122

XI

UNA VENGANZA

INSURGENTE

1812

-

Ii

UNA VENGANZA INSURGENTE

yo niuy nino aün, pero nunca olvidaré ci terror con que
mi generoso padre evocaba en sus n-iemorias los recuer: dos del terrible mes de Mayo de 1812.
-'
Sus conversaciones sobre los sucesos de aquellos dias,
uijas Sc m quedaron como en los antiguos bronces los bien ternplados cinceles romanos.
—Hijo, me dccIa, ci mundo ha entrado con furor en una nueva
via de adelanto v de progreso, cien maravillas habran de contemplar las generaciones futuras y notable bienestar espera a las generaciones que estzmn por venir. No siento, sin embargo, no poder
contcmplar los adelantos que adjvino, pues con usura me cornpensa de los que pierdo ci goce de haber asistido a la aurora de
esa nueva luz que brillará con mayor esplendor ante tus ojo.
Pocos seréis entonces los que de nosotros hagais memoria, pero

IIT

1096 -

Epic odios Hisióricos Mexican as

td, hijo mb, recurre al arsenal de mis recuerdos- que te dejo por
escrito, y pon todo tu empeflo en que las nuevas generaciones no
nos olviden. Merecemos esta justicia los que, sin quejarnos, padecirnos los males que sobre nosotros liovian en deshecha tempestad.
Mucha fud Ia gloria que al Sr. Morelos resultó de su grandiosa
evasion de Cuautla, pero si entonces pudo escaparse de los fusiles
realistas ci denodado caudillo, otro de nuestros mejores amigos
perdimos como consecuencia de la dispersion del segundo ejércitu.
Escuchaba yo con profundo silencio, y mi padre prosiguiO:
—El mat estado de salud de tu pobre madre, habiamne retenido
en Mexico, donde liegué comisionado por D. Ignacio RayOn,
para entenderme con sus amigos. Tan delicadamente desempeñé
sus encargos, que sin dejar de cumplir ni uno solo a su entera satisfacción, ninguna sospecha me traje, y aun dejaron de vermne
sin desconfianza aquelios que me querian mal, porque sus injusticias me lanzaron a buscar en los insurgentes una protección que
los europeos habIanme negado. El mismo D. Gabriel Vermo, que
de tiempo atrás me veIa con para mi dolorosa indiferencia, me solicitó para un encargo particular que me hizo trasladarme a su hacienda de San Gabriel. Dos dias lievaba de encontrarme en ella,
cuando el martes 5 de Mayo, que aciago martcs habia de er, los
pocos dependientes que en Ia finca habIan quedado, pues en su
mayor parte militaban en ci ejrcito de Calleja, se alarmaron viendo liegar a la puerta de Ia hacienda un pequeio grupo de insurgentes fugitivos de Cuautla. Eran escasamente unos veinticinco
hombres, flacos, medio desnudos y casi sin armamento, pucs de
veinte soldados solo siete trafan fusiles, escopetas otros tres, y dos.
pares de pistolas y cinco sables repartidos entre los restantes.
La gente de la hacienda no se atrevió a negarles Ia hospitalidad,
porque siendo poca, temia que aquellos veinticinco hombres fuesen sOlo Ia vanguardia de alguna partida más considerable: dieronles, pues, cuanto pidieron, que a Ia verdad no fué mucho, y
corrieron en mi busca, pues me hallaba en el campo, con intenciOn de quc les dijera si conocia a alguno de los recién ilegados.
Pisaba yo ci dintel de la puerta de la casa, cuando salió at encuentro uno de los insurgcntes en ci acto reconoci at coronel don
Manuel Sosa, valiente amigo y legItima hechura del Sr. Morelos.
El alma sentl que se me caia a los pies, y temblé porque no se

Una Venga pqj insurgenle

1097

me ocumó entonces otra cosa, sino que el mismo general se en.
contraba en San Gabriel.
Sosa se dirigio a rnf, y tendiéndome Ia rnano me dijo:
—Sea usted bien venido, Sr. Arias Martinez; veo a usted de
nuevo al servicio de su antiguo amo ci Sr. Yermo, lo que me hace
sospchar que ha abandonado usted a los amigos y salvadores de
su patria; Pero no le culpo por ello, la verdad es que se neccsita
estar hecho de puro bronce Para aguaritar los infortunios que sobre
wsotros pesan.
Yo no supe qué responder; Ia gente de la hacienda estaba a ml
lado, y ninguno quc a ella perteneciese me perdla de vista, corno
temiendo les vendiera, pues no ignoraban mi historia: a Ia vez me
herla en el fondo del corazón ci tono desdeñoso quc a sus palabras
irnprimia ci coronel Sosa.
-.----AquI nos tiene usted,—continuó diciendo,—dados a todos los
demonios, Pero con mzIs gloria que Napoleón: hace tres dIas que
hernos salido de Cuautla, pasando sobre ]as costillas del mismo
D. Felix Calieja, que alIá queda papando moscas de asombro, Pero
disperses v maltrechos, y sin saber ni siquiera por dónde la habrá
tornado nuestro general.
-Que,----.rne atrevI a preguntar,—;no se encuentra aqui ci señor
Morelos?
—No, Sr. Arias Martinez, Pero si gusta usted pasar a nucstras
habitaciones, tendra ci honor de saludar a nuestro valiente don
Leonardo Bravo y a D. Mariano Piedras, compadre del general.
Con la primera parte de la respuesta de Sosa respire, Pero todo
ml valor se evaporó cuando escuché que D. Leonardo Bravo se
encontraba en Ia hacienda.
Algunas palabras más que en mi atolondrarnjento no recuerdo,
SC cruzaron en&e el general
y yo, y despuCs seguf a los dependientes de la finca que dijeron necesitarrne.
Triste situacjón era Ia mia: los criados de D. Gabriel no tenfan
por qué someterse a mj antiguo influjo; ya no era, como lo habla
sido en otro tiempo, ci dependiente favorito del arno; a rnás de uno
habia yo reprendido en otros dIas por faitas en el curnplimiento de
SUS ob
ligaciones: Cstos no podfan, no dire quererme, Pero ni aun
dejarme de ver con rencor. Estaba, pues, solo Para defender zI
a quel puado de insurgentes y amigos: defender, sI, esta es la paT0MO i

ioq8

Epscodios Hislôricos .4xiano

labra, porque bien claro lo habla visto: la gente de la hacienda
algo tram aba contra sus huéspedes.
Poco menos que a la fuerza fuI conducido a las desiertas habitaclones del pzirgar.
En ellas se encerraron conmigo uno de los dependientes de
Yermo, D. Antonio Taboada, y otro individuo Ilamado Domingo
Perea, más conocido por ci apodo de ci C/zinc', porque tal lo parecia por ser nativo de Filipinas.
La conferencia que conmigo sostuvieron, termind en un agrio
altercado, de resultas del cual salieron del purgar dejándome encerrado en éi.
Horrible fu6 ml desesperación, y en vano los increpé por mcdio
de gritos que no salIan al exterior de aquella maciza bóveda.
Enemigos de los insurgentes; con un fanatismo igual al de don
Gabriel, aquellos hombres hahIan concertado el plan de apoderarse
de ]as personas de sus huéspedes y remitirlos a Calleja.
No tardaron mucho en poner en ejecución su proyecto.
Corivocados secretamente Jos trabajadores de San Gabriel, ci
Chino se encargó de dirigirlos, y se constituyó en jefe.
Sin que cosa alguna pudieran sospechar D. Leonardo Piedras y
Sosa, se sentaron a la mesa en la cual se les sirvió una buena cornida: I la mitaci de ella, Taboada con su gente se presentó en Ia
puerta del comedor y les intimó se entregasen presos.
Sosa se levantó como un rayo, gritando:
—Maldito Arias Martinez, yen a recoger el premio de tu tralción!—se arrojó sobre los asaltantes, y dstos hicieron fuego sobre
éI y le tendieron rnuerto a sus pies.
D. Leonardo quiso también defenderse, pero uno de aquellos temibles campesinos, se lanzd sobre él, y tomándole de los brazos por
la espalda, ic arrojó en tierra, y alli otros muchos le amarraron hasta
imposibilitarie todo movimiento. Piedras se entregó sin resistencia,
convencido de la inutilidad de haberlo intentado..
Taboada hablase mientras tanto apoderado de los veinte so1dados insurgentes y quitádoles sus escasas armas.
Cuando a ml me pusieron en libcrtad, Tahoada, nombrado comandante por sus compafieros, habIa hecho conducir a los presos
a la barranca de Tilzapotla, situada dentro de la hacienda, pero a
tres leguas del ediflcio de la finca.

1099
Una Venga: !nsurgcn1v
W ,
Fué dsta una ruedida do prccaución quo tomó, temoroso de que
pudicran ilegar a San Gabriel algunas otras partidas de dispersos
de Cuautla.
Destacó a la vez varios grupos armados que fuesen en busca de
tropas realistas, y tan feliz fué uno de elios, que se apoderó a poco
andar del teniente coronel insurgente D. Luciano Pdrez, fugitivo
tarnbin de Cuautla.
La gente de San Gabriel dió al fin con ci capitán D. Gabriel
Armijo, quien, recogiendo a los presos los condujo a Cuautla,
teatro que hahia sido de sus hazaas u'ante aquel memorable
sitio.

ii
Nadie so hizo ilusiones acerca do la suerte que pudiei-a estar reservada a D. Leonardo Bravo: Venegas no sabIa considerar al yencido, y mucho menos Calleja, que no podia perdonar a los inurgentes que tan osadamente se le hubiesert escapado de entre las
manos, rompiendo la humana cadena, tendida en derredor de
Cuautla do las Amilpas.
Pero no era este solo ci ilnico terrible golpe que la suerte nos tenia
preparado.
El valiente Amo Torres, aquel generoso amigo, do quien largamente nos ocuparnos en los episodios anteriores, como conquistador que fué de Guadalajara, habla caldo en poder de Cruz el sábado 4 de Abril anterior.
Decidido como nunca por una revolucidn, de la cual esperaba la
salvación y engrandecimiento de su patria, rayo eraque, partiendo
de la provincia do Michoacan, paseaba con gloria las banderas ins urgentes por las frtiles orillas del Rio Grande.
El presidente de Guadalajara aborreció mds quo i ningun otro a
aquel hombre, por lo mismo que no era un bandido como tantos
que, combatjendo por su propia cucnta; vivian por aquellos rumbos sobre el pals, siendo ci azote de las poblaciones y ci descrédito
de la causa independiente.
Su hijo, aquel pobre loco que salvo en el mismo dIa de la bataha de Puente Calderón a la bella Guadalupe, creyéndola su idola-

1100

Episodios Hisiôricos Mexicanos

trada Carmen, no se apartaba de su lado y era el angel de la miscricordia que impcdla se ensangrentase la victoriosa espada de su
padre.
EL cniño Jose Torres, segün continuaban llamándoie los soldados del cAmos, no habIa recobrado por compieto la razdn perdida,
con motivo de los atroces asesinatos perpetrados por ci infame MarroquIn, y en ci momento de cuaiquiera accidn, corrIa por ci campo
de bataila, intercediendo por los espafioles, en todos los cuales irnaginaba siempre ver al padre de su pobre Carmen.
El cAmo Torres no podia, sin embargo, retroceder, su alma
gencrosa Ic inipulsaba a tomar venganza de la muerte del heroico
y desventurado cura de Dolores: su actividad no reconocIa ejemplo:
después dc una derrota, lo mis*io que de una victoria, se consagraba con ernpeno a moralizar su gente y a allegar nuevos recursos
para proseguir la lucha.
El mismo dirigio en Uruapan la fundicidn de doce cafiones, y
con más de mil soidados acomctid la empresa de atacar en su propio campamento a D. Pedro Celestino Negrete.
Este bravo jefe realista, se habta hecho teinible por su actividad
desmedida y por su severidad para con los insurgentes, a los cuales
vela con ci más soberano desprccio, propio de su aitivo é inflexible
carácter: para él, cuantos Iuchábamos por nuestra patria, no dramos
otra cosa que bandidos miserables, canaila vii, cobardes asesinos,
infames rebeldes, y asl y no de otro modo nos calificaba en sus
partes. No habIa insurgente que cayera en sus manos que no fuera
inmediatamente fusilado, y, genio destructor por excelencia, arrasaba todo lugar que pudiera servirnos de albergue: por eso el cAmo
Tories' querla destruirle, anonadarle: con él no era posible hacer
una guerra noble.
En una ocasión, ci comandantc realista Esquivel dijo en uno de
sus partes, quc en Irapuato habla recobrado dos soldados de la divisidn de Negrete que los insurgentes tenian prisioneros. En
cuanto D. Pedro Celestino lo supo, le desmintió oficialmente y pidid satisfacción por ci agravio que se Ic hacia, cpues los valientes
que yo mando, dijo, jamás se humillan y envilecen hasta ci grado
de dejarse hacer prisioneros por la vii chusma, estando antes resueltos a perder la vida mil veces.
En otra ocasidn, Cruz le manifesto que se condolIa con 61 por

Mir, "

Una Vnga:a Insurgenic

I

las fatigas de sus tropas, obligadas a hacer tantas y tan penosas
marchas en seguimiento he un enemigo quo hula siempre de su
presencia, y a esto contestaba Negrete con mal reprimido enojo:
Mis soldados, valientes d infatigables, cuando logran limpiar la
tierra de algunos de los muchos monstruos que Ia asolan, ya estin
descansados.
Tal era ci hombre contra ci cual D. José Antonio Torres pensaba dirigirse.
El éxito fué contrario a sus esperanzas, y Torres fué desbaratado
por Negrete, quo se apoderó de toda su artil!cria.
Salió on su persccución ci cornandante Araujo y, corno ya dejo
dicho, después de haberle cogido on Paracho su equipaje, el sábado 4 de Abril, sorprendid a Torres, D. Antonio Lopez Merino,
comandante de una guerrilla de la divisiOn de Negrete, y Ic tomO
prisionero on Palo Alto, cerca de Tupátac.
Cruelesy sanguinarios fucron en ta! ocasiOn los realistas, pues
de los cuatrocientos insurgerites de Torres, más de la mitad fueron
pasados zI cuchillo y el resto asados, segin la expresiOn de Negrete, por haber dispuesto Merinc pegar fuego a unas trojes en que
hallábanse metidos.
Solo D. José Antonio Torres qucdo vivo por haber ordenado ci
cornandante que se le guardase para presentárseio a Negrete, quien
se lo rernitiO zi su vez a Cruz.
La noticia dc su proximidad fué recibida en Guadalajara con
bárbaro regocijo, y Cruz dispuso hacet-le una solemne recepciOn.
Formáronse las tropas en toda la carrera, y se echaron a vuelo
las esquilas de las iglesias; por orden del jefé de la plaza se quiso
poner a Torres una argo!la 6 corbatmn de cuero, de las Ilarnadas
tC fltemozo, a fin de que lievase aizada Ia cabeza, y todo ci mundo
pudiese contemplarle bien; pero el arno Torres, suplicd por primera y i-mica vez a sus enemigos, y ofrecid quo sin ci indigno corbatin Ilevarfa erguida Ia cabeza.
—Creo haber servido bien a mi patria,—dijo,—no tengo por qué
agobjar ante nadie mi cabeza.
En ci tránsito fué insultado más de una vez por Ia plebe miserable.
Un hombre del pueblo se atrevió a arrojarle al rostro una cascara
de Platano; uno de los soldados reaiistas quiso calar al miserable

-F,
'I,

102

Ejnsodios Hi1Jrieos MxicarOs

con su bayoneta, pero con tranquila y reposada voz dijole ci cAmo
Torres, deteniéndolc:
—Pcrdônele usted, amigo: as un compatriota mb; por haber
querido hacerle libre me insuita y escarnece; merece ser esciavo.
El 12 de aquel mismo Mayo se Ic leyó.á Torres la sentencia qua
le condenaba a rnorir an la horca y ser descuartizado...
—Bier' está,—contestó;—el tribunal ha sido justo; valgo mcnos
qua D. Miguel Hidalgo, y hubiera sido ofender su mcmoria habermc sentenciado a morir fusilado como I; debo ser ahorcado, qua
as más infamante pena.
Fué su juez el Dr. D. Francisco Antonio de Vclasco, presidente
de la Junta de seguridad.
La ejecución de la sentencia debla haber sido inmediata, pero
lograron retardarla los espafioles qua rcsidIan an Guadalajara,
rnuchos de los cuales habIan debido a Torres su salvacidn an los
dIas de los bárbaros asesinatos cometidos por Muftiz y Marroquln.
Pero Cruz era inflexible y pudo mantencrse firine, a pesar de qua
las señoras é hijos de los mismos espafioles se Ic presentaron una
tarde y puestas de rodillas le pidieron conmutase la pena de muerte
en la mayor inmecliata.
En la mañana del 22, Torres fué puesto an capilia y se hizo necesario qua la guardia contuviese a la multitud de personas, todas
de la sociedad europea, qua pretendia despedirse de dl y ofreccrle
sus servicios para todo aquello qua hubiere de disponer.
—Solo un beneflcio me atrevo a pedir a ustedes.
—Cuál?—preguntaron cien voces.
—Una obra de caridadl
—Digala usted.
—En el instante an qua ful hecho prisionero, se apartó de mi
ml pobre hijo; as Ur' pobre demente a quien privó de Ia razor' su
amor a los espafioles; a ninguno de ellos hizo jamãs daflo de nmguna especie, y a alguito amó tanto como a mI. No sé lo qua ha
sido de l; buscadle, señores, y si le halláis tened con dl caridad.
Cien juramentos recibiO Torres de qua su voluntad scria acatada,
y cuando dl respondió a todos aquelios con acentos impregnados
de lágrimas, un comerciante espafloi, de apellido Martinez, se abriO
paso entre los concurrentes, y le dijo:
—Sr. Torres, Dios en-via a usted tin nuevo dolor y a la vez un

L, 11, ^ -A

(J:a Vngança Insurgenic

11 03

consuelo, que s610 potlemos apreciar los padres de hijos desventurados.
—Comprcndo,—contcstó Torres, palideciendo como un cadaver;
—nii hijo ha muerto.
Dcspus sc volvi6 hacia ci sacerdote encargado de prestarie los
üitimos auxilios, y con desgarrador acento, dijo:
—Digame usted, padre mb, quc Dios será conmigo tan miscricordioso que en aras de mi dolor terrible perdonará tan completamente mis faltas, que en el acto mismo de morir me reunirá con
mi desvcnturado hijo!
El sacerdote Ic abrió conmovido los brazos v los circunstantes se
postraron en tierra por un solo y espontánco movirniento y oraron
en voz alta pot ci quo iba a niorir.
Anianecid ci dIa 23 de Mayo; en niitad do la plaza quc Sc llamaba dc \Tenegas, se aizaba una horca do dos cuerpos, asi construIda
para que desde todos puntos pudiese cómodamente prescnciarse la
ejecucion; 6sta fué Ilevada a cabo pocas horas después sin compasión alguna por parte de las autoridadcs.
Se consideró indispensable poner a toda la guamnición sobre las
armas.

El caso, es verdad, era extraordinario.
Era la primera vez que al pie del cadalso de un insurgente derramaban Iágrimas de dolor los espafioles.
Cuando asl lo dispusieron los encargados de la ejecución, ci
cuerpo fud descendido, y por ci verdugo partido en cinco trozos.
La cabeza se colocd en un palo elevado en Ia plaza de Guadalajara; uflo de los cuartos en ci pueblo de Zacoalco, otro en la garita
de Mexicalcingo, pot la cual entró Torres cuando capituló la ciudad, los dos restantes fueron puestos en las del Carmen y barrio de
San Pablo.
La casa de Tortes en San Pedro de Piedra Gorda, fué arrasada y
semnbrada de sal su superficic.
C uarenta dIas despuds de la ejecucidn, los mutilados restos fueron quemados pibIicamente y aventadas las cenizas.
jEstpida justicia humana!

1104

I

Episodios Hislóricos Mexicanos

III

ReAian en tanto en toda la extension del pais las tropas de uno
y otro bando, y aunque sin empeñarse acciones generales de irnportancia, no faltaban sobrados motivos para condolerse do la perdida do tantas vidas.
El misrno 5 do Mayo en que la traición hecha a unos huspedes
entregaba a D. Leonardo Bravo en la hacienda do San Gabriel, :as
tropas de Cruz, libres por Ia prisidn de Torres, rechazaban en Celaya al activo cabecilla Albino Garcia, jefe do bandoleros más bien
quo do partidas insurgentes.
El padre D. José Maria Sanchez de la Vega, vicario do Tlacolte
pcc y el mismo que por encargo del Sr. Morelos habla recientemente defendido a Izücar do dos ataques de Llano, tomó por capitulación ci dIa 6 Ia plaza de Tehuacan en Ia cual habianse sostenido
con heroIsmo el subdelegado D. Manuel Victoriano Sanchez, ci alfércz Arriaga y los espanoles do aquel comercio. El padre Sanchez
do la Vega fuá impotcnte para reducir a Ia orden i muchos de los
bandidos que en su ejército figurabari, y Tehuacan fué barbaramente saqueado, vió desaparecer su riqueza y prosperidad y se cubrió do Into con el asesinato do multitud do europcos que fueron sacrificados como cerdos en las barrancas de Tecamachalco: los
asesinos tuvieron la cruel complacencia do obligar al hijo del subdelegado a presenciar la eecucidn de su propio padre, y a los domás prisioneros se les sacrificó a rnachetazos a fin de hacer más
lentos y atroces sus sufrimientos. Bien es verdad que como ya dije,
rnilitaban con ci padre Sanchez bandoleros de la calaia do Máximo
Machorro, Arroyo y Bocardo, de quienes voy a dar una idea a mis
lectores copiando aqui 10 que do ellos dijo ci historiador D. Carlos
Maria Bustamante, a quien nadie podrá tachar de afecto a los rca-

listas.
Dice asi refiriéndose en primer lugar a Arroyo:
Conocl a este monstruo, ignominia do la especie humana, y me
espanto cuando me acuerdo de su terrible catadura. Era un campesino chaparro, cargado de espaldas, cara blanca y colorada, barroso, ojos negros y feroces; su mirar era torvo y amenazante: ja-

I

WW

Una Vcngana Insurgczlc

1105

mis Se ponfa el sombrero, sno bajdose10 rnucho, en térniinos de
que costaba dilicultad verle su aspecto sombrio y de mat agUero: su
voz ronca, sus razonamientos precisos, su lenguaje rüstico. Era un
complexo de ferocidad y Superstición la más grosera: afectaba mucha piedad y respeto zi todopadrecito a quien besaba acatadaniente

ç

2

/1//t

Vm
'5

'.LJ

'
I

'I

i'

r

•.•

Conoci a este monstruo...

la Inano; pero no titubeaba en dare a un hombre un mazazo con un
martillo de herrero en la mollera, dejándolo alII muerto, como to
hizo en su campamento de Alzayanga.
Azotaba a Jos que tenia por espias, y to hacIa por su mano, tefl iendo el bárbaro placer de verles corner un chorro de sangre at
Primer latigazo: echábala además de justiciero: su pujanza era mucha y a par de ella su denuedo para entrar en acción.
Atacó la hacienda de Teoloyuca, Junto i San Juan de Jos Liaflos; su dueño era un español, sosteiiido por cien lushes de Pereto
TOMO

1

139

lot)

!-prcodios Ilisidricos Mexicanos

y rnucho parque, y se resistió n; is de dos dias; pel-o cargado extraordinariamente por las partidas americanas, hubo de entregarse luego
qua Arroyo se hizo desprender sobre la casa por una reata, y entró con at cIntaro, asI ilamaba al sable, haciendo una cruel niatanza, que llend de cadávcrcs la casa y dejó inhabitable el edificio por
mucho tiempo, registrándose an sus parades estampadas las manos
de sangre.
Haciase liamar padre por sus so!dados, y los trataba con la dureza de csciavos.
Su mujer era de color quebrado, valiente y digna consorte de
tal marido.
El nombrc de Arroyo, capitán antes de la revoiución de la tiapix.
q'eera de la hacienda de Ocotepec, segün hago memoria, ha dejado
una nombradla de espanto an aquelias omarcas, Ia idea de semejante genie me hace estreniecer.
Su companero Antonio Borcado, de origen herrero y alguacil
de San Juan dc los Liarios, fuc i-nenos horrible para la nación: era
un cobarde, tan menguado y tonto qua se hacIa liarnar coronet de
coroneles, ó sea tonto de tantos; ocupábase an avanzar; as decir,
robar antes qua an matar hombres.
'Desgraciada America Mexicana quc tuvo por defensores de su
causa a tales verdugos. El hombre de principios como yo, qua se
vió entre ellos, vivIa an un continuo martirio y estaba an gran riesgo si trataba de reducirlos al orden. Cuántas veces mi vida estuvo
a riesgo por semejante motivo.
Esto dejó dicho an su Cuadro histórico D. Carlos Bustamante, qua ayudó a la revoiución con su ingenio y personales esfuerzos, padeciendo por ella hambre, miserias, toda clase de peligros,
prisioncs y aun sentencias de muei-te, se-tin an su lugar verernos.
Por aqucilos dias, esto es, ci 7 de Mayo, ci capitán D. Juan Pesquera qua operaba an los Ilmites de Ia provincia de Guanajuato an
combinación con las partidas destinadas a perseguir a Albino Garcia, Iogró aprehender an su guarida al presbitero insurgente don
José Guadalupe Salto.
Habla sido ante de la revolución vicario del pueblo de Teremendo, y hombre de conducta ejemplar y virtuosa. No pudo SUStraerse a aquella irresistible afición con que ci clero se hizo amigo
y aun promovedor de la idea insurgente, y sus conversaciones Y
3.

Una Vcngav7 Iusurgcn(e

1107

maniiiestas simpatIas por la independericia le atrajeron ]as censuras do sus prelados, y fu6, reducido i prisión en Valladolid an Juniode iSu.
Lc indultó y puso en libertad ci coronel Trujillo, pero el padre
Saito tenIa rescntirnientos que satisfacer, y de regreso en su vicarla
concibió ci plan do armar a sus feligreses y echarse sobre las tro.
pas realistas que se hallo ban en Tecacho, escoltando a los heridos
de Ia division do Linares.
Su excitativa encontrO eco, y la indiada di6 tan buena cuenta
de los realistas do Tecacho quo no dejd uno vivo ni aun de los he.
ridos.
Ilabicndo ido su gente nizIs lejos de Jo que éI pretendia, y faltándole elementos para continuar con fruto Ia lucha, ci padre Salto
creyO conveniente ocultarse en una cueva labrada por la naturaleza
en una abra 6 voladero de la alberca do Terernendo, cuvo acceso
no era posibie sino por medio de una especie do puente levadizo
que mandO construir.
Un corrco quo Negrete enviaba a Trujillo fué apresado por las
gentes del Padre Saito, y cuando logró huir sc prescntO a Pesque.
ra ofrecjéndose zi conducirle hasta la entrada de Ia cueva.
Pesquera aceptó ci ofrecirniento, y con todo sigilo hizo rodear
por sus realistas la alberca, quo no era otra cosa quo un depósito
de agua formado por las liuvias en ci crater do un antiguo voican.
Era ci sitio verdaderamente pintoresco é imponente por su salvaje majestad: digna habitación de algunos do esos gcnios de ]as
ley endas: los vertiginosos precipicios revestian un manto de lozana vegetaciOn, entre cuyos arbustos dejaban escuchar extrañas
voccs, rnultitud do desconocidas a y es de obscuro piurnaje y grande
Corpuien,-ja
Pesquera penetrO en aquellas gargantas atento al menor ruido
del enernigo, y procurando apagar ci producido por la marcha de
SUS tropas: do sbito descubriO tres hombres, uno do los cuales
dijole ci gufa ser ci Padre Salto, pero antes de que en nada pudiese ofendcrlcs, Jos hombres huyeron, y Pesquera apresuró cuanto
pudo su avance.
— ;A1lI está la cueva!—dijo ci guIa.
Acababa de entrar, en efecto, ci Padre Saito, quien no pudiendo
no queriendo levantar ci puente, Ic dejó caer al precipicio, pro-

I

z

Ij'isodioc H:s.i,r,.-os 4fe,:anoc

duciendo sus tablones al chocar contra ]as petas un espantoso
ruido que con mil variantes recogian los ecos vecinos.
Los realistas dispararon a la casualidad, y entonces una voz
dijo:
—No me matéis, que soy ministro deJesucristo.
A la vez dejó ir su lanza con tan maravilIoa destreza quc hendiendo los aires en perfecta If nea horizontal no menos de siete Varas, fué su hierro a clavarse en el pecho del soldado realista Manuel de Ia Cruz, que rod3 al abismo.
Pesquera intirnó la rendición, a la cual respondió ci Padre
Salto:
—No saidré de esta cueva, a menos que no venga mi prelado.
Los realistas repitieron su intimaciàn.
—;Quién me busca?—preguntó ci insurgente.
—Las tropas del rey,—se le contestó.
—Dc qu rey, pues a lo qucjuzgo vosotros servis I Napoleon.
V como viese que algunos realistas con indecibie arrojo iban
trepando por la escarpada falda del precipicio, comcnzó a rodar
enormcs piedras desde la boca de Ia cueva, produciendo ellas al
caer horrible y pavoroso estruendo.
— j Fuego!—grito Pesqucra.
Los soldados tuvieron entonces que colgarse de las ramas de los
arbustos que quedaban frente a la entrada del asilo del Padre Salto, y desde alli, teniendo bajo de cilos el abismo, dirigicron sus.
balas contra los insurgentes.
El Padre Salto y otros tres hombres más, contestaron en un priricipio ci fuego, pero de pronto la resistencia cesó.
Pesquera pudo creer que & enemigo se hubiese fugado por alguna otra oculta salida, y determind penetrar en la cue'a, como lo
hizo, encontrando en ella muertos a ti-es indios y mal hcrido y baflado en su prooia sangre al vicario de Teremendo.
Pesquera hizo construir un fapextie 6 camilla portátil, y po- niendo en él a! herido, le condujo a Valladolid y Ic entregO a Trujillo.
Sentenciado desde luego a muerte, avisósclo asi a! obispo Abad
y Qucipo, el cornandante, aunque advirtiéndole que por ningtifl
motivo demorarIa la ejecución.
Abad y Queipo respondiO, que dada Ia enormidad de los crimC

--

Una

1109

ana Insurgenle

nes del reo y su obstinaciôa en ellos, segün lo desmostraba el no
haber apreciado en cosa alguna ci indulto que por segunda vez y
a sus instancias habiasele concedido, perdidos ci fuero y priviiegio
que acordaban los cáriones, no era necesaria la degradación.

15,

Ø::
- .

'7.
.

..

,

. €a
r
AV

4

...comeno a rodar enormes piedras...

El padre SiItu fu i1inh1t:nici1tc sacJ n c Iix// al I
de la ejecución, pero antes de ilegar a 61 rnurió de las heridas que
recibió al ser aprehendido, y Trujillo hubo, muy a su pesar, de ii.
rnitarse a exponer ci cadaver en el cadalso.
Ai perecio el presbitero D. José Guadalupe Saito, que nuestros
lflSurgentes consjderaron corno un santo martir.

1110

Episodios Hisóricos idexicanos

Iv
lrisarri, brigadier comandante de Puebla, y ci mismo con quien
Venegas pensó, corno ya dijc, sustituir a Calleja, al cual odiaba,
pudo por aquellos dias enviar en socorro de Tlaxcala, sitiada por
los insurgentes, cuyo cuartel general era Santa Ana Chautempan,
al teniente coronel Conti.
El dIa i i de Mayo en qua llegd frente a Tlaxcala, comprometió
una acción con el enenhigo, quien con siete cafioncs y una campana
habilitada como mortero, no derrotó a Conti, pero si le obiigo
retirarse con perdida: acudió an auxilio de Conti un nuevo
refuerzo al mando del capitán D. Francisco CIrdenas, y los mdcpendientes fueron derrotados, tomándoles ]as alturas de Ocotlan
qua habIan fortificado y pacificando an consecuencia los airededores de Tlaxcala.
Todo fué sangriento para nosotros en aquelios rnernorables dIas.
El capitãn D. Jos/-- Gabriel Arrnijo sue, como ya dije, después
del sitio de Cuantla rccibid de Caileja la orden de exterminar los
restos de tan valientes defensores, supo por un espia qua at bravo.
D. Francisco Ayala se encontraba an Ia hacienda de Temilpa en el
valle de Cuernavaca.
Treinta hombres tan solo habIa podido reunir aquel valeroso insurgente.
Armijo contaba an cambio con ciento cincuenta lanceros, y la
compaftIa de realistas de Cuautla.
No podia ser dudoso e! 6xito entre fuerzas tan desiguales, y
fué qua sin perder un instante, püsose an marcha an la misma no-'
che an qua ci espIa Ic avisó, y antes de amanecer, Ayala se veja
atacado por sus encmigos; sin esperanza aiguna an su triunfo pero
resuelto a perecer an la demanda, hizose fuerte con sus treinta hornbras an Ia casa de la hacienda de Ternilpa, y desde ella, casi sin pader ser ofendido, estuvo cazando realistas hasta qua Armijo, montado an cólera, dispuso incendiar ci edicio, lo qua consiguió
fácilmente poniendo fuego a unos cobertizos de tabias.
Aquello fué horrible; Ayala se vió de sübito colocado an ci cefl
tro de una inmensa hoguera: Las parades se derrumbaban en tomb

(Jna Vengana Insurgenk

i

it

suyo y bajo sus escombros perecIan sus hombres quo morIan victoreando al Sr. Morelos. Me repugnan estos atroces detalles y voy
A concluir.
Cuando Ayala habla quedado casi solo, Se V6 dc improviso reciamente atacado por veinticinco realistas al mando del teniente de
lanceros D. Felix Madrid y el aiftrez Francisco Beistegui, y no

-

4
/
/

-----

-

...tciedo suspender de los irboles sus cJavcres

pudiendo ya oponérseies cayó on sus manos con ci resto de sus
COmpañeros
Armijo, sin 1-espeto nj consideración alguna a tan heroico valor,
hizo fusilar a sus prisioneros a la entrada de Vautepec haciendo
Sus pender de los árboles sus cadáveres.
Calleja no se detuvo on Cuautla niuchos dIas, y obligado por sus
cnferrnedades, herido por la habilidad con que el Sr. Morelos le
burló Cs capándosele de entre las manos y ofendido con ci virrey,
hizo su entrada en Mexico el sábado 16 de Mayo por la misma ga-

i 12

Episodios Históiricos Mexicanos

rita de San Lazaro que le vió salir tres meses antes entre los vitores y aclamaciones de la muttitud.
A pesar de clue el prestigio del ejército del centro decayó mucho
como justa consecuencia de los sucesos de Cuautla, no le faltó
cierta solemnidad a esta scgunda entrada de Calleja en Mexico.
La multitud, Si no entusiasta, sI curiosa, se apinó en todo el
tránsito, y el jefe espanol supo imprimirle cierto color teatral hacicndo que a su carruaje precedieran ó siguiesen en demostración
de triuiifo la artillerja y banderas tomadas en Cuautla y un buen
nümero de prisioneros entre los que se distingulan, obligados a
caminar con cierta separación, D. Leonardo Bravo, D. Mariano
Piedras y D. Luciano Perez, a los cuales insultó la fanática muchedumbre, ni más ni menos que aconteció, como ya dij, al entrar
prisionero Torres en Guadalajara.
Con grandes demostraciones de jübilo recibieron los espanoles
al batallón cxpedicionario de Lobera, que por primera vcz era visto
en Ia capital, haciendo'o con tan poco tino, que con justicia sobrada
se dieron por ofendidas las tropas criollas, ünico sostCn y defensa
hasta entonces de la administración espaflola en America.
—Valientes soldados! (deciase en los grupos con marcado desd6n): lo ünico que nos traen de nuevo son sus uniformes a la francesa y sus estrepitosas cornetas.
—Y nada más, por cierto.
—Justo, pues en cuanto a sus dotes militares, ya hernos vito que
no les han salvado de haber sido rechazadas por el Padre Sanchez
en Izucar, y burladas por el Gran Morelos en Cuautla.
—Sin embargo...
—No hay sin embargo quc valga.
—Hombre, no interrumpa usted que no sabe lo que voy a decir.
—Lo presumo.
—Veamos sus presunciones.
.—Lo que ustcd quiere dar a entender, es...
—Que estas mismas tropas espanolas han dado pruebas grandiosas de lo que valen, luchando contra las aguerridas tropas de Napoleón.
—Lo adivinó usted, no to niego.
—Ya; pero en lo que usted no se ha fijado es en que su impor

Una Vengana Insurgenfe

11

1

3

tancia no puede ser la misma en la Nueva que en Ia Antigua Espafla.
—.La razán?
—Es muy sencilla.
—DIgaia.
—En Espafia han luchado por una causa tan santa y justa corno
lo es la causa de la patria.
—Cierto.
—V han luchado contra un opresor bIrbaro, cruel é injusto.
- Ciertisimo.
—Aqul vienen a luchar contra sus propios hermanos, y con ci
solo fin de impedirnos trabajar por nuestra independencia.
- Exactisimo!
—Es decir, en España combatieron por Ia libertad, y en Mexico
pot la opresiOn: ailI estuvieron de su parte la justicia y la razón;
aquf la razón y la justicia están de la nuestra, les son contrarias, y
sobre la razón y la justicia y ci derecho no pueden triunfar, y lo
estarnos viendo, iii aun los mismos ejdrcitos de un Napoiedn ci
Grande.
—DespuCs de , todo, mejor para nosotros cuantos mayores erro-.
res cometan.
no serán flojos los quc van a seguirse.
—Si, eh; pues qué hay?
—Hay que Venegas y Calieja están como perros y gatos.
—De eso hace ya tiempo.
—SI, pero al-tora cs cuando sus cnemistades van a producir su
fruto.
—De qué mancra
— Está acordado que mañana deje Caileja ci mando del cjCrcito.
—Y qué van a hacer con las tropas?
— Incorporarlas a la guarnicidn, quedando bajo las órdenes del
Conde de Alcaraz, mayor general de la plaza.
— Pero qué es Jo que Venegas se ha imaginado?
— Considera 6 finge considerar dominada la revolución.
— ;Pero ese hombre está loco!
— Ojalá, pues eso serIa la señal de que Dios ha resuelto que Sc
plerda
—La verdad Cs que ci virrey ha aprovechado la ocasión para red ucir a la nada a Calieja, rcrnovinclo1c del mando.
TOMO 1

140

II

14

Ipisodios Hisiórieos Mexicavôs

—Pues sepa Dios como le vaya en ello: el ejército es en cuerpo
y alma de Calleja, que es quien Ic formó.
—Pero no dicen que Calleja es quien renuncia el mando a pretexto de sus enfermedades?
—Algo ha de decirse para no dat pibulo a murmuraciones.
El virrey, en efecto, admitió a Calkja la renuncia quo hizo del
mando del ejército del centro el domingo 17 de Mayo, y ci famoso
campeón realista so retiró a la vida privada tomando alojamiento
en Ia gran casa del marques de Moncada junto i San Francisco.
Hablase clevado no obstante por dcmás, para que su caIda pudiese en cosa alguna perjudicarle; bien lejos de esto, Jos enemigos
del virrey, que eran numerosos, se agruparon en tomb de Calleja
forrnándole una especie de corte que Ilegó, como veremos, a rivalizar con Ia del mismo Venegas.
Sucesos de rnuy grande importancia nos obligan a tocar rápidamente los de aquellos dIas hasta restablecerlos todos en su orden
cronológico, ya que les hicimos sufrir una ligera alteración para
dat cuenta del suplicio do D. josC Antonio Tortes, en Guadalajara.
Pasemos, pues, adelante.
LVA

Quien quiera que hubiera cruzado en aquellos dias las antesalas
de la corte de D. Felix Maria Calleja del Rey, hubiera quedado
sorprendido de la licencia con que eran comentados los actos todos
de la primera autoridad de la Nueva Espana.
La falta de respeto a los altos dignatarios del gobierno de una
nación, es la mIs evidente prueba de que tat nación estã Ilarnada a
sufrir terribles daños, si no es que en el libro del destino de lo
pueblos Ia fatalidad ernpieza a dictar el decreto de su ruina 6 peligrosa transformación.
La falta de respeto a los gobernantes acua las mis veces una
absoluta falta de patriotismo y Ia completa degeneración de un
pueblo, PUCS si Cste consintió que a ]as alturas del poder supremo
se elevara un hombre que solo su desprecio merece y asI en sus
criticas to dice, a sI mismo se confiesa degenerado y merecedor do
su propio baldOn.

W_`

Lino l'cI:gan{-a Insurgenle

iii5

,Pero qué entiendo yo, pobre hijo del pueblo, de estas cosas, ni
quién me mete en estos dibujos? Dejémoslas en su punto y iugar, y no prediquemos donde nadie
nos querrá or, pues la ganancia del pescador está en que ande
revuelto ci rio.
Adelante, pues, y saludemos a nuestros amigos.
He alif al simpático conde de Orizaba, dichoso marido de la deliciosa marquesa de Cervera que, beila corno nunca, pues es feliz y
Ia felicidad reaiza la natural beileza, ha pasado a las habitaciones
de la esposa de Calleja, que también y a su vez cuenta con su corte
femen ii.
Pocos pasos ha dado ci conde cuando a su encuentro sale de uno
de los grupos otro amigo nuestro, ci ex–comandante D. Ventura
del Valle.
—Salud, senor conde.
—Salud, mi comandante: no recibe aün ci general?
—En pláticas está hace más de una hora con D. Alvaro de Getvera.
—Luego ese hombre se ha propuesto salirme por todos lados al
encuentro?
—Es una rnala persona, senor conde, y mal hizo usted en perdonarle generosamente la vida en aquel famoso duelo verificado al dia
siguiente del matrimonio de usted con la marqucsa.
—Mi comandante, jamás he herido yo a un hombre que es sufi-.
ci entemente cobarde para arrojar lejos de sI La espada y mostrarse
a pecho descubierto.
—Eso hizo?
—SI, alegando-como pretexto que él no podia dirigir la punta de
SU Cspada contra un hombre que, no solo no le habia ofendido, sino
que Ic hacia ci favor de tratarle como a un caballero.
—V por eso cree usted cobarde a D. Alvaro.
—Si.
—No soy del mismo parecer, D. Alvaro no es cobarde; es astuto.
— Si consiste su astucja en humillarse.....
— Pero es que D. Alvaro no se hurnilla.
— No Comprendo a usted.
—Me explicar; arrastrarse por el suelo no es humiliaciOn en el
reptll: reptil es D. Alvaro y por eso Sc arrastra.

11

16

E/isodios HisIôricos Mexicanos

—Pues iay de él, si Ilego a ponerle el pie encinia!
—Cuidado, mucho cuidado, señor conde.
—Por qué?
—Porque nunca es rnás temible Ia mordedura de un reptil quo
cuando at ponérsele ci pie encirna se Ic recuerda quo Dios to condenó i estar i las p!antas de todo ci quo no es reptil.
—Puede ser que tenga usted razón.
—La tengo, señor conde, Ia tengo y sé to que digo a usted.
—Sr. D. Buenaventura, paréceme quo algo tiene usted quo decirme.
—Quizas si.
—Pues no prolongue usted la satisfacción de mi curiosidad.
—Lo hare bien at contrario.
—Va escucho.
D. Buenaventura bajó algun tanto la voz y COfl cierto misterio
dijo at conde:
—Tengo mis razones para sospechar quo on la eAsociación de
los Guadalupes3, ticnen ustedcs aigün traidor.
—;QuiCn es 6P—prcguntd ci conde con colCrico aprcsuramiento.
—Lo ignoro.
—Entonces.....
—Podrfa jurar a usted que D. Alvaro conversa on estos ruomentos con Calleja de algo quo a los Guadalupes se refiere.
—Nuestra Asociación no es un misterio para nadie.
—Lo sC.
—Yo misrno vengo aqui a hablar a Calieja en su nombre.
—Lo supuse desde luego.
—Ignora usted acaso quo D. Alvaro es uno de los hombres de
mayor conflanza de D. Francisco Javier Venegas?
—No to ignoro; sé, por ci contrario, quo ese hombre se le ha impuesto artificiosamente at virrey.
—Al virrey, amigo D. Buenaventura, to ofende ci brillo de Ia
gloria de Calleja.
—Por to mismo y quizas con ci fin dc apagarla tratará de atrarsele.
—Imposible.
—;Por qué?
—Porque ci virrey no puede ignorar que ci partido legitimamente

Una Vengnna lusurgeitic

1

11

7

español al cual usted, D. Buenaventura, pertenece, ha informado i
la Regencia de Cádiz pintando a Venegas corno hombre incapaz
de salvar la situación y senalando a Calleja como at ünico capaz de
contener y term,jnar la guerra civil.
—Veo que cstá usted bien entcrado, señor conde.
—No debe usted extrafiarlo, coronel, el espionaje as ya una profesión an esta capital.
Un breve instante qucdó .uspendido el diálogo qua vengo trasladando zi estas páginas, hasta qua ai fin, recobrando el tono natural de la voz, D. Buenaventura dijo:
—Cambiemos de conversación, nos observan y nadie puede saber dónde at peligro existe.
—No ha de faltarnos asunto con qua entretener el tiempo qua aun
puede durar la conversación del general y D. Alvaro.
—Las noticias se rnultiplican cn efecto an estos dias.
—Cierto; cuando todo parece concluIdo vuelven a surgir nuevas
complicaciones.
—Pero de poca importancia, señor conde.
—No lo nicgo, por más que, segtmn se dice, alguna tuvo la derrota
del padre Sanchez por Caldelas ci dIa 17 de Mayo.
—;Saba usted pormenores del suceso
—Algunos.
—Vengan, pues, si usted gusta.
—Ciertamentc qua sI: para nadie as un misterio que desde hace
algunos meses D. José Maria Morelos, halIándose an Tiapa, comisionó a un coronel D. Vaierio Trujan para propagar la revolución
an ]as Mixtecas, lo qua consiguió después de la toma de Silacayoa.
pam, extendiendo su influjo a toda esa porción de la provincia de
Oaxaca, confinante con Puebla, porción a Ia cual se denomina las
J!ixtecas. Aceptó el encargo de combatir a Trujano D. José Maria
de Réguies Villasante.
—Le conocI personalmente an Nochistlan, donde residIa. Es un
Santanderino qua suple con su arrojo y su actividad los conociTflicfltos militares de qua carece.
—Re'gules comprometió a aliársele contra los independientes a
ID. Gabriel de Esperón y D. Juan de la Vega, ricos hacendados de
a quelios rumbos, y con ci auxilio del obispo de la diócesis D. Antonio Bergosa y Jordan, Ievantó tropas y dió principio a sus campanas.

ii iS

Episodios Hislóricos M€xicanos

—Ago sd yo también de eso: a principios de Enero ültirno los
insurgentes do las Mixtecas, en nümero do tres mil hombres, atacaron a R-ules, qua so habta hecho fuerte an at convento do dominicos de Vanhuitlan y lo-r6 at tin rechazar a los sitiadores, tomándoles tres caiones y haciéndoles cuarcnta prisioneros qua rnandó
fusilar. R * gu1cs cobrd ánimo, y ci 26 de Febrero derrotó en San
Juan Teposcolula at comandante D. Nicolás Bobadilla. Uniéronse
mientras tanto con Trujano, D. Miguel y D. Nicoiás Bravo y at
padre Mendoza, y saliendo del pueblo do San Bartolo, donde los
insurgentcs juraron veneer 6 morir, atacaron con denuedo a Régules an Yanhuitlan, y an los dIas i r y 1 5 de Marzo estuvieron los
realistas zi punto de ser derrotados y tomada la población.
—Y asi hubiera sucedido aquel o ci si ZI
guiente dia si los Bravos no
hubicran rccibido orden de D. José Maria Morelos para acudir en
auxilio de Cuautla sitiada por Caileja. Trujarto no se resolvid a
continuar la empresa por sI solo, disminuIdas a un gran extremo
sus fuerzas con la separación de los Bravos, y so retiró a Ia rica
villa de Huajuapan. D. Bernardino Bonabia, comandante do Ia brigada de Oaxaca, dispuso desalojar a Trujano de tan importante
posicidn y determinó que Caldelas y R 1gules fuesen a poner sitio
a Huajuapan. RtSgules, antes do salir de Yanhuitlan, tuvo una cruel
complacencia: a fin de intimidar a Ia poblacidn, hizo cortar las
orejas a veintitantos pobres indios y los tuvo todo ci dIa debajo do
Ia horca an qua habia colgado a otra porción de infelices sin causa
ni razdn manifiesta, y solo por satisfacer sus crucics y sanguinarios
instintos.
—AsI es Ia verdad, —observó D. 13 ucnavcntura, —y mucho niás me
satisface quo at tat Régules no sea rnilitar de profesión: puede rnuy
bien llamársele at Arroyo ó Albino Garcia de los realistas.
—Con más de mil hombres, catorce cafiones y abundantes pertrechos, Réguics se presentO delante de Huajuapan at dIa 5 de
Abril y Ic puso sitio, situándose Caidelas an las aituras del Caivario: emprendidas y continuadas ]as obras con toda actividad, ci
asedio de Ia poblacidn fué un hecho y Trujano tuvo qua fundir con
las carnpanas del pueblo, tres caflones, y servirse, a faita de mejores
municiones, de las piedras del rio corno bala y inetraila. Frecuentes fueron los ataques y en todos ellos, los insurgentes rechazaron
a Réguies, pero éste continuaba recibiendo auxilios y refuerzos y

-j

tJna Vengana !nsurgentc

ds

estrechando ci sitio: Trujano logró hacer pasar un correo pidiendo
ayuda al padre Sanchez, que se hallaba en Tehuacan, y Sanchez y
ci cura Tapia corrieron a dársela y fueron derrotados, corno, ya
usted sabe, por Cai e,Ja Cl 17 de Mayo fltimo, perdiendo toda su
artillcria y pertrechos. Perdida esta esperanza, Trujano, sabedorde
la salida de Morcios de Cuautla, despachd a éste, ci indio Noyd,

...otra porci6n de infchces...

—re —
—C

que por medio de dos cohetes de iuz, avisó a los sitiados en HuaJuapan que habfa logrado saivar las ilneas realistas.
—Parece que tarnbién D. Ignacio Rayón cstá dando algo que haCer por ci rumbo de Toluca.
En efecto, y contra éi ha salido, por orden del virrey, el lunes
iS, D. Joaquin del Castillo y Bustamante, nombrado coroneidei
ginien0 de Tres Villas.
Va tenernos otro comerciante rnás en campafia.
Por cierto quc con este motivo circula por ahI un epigrama
contra astillo y Bustamante.
Si, c-h?

1120

Episodios Histôricos Mxica,,os

—Como usted lo ovc.
—Créame usted, señor coride; los poetas son una calamidad, y si
yo fuese algtn dIa autoridad en este pals 6 en otro cualquiera, no
habla de quedarme uno solo ni para. muestra.
—Recuerdo, al efecto, que tarnbién usted ha side, vIctima de los
poetas.
---Diga usted mejor, indignos copleros,--observó D. Buenaventura en ci coimo de la excitación, afiadiendo dcspués;—pero no
hagarnos caso de mi, y separnos el epigrama escrito contra Castillo
Bustamante.
—Dos renglones nada más, un parcado corno dicen los poetas.
- Emparedados quisiera yo verbs !—excbarnó el ex.comaiidante.
—Pues ci epigrama, alusivo a la profesi6n de comerciante 6 tendero de Castillo, y tratando de demostrarle que no es lo mismo ci
mostrador que ci campo de batalia, dice asf:
iVo es lo mismo meterse en la ca;1/pan

que a/ustar j mcdir una hretañez.
—Oiga usted, señor coiide,—obscrvó con gravcdadD. Buenavcntura:—después de todo, ci autor de este epigrarna tiene mucha razón; no la tuvo de tal modo ci que a rnI tan villanarnerite me insultó.
VI
Un rnornento después ci grupo quc habia ido formándosc en torno del conde y D. Buenaventura, era ya muy nurneroso y cada cual
se esforzaba en comunicar nuevas noticias.
—Podrá ó no conocer personalmente a Castillo Bustamante el
autor de ese epigrama,—decIa uno de los circunstantes;—pero bierl
puedo asegurar a ustedes que si no Ic conoce, Ic adivina.
—Por qud lo dice usted?
—Porquc no anduvo rnuy acertado ci cornandante de Tres Villas en el ataque que contra Lerma intentó ci dia 19 de Mayo.
—También yo he oldo que se vió obligado a retirarse,_obser!.ó
Un tercero.

J

Una Vengana 1nsurgt:1c

I 12!

—Y con pérdida muy considerable.

—Cómo estuvo eso?
—Préstcnme atención y to sabrán.
—Diga usted.
—Han de saber ustedes, que la ciudad de Lerma esta situada en
medio de una especic de iaguna que aiii forma el Rio Grande, y
que no tiene más medios de comnicación, con to que podemos
liamar tierra firme, que dc entradas estrechas, una por ci lado de
Toluca y otra por ci del caniino de Mexico: los insurgentes habian
practicado en esas entradas varias cortaduras y construldo ciertas
obras de defensa. Castillo salv6 bien la primera cortadura por ruedio de un puente portátil que habIa hecho previamente construir;
pero at intentar salvar Ia segunda, fu6 tan bizarramente atacado,
quc se vió obligado a rctroceder y regresar a la hacienda de Jajaipa.
—Es natural que asI Ic haya sucedido,—observó D. Buenaventura;—que conocirnientos militares posee Castillo Bustamante para
lanzarse a tales empresas?
—No es suya laculpa, sino del virrey.
—Lo mismo crco yo.
—Es claro, señores; el virrey no se dió el trabajo de consultar at
general Calieja .sobre esta expedición, y de su motu propio envió a
ella a Castillo, como queriendo demostrarnos que tiene oficiales
que emplear sin necesitar de Calleja.
—Más afortunados han sido en Pachuca y sus atrededores los capitanes D. Rafael Casasola y D. Domingo Claverino.
—Ahi tiene usted un hombre que me repugna.
—Cuul dc ellos?
—fl Rafael Casasola.
—Pues qué ha hecho?
—Al marido de una pequena division, con la cual operaba en terrenos de Ixmiquilpan, y despus de haber vencido d los insurgentes en Portezuelo, cayó por sorpresa sobre ci pueblo de Alfajayuca,
el 21 de Marzo, dia en que, con motivo de ser ci Domingo dc RaflIOs, se celebraba en Ia pobiación un tianguis 6 mercado. Casasola
dio rnuerte sin encontrar resistencia aiguna, a ciento cincuenta
Perso nas, robó ci maIz y los efectos que halló en la plaza, y repartio el botin entre sus soldados, regresando dc51)UCS a Ixmiquilpan.
Tono I

II

I * 22

Episodios His!óricos Mexi-anos

—ViUanIa fu, indigna de las tropas reales.
—P*ies como iba diciendo, Caasola se reunió con Domingo Ciaverino, y ci xo de Mayo se apoderó, sin resistencia, de Pachuca,
paso dcspués a Atotonilco, en cuyo punto desbaratO una gran reuniOn do insurgentes, tomándoles once cañones, y sucesivamente
rccobrO los minerales de el Chico y el Real del Monte. En este ültimo hizo destruir Ia fundiciOn de caflones que dirigla el hábil maquinista flamenco M. La Chaussée.
—Pero bien, permancce aün D. Ignacio Rayon an Lerma?
—Salió do ella Cl 22, en la noch2, al tener noticia de qua Castillo Bustamante se disponia a atacarle, nuevamente reforzado por ci
virrey, con ci batallón de Lobera, dos cañones y un obüs. RayOn
se ha hecho fuerte an ci cerro de Tenango.
—,Y ci buen Castillo?
—Sabedor de la retirada de Rayon, entrO corno un valiente an
Lerma, sin qua ni Ia somba de un insurgente acertase a descubrir;
arrasO las fortificaciones y se puso an marcha para Toluca.
—Tampoco han sido rnuy afortunados los insurgentes an Tulancingo.
—Pucs que, ilia salido cierto Jo del ataquc?
—Ciertisimo, y tuvo lugar ci 24 do Mayo, Un dIa después do la
atroz ejccuciOn de Torres an Guadalajara.
--Sepamos cOmo estuvq eso.
—El citado dia 24 se presentaron ante Tulancingo, que defendia
ci comandante Piedras, ]as partidas realistas de Villagrán, Osorno,
Anayay otros, y Ic intimaron Ia rendición. Piedras resistió comO
un valiente, y durante varios dlas los insurgentes estuvicron haciendo fuego sobre la poblaciOn, causándoie rnucho dano con un rnortero construido con una campana, at cual mortero Ianzaba piedras
de más de dos arrobas; pero nada consiguieron los independienteS,
porque apenas Claverino supo ci peligro qua corrIa TulancingO,
rnarchó an su auxillo y ci enemigo sufrió una casi total derrota.
—Dicen qua Castillo se encuentra an Toluca.
—Si; entrO an ella ci 26, sin qua tampoco an Toluca Ic dispU
tase nadie la entrada.
—Aseguran qua an Pachuca se presentaron A Ciaverino, solicital*
do indulto, ci rico minero D. Jose Manuel de la Rcvilla y D. Juan
Jose Andrade, capitán de dragones quo se pasO a los insurgentes

Una Vcszgana Insurgeitc

en tanto qua su padre se portaba corno un valiente an ci sitio de
Cuautia, d ]as ordenes del general Calleja.
—Esto ha sido un consuelo para su pobre padre.
—Dc quien ,.dicen que es un bravo realista, as de D. José Mariano Ferrer.
—; El hcrrnano del Lie. D. Antonio, jefe de la conspiración contra Venegas?
—El mismo, y segün centan, ci 27 de Mayo entró an Maravatlo,
sorprendid a los insurgentes, los derrotó y rnand6 fusilar a los prisioncros.
—Del brigadier D. Ciriaco del Llano, as de quien nada se dice.
—Dcspués do estar con nosotros an ci sitio de Cuautla, regresó a
Puebla ci 17 de Mayo, y parece quo saidrá para Orizaba: con estc
fin ci virrey ha nombrado ci dia 25 gobernador militar y politico de
Puebla, al mariscal dc campo, Grande de España, condo de Castro
Terrcno.
—Esta as buena! pues no decIan qua Castro Terreflo habIa yenido a Mexico solo por asuntos particulares?
—Cierto, pero a quien Ic dan pan qua Ilore: se Ic ofrcce un buen
puesto y éI lo acepta, pot mas qua ha cubierto la cosa, manifestando quo so presta i hacer este scrvicio an atención ala escasez dejefes qua hay.
—La verdad as que an Orizaba andan muy mal nuestros asuntos;
desde Cl rncs do Marzo se alzO an Maitrata, contra Espafia, ci cura
D. Mariano de las Fuentes y Alarcón, y desde aquel punto está hacienclo un dano horrible a! comercio: corno an esta guerra de cada
diez caudillos insurgentes, ocho son curas, ci de Zongolica, Juan
Moctezuma Cortds, descendjente del emperador azteca, se ha rebelado también, y Moctezurna y Alarcón unidos, han atacado el 28
de Mayo a Orizaba y apoderádose do la villa, ni más ni menos qua
se lo cuento i ustedes.
—Pero quiCu la defcndia?
—El teniente coronel D. José Manuel Panes: sus fortjflcacjoncs
COnsistian an un foso parapctado abierto an ci puente dc Santa Catalina, i media legua de Orizaba: tornado el parapeto por ambos
CUras y puesta an fuga la gente qua defcndIa la garita do la Agostura, Panes so vi6 reducjdo al convento del Carmen, y no pudiendo sostenerse an dl, resoivid retirarse a Cdrdoba, como lo hizo,

1124

Episodios Hsslôricos Mxicanos

acompanado por los frailes y demás europeos, sin que el cura Moctezuma pudiese oponrse1e, segün lo intentó en el puente de Esca.
mela. Sobrevino la noche; pero Panes no se detuvo, y arrollando
a Los insurgentes en las cuestas del Cacalote, Villegas Rego a Córdoba al amanecer del siguiente dIa.
AsI, en efecto, habian pasado los sucesos, y con ci fin de remediarlos, D. Ciriaco del Llano salió de Puebla Cl 29 con la columna
de granaderos, ci batallón de Asturias y La correspondiente artillena y caballer(a, y ci sabado, 30, sostuvo COfl ci insurgente Arroyo
una accidn, en La que quedaron victoriosos los realistas, haciéndose
duenos de la fuerte posición de Tepeaca, en la cual habIan atacado
a Arroyo.

