alertados por las sirenas de los
bomberos. Algunos se salvaron subidos a los
árboles.
Peihueco, un pueblito indígena del interior de la
provincia, fue sepultado por un alud de tierra.
Murieron 300 mapuches y desaparecieron otros
50. Mayor número de víctimas hubo en las
comunidades costeras.
Contrariamente a lo afirmado por el Intendente,
en Cautín había novedades y dramáticas. Los
damnificados del maremoto, que perdieron
todo lo que tenían, debieron permanecer sin

ayuda alguna durante 48 horas. Y la inmensa
mayoría de ellos eran gente pobre, que
quedaron más pobres con los sismos y con la
insensibilidad de un gobierno que no era el
suyo.
Los habitantes de Puerto Saavedra, que no
contaban con familiares en otras localidades a
donde ir, fueron distribuidos en diferentes
lugares. Muchos fueron llevados a Nueva
Imperial. Para cien familias se organizó un
“Refugio” en el Liceo de Hombres, donde yo
era Inspector General. Las salas de clases se
transformaron en dormitorios-comedores; la
Inspectoría General, en despensa o bodega.
Todo el personal del establecimiento asumió
diferentes responsabilidades. A mí me
correspondió quedar a cargo de la despensa,
ayudado por varios alumnos, especialmente
militantes de las Juventudes Comunistas.
Debíamos conseguir alimentos y distribuirlos
diariamente entre las cien
familias de
damnificados, de acuerdo al número de
miembros de cada una.
La situación de los “refugiados”, entre los
cuales había muchos niños, era desesperante.

No tenían nada.
Dormían en el suelo,
contando sólo con algunas frazadas. La ayuda
recibida de las autoridades fue muy escasa,
por no decir nula.. Por eso constituimos
brigadas que recorrían el comercio y los
vecinos solicitando la cooperación.
El personal del liceo y una buena cantidad de
alumnos debíamos trabajar todo el día en la
atención del Refugio. En las noches dejábamos
turnos de emergencia.
El Gobierno de los gerentes mostró su
insensibilidad. No sólo no envió la ayuda
mínima, sino, que en manos de sus
funcionarios, se esfumó o se desperdició
gran parte de la importante ayuda solidaria
que llegó de diferentes países.
Muy
comentado en la zona fue el caso de un
camión del Ejército, repleto de ayuda, que
salió desde el
Regimiento Tucapel de
Temuco (los militares eran los encargados
por el Ejecutivo de concentrar y distribuir la
ayuda) con destino a Nueva Imperial y en
los 35 kilómetros existentes entre ambas
ciudades desapareció.
Estaba un día en la bodega, cuando vino
corriendo un alumno. “Llegó un camión grande
y una persona preguntó por usted”, me dijo.

Rápidamente me dirigí a la puerta del liceo. Allí
estaba un hombre moreno, con pinta de
campesino o minero, al que no conocía. Nos
saludamos. Hablando en forma lenta, sin
levantar la voz (después comprobé que era su
manera de hablar), me preguntó si era el
compañero
Iván.
Al
responderle
afirmativamente, se presentó: “Soy César
Cerda, dirigente de la CUT, y vengo a cargo de
un camión con el aporte reunido por los
trabajadores para ayudar a aliviar la suerte de
los damnificados que están en este refugio.
Otros camiones iguales que éste han sido
enviados a otros lugares. En Santiago, en el
Partido, me dieron su nombre”.
La contribución que llegaba era
muy
importante: colchones, frazadas, alimentos,
ollas, platos, tazas, etc. Los funcionarios del
liceo, alumnos y damnificados trasladamos
todo eso a una sala desocupada y luego, en
base a una lista que tenía el compañero Cerda
y con la presencia de un representante de cada
grupo familiar, distribuimos la ayuda entre las
cien familias, según el número de miembros de
cada una de ellas.

