Introducción

La idea de publicar este libro me la suscitó la gran cantidad de iniciativas existentes para explicar la
transición (prefiero esta palabra en minúscula), con el objetivo, a partir de algunos hechos
históricos, de enaltecerla o ridiculizarla, mediante el procedimiento, utilizado en mayor o menor
medida, de inventársela. El riesgo de inventarse el pasado, o de adornar la realidad histórica con
elementos pintorescos, e incluso creíbles, desde la perspectiva de hoy, resulta muy tentador y hasta
difícil de eludir por quien se niega a encauzar su seguramente portentosa imaginación por el camino
de la novela. Esa tendencia a inventarse la transición y a vincular lo que entonces pasó con lo que
ocurre ahora, en una sincronía de pretendida exactitud matemática, no deja lugar para explicaciones
racionales de lo que ocurrió hace cerca de 40 años y de lo que ocurre ahora, sin que necesariamente
el entonces y el hoy respondan a una vinculación de causa-efecto de naturaleza inseparable.
Frente a esa imaginativa tendencia se alza el propósito que abriga este libro de partir de lo
ocurrido tras la muerte de Franco y admitir el pragmatismo político de los franquistas reformistas,
las izquierdas víctimas de la dictadura y los nacionalistas democráticos para amasar juntos un
consenso sobre las reglas de juego de la democracia naciente. Se parte en este libro de que al menos
esa zona de la transición fue positiva y generosa con las nuevas generaciones, aunque no todo se
hizo bien ni se tuvo la sagacidad de prever qué instituciones padecerían un deterioro ni qué reglas
del juego político terminarían resultando inservibles.
Las críticas que se hacían al poder en plena transición muestran una actitud no complaciente
con ella y legitiman los elogios realizados a aquel proceso, que nos alejó del riesgo de un régimen
posfranquista, con un dictador coronado al frente. Pero la evolución de esa inicial democracia fue
mostrando fallos y quiebras muy reales que fue necesario ir señalando conforme se iban
produciendo, sin que el hecho de que se tratara de instituciones o reglas del juego originadas en
aquella transición y fruto de aquel consenso constituyente nos autorice a desacreditar ni una ni otro.
Insisto en que los constituyentes, con sus fallos humanos, lo hicieron bien, mientras que los
constituidos, en términos generales, lo han venido haciendo fatal.
La tesis de este libro es no atribuir los males políticos presentes a que la democracia se
organizó mal ni tampoco considerar que, como la transición, con sus defectos, fue positiva, son
intocables las reglas establecidas entonces o las instituciones que en ese periodo se crearon. La
sana crítica ejercida con los constituyentes se redobla durante las últimas décadas con los
constituidos, que tan mal uso han venido haciendo de aquel pacto, y con las instituciones, que han
desprestigiado su legitimidad original y se han pervertido, hasta el punto de que algunas de ellas
merecen ser demolidas.
Cuando proliferan quienes aseguran que todo lo que ocurre ahora y lo que ocurrirá en los
próximos años estuvo ya planificado desde antes de la transición -se habla incluso de una
enigmática pizarra-, tratar de relatar aquella etapa y relacionarla con el momento presente ofrece sus
riesgos. Uno de ellos -del que huirá este libro, como del ébola- sería el de introducir ingredientes de
ficción, mejor o peor traídos, pero aptos, según los gustos, para condimentar la realidad. Acaso la
edad del autor, cuando le impide haber sido testigo de los hechos que relata -y si no ha sido capaz
de documentarlos con rigor-, le impulse a la fabulación. Pero fabulación de la que se extraen
conclusiones políticas. También muchos de los que estuvieron presentes, a la hora de reconstruir
ahora aquellos hechos y de relacionarlos con la realidad de hoy, corren el riesgo de dejarse atrapar
por la literatura y no digamos ya si se trata de autores con una mentalidad conspiranoica.

