LOS CARTAGINESES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA Y BALEARES Carlos G.

Wagner

El carácter de la presencia cartaginesa en la Península Ibérica, previa a la conquista Bárquida, ha sufrido en los últimos años una profunda revisión. La idea de una conquista del sur de España por los púnicos tras la “caída de Tartessos”, a los que incluso se atribuía su destrucción, ha sido reemplazada, a la vista de la evidencia tanto literaria como arqueológica, por una concepción menos simplista y más acorde con los testimonios de que disponemos. No deja de ser significativa la ausencia de estudios relativos a la presencia cartaginesa anterior a los Bárquidas, que obedece, fundamentalmente, a una singular ausencia de datos y acontecimientos. Este silencio de las fuentes, tanto arqueológicas como literarias, se ha justificado muchas veces por la existencia de un "bloqueo" cartaginés del Occidente que impediría saber que estaba sucediendo aquí. Pero las escasas noticias sobre las que se pretende fundamentar tal explicación ofrecen, una vez realizada su exégesis, una lectura bien distinta. La fundación de una colonia en Ibiza. La presencia de Cartago en Occidente, y en concreto en la Península Ibérica y las Baleares, han sido mencionada por algunos autores antiguos, pero las noticias que nos han dejado son realmente escasas y sumamente ambiguas. Según Diodoro de Sicilia (V, 16, 2-3), los cartagineses habían fundado una colonia en Ibiza en el año 653 a. C., cuando Cartago aún no había establecido una presencia comercial de cierto alcance en las mucho más cercanas Sicilia y Cerdeña:
“....hay

una isla llamada Pitiusa que recibe este nombre por la gran cantidad de pinos que crecen en ella. Se encuentra en medio del mar y dista de las Columnas de Heracles una travesía de tres días y otras tantas noches, de Libia un día y una noche, desde Iberia un sólo día. En cuanto a extensión es casi igual a Córcira. Aunque es de moderada fertilidad, tiene, no obstante, una pequeña comarca con viñas y olivos injertados en acebuches. Dicen que, de sus productos, destacan las lanas por su suavidad. La entrecortan campos y colinas y tiene una ciudad que se llama Ebussus, colonia de los cartagineses. Tiene también importantes puertos y considerables murallas y un gran número de casas bien construidas. La habitan toda clase de bárbaros, pero los más numerosos son los fenicios. Su fundación tuvo lugar ciento sesenta años después que la de Cartago ”. Durante mucho tiempo se consideró cierta esta noticia. Es preciso destacar que en su libro sobre las islas, Diodoro apenas da datos cronológicos concretos y en este caso constituye una de las pocas excepciones que han hecho pensar que su narración depende en este punto de una fuente bien informada, que podría ser Timeo. Como ha observado

muy bien P. Barceló en este texto de Diodoro hay referencias a dos situaciones distintas en el tiempo, y así dice que es una colonia de los cartagineses, pero que estaba habitada por los fenicios originalmente, lo que precisamente han venido a confirmar los datos arqueológicos. Efectivamente, nuevo hallazgos y excavaciones, así como una nueva valoración de los datos procedentes de las antiguas han venido a confirman la antigüedad de la fundación, aunque no su carácter cartaginés. Recientes descubrimientos arqueológicos han confirmado la existencia de una temprana presencia arcaica fenicia en Ibiza, en sitios como Sa Caleta, la bahía de Ibiza, y en la necrópolis de Puig des Molins, que por el tipo de materiales encontrados parece más vinculada a la población de los asentamientos fenicios occidentales que a la propia Cartago. Sa Caleta, un asentamiento dedicado a la extracción de galena argentifera, sorprende por su urbanística improvisada y arcaizante con un sistema basado en la yuxtaposición de estancias sin ningún genero de orden en cuanto a la orientación con respecto a sí mismas y a los puntos cardinales, separadas entre sí por espacios, en ocasiones exiguos, comprendidos entre las distintas construcciones, dando lugar a estrechas calles de orientación variada y pequeñas plazas de plan irregular y superficies variables. Este asentamiento tuvo una corta vida, lo que algunos interpretan como un abandono en favor de la mejor posición que presentaba Ebussus, mientras que otros consideran a ambas coetáneas. A partir del segundo cuarto del siglo VI a. C. Ebussus parece estar en condiciones de exportar algunos de sus excedentes, aunque aún no sabemos en que cantidad, como testimonia la distribución de las ánforas de tipo PE-10, cuya producción local está fuera de toda duda, en Levante y Cataluña, que a partir de ahora se convertirán en destinatarios privilegiados del comercio fenicio procedente de Ibiza. Así mismo están presentes ya los contactos con el área fenicia del Mediterráneo central en la forma de ánforas ovoides, ampollas globulares y algunas cerámicas comunes, como los vasos globulares con dos pequeñas asas sobre el hombro. Materiales de procedencia etrusca, y griega, aunque en un número muy pequeño, así como otros egipcios, mucho más numeroso, de entre los que destacan los escarabeos y los vasos de fayenza, completan este panorama. Con todo, no debería ponerse totalmente en entredicho la noticia de Diodoro. Una colonización conjunta procedente de Fenicia y de la misma Cartago en tiempos, no lo olvidemos, de las invasiones asirias es perfectamente plausible, sobre todo a la luz de los datos procedentes de la necrópolis arcaica de Puig des Molins. Otra opción sería considerar que Ibiza fuese fundada desde algún asentamiento occidental, Gadir por ejemplo, a fin de impulsar la penetración del comercio fenicio en levante, utilizando para ello fenicios llegados de Oriente que previamente habían alcanzado Cartago, donde tal vez no pudieron permanecer debido a la saturación demográfica causada por la llegada de refugiados orientales. Hay aún una tercera opción. Ibiza habría sido fundada por fenicios occidentales y hacia finales del siglo VI o comienzos del V a. C habría recibido un contingente de colonos púnicos que incrementaría notablemente la población existente.
Estela con inscripción procedente de Cartago

En cualquier caso, existen indicios de un fuerte aumento de la población en la isla, en el enorme crecimiento de la extensión de las necrópolis, que se agudiza en torno a la mitad del siglo V. a. C. coincidiendo con la plena ocupación de ésta, lo que supone una colonización agrícola de su interior con la aparición de toda una serie de pequeños asentamientos rurales. Coincide también la introducción de formas cerámicas netamente

púnicas en el repertorio de la producción local, así como de terracotas con paralelos exclusivos en Cartago y el Mediterráneo central, que indican unas prácticas religiosas de origen púnico, del rito funerario de la inhumación, y de un tipo de tumbas, como son algunos de los hipogeos más antiguos, que desde la segunda mitad del siglo VI a- C., formando una agrupación claramente individualizada en la periferia de la necrópolis arcaica de incineración, sugieren la presencia de un grupo humano distinto. Entre los ajuares de estos hipogeos destaca la presencia de rasuradores o navajas de afeitar, campanillas de bronce, cuentas de collar de pasta de diversos colores, y cerámicas claras sin engobe rojo, como pequeños cuencos, platos de ala ancha y lucernas. Estos materiales están presentes también en la necrópolis de Can Partit, donde subsiste el rito de la incineración, desde finales del siglo VI y comienzos del V a. C., confirmando la hipótesis de la presencia de grupos de población diversos. También por esta época se produciría la fundación del santuario de Illa Plana, en la bahía de Ibiza, que algunos autores han puesto en relación con el culto a Tanit, y cuyos materiales, los ex voto, presentan claros paralelos con Motia, Tharros, Nora, Sulcis, Monte Sirai y, sobre todo, con Cartago, sobre un islote sagrado que, en opinión de E. Hachuel y V. Mari, habría sido previamente frecuentado por los fenicios. La información de los textos antiguos. Terracota procedente de Otros autores antes que Diodoro mencionan también la Isla Plana, Ibiza presencia cartaginesa en Occidente. Así, un periplo atribuido a Escilax de Carandia (G.Gr.M, I, p. 16 (51), p. 91 (111 ) que recoge noticias de época arcaica da noticia de los emporios cartagineses al otro lado del Estrecho. En el siglo IV a. C. Éforo (Ps. Escymnos, 196-8) menciona a los libiofenicios como colonos de Cartago establecidos en el sur de la Península Ibérica. Un poco antes, hacia finales del siglo V, los había mencionado Herodoro (fr. 2) quién los sitúa junto a los tartesios y los iberos, señalando igualmente su carácter de colonos cartagineses. Timeo (Ps. Aristóteles, De mir. aus., 136) otro autor griego que escribió a comienzos del siglo III a. C , afirma que el salazón de Gadir era concentrado en grandes depósitos y conducido a Cartago, donde era consumido en su mayor parte, enviándose el excedente hacia otros puertos del Mediterráneo. El segundo tratado romano-cartaginés (Polibio, II, 23) fechado en el año 348 a. C. menciona específicamente Mastia Tarseion, que generalmente es aceptada como Mastia de Tartessos, una localidad ibera próxima a Cartagena, como el límite más allá del cual no se permite la navegación, el comercio y la colonización a los romanos y sus aliados. Esto representa una gran diferencia respecto al primer tratado concluido entre Cartago y Roma a finales del siglo VI o comienzos del V a. C., en el que no figura ninguna referencia a la Península Ibérica ni al extremo occidental mediterráneo en su conjunto, y concuerda así mismo, como veremos, con la información aportada por los datos arqueológicos. Más tarde Polibio (I, 10,5) alude a la "reconquista" de Iberia por parte de Amílcar Barca, cómo dando a atender una anterior dominación cartaginesa sobre estos territorios. No obstante la noticia de este autor, sumamente vaga por lo demás, es contradicha por la más específica información de Diodoro (XXV, 10, 1-4) sobre las nuevas conquistas de Amílcar "tan lejos como las Columnas de Hércules, Gadir y el Océano" . En el siglo I a. C Ateneo (IV, 9,3) menciona, sin más precisión cronológica, un ataque cartaginés contra Gadir en el curso del cual se habría producido la invención del ariete, noticia que más tarde recogerá Vitrubio (De arch., X, 13,1) autor de la época de Augusto.

