Discurso del Defensor del Pueblo (e), Eduardo Vega Luna, en la

presentación del Informe Defensorial N° 168, «El archivo fiscal de
denuncias por peculado y colusión en cuatro regiones del país».
Lima, 18 de diciembre de 2014

Estimados amigos y amigas:

Permítanme ser muy claro y directo desde mis primeras palabras: no
hay ninguna posibilidad de derrotar a la corrupción sin voluntad política
y cívica, y sin una decisión tanto a nivel individual como colectiva. Sin
esas voluntades, cualquier esfuerzo naufragará al poco tiempo víctima
de sus propias debilidades. La autoridad política, el funcionario público,
el empresario o el ciudadano que prefiere la retórica al compromiso,
simulará una y mil veces dar la batalla, mientras a su alrededor la
corrupción crece y se ramifica de arriba a abajo, de la capital a las
regiones y provincias.

El juez que teme hacerle frente a una red mafiosa y que no reclama el
máximo de garantías para hacer su trabajo, a lo único que terminará
sentenciando será a su propia investidura de magistrado. El fiscal que
no

busca

con

tenacidad

y

solvencia

profesional

la

prueba

incriminatoria, no cumple con su tarea y pasa a formar parte de un
dramático montaje que acaba en impunidad. El empresario que se
adapta a las prácticas corruptas y hasta las depura con el fin de
apuntalar sus negocios, promueve una complicidad autodestructiva. El
periodista que se calla frente a la corrupción, traiciona su deber de
mostrar la verdad de los hechos y alertarnos a todos. Los ciudadanos
que se asustan, que se cansan, que se envilecen, pierden dignidad y
pierden la oportunidad de ser ejemplo ante sus hijos.
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La corrupción nos va cercando como esas plagas que llegan
silenciosas para arrasar los cultivos. La corrupción nos toca a todos, y
si queremos marcar la diferencia, hay que dejar atrás el discurso para
las galerías, el titubeo negligente, la omisión vergonzosa, y demostrar
que el poder de la democracia es capaz de derrotar a la corrupción si
es ejercido con entereza moral.

Nuestra corrupción no es anecdótica ni circunstancial; no es un hecho
aislado,

fácilmente

combatible.

Nuestra

corrupción

pudre

las

instituciones, mina la conciencia ética y le roba al más pobre su futuro.
Como lo ha documentado el fallecido historiador Alfonso Quiroz, es una
afrenta que nunca ha dejado de acompañarnos y que parece
empeorar. Cuando uno revisa nuestra Historia nota múltiples
escándalos de corrupción. Desde la colonia, la joven república hasta el
negociado del guano. Desde lo ocurrido en la década de los ochenta
hasta la corrupción sustantiva de los años noventa. Entonces –nos dice
Quiroz- uno observa un elemento sistémico en la corrupción que está
«enraizado en estructuras centrales de la sociedad». Y cuando
pensamos que no podemos caer más bajo aparece una nueva mala
experiencia que nos hace ver que podemos seguir cayendo. Nos
vemos envueltos en algo peor, inimaginable hasta ese momento.

Hay corrupción enquistada por años como miles de tábanos sobre la
carne del Estado. Hay otra que asalta el erario luego de una
planificación minuciosa. Y hay la que se convierte en una herramienta
de gobierno. Cada robo les sirve para prolongar su poder, para
corromper a otros e integrarlos a su red. Es una maquinaria que se
adueña de todo y que persigue y mata al que se opone.
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De eso, repito, todos somos responsables. Esta responsabilidad recae,
en principio, en las autoridades del Poder Ejecutivo y el Poder
Legislativo, pero también en los órganos de persecución de la
corrupción: el Poder Judicial, el Ministerio Público y la Contraloría
General de la República. Necesitamos que sus autoridades trasciendan
los discursos, y los concreten en hechos verificables.

