1Ш ТКОЖ) ЕЖ MÉJICO

,

D. FRANCISCO M, TUBINO.

Fiat justi ci a e t runt eœlui n.

LA

ANDALUCÍA.

IMPRENTA, PERIÓDICO Y LIBRERÍA.
SEVILLA.—1862.

У

EST, TIP. DE L A A N D A L U C Í A , TETUAN Y CATALANES, KÙM. 4.

I N TRONO EN MÉJICO.

Fiat justicia e t ruat cccluin.

I.

AMOS á prescindir de todos los antecedentes de la
* cuestión europeo-mejicana. Tengan ó no motivos suficientes las potencias aliadas para haber suscrito el tratado de Londres de 31 de Octubre último, existan
por parte de Méjico razones que hasta cierto punto atenúen la gravedad de las faltas cometidas, ó sean estas
hijas de una malevolencia inesplicable, es lo cierto que
Francia, Inglaterra y España se han creído en la necesidad de enviar sus escuadras y sus soldados á los puertos y ciudades de la república con el fin de sostener las
reclamaciones de sus plenipotenciarios y obtener por el
ministerio de las armas lo que la diplomacia no habia
hasta ahora conseguido. Este hecho solo, la posibilidad inminente de un casus belli con las consecuencias que
se le asignan, basta para el fin que nos proponemos.
La cuestión á que aludimos tiene dos fases: mas claro, se plantea y se desenvuelve en dos puntos distintos:
en América y en Europa. Lo que allende los mares
acontezca ha de influir en gran manera en la marcha
europea del asunto, y viceversa. En Veracruz y en Tam-

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pico el problema cuya resolución se apetece se coloca
en el terreno de la fuerza: en París, Londres y Madrid
en el de la inteligencia. Los ejércitos aliados todo lo mas
que han podido hacer, en obsequio d é l o s fueros de esta
última, y efectivamente lo han hecho, ha sido conducirse con una moderación propia de soldados civilizados,
mientras susgefes dirigían á los mejicanos el ultimátum
que el público ya conoce. Después, si Juárez ó los que
allí aparezcan como gobierno, no acceden á las exigencias formuladas, vendrán las hostilidades con su séquito
de horrores y calamidades; y es lo mas probable que
esto suceda porque los ánimos están en Méjico muy ciegos y las pasiones muy escitadas, no obstante que nunca debe desconfiarse de que al fin la razón y la sensatez,
que no queremos decir la necesidad, concluyan por sobreponerse á todo otro género de sugestiones.
Por lo que respecta á la manera de ser de este sensible y grave conflicto ante los gabinetes de las potencias
mencionadas, la opinión pública y la prensa por un lado,
y los gobiernos por otro, son los que discuten lodos y
cada uno de sus aspectos diferentes, intentando cada cu a'
dar á los sucesos el giro que mas cuadra á sus particulares conveniencias. Las ambiciones de todo género se
han desatado, los malos instintos y las cabalas maquiavélicas han aparecido en la superficie, ocultándose bajo
hipócritas velos. De aquí el que nosotros, hombres de
convicción, independientes y amigos de la justicia y de
la verdad reclamemos nuestro puesto en el debate para
emitir el juicio que consideramos mas acertado sobre un
punto que tanto puede afectar á intereses que nos son
muy caros. Como escritores y ciudadanos españoles no
podemos permanecer impasibles ante las complicaciones

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de esta cuestión: como hijos del liberalismo y miembros
de la raza latina tampoco debemos declinar el deber en
que estamos de sostener la causa de la una y los principios del otro. Estos móviles ponen la pluma en nuestras
manos. Aspiramos al acierto, si dejamos de alcanzarlo
no habrá sido seguramente por falta de diligencia y de
deseos. Ya se dijo que las empresas grandes bastaba con
intentarlas; y que esta lo és no hay que demostrarlo.

II.

Ya lo hemos dicho: Si sucesos inesperados no modifican la perspectiva que las cosas ofrecen, Méjico se negará á entrar por el estrecho sendero que le han trazado los plenipotenciarios europeos. Conociendo el carácter de aquellas masas, la índole del gobierno que se encuentra colocado al frente de ellas, y que moralmente
reasume y sintetiza sus ideas y sentimientos, no olvidándose de lo mal dirigida que se halla la opinión, gracias á
las miras estrechas que predominan en los partidos, es
aquello lo que debe aguardarse con mayor confianza,
por mas que lo deploren todos los amantes del orden y
de la paz. Partiendo de esta afirmación, Francia, Inglaterra y España pueden estimar procedente el organizar
sobre bases sólidas el gobierno de aquella gran fracción
de la Humanidad, y al efecto se proponen intervenir,
siquiera indirectamente al principio y de una manera esplícita mas tarde, en la constitución de un poder estable, duradero, que por los principios en él encarnados
sea una garantía de seguridad y concordia para lo fu-

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turo. Mucho se está escribiendo sobre este propósito,
que, desmentido y todo por ciertos órganos de la prensa,
parece sin embargo no ser un mero rumor como algunos suponen.
Ante el derecho de gentes no sabemos cómo sancionar esta resolución. Las teorías fundamentales de la
ciencia, los preceptos mas admitidos y respetados en la
práctica, por lo que á este estremo se refieren, no a u torizan á ningún Estado para inmiscuirse en los asuntos
interiores de un tercero, por mas que en él no sean las
relaciones del gobierno con los subditos las mas normales y halagüeñas. Toda nacionalidad, sea grande ó pequeña, llámese imperio ruso ó república de Andorra, tiene su autonomía, su libertad de acción interior, la posibilidad de estenderse dentro de un círculo determinado
por los tratados internacionales y el derecho consuetudinario, no pudiendo atentarse contra la una ni las otras
sin cometer un acto de tiranía y de fuerza contrario á
la moral política. La independencia de cada pais está
hoy garantida por el asentimiento del mundo civilizado
y por las nociones de justicia que se encuentran en el
fondo de las instituciones legales. Aunque la historia
nos ofrece violaciones vergonzosas de estos derechos,
a u n q u e tenemos en lo antiguo que los romanos habían
introducido en el suyo como cosa corriente la facultad
de intervenir en las contiendas interiores de los Estados,
siendo así como pudieron disolver la liga aqueana, y
aunque en los tiempos modernos haya presenciado la
Europa la repartición de la Polonia, la invasión de Holanda en 1787, y de la Francia en 179:2 por la Prusia,
la de Ñapóles y otros estados italianos por el Austria, la
de España por los franceses en 4 8 2 3 , esto no quiere

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decir que los derechos en cuestión hayan prescrito, ni
que históricamente se consideren justificados tan censurables actos.
Todos los publicistas modernos desde Puffendorff y
Wattel hasta Martens, Kliiber, Pinheiro Ferreira y
Wheatson, convienen sin vacilar en que cada nación tiene también un derecho incontrovertible é inalienable á
preserva!' su seguridad y á evitar los riesgos que la
amenacen; de donde se deducen como consecuencia lógica dos axiomas distintos.
Primero.- Todo Estado tiene derecho á que se respete
su autonomía.
Segundo: Toda potencia tiene derecho á declarar la
guerra á otra cuando es causa de que la amenace un
inminente peligro.
Rutherforth y otros escritores se fijan muy atentamente en esta última facultad que envuelve la intervención,
la que estiman justificada solamente, cuando el peligro
que amenaza es tan grande y positivo que no deja lugar
al menor asomo de duda. Y no puede ser de otra man e r a . S i s e procediese en tan delicada materia solo por
meras sospechas, graves ó inescusables errores se introducirían en el derecho internacional de los pueblos
civilizados.
Examinando con el criterio que establecen las anteriores premisas, la intervención europea en Méjico, en
la escala que se designa, es incomprensible. Concedemos que Francia é Inglaterra han sido agraviadas por
Méjico, con motivo de una cuestión puramente financiera. Que España ha recibido mayores insultos puesto
que no tan solo se le negó el cumplimiento de una conB

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vención llevada á término con las formalidades cancillerescas mas regulares, sino que también se cometieron
actos de inaudita crueldad contra sus naturales, llegándose basta el estremó violentísimo de espulsar á
su representante. Todo esto nos conducirá á pensar
que Inglaterra, Francia y España tienen fundamentos
sobrados para pedir satisfacción de tantos desmanes,
para tomarse la justicia por su mano, eomo suele decirse, pero nunca para entrometerse en los negocios
domésticos de la República, toda vez que no puede ni
remotamente asaltarles el temor de que la inconsistencia de sus instituciones sea, pensando racionalmente,
motivo bastante poderoso para alarmarlas. La distancia geográfica que separa á los dos mundos es el argumento mas concluyenle que pudiera aducirse si hubiera quien discutiese este punto. Ni Francia, ni Inglaterra deben temer nada de la anarquía de que es teatro
la antigua patria de los Incas. Solamente España pudiera alegar como escusa á su proceder la posesión de las
colonias que disfruta en el canal de Bahama y el conato
de precaverlas de cualquiera agresión que en lo futuro
se intentara contra ellas por parte de los filibusteros;
pero aun así no estaría justificada la intervención mientras otras razones no vinieran á robustecer la consignada.
Empero los diplomáticos pueden alegar otro derecho de que no han dejado de ocuparse los escritores
que hemos citado; el derecho de ayudar á los subditos
de una nación escraña que se sublevan contra el poder
é imploran socorro. Analicemos.
En primer lugar, los mejicanos, si hemos de dar c r é dito á lo que se nos dice, están resueltos á arreglar por sí
solos sus diferencias sin necesidad de amigables ni olí-

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ciosos componedores, y por consiguiente á nadie han
pedido apoyo. En segundo término ¿puede afirmarse
seriamente que el gobierno que impera en Méjico, ha
violado los principios del pacto social y dado justas
causas a sus administrados para considerarse absuollos
de toda obligación hacia quien los oprime, caso único
en que se podría considerar por los menos e x i g e n tes, que había motivo para la intervención e x t r a n ge.ra? ¿Pues qué, lo que en Méjico pasa, no ha acontecido en mayor ó menor escala en Inglaterra durante el
período que precedió á la consolidación del régimen parlamentario, y en España desde en 1 8 l 2 h a s t a 18oG?jY por
otra parte, ¿no hemos condenado todos la conducta de la
Santa Alianza? ¿Los poetas no han calificado con los epítetos mas terribles la intervención del Duque de A n g u lema que Mr. de Chateaubriand ha procurado justificar
inútilmente en su Congreso de Vcrona? ¿Hoy mismo no
se ha levantado un grito de indignación contra el proceder de la Cerdcña en Sicilia y Ñapóles? No es un odioso
despotismo lo que en Méjico trae á la sociedad en conmoción, ni tampoco una demagogia sanguinaria como la
que dejó ver su luctuosa figura durante los tiias del Terror: es la lucha titánica de las encontradas opiniones; es
la carencia absoluta de costumbres políticas; es por último el desconcierto natural y necesario que se opera en
todos los pueblos que repentinamente rompen con sus
tradiciones históricas y sociales y entran de un gran
salto en un medio esencialmente perturbador y revolucionario. Méjico no podia sustraerse á estas leyes del
desenvolvimiento político; Méjico está realizando la
primera evolución en su desarrollo gubernamental, y
no es posible que allí donde no hay prácticas y respetos
consagrados por el tiempo, donde el sentimiento lo e

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todo, la razón casi nada, se ofrezca otro espectáculo
que el que tanto asombra á los que no están familiarizados con el estudio de las grandes crisis por que ha pasado la familia humana.
Los que habitamos la vieja Europa incidimos voluntariamente en un error que presupone una grande
intolerancia, cuando censuramos con tanta acritud como virulencia á las repúblicas americanas por la falta
de solidez de sus instituciones, creyendo que están
destituidas de las cualidades necesarias para que la
administración pública prospere en ellas, mientras nos
asombran las guerras que allí estallan y que parecen
constituir un estado normal y definitivo. Por cierto que
para pensar asi es menester olvidarse de lo que ha
pasado en Europa antes y después de la paz de
W e s p h a l i a ; no tener presente las guerras intestinas
que en ella se han sostenido durante varios siglos,
guerras que no tenían por objeto espulsar á un tenaz
invasor como sucediera en España cuando la reconquista, sino que reconocían por causa determinante la
controversia política , social ó religiosa. Lo que está
aconteciendo en Méjico, y sea permitido el insistir, no
es mas qui' la reproducción de lo que pasó en Alemania, en Francia y en España desde el advenimiento
de Carlos V hasta la terminación de las guerras del
primer imperio napoleónico, pero con mas especialidad
en la Italia republicana de la edad media. La sociedad
buscando su mas cómodo asiento , los individuos la
forma de gobierno que satisfaga mayor número de aspiraciones.
Kent, escritor de derecho público., en sus Commcnlarics 071 american laui, trata de una manera muy satis-

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factoría este punto. «El derecho de intervención, dice,
depende de las circunstancias especiales del caso; no es
susceptible de limitaciones exactas, y es sumamente
delicado en su aplicación. Escitar á los subditos para
que se rebelen contra la autoridad lejítima, seria una
violación del derecho de gentes , por muy fundadas
que fuesen las causas de su descontento.»
Si tratándose de los pueblos europeos estos principios
se tienen muy en cuenta, parece como que se menosprecian cuando se habla de los que no están incluidos dentro de su comunión. La Europa se ha alarmado un dia
poique se susurró que la policía francesa había cometido ciertos actos de jurisdicción en territorio helvético;
y no há tanto que el haber los austríacos cruzado un
rio de la Italia, célebre desde entonces, fué una de las
concausas de una de las guerras mas sangrientas de
nuestra época. Hoy nadie discute la cuestión legal, nadie
se ocupa de si existe derecho en las potencias signatarias
del tratado de Londres para dar á los mejicanos esta ó
aquella forma de gobierno. H a b l a s e mucho de la espedicion, de sus peripecias, de las distintas candidaturas
que se presentan para el nuevo trono, todos son cálculos, censuras, sugestiones, alharacas, mientras la cuestión capital controvertida fria é imparcialmente eslá casi
intacta.

III.

Después de esta protesta que nuestras opiniones r e clamaban, podemos ceñirnos mas al objeto de nuestro
trabajo.