Otras fuentes más tardías hablan aún de la presencia cartaginesa en el mediodía peninsular. Justino (XLIV, 5, 3) en su epítome a Trogo Pompeyo, historiador de la época de Augusto, menciona a los cartagineses apoderándose del territorio que antes había pertenecido a Gadir y convirtiéndolo en una provincia de su imperio a cambio de haber defendido a la ciudad fenicia de un ataque procedente de sus vecinos. Aún más tarde, Avieno, poeta del siglo IV, con una erudición muy al gusto de la época, comenta en su Ora marítima, una descripción de las costas peninsulares basada en noticias más antiguas, entre las que figurarían "los oscuros anales de los púnicos", que los cartagineses poseyeron ciudades y villas en las tierras situadas a ambos lados del Estrecho de Gibraltar. No obstante, tales alusiones encuentran su réplica en otros testimonios, como aquel de Tito Livio (XXVIII, 37,1) que señala a Gadir en condición de aliada -socios et amicus- y no de sometida a los cartagineses en los últimos tiempos de la presencia Bárquida en la Península, o el de Diodoro (V, 35-8) que nos informa de que los iberos explotaban las minas antes de la llegada de los cartagineses con Amílcar. Tal escasez de noticias sobre la presencia de los cartagines ha sido interpretada en términos de una conquista de la Peninsula por Hipogeo cartaginés de la necrópolis Cartago, que habría impedido, además, la de Puig des Molins, Ibiza llegada de otros navegantes mediterráneos bloqueando las rutas comerciales en Occidente y cerrando a la navegación el Estrecho, lo que a su vez explicaría que sólo fuentes tardías, posteriores a la "liberación" de la Península por los romanos, se hicieran eco de tales acontecimientos. Sin embargo la escasez de noticias obedece, en realidad, a una similar escasez de acontecimientos, por lo que los hechos a que aluden las fuentes tardías habría que ubicarlos en el contexto de conquista de la Península por los Bárquidas tras la Primera Guerra Púnica. La investigación arqueológica. Aunque hay ànforas cartaginesas desde finales del siglo VIII a. C en sitios como Castillo de Doña Blanca (Puerto de Santa María, Cádiz, no existen apenas indicios arqueológicos de una implicación cartaginesa en la Península Ibérica màs allà de los contactps comerciales, hasta bien entrado el siglo VI a. C. , algo que por otra parte responde con lo observado en otros lugares del Mediterráneo, como Sicilia, Cerdeña o el litoral norteafricano. A partir de esa fecha la presencia de Cartago se detecta en el cambio de influencias culturales, que se percibe en la introducción de ciertas novedades en el registro arqueológica. Estas novedades se advierten en el terreno funerario por la presencia de hipogeos y tumbas en fosas y cistas de piedra con predominio del rito de inhumación. En el campo de las manifestaciones y cultos religiosos por algunos indicios que sugieren la existencia de un culto a Tanit, la divinidad cartaginesa por excelencia, en Villaricos, Ibiza y posiblemente vez en algunos poblados ibéricos. En las cerámicas, hay destacar la generalización de las formas sin barniz rojo y con decoración pintada muy sobria, así como lucernas más cerradas y pequeñas que las del anterior período fenicio. También es observable la aparición de objetos característicos de ambientes cartagineses: cáscaras de huevo de avestruz, pebeteros, máscaras, amuletos, joyas y objetos de pasta de vidrio coloreada, todos ellos con correspondencias tipológicas precisas en Cartago y el Mediterráneo central, y que en la Península Ibérica se distribuyen sobre todo por las zonas del Sudeste y Levante meridional.

En la necrópolis de Cádiz han aparecido tumbas de cámara y pozo, características de Cartago y de la necrópolis de Puig des Molins, en Ibiza, con una cronologia del siglo V a. C. En la necrópolis de Jardín (Málaga) se han encontrado tumbas de fosa rectangular, cistas, sarcófagos, y de cámara con corredor, tipos funerarios que están también presentes en Gadir. Algunos de estos enterramientos se fechan con mayor antigüedad en las necrópolis de Cartago, localizándose una etapa posterior algunos de ellos en otros lugares de Occidente. Este es el caso de las fosas rectangulares, que aparecen en Cerdeña no antes del siglo IV a. C. También las cistas rectangulares aparecerán en Ibiza y Cerdeña a partir de los siglos IV y III a. C, respectivamente. En Jardín, ha aparecido una tumba formada por una cámara excavada en la roca, y en su interior fosas destinadas a enterramientos de inhumación e incineración que sólo tienen paralelo en Malta y en Cartago, en este último lugar a partir del siglo IV a. J.C. Un caso particularmente interesante es el de la necrópolis de Almuñecar (Granada) considera la antigua Sex, y conocida por algunas menciones en los textos antiguos, y por su emisión de moneda púnica ya en época romana. En esta necrópolis han aparecido enterramientos en pozos excavados en la roca, algunos de los cuales tienen claros paralelos en Isla Plana (Ibiza) y en Cartago con una posible datación del siglo VII a. C. Otros, con una urna de incineración en el fondo sólo aparecen en Almuñecar, con ciertos palalelos parciales en el cementerio de Junon en Cartago, De la misma manera, los pozos con cámara lateral indicada, con o sin vaso cinerario, aparecen en dicha necrópolis cartaginesas con una cronología de los siglos VII-VI a J.C. Los pozos con dos cámaras laterales opuestas, como el de la 19 de Almuñécar, tienen también su paralelo en tumbas encontradas en las necrópolis de Demerch y Junon en Cartago. La estructura funeraria de esta nearópolis de Almuñecar es muy distinta de la de otros cementerios fenicios en la P. Ibérica, como por ejemplo, Trayamar. También es muy interesante la necrópolis de Jardín (Málaga), de los siglo VI y V a. C. en la que hay tumbas en cistas de sillares, así como fosas rectangulares escavadas en la roca, que contienen tanto inhumaciones como incineraciones. En al menos dos ocasiones contenían sencillos sarcófagos de piedra. El estudio tipológico de los materiales que formaban parte del ajuar funerario permiten concluir que éste no se ajustaba a unas normas fijas. Las formas típicas de los ajuares funerarios cartagineses, como las ánforas, los jarros, las lucernas y los platos, están presentes en Jardín, pero nunca formando conjuntos. Abundan los platos y cuencos de barniz rojo, tan frecuentes en otras necrópolis fenicias de Occidente, y que pueden haber contenido alimentos para el difunto o haber formado parte de un ritual que incluía un ágape funerario. Muchos de los cuencos, sin embargo, han debido ser usados como Cerámica de la necrópolis de Jardín ofrendas, ya que muchas veces aparecen en el relleno de las tumbas. Las lucernas, abiertas y de dos mechas, son también muy abundantes y a menudo se depositaron directamente al lado del difunto. Por el contrario, casi no están presentes los típicos elementos del ajuar de las tumbas fenicias arcaicas, el jarro de boca de seta y el jarro de boca trilobulada, mientras que si aparecen jarros con decoración pintada polícroma que nunca antes se habían usado en las necrópolis fenicias occidentales. Constituye una novedad en relación a necrópolis fenicias arcaicas, como Almuñecar o Trayamar, la presencia en Jardín de una gran diversidad de vasos cerrados, como ánforas de cuello, pithoi y ollas, corrientes en las necrópolis de Motia y Cartago. Entre los elementos del ajuar funerario destacan las joyas, cono anillos, colgantes, medallones y cartuchos-amuletos, tipos conocidos todos ellos en las necrópolis fenicias occidentales,

