Discurso de Roberto Salomón

Premio Nacional de Cultura 2014
4 de noviembre de 2014
Casa Presidencial, San Salvador, El Salvador.

Cada cierto tiempo me toca vivir una experiencia fascinante: una
obra está en su última representación; los actores y los técnicos
tendrán que desmontar su decorado y llevárselo cuando el eco del
último aplauso se haya desvanecido. En una esquina del vestíbulo
está el elenco de la obra que estrenará

la semana siguiente.

Esperan, con su utilería y vestuario y escenografía desmontada en la
entrada del teatro, para poder llenar las tablas de un nuevo
ambiente y otro imaginario. Termina la función y comienza ese
fenómeno que sólo existe en un teatro que opera a tiempo completo:
un continuo vaivén, como el flujo de la marea. Es lo efímero en
marcha: una obra apenas ha terminado; ya no existe concretamente.
Pero lo que queda en el recuerdo del espectador y de los artistas es
una de las cosas más perdurables de la vida.
En el 2015 cumpliré 70 años; 50 años dedicándome solamente al
teatro.
Al principio, muchos me dijeron que no sería posible, algunos me
apoyaron para seguir adelante. Pero ¿por qué el teatro? ¿Ese género
que está en crisis desde hace tres mil años, el pariente pobre de las
artes a la hora de las subvenciones? ¿Eso de lo que no queda nada
cuando se ha terminado la función? Precisamente por eso.

1

Porque estoy convencido que el teatro es el arma más poderosa para
llegar a lo más profundo del ser humano. Porque el rol del teatro es el
de reflejar los deseos, los ideales, las angustias y las fantasías de toda
una sociedad. Porque en nuestro mundo actual el último acto de
comunión no religiosa que queda es el teatro. Porque el teatro es el
lugar donde sigue ocurriendo la magia ancestral, atávica. Porque el
teatro es un arte vivo, donde el público influye en el desarrollo del
espectáculo. Porque solo existe en el tiempo presente. Lo que el
espectador ve en un escenario no existe más que en el instante en
que lo ve.
Mañana, en otra función, será distinto.
“Soñar es vivir, la vida es sueño y soñar, la vida es”.
Siempre he pensado que el teatro es eminentemente social.
Divertir, por cierto, es la primera función del teatro. Pero
diversión con aporte de ideas, con preguntas existenciales, con
temas relevantes. Del teatro salimos con ganas de discutir, y
sobre todo con cuestionamientos que nos hacen reflexionar y
adelantar en la vida. Además, el teatro es un instrumento
formidable para el desarrollo personal, comunitario y educativo.

2

Educación, educación y educación: son las tres direcciones en las
que debemos ir si queremos que nuestra sociedad salga del
marasmo

actual.

Pero

educación

no

es

solo

almacenar

conocimientos, educación no es solo aprender a encajar en un
sistema. La educación tiene que ser, sobretodo, transformación;
cómo percibimos el mundo que nos rodea, cómo nos relacionamos
con otro, cómo aprendemos valores y como los transmitimos.
Permítanme citar al gran Victor Hugo dirigiéndose a la Asamblea
Nacional de Francia en 1848. Si, 1848: “Cuando la crisis atenaza a
una nación es más necesario que nunca duplicar los fondos
destinados a la cultura y la educación de los jóvenes, para evitar
que la sociedad caiga al abismo de la ignorancia.”
No podemos seguir concibiendo la educación artística como una
materia opcional del currículo. Es de importancia capital que la
educación estética y artística se instituyan desde parvularia,
luego en primaria y a través de todo el bachillerato.
La enseñanza artística no pretende formar artistas, pero sí forjar
ciudadanos que, en cualquier profesión que desempeñen sean más
creativos, imaginativos, inteligentes, sensibles, éticos y solidarios.
Nuestro dramaturgo Jorge Avalos escribe en su obra teatral “Angel de
la Guarda”: “Hubo un tiempo cuando creer era una disposición del
espíritu. Había que iluminar lo desconocido, señalar el pájaro raro y
aprender su nombre. El mundo estaba incompleto y sólo la fe en la
palabra podía completarlo. Había que vivir con la certidumbre de
que cada nombre nuevo, cada explicación recibida y cada definición
aprendida eran las correctas.”