Habiéndose entregado las cosas, se efectuó
una asamblea a la que concurrieron todos los
damnificados en condiciones de hacerlo, el
personal del establecimiento, alumnos y
algunos vecinos. Allí hubo una velada artística
y habló César Cerda. Explicó cómo los
trabajadores habían reunido la ayuda. Que así
entendía la CUT la solidaridad de clase. Uno de
los damnificados agradeció emocionado,
señalando la diferencia del trato que ellos
habían recibido del gobierno y por parte de
los trabajadores.
Casi justamente 16 años después, el 19 de
mayo de 1976, ese obrero que llegó con el
camión solidario a Nueva Imperial, fue detenido
por agentes de la DINA y pasó a formar parte
de la lista de detenidos desaparecidos.
III.- PUERTO SAAVEDRA
DESPUÉS DEL MAREMOTO

DOS

MESES

Un viernes de julio de 1960, aprovechando que
teníamos vacaciones de invierno, viajé a Puerto
Saavedra, pueblo de Cautín, que en mayo
había sufrido los embates de un terrible
maremoto, que lo destruyó totalmente, y a

partir de ese momento,
soportó
insensibilidad de las autoridades.

la

Un hecho increíble fue que, después de ese
sismo del 22 de mayo de 1960, el Intendente
de Cautín, un momio latifundista de apellido
Schleyer, comunicó que en la provincia no
había novedades. Tres días después, un
aviador civil que sobrevoló la zona costera
“descubrió” que Puerto Saavedra, Toltén y
Queule,
más
numerosas
comunidades
mapuches, habían sido barridas por el
maremoto y sus pobladores, que lo perdieron
todo, pasaron largas horas, sin recibir ayuda
alguna: ni alimentos, ropas ni medicinas.
Gobernaba el país Jorge Alessandri Rodríguez.
El invierno era inclemente. Torrenciales lluvias
estaban cayendo desde hacía días. La micro
en que viajaba apenas podía avanzar por esos
caminos de tierra, transformados en barrizales,
inundados en grandes extensiones.
Llegamos a Puerto Saavedra. Era de noche,
hacía frío y llovía. En el paradero me esperaba
Esterlino Pérez, secretario de la base de la
Jota, junto a otros compañeros. Estaban
empapados. Recibieron muy fraternalmente y

con mucha alegría al
Regional.

dirigente del

Comité

Nos dirigimos a la casa de Esterlino, en donde
después comer algo y sobre todo tomar una
taza de té muy calientito, realizamos una
conversación con parte de los militantes de la
única base existente en ese lugar. Elaboramos
un plan de trabajo para los días en que
permanecería en ese lugar.
Seguía lloviendo y soplaba un fuerte viento,
cuando en la mañana siguiente, salimos con
Esterlino. Era sábado. Algunos pobladores cuyas
viviendas
habían
quedado
reconstruíbles, entre ellos la del camarada
Pérez- seguían residiendo en donde estuvo el
pueblo antes del maremoto.
Pero otros, la mayoría, se habían ido a la
llamada “Población de Emergencia”. Y hacia
ella nos dirigíamos. No había camino. Nos
enterrábamos en un barro pegajoso. Sólo
gracias a unos palos que nos servían para
afirmarnos, podíamos mantenernos en pie. Las
ráfagas de viento nos golpeaban el rostro y nos
impedían avanzar más rápido. Íbamos
estilando. Demoramos mucho en recorrer esa

distancia, que no era muy grande. A pesar de
todas las precauciones, nos caímos dos o tres
veces, quedando hartos embarrados.
En el recorrido había presenciado
un
espectáculo que mostraba la insensibilidad
del gobierno de los gerentes: una docena de
lanchas para los pescadores de esa
localidad, donadas por Suecia, estaban
botadas. No se podían usar pues los
“desconocidos de siempre” se habían
apropiado de los motores fuera de borda.
También se estaban arruinando 10 casas
donadas por ese mismo país, que los
funcionarios de CORVI no habían distribuido, a
pesar de que muchos pobladores carecían de
ellas.
Insensibilidad, robos, tramitación, esa fue la
tónica de la actitud de los funcionarios del
Gobierno de Jorge Alessandri Rodríguez, a
quienes sus propagandistas llamaron el
“paleta” (el amigo de los pobres) durante la
campaña presidencial de 1958.
Llegamos a la población de emergencia, que
había sido levantada hacía muy poco tiempo.
Eran mediaguas, sin las más mínimas
comodidades.