aunque las de Jardín son por lo común más sencillas y modestas, los huevos de avestruz, que sólo aparecen en unos pocos lugares aunque de forma abundante, a veces colocados junto a la cabeza del difunto, y las láminas en relieve con una iconografía que, en el caso de los grifos rampantes en torno al Árbol de la Vida, tiene claros paralelos en Oriente y en otras necrópolis del Mediterráneo central, como Panormo. Por lo que se refiere a la cerámica de influencia cartaginesa, esta es particularmente escasa en la P. Ibérica. Su presencia está constatada sobre todo en la necrópolis de Villaricos y en otros yacimientos levantinos y del Sureste, aunque falta un estudio global de la misma para estas regiones. De igual forma, las ánforas fenicio-púnicas, algunas de ellas con una impronta muy peculiar cartaginesa, aparecen en el litoral ibérico del Levante y Cataluña, así como en las costas del Golfo de León. Otros documentos pertenecientes a este ambiente púnico, y que han sido tambien localizados en las anteriores regiones, son los objetos de pasta de vidrio, de un tipo muy común en Cartago en los siglos IV y III a. C., la placas de terracotas representando a Ball Hammon, los inciensarios en forma Ajuar de una tumba de la necrópolis de Villaricos de Demeter-Tanit, aparecidos en Ullastret, Benidorm, Alicante y Murcia, entre otros sitios. Algunas de estas piezas, como las ánforas del tipo B dentro de la clasificación propuesta por J. M. Maña, parecen perpetuar una forma heredada de Cartago. No obstante, todas estas presumibles importaciones cartaginesas son cuantitativamente escasas antes de finales del siglo V a. C., lo que se advierte de forma significativa en la cerámica y sobre todo las ánforas, que por su carácter de contenedores indican con mayor precisión las conexiones comerciales y sus implicaciones económicas, mientras que por el contrario cerámicas y ánforas fabricadas en Ibiza y que tipológicamente nos permiten distinguirlas de las propiamente cartaginesas, están bien representadas. Así mismo los recipientes fabricados con huevos de avestruz, que después de Cartago aparecen en su mayor abundancia en la Península, se concentran sobre todo en Ibiza y Villaricos, y sólo esporádicamente aparecen de forma aislada en otros lugares como Toscanos o La Joya. Este horizonte arqueológico encaja bastante bien con lo observado en la propia Cartago donde las ánforas y otros objetos procedentes de Occidente no están presentes en una proporción significativa antes del año 400 a. C. La presencia de algunos elementos arqueológicos, como figurillas y pebeteros, sugiere la posibilidad de existencia de un culto a Tanit-Demeter entre algunas poblaciones ibéricas. Muchos de estos vestigios no son anteriores al siglo IV a. C. y parecen señalar la existencia de un sincretismo con alguna divinidad femenina propia, inducido, no tanto desde Cartago, como desde la más próxima Ibiza, como sugiere la posterior difusión de las monedas ebusitanas que se corresponde con bastante exactitud a los lugares donde han aparecido tales vestigios de un posible culto a Tanit. No obstante, conviene ser prudentes, ya que una valoración descontextualizada de la iconografía de todas estas piezas puede inducir a errores. Así no faltan los partidarios y detractores de ver en los bronces votivos ibéricos de los siglo V y IV a. C. que representan figuras femeninas ricamente adornadas, tocadas con una gran tiara y los brazos extendidos hacia delante en

el gesto habitual de la sacerdotisa, en las "damas" ibéricas de Baza o de Elche, representaciones de la diosa cartaginesa. Por otra parte, los smitting gods, bien estudiados por A. Mª Bisi, que están ausentes del territorio de Cartago y el N. de Africa, están en cambio bien representados en estos territorios peninsulares supuestamente sometidos a la dominación cartaginesa. El carácter de la presencia cartaginesa antes de los Bárquidas. No existe un solo establecimiento colonial cuya fundación pueda serle atribuida en exclusivo a los cartagineses. Toda la documentación arqueológica, aún deficientemente sistematizada, permite afirmar que a partir de la segunda mitad del siglo VI a. C. hubo cartagineses en fundaciones fenicias arcaicas, como la misma Gadir, Toscanos-Cerro del Peñón (necrópolis de Jardín), Sexi-Almuñecar, Baria-Villaricos y, por supuesto, la misma Ibiza, y que lo siguieron haciendo durante los siglos siguientes. Pero no es hasta finales del siglo V y sobre todo durante el siglo IV a. C. cuando las importaciones cartaginesas comienzan a llegar a la Península con mucha mayor abundancia, lo que se percibe también, además del SE y levante, en los asentamientos ibéricos de la costa catalana, aunque continua el predominio de las procedentes de Ibiza, la cual experimenta ahora un auge que también se advierte en otros lugares como Villaricos y Almuñecar. Seguramente la colonización agrícola de la isla, llevada a cabo durante el siglo V a. C. tuvo bastante que ver al asegurar las condiciones productivas y comerciales necesarias. Coincide todo ello con el tratado romano-cartaginés del 348 a. C., el primer documento en el que se manifiestan con claridad los intereses de Cartago en esta parte del Mediterráneo. Arqueológicamente no poseemos ningún dato que permita defender la hipótesis de una implicación militar de Cartago en la Península por aquellas fechas. Tampoco es posible atribuir a los cartagineses la destrucciones de muchos poblados ibéricos, cómo en alguna ocasión se ha pretendido, ya que cronológicamente se extienden a lo largo de un periodo tan amplio y por tan diferentes zonas del sur y el levante peninsular que no es posible conectarlas entre sí, por lo que debemos rechazar la hipótesis de una causa común. Por otra parte, se ha señalado en más de alguna ocasión las analogías observadas en la construcción de toda una serie de pequeños recintos fortificados, torres o atalayas, que se extienden por la Alta Andalucía (campiñas de Córdoba y Jaén) con la arquitectura militar púnica y torreones similares conocidos en el N. de Africa y Cerdeña. De acuerdo a esta interpretación constituirían el testimonio Huevo de avestruz pintado arqueológico de las famosas "torres de Aníbal" citadas por nuestras fuentes en el marco de la Segunda Guerra Púnica. Como su cronología oscila, en algunos casos, entre el siglo V y el III a. C., se atribuyeron las más antiguas a una presencia cartaginesa anterior a los Bárquidas. No obstante no han podido ser asociadas a ningún objeto (cerámicas, armas...) de procedencia cartaginesa, ya que ningún vestigio de esta índole se ha encontrado en ó cerca de las mismas, que indican por el contrario una ocupación típicamente ibérica, e incluso romana. La ausencia de testimonios numismáticos es particularmente significativa. La ausencia de monedas similares a las empleadas desde finales del siglo V a. C. para pagar a las tropas en Sicilia solo puede implicar que: 1) una cuestionable contingencia nos ha impedido encontrarlas; 2) las tropas utilizadas por los cartagineses en la Península eran retribuidas de otra forma; 3) los cartagineses dominaron gran parte de la Península sin apenas emplear tropas; 4) realmente no se produjo la conquista hasta la época de los