NT

H

Es tal ci cümulo de sucesos que se registran en las páginas de
las memoi-ias de mi padre en aquellos dIas, que con dificuitad pue.
do hallar la saiida de tan interesante laberinto.
Procuraré, sin embargo, en cuanto me sea posible, presentarlos
con la necesaria claridad a mis lectores.
Ni ci conde, ni D. Buenaventura, que amigablemente departian
en las antesalas del general Calieja, podian sospechar cuanto los
asuntos particulares del pnimero habIansc complicado.
El mismo dia 29 de Mayo, en que D. Ciniaco del Llano saiiá de
Puebla contra Los insurgentes, éstos, si bien en otro rumbo, sufrieron un revés destinado a producir cierta alarma en Ia capital.
El odio que en Espafla habia levantado contra los franceses la
villana invasion del Gran General de nuestro siglo, habiase hecho
tarnbién sentir en Mexico, si bien en menores proporciones. La victirna menos insignificante de esta mala voluntad, habIalo sido en
Nueva Espana un maestro de equitación apellidado Laiison, que el
vulgo liamaba ci maromero.
Molesto ci hombre con los resultados de una antipatla para La
cual Cl personalmente no habIa dado motivo, saliO de Mexico y se
presentO a Rayon ofreciCndole sus servicios que fucron aceptados,
y desde entonces ci francCs Lailsori se consagrO a cornbatir contra
los espanoles.

W
FUtra Vengana Inurge?st?

1125

Empleado rnas bien como correo que como otra cosa, trájole su
mala suerte al Monte de ]as Cruces, en cuyo punto ci citado dia 29
de Mayo, se encontró de improviso sorprendido por una partida
realista de vcintiss lanceros del Potosi. Mandaban esta partida ci
teniente D. Juan Miota ye! aiférez D. Antonio Puente, y regresaban de Lerma a donde ci virrey los habla enviado con ciertas
importantes comunicaciones para Castillo Bustamante.
Lailson no podia saber si aquellos veintiséis lanceros obrarian
solos y por su propia cuenta, ó si no serlan sino ]as avanzadas de
a!gün otro fuerte destacamento: no se intimidd, no obstante, y la
razón fué la siguiente:
A su entrada en ci Monte se Ic unieron tres curas de otros tantos
puebiccillos, con unos cuatrocientos hombres, un cañon de a cuatro
y un pedrero; estos curas parece que marchaban a ofrecer sus scricios a los jefes independientes: aizados desde la vIspera, no sOlo
carccIan de armas, que eran escasas entonces, sino tambiOn de la
más ligera instrucción en ci arte de la guerra.
Lailson, no obstante, con toda su ligereza francesa los supuso
unos Cides, y Ics arengó invitándoles a combatir por la independencia y por la patria.
Los vejntjsjs lanceros realistas no le dejaron concluir su arenga
Y con tal denuedo cargaron sobre ci enernigo, queéstenotuvotiernpo
para rnás que para disparar su cañOn hiriendo a dos realistas, y
declararse en completa fuga abandonando sus escasas armas, sus
cañones y scis mulas que constitulan su bagaje.
Fu6 aquella una cOrnica batalla quc con francas carcajadas celebraron los lanceros del Potosi: sus cuatrocientos enemigos habIanse
evaborada, pues ni siquiera poivo levantaron en su fuga.
La Gaceta del dia30 creyó, sin embargo, indispensable publicar
la flOticia de Ia estupenda victoria en ndrnero extraordinario, que
estas farsas suelen ser del gusto de todos los gobiernos sin exceptuai- ni a los de nuestros dIas.
No k faltC, no obstante, su importancia at hecho.
Entre la carga de las seis mulas del bagaje se encontraron cicrtos Papeles de interés y sobre todo la correspondencia de D. IgnadO
Ray On con los Guadalupes de Méxicc'.
Por eSta correspondencia se supo que a fines de Abril los Guadalupes habian l!evado a término fcliz una arriesgada cmpresa.
-F

I 26

Episadios H:stdricos M4xicanos

Dije en uno de los pasados Episodios que el doctor Cos habia
facilitado a la Junta de Sultepec una imprenta formada con caracteres de madera construidos por aquel notable 6 ingcnioso hombre.
Con ella se comenzó a publicar El ulustrador Nacional, periódico
insurgente, en cuya impresión se suplió con aftil Ia falta de Ia indis.
pensable tinta.
La asociación de los Guadalupes, considerando que poco podria
hacerse con tan irnperfectos medios, concibió ci plan de dotar a
Cos de una imprenta en mejores condiciones, y con inteligencia y
actividad se puso a Ia obra, y ganando a un tal José Revelo, ofv:al
de la irnprenta de Arizpe, se hizo de dos buenos cajistas y dc una
cantidad de letra suficiente para componer cinco pliegos, cuya letra
vendiO un español, dIcese que sin saber su objeto.
DifIcii, y rnás que dificii peligroso, era sacar de Mexico la tal
imprenta, pero a todo supliO el genin inventor y fecundo d,Guadalupes.
Pretextando un dIa de campo en ci inmediato pueblo do *an
Angel, so colocaron los ütiles y Ictra en los canastos do ]as pr
siones de boca y todo ello en un coche que so encargaron do proteger con sus fcmeniles armas ]as señoras del doctor DIaz y los
licenciados Guzmán y Guerra, jefes principales do la asociaciOn de
los Guadalupcs.
Al liegar a la garita, ci coche fuC detenido por los empleaclos del
punto, pero ci registro fu6 imposible gracias al gozoso escindalo
y alegre gritcrIa do las sefioras, que, con intencionadas razones,
acusaban a los enipicados de perversa intcnciOn al pretender c--,,a
minar las canastas que por la estrechez del coche cubrieron la
hermosas damas con sus torneadas piernas: los empleados se con
tentaron con oprimir, corno al descuido, entre sus dedos los deli
cados pies de las alegres expedicionarias, y ci coche paso y la im
prenta so puso en salvo.
Este es un hecho entcramente histOrico y no hay en su relato
una sola palabra que sea dictada por invención novelIstica.
El pie de una mujer, caizado al uso do aquel tiempo con el zapato
bajo, roy de los caizados femeniles y preferido por toda mujer de
hcrmoso pie, tienc hechos en ci mundo rnayores milagros quo Cl
que acabo do referir.
Al Ilegar a San Angel tomaron Jos tiIes de imprenta las p°

L ,i. Ii an.: /r,n!,

I £27

nas destinaclas al efectO y ya en poder de Rayon, ci doctor Cos dió
- grande circulación al Ilusfrador iVacional y con sus ejempiares
invadiO a Mxico, siendo esto causa del bando fecha r .° de Junio
de t8i2, por medio del cual ci virrey prohibió severamente su circulaciOn, bajo terribles penas: otro tanto hizo ci gobernador de la
Mitra de Mexico por su edicto de 3 del mismo Junio, en el cual,
bajo el precepto de santa obediencia y penas establecidas en ci
derecho canónico contra los autores, fautores y encubridores de libelos scdiciosos, mandó a todos lo3 fieles que entregasen los ejemplares y denunciasen a quienes los tuviesen, ordenando a los
confesores que instruyesen a los penitentes de la obiigaciOn en que
estaban de hacerlo asI, y a los predicadores que declamasen y cornbatiesen desde ci pülpito contra este periódico quc ci cabildo cali ficaba de rnáquina infernal, inventada por ci padre de la discordia
para desterrar del pals la paz que el clero debIa fomentar y cultivar
con todo ernpeio.
Pero cambiernos de sübito de asunto mientras Sc preparan los
nuevos dramas que presto han de disputarse ci interCs de mis icctores, y demos una vuelta por ci coliseo o teatro de Ia capital.
Desde ci dia 2 de Abril ci Diario de Mexico habia publicado la
siguiente g Lista de Ia CompafiIa de cómicos del teatro de la capital para la presente temporada.
DE REPRESENTADO • Primer galdn, Sr. José Maria Amador;
Segundo, Sr. BartolornC Arias; Tercero, Sr. Teodoro l3orja; Cuarto
y Segundo gracioso, Sr. José Santa Cruz: Quinto gaidn, Sr. Josc
Montánez; Partes depor medio, los Sres. Pedro Morelos y Juan
Ne pomuceno Montenegro; Primer barbcz gracioso y figurôn, Señor Luciano CortCs; Segundo barha, Sr. Mariano Garcia; Primer
(ZJ Ufl te, D. Luis Garcia; Segundo, D. José RincOn; Tercero y arc liwero, D. José Zabaiza; Prjme,-a dama, Sra. Agustina Montenegro; Segaz La, Sra. Juana Martinez; Tercera, Sra. Mariana Ramirez; Graciosa Sra. Sebastiana Peialosa.
DE CANTO: GaMu de inzsica, Sr. Miguel Maya; Segundo y g?nial,
D. Vzctorjo Rocarnora• Tercero y mzj•o, Sr. Luciano Cortes; Dama
de musica Sra. Dolores Mungula; Segunda, Sra. InCs Garcia; Tercera, Sra. Maria Ramirez: Cuarta, Sra. Francisca Aguilar.
DE IS AILE: Primer maestro,
Sr. José Maria Morales; Segundo, seor Anton io'Medina; Prjmep-a b€ilarifla,
Sra. Isabel Rendón;

it

:R

Episodios Hislôrjcos Mexjcanos

Segunda, Sra. Magdalena Luber; Tercera, Sra. Sebastiana Pcfa1
losa; Cuarta, Sra. Ignacia Aguilar.
El resultado del abono habIa sido excelente, é inmejorable e11
éxito de las primeras obras representadas.
El empresario, ó asentista, como entonces más comünniente era
Ilamado, no cabIa en si de regocijo y todo parecla marchar a las
mil maravillas.
No en todos los ánimos de los cómicos reina no obstante la ambi.
cionada paz. Dolores Mungufa, Ia primera dama de msica, y
Agustina Montenegro, prirnera de representado, se miran hace
tiempo mal y aun Sc dice que aquélla puso en juego todos sus recursos femeniles para que la segunda no fuese contratada. Miguel
Maya, galán de müsica, teme que Luciano Cortds continue siendo
ci favorito del pUblico que de éi se enamoró desde que en Ia ternporada ültima interpretó a Ia perfeccidn ci Barôero de Sevil/a,
prirnera opera conocida en Mexico. Maria Ramirez, que cuenta Jos
amigos a rnillares, hace imprudente alarde de su popularidad ante
Sebastiana Peralosa, que es Ia favorita del cmpresario y por consiguiente la tirana de sus cornpaneras. jost4 Maria Amador teme ]as
venganzas de Manuel Diaz, a quien fué prefcrido, y ci cual Ic ha jurado sublevarle una noche a los inquietos concurrentes al mosquete, y todos, en fin, por esto los unos y por aquello los otros, SC
aborrecen, se odian, se detestan, se insuitan, infaman, desacrcditan
y celan, y es ci escenario del antiguo coiiseo en aquellos como en
estos tiempos trasunto de desorden, semillero de disgustos, fãbrica
de intrigas y cümulo de todas las pasiones, si bien las nobles escasean y las indignas crecen, se agigantan y todo lo invaden y JO
trastornan todo.

VII'
Dije, ó lo digo ahora por si antes no lo hubiera dicho, que Ia
derrota del frances Lailson en ci Monte de ]as Cruces, puso Cfl
manos del virrey Ia correspondencia que D. Ignacio Rayon nviaba
a los Guadalupes de Mexico.
En ci primer instante Venegas determinó hacer un severo Y
ejempiar castigo en las personas imprudentemente nombradas en

sus cscritos por ci jefe de la Junta, y en su vista decretó su aprehensión con ci mayor sigilo posible.
Era ci golpe, no obstante, por dcrnás arriesgado: la capital era
ci principal foco de Ia insurrección del pals, y lo que más terrible
era aün, las voluntades andaban enteramente desunidas: los sucesos de Ia guerra tenIan envalentonados a los afectos a la independencia: la audaz evasion de Cuautla del Sr. Morelos habIale agigantado, y sus victorias y aitas dotes guerreras se cantaban en romances y otras composiciones poéticas que gozaban de gran boga. Los
espaioles habIanse divididn en dos bandos, y unos se Ilamaban
amigos del rey y otros de Calleja: aquéllos temfan la repeticiOn de
Un atentato contra Venegas, semejante al de Yermo contra Iturrigaray: éstos sc agrupaban en torno de Caileja, en cuya frente adivinaban los resplandores del sol próxirno a nacer: las dos fracciones
dcl genuino partido españoi estaban conformes en una sola cosa,
en su desdn por ci virrey, que juzgaban incapaz de sobreilevar los
peiigros de la situación. Los unos y los otros, quienes má.s 6 quienes
menos, todos habIan cooperado con ci Consulado a la tarea de desacreditar a Venegas ante Ia regencia: aborreciéndole todos a Ia vez,
también a Ia vez ternian todas las represalias que contra ellos pudiese ejercer: todo lo sabfa el jefe del virreinato y no ignoraba que Ia
asociación de los Guadalupes tenia hccha alguna propuesta a Caileja que dstc no recibjO mal, aunque nadie se atrcviO a pcnsar que
ci campeOn realista ilegase a faltaz- a la fidelidad que a su rey debla,
cualesqujera que fuesen sus desazones con ci virrey.
Este pensó que un golpe dado con imprudencia podia hacer
brota.r la chispa que propagase el incendio, pero a Ia vez su dignidad s sentla herida y le era dificii resignarse a no proceder contra los COn spiradores Asi, pues, en la noche del 3 de Junio fueron
presos en Mexico los licenciados Falcon, Garcés, D. Benito Guerra,
D. José Ignacio Espinosa y D. Juan Guzmán, y tarnbjén fuC depo.
Sitada en la casa del Lie. Primo, la Srta. D.z Margarita Peimbert,
hija
del Lic. Peimbert que apareclO cornplicada en los sucesos
que mO
tivaron la medjda
D
ias antes habian sido también aprehendidos en la hacienda de
Le6, Junto i Tacuba, su dueflo ci Dr. Diaz y D. Pedro Lafuente,deeültj mo vamos particularmente a ocuparnos.
Du0 Lafuente (IC una (Ic
-H
L-::
cafla de
ToMo I

I 130

Episodios Históricos Mexicanos

las ccrcanias de Cuernavaca, fué una de las primeras vIctimas de
la rvo1uci6n, que se ensañó dcstruyendo sus propiedades, poniendole casi at extremo de la miseria.
Era, sin embargo, hombre de crédito y trabajador inteligente, y
no le faltó persona que Ic ofreciese una gruesa suma de dinero con
que restablecer y fomentar sus propiedades.
Pero nunca un mat viene solo, y cuando ponia manos I la obra,
su virtuosa mujer, que por una fatalidad se habla encontrado en la
hacienda cuando los insurgentes la asaltaron, adquirid, resuttado
de su terror, una terrible afección de pecho, y los medicos declararon su estado de to más grave imaginable.
Lafuente no pudo abandonar a su esposa, a la cual amaba entraflabiemente, y buscó un socio que cuidase de sus intereses, y le
encontró inmejorable en un primo suyo, espaflol como 61, y no
mucho antes Ilegado de la Peninsula.
La enferrnedad fué lenta, prolongada y espantosa sin que pudic.
se servir de alivio at dolor de Lafuente Ia prosperidad de sus ncgocios, brillantemente dirigidos por ci citado prirno, que se nornbraba D. Jesus Acevedo.
Al fin el pronóstico de los medicos se cumplió y la inuerte arrebatd su esposa a Lafuente, que quedo con una hija de diez y siete
aflos, la hermosa y adorable Margarita.
Pasados los primeros dias de tremenda angustia, Lafuente pens6
en su pobre hija, y para ello quiso conservar su vida y sus intcrcses que Ia una y los otros habia despreciado en las horas de su
amarga soledad.
No teniendo a nadie en Mexico a quien fiar a su hija, deterndnó
conducirla 61 mismo a Guadalajara, donde vivia una hermana de
la difunta esposa, y asI to hizo, pasando en el camino espantosos
riesgos y empleando en él treinta y cinco dias mortales.
Consiguió, no obstante, dejar segura a su hija, y pocos dIas des- I
pués se puso en marcha hacia Mexico; pero al pasar por Guanajuato, cayó en poder de Albino Garcia, y estuvo en Jos prirncroS
instantes en riesgo de ser fusilado por el ünico delito de haber na
cido espafiol. Albino sabia, no obstante, y a veces, ser conipasivo,
y tuvo lástima dc aquel hombre, y le perdonó la vida, obligandOle
en compensación a servirle de soldado en sus partidas. Lafuilte

hombre vii y miserable puede no arnar su vida cuando tiene hijos,
a los cuales, de algo, conservándola, puede servirles: se sometió,
pues, a la exigencia de Albino, con la mira de aprovcchar la primera ocasión qua se le presentara para fugarse y regresar a Mexico.
Su empresa estaba muy distante de ser tan fácii como se la imagino an los primeros dias. Albino le obligaba a marcharsiempre a
su lado, y antes de entrar en acción Jo decia constantemente:
—Amigo D. Pedro, si le veo a usted vacilar an herir i sus paisanos, 6 se separa un paso de mi, le levanto de un balazo La tapa del
cráneo: a batirse, pucs, y a demostrarme qua sabe usted agradecer
at favor qua le lice perdonár.dole la vida.
AsI pasaron aigunos meses, y Lafuente pensó más de una vez
durante ellos, si seria major hacerse matar en la prirnera acción,
qua conservar una vida qua solo atroces sufrimicntos Ic proporcionaba.
Pero la mrnoria de su hija le salIa at encuentro, y pot su amor
aceptaba contento su martirio.
Un dia, Albino se encontrd de improviso atacado por una respetable fucrza realista: at activo guerrillero independiente no pasO
nunca de ser un bandido, pero at valor y at arrojo eran an S1 natutales, y poca ó ninguna vez retrocedla ante at enemigo; hizo, pues,
Lafuente la consabida advertencia, y cntró resueltatnente an
batalla.
D. Pedro hizo an ella to qua siempre habla hecho, disparar su
arma de modo y manera de no herir a persona alguna: su honrada conciencia no le acusaba de haber privado jamás de la vida
ni a amigos ni a enemigos.
Aquella acción fué una de las más reñidas an qua Albino Garcia
entrO. Insurgentes y realistas lucharon corno unos leones y sus
Cuerpos alfombraban SUS respectivos campos, sin qua por ninguno
se decidjera la victoria.
De pronto, por una hábii maniobra, at coniandante realista envolviO a Albino y a cuantos Ic rodeaban, de tat modo quo todos
dos cre y eron Ilegada su ültima hora.
Por desgracia de Lafuente, at comandante era un antigno amigo
SUyo, y at verk at lado del guerrero insurgente:
—; Ah! miserable: —exciarnó ,—con queaquIandausted, itraidor!
\ Ianzando sobre 61 su caballo, Ic arroliO y derribó en tierra, 6

I 132

Epscodios Hislôricos Mcxicanos

iba a dare muerte, cuando Albino acudió en auxilio do su gac/In-

pin, como Ic Ilamaba, y le salvo milagrosamente.
Los realistas quedaron at fin derrotados, pero su comandante se
salvo y tuvo muy buen cuidado de disculpar su descalabro, dickndo en su parte at virrey, que Albino hubiese sido vencido y apresado si no le hubiera salvado con infame arrojo el traidor a su Dios
y su roy D. Pedro Lafuente.
Todo Mxico tuvo desde entonces por un vii at desventurado
Lafuente, y todos sus acreedores so apresuraron a ejercer su acciOn
contra 61 antes que sus bienes fuesen embargado- por ]as suprernas
autoridades.
No fucron tan ejecutivos los procedirnientos, gracias ii que e!
primo de Lafuente, D. Jesus Acevedo, dernostró ser su socio legal,
pero nadie tuvo ya en éi confianza, y terniendo que tarnbién ci
mejor dia so lanzase a la revolución, cornenzaron a cxigIrsele
el pago de sus débitos, más los intereses que a cada cual Ic piugo
señalarse. En aquclios dfas do odio y dcsórdenes todo atentádo contra los sospechosos de insurgentes era permitido, y D. Jesus Acevedo tuvo que pasar por todo y apresurarse a pagar: ci progrcso
y fomcnto do la hacienda se vieron de nucvo detenidos, y solo
Dios sabe cuánto le costó at socio de Lafuente reunir Jos ciento
cincuenta mil pesos quo importaba el üitimo crédito contra la 1-Iacienda.
Pero ya he dicho quo era hombre activo é inteligente, y quince
dIas antes quo ci plazo Se cumpliera saud para Mxico, donde el
acreedor vivia, trayéndolc Ia susodicha cantidad en una letra contra la respetable y firme casa de D. Gabriel Yermo.
Peligroso ha sido siempre catninar con fuertes sumas, pero ms
to era en aquellos dIas, en que las partidas revolucionarias pululaban por donde quiera, extendiéndose algunas hasta las rnisrnas
gotcras de la capital.
D. Jestis Acevedo habIa salvado milagrosamente casi todos estos
peligros y poco le faltaba ya para entrar en Mxico, cuando se vid
atacado por una banda de foragidos a los cuales se unieron sus
misrnos mozos, ya fuese por salvar sus vidas, ya por apoderarse de
la letra de los ciento cincuenta mil pesos.
Acevedo no pudo hacerles frente y cayó rnal herido é iban a
rematarle cruelmente, cuando como brotando do Ia tierra se pre-

Una Vengan1a lissurgenic

sentaron unos cuarenta lanceros realistas que pusieron en precipitada fuga a los asaltantes.
Era casi de noche, y los lanceros, engoifados en Ia persecución de
los criminales, no echaron de ver que en ci campo quedaban dos
heridos.
Era uno de ellos D. Jesus Acevedo y ci otro uno de sus mozos,
a quien los caballos habIan derribado privándole de sentido: no
tardó mucho, no obstante, en recobrarle, y antes de que los lanceros regresaran registró los boisilios de Acevedo, que era ya cadáver; y robándole ci documento ambicionado huyó arrastrándose y se
perdió en Ia sombra.
Algunos dIas después D. Pedro Lafuente consiguió burlar Ia
vigilancia de Albino Garcia y al fin llego a Ia hacienda del doctor
Diaz, que era su amigo y al cu-al i-&ató todas sus desgracias, Si
bien ignoraba la ültima que le habIa acontecido.
Efectivamente, el asesinato de su primo le dejaba reducido a Ia
miseria, pues aun dado el caso de que consiguiera demostrar a ]as
autoridades su inculpabilidad, la desaparición de los ciento cmcuenta mil pesos, hacIa ducños de la hacienda a sus acreedores.
V que ci dinero podia contarse como perdido no era caso de
duda: la letra habIa sido pagada por los dependientes de D. Gabriel Yerno.
El acento de Ia verdad no siempre es desoIdo por los hombres,
y D. Pedro Lafuente lo-r6 imponer ci suyo a sus jueces.
No entra en ml ánjn-io referir los pormenores de la vindicación
de nuesti-o héro, bastándorne para el caso, (lecir quc Ia consiguió
Co inpicta por parte de las autoridadcs; no fué asI por Ia de Jos esPañoles y 1enos por la de los comerciantes. Cual más cual menos,
OpInó que Lafuente debIa haber preferido la muerte al deshonor de
liaber figurado en las bandas de Albino, no disculpándosele ni aun
en Con si(leraejófl a que habrIa dejado hu&fana ii ui-ia hija para la
cual persona ninguna en el mundo puede suplir la faita del amor
paternal
Nada tenfa esto d la verdad de extraordinario: siempre y en to-

1p:dos /-iii r:os .%kx,ans

dos tiempos los hombres nos damos trazas para discutir y hablar
como profundos sabios de los asuntos ajenos, y estamos prontos a
exigir de los otros, sacrificios que Ilegada la ocasión nosotros no
hariarnos.
Esta gratuita y mala voluntad comenzó bien pronto a producir
sus efectos: los acreedores cargaron sin piedad sobre Lafuente: escribid éste a su primo y los dependientes le contestaron que Acevedo habia salido de La Hacienda para Mexico, con el fin de cobrar
la susodicha letra de los ciento cincuenta mil pesos.
D. Pedro hizo Las consiguientes averiguaciones y supo que la
casa de Yet-mo habIa satisfecho la cantidad: se examinó La letra y
nada did a sospechar: la operacidn se habIa ejecutado en toda regla
y la firma y letra de Acevedo no pudieron tenerse por falsificadas.
Pero qué habIa sido del primo de Lafuente?
Nada se sabia de él, nadie le habia visto después de su salida
pat-a Mexico.
Tarnpoco se tenla noticia alguna de los mozos que Ic acompañaban.
D. Pedro Llegd a creer que sabiendo que se hallaba con Albino,
Acevedo habria marchado en su busca con el fin de rescatarle,
porque su primo de seguro no le podia haber hecho La ofensa de
suponerle traidor a su patria.
Esta crecncia durd poco tiempo.
Lafuente supo con facilidad que su primo no se habIa prescntado en ninguno de Los parajes visitados por Albino; no pudo ya
dudar sobre lo racionaL de las suposiciones que algunos de sus
pocos amigos habianle dado a conocer.
Acevedo habia huldo con los ciento cincuenta mit pesos, burlando indignamente su confianza.
Esto era horrible, pero tambin puede ser horrible la verdad.
Era neccsario concluir. La hostilidad de sus compatriotas le ataba de manos: la hacienda tardaria mucho en producir lo necesario
pat-a mejorar la situacidn y nadie querla concederle nuevas esperas.
D. Pedro se reconoció impotente para luchar con su adverso
destino y anuncid a sus acreedores que iba a hacerles cesión de
bienes.
Los jueces del concurso se regocijaron con razdn: en tales casOs

Una Ve,:j,ia Increnfc

1135

ellos son siempre los quo hacen rnejor negocio, cuando no es quo
Ic hacen tan bueno que se quedan con el santo y la limosna.
D. Pedro tuvo una atroz idea.
—Pobre hija mIa,—se dijo:—rni pobre y mi buena Margarita,
de nada to sirvo ya: apenas podré hacer más quo satisfacer tu hambre con mi trabajo personal: nadie tendrá compasión de mI y esto
influirá en mayor dcsgracia tuya: to verán hambrienta quizás y to
dirán cuando les pidas un socorro: (vete de ahI, perdida; puesto
que tienes padre, que tu padre trabaje para darte de corner.' No,
yo no podré sufrir esto: en cuanto me lo cuentes, on cuanto me
digas ci nonibre del vii que asI to insulte, yo correré a buscaric, y
sea quien sea Ic ahogaré entre mis crispados dedos, y la justicia
humana quo no tiene corazón, no escuchará mis disculpas y me
ahorcará y entonces todos huirán de ti con horror porquc serás la
hija del ajusticiado por asesino. No, no será esto asi: tengo un medio para atraerte la compasión y la misericordia de las gentes: me
dare, si, me dare yo mismo la rnuèrte, y entonces los quo do otro
modo to insultarfan, to tenderán su mano, te acogerán on su familia
diciendo: ipobre nifia! tan hermosa, tan joven y huérfana: ni siquiera su padre la am6, y pudo más en su cobarde ánimo el miedo
la pobreza que ci âmor a su hija, y hasta al cielo renunció y por
medio del sujcjdjo se abrió las puertas del inñerno. ;Qut pequefia, qué baja, qué miserable, qué necia, qué cruel es la sociedad!!
D. Pedro ya más tranquilo se encerró en su escritorio, extendió
varios documentos en favor de sus acreedores, escribió varias cartas quo ninguna, con excepción de La que dirigio a su hija, constaba de imis (le tr rciilones, y cargo a su entera satisfacción sus
pistolas.
—Sena estxtntL.. –dijo,—que no acertase con ci blanco en
que reside la Vida; pudiera quedar rnás 6 menos mal herido pero
con Vida suuiciente para quo mi hija, teniendo tiempo de volar a
mi ]ado, me hiciera cargos por haberla querido abandonar: podrIa
ella Creer un horrible crimen esta acción que yo acometo solo por
hacerla menos desventurada.
Lafuente levantó su vista, y su vista tropezó con Ia irnagen de
Un cruchijo do magnifica talla suspendido de un clavo en la pared
de su escrjtorjo.
— jAh! exclamnO, solo de ti, Dios mb, me habia olvidado.

Episodios HisiJri(os Mexi.anos

D. Pedro se puso an pie, marchó hacia el crucifijo y an alta voz
le dijo asi:
—No voy a pedirte perdón, santa imagen del crucificado, sé qua
el crimen qua voy a comcter as de los qua tü no perdonas: tranquilo voy zi la cterna condenacjOii; pero, Dios mb, tct lo sabes
bien, yo he sido an mi vida uno de tus más fieles adoradores; nada
hay en mi vida pasada qua no sea acciones nobles y honradas: a
nadie hicc mal jamás y a todos hice cuanto bien estuvo a mi alcancc: en tu santa religion vivI, y hasta estos crueles dias ninguna dc
tus máximas olvidé, con ninguno de tus preceptos dejd de cumplir:
te rendI cuito y con mis limosnas contribui como tü tienes mandado a sostener tu culto; he sido bueno, an fin, y antes de dejar de
serlo quiero despedirrne para siempre de ti; para siempre, si, para
sicmprc, porque yo creo an todo lo que til has dicho, y creo, Jo
repito, en mi eterna condenaciOn: nada tengo que pedirte para mi,
pues tu rnisericordia, por grande qua sea, no puede cosa alguna en
favor del réprobo, pero mucho puedes conceder a mi ü1tma vIctima, a mi hija, a mi Margarita; 1Scaorl qua si as posible no me
aborrezca, qua no me increpe por un crimen qua puede serlo para
ti pero no para ella, pues por su bien lo cometo; hazia menos desgraciada qua a mI y, por ciltirno, permite que an este instante en
qua aun puedo arrepentirme y por consiguiente me hallo suspendido entre ci bien qua siempre he practicado y el mal a qua i-ne
voy a entregar, lieguen mis labios a tus sacrosantos pies.
D. Pedro besO, an efecto, con cristiana devoción los pies del crucifijo, y retirándose de dl y yendo hacia la mesa an qua estaba la
pistola, exclamó con tranquilidad terrible:
—Ahora... jadi6s cuanto amd sobre la tierra!
Cambiemos de lugar de escena.
Nos hallarnos en ci vestuario del coliseo y an .noche de ensayo.
Media docena de candilejas de aceite derraman su incierta y CScasa clariclad an aquel estrambótico recinto, en ci que las sucias y
descascaradas parades a ]as cuales mal se arriman unos indecentes
cuartuchos de tablas pintadas al temple, forman ridIcuio contraste
con los trozos de salones regios 6 grupos de arboles, disefiados en
los bastidores agrupados an toscas correderas.
Al uno y otro ]ado del espacio destinado a escena forman dife

I

I 0-i

Una Veigana lusurgente

rentes grupos los adores. actrices Y sus amigos: declaman en ci
proscenio y a media voz, sin dar sentido aiguno a sus palabras, y
con martilieo que envidiaria un muchacho de escuela, dos 6 tres
de los personajes del drama de Ia función próxima, y grita en su
concha, y viendo ci ejemplar a la luz de un par de velas de cera, ci
pobre apuntador. objeto de las iras y ci encono de los artistas holgazanes.
Ailá en ins tiltimas bancas, parejas de individuos del uno y del
otro sexo buscan in oscuridad v la distancia en auxilio de SUS Caricias y protección del secreto de sus ptáticas, y solo en aquel su
templo falta el arte, que por Jo regular no gusta de concurrir a los
en snyos.
Aizase en uno ó en otro grupo la voz de vcz en cuando y entotices ci Director. que fuma sentado en una sit La al lado de la concha, con uno de sus pies apoyado por ci tobillo sobre la rodiiia de
la otra pierna, grita a los que gritan, diciCndoies:
—Más bajo, señores, que no se oye al apunte.
Aplácase el rumor de todos los concurrentes y el ensayo de Ni
Amor Sc libra de Arnor, de D. Pedro Calderón. contináa sin accidente.
La damn acabO de repetir, pues antes lo dijo ci apunte
wow

sicndo yo la cnarnorada
en ti lucia descariño
to que en ml desconianza...

— Prevenido Cupido:... dice entonces ci traspunte que se pasea
Iey endo su ejemplar a la iuz de una vela colocada en una especie
de cucharón de hoja de lata.
A l a vbz (IC prei'enido Cupido, se adelanta el galan con sombrero
PUesto. el cigarro en una mano y en la otra unas nueces cascadas,
Y Con la boca ilena de elias dice de corrjdo como muchacho docIrino y sin hacer caso del apuntador. pues este papel es de los de
SU re pe-tci . jO y a ]as mil maravilias lo sabe.

5 wv
Toiio I

;Qoé feliz quc es ci amante
que correspondido ama,
pues ci mismo Amor no liene
para si, dicha más alta!
;Oh, mat hava cuantas riechas

14.)

I

138

Epzsodios His fdrzcos Mexicanos
de ptomo gasre' ;Oh, mat haya
cuantas del aborrecer
ejeutaron la saña
Aibricias pedir podréis,
ayes, fibres, fucr.tes, plantas,
montes y seivas, a cuantos
por nuestros umbrates pasan:
que ya at amor hab5is visto
enamorado, y que trara
de que todo sea favores,
todo dichas.....

Al liegar aqul, en in üitima caja de bastidores se escuchó una
voz lastimera que a instartcias del traspunte decla:
Todo ansias
ha de ser para ml, dioses?

I

Era Anteo quc comcnzaba su escena con Cupido, v que dijo con
inconcebibic entusiasmo su hermoso parlamento que comienza
Quin porque ci vivir Ic sobra,
tierra que pisar le faita,

con cuyos versos contests a Is pregtinta que Cupido Ic hace. ticiendo:
Quién scrâ que despeuiado
por aquelias cumbres baja?

Unos minutos despuës el traspunte corrIa por ci escenario, dan
do a todo ci mundo voces.
—Prevenidas darnas y niüsicos, prevenida Psiquis, preveniJas
Flora. Anfriso. Atamás, Lidoro, Arsidas, Selenisa y Astrea: prevenido todo el mundo!
—Müsica!—grita también ci apuntador dando con su lihrctO
rcpetidos goipes en uno de los costados de la concha.
A esta voz los mtsicos de Ia orquesta despertaron de su fastilio
so sueño, y acompañaron Is siguiente estrofa:
En hora dichosa venga
A estas incuttas inontauias,
ci gran Mamas de Egnido,
donde sus dichas le aguardan.

-

Una Vengana Insurgente

1139

El actor encargado del persollaie de Atamas deciamO al esar 1:
inUsica:

1)ichas iitia :( )h \)CC,,
que inisteriosas niás que no veloCes,
embarazáis los vientos,
qUien a vuestros acentos
ml nombre dijo, ni que yo podia
nuestros pilagos yenta?
5cr at que

_Müsica!—volvió a decir ci apuntador,—y entonces, segun la
comedia lo exige, se entabló el siguiente diálogo cantado:
ilüsico t.
La deidad de estos Irlontes.
3fsico a°
El sol de todos estos horizontes.
Dc esta selva La aurora.
2.

De estos campos bellisimos La Flora
La Venus de esta esfera
La belta rosa de esta prirnavera.

Los dos m,sicos d duo
Y en fin, en sus espacios,
La que es reins feliz de estos palacios.

Un aplauso prolongado producido por ci fastidio de los que sin
5Cr actores invadlan el escenario, y hablan suspendido sus conversac j ones con las actrices sacadas de su arrobamiento por ci prevenidos del traspunte, acogió aquella especie de concertante, pues no
sOlo lOSnüsicos sino los actores todos, echando, como Je costumbre, a broma ci ensayo, hablan unido sus voces a las de los cantantes
Cuando hubo concluido el ensayo, que fud a las siete y media,
pues de j ntento se habla Ilevado de prisa, D. Alvaro de Cervera se
levantO de su silla, y dijo:
— En rrzarcha, señoras y señores, en mi jardin nos aguarda la
cena y festejos con que deben celebrarse mis cumpleaños: a gozar
Y a reir, que para ello tengo permiso del Excmo. Sr. Virey.
La a lgazara y alegrIa de la compañIa no reconocio Ilmites, y

Obaw-

I 140

Episodio5 Hzslórlcos Mcx:canos

todos salieron del escenario, quedando solo en ci el encargado d
apagar las candilejas.
x
Olanse aun los ecos de las voces de los invitados de D. Alvaro,
cuando un hombre joven y de gentil presencia se acercó al que las
iuces apagaba y dándole una palmada en la espaida le preguntO:
—Puede usted acompañarme y servirme de guIa hasta Ia casa
de D. Alvaro?
El hombre que apagaba las luces, y inejor que por su propi
nombre era conocido por ci apodo de el Chito, miró sin sorpresa
al caballero y le contestO:
—Tiene usted más que seguirle? desde aqul se oyen todavia las
voces de esos locos.
—Y si a ml me importase hacer las cosas segün me acomoda?
—Entonces hágalas usted como lo dice, como le acomode;—observO el Chito con indiferencia.
El caballero dijo entonces con energIa:
—Pues lo que a ml me acomoda es que haga usted lo que le
man do.
—Pues entienda usted, señor caballero, quc como nada tengo que
perder, a ml nadie me intimida, aunque sea más soberbio que usted.
El desconocido presentó al Chito un bolsillo de seda con algunas
monedas de oro, y poniéndoseie en las manos, dijo duiciticando
su voz:
—Ni con esa recomendación?
El Chito, deshaciéndose en saludos y ceremonias, dijo al caballero que le siguiese, y tomando su sombrero y su capa, saliO del
recinto del coliseo.
Una hora después el jardmn de D. Alvaro era ci más agradable
centro de reunion que imaginarse pueda.
Esmerábase ci anfitriOn en obsequiar a sus convidados, entre los
que figuraban no sOlo los actores y actrices del coiiseo, sino muchos de los jóvenes de buen humor de la ciudad, más algunas otras
mujeres no de in mejor fama, cuando como gota de tinta en blaflCa
hoja de papel, ci Chito se presentó en mitad del alegre cfrculo.

OFF,

Una L'enga;za insurgente

1141

—;Qu es eso, Chito? Qué haces tü pot aqul? acaso te has creIdo
invitado a mi fiesta? es un error; pero en fin, de aqul a nadie se
despide; pasa a las C0CInaS y di de parte mia, que te traten como si
mi misma persona fueses.
—Gracias, Sr. D. Alvaro.—contestO elChito;—acepto, pero noes
cso lo que aqul me trae.

AAji

•I

J)

j-

I

i/

S

I

CNi con esa reomendación'

pues.
Acercándose al oldo de D. Alvaro, V Cli VOZ baja, e l, Chiro prorlunció el nombre que habiale dado el desconocido.
—Que pase, que pase inmediatamente, condücelo tü mismodi;o D. Alvaro,—.y mientras ci Chito salia para cumplir la orden,
ci anfitrión se exprcsó asi dirigindose a toda la reunion:
—Amigos, va a tomar parte en nuestra alegrIa un buen amigo
mb, a t.uien todos, yo inclusive, liamaremos D. Antonio Gálvez;
hago esta advertencia porque no son ni Antonio ni Gálvez sus
ver daderos nombre y apeilido: de esto se convencerán muchos de
lOS que me escuchan, apenas vean
aparecer a Gálvez pero entién-

14.:

I.pZsHJ

IIf.St,,,C)

dase que si alguno de los presentes, sea cual lucre. Se atreve ii manifestar que le conoce, y a pronunciar su nombre aquI ó fuera de
mi casa, perderád mis manos la vida. Dicho esto. recobre su alegria cada cual y disfrute de lo que otrecerles puedo, que para eso
he invitado a cuantos inc eseuchan, a mi casa y mi mesa.
Al decir las anteriores frdses, D. Alvaro habia puesto su diestra
en la cmpuñadura de su espadin y acentuado de tal modo su amenaza, que nadie puso en duda que Ilegado el momento la cumplirla.
La curiosidad de los circunstantes era extraordinaria, y con diticuitad la preocupución general fuë poco a poco dando su antiguo
lugar al contento s' alegria de la prinlera hora.
D. Alvaro salió a recibir en la puerta a D. Antonio Gálvez, que
vestIa un trae de calle, elegante pero sencillo y de color oscur:
dificil hubiera sido determinar la edad dcl desconocido: su rostro
juvenil era a lo más ci de hombre de veir'ie años, peroen todos SUS
rasgos y lineas se revelaba un alma madura y práctica en la vija,
una energIa sorprendenie y un valor maravilloso: era su tisonomia
correcta y varonilmente hermosa; su cuerpo proporcionado en todas sus partes; su iresencia erguida y marcial. Su cutis parecia
tostado por el sol y curtido por la inteniperie: su mirada altiva y
bondadosa a la vez: su trente ancha, despejada, limpia de todo
cuanto no fuese noble, grande v generoso.
D. Alvaro le tendió la mano que el desconocido oprimiO entre
las suyas, y dirigiéndose a cuantos le rodeaban,—dijo:
—Señores, presento a ustedes a D. Antonio Gálvez, mi particular amigo: Sr. Gálvez, presento a usted mis mejores camaradas.
distinguidos artistas, apreciables mierihros de Ia sociedad joven
mexicana.
Unos ' otros saludáronse respectivamente y tomándose del brazO
de D. Alvaro y saliendo del grupo. dIjole Gálvez;
—Hubiera preferido hablar con usted en lo particular, pero uj .
quC-tedlohaquricm eho,ybincstápueo
nada me intirnida.
—Crea usted,—contestó D. Alvaro,— . que hubieran sido peores ci
rnisterio y la reserva; yo no podia separarme fàcilmente de mis
convidados: creo que ninguno de elios le ha reconocido, y en nin
gun lado mejor que en esta reunion podria usted estar libre de todo
espiOnaje.

Una Iengan j-a !nsurgcnte

- -

2143

—Sea. lo repito. como usted In ha querido nada me espanta ni
intirnida. v permiso tengo del general Morelos psi-a hacer cuanto
inc ocurra, hasta para induitarme si lo estin-to preciso.
—Ojalá, Gálvez, ojalá: serla ci tnico medio oportuno para salvar
la vida de D. Leonardo Bravo.
— 1 Luego, ha sido condenado a muerte.
—Para qu6 negarlo.
—Me horrorizo de ello: pero la ley es Ia ley.
—No obstante, he conversado con ci virey, y puedo asegurar a
usted. que Ia sentencia no será clecutada sino en un caso extremo.
—Asi me lo asegura Venegas en ci pliego en que me propone
me presente a indulto.
—Y vienc usted a dar este paso?
—No, no he venjdo áeso,—contestd resueltamente ci desconocido.
—Entonces, cómo se arriesga usted it enti-ar en Las fauces del
leOn-Porque creo noble a ese leOn. Sr. 1). Alvaro, he aqul ci salvo
conducto quc Se me ha facilitado, y ci cual no he tenido inconvenierne en aceptar como hueno.
—Y lo es. se Ia garantizo a usteLl.
—Lo creo.
—:Y par qué si tanta conhianza Ic inerece a usted ci virey, no
acepta usted ci indulto?
—Porquc no tengo igual i en la autoridad de Vnegas
—QuC quiere usted decir?
- Que todo cuanto aui paa e
cli Ii lci fl
fli p i nsu
gente.
—Y bien. - —El virey se enclientra enicramente aislado.
—Se engaña usied, no sornos tan escasos los afectos a su persona.
— Desengaese usted, L. Aivaro, nadi podrán los amigos de
Venegas si 10s co mpatriotas de usted se proponen aplastarlos.
—Nos de[e ndcrenios como leones.
crea tambiCn. pero sucurnhirán ustedes.
-Llcgue Ia ocasión y alas pruebas remito a usted.
— Eso es lo que yo ' quiero, probar.
—Pero por qué tanta descontianza?
Escuche Listed, D. Alvaro: ten go muv presente Ia infamia co-

11 44

Epzsodios Históricos Mexicanos

metida con Jos Orduñas en Tepecuacuilco: aeran estos Orduñas
dos hermanos, D. Juan v D. Rafael, sujetos propietarios y del
mayor influjo en aquel pueblo, - cuando ci Sr. Andrade entró en
dI con quinientos hombres, después de tres dIas que lo hablan desocupado los insurgentes, los Orduñas, sin embargo de no haber
tornado partido, Se retiraron a las inmediaciones, por temor seguramente de algu.n ultraje de las tropas, y en seguida una partida de
istos se dirigió al rancho de D. Rafael, '' lo apresó en su misma
casa, conducindole i Tepecuacuilco, donde dispuso Andrade encapillarlo inmediatamente, y al misnio tiempo rnandó decir a don
Juan, que si no iha a presentarse, fusilarIa a su hermano ci dIa siguiente: éste, tanto porque no habla tornado partido con Jos insurgentes, cuanto por libertar a su hermano, marchó de su rancho a
presentarse al Sr. Andrade, quien luego que loverificó, rnandó p0nerle en capilia con su hermano, v al dIa siguiente fueron fusilados Jos dos. Este hecho escandaloso casi lo presencia con mi
padre, porqce nos hallábamos entonces en Iguala, distante un poco
más de una legua de Tepecuacuilco. No puedo, por lo tanto, tencr
fe en promesas de realista.,
—Señor...
—Galvez, Sr. D. Alvaro, Gálvez, no lo olvide usted.
—Si, es verdad: pues bien. Sr. Gálvez, bueno dudar de un Andrade, pero de Un Venegas...
—De ël rnás que de nadie.
—Señor Gálvez!...
—Antes he dicho que tengo absoluta confianza en Venegas como
particular y hombre honrado, pero no como autoridad.
—Pero ;por que?
—Vamos a estar toda Ia noche repitiéndonos lo misn-io? Ya lie
dicho que el partido español y e con malos ojos. con odio, casi. a
Venegas: ese partido español es aqul un tirano: vimos como trató
A Iturrigaray; usted puede ignorar menos que nadie, que ese partido, y no ci virey, fué quien dió infaniante muerte a! desventurado Antonio Ferrer; si VO me indultase no sabrIa respetarme. V
D. Leonardo y yo, y yo v D. Leonardo, serlamos sacrificados como
Ferrer y como los Orduñas.
—En tal ca so I ibre cstarfa U,,tCd pa ía ent ra r de nuc vo cii ci ai7a
!fliefltO.

-

Una Venaua )nsurgente

—Es verdad; no obstante, no me indultaré.
- Por qué?
—Porque si bien yo nadie soy en un partido cuyo jefe es tan inmensamente grande como D. José Maria Morelos, mi patria, a Ia
que arno con todo mi corazón, necesita de todos sus hijos, y yo en
serlo me honro. Indultarse equivale a infamar a esa patria, porque
ainarla V defenderla es un deber y no un delito que pueda ser perdonado por su opresor.
—Entonces, Gälvez, á qué ha venido usted?
—En primer lugar a dar a usted las gracias por sus buenos oticios
para conmigo.
—Gálvez. no hablernos de eso: correspondo y nada más a lo que
a usted debo; me retiraha hace algun ticmpoa España lievando conmigo una gruesa suma de dinero, todo mi capital: una partida insurgente me atacó, despojó y me llevó a la presencia de usted, y su
generosidad fué tal, que no solo me restituyó la libertad sino que
tamhién ordenó que se me devolviese entera mi fortuna: regresé a
Mexico. temcroso de nuevos peligros, y desde entonces me propuse
servjr a usted en Cuanto me fuese dable.
—Gracias, D. Alvaro, gracias.
—Pero perdóneme usted que dude, Sr. Gãlvez: usted no puede
haberse arriesgado a entrar en Mexico solo par saludarme: usted ha
Veflido aqui por algo más.
—No lo niego y a usted puedo decirlo.
—Como a si mismo: sé, para lo bueno coma para lo malo, ser
h ombre, y si contra la vida del mismo virey dirigiese usted su
golpe, \o tratarIa de salvarle, porque es mi personal amigo, pero
Sifl perder a usted.
—Gracias, D. Alvaro, pero otro muy diverso es mi plan.
—Ardo en impaciencia de saberbo.
(jálvez se acercó más a D. Alvaro y bajando Ia voz pero con
acnto trme dijo:
—Vengo a salvar a D. Leonardo.
—Arr ancndole a sus mismos carceleros.
I). Alvaro retrocedid admirado de aquel hombre y tendiéndole
la Man. dijo:
— Cuente usted conmigo.
Tciir,
-
144

I

I46

Kpzsodtos Hist(jricos .Wexca'los

—No, D. Alvaro, no. muchas gracias.
—Desconfla V. de ml?
—No, pero deseo que nadie. y V. menos que nadie. pues Ic
aprecio, se compronieta por ml.
—Nada tema usted.
—D. Alvaro, lo repito; quiero ser solo, enteramente solo, en esta
empresa.
—Sea como lo quiere usted, y tenga presente que desde este mismo instantcj nada me ha dicho, nada sé, y nadie. por lo tanto. sahe
cosa alguna.
xi
Las memorias de mi padre, que menudamente refieren este suceso, no hacen ni aun la menor indicación acerca de quien puede haber sido aquel misterioso D. Antonio Gálvez.
Registrando yo los papeles y libros que a la época hacen referen.
cia, he creldo encontrar entre el huesped de D. Alvaro y I). Nicolas Bravo un más que regular parecido: joven y de presencia hermosa era en efecto en aquellos dIas; magriánimo y generoso fué
durante toda su vida, v por su arrojo, decision; valor extraordinario y ánimo esforzado. nunca tuvo a la verdad cosa alguna que cutvid jar al Aquiles cantado por Homero.
Sin embargo, no quiero yo inducir a falsas ideas, y por to tnt
cada lector de estos E p isontos queda libre par hacerse las cotijeturas que mejor le plazcan.
Sigo. pues. mi historia.
Al punto en que la dejë ilegaha la conversación de Gálvez v de
D. Alvaro, cuando a dste se acercó gozoso '' agitado quian diran
ustedes? el mismisimo capitan Centellas que, de sacristán en una
iglesia de Mxico, conocimos en uno de los pasados Erisonios.
Con permniso de Gálvez, D. Alvaro se adelantó a recibir a Centehas y le preguntó:
—Qué tal?
—Exito cornpleto: ins informes de usted eran exactos; apefla5
descubrI Ia pequeña caravana, carguë con mis hombres sobre ell.].
tnieiiJ '' JLIe

cta

kmcntc l

iiida

tin'

I!

W
_

Uiza Vcngana Insurgente

uno de Jos pasajeroS mató de un halazo entre ceja y ceja: amarrados quedan ci asesino y toda su gente a los árboles del monte.
—Pero ci dinero, el dinero dónde está?
—En La misma casa de usted.
—Cuánto por tin?
—Treinta mil pesos.
—l3uen hocado.
—Pero quince mil son mIos.
—Tornalos cuando te plazca.
—Pero hay algo muv grave.
—Qué Cs ello?
—Que he tenido un mailsimo encuentro.
—;Cuäi ha sido?
—El del coridenado negro Carlos Cuarto.
—;Cómo y dónde?
—Formaha parte del convoy, caravana ó como usted quiera hamarie.
—V no ic rnataste
—Lo intenté, pero se me cscapó, y por más que hice buscarle no
pude dar con él.
—Malo es eso en verdad, pero no hay razón para asustarse; el
virey es mio y con.el virey la impunidad.
—Gracias a ello hemos saivado bien hasta hoy, pero no sé por
qué me tiene intranquiLo este encuentro con el negro Carlos.
—Te conoció?
—Si; y al ponerse en salvo me dijo:—Ya nos veremos, señor saCristán; quisiste hacerme ahorcar, yo te ahorcard.
—Bueno; yo me encargo de que solo La contraria sea la cierta.
Ahora rctjrate: ese caballero necesita de ml.
- —Dejele usted hablar con La Mungula, y escácheme, que algo de
I mportancia tcngo quc decirle.
I). Alvaro volvió su vista y observO que en efecto la Mungula
Conversaha con Glvez V que éste parecIa entretenido con la actriz
del COijs.
—Está bien,—dijo—habla. qué es ello?
—Entre los via jeros venla una joven como de dieciocho años soberanarnen te hermosa. pero con una hermosura suprema, incitanle. tentadorn

Ow-

1148

Episodlos Hastórtcos Ifexicanos

—Y has sido con ella un miserable?
—No. D. Alvaro, se to juro a usted.
—Y hien, a ml qué me imports.
—Escuche usted: en el momento del asalto esa joven se asustó
de un modo extraordinario y cayó desmayadu: Is vi en tierra, v La
verdad me inspiró invencibie compasión: yo estaba a nii vez no
menos asustado con ci encuentro y fuga del negro. quise hacerla
volver en si, y sin saber to que hacIa, Ic di a beber toda mi botella
de aguardiente.
- Bárbaro!
—Repito que no supe to que hacIa.
—Y bien ;qué ha pasado?
—Que Is infeliz se encuenira enteramente aletargada con ci tal
aguardiente: una embriaguez colosal.
—Concluye de una vez.
—Compadeciéndola siempre. no quise dearla expuesta en tal es•
tado a las tropeilas de los bandidos del monte v...
—Y qué?
—Que Is he traldo conmigo y que está en una de esas habitaciones.
—;Oh! no,—exclamó coiérico D. Alvaro,—no ze creo, capitán
Centellas, aigo más que tu compasión ha trado a mi casa a esa
joven: pronto. conciuye, por qué La has traido aqul?
Centellas abandonó entonces su tingida agitacion, y tomando un
aire cInico y provocativo. dijo a D. Alvaro.
—Se que tales medidas ha tornado usted, que en los asaltos v robos que por cuenta de ambos vengo ejecutando. ni Is más leve
sombra de cuipabilidad puede caer sobre usted: pero usted sabe
también que primero que yo sufra ci menor daño en Is punts de
uno de mis cabellos, he jurado que usted me precederá en bajar it
Jos intiernos.
—Concluye, porque mi paciencia es escasa y ya me pesa mi sociedad contigo.
—10h! eso no: soy aCm demasiado pobre para querer romper
con usted: vuelvo, pues, a ser un humilde y ciego servidor.
—Eso te tiene cuenta, bien to sabes: pero, en tin, concluye.
—A ello voy.
—Se breve.