El objetivo de nuestra visita era conocer en el
terreno las condiciones que vivían los que
habían sufrido las furias del maremoto y, al
mismo tiempo, conversar con los jotosos que
residían en esa población y citarlos para una
reunión de la base que tendríamos esa tarde.
Asistieron todos. En nombre del CR entregué
un informe sobre algunos aspectos de la
situación internacional, sobre la realidad
nacional y planteé las principales tareas que
teníamos los jóvenes comunistas. Hubo
preguntas, comentarios, cambios de opiniones.
Luego de un informe entregado por Esterlino
sobre los problemas que golpeaban a Puerto
Saavedra, nos dedicamos a analizarlos y a
determinar cuál era la necesidad más urgente
de los habitantes de la localidad a la que
nosotros, como jotosos, podíamos contribuir a
solucionar, mostrando en la práctica que los
comunistas estábamos por la solución de los
problemas y no nos quedábamos sólo en las
críticas, muy justas por lo demás, a las
autoridades incapaces.
Un compañero dio en el clavo: un camino.
Construir un camino, hacer transitable el tramo

entre el antiguo Puerto Saavedra y la población
de emergencia.
Hubo aprobación inmediata y comenzaron a
brotar las proposiciones concretas. Era
necesario conseguir el apoyo de los vecinos,
para acarrear piedras y ripio, contar con palas,
carretas y que le pusieran el hombro junto con
nosotros. Hablar con el Alcalde para ver si la
Municipalidad aportaba con algo...
Nos distribuimos las tareas y salimos a
cumplirlas bajo la lluvia y el viento que no
daban tregua. Yo acompañé a dos camaradas
para conversar con algunos vecinos. Algunos
recibieron la iniciativa con entusiasmo. Otros,
con dudas iniciales, pero al final, se cuadraron.
Todos aceptaron iniciar los trabajos al día
siguiente, en la mañana del domingo.
Conseguimos palas, varias carretas, incluso un
camión y muchos voluntarios. Con el Alcalde,
un democratacristiano, nos fue mal. Tramitó.
Dijo que primero debía convocar al Municipio y
ver en que podían ayudar... Esterlino, que era
duro de mechas, le respondió que, menos mal
que para el día del maremoto no hubo
necesidad de reunir a la Ilustrísima

Municipalidad primero, para salir arrancando a
los cerros...

IV.- CONSTRUYENDO EL CAMINO
Era hermoso y emocionante contemplar
trabajando a cientos de personas bajo la lluvia
esa mañana de domingo. Unos, pala en mano;
otros, manejando las carretas y el camión. Un
grupo estaba en el lugar desde donde se traían
las piedras y el ripio, cargando los vehículos.
Nos sorprendió ver llegar un tractor con un
acoplado, con palas, enviado por la
Municipalidad. Un vecino nos explicó el
“milagro”: cuando se corrió la noticia de la
respuesta del Alcalde, un grupo de sus
camaradas fue a encararlo. Les dijeron que era
una vergüenza que cuando los jóvenes
comunistas tomaban una iniciativa que debió
ser de él, se negara siquiera a colaborar. Que
esto no lo olvidarían para las próximas
elecciones municipales... (Y no lo olvidaron
Esterlino Pérez fue elegido en esos comicios
como regidor por la Comuna de Saavedra).

En el lugar de las faenas colocamos una
bandera chilena y una de las Juventudes
Comunistas.
Yo también le puse el hombro con la pala.
Pronto me dolían manos y brazos, pero no
podía flaquear. Miraba con orgullo a los
jotosos, todos en la primera línea, organizando
y dándole duro a la pala.
A mi lado se afanaba un hombre ya viejo. En
un descanso, en que varias mujeres
encabezadas por jotosas nos traían algo para
beber y comer, se me acercó y me dijo:
- Sabe usted, señor, a mi no me gustan los
comunistas, pero pucha la idea güena que
tuvieron. Y están trabajando en serio. Ayer,
cuando conversaron conmigo, les dije que lo
pensaría. Tenía mis dudas. Hoy vine a echar
una mirá primero. Luego fui a buscar la pala y
aquí me tiene...
Continuamos la faena. Estábamos empapados,
tanto por la lluvia, que caía menuda y
mojadora, como por la traspiración.
En la pausa de medio día, mientras almorzaba
en casa de Esterlino me informaron que Puerto