Bárquidas, tras la primera guerra púnica, cuando precisamente comienza a producirse la acuñación de monedas. El tratado romano-cartaginés del 348 a. C., la presencia de cerámica ática importada, muy abundante desde mediados del siglo V a. C., de similares características en Ibiza, el pecio del Sec y los poblados ibéricos del S.E. y la alta Andalucía, la mayor concentración de estas importaciones en torno a la cuenca minera de Cástulo, los recintos fortificados, la emisión de la primera moneda de plata de Cartago durante el siglo IV a. C y la presencia de manufacturas helenísticas en Ibiza, Cartagena y el litoral catalán, son algunos de los datos que indican la existencia de una activa presencia cartaginesa en las regiones argentíferas de Cástulo y Cartagena durante el siglo IV a. C. de carácter en principio comercial, fundamentada en la hegemonía marítima de Cartago que le permitía, por una parte, enviar grupos de colonos a las ciudades fenicias con las que mantenía pactos y alianzas, y concluir tratados bilaterales, aunque en la práctica desiguales, con las comunidades autóctonas en cuyos territorios se encontraban Terracota de busto femenino los recursos que le interesaban, como los metales. procedente de Ibiza Las elites locales se encargaban así de movilizar la mano de obra necesaria para satisfacer la demanda, mientras que los cartagineses, en un claro contexto de intercambio desigual, aportaban, además de algunas mercancías muy apreciadas por aquellas, como el vino y las cerámicas áticas en que se bebía, elementos técnicos para la construcción de torres que permitieran vigilar el tránsito del comercio hacia la costa. La conquista Bárquida. En el año 237 a C. Amílcar Barca desembarcaba en Gadir para acometer la conquista de los territorios peninsulares que habían pertenecido a la esfera de la hegemonía mediterránea cartaginesa, la epicrateia occidental púnica, definida en el tratado con Roma del 348 a C. La conquista de la Península por Cartago, en una modificación radical del tipo de relaciones que habían prevalecido hasta entonces, no se justifica como un intento de compensar la pérdida de Sicilia y Cerdeña, ni por la necesidad de hacer frente a la cuantiosa indemnización de guerra impuesta por Roma con ocasión de la paz del 241 a. C. La explotación del territorio africano sometido a los cartagineses hubiera bastado para ambos propósitos, como revela la existencia de una facción política cartaginesa, liderada por Hanón el Grande, de la que dan cumplida cuenta nuestras fuentes, partidaria de desentenderse de las empresas mediterráneas a cambio de una consolidación y extensión de los dominios de Cartago en el N. de Africa. El fin de la Primera Guerra Púnica había supuesto para los cartagineses la pérdida de su supremacía marítima, con el desmantelamiento de la estructura que durante siglos había permitido la hegemonía marítima cartaginesa en el Mediterráneo por medio de tratados bilaterales que en la práctica permitían a los cartagineses imponer sus intereses. Una hegemonía que no sólo implicaba fines políticos, sino que garantizaba el abastecimiento de toda una serie de recursos, vitales para su economía. Renunciar a estos recursos equivalía en la práctica a entrar, antes o después, en dependencia de los comerciantes itálicos que ya habían comenzado a sustituir a los púnicos en el Mediterráneo. Era la pérdida de la independencia económica. Y la dependencia económica conlleva frecuentemente la política..

El periodo que se inicia con el desembarco de Amílcar en Gadir y que concluye con la expulsión de los cartagineses de la Península por los romanos en el 206 a. C. es rico en acontecimientos, que no siempre podemos reconstruir con detalle, por lo que subsisten numerosas incógnitas que dan lugar a la controversia. Entre los autores antiguos que nos han preservado el relato de los hechos, tan sólo Polibio parece haber accedido de forma directa a fuentes púnicas o filopúnicas, que no se han conservado. Los autores posteriores, como Tito Livio, Apiano o Silio Itálico, dependen fundamentalmente de la analística (Fabio Pictor, Celio Antípater), profundamente antipúnica, o unos de otros. Se puede observar, por lo demás, de que forma ha ido evolucionando la posición de los historiadores romanos, desde una admiración inicial hacia Amílcar, que comparten Fabio Pictor, Polibio o Catón con Diodoro de Sicilia, hasta un retrato profundamente hostil como el trazado por Apiano. La confianza que, en principio, merecería el relato de Tito Livio, se ve perjudicada por los innumerables errores de detalle, algunos de los cuales han sido puestos en evidencia por los hallazgos arqueológicos, como ocurre con el asedio de Sagunto. Las investigaciones arqueológicas, lingüísticas y, particularmente, las numismáticas, nos ofrecen datos complementarios que no siempre son fáciles de interpretar. Hay que tener presente que precisamente en aquellos momentos se estaba ultimando el proceso histórico de formación de algunos grupos políticos peninsulares y que la conquista cartaginesa primero y la guerra con los romanos después incidió en ello notablemente. La confusión entre ciertos Rasurador votivo de bronce etnónimos que en ocasiones muestran los textos puede responder a distintos momentos en dicho proceso de formación. No menos significativa es la presencia de una población fenicia anterior, así como grupos de autóctonos en menor o mayor medida sometidos a su influencia cultural, lo que en ocasiones añade una dificultad extra a la hora de determinar si tal o cual rasgo pertenece a los púnicos y africanos parcialmente aculturados llegados con los Bárquidas o si se corresponde al substrato fenicio-púnico precedente. Amílcar. Amílcar Barca, cuya estrella política estaba en ascenso en Cartago tras su triunfo sobre los mercenarios y libios sublevados después del desastroso final de la Primera Guerra Púnica, desembarca en Gadir en el 237 a. con su hijo Aníbal y su yerno Asdrúbal. Gadir era un buen puerto para el desembarco de las tropas y para servir de base a penetración hacia el valle del Guadalquivir y las regiones mineras de Sierra Morena, lo que muestra claramente la inexistencia de otros asentamientos controlados por los cartagineses en la Península. En una primera fase Amílcar combatió a los pueblos de la costa, íberos y tartesioturdetanos, y algunos, de raigambre celta, ubicados más hacia el interior. La resistencia parece haber sido escasa en las zonas costeras, en contacto desde muy antiguo con los fenicios y púnicos, y mayor entre los pueblos que habitaban algunos territorios interiores, donde una coalición dirigida por dos jefes locales se enfrentó a su avance. La resistencia de la coalición liderada primero por Istolacio y luego por un tal Indortes parece tener relación con el interés de Amílcar por controlar las zonas mineras de Sierra Morena, habitadas algunas de ellas por gentes célticas. Se trata de la Beturia céltica, región situada en términos generales entre el Guadalquivir y el Guadiana y que no sobrepasaría hacia el

E. el trazado de la posterior vía romana que unía Emérita con Itálica, y que debemos distinguir de la Beturia túrdula, situada más al sur y habitada por los túrdulos, población de raigambre turdetana con mezclas e influencias culturales púnicas. Istolacio fue derrotado y murió en la batalla, tras lo cual Amílcar incorporó en su ejército a los tres mil prisioneros que habían hecho los cartagineses. Poco después Indortes no tuvo mejor suerte. Sus numerosos guerreros fueron derrotados antes incluso de entrar en combate y muchos de ellos aniquilados en la huida por las tropas de Amílcar. A partir de entonces Amílcar dispuso del control de la extracción de metal en las principales zonas mineras de Andalucía y Gadir comenzó a acuñar moneda de plata de extraordinaria calidad. Esta política monetaria pretendía evitar que se repitieran situaciones como la que, tras el final de la Primera Guerra Púnica, había imposibilitado el pago de las tropas, que finalmente se sublevaron llevando a Cartago al borde del desastre. Una moneda fuerte y no devaluada era la mejor garantía de la fidelidad de los contingentes de mercenarios que luchaban junto a los púnicos y un factor, por tanto, que propiciaba la estabilidad militar interna. El estallido de una revuelta de los númidas, parcialmente sometidos por los cartagineses en el N Anverso de moneda bárquida con Amílcar como Harcles-Melkart de Africa, exigió la presencia de Asdrúbal con algunas tropas para sofocarla. Sometidos los africanos, Amílcar se dirigió a la alta Andalucía, el S.E. y Levante, donde finalmente fundó Akra Leuke, la que sería desde entonces su base de operaciones, en las proximidades de Alicante, aunque algunos prefieren situarla cerca de Cástulo, basándose en una cita de Tito Livio (XXIV, 41, 3). Desde Akra Leuke emprendió Amílcar nuevas conquistas con el objetivo de apoderarse de las ricas zonas argentíferas de Cartagena y Cástulo, y de las minas de hierro y cobre del litoral de Murcia, Málaga y Almería. En el 231 a. C. una embajada romana habría visitado al Bárquida en la Península, según una noticia de Dión Casio (XII frg. 48), que otras fuentes más cercanas a los hechos, como Diodoro, Polibio o Tito Livio, no mencionan en momento alguno de su relato, lo que ha provocado ciertas dudas sobre su autenticidad. Amílcar, según Dión, habría recibido a los legados cortésmente, asegurándoles que tan sólo combatía ante la necesidad de obtener los medios que permitieran a Cartago satisfacer su deuda de guerra con Roma, respuesta a la que al parecer los romanos no encontraron nada que objetar. En el invierno del 229-228 a. C. Amílcar moría en circunstancia no suficientemente esclarecidas. Diodoro (XXV, 10, 3-4), por unl lado, sostiene que mientras luchaba en el asedio de Helike fue atacado por sorpresa por un tal Orisón, personaje de dudosa historicidad que parece el etnónimo de los oretanos, jefe de un pueblo que acudió en ayuda de los sitiados. En la retirada, el cartaginés perecería al intentar vadear un río. Tito Livio (XXIV, 41, 3), por su parte, menciona que Amílcar murió en Akra Leuke, que él denomina Castrum Album, mientras que Apiano (Iber., 5) afirma que pereció en combate. Tal disparidad ha dado ocasión a la controversia, pues si por una parte pudiera parecer para unos que Helike no era otra cosa que Elche, entre ésta y Alicante no existe ningún río de importancia, como el que menciona Diodoro, por lo que otros piensan en otra localización para aquel enclave.