Prueba de la poca voluntad es que sigue pendiente, desde ya casi tres
años, el anteproyecto de creación de una autoridad autónoma para la
trasparencia y el acceso a la información pública. O la aprobación de
reglas que sancionen e impidan el uso de dineros ilícitos en las
organizaciones políticas y las campañas políticas. O que se impida que
personas sentenciadas por delitos de corrupción vuelvan a ocupar altos
cargos públicos. Nuestro sistema no debería permitir que un
sentenciado por graves actos de corrupción sea electo y que, además,
no tenga vergüenza de realizar una colecta pública para pagar su
reparación civil y poder así asumir el cargo. Situaciones como estas
dañan irreparablemente el sistema democrático.

Por otro lado, esta falta de voluntad política queda evidenciada también
en la proliferación de redes que se aprovechan de los dineros públicos
sin que se lo impidan los órganos de control y de persecución penal.
Permítanme decirlo claramente: la corrupción generalizada en Áncash,
Pasco, Tumbes, Chiclayo y otras regiones, no puede entenderse sin la
participación, por acción u omisión, de estas instituciones. Actualmente,
20 de los 25 gobiernos regionales están dirigidos por personas
investigadas por presuntos actos de corrupción. Cerca del 60% de
estos casos se concentran en gobiernos regionales y locales.
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Debemos asumir ese pasivo si de veras queremos cambiar al país,
pues estamos a punto de destruir la legitimidad del proceso de
descentralización, y de que se cuestione la necesidad de contar con
gobiernos descentralizados y negar sus beneficios. Estas cifras
prueban, además, algo igual de grave: que los mecanismos y órganos
de control interno y externo han fracasado.

Pero la corrupción no es solo materia de las autoridades públicas. En
ella, el sector privado y la ciudadanía tienen una importante
responsabilidad. Nos hemos convertido en una sociedad cómplice y
contradictoria. Tolerante frente a la corrupción. Una sociedad enferma
en la que el 44% de personas lo considera uno de los principales
problemas del país, pero un 80% tiene una tolerancia media o alta
hacia ella. Donde un 27% manifiesta haber entregado una coima y un
11%, reconoce haber sido, incluso, proactivo en ello.

Aceptamos «el roba, pero hace obra», somos capaces de admirar «un
faenón», estamos dispuestos a «aceitar» un trámite. Y lo peor es que
ello no nos causa vergüenza sino que lo llegamos a considerar como
un acto digno de rescatarse o de vanagloriarse.

Hace pocos días, Transparencia Internacional publicó su último Índice
de Percepciones de la Corrupción en la que ocupamos el puesto 87 de
177 junto a países como Burquina Faso, El Salvador, Jamaica y
Zambia. Sin lugar a dudas, mucha de la pobreza y extrema pobreza de
amplios sectores de la población encuentra su explicación en la
corrupción. Se calcula, por ejemplo, que en el 2013 se perdieron diez
mil millones de soles por su causa, es decir, el 9% del presupuesto
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anual y el 2% del PBI. Este monto fue sustraído de las arcas públicas,
fue pagado a funcionarios en calidad de soborno, fue dejado de invertir
en escuelas, hospitales, centros de salud y albergues.

La corrupción también produce una disminución de la inversión privada
nacional y extranjera, daña la libre competencia y hace ineficiente al
mercado. El Fondo Monetario Internacional estima que perdemos, por
lo menos, 5% de inversión privada por su causa. Ello, inevitablemente,
se traduce en menor calidad de vida para la población y mayores
limitaciones en el ejercicio de los derechos fundamentales.

No podemos seguir en ese camino. En el Perú, atravesamos por una
democracia aún joven y las cifras macroeconómicas señalan que
hemos pasado de ser un país pobre, a ser un país de renta media. En
este contexto, la historia nos entrega la oportunidad de aprovechar este
particular momento y no podremos hacerlo si no afrontamos
directamente este flagelo. No es una tarea fácil, pues requiere del
fortalecimiento y consolidación de las instituciones encargadas de
perseguirla, garantizar el imperio de la Constitución y la ley, y de
promover verdaderos mecanismos de fiscalización ciudadana.