Saavedra estaba aislado. Todos los caminos
cortados. No pueden pasar los vehículos y esto
durará a lo menos diez días.
Tomé las cosas por el lado positivo. La
obligada prolongación de mi permanencia en
Puerto Saavedra, la aprovecharía en continuar
colaborando en la construcción del camino y
contribuir al fortalecimiento de la Jota. En este
aspecto les entregué un cursillo sobre el
Partido que realizábamos en las mañanas
antes de tomar las palas.
En cinco días terminamos el camino. Las
últimas jornadas, afortunadamente,
sin
compañía de la lluvia.
El viernes en la tarde, efectuamos un sencillo
acto. Hubo números artísticos y discursos.
Esterlino Pérez hizo entrega oficial del camino
a la comunidad de Puerto Saavedra. Varios
vecinos tomaron la palabra para agradecer a
los comunistas.
Hablé al final. Dije que la idea del camino
había sido buena, pero que ella se hizo
realidad cuando fue tomada como suya por
cientos de vecinos.

Enfaticé en que el camino construido era todo
un símbolo, de que puede hacer un pueblo
cuando se une.
Todos estábamos felices, los jotosos en primer
lugar. Habían hecho algo en Puerto Saavedra
que perduraría, como un hermoso ejemplo.
Las lluvias habían cesado, sin embargo las
aguas no bajaban. Puerto Saavedra estaba
aislado y me aseguraban que durante varios
días no correrían micros.
Dos compañeros que necesitaban urgente
viajar a Carahue, me propusiéramos que
hiciéramos a pie ese trayecto de unos 40
kilómetros. Tendríamos que caminar por arriba
de los cerros. Aseguraron que no nos
perderíamos, que ellos habían hecho antes
ese recorrido.
Los jotosos de Puerto Saavedra me
despidieron con
enorme fraternidad. Muy
agradecidos por mi ayuda.
Les dije que era yo que debía agradecerles por
la lección de responsabilidad y de pasión
revolucionaria que habían dado.

El trayecto entre Puerto Saavedra y Carahue
fue difícil. Llegué muy cansado, pero feliz, a
esta última ciudad. Allí tomé el micro que me
condujo hasta Temuco, pues ese camino
estaba transitable.

V.- DESPIDIENDO AL HIJO DEL SALITRE
Viernes 17 de febrero de 1961. Estábamos en
plena campaña parlamentaria, que culminaría
el próximo 4 de marzo.
Eran alrededor de las 20,30 horas. En el local
del CR del Partido, en la esquina de Bulnes con
Miraflores, en Temuco, nos habíamos reunido
una gran cantidad de comunistas.
No
acudíamos
con motivo de la campaña
electoral. Lo que nos preocupaba ahora es la
salud del camarada Elías Lafertte.
Alguien trajo una radio y escuchábamos. El
noticiario de las 21 horas dio la información
que temíamos:

-Ha muerto Elías Lafertte Gaviño, presidente
del Partido Comunista chileno.
Un compañero apagó la radio y se hizo un
silencio impresionante. Por muchas mejillas
corrieron lágrimas. De pronto una voz
enronquecida quebró ese silencio:
- Compañero Elías Lafertte...
- ¡Presente, ahora y siempre!,
Rrespondimos todos, levantando nuestro puño
derecho en homenaje al querido dirigente
obrero.
Poco después, se reunió el CR del Partido. Se
designó a una delegación de seis camaradas,
incluyendo dos de la Jota, para asistir a los
funerales.
Viajamos en el tren nocturno del día siguiente,
para llegar a la capital el 19 de febrero. Era un
hermoso día de verano. Nos dirigimos a la sede
del Comité Central del PC, en Teatinos casi
esquina Compañía.
En el salón principal estaba la capilla ardiente.
A pesar de ser muy temprano estaba lleno de
gente, la mayoría de la cual
había
permanecido allí toda la noche.

