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Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

DIRECTORIO
Rector
Dr. José Gerardo Tinoco Ruíz
Secretario General
Dr. Alejo Maldonado Gallardo
Secretario Académico
M.C. David Rueda López
Secretaria Administrativa
Mtra. María Eugenia López Urquiza

S

Responsable de redes sociales
L.en P. Silvia Martínez Álvarez

i la palabra como comunicación nos permite conocernos y conocer el mundo que nos
rodea, la literatura, entonces, nos permite re-conocernos y re-conocer nuestra realidad
para de esa manera re-construirla. El escritor es un creador de imaginarios que en
muchas ocasiones se han vuelto ficciones colectivas. ¿Cuántos lectores en el mundo no reconocerían hoy a un cronopio si lo encontraran por la calle haciendo alguna de esas atípicas
cosas que sólo los cronopios harían? ¿Quién de los que hemos leído a Julio Cortázar no hemos transformado nuestra realidad a partir de la ficción que construyó el escritor argentino?
La creación literaria se vuelve un diálogo en el momento en que para construir la
ficción propia uno echa mano de otra. En este caso el diálogo sucedió, y sucede aún, entre
catorce jóvenes escritores y la obra de Julio Cortázar. El resultado de este acto de comunicación íntima que llamamos literatura fueron algunos relatos que, a forma de diálogo, buscan
re-escribir catorce de los cuentos de Final del juego, libro de Cortázar que constituye una
pieza importante en su vasta obra.
Para lograr que el producto final de este ejercicio creativo esté hoy en manos del lector, la Sociedad de Escritores Michoacanos, con el apoyo de la Gaceta Nicolaita, la Librería
el Sendero y todos los escritores que participan en este suplemento, llevó a cabo una serie
de presentaciones públicas –en diferentes puntos de la ciudad de Morelia- que consistían en
realizar el acto creativo en las calles, de manera que el viandante y el automovilista pudieran cruzarse en su camino con un “escritor trabajando”. Ahí, invadiendo la vía pública, de
pronto alguno de nosotros podía encontrarse a alguno de estos creadores, sentado frente a
una máquina de escribir y re-construyendo uno de los cuentos del famoso escritor argentino.
El ejercicio se trataba de eso: acercar a la gente la labor creativa y acercar al escritor,
para muchos un ser desconocido o inalcanzable, a los lugares públicos para que, a manera
de homenaje a Julio Cortázar y, aprovechando, a la máquina de escribir (que este año cumplió 300 años de existencia), evidenciara y comprobara que el trabajo de la escritura creativa, la labor literaria como tal, también es, más que levedad e inspiración, una combinación
de esfuerzo y constancia.
Vale decir que el trabajo que se hizo por parte de la Semich, la Gaceta y la Librería
tiene como resultado concreto los catorce textos que hoy publican estos escritores, en su
mayoría inéditos, quienes apenas comienzan en el camino de las letras. Esta publicación y
el ejercicio de “Escritor trabajando” se convierten entonces en un paso importante que fortalece su recién iniciada carrera y los impulsa a seguir en este camino.
Lamentablemente queda a la deriva el resultado por parte del público. No podemos,
al menos concretamente, medir el impacto de la actividad en la gente (lectora o no) que se
acercó y fue partícipe de la actividad en la vía pública; sin embargo, esperamos que los
resultados, no visibles aún, puedan reflejarse en los futuros lectores y, claro, futuros escritores. En ello nos seguiremos esforzando, tanto en la difusión como en la creación de una
literatura que dialogue no sólo con ella misma, sino con el mundo y la realidad.

Coordinadora de distribución
Kathya Guillén López

Berenice Hernández y José Agustín Solórzano

Secretario de Difusión Cultural
Dr. Orlando Vallejo Figueroa
Secretaria Auxiliar
Mtra. María Teresa Greta Trangay Vázquez
Abogada General
Lic. Ana Teresa Malacara Salgado
Tesorero
C.P. Horacio Guillermo Díaz Mora
Contralor
Mtro. Javier Alcántar Hernández
Coordinador de la Investigación Científica
Dr. Luis Manuel Villaseñor Cendejas
Director de la Comisión de Planeación Universitaria

Dr. Salvador García Espinosa

Coordinadora de Comunicación Social
Pilar Ávila Cervera
Director de Gaceta Nicolaita
Dr. Mario Chávez-Campos
Coordinación de Gaceta Nicolaita
M.D.G. Irena Medina Sapovalova
Jefe de Redacción
M.D.I. Antonio Robles Soto
Diseño
M.D.G. Ariadna Díaz Barajas
M.D.G. Irena Medina Sapovalova
Responsable de página web/
Servicio social
L.I.A. Elizabeth Araceli Mejía Salgado

Editor de Fotografía
Gustavo Vega
Auxiliar en producción de contenido
Javier González Benavides

Suplemento Letras para llevar de Gaceta Nicolaita aparece eventualmente,
publicado por la Secretaría General de la Universidad Michoacana de San
Nicolás de Hidalgo. Ubicación: Centro de Información, Arte y Cultura
(CIAC). Morelia, Michoacán. Tel: 3223500 ext. 2019. Certificado de
licitud de título en trámite. Impresión: La Voz de Michoacán, S.A. de C.V.
Av. Periodismo José Tocaven Lavin No. 1270, colonia Arriaga Rivera C.P.
58190, A.P. 121. Certificado de reserva de derechos al uso exclusivo en
trámite.
En la sesión ordinaria del H. Consejo Universitario llevada a cabo el 27 de
febrero de 2012, se aprobó por unanimidad que la Gaceta Nicolaita fuera el
Órgano Informativo Oficial de la Universidad Michoacana de San Nicolás
de Hidalgo.
Editor responsable
Dr. Mario Chávez-Campos.
Año 2, No 6

Gaceta Nicolaita
www.gacetanicolaita.umich.mx

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Victor Solorio Reyes Diseñador gráfico, algunos de sus textos
han sido publicados
en “Moho”, y en la “Gaceta Nicolaita”.
Ha tomado cursos de narrativa con Alejandro Hosne y Alfredo Carrera. Fue seleccionado para ser parte de la segunda
antología de cuentos de terror, ciencia ficción y fantasía de la editorial Caligrama. Ganador del 8º Premio de Novela Negra, “Una
vuelta de tuerca” y del premio “Xavier Vargas Pardo” 2014. Es
miembro en activo de la Sociedad de Escritores Michoacanos.

Víctor Solorio Reyes

D

urante algún tiempo yo pensaba mucho en los achoques. Iba
al mercado de Pátzcuaro sólo
para verlos. En la vendimia, entre charales y otros peces que sacan del lago,
los exhibían sobre el puesto, apilados en un altero viscoso. Los encontré por azar una tarde en que fungí de
guía para un par de amigos canadienses. El mercado,
parada obligada en sus itinerarios de visitante primermundista, me mostró esos batracios grises que los purépechas llaman achoques. Junto a otros peces insulsos, me quedé viéndolos anonadado, ya sin remedio.
Una rápida búsqueda en la red, de regreso en
casa, me enseñó que los achoques son formas larvales,
provistas de branquias, de un batracio del género amblistoma. También comprendí que la palabra achoque es
una deformación de ajolote, que a su vez es una castellanización del vocablo náhuatl, “axolotl”. En el mercado también me explicaron, tal vez por mi insistencia
al verlos, que los achoques son ingrediente importante
en varios platillos de la zona lacustre. El más solicitado es el caldo de achoque, potaje al que se le atribuyen
propiedades nutritivas y regenerativas que rayan en la
panacea. Decliné el amable ofrecimiento que me hizo
la vendedora de preparar el consomé para mi degustación y el de mis amigos extranjeros. A éstos, la sola
mención de que esas criaturas fueran usadas como alimento les pareció otra muestra más del mexican curious y la documentaron fotografiando profusamente el
puesto. Yo regresé al día siguiente, luego al que siguió
a ese, después todas las mañanas o las tardes. La vendedora al inicio me recibía perpleja, pero con el tiempo
me llegó a ignorar como a las moscas que ahuyentaba
ondeando la mano. Yo los observaba apilados en la
torrecilla en que los disponían: vivos aún fuera del

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agua gracias a su naturaleza anfibia. No había
nada de extraño en mi contemplación, porque desde
el primer momento comprendí que estábamos vinculados. Cualquiera podría entenderlo nomás de ver las
manecitas, terriblemente humanas, que tienen al final
de sus miembros delgados. Dentro del lago usan esos
apéndices para caminar en el lecho, la cola regordeta
es inútil para la natación. Pero yo entendía que aquello
era más bien la muestra de una evolución punteada,
una que se hace a saltos vertiginosos entre las formas
antediluvianas y los homínidos. Entendí que el lazo
que me unía a ellos era más profundo que cualquier
otro.
Esa primera vez algo me turbó al verlos apiñados uno sobre otro en la mesa de madera, junto a
otros pescados. No era el hecho de que se mantuvieran
vivos en un letargo mudo fuera de su elemento. Tampoco eran los movimientos lentos, como si un proceso de fosilización postergado se cerniera sobre ellos.
Eran sus ojos negros. Dos puntos oscurísimos sobre la
cabeza chata a la misma altura que las branquias, parecidas a ramas vegetales. En esos ojos insondables yo
comprendí una profundidad pavorosa que me llenaba
de miedo. “Usted se los come con los ojos”, decía la
vendedora cuando en mis visitas, después de recitar
el ofrecimiento de preparar el caldo, yo me negaba
amablemente. Un día, ante la insistencia de ella y
para evitar que me creyera desequilibrado, compré un
achoque. La señora me miró extrañada y tomó uno que
estaba sobre la pila; los demás, los de abajo se movieron despacio sólo para retomar su inmovilidad después
del reacomodo. Metió al escogido en una bolsa de
plástico. Con parsimonia me explicó como matarlo.
“El cuchillo, aquí”. Apuntó a la base de la cabeza y me
entregó el paquete. Yo corrí asustado buscando agua.