1'

Una Vengan'a lusurgCfltt'

1149

—En Lin bolsillo del traje de esa joven encoritré un documento
en que consta que en Li casa de D. Gabriel Yermo se ha hecho un
depósito de ciento cincuenta rnil pesos que. segün Ia voluntad del
que tal documento extendió, dehen ser entregados solo a la persona que. en presencia del mismo D. Gabriel, firme ci recibo en
hianco, que va unido al tres veces mentado documento.
—Y cuãl es el nombre de la persona que debe lIrmar?
—Margarita Lafuente: as1 lo dice ci papel.
—La hija del hacendado español cuyos bienes deben ser mIos
mañana mismo si no me entrega csa niisma cantidad de ciento cmcuenta mil pesos.
—;Ve usted, Sr. D. Alvaro,—observó con repugnante cinismo el
capitan Centeilas,—cómo decia y o bicn al asegurar que la joven
me inspiraba compasion?
—Si esa joven no hubiera caldo en nuestras manos, mis sueños
de opulencia N. fortuna se habrIan dcsvanecido o por lo menos retardado.
;Tenia yo razón en compadecerIa 0 no?
—Si. mi buen Ccntelias. tienes razón; he sido un irigrato, mi
bueno, mi ünico amigo.
—Dc modo que—repuso ci sacristán mostrando Un aire iflSOLente,—serernos socios en la hacienda tambLin.
D. Alvaro se irguió mirando fijamente a Centellas.
—Que es lo que dices? ;quê lo que pretendes?
—Scr dueño de la mitad de esa hacienda; ya lo he dicho.
—iNunca!—respondió colérico D. Alvaro.
—Está bien,—ohservO tranquilamente Centeilas:—volveré a lievarme a esa joven, y con todo y documento la entregaré a su padre
D. Pedro Lafuente.
—. iMiserab1e L exclam6 D. Alvaro.
—Muchas gracias. jingrato! pretendo saivar a usted, y usted me
IflSulta
—;Iuego tendré que ceder?
—Al menos eso harla yo en caso semejante.
—Está bien.
—Veo que vuelve usted a entrar en razón.
— Dónde está ese documento?
—Yo Ic tengo en mi poder

i 5o

Episodios HistOricos Mex,cauos

—D am ele.
—Poquito a poco. Sr. D. Alvaro.
—Que pretendes aün?
—Como podrIa ser causa de a1gin escándalo que un pobre sacristán corno yo, fuese, aunque lo sea a niedias, dueño de una hacienda de caña. a uno y a otro nos conviene que usted lo sea solo
en realidad.
—No comprendo.
—Me explicaré: la hacienda mal tasada vale quinientos mil pesos
no es verdad?
—Lo es.
—Muy hien: extienda usted otro documento i mi favor pordoscientos mil pesos y Is hacienda es de usted, con cuyo tin eritregaré
al recibir ci uno, ci otro papel.
—No hay más remedio; sigueme, quiero de l ar esto terminado
ahora mismo.
—Varnos a!lá.
D. Alvaro buscO de nuevo a Gálvez, pero Gálvez ya no estaha
a!lI: observó entonces que todos sus convidados hablanse tamhién
ido retirando y que todos se agrupaban hacia ci !ado en que Is casa
de D. Alvaro se alzaba.
Preocupados aquelios miserables con sus más miserables provecLos, nada de esto habian echado de ver hasta entonces.
Solo asI se comprende que no se hubiesen apercihido, como se
apercibieron los demás, de que una persona, que por Is voz a todos pareciO mujer, pedIa socorro en alguna de las habitaciones de
Is casa.
Sin sospechar siquiera lo grave del caso, D. Alvaro y Cente!Ias
se dirigieron al grupo formado por los convidados de pronto stos hiciéronse a uno y otro lado, y en Is puerta de salida al jard in
se presento D. Antonio Gálvez, dando Is mano a una joven, que
tanto més hermosa parecla cuanto más se !a contemplaba.
Los ojos de Gálvez despedian rayos de noble indignaciOn, perO
su voz era segura, y con tempestuoso acento dijo dirigiendose a
D. Alvaro:
—Señor. por ella misma acabo de saber que esta joven no puede
explicarse su presencia en esta casa; poseldo su ánimo de profundo
terror pide compasiOn v rnisericordia, y mucho me ha costadO

1n

convencerla de que no se halla, como dice. entre ladrones y asesinos. D. Alvaro. a usted corresponde dar protección a esta infcliz.
Al decir estas palabras, Gálvez obligó a la )oven a acercarse a
D. Alvaro. que rermanec l a rnudo y perplejo. pero al descubrir a su
lado al capitán Centellas, Ia victims retrocedió aterrada y gritando:
—; Piedad ; caballero. piedad! ese es ci jelé delos ladrones.
D. Alvaro se consideró perdido s echando una mano al cuello
de Centellas.
—Deja hacer ó te pierdes!—exclarnó por lo bajo, y añadió despuës
en voz alia v con hien tingida indignación:
—Ignoro de todo punto Is causa de las palabras de esa joven,
pero jefe de ladrones ha ilamado a este hombre, antiguo dependiente mb. v procedo a asegurarle.
Diciendo esto D. Alvaro ernpujó a Centellas hasta una puerta
próxima, hizole entrar en una habitación que pareció ser del jardinero y alli le encerró dando vuelta a Is Have que guardó en uno de
sus boisillos.
—Señorita,--dijodespués inclinándose ante la joven:—se encuen-

tra usted en Ia casa de un caballero v aqul permanecerá hasta que yo
mismo conduzca a usted mañana a la casa que se sirva indicarme.
—No. no,—dijo Is joven,—siento indecible terror, no quiero
perrnanecer aqul ni un instante maS.
—Señorita.—repuso D. Alvaro con voz imperiosa,—he dicho a
usted que se encuentra entre personas honradas.
—Si alguna hay quc verdaderamente lo sea a ella suplico que me
deje salir de aqul inmediatamente.
—Vuelvo a decir a usted...
Ames que D. Alvaro hubiese concluido su frase. Gálvez. que no
habia apariado de 461 Ia vista, le inmerrumpió diciendo:
—Basta. D. Alvaro; Is voluntad de una dania Cs ic y para todo
ca ballero; esta dama quiere salir de aqui, vo me ofrezco a acompaflarla.
—Senor Galvez.—exciamó D. Alvaro ciezo de Ira v sin pretender
oc ultarla._creo que se atreve usted a darme lecciones en mi casa.
—No pretendo tal,—contestó Galvez dignarnente;—pero esta dam' quiere salir de aqul v he dicho quc yo me .)frezco a acompañarla.
Sölo a ml me corresponde diciar disposiciones en mi casa,
respondio D. Alvaro.

ww^

1152

Epis(idios Historicos Mexicanos

—Pues y ea usced de dictar pronto esta, porque si nO, sin que USted Ia dicte, esta joven saldrã de aqul. acompañada por ml.
—Señor Galvez, es usted un insolente!
Hubo un momento de confusiOn durante ci cual los circuustantes preteridieron poner fin a tan desagradable incidente.
—Después de scmejante inuria,—exc1arn6 D. Alvaro; no hay
arreglo posible: iSr. Gálvez fuera esa espada!
— i Sea como usted 10 quicre,—contestó Galvez:—en guardia!
El combate fué brevlsinio, a los prirneros golpes D. Alvaro Vaciió y vino a tierra, herido por Gälvez; rnientras éste, con la mayor
sangre fria imaginable y en tanto que los circunstantes acudian
al socorro de D. Alvaro, tendió su mano a la joven y la dijo:
—En marcha, señorita, y saliO del jardIn en niedio del general
silencio.
XII
Aun no hernos dicho a qul hora terlia lugar la escena quc reteriamos a mitad del capItulo IX.
No la habrãn olvidado mis lectores.
D. Pedro Lafuente acaba de hacer su oración ó como llaniärsele
quiera, ante el crucifijo de su cscritorio y se dirige a su mesa donde
dejó lii pistola con que debe suicidarse. diciendo:
—Ahora... Adios cuanto arrid sobre Ia tierra!
Son las nueve de La noche.
Va a cometer la mayor de Las cobardIas v, sin embargo, aquci
hoinbre no tiembla.
Firme y decidido pone su mano sobre el arma fatal, la toma, dirige sus ojos al cielo como tratando de descubrir en ëi si hay a1gtn
resquicio por donde pueda penetrar la luz en la oscuridad de su
desesperación y... sonoro, repercutiëndose y iLenándolo todo con
sus ecos, suena un fuerte aldabonazo en ci gran porrón del cspa
cioso zaguan al cual abre su puerta el escritorio de Lafuente.
Detiene este su acción corno si aquel aldaboñazo fuese la voz del
mundo que le llama en ci momento en que él quiere dejarle, y un
momento despus suelta la. pistola, Lleva las manos al corazón. le
oprime con violencia porque con violencia late y sus ojos se iilUfldan al tin de lagrimas.

W
-.

Una Vengana Insurgente

it

Acaba de oir la voz de su Margarita. de su hija, de la idolatrada
pequenuela de sus amores.
La puerta de sii esritOri° Se mueve impelida por una fuerza cxiraord ni na

padre é hija Se confunden..

Lafuente da vuelta a las haves, caen los cerrOjoS con metálico
sonido y al fin, padre ë hija se confunden en un estrecho abrazo.

Soy un pobre hijo del pueblo: mis padres apenas pudieron darme fláS que ha vida, si hien todo lo que no pudieron darme lo cornpen saron y con creces, enseñándome a amar la virtud y dejándome
Para Ilenar mi memoria, el recuerdo de sus infiriitas hondades.
Pero ci hecho es que no paso de ser un pobre hombre, casi sin
Ins1 ruccj6 y falto de todos los recursoS que Ian galanamente sue'en
servir a los buenos escritores
To 0 I

I1ii -. -

I I

4

Ept.N o dius LJi.torcos J/_vzca:i

Por eso no me mew a describir a mis lectores, como fué y como
estuvo aquella escena en la cual ci padre v la hija pudieron creerse
nacidos de nuevo.
Yo solo puedo decir que aunque mucho fud ci tienipo que per.
mariecieron abrazados, no hicieron en todo el otra cosa que horar. sin que una sola palabra saliese de sus labios.
Vaya! ni siquiera dijeron esos padre!! ji hi l a!! que los poetas
ponen indefectiblemente en parajes semejantes de sus dramas ó noV ci as.
Lo repito ; oh una palabra pronunciaron: sin duda tenIan tanto
que decirse que no supieron por donde ernpezar.
Pero todo tiene un término en la vida y aquello lo tuvo tambin,
y fué que la hija se desenlazó de los brazos del padre y voiviëndose
hacia la puerta, dijo:
—H aqul mi salvador, déjarne. padre, arrodillarine ante él.
Pero irnagfnense ustedes la sorpresa de la joven.
Su salvador no estaba va alil.
D. Pedro preguntó al portero v dste he dijo:
—El caballero que acompañiba a ha nina, en cuanto vió a ustedes abrazarse. me dijo con voz conmovida y fuerte v enérgica a
la vez:
—Adiós! y o tarnbiën tengo padre que necesita de mI!—v desapareció.
Aquella noche en todo Mexico pasaron cosas notables.
En la cárcei de Córte bubo una alarma trenienda.
Un hombre que nadie conoció pero que por ci traje parecla Caballero, rriató dos guardias, hirió a niás de veinte. y al carcelero
tomó del pescuezo y he obligo a abrir La puerta del calabozo de don
Leonardo Bravo: el preso y su audaz salvador pisaban ya el dintel
de la puerta que daba a la calle. cuando Ia casuahidad hizo que pasase por allI el sacristán de Ia iglesia de San GerOnimo, ci cual sacristán, a quien las gentes sollan liamar Centelias. detuvo al presO
en su fuga y puso en alarma a la tropa del cuartel vecino: segOn
las gentes decIan, sepa Dios con quC fundamento, ci desconocido
que intentO la salvación de D. Leonardo Bravo, era tan completO
hombre, que ëI solo arrernetiO contra la tropa y luchó con ella
hasta que D Leonardo Ic dijo:

lalditn sa vo.
': i1:,
I:H:i!
O.

Lina Vengana insurgente

de sus soldados! Me dehes obedienda: yo re lo mando: huye y yen
A salvarme al frente de tus soldados!
Aseuran las gentes que el desconocido desapareció en cuanto
esto dijo D. Leonardo.
Yo no puedo decir Si eSto fué verdad, ó esto fuë mentira.
Era vo entonces Un pequeñuelo.
Mi padre hizo cuanto hurnanarnente fué posible para comprobar
his anteriores noticias que constan en ci folio mil trescientos cuarenta '' dos de sus memorias, de donde yo las he tornado, pero
nada pudo averiguar.
Ni la Gaceta ni el Diario dijeron cosa alguna sobre este suceso.
El sacristän. a quin tamhin preguntó mi padre, respondió que
todo cUb era sin duda mentira, porque él no habla salido aquella
noche de su casa, donde por mäs señas se Ia paso en su cama con
Un calenturón enorrne.
Por supuesto que mi padre no le creyó todo esto ; pero tuvo que
dar por buena la respuesta v quedarse con sus dudas.
Varias personas quc ohtuvieron permiso para visitar i D. Leonardo en su calabozo. aseguraron a mi padre quc ci preso nego que
cosa alguna le hubiese pasado y que se huhiera pretendido salvane.
Sobre lo que si nadie tuvO duda fuë sobre la muerte de dos de
los guardias de hi cárcei v las henidas de veinte màs; pero se dijo
que por descuido de un otjcial los soldados hablan tenido no sé yo
,jud reyerta que dió tan tristes resultados.
Por ml parte he registrado hasta donde me ha sido posibie los
n istoniodores que hablan de D. Nicolás Bravo, iinico hombre que
co nsidero que pudo estar interesado en salvar a D. Leonardo.
pUes al tin su padre era ci prisionero; pero ninguno hace ni la mefor referencja a estos sucesos.
No Obstante me lia ilantdo mucho la atenci6i1 una coincidencia
VO N' a dccjrla.
El 21 de Febrero de mll ochocicutos cincucuta, dirigió D. Nicolas Bravo a D. Lucas Aiamán una carta que insertó entre los apénUCCS al IOfllO tercero de su historia, y ci segundo parrafo de dicha
carta es casi igual a la respuesta quc D. Antonio Gáivez dió a la
pregunta que D. Alvaro le hizo sohrc las razoneS Clue tenia para

i 156

Episodios Hisldricos iWexicauos

no indultarse: los lectores que sean bastante curiosos para no tener
incoriveniente en echarse a pecho una Historia, pueden consuliar
lo que he dicho v encontrarán tan semejantes uno y otro párrato.
que apenas en unas cuantas palabras se diferencian.
Por supuesto que esto no pasa de ser una sencilla suposicióa
mia, que sin duda carece de todo fundarnento.
He creido no obstante deber manufestarla a mis lectores. como
demostración de que sé rendir culto a la verdad histórica, que es Ia
que sirve de base a mis Episonios.
Ahora bien, como estos no son artculos de fe, a nadie se Ic ha
de seguir perjuicio por opinar de modo distinto al mb.
Yo me limito a agrupar en estas páginas todo cuanto de aqiiellos
dIas se sabe, y que hago una buena obra de caridad intelectual me
In han demostrado las personas que me han felicitado por ella dicithidome, ala verdad es que conocemos más Ia historia de las naciones
extranjeras que la nuestra: no puede negarse que hubo mucho hueno en aquellos dias, v que si nuestro pueblo tuviese verdadero pairiotismo ya habrIa hecho que alguno deesos distinguidos escritores
que poseemoshubiera compuesto una historia de Méxicocomo Dios
manda y es justo que tengamos. La tarea es larga, difIcil y laboriosa,
bien lo sé, pero sé tamhién que un pueblo conio el nuestro en que
hanabundado los grandes hombres. merece tetier una historia. De
ml sé decir, que alguna vez he querido estudiar a nuestros historiadores. y después de calentarme largas horas la cabeza no he podidO
formarme juicio alguno de los hechos: cada cual los retiere comO
conviene a sus opiniones politicas y los muda, trastorna y cambia
de tbl modo que el uno los y e azules, verdes el otro, aqul negrOS,
amarillos éste, rojos el de aqul, blancos el de acullá, sin que iii dos
siquiera hava que los vean del mismo color: otros. y estos son los
peores, han escrito no lo que fué sino lo que les dió la gana; ell
una cosa sI están conformes todos y es en la más absoluta falta de
imparcialidad. resultando de aqui que sus escritos, están Ilenos de
groseros insultos a sus contrarios. siendo más de uno de sus capl
tubs ó parrafos. libelos indignos no Va de ser creidos pero ni 1e1
dos tampoco. Consiste en que muchas personas creen que el patriotismo consiste en gritar fuerte, v ser muy hombre en ser iflSO
lente: podra esto engañar a los tontos. a Jos niños, pero el tienW°
vendrá v pasará sobre sucesivas generaciones. y desaparecerán haS

WI.—

-.

Una Vei:gana Insurgente

11

57

ta las razas actuates y la verdad se imp&drá porque siempre con
ci tiempo se inipone, y los gritones serán despreciados v los heroes serán ilaniados heroes, y los bandidos, bandidos, y se dirá de
nuestrUs historiadores que si a las galas del estito. hablo de los que
las tienen, hubieren unido ci respeto a la verdad y a la imparcialidad. sus nombres no habrian sido olvidados iii despreciadas sus
obras.
Esto me ha dicho alguien que pasa con razón por hombre sabio
y 'o lo hago constar aquI como una curiosidad, pues curiosidad
es que alguien en nuestros dias se atreva a decir la verdad.

XIII
Virgen de Guadalupe! jcórno V cuánto nos han ocupado los anteriorcs incidentes y cómo parece que nos hemos olvidado del principal objeto de esta Historia!
Verdad es que al hacerlo asI hemos sido consecuentes con la
exactitud que preside at trazo quc de cuadros de la epoca venimos
haciendo.
Nada es tan cierw como que en aquellos dias los enemigos de la
iflSurI-ecciOn tuviëronla por espirante o fenecida.
El virev habIa expedido una proclarna pintando a D. José Maria Morelos tan mal trecho y deccpcionado que su sola ocupación
era buscar una cueva bastante ignorada donde ocultarse, para asi
escapar a la persecución de las tropas reaies, v afiadia que el famoso comandante Paris le esperaba en Ayutia con los capitanes Cerro
Y :flOro. para darte el golpe de gracia y concluir con el caudillo.
Este. despuCs de haher roto el cerco que Calleja le habla puesto,
se dirigio a Cuautia con D. Hermenegildo Galeana y D. Miguel
Iravo, y alli, sin que nadje se atreviere a molestarle, se ocupó en
reorga i izar sus fuerzas y en preparar su tercera y mas notable
Ca In pan a.
El nuevo ejército se puso a principios de Junio en marcha y ci
dia 4 D. Hermencgiido, al pasar por las inmediaciones del pueblo
de Citlala se encoi-itró con los realistas de Chilapa y Tixtla que al
ITiando de Cerro enviaba Aflorve a disputarle ci paso, v tras de Un

1158

Episodios Histórsos Me.x-icanos

corro aunquc reñido combate, los insurgentes quedaron victoriasos, haciéndose de una gran cantidad de armas v municiones y de
un bucn nümero de prisioneros que ci Sr. Morelos envió desde
Mitepec al presidio de Zacatula.
Apenas Añorvc supo ci descalabro, dió a correr como gamo siguiendolelas principales farnilias de Ayutla, y ci dia 7 D. José
Maria Morelos entró en Chilapa sin resistencia, habiendo salido a
interceder por sus rnoradores el vicario del pueblo. con el SantIsimo Sacramento en las manos. Necesario era no obstante imponerse de un modo elemplar en ci 69, irno de los pueblos, y se efectuaron
aigunas prisiones, entregandose al saqueo las casas de los realistas.
Encontrándose en Chilapa recibió, por medio del valiente indio
Novó, ci aviso del apuro en que Trujano se encontraba en Huajuapan, segi5n dejo ya dicho, y todas sus disposiciories se encaminaron a reunir la genie necesaria para acudir en auxilio del heróico
insurgente.
Mientras todo eslo pasaba, Garcia Conde, Negrete é Iturhide
realizaban una ejemplar campaña en ci BajIo dc Guanajuato. en
persecución del infatigable guerrillero Alvino Garcia, logrando
destruir varias secciones de sus tropas y desbandar ci resto, al pun
to de dejar al terrible insurgente casi solo y buscando su salvación
en Ia fuga.
Considerando casi imposihie apodérarse de Alvino, de quierl SC
supo que no permanecia un dia entero en ningán punto. ni dos
noches seguidas dormia en ci mismo lugar, Garcia Conde determinó ponerse en marcha con un rico convo y detenido en lrapuato, y el dia ... llego con dl sin accidente i Salamanca.
D. Agustin iturbide, que Va desde aquel tiempo comenzó a Hamar sohre si la atención general y a poner ci cimiento de su futura
grandeza, supo alli que Alvino dormirla aquella noche en Valle de
Santiago, y de acuerdo con Garcia Conde dispuso sorprenderle y
apoderarse de él.
Al caer Ia tarde. Iturbide salió de Salamanca con cincuenta dragones de Puebla. sesenla y cuatro de Frontera, diez y side de Is
Corona y veinte del escuadrón Mito y caminando con precauciófl
y más que todo con felicidad, a las dos de la maftana del dia 5 de
Junio, se presento en Valle de Santiago, haciéndose pasar por Pedro Garcia, que debió acudir en auxilio de Alvino, segün un parte

Una Vena,za Ius,irge;cte

que Iturhide interceptó y envió al guerrillero insurgente con uno
de sus granaderos disirazado.
Las avanzadas de Alvino nada sospecharon, y haciéndose los
realistas del santo y sena, renetraron en in poblacion. v ya en ella
comenzaron a gritar por disposición del comandante:
—A1 arma! iGarcla Conde está sobre nosotros!
A in vcz, distintos grupos de granaderos convenientemente aleccionados, se situaron en las boca-calles dando éstas ó parecidas
voce s:
—;AdeLinte mis gi-anaderos de la Corona!
—Por in derecha, escuadrón de Frontera!
•—A ml, mis valientes de Puebla!
—Prcvenida la metralla!
El efecto de la estratajema fuë completo: in gente de Alvino era
poca; juzgó imposihie resistir a las fuerzas todas de la division
Garcia Conde y la desrnoralización cundió y las gentes de Iturbide
acuchillaron a los insurgentes en sus mismos cuarteles.
A la vez los granaderos de la Corona penetraron por la azotea
en in casa de Alvjno, y el soldado Miguel Sardinero y el dragon de
España Jose Uribe. se apoderaron del guerriliero y le amarraron
de modo de impedirle todo movimiento. En la misnia casa quedaron también presos ccci brigadier D. Pachito, hermano de Alvino,
Su secretario D. José Maria Ruhio,y Pineda.tambor desertado del
reginiien t o de Puebla.
Iturbide tomó ciento cincuenta soldados prisioneros, v no queriendo expotierse a que se Ic fugaran, los hizo fusilar a todos, pues
slempre fu, y yn Jo verernos, amigo de jnnecesarias y crueles ejec uciones. lturbide odiaba entonces a los insurgentes v tratabalos
COmo feroces hestias: su parte a Garcia Conde sobre esta acción
tLcne ci Siguiente párrafo:
,,Para Ilacer aigo por mi parte con objeto de quirar la impresion
qUe en algunos estOpidos y sin educación existe, de que nuestra
guerra es de europeos v arnericanos v de éstos a los otros, digo:
que Cfl esta ocasiOn ha dado puntualmente la casualidad de que todos c uantos concurrieron a ella, ban sido americanos sin excepC l6T1 de persona, v tengo en ello cierta complacencia, porque
a P r eclaria ver lavada por Las mismas manos Ia mancha negra que
aigunos eharon a este pals españoi. v convencer de que nuestra

I

I'ZhiiOS

tI;sto':cns .'i(:X:Ca)U,

guerra es de buenos a malos, de tieles a insurgeiltes, y de cristianos a libertinos.
iturhide, sin detenerse, condujo a Alvino Garcia y a sus demás
prisioneros de importancia. a Celaya. v aill Garcia Conde dió una
prueba de los ci-istianos sentirnientos que Iturbide ponderaba haciendo del guerrillero una burla tan sangrienta corno indigna.
Y advierto que nada exagero; el mismo Garcia Conde dice en su
pane al virey siento no haber podido hacer esta burla con ,nds soleinnidad.
Al efecto dispuso que Alvino fuera recihido con honores de capitán general, con salvas y repiques y formada la tropa en toda la
carrera: conducido a la plaza. Garcia Conde se asomó al mismo
balcón desde ci cual dirigio a! pueblo la palabra D. Miguel Hidalgo, el dIa 21 de Setiembre de mil ochocientos diez. y Ic insiiltó
cobardemente hacindole después conducir a la prisión.
La captura de Aivino por iturbide dió motivo a que . la siempre
canzla musa de aquel tiempo inspirara las siguientes composiclones al Dr. D Antonio Uraga, cura de San Miguel el grande. cornposiciones que ci Diario de Mexico nos hizo ci favor detransmitirnos, para solaz de los que ban visto mal que en mis Eisoios se
haya dicho que durante la ëpoca vireinal solo D. Juan Ruiz de
AlarcOn y Sor Juana Inés de Ia Cruz merecieron nornhre v honores de poetas.
Dicen asi:
SONETO
No Ilegan a doscientos los soldados,
(Buenos arnericanos) que acaudilla
Un joven brioso, en cuya frente brilla
Virtud heróica, alientos elevados.
Con tat fuerza, podrán dejar postrados,
Los furores de aquella cruel gavilla,
Que más se aulnenta cuanto mas la hurnilla
El valor de escuadrones esforzados?
Si, pais hermoso; deja, pues, ci Ilanro
Que a tu favor la suerte se decide:
Va no hay Alvino, ys cesó su cncanto
Y tresciencos con éI... Ah! no se olvide
Que la gloria inmortal de triunfo tanto
Se debe toda at (oven Iturbide.

Una Ie?Igana Insurgente

Viene despues Jo siguiente que su autor titula graciosarnente
R EDON 1) ii. LA
Joven an quien reside
la modestia eniazada ii In bravura
la fuerza a la duizura:
feiiz Valladolid! tu gozo exalta
y añade tin rasgo at timbre qua te esmatta.
Dc un hijo tuyo la valiente mann,
la paz anuncia at suelo americana,
pues ciaro as qua an ci canipo de la glnra
Sc camina A la paz por la Victoria.

Garcia Conde no dudó mucho tiernpo acerca de la suertc que
Alvino debiese correr. y a los tres dias le hizo fusilar y, segiTh la
atroz costumbre de la época. su cuerpo fuë mutilado y colocada la
cabeza en Ia entrada de la calle de San Juan de Dios en Celaya,
unzj mano en Guanajuato y en Irapuato Ia otra.
Todos estos despojos permanecieron en los lugares en que habian sido expuestos hasta dcspus de hecha Ia Independencia.
Alvino Garcia muriO corno Un cristiano y pidió todos los auxilbs espirituales de Ia religiOn catOlica, recibiCndolos con positiva
devoc bàn
Ni aun esto le salvo de indignas burlas, corno lo prueba el siguiente epigrama que Ic compuso el mismo Doctor y sacerdote
D. Antonio Uraga.
Garcia, ladrón singular,
tan buena muerte iogró
qua he Ilegado ii sospechar
qua hasta el cielo se rohó
par no dejar de robar.

P OCO 6 nada preocupó a Alvino el plan de independencia nacional que los insurgentes mantenian en los campos de batalla, y casi
Sl empre campeo por su cuenta, limitándose a asaitar poblaciones
rnal de fendidas y a desbalijar pasajeros y atacar convoyes; pero sus
cor rerias en ci I3ajIo distrajeron durante larga epoca a fuerzas rcal istas que sin dl hubieran car-ado sobre los ejércitos de D. Miguel
H idalgo ó de D. José Maria Morelos, v al menos este bien hjzo a
SU patria.
Su flOrnbre fu rnucho tiempo romaiiscc, v mll varias anécdotas
.roLo I

14'j

LpjSOd LOS Thstóricos

Mexicanos

se contaron de 61 y entretuvieron los ocios de nuestros prirneros
anos.
Mucho Se ponderaha su devociOn a la Santisima Trinidad, v se
añadia que en cuantas poblaciones entraha haclale celebrar grandes funciones en acción de gracias par sus triunfos.
Estas funciones terminaban siempre haiiándose el jarabe, al que
era rnuy aficionado, y en ci cual se distingula. no obstante, lo que
le molestaha In gota que padecla: por causa de ella carninaha casi
siempre en èoche y jamás dejaron de acompañarle un regular nürnero de msicos del pals, que con sus sonatas le distralan a Is horn
en que sus dolores arreciaban.
Su voz de combate a Is hora del saqueo, era:
—1Muchachos! icomo quien se baña!—con lo cual, dicen, qucria
significar que quitasen a sus prisioneros hasta Is carnisa.
En ci mornento de ser aprehendido regaló a iturbide su mcjr
cahallo. dici6ndole:
—Le ilarno Cabro por lo rnucho y bien que salta: no debe usted
quedarse sin 61, pues en tin lance apurado puede salvarle Is 'ida.
Dirigió desdela capilla una carta a sus padres, queeran realistas,
despidiendose de ellos y pidiéndoles perdón por no haber seguido
sus conseos, v dió, en fin, orden a todos sus dependientes de .ue
restituyeran a sus legItirnos dueños los bienes ó efectos de que
los habla despojado.
Al marchar al supiicio y debiendo ser ejecutado a Is vez su hermano Francisco, le exigió que corno dl invocase a la Divina Providencia a fin de que salvase ]as aimas de los dos, y sus iiltirnas palsbras al espirai, fucron. rnisericordia, Dios mi."
Segn las promesas de nuestra religion católica sin duds Is obtuvo, a despecho del poeta-cura de San Miguel ci grande.
xlv
A Is prisiOn de Alvino debió D. Agustin Iturbide ci grado de te
niente coronet que el virey le otorgó, con gran contentamienlO
publico, pues los realistas predeclan ya que aquel joven liegaria
ser Is más fuerte columns de Is gloria hispano-americana.
Dejamos a Castillo Bustamente. antiguo mercader de mantas de

Celava. saliendo de Toluca pars Tenango: el 2 de Junlo acarnpó
frente a aquel cerro, en la hacienda de San Agustin y en la noche
del dIa 5, dió sus órdenes para el ataque que se verificó en La madrugada del 6. siendo los batallones de Lohera, Mexico y tres Vihas los prirneros en romper el fuego. La victoria sonrió esta vez a
Castillo. y Rayon, que defendia a Tenango tuvo que huir, dejando
abandbnada su correspondencia.
Castillo tomO prisioneros en esta acciOn 'a los licenciados Reves
Y JirnCnez, a los jóveiics. emigrados de la capital. Cuéllar v Puente,
Y al Padre Tirado, vicario del pueblo, v a todos ellos hizo lusilar
in mcdi ata men te.
Resultado de esta acción. Calafat, segundo de Castillo. se apoderO sin resistencia de Tenango y Tecualoya.
Dos dias despues, ci lunes 3 de Junio, el brigadier Olazábal, que
después de haher sido derrotado en Nopalucan y perdido el convoy
que se le habla confiado, segCin ya dije. se encontraba encerrado en
Ia fortaleza de Perote, descubriO una conspir sciOn en ci mismo castub, y de sus resultas fueron fusiladas trece personas, entre elias
Un soldado del fijo de Veracruz. que era ci jefe de la trama.
Dejamos tarnhién a D. Ciriaco del Llano saliendo en auxilio de
Orizaha, que habIan tornado los curas Alarcón y Moctezuma: supolo Llano en San Agustin del Palmar, y despuCs de rechazar en
laS cumbres de Aculcingo un ataque que los insurgentes dieron al
Convoy que Andrade conducia, ci miercoles to desalojó a! cura
AlarcOn de los cerros de Huiloapa. defendidos por tres baterias que
entilaban ci camino, en cuya acción los granaderos de la Columns
y los de Asturias tuvieron que pasar a nado el Rio Blanco por haher
en contrado cot tado el puenle. '' al da siguiente se apoderaron de la
garita de la Angostura Hallandose en ella, supo que los insurgentes pensaban queniar ci tabnco del rey sin que los vecinos de Orizaba tratasen de irnpedirlo,y montado en cOlera diO orden a su cabaliens de que pasase a deguello a todos Los habitantes sin distinciOn.
- La orden no llego a cumplirse merced a las stplicas de los miS loneros apostOiicos de San Jose de Gracia; Alarcón y Moctezurna
huyeron y Llano entró en Orizaba conio un triunfador; desde alli
des pachó en auxilio de Córdoba al sargento mayor de La columna
. Jos Ignacio Garcia Flores. que libró a laciudad de haber caido
en Poder de los insurgentes.

164

Episodios I-/isldricos ilexicanos

El triunfo de Castillo l3ustarnante y derrota de D. Ignacio Rayon
en Tenango fueron recibidos en Suitepec, donde la Junta de Zitácuaro se hallaba, con ci espanto consiguiente.
Verdusco y Liceaga que, mientras su presideute hacia cuanto le
era dable en favor de la causa cornCin, se entretenIan en darse tratos
y aires palaciegos, acusaron entonces a Rayon de inepto y de cobarde y se enenlistaron con éI. porque a su vez les imputO que su
derrota reconocja por causa el no haberie sido enviado ci refuerzo
de tropas que solicitado habIa de Liceaga.
No cabe duda alguna en que ni Verdusco ni Liceaga se portarori
en aquella ocasión conio deblan, v dc alli nacieron los desagrados
'.' disgustos de que muy pronto varnos a ocuparnos en la serie de
nuestras narraciones.
Muchas ridiculas ocurrencias huho en aquel ticmpo en Sultepec
y merece Contarse la siguiente:
Predicando en la iglesia del pueblo ci padre franciscano Luna
hizo perder In formalidad a sus oyentes al asentar ci siguiente urioso silogismo:
—ujesucristo Cs mi general; yo soy insurgente, luego Jesucristo
es insurgente.
El padre Orchids, que se hailaba cerca del pi'ilpito, subiO las gradas de dl y queriendo contenerle en la demostración de su silogismo, cstiró del hábito al Padre Luna: no habiëndole dste hccho caso,
Ic estiró por segurtda vez, y molesto el predicador Ic arrimó un sherano puntapi, produciándose ci consiguiente escándalo en ci
te rnplo.
Otra determinación tomó la Junta y fud la de nomhrar al doctor
Cos vicario castrense, con facultades para remover y encarcelar
eciesiásticos y conceder dispensas rnatrimoniales.
Rayon estimó con justicia que esto podrIa atraerles nuevas cc1suras y excomuniones del cabildo eclesiástico de Mexico, que influyeran malamente en ci ánirno del pueblo preocupado, yasi sucedió
en efecto a los pocos dIas.
Rayon se trasladó en fin a Sultepec y convino con sus compañeros de Junta en la necesidad de disoiverla: fueron en consecuencia
nombrados, Liceaga general de las provincias del Norte y Verdusco
de las de Poniente, debiendo fomentar la revolución ci primero en
la provincia de Guanajuato, y el segundo en Ia de Michoacan: se

aordo tnrnbiën que Rayon marchase a Tlaipujahua y all1 se fortiticase, y desde alli invadiese la de Mexico.
De todo esto se levantó un acta en la cual se hizo constar que
estas medidas se dictaban por exigir la salud de la patria que los iiidividuos de la Junta atendieran personalmente al levantamiento y
operaciones dc tropas insurgentes en los citados distritos.
Al saherse en Sultepec que Castillo Bustamante hahIa salido de
Toluca ci 16, a! siguientc dejO su residencia la Junta, disolviéndose
de hecho, tomando Rayon el camino de Tlalpujahua, Liceaga el
del BajIo y Verdusco el de Huetamo.
Tuvo entonces lugar ese hecho cruel y sanguinario cuya responsahjlidad han tratado de saivar cada uno dc los miembros de la
Junta de Sultepec, sin que ninguno haya logrado hacerlo de Un
modo satisfactorio.
El suceso fuC clue D Jose Maria Vázquez recibió el encargo de
conducir, seglln parece, a Zacatula, a unos treinta y tantos prisioncros espaitoics detenidos hasta cntonces en Sultepec, y a tres leguas
de distancia de este punto yen las jnmcdiacioiics de Pantoja, so pretexto de quc hablan pretendido fugarse,se les asesinó de una manera cruel y despiadada, logrando salvarse cinco iThicatnente de aquelbs inte1jcs.
Castillo Bustamante, retardado en su marcha por las dilicultades
naturales del terreno y las que le opusieron las abundantes iluvias,
entró sin resistencia en ci mineral de Sultepec ci dia 20 de Junio, y
mientras se ocupaba en dcstruir las obras de defensa y los taileres
de fundiciOn de cañones y fabricación de pólvora, destacó distintas
partidas en persecución de la fugitiva Junta, publicó ui-i indulto Y
ordenO la cjccuciOn de aigunos prisioneros.
El ITlisrflO dIa 20 entró en Mexico Garcia Conde conduciendo el
convoy del interior, logrando ci recihimiento entusiasta a que le
hizo acreedor la destruccjón y muerte de Alvino Garcia, tan feiiz'nente lievadas a cabo merced al genio e intrepidez de D. Agustin
Iturbide.
El 21, D. Ramón Monduy, cornandante del bataiiónArnericano.
IOM6 en Tula descanso de sus correrias por los pueblos de la Sierra: este batallón Americano, compuesto de gente soberbia y pende nciera Se portO siempre con desusada crueldad, y en su citada
exp edlción marco su paso con tin reguero de sangre y de calcina-

T

in "eperni A rnurte o fs eilt4 au
f
(Uc idcrnjticacjón
de pranns. pucs no sG.*Qrj4g
go iIgurfb de cnsngar ' ccnus.—aj Jo decla el
bandoj d
cederc en ci castig, por 5cr todos v erdaderus
bandiJo- tna,
tiiad
4r la fgIeia y prosriros por ci GobIcrno quiencs p(
Podia quiiar Ia r itj jLiiquira irnpuren1enteft Eso . i
especial IIIL-11 te a los hedHas)r.. los ecIesiástico.
dser ej ecul udo s sin nec L
ad-tie prev.1g.
fl
zropas indendjen,. ue Se I
!
dpon1a que iuescn de4arrneda$.
Dkró Venegas ee bii4o .r,fl aprobttj6n
det'Rci
u,jg nimetnnt. mnnifesda pues de Hz y eis mh
Ii iron 9U conformidad cni d dctnen Ic I- ^!;.j
o L:.,1tO de ]o, fi thi
lflfllCflSI) tu CI tSLariji

-

-•*

r

<

'crJ eAus

-

--.

ti

•1.

thôcI6u

tico.que
nadi

-

biâ

••'-

F
$ \i.
/, .
"

psII,

ZA

low.

I

U

I

y

J

1;(

PADRE,—LE DIJO MARGARITA,...

Ojr,^
il ., qK-.,

La genLt de sotana puso ci grito en ci ciclo y acusd de infame,
hajo y rastrero a) tal cabildo. expiicándose su decision por ci hecho
de hallarse compuesto en su mayoria de cspañoies europeos de preponderante influjo.
El odio de nacionalidad adc1uiria cada vez violencia mayor.

xv
Retrocedamos V atiudernos los cabos quc lUedaron sueltos en
ci principio dcl capItulo VII.
Lafuente era un hombre de grande corazón y no podia resignarSe buenarnente a ignorar quién pudo haher sido el bravo caballero
que al salvar a su hija de las asechanzas de D. Alvaro ic habia a Ia
vez salvado la vida.
Pero después de todo ;habiale el desconocido hecho un verdadero servicio?
Qué iha a ser de su hija arruinado como estaba
Los pensamientos que le asaltaron al decidirse al suicidio, reprodu idronse entonces con mayor fuerza.
La necesjdad de morjr continuaba siendo la misrna.
Pero ay! otras eran las circunstancias.
;Como tener valor para un crimen que de tanto necesita, cuando
a la vista de su hija ci templo ic su n1ma de doude hahia querido
ar rojarla hal'ii ..•
:
rniradas'
— Padre,—lc
\I,, i- 4, T - i -, i
L i i- c1t c
i !fli
ha. me pareciO que liegahas a ml como impulsado desde una enorme d istancia: ;fuë esto dehido a mi deseo de verte 0 es que tá penSabas dejar de amarme y mi amor atrajo tu vacilante cariño?
La fuente se estremeció como ut-i criminal ante su juez.
No respondes, padre mlo,—exclamO Margarita Ilorando con
ilanto de dolor: soy bastante cruel Para dudar del cariño de mi
padre y tc, lo oyes y ni te irritas ni Boras?
Pcrdó! jperdón! ihija mfa!—exclamó a su vez Lafuente deiandose cacr a los pies de Margarita.
Esta sintiO en su frente y su corazOn algo muy horrible, vaciió
un leve punto. y levantando a sti padre. dijo:

168

O)Jio. 1I:5t?U

J'VZlu)S

— i Tü a ml, padre, tü a ml, iperdón N, de rodillas! No, no, padre
mb, esto es un delirio espantoso, mi razón vacua, ci miedo de
mis peligros me trastorna; acOgerne en tus brazos, padre mb; oprImeme en ellos, conviértelos en hierro cuando con cilos me havas
oprirnido, y grutame pero muv fuerte, padre mb, para que tus gri
Los puedan por ml ser escuchados, que ningün peligro corro Va.
porque tü no me ahandonarás, porque ti'i no huiräs de Lu hija! Si.
pronto, pronto, padre mb, porque 0 no s Si WC liegara la vida
para aguardar Lu contestación si la dilatas.
—Que, hia mba, mi Margarita, uqtmmJ cosa horrible sospechas
—preguntó Lafuente retrocediendo.
Margarita habla tendido sit vista por toda la extension del cscritorio y descuhierto una pistola sobre la mesa. ' corriendo a ella
V tomando el arma fatal y arrojándoia lejos de si con violencia.
—:Si padre mbo,—dijo,—te perdono con todo mi corazón!
La escena fué la consiguiente y no necesito pintarla para
aila
Cu su imaginaciOn la vean mis lectores.
La misericordia de Dios habia devuelto la razón d D. Pedro lfuente.
Pero Margarita era presa de urn flebre espantosa: un alma de
mujer de diez y seis años no 'LieIe in pelii
dc Ins
grandes miserias de la sociedad.
Fué preciso trasiadarla a su lJ 'e llamai pintanIL-nte a 1.01 inCu 1 tat ivo.
Este la examinó ' dijo a D. Pedro:
—Grave Cs ci acceso. no quiero oculiarse!o Ji u-tcd, per(, tarn
bién puedo scgnrar1e uc Je LI iiiuiiari so miaiui-alcza v Dios
sobre toW.
—Pero era pr(I1I(o
—Pronto, si: dentro de tres dIas podrá dejar ci iecho.
Cuando Lafuente quedO solo.
—Dios mbo.—exclarnó.—dentro de tres dias! esto es, k-n ci i110
mento en que yo me ver6 JCSpOjaJ de in is Nieiies, SUO1ILI n Ia
desesperación de la pobreza.
Lafuente se vió obligaW a 1) aparta rsc oh ui sul n staultC del
lecho de Margarita pues lo mismo era salir de la. habitación 1UC
sentirse poseldo de nuevo de la mania del desprecio a su vida.
Pasado los tres dIas y cuando la predicciOn del facultativo 1ha

________ --

Una 1/engana I::surge;:h-

169

i cumpliise, Lafuente fué avisaclo de qua un proctirador necesitaba hablarle.
—Esto es hecho,—dio,—v bcsando cii Ia frente a su hija qua dormia cr1 apacibic sucijo, salió de la habitacián.
No fiié larga su ausencia, pero al regresar su seniblante estaba
livido.
Llarnó i los criados de su mayor confianza, Ics dejó encargada
a Margarita y dispuso se Ic avisase, cuando dispertara, qua no tardana.
Una hora después dos caballeros qua lossirvientcs no conocian,
pretendicron vcr con la may or urgencia ;I la hija de Lafuente.
Sc les contcstó qua era imposible, qua la nina estaba enferma.
Los desconocidos opusieron quc ya !o sablari, pero quo ci caso
era urgente y quo el mismo D. Pedro los habIa enviado.
Margarita acabaha de dispertar buscando a su padre.
Sc Ic dijo qua habIa salido, prcguntó, inquirió y cuando Ia observación quo del serublante do sus sirvientes hizo la hubo tranquilizado, exigió qua se Ia vistiese y fué preciso obedecerla.
En este momento recihió aviso do Ia pretensión do los desconocidos.
Margarita no duLlÔ y mandá pasasen al salon.
Cuando en él entrO, Margarita estuvo a punto de gritar de
TnjCdo

Uno de os dos caballeros era D. Alvaro de Cervera.
- Se ñorita,_dIjolc éste,—comprendo su sorpresa al verme an
Csta casa.
—La verdad es, caballero,—contestó lajoven,—que su presencia
aouj rue extj-aña.
Sin embargo, un enviao de su señor padre do usted.
— No Cornprendo como 61 y an ausencia suya...
- Perdorie usted, sefiorita, qua la untcrrum pa, estos instantes Son
dc
—Bie ncstá, prosiga usted.
Se norita, su padre de usted acaba do oir de mis labios los mis•
flOs
descargos qua ahora voy ii dare a usted, v me ha hecho la
JUsticia do est j marlos sinceros.
- Es u c ho.
-Cuatro dIas hace qua por haber pretendido ser un caballero,
Teit 1

147

170

Episodios Históricos Mexicanos

it
recibI una herida quo gracias a nii naturaleza lie podido, como us
ted lo ye, dominar.
—Caballero, ]as referencias a tan desagradable suceso me hicren
y lastirnan.
—No obstante, yo nada hice para merecer el rencor de ustcd,
señorita.
- Caballero!
—Se encontraba usted en mi casa, yo quise impartir a usted la
protección de que era digna, y uno de mis invitados, con desuada
insotencia, quiso hacer on ella mis veces, usurpar mis ckrechos y...
—Repito a usted, caballero, quo me hieren y lastiman esas refc•
renciaS.
—No quiero, pues, proseguir hacindolas, pero crea usted que
me dude verla conmigo más exigente y severa quo su señor padre.
—Caballero, me siento ma!, mu)' mal y ruego a usted que Si slo
sus deseos dc presentarme sus disculpas le han traIdo aquI, las dé
por recibidas y aceptadas por ml, permitiéndome a la vcz retirarme: bastante extraño es ya para ml, quo ml padre no haya, corno
debIa, acompañado a ustedes on este incidente.
—Señorita, no lo extrañe usted. D. Pedro de Lafuente se encuentra en este momento entre los sindicos del comercio, arreglando
asuntos relativos a su negocio.
—Y usted...
—Soy, senorita, uno de sus principaies acreedores.
—Dios mb!
—Y ante éí, ya quo no ante ustecl, señorita, ci mejor de SUS
amigos.
—Perdone usted, caballero, no acierto a comprender...
—Este caballero que me acornpana es ci principal dependienta
del Sr. D. Gabriel Yermo, como de ello puedc usted convencerse
haciendo venir para identificar su persona i alguno de los del señor
Lafu ente.
Como si Margarita hubiese acogido con reocijo aquel recursO
para encontrarse menoS intranquila on presencla de D. Alvaro,
Ilamó y dió sus órdenes para que ci dependiente de su padre sU
biese.
Asi s veric6 y Margarita quedo absolutamente tranquila.

Una Veugana lusurgente

1171

—Y bien, caballero, qué desea usted de mf?—preguntó.
—En la casa del Sr. Yermo,—conteStó ci dependiente,—eXiSte a
favor de usted un depósito confidencial de ciento cincuenta mu
pesos.
—Es verdad, as( me consta.
—Y bien, senorita, mientras el Sr. Lafuenteconviene con ci resto
de sus acreedores en la manera de satisfacer sus créditos, me
envIa a solicitar de usted el préstamo de esa suma para saldar el que
conmigo tiene,—dijoD. Alvaro:—ahora bien, como segdn las cláusulas del documento respectivo, es indispensable que en presencia
del Sr. Yermo 6 su especial delegado, firme usted el recibo corrcspondiente...
—Comprendo, hall tenido ustedes la bondad de venir a mi casa
por la firma.
Asj es, señorita.
La joven tuvo sabe Dios qué sospecha de que se pretendla sorprcndcrla, y con energIa admirable en sus afios clavó sus miradas
en los ojos de D. Alvaro y con voz firme, dijo:
—Y si yo me negase a firmar?
D. Alvaro sonrió con fina galanterla y ilevando la rnano a uno
de sus bolsillos y sacando de el un papel y poniéndose en pie como
para retirarse, dijo entregando un docurnento a Ia joven:
—Pondria Co manos de utcd cstc papcl y con su permiso me
retiraria.
Margarita cxarnin6 con ra 1 idcz ci pliego quc sc Ic habIa entregado, y con agitación irreprirnibie dijo 21 D. Alvaro:
—Pero, caballero, este documento le ilevaba yo conmigo hace
cuatro dias.
—Asi es la verdad, señorita.
—Entonces...
—Entonces, señorita, quiere decir que ese documento le fué robado áusted en ci asalto que sufrió en el Monte de las Cruces y que
Yo , a quien usted y e con terror, pues me supone un bandido quizás,
que pretendjó retenerla en su casa hace cuatro dias y robarie boy
Y en este mornento ciento cincuenta mil pesos, yo, señorita, recObr ese papel y poniéndolo en sus manos y, con permiso de usted,
retirandorne, hago quizás también alguna cosa en propia justificaClOfl. Asi, pues, pido a usted, señorita, perniisO para retirarme.
-

1 -12
1

Episodios H:stôricos Mexicapios

Exquisito cortesano, D. Alvaro saludó coti extrerna galanteria y
se dirigio a la puerta del salon.
Margarita continuaba dudando a su pesar: vela con gusto alejarse
a aquel hombre y a su compancro, pero ci recuerdo de su padre
acuclió a ella y les sul)lico Sc detuviesen, Ilarnando de nucvo al dc.
1)CfldiCflte de Lafuente.
Cuando se hubo prcsentado le preguntO la joven:
—Andrs, ;conoce usted a este caballero?
—Senorita, —contcstó el dependientc;—es D. Alvaro de Cervra, I
principal acreedor contra su senir padre de usted y promovdr
del concurso ante el quc ha sido citado D. Pedro.
—Bien está, sirvase usted traerme recado de escribir.
Un relárnpago de satisfacción brilló sübito en los ojos de don
Alvaro.
Un instante después Margarita habia firmado ci recibo y
didose de ella D. Aivaro y ci dependiente de Yermo.
XVI
Radiante de supremo gozo. Margarita volviO a sus habitaciones
y esperó con ansiedad !a vuelta dc D. Pedro.
iCon qué grande satisfacciOn iba a arrojarse al cuello de su padre! Ella habIa sido su salvadora.
Pongámonos en antecedentes.
Sc hallaba Margarita en Guadalajara.
Sus tias hablanla acogido con positivo carino.
Era feliz, no obstante quc la separación de su buen padre la quitaba ci gusto a lo inejor.
Un dia, se Ic presentO en aquella ciudad uno de los criad de
la I1acinda de D. Pedro Lafuente, y le rogó tuviez-a la bondad de
escucharle.
Por este criado, flamado Martin, supo la nina lo que ya no inO
ran mis lectores; esto es, que D. Jesus Acevedo, pritno y soci: ic
Lafuente, habia sido un dia asaltado y muerto a las puertas rniS
mas de Mexico, y robado.
Va lo contO yo con todos sus detalles en ci capituio octavo de
este tomo.

Supo entonces Margarita Ia cruel situación de su padre, y temiendo una desgracia que, corno virnos, adivinó al ver sobre la
mesa de D. Pedro la pitola con qu pretendió suicidarse, determinó trasiadarse a Mxico inmediataniente.
Sus pobr.s tias, mujeres solas y ancianas no se ati-evieron a
acompanarla, y la confiaron al cuidado de Martin.
Aun tenIa éste qua hacerle y an efecto le hizo más graves revelaclones.
Martin, ci rnismo -Martin, habIa sido uno de los quo atacaron a
D. Jesus Acevedo y ci qua al quedar herido a su lado, Ic robô las
letras que liabia sacado do la Hacienda.
Pero tan atroces fueron sus remordimientos qua no solo no dispuso ni de uno solo de aquelios pCSOS tan mal hahidos, sino qua
con elks hizo un depósito en la casa de X7errno, haciendo extender
ci documento qua tanto vicne jugando en esta historia.
Martin no sabIa lo qua habria sido de D. Pedro Lafuente a quien
supuso muerto, y por eso designO a Margarita como dueña del
dinero
Al poller ci papel an sus manos, MartIn Ic suplicó intercediese
por ël con D. Pedro; Margarita era buena y sobre todo inocente y
crcvó an ci arrepentirniento de Martin, y no Ic tuvo miedo, conflán(lose a él emprendid ci carnino hacia Mexico.
Hizo con felicidad todo ci viaje, habiendo tenido Ia fortuna de
poder unjrse una especie de caravana compuesta do honradas
P er sonas qua no Ic escasearon atenciones, y asI llegO a! Monte de
I'as Cruces dondo Ia caravana fud atacada por Ia partida de ladrones
dirigida Por ci capitári Centeilas.
Martin tuvo la desgracia de quedar muerto ó herido an ci asalto.
Ninguna de esas cosas pudo contar Margarita a su padre: apeTIas
Ic informó de algo de lo qua an casa dc D. Alvaro Ic habIa
acon tecido: su fuerte escena an el escritorio Ic produjo la fiebre de
queya se hablO, y aun no despertaba con valeciente cuando D. Pedro
dej o su casa Ilamado por at procurador.
Pero, en fi n, lo importante era qua ella habIa salvado a su querido
padre
Al hacer csta
sjntjó an su pecho como un goipe
dolor050
Nada habia CC:t;l
':iire, cómo, pues, su padre podia ha-

11 74

Episodios Hisld yjcos Mxicaiws

ber sabido que ella posela ci documento de los ciento cincuenta mil
pesos?
HabrIan cornetido con ella alguna infarnia?
No era posible, sus presentirnientos la enganaban.
D. Andrés, dependiente de D. Pedro, habIa reconocido al de la
casa de Yerrno.
Al dar a entender Margarita que no firmarIa ci documento, don
Alvaro puso ci papel en sus manos, dernostrando asI no tener luterés en conservarle.
No obstante todas estas explicaciones con que trataba de desvanecer sus dudas 6 presentimientos, Margarita no pudo tranquilizarse: algo habIa pasado 6 iba a pasar quc mantcnia en su alma
ansiedad inexplicable.
Cuando menos lo esperaba, quizás porque Jo deseaba mds, don
Pedro Lafuente se prcsentó en la habitación.
Margarita corrió a éi y se lanzó a su cuello cubriendo su rostro
de uiiiales besos; cuando aquellas caricias infantiles Ic permitieron
hablar, D. Pedro, dijo:
—Hija mia, perdónarne y sIguerne; dentro de breves instantes
se presentarán aquI los sIndicos de mi concurso a rernatar cuanto
en este edifIcio encuentren, no quiero quc presencies tan dcsaradabie escena.
—No comprendo, padre mb.
—Hija, rue encuentro completamente arruinado.
-_Pero qué? de nada han servido los ciento cincuenta mil pSOS que a esos hombres he entregado?
Tan inesperada pregunta sorprendió a Lafuente, y a su sorpresa siguieron explicaciones que yo suprimo por no repetir muchas de
las cosas que sabemos.
Dichas explicaciones dicron por resultado la confirmación de lag
sospechas de Ia joven: D. Alvaro no se habIa presentado a D. Pedro: lejos de ello su procurador Ic habIa negado autorización para
entenderse con éI directamente, y ilevado a tal punto sus exigncia5
que D. Pedro se vió prccisado a hacer una absoluta cesián de
bienes.
Pero no habfa conciuIdo todo.
D. Andrés, dependiente de D. Pedro, entró palido y agitado, dicindoIc:

WI.