Junta a la urna que contenía los restos del
compañero Lafertte, hacía solemne guardia de
honor un grupo de dirigentes sindicales. A los
pocos minutos la reemplazó una delegación del
CR de Concepción. Luego,
periodistas
comunistas.
Y se sucedían las guardias. Cientos de
hombres, mujeres y jóvenes militantes, amigos,
de
otras
colectividades
políticas
y
organizaciones
sociales,
independientes,
rendían homenaje al hijo del salitre. Nosotros,
los comunistas de Cautín, también tuvimos ese
honor.
En la tarde, partió desde la sede del CC, una
multitudinaria, triste pero combativa marcha
hacia el Cementerio General. Miles y miles de
personas caminábamos, llevando banderas del
Partido y de las Juventudes Comunistas,
cantando La Internacional, el Canto a la
Pampa, gritando sin cesar:
- Compañero Elías Lafertte...
- ¡Presente, ahora y siempre!
En la Plazoleta del Cementerio General, en
avenida La Paz, tuvo lugar un mitin de

despedida, en la que intervinieron varios
oradores.
Luego, una delegación de 100 militantes,
designados por el CC, -entre los cuales tuve el
honor de estar- acompañó los restos del
camarada Lafertte, al interior del cementerio,
hasta su tumba. Ahí les dimos el último adiós al
inolvidable y querido compañero. Se elevaron
las notas de La Internacional. También del
Canto a la Pampa, canción en recuerdo de la
masacre perpetrada por soldados del ejército y
de la marina, en la Escuela Santa María de
Iquique el 21 de diciembre de 1907. Allí, el
entonces joven Elías Lafertte había tenido su
bautizo de fuego, hacía 54 años atrás.
VI.- EL CAMARADA JOSÉ GONZÁLEZ
- Leí su artículo que aparece hoy en el diario,
me dijo el compañero José González. Lo
encontré muy bueno. Estas cosas ayudan
mucho al Partido. Lo felicito.
Estábamos en el local del CC de las JJ CC en
avenida Matta. Era el viernes 30 de marzo de
1962. Yo había viajado a la capital para

participar en un pleno del CC de la Jota. Aún
era temprano y conversaba con el dirigente del
CC del Partido, que venía a participar en
nuestro evento.
El artículo a que se refería el compañero José
González, venía en la página 2 de “El Siglo” de
ese día, en un recuadro. Eran 35 líneas. Lo
había titulado “Savia Nueva”. En él decía:
“La Dirección Regional Cautín del PC, elegida
en su Sexto Congreso, tiene como una de sus
características sobresalientes la juventud de
muchos de sus componentes. Cuatro de sus
miembros titulares y uno de sus suplentes,
forman parte de las promoción de 15 dirigentes
de las Juventudes Comunistas que han pasado
a ocupar cargos de responsabilidad en distintos
organismos partidarios de la provincia...”
Finalizaba: “Este hecho demuestra que las
Juventudes Comunistas son un verdadero
semillero de dirigentes, una magnífica escuela
de cuadros, jugando acertadamente una de las
funciones para las cuales fueron creadas. Es
indudable que la nueva savia vitalizará el
accionar del Partido Comunista en las bellas
tierras de los mapuches, copihues y pellines”.

En las palabras del compañero José González
no había un ápice de falsa alabanza ni la
intención de quedar bien. Él era un camarada
muy sencillo, cordial, fraternal y profundamente
honesto. Era un auténtico obrero pampino.
Poseía una gran calidad humana. Se
preocupaba de cada compañero, sabía
estimular, ayudando así a formar nuevos
dirigentes. Era querido y respetado en el
Partido y en las JJ CC, y por todo quien lo
conociera.
Tenía autoridad para opinar sobre el valor del
aporte juvenil al Partido.
Él mismo había sido dirigente de la Jota entre
1936 y 1938.
Hijo de campesinos pobres, había asistido sólo
unos años a la escuela primaria, pues debió
trabajar desde niño. A los 16 años era obrero
en
la oficina salitrera San José. Estudió
primero por su cuenta, luego en las filas del
Partido. Por sus cualidades humanas, su
capacidad, experiencia y responsabilidad, llegó
a ser miembro del Comité Central, ocupando
desde 1963 el cargo de subsecretario del
Partido Comunista.