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Los periódicos que pasan por ministeriales lo mismo
en España que en Francia, nos están repitiendo cuotidianamente que la misión de los ejércitos aliados al desembarcar en las playas mejicanas uo es otra sino establecer la calma necesaria para que los hombres juiciosos de aquel pais puedan constituir un gobierno regular
que satisfaga las pretensiones deducidas por Francia,
Inglaterra y España. Por su parte los diarios de oposición, sacando partido de ciertos hechos consumados,
dudan de la exactitud de estas aseveraciones, asegurando que las potencias citadas si no colectiva por lo
menos individualmente llevan miras de otro género,
cuales son las de crear una situación cuya iniciativa sea
esclusivamenle europea. En este estado las cofias, han
surgido multiplicados proyectos á cual mas peregrinos
y originales. Cada cual se forja allá en sus mientes un
sistema, y con él pretende esplicar las intenciones ocultas
de los coaligados, y las consecuencias de sus esfuerzos.
Pero es el caso, que, en medio de tantas especies infundadas y absurdas, se abre paso la convicción de que en
las 'fullerías se trabaja ardientemente por el triunfo d j
la candidatura del príncipe Maximiliano para el trono
de Méjico, triunfo en que vá envuelta la solución de
varias cuestiones europeas de grande trascendencia.
¿Cuál es nuestra opinión sobre esta candidatura? ¿Como
españoles y liberales tenemos algo que esponer contra
semejante proyecto? ¿Debe nuestro gobierno contribuir
á que se vean realizadas las esperanzas de Luis Bonaparte, ó por el contrario contrariarlas de la manera
mas discreta y prudente, pero siempre con resolución
y energía? En el curso de esto estudio quedarán contestadas estas p r e g u n t a s .

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IV.

Vamos ánles de todo á examinar la actitud de las potencias interventoras, y para conseguirlo reproduciremos un párrafo del artículo que en la Revue de deux
Mondes ha insertado Mr. de Mazade. Así no podrá d e cirse que hacemos una pintura adecuada á nuestros intentos.
«No deja de ser curioso observar la diferencia do disposiciones que manifiestan las tres potencias empeñadas
en la espedicion de Méjico. Inglaterra ve esta empresa
con tranquilidad, y aunque la Francia envia nuevos refuerzos á Veracruz, no por eso se conmueven los ingleses. Francia entra en esta cuestión con una indiferencia
muy marcada. Solo la España parece animarse de algún
tiempo á esla parle y traía de ganar el tiempo perdido. Quizá se podrá creer que el gabinete español busca en las
cuestiones esteriores la seguridad que en Madrid le falta. La verdad es que después de haber estendido su longanimidad respecto á Méjico hasta un punto que algunas
veces dio ocasión á una justa censura, el gobierno español se encuentra dominado de repente de una belicosa fiebre, en la cual es fácil adivinar mucha exageración, y que para asegurar por el momento al ministerio
el apoyo del sentimiento patriótico, se espone á infligir
á este sentimiento decepciones de distintas índoles.
«En efecto, no datan de ayer las quejas que España
tiene contra Méjico. Hace tres años veia asesinar allí á

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sus subditos: hace un año veia espulsar á su embajador,
y el gabinete de Madrid permanecía indiferente. Verdad
es, que durante este tiempo trataba de sondear la opinión de Francia é Inglaterra, esforzándose á atraerlas á
una acción común, y no encontrándolas dispuestas, no
hacia nada por sí misma.
«Sin duda que el gobierno español tenia muy buenas
razones para obrar de este medo. No quería esponerse
á una guerra marítima con los Estados-Unidos, para la
cual según se ve en los documentos publicados en Madrid no tenia los suficientes medios de acción, y quería
prudentemente esperar una oportunidad.
»Lo que sí se puede consignar, es que esta no ha llegado hasta que España pudo contar con Francia é Inglaterra, y esto no nos parece bastante razón para que
M. Calderón Collantes pueda decir con v e r d a d , como lo
dijo no hace mucho, tiempo que Francia ó Inglaterra solo
se decidieron á intervenir cuando vieron que España se
había decidido á obrar enérgicamente por sí sola. M. Calderón Collantes se exagera ciertamente á sí propio el
papel de su diplomacia que á la verdad no tiene tan gran
poder de atracción.
»En el fondo nada iguala á la longanimidad, muy sabia, sin duda, que el ministro español ha mostrado durante muchos años, á no ser la precipitación que parece
dominarle desde hace algún tiempo. Efectivamente,
después que la alianza se lia celebrado, no ha querido esperar
absolutamente á nada, apresurándose á llegar á Veracruz
antes que nadie, hasta antes que los jefes de nuestras
estaciones navales hubiesen podido recibir instruciones, y á plantar la primera bandera de Castilla sobre
las torres de San Juan de Ulúa.
»¿A. qué se ha espuesto con esta conducta? A la deccp-

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cion que no han podido dejar de traslucir los diarios
ministeriales, cuaudo supieron que Francia enviaba n u e vas fuerzas para restablecer el equilibrio. Esoaña fué,
si no nos engañamos, la que por medio deM. Calderón Co~
liantes ha hablado la primera en las recientes negociaciones
de una monarquía para Méjico. ¿Qué sucede hoy? Que el
nombre del archiduque Maximiliano ha sido acogido en Madrid con mal disfrazada amargura, la cual permitiría creer
en esperanzas frustradas.
La desgracia del general O'Donnell, es de hacer aparecer como cuestión española, mas aún como ministerial, una cuestión que no es ni española, ni francesa, ni
inglesa, que debe seguir siendo, ante todo, esencialmente europea, y que debe ser conducida con una prudencia, tanto mas severa, cuanto que la gloria y el provecho no están evidentemente en proporción con lo que
hay de ingrato y de oneroso en este papel de correctores de la anarquía mejicana.»
Si prescindimos de los párrafos que no tienen relación
con el tema que discutimos y nos fijamos solo en las frases sub rayadas, observaremos que el periódico parisiense afirma que el gabinete español es el que ha iniciado no tan solo la espedicion contra Méjico, sino también la idea de crear allí una monarquía, habiendo concebido esperanzas que empiezan á verse defraudadas:
Que Inglaterra y Francia aparecen indiferentes, aserto
que si hace algunos dias pudo considerarse exacto especialmente respecto de la primera, no sucede hoy lo mismo mediante el conocimiento de hechos que arguyen lo
contrario. De cualquier modo la creencia mas general, es la de que España es la mas interesada en la cuestión, la que mas ha influido para traer las cosas á una

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terminación definitiva y por consiguiente la que mas deberes tiene que cumplir ante sus hijos y la posteridad.
O mucho nos equivocamos ó esto es lo positivo
El gabinete O'Donnell-Posada es el q u e m a s se ha
ocupado de los asuntos de Méjico por razones que se
alcanzarán á lósamenos avisados, y por lo mismo es también el que no puede permitir que influencias de mala
índole vengan á desnaturalizar la misión que ha aceptado y de que el pais habrá de pedirle oportunamente
estrecha cuenta.

VI.

No ha dejado de existir, quien con el deseo de resolver la cuestión de Méjico, ha indicado como el medio mas
obvio el establecimiento de un régimen dictatorial cuyo
primer puesto se confiara á Miramon, Almonte ó al mismo Prim. No nos creemos obligados á refutar á los que
así discurren. Sería perder un tiempo precioso. E n t r o n i zar la dictadura en Méjico equivaldría á curar una enfermedad produciendo otra mas grave, ademas de que se
cometería el mas inaudito de los abusos sacrificando vidas y millones en favorecer á una entidad política sin
títulos bastantes para tamaños sacrificios. Las potencias europeas no pueden ó mejor dicho, no deben coadyuvar á que este ó el otro partido sea el que triunfe en
Méjico, puesto que una política de tal índole es contraria á todo derecho. Ni Miramon, que se apoderó del poder por medios violentos, ni Almonte que tanto figura

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en las actuales revueltas, ni Prim que no obstante su
fortuna, nunca podría a s p i r a r á tan alto puesto, pues sus
antecedentes políticos así lo enseñan, deben figurar para
nada en estos debates. Perderían mucho de su importancia reduciéndolos á tan exiguas proporciones.
Tampoco debemos insistir mucho en la candidatura
del infante D. Juan y en l;i del e x - r e y de Ñapóles. Sería
una burla sangrienta el aconsejar ó imponer á los mejicanos unos príncipes que en Europa han sido desechados. Ni el Infante, ni Francisco II pueden tener simpatías de ninguna clase para aquellos habitantes, esto
aparte de que no creemos que Francisco II se encontrase
dispuesto á surcar las aguas del Océano en busca de
un trono trasatlántico, cuando con tanto tesón insiste en
recuperar el que ha perdido en el continente. — Si hoy
la historia al juzgarle, quizás le haria justicia atribuyendo su desgracia mas que á sus propias faltas á las combinaciones de fatales acontecimientos, entonces, de seguro, no tendría una sola frase de benevolencia para el
que tan deslealmente fué abandonado por aquellos que
debieron morir cobijados á su b a n d e r a .
El infante D. Juan está desconceptuado. No creemos
que nadie se ocupe formalmente de su candidatura.
Desconocemos las razones en que se apoyan los
que sostienen la de ü . Sebastian. Lo mismo nos pasa
con la del conde de Flandes. No basta que un príncipe sea ilustrado, digno de las mayores consideraciones, amante de la justicia y la razón, para que se le
coloque al frente de toda una nacionalidad. Que exista
quien desee ser rey, no es nuevo ni significa nada: las
naciones son las que han de desear el ser regidas de esta
ó aquella manera; á ellas toca la elección, el tiempo
y la oportunidad. También por idénticas razones en e

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caso presente, los pueblos ó la opinión que los representa es la que lia de influir en pro del candidato que
se crea mas idóneo no por él mismo, sino por lo que su
elección pueda interesar á la paz del mundo, y á los
intereses humanitarios. Nadie tiene ni el mas remoto
derecho á una cosa que hasta ahora no existe y que
solo se piensa crear. Respetamos como debemos las
opiniones de los que abogan por el conde de Flandes
ó por L\ Sebastian; pero no podemos admitirlas porque
no abarcan la cuestión en toda su magnitud,
Dos candidatos son los que esclusivamente pueden
promover una discusión seria. La infanta doña María
Luisa Fernanda y el príncipe Fernando Maximiliano.
Este porque tiene el apoyo de la Francia, aquella porque
España, si no quiere merecer la censura del mundo entero y de la historia, tiene que sostenerla; porque la
causa del liberalismo y del sistema constitucional están
interesados en ello, porque también la raza latina con
sus justas exigencias así lo reclama. Es esto tan acomodada á la verdad cuanto que las opiniones no fluctúan
entre 1). Sebastian y el duque de Flandes, el infante
D. Juan y Francisco II, sino entre doña María Luisa
Fernanda y Fernando Maximiliano.

VIL

Lo mas natural sería por supuesto, y admitiendo nada mas que como un hecho la intervención europea en
los asuntos de la República, que esta eligiese por sí la
persona que creyera mas á propósito para gobernarla.
No es este pensamiento ni nuevo ni estraño á los deba-

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tes periodísticos. Los diarios imperialistas nos lian hablado de la libérrima voluntad del pueblo mejicano, de
la necesidad de un plebiscito, de que nadie puede imponerse ni ser impuesto para el nuevo trono; pero es m e nester que aceptemos estas protestas con mucha cautela,
pues ya sabemos lo que significan semejantes palabras
en el diccionario del imperio y en las columnas de sus
monitores. La elección de Luis Bonaparte se hizo con
todas las formalidades del sufragio electoral; la anexión
de Saboya también fué ocasión de que por segunda vez
se representase la comedia, y sin embargo ya conocemos lo que Víctor Hugo piensa del encumbramiento del
cx-presidente de la república de 1 8 í 8 , pues que hemos
leido su Napoleón el pequeño, y se sabe lo que Francia y
la Europa piensan de los millones de votos que tanto
en una como en otra ocasión han venido á sancionar lo
que era hijo de la marcha de los sucesos, de combinaciones políticas ó de los errores de los partidos. Si el
plebiscito es un tributo de respeto pagado á la soberanía
nacional, si significa que á la altura á que han llegado
las cosas, la autoridad tiene por lo menos que revestirse de las formas que la razón y la ciencia exigen, aceptado.
Pero volviendo de esta digresión al tema principal,
diremos, que mientras se habla de dejar á los mejicanos
en libertad de resolverse por este ó aquel candidato,
practicándose así en parte la doctrina del celebérrimo
Monroe, (1) se prepara el terreno de una manera a d e cuada para que eche raices la planta que se le ha
confiado. De este modo no solo se gana tiempo sino
(1)

La América para los americanos.

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es que tambieu se cubren las apariencias y se estudia el modo de obtener la victoria á menos costo y con
mas seguridad. Esta y no otra parece ser la táctica que
por algunos se e nplea en la cuestión que nos ocupa, y
de aquí el que recomendemos las mayores precauciones,
que son necesarias, si no hemos de caer en las redes
del artificio y la suspicacia. Si de buena fé pudiera
creerse que se dejaba en libertad al pueblo mejicano
para elegir su rey, que esta libertad era positiva, nunca
estaría de más el aconsejar lo mas conveniente tratándose de un paso de tanta trascendencia. Pero bien
puede decirse que todas esas manifestaciones son mentidas, y que si llega el caso de sustituir el régimen
republicano con el representativo, el agraciado con
la magistratura suprema no deberá por cierto su fortuna de una manera completa al voto nacional. ¿Y
cómo por otra parte sería posible conocerlo hoy en
su verdadera espontaneidad cuando todo es allí, según
se dice, desorden y anarquía? Para que se pudiera obtener el conocimiento de un dato tan difícil, sería preciso que el pais entrase á respirar una atmósfera mas
pura, menos alterada que aquella en que actualmente
vive: sería indispensable que á la alarma constante que
tiene á los espíritus en sobresalto, sucediese un interregno de paz, que permitiera la manifestación sincera de todas y cada una de las opiniones predominantes; que hubiera tolerancia para todos y respeto mutuo
entre los partidos que legítimamente aspiran al poder,
lo mismo que para los ciudadanos, fuera cualesquiera su
filiación política. Después de conseguido esto, sería
cuando se podría llevar á los electores á los comicios,
con el propósito de conocer sus aspiraciones y deseos.
Pero como no sucederá así, fuerza es convenir en que

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si algo se hace ha de ser por los caminos tan corrientes
en los tiempos que alcanzamos, para las eminencias diplomáticas. Si la guerra en Méjico se encarniza, si tenemos combates y victorias, y Europa continúa creyendo
que ejerce una nobilísima misión con imponer un gobierno á sus antagonistas, entonces no se aguardará á
restablecer la calma moral, verdadero medio en que
puede manifestarse el acierto, sino que al contrario se
procederá, muchos así lo creen, á llenar los requisitos
ostensibles del espediente electoral, resultando elegido
bajo la amplia libertad de las bayonetas el príncipe que
el pueblo mejicano se dá por rey y señor.

VIII.