Una Vesigana Insurgente

1 175

—Sefior, huya usted, ociiltese, haga en fin lo quc crea más propio
para no ser reducido a prisión.
—;A prisión yo?
—A priSión mi padre?
—Si, seãorita, sI, ci procurador y los ministros dejusticia vienen
en busca de usted.
—En mi buscal pero por qué?
—Aseguran que por conducto de su hija de usted ha logrado salvar de su quiebra ciento cincuenta mil pesos y se repite que esta
quiebra es fraudulenta.
—iDios mb, qué va ser de nosotros!—exclarnó Ilorando Margarita.
—Y bien,—contcstó con dignidad D. Pedro,—aquI mc encontrarán: no quiero justificar con mi fuga sus infamantes sospechas.
—Por todos los santos del cielo, senor,—repuso D. Andrés,desista usteci d su prop6sito y sdIv.se; por su hija de usted se lo
ruego.
—Nunca, D. Audi-es, nunca.
—Vea usted, señor,—continuó diciendo D. Andrés,—que esto es
mis grave aün de lo quc SC imagina.
— iQ ué quicre usted decir, D. Andrsl soy un hombre honrado y
toda sospecha contra mi honradez cornercial...
—PermItame, sefior, que le interrumpa: no se trata como punto
principal de su honradez de comerciante.
—jQué quiere usted decir, liable por Dios, D. Andrs, porque
me vuelvo loco!
—Se dice que hacc cuatro noches dió usted hospedaje en su casa
a Un jefe insurgente qu algunos aseguran fué el mismo D. Nicohis Bravo.
---iMienten!
— Aflrman que su hija de usted le condujo a esta casa y que usted tornó parte con 61 en la tentativa que se hizo para salvar de su
prlslón a D. Leonardo Bravo.
Oh! padre rub, todo esto es una vii calumnia pero no esti
ds provjsta de al-Lin fundamento: no sé quin seria mi salvador ni
ci hidalgo caballero que me sacó de la casa de D. Alvaro; pero no
ten." dada en que era Un hombre a quien irnportaba no ser cono-

L.

I /:

1

cido. Mucho puede ser falso en lo que so dice, pro mi terror me
dice quo aigo hay de positivo en ello.
—Julizmn ,--con tcstá D. Pedro, ni ann asI me movers de aqui: ci
hombre que a los insurgentes debe su ruina y cuantos infortunios
pcsan sobre dl, podri justificarse en esta ocasión como ya lo hizo
al ser aprehendiclo con el Dr. Diaz.
Acabaha de pronunciar D. Pedro estas palabras cuando en la
escalera se cscuchó rumor do precipitados pasos.
Un momento después apareciO en la puerta un grupo de soldados, d su frente tin oficial y a su lado en hábitos de sacristán ci
capitán Centellas, quien en voz alta dijo:
- iEsc, ese mismo Cs; Ic reconozco bien, Cs ci mismo quc disparó contra ml cuando yo detenia en la puerta de la czirc21 de ccr
D. Leonardo Bravo!
Las voces de traidor imiscrablcl date ii priSioIn , furn T)r
tiritos labios repetidas y los soIlados se arrojaron sobr ltftt
Margarita muda de espanto
XVI'
Iruposible describir la confusion de quo fu6 teatro aquclia Iaciica mnorada: atroces imprecaciones, no comprimidos sollo-zos, voces
do muerte y vcnganza so ofan por donde quiez-a en concierto dsolador.
Mientras, tenlan lugar en ci escritorio escenas do otra especie:
toda clase do ministriles, toda esa especie dc rateros judiciaies qtle
como plaga se desprende sobre sus vlctimas a la hora de un embargo, invadfa y registraba Ia habitaciOn y sus rincones en busca do
ocultos escondites do dincro.
Aquello era un robo, nfl ckspojo, un asalto autorizado por La Icy
y hecho en nombre dc la justicia y a la vista de sus magistrados.
D. Alvaro nuisrno, principal interesado en que so procedicsc con
orden, PUCS todo acjuclio iba zi ser suyo, no conscguia reduci: al
orden a aquellos miserables.
El remate habla comenzado y cada objeto quc al escritorio era
lievaclo era inmediatarnente vendido if precio vii.
En mitad de aquel desorden, fuertes a J daboiiazos se hicieron oir

W_

Usia 1/ngasta

!sssurgsz/e

11

77

en la puerta del zaguán al que acababan de bajar arrastrados por la
tropa D. Pedro y Margarita, con los brazos bruscamentc amarrados a la espalda.
Ahierta la puerta mostráronse en ella un noble v anciano caballero, Un negro que Ic acompanaba y algunos alabarderos de la
guardia del virrey.
El caballero, era el mismo D. Gabriel Yermo.
El negro, nuestro antiguo amigo Carlos Cuarto.
Pedro Lafuente?—dijo D. Gabriel.
—;Yo soy!—contestó la vIctima.
--Déjenle ustedes librc,—ordenó Yermo mostrando al olicial un
oficio del virrey.
La orden fué inmediatamente obedecida, hacindose extensivos
sus efectos a Ia pobre Margarita que D. Gabriel y su padre se apre.
suraron a sostener, pues apenas podia mantenerse en pie.
Si en ci zaguán habiase restabiecido el siicncio, en cambio en el
escritorio el ruido era infernal, y hacienclo coro con él, nuevos gri.
tos se escucharon en la escalera donde aparecicron ci negro Carlos
y ci capitarl Centeilas, sujeto éste del cuello por aqu1.
Ayüdcnrne, avudenme!—gritaba el negro,—jque este bandido
Sc rue escapal
Varios soldados acudjet-on a las voces, y ci sacristán quedo suJeto, a Ia vcz quc ci ncro Carlos Ic dccIa:
Arni•;o, tadLI: anl;i: sjH
Cit:i. 1r" ' nt t; Vr(:
cado.
Mientras USO jcja 1). ;>r, I),
V M
l!L
Cfltrado en ul escrjtorio y diciio ci prirnCro:
—Sr. D. Alvaro de Cervera, no pude entregar al dependiente
de usted ios ciento cincuenta mu pesos a que este documento SC
reere, porque en él expresamente se dice que Ia Srta. D . Margarita Lafuente debia firmar su recibo en mi presencia.
D . Alvaro palideció, no acertando a pronunciar palabra.
D. Gabriel se dirigió entonces a la joven y poniendo en sus maflog una pluma.
-Senorita,—le clii 0,—ruego a usted tenga la bondad de repetir
aquj su firma.
Cuando Ia joven lo bubo hecho D. Gabriel recogió ci documento, y sacando otro dc su boisillo Ic cntrcgó Li Margarita, anadiendo:
TOMO

14S

I

!''i'

I/str,os

—Aqul está esa suma en un vale quo será satisfecho en mi casa
su peentacjón.
La firma se entregó i D. Pedro, y éste dirigindose at rindico
dijo a su vez:
—SIrvase V. S. hacer constar on los autos, quo con esta cantidad
queda saidaclo ci crédito que contra rni tienc ci Sr. D. Alvaro de
Cervcra y libre yo de toda ulterior providencia.
Esta operación se hizo on medio del más absoluto siiencio, y sin
que nadie to interrumpiese, la mayorIa de los circunstantes fuá salienclo uno a uno concluido el acto.
D. Pedro se dirigió entonces A D. Gabriel, y profundamente emocionado Ic dijo con elocuente Iaconisrno:
—Gracias, mil gracias, caballero!
—No i mI, Sr. Lafuente, no rni,—contestó Yermo:—si quiere
usted saber ci nombre de su bienhechor, se to dire: ilámase Carlos y
es Un pobre negro at servicio del señor conde de Orizaba; se me
presentó esta mañana diciCndome quo venla on un grupo de pasajeros quo hace cuatro dIas fué asaltado por los bandidos on ci Monte de ]as Cruces, y con cuyos pasajeros se acompaflaba esta señorita: un criado, de nombre Martin, que parece la acompaflaba y fuC
mal herido por los bandidos, reveld a! negro Carlos La existencia
del documento de los ciento cincuenta mil pesos, recomendndole
me viera y previniese por si algo intentaran los iadrones y, gracias
A Dios, su aviso fué de suma utilidad: uno de mis dependientes, scgn parece, sorprendido diestramente on su buena fe, y autorizado
por mt para disponer de toda mi conflanza, fud inocente cornplice
de una innoble acción, que gracias a Dios, to repito, yo pude conjurar. Señor de Lafuente, urgentes ocupaciones me reciaman, me
retiro, pues, pero antes suplico a esta seflorita, se sirva accotar
esta letra on blanco contra mi casa, rogándoIe me dispense el favor
de obligarle a usted a aceptaria, con ci fin de facilitarle los mcdio5
de fomentar sus intereses, quo pronto logrará usted sacar de nucvo
A flote, en cuyo caso usted tendrá Ia bondad de hacer en mi casa la
devoiución de este préstamo.
Acción tan noble y generosa imupuso de modo tal at padre y zi la
hija, quo ni el -uno ni la otra tuvieron fuerza para rechazar La ncrced ni aun para hacer salir de su anudada garganta ni una fras de
gratitud.

Una I c:Iga?la Insurge;i Ic

1

179

D. Gabriel aprovechó aquel instante y desaparecid con rapidez.
Dejo ya dicho que el bando terrorilico del virrey, poniendo fuera
<Ic la icy, no solo a todo prisionero insurgente, sino aun a los sospechosos de rebeliOn, habIa conmovido extraordinariamente los
an im Os.
La decisiOn del cabildo eclesiástico dc no oponerse a un bando
quo echaha por tierra ]as inrnunidades del clero, enardeció niás v
más las pasiones, y diO motivo para que sin crnbozo se arriesgaran
a provocar conflictos los revolucionarios, quo liamaré civiles, do la
capital.
Sc produjo uno do estos conulictos on la noche del domingo 5 de
Julio en ci Colisco.
Era costumbre de la época que en uno de losentreactos un actor
Se presentase al pdbiico con el fin de dare conocimiento del programa do Ia prOxima fun'ciOn y de todo aquello cuanto a los espectáculos pudiera referirse.
Desde antes de empezar la función de aqudila noche habIase
notado quo a ella asistiria extraordinaria concurrencia: la cazuela
de hombres contcnIa una tercera parte mãs do los individuos quo
en ella podian caber cOrnodai-nente. Otro tanto pasaba en ci mosquete, quo parecia desde los cuartcs j?rimeros un desigual empedrado do humanas cabczas.
Los vendedores de dulces y aguas frescas podian apenas circular
por los transitos, y mal que a los bandos do espectáculos pesase, ci
orcien se niantenfa con dificultad.
Nadic, sin embargo, estaba allI por amor al arte, simpatIa hacia
las actrices, ni deseo de recrearse con la comedia, bailes, ni tonadjllas
El mismo vestuario rebosaba de gente, y las cajas de los bastidores habian sido invadidas por toda ciase do personas que so disputaban los lugares, sin quo ci director lograra obligarlas a retirarse
Y dejar ci paso libre a los artistas.
Solo 6stos so ocupaban oil
quehaceres ordinarios, sin quo
Sto quiera decir que sus quehaceres fuesen relativos al la representa ClOfl
P ocas veces los actores se ocupan de esto en noche de función.
Solo el galaln repasa on su cuarto su papel.

-4

i i 8o

Episodios Hislôrjcos

Mexicaos

Curioso está et galán visto de cerca; sofócase nuestro hombre
debajo de su peluca y despiden chispas sus ojos tremendamente
agrandados con rayas de carboncillo: dos irirnensos rosetones de
carrnuri, dcsvanecidos sobre un campo de harina de arroz, cubren
sus mejilias: en la una mano tiene las barbas que su papel exige, y
en Ia otra ci papel, cuyas principales frases repite con violencia
corno si cilas tuviesen la culpa de no haberse fijado a prirnera lectura en su mernoria.
La habitación estambién curiosa, es un cuartucho de unas cinco
varas en cuadro; dos de sus paredes, de marnposterIa carcomidas
por ci salitre; otras dos de mat unidas tablas piritadas at temple, i
mismo que la puerta que cuciga de tres visagras enmohecidas y pro.
ximas a desprenderse: cubre ci piso una especie de lienzo hecho
girones: personas antiguas en ci teatro, afirman quc ci tai iicnzo
fué en remotos dIas una exceiente alfombra: corre de pared a pared
y a lo largo del cuarto una gruesa y ancha tabla cubierta con una
lanila roja con franja dorada: es Ia mesa: dos candetabros de phiqué, cada uno con más de un brazo roto, sosticnen dos velas de
cera encendidas; sobre esta mesa mIranse multitud de objetos, p0mos de aceite, esencias, pomadas y colores; un cacharrito con pinceles, otro con gorna, cajas de polvos, cepillos, chucherlas de tocador, toallas, guantes, cajas de varios tamanos y hasta ]as chin clas
que habrá de sacar en ci segundo acto. Penden de una mala percha
y diferentes ciavos y a usanza de prenderIa, trajes de la época. Camisas, caizoncilios, trusas y toneletes, espadas, puñales y sombreros, compietan ci muebiaje tin espejo con marco que fué doralo,
sobre la mesa: un sofa en regular estado, un sillón sin dos patas y
un par de sillas sin respaldo.
Varios amigos del galan furnan y conversan mientras él estudia.
—Pero, hornbre,—le dice uno,—quieres dejar ya ese papel.
—Chico,—contesta el galán,—déjarne que Ic dé una vistita.
—Pero qué, no te to sabes?
—Que me lo he de saber, hombre; apenas Ic Ilega a uno ci
tiempo para estudiar; me tienen frito a ensayos, no sale uno de estas
malditas paredes desde ]as once de la mañana hasta ]as tres 6 cuatro
de Ia tarde, y eso para ir a corner de prisa y corriendo y arreglar la
ropa y vuelta otra vez i las siete para vestirse para. la función dc Ia
n oche.

w"',
Linci Lenana Insurgenle

I

r8i

—Pero, chico, a estas hot-as no aprenderás ya mucho.
me entero de la situación, tengo buen oIdo y... a propósito: Juan! Juan! pero dónde esti ese muchacho que no viene.
Juan!
Juan es Ufl galopin que sirve de mozo 6 mandadero al actor: Juan
Ilega al fin despus de clue ban corrido la voz del galán, cuantos
andan por c-I escenario.
—Pero rnuchacho,—le dice,—estará de Dios que nunca te
encuentre cuando te necesite? ye a Ilamarme al Sr. Garcia.
Garcia es ci primer apunte: acude y el galán Ic dice:
—Oye, Garcia, cuidado con mi primera escena con la dama: Icvanta en ella la voz cuanto puedas, y sobre todo, habla claro, porque siempre que me apuntas parece que comes papas y te quemas.
—Bien está, D. Bartolomé.
—Ya vamos a empezar?
— iQ uC! si aun no está puesta la escena.
—:Cdnio?
—Si: ci Sr. Amador no quiere ci sofa quo Ic ha puesto ci
Inaqu in I sta.
—Con permiso, sefiores,—dice éste que es un hombre en mangas
de carnisa con un rnartilio a la cintura y una bolsa de cuero liena
de clavos.
— Que quieres?—pregunta ci gaián.
—Que ci Sr. Amador quiere que pongamos este sofzt en lugar
del que estaba ya en la escena.
— jEste sofa para un saidn regio!
— Asi lo quiere ci Sr. Arnador.
— Pucs due de mi parte que se conoce que ha visitado pocos
paiacjos
— ;Pero inc lievo ó no ci sofa?
LiCvalo, hombre, liévalo, pero sensible es que un Director
Co tneta tales anacronismos. 1Ah! juro a ustedes que para la tempo.
rada que viene primero inc muero de harnbre que volverre a sujetar
a la d ireccjdn de An-tador. Aquf seatrevei-i Ci i ser primer actor:
Yo forino compania, ni para mi segundo habria de tomarle.
-Vamos, hombre, no di-as eso: Amador no se avergonzaria do
Prese ntarse en los teatros de Parma, Nápoies y Burdeos.
esos puede, pero que vava a Madrid y veri lo quc es bueno.

S

/-/it:recos

'1c'x, ifl

—No digas eso, hombre, sicrnprc estáis como perro.s y gatos.
—Hombre isi me qucrris tti ensefiar ml oñcio? Sihete quejuntos
hemos sido partes de por niedio y que sóo su os3dIa le ha heclio
primer actor.
—Pero el püblico le aplaude.
—El pb1ico es un animal, hombre, y lo rnisrno ciiticnd él de
artc que yo de ser obispo.
—Pues cuando a ti te aplaude no dices eso.
—Mira, chico, cuando a rnI me aplaude ci pühlico Cs porque echo
el alma en ml papel y me Ic impongo; quc no en balde ilevo dicz
afios de quemarme las cejas estudiando.
La campanilia de prevencián puso trmino a este incidente que,
cranlo ustedes, iba a tornar mal camino, pues basta no estar de
acuerdo con un actor que critica a un compañero suyo, para quc
estos hijos del arte le despachen a uno en hora mala.
XVIII
A su debido tiempo ci encargado de dirigir la voz al püblico
salió a anunciarle que ingresaban de nuevo a la companIa dos de
sus actores de segundo orden.
Estos actores no tenIan de notable otra cosa que haber sido
reclucidos a prisión dias antes por sus opiniones favorables ;i los
insurgentes.
Nada que ics perjudicase resultó de su causa y Ia Junta de
seguridad los declard libres.
Con tan fütil pretexto los revolucionarios tcóricos, que han sido
después liarnados ojalateros pot ci vulgo, formaron base para una
especie de püblica manifestación, y al anunciarse su vuelt: i Ia
companIa, tres nutridos y prolongados aplausos resonaron en la
sala.
Los españoles y europeos pretendieron imponer silencio, y entre
sus ceceos y alguna que otra Voz mal sonante, Jos aplausos voivkrOfl
otras veces a repetirse.
Aquello pudiera haber concluIdo mal si no se Ic hubiere oc urridol
zt uno de los espectadores ianzar un cViva ci Rev.
Nadie se atrevió a dejar de contestar el viva, y los europeos sciI

Mr.
L7,:a

Verigania 1nsurgnte

1183

tranquilizaron con esta contranianifestación y ci espectáculo concluyó sin otro inciclente.
El del teatro fué, sin embargo, bastante significativo para quc ci
virrey no buscase ocasión de contrarrcstar su efecto.
Sc la ofreció excelente ci clero secular, cuyos individuos en
nümcro de ciento diez presentaron al cabildo una representación
reciamando su protección en favor de la inmunidad conculcada por
el bando de 25 de Junio.
Apenas Venegas tuvo noticia de ello, ofició al cabildo pidiéndole la rcprcsentación, y éstc se Ia rcmitió con ci parecer del promotor fiscal Dr. Sanchez, quien la caliFicaba de asonada antipatriótica. AsI lo confirmó ci Real Acuerdo dictando la prisidn del autor
del escrito v ordenando se liamase a los firmantcs ante Ia Junta de
Seguridad para que en su presencia raticasen sus firmas: retractáronlas quince de ellos y hechas averiguaciones se supo haber sido
escrito ci papel por ci Lic. D. Bernardo Gonzalez Angulo, ascsor
de artilleria, con la sola colaboracidn de otro Lic. Villalpanclo: éste
fué reducido a prisión y aquél, avisado a tiernpo, tuvo lugar de
ocultarse y no pudo ser habido. El resto de los firmantes protestó
ante La Junta de Seguridad su sana intención, y aun ci Dr. Medrano,
cura de San Miguel, se comprometió a redactar una contrarrepresentación que no liegó a iegalizarse por haber exigido el oidor I3atailer,
presidente de la Junta, que se hiciera constar en ella un juramento
de odio contra ci Sr. Morelos, lo cual con justicia se estimó que
nada tenia que ver con ci asunto. Salieron entonces varios papeics,
y hasta tomos en cuarto, contra y en favor de los reclamantes, y
acabó ci asunto como tantos eritre nosotros, por caer en ci olvido.
D. Ciriaco del Llano, después de haberse apoderado, como ya
dije, de Orjzaba y derrotado en Aculcingo 1 varias partidas quc
quisieron oponérsele, entró ci dIa 5 en Mexico con un convoy de
varios efectos, entre ellos tabaco y papel para Ia fábrica de Mexico,
d onde hacia tiempo escaseaba.
Con la liegada de Llano cayeron por su base los alarmantes
ru mores que corrjan con motivo de hacer en aquclia fecha casi tres
meses que sc carecfa de noticias de Veracruz: segün estos rumores,
t odas las poblaciones del camino de la capital al primer puerto,
habian cafdo en poder de los insurgentes y unIdoseies en aigunas
los espanoles haciendo causa comdfl contra ci virrey.
-

1 184

Episodios Históricos Mexicanos

No era esto verdad, Pero silo fu6 que el tunes 13 de Julio lkgó
ante los rnuros de Huajapan el Sr. D. José Maria Morelos.
El coronet D. Vaierio Trujano haiiábase en ella en ci mayor
aprieto, y tanto que, desesperado de todo hurnano auxilio, hacIa
en aquellos momentos una novena at Senor de los Corazoncs,
iniagen que se veneraba en la parroquia del lugar.
En cuanto Trujano, dos dIas antes del 13, rccibió el aviso por
rneclio del siempre fiel indio Noyó, quc una vez más burl6 a los
sitiadores y penetró en la plaza, se entregó at más grande regocijo,
celebrando la plausible nueva con salvas, müsicas y repiques.
Régulcs, que estas senates vió desde su campo, crevó oportuno
celebrar una junta de guerra, en la que propuso levantar ci sitio, a
to que Caldelas, bizarro oficial espartol, respondio llarnándole
cobarde é invocando ci patriotisrno de los demás jefes.
Al siguiente dIa atacd en su canipo a los reaiistas D. Miguel
Brabo, Pero fué por ellos rechazado y aun perdiô dos cañones,
Pero ci susodicho 13, ci gran caudillo cayó corno una tempestad
sobre ellos, a la vez que Trujano hacIa una vigorosa salida: los
insurgentes obtuvieron un completo triunfo, cayendo en su poder
toda la artillerla enemiga, armamento y pertrechos, haciendo ciento
sesenta prisioncros.
Régulcs huyd cobardernente a los primeros tiros, y ci valiente
Caldeias murió como un hcroe atravesado a lanzadas y gritando
mientras tuvo voz Vivas ii Espana.
Tal fu la violencia con que Rcigules hula, que ni tiempo tuvo de
'cr cruzada en su camino una rarna de árbol y contra ella se dió
un terrible golpe y vino a tierra arrojando sangre por la bcca, en
cuya situación Ic encontró un soldado que en ancas de su caballo
Ic puso en salvo conducjéndoie a Yanhuitlan.
Muititud de otras pequcias acciones parciales habian tenido
lugar también en aquella segunda quincena de Julio; Pero todas
ellas fueron tan insignificantes que no rnerecen casi ser citadas.
Algo dire, no obstante, dc Garcia Conde, que ci dia 28 dc Jun10
salió de Mexico con un convoy para ci interior.
Dare a mis lectores una idea de to que eran los convoves de
aquel tiempo: ci que Garcia Conde conducia estaba compuesto de
cinco mll cuatrocjentos treinta tcrcios de efectos de la Real 1-13cienda; seis mil doscientos setenta y dos de particulares; setenta Y

W,

k

I

-

-'

/
I

i
:

$-'
- /
- -

-.
'

L

./

-

-

-

1

TAI. FUt LA VIOLENCIA CON QUE RGULES HLIA...

TOMO 1

149

LJnj Vengallia: insulgente

I 187

nueve coches con pasajeros, lievando seiscientas treinta y dos mulas de remuda y con equipajes: ciento treinta asnos cargados y cmco mil novecientos veinte personas entre tropa, arrieros y pasajeros: ci convoy tardó en salir dc Mexico siete dias y ocupaba en ci
camninO una extension de cuatro leguas.
La marcha del convoy fuC lenta, y la estaciOn de aguas, entonces en toda su fucrza, aumcntO extraordinari amen te los obstãculos
del carnino.
Conforme Garcia Conde fué avanzando hacia ci teatro de sus
recientes triunfos sobre Aivino Garcia, pudo irse entcrando dc quc
ci Bajio no disfrutaba ni la seguridad iii la iaz anunciadas por
Iturbide. Faltaba Alvino, era verdad, pero Ic rcemnplazaban Cicto,
Carnacho, Saimerón y otros, y a más habIaseles unido, en representacioii de la Junta, ci miemnbro de ella Liceaga, acompafiado
del Dr. Cos y del antiguo secrctario de la misma D. Remigio
Varza.
Desde Qucrétaro a donde con dfficultad licgó Garcia Conde, sahO destacado contra los insurgentes del Valle dc Santiago, don
Agustin Iturbide, quc entonces estaba dc fortuna, y no solo los
desbarató sino que en poco estuvo quc cayesen en sus manos Liceaga y ci Dr. Cos ci dIa 24 de Julio.
El mismo clIa D. Ciriaco del Llano, que habia salido de Puebla
ci 5, determinó salir de Jalapa en auxihio de Veracruz, quc se encontraba completamente cercada por los insurgentes, al grado de
que no habian podido salir de ella los batallones de infanterIa de
Castilla procedentes uno de Espana y de Campeche otro: antes
de pasar ci puerto tuvo Llano que saiir contra una pequena junta
rev olucionaria que varios jóvenes habIan formado en Naulingo, y
Sin gran trabajo la desbarató.
El jefe rcalista encontró minado ci puente de Plan del Rio con
catorce barrenos que no ilegaron a dispararse, y en ci del Rey tuvo
que desalojar a una partida, de un parapeto dctrás del cual se
gu arecia: habiendo hecho algunos prisioneros, mandO fusiiar cuatro de ehlos y col g ar sus cadáveres en los cuatro extrernos del
Puente.
El 29 acampó cmi Ia Hacienda de Santa Fe, viéndose molestado
i-fl todo ci camino por partidas voiants y se preparO i entrar ci 3o
Cfl Veracruz

ii 88

Episodios Hisldricos Mexicanos

En Ia tarde del 29 habIa tenido lugar en ci puerto un suceso doloroso que por su importancia merece capItulo aparte.
Ocupémonos, pues, de él.
XIX
Yo creo que no todos mis lectores habrán olvidado a D. José
Mariano de Michelena, que, siendo teniente del regimiento de infanterIa de Ia Corona, fué el primero en reducir a un plan formal
y realizable las ideas independientes que comeuzaron a surgir del
general descontento que reinaba en Nueva Espana por los años dc
mil ochocientos nueve a die-i.
Dc ello habld en ci segundo torno de mis EPISODIOS.
Fracasada aquella intentona, Michelena fué procesado y conducido a Veracruz y arrojado en un horrible calabozo del castillo de
San Juan de Ulüa.
Horrible sI, porque no solo era suhterráneo, sino también sithmarino como dice un autor, queriendo significar que Se hailaba
más bajo quc ci nivel de las aguas del mar.
A pesar de estar abierto en la roca, ]as filtraciones cran tan
grandes que ci pobre prisionero se vela obligado a no bajar nunca
de Ia tarima destinada a servirie de duro y miserable lecho.
Aquella hurnedad espantosa redujo su salud a un estado tal de
enfermedad, que los niisrnos carceleros encargados de su custodia
se movieron a compasión.
El gobernador de Ia fortaleza solicitO entonces del de la plaza
permiso para sacar de su calabozo a Michelena y aiojarle en la
habitaciOn de su ayudante bajo la estrecha responsabilidad de
éste.
Obttivose el permiso, y Michelena voivió i ver Ia iuz del dia y a
tener comunicación con las gentes, v su salud comenzO a reponerse.
Más desventurado que él, un sacerdote, D. Grcgorio Cornide,
acusado de hallarse en correspondencia con los insurgentes, fué
también conducido d San Juan de Ulüa y conduyO por perder ci
juiclo en su calabozo.
Michelena habIa sido un bravo oIicial, altamente simpático y

W."

Una Vengana Insurgenle

11 89

querido por sus compancros, y su desgracia le atrajo el cariño de
todos los militares de la guarnición, quo poco a poco fueron permitindole ser visitado por sus amigos y conocidos del Puerto.
DistinguIase entre ellos un joven en extrerrio arnable é instruIdo
Ilarnado D. Cayctano Perez, empicado en la contadurIa de la Real
Hacienda: .su carácter franco y honrado le habIa hecho popular en la
ciudad con cuyas principales personas mantenla estrechas reiaciones; sus amigos José Evaristo Molina, José Ignacio Murillo, BartolomC Flores, José Nicasio Arizrncndi y José Prudencio Silva, lo
eran tarnbidn de Michelena, y por ellos SUO dste ci curso quo habIa tornado la revolución, limitada on sus primeros tiempos al asesinato de cspanoles y despojo de sus intereses.
Dc otro niodo habIala conccbido Micheleña y asI hubo de decIrselo a sus amigos, y al explicarles sus primitivos planes, con tal
elocuencia lo hizo, que on aquel grupo de jóvenes surgió Ia idea
de la regeneración del aizarniento.
Todo fuC POCO a poco conccrtándose y vino a quedar deterrninado que on dIa fijo se apoderarIan del castillo, obligando a rendirse a
los buques de guerra anciados bajo los fuegos de Ia fortaleza, mientras quo Perez, con el resto do los conjurados, se harIa del muelle
Y los baluartes de la plaza.
Para esto era preciso ganarse la vountad del comandante de artillerfa D. Pedro No!asco Valdés, y el Cxito correspoiidió a los
afanes de aquellos osados jóvenes, porque ValdCs dió sü consentiIfliento
Esto consoguido, los conspiradores estimaron seguro su triunfo,
mt'dme cuando Mjchelena conocia a todos los ociaIes del tercer
batallón fijo, por haber sido él el encargado do organizarie.
Pero aquel era tiernpo do traiciones y una de ellas dió noticia de
la Cofl Spiración d ]as autoridades; D. Cayetano Perez fué reducido
a Prlsión y sornetido a un tribunal formado por los capitanes de
patriot, todos europeos: Perez y cinco de sus compañeros, Molina, Murillo, Flores, Arizrnendi y Silva fueron condenados a muertc ci tribunal presidido por ci brigadier Moreno Daos, recienternente Ilegado de Espana.
La prisión dc perez tuvo lugar el miércoles 18 do Marzo
de 1812
Vindos0 perdidos Perez y su camaradas tuvieron el heroismo

I1

9 0

Episodio l-z',stcrzc>

de no corn prar con sus delaciones ci rnejoramiento de su sucrte, y
solo Molina acusó de complicidad a Michelena; no fuá esto lo bastante para probarlo, y Michelena salvo la vida, Si bieri se Ic desterrO zi Espafla con otros presuntos reos, haciéndole salir an uno de
los buques surtos an la bahIa.
Con toda oportunidad se recihió an Veracruz ci indulto otorgado por las Cortes espanolas a todos los reos de infidencia on los
dorninios de Espana, y la infcliz macire de Perez quiso haceric Vaicr an favor de su hijo, y obtuvo que la ejecuciOn se suspendiese
continuando los reos an prisiOn y cargados de grubs.
Pero ci rnariscal Urrutia, gobernador de la plaza, se viO obligado zi salir de Veracruz para ir zi ocupar su alto puesto de capitdn
general dc la isia de Santo Domingo, cuyo nombramicnto acababa
de recibir, y entró zi sustituiric ci coronel D. Juan Maria Soto,
hombre pusilzinirne y falto de toda energia.
A Cl acudieron los espafioles, que sin piedad alguna y con barbaro rencor, querlan dorninar la rebeliOn con sangrientos espec
tzicubos: exigiendo y arncnazando, lograron de Soto que these Ia
orden fatal, y asI mismo Se lo dijo al herniario de Perez derrarnando indignas y cohardes izigrirnas.
En consecuencia,en Ia tarde del 29 Julio fueron pasados p' ]as
armas PCrez, Molina, Muriblo, Flores, Arizrnendi y Silva, primeras vfctimas de la independencia mexicana sacriflcadas an Veracruz.
Llano entro an Veracruz at dIa siguiente y tuvo muy zi mal que
no se le hubiera esperado para resolver sobre la suerte de aquelIOS
i1)feliCes, cuya ejecuciOn consideró tan sanguinaria conio inttil Y
contraproducente.
Pero ya no habIa remedio, y otras graves atenciones reclamaban
su solicitud: era la principal de ellas la qua Ic cxigia la salvaciOU
de Jos soldados espanoles del regimiento de Castilla, quo no habiendo podido, aunque lo intentO, salir de Veracruz, habIa queda
do reducido a la mitad de sus plazas a consccuencia del v6rnit0
que an ellos habIase cebado.
FuC, pucs, su primer cuidado, hacerlos salir inrnediatamentC
para Jalapa, con cuyo fin les proveyó do Jos bagajes indispensabe5
el cornerciante de Veracruz D. Juan Bautista Lobo.
Creyó Garcia Conde, zi quien dejarnos on QuerCtaro con su COP

_W`17
Una i/cngaua 1,zsurgenlc

119

voy, que gracias al triunfo de Iturbide sobre las fucizas de CaniaValle y
de Santiago,
podrIa continuar
cho, Salrnerón
Liceaga
en
sin peligro su marcha, pero ci dia 7 de Agosto en ci punto de Baltierrilla, a la entrada de Salamanca, fud vivamente atacado y perdió cuatrocientaS mulas con efectos, y tuvo gran nümero de her]'*
dos y muertos.
Terminado con ci oportuno y feliz auxilio del Sr. Morelos, ci
sitio de Huajuapan, quc habla durado ciento once dIas, permaneció en la población hasta principios de Agosto, ocupándose en organizar sus fuerzas y dat aplicación al botin que hizo con la derrota de los realistas, consistente en catorce cafiones, niás de mu
fusiles, mucho parque y cantidad de vIvcres y algt.in dinero.
Alli organizó tanibién con los delensores de Huajuapan Un regimiento que llamó de cSan Lorenzo', porque habian estado ex
puestos al fuego pot todos lados, y nombró su coronel al heroico
D. Valerio Trujano.
Hecho esto, v dejando para más tarde la toma de Oaxaca que su
Victoria en Huajuapan Ic facilitaba extraordinariame1te, saiió CO1
todo su ejrcito para Tehuacan de las Granadas, donde entró enmedio de vitorcs y aciamaciones ci d,a io de Agosto.
Volvió a ver allá a su valiente amigo D. Mariano Matamoros,
que se le presento a dade cuenta de sus triunfos en las inmediaciones de la hacienda de Santa Clara y después en Izdcar. Hizo también desfilar ante su general su terrible regimiento de San Pedro,
cuya bandera estaba formada por un gran pano negro con una
cruz roja y un letrero que decIa: dnmunidad religiosa todo ello
a.lusivo al bando del virrey, de 25 de Junio, que desaforaba a los
eclesidsticos que tomasen parte en Ia revoiución.
Con Matamoros estaban D. Manuel Terdn y ci Lic. D. Juan
Ne pornuceno Rosains, a quien el Sr. Morcios norubro auditor de
guerra.
Rosains, del cual a su tierfll)O clijinios que Li dia de Abril Sc
habla lanzado a Ia revolución por sugestiOfles del cura de San
Salvador D José Rafael Tarelo, estuvo a punto de perecer a maflOg de éste, que era, a pesar de los hábitos, un desalmado bandido.
El SUCCSO fud que terneroso mds que otro alguno ci padre Tarelo, de no poder hacer frentc a las tropas que en su persecución
habfan salido de Puebla, escribió a! obis p o Carnpillo, pidiendo
LL

I 192

Episodios Históricos Mexican as

por su mediación su indulto y at de otro cura su compafiero ha- 1
rnado Amador.
Sabido esto por la gentc de armas y temicudo qua sc pretendiese venderla, otros dos bandidos, Machorro y el franciscano IbargUen, se echaron sobre Rosains y D. Rafael Arguelles, rico comer.
dante de Orizaba, y poniendo an prisión at padre Tarelo, dispusieron qua Rosains y ArgUehles fueran fusilados: aqucllos tres
hombres defendironse con tal desesperación qua hiricron a Machorro y pusieron an fuga at franciscano Ibarguen, pero Tarelo se
volvió contra Rosains y Sc apoderó de 61 y he entregó a Arroyo,
qua mandó dare la muerte an Tepeaca, salvando su vida gracias a
los ruegos é influencias de algunos vecinos, pero quedando an pnisión y con grubs an los pies.
La hacienda de la Rinconada, propiedad de Rosains, fué atacada
y destruida por los bandidos, y la familia del hicenciado estuvo a
punto de haber sido bárbaramente sacriticada.
La vIspera de qua Arroyo fuese desalojado de Tepeaca at 30 de
Mayo, por las tropas de Llano, Rosains con los brazos amarrados
a la espalda y at cuidado de un band ido ilamado cEl Ben dito, fu
encerrado en un calabozo an la hacienda de San Jerónimo y conducido después a Tepeji, alhi permancció treinta y dos dIas antre
la vida y la muerte, hasta qua an virtud de una orden de Morelos
se Ic puso en hibertad qua él aprovechd para presentarse a Matamoros an Izücar.
Aquellos miserables bandidos que, campeando por su cuenta y
consagrados tan solo at crimen, ci robo v at asesinato, nada ni nadie reconocIan, to rnismo cebaban su in fame saña an los realistas
qua an los insurgentes.
Matamoros comisionO i Rosains an Izcar para qua con fuerzas competentes persiguiera a los ladrones y bandidos qua desacreditaban Ia.causa nacional, y esto he proporciono ocasiOn de tomar
cumplida venganza del padre Tarelo.
xx
Fatalmente empujado por las circunstancias a levantarse contra
ha adniinistración espanola, D. Bernando Gutiérrez de Lara, vecjfl

Lhza ienga:a Insurg:ite

1 19-3

de la aldea de Revilla en las orillas del Rio Bravo, tuvo el triste
privilegio de ser ci primer niexicano que dió pretexto a Jos disgustos y reclamaciones quo más tarde habIan de poner en manos de
la absorbente .repüblica de los Estados Unidos la mitad del terntorio nacional.
Lara huyó del lugar de su residencia on Ia provincia de Nuevo
Santander, hoy Tamaulipas, cuand en Junio de mil ochocientos
once la ocupó y pacificó ci coniandante realista Arredondo.
Habiendo pasado a los Estados Unidos, solicitó Lara auxilios
de aquel gobierno, quo amplios se ies ofreció, con Ia condición de
quo las provincias on quo lograra estabiccerse reconociesen su protectorado. Lana rechazó indignado tat propuesta, pero soiicitó ci
auxilio de un huen nümero de aventureros, casi quinientos, V COfl
ellos invadió ci territorio de su patria, apoderándose ci niartes ii de
Agosto de 1812 de la villa de Nacodoches, que encontró abandonada; pero 110 deben-ios por ahora ocuparnos de este asunto que solo
he querido ilacer cons-tar se-On la fecha quo Ic corresponde on ci
orden cronologico de los suceso.
Fu6 notable ci dIa 13 de Agosto de aquel año por haberse clejado
de celebrar en 61 por prirnera vez on un perlodo de doscientos noyenta y un años, la tradicional fiesta ópasea del pendón, con cuva
Cerernonia se conmemoraba quo ci 13 de Agosto de mil quinientos
veintiuno, dIa de San Hipóiito, patrono de la ciudad, habiase apoderado de ella ci ejrcito at mando de Hcrnán Cortés.
Este paseo se suprimiO por decreto de las Cortes espanoias fecha
7 de Enerode mil ochocientosdoce, con elfin, segIn dicho decreto,
'de hacer dcsaparecer todo acto de inferioridad on ]as provincias
de Ultraniar quo pudiera considerarse como monumento del antiguo sisterna de conquista y de coIonias.
Consistia principalmente esta ccremonia en quo en Ia vispera
del dIa 13, por convite previo del a yuntarniento se reunIa on ]as
Casas Municipales cuanto de noble y principal on personas encer raba la ciudad, y con ci nendOn real, que era una bandera dz seda
Con las armas de Esaafia bordadas con oro, iban los regidores i
buscar at virrev y se encaminaban todos a la iglesia de San HipOCii Ia que se celcbraba una funciOn religiosa. El ayuntamiento
rc*galaba en esta ocasión at virrey y a los oid ores u sombrero unos
g uan 5 nueos v todo terminaba Con un abundante refresco.
Tojo i

lO

I 94

Episodios !-IisI)ricos .Wex

IC.7?IO5

Pero volvamos al Sr. Morelos, quien situado en Tehuacan arnenazaba desde aquella posición, que el haberia tornado revelaba un
grande instinto militar, las ciudades de Oaxaca y Orizaba y e1
camino de Veracruz.
Uno de sus nurnerosos espIas puso en su conocimiento que Divila,
gobernador de aquel puerto, habia hecho salir de éi a D. Juan Laba.
qui con objeto de conducir a Mexico una gran cantidad de corres.
pondencia de Espafia aliI detenida dcsde hacIa xnuchos nieses, y
de llcvar a su re greso
,
cicrtos vIveres y efectos que escaseaban por
la interceptacion casi absoluta del carnino.
No era militar de profesión D. Juan Labaqui, pero habIase acostumbrado i los combates luchando por su patx-ia, corno un leon,
contra los franceses, en las gloriosas campafias de mil setecientosnoventa y tres: hailándose en Veracruz fué nombrado capitán de
una compafiIa de tiradores de patriotas voluntarios, y nunca dcjó
de distinguirse conio hombre valiente y decidido, y siernpre fuC
clechado de patriotismo y honradez. Ddvil g puso a ]as ordenes de
Labaqui trcscientos infantes del batailón de Campeche, sescnta
caballos y tres cañones ligeros.
Con tan reducida fuerza salió de Veracruz y hasta Ilegar zi Onzaba tuvo diversos encuentros con los insurgentes quedando en
todos vencedor: paso sin dificuitad las cumbres de Aculcingo y se
detuvo para dar descanso a sus fatigadas tropas en ci pueblo de
San Agustin del Pairnar.
Las más distinguidas figuras del partido insurgente se hallaban
con el Sr. Morelos en Tehuacan, y entre todos distingulase por su
juventud y arrogante presencia ci simpatico caudillo mexicano
D. Nicolás Bravo.
Solo él parecia triste y meditahundo en aquella reunion do hombres notables.
Todos cornprendian y respetaban Ia causa de su dolor.
D. Leonardo Bravo era su padre y sobre su cabeza estaba -sus
pendida una sentencia de muerte, que aun no habia sido ejecutada
por ci Gobierno virreinal, con la esperanza de que D. Nicolás acep
tase ci induito quc se Ic tenIa ofrecido.
D. JosC Maria. Morelos le habIa autorizado para todo, aun para
aceptar ci indulto, si sOlo este medio era capaz de salvar la vida de
D. Leonardo.

ww"
Una k'nia,:a Insurgeitle

I

195

Nadie podia dudar, segin el ruismo dijo rnás adelantc, que
D. Nicolás estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para salvar
ia vida de su padre en su prisión, y más teniendo corno tenla per-

•,-,-•

:- •_•..

-

;

D.

co

de su general para hacerlo, pero dudaba de Ia buena fe del
virrey y esta duda y ci amor a su patria le hicieron desistir de liber .
-tarlOpoquendi.
FIabIa intentado otros?

Thiso

%

i

t96

Episodios His/dr icos Mcxica,,os

Nadie to sabIa, pero no puede dudarse que los intentó, porque en
aquefla alma grande y generosa se abrigaban todas ]as virtudes y n
podia faltarle la quc es un deber filial; ci amor d nuestros padres.
Nada consta, sin embargo: con nadie Se explayójamás sobre este
punto: fué hombre demasiado orgulloso en su dignidacl para haber
descendido nunca I dernostrar lo que nadie tampoco podia negarle,
que siempre cumplió con sus cleberes.
D. José Maria Morelos buscó entonces para él una distracción
digna del héroe; sabedor de Ia proximidad de Labaqui, designs a
D. Nicolás para quc fuese a atacarle.
D. Nicolas aceptó este honor con marcadas muestras de reconocimiento, y ponidndose al frente dc la fuerza que se le designó y
acompanándole D. Pablo Galeana y D. Ramón Sesma, saud de
Tehuacan a las nueve de Ia noche del iS de Agosto.
Más de uno dc Jos soldados quc Ic veian satir, se cuenta que
derramaban lágrimas como si ya no hubieran de volver a verle.
El general preguntd a alguno Ia causa de sus lágrimas y se refiere
tambidu que ci soldado contcstd:
—jTemo, mi general, quc D. NicolzIs vaya a hacerse matar pot
Labaqui!
Toda aquella noche caminarori los irisurgentes sin darse un punto
de reposo, y a las once de Ia mañana del dia 19, sus fuerzas se
avistaron con Jos realistas, quc sin tiernpo para más, pues el ataque
comcnzó inmediatarnente, se fortfficaron en tres casas de Ia calie
principal de San Agustin: una reserva de las fuerzas indepcndicntes
se apoderó del cerro del Calvario y otra tomó ]as casas contivas
a las ocupadas por Labaqui: éste se vio al fin reducido a una sola
y en ella se sostuvo hasta ci dIa siguiente, en que las tropas de
Bravo cargaron con violencia al arma blanca y sin amendrantarse
por los clisparos de un cañon situado en ci zaguán de la casa con
tanto heroismo defend ida por los realistas: la resistencia cri ya
irnposible, pero Labaqui no desrnayaba, y al salir a dar ci cjernplo
a sus soidados que iban retrocediendo, el capitán insurgente Patina,
jefe de los negros costeños, Ic dividid en dos partesiacabeza: vkndo
su muerte, los realistas se rindieron a discreción, quedando en
de Bravo tres cafloncs, trescientos fusiles, la correspondencia sacada
del Puerto y doscientos prisioneros que envió con una escolta a
provincia dc \Teracruz

Una Vcngaua lnsurgeule

1197

D. Nicolis volvió a Tehuacan a presentar t Morelos la espada
del horoico Labaqui y ci caudillo Ic hizo salir inmcdiatarnente
para la provincia de Veracruz, nornbrándoio general en jefe do
todas las fucrzas de aquel rumbo: tambitTh Ic duo en aquella cntrevista quo iba a dirigir un oficio al virrey proponiéndolc ci cange do
ochocientos prisioneros espafioles por Ia vida de D. Leonardo, lo
cual no dudaba que seria aclmitido.
Bien distante cstaba ci virrey do irnaginarse que tal dcscaiabro
hubiesen sufrido sus fuerzas, de ]as cuales id un solo soldado escapó quo pudiese haber dado la noticia. Otros y no pequenbs cuidados le desvelabari: ci tesoro habIa sido agotado en tan larga y
destructora iucha civil, y con ci fin de arhitrarso recursos, se colebraron bajo la presiclencia del mismo Venegas y en los dIas 19 y
21, dos juntas do Hacienda, en la segunda de las cuales so resolvió
quo se gravasen con un nuevo impuesto todos los efectos de prirnera necesidad sin cxceptuar los anteriormonte airnaconados, decrctándose otras semejantes medidas, todas vejatorias, pero que sin
embargo fueron preferidas a Ia quo propusieron los conierciantes,
reducida a hacer un descuento de una tcrcera parte en los sueldos
de los empleados dc Ia administración.
Tanto se han conservado los abusos de esta cspecie en nuestro
pat:;, que al hacer referenda a los do aquel tienipo sOlo parece que
cscribjri i os la hjstoria do la 6poca presentc.
En los Llanos de Apain puiuiaban do un moclo oxtraordinario
las partidas insurgentes que puditrarnos Ilarnar inclepcndicntcs:
una de clias, de la cual ni ci nornbrc de su jefe se supo, so accrcó
el dia 23 a Atotonilco ci Grande que los patriotas do Liorente
defendfaii, y no pudiendo apoderarse do la población so retirarOfl
pre ndiendo fuego a los suburbios.
D. Ignacio Rayon se habIa traslaciado segOn lo convonido en
la tiltrna reuni6n de la Junta do Sultepec, a su patria Tialpujahua;
bien secundado aIR pot sus hermanos D. Ramón, D. Rafael, don
Jose Maria y D. Francisco se ocu pO en hacorse de armaniento, en
or anIzar fuorzas, en fundir artillerIa y en fortificar los cerros del
Gallo y de Nadó, trabajándose especialmente en estas ültirnas
O bras con acierto y actividad.
El dia 26 de Agosto D. Ignacio saliO de Tlalpujahua con dirccción a Huichapan con objeto do toner algunas conferencias con

I

1 198

Episodios Histo yicos Mt'xicanos

los Viflagranes, de cuya adhesion a la causa de la independencia
tcnIa sin duda rnás de Un motivo que justilicase su desconulanza.
xx'
En camino para Huichapan y en Ia hacienda de Tepusteec
fueron entrcgados a D. Ignacio unos cien prisioneros hechos por
su herniano D. RamOn en un paraje Ilamado ci Salitre y en Jerecuaro ci dIa 2 de Septiembre.
Entre estos prisioneros se encontraban dos espafioles y ci COmandante realista D. José Mariano Ferrer, hermano del Lic. don
Antonio, autor y jefe de Ia conspiración del 3 de Agosto de IS ii
contra Venegas.
Este D. José Mariano, lejos de haber opinado nunca como su
herrnano, fué Un cruel perseguidor de insurgentes y tenfa aterradas
a ]as gentes de los airededores de JerOcuaro y aun de Marabato
pot su scveridad y sangrientos castigos.
D. Ignacio juzgó oportuno quitarle de en niedio, y ci dIa 4 de
Septiernbre hizo fusilar a Ferrer, zt los dos espanoles y a otros cinco
soldados más, incorporando a sus fuerzas ci resto de los prision eros.
El rnismo dia 5 de Septiembre en que ci capitan D. Manuel Pardo
rechazaba a los insurgentes quc hablan tenido ci atrevimiento
de atacarle en ci Pueblo de Apam, entrO en Mexico tin convoy
sacado por Llano de Veracruz, conduciendo cuarenta y dos cajones de correspondencia de Espana, papel para Ia fibrica de cigarros, y varios efectos de particulares: Olazabal se Ic unió en
Perote con los piquetes de tropas espafiolas que allI habIan quedado y habiendo sabido que en ci Carmen habian sido interccptadas
sus comunicaciones al virrey, mandó quemar ci pueblo para que no
volviese a servir de abrigo a los insurgentes.
Abiertos los cuarenta y dos cajones de correspondencia, en uflO
de ellos se encontrO y fué entregada al vi rrey ci dIa 6, la nueva Cobs
titución espafiola y la orden para que en Mexico fuese publicada.
Como sea que dicha Constitución habrá de ocuparnos mu e
tensarnente en ci tomo que seguirá al que recorriendo están mis
lectores, dejarernos por ahora este asunto que no será en verdad

(.]na iengan:a Ins:irgcntc

1199.

de los menos curiosos y provistos de incidentes dignos de especial
mención.
Nada violcnto hay en esta determinación pues el suceso revestla
tan nuevos y graves caracteres i iba a ofrecer su aplicación tantos
obstácuios, que Venegas resolvió ocuitar su recibo rnientras tanto
conu1taba con ci Real Acuerdo Ia manera y forma de hacer la Pu.
biicación, sin riesgo de lanzar a la Nueva España en mayores dificultades y trastornos.
Por estos mismos dias, Cs ciccir, el 9 de Septiembre, D. Agustin
Iturbide daba comienzo a una feiiz campaia contra las tropas del
Dr. Liceaga, miembro de la antigua junta de Zitácuaro y general
en jefc de las fuerzas insurgentes de las provincias del Norte.
Vistas las diuicultades que para ejercer su cargo de vicario castrense habia encontrado ci Dr. Cos, Liceaga le nombró en cornpcnsadon su segundo en ci ruando de la provincia de Guanajuato y ci
doctor estahkció su cuartel general y centro de operaciones en
el pueblo de Dolores.
Liceaga, que sin duda no se consideraba apto lara combatir a
campo raso, Se retiró a Ja launa de Yurira en cuyo centro hay
islotes_ci ma y or de Is cuales mide unas mil varas de circunferencia.
Liceaga los unió por medio de una caizada de trcs varas do ancho, cercándoio todo con un murallón de picdra de dos varas de
altura, circundado por un foso y estacada entretejida con espinos.
Segin los partes de Iturbide, de quien toda csta descripciOn
Cstá tomada, defendlan ci islote mayor setenta y un merlones y seSenta v cuatro ci menor.
Deritro del recinto fortificado hizo Liceaga construir varias gaicras Para fundición de canones, fábrica de póivora y acuñación
de rnoneda, y con la tropa que estimd neceSaria se situó en ella
dándole ci nombre de Isla Liceaga.
Serias dificultades ofrecia ci ataque de tal isla, por más quo no
fuese inexpugnable como segün parece creyó su fundador, y con
ci fin de hacerlas menores dispuso Iturbide lirnpiar de insurgentes
las orillas de la laguna a cuya operación Ic dejaremos pOr ahora
entregado.
El Sr. Morelos se ocupaba mientras tanto en Tehuacan en tomar acertadas disposicioncs de buen gobierno, distribución do troPas y ascensos de su oflciaiidad, y he aqul como curioso documento

1200

Ep:oios Ij.s1(;riCoS iyicx;:o

la carta que en 12 de Septiembre de aquel aflo dirigio a D. Ignacio
Rayon corno presidente de la Junta:
(Porque ]as vicisitudes de la guerra son varias y mi scgund
ci brigadier D. Leonardo Bravo estI en Mexico, he nombrado mariscal at Lic. D. Mariano Matamoros, cura de Janteteico, por ci
mCrito que en este aflo ha contraido organizanclo una brigada en
Izücar y defendiendo aquella plaza, a mIs de lo que trabajó en
Cuautiâ y otros, a que se agrega su talento y letras: por cuyo motivo lo he dado a reconocer por mi segundo, y a quien dcherán
ocurrir todos y en todo lo de mi cargo en mi failecimiento ó
prisión quad absit.
Hace pocos dIas que lo he nombrado brigadier de la sexta brigada que en Izücar cstá acabando de organizar y completar; perO
su niCrito y aptitud exige este Ciltimo grado en las presentcs circunstancias, pues aunque ci brigadier de la primera brigacia don
Hermenegildo Galcana, ha trabajado más y Cs de más valor, pero
Ic faita aquella aptitud literaria que recompensa en ci otro ci menos trabajo personal.
Sin embargo, ci expresado Galeana, por su valor, trabaj - beHas circunstancias, es acreedor al grado de mriscal, y por lo mismo se lo he conferido en recompensa de sus fatigas y lara cornponcr ci juicio de los hombres y prohibir una dispersiOn ó desavenencia en caso fortuito.
El dIa 13 de Septiembre D. Ignacio RayOn hizo su entrada LII
Huichapan, y del siguiente modo la describe su secretario en diario que lievaba de Ia marcha:
-zConcurrió a su entrada un gentIo nurneroso, y tanto la tropa
como ci vecindario de aquella población benemCrita demostrarofl
las virtudes que caracteizan a un pueblo amante hasta ci extrrn0
de sus legItimas autoridades y aitamente poscIdo del anior rns rcspetuoso hacia Ia digna persona de S. E., quien recihió con -ufl1O
interés estas pruebas realizadas de subordinaciOn y fidelidad.
XXII
Recuerdo bien Ia pintura que s2 me hizo de Ia indignaciOn general con que SC SUPO en Mexico la muerte de Labaqui y tota l de
rrota de su pequena divisiOn.