Después de comprar una botella, la vacié en la bolsa.
Antes de llegar a casa, compré una pecera.
A partir de ese día, compraba uno en mi visita diaria al mercado. Me hice de catorce y renové la
pecera dos veces para hacerles espacio. Aún dentro del
agua, la inmovilidad era su característica. Sumergidos
sólo movían las branquias en cortos espasmos, a veces
se arrastraban perezosamente por el fondo. Yo pasaba
horas mirándolos, temiéndoles y en ocasiones dejaba
de hacerlo cuando la noche me sorprendía con los ojos
aún sobre el acuario. Comprendí que ellos no dormían,
porque sobre esos dos orbes punzantes y renegridos,
no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, tenía
que ocurrir. Al acercarme a verlos, conforme los días
pasaron, el reconocimiento fue mayor. Sufrían. El dolor de su naturaleza prehistórica me embargaba como
una aflicción propia. Aquél era nuestro dolor. Imposible describirlo a los demás, imposible que se comprendiera. Ellos y yo sabíamos, por eso no hubo nada
extraño en lo que ocurrió. Tenía los ojos pegados al acuario, observaba a un achoque que estaba junto al vidrio. Tersamente, entre un parpadeo y otro, me deslicé
dentro de la pecera. Vi mi rostro fuera del acuario, del
otro lado del vidrio. Entonces mi rostro se apartó y
comprendí. Yo era un achoque.
Sólo una cosa fue extraña. Seguir pensando
como lo hacía antes, yo ya no era humano y estaba en
otro mundo. Él estaba afuera, con sus propios pensamientos. A veces se acercaba a mirarnos y yo veía mi
rostro acercarse al acuario. Volvió muchas veces, pero
ahora lo hace menos. En esta soledad final, que lleno
pensando en él, me consuela saber que al menos escribirá un cuento acerca de los achoques.

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Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

El secreto del tren

Paulina Jiménez Cintora

A

ella la había salpicado el tren, a él le gustaba
esquivar el lodo con bailes místicos bajo la
Luna. La bestia viajaba día y noche con una
sola parada que conquistaba en tan solo catorce segundos: el desierto de los girasoles.
La juventud no les curaría la locura, el calor
infernal del falso paraíso y la melodía del cuerpo destartalado de la bestia hipnotizaban los ojos de los jóvenes confundiendo sus sueños con realidades extra
dimensionales. Jugaban al aprendiz y al maestro, a la
gárgola esclava y al escultor.
El camino de girasoles anunciaba el lapso de
tiempo más corto y a la vez más eterno. La joven mujer ocultaba la pierna fea detrás de la derecha. Subía
sus brazos para hacerse notar entre el polvo que se elevaba hasta su cabello. El hombrecito se sacaba los ojos
sosteniéndolos en los puños, era la señal secreta entre
ambos. Catorce exquisitos segundos que guardaban
un indebido parpadeo y la mutilación perfecta. No era
juego de toda una eternidad, apenas con unas semanas
habían sellado el pacto del artista y la arcilla.
La niña se hacía cada vez más fea al pasar las
tormentas de arena por su rostro, la pierna se le fruncía
más y el rostro se le desfiguraba. Aun así era inmóvil
al flechazo de amor puro del artista. Él se obsesionaba con ella apretando cada vez más los ojos entre sus
manos.
Estaba bien imaginar, adivinar el nombre del
otro, pensar si ambos dejarían de respirar si llegaran a
acercarse lo suficiente como para absorberse. Ella era
cada vez más bulto que belleza artística y él era más
científico que escultor. La bestia llevaba el secreto en
sus entrañas, tal vez en un futuro cercano se encargaría de desviarse de rumbo, de atropellar a la niña
llevándosela entre sus rieles o liberarse por fin de la
maldición de esa vieja bruja que lo convirtió en tren.
El desierto comprimió los girasoles ocultándolos al paso de los rieles, el movimiento serpenteante
de la luna preparó a la niña para un fin inevitable. La
bestia reducía su velocidad al aproximarse a la estación de desierto.
La dulce mujer ya estaba adherida a las rocas que servían de trono, sus pies habían desaparecido
de su cuerpo y la pierna fea era solamente un pedazo
de piedra malformada que servía de ancla a el resto
de su cuerpo. Se le había caído todo el cabello y ya
no tenía cejas. Entre quemaduras, polvo y piel dura
estaban escondidos sus dos ojos negros fijos a la ven-

tana del joven, esperándolo
para ser fotografiada por sus
sangrientas pupilas. El tren
pasó y se detuvo solo sus
estrictos segundos. El joven
sacó las manos, empuñando los ojos pero nada
sucedió. Sus pupilas
se mecieron de un
lado otro, se volvieron locas y desesperadas, nada llamó su
atención. Rendido devolvió sus ojos al rostro
resoplando fuerte en la
soledad. El tren arrancó
con fuerza levantando más polvo sobre la fea niña,
su cuerpo enmudeció, tal
vez era hora
de dejar
de ser humana y
el momento
de la
bestia
para
quitar
su
hechizo había llegado.

Paulina
Jiménez
Cintora nació en
Morelia Mich el 28 de
Noviembre de 1991. Licenciada en gastronomía, autora de la tesina poética “Pia
Xolotl”, escritora de poemas y cuentos cortos, ha publicado para la revista digital NWLA,
cursó el taller de escritura creativa impartida por José Agustín Solórzano, ha participado
en mesas de lectura organizadas por la SEMICH. Pintora y escultora surrealista.

Magdiel Torres

P
Magdiel Torres Obtuvo mención honorífica en el concurso nacional de cuento Carmen Báez en 2001, 2005 y 2006. Ganador de los
Juegos Florales de Uruapan, Michoacán, en 2005. En 2011 ganó
el Premio Estatal de Poesía Carlos Eduardo Turón con “Los días
con el otro”; mención honorífica en el concurso de cuento Xavier
Vargas Pardo 2011 y 2013. Finalista en el III Premio de Poesía
Gertrudis Gómez de Avellaneda en 2014. Ha publicado en diversas antologías y revistas.

ara quien viaja, para quien viaja en tren y mira
por la ventana, para quien ha entendido que las
imágenes fugaces de allá afuera son alegorías de
fantasmas, ver a tres chicas que pretenden estar estáticas es ver un pequeño huerto de penas.
Él no lo sabe. No sabe que las imágenes que
se repiten en otros viajes, en otros trenes, en otros días
con sus tardes, se convierten también en estatuas.
Se detiene el tiempo.
Se detiene la tarde como estacionada en un
punto muerto y las chicas lo saben. Entienden que este
es su verdadero juego.
Cautivado por una fuerza que no comprende,
que ni siquiera sabe que existe, el chico del tren se
enamora de lo imposible, de lo estático. Debe ser porque él siempre está en movimiento.

Final del juego
Las tres chicas se enamoran también. No del
hombre, sino de la andante belleza de la bestia de metal de devorahombres.
Ellas también desean ser devoradoras de hombres en un futuro no muy lejano, ser la imagen eterna
de la memoria de ese hombre, de otros tantos.
El hombre que baja sus ojos a la pradera en
donde tres chicas se visten como la adversidad no sabrá que los cuerpos desvalidos, los imposibles besos
que no probará su boca, ya no tiene cabida en las corridas futuras.
Es el final de juego. Las piezas en el tablero se
han quedado petrificadas en un jaque perpetuo. Como
estatuas.

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Una soledad inconclusa
José Martín García Campos

M

e dijo Cosme que te estás volviendo
loco, aseguró Dimitri dando un nuevo sorbo al café negro que hacía
mucho no probaba, pues esa casa no había
sido visitada la última década.
—Cosme puede decir lo que quiera,
tú sabes cómo es. —Se aclaró la garganta,
después absorbió por completo el tónico rojo
del muy famoso tarro alemán—. Además, tú
ya hubieras distinguido que estoy tan cuerdo
como la vez que la encontramos.
Los ojos de Dimitri alcanzaron un recuerdo tan lejano que podía confundirse con
un sueño. Entonces se vio de nuevo en l a
ciudad de la cantera, en los jardines bohemios de esas plazas llenas de música rupestre, o de danzantes callejeros, o de los niños riendo entre las
gotas de las fuentes. Recordó entonces q u e
ese día ellos no estaban tan solos como lo estaban ahora… recordó entonces a Isabela, la
dulce Isabela, su amante, su compañera, su
destrucción.
—¿Cómo está Isabela? —preguntó el
anciano desnudo del tónico rojo.
Dimitri se preguntó entonces en qué
momento se había despojado de su ropa, no
dudó en preguntar.
—¿Por qué estás así?
—¿Cómo?
—¿Qué, no te ves?, estás…
El anciano se levantó de su asiento para servirse más tónico; Dimitri observó sus añejos testículos
volando alrededor de la sala.
—¡No seas cerdo! —acusó.
El viejo respiró con calma.
—Lo he sido toda mi vida, no voy a cambiar.
¿Dónde está Isabela?
—Tú ya sabes…
—¿Yo? —Varias arrugas se
marcaron en su frente—. Yo no sé
nada.
Las pupilas de Dimitri comenzaron a adquirir un color obscuro.
—Tú la mataste…el otro
día…
La carcajada del anciano fue
la respuesta perfecta para darle motivos a Dimitri de asesinarlo. Entonces se incorporó, no le dio vergüenza
estar también desnudo, ni se puso a
pensar en qué momento había pasado, sólo estaba consumido por la ira,
dispuesto a matar al hombre que había
arruinado su vida. Estaba tan cerca de
tomarlo por el cuello para después
arrancarle la cabeza, pero una enfermera impidió el suceso, y dos inyecciones lo concluyeron.
—La soledad nos vuelve locos—aseguró el anciano.
—Yo creo más bien que fue
Isabela—respondió la mujer para después inyectarlo.