Hablemos ya de los candidatos. El Archiduque F e r n a n do Maximiliano, nació el 6 de Julio de 1832, es vice-almirante y comandante de la marina imperial, propietario del
regimiento de ulanos austriacos número 8 y jefe del regimiento prusiano de dragones de Neumark número 3 . El
27 de Julio de 1857 contrajo matrimonio con la archiduquesa María Carlota, nacida el 7 de Junio de 1840,
hija del rey de los Belgas y hermana del Conde de
Flandcs.
Todos convienen en que donde por primera vez se ha
pronunciado el nombre de este príncipe como el mas
apropósito para el trono de Méjico ha sido en las Tullerías, ü e allí parece haber salido le mol d'ordre para
que el cuarto poder del Estado de cien maneras distintas, lanze al mundo político esta candidatura como la

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que mas aceptación tiene en las altas regiones del cielo
bonapartista. Hay periódicos traspirenaicos que con
una candidez digna de los tiempos primitivos afirman
muy seriamente que S. M. I. no tiene formada opinión
en el asunto, y que nada hay mas distante de su regio é
imperial ánimo que el anticipar cualquiera sujestion sob r e un problema que ha de ir intacto á los mejicanos
para que ellos lo resuelvan. Contra estas esplicaciones,
que no consiguen tranquilizarnos á pesar de nuestra predisposición á creer sinceramente cuanto por tan autorizados conductos se nos anuncia, están la creencia general por un lado, los hechos por el otro. ¿Puede n e g a r se que se está trabajando en favor de Fernando Maximiliano? ¿Puede desconocerse que la fuente de donde
parten estos esfuerzos, si hemos de dar crédito á lo que en
todos los círculos se afirma, es la política imperial? ¿Pero en ese caso cómo se esplica la protección que Luis
Bonaparte concede á este candidato? ¿Qué razones le
aconsejan el apoyarlo?
Volvamos la vista y apartándola del nuevo continente
lijémosla en. un punto del nuevo, en la península italiana. Hemos indicado en otro lugar que en el triunfo de
la candidatura austríaca iba envuelta la solución de mas
de un conflicto de vital importancia. Tiempo es ya de
que nos espliquemos.
Asientan muchos que desde el atentado de Orsini en
I S a S , desde que las palabras de este desgraciado resonaron como una profecía fatídica en los oidos del héroe del 2 de Diciembre, Italia es la pesadilla de Napoleón III. Su nombre, grato para todos los amantes de
las artes y de la poesía, le persigue á él como un eco

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importuno, su recuerdo es un fantasma que se le
aparece en todas partes, como un torcedor que turba
la serie de sus elucubraciones. Por eso Italia está
sintiendo pesar sobre ella hace algunos años la mano del
Emperador, por eso la sangre francesa mezclada con
la de los piamonteses corrió en Magenta y Solferino,
y por eso Garibaldi ha ahuyentado de las orillas de P a r tenope y del foro palermitano las águilas borbónicas,
y en estos mismos instantes arroja el mal contenido v e neno de su rencor contra las cúpulas del Vaticano. Italia
es la preocupación del último de los Bonapartes. Italia
podrá ser la tumba de su dinastía como fué en 1848,
cuando la espedicion á Roma uno de sus primeros precedentes. Napoleón quiere que Italia sea una, que sea
libre, independiente, que viva satisfecha y contenta,
que le esté agradecida. El puñal de los bravi y el veneno de los Borgias, son enemigos muy terribles. Napoleón que sabia perfectamente cuanto le odiaban los
patriotas italianos desde que envió á Oudinot á disolver la Asamblea constituyente á cañonazos, quiere hoy
concluir la obra empezada en las orillas del Pó y del
Tessino. La Italia se encuentra mutilada puesto que el
Austria se enseñorea todavía sobre una ostensión de
territorio que le pertenece. Restituyamos á Italia esta
parte que se le ha cercenado y entonces será una desde los Alpes hasta el Adriático, desde el golfo de Genova hasta el de Tarento. El lector empieza de seguro á
ver claro en este asunto.
El emperador de Austria, hombre de carácter enérgico, de resoluciones concluyentes, que se ha propuesto
plantear el sistema absorbente de la centralización en
sus vastos dominios con el objeto de poder con mas
facilidad cohibir las espansiones de las ideas emancipaD

26

doras, viene resistiendo hace tiempo las indicaciones
que sobre la cesión del Véneto se le han hecho en mas
de un caso. Francisco José I no quiere abdicar el
derecho que cree tener á la posesión indefinida de
aquellos estados, y fiel á la política tradicional de los
Hapsbourgs, persiste en que los tudescos tengan asentada su ominosa planta sobre la hermosa frente de la infortunada Italia.
¿Cómo resolver el problema? ¿Cómo satisfacer á los
italianos recompensando su sacrificio al emperador de
Austria? ¿Cómo hacerle sobrellevar un golpe tan terrible asestado contra el orgullo característico de su raza?
Creando un nuevo trono, colocando en él al príncipe
Fernando Maximiliano, hermano del emperador. Hé
aquí el solo medio aceptable, la única salida en tan g r a ve aprieto. Italia verá realizados sus mas ardientes votos, sus mas halagadores ensueños; Austria, como se
acrecienta su preponderancia allende los mares, lo
mismo que en Europa, y Luis Bonaparte habrá rescatado la palabra que comprometiera.
Dudamos mucho que semejante solución entre en las
miras del Austria. El archiduque tiene derechos eventuales al trono, Francisco José puede desaparecer de la
escena el dia menos pensado, que nadie tiene hecha hipoteca de la existencia, y mucho mas cuando son tantos los riesgos y los envidiosos que nos rodean. La Emperatriz no goza de la mejor salud, puesto que el germen mortífero que mina su ser la obliga á cambiar los egregios salones de su palacio de Viena pollas puras brisas de Madera ó del Archipiélago. Este matrimonio tiene dos hijos, la archiduquesa Gisella Luisa

27

María que nació el 12 de Julio de 1856 y el archiduque Rodolfo, que vino al mundo el 21 de Agosto
de 1858. El Emperador nació en 1830, l a e m p e r a .
triz en 1837, habiendo contraído matrimonio el 24
de Abril de 1854. Se nos antoja que tanto la aristocracia austríaca que rodea mas íntimamente al trono, c u a n to los emperadores, no estarán muy dispuestos á permitir que se aleje el archiduque, que seguramente es
uno de los sostenedores de tan pesado cetro. Un imperio
compuesto de tantos elementos refractarios, que mas
que Estado es un conjunto de reinos amalgamados por
la conquista ó la diplomacia, donde la levadura revolucionaria está continuamente fermentando, puede de un
instante á otro necesitar los auxilios de Fernando Maximiliano. Ante la constante amenaza de la Hungría y de
la Polonia no sería cuerdo fraccionar el poder que reasume en sí la familia imperial.
Además la cesión del Véneto es un aclo de incalculable trascendencia política, para un gobierno que como
hemos dicho tiene tantos añadidos en su carta geográfica, mucho mas cuando tanto se habla de la r e c o n s "
titucion de nacionalidades. Esa misma Polonia que hemos citado, esos mismos magyares alentados por el
ejemplo redoblarían sus conatos de emancipación. ¿Y
cuál sería la perspectiva del imperio tan agoviado por
la cuestión rentística y por el desbarahuste administrativo, el dia en que estallara un movimieuto general
y simultáneo en aquellas provincias? Habiendo perdido
gran parte de la fuerza moral en la lucha con el Piamonte y la Francia y todo su prestigio en la cesión del
Véneto, ¿cuál sería el resultado de las medidas adoptadas para reprimir la nsur/eccion?

28

Poco nos importa en nuestro particular el que la d e cadencia del Austria se aumente y que llegue hasta el
último estremo, pues ni hemos olvidado que de allí
vino á España el funesto sistema que dio al traste con
las libertades patrias, encadenándolas en Villalar al carro del despotismo, ni hoy tienen que esperar nada la
libertad y el progreso verdadero de su iniciativa. Pero
no es este el caso. Los intereses del Austria son los
que ahora tienen la palabra, y por cierto que sus defensores no son tan torpes y tan débiles y tan poco avisados sus diplomáticos que dejen de defenderlos resuelta y juiciosamente. De todo deducimos que bajo el
punto de vista austríaco, la candidatura enunciada no
puede halagar ni ser conveniente. Aceptarla equivaldría
á pasar por las horcas caudinas que levantara Víctor
Manuel con la ayuda de Napoleón.
Examinada la cuestión á través de otro prisma, ofrece aun mayores dificultades. Concedamos que el archiduque sea un hombre digno y sinceramente apreciable, animado de los mejores deseos, y con el adorno de
las cualidades mas honrosas. ¿Podrá nunca estimarse
idóneo para regir un pais hasta ahora republicano, el
q u e como político es uno de los mas genuinos representantes de la autocracia moderna? ¿El hermano de Francisco José romperá con las tradiciones de su familia, olvidará las ideas de predominio y privilegio incrustadas
en su alma desde que despertó á la luz de la inteligencia? Un periódico ha dicho, hablando de cual es el candidato mas á propósito:
«En nuestra opinión no es el archiduque Maximiliano de Austria, individuo de una familia opuesta siempre á los principios liberales; que cree todavia en el

29

derecho divino de los reyes; que no vé en sus g o b e r nados otra cosa que vasallos; que ha vivido constantemente rodeado de una aristocracia casi feudal, clase
que en Méjico es desconocida por completo; que ha nacido bajo un clima completamente opuesto á aquel donde se le quiere enviar; y que, por lo tanto, sus costumbres, sus inclinaciones, su mismo idioma no se parecen en nada á las del pueblo que habia de regir.»
Pues si ni al Austria ni á Méjico cuadra el que un
príncipe alemán sea el elegido, puede interesar, sin embargo, á la europa liberal, á la España como representante de la raza latina. De ningún modo. Los Hapsbourgs han sido siempre enemigos acérrimos del liberalismo, y en la cuestión de razas son nuestros antípodas.
El encumbramiento de-uno d e s ú s miembros, seria un flaco servicio hecho á causas tan dignas de apoyo por
todos los que aman el perfeccionamiento progresivo de
las sociedades.
Comprendemos que Luis Bonaparte insista en imponer su voluntad á las demás potencias. No queremos
herir susceptibilidades de ningún género, porque n u e s tro criterio no es el de las pasiones sino el de la razón,
siendo así como se esplica que no incidamos en las
reticencias de c o s t u m b r e , siempre que se trata de
este h o m b r e . Apreciadores de lo que vale el que
desde los calabozos del castillo de Ham ha sabido encumbrarse al solio imperial pasando antes por la revuelta liza del republicanismo, no podemos dejar de conocer
que es político de grandes recursos y no pocos alcances.
El ha sido quien ha empezado á minar la preponderancia inglesa, quien ha irritado mas de una vez el orgullo
de los potentados del Norte, y quien se ha vengado ya

30

en parte de los insultos inferidos á su familia en París,
Waterloo y Santa Elena. Son sus miras profundas y todas sus resoluciones entrañan problemas difíciles, que
arroja a! palenque de la discusión como otros tantos incentivos para entretener á los filósofos prácticos, á los
utopistas, á los ilusos, á todos los que se agitan en el
mar de la política. Por eso debernos seguir muy atentamente las distintas fases de esta cuestión, que puede
muy bien traer complicaciones graves para España.
Luis Bonaparte lia de empeñarse en salir airoso en
su propósito, y por consiguiente es meuesler presentarse
ante él con una gran copia de razones y lógica á fui de
inclinarle á desistir de su empresa.
Y no hay que negar la parte que está tomando en
estas negociaciones. En una correspondencia de París
publicada por La Época, diario madrileño de la situación, se lee lo siguiente: «Napoleón llf está colmando
de atenciones al emperador de Austria, pues conoce la
íntima conexión que existe entre la cuestión de Roma y
la del Véneto, y que de una y de otra dependen los destinos de la paz europea. Su gran deseo sería conseguir
de un golpe la completa independencia de Italia y la
confederación A esto tienden los ofrecimientos de un trono en Méjico para el archiduque Maximiliano, y todo lo que
se trabaje con Inglaterra para un arreglo de los asuntos de
Oriente es favorable al Austria. Hasta ahora las gestiones
diplomáticas han dado escasos resultados; pero como
se desea la paz, al menos para este año, se insistió en
buscar una solución conciliadora y se envian á Turin
consejos de prudencia.» Un periódico español que ya
hemos citado, El Reino, añade: «La Francia trabaja sin
descanso para conseguir la realización de su pensamien-

31

to, y no so limitan sus gestiones á influir en su dia de
una manera indirecta, como únicamente le debería ser
dado hacerlo, sino que pregunta y negocia cerca de los
gabinetes de las primeras potencias de Europa, para
facilitar la marcha de su pensamiento, fatal en su última parte, ó sea en la designación del nuevo monarca,
á los intereses de España y a la tranquilidad de los pueblos que componen el territorio de Méjico. »
La prensa imperialista intenta defender la espedicion
á Méjico contra los que la consideran como un atentado
á la soberanía nacional de aquel pais. Observen n u e s tros lectores con qué maña procura preparar el terreno
uno de sus órganos, La Patrie, para que no sorprenda
lo que pueda acontecer mas tarde.
«Si la espedicion europea, dice, cuyo objeto está
claramente indicado en las instrucciones enviadas por
Mr. Thouvcncl al almirante J u n e n de la Graviere, concurre á restablecer en Méjico el orden social profundamente perturbado: si los elementos de arden se agrupan
detrás de esas banderas que son en definitiva la garantía del
derecho internacional: si hombres adictos, libres de temores legítimos, tratan de restaurar la fortuna de su
pais, y la voluntad del pueblo, puesta en posesión de sí
misma por nuestras armas, confía como quería hacerlo
cuarenta años há, los destinos nacionales á un príncipe
europeo, ¿podrá Méjico echárnoslo en cara? ¿Habrá en ello
algún principio desconocido, algún derecho violado por nuestra intervención?
»No es nuestra triple espedicion lo que infiere atentado á la soberanía nacional, sino ese gobierno tan d é bil como osado, cuyos crímenes la deshorarian si sus
violencias no la destruyesen.
«Esta es la verdad en cuanto á la cuestión mejicana,

32

e x e n t a de todas las malas interpretaciones de que so
la quiere rodear, y es servir mal los principios políticos, invocarlos con motivo de un asunto en que no se
trata ni de opresión ni de conquista, sino de una obra
verdadera de emancipación y de civilización.»
¡Magnífico! Este es el lenguaje en boga. Dése á Méjico un príncipe alemán, y Méjico se habrá salvado y con
él la causa de la Humanidad. Mucho nos interesa el
que Italia sea u n a , que es á lo que en último término
tiende la combinación que discutimos, pero no tanto q u e
sacrifiquemos en aras de nuestro hidalgo sentimiento
derechos y atenciones mucho mas sagrados.