Asdrúbal. Tras la muerte de Amílcar, Asdrúbal fue proclamado por las tropas comandante en jefe según una costumbre de ejércitos de la época. El gobierno de Cartago, en el que ahora era fuerte la influencia de la Asamblea del Pueblo, ratificó el nombramiento (Polibio, II, 1, 9). Tras recibir refuerzos de Africa se dedicó a la pacificación completa de la Oretania, tal vez para vengar la muerte de Amílcar o por la simple necesidad de ejercer un control efectivo sobre las riqueza mineras de la región y los caminos que conducían a la costa. O por ambas cosas. Muchas poblaciones fueron sometidas y sus ciudades reducidas a la categoría de tributarias. A continuación emprendió una política de acercamiento a la poblaciones autóctonas, desposándose con un princesa indígena, lo que le granjeó la amistad de las aristocracias locales, llegando a ser aclamado como jefe supremo de los íberos. En palabras de Polibio (II, 36, 2), ejerció el mando con cordura e inteligencia, mientras que Tito Livio (XXI, 2) destaca su preferencia por los métodos diplomáticos frente a los militares. Asdrúbal fundó, en las cercanías del Cabo de Palos, un ciudad a la que denominó Qart Hadast, dándola por tanto el mismo nombre que a la metrópolis, siendo conocida por los romanos como Cartago Nova. Reverso de moneda bárquida La capital de Asdrúbal, ubicada en uno de los mejores abrigos de la costa meridional, cumplía además la función de controlar más de cerca la explotación de las minas argentíferas de la región circundante, contaba con un excelente puerto y disponía en sus proximidades de explotaciones de sal y de campos de esparto, muy útiles para el mantenimiento de la flota. La ciudad, que albergaba el palacio construido por Asdrúbal, llegó a contar con cuarenta mil habitantes y se convirtió en un arsenal y un centro manufacturero de primera magnitud. Según la descripción de Polibio (X, 10, 6): “El casco de la ciudad es cóncavo; en su parte meridional presenta un acceso más plano desde el mar. Unas colinas ocupan el terreno restante, dos de ellas muy montuosas y escarpadas, y tres no tan elevadas, pero abruptas y difíciles de escalar. La colina más alta está al Este de la ciudad y se precipita en el mar; en su cima se levanta un templo a Asclepio. hay otra colina frente a ésta, de disposición similar, en la cual se edificaron magníficos palacios reales, construidos, según se dice, por Asdrúbal, quien aspiraba a un poder monárquico. Las otras elevaciones del terreno, simplemente unos altozanos, rodean la parte septentrional de la ciudad. De estos tres, el orientado hacia el Este se llama el de Hefesto, el que viene a continuación el de Altes, personaje que, al parecer, obtuvo honores divinos por haber descubierto unas minas de plata; el tercero de los altozanos lleva el nombre de Cronos. Se ha abierto un cauce artificial entre el estanque y las aguas más próximas, para facilitar el trabajo a los que se ocupan en cosas de la mar. Por encima de este canal que corta el brazo de tierra que separa el lago y el mar se ha tendido un puente para que carros y acémilas puedan pasar por aquí, desde el interior de la región, los suministros necesarios...Inicialmente el perímetro de la ciudad medía no más de veinte estadios, aunque sé muy bien que no faltan quienes han hablado de cuarenta, pero no es verdad. Lo afirmamos no de oídas, sino porque lo hemos examinado personalmente y con atención; hoy es aún más reducido”. Las recientes excavaciones arqueológicas realizadas en Cartagena han proporcionando una serie de interesantes hallazgos, como un tramo de la muralla púnica, de una estructura muy similar a la de Cartago. En el llamado Cerro del Molinete, una de las cinco colinas que rodeaban la ciudad, se han encontrado restos arquitectónicos de un posible santuario cartaginés. Una excavación de urgencia ha documentado, así mismo, una serie de habitaciones de un edificio relacionado con actividades pesqueras que fue destruido en el asalto a la ciudad por Escipión en el 209 a.C.

En el 226 a. C. Asdrúbal recibió en Cartago Nova una embajada romana que se interesaba por los progresos de los cartagineses en la Península. El motivo de tal visita a dado lugar una vez más a la controversia. Mientras que para algunos se trata de la preocupación de Massalia, aliada de Roma, ante los avances de los cartagineses, otros argumentan que, ante el peligro inminente de una invasión de los galos, los romanos deseaban garantizarse la neutralidad de los púnicos. Sea como fuere, el resultado de las negociaciones fue un tratado (Polibio, III, 27, 9) en el que cartagineses y romanos se comprometían a no atravesar en armas el Ebro, que de este modo se convertía en el límite de los territorios cartagineses en la Península. Cinco años más tarde Asdrúbal era asesinado en sus propios aposentos, al parecer por galo que deseaba vengar la muerte de su jefe, aunque esta noticia resulta bastante oscura. Previamente, durante los ocho años que había durado su mandato, había llevado a cabo la organización administrativa de sus dominios y había sistematizado la explotación de los abundantes recursos de que disponía, a lo que nos referiremos más adelante. Aníbal. Muerto Asdrúbal, Aníbal fue elegido general por las tropas con la aquiescencia de Cartago (Polibio, III, 13, 4). De inmediato inició una serie de campañas para extender el dominio cartaginés en la Península, al que el Tratado del Ebro había dado legitimidad frente a Roma. Combatió contra los olcades, pueblo situado en la región comprendida entre el Tajo y el Guadiana, y al que otros investigadores sitúan en las proximidades de Alcoy, y luego contra los vacceos, de cuya capital Helmántica se apoderó, así como de otra localidad que Polibio denomina Arbúcala. De regreso de esta última expedición derrotó junto al Tajo a una coalición integrada por olcades, carpetanos y fugitivos del sitio de Helmántica, victoria con la que consolidaba la dominación cartaginesa sobre los pueblos de la Meseta hasta la Sierra del Guadarrama. Por la información que nos da Polibio (III, 15) sabemos que entre tanto Sagunto, una ciudad del litoral edetano situada a unos 150 km al sur del Ebro, había llegado a establecer relaciones con Roma, a raíz de un enfrentamiento entre sus habitantes, divididos en una facción antipúnica y otra procartaginesa, por lo cual solicitaron su arbitrio, dado que no estgaba implicada en la Península. Parece que estos sucesos fueron algo anteriores a la proclamación de Aníbal por las tropas. El mismo, en sus campañas del 220 a. C. había tenido cuidado de Ruinas romanas en la acrópolis de Sagunto no provocar a los saguntinos. Hacia esa misma fecha, los de Sagunto, quizá confiando en su amistad con Roma, así como en la cautela mostrada por Aníbal hacia ellos, habían comenzado a hostigar a un pueblo vecino, aliado de los cartagineses, al que en los textos antiguos se denomina como unas veces como turboletas y otros como turdetanos, aunque este último caso parece un error de Tito Livio.