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José Martín García Campos es estudiante de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Vasco de Quiroga de Morelia, Michoacán. Nació el 19 de octubre de 1991 en Morelia, Michoacán.
Ha publicado su trabajo literario en las revistas Navío y Clarimonda, cuyo contenido pertenece al ámbito literario. Es titular del
programa de radio universitario (UVAQ Radio) llamado El Eco de
las Letras Es miembro de la Sociedad de Escritores Michoacanos.

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Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Las condenadas
Gabriela Mandujano Chávez

E

lsa despertaba a la misma hora en que la cafetera desprendía sus
hervores en un silbido. La cascada del café al caer a la taza era
su melodía favorita. El clic clic de la cuchara al endulzar el café
acompañaba su sueño mañanero de vivir en París. Conversaba con el
freír de los huevos en el aceite, con el crujir de un trozo de pan al romperse y observaba los cuchillos colgados en la pared imaginando que
asesinaba recuerdos, mientras la tristeza le apuñalaba el alma.
Una copa de vino reflejaba un arcoíris sobre el piso, un piso radiante como espejo en el que como gato podía acostarse a sus anchas
sin que una sola mancha apareciera en su vestido. Elsa servía su copa de
vino con gentileza y guardaba el resto en la vitrina. Daba un sorbo, y
entonces la lavadora le otorgaba un halagador silbido anunciando que la
ropa estaba lista para que la colgara, extendía las camisas que de brazos
caídos se quedaban tendidas. Abotonaba las prendas con sutileza sobre
el gancho de ropa, para después llevar las aguadas mangas sobre su cintura, cerraba los ojos y fantaseaba, así terminaba el puño de la camisa
en su sexo. Abría los ojos y continuaba tendiendo la ropa. La campanilla
de la olla express titilaba sus vapores, y Elsa sabía que la comida estaría
lista en unos minutos, Elsa se sentía reina en su pequeño palacio de cinco
por quince, con pocas ventanas y un solo baño.
Una carta por debajo de la puerta interrumpió las caricias
de sus áridas manos. La esperada postal se abría desprendiendo
un olor a nuevo empleo, a ingresos, a compañeros, a reuniones
de trabajo, a tacones y trajes sastre viejos y olorosos a cigarro.
También olía a tiempo de calle, a párpados pesados a las 4 de la
tarde, a escaso sexo, a ausencia de desayunos en la cama, a poco
tiempo para estar en casa.
Unas pocas semanas bastaron para que las jornadas laborales comenzaran muy temprano, y la casa empezó a transformarse. Más que un hogar, parecía una cueva. Las tazas y copas
abrían sus bocas desmesuradas ladrando como perros rabiosos
con espuma de café y restos de leche como si quisieran vomitarlos en el vestido impecable de Elsa en su paso por la cocina, el
sonido de la lavadora era más allá de un lamento, un grito de
agonía; el refrigerador al abrir la puerta dejaba escapar un olor
nauseabundo a comida añeja de olvido de 6 semanas, los cuchillos con restos de comida le dirigían una mirada amenazante.
Los cerros de ropa sucia se acomodaban por la casa como si fuera
un gran pantano exhalando a bocanadas el olor fétido a sudor podrido. Los gritos y lamentos de sus sólidos acompañantes le impedían
conciliar el sueño y la obligan a encerrarse en su habitación con llave,
no fuera a suceder que uno de esos cuchillos mugrosos la alcanzara por
la espalda, o que una olla express la devorara y la deshiciera en sus altas
temperaturas.
Les gritaba “¡Malditos, por qué no se callan?, déjenme en paz…
Pero nadie hacía caso, para la media noche los sonidos se acercaban más y más a su puerta, y se escuchaba como si los cuchillos se
braclavaran en la madera, se oían pesados pasos que cimban la casa, parecía que era el refrigerador o la lavadora centrifugando las horas libres de Elsa, unas
cucarachas se colaban desesperadas por las rendijas
de la puerta como si huyeran de los firmes pasos de
una estufa llena de cochambre…
Con la poca fuerza que le queda, Elsa decide luchar con un spray antibacterial en la mano y
lentamente abre la puerta soltando su volátil contenido. El efecto resulta adormecedor para los atacantes, reubica los muebles y mientras limpia y lava
todo, y se deslava el deseo de vivir en París, de visitar los
bares, de encontrarse con alguien en ninguna parte. Termina exhausta, hace una llamada a la oficina expresando
su renuncia, el dolor es incapacitante, se mueve poco, simula un tronco rígido delgado como el palo de una escoba,
con el cabello largo hecho rastas. Se retira a descansar en su ahora
rincón favorito, se cuelga en el portatrapeadores, justo ahí cerca del
tendedero donde hay una camisa blanca dispuesta a abrazarla.

Gabriela Mandujano Chávez. Originaria de Morelia, Michoacán,
Médica del Deporte de profesión. Escritora libre e independiente.
Inquieta y atraída por diversas actividades creativas, ha participado en múltiples talleres literarios, y ha compartido mesas de lectura en distintos eventos culturales como El Festival Mundial de la
Palabra en el Mundo, Viernes de escritores, Feria alternativa de
Erongarícuaro, y otros.

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

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Víctor Manuel López Ortega

E

n septiembre de 1978, Agustín Avilés
me contó una anécdota chistosa que
acababa de sucederle en la desaparecida
Sala Eréndira II, ubicada en la Avenida Madero
Oriente, a un costado del Palacio Legislativo
de Morelia.
Meses después supe que mi amigo
había renunciado a su trabajo y que nadie lo
había vuelto a ver. Pensé que había muerto, pero treinta y cinco años después
lo encontré en un establecimiento de
libros antiguos al aire libre, en el Mercado de la calle Brancion de París.
Al reconocerme y saludarnos,
le pregunté qué hacía ahí y por qué había desaparecido sin avisar. Todavía
sin responder, me invitó un café en
el Lapin Agile. Estando ya en el
cabaret, y sublimados por la música de un viejo pianista, Agustín
recordó su relato:
Estaba hojeando el periódico la mañana del 26 de agosto de 1978 cuando supe que
estaban dando mi película favorita, Casablanca,
en un cine de reestreno. Había funciones cada dos
horas, pero sólo ese día. Debido a la premura, decidí ir
solo a la función de las diez de la noche..
Compré mi boleto en la taquilla faltando cinco
minutos para la función. Entré a la sala sin detenerme en
la dulcería y tomé asiento en la butaca más céntrica.
No recuerdo haber visto a nadie extraño mientras las luces
estaban
encendidas. Pasada la hora, quedé en la más completa
oscuridad. Entonces, el cácaro proyectó avances de otras películas que
se exhibirían próximamente en aquella sala. La primera fue El Planeta de
los Simios, programada
para el día siguiente.
A continuación, vi tomas aéreas de Nueva
York. Ignoraba de qué podría tratar dicha película. A los pocos segundos, miré
caminar a Julie Andrews con
su vestido de novicia por una de las esquinas del Flatiron Building. Cuando la cámara se
acercó a ella, cantó: The hills are alive with the sound of music, with songs they have sung
for a thousand years…
Contrario a lo que había sentido antes al escuchar esta melodía, desprecié aquella
adaptación del mal. Sin embargo, los demás espectadores no estuvieron de acuerdo. Al
término del tráiler de La Novicia Rebelde contra los gánsteres de la prohibición, en vez de
los nazis, oí aullidos de gorila que de momento no supe de dónde provenían.
El siguiente avance de cine que proyectaron no tenía ninguna relación: recuerdo
que fue el de Espartaco, rebelándose contra la esclavitud en Estados Unidos durante la
Guerra de Secesión. Volví a escuchar los aullidos de los monos al término de este tráiler,
pero esta vez observé cómo, filas más adelante, varios de ellos se pararon de manos sobre
las butacas y dieron maromas.
“Casablanca no puede ser víctima de alteraciones. No me hagan esto”, angustiado
repetí hacia mis adentros.
Justo cuando apareció el antiguo logo de Warner Bros en la pantalla, un simio se
paró de su lugar y vociferó: —Estúpidos humanos, no fueron capaces de hacer nada inteligente aun en su época de esplendor, nunca debieron tener cerebro. La lobotomía aplicada
en humanos es lo de hoy.
Entonces, ya no tenía más duda: yo era el único hombre.
Incapaz de hablar, amparado por la oscuridad de la sala de cine, tuve que permanecer inmóvil, viendo cualquier cosa que se proyectara sin reaccionar. Si alguien prendía
las luces, los simios me arrestarían y de seguro me llevarían a su planeta para dejarme tan
vegetativo como los compañeros de George Taylor.
Callado, empecé a creer que la película que estaban exhibiendo no era Casablanca,
porque en la pantalla reconocí locaciones por las que transitaba seguido:
Descubrí
que Rick Blaine era refugiado en Morelia, junto a españoles y personas de otras nacionalidades, a causa de las guerras europeas. El Rick’s Café Americain no era el que yo conocía,