3

Nacemos con una mente dispuesta a absorber todo lo que nos rodea.
Tanto lo bueno como lo malo. Tanto la mentira como la verdad. Tanto
la violencia como la paz.
La educación estética, artística, cultural o como se le quiera llamar,
es la clave.
Todos sabemos que vivimos en una sociedad que privilegia lo
mercantil, no vamos a traer ese tema aquí hoy. Un amigo empresario
me dijo hace unos días: “qué suerte que te rebelaste contra los
planes de tu padre y no te convertiste en un empresario más”. Sí. Lo
que necesitamos en El Salvador es diversidad; en todos los niveles.
El

ser

humano

necesita

expresarse.

El

artista

expresa

los

sentimientos profundos del público. Haya o no subvención estatal, el
artista siempre encuentra la manera de expresarse y de llegar al
público que lo espera. Los artistas sabemos que nuestro trabajo es
esencial para la sociedad. Pero, ella… ¿lo sabe?
En nuestro querido El Salvador, el apoyo a las artes ha sido siempre
esporádico. Pero estos esfuerzos aislados no llegan a convertirse en
regla general.
Con o sin apoyo, siempre existirán artistas y siempre habrá público.
Pero, ¡cuánto mejor es la expresión artística de un país cuando el
estado, las municipalidades, la empresa privada y los individuos
contribuyen a ese quehacer artístico!

4

Por mi parte, desde 1969, he participado activamente a la cabeza
de cuatro proyectos exitosos en El Salvador. Cada uno ha
aportado algo esencial para la construcción del teatro en mi país:
Primero en educación: el bachillerato en artes, único momento en la
historia de El Salvador en que se contempló la formación sistemática
de actores.
Walter Béneke, entonces ministro de educación, nos encargó a un
equipo de jóvenes bajo el mando de Magda Aguilar cambiar el
mundo; el mayor de nosotros tenía 25 años. Béneke me confiaba la
dirección del Departamento de Artes Escénicas del Instituto Nacional
del Bachillerato en Artes, que luego sería el Centro Nacional de
Artes.

Allí formamos la mayor parte de artistas de las siguientes

generaciones, que a su vez, formaron los de hoy. ¿Mi mayor triunfo?
Constatar que los alumnos que tuve la suerte de guiar han sabido,
gracias al teatro, educar a sus hijos en forma distinta a la que fueron
educados ellos.
En segundo lugar, lógicamente, hizo falta un escenario digno en el
que desenvolverse: en 1975, logramos, con Carlos de Sola y Ricardo
Jiménez Castillo, poner en marcha el proyecto gigantesco de
recuperación, restauración y remodelación del Teatro Nacional, en el
que más de cien artesanos ejecutaron los diseños de Simón Magaña
y Negra Alvarez; dotamos así a San Salvador de un teatro de clase
mundial.
El tercero fue fundar un espacio de libertad para la creación:
Actoteatro, primer centro cultural independiente en El Salvador.
Finalmente, la dirección artística de un proyecto en el que Ricardo y
Alejandro Poma se involucran completamente en el primer intento
5

privado que toma en cuenta la necesidad de la profesionalización del
artista y su relación con el público: el Teatro Luis Poma.
En tiempos de Shakespeare, los artistas eran proscritos por la
sociedad. Excomulgados, no tenían derecho a ser enterrados en
camposanto, y podían ser encarcelados sin juicio. La desconfianza
que despertaba el actor se refleja todavía en la arquitectura que
separa el escenario del público para que los actores no tuvieran
contacto con los espectadores. “La nariz más corta y no te metas en
lo que no te importa”, le dice el poderoso Orgón a Dorina la creativa
en el “Tartufo”, de Moliere.