Algunos investigadores consideran a Sagunto como un emporio griego en estrecha relación con la ciudad ibérica de Arse. El enfrentamiento entre los saguntinos que habría propiciado finalmente el arbitrio de Roma habría sido en realidad un conflicto entre la población ibérica y los residentes helenos. Así se entendería mejor la supuesta participación de Massalia, instando a Roma, primero para que estableciera un límite a los progresos de los cartagineses en la Península, cuyo resultado habría sido el Tratado del Ebro del 226 a. C., y luego para que exigiese a los púnicos que respetaran Sagunto. No obstante, esta hipótesis, aunque sugestiva, tiene escaso respaldo arqueológico. Por lo que sabemos una embajada romana visitó a Aníbal en Cartago Nova exigiéndole respetar Sagunto. Este reprochó a los legados la mala fe de la actuación romana que poco antes había utilizado el conflicto que oponía a los saguntinos para eliminar a algunos ciudadanos notables amigos de los cartagineses, mientras que les recordaba que Sagunto había aprovechado su amistad con Roma para maltratar a pueblos que eran aliados de los cartagineses. Hay quien piensa que al haber querido los habitantes de la ibérica Arse entrar en el círculo de alianzas de los cartagineses, los de Sagunto, tal vez con la ayuda de Roma, se habían apoderado de la ciudad y dado muerte a sus dirigentes, lo que para muchos otros no es sino una división en el seno de Sagunto, que algunos incluso interpretan como una sublevación popular que contó con la ayuda de los residentes griegos contra la oligarquía procartaginesa que en su opinión gobernaba la ciudad. Así de poco clara está la cuestión, y la verdad es que en este punto los textos antiguos no ofrecen gran ayuda. Tras el fracaso de su gestión ante Aníbal la embajada romana se dirigió a Cartago donde no obtuvo mejores resultados. Ese mismo año del 219 a. C. Aníbal emprendía el sitio de Sagunto, que tras ocho meses de cerco cayó en manos de los púnicos, ante la total inactividad de Roma, que por entonces estaba comprometida en una guerra en Illyria. En los primeros meses del 218 a. C. una nueva embajada romana planteaba ante el gobierno de Cartago sus reclamaciones. Coraza de bronce procedente Entre otras cosas querían saber si Aníbal había actuado de Túnez. S. III-II a. C. por iniciativa propia, ya que en caso haber sido así exigían que les fuera entregado para castigarle. Los cartagineses eludieron las responsabilidades de su general, argumentando que Sagunto no figuraba entre los aliados de Roma en el tratado del 241 a. C., único que reconocían, ya que el de 256 a. C. había sido realizado con Asdrúbal y no con el pueblo de Cartago, de la misma manera que Roma se había negado a aceptar el tratado de Cátulo que ponía fin a la Guerra de Sicilia, alegando que no había sido ratificado por el pueblo y el Senado romano y había aprovechado para endurecer sus condiciones. El resultado fue el estallido de la Segunda Guerra Púnica o Guerra de Aníbal que habría de ocasionar la expulsión de los cartagineses de la Península. Sagunto, la Segunda Guerra Púnica y la cuestión de las responsabilidades. Entre las diversas incertidumbres que rodean el comienzo de la guerra nuestras fuente parecen estar de acuerdo en un punto, el papel jugado por Sagunto en el desencadenamiento del conflicto. Los romanos pretendieron justificar posteriormente su comportamiento argumentando que el tratado del Ebro hacía una excepción de Sagunto, lo que Polibio no menciona en momento alguno, e incluso llegando a afirmar que la ciudad se encontraba situada al norte del Ebro, como hace Apiano (Iber., 7). Esto ha dado pie a algunos investigadores, como J. Carcopino, G. Ch. Picard, G.V, Sumner, F. Gauthier, P. Boch Gimpera, o P. Jacob, a pensar que el Ebro del tratado del 226 a. C. no sería el Ebro actual, sino algún otro río, como el Júcar, de la región de Levante. Esta hipótesis,

que defiende la existencia de varios ríos del mismo nombre, resta importancia a los testimonios de los textos antiguos. Parece más prudente considerar el posible carácter informal de las relaciones que vinculaban a Sagunto con Roma. El Senado romano había, por otra parte, rehusado en varias ocasiones atender las demandas de los saguntinos, antes de decidirse finalmente por enviar una embajada para que se entrevistara con Aníbal en Cartago Nova. Según parece desprenderse de un pasaje de Polibio (III, 20, 3), la llegada a Roma de la noticia de la caída de Sagunto provocó un debate en el Senado, lo que indica que había una división de opiniones acerca de las obligaciones respecto a Sagunto y muestra una vez más la imposibilidad de que ésta se encontrara al norte del río Ebro del tratado del 226 a. C. Si se quiere entender el verdadero alcance de la actuación romana con Sagunto y la posterior declaración de guerra a Cartago, es preciso rechazar aquellas hipótesis que sostienen que el estallido de la guerra se inserta en una política fundamentalmente defensiva por parte de Roma. Tales argumentos, que en realidad persiguen liberar a los romanos total o parcialmente de sus responsabilidades en el estallido del conflicto, tienen mucho que ver con el debate sobre el imperialismo romano de finales de la República, en el que unos mantienen que Cartago era una amenaza potencial para Roma, mientras otros sostienen el carácter agresivo de la actuación romana. Todo ello enlaza, a su vez, con el conocido tema de la Anverso de moneda bárquida “Ira de los Bárquidas”, punto central de la con posible efigie de Aníbal argumentación del prorromano Polibio y de los autores posteriores que encuentran en el supuesto afán de revancha de Amílcar y Aníbal la causa más segura de la guerra, y de todos aquellos investigadores que interpretan la conquista Bárquida de la Península como la preparación de un nuevo conflicto contra Roma. No obstante, la política Bárquida no se tornó beligerantemente antirromana hasta Aníbal, y aún así éste tuvo cuidado de no provocar los recelos de Roma, respetando a Sagunto en sus primeras campañas. Otras explicaciones que pretenden justificar la posición romana no son más convincentes, como la que pretende que la guerra se inició por una concatenación de malentendidos sin que por ninguna de las dos partes existiera un interés concreto en el inicio de las hostilidades, o la que sostiene que el acontecimiento que precipitó la declaración de guerra por parte romana fue el paso del Ebro por Aníbal en la primavera del 218 a. C. En ambas subyace la idea de que entre la llegada a Roma de la noticia de la caída de Sagunto y la partida de la embajada portadora del ultimátum ante el gobierno de Cartago había transcurrido un tiempo considerable. No obstante, el mismo Polibio (III, 34, 7) dice que Aníbal tuvo noticias del resultado de la embajada romana en Cartago en sus cuarteles de Cartago Nova, antes de ponerse en marcha al frente de sus tropas en la primavera del 218 a. C. Este autor afirma, por otra parte, que en el momento de cruzar el Ebro la delegación romana enviada a Cartago con el ultimátum había ya regresado (III, 40, 2). La existencia de una poderosa facción de la nobleza romana con intereses muy concretos en la expansión por el Mediterráneo tiene más consistencia que todos los argumentos esgrimidos para liberar a Roma del peso de sus responsabilidades. El periodo comprendido entre la Primera y la Segunda Guerra Púnica estuvo dominado políticamente por la facción de los Fabios, partidarios de ampliar el dominio territorial de Roma, lo que se manifestó en la conquista de la Galia Transpadana y en el