Todo ello, sin perder de vista que los agentes corruptos desplegarán
todas sus armas para minar estos esfuerzos, a veces con
consecuencias favorables para ellos y altos costos para el sistema. Ello
exige maximizar las labores de todas las instancias con competencia
en el tema. El trabajo desarticulado de las mismas facilita la impunidad
y la ineficacia de las medidas adoptadas y en ello, la Comisión de Alto
Nivel Anticorrupción tiene una tarea que, lamentablemente, aún está
pendiente.
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En esa misma línea, los organismos anticorrupción deberán ser
dirigidos por profesionales competentes con comprobada solvencia
moral, a los que se les deberá garantizar su seguridad personal y la
permanencia en sus cargos, así como recursos suficientes.

Es importante que en la implementación del sistema propuesto se
considere la participación efectiva de la sociedad civil, cuya
preparación para la supervisión de la actividad estatal debe estar a
cargo del propio Estado. Con este objetivo, el ejercicio pleno del
derecho fundamental al acceso a la información pública debe ser
garantizado, y debe ser fortalecido y mejorado el sistema de rendición
de cuentas, en todos los niveles de gobierno. Se hace imprescindible
contar con medidas integrales que prevengan y sancionen los actos de
corrupción cometidos, incluso, por agentes privados en sus relaciones
con la administración pública.

Por ello, esta supervisión que presentamos hoy incide en una parte
fundamental de este sistema, y nos permite llamar la atención sobre las
deficiencias en la investigación fiscal, que contribuyen a mantener el
círculo vicioso de la corrupción. En Áncash y Junín, por ejemplo, los
archivos inadecuados de casos de peculado y colusión llegaron al 32%
y en Ayacucho al 29%. En Lima, la cifra llegó al 14%. No nos cabe la
menor duda de que estas cifras tienen mucho que ver en el
fortalecimiento de las redes de corrupción en estas regiones.

La proporción de archivos inadecuados tiene relación directa con la
poca acuciosidad en la investigación fiscal, que se traduce en la falta
de realización de diligencias importantes, problemas con la estrategia y
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el planteamiento de la toma de declaraciones, inexistentes pautas de
investigación, entre otras. Asimismo, se verificó falta de capacitación de
los fiscales, peritos y asistentes en función fiscal; debilidad de los
mecanismos de control; énfasis en el control de la eficacia –lo
cuantitativo– y menos en la calidad de la investigación fiscal; entre
otros aspectos desarrollados en este informe.

Por esta razón, reitero mi invocación a la Presidencia del Consejo de
Ministros y al Ministerio de Economía y Finanzas para que prioricen en
el presupuesto nacional la implementación eficiente del modelo
corporativo en las Fiscalías Anticorrupción y el fortalecimiento de las
herramientas de gestión para la toma estratégica de decisiones.

El Ministerio Público debe fortalecer la labor de los fiscales,
desarrollando protocolos de investigación para los delitos de peculado
y colusión, a fin de hacer frente a la irregularidad, informalidad y
disparidad de las prácticas de investigación que se advierten entre los
hallazgos de este estudio.

La corrupción en el Perú nos plantea graves problemas y amenazas,
pues cuestiona, deslegitima y resquebraja al propio Estado de Derecho
y a la Democracia. Por ello, es necesario que como país demos
muestras, debo reiterarlo, de una clara voluntad política para
prevenirla, sancionarla y erradicarla.

Para ello, vuelvo a recomendarle el Poder Ejecutivo que disponga
cuanto antes la creación de la Autoridad Autónoma en materia de
transparencia y acceso a la información pública. Al Congreso de la
República, que modifique las normas de la Ley Orgánica de
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Municipalidades para hacer exigible y eficaz la rendición de cuentas de
las nuevas autoridades locales. Asimismo, hago un llamado a no
debilitar más el trabajo de la procuraduría anticorrupción, sino por el
contrario, a fortalecer la institucionalidad del sistema anticorrupción,
garantizar la labor autónoma y rigurosa de las procuradurías, y proteger
realmente a los denunciantes, de modo que sean tratados como
aliados y no como enemigos del sistema.

Hay que empezar a hacer cambios reales en la lucha contra la
corrupción. Cambios que sean verificables por la ciudadanía. De lo
contrario, seguiremos alejándonos de la posibilidad de ver al Perú
como un país del primer mundo, que lucha contra la corrupción de
manera decidida y contra la impunidad que la rodea. Ese creo que es el
anhelo de millones de peruanos y peruanas.

Muchas gracias,

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