Tuve la oportunidad de estar varias veces con
el camarada José González, tanto en Temuco
como en Santiago. Intenté aprender de él.
A su trato fraternal, a su calmada y paciente
manera de explicar las cosas, unía una gran
firmeza ideológica, no transaba con aquellos
que intencionalmente actuaban contra los
intereses del Partido.
De manera siempre muy respetuosa, corregía
defectos y errores en el trabajo, demostrando
gran consideración por cada camarada.
En 1967 nos golpeó muy duramente la noticia.
En un accidente de aviación, ocurrido cerca de
Bratislava, Checoslovaquia, el 24 de noviembre
de ese año, habían perdido la vida un grupo de
valiosos dirigentes comunistas de varios
países, entre ellos nuestro camarada José
González.
Sentimos un profundo dolor. Perdíamos a un
magnífico dirigente, a un compañero ejemplar,
a un amigo inolvidable.

CAPÍTULO DÉCIMO PRIMERO: ÚLTIMOS
MESES EN LAS JJ CC
I.- UNA TINCADA JUSTFIFICADA
En marzo de 1963 regresé de mi segundo viaje
a la Unión Soviética, esta vez para asistir a una
escuela de cuadros. Integraba un grupo de
siete chilenos, entre ellos la compañera Marta
Ugarte
y Víctor Cantero, dos excelentes
camaradas. No todo fue estudio. Por ejemplo,
visitamos la República Socialista Soviética de
Armenia, donde permanecimos cerca de un
mes.
Llegué justo para votar en las elecciones
municipales y nos incorporamos de inmediato a
la tercera campaña presidencial de Salvador
Allende.

Ha habido ocasiones que he tenido tincadas
que han resultado acertadas.
Una de esas tuvo lugar un sábado de abril de
1963 en Temuco.
Eran cerca de las 18 horas. Caminaba por calle
Lagos en dirección Manuel Montt, donde
estaba ubicada la secretaría de la candidatura
de Allende. De pronto veo que viene el auto de
un abogado del Partido, junto a él su esposa,
detrás un fotógrafo (estos tres eran militantes
comunistas) y una cuarta persona que no
conocía.
Asocié lo que observaba, con las extrañas
posiciones que los tres conocidos que viajaban
en el vehículo, y otros profesionales del
Partido, que habían tenido en un reciente
ampliado efectuado en Temuco. Eran
coincidentes con la política del PC Chino.
El médico Edmundo Salinas, que militaba en la
misma célula a la que pertenecían ellos, había
denunciado en el CR, del cual era miembro,
las desviaciones de esos camaradas. Planteó
derechamente que, en su opinión, sustentaban
posiciones maoístas y constituían una fracción.
Yo coincidía plenamente con Edmundo. Pero el

resto del CR del Partido no participaba de
nuestra opinión. Incluso, se nos acusaba de
tener prejuicios y pretender ver bajo el
alquitrán.
Estaba reflexionando
caminaba por Lagos,
misma dirección del
Mancini, profesor del
Temuco.

esas cosas, mientras
cuando vi pasar en la
anterior, el auto de
Liceo de Hombres de

Ya no tuve dudas. Ahí había gato encerrado y
gato pekinés, para ser exactos. Estos van a
reunirse como fracción, me dije.
Corrí al local de la candidatura de Allende,
donde sabía iba a encontrar a los tres
miembros del secretariado del CR del PC. Les
relaté lo visto y mis deducciones.
Me escucharon con calma y paciencia.
Replicándome que eso no probaba nada. Que
cualquier podía andar en auto; que por tener
alguna concepción errada, no se puede tener
entre ceja y ceja a ningún militante; que no
podía confundir la vigilancia revolucionaria con
vigilancia policial.

En resumen, que no me dejara llevar por mi
gran imaginación.
Me despedí, picado, de los compañeros. No
desistí de mi idea. Me dirigí a casa del
compañero Salinas, que vivía a unos metros de
allí.
Apenas le relaté lo visto, Edmundo gritó
entusiasmado:
- Al fin vamos a pillar a esos pekineses con las
manos en la masa. Incluso te puedo asegurar
donde están reunidos, en casa del otro médico
de mi célula. Él vive precisamente en dirección
hacia donde pasaron los vehículos. ¡Vamos
para allá al tiro!
Subimos a su heroica citroneta (le decíamos la
“guerrillera”). Y partimos en dirección a la calle
Andrés Bello. Dejamos el vehículo a cierta
distancia de la vivienda del médico. Desde lejos
vimos estacionados, frente a esa casa, los
autos del abogado y del profesor.
- ¿No te decía?, exclamó Edmundo. Ahí están
reunidos esos chinos cochinos.
Ya había oscurecido. Nos acercamos hasta
ponernos junto a la ventana del living. Las

cortinas estaban cerradas. No podíamos ver,
pero sí escuchar. Hablaba el abogado, su voz
es inconfundible. Se refería al “compañero de
Concepción que nos visita”.
Después intervino el aludido. Explicó que
maduraban las condiciones para eliminar de la
Dirección Central del Partido a los elementos
revisionistas e imponer una línea política
consecuentemente revolucionaria...