sino ¡la sala de billares
del Hotel Casino! ¡Sí,
en el Portal Hidalgo
frente a la Catedral!
Quería convertirme en chango. No podía ser posible. Para acabar de
arruinar la película, cuando Ilsa le pide a Sam, pianista del café de Rick, que vuelva a tocar
su canción favorita, él la complace con Diamonds are a Girl’s Best Friend, el tema de Los
caballeros las prefieren rubias.
— ¡No! ¿Qué le han hecho a Casablanca? —lancé un grito desesperado en la sala,
despreciando el peligro al que mi vida se exponía.
Escuché que un simio le murmuró a otro: —Oye a ese humano. Sus emociones
dominan su pensamiento. ¿Lo arrestamos?
—No, no. Quieto. Que diga lo que quiera, encontrará su destino.
Minutos después, reconocí en Casablanca el argumento de Niágara. Rick e Ilsa
planearon el asesinato del esposo de ella para quedarse los dos juntos y huir a Estados Unidos; plan que ellos pusieron en práctica, pero las cosas no salieron bien. Fin de la película.
Se desató una tormenta en la ciudad. Pensé que adentro estaría resguardado del agua, pero
en un abrir y cerrar de ojos estaba hecho una sopa. Las luces se encendieron. Vi que la sala
había quedado con palomitas de maíz, cáscaras de plátano y otras inmundicias regadas por
el suelo. Al mirar arriba, descubrí que el aberrante público se había marchado por el techo,
no sin antes destrozarlo, dejándome solo.
Nunca antes me había sentido tan decepcionado por una función cinematográfica:
tanto por los espectadores, como por la basura de película y los avances tan raros que había
visto. Por eso resolví largarme de Morelia y no ingresar a ninguna sala de cine en lo que me
reste de vida. Mientras tanto, siempre tendré París.

Víctor Manuel López Ortega (Morelia, Mich., 1986). Licenciado en Arquitectura y Maestro en Comunicación por la Universidad Vasco de Quiroga. Actualmente estudia el Doctorado Interinstitucional en Arte y Cultura (DIAC) en la Facultad de Letras de la Universidad Michoacana de San
Nicolás de Hidalgo. Es autor de la novela histórica Sed de Independencia
(2012), publicada por Jitanjáfora. Ha publicado cuentos, artículos y reseñas
en revistas y periódicos tanto impresos como electrónicos.

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Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Después de comer
Narda Paola, nació en México, D.F. en 1992. Residente en Morelia, Michoacán, desde 2004, ha cursado talleres de creación literaria y guion de
cine; forma parte de la antología Turbulencia dosmilonce y es miembro de la
Sociedad de Escritores Michoacanos. A la par, cursa la carrera de Ingeniería Bioquímica en el Instituto Tecnológico de Morelia y trabaja impartiendo
asesorías de matemáticas.

Narda Paola

H

a pasado media hora desde la última vez que la combi pudo moverse, rodar
en el asfalto, avanzar medio metro siquiera. El conductor incluso apagó el
motor, y tamborilea los dedos sobre el volante, resignado, después de haber
lanzado a claxonazos todo el repertorio. Tenía que haber manifestación hoy.
De haber sido por mí, me hubiera quedado en mi cuarto leyendo, la luz a
estas horas es perfecta para que no se cansen los ojos de estar mirando la pantalla,
pero no me había ni levantado de la mesa cuando me dijeron que tenía que llevarlo
de paseo.
Les dije que no, que quería quedarme, pero cuando uno no hace lo que quieren, fijan en ti esa mirada que parece de capo, que te presiona hasta que no puedes
más y sientes cómo la fuerza proveniente de sus ojos te empuja y estás a punto de
hacer implosión. Tuve que decir que sí, que bueno, que lo llevaba.
Me dijeron que estaba en el patio, aunque no era necesario que lo hicieran,
siempre está en el mismo rincón bajo el árbol de limones. Le gusta sentarse ahí,
ajeno a todo lo demás, arrancando una que otra hoja. Tuve que rodearlo con mi brazo y cargarlo para poder llevarlo hasta la puerta, desde donde gruñí una despedida.
Cerré la puerta y saqué la llave; vacilé un poco, pensando aún en regresar
adentro y decirles que él no quería, que se estaba poniendo difícil. Pero aunque así
fuera, tenía por certeza que me obligarían a salir. Metí la llave en el bolsillo de mi
pantalón.
En la mañana había llovido y los baches seguían siendo pequeños estanques
de profundidades desconocidas. Hice lo mejor que pude, sorteando los charcos
traicioneros, pero él no compartía mi punto de vista y decidió saltar dentro de uno.

Se enlodó los zapatos, se mojó los calcetines. Suficiente. Decidí que tomaríamos
una combi.
Esperamos en la banqueta, él descalzo y yo con sus zapatos y calcetines en
una mano mientras lo sostenía a él con la otra. Cuando al fin llegó la combi, tuve
que cargarlo al subir y sentarlo con cierta dificultad en el único hueco que quedaba,
entre una señora con varias bolsas y un hombre con muletas.
Es injusto que me lo pidieran, que me hicieran traerlo. Sobre todo después
de lo que pasó aquella vez con el chihuahua de la señora. Lo que más recuerdo son
las caras, la expresión de histeria de ella, la ira de su esposo, la seriedad de mi padre, la infinita angustia de mi madre. Y los dos vasos de mezcal.
El día va de mal en peor, él se está desesperando. Tendremos que bajarnos
de la combi y caminar desde aquí hasta la Plaza de Armas, antes de que la gente
empiece a lanzarnos miradas de reproche.
No me importaría si estuviera sólo yo, pero vengo con él y tengo que aguantarlo cuando se pone inquieto y se le ocurre algún capricho, como sentarse en la
banqueta, en plena banqueta, y no moverse por nada de este mundo, o rehusarse
a cruzar la calle y forzarme a regresar al inicio, habiendo estado a dos metros de
llegar al otro lado. O lo del chihuahua.
Tuvimos que bajarnos. No soporté la idea de otro incidente en un lugar tan
apretado, y rodeados de tanta gente. El problema es que ahora habrá que cargarlo,
pero ya qué, el día sigue yendo de mal en peor y no se me ocurre una mejor idea.
Él no pesa tanto, en realidad casi nada, pero tal vez sea eso lo que lo vuelve
una carga tan pesada. Cada paso me cuesta tanto trabajo, pero no puedo detenerme
mucho o me arriesgo a que se fije en el suelo y no quiera despegarse de ahí, ni aunque los demás se tropiecen con él y lo insulten con odio, como cualquier persona
con prisa. Como cualquier persona en realidad.
Llegamos a la Plaza de Armas, y me acerco a un banco del kiosco. Lo dejo
sobre el banco y me siento a un lado, viendo a los vendedores ambulantes que pasan con frecuencia. Se acerca uno que tiene burbujas y no me queda de otra mas que
comprar el frasquito y pasárselo a él, que lo recibe con singular alegría.
Entretenido como está, viendo flotar las burbujas que hace, no se da cuenta
que acabo de decidir irme sin él, y aprovechando que el viento se lleva las burbujas para otro lado, me levanto y empiezo a caminar. Me siento bien, miro hacia el
frente y sigo.
No es sino hasta que llego a las Tarascas que volteo hacia abajo, y en mi
mano aún llevo sus zapatos con los calcetines. Siento un vacío en el estómago. Un
vacío colosal. Un vacío descomunal. Lo dejé solo. Doy media vuelta. Lo dejé solo.
Empiezo a correr.

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

9

El móvil

Selene Maldonado
es parecerá una película. Pero sí ocurrió, hace ya casi veinte años, como si
hubiera estado prescrito, parte de mi destino.
A Mariano lo mataron con cuatro balas, sin decirle nada. Eso es lo que
dice Rubén, el dueño del depósito de la colonia donde nos veíamos cada viernes.
Mariano y yo nos conocíamos desde bien morritos, vivíamos en la misma colonia,
a sólo dos casas, así que crecimos juntos y sabíamos casi todo uno del otro. Estaba
afuera sentado con su caguama y Alberto, un vatito fresa que no se le despegaba
desde hace como seis meses, él desapareció al día siguiente del desmadre, sus papas lo mandaron a Canadá a curarse el susto.
Salí corriendo de la casa en cuanto escuche los plomazos, cuando llegue
Mariano ya estaba terminando de estirar la pata, solo me pudo decir entre borbotones de sangre: “la Guadalupana”. Creí que era un delirio de moribundo, pero Rubén
me dijo que se bajaron tres tipos de una camioneta, y que el que le disparó tenía un
tatuaje de la Guadalupana que le cubría todo el hombro y parte del brazo, casi hasta
llegar al codo. La cara no la vio bien porque traía gorra, y el resto de su descripción
no tenía nada de particular: moreno, alto y medio gordo.
Cuando estaba ya bien muerto llegó corriendo su hermana, que comenzó a
llorar como una loca, se ahogaba entre el llanto y ganas de gritar. Yo muy macho
no chillé, ganas no me faltaron, pero por acá se ve muy mal que uno ande con esas
cosas, así que sólo le juré a su hermana que mataría a ese cabrón, que lo buscaría
en todos los malditos agujeros de la ciudad.
Yo tengo mis rebusques, así que no tardé mucho en enterarme que había
sido un cholo que venía del otro lado y andaba por acá haciendo desmadre. Cada
diciembre era lo mismo, se dejaba venir mucha raza dizque a ver a toda su parentela
que tenían por acá, y algunos se llenaban de prepotencia y aprovechaban para hacer
todo lo que en el gabacho no podían. Según me dijeron parece que al pendejo de
Mariano se le ocurrió bajarle a una morra en un antro, al mismo que fui a buscarlo
al día siguiente que lo mataron. Fui con mi hermano y Rosa, una morrita con la que
salía en aquel entonces, nada formal, pura dinamita, pura diversión.

