La “Barriada” de Angell

Por Federico Costa
Por razones que no viene al caso mencionar, he tenido mucho que ver, de cerca y en
intimidad, con el extraño mundo de la barriada suburbana limeña. Se trata, sin duda
alguna, de un mundo complejo, fuerte, contradictorio, revuelto, en el que lo mismo se
encuentra con lo mejor o lo peor. Para hacerse cierta idea de lo que es, resulta
indispensable preguntarse: ¿de dónde ha salido ese mundo, cómo se ha generado,
qué fuerzas lo promueven y mueven?
A mi juicio –y más seguro cuanto más pasa el tiempo y más veo y trato de reflexionar
acerca de lo que cotidianamente observo en nuestra vida diaria–, la clave de todo
cuanto ocurre en el país proviene de la contradicción que existe entre su verdadera
realidad esencial y la sobre estructura “oficial” –no limito el término a la vida
administrativa– que pretende ser la expresión de aquella realidad, sin serlo.
Nuestro país está fraccionado así, en dos mundos. Sin embargo, es un solo país. De
ahí que la contradicción tenga tanto de tragedia, de “neurosis” colectiva que
simultanea e inevitablemente afecta a los individuos y de ahí que la lucha entre
ambos polos –unidos por el subterráneo cordón de una común condición humana
como “peruanos” – de ahí, digo, que tenga toda la atroz ferocidad de un combate
fratricida.
El país de “encima”, el Perú de Papel impreso, el Perú Imaginario, hecho de la copia
servil que toma indiscriminadamente lo ajeno sin la función rectora de un propósito o
meta que permita escoger, ese País devora al otro Perú, al Perú entrañable, al Perú
esencial, verdadero, inexpresado. Creo que ese conflicto está presente en cada
peruano, más activo cuanto más se encuentre su vida enraizada en las estructuras del
País Superficial, porque entonces el conflicto latente se activa por fuerza de las
circunstancias. Pero, en el aspecto social de masas, ese conflicto, bajo la forma de
contradicción entre la vida de la provincia –y especialmente del campo– y la capital
(nacional o regional), se muestra con dramática agudeza en la “barriada”.
El Perú de encima está literalmente, asesinando, al Perú de abajo. Lo succiona, lo
estrangula poco a poco.

El aspecto económico de tal absorción determina

movimientos de masas que se desplazan hacia las ciudades en busca de una
oportunidad para vivir mejor. Atrás, a sus espaldas, los empuja el crecimiento
demográfico y la escasez de tierra cultivable, mal cultivada y en manos de unos
cuantos. Pero en la ciudad no los aguarda por cierto lo que buscan. Los aguarda,
precisamente, el vórtice de la vorágine que succionó su vida desenraizándolos del
campo.

La barriada es, de tal modo, una frontera: la frontera donde hacen contacto las manos
que estrangulan y el cuello que resiste. El resultado es, por fuerza y gracias a la
fuerza, sencillamente atroz. Y lo más atroz del resultado es que, muchísimos de
quienes viven en las barriadas, la inmensa mayoría tal vez, llegan en su desdicha a ni
siquiera darse cuenta de cuán desdichados son. Lo poco que tienen, es muchísimo en
comparación a lo que tuvieron. Y lo que poseían en viejas formas culturales, en
maneras naturales de vivir, eso lo van perdiendo poco a poco en el dudoso y discutible
proceso de una supuesta transculturación, a la que suele atribuirse un valor positivo
en bloque, sin mayor beneficio de inventario.
Entre los miles y miles que llegan hay, como en todo conglomerado humano, de todo.
Y a sus existencias ocurre de todo: bueno y malo, mejor o peor, feliz o desdichado. Es
decir, si nos atenemos a un criterio superficial. Porque si un hombre se detiene sólo un
instante, sin teorías, en cualquier calle de una barriada cualquiera y huele, mira,
escucha y siente, no podrá menos que estrangularse con la vivencia de lo atroz.
Inclusive si lo están invitando, agasajando, haciendo fiesta con música y todo. Porque
sencillamente, lo que se hace ahí con el ser humano, no tiene nombre.
Quiero mencionar solo un caso, del que fui testigo personal. Hube de llevar a unos
niñitos de cierta barriada por alguna avenida principal de Lima. Jamás la habían visto.
Uno de ellos tenía un tumor canceroso en el vientre y estaba en espera de la muerte.
Sin remedio posible, ignorándola y siendo “feliz”. Les impresionaron las casas
enormes. Me preguntaron: “Dios ha hecho los árboles ¿verdad? –Sí.– Y estas casas
también las hizo Dios, ¿verdad?” Quien no pueda sentir la atrocidad de estas
preguntas, pues que más le valga atarse una piedra de molino al cuello y echarse al
mar.
Es ese aspecto atroz, de crueldad bestial, de insensibilidad extrema, de monstruosa
ignorancia de sí mismos como país, –factores que generan en última instancia la
presencia de las barriadas–, lo que Angell ha retratado con simple y fuerte sencillez en
su novela. Más que novela, en el sentido convencional, la llamaría yo un testimonio
descarnado del fondo del asunto. Pudo sin duda diluir literariamente las tintas negras,
compensarlas con momentos, escenas y personajes “felices” de las barriadas, que los
hay muchísimos. No lo ha hecho y me parece bien. No soy crítico literario ni me
interesa serlo. Pero deseo y espero que ese duro testimonio –pesimista, deforme,
falso, dirán quienes aún pueden mirar esa frontera con ojos de “artista”– sirva para
que quienes pueden y deben hacer que nuestras propias manos no sigan
estrangulando nuestro propio cuello, aflojen a tiempo, la presión. Quienes en el Perú

nos damos cuenta de lo que está ocurriendo y escribimos, tenemos la obligación de
escribirlo no para deleitar, sino para despertar. Como sea.
Porque el Perú es eso: una barriada. Quiero decir: el testimonio vivo de todos los
absurdos que el ser humano es capaz de sufrir y hacer sufrir cuando se olvida de su
innata capacidad para responder a la implacable mecánica del universo natural, a la
fuerza ciega y sorda de la fatalidad, con el más humano de los gestos humanos: una
sonrisa al prójimo, a sí mismo, a todo. Es nuestra única defensa.
La novela de Angell muestra con justeza, crudamente, hasta qué punto nos hemos
olvidado de sonreír. Y tal es, a mi juicio, su mayor mérito. ¿Qué exagera? En este país
oficial, donde decir la verdad crudamente choca, ofende y alarma es preferible pecar
por exceso de hablar a voz en cuello que a la sordina. A mí, personalmente, me atrae
y he preferido siempre la vida vivida con exageración, que no con miedo. Tal vez por
ello será que encuentro en esa novela el mismo sabor amargo que deja siempre el
choque contra las aspas de molino. Pero ¿es exageración ser leal a sí mismo?

El Comercio – Lima, jueves 11 de diciembre de 1958 (páginas 2 y 4)