desentendimiento de cualquier aventura marítima, apoyados por la plebe rural y los votos de los pequeños agricultores, y por hombres como Claudio Marcelo, vencedor de los galos en Clastidium, y Cayo Flaminio, impulsor de una política de expansión agraria similar a la propugnada por los Fabios. Frente a esta política agraria de corte tradicional se alzaba otra facción comprometida en una expansión mediterránea con al apoyo de los negotiatores itálicos y romanos. Estos nobles, a los que las actividades comerciales habían quedado vedadas por la Ley Claudia, poseían intereses concretos en las empresas de los negotiatores y publicani, muchos de los cuales eran amigos, clientes o libertos suyos, y no sólo en el ámbito romano sino también en el etrusco, griego e itálico. Los éxitos obtenidos en el 229 a C. con ocasión de la Segunda Guerra Illirica, completados en el 221-220 y en el 219 a. C., al mismo tiempo que Sagunto quedaba abandonada a su suerte frente al asedio cartaginés, marcan los principales pasos de una expansión hacia el E., cuyas motivaciones económicas hay que buscarlas en los intereses de este sector de la nobleza vinculado directamente con las colonias griegas de las costas balcánicas y con los comerciantes griegos e itálicos que frecuentaban el Adriático (Polibio, II, 8, 2-3 y 23, 34, Dión Casio, frag. 49, 2, Apiano, Il., 24). En este contexto el poder de los Fabios había sido amenazado por una nueva ascensión de los Cornelios y los Emilios, poderosas familias al frente de una facción que se apoyaba en una amplia clientela comercial. Después de varios años de eclipse estas familias logaron desempeñar algunos consulados. Puculum republicano con escena de elefantes Enemigos de los Fabios, los Cornelios Escipiones fueron desde entonces los principales dirigentes de la facción que propugnaba una política de expansión mediterránea. Pero su ámbito de intereses era sobre todo occidental. La anexión de Cerdeña y Córcega en el 237 a. C. se había producido durante el consulado de L. Cornelio Escipión. La existencia de esta facción política en Roma y la coincidencia de sus éxitos en los comicios con una política exterior de clara intervención frente a Cartago deja poca base a las argumentaciones que intentan sostener que antes del ataque de Aníbal a Sagunto Roma no había mostrado ningún interés por las asuntos de la Península Ibérica, habiéndose limitado a firmar el tratado del Ebro con Asdrúbal a instancias de su aliada Massalia. El establecimiento de relaciones con Sagunto se puede fechar con bastante probabilidad en un momento cercano o inmediatamente anterior a la firma del tratado del Ebro, como se infiere de un pasaje de Polibio (III, 20, 2), en el que se afirma que los saguntinos habían preferido el arbitrio de Roma ya que hasta entonces no había estado involucrada en la Península. Coincidiría entonces con el auge en Roma de los partidarios de la expansión mediterránea aún a costa de un nuevo conflicto con los cartagineses. También se ha propuesto una fecha en torno al 224/223 a. C., argumentando que de existir la alianza entre Sagunto y Roma, Polibio hubiera realizado alguna alusión al hablar del tratado del Ebro, lo que por otra parte no habría sido necesario de ser cierto el carácter informal de las relaciones entre ambas. También se ha señalado que las relaciones entre Roma y Sagunto se remontarían a la época de Amílcar y que el interés de Roma

por la Península se remontaría mucho más atrás, hasta el tratado del 348 a. C. en que Cartago prohibía a los romanos y sus aliados traspasar con fines comerciales, coloniales o militares el límite establecido en Mastia de Tartessos. El problema reside en explicar, en cualquier caso, la pasividad romana ante el asedio cartaginés de Sagunto. Parece evidente que después de la embajada que exigió sin éxito a Aníbal que respetara Sagunto, el Senado romano debería haber concebido la posibilidad de que se produjera un ataque cartaginés contra la ciudad. Aún admitiendo como probable que la noticia del ataque hubiera llegado a Roma cuando los cónsules habían partido ya en campaña contra Demetrio de Pharos, ésta apenas duró unas semanas. A finales del verano del 219 a. C, cuando aún proseguía el cerco a Sagunto, uno de los cónsules regresaba en triunfo a Roma, sin que por ello se prestara atención a la situación de la ciudad sitiada por los cartagineses. Se puede pensar también que los senadores romanos, conscientes de la posibilidad de la guerra tras el retorno de la embajada que se había entrevistado con Aníbal, decidieran solucionar primero la cuestión de Illyria, pensando como afirma Polibio que el ataque a Sagunto no sería tan inminente. Pero aún así, cuando éste se produjo la pasividad romana siguió su curso. La pasividad romana no se netiende, a no ser que las relaciones con Sagunto fueran, efectivamente, de carácter informal o que buscaran un pretexto para poder declarar la guerra. O ambas cosas. La Iberia Bárquida. Aunque los textos antiguos no dan mucha información, se puede intentar reconstruir el sistema de gobierno organizado por los Bárquidas en la Península. Se daba en él una distinción clara entre los pueblos dominados y los aliados de los cartagineses, que entraña así mismo una diferencia de trato a las tierras anexionadas por derecho de conquista de aquellas otras que permanecieron en manos de los aliados -autóctonos o fenicios peninsulares- de los cartagineses. Al igual que en Africa debemos suponer que una parte de ellas pasarían a ser consideradas directamente propiedad de los conquistadores y sus recursos explotados por mano de obra esclava o servil, o mediante el establecimiento de colonos africanos que de esta forma recibían tierras a cambio de sus obligaciones militares. Otra parte de las mismas serían explotadas, bien en régimen de monopolio, como sucedió con las minas y las salinas, por medio de esclavos, o bien cedidas en usufructo a sus antiguos propietarios, caso de las tierras agrícolas, que permanecerían en ellas como personas libres pero política y económicamente dependientes y obligadas a satisfacer un pago por lo obtenido de sus cosechas. Las tierras de los aliados estarían exentas de tales contribuciones, si bien es probable que éstos debieran contribuir con hombres y otros medios a las necesidades de la administración política y militar cartaginesa. Entre los aliados cabría también distinguir por su posición un tanto especial, aquellos que, como las ciudades fenicias en la Península gozaban de notable autonomía, documentada para el caso de Gadir, o determinadas poblaciones, que como Cástulo y Astapa se distinguieron siempre por su amistad hacia los cartagineses, de aquellos de carácter más circunstancial, como los ilergetes. Desconocemos en su totalidad el régimen jurídico imperante, si bien algunos datos de los textos antiguos y de las monedas permiten una cierta aproximación al problema. Por un pasaje de Diodoro (XX, 55, 4) sabemos que en el norte de Africa, los libiofenicios compartían lazos de epigamia con los cartagineses, lo

Terracota púnica procedente de Ibiza

cual sólo se puede dar entre comunidades que se reconocen jurídicamente iguales. Estos libiofenicios no parecen haber sido otros que los fenicios establecidos en Libia, o sea el N. de Africa, por lo que es lícito sospechar que las ciudades fenicias peninsulares, como Gadir, Malaka o Abdera hayan podido gozar de prerrogativas similares. En cualquier caso la autonomía de todas ellas parece desprenderse con claridad del propio relato de los acontecimientos, mientras que las monedas muestran diferencias significativas, que no sólo atañen a la iconografía de sus representaciones sino también a su metrología, entre las emisiones de estas cecas y las de los Bárquidas. Otro elemento constitutivo del sistema de gobierno y administración cartaginés en la Península, obra en gran parte de Asdrúbal, parece haber sido un sistema político de pactos y alianzas, sancionado en ocasiones por medio de matrimonios como los de Asdrúbal y Aníbal con hijas de algunos importantes jefes locales. Se aprovechaba así con gran eficacia la existencia de una arraigada tradición entre las poblaciones autóctonas, por la cual un grupo de personas, normalmente guerreros, se vinculaba por medio de un juramento religioso a un líder al que seguían incondicionalmente (devotio ), o establecían pactos de reciprocidad que comprometían a individuos e incluso a colectividades (fides ), lo que salvaguardaba las formas locales de autogobierno y alejaba el peligro de reacciones violentas propias de quienes se sentían más súbditos que aliados.

Sabemos que Asdrúbal estableció lazos de hospitalidad con los jefes autóctonos y con los pueblos que ganó a su alianza por medio de la amistad de sus dirigentes, y que convocó en Cartago Nova una asamblea de todos estos jefes en la que fue elegido por aclamación jefe supremo de los iberos (Diodoro, XXV, 12, Polibio, X, 10, 9). A partir de entonces esta asamblea debió funcionar con cierta regularidad como un organismo representativo y de gestión en los territorios sometidos a la administración colonial púnica. De esta forma se constituyó una estructura de carácter federativo, una liga, en la