1 201

Una Vengana insurgenis

—Ahi ticncn ustedes lo qua son los insurgentes, — so repetia an
todos los circulos.
.—Gentcs sin fc ni considcración hacia nadic.
—Justo; ni zi ellos mismos.
—Pcro se sabe de un modo positivo qua D. Nicolás Bravo
mandase ci cuerpo qua sorprcnclio i Labaqui?
—No cabe lugar a duda.
—;Pero cómo no se ha sabido cosa aiguna hasta hoy?
—Porque ni tin solo realista pudo saivarsc.
—; Cómo? ;murieron todos?
—I'arccc, scgcm se dice, qua murieron cuarenta 6 cincuenta,
pero at resto fué hecho prisionero.
—Si, y cnviado con Lisa escoita a la provincia dc Veracruz, qua
es, segdn parcce, la localidad an quc operarzi D. Nicolás.
—Vaya usted a saber qu6 prctcndcrá haccr con cilos.
—Conservarlos an rchcnes rnicntras se decide la rnuerte dc don
Leonardo Bravo.
—Como qua Sc ha rccibido un oficio de Morelos, ofrccicndo al
virey ochocicntos prisioncros espafloics por la vida de D. Leonardo.
—I-lace mal ci virey an haccr formal a Morelos.
—Por qué?
—l'orquc Morcios no cumplira SU palal)ra.
—liombre, eso quién sabe; no hay razón para sospechar...
—Si la hay; desengáñese usted.
—Crco qua Ic cicga a usted la pasión.
—jQué pasion ni qué ceguedaci he do tenet yo!
—Rcpito quc...
—Pero hombre, c-I apasionado y ci ciego as usted. Los insurgentes carecen de todo noble sentimiento, Sc han propuesto extcrmiflarnos a todos los espafloles, y si la fatalidad les ayuda, no quedar emos ninguno con vida.
T--D. Nicolas e, no obstante, un alma noble y grande.
—Mucho que si; tan noble y tan grande, qua por no dc-jar de
Inangonear y darsc ci gusto de quc Ic Haman general, cxceiencia y
sabe Dios cuantas cosas más, sacrifica a su padre.
as imposibie.
—Iruposibie, eh? Pues, amigo info, todo el mundo sabc quo ci
TOMO I

T3

1 U 2

Episodio /-/iskricos Mexicano

virey ha ofrecido a D. Leonardo su vida y la de todos sus hernianos si D. Nicolás deja la revolucián y so presenta en Mxico. Don
Leonardo cstá en poder dc los realistas desde ci dia 5 dc Mayo, nos
hallamos casi a rncdiados de Septiembrc, y su hijo no se ha dccidido aün a presentarse.
—I-lay, sin embargo, quien diga quo I). Nicohis ha cstado on
Mclxico no hace muchos dias.
—Eso es un cuento, un cuento nada rnás.
—Seri cuento, pero afirman que estuvo a punto de sacar de su
prisión i D. Leonardo.
—Eso diccn, yo Jo he oldo también; perO ci hecho es quo no
hay persona aiguna que tenga más 6 nienos quo vei con ci gobicrno, que no Jo niegue rotundamcntc.
—Va, pero no cabe duda qu .e en la noche que se supone fuá la
del suceso, varios soldados de la guardia dc la c;.ircel fueron mucrtos, quedando otros heridos.
—Pero tanipoco cabe duda, amigo mb, en quo de la suniaria
que se les formó ha resultado quo aqucila dcsgracia fu6 producida
por una disputa insigniticarite.
—Eso se cuenta.
—Lo que aqui hay es quo los partidarios de Ia rcbelión on la capital, aprovechan cuanto sucede, por insignificantc quo sea, para
esparcir la alarrua y la desconuianza, invcntando mil enibustes, sin
chiste ni originalidad, y ha9ta quo Se liaga un escarrfljento con
ellos, su fabricación de absurdos y faisedades nunca acabarzj.
—Puede quo tenga usted razón.
—La tengo, hombre, Ia tengo.Crce ustcd quo si D. Nicolas
hubiese intcntado aigo para saivar la vida de su padre, no Sc habria puesto de acuerdo siquiera con los Guadalupes?
—Pero es quc dicen quo con ellos se Vi6 v con ellos confercucid
la noche quo estuvo on Mexico.
—Cómo ni dóndc?
—En casa de D. Alvaro de Cervera.
—Hombre, Ic han engaiado a usted miserabiernente.
—Pero;tuvo 6 noD. Alvaro unareunidrj ensusjardiiiesesanoche?
—La tuvo, si señor; pero lejos de haber tenido su fiesta un carácter polItico, se redujo a una rcunión de amigos y artistas para
celebrar su cumpleanos.

Una Vengana insurgetste

1203

—Pero ci hecho es que D. Alvaro fué herido, y se añade que por
los Guadalupes.
—Nada de CSO es completa vcrdad; el mismo D. Alvaro me ha
contado quo Ic hirió un caballero borracho, a quien quiso reducir
al orden, pues estaba cometicndo mil inconveniencias con las sefloras: y quo D. Alvaro me dijo la verdad, me consta porquc otro
tanto me han dicho los actores y actrices del Colisco, siendo notable comprobación del suceso, quc todos, absoiutamcnte todos, me
lo han referido con las misrnfsimas palabras dc D. Alvaro.
—Eso pudiera scr senal de quo todos convinieron en contar de
un mismo modo una mentira.
—Amigo, a un hombre tan caviloso como usted no hay manera
do convencerle.
—No es cavilosidad, Sr. D. Carlos; si yo discuto con usted no
es por ci necio placer de lievarle la contraria, sino por csclarecer
la verciad, cxponicndo con franqueza mis dudas.
—No nicgo quo asI sea; pero usted comprcndcrá quo yo cucnto
Jo quc me cuentan, y nada más.
—Lo crco, Sr. I). Carlos, to crco.
—Se tai-nbién quo ci virey está sumarncntc irritaclo con la conducta do D. Nicolás.
—Lo estamos todos cuantos lamentamos la muerte del valiente
Labaqui.
—AhI tienc usted: ;cómo podremos creer que D. Nicolás sea un
buen hijo, cuando estando prcso y condenaclo a muerte su padre,
causó a los rcaiistas un descalabro que necesariamente ha de influir
en abreviar La cxjstcncja do D. Leonardo?
—Quidn sahe Si Morctos Ic obligarla é ello, porquc diccn que ci
tal cura do Nucupétaro CS hombre quo no admitc observaciones de
Sus subordinados y quc los hace andar más derechos quo Ia hoja
de Un espadin.
—Pudiera ser mu y bien; pero en tal caso, un buen hijo primero
se hace matar que prestarso a ser ci verdugo do su padre.
—Para poder formar tin juiciO cxacto necesitariamOS más antcCCdnt5
— Usted sabe cdrno Ile-6 a noticia dcl virey ci desastre de San
Agustin del Palmar?
— Diccn que por un oflcio quc desde l'ucbla cnvió Castro Torreño.

1204

E/,isodios Histricos M€xicanos

_Justo: y Castro Terreno lo supo pot informes del cornandante
dc Acatzingo D. Manuel Garcia, quien mandó al Palmar un
cspla dc su confianza.
—Ignoraba eso.
—Pucs bien, segün ese espla, D. Nicolás no iba solo: Ic acornpañaba D. Pablo Galcana, y pudiera creerse con cierto fundamtnto
que tal vez Morelos desconfiaba do Bravo y por eso CflVi6 con éi
a D. Pablo, quizás ordenándolc quc a La fucrza obligara a combatir a D. Nicolás.
—Dice usted bien, necesitariamos rnás antecedentes para juzgar
con acierto.
—Ademzis, so sabe quc no fu6 D. Nicolás quien rnató a Labaqui, g ino un capitáfl, Palma, jefe de los negros surianos, quo segün
dicen son feroces.
—; Cuantos hombres llevaha Bravo?
—Seiscientos, y de ellos cran ncgros doscientos.
—Esto es, ci dobie de los soldados de Labaqui: 1 Pobre Labaqui!
—Si, pobre de él; pero, en fin, con su vida terminaron sus penas,
rnicntras quo ci infeliz D. Leonardo...
—;Seri al fin fusilado?
—Peor que eso aun. Sc Ic dará garrote boy mismo quizá.
- Desventurado hombre
—Desde anoche se ha comcnzado a levantar ci cadaiso por los
ayudantes del verdugo.
—1Dios tenga piedad do su alma!

XXIII
Refieren al llcgar a este punto las memorias de mi padre, que
hubo en Mexico muchas personas interesadas en salvar la vida de
D. Leonardo.
Sc cuenta tambiCn que ci virey lo deseaba, pero quo otras influencias rnzIs podcrosas que las que a D. Leonardo favorecIan, determinaron la. catástrofe.
Pudo muy bien habCrseic salvado, so prctexto de haber admitido

Una VengaJça InszrgeiiI

205

l canje de su'persona por la dc ochocientos prisioneros espanoles,
ofrecidos por D. Jose Maria Morelos.
No llcgó, sin embargo, a tener esto efecto, y la determinación
del virey no fu6 lo qua menos contribuyó a qua aquella tremenda
lucha civil so ensangrentara más y más.
La victoria de D. Nicolás sobre Labaqui, en San Agustin del
Palmar, decidió el supiicio del valiente insurgente.
No dcbia esperarse que ci joven caudillo consintiera en dcjar la
rebclión, y se crcyó quo atemorizase a los independientes.
En la mañana del 13 de Septiembre ]as tropas formaban un cuadro en ci Ejido, an derredor de un cadalso; ii la hora senalada se
mostraron sobre la horrible plataforma D. Leonardo Bravo, don
José Mariano Piedras y D. Luciano Perez, aprehendidos con Cl segun an su lugar se dijo.
Breves momentos despuCs todos ellos habian recibido la muerte
an infamante garrote.
Muititud de personas visitaron en su prisión a D. Leonardo, y
muchos sinceros ofrcimientos se Ic hicicron an aquellos solemnes
instantes.
D. Leonardo rccibi6 aquellas Ultimas pruebas de afecto con no
menos sincera gratituci, pero sin quc a sus ojos asomase una sola
lágrima, ni perdiese un solo instante la firmeza.
Pedianle los sacerdotes quo se arrepintiese de haber sido rcbeldc
a su rey y seguido perjuicios zi la religion.
El reo contestó quc sobre su rey estaba su Patria, y puesto que
ci ray era a ella contrario, menos importancia tenia para Cl la fidelidad que ci amor.
Sc Ic argumentó qua siendo sibditos del monarca contra ci cual
habla hecho armas, los saccrdotes realistas no podrian acordaric Ia
re nilsidn do sus pcados Si 1 )2rsistia n no considerar un delito su
aizamiento
D. Leonardo coutcst5 quc entonccs sc Ic trajese un sacerdote
fls urgente, porque no habia de considrar delito haber amado a su
patrja.
Observáronle que no podia ser considerado como buen sacerdote
ci sac erdote insurgente.
La Victima respondió que, no obstante esto, so mantenla firme en
sus COflV1 CCOI9, y qua ese mismo ciero quc tan contrario se rnos-

1206

Epiwdios Kislóricos Mexicanos

traba a la independencia, acabarfa por prestarle todo su con
curso.
Do nuevo preguntaronle en qud se fundaba para cxprcsar
creencia, y contestó, dando la discusión por conclulda: <por rec
brar el dinero quo esta guerra le ha costado y costará.
Varios saccrdotcs quo en aquel momento salieron do la capil
del rco, hallándose ya en la calle, comentaron del siguiente rn
la supradicha respuesta:
—No parece ciue de nosotros tienc la mejor opinion, pucsto qu
flOs SUOflC rnovidos solo por ci inters.
—No obstante, ese hombre ye rnuy lejos.
—Acaso crec usted...
—Yo crco que ci peso de esta guerra Ic está soportando asI cx.
clusivamente el clero.
—Es nuestro deber.
—Si, pero Ia insurreccion no concluye: ilevamos en ella (los aflos,
y no parece quo esto haya do tcncr término: las areas reales cstfl
agotadas: los particulares cornienzan a huir ci cuerpo, y... eto Va
mat, padre Gómez; va mat, crdalo usted.
—Dios dirá.
—Si, Dios dirá; pero mientras tanto los pueblos ya no pueden
con nuestros patriotas, a los cuales Se von obligados a mantenef..
—Algo debe costarics que los defiendan.
—Va, pero nada ha sufrido tanto como las rentas ecicsiistiCa5,:
—Cierto.
—Los propietarios no pagan los rditos do los capitales quo S
fincas reconocen, so pretexto do que han sido usurpadas ó &lcstrU
das por los insurgentes.
—Asi es la verdad.
—Los rnás do los diezrnatarios están en poder de los reheldes,
do los que estãn libres, los comandantes de ]as tropas reales toma
más do to quo rindon.
—Podrzmn 6 no corregirse, pero to que yo sé es quo las trop
rcales so han lievado en los J)riflCr0S trcinta moses de esta ueIt
más do noventa mil pesos del obispaclo do Michoacn y dci adO aI
cabildo casi sin medios do subsistir.
—Por eso ci virey Ic concedió permiso para fundir y acuflar
plata labrada rnenos necesaria para la Iglesia.

WF"

L,:a Vcngana !nsurgete

1207

—Si, pero se Ic obligó a dar de ella siete mil doscientos cmcuenta marcos para auxiiio dc la guarnición do Valladolid.
—En cambio SC nos priva tic nuestras ininunidadcs.
—Eso; corno si el clero secular estuviese cornpiesto dc bandidos.
—No los asusta esto! sino que esté formado do criolios.
acaso tenemos la cuipa los criollos tic quo los europeos no
nos hayan dejado otro rccurso para vivir que cantar misa?
—Creo, padre, que usted ancla descontento.
—La verdad es quo no hay motivo para estar satisfecho.
—Sin embargo...
—Dentro do poco, ni donde cantar misa tendremos.
—;Por que?
--Porque los comandantes realistas queman los pueblos clue los
oponen rcsistencia, y ni las iglesias dejaii on pie.
—Amigo, a rio revuelto...
—Si, ganancia de pescadores; POF0 es quo hasta ahora nosotros
no pasarnos de pescados.
Los sacerdotes so alejaron, y fué imposibie enterarsc del término
die SU conversacion.
XXI\T
Al obscurecr la tarde do aquel dia, D. Alvaro de Cervera y
ci sacristan Francisco, 6 por mejor decir, el capitán Centellas, 6ste
en traje do camino y disfrazado, conversaban on una dc ]as habitaciones do la casa del prirnero.
— Entendido,—decIa Centeilas,—la mitad para ml, y para usted
ci reSto y Ia muchacha.
•— Eso, CSO Cs.
— Pero no vaya usted a dejarme abandonado si me ccban mano
las gentes del virey.
— Necio, acabo de salvarte de la horca, y aun dudas do mi favor
!)ara con Venegas.
Yo nada dudo, pero terno quo at fin todo esto concluya do
rna!a manera.
-No será por culpa mIa; desde que, aceptando tus planes, hiciInOS SOC iedaci, yo
Coil mi influencia y tü con tu pellejo, yo no he

2(S

11jso1:r' I-iisIricos A4'extauos

dejado do cuniplirte mis ofreciniientos con toda Icaltad, y tu fortuna as Un hecho.
—;Y Ia do usted?
—No nicgo qua también Sc ha hecho ;t Ia vcz, pero rnás expu
quo hi.
—Más?
—SI, los bioncs quo an vida me Icgó la rnarquesa, y hi empicast
an comprar la gentc do qua to sirves, nil posiciôn, mi honr, nii
ii ombre.
—Por cicrto quo valcn niuclio use nombre y ese honor,—observo Centellas con desprecio.
—No obstante, i to qua los dem;is los respetan debes tti Ia cxis.
tdncia.
—En fin, quédesc aquI csta disputa, qua at tiempo avanza y Se:
hace tarde.
—Bien eshi, marcha.
—Pero eshi usted seguro quo esta nochc atravesarán ci nionteV
—SegurIsirno: ]as importa hallarse an Rancho Bianco al amaflecer.
—Pero, y si por una casuaiidad 6 por asi convenirics variasCfl
su derrotero?
—No to creo, pero en tal caso tu astucia suplirá a todo.
—No sé por qué aconieto csta empresa con dcsconfianza.
--Si acaso tienes mieclo, aun estás a tiempo do retrocedcr.
—Mkdo yo? Mat me conoce usted, D. Alvaro.
—Entonces, ;por qua dcsconfias del éxito?
—No sé por quc so me ha puesto entre ojo y ceja qua al 1w ci fl
gro Carlos acabará por hacerme ahorcar.
—El misrno presentirniento tuviste después del asalto del \Ion
do las Cruces, y, ya lo yes, estás libre.
—En fin, sea lo qua el diablo quiera.
—No olvides ninguna do mis reconiendaciones.
—AsI lo procuraré.
—Evita los encuentros con los reaiistas y con los iIisurcflt
pero si das con los primeros, preséntaics ci paso libre qua ci virel
to ha otorgado, con ci fin de quo al brigadier Llano entregues I
importantes comunicaciones do quo ores portador. A prOSItOP
Jas lievas bien escondidas?

W"

Lna V'nga;a I;ssz?gJlte

1209

—Dcntro dc las bridas van, y no abuitan ci grueso de un cigarro, ni miden una longitud de más de una cuarta.
—;Cómo dentro de las bridas?
—Si, estan formadas por dos correas 1)erfectarnente cosidas en
las orillas, y entre las dos correas van ]as comunicaciones.
—Bueno; si los insurgentes dan contigo preséntales ci pliego de
la sociedad de los Guadalupes que te acredita como su enviado
especial cerca de D. Nicolás Bravo: en tal caso no olvidcs que eres
Sebastian Carnafio y no el sacristán Igpacio Fuentes ni ci capitán
Centellas.
—Pero aun no me ha dicho usted cómo ha logrado hacerse de
este pliego.
—Eso nada te importa.
—Tanto me importa, quc sin estar convencido de su legitirnidad
no eniprendo ci viaje.
—Centellas!
—Lo dicho, D. Alvaro.
—Está bien; tc lo explicard. Supe en casa de la rnarquesa mi ex
-cut'lada, que ci conde se habIa encargado de entregar a un tal Scbastián Camaño, ese pliego quc debia dare a reconocer a Bravo
como a enviado de la socicdad de Guadalupes: cspere a que ci
conde cumpliese su encargo, y cuando saiió de Ia casa de Camaflo,
111ce prnder a este, me apoderd del phego, y mientras ci confidente
de los Guadalupes flora en la cárcel de corte su mala fortuna, tü
podrás servirte dc ese oportuno documento en utilidad y provecho
fluestros
—Nada tengo quc obscrvar, si no que es usted, D. Alvaro, un
hombre notable.
—No lo cres td menos, y me compiazco de ello.
—Bien, D. Alvaro, que ci dcmonio nos ayude.
— Cuidado con olvidar ninguna de mis advertcncias.
—Lo procuraré, pues la vida me va en ello.
—Ten cuenta sobre todo con no darte ii conocer a persona alguna.
— Creo haberme disfrazado bien.
— Es cjcrto
-Entonce s...
-D. Pedro Lafuente no llevará Consigo dinero alguno sino desUs
de saljr de Orizaba.
TOMO

MM

I 2 10

Lipicodios Hisló yicos Mexicanos

—Pero ;le consta a usted de un modo absoluto?
—Sin géncro alguno de duda.
—;Nada sacará dc 16xico?
—No liegará a quinientas onzas, quo por partes iguales condu'
cirán él y ci negro Carlos.
—jOcho mil pesos! 1buen bocado!—observó Centellas con avari cia.
D. Alvaro le contestó con colérico acento:
—Eres un miserable; fa avaricia to ciega y todo vas a echarloá.
perder!
—No haya rniedo, v perdoneme ustcd, D. Alvaro.
—Al salir de Orizaba, Lafuente, Carlos y sus mozos conducirn
diez mil quinientas onzas.
—iCiento sesenta y ocho mil pesos! Ese si es buen bocado.
—Di mcjor comida conipleta.
—;Cornida de rev! V ese dincro...
—Es ci producto de la yenta que al conde ha hecho Lafuente.
—( Luego se ha dcsprendido de la hacienda?
—Cornpletameiite.
—Y marcha a cstablecrse a Espana?
—Justo; parece que su hija no ha querido permanecer rnás ticmpoen Ia antigua.
—;Y a esto se ha reducido hacienda tan vaiiosa?
—El conde se la compró on el doble de esa suma, pero Lafuent
ha tenido quo satisfacer muchoi créditos quo contra él existian, y
ha cntregado adeniás al virey diez mil pesos como gcneroso donativo al exhausto tesoro real. En carnbio, el virey Ic ha faci1itad
una orden para quo ]as tropas reales Ic cscolten y deliendan desde
Orizaba a Veracruz.
—Pero ci conde tiene tanto dinero en Orizaba?
—AllI finca su marquesado, y es dueño de las Cinco mcore3
haciendas de San Andrds: en ci estado de inseguridad on que aque
lbs rumbos se encuentran, ha sido para éI un benecio quo La
fuente le propusiera ci negocio que los dos han concluIdo.
—En fin, la noche se viene encima, y es neccsario rnarchar.
\T, pucs, Centeilas, y que la fortuna to ayude.
—Lo procuraremos, D. Alvaro.

OF
I

L ,:a 1"c;igana I,iS,c,z(c

21 L

—AsI sea.
—Adios, D. Alvaro.
—V6 con 61, Centellas.
Este rnontO en un magnhfico caballo, quo Un mozo tenia de Ia
brida on ci patio de Ia casa, y un cuarto de hora después estaba
fuera de la capital.
XX\T Resucito a no permanecer por rnás tiempo on un pals cuyo mal
estado politico se prestaba a tanto abuso y mantenia on constante
riesgo a toda clase de personas, Lafuente accediO sin diflcultad al
desco quo Ic manifesto su hija de regresar a España, realizando su
merruada fortuna.
Era, pues, cierto quc on aquclia misma noche emprendian su
viaje D. Pedro y Margarita, acompañados por ci negro Carlos,
segün lo dispuso ci conde, quo le tenIa y conservaba como el mu
fiel y bueno de sus servidores.
Durante los tres primeros dis, nada de notable les ocurriO on ci
carnino, quo hicieron con toda felicidad hasta una jornada después
de haber salido de Orizaba.
La marcha so hacia cada vez, y conforme than acercándose a!
Puerto, con may or dificultad: ci comandante de la hermosa ciudad
del tabaco, faciiitó a Lafuente sesenta hombres escogidos entre sus
tropas, v el antiguo comerciante pudo a su vez propOrciOflarSe
veinte arricros bien armados y decididos a dejarse matar antes quo
COflscntir on perder ci rico cargamento de sus mulas.
Pero las partiias insurgentes cran tambin muy numerosas, y
COfi Incesante movjjidad se cambiaban on un mismO dia a los más
diferentes puntos, y era imposible saber a ciencia cierta ci lugar on
que se encontraban, ni adiviia ;l rUmi)o ciuc liabian
d ejadl) libre.
'C Coil Sii )anda
lc' c,-jii no n211i I
Centellas habi car-nm
cua renta ladrones quo se le reunieron a cinco ieguas de la
capital Ile --.6 también a Orizaba sin haber sido descubierto por SU
M ortal enernigo ci negro Carlos.
Mas vigilante cacla vez, deternijnO en Orizaba no ya seguir sino
1

ij

1 2 I 2

Ebisodio.c Histdricos Mexicanos

preceder a D. Pedro, y dos horas antes de que anocheciese, y cuatro de que Lafuente Ilegase, tornó alojamiento con su gente en Ia
posada ünica en que sus viajeros podlan hacer noche. Centellas,
que habIa ido cambiando do disfraces, tornó al salir de Orizaba
ci do tratante en scmilias, hizo cargar cinco mulas con varios ter- ,
cios do café y otros productos naturales, de los cuales algunos
vcndió a buen prccio, y desempenando bien su papel, al dueno do
Ia posada donde so alhergd.
D. Pedro Ile-6 i ella y pidió alojamiento é informes.
Didie unoy otros el posadero, y nuestro hombre regresó tranquilo al encuentro do su convoy: éste llegó bien, y todo pareció
marchar a ]as mil rnaravilias.
Centellas so rnantenIa en nerviosa agitacidn; aquella considerable
fortuna estaba corno quien dice en sus manos: unas cuantas horasmás, y serla suya.
—DebIa yo haber sacado de M exico mis cincuenta mil pesos que
también tengo i-eunidos en excelentes onzas do oro. Debi haberlo'
hecho, -,f,—se repetIa Centellas a si mismo;—es una verdadera nocedad la quo voy a cometer, dando a D. Alvaro la mitad do ]as
diez mil quinientas onzas de Lafuerte: con todas ellas y mis ciiicuenta rnil pesos, y encontrándorne casi en Veracruz, fácilrncnte
podrIa embarcarnie en ci mismo buque en que D. Pedro va i cmbarcarse y hacerme a la vela para Espana, y en ella disfrutar tranquilamente mi fortuna. Pero no tuvo esa prevision, y dejé en Mexico -•
mi dinero, yes imposible que me resigne a abandonar una suma que
tantas fatigas y peligros me ha costado. Bien es verdad, quc dand
ci golpe por mi propia cuenta puedo hacermo do una cantidaci superior d Ia quc en ci reparto me corresponde; pero los cuarenta honi
bres que me acompanan, exigirán también su parte y...
A ver, echaré mis cuentas: a cada uno do mis muchachos debe
dárseies dos mil pesos: son cuarenta, luego importan sus gajes
ochenta ml!; quedan para ml y D. Alvaro ochenta y ocho ml!; dc
ellos me corresponden cuarenta y cuatro mil, y con los cincuenta
mios hacen noventa y cuatro mil: no, no me conviene: hecho el reparto a mi gente, solo me corres 1)onderian del dinero do D. Alvar
ochenta y ocho ml!, esto es, perderIa diez mil pesos. No me cofl
viene. Pero si yo consiguiese quc mi gente consintiera en pagarC'
con los cincuenta mil quo en Mexico tengo, más treinta quc aquI 1e9

Veiga:a In.:irgc::ic

12 13

entregarfa yo, vendrIan a quedarrne, puestos aqul, ciento treinta y
ocho mu. Esto si es aceptable, pues saldrd ganando entonces los
cuarenta y cuatro mil quc a D. Alvaro corresponden. Pero como
conseguir que mi gente se convenza de qua no trato de enganarla?
uOh! imposible! ino puede merecerles fe la palabra de Un ladrón!
No obstante, es nccesario at ruenos intentarlo. Voy a hablarles.
Centellas saiió de su cuarto.
Eran las once de la noche.
Centelias procuró andar sin hacer ruido.
Pocos pasos habIa dado en ci corredor cuando al pasar frcnte a
la puerta de la habitación del hudsped distinguió luz y rumor de
palabras.
PCtsose a escuchar y oyó el siguiente diáiogo:
—Este hombre debe ser un gachupin de importancia.
—No has podido averiguar su nombre?
—Uno de los arrieros dice que le liaman D. Pedro Lafuente.
—;D. Pedro Lafuente?
—Qué, lo conoces?
—No por cierto, pero bien pudiera ser...
—Qu cosa?
—Que Cl tal nombre sea supuesto.
—Lo rnismo creo yo.
—Es indudable, no se Ic facilitan asi a un cualquiera sesenta soldados en las tropas del Rey, y menos en estos rumbos donde los
lfl Surgentes somos cincuenta veces más nurnerosos que la gente del
Virey: y
es por fin lo que ]as mulas cargan?
—No he podido averiguar: at entrar en la posada los soldados
fOrmaron un grupo compacto airededor de Ia carga y por ningn
estilo han permitido a nadie penetrar en ci galerdn en quc la ban
Cflcerrado
no
nero
r3ii pu:k
es, indUdLb1CfljtC to Cs.
—Su vigilancia es extrerna, y constantemente tienen dos soldados en pie y en guardia.
--s 'iira, por si o p or no, vas a salir inmediatamente: tres
Iecrua antes de '1'ar a Santa Marta y a veinte minutos de aqut esta

I 14

Episodios HisiJricos Mexicanos

ci chato Domingo con treinta hombres: due que eche pie a tierra a
la gentc y quo se acerque sin ser senticlo: yo pondré on pie t los mozos quo son veinte, y con los treinta del Chato scremos los bastantes
para caer de improviso sobre los realistas y no dejar uno con cabcza.
—Pero v ci mcrcader de café?
—Estoy convencido de quo nada tiene quo ver con el quo Haman
D. Pedro Lafuente.
—Pero si teme ser también robado y se clefiendc con sus cuarenta hombres?.
—No tengas cuidado: su jefe es un mercader comCin y ordinario,
dorrnirá on su cuarto como un bendito, y at acercarse ci Chato, v
entraré on su hahitación con la doble have y he dejaré seco tic una
punalada: su cargamento bien vaidrá unos quinientos pCSOS que no
nos vcndrán mal.
—Pero ;sus cuarenta hombres?
—Ducrruen en las cuadras que tienen una magnffica puerta y en
ehlas los encerraré; la puerta es estrecha, y si pretenden romperla y
salir, bastard colocar uno de los nuestros a cada iado y podremos
irlos cazando como a ratones.
—En fin, sea to quo quiera.
—Anda, pues, tü, a buscar at Chato; dentro de una hora pucde
estar aqul.
—Voy allá.
Centeilas, al notar quo la conversación tocaba a su fin, se habIa
retirado oportunamente a su cuarto.
—Esto es grave,—se dijo,—estos hijos de un demonio van a
desvaneccr todos mis sueflos de oro: es preciso, indispensable, sahir
de aqul inmediatamente y cortar las cabezas at Chato y I sus
treinta hombres. Pero si ci huésped sospecha dc ml v rue oponC
alguna diticultad...
Centellas se detuvo y pensó.
Dc Pronto se llevó la mario at pecho, y sonriendo, dijo:
—Este D. Alvaro es un grande hombre: el papel que arrCl)ato
a Sebastian Camaflo va a servirme a las mil maravihlas: démonos ii
reconocer at huésped, puesto que es insurgente, como el enviado
de los Guadalupes.
Sin detenerse rnás, Centelias salió de su habitación y ilam a
de su huésped.

Li,,a t/uga;:;a /usurite

1215

_Quién va?—preguntó 46ste.
_Abre,—respondió Centel l as, —abre, c lue te importa.
—1Váyase a acostar quien quiera que sea y djeme dormir en
paz!
— 1 Abre, 6 por Dios vivo clue echo abajo la puerta!—gritó irritado Centellas.
El husped temió que un escindalo alarmase a las gentes de don
Pedro, y ahrió de mal humor, preguntando:
_Que se Ic ofrece al mcrcader?
_Mira,—contestó Centellas, mostraudo al huéspecl ci pliego
de la sociedad de los Guadalupes;---lee, si sabes leer.
—SI que s6,—observó ci huésped tomando el papcl.
Cuando lo hubo ieIdo, con ademán respetuoso saludó a Centehas, dicidndoic:
—Estoy a las órdenes dc usted; qu6 desea?
—;Ddnde se encuentra D. Nicolás Bravo?
—En MedcllIn.
—Bien cstá; necesito ponerme inmediatamcnte en camino.
—Como usted guste; yo mismo ayudard 2i ensillar los cabalios.
—No te hubiera visto yo, solamente para esto.
—Qué quiere usted entonccs?
—La sociedad dc los Guadalupes tiene malos informes dc ti.
—Pues crea ustcd, D.
Sr. Scbastiin Caniaño, que sus informes
Son falsos.
—Lo Sd, v para convcilcernic dc ello es por lo que me he preSentado a ti, fingiéndome comcrciante en semillas.
—Maestro debe ser usted en csto de ficciones, porque juro a
ted que Ic tome por un comerciante comün v ordinario.
—Dc todo necesita saber un buen insurgente.
—Por tat reconozco a usted.
—Lo mismo pienso de ti. Ahora bien...
-0u6 desea usted?
—;14ecesito que me facilites unos cuarenta hombres de toda tu
Coffl'janza
— Y de ddnde los saco yo?
sabes de alguna partida que ande por aqui cereal
-Ascguro a usted que no.
- i Mientes! —repUSO Centcllas con cólera.

6bmk,.

Ii

i6

Episodios Hislóricos Mcxicanos

—Señor Camaño...
—Mientes, repito; segán mis noticias, a menos de veinte minutos
de aqul debe encontrarse ci chato Domingo con unos trcinta
hombres.
—jSenor Camano!—repitió el husped ccnfuso yr sorprendilo.
—Vas a hacer que inmediatarnente salga un hombre de tu cutsfianza a decirle quc un enviado de los Guadalupes necesita qu se
presente con sus treinta hombres.
—Pero qué intenta usted?
—Eso no te importa: calla y obedece, da tus drdenes micutras
yo voy a poner en pie i mi gente, pero cuicia de que vaya a orgi.
narse ni la menor alarma.
Centelias saud sin esperar respuesta, dejando al huésped asmbrado y aturdido.
Pero pronto ci hucisped se repuso al verse solo, y dijo para Si:
—Este maldito D. Sebastian va a echar a percier todo mi p:an:
Si ci liamado Lafuente conduce, como sospecho, dinci-o, cii, cunlo
representante de los Guadalupes, querrá apoderarse de toda la cantidad para fomento de la revolucicin. No, pUCS no lo hará micutras
yo viva.
Por más que Centellas quiso hacerlo todo sin sc-r sentido, D. Pedro y ci negro Carlos despertaron aiarrnados por el ruido quc los
cabailos hicieron al ser sacados de la cuadra, dispusieron quc Margarita se levantase v Lafuente mi s mo se trasiadd al gaieron dond
Ia tropa dormIa y puso en pie a todo ci mundo.
Aun antes de lo que ci hudsoed csperaba Iicgó ci chato Domingo
con su gcnte.
El huésped le Iiamó aparte y le enteró de lo quc le habia paadO
con ci supuesto Sebastian.
—Déjalo por mi cuenta,—dijo ci Chato,—voy a verle, , oSC
nos cntrcga a la buena, ó Ic descargo un tiro en la frente: lo quc
es ese dinero no ha de parar en sus manos.
Centeilas entró en aquel mornento en la habitacián del hucisped,
diciendo:
—Acabo de enterarrne de que aqul está ci valiente Chato:
usted, amigo nib?
—Para servirle. Qué se le ofrece?
—Va usted a seguirme inmediatamente con sus treinta hombres

W.

Una i/eugat:a ,!nsurgente

1217

—Hcrnos veniclo sin caballos, y hasta qua mande por ellos no
pucdo rnovcrnie de aquf.
El Chato dijo esto con tan insolente cntonación, qua Centeilas
temió haber sido descubierto; pero qucriendo imponerse soltó una
blasfernia v echo rnano de su cspada.
No hahIa sacado ni la mitad cuando ci Chato ic descerrajO ci
tiro que IC tenIa prornetido.
Centellas era dicstro y csquivO Ia bala y saliO con rapidez y haniO a su gente.
El Chato y ci huésped hicieron otro -tanto con la suya, y un
momento despus los unos y los otros se batlan con encarnizarniento.
Lafuente, qua para todo estaba listo, dió en ci acto la orden dc
marcha, y mientras aquéllos se destrozaban con desusada furia, sahO sin ser robado (IC Ia posada y sin qua nadie sc le opusicra.
-. .

XXVI

Irnposib!e as describir la cóicra y ci despecho del Chato y ci
huéspcd cuando, después de dos horas de combate an qua queda.
ron vencedores, notaron qua su presa hablascles escapado.
V olviérons, cntonces contra Centellas, qua habla quedado con
v ida, mas prisionero, y Sc les ocurrió qua pudiera no ser tal env iado de los Guadalupes.
—Y asi lo creo,—dijo at huésped:—hernos cado an una asec hanza; este D. Sebastian debe haber venido formando parte de la
5CoIta de Lafuente y fingidose rnei-cader para major cnganarnos;
P0r CSO vino precediendo al otro y promoviO esta disputa para
fa cilitar su escapada.
— En este caso, 01 ha de saber a dOnde se ha dirigido su amo.
— Va, pero no lo dirá.
-Lo harernos hahiar.
jCOrno!
Yo te dird córrio; rnira, tráemc unas brasas y una reata: Va1flOS a quernarle los pies.
Pero, y Si CS rcairncnte tin enviado de los Guadalupes?
este caso tracra cornunicacioncs para los insurgentes: qua
'33

MOI

1218

Epi..odios Hi14ricos Mexicanos

le registren bien, quo se deshaga su silia y toda su montura, sin
exceptuar ni las bridas, y verernos.
Esta disposición fué ini-ncdiatament:e ejecutada, y como era de
esperar se encontraron las cornunicaciones quo ci vircy enviaba a
Llano, dc las cuales dl noticia en ci capitulo XXIV.
\Tarjando entonces de plan, ci Chato amarró sobre un caballo at
mfeliz Centelias, y con él y sus hombres saiió de la posada.
—Qué piensas hacer?—le prcguntó ci huéspcd.
—Voy a entregarle a D. Nicol:is Bravo para quo le haga fusilar.
El Chato curnpiió su palabra y dos dias después liegaba con su
prisioncro a Medellin.
En ci cuartcl general de D. Nicolas so notaba profundo desaliento.
'I'odo el rnundo andaba aill triste v preocupado.
No obstante, ningün descaiabro habian sufrido las fucrzas judependientes: lejos de ello, dIas antes de ocupar a Medellin, Bravo
habIa sostenido una importanto acción on las inmediaciones del
Puente Nacional, atacando un convoy que so dirigIa a Jalapa con
algunos efectos. Los realistas fueron derrotados y D. Nicohis hizo
noventa prsioneros.
Su ejército se coruponia do trcs mil hombres y con él hostilizaba
con éxito a Veracruz y era ci dueflo absoluto do toda la comarca.
Qué era, pues, to quo originaba aquel desaliento general?
El Sr. Morelos habla cornunicado a D. Nicolás quo no hab1a
sido admitida la propuesta quo hizo al virey ofrcciéndolc ochocientos prisioneros espafioles por Ia vida de D. Leonardo, v que.
antes, por ci contrario, hahIa mandado quo Ic diesen garrotc, y ya
era rnuerto: la carta del Sr. Morelos concluia con la orden do pie:
mandara pasar a cuchillo a todos los prisioncros espafloles qu CS
tuvicsen on su poder, y a Ia vez Ic manifestaba que ya habia rdenado quo se hiciese lo mismo con cuatrocientos que existItn en
Zacatula v otros puntos.
Esta noticia la recihid D. Nicolás i las cuatro de Ia tarde, y le:
sorprendió tanto, que on ci acto mandó poner on capiila a cerca de
trescientos quo tcnIa on Medellin, dando orden al capellán, quo 10:
era un religioo Sotomayor, para quo los auxi1iae a bien rnorir.
El Chato habIa entrado on Medellin casi al obscurecer do aqLiCl
dIa y presentádose a D. Nicolás: bastó a éste distinguir at capitlfl

p
Una Vcngana Insurgeitti

1:! 19

Centellas para quo su colera crccicse, y su primer impulso fué
atravesarle con la cspada; pero so contuvo y ordenó quo Centellas
fuese puesto on Ia misma prisión con to-, demás españoles quo dobian scr ejecutados at siguiente dIa.
Este suceso insigniuicante fud rnuy comentado on M6xico cuanclo
se supO, y en 61 re creyó ver la contirmación do los rumores quo
habian circulado sobre si fué 6 no fud D. Nicolás qulen Sc atrcvió
a intentar la evasion de D. Leonardo dc Ia cIrceI do corte. Recordaran, en efecto, mis lectorcs quo at hahiar de esto on uno dc los
anteriores capitulos, dije quc, scgün contahan ]as gentes, ya don
Leonardo pisaha ci umbral dc la purta do salida do la czIrcel,
cuando tin sacristán to inipidió y dotuvo at prcso en su fuga.
Si esto fud vcrclad, to cual zI nil no mc consta, muchO dcbió
cfectivamentc de irritar a D. Nicolzis, reconocer on Centellas al
to
causantc de Ia desgracia do su padre; pero Dios traia a sus manos en ci moniento j rcciso en quo iba a tomar trenienda vcnganza.
Tremenda on efecto, y no obstantc nadie pucdc crcerse con
derecho para censurar por ello a D. Nicohis.
La vicla dc su noble, su valeroso padre, bien valia muclio más
quo Ia dc aquellos trescicnto prisioneroS cspanolcs.
El misnio virey to habla sin duda reconocido asI, puesto quo no
admitiO ci canjc quc ci Sr. Morelos to propuso.
La sangre, pide sangre.
Los mismos espanoles y su niás alta autoridad eran los quo habian querido quo so ejecutase aquella vcnganza insurgcnte.
A las ocho do la mañana del siguiente clIa, las tropas independientes, at fünebrc son do las cajas niiiitares, salieron do sus cuarteles y marcharon at lugar destinado para la ejecucidn: en cuanto
e.stuvo forruado ci cuadro fatal, fucron entrando on 61 los trescicntos prisioncros espanoles quo iban a sufrir la muerte.
Dctris do elios marchaban, at mando cada uno do su respectivo
Ocia1, los clistintos pelotones encargados de la ciecuciOfl.
El SjlCflcjo era absoluto e imponente, y puclo escucharse el gaIOpe de to-, caballos do D. Nicolas y su Estado Mayor, quc acudian
a preseflejar aquci espantoso castigo.
F odas las rniradas se fijaron on el general: su rostro, 'aroni1mente hern-ioso, parecia inundado de felicidad; no solo demostraba
a tran quilidad dc su alma, sjno una inmensa satisfaccidn.
-

Episodios Hiskricos Mcxieanos

Estaba sin duda muy seguro de la justicia do su venganza cuando
ni siquiera to movieran a compasion aquellos tresckntos rostros de
sus prisioneros, muchos de los cuales derrarnaban ahundantcs !i..
grirnas, recordando quizás a los padres, a la esposa, a los hujos
quo iban a quedar abandonados, huérfarios.
D. Nicolás penetró hasta ci centro del cuadro, y frente a ft'cnte
do sus victimas detuvo su caballo, é irguiéndose como tin lieroc cn

(I.
/

-

r-

p1.•'J'
-

Ai
Memorable acción fu

quIIt

ci rnornento de su más dificil acción, lcvantó su voz y los dijo asI:
- Espanoles: no la naciente y ya poderosa patria rnexicana,
no ya su general é infortunada victima do vuestro bárbaro rencor,
os exponen a dejar la vida on medio de las justas voccs do venganza
y reparación de mis soldados: vuestro viry, vuestros compatriotas mismos son quienes os traen a Ia muerte: solo a ellos reclarnad
por vuestra infausta suerte, a cilos que por el placer de vengarse
do Ia nueva nación on la persona do sus más preclaros hijos, se
han negado a admitir ci canje quo se les propuso do ochocicutos
prisioneros por la vida de mi padre, justificando asI ci aizamiento
de esta nación, pues quO podernos esperar los criollos de uii gobierno quo por tat de satisfacer su odio contra un insurgente, se

WI-I

Una Venga:a Isisurgeuk

122 I

niega a salvar las vidas de ochocientos españoles, sus compatriotas?
No es, pues, una frfa crueldad ni una venganza digna de realistas,
quitaros vuestra vida miserable, y en consecuencia he necesitado
tomar una vcnganza niexicana y corresponder a la villana conducta del vircy, no solo perdonándoos la vida, sino restituyéndoos
la lihertad, para que os marchéis i donde mejor os convenga.
1Mexicanos! i viva la Arnrica! i viva ci general Morelos!
Un viva atronador, repeticlo p' ruás de dicz mil personas, contestO a las aclamaciones.
Memorable acción fué aquella I
Aun repercutIan los ecos de aqudila grapdiosa manifestación de
entusiasmo, cuando saliendo de su asombro los trescientos prisiOneros cspañoles, y cuando las tropas insurgentes se retiraban a sus
alojamientos i las voces de mando de sus rcspectivosjefcs, prorrumpieron en frenéticos vivas, y echándose a las plantas de D. Nicolas
solicitaron de éi les permitiese quedarsc al servicio dc su divisiOn.
Seguro dc la tidelidad de aquellos infelices, Bravo acccdiO a su
süplica, y varios vItores y aclaniaciones resonaron en aqucl dia
grande y solemne, ci más grande y solemne quizi de los dIas de la
r evoluci6n mexicana.
-,)_u6 mOvil pudo haber guiado a aquel joven general para tomar
en aquellos instantes tan admirable resolución?
El mismo to rcveló algunos años después con ]as siguientes sencillas y elocuentes exprcsiones:
'Aquella noche, no pudiendo tomar ci sueflo en toda ella, me
OCupé en retlexionar quo las represalias que iba yo a ejecutar dis.
mrnuirfan mucho ci crédito de Ia causa que defendIa, y quo observando una coriducta contraria a la del vircy, podria yo conseguir
mejores resuitados, cosa quo me halagaba rnás que mi primera
rcs o1uj6 . pero se me presentaba para lievarla a efecto la dificultad de no poder cubrir mi responsabilidad de la orden que habIa
rec ibido, en cuvo asunto me ocupé toda la noche, hasta ]as cuatro
de Ia mañana que me resolvI a perdonarlos de una manera que se
hiciera püblica y surtiera todos lo-3 efectos en favor de la causa de
Ia 1ndcpendenei.,
Por eso dij cn i-a6n
xlCanO5:

n1

L lu, Ii i storl-.id

n)L-

1222

Episodios Hislóricos Mexicauos

kPocos ejemplares presenta la bistoria antigia 6 rnockrna Ic tin
acto tan noble dc generosidad, en un mornento en que Ia venganza
habrIa parecido autorizar aquellas cruelcs represalias, hahiendo
sido repetidos los rasgos de humanidad que en el curso dc la i -cvolución se vieron en este digno jefe: .siempre valiente en ci campo
de batalla, nunca fuera de él rnanchO sus manos con la sangrc del
rendido, y conservando pura su reputación a través de las vicisitudes de la guerra, constanternente sostuvo la nohieza de su ca
ráctcr, mereciendo a justo titulo que se Ic aplique ci timbre del
caballero francts, que pudo ilamarse con verdad sin ntiedo y sin
Eac,Ta.

Tal es Ia sencilla y admirable historia de UNA VENGANZA ISURGENTE.

Related Interests

lalditn sa vo.
': i1:,
I:H:i!
O.

Lina Vengana insurgente

de sus soldados! Me dehes obedienda: yo re lo mando: huye y yen
A salvarme al frente de tus soldados!
Aseuran las gentes que el desconocido desapareció en cuanto
esto dijo D. Leonardo.
Yo no puedo decir Si eSto fué verdad, ó esto fuë mentira.
Era vo entonces Un pequeñuelo.
Mi padre hizo cuanto hurnanarnente fué posible para comprobar
his anteriores noticias que constan en ci folio mil trescientos cuarenta '' dos de sus memorias, de donde yo las he tornado, pero
nada pudo averiguar.
Ni la Gaceta ni el Diario dijeron cosa alguna sobre este suceso.
El sacristän. a quin tamhin preguntó mi padre, respondió que
todo cUb era sin duda mentira, porque él no habla salido aquella
noche de su casa, donde por mäs señas se Ia paso en su cama con
Un calenturón enorrne.
Por supuesto que mi padre no le creyó todo esto ; pero tuvo que
dar por buena la respuesta v quedarse con sus dudas.
Varias personas quc ohtuvieron permiso para visitar i D. Leonardo en su calabozo. aseguraron a mi padre quc ci preso nego que
cosa alguna le hubiese pasado y que se huhiera pretendido salvane.
Sobre lo que si nadie tuvO duda fuë sobre la muerte de dos de
los guardias de hi cárcei v las henidas de veinte màs; pero se dijo
que por descuido de un otjcial los soldados hablan tenido no sé yo
,jud reyerta que dió tan tristes resultados.
Por ml parte he registrado hasta donde me ha sido posibie los
n istoniodores que hablan de D. Nicolás Bravo, iinico hombre que
co nsidero que pudo estar interesado en salvar a D. Leonardo.
pUes al tin su padre era ci prisionero; pero ninguno hace ni la mefor referencja a estos sucesos.
No Obstante me lia ilantdo mucho la atenci6i1 una coincidencia
VO N' a dccjrla.
El 21 de Febrero de mll ochocicutos cincucuta, dirigió D. Nicolas Bravo a D. Lucas Aiamán una carta que insertó entre los apénUCCS al IOfllO tercero de su historia, y ci segundo parrafo de dicha
carta es casi igual a la respuesta quc D. Antonio Gáivez dió a la
pregunta que D. Alvaro le hizo sohrc las razoneS Clue tenia para

i 156

Episodios Hisldricos iWexicauos

no indultarse: los lectores que sean bastante curiosos para no tener
incoriveniente en echarse a pecho una Historia, pueden consuliar
lo que he dicho v encontrarán tan semejantes uno y otro párrato.
que apenas en unas cuantas palabras se diferencian.
Por supuesto que esto no pasa de ser una sencilla suposicióa
mia, que sin duda carece de todo fundarnento.
He creido no obstante deber manufestarla a mis lectores. como
demostración de que sé rendir culto a la verdad histórica, que es Ia
que sirve de base a mis Episonios.
Ahora bien, como estos no son artculos de fe, a nadie se Ic ha
de seguir perjuicio por opinar de modo distinto al mb.
Yo me limito a agrupar en estas páginas todo cuanto de aqiiellos
dIas se sabe, y que hago una buena obra de caridad intelectual me
In han demostrado las personas que me han felicitado por ella dicithidome, ala verdad es que conocemos más Ia historia de las naciones
extranjeras que la nuestra: no puede negarse que hubo mucho hueno en aquellos dias, v que si nuestro pueblo tuviese verdadero pairiotismo ya habrIa hecho que alguno deesos distinguidos escritores
que poseemoshubiera compuesto una historia de Méxicocomo Dios
manda y es justo que tengamos. La tarea es larga, difIcil y laboriosa,
bien lo sé, pero sé tamhién que un pueblo conio el nuestro en que
hanabundado los grandes hombres. merece tetier una historia. De
ml sé decir, que alguna vez he querido estudiar a nuestros historiadores. y después de calentarme largas horas la cabeza no he podidO
formarme juicio alguno de los hechos: cada cual los retiere comO
conviene a sus opiniones politicas y los muda, trastorna y cambia
de tbl modo que el uno los y e azules, verdes el otro, aqul negrOS,
amarillos éste, rojos el de aqul, blancos el de acullá, sin que iii dos
siquiera hava que los vean del mismo color: otros. y estos son los
peores, han escrito no lo que fué sino lo que les dió la gana; ell
una cosa sI están conformes todos y es en la más absoluta falta de
imparcialidad. resultando de aqui que sus escritos, están Ilenos de
groseros insultos a sus contrarios. siendo más de uno de sus capl
tubs ó parrafos. libelos indignos no Va de ser creidos pero ni 1e1
dos tampoco. Consiste en que muchas personas creen que el patriotismo consiste en gritar fuerte, v ser muy hombre en ser iflSO
lente: podra esto engañar a los tontos. a Jos niños, pero el tienW°
vendrá v pasará sobre sucesivas generaciones. y desaparecerán haS

WI.—

-.

Una Vei:gana Insurgente

11

57

ta las razas actuates y la verdad se imp&drá porque siempre con
ci tiempo se inipone, y los gritones serán despreciados v los heroes serán ilaniados heroes, y los bandidos, bandidos, y se dirá de
nuestrUs historiadores que si a las galas del estito. hablo de los que
las tienen, hubieren unido ci respeto a la verdad y a la imparcialidad. sus nombres no habrian sido olvidados iii despreciadas sus
obras.
Esto me ha dicho alguien que pasa con razón por hombre sabio
y 'o lo hago constar aquI como una curiosidad, pues curiosidad
es que alguien en nuestros dias se atreva a decir la verdad.

XIII
Virgen de Guadalupe! jcórno V cuánto nos han ocupado los anteriorcs incidentes y cómo parece que nos hemos olvidado del principal objeto de esta Historia!
Verdad es que al hacerlo asI hemos sido consecuentes con la
exactitud que preside at trazo quc de cuadros de la epoca venimos
haciendo.
Nada es tan cierw como que en aquellos dias los enemigos de la
iflSurI-ecciOn tuviëronla por espirante o fenecida.
El virev habIa expedido una proclarna pintando a D. José Maria Morelos tan mal trecho y deccpcionado que su sola ocupación
era buscar una cueva bastante ignorada donde ocultarse, para asi
escapar a la persecución de las tropas reaies, v afiadia que el famoso comandante Paris le esperaba en Ayutia con los capitanes Cerro
Y :flOro. para darte el golpe de gracia y concluir con el caudillo.
Este. despuCs de haher roto el cerco que Calleja le habla puesto,
se dirigio a Cuautia con D. Hermenegildo Galeana y D. Miguel
Iravo, y alli, sin que nadje se atreviere a molestarle, se ocupó en
reorga i izar sus fuerzas y en preparar su tercera y mas notable
Ca In pan a.
El nuevo ejército se puso a principios de Junio en marcha y ci
dia 4 D. Hermencgiido, al pasar por las inmediaciones del pueblo
de Citlala se encoi-itró con los realistas de Chilapa y Tixtla que al
ITiando de Cerro enviaba Aflorve a disputarle ci paso, v tras de Un

1158

Episodios Histórsos Me.x-icanos

corro aunquc reñido combate, los insurgentes quedaron victoriasos, haciéndose de una gran cantidad de armas v municiones y de
un bucn nümero de prisioneros que ci Sr. Morelos envió desde
Mitepec al presidio de Zacatula.
Apenas Añorvc supo ci descalabro, dió a correr como gamo siguiendolelas principales farnilias de Ayutla, y ci dia 7 D. José
Maria Morelos entró en Chilapa sin resistencia, habiendo salido a
interceder por sus rnoradores el vicario del pueblo. con el SantIsimo Sacramento en las manos. Necesario era no obstante imponerse de un modo elemplar en ci 69, irno de los pueblos, y se efectuaron
aigunas prisiones, entregandose al saqueo las casas de los realistas.
Encontrándose en Chilapa recibió, por medio del valiente indio
Novó, ci aviso del apuro en que Trujano se encontraba en Huajuapan, segi5n dejo ya dicho, y todas sus disposiciories se encaminaron a reunir la genie necesaria para acudir en auxilio del heróico
insurgente.
Mientras todo eslo pasaba, Garcia Conde, Negrete é Iturhide
realizaban una ejemplar campaña en ci BajIo dc Guanajuato. en
persecución del infatigable guerrillero Alvino Garcia, logrando
destruir varias secciones de sus tropas y desbandar ci resto, al pun
to de dejar al terrible insurgente casi solo y buscando su salvación
en Ia fuga.
Considerando casi imposihie apodérarse de Alvino, de quierl SC
supo que no permanecia un dia entero en ningán punto. ni dos
noches seguidas dormia en ci mismo lugar, Garcia Conde determinó ponerse en marcha con un rico convo y detenido en lrapuato, y el dia ... llego con dl sin accidente i Salamanca.
D. Agustin iturbide, que Va desde aquel tiempo comenzó a Hamar sohre si la atención general y a poner ci cimiento de su futura
grandeza, supo alli que Alvino dormirla aquella noche en Valle de
Santiago, y de acuerdo con Garcia Conde dispuso sorprenderle y
apoderarse de él.
Al caer Ia tarde. Iturbide salió de Salamanca con cincuenta dragones de Puebla. sesenla y cuatro de Frontera, diez y side de Is
Corona y veinte del escuadrón Mito y caminando con precauciófl
y más que todo con felicidad, a las dos de la maftana del dia 5 de
Junio, se presento en Valle de Santiago, haciéndose pasar por Pedro Garcia, que debió acudir en auxilio de Alvino, segün un parte

Una Vena,za Ius,irge;cte

que Iturhide interceptó y envió al guerrillero insurgente con uno
de sus granaderos disirazado.
Las avanzadas de Alvino nada sospecharon, y haciéndose los
realistas del santo y sena, renetraron en in poblacion. v ya en ella
comenzaron a gritar por disposición del comandante:
—A1 arma! iGarcla Conde está sobre nosotros!
A in vcz, distintos grupos de granaderos convenientemente aleccionados, se situaron en las boca-calles dando éstas ó parecidas
voce s:
—;AdeLinte mis gi-anaderos de la Corona!
—Por in derecha, escuadrón de Frontera!
•—A ml, mis valientes de Puebla!
—Prcvenida la metralla!
El efecto de la estratajema fuë completo: in gente de Alvino era
poca; juzgó imposihie resistir a las fuerzas todas de la division
Garcia Conde y la desrnoralización cundió y las gentes de Iturbide
acuchillaron a los insurgentes en sus mismos cuarteles.
A la vez los granaderos de la Corona penetraron por la azotea
en in casa de Alvjno, y el soldado Miguel Sardinero y el dragon de
España Jose Uribe. se apoderaron del guerriliero y le amarraron
de modo de impedirle todo movimiento. En la misnia casa quedaron también presos ccci brigadier D. Pachito, hermano de Alvino,
Su secretario D. José Maria Ruhio,y Pineda.tambor desertado del
reginiien t o de Puebla.
Iturbide tomó ciento cincuenta soldados prisioneros, v no queriendo expotierse a que se Ic fugaran, los hizo fusilar a todos, pues
slempre fu, y yn Jo verernos, amigo de jnnecesarias y crueles ejec uciones. lturbide odiaba entonces a los insurgentes v tratabalos
COmo feroces hestias: su parte a Garcia Conde sobre esta acción
tLcne ci Siguiente párrafo:
,,Para Ilacer aigo por mi parte con objeto de quirar la impresion
qUe en algunos estOpidos y sin educación existe, de que nuestra
guerra es de europeos v arnericanos v de éstos a los otros, digo:
que Cfl esta ocasiOn ha dado puntualmente la casualidad de que todos c uantos concurrieron a ella, ban sido americanos sin excepC l6T1 de persona, v tengo en ello cierta complacencia, porque
a P r eclaria ver lavada por Las mismas manos Ia mancha negra que
aigunos eharon a este pals españoi. v convencer de que nuestra

I

I'ZhiiOS

tI;sto':cns .'i(:X:Ca)U,

guerra es de buenos a malos, de tieles a insurgeiltes, y de cristianos a libertinos.
iturhide, sin detenerse, condujo a Alvino Garcia y a sus demás
prisioneros de importancia. a Celaya. v aill Garcia Conde dió una
prueba de los ci-istianos sentirnientos que Iturbide ponderaba haciendo del guerrillero una burla tan sangrienta corno indigna.
Y advierto que nada exagero; el mismo Garcia Conde dice en su
pane al virey siento no haber podido hacer esta burla con ,nds soleinnidad.
Al efecto dispuso que Alvino fuera recihido con honores de capitán general, con salvas y repiques y formada la tropa en toda la
carrera: conducido a la plaza. Garcia Conde se asomó al mismo
balcón desde ci cual dirigio a! pueblo la palabra D. Miguel Hidalgo, el dIa 21 de Setiembre de mil ochocientos diez. y Ic insiiltó
cobardemente hacindole después conducir a la prisión.
La captura de Aivino por iturbide dió motivo a que . la siempre
canzla musa de aquel tiempo inspirara las siguientes composiclones al Dr. D Antonio Uraga, cura de San Miguel el grande. cornposiciones que ci Diario de Mexico nos hizo ci favor detransmitirnos, para solaz de los que ban visto mal que en mis Eisoios se
haya dicho que durante la ëpoca vireinal solo D. Juan Ruiz de
AlarcOn y Sor Juana Inés de Ia Cruz merecieron nornhre v honores de poetas.
Dicen asi:
SONETO
No Ilegan a doscientos los soldados,
(Buenos arnericanos) que acaudilla
Un joven brioso, en cuya frente brilla
Virtud heróica, alientos elevados.
Con tat fuerza, podrán dejar postrados,
Los furores de aquella cruel gavilla,
Que más se aulnenta cuanto mas la hurnilla
El valor de escuadrones esforzados?
Si, pais hermoso; deja, pues, ci Ilanro
Que a tu favor la suerte se decide:
Va no hay Alvino, ys cesó su cncanto
Y tresciencos con éI... Ah! no se olvide
Que la gloria inmortal de triunfo tanto
Se debe toda at (oven Iturbide.