Pero poco a poco los artistas ya no

aceptamos ser seres marginales y exigimos ser ciudadanos con los
mismos derechos y responsabilidades de los demás. La sociedad es
asunto de todos.
Pertenezco a varios mundos, a varias filosofías. Tengo la suerte
impensable de tener tres lenguas –entre comillas- maternas. Español,
Inglés, Francés, son, para mí, equivalentes tanto en la lectura como
en el habla. Gracias a ellas puedo viajar por casi todo el mundo y por
gran parte de la literatura. Me gusta pensar que la inteligencia y la
imaginación son músculos que se ejercitan.
Vengo del pueblo del libro; mi herencia judía me enseña que lo más
importante es la educación y el cuestionamiento continúo. Siempre
me pareció sorprendente la gesta de los descendientes de Abraham:
andar por desiertos cargando un arca con un libro.

6

Mi herencia salvadoreña me enseña a no sorprenderme de lo
impensable, a burlarme de lo imposible y también a darme cuenta
que entre más cambian las cosas, más siguen iguales.

Quisiera manifestar la alegría y la satisfacción que siento al recibir
este reconocimiento en vida; espero poder contar con algunos años
más para seguir desarrollando mi pasión por el teatro en este país,
que también es mi pasión.
No me habría gustado para nada recibirlo al final del camino.
Agradezco por ello:
-al Excelentísimo Señor Presidente de la República, Profesor Salvador
Sánchez Cerén;
-al Secretario de Cultura de la Presidencia, Doctor Ramón Rivas;
-a todas las instituciones culturales que me propusieron para el
premio; -a los miembros del jurado que me consideraron digno de
recibirlo;
-a mi esposa Naara que me acompaña desde hace 40 años y que
comprueba que, al lado -y no detrás- de cada hombre, hay una gran
mujer;
-a mis hijos excepcionales, Arielle y Mateo;
-a mis hermanas guiadoras;
-a mis amigos que siempre han sido la fuerza en la que me he
podido apoyar;
-a mi madre de quien heredé los genes teatrales;
-y a mi padre que me transmitió el amor incondicional a El Salvador.

7

He decidido compartir el efectivo del premio con algunas jóvenes
compañías de teatro del país, no como subvención, sino como capital
semilla; que puedan valerse del prestigio de este premio para
conseguir fondos adicionales para sus proyectos teatrales. Así quizás
podré seguir contribuyendo a quebrar la espiral de violencia
heredada, como lo expresa muy bien nuestra dramaturga Jorgelina
Cerritos en “La Audiencia de los Confines”: "Quizás por eso somos
así, porque no recordamos nada... por tener en la cabeza una falla
tectónica, siempre cayendo y olvidando y volviendo a levantar. Yo sí
quiero saber lo que hice y lo que fue de mí".

Por último, En El Salvador, decimos a menudo que nuestra
memoria histórica dura diez minutos. ¿Una broma? Apenas. En
“Los Nietos del Jaguar”, nuestro poeta

Pedro Geoffroy Rivas

mantiene que “quedamos confundidos para siempre”. En otros
países, todo joven sabe quienes fueron sus gobernantes, sus
artistas, sus héroes y villanos; conocen su historia. Esta noche
quisiera compartir el Premio Nacional de Cultura con todos
aquellos, de todas las generaciones, que hemos luchado
-muchas veces sin reconocimiento alguno- por crear algo a lo
que la juventud pueda aferrarse; por abrir espacios de diálogo
que terminen con esta polarización en la que sofocamos; por
trabajar para vencer el resentimiento social heredado; por
desmantelar la sociedad de casta en que hemos sido criados; y,
finalmente, por contribuir a la identidad de lo que significa ser
salvadoreño en el sentido más amplio de la palabra: el cultural.

8