VIL

Resulta, pues, que el gabinete de las Tullerías es el
que parece haber tomado la iniciativa en este a s u n t o .
Inglaterra sigue sus huellas mientras España contempla
las evoluciones de la política traspirenaica sin lomar
una resolución que ponga á salvo sus derechos. Y lo
mas triste es que mientras Lord John Russell en una
nota diplomática de grave contenido nos amenaza por
si traíamos de imponer en Méjico una forma de gobierno contraria á la voluntad de aquel pueblo, e n c u e n t r a
muy conforme que el archiduque F e r n a n d o Maximiliano sea el elegido, gracias á la política napoleónica.
iCuidado con que España dé un solo paso en este s e n tido, cuidado con que intente la mas leve cosa en una
materia que tanto le atañe! La convención de Londres
lo prohibe, pero tratándose de la Francia y del prínci-

/

A

33

pe tudesco y de su candidatura, ya es otra cosa; entonces nada hay en aquella que lo impida. «There is nothing
in the convenlion lo prevenl it.»
Necesitamos antes de entrar de lleno en la cuestión
el dejar sentados algunos preliminares.
El Reino, periódico que ya hemos citado y en torno
del cual están agrupados, según se dice, varias eminencias políticas, como son, entre otros, los señores Pacheco, RÍOS Rosas y Pastor Liaz, embajadores respectivamente en Méjico, Roma y Lisboa durante el actual ministerio, y que por circunstancias especiales se han separado de él, ha sido el primero que ha levantado la
voz anunciando que se trabajaba para crear en Méjico
una situación que no fuera ciertamente producto de
la cooperación española. En un reciente artículo, el
mencionado periódico, cuya significación en los asuntos de Méjico es grandísima por las relaciones que mantiene con personas influyentes de la República, ha consignado las palabras que en seguida trascribimos:
a El Reino fué el primer diario español que á la venida á Madrid del general mejicano Almorí te dio la significación que realmente tenia, el primero que reveló
la misión que le traia á España y cerca de los hombres
encargados de dirigir la gestión de los negocios públicos do nuestro pais.
»El Reino descubrió el pensamiento que presidia al
tratado de Londres; El Reino dio la voz de alerta en
tiempo oportuno, al saber el proyecto abrigado por Luis
Napoleón de colocar en el trono de Méjico al archiduque Maximiliano, hermano del actual emperador de Austria y miembro de la casa de Hapsburgo. Negóse r o tundamente el hecho, y aunque al poco tiempo ya era
E

84

patrimonio de todos, se negaron igualmente las consecuencias que de él se desprendían.
»Hoy no es un misterio que Francia, en sus ambiciosas cúbalas políticas, y para resolver la cuestión italiana de manera que su influencia siga siendo prepotente
en los asuntos de Europa, se ha valido con hábil sagacidad de la candida credulidad del gobierno español y
de su falta de sistema respecto á su política esterior,
para sacar de la cuestión de Méjico todo el partido
posible, á costa de nuestros intereses y de los de nuestra raza en el Nuevo-Muodo.
»Todo el secreto del tratado de Londres, su espíritu y
objeto final, es crear en Méjico un trono, para que lo ocupe un individuo de la casa reinante en Austria.
La alianza de las tres potencias para exigir de la república mejicana reparación de los agravios é insultos
á las tres naciones inferidos, ha sido un pretesto que
el gabinete español ha aceptado de buena le, quedando
presa nuestra inhábil cancillería en las redes que Napoleón le ha tendido.
»Segun los diarios de la situación nos han repetido,
con inaudita torpeza, en el tratado de Londres se ha
estipulado que ninguna de las naciones signatarias podrá reportar ventajas de la intervención, y fundándose
en esta cláusula, pretenden disculpar al gobierno, porq u e , al tratarse de la posibilidad, mas que probable r e suelta ,de la fundación de una monarquía constitucional
en Méjico, no tomó la iniciativa, presentando como candidato á un príncipe español. No puede darse ceguedad
mayor, mas inconveniencia que la que se encierra en
semejantes manifestaciones.»
Hé aquí confirmadas nuestras sospechas, y justificado el intento que puso la pluma en nuestras manos.

35

Cierto es que el tratado de 31 de Octubre de 1861
dice así:
Art. 2.° «Las altas partes contratantes se obligan á
no buscar para si mismas en el empleo de las medidas
coercitivas, prescristas en el presente convenio, ninguna adquisición de territorio, ni ninguna ventaja particular, y á no ejercer en ¡os negocios interiores de Méjico
influencia alguna capaz de menoscabar el derecho que
tiene la nación mejicana para escoger y constituir libremente la forma de su gobierno.»
Pero fíjese la atención en la manera como está redactado y en las frases s u b r a y a d a s , y se deducirán varias consecuencias. Primera, que las potencias aliadas
individual ó colectivamente no están obligadas á no
buscar para terceras personas cualquiera ventaja material ó moral que puedan obtener de sus esfuerzos
aislados ó solidarios. Segunda, que desde luego se ha
prejuzgado la cuestión de intervención, puesto que se
emplea el verbo escoger (elegir) tratándose del gobierno que deba darse la república, cuando existe actualmente uno á quien se dirigen los plenipotenciarios, y
cuando la misión de las potencias, según el preámbulo del tratado no es otra que exijir de las autoridades
de la república una protección mas eficaz para las personas
y propiedades de sus subditos, asi como el cumplimiento de
las obligaciones que con ellas ha contraído la dicha república. ¿Si las potencias no deben salirse de este círculo,
á qué hablar de influencia, á qué estampar la frase
escoger gobierno"! ¿Se proponían aquellas destruir el existente? Debemos pensar que no, y entonces resulta que
los términos del artículo son capciosos y dan lugar á
dudas y distintas interpretaciones.
Dentro de los buenos principios de moralidad política

36

el artículo reproducido debería obligar solidariamente á
todas las parles signatarias; pero según la opinión de
El Reino y de otros muchos periódicos, solo está escrito para contener toda pretensión por parte de España, puesto que como mas arriba hemos consignado
deja en libertad á la Francia para obrar como mejor le
acomode. Grave es esta aseveración cuya responsabilidad
declinamos sobre los que la sustentan en el estadio del
periodismo. Sin embargo bien pudiera aceptarse leyendo con detención las notas cambiadas últimamente entre
el ministro de Estado de la Gran Bretaña y sus embajadores en Madrid y en París. Dicen así:
«EL C O X D E

R U S S E L L A SIR J. C R A M P T O N .

(1)

«Ministerio de negocios estranjeros. —Enero 19.—Muy
Sr. mío: Aunque el gobierno de S. M. está satisfecho pollas esplicaciones dadas por el Sr. Isturiz de que el de
S. M. C. ha dado instrucciones á sus autoridades de la
Habana en conformidad con las estipulaciones ajustadas con S. M. y con el emperador de los franceses, t o davía la conducta del general Serrano tiende á producir
alguna inquietud.
»La salida de la Habana de la espedicion y la ocupación militar de Veracruz, aun prescindiendo del tono de
la proclama espedida por la autoridad española, demuestran que una espedicion combinada á gran distancia de Europa, está sujeta siempre al albedrío, y algunas
veces á la ligereza [rashness) de los distintos jefes y agentes
diplomáticos.
«Deseo que lea Vd. al general O'Donnell y al Sr. Calderón Collantes el preámbulo de nuestro convenio, y el
(1)
L a traducción de estas notas sa ha h e c h o con toda fidelidad. A d v e r t i m o s esto, porque en el periódico La Época h a n aparecido modificadas en varios estremos i m p o r t a n t e s .

37

artículo que define cuál es el objeto que lleva nuestra intervención, y cuál es el que no lleva.
»Beberá Vd. indicarles que las fuerzas aliadas no deben
emplearse para privar á los mejicanos de su indudable
derecho de elegir la forma de su gobierno.
»Si los mejicanos optasen por constituir un nuevo gobierno que pudiera restablecer el orden y conservar r e laciones amistosas con las naciones estranjeras, el gobierno de S. M. saludaría con placer la formación, y apoyaría la consolidación de tal gobierno.
»Si por el contrariólas tropas de las naciones estranjeras han de emplearse en establecer un gobierno que
repugne á los sentimientos de Méjico, y en sostenerle
par medio de la fuerza militar, el gobierno de S. M. no
podrá esperar de semejante tentativa mas resultado que
desacuerdo y decepción. En tal caso, los gobiernos aliados
se verían en la alternativa, ó de retirarse de semejante
empresa con cierto desdoro, ó de estender su intervención mas allá de los límites objeto é intenciones del tratado firmado por las tres potencias.
Esplicará Vd. al general O'üonnell que este temor de
nuestra parte no nace de ninguna sospecha que tengamos
respecto de la buena te del gobierno de S. M. Católica;
•pero que, jejes que obran á distancia del gobierno deben ser
lyigilados muy estrechamente para que no comprometan á sus
gobiernos en una línea de conducta insostenible. ( but commanders acting at a dislance requiare to be very closely
ivalched, lest they should commit thews principáis lo umearranlable proceedings.) Leerá Vd. este despacho al Sr. Calderón Collantes.—RusscU »
«EL

CONDE DE

COWLEY

AL

CONDE

RUSSELL.

«París 24 enero.—He oído en tantas partes que el lengua-

38

je de los franceses que van con las fuerzas enviadas dn r e Méjico da á entender su propósito de alcanzar para el
archiduque Maximiliano el trono de aquel pais, que he
creido necesario interpelar á M. Thouvenel respecto de
este asunto. Habiendo preguntado al ministro de N e gocios de Francia q u é negociaciones existian entre su
gobierno y el Austria respecto del archiduque Maximiliano, S. E. me contestó que no existía negociación a l guna, y que las q u e pudiera haber habido partían tan
solo de varios mejicanos q u e con este intento habían
marchado á Vicna. »
«EL

CONDE

DE

RUSSELL

A

SIR

C.

WILKE,

REPRESENTANTE DE INGLATERRA. EN M É J I C O .

«Ministerio de negocios cstranjeros.—Enero 1 7 . —
Muy señor mi o: He recibido y puesto á la vista de
Su Magestad vuestros despachos desde el 18 al 2 8
de noviembre. Desde q u e escribí á V. E . , el emperador
de los franceses ha debido enviar tres mil hombres de
tropas mas á Veracruz. Es de suponer q u e estas tropas
marcharán en unión con las demás francesas y españolas á la ciudad de Méjico. Dícese también que el archiduque Fernando Maximiliano ha sido invitado por gran
número de mejicanos á colocarse en el trono de Méjico,
y que el pueblo mejicano verá con gusto semejante suceso. Tengo muy poco que añadir respecto de este punto á mis anteriores instrucciones.
»Si el pueblo mejicano, por un movimiento espontáneo, coloca al archiduque Maximiliano en el trono de
Méjico, nada hay en el convenio de las tres potencias que
pueda impedírselo. Pero por otro lado, no podemos tomar
parte alguna en una intervención forzosa que tenga este oh-

39

jeto. Los mejicanos deberán consultar libremente sus propios
intereses
»Tengo que añadir á mis anteriores instrucciones respecto á los almirantes de las escuadras del Adriático y
del Pacífico que no deben poner obstáculos á la retirada de las flotas combinadas en Yeracruz, cuando llegue
la estación poco saludable. Tampoco deberéis oponerlos á las medidas que puedan concertarse entre los j e fes de las fuerzas navales inglesas en Veracruz y el almirante Mayland, para la ocupación ó bloqueo de los
puertos de Méjico en el Pacífico que puedan ser considerados necesarios para los propósitos del convenio.
Acapuleo, San Blas y Muzagan son los puertos á que
aludo en esta instrucción.—Russell. »
Ante las intenciones que revelan estas notas, la prensa nacional independiente ha comenzado á examinar la
conducta de Inglaterra y Francia, así corno la posición
en qucEspaña aparece colocada. «Nuestra intervención
en Méjico en compañía de Inglaterra y Francia, dice El
Contemporáneo, órgano de la fracción moderada pura,
no puede traernos sino humillaciones y disgustos. Vamos á ser instrumentos ciegos de Napoleón, á cooperar
al entronizamiento de un príncipe austríaco, á consentir que implícitamente queden declarados inhábiles los
príncipes españoles, y á sancionar y á auxiliar la política mas anti-española que puede hacerse en aquellas r e giones, sujetas un dia al dominio de España.
»Las notas y despachos relativos á este negocio, publicados recientemente por el gobierno inglés, manifiestan la situación lastimosa en que nos hemos puesto.»
En el mismo sentido se espresan La Crónica y otros
periódicos conservadores y progresistas. El citado Con-

40

temporáneo en otro artículo consigna estas frases:
«Nosotros, que ciertamente no pecamos nunca de palaciegos, estamos sorprendidos al observar la impávida
conducta del gabinete ante las intenciones que llevan
á Méjico los ejércitos de Francia y de Inglaterra, y ante
los grandes y adelantados trabajos que en favor de la
candidatura de un príncipe austríaco se están haciendo,
sin contar para nada con el gobierno español y sin que
este cuide en lo mas mínimo de lomar la parte q u e
nos corresponde en tales negociaciones. La única razón
que en su defensa alegan los amigos del gabinete, es, que
los ejércitos aliados van á Méjico para que aquel pais
se dé la forma de gobierno que le acomode, recurriendo, con el objeto de conseguirlo, al sufragio universal. Cuando todo el mundo sabe lo que son y lo que
significan esas cosas, cuando nadie ignora cómo se
dirigen y cómo se realizan esos asuntos, es ridículo, altamente ridículo, que tal argumento salga de hombres medianamente versados en la política. Si eso es,
si á los mejicanos se les ha de dejar en completa libertad, respetando sus deseos, ¿por qué se trabaja en
otras potencias por la candidatura del archiduque Maximiliano? ¿Somos acaso nosotros de peor condición,
que no podamos trabajar por la candidatura mas justa
y mas lógica de un príncipe español?»
El Reino ha dicho también:
«A pesar de la proclamada neutralidad que se
quiere afectar para el arreglo definitivo del sistema
de gobierno que los mejicauos deseen ciarse, es lo cierto que se les trata de imponer la monarquía y un principe de la casa de Hapsburgo.
»La Francia trabaja sin descanso para conseguir la
realización de su pensamiento, y no se limitan sus ges-

41

tiones á influir en su dia de una manera indirecta, como únicamente le debería ser dado hacerlo, sino que
pregunta y negocia cerca de los gabinetes de las primeras potencias de Europa, para facilüar la marcha á
su pensamiento, fatal en su última parte, ó sea en la
de designación del nuevo monarca, á los intereses de
España y á la tranquilidad de los pueblos que componen el territorio de Méjico.»
Los periódicos ministeriales por toda respuesta se han
contentado con decir que si llegase el caso que se teme, si se viese que habia segunda intención en el tratado de Londres, entonces « l o q u e el gobierno haría sería oponerse resueltamente á la infracción de ese tratado y á que ninguno de los países signatarios impusiese la ley á los demás para servir intereses que no
sean los mas puros y legítimos.» Estas frases q u e , bien
analizadas nada dican, están tomadas del Diario Español en su número 2984.
La Época por su parte cree que el asunto no es de
importancia. Oigásmola:
«Por lo demás la cuestión no tiene importancia ninguna desde el instante en que todas las traducciones
están conformes en hacer decir al conde Russell que el
gobierno de Inglaterra estaba satisfecho de la conducta
del de España, y que sus observaciones respecto a lo
inconveniente que sería imponer á Méjico por la fuerza gobierno alguno, no nacían de ninguna sospecha que
la Inglaterra no tenia de la buena fé del gobierno de
S. M. Católica. Y es'.a declaración era tanto mas justa
cuanto el ministro de Estado ha declarado hace mas de
un mes ante el Parlamento que la España está resuelta
á respetar altamente la voluntad del pueblo mejicano.
No dudamos nosotros de que tales sean las inteucio-

42

nes del gabinete, ¿pero debe permanecer impasible
cuando hay quien sigue distinto rumbo? ¿dejará que otros
hagan lo que solo á él corresponde?