II.- “¡ADELANTE, COMP...!”
No escuchamos más. Fuimos a donde
habíamos dejado la citroneta
y partimos
rajados a informar al secretariado del CR. Ya
no eran fantasías. Las pruebas existían. Los
fraccionalistas estaban reunidos complotando
contra el Partido.

Se tomaron rápidamente las medidas para
sorprender a los “chinos”. Fue citado un grupo
de probados militantes.
A las 22 horas de una ya fría noche de abril,
cerca de 30 comunistas estábamos frente a la
casa señalada. Algunos dirigentes escuchaban
junto a la ventana. La mayoría esperaba en
silencio. Un grupo se apostó detrás de un bajo
muro que separaba la calle de la línea férrea.
Las instrucciones eran precisas. Cuando se
abriera la puerta de calle, avanzaríamos todos
formando un semicírculo. De lo que se trataba
era que los fraccionalistas, nos vieran y
supieran
que
estaban
identificados
y
sorprendidos in fraganti. Ningún insulto,
ninguna provocación.
Eran las 0 horas. Estábamos calados de frío
con la larga espera. Algunos zapateaban para
calentar los pies. El compañero Seguel iba
muy seguido a orinar a unas zarzamoras que
crecían por el lado de la línea del ferrocarril de
la pared ya descrita. En una de esas lo
sorprendí llevándose algo a la boca. Era una
botella. Me acerqué a él y, al verse
sorprendido, me dijo: es para calentar un poco

el cuerpo no más. Hace un frío de los mil
demonios. Y más encima, ando
recontra
resfriado...
No alcance a responderle. En ese instante se
acercó un camarada a avisarnos que parecía
que la reunión estaba terminando. Nos
preparamos para avanzar en el momento
indicado.
El compañero Seguel, para darle más color, se
subió a la pequeña pared, junto a las
zarzamoras. Cuando se abrió, por el fin, la
puerta, gritó, como un general en una batalla:
“Adelante, comp...”
Pero parece que tomó
demasiado impulso (o había tomado mucho del
otro) y cayó de espaldas en medio de la
zarzamora.
Mientras íbamos hacia la puerta, formando un
perfecto
semicírculo,
continuábamos
escuchando sus gritos. No eran una arenga,
sino ayes y garabatos, pidiendo ayuda. Pero no
podíamos auxiliarle en ese momento, lo
primero era lo primero.
Recuerdo la cara de sorpresa y temor de los
fraccionalistas. Estaban pálidos. Eran siete. El
abogado, su compañera, dos profesores del

liceo, el fotógrafo, la visita de Concepción y el
dueño
de
casa.
Seis
se
subieron
apresuradamente a los dos autos y partieron.
El médico, anfitrión del encuentro, se acercó a
conversar con nosotros con su amabilidad de
siempre. Dijo que sentía en el alma lo ocurrido.
Yo creo que era sincero.
Otro que también lo sintió mucho, pero de
distinta manera, fue el camarada Seguel. Sintió
los fuertes pinchazos de las espinas de las
zarzamoras.
Salió, con ayuda de varios compañeros,
echando garabatos a los “chinos maricones”,
porque por su culpa había quedado todo
rasguñado.
Los siete comprometidos con esa fracción
fueron llamados a conversar uno por uno. Se
intentó que se mantuvieran en el Partido. Pero
todos abandonaron las filas. Al único que sentí
realmente que se fuera, fue al médico en cuya
casa se había efectuado la reunión.