L

Llegamos temprano, antes de que estuviera lleno, y nos sentamos en un
lugar estratégico para ver a los que llegaban. Ya entrada la noche teníamos en la
mira a varios vatos, pero ninguno de hombros encuerados. A Rosa se le ocurrió que
ese trabajo sería de ella. Abordarlos sería cosa fácil para la Rosa.
Pasado un buen rato, por las indagaciones de Rosa ya habíamos descartado
a varios. Estaba comenzando a desesperarme cuando entró uno más que cabía en
la descripción, como llegó sin compañía de mujer, Rosa se lanzó luego luego. Algo
nos decía que ése mero era. Mi hermano y yo estuvimos observando la actuación
de Rosa, pero en un momento de distracción los perdimos de vista. Después de un
rato seguíamos sin ver a ninguno de los dos, así que comenzamos a preocuparnos.
Me paré a buscarla, y nada, hasta que finalmente fui al baño, y ahí estaba, nomás le
vi los pies detrás de una de las puertas, y la escuché pujando igual que hace unos
días cuando yo estaba encima de ella. Me hirvió la sangre, el coraje me cegó por un
momento, estuve a punto de abrir la puerta y molerlos a los dos a golpes. Pero esa
ola roja fue contenida por el recuerdo de Mariano, que apareció en mi mente como
un relámpago. Mas valía no hacer escándalos por el momento, había que esperar a
encontrar al asesino de Mariano. Así que no actué, después de todo, el acuerdo con
Rosa era de no exclusividad, así que en realidad ella podía hacer lo que le diera la
gana. Pero eso fue demasiado, en mi cara ¡puta madre!
Cuando regresó Rosa, como si nada, le pregunte que dónde andaba y me
dijo que investigando pero que todavía no tenía nada claro, que no creía que fuera
él. Sentía la ira contenida arremolinarse en mi estómago y luego en todas las extremidades. Así que le dije que se fuera a la chingada, que siguiera buscando. No la
quería ver. El resto de la noche casi no la vi y yo seguí tomando con mi hermano.
Pensaba en Mariano y cómo lo dejaron muerto como un perro a la mitad de la calle
en donde vivió toda su vida, sin dejarlo ni siquiera decir algo. En la promesa que le
hice a su hermana en medio de todo ese dolor que ya no la abandonaría.
Fui al baño, y ahí estaba él, al acercarme percibí el olor de Rosa. No estoy
seguro si ese olor era real o venía solo de mi cabeza, pero eso fue finalmente lo
que me impulsó sin pensarlo a sacar mi navaja, se la enterré por la espalda varias veces. Salí corriendo, le hice una señal a mi hermano y nos fuimos. Al día
siguiente me fui al gabacho, huí como muchos. Regresé después de dos años,
aproveché y gané buenos dólares, pero ya tenía ganas de estar en Michoacán.

Selene Maldonado López. Es Bióloga por la Universidad Michoacana y Maestra en Ciencias biológicas por la UNAM. Ha sido parte
del taller de Creación Literaria
impartido por Alfredo Carrera
desde hace dos años. Ha publicado en revistas literarias como Letra Franca y Salvo el Crepúsculo.
Es parte de la Sociedad de Escritores Michoacanos, y actualmente
cursa un Diplomado en Creación
Literaria convocado por el Estado.

10

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Nuestra vida
Naybee Gutiérrez

E

stoy harto de tus amenazas, de que me utilices y deseches cuando se te da
la gana. Día a día me dices que te olvide, te vas. Pero sigues aquí, conmigo,
todo termina siendo lo mismo. Los primeros años de lo nuestro fueron una
ilusión, un sueño del que repentinamente desperté. Recuerdo esas mentiras: nuestro amor duraría para siempre, tú estarías impaciente en la puerta de nuestra casa
esperando a que el hombre de tus sueños llegara sonriente y te contara lo cuánto
te extrañó. ¡Qué ingenuo!, el tiempo pasó y la rutina nos afectó aún más. Después
vino un hijo y dos y tres, éramos una triste familia aparentando ser feliz. Lo admito,
algunos años de mi vida pasaron como un borrón, una mancha donde apenas algo
se veía. Era una presa fácil a la que le gustaba complacer a su cazador.
Nuestra vida era un juego donde tu piel retaba a mi piel, una incisiva lucha en saber quién es el dueño, peleas arrinconadas donde algo de besos le gana
al cuello o donde tu espalda cede ante algo de caricias. Como si fuese un trabajo
tú estabas ahí a primera hora con la queja en turno, y yo en mi puesto de siempre,
escuchando cada uno de tus reclamos. De esta forma funcionamos por tantos años,
tú te hacías la dura y yo el atento, tú te hacías la decepcionada y yo al que no le
afectaba nada. Nuestra vida sólo fue un engaño, mientras tú fingías amarme yo
fingía quererte, te daba falsas esperanzas sobre un amor al que nunca le interesó
nada y ahora estás aquí juzgando de nuevo, engañándote y mintiéndome, pensando
“¿funcionará?” pero fallaste cuando me trataste como a un hijo más, justo en ese
momento, queriendo saber qué hacía y qué no, haciéndome dependiente a ti.
Creí que ya no te quejarías más, todo esto pasaría, era una etapa más de
nuestra vida. La menopausia del matrimonio. Y yo era aquel sufriendo ante algo
que jamás quiso, tenía una vida desorganizada y poco a poco moría junto a ti. Lo
nuestro se fue por el caño, aborrezco tus falsas amenazas, dudo si me dejarás. Me
ilusionas y me dices que lo nuestro puede funcionar. Te imagino a mi lado envejeciendo, caminando de la mano por un parque pero al otro día me dices que te doy
asco, no puedes vivir un segundo más junto a mí. Te irás quién sabe a dónde, para
que nadie te moleste; creer que tu vida está en peligro es un fastidio, un engaño
atroz en el que ya no creeré, dejaré de culparte y culparme, hoy por fin y después
de tanto tiempo te dejo ser libre. Es triste saber que tardamos tanto en aceptar que
esta era la única solución, nos acostumbramos y aceptamos la desdicha, creímos
en una falsa felicidad, que de vez en cuando se presentaba ante la puerta. No fui lo
suficientemente valiente para dejarte partir. Varias veces me preguntaba si eras hermosa y si con tus acciones merecías saberlo, no valía la pena. Hicimos todo tarde y
ahora te preguntas, por qué dejarte ir, por qué cuando das tu último respiro, por qué
cuando ya nada se puede solucionar.

Relato desde el fondo del lago
Nancy Martínez
a nostalgia ha regresado, tu presencia es muy amena, debo decirte Mariana, tu
presencia siempre es muy tranquila. Los recuerdos de la juventud son vivaces.
Los cuates venían a esta isla, cuando mis padres vivían y me prestaban esta casita, justo al lado de donde terminan las escaleras. Recuerdo cuando venían todos,
embriagábamos las neuronas, nos dejábamos ir, nos desvelábamos leyendo poesía,
nos dejábamos llevar por la música.
Las noches aquí son todas iguales, seguro que también quieres llevarme
lejos de este pueblecillo, a la ciudad, de donde siempre que vienes traes algunos
libros, botellas y el tabaco que tanto disfrutábamos de jóvenes. Llegas en lancha,
subes escalones, te maravillas con las tradiciones de cada noviembre que se viven
en esta isla. Llegas a enlodar tus zapatos, a que te piquen los mosquitos, a que el
único shampoo en el baño te saque caspa y a que las sábanas de la cama provoquen
alergia en tu piel.
Cada seis meses estás al pendiente de mandar una carta, tu amistad es muy
valiosa, casi siento lástima por ti, no te ofendas, es que eres una buena amiga,
vienes a platicarme qué es lo que acontece en la ciudad. Acabas de mencionar a
Lorena, recuerdo lo de hace unos años, lo del sueño. Ella fue la que estuvo aquí
hace tantos años, ocupando el lugar en el que ahora estás sentada, bueno, te contaré
cómo ocurrió, porque aquí mismo iniciaba aquel sueño.
Lorena continuaba sentada ahí, yo intentaba seguir contándole, todo era
justo como ahora, la isla estaba muy sola, la luna muy redonda, los grillos, las ranas hacían escándalo como esta noche, justo como aquella noche, las sombras se
confundían con el entorno.
Pero tenías que recordar a Lorena, porque tenías que hacerlo. La atracción
hacia la luna era igual de intensa, la sensación era idéntica. Lorena siempre interrumpía pensando que casi olvidaría el sueño, pero no, le sorprendió con que deta-