X.

Desde el instante mismo en que la opinión pública
se ha apercibido de que se trataba de crear un reino
en Méjico, ha dejado entrever sus aspiraciones, formulándolas de una manera terminante y decisiva. Si se
esceptúan á los hombres que tienen la desgracia de
soñar todavía con el advenimiento del antiguo régimen y que quisieran ver sentado en un trono á cualesquiera de los príncipes que lo representan, la mayoría del pais se ha pronunciado en favor de la candidatura de la infanta doña María Luisa F e r n a n d a . Obrando así dá un público testimonio de su elevación de mir a s , de su sensatez, de sus no comunes disposiciones
para gozar de aquella libertad racional que siempre
camina de acuerdo con el derecho y la justicia. También
indica que el espíritu nacional, en épocas de triste r e cuerdo tan amortiguado, existe siempre vivo en el
fondo de todos los corazones.
La infanta doña María Luisa Fernanda nació el 30
de Enero de 1832, contrayendo matrimonio el 10 de
Octubre de 1846 con Antonio Felipe Luis, príncipe de
Orleans, duque de Montpensier, infante de España, capitán general de los ejércitos nacionales, que nació el
31 de Julio de 1824.
De este matrimonio procede la siguiente descendencia:

43

La infanta doña María Isabel, nacida el 21 de Setiembre de 1848.
La infanta doña María Amalia, nacida el 28 de Agosto de 1 8 5 1 .
La infanta doña María Cristina, nacida el 29 de Octubre de 1 8 5 2 .
La infanta doña María de las Mercedes, nacida el 25
de Junio de 1858.
El infante D. Fernando María, nacido el 30 de Mayo
de 1 8 5 9 .
Bajo tres puntos de vista distintos puede considerarse aceptable la candidatura de la hermana de doña Isabel 11. Desde el punto de vista de los intereses mejicanos y de los trasatlánticos de España: de lo que con su
triunfo gana la causa del liberalismo: de cuan conveniente es á la preponderancia que la raza latina debe
adquirir allí donde la anglo-sajona intenta dominarla.
Hé aquí la gradación en que espondremos las razones
que nuestro patriotismo y el amor que profesamos á los
principios liberales nos inspiran en la ocasión p r e sente.
Mientras sea una verdad que las potencias coaligadas
dejan á los mejicanos en libertad de elegir el soberano
que mas les convenga, ninguna deellas puede alegar derecho á influir en este ó aquel sentido, pero desde el
momento que esto no sea completamente exacto, España está en el caso de presentar argumentos que establezcan una prioridad y prelacion incontestables por lo tocante á hacer recomendaciones en favor de esta ó aquella persona.
Por la comunidad de origen, lenguage, ideas y hasta
costumbres, la población mejicana está identificada

44

con la española. Esto mismo hace que nuestros naturales, en considerable número, se hallen domiciliados en
toda laestension de aquel vasto territorio, en el que poseen graneles propiedades y donde tienen intereses íntimamente ligados con los de aquella sociedad, lo que
exije una eficacísima protección sobre ellos con el fin deque se respeten sus vidas y haciendas, sean cualesquiera las peripecias que puedan ocurrir. Dedúdese de
aquí que España debe procurar que la persona que ocupe el nuevo solio tenga verdaderas simpatías hacia los
españoles, que conozca á fondo sus cualidades y haga
justicia a la dignidad de su carácter, independencia de alma y rectitud de intenciones. Es menester que el nuevo rey ofrezca por sus antecedentes las garantías de seguridad que una nación grande y magnánima está en el
caso de exigir en beneficio de sus subditos. V vista la
cuestión á través de este prisma, ¿quién mejor que la infanta doria María Luisa Fernanda que tantas pruebas de
amor ha recibido de nuestro pueblo, podrá satisfacer
estos requisitos? ¿Podrá nunca disputarle la primacía en
este terreno alguno de los candidatos cuyos nombres
hemos estampado? ¿Podrá también negarse que esta
protección que reclamamos es impertinente, que los españoles que habitan el territorio de la república no la
necesitan ó que es un motivo muy secundario para
hacerlo valer en los momentos presentes? Tan es lo
contrario cuanto que la conciencia universal se ha
sublevado contra el tratamiento usado para con los
hijos de España en Cuernavaca , y otros puntos .
No queremos entrar en detalles ni examinar este
estremo en todas sus incidencias; bastará el que se nos
conceda que actualmente existe una animadversión
marcadísima en Méjico contra los llamados denigrativa-

45

mente gachupines, para que resulten justificadas las precauciones que aconsejamos, y que son justamente las
que aparecen consignadas esplícitamente en la convención de Londres. Es este un motivo de índole preferente, es una consideración que no debe posponerse á ninguna otra cuando se trate de influir en los destinos futuros
de Méjico. Ni Francia ni Inglaterra se hallan en las condiciones y en la posición que España, quien se haria
acreedora á las mas graves censuras, mereciendo el escarnio de propios y estraños si por cualquier concepto
dejase de amparar á los que llevando en sus frentes inscrito su nombre, son perseguidos, saqueados y asesinados.
De nuestro imperio allende los mares, de las estensas
comarcas que poseíamos en la tierra que conquistaran
Colon, Hernán Cortés y Francisco Pizarro, no nos quedan mas que las Antillas, ricas joyas que el espíritu
filibustero pretende sustraernos desde hace mucho tiempo. No deploramos la pérdida de la América española.
Cuando una colonia ha llegado al grado de preponderancia y desarrollo convenientes, es lógico que se (.'mancipe. Así lo enseña la historia. Solo es de sentir que
los neo-españoles lanzaran el grito de insurrección a n tes de tiempo, cuando todavía no contaban en sí mismos con los elementos necesarios para la vida independiente á que aspiraban y que habia de recompensarles
d é l a s ventajas que desde luego perdían. Su impaciencia
ha dado amargos frutos, pues las repúblicas americanas
están devoradas por la hidra de la guerra civil, producto de la inesperiencia de sus h o m b r e s , d é l a s ambiciones que naturalmente han surgido, y de la muchedumbre de medianías que ocupan los puestos públicos.

40

La benevolencia con que juzgamos á nuestros antiguos hermanos no arguye el que hoy por hoy nos
sea indiferente la posesión ó la pérdida de la Habana y
demás islas que forman su capitanía general. Nuestra
dignidad nacional, y preciso es hablar de ella, está muy
interesada en su conservación, sobre todo, después que
se ha querido arrebatárnosla en distintas ocasiones. España tiene precisión de influir directamente en los asuntos de Méjico, porque en la entrada de su golfo tiene
sus colonias, porque estas son el blanco de las asechanzas de los yankees, porque no podria mañana afrontar con el apetecido éxito las agresiones que contra
ellas se dirigieran, si el poder que en Méjico estuvieso
al frente de los negocios no secundaba sus miras con
verdadero y sincero empeño. Que estas son legítimas,
honestas, acomodadas á la razón y al derecho, por sabido se calla. Todas las naciones, hemos dicho, tienen
la necesaria capacidad legal para defender la integridad de su territorio, y para adoptar todas las precauciones que crean convenientes á este fin. Nuestro gobierno, pues, tiene que sostener la candidatura citada.
Sentándose en el trono doñaMaria Luisa se dá un gran
paso en favor de la tranquilidad de las Antillas y de
nuestros intereses generales en aquellas regiones.
Hay mas: en Méjico y e n casi todos los demás estados que en lo antiguo pertenecieron á España, se tiene
concebido un concepto equivocado y gratuito de nosotros. Créese allí que vemos con ojeriza á los americanos, que todo lo que en ellos presuponga prosperidad
nos incomoda, que quisiéramos verlos aniquilarse m u tuamente, ya que en nuestra impotencia no podemos
volver á dominarlos. También conceptúan que acariciamos todavía las ideas de intolerancia y predominio que

sustentaban nuestros abuelos, que queremos reconquistar, por lómenos moralmente, la influencia que en el
nuevo mundo hemos perdido, y q u e , para decirlo de
una vez, somos un pueblo atrasado, ignorante, preocupado y casi abyecto, que no desdice mucho del que
alumbrara las hogueras del tétrico Felipe II. Sería un
vano empeño el decir á los americanos que están
equivocados. Y cuenta que hablamos por esperiencia.
Habladlcs bien de España, de nuestros adelantamientos
morales y políticos, de las vías férreas que cruzan nuestros campos, de la prosperidad de nuestra agricultura, de
la rapidez con que la industria se desarrolla y las artes y
las ciencias se elevan á un esplendor desconocido; decidles que el telégrafo eléctrico lleva nuestro pensamiento con la velocidad del rayo a los mas remotos
puntos del territorio; que las instituciones representativas se purifican de los vicios que las emponzoñaban;
que nos son familiares, por último, todos los progresos
de la civilización, y os contestarán con el indiferentismo de la duda, y os responderán que exageráis, que
no es creíble que España se haya levantado en tan pocos años de la abyección en que la postró la monarquía absoluta. Conviene que un príncipe español v a j a
allí con sus ideas, con su ilustración, con su conducta,
con sus nobles prendas á destruir tan funestos e r r o r e s .
Conviene que se estrechen los lazos morales y comerciales que deben unir á españoles y americanos, á la
madre y á los retoños que de ella salieron, como en
lo antiguo acontecía con Roma y con aquellas ciudades que llevaban por las costas del Mediterráneo su
gloria y sus penates. Doña María Luisa Fernanda será
la prenda de paz y concordia que los españoles ofrecen
á sus hermanos de la virgen América. Una muger, se-

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ñora por su cuna, por su posición y por sus sentimientos, que á las relevantes prendas que como cariñosa
madre le adornan, reúne las de discreta y virtuosa esposa, un corazón sencillo y caritativo, que no puede
presenciar una desgracia sin socorrerla con solícita mano, un alma bondadosa y una predisposición innata al
bien, será la encargada de modificar una situación tan
violenta como injustificada. Solo doña María Luisa Fernanda es digna de esta elevada misión y capaz de ella;
solo sus dotes pueden anticipadamente augurar el mejor
resultado en esta nobilísima empresa. Unir á dos pueblos hermanos, sustituir la animadversión por una parte y la frialdad por la otra con la simpatía mas acendrada: hé aquí la misión á que aludimos; he aquí el empeño que reclama los encomios y el asentimiento de todos los buenos españoles.
Méjico no puede vacilar entre el principe Maximiliano y la Infanta de España. El primero tendría que
ser consecuente con su origen, serviría, es lo p r o b a b l e ,
la política de su país, en cuanto lo permitieran lascircunstancias, y no podría inclinarse en la escala apetecida
del lado del sistema descentralizador y del self goverment á que están habituadas las nacionalidades americanas. No se concibe que para realizar la transición del
régimen republicano al representativo se piense en un
príncipe austríaco. Esto es a b s u r d o . La Infanta que ha
aprendido en su patria á conocer lo que valen los p u e blos cuando se hallan bien dirigidos y tienen nobles
aspiraciones, que ha visto deslizarse su juventud bajo
la sombra hermosa del árbol de la libertad, mientras
se rompian los lazos que unieran al presente con lo
pasado, se identificará desde luego con los sentimientos de aquel pais que tanto se asemeja al nuestro. En

lx
49

esto no habrá violencia de ninguna clase; nada mas
obvio, nada mas en armonía con los antecedentes y
cualidades que lijeramente hemos reseñado.
La prensa española en general piensa como nosotros,
porque ante todo es patriota y ama el liberalismo. La
Crónica, encomiando la candidatura de la Infanta, escribe:
«Hija de antiguos monarcas, de lo que es hoy r e p ú blica de Méjico, tiene en su favor la tradición y los
derechos, que no porque no lo sean en absoluto dejan
de ser muy atendibles cuando se trata de fundar una
m o n a r q u í a ; representante con su augusta h e r m a n a
de la rama liberal de los Borbones, no podría inspirar temores de que tendiera al despotismo: nacida en
un pais muy semejante á aquel, teniendo sus mismos
usos, su misma lengua, su misma religión: casada con
un individuo de la casa de Orleans, es decir, de la
única que gobernó constitucionalmente á Francia; que
ha sido educado como sabia educar á sus hijos Luis
Felipe, y que ya es español, porque además de haberse naturalizado aquí, lleva de permanencia mas de diez
y seis años, cabalmente en el punto de España que
mas se asemeja al Nuevo Mundo: habiendo dado, en
fin, tantas pruebas de las bellísimas dotes de corazón
é inteligencia que á entrambos les distinguen, estamos firmemente persuadidos de que sabrían labrar la
felicidad de Méjico, restituyéndole la calma y tranquilidad de que tanto necesita.
»E1 interés que España tiene en que llegado el caso
triunfe esta candidatura, apenas necesita demostrarse,
porque está en el ánimo de todos, menos de los periódicos ministeriales, que no sabemos por qué causa se
han acordado de cuántos príncipes existen en Europa
G

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menos de los que mas cerca tenian, y á los que era mas
natural y mas justo que apoyasen. Si los infantes españoles, duques de Montpensier, ciñesen la corona de
Méjico, la influencia conveniente y legítima de nuestra
patria en la América del Sur estaría asegurada: n u e s tras Antillas no tendrían que temer las asechanzas de
los filibusteros; podríamos contar en aquellas regiones
con un apoyo poderoso que neutralizaría los proyectos
invasores de los Estados-Unidos: por último, el derecho
de la línea femenina que hoy ocupa el trono de España
reconocido por la voluntad de la nación y consagrado
en los campos de batalla, recibiría una nueva sanción,
que aunque no la necesita, contribuiría á darle mayor
fuerza y prestigio.»
Si después de estas consideraciones nos fijamos en el
esposo de la Infanta doña María Luisa F e r n a n d a , tendremos que su nombre, sus antecedentes y sus cualidades, son otra garantía mas de acierto en la elección
propuesta. Hijo de un rey verdaderamente liberal, que
todo lo hubiera sacrificado al respeto de las prácticas
parlamentarias y al bienestar del pueblo francés, príncipe ilustrado, y conocedor profundo de las instituciones políticas, usos y costumbres de todos los pueblos
europeos, que ha visitado; ^escclentc esposo y cariñoso padre, el duque de Montpensier contribuirá con sus
consejos y sus esfuerzos á secundar las miras nobilísimas de mejicanos y españoles. Hablando de él un periódico de Madrid, ha dicho lo siguiente:
«Si se desciende á la cuestión de conveniencia para
los mejicanos, encontraremos que el esposo de la infanta española pertenece á una de las reales familias
que mas desarrollaron y mejor practicaron el sistema
constitucional en Francia, y que la s a n g r e de Borbon y