III.- SENTIMIENTOS ENCONTRADOS
Era julio de 1963. El tren corría rumbo a
Santiago. Sentado en un coche de tercera,
contemplaba a través de la ventanilla el bello
paisaje de la zona central de Chile: campos,
vestidos con las más increíble tonalidades de
verde, alumbrados por un débil sol de invierno;
hileras de álamos, que iban cambiando de
posición, los más cercanos a la vía férrea
corrían más rápidamente hacia atrás; casa de
campesinos; ríos, arroyuelos; la sufrida gente
de la tierra trabajando desde muy temprano. Al
fondo, la imponente cordillera con sus cumbres
nevadas.
Me gustaba ese panorama, tantas veces
contemplado. Pero, en ese amanecer de un
día invernal que el sol aún no lograba entibiar,
lo miraba, sin verlo, porque mi pensamiento
estaba lejos de él.
Meditaba y me sentía embargado por
sentimientos encontrados: alegría y tristeza.
Viajaba a la capital para participar en un pleno
del Comité Central de las Juventudes
Comunistas de Chile, en el cual algunos de sus
miembros, entre ellos yo, recibiríamos nuestro

pase al Partido. Aunque ello constituía un
motivo de alegría y de sano orgullo
revolucionario, la pena se anidaba en mi alma.
Evocaba mis quince años y medio en la Jota.
Recordaba tantos episodios hermosos y los
muchos maravillosos camaradas que, en sus
filas, había conocido.
De igual forma que ese paisaje pasaba ante la
ventanilla del tren, desfilaban por mi mente,
capítulos vividos en la Jota. Me veía en LloLleo, mi ingreso y las tres condiciones que
planteé al camarada Armando, las que pasé yo
mismo por encima ya el primer día de ser
militante.
Rememoraba los más de diez años en que
tuvimos que actuar en la ilegalidad. De cómo
inventé mi nombre de batalla o chapa. Lo hice
buscando uno que tuviera dos características:
tener las iniciales de José Stalin y un apellido lo
más sencillo posible. Esto, porque siempre
tuve dificultades con mi apellido de origen
eslavo. Me decidí por el de José Soto. Tenía
las iniciales del entonces venerado dirigente
soviético y pensé que no había un apellido
más fácil que Soto , que comenzara con “S”.

Pero ocurrió que en una de las primeras
ocasiones en que asistí como miembro del CR
Santiago de las JJ CC, a una reunión de un
Comité Local, un joven camarada obrero, me
preguntó para anotar mi nombre:
- Perdone, compañero, ¿Soto se escribe con
“S” o “Z”?
IV.- MI PASO AL PARTIDO
Sentía tristeza por dejar las Juventudes
Comunistas. Por lo demás, nunca me ha sido
fácil dejar una tarea o responsabilidad, para
asumir otra. Me encariño profundamente con la
función que desempeño y sufro al tener que
abandonarla. Para mí tiene vigencia eso de
“partir es morir un poco”.
Y así me sentía esa mañana de invierno,
aunque desde que ingresé a la Jota, en esa
tarde de verano de 1948, soñaba con el
momento de tener el honor de pasar al Partido.
Ahora cuando se acercaba ese instante, tantas
veces anhelado, me sentía feliz, aunque me
rozaban las alas de la tristeza...

Llegó el tren a la Estación Central. De allí me
dirigí a la sede del Comité Central de las
Juventudes Comunistas, ubicada en Avenida
Matta esquina San Francisco.
Era aún temprano, pero ya había allí algunos
compañeros. Saludaron fraternalmente y me
invitaron a desayunar.
A las 9,30 se inició el Pleno del CC de la Jota.
Allí estaban entre otros valiosos camaradas,
Mario Zamorano, Gladys Marín, Enrique París,
Jorge Muñoz, José Weibel...
Esa, como todas las reuniones nacionales de
las Juventudes Comunistas, estuvo plena de
optimismo, de alegría y de una gran seriedad
en las discusiones.
Cuando el Pleno llegaba a su fin, se anunció el
paso de varios miembros del Comité Central al
Partido. Entre ellos estaba mi nombre.
Mario Zamorano se refirió a nosotros con
generosas palabras. Fuimos despedidos con
una prolongada ovación de pie. Nos invadió la
emoción. El miembro del CC del Partido nos
saludó, felicitó y nos dio la bienvenida a la

organización que Luis Emilio Recabarren
fundara en Iquique el 4 de junio de 1912.
Luego, el tren me llevó rumbo al sur, a la tierra
de los mapuches, de los copihues y los
pellines.