L

Naybee Gutiérrez. Nací en 1994, en Morelia, Michoacán. Soy miembro activo de la Sociedad de
Escritores Michoacanos. Participé en la 2da Edición de la Revista Literaria y Poética La Noche de
las Letras (2011), Colaboré con diversas páginas web. Participé en algunos eventos culturales como
el Primer Encuentro de Trovadores y Cuentacuentos, los Viernes de Escritores Michoacanos y en
la Primera Feria Juvenil del Libro de Morelia. Actualmente estudio en la Facultad de Letras de la
Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (UMSNH).

lle recordé justo este sueño, aún lo lamento. Pero la presencia sin duda es distinta,
es casi como la soledad. Los recuerdos justo en este lugar, en esta isla donde la
soledad se percibe cercana, desde donde se ve la lejanía de las luces, de todo, de la
ciudad, casi como estar a kilómetros de la realidad, a esta hora ya dejándome llevar
por lo onírico. El mismo olor, justo como ahora callaron los grillos. Por qué luces
tan pálida, mira la luna, escucha los grillos, se consume el tabaco, el aire está frío.
Con tu presencia basta para sentir que algo acontece. Mariana a dónde vas,
por qué tienes esa cara. Caminemos hasta la orilla del lago, en donde recuerdo
comenzar a sentir las ramas, el lodo, después de que el tobillo fue jalado por los
arbustos, la corriente continuó, la luna seguía ahí, el agua se espesó, la sombra de
los arbustos se reflejaba en el agua, justo como ahora, la sensación chiclosa en los
dedos, uno por uno, cada rama, el tobillo se enredó, luego le jaló del brazo, la sensación de náuseas, la noche, la oscuridad, una presencia, la luna, el agua lucía limpia
pero porque se reflejaba la claridad de la luna.
Pude ver su cara, en el reflejo, pero justo ahora la he olvidado, es lo único
que he olvidado, pero no la sensación, era la misma. Sirve más pulke, prende otro
cigarro, algo nos jala hacia la orilla, ven, camina conmigo. Lo admito, nunca antes
me había puesto a recordar este sueño.
Nancy Martínez (1993) es originaria de Morelia Michoacán, tiene publicaciones en revistas como
Agora letras, Proyecto Neurosis, Monolito y Navío. Ha cursado talleres de creación literaria y construcción narrativa. También ha participado en mesas de lectura de los Viernes de Escritores Michoacanos y en la 6ta Feria Nacional del Libro y la lectura Michoacán. Aficionada a la fotografía. Es
miembro de la Sociedad de Escritores michoacanos y actualmente estudia la licenciatura en Mercadotecnia.

UNA FLOR AMARILLA

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.
Mario Emilio Andrade Álvarez.
Nació en la Ciudad de México,
pero es originario de Puruándiro, Michoacán. Cursó la carrera
de Derecho por la Universidad
Michoacana de San Nicolás de
Hidalgo, (2002-2007). Realizó
diplomados y talleres jurídicos
en relación con el nuevo sistema
de justicia penal, impartidos por
la Universidad Latina de América y en el Instituto Nacional de
Desarrollo Jurídico. Es miembro
de la Sociedad de Escritores Michoacanos.

11

Emilio Andrade

T

odo inició cuando se acercó a la barra, estaba muy feliz como yo; y después
de vernos por un rato, nos dimos cuenta de que ambos le íbamos al Necaxa.
Hubo empatía inmediata entre dos rayos de corazón; esos que decimos: llueva, truene o relampaguee, soy de rayo. Así, sucedió que después de mandar a la
chingada a Televisa por consentir a los amarillos y provocar el descenso del ¡hermanito menor!, pidiéramos otra cubeta.
Luego de un rato, nos cambiamos de mesa, donde no se escuchara tanto la
música, para platicar a gusto, ya ahí mi compañero se puso serio de repente. Dijo
que lo que me iba a contar era neta, como la Virgen de Guadalupe. –Sonreí, discretamente-; entonces empezó a platicarme su historia.
Sabe, soy Miguel, jubilado y vivo solo, porque mi vieja se fue con sus jefes
por uno días, por eso puedo estar aquí sin que me tengan cortito. Gracias a ello, al
no rendirle cuentas a nadie y andar de vago, descubrí que todos somos inmortales.
Fue un día cualquiera, donde en una combi, me encontré con él. Pepito.
Tenía como 13 años, podría ser como cualquier otro, pero no, él era yo, yo era él.
Estaba muy atento con un libro que traía, eso, su forma de bostezar, de mover los
ojos y tocarse el pelo para asegurarse de no estar despeinado, eran las mismas cosas
que yo hacía a su edad. Y cuando estaba más atento a sus movimientos, él tocó el
timbre y se bajó. Yo no podía perderlo de vista, entonces también me bajé.
Ya cuando estábamos en la calle, busqué una excusa para hablarle. Le pregunté que si sabía dónde estaba la calle Paseo del Nogal, me dijo que cerca, y que
él vivía ahí precisamente, le dije que si lo podía acompañar, respondió que sí, y
entonces en el camino empezamos a charlar.
Le comenté, para darle confianza, que era de los líderes de una asociación
por el campesinado. Haberle dicho eso lo puso entusiasta, decía que qué chido
haber conocido a alguien del movimiento. Por ello no fue difícil que al llegar a la
calle Pepito me invitara a su casa.
Ahí me presentó con su madre, ya entrada en años, y un tío medio extraño,
parecía dar clases de ajedrez a dos gatos que estaban a su lado muy atentos. Al poco
tiempo la mamá de Pepito me invitó un café y me contó varias cosas que había
vivido en su larga vida.
Dijo que todo estaba listo para que por fin se ayudara a los jodidos; iba
llegar a la presidencia Colosio, pero lo mataron los pinches dinosaurios. Después,
apareció el Peje, pero los riquillos azules no quisieron que llegara a la silla, hubo un
complot, para que dizque perdiera las elecciones ante los chachalacas.

Y así, después de visitar seguido a Pepito, por querer estar cerca de él, mi
otro yo, al pasar los días, fui como de la familia. Su madre me contó que Pepito
enfermó de escarlatina a los 10, igual que yo, que se alivió a los 6 días, yo a los 8,
entre otras coincidencias. También me dijo cosas vergonzosas de Pepito: que dejó
de orinarse en la cama ya mayorcito, que le gustaba una chica del salón y se ponía
colorado; esas madres deberían de callar, pero tal vez les gusta ver el cambio de
color de sus hijos. En fin, yo quería saber todo de él, y resolver mis dudas, eran
muchas. Porque…
Lo que yo entendía de la inmortalidad, es que para que él viviera yo tendría
que haber muerto, lo cual no tardaría mucho en pasar por ser tan borracho, pero, al
seguir vivo, Dios se equivocó y él nació antes de que le tocara, y ahora estamos dos
Pepitos viviendo al mismo tiempo, no era tan malo, hasta que Pepito enfermó y su
familia me aceptó como padrino rapidísimo, les proveía diario de comida, medicinas; mi jubilación se iba en Pepito. Nada sirvió, murió a los pocos días.
Poco después de la muerte de Pepito, dejé de visitar a la familia, estaba
depre, mi buen, no sé si ha pasado por algo así, es feo perder a un amigo, pero
bueno, le decía, en mis depres me iba de un bar a otro, y sobre todo de una combi a
otra, para ver si en alguna veía a Pepito otra vez, o alguien que se le pareciera, pero
no. Él había muerto y debería entender que también mi inmortalidad. Nadie como
nosotros volvería a nacer en el planeta. Ni qué hacer.
En eso estaba cuando de pronto, al bajarme en una colonia popular, buscando… un bar de mala muerte, buscando…a la huesuda porque: andábamos sin
buscarnos, pero sabiendo que andábamos para encontrarnos la vi a ella. Una flor
amarilla que parecía mirarme, diciéndome que siempre estaría ahí o en cualquier
otro lado, para que yo y mis otros yo futuros le viéramos, aunque ya no podría ser
así. Sabía que al morir yo, como ya feneció Pepito, la cadena de la inmortalidad se
rompió y por eso ver esa flor amarilla me hizo llorar, ese color tan hechizante, tan
hermoso, tan…diabólico, se estaba burlando de mí.
No podía dejar de mirarle, a lo mejor esa flor era pariente de un principito.
Entonces ya desesperado la tomé en mis manos y la arrojé al río diciéndole: Veamos
quién muere primero, si tú en esas aguas negras o yo, buscando la inmortalidad.