En el mejor de los casos, esto es, habiendo sido testigo de la transición desde el franquismo
a la democracia y pretendiendo hoy trasladar a las nuevas generaciones cómo ocurrió aquello,
preludio del hoy, esa reconstrucción del antes, desde y para el ahora, corre siempre el peligro de
dejarse llevar por la fragilidad de la memoria o por la tentación de adaptar lo que entonces ocurrió a
lo que el presente reclama, o acaso referirse a problemas que ya no lo son como cuestiones livianas
ya entonces (dos ejemplos: la pena de muerte en tiempo de guerra y la objeción de conciencia al
servicio militar, ambas hoy fuera de nuestras vidas, desde que se impuso por ley la abolición total y
se eliminó la mili).
Con la vista puesta en la mejora del presente y el diseño de un porvenir mucho más
democrático, lo que este libro pretende es recobrar el análisis crítico con el poder, en la transición y
en las siguientes décadas de democracia cada vez más declinante, sin desfigurar el pasado ni
responsabilizarlo del presente, y desde el propósito de avanzar, aprendiendo de lo vivido.
Democracia de papel ofrece la visión crítica del poder mantenida por el autor desde los
tiempos de la transición a los actuales de corrupción institucional..., en su inmensa mayoría a través
de sus trabajos en el diario El País. El pulso crítico mantenido por el autor, expresado con las
palabras claves utilizadas en cada momento, dará al lector más información sobre la evolución de
las instituciones o situaciones políticas sometidas a análisis. En cambio, la elaboración actual de
aquellas críticas seguramente sería desmemoriada sobre lo que probablemente se fue opinando
conforme cambiaban los hechos objeto de análisis. No se trata, por consiguiente, de organizar,
desde ahora, cómo se veía entonces, y después, el proceso constituyente, la puesta en marcha de la
democracia parlamentaria de partidos, los problemas de la justicia, los elementos básicos de
funcionamiento del Estado de derecho.
El lector podrá apreciar cómo esa visión crítica del poder en aquellos momentos de la
transición evolucionó durante décadas: el deterioro del Tribunal Constitucional, máximo intérprete
de la Norma Suprema; cómo los partidos, tan bien recibidos tras 40 años de prohibición, mostraron
sus miserias; hasta qué nivel el Consejo General del Poder Judicial, órgano de gobierno de los
jueces, entró en declive y la justicia se politizó, al tiempo que la política judicializaba su corrupción;
de qué manera la monarquía, que se aceptó en democracia, porque fue pieza esencial para la salida
del franquismo, nos hace ya reclamar la república; hasta qué punto la Iglesia católica, que llevaba a
Franco bajo palio y ha ejercido su hegemonía social en plena democracia, hoy nos impulsa a exigir
un Estado laico; cómo es que los derechos humanos -la joya de la corona constitucional- se
quedaron a mitad de camino; por qué, a pesar de los avances femeninos, la igualdad de derechos del
hombre y la mujer ante la ley continua estando pendiente; qué ocurrió para que la lucha
antiterrorista se saliera de las reglas del derecho; a qué se debe que la ultraderecha, que promovió el
23-F, siga impulsando la involución...
Democracia de papel describe un sistema político endeble, “de papel”, que necesita ser
revitalizado y que debe contar, entre otras herramientas impulsoras, con unos periodistas -en papel
o en otro soporte- con similar actitud a los que escrutaron el consenso constitucional, sin renunciar a
la libertad de información. Los actuales profesionales del periodismo -con respeto a los periodistas
espontáneos que inundan las redes sociales, pero sin olvidar ellos las reglas del oficio- deben ser
incansables en el ejercicio de la crítica a los poderes, incluida la resistencia a los propietarios y
dirigentes de los medios que son seducidos por el poder político y económico.
Hay una crónica, publicada en El País el 15 de junio de 2002, con motivo del 25 aniversario
de las elecciones democráticas de 1977, firmada por Soledad Gallego-Díaz y por mí, titulada Las
nuevas Cortes unieron a políticos enemigos, que resulta significativa sobre la oportunidad

reconciliadora de la transición. Su publicación, en los primeros años del siglo XXI, cuando ya el
edificio del consenso y de la reconciliación acrecentaba su grave deterioro, fue reveladora. Traigo
esa crónica a esta introducción de Democracia de papel por el valor evocador que tiene, en línea
con la filosofía de este libro, basado en hechos vividos y analizados a su tiempo.
La crónica recoge -entre otros muchos datos relevantes- la “emocionante impresión”
producida en 1977 por la aparición en el hemiciclo de las Cortes (ocupado durante las décadas
franquistas por jerifaltes del Movimiento, sindicalistas verticales, procuradores familiares, obispos y
militares) de Dolores Ibárruri, Pasionaria, junto al poeta comunista Rafael Alberti, para formar
parte de la Mesa de edad que presidió provisionalmente la Cámara.
Narra también cómo Pasionaria, unos días antes del pleno, entró en el despacho del
entonces presidente de las Cortes Generales, Antonio Hernández Gil (“quien, siendo creyente, había
tenido la delicadeza de quitar de su despacho el crucifijo, para no molestar a quienes no lo fueran”),
y a sus 81 años salió apoyándose en el brazo “de un tenso pero amable joven, Adolfo Suárez, de 44
años”, al que deseó: “Espero que todo le salga bien”. “Falta hará”, respondió con sinceridad el
presidente del Gobierno, “que todavía no había logrado sacudirse su procedencia franquista”, relata
la crónica, que resume: “Aquella imagen de Dolores Ibárruri y Adolfo Suárez del brazo simbolizó el
resultado de las primeras elecciones y demostró las posibilidades de reconciliación que ofreció la
democracia”.
Resaltar aquellas posibilidades reales de reconciliación y de profundización de la
democracia, y el deterioro posterior de las instituciones y personas públicas que deberían haberse
dedicado a hacerla efectiva, es lo que pretende Democracia de papel.