Una Ie?Igana Insurgente

Viene despues Jo siguiente que su autor titula graciosarnente
R EDON 1) ii. LA
Joven an quien reside
la modestia eniazada ii In bravura
la fuerza a la duizura:
feiiz Valladolid! tu gozo exalta
y añade tin rasgo at timbre qua te esmatta.
Dc un hijo tuyo la valiente mann,
la paz anuncia at suelo americana,
pues ciaro as qua an ci canipo de la glnra
Sc camina A la paz por la Victoria.

Garcia Conde no dudó mucho tiernpo acerca de la suertc que
Alvino debiese correr. y a los tres dias le hizo fusilar y, segiTh la
atroz costumbre de la época. su cuerpo fuë mutilado y colocada la
cabeza en Ia entrada de la calle de San Juan de Dios en Celaya,
unzj mano en Guanajuato y en Irapuato Ia otra.
Todos estos despojos permanecieron en los lugares en que habian sido expuestos hasta dcspus de hecha Ia Independencia.
Alvino Garcia muriO corno Un cristiano y pidió todos los auxilbs espirituales de Ia religiOn catOlica, recibiCndolos con positiva
devoc bàn
Ni aun esto le salvo de indignas burlas, corno lo prueba el siguiente epigrama que Ic compuso el mismo Doctor y sacerdote
D. Antonio Uraga.
Garcia, ladrón singular,
tan buena muerte iogró
qua he Ilegado ii sospechar
qua hasta el cielo se rohó
par no dejar de robar.

P OCO 6 nada preocupó a Alvino el plan de independencia nacional que los insurgentes mantenian en los campos de batalla, y casi
Sl empre campeo por su cuenta, limitándose a asaitar poblaciones
rnal de fendidas y a desbalijar pasajeros y atacar convoyes; pero sus
cor rerias en ci I3ajIo distrajeron durante larga epoca a fuerzas rcal istas que sin dl hubieran car-ado sobre los ejércitos de D. Miguel
H idalgo ó de D. José Maria Morelos, v al menos este bien hjzo a
SU patria.
Su flOrnbre fu rnucho tiempo romaiiscc, v mll varias anécdotas
.roLo I

14'j

LpjSOd LOS Thstóricos

Mexicanos

se contaron de 61 y entretuvieron los ocios de nuestros prirneros
anos.
Mucho Se ponderaha su devociOn a la Santisima Trinidad, v se
añadia que en cuantas poblaciones entraha haclale celebrar grandes funciones en acción de gracias par sus triunfos.
Estas funciones terminaban siempre haiiándose el jarabe, al que
era rnuy aficionado, y en ci cual se distingula. no obstante, lo que
le molestaha In gota que padecla: por causa de ella carninaha casi
siempre en èoche y jamás dejaron de acompañarle un regular nürnero de msicos del pals, que con sus sonatas le distralan a Is horn
en que sus dolores arreciaban.
Su voz de combate a Is hora del saqueo, era:
—1Muchachos! icomo quien se baña!—con lo cual, dicen, qucria
significar que quitasen a sus prisioneros hasta Is carnisa.
En ci mornento de ser aprehendido regaló a iturbide su mcjr
cahallo. dici6ndole:
—Le ilarno Cabro por lo rnucho y bien que salta: no debe usted
quedarse sin 61, pues en tin lance apurado puede salvarle Is 'ida.
Dirigió desdela capilla una carta a sus padres, queeran realistas,
despidiendose de ellos y pidiéndoles perdón por no haber seguido
sus conseos, v dió, en fin, orden a todos sus dependientes de .ue
restituyeran a sus legItirnos dueños los bienes ó efectos de que
los habla despojado.
Al marchar al supiicio y debiendo ser ejecutado a Is vez su hermano Francisco, le exigió que corno dl invocase a la Divina Providencia a fin de que salvase ]as aimas de los dos, y sus iiltirnas palsbras al espirai, fucron. rnisericordia, Dios mi."
Segn las promesas de nuestra religion católica sin duds Is obtuvo, a despecho del poeta-cura de San Miguel ci grande.
xlv
A Is prisiOn de Alvino debió D. Agustin Iturbide ci grado de te
niente coronet que el virey le otorgó, con gran contentamienlO
publico, pues los realistas predeclan ya que aquel joven liegaria
ser Is más fuerte columns de Is gloria hispano-americana.
Dejamos a Castillo Bustamente. antiguo mercader de mantas de

Celava. saliendo de Toluca pars Tenango: el 2 de Junlo acarnpó
frente a aquel cerro, en la hacienda de San Agustin y en la noche
del dIa 5, dió sus órdenes para el ataque que se verificó en La madrugada del 6. siendo los batallones de Lohera, Mexico y tres Vihas los prirneros en romper el fuego. La victoria sonrió esta vez a
Castillo. y Rayon, que defendia a Tenango tuvo que huir, dejando
abandbnada su correspondencia.
Castillo tomO prisioneros en esta acciOn 'a los licenciados Reves
Y JirnCnez, a los jóveiics. emigrados de la capital. Cuéllar v Puente,
Y al Padre Tirado, vicario del pueblo, v a todos ellos hizo lusilar
in mcdi ata men te.
Resultado de esta acción. Calafat, segundo de Castillo. se apoderO sin resistencia de Tenango y Tecualoya.
Dos dias despues, ci lunes 3 de Junio, el brigadier Olazábal, que
después de haher sido derrotado en Nopalucan y perdido el convoy
que se le habla confiado, segCin ya dije. se encontraba encerrado en
Ia fortaleza de Perote, descubriO una conspir sciOn en ci mismo castub, y de sus resultas fueron fusiladas trece personas, entre elias
Un soldado del fijo de Veracruz. que era ci jefe de la trama.
Dejamos tarnhién a D. Ciriaco del Llano saliendo en auxilio de
Orizaha, que habIan tornado los curas Alarcón y Moctezuma: supolo Llano en San Agustin del Palmar, y despuCs de rechazar en
laS cumbres de Aculcingo un ataque que los insurgentes dieron al
Convoy que Andrade conducia, ci miercoles to desalojó a! cura
AlarcOn de los cerros de Huiloapa. defendidos por tres baterias que
entilaban ci camino, en cuya acción los granaderos de la Columns
y los de Asturias tuvieron que pasar a nado el Rio Blanco por haher
en contrado cot tado el puenle. '' al da siguiente se apoderaron de la
garita de la Angostura Hallandose en ella, supo que los insurgentes pensaban queniar ci tabnco del rey sin que los vecinos de Orizaba tratasen de irnpedirlo,y montado en cOlera diO orden a su cabaliens de que pasase a deguello a todos Los habitantes sin distinciOn.
- La orden no llego a cumplirse merced a las stplicas de los miS loneros apostOiicos de San Jose de Gracia; Alarcón y Moctezurna
huyeron y Llano entró en Orizaba conio un triunfador; desde alli
des pachó en auxilio de Córdoba al sargento mayor de La columna
. Jos Ignacio Garcia Flores. que libró a laciudad de haber caido
en Poder de los insurgentes.

164

Episodios I-/isldricos ilexicanos

El triunfo de Castillo l3ustarnante y derrota de D. Ignacio Rayon
en Tenango fueron recibidos en Suitepec, donde la Junta de Zitácuaro se hallaba, con ci espanto consiguiente.
Verdusco y Liceaga que, mientras su presideute hacia cuanto le
era dable en favor de la causa cornCin, se entretenIan en darse tratos
y aires palaciegos, acusaron entonces a Rayon de inepto y de cobarde y se enenlistaron con éI. porque a su vez les imputO que su
derrota reconocja por causa el no haberie sido enviado ci refuerzo
de tropas que solicitado habIa de Liceaga.
No cabe duda alguna en que ni Verdusco ni Liceaga se portarori
en aquella ocasión conio deblan, v dc alli nacieron los desagrados
'.' disgustos de que muy pronto varnos a ocuparnos en la serie de
nuestras narraciones.
Muchas ridiculas ocurrencias huho en aquel ticmpo en Sultepec
y merece Contarse la siguiente:
Predicando en la iglesia del pueblo ci padre franciscano Luna
hizo perder In formalidad a sus oyentes al asentar ci siguiente urioso silogismo:
—ujesucristo Cs mi general; yo soy insurgente, luego Jesucristo
es insurgente.
El padre Orchids, que se hailaba cerca del pi'ilpito, subiO las gradas de dl y queriendo contenerle en la demostración de su silogismo, cstiró del hábito al Padre Luna: no habiëndole dste hccho caso,
Ic estiró por segurtda vez, y molesto el predicador Ic arrimó un sherano puntapi, produciándose ci consiguiente escándalo en ci
te rnplo.
Otra determinación tomó la Junta y fud la de nomhrar al doctor
Cos vicario castrense, con facultades para remover y encarcelar
eciesiásticos y conceder dispensas rnatrimoniales.
Rayon estimó con justicia que esto podrIa atraerles nuevas cc1suras y excomuniones del cabildo eclesiástico de Mexico, que influyeran malamente en ci ánirno del pueblo preocupado, yasi sucedió
en efecto a los pocos dIas.
Rayon se trasladó en fin a Sultepec y convino con sus compañeros de Junta en la necesidad de disoiverla: fueron en consecuencia
nombrados, Liceaga general de las provincias del Norte y Verdusco
de las de Poniente, debiendo fomentar la revolución ci primero en
la provincia de Guanajuato, y el segundo en Ia de Michoacan: se

aordo tnrnbiën que Rayon marchase a Tlaipujahua y all1 se fortiticase, y desde alli invadiese la de Mexico.
De todo esto se levantó un acta en la cual se hizo constar que
estas medidas se dictaban por exigir la salud de la patria que los iiidividuos de la Junta atendieran personalmente al levantamiento y
operaciones dc tropas insurgentes en los citados distritos.
Al saherse en Sultepec que Castillo Bustamante hahIa salido de
Toluca ci 16, a! siguientc dejO su residencia la Junta, disolviéndose
de hecho, tomando Rayon el camino de Tlalpujahua, Liceaga el
del BajIo y Verdusco el de Huetamo.
Tuvo entonces lugar ese hecho cruel y sanguinario cuya responsahjlidad han tratado de saivar cada uno dc los miembros de la
Junta de Sultepec, sin que ninguno haya logrado hacerlo de Un
modo satisfactorio.
El suceso fuC clue D Jose Maria Vázquez recibió el encargo de
conducir, seglln parece, a Zacatula, a unos treinta y tantos prisioncros espaitoics detenidos hasta cntonces en Sultepec, y a tres leguas
de distancia de este punto yen las jnmcdiacioiics de Pantoja, so pretexto de quc hablan pretendido fugarse,se les asesinó de una manera cruel y despiadada, logrando salvarse cinco iThicatnente de aquelbs inte1jcs.
Castillo Bustamante, retardado en su marcha por las dilicultades
naturales del terreno y las que le opusieron las abundantes iluvias,
entró sin resistencia en ci mineral de Sultepec ci dia 20 de Junio, y
mientras se ocupaba en dcstruir las obras de defensa y los taileres
de fundiciOn de cañones y fabricación de pólvora, destacó distintas
partidas en persecución de la fugitiva Junta, publicó ui-i indulto Y
ordenO la cjccuciOn de aigunos prisioneros.
El ITlisrflO dIa 20 entró en Mexico Garcia Conde conduciendo el
convoy del interior, logrando ci recihimiento entusiasta a que le
hizo acreedor la destruccjón y muerte de Alvino Garcia, tan feiiz'nente lievadas a cabo merced al genio e intrepidez de D. Agustin
Iturbide.
El 21, D. Ramón Monduy, cornandante del bataiiónArnericano.
IOM6 en Tula descanso de sus correrias por los pueblos de la Sierra: este batallón Americano, compuesto de gente soberbia y pende nciera Se portO siempre con desusada crueldad, y en su citada
exp edlción marco su paso con tin reguero de sangre y de calcina-

T

in "eperni A rnurte o fs eilt4 au
f
(Uc idcrnjticacjón
de pranns. pucs no sG.*Qrj4g
go iIgurfb de cnsngar ' ccnus.—aj Jo decla el
bandoj d
cederc en ci castig, por 5cr todos v erdaderus
bandiJo- tna,
tiiad
4r la fgIeia y prosriros por ci GobIcrno quiencs p(
Podia quiiar Ia r itj jLiiquira irnpuren1enteft Eso . i
especial IIIL-11 te a los hedHas)r.. los ecIesiástico.
dser ej ecul udo s sin nec L
ad-tie prev.1g.
fl
zropas indendjen,. ue Se I
!
dpon1a que iuescn de4arrneda$.
Dkró Venegas ee bii4o .r,fl aprobttj6n
det'Rci
u,jg nimetnnt. mnnifesda pues de Hz y eis mh
Ii iron 9U conformidad cni d dctnen Ic I- ^!;.j
o L:.,1tO de ]o, fi thi
lflfllCflSI) tu CI tSLariji

-

-•*

r

<

'crJ eAus

-

--.

ti

•1.

thôcI6u

tico.que
nadi

-

biâ

••'-

F
$ \i.
/, .
"

psII,

ZA

low.

I

U

I

y

J

1;(

PADRE,—LE DIJO MARGARITA,...

Ojr,^
il ., qK-.,

La genLt de sotana puso ci grito en ci ciclo y acusd de infame,
hajo y rastrero a) tal cabildo. expiicándose su decision por ci hecho
de hallarse compuesto en su mayoria de cspañoies europeos de preponderante influjo.
El odio de nacionalidad adc1uiria cada vez violencia mayor.

xv
Retrocedamos V atiudernos los cabos quc lUedaron sueltos en
ci principio dcl capItulo VII.
Lafuente era un hombre de grande corazón y no podia resignarSe buenarnente a ignorar quién pudo haher sido el bravo caballero
que al salvar a su hija de las asechanzas de D. Alvaro ic habia a Ia
vez salvado la vida.
Pero después de todo ;habiale el desconocido hecho un verdadero servicio?
Qué iha a ser de su hija arruinado como estaba
Los pensamientos que le asaltaron al decidirse al suicidio, reprodu idronse entonces con mayor fuerza.
La necesjdad de morjr continuaba siendo la misrna.
Pero ay! otras eran las circunstancias.
;Como tener valor para un crimen que de tanto necesita, cuando
a la vista de su hija ci templo ic su n1ma de doude hahia querido
ar rojarla hal'ii ..•
:
rniradas'
— Padre,—lc
\I,, i- 4, T - i -, i
L i i- c1t c
i !fli
ha. me pareciO que liegahas a ml como impulsado desde una enorme d istancia: ;fuë esto dehido a mi deseo de verte 0 es que tá penSabas dejar de amarme y mi amor atrajo tu vacilante cariño?
La fuente se estremeció como ut-i criminal ante su juez.
No respondes, padre mlo,—exclamO Margarita Ilorando con
ilanto de dolor: soy bastante cruel Para dudar del cariño de mi
padre y tc, lo oyes y ni te irritas ni Boras?
Pcrdó! jperdón! ihija mfa!—exclamó a su vez Lafuente deiandose cacr a los pies de Margarita.
Esta sintiO en su frente y su corazOn algo muy horrible, vaciió
un leve punto. y levantando a sti padre. dijo:

168

O)Jio. 1I:5t?U

J'VZlu)S

— i Tü a ml, padre, tü a ml, iperdón N, de rodillas! No, no, padre
mb, esto es un delirio espantoso, mi razón vacua, ci miedo de
mis peligros me trastorna; acOgerne en tus brazos, padre mb; oprImeme en ellos, conviértelos en hierro cuando con cilos me havas
oprirnido, y grutame pero muv fuerte, padre mb, para que tus gri
Los puedan por ml ser escuchados, que ningün peligro corro Va.
porque tü no me ahandonarás, porque ti'i no huiräs de Lu hija! Si.
pronto, pronto, padre mb, porque 0 no s Si WC liegara la vida
para aguardar Lu contestación si la dilatas.
—Que, hia mba, mi Margarita, uqtmmJ cosa horrible sospechas
—preguntó Lafuente retrocediendo.
Margarita habla tendido sit vista por toda la extension del cscritorio y descuhierto una pistola sobre la mesa. ' corriendo a ella
V tomando el arma fatal y arrojándoia lejos de si con violencia.
—:Si padre mbo,—dijo,—te perdono con todo mi corazón!
La escena fué la consiguiente y no necesito pintarla para
aila
Cu su imaginaciOn la vean mis lectores.
La misericordia de Dios habia devuelto la razón d D. Pedro lfuente.
Pero Margarita era presa de urn flebre espantosa: un alma de
mujer de diez y seis años no 'LieIe in pelii
dc Ins
grandes miserias de la sociedad.
Fué preciso trasiadarla a su lJ 'e llamai pintanIL-nte a 1.01 inCu 1 tat ivo.
Este la examinó ' dijo a D. Pedro:
—Grave Cs ci acceso. no quiero oculiarse!o Ji u-tcd, per(, tarn
bién puedo scgnrar1e uc Je LI iiiuiiari so miaiui-alcza v Dios
sobre toW.
—Pero era pr(I1I(o
—Pronto, si: dentro de tres dIas podrá dejar ci iecho.
Cuando Lafuente quedO solo.
—Dios mbo.—exclarnó.—dentro de tres dias! esto es, k-n ci i110
mento en que yo me ver6 JCSpOjaJ de in is Nieiies, SUO1ILI n Ia
desesperación de la pobreza.
Lafuente se vió obligaW a 1) aparta rsc oh ui sul n staultC del
lecho de Margarita pues lo mismo era salir de la. habitación 1UC
sentirse poseldo de nuevo de la mania del desprecio a su vida.
Pasado los tres dIas y cuando la predicciOn del facultativo 1ha

________ --

Una 1/engana I::surge;:h-

169

i cumpliise, Lafuente fué avisaclo de qua un proctirador necesitaba hablarle.
—Esto es hecho,—dio,—v bcsando cii Ia frente a su hija qua dormia cr1 apacibic sucijo, salió de la habitacián.
No fiié larga su ausencia, pero al regresar su seniblante estaba
livido.
Llarnó i los criados de su mayor confianza, Ics dejó encargada
a Margarita y dispuso se Ic avisase, cuando dispertara, qua no tardana.
Una hora después dos caballeros qua lossirvientcs no conocian,
pretendicron vcr con la may or urgencia ;I la hija de Lafuente.
Sc les contcstó qua era imposible, qua la nina estaba enferma.
Los desconocidos opusieron quc ya !o sablari, pero quo ci caso
era urgente y quo el mismo D. Pedro los habIa enviado.
Margarita acabaha de dispertar buscando a su padre.
Sc Ic dijo qua habIa salido, prcguntó, inquirió y cuando Ia observación quo del serublante do sus sirvientes hizo la hubo tranquilizado, exigió qua se Ia vistiese y fué preciso obedecerla.
En este momento recihió aviso do Ia pretensión do los desconocidos.
Margarita no duLlÔ y mandá pasasen al salon.
Cuando en él entrO, Margarita estuvo a punto de gritar de
TnjCdo

Uno de os dos caballeros era D. Alvaro de Cervera.
- Se ñorita,_dIjolc éste,—comprendo su sorpresa al verme an
Csta casa.
—La verdad es, caballero,—contestó lajoven,—que su presencia
aouj rue extj-aña.
Sin embargo, un enviao de su señor padre do usted.
— No Cornprendo como 61 y an ausencia suya...
- Perdorie usted, sefiorita, qua la untcrrum pa, estos instantes Son
dc
—Bie ncstá, prosiga usted.
Se norita, su padre de usted acaba do oir de mis labios los mis•
flOs
descargos qua ahora voy ii dare a usted, v me ha hecho la
JUsticia do est j marlos sinceros.
- Es u c ho.
-Cuatro dIas hace qua por haber pretendido ser un caballero,
Teit 1

147

170

Episodios Históricos Mexicanos

it
recibI una herida quo gracias a nii naturaleza lie podido, como us
ted lo ye, dominar.
—Caballero, ]as referencias a tan desagradable suceso me hicren
y lastirnan.
—No obstante, yo nada hice para merecer el rencor de ustcd,
señorita.
- Caballero!
—Se encontraba usted en mi casa, yo quise impartir a usted la
protección de que era digna, y uno de mis invitados, con desuada
insotencia, quiso hacer on ella mis veces, usurpar mis ckrechos y...
—Repito a usted, caballero, quo me hieren y lastiman esas refc•
renciaS.
—No quiero, pues, proseguir hacindolas, pero crea usted que
me dude verla conmigo más exigente y severa quo su señor padre.
—Caballero, me siento ma!, mu)' mal y ruego a usted que Si slo
sus deseos dc presentarme sus disculpas le han traIdo aquI, las dé
por recibidas y aceptadas por ml, permitiéndome a la vcz retirarme: bastante extraño es ya para ml, quo ml padre no haya, corno
debIa, acompañado a ustedes on este incidente.
—Señorita, no lo extrañe usted. D. Pedro de Lafuente se encuentra en este momento entre los sindicos del comercio, arreglando
asuntos relativos a su negocio.
—Y usted...
—Soy, senorita, uno de sus principaies acreedores.
—Dios mb!
—Y ante éí, ya quo no ante ustecl, señorita, ci mejor de SUS
amigos.
—Perdone usted, caballero, no acierto a comprender...
—Este caballero que me acornpana es ci principal dependienta
del Sr. D. Gabriel Yermo, como de ello puedc usted convencerse
haciendo venir para identificar su persona i alguno de los del señor
Lafu ente.
Como si Margarita hubiese acogido con reocijo aquel recursO
para encontrarse menoS intranquila on presencla de D. Alvaro,
Ilamó y dió sus órdenes para que ci dependiente de su padre sU
biese.
Asi s veric6 y Margarita quedo absolutamente tranquila.

Una Veugana lusurgente

1171

—Y bien, caballero, qué desea usted de mf?—preguntó.
—En la casa del Sr. Yermo,—conteStó ci dependiente,—eXiSte a
favor de usted un depósito confidencial de ciento cincuenta mu
pesos.
—Es verdad, as( me consta.
—Y bien, senorita, mientras el Sr. Lafuenteconviene con ci resto
de sus acreedores en la manera de satisfacer sus créditos, me
envIa a solicitar de usted el préstamo de esa suma para saldar el que
conmigo tiene,—dijoD. Alvaro:—ahora bien, como segdn las cláusulas del documento respectivo, es indispensable que en presencia
del Sr. Yermo 6 su especial delegado, firme usted el recibo corrcspondiente...
—Comprendo, hall tenido ustedes la bondad de venir a mi casa
por la firma.
Asj es, señorita.
La joven tuvo sabe Dios qué sospecha de que se pretendla sorprcndcrla, y con energIa admirable en sus afios clavó sus miradas
en los ojos de D. Alvaro y con voz firme, dijo:
—Y si yo me negase a firmar?
D. Alvaro sonrió con fina galanterla y ilevando la rnano a uno
de sus bolsillos y sacando de el un papel y poniéndose en pie como
para retirarse, dijo entregando un docurnento a Ia joven:
—Pondria Co manos de utcd cstc papcl y con su permiso me
retiraria.
Margarita cxarnin6 con ra 1 idcz ci pliego quc sc Ic habIa entregado, y con agitación irreprirnibie dijo 21 D. Alvaro:
—Pero, caballero, este documento le ilevaba yo conmigo hace
cuatro dias.
—Asi es la verdad, señorita.
—Entonces...
—Entonces, señorita, quiere decir que ese documento le fué robado áusted en ci asalto que sufrió en el Monte de las Cruces y que
Yo , a quien usted y e con terror, pues me supone un bandido quizás,
que pretendjó retenerla en su casa hace cuatro dias y robarie boy
Y en este mornento ciento cincuenta mil pesos, yo, señorita, recObr ese papel y poniéndolo en sus manos y, con permiso de usted,
retirandorne, hago quizás también alguna cosa en propia justificaClOfl. Asi, pues, pido a usted, señorita, perniisO para retirarme.
-

1 -12
1

Episodios H:stôricos Mexicapios

Exquisito cortesano, D. Alvaro saludó coti extrerna galanteria y
se dirigio a la puerta del salon.
Margarita continuaba dudando a su pesar: vela con gusto alejarse
a aquel hombre y a su compancro, pero ci recuerdo de su padre
acuclió a ella y les sul)lico Sc detuviesen, Ilarnando de nucvo al dc.
1)CfldiCflte de Lafuente.
Cuando se hubo prcsentado le preguntO la joven:
—Andrs, ;conoce usted a este caballero?
—Senorita, —contcstó el dependientc;—es D. Alvaro de Cervra, I
principal acreedor contra su senir padre de usted y promovdr
del concurso ante el quc ha sido citado D. Pedro.
—Bien está, sirvase usted traerme recado de escribir.
Un relárnpago de satisfacción brilló sübito en los ojos de don
Alvaro.
Un instante después Margarita habia firmado ci recibo y
didose de ella D. Aivaro y ci dependiente de Yermo.
XVI
Radiante de supremo gozo. Margarita volviO a sus habitaciones
y esperó con ansiedad !a vuelta dc D. Pedro.
iCon qué grande satisfacciOn iba a arrojarse al cuello de su padre! Ella habIa sido su salvadora.
Pongámonos en antecedentes.
Sc hallaba Margarita en Guadalajara.
Sus tias hablanla acogido con positivo carino.
Era feliz, no obstante quc la separación de su buen padre la quitaba ci gusto a lo inejor.
Un dia, se Ic presentO en aquella ciudad uno de los criad de
la I1acinda de D. Pedro Lafuente, y le rogó tuviez-a la bondad de
escucharle.
Por este criado, flamado Martin, supo la nina lo que ya no inO
ran mis lectores; esto es, que D. Jesus Acevedo, pritno y soci: ic
Lafuente, habia sido un dia asaltado y muerto a las puertas rniS
mas de Mexico, y robado.
Va lo contO yo con todos sus detalles en ci capituio octavo de
este tomo.

Supo entonces Margarita Ia cruel situación de su padre, y temiendo una desgracia que, corno virnos, adivinó al ver sobre la
mesa de D. Pedro la pitola con qu pretendió suicidarse, determinó trasiadarse a Mxico inmediataniente.
Sus pobr.s tias, mujeres solas y ancianas no se ati-evieron a
acompanarla, y la confiaron al cuidado de Martin.
Aun tenIa éste qua hacerle y an efecto le hizo más graves revelaclones.
Martin, ci rnismo -Martin, habIa sido uno de los quo atacaron a
D. Jesus Acevedo y ci qua al quedar herido a su lado, Ic robô las
letras que liabia sacado do la Hacienda.
Pero tan atroces fueron sus remordimientos qua no solo no dispuso ni de uno solo de aquelios pCSOS tan mal hahidos, sino qua
con elks hizo un depósito en la casa de X7errno, haciendo extender
ci documento qua tanto vicne jugando en esta historia.
Martin no sabIa lo qua habria sido de D. Pedro Lafuente a quien
supuso muerto, y por eso designO a Margarita como dueña del
dinero
Al poller ci papel an sus manos, MartIn Ic suplicó intercediese
por ël con D. Pedro; Margarita era buena y sobre todo inocente y
crcvó an ci arrepentirniento de Martin, y no Ic tuvo miedo, conflán(lose a él emprendid ci carnino hacia Mexico.
Hizo con felicidad todo ci viaje, habiendo tenido Ia fortuna de
poder unjrse una especie de caravana compuesta do honradas
P er sonas qua no Ic escasearon atenciones, y asI llegO a! Monte de
I'as Cruces dondo Ia caravana fud atacada por Ia partida de ladrones
dirigida Por ci capitári Centeilas.
Martin tuvo la desgracia de quedar muerto ó herido an ci asalto.
Ninguna de esas cosas pudo contar Margarita a su padre: apeTIas
Ic informó de algo de lo qua an casa dc D. Alvaro Ic habIa
acon tecido: su fuerte escena an el escritorio Ic produjo la fiebre de
queya se hablO, y aun no despertaba con valeciente cuando D. Pedro
dej o su casa Ilamado por at procurador.
Pero, en fi n, lo importante era qua ella habIa salvado a su querido
padre
Al hacer csta
sjntjó an su pecho como un goipe
dolor050
Nada habia CC:t;l
':iire, cómo, pues, su padre podia ha-

11 74

Episodios Hisld yjcos Mxicaiws

ber sabido que ella posela ci documento de los ciento cincuenta mil
pesos?
HabrIan cornetido con ella alguna infarnia?
No era posible, sus presentirnientos la enganaban.
D. Andrés, dependiente de D. Pedro, habIa reconocido al de la
casa de Yerrno.
Al dar a entender Margarita que no firmarIa ci documento, don
Alvaro puso ci papel en sus manos, dernostrando asI no tener luterés en conservarle.
No obstante todas estas explicaciones con que trataba de desvanecer sus dudas 6 presentimientos, Margarita no pudo tranquilizarse: algo habIa pasado 6 iba a pasar quc mantcnia en su alma
ansiedad inexplicable.
Cuando menos lo esperaba, quizás porque Jo deseaba mds, don
Pedro Lafuente se prcsentó en la habitación.
Margarita corrió a éi y se lanzó a su cuello cubriendo su rostro
de uiiiales besos; cuando aquellas caricias infantiles Ic permitieron
hablar, D. Pedro, dijo:
—Hija mia, perdónarne y sIguerne; dentro de breves instantes
se presentarán aquI los sIndicos de mi concurso a rernatar cuanto
en este edifIcio encuentren, no quiero quc presencies tan dcsaradabie escena.
—No comprendo, padre mb.
—Hija, rue encuentro completamente arruinado.
-_Pero qué? de nada han servido los ciento cincuenta mil pSOS que a esos hombres he entregado?
Tan inesperada pregunta sorprendió a Lafuente, y a su sorpresa siguieron explicaciones que yo suprimo por no repetir muchas de
las cosas que sabemos.
Dichas explicaciones dicron por resultado la confirmación de lag
sospechas de Ia joven: D. Alvaro no se habIa presentado a D. Pedro: lejos de ello su procurador Ic habIa negado autorización para
entenderse con éI directamente, y ilevado a tal punto sus exigncia5
que D. Pedro se vió prccisado a hacer una absoluta cesián de
bienes.
Pero no habfa conciuIdo todo.
D. Andrés, dependiente de D. Pedro, entró palido y agitado, dicindoIc:

WI.

Una Vesigana Insurgente

1 175

—Sefior, huya usted, ociiltese, haga en fin lo quc crea más propio
para no ser reducido a prisión.
—;A prisión yo?
—A priSión mi padre?
—Si, seãorita, sI, ci procurador y los ministros dejusticia vienen
en busca de usted.
—En mi buscal pero por qué?
—Aseguran que por conducto de su hija de usted ha logrado salvar de su quiebra ciento cincuenta mil pesos y se repite que esta
quiebra es fraudulenta.
—iDios mb, qué va ser de nosotros!—exclarnó Ilorando Margarita.
—Y bien,—contcstó con dignidad D. Pedro,—aquI mc encontrarán: no quiero justificar con mi fuga sus infamantes sospechas.
—Por todos los santos del cielo, senor,—repuso D. Andrés,desista usteci d su prop6sito y sdIv.se; por su hija de usted se lo
ruego.
—Nunca, D. Audi-es, nunca.
—Vea usted, señor,—continuó diciendo D. Andrés,—que esto es
mis grave aün de lo quc SC imagina.
— iQ ué quicre usted decir, D. Andrsl soy un hombre honrado y
toda sospecha contra mi honradez cornercial...
—PermItame, sefior, que le interrumpa: no se trata como punto
principal de su honradez de comerciante.
—jQué quiere usted decir, liable por Dios, D. Andrs, porque
me vuelvo loco!
—Se dice que hacc cuatro noches dió usted hospedaje en su casa
a Un jefe insurgente qu algunos aseguran fué el mismo D. Nicohis Bravo.
---iMienten!
— Aflrman que su hija de usted le condujo a esta casa y que usted tornó parte con 61 en la tentativa que se hizo para salvar de su
prlslón a D. Leonardo Bravo.
Oh! padre rub, todo esto es una vii calumnia pero no esti
ds provjsta de al-Lin fundamento: no sé quin seria mi salvador ni
ci hidalgo caballero que me sacó de la casa de D. Alvaro; pero no
ten." dada en que era Un hombre a quien irnportaba no ser cono-

L.

I /:

1

cido. Mucho puede ser falso en lo que so dice, pro mi terror me
dice quo aigo hay de positivo en ello.
—Julizmn ,--con tcstá D. Pedro, ni ann asI me movers de aqui: ci
hombre que a los insurgentes debe su ruina y cuantos infortunios
pcsan sobre dl, podri justificarse en esta ocasión como ya lo hizo
al ser aprehendiclo con el Dr. Diaz.
Acabaha de pronunciar D. Pedro estas palabras cuando en la
escalera se cscuchó rumor do precipitados pasos.
Un momento después apareciO en la puerta un grupo de soldados, d su frente tin oficial y a su lado en hábitos de sacristán ci
capitán Centellas, quien en voz alta dijo:
- iEsc, ese mismo Cs; Ic reconozco bien, Cs ci mismo quc disparó contra ml cuando yo detenia en la puerta de la czirc21 de ccr
D. Leonardo Bravo!
Las voces de traidor imiscrablcl date ii priSioIn , furn T)r
tiritos labios repetidas y los soIlados se arrojaron sobr ltftt
Margarita muda de espanto
XVI'
Iruposible describir la confusion de quo fu6 teatro aquclia Iaciica mnorada: atroces imprecaciones, no comprimidos sollo-zos, voces
do muerte y vcnganza so ofan por donde quiez-a en concierto dsolador.
Mientras, tenlan lugar en ci escritorio escenas do otra especie:
toda clase do ministriles, toda esa especie dc rateros judiciaies qtle
como plaga se desprende sobre sus vlctimas a la hora de un embargo, invadfa y registraba Ia habitaciOn y sus rincones en busca do
ocultos escondites do dincro.
Aquello era un robo, nfl ckspojo, un asalto autorizado por La Icy
y hecho en nombre dc la justicia y a la vista de sus magistrados.
D. Alvaro nuisrno, principal interesado en que so procedicsc con
orden, PUCS todo acjuclio iba zi ser suyo, no conscguia reduci: al
orden a aquellos miserables.
El remate habla comenzado y cada objeto quc al escritorio era
lievaclo era inmediatarnente vendido if precio vii.
En mitad de aquel desorden, fuertes a J daboiiazos se hicieron oir

W_

Usia 1/ngasta

!sssurgsz/e

11

77

en la puerta del zaguán al que acababan de bajar arrastrados por la
tropa D. Pedro y Margarita, con los brazos bruscamentc amarrados a la espalda.
Ahierta la puerta mostráronse en ella un noble v anciano caballero, Un negro que Ic acompanaba y algunos alabarderos de la
guardia del virrey.
El caballero, era el mismo D. Gabriel Yermo.
El negro, nuestro antiguo amigo Carlos Cuarto.
Pedro Lafuente?—dijo D. Gabriel.
—;Yo soy!—contestó la vIctima.
--Déjenle ustedes librc,—ordenó Yermo mostrando al olicial un
oficio del virrey.
La orden fué inmediatamente obedecida, hacindose extensivos
sus efectos a Ia pobre Margarita que D. Gabriel y su padre se apre.
suraron a sostener, pues apenas podia mantenerse en pie.
Si en ci zaguán habiase restabiecido el siicncio, en cambio en el
escritorio el ruido era infernal, y hacienclo coro con él, nuevos gri.
tos se escucharon en la escalera donde aparecicron ci negro Carlos
y ci capitarl Centeilas, sujeto éste del cuello por aqu1.
Ayüdcnrne, avudenme!—gritaba el negro,—jque este bandido
Sc rue escapal
Varios soldados acudjet-on a las voces, y ci sacristán quedo suJeto, a Ia vcz quc ci ncro Carlos Ic dccIa:
Arni•;o, tadLI: anl;i: sjH
Cit:i. 1r" ' nt t; Vr(:
cado.
Mientras USO jcja 1). ;>r, I),
V M
l!L
Cfltrado en ul escrjtorio y diciio ci prirnCro:
—Sr. D. Alvaro de Cervera, no pude entregar al dependiente
de usted ios ciento cincuenta mu pesos a que este documento SC
reere, porque en él expresamente se dice que Ia Srta. D . Margarita Lafuente debia firmar su recibo en mi presencia.
D . Alvaro palideció, no acertando a pronunciar palabra.
D. Gabriel se dirigió entonces a la joven y poniendo en sus maflog una pluma.
-Senorita,—le clii 0,—ruego a usted tenga la bondad de repetir
aquj su firma.
Cuando Ia joven lo bubo hecho D. Gabriel recogió ci documento, y sacando otro dc su boisillo Ic cntrcgó Li Margarita, anadiendo:
TOMO

14S

I

!''i'

I/str,os

—Aqul está esa suma en un vale quo será satisfecho en mi casa
su peentacjón.
La firma se entregó i D. Pedro, y éste dirigindose at rindico
dijo a su vez:
—SIrvase V. S. hacer constar on los autos, quo con esta cantidad
queda saidaclo ci crédito que contra rni tienc ci Sr. D. Alvaro de
Cervcra y libre yo de toda ulterior providencia.
Esta operación se hizo on medio del más absoluto siiencio, y sin
que nadie to interrumpiese, la mayorIa de los circunstantes fuá salienclo uno a uno concluido el acto.
D. Pedro se dirigió entonces A D. Gabriel, y profundamente emocionado Ic dijo con elocuente Iaconisrno:
—Gracias, mil gracias, caballero!
—No i mI, Sr. Lafuente, no rni,—contestó Yermo:—si quiere
usted saber ci nombre de su bienhechor, se to dire: ilámase Carlos y
es Un pobre negro at servicio del señor conde de Orizaba; se me
presentó esta mañana diciCndome quo venla on un grupo de pasajeros quo hace cuatro dIas fué asaltado por los bandidos on ci Monte de ]as Cruces, y con cuyos pasajeros se acompaflaba esta señorita: un criado, de nombre Martin, que parece la acompaflaba y fuC
mal herido por los bandidos, reveld a! negro Carlos La existencia
del documento de los ciento cincuenta mil pesos, recomendndole
me viera y previniese por si algo intentaran los iadrones y, gracias
A Dios, su aviso fué de suma utilidad: uno de mis dependientes, scgn parece, sorprendido diestramente on su buena fe, y autorizado
por mt para disponer de toda mi conflanza, fud inocente cornplice
de una innoble acción, que gracias a Dios, to repito, yo pude conjurar. Señor de Lafuente, urgentes ocupaciones me reciaman, me
retiro, pues, pero antes suplico a esta seflorita, se sirva accotar
esta letra on blanco contra mi casa, rogándoIe me dispense el favor
de obligarle a usted a aceptaria, con ci fin de facilitarle los mcdio5
de fomentar sus intereses, quo pronto logrará usted sacar de nucvo
A flote, en cuyo caso usted tendrá Ia bondad de hacer en mi casa la
devoiución de este préstamo.
Acción tan noble y generosa imupuso de modo tal at padre y zi la
hija, quo ni el -uno ni la otra tuvieron fuerza para rechazar La ncrced ni aun para hacer salir de su anudada garganta ni una fras de
gratitud.

Una I c:Iga?la Insurge;i Ic

1

179

D. Gabriel aprovechó aquel instante y desaparecid con rapidez.
Dejo ya dicho que el bando terrorilico del virrey, poniendo fuera
<Ic la icy, no solo a todo prisionero insurgente, sino aun a los sospechosos de rebeliOn, habIa conmovido extraordinariamente los
an im Os.
La decisiOn del cabildo eclesiástico dc no oponerse a un bando
quo echaha por tierra ]as inrnunidades del clero, enardeció niás v
más las pasiones, y diO motivo para que sin crnbozo se arriesgaran
a provocar conflictos los revolucionarios, quo liamaré civiles, do la
capital.
Sc produjo uno do estos conulictos on la noche del domingo 5 de
Julio en ci Colisco.
Era costumbre de la época que en uno de losentreactos un actor
Se presentase al pdbiico con el fin de dare conocimiento del programa do Ia prOxima fun'ciOn y de todo aquello cuanto a los espectáculos pudiera referirse.
Desde antes de empezar la función de aqudila noche habIase
notado quo a ella asistiria extraordinaria concurrencia: la cazuela
de hombres contcnIa una tercera parte mãs do los individuos quo
en ella podian caber cOrnodai-nente. Otro tanto pasaba en ci mosquete, quo parecia desde los cuartcs j?rimeros un desigual empedrado do humanas cabczas.
Los vendedores de dulces y aguas frescas podian apenas circular
por los transitos, y mal que a los bandos do espectáculos pesase, ci
orcien se niantenfa con dificultad.
Nadic, sin embargo, estaba allI por amor al arte, simpatIa hacia
las actrices, ni deseo de recrearse con la comedia, bailes, ni tonadjllas
El mismo vestuario rebosaba de gente, y las cajas de los bastidores habian sido invadidas por toda ciase do personas que so disputaban los lugares, sin quo ci director lograra obligarlas a retirarse
Y dejar ci paso libre a los artistas.
Solo 6stos so ocupaban oil
quehaceres ordinarios, sin quo
Sto quiera decir que sus quehaceres fuesen relativos al la representa ClOfl
P ocas veces los actores se ocupan de esto en noche de función.
Solo el galaln repasa on su cuarto su papel.

-4

i i 8o

Episodios Hislôrjcos

Mexicaos

Curioso está et galán visto de cerca; sofócase nuestro hombre
debajo de su peluca y despiden chispas sus ojos tremendamente
agrandados con rayas de carboncillo: dos irirnensos rosetones de
carrnuri, dcsvanecidos sobre un campo de harina de arroz, cubren
sus mejilias: en la una mano tiene las barbas que su papel exige, y
en Ia otra ci papel, cuyas principales frases repite con violencia
corno si cilas tuviesen la culpa de no haberse fijado a prirnera lectura en su mernoria.
La habitación estambién curiosa, es un cuartucho de unas cinco
varas en cuadro; dos de sus paredes, de marnposterIa carcomidas
por ci salitre; otras dos de mat unidas tablas piritadas at temple, i
mismo que la puerta que cuciga de tres visagras enmohecidas y pro.
ximas a desprenderse: cubre ci piso una especie de lienzo hecho
girones: personas antiguas en ci teatro, afirman quc ci tai iicnzo
fué en remotos dIas una exceiente alfombra: corre de pared a pared
y a lo largo del cuarto una gruesa y ancha tabla cubierta con una
lanila roja con franja dorada: es Ia mesa: dos candetabros de phiqué, cada uno con más de un brazo roto, sosticnen dos velas de
cera encendidas; sobre esta mesa mIranse multitud de objetos, p0mos de aceite, esencias, pomadas y colores; un cacharrito con pinceles, otro con gorna, cajas de polvos, cepillos, chucherlas de tocador, toallas, guantes, cajas de varios tamanos y hasta ]as chin clas
que habrá de sacar en ci segundo acto. Penden de una mala percha
y diferentes ciavos y a usanza de prenderIa, trajes de la época. Camisas, caizoncilios, trusas y toneletes, espadas, puñales y sombreros, compietan ci muebiaje tin espejo con marco que fué doralo,
sobre la mesa: un sofa en regular estado, un sillón sin dos patas y
un par de sillas sin respaldo.
Varios amigos del galan furnan y conversan mientras él estudia.
—Pero, hornbre,—le dice uno,—quieres dejar ya ese papel.
—Chico,—contesta el galán,—déjarne que Ic dé una vistita.
—Pero qué, no te to sabes?
—Que me lo he de saber, hombre; apenas Ic Ilega a uno ci
tiempo para estudiar; me tienen frito a ensayos, no sale uno de estas
malditas paredes desde ]as once de la mañana hasta ]as tres 6 cuatro
de Ia tarde, y eso para ir a corner de prisa y corriendo y arreglar la
ropa y vuelta otra vez i las siete para vestirse para. la función dc Ia
n oche.

w"',
Linci Lenana Insurgenle

I

r8i

—Pero, chico, a estas hot-as no aprenderás ya mucho.
me entero de la situación, tengo buen oIdo y... a propósito: Juan! Juan! pero dónde esti ese muchacho que no viene.
Juan!
Juan es Ufl galopin que sirve de mozo 6 mandadero al actor: Juan
Ilega al fin despus de clue ban corrido la voz del galán, cuantos
andan por c-I escenario.
—Pero rnuchacho,—le dice,—estará de Dios que nunca te
encuentre cuando te necesite? ye a Ilamarme al Sr. Garcia.
Garcia es ci primer apunte: acude y el galán Ic dice:
—Oye, Garcia, cuidado con mi primera escena con la dama: Icvanta en ella la voz cuanto puedas, y sobre todo, habla claro, porque siempre que me apuntas parece que comes papas y te quemas.
—Bien está, D. Bartolomé.
—Ya vamos a empezar?
— iQ uC! si aun no está puesta la escena.
—:Cdnio?
—Si: ci Sr. Amador no quiere ci sofa quo Ic ha puesto ci
Inaqu in I sta.
—Con permiso, sefiores,—dice éste que es un hombre en mangas
de carnisa con un rnartilio a la cintura y una bolsa de cuero liena
de clavos.
— Que quieres?—pregunta ci gaián.
—Que ci Sr. Amador quiere que pongamos este sofzt en lugar
del que estaba ya en la escena.
— jEste sofa para un saidn regio!
— Asi lo quiere ci Sr. Arnador.
— Pucs due de mi parte que se conoce que ha visitado pocos
paiacjos
— ;Pero inc lievo ó no ci sofa?
LiCvalo, hombre, liévalo, pero sensible es que un Director
Co tneta tales anacronismos. 1Ah! juro a ustedes que para la tempo.
rada que viene primero inc muero de harnbre que volverre a sujetar
a la d ireccjdn de An-tador. Aquf seatrevei-i Ci i ser primer actor:
Yo forino compania, ni para mi segundo habria de tomarle.
-Vamos, hombre, no di-as eso: Amador no se avergonzaria do
Prese ntarse en los teatros de Parma, Nápoies y Burdeos.
esos puede, pero que vava a Madrid y veri lo quc es bueno.

S

/-/it:recos

'1c'x, ifl

—No digas eso, hombre, sicrnprc estáis como perro.s y gatos.
—Hombre isi me qucrris tti ensefiar ml oñcio? Sihete quejuntos
hemos sido partes de por niedio y que sóo su os3dIa le ha heclio
primer actor.
—Pero el püblico le aplaude.
—El pb1ico es un animal, hombre, y lo rnisrno ciiticnd él de
artc que yo de ser obispo.
—Pues cuando a ti te aplaude no dices eso.
—Mira, chico, cuando a rnI me aplaude ci pühlico Cs porque echo
el alma en ml papel y me Ic impongo; quc no en balde ilevo dicz
afios de quemarme las cejas estudiando.
La campanilia de prevencián puso trmino a este incidente que,
cranlo ustedes, iba a tornar mal camino, pues basta no estar de
acuerdo con un actor que critica a un compañero suyo, para quc
estos hijos del arte le despachen a uno en hora mala.
XVIII
A su debido tiempo ci encargado de dirigir la voz al püblico
salió a anunciarle que ingresaban de nuevo a la companIa dos de
sus actores de segundo orden.
Estos actores no tenIan de notable otra cosa que haber sido
reclucidos a prisión dias antes por sus opiniones favorables ;i los
insurgentes.
Nada que ics perjudicase resultó de su causa y Ia Junta de
seguridad los declard libres.
Con tan fütil pretexto los revolucionarios tcóricos, que han sido
después liarnados ojalateros pot ci vulgo, formaron base para una
especie de püblica manifestación, y al anunciarse su vuelt: i Ia
companIa, tres nutridos y prolongados aplausos resonaron en la
sala.
Los españoles y europeos pretendieron imponer silencio, y entre
sus ceceos y alguna que otra Voz mal sonante, Jos aplausos voivkrOfl
otras veces a repetirse.
Aquello pudiera haber concluIdo mal si no se Ic hubiere oc urridol
zt uno de los espectadores ianzar un cViva ci Rev.
Nadie se atrevió a dejar de contestar el viva, y los europeos sciI

Mr.
L7,:a

Verigania 1nsurgnte

1183

tranquilizaron con esta contranianifestación y ci espectáculo concluyó sin otro inciclente.
El del teatro fué, sin embargo, bastante significativo para quc ci
virrey no buscase ocasión de contrarrcstar su efecto.
Sc la ofreció excelente ci clero secular, cuyos individuos en
nümcro de ciento diez presentaron al cabildo una representación
reciamando su protección en favor de la inmunidad conculcada por
el bando de 25 de Junio.
Apenas Venegas tuvo noticia de ello, ofició al cabildo pidiéndole la rcprcsentación, y éstc se Ia rcmitió con ci parecer del promotor fiscal Dr. Sanchez, quien la caliFicaba de asonada antipatriótica. AsI lo confirmó ci Real Acuerdo dictando la prisidn del autor
del escrito v ordenando se liamase a los firmantcs ante Ia Junta de
Seguridad para que en su presencia raticasen sus firmas: retractáronlas quince de ellos y hechas averiguaciones se supo haber sido
escrito ci papel por ci Lic. D. Bernardo Gonzalez Angulo, ascsor
de artilleria, con la sola colaboracidn de otro Lic. Villalpanclo: éste
fué reducido a prisión y aquél, avisado a tiernpo, tuvo lugar de
ocultarse y no pudo ser habido. El resto de los firmantes protestó
ante La Junta de Seguridad su sana intención, y aun ci Dr. Medrano,
cura de San Miguel, se comprometió a redactar una contrarrepresentación que no liegó a iegalizarse por haber exigido el oidor I3atailer,
presidente de la Junta, que se hiciera constar en ella un juramento
de odio contra ci Sr. Morelos, lo cual con justicia se estimó que
nada tenia que ver con ci asunto. Salieron entonces varios papeics,
y hasta tomos en cuarto, contra y en favor de los reclamantes, y
acabó ci asunto como tantos eritre nosotros, por caer en ci olvido.
D. Ciriaco del Llano, después de haberse apoderado, como ya
dije, de Orjzaba y derrotado en Aculcingo 1 varias partidas quc
quisieron oponérsele, entró ci dIa 5 en Mexico con un convoy de
varios efectos, entre ellos tabaco y papel para Ia fábrica de Mexico,
d onde hacia tiempo escaseaba.
Con la liegada de Llano cayeron por su base los alarmantes
ru mores que corrjan con motivo de hacer en aquclia fecha casi tres
meses que sc carecfa de noticias de Veracruz: segün estos rumores,
t odas las poblaciones del camino de la capital al primer puerto,
habian cafdo en poder de los insurgentes y unIdoseies en aigunas
los espanoles haciendo causa comdfl contra ci virrey.
-

1 184

Episodios Históricos Mexicanos

No era esto verdad, Pero silo fu6 que el tunes 13 de Julio lkgó
ante los rnuros de Huajapan el Sr. D. José Maria Morelos.
El coronet D. Vaierio Trujano haiiábase en ella en ci mayor
aprieto, y tanto que, desesperado de todo hurnano auxilio, hacIa
en aquellos momentos una novena at Senor de los Corazoncs,
iniagen que se veneraba en la parroquia del lugar.
En cuanto Trujano, dos dIas antes del 13, rccibió el aviso por
rneclio del siempre fiel indio Noyó, quc una vez más burl6 a los
sitiadores y penetró en la plaza, se entregó at más grande regocijo,
celebrando la plausible nueva con salvas, müsicas y repiques.
Régulcs, que estas senates vió desde su campo, crevó oportuno
celebrar una junta de guerra, en la que propuso levantar ci sitio, a
to que Caldelas, bizarro oficial espartol, respondio llarnándole
cobarde é invocando ci patriotisrno de los demás jefes.
Al siguiente dIa atacd en su canipo a los reaiistas D. Miguel
Brabo, Pero fué por ellos rechazado y aun perdiô dos cañones,
Pero ci susodicho 13, ci gran caudillo cayó corno una tempestad
sobre ellos, a la vez que Trujano hacIa una vigorosa salida: los
insurgentes obtuvieron un completo triunfo, cayendo en su poder
toda la artillerla enemiga, armamento y pertrechos, haciendo ciento
sesenta prisioncros.
Régulcs huyd cobardernente a los primeros tiros, y ci valiente
Caldeias murió como un hcroe atravesado a lanzadas y gritando
mientras tuvo voz Vivas ii Espana.
Tal fu la violencia con que Rcigules hula, que ni tiempo tuvo de
'cr cruzada en su camino una rarna de árbol y contra ella se dió
un terrible golpe y vino a tierra arrojando sangre por la bcca, en
cuya situación Ic encontró un soldado que en ancas de su caballo
Ic puso en salvo conducjéndoie a Yanhuitlan.
Muititud de otras pequcias acciones parciales habian tenido
lugar también en aquella segunda quincena de Julio; Pero todas
ellas fueron tan insignificantes que no rnerecen casi ser citadas.
Algo dire, no obstante, dc Garcia Conde, que ci dia 28 dc Jun10
salió de Mexico con un convoy para ci interior.
Dare a mis lectores una idea de to que eran los convoves de
aquel tiempo: ci que Garcia Conde conducia estaba compuesto de
cinco mll cuatrocjentos treinta tcrcios de efectos de la Real 1-13cienda; seis mil doscientos setenta y dos de particulares; setenta Y

W,

k

I

-

-'

/
I

i
:

$-'
- /
- -

-.
'

L

./

-

-

-

1

TAI. FUt LA VIOLENCIA CON QUE RGULES HLIA...