12

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Repugnancia
Moisés García Hernández

L

a cita sería a las dos de la tarde en el Jardín de las Rosas. Luis se vistió con la
ropa que ya reposaba sobre la cama. Tenía que darse prisa antes de que Gisela
le llamara desconfiada por el retraso. Sólo restaba enfundarse en la chamarra,
aquella chamarra de cuero negro regalo de cumpleaños de un tío suyo, como un recuerdo de su ingreso a la vida adulta, a su condición de hombre joven que se costea
la renta, al primer trabajo que exige puntualidad, como en aquel momento Gisela
o sus otras amantes.
Tomó aquella chamarra de cuero negro en el principio de una tarde lluviosa. Contempló con nostalgia su color
mitigado por tres años de uso, dio un suspiro profundo y empezó
a colocársela.
El brazo derecho atravesó con rapidez la manga correspondiente. Al introducir el brazo izquierdo en la otra manga,
su mano rozó una cosa extraña que no supo identificar. Retiró de
inmediato el brazo y observó dentro de la manga. No vislumbró
nada raro. Para cerciorarse, Luis la sacudió con fuerza para ver si
caía alguna sabandija que se hubiera refugiado adentro. Al parecer
no. Volvió a introducir el brazo en la manga y cuando la mano
avanzaba por la mitad, se hundió en algo viscoso. Dio un
tirón fuerte hacia atrás, pero literalmente su mano estaba
empantanada. La consistencia de aquello era como de
una gran mucosidad. Luis se figuró un molusco
gigantesco y repugnante. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Con un movimiento enérgico
retiró el brazo derecho de la otra manga, y
con la mano libre intentó arrancarse la manga obstruida jalando el puño hacia adelante, pero la materia viscosa no cedió.
Después probó la estrategia de quitársela al modo de una camisa, con ese desprendimiento que hace mostrar la parte
interior de la manga, pero al llegar al
punto donde estaba atrapada su mano,
no pudo avanzar más. En ese instante miró l a
intersección entre el forro interior de la manga
y su muñeca. Lo que Luis descubrió le provocó un mareo. Se trataba de una pastosidad
verdosa y un poco transparente, con una especie de excrecencias amarillentas que flotaban en
ella, como si fuera un gargajo gigantesco.
Procurando no caer desmayado por el
horror, cubrió nuevamente todo el brazo izquierdo con la manga
y esperó unos segundos a que el vértigo se disipara. Después corrió al baño, abrió el grifo y dejó chorrear el agua al interior de
la manga. El agua desbordó el puño de ésta, pero la inmundicia
aquella continuaba aprisionando su mano. Se quedó unos instantes
apoyado con la derecha en el lavabo, mientras mantenía la otra a una
distancia preventiva de su cuerpo. En esa postura barajó posibles soluciones. Quizá
si agregaba cloro, germicida, detergente y un poco de agua, y dejaba reposar un
buen rato estas sustancias, al fin terminarían por ablandar aquel moco descomunal.
Rechazó esta estrategia por parecerle demasiado tardía. Entonces la idea de las

Moisés García Hernández. 1989. Pasante de la Licenciatura en Filosofía de la UMSNH. Ha obtenido menciones honoríficas en 4 certámenes de cuento a nivel estatal y nacional, y ha publicado
cuentos y poemas en diversas revistas de difusión nacional. Es autor de la plaqueta de cuentos Horas
tridentes (Ceiba Andante, 2013), coautor de la antología de cuentos Beber sueños en un cráneo de
palabras (UMSNH/SEMICH, 2013) y miembro de la Sociedad de Escritores Michoacanos A.C.

tijeras cruzó como un halcón por su mente. Salió del
baño a tropezones y fue a buscar entre el cajón donde
guardaba diversos utensilios. Tomó las tijeras y empezó a usarlas contra el puño de la manga en sentido longitudinal. El cuero era bastante grueso y resistente. Aplicó
toda la fuerza de la que era capaz, pero no funcionó. En
ese momento Luis pensó en Gisela, seguramente ya estaba desesperada y con la moral trapeando los suelos. Se
dijo que ahora no estaba para complacer amantes: lo
primero era liberarse de aquella inmundicia diabólica.
En ese instante otra idea lo hizo sonreír. Sí, esa sería la solución. Corrió desesperado a la cocina, tomó un cuchillo y con él
empezó a serruchar el puño de la manga
también en sentido longitudinal pero
con el filo hacia arriba. Sus movimientos eran lo más veloces y
firmes posibles. En uno de
esos vaivenes, el cuchillo resbaló con el puño
y fue a ensartársele en
el ojo izquierdo. El dolor le arrancó un alarido.
Gritando, cegado
por el dolor y la sangre que manaba como en catarata sobre su cara,
Luis tiró el cuchillo y corrió a la habitación en busca de su teléfono móvil. Recordaba haberlo dejado en el buró. Sí, ahí debió haberlo dejado, pero no estaba. Buscó en el armario,
entre los perfumes y desodorantes, en la cama, sobre el
mueble donde reposaba el DVD, incluso entre las almohadas y en el piso, pero todo fue inútil. La sangre ya
había empapado su ropa. Sentía un
mareo tres veces mayor al que experimentó cuando descubrió la repugnancia. El pánico a morir desangrado lo hacía estremecerse. Pensó
en salir a la calle a pedir ayuda, pero el posible ridículo le hizo inclinarse hacia un
último esfuerzo para encontrar el celular. Si no estaba en el cuarto debía estar en la
cocina o en el baño. En la sala era imposible, pues estaba completamente vacía y
Luis nunca permanecía ahí. Ya en la cocina buscó sobre la barra, la mesa, incluso
en el refrigerador y en la estufa, pero el celular simplemente no apareció. A esas
alturas el mareo le obnubilaba la vista, una mancha violeta y difusa se interponía
entre él y los objetos. Sentía una sensación de vacío en la cabeza, un vacío a la vez
pesado y que lo empujaba hacia abajo. Con esa debilidad atroz se dirigió al baño; a
cada pisada dejaba un rastro de sangre. Tanteó sobre el lavabo, la caja del inodoro
y en todo el suelo. No encontró el celular. El vértigo y la debilidad ya casi le hacían
perder el conocimiento. Vagamente pensó en salir a la calle: era su única alternativa. Salió del baño, caminó a lo largo del pequeño departamento apoyándose en
los muros o lo que encontrara a su paso. Abrió la puerta. Avanzó. A la mitad del
zaguán se desplomó bocabajo. En un último reflejo, Luis advirtió que la chamarra
estaba tirada a dos metros de sus pies: aquella chamarra de cuero negro regalo de
cumpleaños de un tío suyo, como un recuerdo de su ingreso a la vida adulta.

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

13

Karen Liro

La continuidad de los parques
Karen Liro

S

e sienta en la banca del parque, el sol se alza como anunciando que apenas van
a dar las seis de la mañana. A lo lejos se escuchan las campanas de la Iglesia
del centro de la ciudad reafirmando la declaración del sol. Roberto Aguililla
alza la cabeza al cielo con los ojos cerrados y la mano derecha extendida a su costado, está exhausto. Ese en definitiva no había sido su día, el punzante dolor de
cabeza que le martillaba en las sienes, como un puntual y diligente campanero, era
más consecuencia del estrés que de la herida abierta que manaba de su frente.
Había visto a Rubí la noche anterior bailando en la pista de siempre con
los mismos labios rojos y esa pancilla insipiente de color moreno que a pesar de
todo el gustaba. Subió al cuarto como cada jueves y le habló, como los hombres
enamorados, de sus sentimientos por ella. Rubí, Sherezade de la colonia y de todas
las colindantes hasta el círculo marginal de la ciudad, podía darse el lujo de no
aceptar o sí y luego rehusar las propuestas de Roberto. –Robbie, mi amor. Tráeme
otro regalito y vemos-. No era una cuestión de regalitos, Roberto Aguililla la quería
como su mujer, sin importar el pasado, que al fin y al cabo éste era la causa de todo
lo que le gustaba de Rubí.
Naturalmente, había otros hombres. Pero se enteró de uno que al igual que
él iba a visitar a Rubí los jueves, aunque nunca se hubieran encontrado en el camino. Lo supo tras ese mismísimo jueves cuando la danzante Salomé de sus sueños
fue a asearse, dejando la puerta abierta, para su siguiente acto en la pista. Roberto
bajó las plantas al piso y asomó la cabeza bajo la desvencijada cama para buscar

sus botas y encontró un cuadernillo de las dimensiones idénticas a las de un libro
vaquero, o eso se le figuró. Creyendo que era un ejemplar de la colección lo tomó
y se lo echó al bolsillo de la chaqueta. Bajó a la barra y bebió, sacó el librillo y
leyó. Leyó sobre otro hombre, el que poseía a Rubí como ningún otro. Enardeció
en celos y siguió tomando. En su estado de embriaguez y furia armó una pelea en el
antro. Durante la trifulca alguien le abrió la frente de un botellazo mal dado. Salió
dando trompicones, subió a su LOBO y siguió leyendo determinado a encontrar la
identidad del amante de Rubí para matarlo.
“Después de estar con él esta noche le diré que nos veamos en el parque,
que cuando salga el sol me voy a ir por fin con él”. Fechado este jueves, pues a matarlos a los dos, pensó. Se metió las dos pistolas, Lola y Chole, los jefes le habían
regalado ambas recientemente. Se dirigió al parque.
Ahora Roberto baja la cabeza y mira al frente con las letras del diario todavía tatuadas en su vista y ve a Rubí sonriéndole. Y él se imagina al otro recibiendo
esa sonrisa y a él sonriendo matándolo.
Se disparan dos pistolas al unísono como una obertura, voltea y se encuentra con un rostro manchado de sangre que mana de la frente. Los gatillos siguen
encogiendo y expandiendo el mecanismo, una y otra vez; y parece que nunca se
quedarán sin balas, que ese sonido de parque ilimitado continuará.

Karen Silva Maldonado (21 de febrero 1992) es originaria de Ario de Rosales Michoacán, pero radica en la ciudad de Morelia donde es estudiante universitaria. Ha participado en el Suplemento letras
para llevar, ha asistido a talleres de creación literaria entre ellos el impartido por el escritor Alfredo
Carrera. Es miembro activo de la Sociedad de Escritores Michoacanos. Escribe cuento, relato y ocasionalmente gusta de transcribir conversaciones incompletas en los centros comerciales. Sus textos
siempre van firmados como Karen Liro.

