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DECLARACIÓN DE DERECHOS DEL ESPACIO PÚBLICO (Declaración de Burgos) [1]

1

El espacio público tiene derecho a tener su propia identidad y a su vez a proporcionarla a quien lo usa. Es decir el espacio público tiene derecho a ser un lugar. En él deben debe darse la posibilidad de reafirmación individual y colectiva por parte de los ciudadanos, tanto en su carácter cotidiano como en el excepcional que suponen las fiestas, las manifestaciones de expresión colectiva, etcétera. En consonancia, el espacio público tiene que ser considerado, a priori y en paridad con otros espacios, en toda política urbana para la mejora de las condiciones de vida ciudadanas. A este respecto el planeamiento urbanístico tiene la obligación de diseñar el espacio público teniendo en cuenta, además de cuestiones ligadas directamente con su morfología, aspectos relacionados con su función social y económica y, sobre todo, con su papel simbólico y cultural.

2.

El espacio público tiene derecho a ser útil. Esto es, a dar respuestas variadas a las demandas de los distintos colectivos ciudadanos. La utilidad del espacio público es pues un atributo complejo y de significados bien diferentes. Útil es aquel espacio público susceptible de albergar un mercadillo, una franja de aparcamientos en batería, una fuente, un banco o un árbol. Ahora bien, lo que es útil en un determinado espacio público puede no serlo en otro. La utilidad es así un atributo relativo que variará en razón de las características de cada barrio o zona urbana, y que es difícil de reducir a aspectos cuantitativos; así, resulta muy poco expresivo la valoración de la utilidad de una plaza medida en metros cuadrados no teniendo en cuenta la utilidad de los metros cuadrados ocupados por árboles y arbustos. La utilidad debe medirse con parámetros de confort cuantitativos y cualitativos, capaces de medir la satisfacción de colectivos de todas las edades y géneros.

3.

El espacio público tiene derecho a mantener la riqueza de funciones, a poseer distintos usos de forma simultánea o sucesiva. No se trata de que todos los espacios públicos hayan de tener un complejo sistema de usos, sino de que sean aprovechados maximizando sus posibilidades y respetando siempre unos límites, tanto en el carácter de los usos (no toda función es válida en cualquier lugar), como en el volumen o capacidad de carga aconsejable. Se debe procurar mantener los usos tradicionales y evitar la excesiva homogeneidad funcional.

4.

El espacio público tiene derecho a ser hermoso, tanto en su diseño general, como en los detalles que aporta el mobiliario urbano u otros aspectos de su morfología. Así mismo, el espacio público puede reclamar una relación armoniosa del paisaje y del escenario urbano; o sea, entre el mismo y el espacio privado contiguo, edificado o no. En este sentido, el mobiliario urbano ha de huir de los modelos normalizados o repetitivos que resten individualidad. Para ello ha de tenerse en cuenta, tanto la producción tradicional, como la capacidad creativa local para idear nuevos modelos, bellos, únicos y bien adaptados a las exigencias de una determinada ciudad o pueblo.

5.

El espacio público tiene derecho a ser el lugar construido en el que la naturaleza esté más presente y ofrezca escenarios más amables. De este modo, la vegetación y también el agua han de ser considerados elementos protagonistas de este espacio común, y no meros componentes secundarios. Además, estos aspectos, especialmente la vegetación, han de implantarse de manera que se aprovechen sus ventajas bioclimáticas y de forma estable: frente al macetón, es preferible la presencia de un árbol en alcorque. Ha de favorecerse la variedad en las especies vegetales, que a su vez asegurarán también la presencia de una fauna más variada en la ciudad.

6.

El espacio público tiene derecho a ser accesible; no debe poseer elementos que entorpezcan su acceso o su uso interno. A su vez, la accesibilidad debe responder a las características y necesidades de los usuarios, poniendo especial atención en los grupos

de desfavorecidos o discapacitados y en la convivencia armoniosa entre los medios de transporte privados, los públicos y los peatones. No obstante, como criterio general han de discriminarse positivamente los derechos de los transportes colectivos, de los viandantes y de los vehículos no motorizados, sobre todo en los espacios públicos de los centros históricos,

7. El espacio público tiene derecho a no ser usurpado o mermado. Si bien es lícita su cesión provisional para determinadas actividades económicas, especialmente las de

éstas deben ejercerse siempre

carácter tradicional (mercadillos, terrazas, espectáculos

),

bajo normativas precisas que salvaguarden el carácter público de tales espacios.

8. El espacio público tiene derecho a ser seguro y a estar limpio. Ha de romperse la tendencia a identificar seguridad y limpieza con los nuevos espacios de ocio y comercio privados, en los que las galerías comerciales cerradas y vigiladas tratan de suplantar el papel del espacio público tradicional. La seguridad es una cuestión prioritaria para que el espacio colectivo sea confortable. La limpieza, por su lado, además de una responsabilidad pública e individual es también resultado de una cierta cultura de utilización no agresiva del espacio común. En este sentido, tal derecho no debe entenderse únicamente con la labor de hacer más higiénicos y limpios calles, plazas, parques, etcétera, sino que ha de complementarse con campañas de información y creación de una sensibilidad más respetuosa respecto al espacio de uso colectivo.

9. El espacio público tiene derecho a ser auténtico, a no ser convertido en escenario de consumo turístico, a no ser transformado con modelos tópicos o estereotipados, ni con criterios que no tengan en cuenta su origen, evolución y desarrollo, tanto en su dimensión física, funciona], como en lo que respecta a su importancia simbólica y la forma en que es percibido por sus usuarios.

10. El espacio público tiene derecho a tener un nombre, y este no podrá ser cambiado sin criterio. Como pauta general deben mantenerse los nombres tradicionales o cuyo uso se haya hecho común entre los ciudadanos, salvo que éstos posean connotaciones escatológicas o repulsivas para sus vecinos (callejón del meadero, calle sucia, etc.); también se procurará que tales nombres no sirvan de homenaje a personas que han ejercido o se han manifestado a favor de valores antidemocráticos, intolerantes o violentos, Se ha de tener en cuenta la opinión de los vecinos ante cualquier cambio y se debe evitar que el repertorio del nomenclátor del espacio público sea repetitivo o se especialice excesivamente en determinados nombres (por ejemplo, la tendencia en algunas ciudades a cambiar denominaciones relacionadas con imágenes y personajes de cofradías religiosas). Se podrá utilizar el recurso de dedicar espacios públicos a personas, asociaciones o instituciones que sean dignas de tal mención, sin que ello suponga la desaparición del nombre tradicional (por ej.: "calle Luna, dedicada al deán Romero Serra").