TOMO 1

149

LJnj Vengallia: insulgente

I 187

nueve coches con pasajeros, lievando seiscientas treinta y dos mulas de remuda y con equipajes: ciento treinta asnos cargados y cmco mil novecientos veinte personas entre tropa, arrieros y pasajeros: ci convoy tardó en salir dc Mexico siete dias y ocupaba en ci
camninO una extension de cuatro leguas.
La marcha del convoy fuC lenta, y la estaciOn de aguas, entonces en toda su fucrza, aumcntO extraordinari amen te los obstãculos
del carnino.
Conforme Garcia Conde fué avanzando hacia ci teatro de sus
recientes triunfos sobre Aivino Garcia, pudo irse entcrando dc quc
ci Bajio no disfrutaba ni la seguridad iii la iaz anunciadas por
Iturbide. Faltaba Alvino, era verdad, pero Ic rcemnplazaban Cicto,
Carnacho, Saimerón y otros, y a más habIaseles unido, en representacioii de la Junta, ci miemnbro de ella Liceaga, acompafiado
del Dr. Cos y del antiguo secrctario de la misma D. Remigio
Varza.
Desde Qucrétaro a donde con dfficultad licgó Garcia Conde, sahO destacado contra los insurgentes del Valle dc Santiago, don
Agustin Iturbide, quc entonces estaba dc fortuna, y no solo los
desbarató sino que en poco estuvo quc cayesen en sus manos Liceaga y ci Dr. Cos ci dIa 24 de Julio.
El mismo clIa D. Ciriaco del Llano, que habia salido de Puebla
ci 5, determinó salir de Jalapa en auxihio de Veracruz, quc se encontraba completamente cercada por los insurgentes, al grado de
que no habian podido salir de ella los batallones de infanterIa de
Castilla procedentes uno de Espana y de Campeche otro: antes
de pasar ci puerto tuvo Llano que saiir contra una pequena junta
rev olucionaria que varios jóvenes habIan formado en Naulingo, y
Sin gran trabajo la desbarató.
El jefe rcalista encontró minado ci puente de Plan del Rio con
catorce barrenos que no ilegaron a dispararse, y en ci del Rey tuvo
que desalojar a una partida, de un parapeto dctrás del cual se
gu arecia: habiendo hecho algunos prisioneros, mandO fusiiar cuatro de ehlos y col g ar sus cadáveres en los cuatro extrernos del
Puente.
El 29 acampó cmi Ia Hacienda de Santa Fe, viéndose molestado
i-fl todo ci camino por partidas voiants y se preparO i entrar ci 3o
Cfl Veracruz

ii 88

Episodios Hisldricos Mexicanos

En Ia tarde del 29 habIa tenido lugar en ci puerto un suceso doloroso que por su importancia merece capItulo aparte.
Ocupémonos, pues, de él.
XIX
Yo creo que no todos mis lectores habrán olvidado a D. José
Mariano de Michelena, que, siendo teniente del regimiento de infanterIa de Ia Corona, fué el primero en reducir a un plan formal
y realizable las ideas independientes que comeuzaron a surgir del
general descontento que reinaba en Nueva Espana por los años dc
mil ochocientos nueve a die-i.
Dc ello habld en ci segundo torno de mis EPISODIOS.
Fracasada aquella intentona, Michelena fué procesado y conducido a Veracruz y arrojado en un horrible calabozo del castillo de
San Juan de Ulüa.
Horrible sI, porque no solo era suhterráneo, sino también sithmarino como dice un autor, queriendo significar que Se hailaba
más bajo quc ci nivel de las aguas del mar.
A pesar de estar abierto en la roca, ]as filtraciones cran tan
grandes que ci pobre prisionero se vela obligado a no bajar nunca
de Ia tarima destinada a servirie de duro y miserable lecho.
Aquella hurnedad espantosa redujo su salud a un estado tal de
enfermedad, que los niisrnos carceleros encargados de su custodia
se movieron a compasión.
El gobernador de Ia fortaleza solicitO entonces del de la plaza
permiso para sacar de su calabozo a Michelena y aiojarle en la
habitaciOn de su ayudante bajo la estrecha responsabilidad de
éste.
Obttivose el permiso, y Michelena voivió i ver Ia iuz del dia y a
tener comunicación con las gentes, v su salud comenzO a reponerse.
Más desventurado que él, un sacerdote, D. Grcgorio Cornide,
acusado de hallarse en correspondencia con los insurgentes, fué
también conducido d San Juan de Ulüa y conduyO por perder ci
juiclo en su calabozo.
Michelena habIa sido un bravo oIicial, altamente simpático y

W."

Una Vengana Insurgenle

11 89

querido por sus compancros, y su desgracia le atrajo el cariño de
todos los militares de la guarnición, quo poco a poco fueron permitindole ser visitado por sus amigos y conocidos del Puerto.
DistinguIase entre ellos un joven en extrerrio arnable é instruIdo
Ilarnado D. Cayctano Perez, empicado en la contadurIa de la Real
Hacienda: .su carácter franco y honrado le habIa hecho popular en la
ciudad con cuyas principales personas mantenla estrechas reiaciones; sus amigos José Evaristo Molina, José Ignacio Murillo, BartolomC Flores, José Nicasio Arizrncndi y José Prudencio Silva, lo
eran tarnbidn de Michelena, y por ellos SUO dste ci curso quo habIa tornado la revolución, limitada on sus primeros tiempos al asesinato de cspanoles y despojo de sus intereses.
Dc otro niodo habIala conccbido Micheleña y asI hubo de decIrselo a sus amigos, y al explicarles sus primitivos planes, con tal
elocuencia lo hizo, que on aquel grupo de jóvenes surgió Ia idea
de la regeneración del aizarniento.
Todo fuC POCO a poco conccrtándose y vino a quedar deterrninado que on dIa fijo se apoderarIan del castillo, obligando a rendirse a
los buques de guerra anciados bajo los fuegos de Ia fortaleza, mientras quo Perez, con el resto do los conjurados, se harIa del muelle
Y los baluartes de la plaza.
Para esto era preciso ganarse la vountad del comandante de artillerfa D. Pedro No!asco Valdés, y el Cxito correspoiidió a los
afanes de aquellos osados jóvenes, porque ValdCs dió sü consentiIfliento
Esto consoguido, los conspiradores estimaron seguro su triunfo,
mt'dme cuando Mjchelena conocia a todos los ociaIes del tercer
batallón fijo, por haber sido él el encargado do organizarie.
Pero aquel era tiernpo do traiciones y una de ellas dió noticia de
la Cofl Spiración d ]as autoridades; D. Cayetano Perez fué reducido
a Prlsión y sornetido a un tribunal formado por los capitanes de
patriot, todos europeos: Perez y cinco de sus compañeros, Molina, Murillo, Flores, Arizrnendi y Silva fueron condenados a muertc ci tribunal presidido por ci brigadier Moreno Daos, recienternente Ilegado de Espana.
La prisión dc perez tuvo lugar el miércoles 18 do Marzo
de 1812
Vindos0 perdidos Perez y su camaradas tuvieron el heroismo

I1

9 0

Episodio l-z',stcrzc>

de no corn prar con sus delaciones ci rnejoramiento de su sucrte, y
solo Molina acusó de complicidad a Michelena; no fuá esto lo bastante para probarlo, y Michelena salvo la vida, Si bieri se Ic desterrO zi Espafla con otros presuntos reos, haciéndole salir an uno de
los buques surtos an la bahIa.
Con toda oportunidad se recihió an Veracruz ci indulto otorgado por las Cortes espanolas a todos los reos de infidencia on los
dorninios de Espana, y la infcliz macire de Perez quiso haceric Vaicr an favor de su hijo, y obtuvo que la ejecuciOn se suspendiese
continuando los reos an prisiOn y cargados de grubs.
Pero ci rnariscal Urrutia, gobernador de la plaza, se viO obligado zi salir de Veracruz para ir zi ocupar su alto puesto de capitdn
general dc la isia de Santo Domingo, cuyo nombramicnto acababa
de recibir, y entró zi sustituiric ci coronel D. Juan Maria Soto,
hombre pusilzinirne y falto de toda energia.
A Cl acudieron los espafioles, que sin piedad alguna y con barbaro rencor, querlan dorninar la rebeliOn con sangrientos espec
tzicubos: exigiendo y arncnazando, lograron de Soto que these Ia
orden fatal, y asI mismo Se lo dijo al herniario de Perez derrarnando indignas y cohardes izigrirnas.
En consecuencia,en Ia tarde del 29 Julio fueron pasados p' ]as
armas PCrez, Molina, Muriblo, Flores, Arizrnendi y Silva, primeras vfctimas de la independencia mexicana sacriflcadas an Veracruz.
Llano entro an Veracruz at dIa siguiente y tuvo muy zi mal que
no se le hubiera esperado para resolver sobre la suerte de aquelIOS
i1)feliCes, cuya ejecuciOn consideró tan sanguinaria conio inttil Y
contraproducente.
Pero ya no habIa remedio, y otras graves atenciones reclamaban
su solicitud: era la principal de ellas la qua Ic cxigia la salvaciOU
de Jos soldados espanoles del regimiento de Castilla, quo no habiendo podido, aunque lo intentO, salir de Veracruz, habIa queda
do reducido a la mitad de sus plazas a consccuencia del v6rnit0
que an ellos habIase cebado.
FuC, pucs, su primer cuidado, hacerlos salir inrnediatamentC
para Jalapa, con cuyo fin les proveyó do Jos bagajes indispensabe5
el cornerciante de Veracruz D. Juan Bautista Lobo.
Creyó Garcia Conde, zi quien dejarnos on QuerCtaro con su COP

_W`17
Una i/cngaua 1,zsurgenlc

119

voy, que gracias al triunfo de Iturbide sobre las fucizas de CaniaValle y
de Santiago,
podrIa continuar
cho, Salrnerón
Liceaga
en
sin peligro su marcha, pero ci dia 7 de Agosto en ci punto de Baltierrilla, a la entrada de Salamanca, fud vivamente atacado y perdió cuatrocientaS mulas con efectos, y tuvo gran nümero de her]'*
dos y muertos.
Terminado con ci oportuno y feliz auxilio del Sr. Morelos, ci
sitio de Huajuapan, quc habla durado ciento once dIas, permaneció en la población hasta principios de Agosto, ocupándose en organizar sus fuerzas y dat aplicación al botin que hizo con la derrota de los realistas, consistente en catorce cafiones, niás de mu
fusiles, mucho parque y cantidad de vIvcres y algt.in dinero.
Alli organizó tanibién con los delensores de Huajuapan Un regimiento que llamó de cSan Lorenzo', porque habian estado ex
puestos al fuego pot todos lados, y nombró su coronel al heroico
D. Valerio Trujano.
Hecho esto, v dejando para más tarde la toma de Oaxaca que su
Victoria en Huajuapan Ic facilitaba extraordinariame1te, saiió CO1
todo su ejrcito para Tehuacan de las Granadas, donde entró enmedio de vitorcs y aciamaciones ci d,a io de Agosto.
Volvió a ver allá a su valiente amigo D. Mariano Matamoros,
que se le presento a dade cuenta de sus triunfos en las inmediaciones de la hacienda de Santa Clara y después en Izdcar. Hizo también desfilar ante su general su terrible regimiento de San Pedro,
cuya bandera estaba formada por un gran pano negro con una
cruz roja y un letrero que decIa: dnmunidad religiosa todo ello
a.lusivo al bando del virrey, de 25 de Junio, que desaforaba a los
eclesidsticos que tomasen parte en Ia revoiución.
Con Matamoros estaban D. Manuel Terdn y ci Lic. D. Juan
Ne pornuceno Rosains, a quien el Sr. Morcios norubro auditor de
guerra.
Rosains, del cual a su tierfll)O clijinios que Li dia de Abril Sc
habla lanzado a Ia revolución por sugestiOfles del cura de San
Salvador D José Rafael Tarelo, estuvo a punto de perecer a maflOg de éste, que era, a pesar de los hábitos, un desalmado bandido.
El SUCCSO fud que terneroso mds que otro alguno ci padre Tarelo, de no poder hacer frentc a las tropas que en su persecución
habfan salido de Puebla, escribió a! obis p o Carnpillo, pidiendo
LL

I 192

Episodios Históricos Mexican as

por su mediación su indulto y at de otro cura su compafiero ha- 1
rnado Amador.
Sabido esto por la gentc de armas y temicudo qua sc pretendiese venderla, otros dos bandidos, Machorro y el franciscano IbargUen, se echaron sobre Rosains y D. Rafael Arguelles, rico comer.
dante de Orizaba, y poniendo an prisión at padre Tarelo, dispusieron qua Rosains y ArgUehles fueran fusilados: aqucllos tres
hombres defendironse con tal desesperación qua hiricron a Machorro y pusieron an fuga at franciscano Ibarguen, pero Tarelo se
volvió contra Rosains y Sc apoderó de 61 y he entregó a Arroyo,
qua mandó dare la muerte an Tepeaca, salvando su vida gracias a
los ruegos é influencias de algunos vecinos, pero quedando an pnisión y con grubs an los pies.
La hacienda de la Rinconada, propiedad de Rosains, fué atacada
y destruida por los bandidos, y la familia del hicenciado estuvo a
punto de haber sido bárbaramente sacriticada.
La vIspera de qua Arroyo fuese desalojado de Tepeaca at 30 de
Mayo, por las tropas de Llano, Rosains con los brazos amarrados
a la espalda y at cuidado de un band ido ilamado cEl Ben dito, fu
encerrado en un calabozo an la hacienda de San Jerónimo y conducido después a Tepeji, alhi permancció treinta y dos dIas antre
la vida y la muerte, hasta qua an virtud de una orden de Morelos
se Ic puso en hibertad qua él aprovechd para presentarse a Matamoros an Izücar.
Aquellos miserables bandidos que, campeando por su cuenta y
consagrados tan solo at crimen, ci robo v at asesinato, nada ni nadie reconocIan, to rnismo cebaban su in fame saña an los realistas
qua an los insurgentes.
Matamoros comisionO i Rosains an Izcar para qua con fuerzas competentes persiguiera a los ladrones y bandidos qua desacreditaban Ia.causa nacional, y esto he proporciono ocasiOn de tomar
cumplida venganza del padre Tarelo.
xx
Fatalmente empujado por las circunstancias a levantarse contra
ha adniinistración espanola, D. Bernando Gutiérrez de Lara, vecjfl

Lhza ienga:a Insurg:ite

1 19-3

de la aldea de Revilla en las orillas del Rio Bravo, tuvo el triste
privilegio de ser ci primer niexicano que dió pretexto a Jos disgustos y reclamaciones quo más tarde habIan de poner en manos de
la absorbente .repüblica de los Estados Unidos la mitad del terntorio nacional.
Lara huyó del lugar de su residencia on Ia provincia de Nuevo
Santander, hoy Tamaulipas, cuand en Junio de mil ochocientos
once la ocupó y pacificó ci coniandante realista Arredondo.
Habiendo pasado a los Estados Unidos, solicitó Lara auxilios
de aquel gobierno, quo amplios se ies ofreció, con Ia condición de
quo las provincias on quo lograra estabiccerse reconociesen su protectorado. Lana rechazó indignado tat propuesta, pero soiicitó ci
auxilio de un huen nümero de aventureros, casi quinientos, V COfl
ellos invadió ci territorio de su patria, apoderándose ci niartes ii de
Agosto de 1812 de la villa de Nacodoches, que encontró abandonada; pero 110 deben-ios por ahora ocuparnos de este asunto que solo
he querido ilacer cons-tar se-On la fecha quo Ic corresponde on ci
orden cronologico de los suceso.
Fu6 notable ci dIa 13 de Agosto de aquel año por haberse clejado
de celebrar en 61 por prirnera vez on un perlodo de doscientos noyenta y un años, la tradicional fiesta ópasea del pendón, con cuva
Cerernonia se conmemoraba quo ci 13 de Agosto de mil quinientos
veintiuno, dIa de San Hipóiito, patrono de la ciudad, habiase apoderado de ella ci ejrcito at mando de Hcrnán Cortés.
Este paseo se suprimiO por decreto de las Cortes espanoias fecha
7 de Enerode mil ochocientosdoce, con elfin, segIn dicho decreto,
'de hacer dcsaparecer todo acto de inferioridad on ]as provincias
de Ultraniar quo pudiera considerarse como monumento del antiguo sisterna de conquista y de coIonias.
Consistia principalmente esta ccremonia en quo en Ia vispera
del dIa 13, por convite previo del a yuntarniento se reunIa on ]as
Casas Municipales cuanto de noble y principal on personas encer raba la ciudad, y con ci nendOn real, que era una bandera dz seda
Con las armas de Esaafia bordadas con oro, iban los regidores i
buscar at virrev y se encaminaban todos a la iglesia de San HipOCii Ia que se celcbraba una funciOn religiosa. El ayuntamiento
rc*galaba en esta ocasión at virrey y a los oid ores u sombrero unos
g uan 5 nueos v todo terminaba Con un abundante refresco.
Tojo i

lO

I 94

Episodios !-IisI)ricos .Wex

IC.7?IO5

Pero volvamos al Sr. Morelos, quien situado en Tehuacan arnenazaba desde aquella posición, que el haberia tornado revelaba un
grande instinto militar, las ciudades de Oaxaca y Orizaba y e1
camino de Veracruz.
Uno de sus nurnerosos espIas puso en su conocimiento que Divila,
gobernador de aquel puerto, habia hecho salir de éi a D. Juan Laba.
qui con objeto de conducir a Mexico una gran cantidad de corres.
pondencia de Espafia aliI detenida dcsde hacIa xnuchos nieses, y
de llcvar a su re greso
,
cicrtos vIveres y efectos que escaseaban por
la interceptacion casi absoluta del carnino.
No era militar de profesión D. Juan Labaqui, pero habIase acostumbrado i los combates luchando por su patx-ia, corno un leon,
contra los franceses, en las gloriosas campafias de mil setecientosnoventa y tres: hailándose en Veracruz fué nombrado capitán de
una compafiIa de tiradores de patriotas voluntarios, y nunca dcjó
de distinguirse conio hombre valiente y decidido, y siernpre fuC
clechado de patriotismo y honradez. Ddvil g puso a ]as ordenes de
Labaqui trcscientos infantes del batailón de Campeche, sescnta
caballos y tres cañones ligeros.
Con tan reducida fuerza salió de Veracruz y hasta Ilegar zi Onzaba tuvo diversos encuentros con los insurgentes quedando en
todos vencedor: paso sin dificuitad las cumbres de Aculcingo y se
detuvo para dar descanso a sus fatigadas tropas en ci pueblo de
San Agustin del Pairnar.
Las más distinguidas figuras del partido insurgente se hallaban
con el Sr. Morelos en Tehuacan, y entre todos distingulase por su
juventud y arrogante presencia ci simpatico caudillo mexicano
D. Nicolás Bravo.
Solo él parecia triste y meditahundo en aquella reunion do hombres notables.
Todos cornprendian y respetaban Ia causa de su dolor.
D. Leonardo Bravo era su padre y sobre su cabeza estaba -sus
pendida una sentencia de muerte, que aun no habia sido ejecutada
por ci Gobierno virreinal, con la esperanza de que D. Nicolás acep
tase ci induito quc se Ic tenIa ofrecido.
D. JosC Maria. Morelos le habIa autorizado para todo, aun para
aceptar ci indulto, si sOlo este medio era capaz de salvar la vida de
D. Leonardo.

ww"
Una k'nia,:a Insurgeitle

I

195

Nadie podia dudar, segin el ruismo dijo rnás adelantc, que
D. Nicolás estaba dispuesto a hacer cualquier sacrificio para salvar
ia vida de su padre en su prisión, y más teniendo corno tenla per-

•,-,-•

:- •_•..

-

;

D.

co

de su general para hacerlo, pero dudaba de Ia buena fe del
virrey y esta duda y ci amor a su patria le hicieron desistir de liber .
-tarlOpoquendi.
FIabIa intentado otros?

Thiso

%

i

t96

Episodios His/dr icos Mcxica,,os

Nadie to sabIa, pero no puede dudarse que los intentó, porque en
aquefla alma grande y generosa se abrigaban todas ]as virtudes y n
podia faltarle la quc es un deber filial; ci amor d nuestros padres.
Nada consta, sin embargo: con nadie Se explayójamás sobre este
punto: fué hombre demasiado orgulloso en su dignidacl para haber
descendido nunca I dernostrar lo que nadie tampoco podia negarle,
que siempre cumplió con sus cleberes.
D. José Maria Morelos buscó entonces para él una distracción
digna del héroe; sabedor de Ia proximidad de Labaqui, designs a
D. Nicolás para quc fuese a atacarle.
D. Nicolas aceptó este honor con marcadas muestras de reconocimiento, y ponidndose al frente dc la fuerza que se le designó y
acompanándole D. Pablo Galeana y D. Ramón Sesma, saud de
Tehuacan a las nueve de Ia noche del iS de Agosto.
Más de uno dc Jos soldados quc Ic veian satir, se cuenta que
derramaban lágrimas como si ya no hubieran de volver a verle.
El general preguntd a alguno Ia causa de sus lágrimas y se refiere
tambidu que ci soldado contcstd:
—jTemo, mi general, quc D. NicolzIs vaya a hacerse matar pot
Labaqui!
Toda aquella noche caminarori los irisurgentes sin darse un punto
de reposo, y a las once de Ia mañana del dia 19, sus fuerzas se
avistaron con Jos realistas, quc sin tiernpo para más, pues el ataque
comcnzó inmediatarnente, se fortfficaron en tres casas de Ia calie
principal de San Agustin: una reserva de las fuerzas indepcndicntes
se apoderó del cerro del Calvario y otra tomó ]as casas contivas
a las ocupadas por Labaqui: éste se vio al fin reducido a una sola
y en ella se sostuvo hasta ci dIa siguiente, en que las tropas de
Bravo cargaron con violencia al arma blanca y sin amendrantarse
por los clisparos de un cañon situado en ci zaguán de la casa con
tanto heroismo defend ida por los realistas: la resistencia cri ya
irnposible, pero Labaqui no desrnayaba, y al salir a dar ci cjernplo
a sus soidados que iban retrocediendo, el capitán insurgente Patina,
jefe de los negros costeños, Ic dividid en dos partesiacabeza: vkndo
su muerte, los realistas se rindieron a discreción, quedando en
de Bravo tres cafloncs, trescientos fusiles, la correspondencia sacada
del Puerto y doscientos prisioneros que envió con una escolta a
provincia dc \Teracruz

Una Vcngaua lnsurgeule

1197

D. Nicolis volvió a Tehuacan a presentar t Morelos la espada
del horoico Labaqui y ci caudillo Ic hizo salir inmcdiatarnente
para la provincia de Veracruz, nornbrándoio general en jefe do
todas las fucrzas de aquel rumbo: tambitTh Ic duo en aquella cntrevista quo iba a dirigir un oficio al virrey proponiéndolc ci cange do
ochocientos prisioneros espafioles por Ia vida de D. Leonardo, lo
cual no dudaba que seria aclmitido.
Bien distante cstaba ci virrey do irnaginarse que tal dcscaiabro
hubiesen sufrido sus fuerzas, de ]as cuales id un solo soldado escapó quo pudiese haber dado la noticia. Otros y no pequenbs cuidados le desvelabari: ci tesoro habIa sido agotado en tan larga y
destructora iucha civil, y con ci fin de arhitrarso recursos, se colebraron bajo la presiclencia del mismo Venegas y en los dIas 19 y
21, dos juntas do Hacienda, en la segunda de las cuales so resolvió
quo se gravasen con un nuevo impuesto todos los efectos de prirnera necesidad sin cxceptuar los anteriormonte airnaconados, decrctándose otras semejantes medidas, todas vejatorias, pero que sin
embargo fueron preferidas a Ia quo propusieron los conierciantes,
reducida a hacer un descuento de una tcrcera parte en los sueldos
de los empleados dc Ia administración.
Tanto se han conservado los abusos de esta cspecie en nuestro
pat:;, que al hacer referenda a los do aquel tienipo sOlo parece que
cscribjri i os la hjstoria do la 6poca presentc.
En los Llanos de Apain puiuiaban do un moclo oxtraordinario
las partidas insurgentes que puditrarnos Ilarnar inclepcndicntcs:
una de clias, de la cual ni ci nornbrc de su jefe se supo, so accrcó
el dia 23 a Atotonilco ci Grande que los patriotas do Liorente
defendfaii, y no pudiendo apoderarse do la población so retirarOfl
pre ndiendo fuego a los suburbios.
D. Ignacio Rayon se habIa traslaciado segOn lo convonido en
la tiltrna reuni6n de la Junta do Sultepec, a su patria Tialpujahua;
bien secundado aIR pot sus hermanos D. Ramón, D. Rafael, don
Jose Maria y D. Francisco se ocu pO en hacorse de armaniento, en
or anIzar fuorzas, en fundir artillerIa y en fortificar los cerros del
Gallo y de Nadó, trabajándose especialmente en estas ültirnas
O bras con acierto y actividad.
El dia 26 de Agosto D. Ignacio saliO de Tlalpujahua con dirccción a Huichapan con objeto do toner algunas conferencias con

I

1 198

Episodios Histo yicos Mt'xicanos

los Viflagranes, de cuya adhesion a la causa de la independencia
tcnIa sin duda rnás de Un motivo que justilicase su desconulanza.
xx'
En camino para Huichapan y en Ia hacienda de Tepusteec
fueron entrcgados a D. Ignacio unos cien prisioneros hechos por
su herniano D. RamOn en un paraje Ilamado ci Salitre y en Jerecuaro ci dIa 2 de Septiembre.
Entre estos prisioneros se encontraban dos espafioles y ci COmandante realista D. José Mariano Ferrer, hermano del Lic. don
Antonio, autor y jefe de Ia conspiración del 3 de Agosto de IS ii
contra Venegas.
Este D. José Mariano, lejos de haber opinado nunca como su
herrnano, fué Un cruel perseguidor de insurgentes y tenfa aterradas
a ]as gentes de los airededores de JerOcuaro y aun de Marabato
pot su scveridad y sangrientos castigos.
D. Ignacio juzgó oportuno quitarle de en niedio, y ci dIa 4 de
Septiernbre hizo fusilar a Ferrer, zt los dos espanoles y a otros cinco
soldados más, incorporando a sus fuerzas ci resto de los prision eros.
El rnismo dia 5 de Septiembre en que ci capitan D. Manuel Pardo
rechazaba a los insurgentes quc hablan tenido ci atrevimiento
de atacarle en ci Pueblo de Apam, entrO en Mexico tin convoy
sacado por Llano de Veracruz, conduciendo cuarenta y dos cajones de correspondencia de Espana, papel para Ia fibrica de cigarros, y varios efectos de particulares: Olazabal se Ic unió en
Perote con los piquetes de tropas espafiolas que allI habIan quedado y habiendo sabido que en ci Carmen habian sido interccptadas
sus comunicaciones al virrey, mandó quemar ci pueblo para que no
volviese a servir de abrigo a los insurgentes.
Abiertos los cuarenta y dos cajones de correspondencia, en uflO
de ellos se encontrO y fué entregada al vi rrey ci dIa 6, la nueva Cobs
titución espafiola y la orden para que en Mexico fuese publicada.
Como sea que dicha Constitución habrá de ocuparnos mu e
tensarnente en ci tomo que seguirá al que recorriendo están mis
lectores, dejarernos por ahora este asunto que no será en verdad

(.]na iengan:a Ins:irgcntc

1199.

de los menos curiosos y provistos de incidentes dignos de especial
mención.
Nada violcnto hay en esta determinación pues el suceso revestla
tan nuevos y graves caracteres i iba a ofrecer su aplicación tantos
obstácuios, que Venegas resolvió ocuitar su recibo rnientras tanto
conu1taba con ci Real Acuerdo Ia manera y forma de hacer la Pu.
biicación, sin riesgo de lanzar a la Nueva España en mayores dificultades y trastornos.
Por estos mismos dias, Cs ciccir, el 9 de Septiembre, D. Agustin
Iturbide daba comienzo a una feiiz campaia contra las tropas del
Dr. Liceaga, miembro de la antigua junta de Zitácuaro y general
en jefc de las fuerzas insurgentes de las provincias del Norte.
Vistas las diuicultades que para ejercer su cargo de vicario castrense habia encontrado ci Dr. Cos, Liceaga le nombró en cornpcnsadon su segundo en ci ruando de la provincia de Guanajuato y ci
doctor estahkció su cuartel general y centro de operaciones en
el pueblo de Dolores.
Liceaga, que sin duda no se consideraba apto lara combatir a
campo raso, Se retiró a Ja launa de Yurira en cuyo centro hay
islotes_ci ma y or de Is cuales mide unas mil varas de circunferencia.
Liceaga los unió por medio de una caizada de trcs varas do ancho, cercándoio todo con un murallón de picdra de dos varas de
altura, circundado por un foso y estacada entretejida con espinos.
Segin los partes de Iturbide, de quien toda csta descripciOn
Cstá tomada, defendlan ci islote mayor setenta y un merlones y seSenta v cuatro ci menor.
Deritro del recinto fortificado hizo Liceaga construir varias gaicras Para fundición de canones, fábrica de póivora y acuñación
de rnoneda, y con la tropa que estimd neceSaria se situó en ella
dándole ci nombre de Isla Liceaga.
Serias dificultades ofrecia ci ataque de tal isla, por más quo no
fuese inexpugnable como segün parece creyó su fundador, y con
ci fin de hacerlas menores dispuso Iturbide lirnpiar de insurgentes
las orillas de la laguna a cuya operación Ic dejaremos pOr ahora
entregado.
El Sr. Morelos se ocupaba mientras tanto en Tehuacan en tomar acertadas disposicioncs de buen gobierno, distribución do troPas y ascensos de su oflciaiidad, y he aqul como curioso documento

1200

Ep:oios Ij.s1(;riCoS iyicx;:o

la carta que en 12 de Septiembre de aquel aflo dirigio a D. Ignacio
Rayon corno presidente de la Junta:
(Porque ]as vicisitudes de la guerra son varias y mi scgund
ci brigadier D. Leonardo Bravo estI en Mexico, he nombrado mariscal at Lic. D. Mariano Matamoros, cura de Janteteico, por ci
mCrito que en este aflo ha contraido organizanclo una brigada en
Izücar y defendiendo aquella plaza, a mIs de lo que trabajó en
Cuautiâ y otros, a que se agrega su talento y letras: por cuyo motivo lo he dado a reconocer por mi segundo, y a quien dcherán
ocurrir todos y en todo lo de mi cargo en mi failecimiento ó
prisión quad absit.
Hace pocos dIas que lo he nombrado brigadier de la sexta brigada que en Izücar cstá acabando de organizar y completar; perO
su niCrito y aptitud exige este Ciltimo grado en las presentcs circunstancias, pues aunque ci brigadier de la primera brigacia don
Hermenegildo Galcana, ha trabajado más y Cs de más valor, pero
Ic faita aquella aptitud literaria que recompensa en ci otro ci menos trabajo personal.
Sin embargo, ci expresado Galeana, por su valor, trabaj - beHas circunstancias, es acreedor al grado de mriscal, y por lo mismo se lo he conferido en recompensa de sus fatigas y lara cornponcr ci juicio de los hombres y prohibir una dispersiOn ó desavenencia en caso fortuito.
El dIa 13 de Septiembre D. Ignacio RayOn hizo su entrada LII
Huichapan, y del siguiente modo la describe su secretario en diario que lievaba de Ia marcha:
-zConcurrió a su entrada un gentIo nurneroso, y tanto la tropa
como ci vecindario de aquella población benemCrita demostrarofl
las virtudes que caracteizan a un pueblo amante hasta ci extrrn0
de sus legItimas autoridades y aitamente poscIdo del anior rns rcspetuoso hacia Ia digna persona de S. E., quien recihió con -ufl1O
interés estas pruebas realizadas de subordinaciOn y fidelidad.
XXII
Recuerdo bien Ia pintura que s2 me hizo de Ia indignaciOn general con que SC SUPO en Mexico la muerte de Labaqui y tota l de
rrota de su pequena divisiOn.

1 201

Una Vengana insurgenis

—Ahi ticncn ustedes lo qua son los insurgentes, — so repetia an
todos los circulos.
.—Gentcs sin fc ni considcración hacia nadic.
—Justo; ni zi ellos mismos.
—Pcro se sabe de un modo positivo qua D. Nicolás Bravo
mandase ci cuerpo qua sorprcnclio i Labaqui?
—No cabe lugar a duda.
—;Pero cómo no se ha sabido cosa aiguna hasta hoy?
—Porque ni tin solo realista pudo saivarsc.
—; Cómo? ;murieron todos?
—I'arccc, scgcm se dice, qua murieron cuarenta 6 cincuenta,
pero at resto fué hecho prisionero.
—Si, y cnviado con Lisa escoita a la provincia dc Veracruz, qua
es, segdn parcce, la localidad an quc operarzi D. Nicolás.
—Vaya usted a saber qu6 prctcndcrá haccr con cilos.
—Conservarlos an rchcnes rnicntras se decide la rnuerte dc don
Leonardo Bravo.
—Como qua Sc ha rccibido un oficio de Morelos, ofrccicndo al
virey ochocicntos prisioncros espafloics por la vida de D. Leonardo.
—I-lace mal ci virey an haccr formal a Morelos.
—Por qué?
—l'orquc Morcios no cumplira SU palal)ra.
—liombre, eso quién sabe; no hay razón para sospechar...
—Si la hay; desengáñese usted.
—Crco qua Ic cicga a usted la pasión.
—jQué pasion ni qué ceguedaci he do tenet yo!
—Rcpito quc...
—Pero hombre, c-I apasionado y ci ciego as usted. Los insurgentes carecen de todo noble sentimiento, Sc han propuesto extcrmiflarnos a todos los espafloles, y si la fatalidad les ayuda, no quedar emos ninguno con vida.
T--D. Nicolas e, no obstante, un alma noble y grande.
—Mucho que si; tan noble y tan grande, qua por no dc-jar de
Inangonear y darsc ci gusto de quc Ic Haman general, cxceiencia y
sabe Dios cuantas cosas más, sacrifica a su padre.
as imposibie.
—Iruposibie, eh? Pues, amigo info, todo el mundo sabc quo ci
TOMO I

T3

1 U 2

Episodio /-/iskricos Mexicano

virey ha ofrecido a D. Leonardo su vida y la de todos sus hernianos si D. Nicolás deja la revolucián y so presenta en Mxico. Don
Leonardo cstá en poder dc los realistas desde ci dia 5 dc Mayo, nos
hallamos casi a rncdiados de Septiembrc, y su hijo no se ha dccidido aün a presentarse.
—I-lay, sin embargo, quien diga quo I). Nicohis ha cstado on
Mclxico no hace muchos dias.
—Eso es un cuento, un cuento nada rnás.
—Seri cuento, pero afirman que estuvo a punto de sacar de su
prisión i D. Leonardo.
—Eso diccn, yo Jo he oldo también; perO ci hecho es quo no
hay persona aiguna que tenga más 6 nienos quo vei con ci gobicrno, que no Jo niegue rotundamcntc.
—Va, pero no cabe duda qu .e en la noche que se supone fuá la
del suceso, varios soldados de la guardia dc la c;.ircel fueron mucrtos, quedando otros heridos.
—Pero tanipoco cabe duda, amigo mb, en quo de la suniaria
que se les formó ha resultado quo aqucila dcsgracia fu6 producida
por una disputa insigniticarite.
—Eso se cuenta.
—Lo que aqui hay es quo los partidarios de Ia rcbelión on la capital, aprovechan cuanto sucede, por insignificantc quo sea, para
esparcir la alarrua y la desconuianza, invcntando mil enibustes, sin
chiste ni originalidad, y ha9ta quo Se liaga un escarrfljento con
ellos, su fabricación de absurdos y faisedades nunca acabarzj.
—Puede quo tenga usted razón.
—La tengo, hombre, Ia tengo.Crce ustcd quo si D. Nicolas
hubiese intcntado aigo para saivar la vida de su padre, no Sc habria puesto de acuerdo siquiera con los Guadalupes?
—Pero es quc dicen quo con ellos se Vi6 v con ellos confercucid
la noche quo estuvo on Mexico.
—Cómo ni dóndc?
—En casa de D. Alvaro de Cervera.
—Hombre, Ic han engaiado a usted miserabiernente.
—Pero;tuvo 6 noD. Alvaro unareunidrj ensusjardiiiesesanoche?
—La tuvo, si señor; pero lejos de haber tenido su fiesta un carácter polItico, se redujo a una rcunión de amigos y artistas para
celebrar su cumpleanos.

Una Vengana insurgetste

1203

—Pero ci hecho es que D. Alvaro fué herido, y se añade que por
los Guadalupes.
—Nada de CSO es completa vcrdad; el mismo D. Alvaro me ha
contado quo Ic hirió un caballero borracho, a quien quiso reducir
al orden, pues estaba cometicndo mil inconveniencias con las sefloras: y quo D. Alvaro me dijo la verdad, me consta porquc otro
tanto me han dicho los actores y actrices del Colisco, siendo notable comprobación del suceso, quc todos, absoiutamcnte todos, me
lo han referido con las misrnfsimas palabras dc D. Alvaro.
—Eso pudiera scr senal de quo todos convinieron en contar de
un mismo modo una mentira.
—Amigo, a un hombre tan caviloso como usted no hay manera
do convencerle.
—No es cavilosidad, Sr. D. Carlos; si yo discuto con usted no
es por ci necio placer de lievarle la contraria, sino por csclarecer
la verciad, cxponicndo con franqueza mis dudas.
—No nicgo quo asI sea; pero usted comprcndcrá quo yo cucnto
Jo quc me cuentan, y nada más.
—Lo crco, Sr. I). Carlos, to crco.
—Se tai-nbién quo ci virey está sumarncntc irritaclo con la conducta do D. Nicolás.
—Lo estamos todos cuantos lamentamos la muerte del valiente
Labaqui.
—AhI tienc usted: ;cómo podremos creer que D. Nicolás sea un
buen hijo, cuando estando prcso y condenaclo a muerte su padre,
causó a los rcaiistas un descalabro que necesariamente ha de influir
en abreviar La cxjstcncja do D. Leonardo?
—Quidn sahe Si Morctos Ic obligarla é ello, porquc diccn que ci
tal cura do Nucupétaro CS hombre quo no admitc observaciones de
Sus subordinados y quc los hace andar más derechos quo Ia hoja
de Un espadin.
—Pudiera ser mu y bien; pero en tal caso, un buen hijo primero
se hace matar que prestarso a ser ci verdugo do su padre.
—Para poder formar tin juiciO cxacto necesitariamOS más antcCCdnt5
— Usted sabe cdrno Ile-6 a noticia dcl virey ci desastre de San
Agustin del Palmar?
— Diccn que por un oflcio quc desde l'ucbla cnvió Castro Torreño.

1204

E/,isodios Histricos M€xicanos

_Justo: y Castro Terreno lo supo pot informes del cornandante
dc Acatzingo D. Manuel Garcia, quien mandó al Palmar un
cspla dc su confianza.
—Ignoraba eso.
—Pucs bien, segün ese espla, D. Nicolás no iba solo: Ic acornpañaba D. Pablo Galcana, y pudiera creerse con cierto fundamtnto
que tal vez Morelos desconfiaba do Bravo y por eso CflVi6 con éi
a D. Pablo, quizás ordenándolc quc a La fucrza obligara a combatir a D. Nicolás.
—Dice usted bien, necesitariamos rnás antecedentes para juzgar
con acierto.
—Ademzis, so sabe quc no fu6 D. Nicolás quien rnató a Labaqui, g ino un capitáfl, Palma, jefe de los negros surianos, quo segün
dicen son feroces.
—; Cuantos hombres llevaha Bravo?
—Seiscientos, y de ellos cran ncgros doscientos.
—Esto es, ci dobie de los soldados de Labaqui: 1 Pobre Labaqui!
—Si, pobre de él; pero, en fin, con su vida terminaron sus penas,
rnicntras quo ci infeliz D. Leonardo...
—;Seri al fin fusilado?
—Peor que eso aun. Sc Ic dará garrote boy mismo quizá.
- Desventurado hombre
—Desde anoche se ha comcnzado a levantar ci cadaiso por los
ayudantes del verdugo.
—1Dios tenga piedad do su alma!

XXIII
Refieren al llcgar a este punto las memorias de mi padre, que
hubo en Mexico muchas personas interesadas en salvar la vida de
D. Leonardo.
Sc cuenta tambiCn que ci virey lo deseaba, pero quo otras influencias rnzIs podcrosas que las que a D. Leonardo favorecIan, determinaron la. catástrofe.
Pudo muy bien habCrseic salvado, so prctexto de haber admitido

Una VengaJça InszrgeiiI

205

l canje de su'persona por la dc ochocientos prisioneros espanoles,
ofrecidos por D. Jose Maria Morelos.
No llcgó, sin embargo, a tener esto efecto, y la determinación
del virey no fu6 lo qua menos contribuyó a qua aquella tremenda
lucha civil so ensangrentara más y más.
La victoria de D. Nicolás sobre Labaqui, en San Agustin del
Palmar, decidió el supiicio del valiente insurgente.
No dcbia esperarse que ci joven caudillo consintiera en dcjar la
rebclión, y se crcyó quo atemorizase a los independientes.
En la mañana del 13 de Septiembre ]as tropas formaban un cuadro en ci Ejido, an derredor de un cadalso; ii la hora senalada se
mostraron sobre la horrible plataforma D. Leonardo Bravo, don
José Mariano Piedras y D. Luciano Perez, aprehendidos con Cl segun an su lugar se dijo.
Breves momentos despuCs todos ellos habian recibido la muerte
an infamante garrote.
Muititud de personas visitaron en su prisión a D. Leonardo, y
muchos sinceros ofrcimientos se Ic hicicron an aquellos solemnes
instantes.
D. Leonardo rccibi6 aquellas Ultimas pruebas de afecto con no
menos sincera gratituci, pero sin quc a sus ojos asomase una sola
lágrima, ni perdiese un solo instante la firmeza.
Pedianle los sacerdotes quo se arrepintiese de haber sido rcbeldc
a su rey y seguido perjuicios zi la religion.
El reo contestó quc sobre su rey estaba su Patria, y puesto que
ci ray era a ella contrario, menos importancia tenia para Cl la fidelidad que ci amor.
Sc Ic argumentó qua siendo sibditos del monarca contra ci cual
habla hecho armas, los saccrdotes realistas no podrian acordaric Ia
re nilsidn do sus pcados Si 1 )2rsistia n no considerar un delito su
aizamiento
D. Leonardo coutcst5 quc entonccs sc Ic trajese un sacerdote
fls urgente, porque no habia de considrar delito haber amado a su
patrja.
Observáronle que no podia ser considerado como buen sacerdote
ci sac erdote insurgente.
La Victima respondió que, no obstante esto, so mantenla firme en
sus COflV1 CCOI9, y qua ese mismo ciero quc tan contrario se rnos-

1206

Epiwdios Kislóricos Mexicanos

traba a la independencia, acabarfa por prestarle todo su con
curso.
Do nuevo preguntaronle en qud se fundaba para cxprcsar
creencia, y contestó, dando la discusión por conclulda: <por rec
brar el dinero quo esta guerra le ha costado y costará.
Varios saccrdotcs quo en aquel momento salieron do la capil
del rco, hallándose ya en la calle, comentaron del siguiente rn
la supradicha respuesta:
—No parece ciue de nosotros tienc la mejor opinion, pucsto qu
flOs SUOflC rnovidos solo por ci inters.
—No obstante, ese hombre ye rnuy lejos.
—Acaso crec usted...
—Yo crco que ci peso de esta guerra Ic está soportando asI cx.
clusivamente el clero.
—Es nuestro deber.
—Si, pero Ia insurreccion no concluye: ilevamos en ella (los aflos,
y no parece quo esto haya do tcncr término: las areas reales cstfl
agotadas: los particulares cornienzan a huir ci cuerpo, y... eto Va
mat, padre Gómez; va mat, crdalo usted.
—Dios dirá.
—Si, Dios dirá; pero mientras tanto los pueblos ya no pueden
con nuestros patriotas, a los cuales Se von obligados a mantenef..
—Algo debe costarics que los defiendan.
—Va, pero nada ha sufrido tanto como las rentas ecicsiistiCa5,:
—Cierto.
—Los propietarios no pagan los rditos do los capitales quo S
fincas reconocen, so pretexto do que han sido usurpadas ó &lcstrU
das por los insurgentes.
—Asi es la verdad.
—Los rnás do los diezrnatarios están en poder de los reheldes,
do los que estãn libres, los comandantes de ]as tropas reales toma
más do to quo rindon.
—Podrzmn 6 no corregirse, pero to que yo sé es quo las trop
rcales so han lievado en los J)riflCr0S trcinta moses de esta ueIt
más do noventa mil pesos del obispaclo do Michoacn y dci adO aI
cabildo casi sin medios do subsistir.
—Por eso ci virey Ic concedió permiso para fundir y acuflar
plata labrada rnenos necesaria para la Iglesia.

WF"

L,:a Vcngana !nsurgete

1207

—Si, pero se Ic obligó a dar de ella siete mil doscientos cmcuenta marcos para auxiiio dc la guarnición do Valladolid.
—En cambio SC nos priva tic nuestras ininunidadcs.
—Eso; corno si el clero secular estuviese cornpiesto dc bandidos.
—No los asusta esto! sino que esté formado do criolios.
acaso tenemos la cuipa los criollos tic quo los europeos no
nos hayan dejado otro rccurso para vivir que cantar misa?
—Creo, padre, que usted ancla descontento.
—La verdad es quo no hay motivo para estar satisfecho.
—Sin embargo...
—Dentro do poco, ni donde cantar misa tendremos.
—;Por que?
--Porque los comandantes realistas queman los pueblos clue los
oponen rcsistencia, y ni las iglesias dejaii on pie.
—Amigo, a rio revuelto...
—Si, ganancia de pescadores; POF0 es quo hasta ahora nosotros
no pasarnos de pescados.
Los sacerdotes so alejaron, y fué imposibie enterarsc del término
die SU conversacion.
XXI\T
Al obscurecr la tarde do aquel dia, D. Alvaro de Cervera y
ci sacristan Francisco, 6 por mejor decir, el capitán Centellas, 6ste
en traje do camino y disfrazado, conversaban on una dc ]as habitaciones do la casa del prirnero.
— Entendido,—decIa Centeilas,—la mitad para ml, y para usted
ci reSto y Ia muchacha.
•— Eso, CSO Cs.
— Pero no vaya usted a dejarme abandonado si me ccban mano
las gentes del virey.
— Necio, acabo de salvarte de la horca, y aun dudas do mi favor
!)ara con Venegas.
Yo nada dudo, pero terno quo at fin todo esto concluya do
rna!a manera.
-No será por culpa mIa; desde que, aceptando tus planes, hiciInOS SOC iedaci, yo
Coil mi influencia y tü con tu pellejo, yo no he

2(S

11jso1:r' I-iisIricos A4'extauos

dejado do cuniplirte mis ofreciniientos con toda Icaltad, y tu fortuna as Un hecho.
—;Y Ia do usted?
—No nicgo qua también Sc ha hecho ;t Ia vcz, pero rnás expu
quo hi.
—Más?
—SI, los bioncs quo an vida me Icgó la rnarquesa, y hi empicast
an comprar la gentc do qua to sirves, nil posiciôn, mi honr, nii
ii ombre.
—Por cicrto quo valcn niuclio use nombre y ese honor,—observo Centellas con desprecio.
—No obstante, i to qua los dem;is los respetan debes tti Ia cxis.
tdncia.
—En fin, quédesc aquI csta disputa, qua at tiempo avanza y Se:
hace tarde.
—Bien eshi, marcha.
—Pero eshi usted seguro quo esta nochc atravesarán ci nionteV
—SegurIsirno: ]as importa hallarse an Rancho Bianco al amaflecer.
—Pero, y si por una casuaiidad 6 por asi convenirics variasCfl
su derrotero?
—No to creo, pero en tal caso tu astucia suplirá a todo.
—No sé por qué aconieto csta empresa con dcsconfianza.
--Si acaso tienes mieclo, aun estás a tiempo do retrocedcr.
—Mkdo yo? Mat me conoce usted, D. Alvaro.
—Entonces, ;por qua dcsconfias del éxito?
—No sé por quc so me ha puesto entre ojo y ceja qua al 1w ci fl
gro Carlos acabará por hacerme ahorcar.
—El misrno presentirniento tuviste después del asalto del \Ion
do las Cruces, y, ya lo yes, estás libre.
—En fin, sea lo qua el diablo quiera.
—No olvides ninguna do mis reconiendaciones.
—AsI lo procuraré.
—Evita los encuentros con los reaiistas y con los iIisurcflt
pero si das con los primeros, preséntaics ci paso libre qua ci virel
to ha otorgado, con ci fin de quo al brigadier Llano entregues I
importantes comunicaciones do quo ores portador. A prOSItOP
Jas lievas bien escondidas?

W"

Lna V'nga;a I;ssz?gJlte

1209

—Dcntro dc las bridas van, y no abuitan ci grueso de un cigarro, ni miden una longitud de más de una cuarta.
—;Cómo dentro de las bridas?
—Si, estan formadas por dos correas 1)erfectarnente cosidas en
las orillas, y entre las dos correas van ]as comunicaciones.
—Bueno; si los insurgentes dan contigo preséntales ci pliego de
la sociedad de los Guadalupes que te acredita como su enviado
especial cerca de D. Nicolás Bravo: en tal caso no olvidcs que eres
Sebastian Carnafio y no el sacristán Igpacio Fuentes ni ci capitán
Centellas.
—Pero aun no me ha dicho usted cómo ha logrado hacerse de
este pliego.
—Eso nada te importa.
—Tanto me importa, quc sin estar convencido de su legitirnidad
no eniprendo ci viaje.
—Centellas!
—Lo dicho, D. Alvaro.
—Está bien; tc lo explicard. Supe en casa de la rnarquesa mi ex
-cut'lada, que ci conde se habIa encargado de entregar a un tal Scbastián Camaño, ese pliego quc debia dare a reconocer a Bravo
como a enviado de la socicdad de Guadalupes: cspere a que ci
conde cumpliese su encargo, y cuando saiió de Ia casa de Camaflo,
111ce prnder a este, me apoderd del phego, y mientras ci confidente
de los Guadalupes flora en la cárcel de corte su mala fortuna, tü
podrás servirte dc ese oportuno documento en utilidad y provecho
fluestros
—Nada tengo quc obscrvar, si no que es usted, D. Alvaro, un
hombre notable.
—No lo cres td menos, y me compiazco de ello.
—Bien, D. Alvaro, que ci dcmonio nos ayude.
— Cuidado con olvidar ninguna de mis advertcncias.
—Lo procuraré, pues la vida me va en ello.
—Ten cuenta sobre todo con no darte ii conocer a persona alguna.
— Creo haberme disfrazado bien.
— Es cjcrto
-Entonce s...
-D. Pedro Lafuente no llevará Consigo dinero alguno sino desUs
de saljr de Orizaba.
TOMO

MM

I 2 10

Lipicodios Hisló yicos Mexicanos

—Pero ;le consta a usted de un modo absoluto?
—Sin géncro alguno de duda.
—;Nada sacará dc 16xico?
—No liegará a quinientas onzas, quo por partes iguales condu'
cirán él y ci negro Carlos.
—jOcho mil pesos! 1buen bocado!—observó Centellas con avari cia.
D. Alvaro le contestó con colérico acento:
—Eres un miserable; fa avaricia to ciega y todo vas a echarloá.
perder!
—No haya rniedo, v perdoneme ustcd, D. Alvaro.
—Al salir de Orizaba, Lafuente, Carlos y sus mozos conducirn
diez mil quinientas onzas.
—iCiento sesenta y ocho mil pesos! Ese si es buen bocado.
—Di mcjor comida conipleta.
—;Cornida de rev! V ese dincro...
—Es ci producto de la yenta que al conde ha hecho Lafuente.
—( Luego se ha dcsprendido de la hacienda?
—Cornpletameiite.
—Y marcha a cstablecrse a Espana?
—Justo; parece que su hija no ha querido permanecer rnás ticmpoen Ia antigua.
—;Y a esto se ha reducido hacienda tan vaiiosa?
—El conde se la compró on el doble de esa suma, pero Lafuent
ha tenido quo satisfacer muchoi créditos quo contra él existian, y
ha cntregado adeniás al virey diez mil pesos como gcneroso donativo al exhausto tesoro real. En carnbio, el virey Ic ha faci1itad
una orden para quo ]as tropas reales Ic cscolten y deliendan desde
Orizaba a Veracruz.
—Pero ci conde tiene tanto dinero en Orizaba?
—AllI finca su marquesado, y es dueño de las Cinco mcore3
haciendas de San Andrds: en ci estado de inseguridad on que aque
lbs rumbos se encuentran, ha sido para éI un benecio quo La
fuente le propusiera ci negocio que los dos han concluIdo.
—En fin, la noche se viene encima, y es neccsario rnarchar.
\T, pucs, Centeilas, y que la fortuna to ayude.
—Lo procuraremos, D. Alvaro.

OF
I

L ,:a 1"c;igana I,iS,c,z(c

21 L

—AsI sea.
—Adios, D. Alvaro.
—V6 con 61, Centellas.
Este rnontO en un magnhfico caballo, quo Un mozo tenia de Ia
brida on ci patio de Ia casa, y un cuarto de hora después estaba
fuera de la capital.
XX\T Resucito a no permanecer por rnás tiempo on un pals cuyo mal
estado politico se prestaba a tanto abuso y mantenia on constante
riesgo a toda clase de personas, Lafuente accediO sin diflcultad al
desco quo Ic manifesto su hija de regresar a España, realizando su
merruada fortuna.
Era, pues, cierto quc on aquclia misma noche emprendian su
viaje D. Pedro y Margarita, acompañados por ci negro Carlos,
segün lo dispuso ci conde, quo le tenIa y conservaba como el mu
fiel y bueno de sus servidores.
Durante los tres primeros dis, nada de notable les ocurriO on ci
carnino, quo hicieron con toda felicidad hasta una jornada después
de haber salido de Orizaba.
La marcha so hacia cada vez, y conforme than acercándose a!
Puerto, con may or dificultad: ci comandante de la hermosa ciudad
del tabaco, faciiitó a Lafuente sesenta hombres escogidos entre sus
tropas, v el antiguo comerciante pudo a su vez propOrciOflarSe
veinte arricros bien armados y decididos a dejarse matar antes quo
COflscntir on perder ci rico cargamento de sus mulas.
Pero las partiias insurgentes cran tambin muy numerosas, y
COfi Incesante movjjidad se cambiaban on un mismO dia a los más
diferentes puntos, y era imposible saber a ciencia cierta ci lugar on
que se encontraban, ni adiviia ;l rUmi)o ciuc liabian
d ejadl) libre.
'C Coil Sii )anda
lc' c,-jii no n211i I
Centellas habi car-nm
cua renta ladrones quo se le reunieron a cinco ieguas de la
capital Ile --.6 también a Orizaba sin haber sido descubierto por SU
M ortal enernigo ci negro Carlos.
Mas vigilante cacla vez, deternijnO en Orizaba no ya seguir sino
1

ij

1 2 I 2

Ebisodio.c Histdricos Mexicanos

preceder a D. Pedro, y dos horas antes de que anocheciese, y cuatro de que Lafuente Ilegase, tornó alojamiento con su gente en Ia
posada ünica en que sus viajeros podlan hacer noche. Centellas,
que habIa ido cambiando do disfraces, tornó al salir de Orizaba
ci do tratante en scmilias, hizo cargar cinco mulas con varios ter- ,
cios do café y otros productos naturales, de los cuales algunos
vcndió a buen prccio, y desempenando bien su papel, al dueno do
Ia posada donde so alhergd.
D. Pedro Ile-6 i ella y pidió alojamiento é informes.
Didie unoy otros el posadero, y nuestro hombre regresó tranquilo al encuentro do su convoy: éste llegó bien, y todo pareció
marchar a ]as mil rnaravilias.
Centellas so rnantenIa en nerviosa agitacidn; aquella considerable
fortuna estaba corno quien dice en sus manos: unas cuantas horasmás, y serla suya.
—DebIa yo haber sacado de M exico mis cincuenta mil pesos que
también tengo i-eunidos en excelentes onzas do oro. Debi haberlo'
hecho, -,f,—se repetIa Centellas a si mismo;—es una verdadera nocedad la quo voy a cometer, dando a D. Alvaro la mitad do ]as
diez mil quinientas onzas de Lafuerte: con todas ellas y mis ciiicuenta rnil pesos, y encontrándorne casi en Veracruz, fácilrncnte
podrIa embarcarnie en ci mismo buque en que D. Pedro va i cmbarcarse y hacerme a la vela para Espana, y en ella disfrutar tranquilamente mi fortuna. Pero no tuvo esa prevision, y dejé en Mexico -•
mi dinero, yes imposible que me resigne a abandonar una suma que
tantas fatigas y peligros me ha costado. Bien es verdad, quc dand
ci golpe por mi propia cuenta puedo hacermo do una cantidaci superior d Ia quc en ci reparto me corresponde; pero los cuarenta honi
bres que me acompanan, exigirán también su parte y...
A ver, echaré mis cuentas: a cada uno do mis muchachos debe
dárseies dos mil pesos: son cuarenta, luego importan sus gajes
ochenta ml!; quedan para ml y D. Alvaro ochenta y ocho ml!; dc
ellos me corresponden cuarenta y cuatro mil, y con los cincuenta
mios hacen noventa y cuatro mil: no, no me conviene: hecho el reparto a mi gente, solo me corres 1)onderian del dinero do D. Alvar
ochenta y ocho ml!, esto es, perderIa diez mil pesos. No me cofl
viene. Pero si yo consiguiese quc mi gente consintiera en pagarC'
con los cincuenta mil quo en Mexico tengo, más treinta quc aquI 1e9

Veiga:a In.:irgc::ic

12 13

entregarfa yo, vendrIan a quedarrne, puestos aqul, ciento treinta y
ocho mu. Esto si es aceptable, pues saldrd ganando entonces los
cuarenta y cuatro mil quc a D. Alvaro corresponden. Pero como
conseguir que mi gente se convenza de qua no trato de enganarla?
uOh! imposible! ino puede merecerles fe la palabra de Un ladrón!
No obstante, es nccesario at ruenos intentarlo. Voy a hablarles.
Centellas saiió de su cuarto.
Eran las once de la noche.
Centelias procuró andar sin hacer ruido.
Pocos pasos habIa dado en ci corredor cuando al pasar frcnte a
la puerta de la habitación del hudsped distinguió luz y rumor de
palabras.
PCtsose a escuchar y oyó el siguiente diáiogo:
—Este hombre debe ser un gachupin de importancia.
—No has podido averiguar su nombre?
—Uno de los arrieros dice que le liaman D. Pedro Lafuente.
—;D. Pedro Lafuente?
—Qué, lo conoces?
—No por cierto, pero bien pudiera ser...
—Qu cosa?
—Que Cl tal nombre sea supuesto.
—Lo rnismo creo yo.
—Es indudable, no se Ic facilitan asi a un cualquiera sesenta soldados en las tropas del Rey, y menos en estos rumbos donde los
lfl Surgentes somos cincuenta veces más nurnerosos que la gente del
Virey: y
es por fin lo que ]as mulas cargan?
—No he podido averiguar: at entrar en la posada los soldados
fOrmaron un grupo compacto airededor de Ia carga y por ningn
estilo han permitido a nadie penetrar en ci galerdn en quc la ban
Cflcerrado
no
nero
r3ii pu:k
es, indUdLb1CfljtC to Cs.
—Su vigilancia es extrerna, y constantemente tienen dos soldados en pie y en guardia.
--s 'iira, por si o p or no, vas a salir inmediatamente: tres
Iecrua antes de '1'ar a Santa Marta y a veinte minutos de aqut esta

I 14

Episodios HisiJricos Mexicanos

ci chato Domingo con treinta hombres: due que eche pie a tierra a
la gentc y quo se acerque sin ser senticlo: yo pondré on pie t los mozos quo son veinte, y con los treinta del Chato scremos los bastantes
para caer de improviso sobre los realistas y no dejar uno con cabcza.
—Pero v ci mcrcader de café?
—Estoy convencido de quo nada tiene quo ver con el quo Haman
D. Pedro Lafuente.
—Pero si teme ser también robado y se clefiendc con sus cuarenta hombres?.
—No tengas cuidado: su jefe es un mercader comCin y ordinario,
dorrnirá on su cuarto como un bendito, y at acercarse ci Chato, v
entraré on su hahitación con la doble have y he dejaré seco tic una
punalada: su cargamento bien vaidrá unos quinientos pCSOS que no
nos vcndrán mal.
—Pero ;sus cuarenta hombres?
—Ducrruen en las cuadras que tienen una magnffica puerta y en
ehlas los encerraré; la puerta es estrecha, y si pretenden romperla y
salir, bastard colocar uno de los nuestros a cada iado y podremos
irlos cazando como a ratones.
—En fin, sea to quo quiera.
—Anda, pues, tü, a buscar at Chato; dentro de una hora pucde
estar aqul.
—Voy allá.
Centeilas, al notar quo la conversación tocaba a su fin, se habIa
retirado oportunamente a su cuarto.
—Esto es grave,—se dijo,—estos hijos de un demonio van a
desvaneccr todos mis sueflos de oro: es preciso, indispensable, sahir
de aqul inmediatamente y cortar las cabezas at Chato y I sus
treinta hombres. Pero si ci huésped sospecha dc ml v rue oponC
alguna diticultad...
Centellas se detuvo y pensó.
Dc Pronto se llevó la mario at pecho, y sonriendo, dijo:
—Este D. Alvaro es un grande hombre: el papel que arrCl)ato
a Sebastian Camaflo va a servirme a las mil maravihlas: démonos ii
reconocer at huésped, puesto que es insurgente, como el enviado
de los Guadalupes.
Sin detenerse rnás, Centelias salió de su habitación y ilam a
de su huésped.