14

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Norma Maritza Vázquez es bailarina con formación en Tap y Ballet en el sistema inglés ISTD y
Profesional de la Educación, ha publicado en “Letras para llevar” de la Gaceta Nicolita (2014) Ha
participado en Encuentro Internacional de Escritores del Nevado de Toluca (2013) en Viernes de Escritores de la Sociedad de Escritores Michoacanos (2013,2014) La palabra en el Mundo, Encuentro
Internacional de Poetas (2014) es miembro activo de la Sociedad de Escritores Michoacanos

Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Sobremesa

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Norma Maritza Domínguez
Carta del Doctor Juan Luis Pinzón
Morelia; Michoacán a 15 de agosto de 1995
Dr. Fernando Vega
Tenerife, España
Mi estimado amigo:
Como cada agosto, época de amaneceres brumosos, tengo el sentimiento nostálgico que nace de la sobremesa habitual, poblada de placeres, que preceden a
nuestro Encuentro Anual de Fundadores de la Asociación de la Cultura Swinger
en Hispanoamérica, una profunda alegría me invade al recordar ese tiempo de
ternura y goces que hemos compartido y que hace parecer que las estaciones y la
geografía son una dimensión mínima en esta máquina que es el tiempo.
De esta manera quiero invitarlo a abandonar temporalmente sus investigaciones y contar con su adorable presencia en la Cena Íntima que se llevará a cabo
en mi finca del lago de Cuitzeo, como ya es costumbre, a la cena asistirán únicamente los amigos de siempre y fundadores de nuestra Asociación, con excepción
de…

Doctor Juan Luis Pinzón,
Tenerife, España 14 de agosto de 1995

Querido Amigo,
le sorprenderá, quizá, que a tan pocas horas de haber compartido con Usted
una velada magnifica en su finca, le escriba éste mensaje con tal prontitud, lo
acontecido me ha conmocionado de tal manera que recién abordado mi vuelo, no
pude esperar más para escribirle sobre algo de lo que quizá ya esté enterado. Antes, mi querido Juan Luis, quiero agradecerle las delicias ofrecidas en su magnífica cena, tanto Alcazar como Colín, Escalante y yo coincidimos en que es usted un
exquisito anfitrión, una rareza en la actualidad. Ahora bien, me pregunto si lo que
quiero comunicarle es de su conocimiento y que debido a su delicada y discreta
personalidad ha sabido disimular. Desde un inicio durante la reunión noté cómo
la afabilidad cotidiana de nuestras reuniones se veía ensombrecida por un trato
despótico, casi rudo de Colín hacia Gonzalo Alcazar. Ya en la sala de estar frente
al lago, mientras usted abastecía los vasos del mezcal añejo de su producción
artesanal, noté como Colín se separaba del grupo y se acercaba a la ventana, a
su vez Alcazar lo siguió, y un extraño efecto acústico de su finca me permitió escuchar desde donde me encontraba lo que entre ellos hablaban, hubo una pregunta
de Alcazar: ¿se puede saber qué te sucede, hermano? A lo que Colín como en un
escupitajo respondió: ¿Ahora vas a hacerte el occiso? Bien sabes que en mi ley, el
intercambio no incluye a la propia mujer, esto ya no puede arreglarse así con las
palabras… en ese momento usted departió los copas y sugirió un brindis por la
celebración próxima del Primer Congreso Mundial de la Cultura Swinger organizado con motivo del quinto aniversario de la fundación de nuestra Asociación, luego así, entre placeres continuó la noche. Mentiría si no le confesara que tengo un
extraño sentimiento desde el momento de aquel suceso, pongo a su consideración
lo que quizá a nosotros no nos concierna y que por demás no deja de sorprenderme
de manera contundente, quisiera estar equivocado y albergar tan solo un errante
fantasma que haya de ser consumido a través de esta confidencia, que bien podría
ser señalada como una impertinente broma de pésimo gusto
Reciba atentos saludos
Suyo siempre, Fernando de la Vega.

extraordinaria, segundo, ¿cómo sabría usted que este año no invitaría a la reunión
a Gonzalo Alcazar? Se me ocurre que algún colega de la Universidad haya mantenido contacto con usted y le haya comentado acerca del distanciamiento entre
Alcazar y yo debido a las diferencias que actualmente nos contraponen en torno a
los resultados de mi más reciente publicación del “Poliamor”.
En fin, le atribuyo una especie de talento adivinatorio, un derroche de genialidad futurista, a contrapeso me llama la atención ¿qué interés podría usted
tener en afectar la imagen de Felipe Colín con esa acusación?, en todo caso, ¿por
qué escribirme a mí y no a él con un motivo aclaratorio? Habrá de disculpar mi
sinceridad, deseando conservar nuestro lazo amistoso me atrevo a pronunciar sin
rodeos este sentimiento, y como las obras de arte no deben ocultarse, el pasado fin
de semana he conversado con Colín y le he comentado sobre su carta, a lo que él
respondió con una franca carcajada, con ésta respuesta, sobreentendí que era una
señal para terminar con esa conversación. Reconozco que el juego de casualidades
incluidas en su carta me impresiona, no obstante cierta zozobra me desanima y me
preocupa que nuestra amistad parezca amenazada, disculpe mi franqueza y si me
permite quisiera pedirle, si es que así lo considera necesario, que usted pudiera
aclararme éste aparente mal entendido.
Sobra decir que nada de lo anterior altera el plan para nuestra esperada reunión del 30 de septiembre, invitación que intentaba comunicarle cuando su carta
interrumpió la mía. He escrito a Colín y a Escalante y ya me han confirmado su
presencia
Reciba un entrañable saludo, en espera de su respuesta
Suyo, Juan Luis Pinzón.

Tenerife, 18 de agosto de 1995.
Juan Luis Pinzón.
Estimado amigo:
Aún no alcanzo a comprender la vaguedad de su respuesta, con todo respeto
le pido que se ahorre en halagos, me incomodan sus evasivas, una conspiración sin
sentido por parte de usted y de todos los asistentes a la reunión, o bien, le pediría
que dé por terminada ésta broma, si es que de eso se trata, puedo entender, incluso
que quieran ocultar un saber que dada una contingencia desafortunada haya sido
develada en mi presencia, también puedo entender que su fuerte amistad con Felipe Colín lo empuje a simular esta especie de juego epistolar con el fin de acallar el
asunto. Lo que no entiendo es porqué este afán complicar tanto algo, que si usted
me lo hubiera pedido, ya habría olvidado sin darle más importancia. Antes de concluir, con cierto desaliento, le pregunto ¿Qué finalidad tiene su deseo de volver a
reunirnos? ¿Por qué llevar esta situación a tal extremo?
(minutos más tarde)
Disculpará mi descontrol, en este momento he sido golpeado por una fatal
noticia, por el boletín de televisión que acabo de ver, me he enterado de la desoladora noticia de la detención del Genetista Dr. Gonzalo Alcazar, por el homicidio
accidental por tiro de bala en contra de Manoella López de Colín cuando en
defensa propia en el enfrentamiento con el Psiquiatra Dr. Felipe Colín, en las instalaciones del Aeropuerto Internacional de Morelia, Alcazar y la señora Manoella
Lopéz de Colín intentaban abordar el vuelo 238 con destino a Los Ángeles. Ahora
así, sin más palabras, creo que usted entenderá mi desdicha y porqué como testigo
involuntario, desearía desconocer el motivo anticipado de esta tragedia
Fernando Vega.

Morelia, Michoacán a 16 de agosto de 1995
Estimado Dr. Fernando Vega
Querido Fernando,
Su carta me ha dejado estupefacto, si su intención ha sido impresionarme le
atribuyo una precisión impecable, una intuición telepática y un sentido de humor
atinado, soy buen jugador y como tal reconozco de su parte una jugada limpia y
perfecta, recibí su carta en el mismo instante en el que yo le escribía, como desde
hace cuatro años en esta misma época del año para invitarlo al Encuentro Anual
de Fundadores de nuestra Asociación, que se llevará a cabo el siguiente mes. De
entrada reitero mi reconocimiento a su lucida anticipación de todos los detalles
descritos sobre nuestra próxima reunión, primero el que usted haya coincidido
en el tiempo exacto en el que yo le redactaba la invitación es ya una casualidad

Morelia, Michoacán 21 de agosto de 1995
Estimado Fernando Vega:
Reciba mi aprecio, respondiendo a su carta del 18 del presente, me comunico con
usted para informarle que en señal del duelo de nuestro colega el Dr. Felipe Colín,
por la muerte de su esposa la Dra. Manoella López de Colín, la reunión del 30 de
septiembre será cancelada.
Atentos saludos,
Juan Luis Pinzón.

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Suplemento Letras para llevar. Final del juego.

Moisés García Hernández

Selene Maldonado

Norma Maritza Domínguez

Naybee Gutiérrez

Emilio Andrade

Paulina Jiménez Cintora

Gabriela Mandujano
Chávez

Víctor Solorio Reyes

José Martín García Campos

Magdiel Torres

Narda Paola

Víctor Manuel
López Ortega

Nancy Martínez

Karen Liro

Portada e ilustraciones: Víctor Solorio Reyes

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