/•••

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de Orleans, y las nobles prendas que a d o r n a n á los dos
príncipes, cuyo carácter liberal y generoso conoce to
do el m u n d o , serian la mejor garantía de buen gobierno que pudiera ofrecerse á aquel pais.»
Otros muchos diarios se espresan en idéntico sentido.
La Andalucía de Sevilla, El Porvenir de Granada, La
Opinión de Valencia, han publicado artículos en que se
hace justicia á las honrosas cualidades que distinguen
álos duques. La última los conceptúa muy idóneos para
el caso, considerando, sin e m b a r g o , que la candidatura
no prosperará por la oposición de Luis Bonaparte. Después de afirmar que la frente del duque de Montpensier
es digna de una corona y que pudiera ayudar á sostener con firmeza el peso del trono mejicano, escribe:
«No negaremos las ventajas que para nuestra patria
ofrecería la elevación del príncipe de Orleans á un t r o no en América; no negaremos que pocos n o m b r e s p u dieran figurar con mas honor y mas probabilidades de
acierto que el suyo, al frente de la regeneración de la
raza latino-americana; mas es preciso desconocer la
imposibilidad de separar el interés español del i n terés napoleónico en esta cuestión, para admitir como
realizable el pensamiento de recomendar al esposo
de la infanta al pueblo de Méjico. Los Orleans son
la sombra amenazadora que turba los ambiciosos proyectos de Napoleón III: nunca consentiría este en dar
á los franceses el ejemplo de su aptitud para regir una
monarquía liberal.»
Y en otro sitio apreciando la cuestión en su totalidad
deja consignado lo siguiente:
«Solo una cosa pudiera ser mas estraordinaria que la
candidatura del archiduque Maximiliano para el trono
de Méjico: el que la España le prestase, siquiera fuese

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indirecto, su apoyo; que nuestro heroico ejército e n a r bolase en Veracruz y en la ciudad de Motezuma su gloriosa b a n d e r a , para que su prestigio sancionase la muerte de la influencia española entre los españoles del continente americano, que no otra cosa seria la monarquía
del archiduque alemán.
"Nuestra voz ha sido una de las primeras que en la
prensa han dado el grito de alarma sobre este gran peligro, que por desgracia se presenta cada dia mas inm i n e n t e . ¿Qué piensa la prensa española sobre esta gravísima cuestión? ¿Qué siente sobre esto el pais? ¿Qué
hace el gobierno?
«Las tres potencias intervinientcs hanse comprometido á respetar en Méjico el voto nacional: en sus d o documentos oficiales no pueden expresar otro deseo ni
diferente propósito los tres gobiernos. Mas ¿es acaso
un secreto que la ambición napoleónica quiere i m p o ner su ley en el nuevo continente? ¿Cabe duda en que
la candidatura de Maximiliano es una de esas combinaciones de que tanto gusta la aventurera política del e m perador francés? ¿Qué valor pueden tener, pues, esas
protestas ilusorias de las proclamas de los g e n e r a l e s , de
las notas de los diplomáticos, de los artículos de la
prensa oficial, en las cuales motivan su omnímoda confianza nuestros periódicos ministeriales?»
El liberalismo está interesado en que la infanta doña
María Luisa Fernanda sea la elegida para el trono de
Méjico. ¿Cómo pueden disputarle la supremacía el r e p r e sentante de un imperio que siempre se ha mostrado acérrimo enemigo de la escuela liberal? ¿Hemos olvidado á
184 5? ¿No nos acordamos de la Santa Alianza, de la mísera Hungria en 1 8 4 8 , de lo que ha pasado en Venecia y

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Milán en distintas épocas? ¿No es la autocracia austríaca lo que sostiene los plomos en la primera de estas capitales para atormentar á los que á ella no se someten
y la misma que consumió en los hielos de Spiltberg la
juventud del simpático cantor de Francesca de Rimini?
Todos los que amen la causa de los pueblos sobre la de
los déspotas, el derecho nuevo, hijo de la convicción
humana sobre el derecho antiguo emanado de la fuerza,
todos los que al torrente reaccionario quieran oponer
el saludable correctivo de la transacción constitucional
deben decidirse por nuestra candidatura. Cuando la idea
liberal es enérgicamente combatida, cuandotodo lo que
con ella está relacionado se estigmatiza con el rayo del
anatema, cuando las creencias Maquean en los pechos
y el espíritu se llena de dudas, no debemos conceder
un nuevo triunfo sus adversarios, Quemaremos antes las
naves qae consentir en una debilidad tan vergonzosa.
¡Elegir para una monarquía salida de la república un
príncipe alemán!... Podrá llegar un dia en que veamos
realizado este intento, porque asi está el mundo; empero esto uo evitará que la justicia y el buen sentido se
subleven contra tan gran anomalía. Debemos todos aunar nuestros esfuerzos para que esto no suceda. Y cuenta que al defender el liberalismo no alegamos en causa
esclusivamente nuestra; es la causa común á todos los
pueblos civilizados; es la causa de la abatida Irlanda;
de la Francia alada al carro de un cesar desde 1850;
es la de los estados alemanes que no acaban de fundirse en una sola nacionalidad porque sus dueños lo vienen estorbando; es, en fin, la causa del imperio austríaco que gime opreso bajo el yugo de Francisco José.
Todos los que tienen sus ojos tornados hacia lo futuro,
todos los desheredados del derecho, todos los q u e ene-

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migos de las revoluciones sangrientas aceptan el liberalismo como la fórmula política que mas se adapta á
las ideas de progreso y á las características condiciones de esta sociedad, todos, decimos, están estrechamente obligados á sostener una candidatura monárquico-constitucional para Méjico. ¿Queréis dar armas á
los retrógrados? ¿Queréis que en el nuevo mundo, en la
virgen América donde Penn y Franklin levantaran sus
tiendas, se empiece álevantar también el alcázar del despotismo á la moderna? Pues permaneced indiferentes en
esta cuestión y lo conseguiréis. Entonces se verán traducidos en hechos los que hoy no pasan de meros proyectos; entonces tendremos que el águila austríaca habrá conseguido posar sus garras sobre un nuevo punto
del globo que hasta ahora le estaba interdicho.
Liberales de allende y aquende los mares que vivís
unidos por los lazos misteriosos de las ideas, q u e c r e e i s e n
un destino de la humanidad elevado y consolador, agrupaos en torno de nuestra bandera, y si efectivamente en
Méjico se va á levantar un solio, colocad en él á la
persona que os designamos, no porque tengamos autoridad ni competencia para ello, sino porque el cúmulo
de razones que en pro de nuestro pensamiento os ofrecemos asi lo quiere.
Ya no son los intereses combinados de Méjico y España; ni aun siquiera los del sistema liberal: son respetos mas altos, son motivos mas elevados los que proclaman resueltamente la candidatura española. Siglos
hace que las razas anglo-sajona y germánica, vienen
luchando con la latina. Desde los primeros albores de
la era cristiana se las vé en perenne combate, que en
los tiempos modernos, ó mejor dicho, desde la r e -

55

forma religiosa en Alemania y desde el Protectorado
en Inglaterra ha tomado un carácter de gravedad, que
con justicia alarma á los hombres pensadores. No es
que se tema la preponderancia omnímoda de las primeras en los destinos del mundo; no es que se mire con
ojeriza la fusión de aquellas y esta en una sola
síntesis, nada de eso, el temor por parte de los que
sostienen los fueros de los pueblos latinos es muy
fundado, pues procede de la intolerante severidad
que afectan sus enemigos. Entre el Occidente y el Norte por una parte, y el Mediodía y el Oriente europeos
por la otra, existe una diferencia esencial y tangible.
Entre los ingleses, alemanes, rusos, suecos, y dinam a r q u e s e s , y los italianos, españoles, portugueses y
franceses, verdaderos representantes de la raza latina,
se advierten diferencias esenciales, tendencias encontradas, fines de actividad opuestos, siquiera sea transitoriamente, puesto que los unos aborrecen lo que los
otros aman con delirio.
No vamos á emitir nuestras i d e a s e n esta cuestión, ni
á fallar en la contienda. Nos reservamos nuestras opiniones y deseos. Trazamos únicamente el cuadro que
la controversia ofrece lomando las tintas de la paleta
de la realidad.
Esta disparidad profunda hace que las razas en cuestión sean enemigas. La latina dominó esclusivamente
en Europa desde la decadencia griega hasta la invasión
escandinava, teutónica y ostrogoda, las otras empezaron á compartir con ella el imperio moral de la tierra
desde que Odoacro se cubria su traje de groseras pieles con la púrpura de los Césares. Desde entonces el
Norte representado por los emperadores de Alemania , el Mediodía por el P a p a , vienen discu-

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tiendo y peleando, ya en el terreno de las investí duras, ya en el de la teología, ora en el de la reforma, ora en el de la política. Para el Norte no
hay mas derecho que el de la ciencia, sea ó no infalible; para el Mediodía el derecho digno de verdadero
respeto es el que se funda en la historia y en la tradición. Autoridad y libre examen, esplritualismo é individualismo, centralización y descentralización radical, hé
aquí los términos opuestos d é l a serie, hé aquí los polos
distintos en que ruedan ambas comuniones. El dia en
que los anglo-sajones y germanos absorbieran á los
latinos, habría desaparecido casi todo lo que hoy existe
con la marca del pasado, porque en la filosofía práctica
de aquellos no entra otra consideración que la del bien
presente, real y efectivo, mientras estos se preocupan
demasiado de lo que dejó de existir en el tiempo y en
el espacio, viviendo solo en la memoria de las generaciones.
Si en el antiguo mundo la lucha de tan opuestos principios está contenida dentro de ciertos límites; si la victoria está muy lejana y es dudosa; si hay motivos para
esperar que no se llegue nunca á un estremo violento
no acontece lo propio en el que Colon descubriera.
Allí hemos visto á los anglo-sajones, en sus conatos
anexionistas y absorbentes, estender su predominio en
considerable escala en muy pocos años; y si en estos
momentos están en inacción, débese á la lucha fratricida que hace dos años vienensosteuiendo. Ellos constituyen una amenaza constante para las repúblicas salidas del tronco español, asi como para nuestras colonias.
Es un odio mortal el que p-ofesan á todo lo que procede
de nuestra civilización, y sus deseos se verían colmados
el dia en que desapareciera de aquellos climas hasta el

'k
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último descendiente de los que antes que nadie los sacaron de las tinieblas de la barbarie. El
filibusterismo,
forma militante de la idea invasora, lo mismo se ensaña contra Cuba, que contra Costa Rica: para él no hay
mas que latinos y norte-americanos.
Cuando esta cuestión se halla pendiente, todas las demás son secundarias. Es, como hemos dicho, una lucha
de razas, de civilizaciones, de creencias y sentimientos.
Los hijos de la verde Erin y del fiero Odin, frente a frente con los que llevan todavia en su frente el sello romano.
Es un duelo á muerte en el cual hasta ahora la peor parte
está del lado de los últimos. Sin un discreto equilibrio,
sin un acomodamiento sensato entre ambas parcialidades, la causa del orden y de la libertad sufrirá en América profundas perturbaciones El dia en que desaparezca el estado anormal en que hoy están colocados los
Estados-Unidos, el filibusterismo volverá con nuevo ardor á sus aventuras piráticas; entonces tendrán los gobiernos que lomar nuevamente las armas para rechazar
á sus secuaces que en nombre de la libertad irán á imponer su yugo por todas partes. Entra, pues, en los
intereses de todos los estados americanos de origen
latino, el robustecer su preponderancia para cuando
llegue ese inevitable término, levantando de este modo un sólido valladar que contenga las pretensiones de
los yankces. Los estados latinos de Europa por su parte
deben coadyuvar á la realización de esta obra, inclinando h a c i a ella toda la influencia moral de que pueden
disponer.
Partiendo de estos principios ¿quién duda que el dia
que el gobierno mejicano pierda el carácter que le identifica con los de las repúblicas hispano-americanas, ese
dia la cuestión estará prejuzgada, si no resuelta? ese dia
H

>-

:

58

la raza latina será la esclava de la anglo-sajona en los
mismos confines donde la primera debió siempre ser la
soberana. ¿Y no es esto lo mas problable empuñando el
cetro de Méjico un príncipe alemán, un retoño del árbol austríaco que un tiempo pretendió cubrir con sus
ramas la redondez de la tierra? Fernando Maximiliano,
séanos permitido el repetirlo, llevará á Méjico las ideas
germánicas y anglo-sajonas mas ó menos modificadas,
sus influencias y sus inspiraciones, sus simpatías particulares y sus rencores, siendo el instrumento de la
funesta política de los emperadores de Alemania.
Colocad en Méjico un príncipe español y acontecerá
todo lo contrario. La infanta doña María Luisa Fernanda representará en América las tradiciones de la raza
latina en su última y liberal evolución. Ella llevará
allí las ideas de progreso, orden y libertad que imperan en su patria, haciendo que se robustezca el principio que representan y que bajo su benéfica tutela se
desenvuelvan las relaciones de ambos mundos y los intereses morales y materiales de aquellos pueblos.
¿Cómo puede desconocer Méjico estas verdades? ¿Cómo puede suscribir á su humillación futura ante los
eternos enemigos de su origen, de sus costumbres y
de sus creencias? ¿Trocarán á un descendiente de los
Hapsbourgs por la hermana de doña Isabel II, de la
que se sienta en un trono levantado por los liberales
en siete años de encarnizada y sangrienta lucha? No es
posible echar un velo sobre la historia en cuestiones
tan arduas, es preciso recordar lo que en ella está
escrito y tener en cuenta antecedentes que ilustran
la conciencia cuando á resolverse vá entre opuestos
pareceres.

1..

59

XI.

Pero examinando el asunto á través de otro prisma,
¿qué argumentos se han aducido ó pueden aducirse en
contra de la candidatura de doña María Luisa F e r n a n da? Si es incontestable que los intereses de Méjico, España, la Europa liberal y latina están íntimamente ligados con su triunfo, qué razones se aducen para combatirla? Ninguna?, absolutamente ningunas. Solo uno ó
dos periódicos ministeriales, hostigados muy de cerca pollas oposiciones han adelantado, han dicho, que el gobierno quizás no habría pensado en la infanta doña María
Luisa Fernanda por comprender que el estado de su
salud no le permitiría aceptar las penalidades de su
traslación y permanencia en Méjico. Tan fútil pretesto sostenido por la Época y el Diario de Barcelona
fué destruido por La Andalucía de Sevilla tan pronto
como llegó á su conocimiento. La salud de la Infanta
es buena, sus dolencias son de esas que la misma naturaleza se encarga de curar, no pueden nunca inspirar
temores, ni suministrar argumentos negativos en la
discusión presente. La Infanta está haciendo continuos
y dilatados viajes: desde que contrajo matrimonio ha
dado á luz con toda felicidad varios hijos, y no se r e siente de ningún mal grave que sea bastante por su
índole trascendental para alarmar á los que mas de cerca se interesan por su existencia. No sabemos da dónde habrá salido argumento tan original; seguramente
en el compromiso de decir algo que atenuase la negligencia con que se ha procedido en el asunto se echó

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mano de una razón tan fútil y peregrina. Tan exacto es
esto, cuanto que los mismos propagadores de la especie hanla desmentido mas tarde, indicando así la ligereza con que procedieron en un particular que exigía mas
calma y discreción. En prueba de ello véase lo que
escribe el corresponsal que parece hizo estampar al
Diario de Barcelona un argumento tan inconveniente:
«MADRID 1 7 DE FEBRERO.