Li,,a t/uga;:;a /usurite

1215

_Quién va?—preguntó 46ste.
_Abre,—respondió Centel l as, —abre, c lue te importa.
—1Váyase a acostar quien quiera que sea y djeme dormir en
paz!
— 1 Abre, 6 por Dios vivo clue echo abajo la puerta!—gritó irritado Centellas.
El husped temió que un escindalo alarmase a las gentes de don
Pedro, y ahrió de mal humor, preguntando:
_Que se Ic ofrece al mcrcader?
_Mira,—contestó Centellas, mostraudo al huéspecl ci pliego
de la sociedad de los Guadalupes;---lee, si sabes leer.
—SI que s6,—observó ci huésped tomando el papcl.
Cuando lo hubo ieIdo, con ademán respetuoso saludó a Centehas, dicidndoic:
—Estoy a las órdenes dc usted; qu6 desea?
—;Ddnde se encuentra D. Nicolás Bravo?
—En MedcllIn.
—Bien cstá; necesito ponerme inmediatamcnte en camino.
—Como usted guste; yo mismo ayudard 2i ensillar los cabalios.
—No te hubiera visto yo, solamente para esto.
—Qué quiere usted entonccs?
—La sociedad dc los Guadalupes tiene malos informes dc ti.
—Pues crea ustcd, D.
Sr. Scbastiin Caniaño, que sus informes
Son falsos.
—Lo Sd, v para convcilcernic dc ello es por lo que me he preSentado a ti, fingiéndome comcrciante en semillas.
—Maestro debe ser usted en csto de ficciones, porque juro a
ted que Ic tome por un comerciante comün v ordinario.
—Dc todo necesita saber un buen insurgente.
—Por tat reconozco a usted.
—Lo mismo pienso de ti. Ahora bien...
-0u6 desea usted?
—;14ecesito que me facilites unos cuarenta hombres de toda tu
Coffl'janza
— Y de ddnde los saco yo?
sabes de alguna partida que ande por aqui cereal
-Ascguro a usted que no.
- i Mientes! —repUSO Centcllas con cólera.

6bmk,.

Ii

i6

Episodios Hislóricos Mcxicanos

—Señor Camaño...
—Mientes, repito; segán mis noticias, a menos de veinte minutos
de aqul debe encontrarse ci chato Domingo con unos trcinta
hombres.
—jSenor Camano!—repitió el husped ccnfuso yr sorprendilo.
—Vas a hacer que inmediatarnente salga un hombre de tu cutsfianza a decirle quc un enviado de los Guadalupes necesita qu se
presente con sus treinta hombres.
—Pero qué intenta usted?
—Eso no te importa: calla y obedece, da tus drdenes micutras
yo voy a poner en pie i mi gente, pero cuicia de que vaya a orgi.
narse ni la menor alarma.
Centelias saud sin esperar respuesta, dejando al huésped asmbrado y aturdido.
Pero pronto ci hucisped se repuso al verse solo, y dijo para Si:
—Este maldito D. Sebastian va a echar a percier todo mi p:an:
Si ci liamado Lafuente conduce, como sospecho, dinci-o, cii, cunlo
representante de los Guadalupes, querrá apoderarse de toda la cantidad para fomento de la revolucicin. No, pUCS no lo hará micutras
yo viva.
Por más que Centellas quiso hacerlo todo sin sc-r sentido, D. Pedro y ci negro Carlos despertaron aiarrnados por el ruido quc los
cabailos hicieron al ser sacados de la cuadra, dispusieron quc Margarita se levantase v Lafuente mi s mo se trasiadd al gaieron dond
Ia tropa dormIa y puso en pie a todo ci mundo.
Aun antes de lo que ci hudsoed csperaba Iicgó ci chato Domingo
con su gcnte.
El huésped le Iiamó aparte y le enteró de lo quc le habia paadO
con ci supuesto Sebastian.
—Déjalo por mi cuenta,—dijo ci Chato,—voy a verle, , oSC
nos cntrcga a la buena, ó Ic descargo un tiro en la frente: lo quc
es ese dinero no ha de parar en sus manos.
Centeilas entró en aquel mornento en la habitacián del hucisped,
diciendo:
—Acabo de enterarrne de que aqul está ci valiente Chato:
usted, amigo nib?
—Para servirle. Qué se le ofrece?
—Va usted a seguirme inmediatamente con sus treinta hombres

W.

Una i/eugat:a ,!nsurgente

1217

—Hcrnos veniclo sin caballos, y hasta qua mande por ellos no
pucdo rnovcrnie de aquf.
El Chato dijo esto con tan insolente cntonación, qua Centeilas
temió haber sido descubierto; pero qucriendo imponerse soltó una
blasfernia v echo rnano de su cspada.
No hahIa sacado ni la mitad cuando ci Chato ic descerrajO ci
tiro que IC tenIa prornetido.
Centellas era dicstro y csquivO Ia bala y saliO con rapidez y haniO a su gente.
El Chato y ci huésped hicieron otro -tanto con la suya, y un
momento despus los unos y los otros se batlan con encarnizarniento.
Lafuente, qua para todo estaba listo, dió en ci acto la orden dc
marcha, y mientras aquéllos se destrozaban con desusada furia, sahO sin ser robado (IC Ia posada y sin qua nadie sc le opusicra.
-. .

XXVI

Irnposib!e as describir la cóicra y ci despecho del Chato y ci
huéspcd cuando, después de dos horas de combate an qua queda.
ron vencedores, notaron qua su presa hablascles escapado.
V olviérons, cntonces contra Centellas, qua habla quedado con
v ida, mas prisionero, y Sc les ocurrió qua pudiera no ser tal env iado de los Guadalupes.
—Y asi lo creo,—dijo at huésped:—hernos cado an una asec hanza; este D. Sebastian debe haber venido formando parte de la
5CoIta de Lafuente y fingidose rnei-cader para major cnganarnos;
P0r CSO vino precediendo al otro y promoviO esta disputa para
fa cilitar su escapada.
— En este caso, 01 ha de saber a dOnde se ha dirigido su amo.
— Va, pero no lo dirá.
-Lo harernos hahiar.
jCOrno!
Yo te dird córrio; rnira, tráemc unas brasas y una reata: Va1flOS a quernarle los pies.
Pero, y Si CS rcairncnte tin enviado de los Guadalupes?
este caso tracra cornunicacioncs para los insurgentes: qua
'33

MOI

1218

Epi..odios Hi14ricos Mexicanos

le registren bien, quo se deshaga su silia y toda su montura, sin
exceptuar ni las bridas, y verernos.
Esta disposición fué ini-ncdiatament:e ejecutada, y como era de
esperar se encontraron las cornunicaciones quo ci vircy enviaba a
Llano, dc las cuales dl noticia en ci capitulo XXIV.
\Tarjando entonces de plan, ci Chato amarró sobre un caballo at
mfeliz Centelias, y con él y sus hombres saiió de la posada.
—Qué piensas hacer?—le prcguntó ci huéspcd.
—Voy a entregarle a D. Nicol:is Bravo para quo le haga fusilar.
El Chato curnpiió su palabra y dos dias después liegaba con su
prisioncro a Medellin.
En ci cuartcl general de D. Nicolas so notaba profundo desaliento.
'I'odo el rnundo andaba aill triste v preocupado.
No obstante, ningün descaiabro habian sufrido las fucrzas judependientes: lejos de ello, dIas antes de ocupar a Medellin, Bravo
habIa sostenido una importanto acción on las inmediaciones del
Puente Nacional, atacando un convoy que so dirigIa a Jalapa con
algunos efectos. Los realistas fueron derrotados y D. Nicohis hizo
noventa prsioneros.
Su ejército se coruponia do trcs mil hombres y con él hostilizaba
con éxito a Veracruz y era ci dueflo absoluto do toda la comarca.
Qué era, pues, to quo originaba aquel desaliento general?
El Sr. Morelos habla cornunicado a D. Nicolás quo no hab1a
sido admitida la propuesta quo hizo al virey ofrcciéndolc ochocientos prisioneros espafioles por Ia vida de D. Leonardo, v que.
antes, por ci contrario, hahIa mandado quo Ic diesen garrotc, y ya
era rnuerto: la carta del Sr. Morelos concluia con la orden do pie:
mandara pasar a cuchillo a todos los prisioncros espafloles qu CS
tuvicsen on su poder, y a Ia vez Ic manifestaba que ya habia rdenado quo se hiciese lo mismo con cuatrocientos que existItn en
Zacatula v otros puntos.
Esta noticia la recihid D. Nicolás i las cuatro de Ia tarde, y le:
sorprendió tanto, que on ci acto mandó poner on capiila a cerca de
trescientos quo tcnIa on Medellin, dando orden al capellán, quo 10:
era un religioo Sotomayor, para quo los auxi1iae a bien rnorir.
El Chato habIa entrado on Medellin casi al obscurecer do aqLiCl
dIa y presentádose a D. Nicolás: bastó a éste distinguir at capitlfl

p
Una Vcngana Insurgeitti

1:! 19

Centellas para quo su colera crccicse, y su primer impulso fué
atravesarle con la cspada; pero so contuvo y ordenó quo Centellas
fuese puesto on Ia misma prisión con to-, demás españoles quo dobian scr ejecutados at siguiente dIa.
Este suceso insigniuicante fud rnuy comentado on M6xico cuanclo
se supO, y en 61 re creyó ver la contirmación do los rumores quo
habian circulado sobre si fué 6 no fud D. Nicolás qulen Sc atrcvió
a intentar la evasion de D. Leonardo dc Ia cIrceI do corte. Recordaran, en efecto, mis lectorcs quo at hahiar de esto on uno dc los
anteriores capitulos, dije quc, scgün contahan ]as gentes, ya don
Leonardo pisaha ci umbral dc la purta do salida do la czIrcel,
cuando tin sacristán to inipidió y dotuvo at prcso en su fuga.
Si esto fud vcrclad, to cual zI nil no mc consta, muchO dcbió
cfectivamentc de irritar a D. Nicolzis, reconocer on Centellas al
to
causantc de Ia desgracia do su padre; pero Dios traia a sus manos en ci moniento j rcciso en quo iba a tomar trenienda vcnganza.
Tremenda on efecto, y no obstantc nadie pucdc crcerse con
derecho para censurar por ello a D. Nicohis.
La vicla dc su noble, su valeroso padre, bien valia muclio más
quo Ia dc aquellos trescicnto prisioneroS cspanolcs.
El misnio virey to habla sin duda reconocido asI, puesto quo no
admitiO ci canjc quc ci Sr. Morelos to propuso.
La sangre, pide sangre.
Los mismos espanoles y su niás alta autoridad eran los quo habian querido quo so ejecutase aquella vcnganza insurgcnte.
A las ocho do la mañana del siguiente clIa, las tropas independientes, at fünebrc son do las cajas niiiitares, salieron do sus cuarteles y marcharon at lugar destinado para la ejecucidn: en cuanto
e.stuvo forruado ci cuadro fatal, fucron entrando on 61 los trescicntos prisioncros espanoles quo iban a sufrir la muerte.
Dctris do elios marchaban, at mando cada uno do su respectivo
Ocia1, los clistintos pelotones encargados de la ciecuciOfl.
El SjlCflcjo era absoluto e imponente, y puclo escucharse el gaIOpe de to-, caballos do D. Nicolas y su Estado Mayor, quc acudian
a preseflejar aquci espantoso castigo.
F odas las rniradas se fijaron on el general: su rostro, 'aroni1mente hern-ioso, parecia inundado de felicidad; no solo demostraba
a tran quilidad dc su alma, sjno una inmensa satisfaccidn.
-

Episodios Hiskricos Mcxieanos

Estaba sin duda muy seguro de la justicia do su venganza cuando
ni siquiera to movieran a compasion aquellos tresckntos rostros de
sus prisioneros, muchos de los cuales derrarnaban ahundantcs !i..
grirnas, recordando quizás a los padres, a la esposa, a los hujos
quo iban a quedar abandonados, huérfarios.
D. Nicolás penetró hasta ci centro del cuadro, y frente a ft'cnte
do sus victimas detuvo su caballo, é irguiéndose como tin lieroc cn

(I.
/

-

r-

p1.•'J'
-

Ai
Memorable acción fu

quIIt

ci rnornento de su más dificil acción, lcvantó su voz y los dijo asI:
- Espanoles: no la naciente y ya poderosa patria rnexicana,
no ya su general é infortunada victima do vuestro bárbaro rencor,
os exponen a dejar la vida on medio de las justas voccs do venganza
y reparación de mis soldados: vuestro viry, vuestros compatriotas mismos son quienes os traen a Ia muerte: solo a ellos reclarnad
por vuestra infausta suerte, a cilos que por el placer de vengarse
do Ia nueva nación on la persona do sus más preclaros hijos, se
han negado a admitir ci canje quo se les propuso do ochocicutos
prisioneros por la vida de mi padre, justificando asI ci aizamiento
de esta nación, pues quO podernos esperar los criollos de uii gobierno quo por tat de satisfacer su odio contra un insurgente, se

WI-I

Una Venga:a Isisurgeuk

122 I

niega a salvar las vidas de ochocientos españoles, sus compatriotas?
No es, pues, una frfa crueldad ni una venganza digna de realistas,
quitaros vuestra vida miserable, y en consecuencia he necesitado
tomar una vcnganza niexicana y corresponder a la villana conducta del vircy, no solo perdonándoos la vida, sino restituyéndoos
la lihertad, para que os marchéis i donde mejor os convenga.
1Mexicanos! i viva la Arnrica! i viva ci general Morelos!
Un viva atronador, repeticlo p' ruás de dicz mil personas, contestO a las aclamaciones.
Memorable acción fué aquella I
Aun repercutIan los ecos de aqudila grapdiosa manifestación de
entusiasmo, cuando saliendo de su asombro los trescientos prisiOneros cspañoles, y cuando las tropas insurgentes se retiraban a sus
alojamientos i las voces de mando de sus rcspectivosjefcs, prorrumpieron en frenéticos vivas, y echándose a las plantas de D. Nicolas
solicitaron de éi les permitiese quedarsc al servicio dc su divisiOn.
Seguro dc la tidelidad de aquellos infelices, Bravo acccdiO a su
süplica, y varios vItores y aclaniaciones resonaron en aqucl dia
grande y solemne, ci más grande y solemne quizi de los dIas de la
r evoluci6n mexicana.
-,)_u6 mOvil pudo haber guiado a aquel joven general para tomar
en aquellos instantes tan admirable resolución?
El mismo to rcveló algunos años después con ]as siguientes sencillas y elocuentes exprcsiones:
'Aquella noche, no pudiendo tomar ci sueflo en toda ella, me
OCupé en retlexionar quo las represalias que iba yo a ejecutar dis.
mrnuirfan mucho ci crédito de Ia causa que defendIa, y quo observando una coriducta contraria a la del vircy, podria yo conseguir
mejores resuitados, cosa quo me halagaba rnás que mi primera
rcs o1uj6 . pero se me presentaba para lievarla a efecto la dificultad de no poder cubrir mi responsabilidad de la orden que habIa
rec ibido, en cuvo asunto me ocupé toda la noche, hasta ]as cuatro
de Ia mañana que me resolvI a perdonarlos de una manera que se
hiciera püblica y surtiera todos lo-3 efectos en favor de la causa de
Ia 1ndcpendenei.,
Por eso dij cn i-a6n
xlCanO5:

n1

L lu, Ii i storl-.id

n)L-

1222

Episodios Hislóricos Mexicauos

kPocos ejemplares presenta la bistoria antigia 6 rnockrna Ic tin
acto tan noble dc generosidad, en un mornento en que Ia venganza
habrIa parecido autorizar aquellas cruelcs represalias, hahiendo
sido repetidos los rasgos de humanidad que en el curso dc la i -cvolución se vieron en este digno jefe: .siempre valiente en ci campo
de batalla, nunca fuera de él rnanchO sus manos con la sangrc del
rendido, y conservando pura su reputación a través de las vicisitudes de la guerra, constanternente sostuvo la nohieza de su ca
ráctcr, mereciendo a justo titulo que se Ic aplique ci timbre del
caballero francts, que pudo ilamarse con verdad sin ntiedo y sin
Eac,Ta.

Tal es Ia sencilla y admirable historia de UNA VENGANZA ISURGENTE.

","static_promo_banner_cta_url":"https://www.scribd.com/"},"eligible_for_exclusive_trial_roadblock":false,"eligible_for_seo_roadblock":false,"exclusive_free_trial_roadblock_props_path":"/doc-page/exclusive-free-trial-props/252718608","flashes":[],"footer_props":{"urls":{"about":"/about","press":"/press","blog":"http://literally.scribd.com/","careers":"/careers","contact":"/contact","plans_landing":"/subscribe","referrals":"/referrals?source=footer","giftcards":"/giftcards","faq":"/faq","accessibility":"/accessibility-policy","faq_paths":{"accounts":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246346","announcements":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246066","copyright":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246086","downloading":"https://support.scribd.com/hc/articles/210135046","publishing":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246366","reading":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246406","selling":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246326","store":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246306","status":"https://support.scribd.com/hc/en-us/articles/360001202872","terms":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246126","writing":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246366","adchoices":"https://support.scribd.com/hc/articles/210129366","paid_features":"https://support.scribd.com/hc/sections/202246306","failed_uploads":"https://support.scribd.com/hc/en-us/articles/210134586-Troubleshooting-uploads-and-conversions","copyright_infringement":"https://support.scribd.com/hc/en-us/articles/210128946-DMCA-copyright-infringement-takedown-notification-policy","end_user_license":"https://support.scribd.com/hc/en-us/articles/210129486","terms_of_use":"https://support.scribd.com/hc/en-us/articles/210129326-General-Terms-of-Use"},"publishers":"/publishers","static_terms":"/terms","static_privacy":"/privacy","copyright":"/copyright","ios_app":"https://itunes.apple.com/us/app/scribd-worlds-largest-online/id542557212?mt=8&uo=4&at=11lGEE","android_app":"https://play.google.com/store/apps/details?id=com.scribd.app.reader0&hl=en","books":"/books","sitemap":"/directory"}},"global_nav_props":{"header_props":{"logo_src":"/images/landing/home2_landing/scribd_logo_horiz_small.svg","root_url":"https://www.scribd.com/","search_term":"","small_logo_src":"/images/logos/scribd_s_logo.png","uploads_url":"/upload-document","search_props":{"redirect_to_app":true,"search_url":"/search","query":"","search_page":false}},"user_menu_props":null,"sidebar_props":{"urls":{"bestsellers":"https://www.scribd.com/bestsellers","home":"https://www.scribd.com/","saved":"/saved","subscribe":"/archive/pmp_checkout?doc=252718608&metadata=%7B%22context%22%3A%22pmp%22%2C%22action%22%3A%22start_trial%22%2C%22logged_in%22%3Afalse%2C%22platform%22%3A%22web%22%7D","top_charts":"/bestsellers","upload":"https://www.scribd.com/upload-document"},"categories":{"book":{"icon":"icon-ic_book","icon_filled":"icon-ic_book_fill","url":"https://www.scribd.com/books","name":"Books","type":"book"},"news":{"icon":"icon-ic_articles","icon_filled":"icon-ic_articles_fill","url":"https://www.scribd.com/news","name":"News","type":"news"},"audiobook":{"icon":"icon-ic_audiobook","icon_filled":"icon-ic_audiobook_fill","url":"https://www.scribd.com/audiobooks","name":"Audiobooks","type":"audiobook"},"magazine":{"icon":"icon-ic_magazine","icon_filled":"icon-ic_magazine_fill","url":"https://www.scribd.com/magazines","name":"Magazines","type":"magazine"},"document":{"icon":"icon-ic_document","icon_filled":"icon-ic_document_fill","url":"https://www.scribd.com/docs","name":"Documents","type":"document"},"sheet_music":{"icon":"icon-ic_songbook","icon_filled":"icon-ic_songbook_fill","url":"https://www.scribd.com/sheetmusic","name":"Sheet Music","type":"sheet_music"},"summary":{"icon":"icon-ic_globalnav_snapshot","icon_filled":"icon-ic_globalnav_snapshot_fill","url":"https://www.scribd.com/snapshots","name":"Snapshots","type":"summary"}},"nav_categories":["mixed","book","audiobook","magazine","document","sheet_music"],"selected_content_type":"mixed","username":"","search_overlay_props":{"search_input_props":{"focused":false,"keep_suggestions_on_blur":false}}}},"recommenders":{"related_titles_recommender":{"ids":[218880245,100386849,145282789,218853685,200759661,218850010,218864065,245742738,132525474,218401298,176739630,245338215,218398441,252416515,245745528,339805209,215295154,117447613,287805242,37522368,216280578,253597802,253920107,256603082,253597797,215267413,252853785,294107169,253526391,287437538,259052602,259052611,259052605,259052609,259052607,259052614,259052601,259052612,255353232,257807989,259052606,259052615,259052603,259052610,259052604,254946477,255347392,254841452,255353233,255353234,254848715,255347391,254946478,254848713,254848714,254946476,255347393,254841451,254848716,255347394],"title_link":null,"title":null,"track_opts":{"compilation_id":"Ksk3YOaOMfNCO75Qcy7A8sWCZq4=","module_id":"bGIk53twMtM+gci1s45AIk5oSkI=","widget_name":"right sidebar","track_id":"flattened_recommender"}},"footer_recommenders":{"recommenders":[{"ids":[218880245,100386849,145282789,218853685,200759661,218850010,218864065,245742738,132525474,218401298,176739630,245338215,218398441,252416515,245745528,339805209,215295154,117447613,287805242,37522368,216280578,253597802,253920107,256603082,253597797,215267413,252853785,294107169,253526391,287437538],"title_link":null,"title":"Documents Similar To Una Venganza Insurgente","track_opts":{"compilation_id":"Ksk3YOaOMfNCO75Qcy7A8sWCZq4=","module_id":"HpdzHUwIUTa+WEFaCqsMBanyUT4=","widget_name":"document_carousel"}},{"ids":[259052602,259052611,259052605,259052609,259052607,259052614,259052601,259052612,255353232,257807989,259052606,259052615,259052603,259052610,259052604,254946477,255347392,254841452,255353233,255353234,254848715,255347391,254946478,254848713,254848714,254946476,255347393,254841451,254848716,255347394],"title_link":null,"title":"More From fco_soria","track_opts":{"compilation_id":"Ksk3YOaOMfNCO75Qcy7A8sWCZq4=","module_id":"wlA8eMyHTbIWD+lLHgEq5qi5Rio=","widget_name":"document_carousel"}}]},"seo_new_docs_recommenders":{"recommenders":[]},"documents":{"37522368":{"type":"document","id":37522368,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/37522368/149x198/4390fb044b/1398338177?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/37522368/298x396/8e3e21ebf8/1398338177?v=1","title":"El Manto Liberal","short_title":"El Manto Liberal","author":"polo007mx","tracking":{"object_type":"document","object_id":37522368,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"HjBjanSHF23s5fJP1P4rTePOHSM="},"url":"https://www.scribd.com/document/37522368/El-Manto-Liberal","top_badge":null},"100386849":{"type":"document","id":100386849,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/100386849/149x198/2fa0644fc3/1383235499?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/100386849/298x396/5a82bf51ea/1383235499?v=1","title":"Fray Bernardino de Sahagun","short_title":"Fray Bernardino de Sahagun","author":"Celina Urzúa","tracking":{"object_type":"document","object_id":100386849,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"wYM06pFM6+3sRaMgTN31lpQQTik="},"url":"https://www.scribd.com/document/100386849/Fray-Bernardino-de-Sahagun","top_badge":null},"117447613":{"type":"document","id":117447613,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/117447613/149x198/142d399391/1494609861?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/117447613/298x396/6dbc87c371/1494609861?v=1","title":"Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos","short_title":"Apuntes para la historia de la guerra entre México y Estados Unidos","author":"Ricardo Cruz García","tracking":{"object_type":"document","object_id":117447613,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"vQOLFZ2rM680XeiKxtGa7UKtRcw="},"url":"https://www.scribd.com/document/117447613/Apuntes-para-la-historia-de-la-guerra-entre-Mexico-y-Estados-Unidos","top_badge":null},"132525474":{"type":"document","id":132525474,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/132525474/149x198/c835c6375e/1382425592?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/132525474/298x396/c605e851d3/1382425592?v=1","title":"Elecciones Gob Rep 18101910","short_title":"Elecciones Gob Rep 18101910","author":"Miriam Lomas","tracking":{"object_type":"document","object_id":132525474,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"Lg3SVBd5ip4lnAadaiqMWn1UDDc="},"url":"https://www.scribd.com/document/132525474/Elecciones-Gob-Rep-18101910","top_badge":null},"145282789":{"type":"document","id":145282789,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/145282789/149x198/bae9df8e77/1450978899?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/145282789/298x396/3d828e015c/1450978899?v=1","title":"17-LaIndependencia","short_title":"17-LaIndependencia","author":"Grisel O Gómez","tracking":{"object_type":"document","object_id":145282789,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"2BhcQoAR2H9GNhFjXOC1gZVHgLM="},"url":"https://www.scribd.com/document/145282789/17-LaIndependencia","top_badge":null},"176739630":{"type":"document","id":176739630,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/176739630/149x198/a14900cfd4/1394083973?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/176739630/298x396/c025077b47/1394083973?v=1","title":"000059494","short_title":"000059494","author":"Rubén Jiménez Ricárdez","tracking":{"object_type":"document","object_id":176739630,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"92RqPkvzIm6Vnqlshgjv453j02k="},"url":"https://www.scribd.com/doc/176739630/000059494","top_badge":null},"200759661":{"type":"document","id":200759661,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/200759661/149x198/6a0a6845d1/1399785091?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/200759661/298x396/52b05727aa/1399785091?v=1","title":"El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento de México","short_title":"El virrey Iturrigaray y el Ayuntamiento de México","author":"Enrique Najera Gonzalez","tracking":{"object_type":"document","object_id":200759661,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"zcxojxsJWJYVaH2chibNwomsVQY="},"url":"https://www.scribd.com/doc/200759661/El-virrey-Iturrigaray-y-el-Ayuntamiento-de-Mexico","top_badge":null},"215267413":{"type":"document","id":215267413,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/215267413/149x198/292e283188/1451561011?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/215267413/298x396/5fdb4ae09a/1451561011?v=1","title":"La Revolución en el Estado de Chihuahua, t2.pdf","short_title":"La Revolución en el Estado de Chihuahua, t2.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":215267413,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"qO96O+Jmv1WfKK89nhD/boJAiCM="},"url":"https://www.scribd.com/doc/215267413/La-Revolucion-en-el-Estado-de-Chihuahua-t2-pdf","top_badge":null},"215295154":{"type":"document","id":215295154,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/215295154/149x198/165a764afe/1410982581?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/215295154/298x396/b7abe46d6b/1410982581?v=1","title":"La Revolución en el Estado de Sonora.pdf","short_title":"La Revolución en el Estado de Sonora.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":215295154,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"aawjixyqMx4XoQHUp/sjFXgW+E8="},"url":"https://www.scribd.com/doc/215295154/La-Revolucion-en-el-Estado-de-Sonora-pdf","top_badge":null},"216280578":{"type":"document","id":216280578,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/216280578/149x198/9960686556/1406989195?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/216280578/298x396/3f824826c6/1406989195?v=1","title":"Historia de la Revolución Mexicana en Coahuila.pdf","short_title":"Historia de la Revolución Mexicana en Coahuila.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":216280578,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"VEcp/DJjRHzc9ga+xl5WjXukLlM="},"url":"https://www.scribd.com/document/216280578/Historia-de-la-Revolucion-Mexicana-en-Coahuila-pdf","top_badge":null},"218398441":{"type":"document","id":218398441,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218398441/149x198/fbd25a2f8c/1404422391?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218398441/298x396/503c2cceb5/1404422391?v=1","title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t1.pdf","short_title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t1.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218398441,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"aJ2u17rDJR6aT6IKme2o7DsyNIA="},"url":"https://www.scribd.com/doc/218398441/Emiliano-Zapata-y-el-agrarismo-en-Mexico-t1-pdf","top_badge":null},"218401298":{"type":"document","id":218401298,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/218401298/149x198/1e4289179d/1406343822?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218401298/298x396/f06c0c82dd/1406343822?v=1","title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t2.pdf","short_title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t2.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218401298,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"k0A2h7ihBJE3KIVwYc6qIIPNKvQ="},"url":"https://www.scribd.com/document/218401298/Emiliano-Zapata-y-el-agrarismo-en-Mexico-t2-pdf","top_badge":null},"218850010":{"type":"document","id":218850010,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/218850010/149x198/d3d4903114/1404771237?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218850010/298x396/7013790fee/1404771237?v=1","title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t3.pdf","short_title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t3.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218850010,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"vGXjrpFEkdKzQkCBI1Pmf1rHQ9M="},"url":"https://www.scribd.com/document/218850010/Emiliano-Zapata-y-el-agrarismo-en-Mexico-t3-pdf","top_badge":null},"218853685":{"type":"document","id":218853685,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218853685/149x198/849228935b/1415948940?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218853685/298x396/e077208b05/1415948940?v=1","title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t4.pdf","short_title":"Emiliano Zapata y el agrarismo en México, t4.pdf","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218853685,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"cmUo9i1TpKcb9PbOcKSrjRAv+oU="},"url":"https://www.scribd.com/document/218853685/Emiliano-Zapata-y-el-agrarismo-en-Mexico-t4-pdf","top_badge":null},"218864065":{"type":"document","id":218864065,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/218864065/149x198/3a3b748c4d/1539888948?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218864065/298x396/85fd04dbbc/1539888948?v=1","title":"Historia del Ejército y de la Revolución Constitucionalista--Primera Época","short_title":"Historia del Ejército y de la Revolución Constitucionalista--Primera Época","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218864065,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"v9ohG8he0ZTlPwn8SPmvDuDXMLo="},"url":"https://www.scribd.com/doc/218864065/Historia-del-Ejercito-y-de-la-Revolucion-Constitucionalista-Primera-Epoca","top_badge":null},"218880245":{"type":"document","id":218880245,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/218880245/149x198/06f65f724a/1409056462?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/218880245/298x396/3df104dfa0/1409056462?v=1","title":"Los Tratados de Bucareli y la rebelión delahuertista","short_title":"Los Tratados de Bucareli y la rebelión delahuertista","author":"Daysilirion","tracking":{"object_type":"document","object_id":218880245,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"SL4O31lgCGwEOVCld9PgjpHdUEs="},"url":"https://www.scribd.com/document/218880245/Los-Tratados-de-Bucareli-y-la-rebelion-delahuertista","top_badge":null},"245338215":{"type":"document","id":245338215,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/245338215/149x198/7124b6916a/1415000714?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/245338215/298x396/d53569bb07/1415000714?v=1","title":"Las Ideas y Los Hombres.pietschmann,Rodríguez ,Breña.colmex.2014","short_title":"Las Ideas y Los Hombres.pietschmann,Rodríguez ,Breña.colmex.2014","author":"Jaime García","tracking":{"object_type":"document","object_id":245338215,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"cG1qWLsh56BYnHjIPXJiG6mdRsQ="},"url":"https://www.scribd.com/document/245338215/Las-Ideas-y-Los-Hombres-pietschmann-Rodriguez-Brena-colmex-2014","top_badge":null},"245742738":{"type":"document","id":245742738,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/245742738/149x198/d33e2ed3da/1415292819?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/245742738/298x396/920e143032/1415292819?v=1","title":"Francisco Javier Mina y Pedro Moreno Caudillos Libertadores","short_title":"Francisco Javier Mina y Pedro Moreno Caudillos Libertadores","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":245742738,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"QjWRu2Ai9He23W5ZthyUOZ+fIi8="},"url":"https://www.scribd.com/document/245742738/Francisco-Javier-Mina-y-Pedro-Moreno-Caudillos-Libertadores","top_badge":null},"245745528":{"type":"document","id":245745528,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/245745528/149x198/e13fe13a36/1504877860?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/245745528/298x396/116195004b/1504877860?v=1","title":"Apuntes Biograficos de Don Mariano Matamoros","short_title":"Apuntes Biograficos de Don Mariano Matamoros","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":245745528,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"+OBm7jJq6KiZCm1jswpviUuAKhc="},"url":"https://www.scribd.com/document/245745528/Apuntes-Biograficos-de-Don-Mariano-Matamoros","top_badge":null},"252416515":{"type":"document","id":252416515,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/252416515/149x198/0401c48f18/1497843369?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/252416515/298x396/aa9e84dd63/1497843369?v=1","title":"Album de Morelos 1889","short_title":"Album de Morelos 1889","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":252416515,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"G7q+iqLYClYDQ3DyoJFACnI4doY="},"url":"https://www.scribd.com/document/252416515/Album-de-Morelos-1889","top_badge":null},"252853785":{"type":"document","id":252853785,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/252853785/149x198/98f25e6d54/1421448957?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/252853785/298x396/58f286df7a/1421448957?v=1","title":"Adiciones y Rectificaciones a La Historia de México Que Escribió D. Lucas Alamán","short_title":"Adiciones y Rectificaciones a La Historia de México Que Escribió D. Lucas Alamán","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":252853785,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"8vKifJFTPtgfFv1F4rKdQuW7Bjs="},"url":"https://www.scribd.com/document/252853785/Adiciones-y-Rectificaciones-a-La-Historia-de-Mexico-Que-Escribio-D-Lucas-Alaman","top_badge":null},"253526391":{"type":"document","id":253526391,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/253526391/149x198/db4a7db1c8/1422034031?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/253526391/298x396/add8b1bc03/1422034031?v=1","title":"Guerra y Frontera El Ejercito Del Norte 1855-1858","short_title":"Guerra y Frontera El Ejercito Del Norte 1855-1858","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":253526391,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"qY0FtbAeJSg6KNeSVqnH/dOFAn0="},"url":"https://www.scribd.com/document/253526391/Guerra-y-Frontera-El-Ejercito-Del-Norte-1855-1858","top_badge":null},"253597797":{"type":"document","id":253597797,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/253597797/149x198/746d9685cf/1422112018?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/253597797/298x396/e1a19f69db/1422112018?v=1","title":"Documentos Historicos Relativos a La Independencia Nacional","short_title":"Documentos Historicos Relativos a La Independencia Nacional","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":253597797,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"AdP2Wc91t4cAZK+3gweYLtIHw/4="},"url":"https://www.scribd.com/document/253597797/Documentos-Historicos-Relativos-a-La-Independencia-Nacional","top_badge":null},"253597802":{"type":"document","id":253597802,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/253597802/149x198/229526b56a/1490215172?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/253597802/298x396/995a316db5/1490215172?v=1","title":"Documentos de La Independencia Tomo 4 Vol 1","short_title":"Documentos de La Independencia Tomo 4 Vol 1","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":253597802,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"jVtOk79/j092YDrRIvly9w0kYYs="},"url":"https://www.scribd.com/document/253597802/Documentos-de-La-Independencia-Tomo-4-Vol-1","top_badge":null},"253920107":{"type":"document","id":253920107,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/253920107/149x198/ee0f888fd1/1422400656?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/253920107/298x396/8d808ab138/1422400656?v=1","title":"Mexico Viejo y Anecdotico 1909","short_title":"Mexico Viejo y Anecdotico 1909","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":253920107,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"TiJXAMUTVKyQ1BvL/5oXPGRsh9M="},"url":"https://www.scribd.com/document/253920107/Mexico-Viejo-y-Anecdotico-1909","top_badge":null},"254841451":{"type":"document","id":254841451,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254841451/149x198/1dc6e865b7/1423170149?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254841451/298x396/cfe493e252/1423170149?v=1","title":"Guia Para El Extranjero en La CD de Mexico 1903","short_title":"Guia Para El Extranjero en La CD de Mexico 1903","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254841451,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"yANMRogYsOtO6OIJoUJy0GEgNSA="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254841451/Guia-Para-El-Extranjero-en-La-CD-de-Mexico-1903","top_badge":null},"254841452":{"type":"document","id":254841452,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254841452/149x198/3345ff391a/1423170158?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254841452/298x396/503e9b6a1e/1423170158?v=1","title":"Mi Historia Militar y Politica Santa Anna","short_title":"Mi Historia Militar y Politica Santa Anna","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254841452,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"vFKiqKq4LzuzwfBsD4F3WZmt5So="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254841452/Mi-Historia-Militar-y-Politica-Santa-Anna","top_badge":null},"254848713":{"type":"document","id":254848713,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254848713/149x198/fd2d338dba/1423174314?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254848713/298x396/e74cbeff3b/1423174314?v=1","title":"La Ciudad de Mexico Nombre de Sus Calles Vol 1","short_title":"La Ciudad de Mexico Nombre de Sus Calles Vol 1","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254848713,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"Fc5gCu/1M2sZnQ7IBnBcLjShBCI="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254848713/La-Ciudad-de-Mexico-Nombre-de-Sus-Calles-Vol-1","top_badge":null},"254848714":{"type":"document","id":254848714,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254848714/149x198/233e2756e8/1423174317?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254848714/298x396/8aafe2eb66/1423174317?v=1","title":"La Batalla Del 5 de Mayo","short_title":"La Batalla Del 5 de Mayo","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254848714,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"mRy/64pAgZhJEn9BVucTI/zcyKU="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254848714/La-Batalla-Del-5-de-Mayo","top_badge":null},"254848715":{"type":"document","id":254848715,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254848715/149x198/1ffa529d83/1423174309?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254848715/298x396/815a3179e4/1423174309?v=1","title":"Los Gobernantes de Mexico Hasta B Juarez","short_title":"Los Gobernantes de Mexico Hasta B Juarez","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254848715,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"BqAoEk7BkYCGXOUmSjMVU6FB1Vk="},"url":"https://www.scribd.com/document/254848715/Los-Gobernantes-de-Mexico-Hasta-B-Juarez","top_badge":null},"254848716":{"type":"document","id":254848716,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254848716/149x198/0f3689ca12/1461346035?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254848716/298x396/c555f67737/1461346035?v=1","title":"La Ciudad de Mexico Nombre de Sus Calles Vol 2","short_title":"La Ciudad de Mexico Nombre de Sus Calles Vol 2","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254848716,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"1hR35HQsN/TtZZRvb1dEQhHieDA="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254848716/La-Ciudad-de-Mexico-Nombre-de-Sus-Calles-Vol-2","top_badge":null},"254946476":{"type":"document","id":254946476,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254946476/149x198/1fa609f6a5/1487875157?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254946476/298x396/62301ddb27/1487875157?v=1","title":"Historia de Nuevo Leon Con Noticias Sobre Coahuila Tejas y Nuevo Mexico","short_title":"Historia de Nuevo Leon Con Noticias Sobre Coahuila Tejas y Nuevo Mexico","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254946476,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"EbJSaWY3j9Op0F7tAPauTpb4o2E="},"url":"https://www.scribd.com/document/254946476/Historia-de-Nuevo-Leon-Con-Noticias-Sobre-Coahuila-Tejas-y-Nuevo-Mexico","top_badge":null},"254946477":{"type":"document","id":254946477,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254946477/149x198/416e3137cc/1487873059?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254946477/298x396/5c113dd7a2/1487873059?v=1","title":"Nuevo Leon y La Colonizacion Del Nuevo Santander","short_title":"Nuevo Leon y La Colonizacion Del Nuevo Santander","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254946477,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"qbKZvMzThEZu6qBnQp8eI/JBy9I="},"url":"https://www.scribd.com/document/254946477/Nuevo-Leon-y-La-Colonizacion-Del-Nuevo-Santander","top_badge":null},"254946478":{"type":"document","id":254946478,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/254946478/149x198/c818dd0529/1423251042?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/254946478/298x396/337ed32da8/1423251042?v=1","title":"Apuntes Para La Historia de La Guerra Mexico-USA","short_title":"Apuntes Para La Historia de La Guerra Mexico-USA","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":254946478,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"TUDiTL9AjpdXTufUhaRw0KEH9ds="},"url":"https://www.scribd.com/doc/254946478/Apuntes-Para-La-Historia-de-La-Guerra-Mexico-USA","top_badge":null},"255347391":{"type":"document","id":255347391,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255347391/149x198/edd85ff239/1423603439?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255347391/298x396/576a600acf/1423603439?v=1","title":"Lucha Contra La Insurgencia en La Prensa 1810-1812","short_title":"Lucha Contra La Insurgencia en La Prensa 1810-1812","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255347391,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"FPCbbAAWxujsBvAM9HVyzxdMM1o="},"url":"https://www.scribd.com/document/255347391/Lucha-Contra-La-Insurgencia-en-La-Prensa-1810-1812","top_badge":null},"255347392":{"type":"document","id":255347392,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/255347392/149x198/b8711a8b24/1494549934?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255347392/298x396/0ad5a9cacf/1494549934?v=1","title":"La Iturbidiada","short_title":"La Iturbidiada","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255347392,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"hSmm5AZW7ezAK7AzXZWqu8U9M48="},"url":"https://www.scribd.com/document/255347392/La-Iturbidiada","top_badge":null},"255347393":{"type":"document","id":255347393,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255347393/149x198/b95af7d0ac/1423603425?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/255347393/298x396/71b2b2e93f/1423603425?v=1","title":"Nuevo Leon Colonial","short_title":"Nuevo Leon Colonial","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255347393,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"y/QfldPUGSBx3WAusccrxlvd4Mc="},"url":"https://www.scribd.com/document/255347393/Nuevo-Leon-Colonial","top_badge":null},"255347394":{"type":"document","id":255347394,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255347394/149x198/8c43b3f7d6/1423603433?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/255347394/298x396/1c68018cd8/1423603433?v=1","title":"Industria Monterrey 1920 1923","short_title":"Industria Monterrey 1920 1923","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255347394,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"j8ZzDF6eq5TzEysu6BfuQVUFkTY="},"url":"https://www.scribd.com/doc/255347394/Industria-Monterrey-1920-1923","top_badge":null},"255353232":{"type":"document","id":255353232,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255353232/149x198/0839908be1/1423605104?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/255353232/298x396/be7fd68fb3/1423605104?v=1","title":"Monterrey Noviembre 1846","short_title":"Monterrey Noviembre 1846","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255353232,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"qQ/M4g5nerfJgxj51CcrzHv1jyA="},"url":"https://www.scribd.com/document/255353232/Monterrey-Noviembre-1846","top_badge":null},"255353233":{"type":"document","id":255353233,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255353233/149x198/6eb3af16f1/1423605109?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255353233/298x396/8925b73975/1423605109?v=1","title":"Monterrey Diciembre 1846","short_title":"Monterrey Diciembre 1846","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255353233,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"357Sg0QNen0Zo/qNWVi6VCIGmPw="},"url":"https://www.scribd.com/document/255353233/Monterrey-Diciembre-1846","top_badge":null},"255353234":{"type":"document","id":255353234,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255353234/149x198/5c82ecec36/1423605094?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/255353234/298x396/01a41db85c/1423605094?v=1","title":"Monterrey Octubre 1846","short_title":"Monterrey Octubre 1846","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":255353234,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"MTd7a22tkIBV0Ilv6cDkMubqgLQ="},"url":"https://www.scribd.com/document/255353234/Monterrey-Octubre-1846","top_badge":null},"256603082":{"type":"document","id":256603082,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/256603082/149x198/2ff00240cb/1511914754?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/256603082/298x396/b32dc908ee/1511914754?v=1","title":"Aventuras de Los Aztecas en El Más Allá","short_title":"Aventuras de Los Aztecas en El Más Allá","author":"Aquiles Ortiz","tracking":{"object_type":"document","object_id":256603082,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"/MLGV6y1yeiSACNym4LbWeQ/5C4="},"url":"https://www.scribd.com/document/256603082/Aventuras-de-Los-Aztecas-en-El-Mas-Alla","top_badge":null},"257807989":{"type":"document","id":257807989,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/257807989/149x198/a81a449388/1425590285?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/257807989/298x396/4f2b1f9b8a/1425590285?v=1","title":"Mexican Uniforms 76","short_title":"Mexican Uniforms 76","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":257807989,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"erP8OQ+7x0KKJg/GQRx3TdJ75xs="},"url":"https://www.scribd.com/doc/257807989/Mexican-Uniforms-76","top_badge":null},"259052601":{"type":"document","id":259052601,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052601/149x198/88a7264e57/1426613342?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052601/298x396/3614a5317e/1426613342?v=1","title":"Patio de Juegos Del Instituto Cristiano","short_title":"Patio de Juegos Del Instituto Cristiano","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052601,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"XyLqabL32eDDZsyMLuqmTIs3Otg="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052601/Patio-de-Juegos-Del-Instituto-Cristiano","top_badge":null},"259052602":{"type":"document","id":259052602,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052602/149x198/7a742a006e/1426613346?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052602/298x396/f4452f5c8b/1426613346?v=1","title":"Monterrey Inundacion (5)","short_title":"Monterrey Inundacion (5)","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052602,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"LhgxKXZ58IHpdKly4I65hx83A70="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052602/Monterrey-Inundacion-5","top_badge":null},"259052603":{"type":"document","id":259052603,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052603/149x198/af427422b0/1426613332?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052603/298x396/91d41123ff/1426613332?v=1","title":"Misiones Franciscanas Del Nuevo Reino de Leon","short_title":"Misiones Franciscanas Del Nuevo Reino de Leon","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052603,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"pl8i+8Fk4ltO7DJT1QM0ohgZB08="},"url":"https://www.scribd.com/document/259052603/Misiones-Franciscanas-Del-Nuevo-Reino-de-Leon","top_badge":null},"259052604":{"type":"document","id":259052604,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052604/149x198/f46161cd2a/1426613329?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052604/298x396/173db7f0a9/1426613329?v=1","title":"Tomada Desde Isaac Garza Entre Galeana y Emilio Carranza","short_title":"Tomada Desde Isaac Garza Entre Galeana y Emilio Carranza","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052604,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"6KJNx4wHfXhsg3NWKukgym1HavE="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052604/Tomada-Desde-Isaac-Garza-Entre-Galeana-y-Emilio-Carranza","top_badge":null},"259052605":{"type":"document","id":259052605,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052605/149x198/db4d50ce32/1426613336?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052605/298x396/ecd7266cd1/1426613336?v=1","title":"Monterrey Inundacion (3)","short_title":"Monterrey Inundacion (3)","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052605,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"SBE7P2LlaLJn4L2dVAyXGR4nU/g="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052605/Monterrey-Inundacion-3","top_badge":null},"259052606":{"type":"document","id":259052606,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052606/149x198/79974a5c12/1426613339?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052606/298x396/48d16f3897/1426613339?v=1","title":"Monterrey Inundacion (2)","short_title":"Monterrey Inundacion (2)","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052606,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"zNV6QxdEQuvb5F7xrve2tl5euJM="},"url":"https://www.scribd.com/document/259052606/Monterrey-Inundacion-2","top_badge":null},"259052607":{"type":"document","id":259052607,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052607/149x198/f39711cfd2/1426613326?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052607/298x396/d6d3e02337/1426613326?v=1","title":"Monterrey Inundacion","short_title":"Monterrey Inundacion","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052607,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"cTHN/h+BczphoeL1lE5LV7JrcUE="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052607/Monterrey-Inundacion","top_badge":null},"259052609":{"type":"document","id":259052609,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052609/149x198/2ae04fa85e/1426613320?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052609/298x396/80aa35246e/1426613320?v=1","title":"Monterrey Inundacion (6)","short_title":"Monterrey Inundacion (6)","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052609,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"jE8yCwY35bpNkHiaVC5hWPeXL70="},"url":"https://www.scribd.com/document/259052609/Monterrey-Inundacion-6","top_badge":null},"259052610":{"type":"document","id":259052610,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052610/149x198/5af06a9b2d/1426613325?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052610/298x396/eb11f45cf6/1426613325?v=1","title":"Monterrey Inundacion (4)","short_title":"Monterrey Inundacion (4)","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052610,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"yUrredRd8tciUnpTYY/bC+Mz0OQ="},"url":"https://www.scribd.com/document/259052610/Monterrey-Inundacion-4","top_badge":null},"259052611":{"type":"document","id":259052611,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052611/149x198/d515408762/1494551837?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052611/298x396/c5a945dac3/1494551837?v=1","title":"Battles of Mexico","short_title":"Battles of Mexico","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052611,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"UDafVwv/+D/SwKbLQ9B6nJbanCI="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052611/Battles-of-Mexico","top_badge":null},"259052612":{"type":"document","id":259052612,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052612/149x198/37c63c52cb/1426613314?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/259052612/298x396/1f7cb17f5c/1426613314?v=1","title":"Nuevo Leon y La Colonizacion","short_title":"Nuevo Leon y La Colonizacion","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052612,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"kT6yhqBmkA6JePQIBWsvJpewsGE="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052612/Nuevo-Leon-y-La-Colonizacion","top_badge":null},"259052614":{"type":"document","id":259052614,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052614/149x198/0c7261711d/1426613310?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052614/298x396/009ffd198e/1426613310?v=1","title":"Halls of Montezuma","short_title":"Halls of Montezuma","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052614,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"Y+lhgtmi18/x5l+J2gfp0gjzqdA="},"url":"https://www.scribd.com/document/259052614/Halls-of-Montezuma","top_badge":null},"259052615":{"type":"document","id":259052615,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052615/149x198/842e2e0ace/1426613300?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/259052615/298x396/89976f3718/1426613300?v=1","title":"Diario Yd Err Otero 00 Rive","short_title":"Diario Yd Err Otero 00 Rive","author":"fco_soria","tracking":{"object_type":"document","object_id":259052615,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"MSsmp9Eo/WwkJh/qqB9NhRCGG+c="},"url":"https://www.scribd.com/doc/259052615/Diario-Yd-Err-Otero-00-Rive","top_badge":null},"287437538":{"type":"document","id":287437538,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/287437538/149x198/15be01821e/1446018413?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/287437538/298x396/c247e45adc/1446018413?v=1","title":"Alaman-El Partido Conservador en MEXICO","short_title":"Alaman-El Partido Conservador en MEXICO","author":"listname","tracking":{"object_type":"document","object_id":287437538,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"QfP42kMbuvUOfOHwXUsHMNnc10g="},"url":"https://www.scribd.com/document/287437538/Alaman-El-Partido-Conservador-en-MEXICO","top_badge":null},"287805242":{"type":"document","id":287805242,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/287805242/149x198/b3d4367aa7/1446169621?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/287805242/298x396/08b04ff130/1446169621?v=1","title":"Pacheco,Jose-Guerra de Espana Con Mexico","short_title":"Pacheco,Jose-Guerra de Espana Con Mexico","author":"listname","tracking":{"object_type":"document","object_id":287805242,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"TpVsJw+nJ3NPV7V2KnpSPT8RCvg="},"url":"https://www.scribd.com/document/287805242/Pacheco-Jose-Guerra-de-Espana-Con-Mexico","top_badge":null},"294107169":{"type":"document","id":294107169,"thumb_url":"https://imgv2-1-f.scribdassets.com/img/document/294107169/149x198/47cc8496dc/1538859627?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/294107169/298x396/0c3e8e94c1/1538859627?v=1","title":"Jean, Meyer, La Cristiada, 1- La Guerra de Los Cristerios, Siglo XXI Editores, México 9a Ed. 1985","short_title":"Jean, Meyer, La Cristiada, 1- La Guerra de Los Cristerios, Siglo XXI Editores, México 9a Ed. 1985","author":"Netzahualcoyotl H Xochitiotzin Ortega","tracking":{"object_type":"document","object_id":294107169,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"O3jtqQQCJha5wDbJRb7mKSvuPAQ="},"url":"https://www.scribd.com/doc/294107169/Jean-Meyer-La-Cristiada-1-La-Guerra-de-Los-Cristerios-Siglo-XXI-Editores-Mexico-9a-Ed-1985","top_badge":null},"339805209":{"type":"document","id":339805209,"thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/339805209/149x198/f684fffdcd/1537753080?v=1","retina_thumb_url":"https://imgv2-2-f.scribdassets.com/img/document/339805209/298x396/46294306f7/1537753080?v=1","title":"Jean, Meyer, La Cristiada, 2-El Conflicto Entre La Iglesia y El Estado 1926-1929, Siglo XXI Editores, México, 9a Ed. 1985","short_title":"Jean, Meyer, La Cristiada, 2-El Conflicto Entre La Iglesia y El Estado 1926-1929, Siglo XXI Editores, México, 9a Ed. 1985","author":"Netzahualcoyotl H Xochitiotzin Ortega","tracking":{"object_type":"document","object_id":339805209,"track":"flattened_recommender","doc_uuid":"K3ZZKGa6crrXbfvuXp+61xXpT2Q="},"url":"https://www.scribd.com/document/339805209/Jean-Meyer-La-Cristiada-2-El-Conflicto-Entre-La-Iglesia-y-El-Estado-1926-1929-Siglo-XXI-Editores-Mexico-9a-Ed-1985","top_badge":null}}},"seo_roadblock_props_path":"/doc-page/seo-roadblock-props/252718608","signup_context":null,"toolbar":{"search_path":"/search-4gen?allowed_pages=&auth_token=fpsJSyc2ZgmTm%2FhFqR5DAee0wS4%3D&authenticity_token=CJXRKD0%2Fxc%2BZOmcZm0w53usJe4kdiXMuI34EVrt%2B51tn8NNmrQchUD%2BKvf4scr2AQ8NH%2BWG9Z%2B0ym4v8%2Fa7QlA%3D%3D&expires=1540701952&wordDocumentId=252718608&wordUploadId=257364483"},"renewal_nag_props":null}-->