»E1 asunto importantísimo para España de la candidatura al trono de Méjico, sigue llamando la atención de la opinión pública y de la prensa. El pensamiento de una candidatura española vá naturalmente
ganando terreno, y de esta disposición de los ánimos
sacan partido algunas oposiciones para censurar la conducta que suponen imposible del gabinete ante las intenciones que dicen llevan á Méjico los ejércitos de
Francia é Inglaterra y ante los adelantados trabajos que
en favor de la candidatura del príncipe austríaco se están
haciendo sin contar para nada con el gobierno español.
»En tanto la prensa se ocupa en discutir cuáles son
en España los candidatos mas aceptables, y algún periódico, como El Contemporáneo, después de descartar
la candidatura del infante clon Sebastian, y la absurda
del ex-infante don Juan, que de ocupar aquel trono, y
esto lo digo yo, no El Contemporáneo, elevaría á la presidencia del gobierno al célebre Lazeu, se pronuncia
abiertamente por la candidatura de la duquesa de Montpensier, hermana de nuestra augusta Reina. I n d u d a b l e mente que esta señora, modelo de princesas, alma v e r daderamente española, ligada á las instituciones liberales, es digna en todos conceptos por las circunstancias
que la a d o r n a n , para un trono á que tiene muy p r e ferentes títulos.

61

Y aquí debo rectificar a 'mi vez la rectificación que
una persona autorizada ha hecho en ese Diario, suponiendo que en una de mis correspondencias, la del 3 del
actual, habia yo dado á entender que era malo el estado de salud de S. A. Lo que yo dije, ó al menos quise
decir, fué que no me parecía á propósito para el duro
clima de Méjico la complexión delicada de la augusta
infanta que embellece con su presencia y su caridad las
floridas márgenes del Guadalquivir. Pero si esta razón
no lo es y la infanta puede resistir sin peligro para su
existencia la dureza de aquel clima, yo acepto, como
aceptará el pais y no desdeñará seguramente el gobierno, esta candidatura española. Nuestra infanta sería una
gran reina de Méjico, no solo por sus dotes tan recomendables de virtud y de talento, sino por las muy brillantes que adornan al príncipe su esposo. Yo no sé si
su elevación cerca de un trono seria bien recibida pollos aliados; pero mucho me tranquiliza sobre este particular la seguridad que dá El Contemporáneo, de que
no hallaría oposición por parte de la Francia, que ya
ha hecho indicaciones sobre lo mismo al príncipe de
Joinville, ni meóos de la Inglaterra, donde tantas simpatías se han manifestado recientemente por los hijos
de Luis Felipe, y muy en particular por los mismos d u ques de Montpensier.»
También ha habido quien encomiando la candidatura
española, dudaba de que la Francia la aceptase. No van
descarriados los que así piensan; pero no es este a r g u mento bastante para desistir. Si Luis Bonaparte rechaza la candidatura porque en ella figura un hijo de Luis
Felipe, España debe revestirse de dignidad y de carácter, y después de esponerle las razones que le asisten
para defenderla, influir de la manera que es corriente

62

en su buen éxito. No es Luis Bonaparte el arbitro de
los destinos del mundo, ni su voz constituye un oráculo al que sea preciso someterse fatalmente.
Resulta de todo que la candidatura de Doña Maria
Luisa Fernanda, es la mas aceptable bajo todos aspectos,
y la misma que la prensa y el gobierno español están
en el caso de sostener á todo trance, siempre que no
sea una verdad inconlestada lo de que los mejicanos por
sí mismos son los que elijeu soberano.

XII.

Nos acercamos al término de nuestro trabajo. Pudiéramos habernos estendido mucho mas, pero la precipitación con que marchan los sucesos, nos obliga á ser
concisos. Vamos á concluir dirigiéndonos á los mejicanos con la espresion mas verdadera de nuestros sentimientos. La cuestión pendiente, los insultos recibidos
no pueden modificarlos en su bondad innata.
Al abogr.r por una candidatura española, al defender
los intereses trasatlánticos de nuestra patria, confiamos
en que Méjico nos hará justicia. No son ideas de conquista, ni de supremacía censurable las que nos impelen
á procurar la conservación allende los mares de algún
resto de nuestra antigua influencia; son motivos mas altos, motivos nobilísimos que se despreuden de las consideraciones que dejamos consignadas. No comprendemos
como existe quien atribuye á Esparía miras egoístas é
intenciones de predominio respecto de la América e s p a -

63

ñola. Para pensar así, es preciso desconocer la índole
de las opiniones mas dominantes entre nosotros, los
juicios que se han hecho respecto de nuestra política en
el Nuevo Mundo, y la tendencia actual que la misma
afecta. La política de España ha de ser peninsular interna, no americana y externa. Le basta á España para
adquirir entre los pueblos coaligados la posición que le
corresponde el disfrute tranquilo de lo que hoy posee.
Si algún dia entrara en sus cálculos el engrandecimiento territorial, si asi lo quisieran los sucesos, no se encaminaría hacia América. Junto á sus costas tiene el
África, el Imperio d d Magreb-el-Acsa, de donde tantos
ataques han salido para su honor y sus subditos, si bien
hoy un tratado de paz parece haberles puesto término.
Está en la conciencia de los hombres pensadores, el que
mas tarde ó mas temprano tendremos que volver á pasar el Estrecho. Las posesiones que tenemos en el litoral berberisco, el creciente desarrollo de la colonización francesa en Argelia, la índole de las poblaciones
indígenas, la causa de la civilización del mundo, quizás
combinándose con otros elementos, obliguen á los españoles á llevar la antorcha del progreso moderno á los
arenales y selvas de la Mauritania. La paz de Guad-elRass, no ha sido mas que un aplazamiento; la cuestión
verdadera está en pié, la misma que un dia ú otro volverá á exijir toda nuestra atención
Esta convicción por una parte y por otra la idea de
la unión Ibérica, constituyen el verdadero norte de la
política internacional de nuestro pais. España y Portugal no son dos pueblos hermanos sino un mismo pueblo, una misma raza. Desde el Tajo hasta el E b r o , desde Cintra hasta Alicante, los intereses, los destinos, la
literatura, la historia, son casi los mismos, deben ser

64

en lo futuro idénticos. Lusitanos y Españoles proceden
de una misma estirpe, unos y otros han derramado su
s a n g r e en las g u e r r a s con el islamismo, unos y otros
caminarían unidos por el sendero de lo porvenir, si los
e r r o r e s de una política funesta no los hubieran separado transitoriamente. La geografía y la etnografía, la
climatología y la producción, los instintos populares, las
afecciones, las tendencias, los mil rasgos que caracterizan u n pueblo, y un pais, están gritando que España
y Portugal son una misma cosa, que es un absurdo que
entre una y otra exista una b a r r e r a levantada por la
diplomacia.
Asi es que si en África cumple la España un destino
providencial, llevando la luz de la verdad a d o n d e todo
es hoy ceguedad y desafuero, en Portugal, cumple u n a
misión social, cual es la de unirse á la mitad que de
ella vivía separada. Es una vocación irresistible, un
impulso espontáneo é innato, una necesidad orgánica,
p e r d ó n e s e n o s la frase, lo que hace que todos los h o m bres v e r d a d e r a m e n t e patriotas y liberales, lo mismo
allende que aquende el Duero, reclamen la unión de a m bas nacionalidades, hija de la voluntad y del consentimiento m u t u o .
Créanlo los mejicanos, España no se propone conquistarlos: aunque lo intentase, si á tal punto llegaba su ceguedad, la Europa no lo consentiría. Su empeño es lodo de paz y benevolencia. ¿No lo están viendo en estos
mismos instantes en que la hidra de la discordia se ha
interpuesto entre ambos pueblos? ¿No están notando la manera de proceder de la prensa española y de
el ejército español? Tan cierto es que ningún rencor ni
ninguna ambición nos ha llevado á Méjico, cuanto que
en todos los círculos se deplora la triste necesidad de

65

tener que apelar á las armas para obtener las reparaciones que se nos niegan. ¡Qué diferencia cuando la
guerra con Marruecos! Mas que satisfacción, mas que
entusiasmo, dolor y sentimiento es lo que produce en
todos los pechos generosos la persuasión de que haya
que venir á las manos con los mejicanos. España es una
nación grande y nada tiene que envidiarles; los españoles tenemos abiertos nuestros brazos para los que
nunca pueden dejar de ser nuestros hermanos. El dia
en que reconozcan la equivocación en que han vivido
y respetando á nuestros naturales se respetau á sí mismos, ese dia Méjico comprenderá cuanto le importa
el mantener la mejor armonía con la madre común.
¿Podrán nunca los que un tiempo fueron españoles
olvidar que la sangre castellana corre por sus venas?
¿Podrán prohibir á sus hijos que canten los himnos de
nuestros poetas, al pueblo que se entusiasme con las
producciones de nuestros dramáticos, y á sus mujeres
que oigan las primeras frases de amor en la hermosa
habla de Cervantes y de Larra?
¿Con qué cantigas arrullará la madre á sus tiernos
hijuelos, con qué elocuencia el hombre de Estado d e fenderá los derechos y los intereses de sus conciudadanos, coii qué frases se dirigirán grandes y pequeños
al supremo Hacedor? ¿Hablase por ventura allí algún
otro idioma que no sea el español, que es la lengua nacional? Donde quiera que resuene el eco de una voz
humana, donde quiera que haya un hogar, que exista
la familia, allí estará el recuerdo perenne de España,
allí estarán, siquiera medio borradas, sus gloriosas tradiciones y su influencia inofensiva.

66

XIII.

No sabemos lo que podrá acontecer. Puede que no
sean la razón y la verdadera conveniencia las que triunfen en esta contienda. Puede que halagados los mejicanos por aparentes beneficios y dejándose dominar por
odios mezquinos é inmotivados, secunden las miras de
Napoleón y acepten la candidatura de Fernando Maximiliano. Estamos en el caso de no negar rotundamente
la posibilidad de este desenlace; pero nunca de asentir á que es el mas adecuado á los grandes intereses que se atraviesan en el debate. Mucho p e r d e rá España con tal solución, mucho perderá la causa del liberalismo y la de los pueblos latinos; pero no será también poco lo que pierda Méjico. El
buen sentido de sus hombres públicos, si es que la pasión no les ha perturbado la inteligencia, dará á esta
afirmación el valor que merece. Por nuestra parte hemos cumplido con un deber de conciencia escribiendo
estas páginas sin inspiración de nadie, con entera libertad, sin atenernos á ninguna clase de consideraciones ni respetos.
Bajo otra faz la cuestión es muy grave para nuestro
gobierno; por eso no hemos querido descender á consideraciones que por su índole constituían un arma terrible
de que pudieran apoderarse lasoposiciones. Nosotros que
vivimos muy alejados de la situación, que no le pedimos
nile debemos nada, estamos en el caso de encerrar nuestro

67

trabajo dentro del círculo que nos trazan la cordura y
la discreción. ¿Cuál era nuestro intento? Llamar la atención de una manera seria sobre lo que está pasando en
este delicadísimo negocio. Demostrar que se trabaja en
favor de un candidato estraño para el trono de Méjico,
dejar plenamente probado que el natural es una infanta
de España, justificando el aserto con argumentos de varia índole, pero de constante eficacia. Aconsejar implícitamente al gobierno, cuando vé á la opinión' del
pais compacta, cuando cuenta con las simpatías generales, y cuando cumple con altos deberes, la conveniencia de hacer valer los derechos de España ante el gabinete de las Tuberías.
Si se piensa efectivamente en crear en Méjico una
monarquía constitucional, estos derechos son incontestables , estos derechos no se pueden desconocer
sin marcadísima injusticia. Si por el contrario, el
pueblo mejicano por sí, sin intervención ni presión
de ningún género elige un soberano; si este no es
el que procede de la iniciativa española, nosotros no
tendremos nada que objetar, porque Méjico es un pueblo libre y puede hacer, por lo que á este punto se refiere, lo que mas le acomode. Pero si se continúa trabajando en pro de un austríaco, entonces el gabinete
O'Donnell-Posada debe con resuelta y digna actitud
influir hasta donde sea cuerdo por el triunfo de la candidatura española; porque imitando á Tayllerand en
su opinión cuando se pensaba en elegir un soberano
que reemplazase á Napoleón I, diremos que «todo lo que
no sea la infanta doña Maria Luisa Fernanda será el efecto
de una intriga.»

1

APÉNDICE.

La rapidez con que se suceden los acontecimientos
lia hecho que en el tiempo trascurrido entre la redacción de este opúsculo y su impresión hayan surgido
nuevas complicaciones que no debemos dejar pasar
desapercibidas.
Dícese que el príncipe Maximiliano está tan resuelto
á aceptar el trono de Méjico cuanto que se halla aprendiendo á toda priesa el español que ya habla perfeclisimamcnie su esposa. Por otro lado llega á nuestras manos un telegrama fechado en Francfort anunciando que
el susodicho príncipe ha declarado á las potencias que
en ciertas eventualidades renunciará el honor de reinar
sobre los mejicanos. Hé aquí una manifestación deliciosa, el austríaco ha adelantado tanto en sus derechos
sobre el nuevo solio que habla de renunciar, lo cual
presupone la posesión. Con tan contradictorias noticias
llegan hasta nosotros otras sumamente curiosas. Ya se
sabe quienes inventaron la candidatura alemana, poniéndola al abrigo d e Luis Bonaparte. Un obispo, Labastida, muy conocido por sus ideas reaccionarias, el
general Sautana, y Almonte, han sido los que se acordaron del príncipe Maximiliano para elevarlo al trono
de Méjico. No es de eslrañar semejante proceder cono-

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ciclos los antecedentes retrógrados y anti-liberales de
estos individuos, que según autorizados conductos deben formar un triunvirato que sirva de transición entre
el gobierno republicano y la presunta monarquía austríaca. Un corresponsal de París dice respecto de ellos:
«Quien recibe no escoje, y así no estrañará usted q u e
esta trinidad transitoria esté compuesta de individuos
antipáticos á Méjico; espulsados unos, y destituidos de
sus empleos otros, vuelven á su pais con el rencor en el
pecho.
«Santana es uno de los personajes que ha sabido meter mas ruido en Méjico, y á pesar de haber dejado
tristísimos recuerdos de su desmoralizada administración, despertaba su nombre tal entusiasmo, que en una.
de sus entradas triunfales en la capital, el pueblo sustituyó á los caballos que tiraban del carruaje, llevándole en triunfo al palacio de los antiguos vireyes de
España, hoy Palacio Nacional.
»La pierna que le amputaron á consecuencia de una
herida recibida en la guerra con los Estados-Unidos, fué
enterrada con gran pompa, desenterrada algún tiempo
después, y arrastrada la tibia por las calles de Méjico
en uno de esos cambios de fortuna, tan comunes en
aquel pais.
«Este presidente se daba en los últimos tiempos de
su mando aires de monarca. Se hacia dar el tratamiento de Alteza Serenísima, y resucitó la orden de Guadalupe, encargando á Paris un magnifico manto de gran
maestre, con el que dicen estaba muy elegante.
«Cada vez que salia de Méjico ó entraba
de paseo ó de su casa de campo, retumbaba
al ruido del cañón, rompiendo muchas veces
les de las casas, con lo que dejaba atónitos á

de vuelta
la ciudad
los cristalos indios

71

admiradores de estos espectáculos. Su Alteza era entonces muy aficionado á las peleas de gallos, y llegaba á
tal estremo su pasión por estos vichos irascibles, que
le hacia descuidar los negocios del Estado. Dejó en una
ocasiona un obispo con la palabra en la boca, cuando
le anunciaron la llegada de la hacienda del señor Colade-plata, quedándose aquel obispo con la boca abierta,
cuando, cansado de esperar, supo que aquel señor importuno era un gallo. Refiero á Vd. únicamente estas
puerilidades; no quiero penetrar en las interioridades
de su administración, porque vale más no meneallo.
Anécdotas chistosas se cuentan y muestran toda la astucia con que aquel presidente sabía sacar partido de
sa posición. Esta desmoralización es muy común en
Méjico desde hace mucho tiempo, en la mayor parte de
los que se ocupan de política.
»El segundo de los triunviros, el señor Labastida, es
persona simpática y de alguna instrucción, según parece. Fué espulsado de su patria por haber protestado
enérgicamente contra el decreto para la venta de los
bienes del clero. Llegó á la Habana en un vapor de la
armada mejicana, que llevaba á remolque una lancha
con el carbón. De allí se trasladó á Europa y fijó su
residencia en Roma. Cuando Zuloaga subió al poder, le
nombró ministro plenipotenciario en la ciudad eterna,
de cuyo cargo fué destituido por Juárez.
»Del general Almonte, conocido y acogido en Europa bajo buenos auspicios, poco diré que no sepa todo
el mundo. Habiendo llegado s e r á general al uso de su
tierra, abrigó durante mucho tiempo la esperanza de
ocupar la presidencia; pero nunca tuvieron resultado
sus gestiones. »
A pesar de lo que dejamos dicho, noticias obtenidas

72

por otro conducto a n i m a n que la candidatura del p r í n cipe Maximiliano fué indicada por un jefe carlista que
ha residido mucho tiempo en Roma y que está casado
con una austríaca. Almonte tan luego como vio que
Miramon era bien recibido en Madrid, que tenia conferencias secretas con los miembros del gobierno se alarmó profundamente creyendo se trataba de dar en Méjico algún golpe de Estado que por necesidad le habia de
dejar fuera del banquete de la situación que se c r e a r a .
Entonces acogió con ardor el pensamiento y lo espuso ante la alta consideración de Luis Bonaparte que
fué el primero que con su sanción imperial lo lanzó al
palenque de las discusiones. Con su reconocida penetración comprendió que la candidatura del austríaco podía resolver la cuestión del Véneto. Sondeado el gobierno sobre este particular, dícese en una carrespondencia:
«Desde luego rechazó todo pensamiento de cambiar
el Véneto; pero no opuso obstáculos á que el príncipe
Maximiliano aceptase la candidatura de Méjico Para
obrar así el emperador de Austria se ha fundado en que
la pérdida del Véneto le deja sin fronteras y le despoja
de toda importancia marítima, y en que hace dias que
no está contento del príncipe Maximiliano, que supone
seducido por los halagos del emperador de los franceses.
»E1 emperador Napoleón, sin embargo, sigue apoyando la candidatura del príncipe Maximiliano; pero no
queriendo que se le acuse de falsía se ha limitado á
decir á la Inglaterra y á la España, que, con arreglo al
tratado de Londres, la Francia dejará á los mejicanos
que se den el rey y el gobierno que quieran; pero que
no tiene inconveniente en revelar que si los mejicanos

73

se declarasen por la forma monárquica y eligiesen al
príncipe Maximiliano, no titubearía en reconocerle. La
Inglaterra, por su parte, no tiene entusiasmo ni mucho
menos por el candidato francés; pero no pudiendo llevar á Méjico, por consideración á su aliada, á un miembro de la familia de Orleans, al duque de Moutpensier,
marido de la infanta doña Maria Luisa F e r n a n d a , se conforma con el pensamiento de Luis Napoleón, atendiendo
antes que todo á cortar los vuelos á España. Porque lia
de saber V. que mientras la prensa de la oposición de
Madrid se complace en presentar á la nación española
abatida delante del extranjero, en Londres siguen paso
á paso los adelantos marítimos de España y quieren evitar á toda costa el engrandecimiento de esta nación,
que puede pensar un día en arrojar á los ingleses de
Gibraltar, y unida á la Francia, del Mediterráneo.
»Hé aquí explicado por qué la Inglaterra ha ido á
Méjico: ha ido á estorbar, á impedir que allí se h;.ga
nada; y si de esto quedara duda; no hay mas que tener
en cuenta lo exhorbitante d e s ú s pretensiones para con el
gobierno mejicano.»
Llamamos seriamente la atención del público y de la
prensa sobre las últimas indicaciones de la anterior carta. No nos estraüa que sean estas las miras de Inglaterra, mucho mas desde que ha advertido ei desarrollo que
va tomando nuestra marina, y las obras militares en las
costas españolas del Estrecho. Mas dejando á un lado
esto estremo y prescindiendo de la exactitud que haya ó no en estos pormenores que contribuyen á desacreditar, tanto como las caricaturas del Charivari, la candidatura del príncipe Maximiliano, pues se vé ha sido
iniciada por miras egoístas y apoyada con el mismo fin,
lo cierto es que semejante combinación en vez de pros-

71

perar pierde mucho por instantes ante la opinión de la
Europa liberal. En la cartí» que publicamos en seguida
se consignan apreciaciones deducidas del espíritu de los
órganos mas acreditados de la prensa extranjera:
«PAKÍS M

DE FEBUEUO.

»La reacción que se va manifestando en Inglaterra
contra el objeto mas ó menos aparente de la intervención francesa en Méjico, podría cambiar completamente,
según indiqué, las miras de la Francia con respecto á esta cuestión. Por lo demás, el proyecto de levantar en
Méjico un trono para el archiduque Maximiliano se funda en bases tan problemáticas que indudablemente podrían variar de un momento á otro según las vicisitudes de la política europea.
»Si por ejemplo la agitación actual de Alemania, origioada por la competencia entre el Austria y la Prusia,
diese á conocer claramente que el Austria no aspira á
á otro objeto que el de hacer garantir por la Confederación sus posesiones no alemanas, ¿cree Vd. que la
Francia seguiría mirando con igual beneficio al gabinete de Viena, sino que al contrario buscaría en la Prusia
un apoyo en la política que ha seguido en Italia? Y en
este supuesto ¿qué seria de la candidatura del archiduque Maximiliano? Y si la Prusia reconociese el nuevo
reino de Italia, ¿no habría de afectar esto á la política
de la corte de Viena con respecto á la Francia?
De todos.modos, los actuales acontecimientos de Alemania son muy graves, y por el sesgo que tomen, se
podrán traslucir las consecuencias que solo se entreven
ahora tras densas nubes. Mas por lo que á Méjico concierne, ya no es dudosa su influencia. Por mi parte no
participo de la opinión que parecen autorizar ciertos
rumores, de que la alianza entre Austria y Francia es

mas íntima que nunca, y que hasta la corte de Viena
va á anticiparse en reconocer el reino de Itaüa.
La Patrie por otro lado en uno de sus últimos artículos, es ya mas esplícita respecto de los trabajos que se
hacen en favor del príncipe Fernando Maximiliano. Hé
aquí como se espresa:
«Después de hacer ver el estado de anarquía que en
los treinta y tres últimos años ha reinado en la república mejicana, lo cual hacia imposible que se pudiera tratar formalmente con ninguno de los gobiernos que allí
se han sucedido, añade:
»Que del examen de ese estado de cosas haya resultado en la diplomacia europea el pensamiento de establecer una monarquía constitucional en lugar d e e s a deplorable y ruinosa Confederación; que se haya pensado
en constituir en vez de una república imposible, una
monarquía liberal, capaz de realzar la dignidad de los
mejicanos, independiente de toda influencia estcrior,
garantida por su Constitución misma contra las tristes
eventualidades que amenazan ahora el porvenir del
pais, y que ofrezca á las relaciones comerciales con el
eslranjero seguridades que tan por completo faltan hoy,
nada vemos en este hecho que no sea muy natural, muy
lógico y muy venturoso á la vez pora Méjico y para la
Europa.»
Añadiendo á estas reflexiones el nombre del príncipe
afortunado, y que tan diligentemente se prepara para el
importante cargo con (pie ha de verse en su caso favorecido por arte de birlibirloque, está concluida la pintura
y hecha la apología de la conducta de S. M. 1.
No han sido infructuosos los esfuerzos de la prensa
La candidatura española gana todo lo que pierde la aus-

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triaca. En una correspondencia de Madrid que tenemos
á la vista, se dice que el nombre de la infanta es el que
en todos los círculos se pronuncia como el mas idóneo,
como el único aceptable en el caso presente. Añádese
que los hombres políticos de todas las opiniones, dentro
y fuera de las Cámaras opinan lo mismo, y que la prensa liberal está compacta en cuanto á sostener tan fundada opinión. Uno de esos órganos, La España, ha publicado últimamente un articulo que debemos reproducir en parte, pues secunda admirablemente nuestras
ideas. Empieza diciendo que todos debemos unirnos para sostener esta cuestión que es de dignidad y honra
para España, y añade:
«No nos importa la consideración de partidos, ni la
teoría de los sistemas de gobierno, ni la candidatura:
nos importa que depongamos todos, absolutamente todos, las preocupaciones y los intereses mezquinos de
parcialidad, y nos ofrezcamos á los ojos de Europa infatigables defensores de nuestra dignidad, partidarios
de la justicia, españoles antes que todo.
»Y no se crea que cscluimos á nadie de esta e m p r e sa patriótica: los que creen que Méjico debe g o b e r n a r se con formas republicanas, los que entiendan que allí
es indispensable un t r o n o , los que amen la libertad limitada, los que la quieren restringida, todos, todos deben ver con igual pena (pie se pretenda imponer á nuestro antiguo vireinalo, por una nación determinada, la
manera de ser y de regirse; todos deben oponerse á
que se haga de la suerte de Méjico el deus ex machina
que resuelva gravísimas cuestiones empeñadas en el interior de Europa: en todos debe despertarse el mismo
sentimiento de raza y de patriotismo. No se necesita sel'
liberales, ni progresistas, ni conservadores para asociar-

77

se á esta idea, que es leal y verdadera: basta con ser españoles; y á lodos nuestros colegas hacemos la justicia de
creer que el afecto de españolismo está en ellos sobre
todos los afectos políticos y sobre todos los intereses de
parcialidad.
«Nuestros lectores saben que ni un solo dia dejan de
aparecer en los periódicos estranjeros y nacionales, ni
d e s o n a r e n todos los círculos políticos candidaturas y
proyectos para la futura monarquía mejicana: fuimos
los primeros en dar la voz de alerta en cuanto á los
planes de llevar al nuevo trono á un principe austríaco,
con mengua de lo que á España corresponde: hemos
probado que la misión de las potencias europeas, ora se
queden sus soldados en el litoral, ora penetren en el interior, ya se arregle en paz la cuestión, ya se decida
por el doloroso medio de la guerra, es proteger á Méjico en su reorganización social, garantizar la libertad y
el orden, á cuya sombra, aquel pueblo, hambriento de
justicia y de paz, se otorgue á si propio el gobierno q u e , á
sus ojos, fuere el mas á proposito para conducirle á la
felicidad de (pie ahora carece. Y si bajo estos auspicios
y con estas garantías el pueblo mejicano por espontánea
decisión adopta la forma monárquica, vaya á r e p r e s e n t a r
esa forma y á ceñir aquella corona el príncipe que eligieren libremente los mejicanos, no el príncipe que les
nombre y les imponga esta ó aquella nación. Monarquía
que de otro modo se inaugurase, la monarquía, por
ejemplo, del archiduque austríaco, nacería muerta: seria
tal vez el principio de nuevas y tristísimas complicaciones en aquel pais azotado por la anarquía y devorado
por la guerra.
»EI dia en que seriamente se trate de la cuestión de
persona para ceñir la corona de Méjico, (ese dia parece

78

llegado) en nuestro concepto, España debe ejercer toda
influencia en que sea un príncipe español el elegido.
Acerca de este punto hemos escrito varios artículos: hemos indicado un nombre que no puede menos de ser
simpático para todos los españoles, que. es intachable
para las cancillerías de Europa: el nombre de la augusta
hermana de Doña Isabel II. Algunos periódicos de Madrid se han asociado á nuestro pensamiento y secundado nuestro deseo; otros de provincias imitan la misma
conducta. Nosotros nos congratulamos por este hecho,
y desearíamos que este fuera el principio de la unión
que anhelamos entre todos los colegas, y que diéramos
á los ojos de Europa el espectáculo de esa unidad de
sentimientos que constituye el fondo de la política esclusivamente española que todos debemos practicar.»
Nada tenemos que añadir después de lo que por
nuestra parte hemos consignado. Con el deseo de llevar nuestro grano de arena á esta obra de patriotismo,
hemos escrito estas desaliñadas páginas; con el de c o n tribuir á que americanos y españoles se estrechen en
fraternales brazos, dirigimos nuestra voz á aquellos y estos. A otros toca el resolver; á la opinión pública, nuestro
juez inapelable, corresponde el decidir acerca de la mucha ó ninguna bondad de nuestro trabajo.
De cualquier modo confiamos en que estos generosos propósitos no han de ser inútiles por completo,
porque son hijos de un sentimiento sincero de simpatía
y rectitud, y porque en el mundo pasa como un axioma el dicho de que siempre la razón concluye por tener
razón.
Sevilla y Marzo de 18G2.
Est. tip. de lili ANDALUCÍA.