que las diversas comunidades socio-políticas que la integraban pasaron a insertarse en una unidad política de rango superior, sin perder por ello su originalidad y su autonomía local, y que, dada la hegemonía cartaginesa en la Península, evolucionó hacía una confederación en la que, en la práctica, los cartagineses contaban con los medios necesarios para imponerse a sus aliados. Uno de estos medios, pudo haber sido la frecuente costumbre de recibir a destacados miembros de las elites locales en Cartago Nova, en calidad de huéspedes de los cartagineses, rehenes en la práctica que debían dar cuenta de la fidelidad de sus familiares y amigos. Los Bárquidas gobernaron en la Península con completa autonomía, pero no a espaldas de Cartago. La legitimidad, en contra de una tradición presente en los textos antiguos, que pretende diluir la responsabilidad romana culpando del origen de la guerra no al gobierno de Cartago, sino a estos generales que actuaban por su cuenta, no se perdió nunca. Si bien es cierto que Asdrúbal y Aníbal fueron elevados al mando supremo por sus propias tropas, no lo es menos que el gobierno de Cartago ratificó ambas decisiones. Posiblemente gobernaron en la Península a la manera de los monarcas helenísticos sobre las poblaciones conquistadas, pero la razón de ello está en las mismas coyunturas generales y locales de la época. La monarquía era la fórmula empleada por todos los gobiernos “coloniales” en el periodo helenístico, y no parece haber sido desconocida, aún en sus manifestaciones más rudimentarias, entre los pueblos de la Península. Parece bastante razonable, sin embargo, pensar que la política de alianzas y matrimonios les llevó a erigirse en jefes de muchas poblaciones ibéricas, situándose en la cúspide de la jerarquía política e institucional. De esta forma, los sucesivos matrimonios de Asdrúbal y Aníbal con “princesas” oretanas, al tiempo que les integraba por parentesco en la cima de la estructura política aristocrática que existía en la zona, les permitía el control de las ricas producciones mineras de Cástulo y sus alrededores. Por otra parte, los matrimonios con el fin de aunar lazos políticos eran frecuentes, y ya habían sido utilizados por los cartagineses en Sicilia y el N. de Africa. Las ciudades fenicias de la Península parecen haber gozado de un estatuto de aliados y hay datos fidedignos sobre su independencia política y administrativa. Los textos antiguos (Tito Livio, XXVIII, 30, 4 y 37, 2) mencionan a los sufetes de Gadir y a otros magistrados a los que denominan “cuestor” y “pretor” respectivamente, encargados probablemente de las finanzas y del mando militar. A tal respecto los datos proporcionados por las monedas neopúnicas, aunque no siempre fáciles de interpretar, parecen apuntar en esta misma dirección, pues sugieren la existencia de cuestores, censores, ediles y otros magistrados, en lo que resulta sin duda una transcripción latina de las realidades administrativas púnicas precedentes, como ha señalado Mª P. García Bellido. Colonización y fundación de ciudades. Muy importante fue también la colonización, instrumento necesario para la creación de bases sólidas que sirvieran de apoyo, tanto en el terreno militar como en el político. Esta colonización operaba de dos maneras. Una mediante la creación de ciudades, política inaugurada ya por el propio Amílcar con la fundación de Akra Leuke. La fundación de Cartago Nova por Asdrúbal se inscribe en esta mima línea y resulta sumamente significativa. Este general cartaginés fundó al parecer otro asentamiento, según Diodoro (XXV, 12), del que no se conoce su nombre ni su emplazamiento. Aníbal convirtió Sagunto, una vez conquistada, en colonia cartaginesa, lo que nos muestra que estas fundaciones podían realizarse ex novo o sobre un asentamiento preexistente, como pudo haber ocurrido con Barcino, convertida en fortaleza púnica por Aníbal o su lugarteniente Hanón en el 218 a. C. , o con Mahón en las Baleares, posiblemente fundada como campamento militar en el curso de la segunda guerra púnica. Otras veces se

procedió al traslado de africanos a la Península, mientras que contingentes de iberos eran enviados al Norte de Africa, a fin de reforzar la fidelidad y eficacia militar de estas tropas, desvinculadas así de sus lugares de origen. Carteia, en palabras de Pomponio Mela (II, 96), estaba habitada por fenicios trasladados de Africa, y no es imposible pensar en una refundación cartaginesa de la ciudad autóctona en este periodo. Se trataba de contingentes militares instalados por los Bárquidas, con un componente líbico-bereber y más concretamente númida, para proporcionarles una forma de subsistencia en los períodos en que se hallaran desmovilizados, por lo que habrían sido convertidos en colonos militares a los que se asignaba una tierra cambio de sus servicios cuando estos les fueran requeridos. Recientemente J. L. López Castro ha vuelto ha llamar la atención sobre un texto de Tito Livio (XXI, 45, 5) en el que Aníbal promete tierra exenta de cargas en Africa y en la Península Ibérica a los soldados de su ejército en Italia, cuando les dirige una arenga antes de la batalla de Ticino, que sería una buena muestra de semejante política. Esta colonización parece la responsable de la aparición o potenciación de un determinado número de núcleos de carácter urbano que acabaron emitiendo moneda con leyendas en el alfabeto que convencionalmente denominamos “libiofenicio”, aunque “blastofenicio” (Apiano, Iber., 56) parece una denominación más correcta. Estos blastofenicios, distintos por consiguiente de los libiofenicios, que no son sino fenicios procedentes del N. de Africa, eran gentes africanas reclutadas por los cartagineses y parcialmente punicizados que se asentaron en territorio bástulo, situado por algunos investigadores, siguiendo a Estrabón (III, 1, 7 y 4, 1) que identifica bástulos con bastetanos, en la región bastetana, la costa mediterránea andaluza, mientras que otros lo ubican en la región situada en torno al Estrecho de Gibraltar, de acuerdo con Plinio (N.H., III, 8 y 19), Mela (Chor., III, 3) o Tolomeo (II, 3, 6), y extendiéndose, hacia el interior del país, hasta la zona próxima a la Lusitania. Parece probable que, además de los campamentos militares situados en torno al Guadalquivir y guarnecidos por Anforilla de vidrio policromado jinetes númidas, según ha sugerido F. Chaves de la aparición de una serie de monedas que los cartagineses utilizaban para pagar a estas tropas, contingentes de africanos fueran asentados en la región de Cádiz y sur de Extremadura, en un régimen similar al del colonato militar. Contamos con muy poca información sobre esta colonización. Los textos antiguos apenas dicen nada, aunque se ha creído poder localizar en la propagación de símbolos y divinidades púnicas como Tanit, Baal Hammon y Melkart en las monedas emitidas en época romana por localidades como Arsa, Lascuta, Turricina, Iptuci, Veci, Bailo, Olba y Asido, localizadas la mayoría en la zona de Estrecho, y que presentan un alfabeto monetal que se distingue del utilizado en las acuñaciones de las ciudades fenicias de la costa como Gadir, Sexs, Malaka y Abdera. Con ella se potenciaba el control cartaginés sobre los territorios peninsulares, aliados o conquistados, y se ejercía una vigilancia estratégica sobre poblaciones próximas cuya fidelidad no resultaba segura. Política monetaria. Por último, la administración Bárquida en la Península tenía una política monetaria destinada, sobre todo, a cubrir las necesidades militares, que supuso la acuñación de una moneda de plata de gran calidad, destinada a mantener la confianza entre sus usuarios y a ser un vehículo de propaganda del poder carismático se se atribuía a los Bárquidas. Estos,

siguiendo las pautas helenísticas de la época, habían vinculado su familia al dios Melkart, que ahora se asimilaba al Heracles griego, convertido así en divinidad dinástica, cuya esfinge aparece en las monedas que acuñaron en la Península para pagar a sus tropas. Este dios les otorgaba protección y poder, garantizando de ésta forma el éxito de sus empresas. Más que una vuelta a las ancestrales tradiciones tirias, como en ocasiones se ha interpretado, parece que responde a un programa político muy concreto, una de cuyas prioridades consistía en obtener la legitimidad dispensada por el santuario de Melkart en Gadir, la más importante de las ciudades fenicias en la Península, aliada de Cartago, según vemos en el tratado con Roma del 348 a.C., pero políticamente independiente. De esta forma el culto de Melkart fue usado por los Bárquidas para construir un elemento ideológico que legitimara y diera contenido a su política imperialista, del igual forma que Heracles sirvió a los intereses de los monarcas helenísticos de Oriente. Las monedas bárquidas, acuñadas para pagar a las tropas, y cuya circulación viene marcada por los movimientos de éstas, exhibían una rica iconografía de influencia siciliota unas veces y cartaginesa otras. Entre las imágenes presentes destacan en el anverso la de Heracles con la maza y la piel de león, propia de la ceca de Gadir, la diosa Tanit alada, portando un casco o coronada de espigas, así como la cabeza masculina diademada o sin atributos que ha sido identificada por unos con una representación de Melkart y por otros con un retrato de Aníbal. En el reverso son frecuentes la palmera, los delfines, la proa de un barco, el elefante o el caballo parado, saltando o con la cabeza vuelta. Si hubo retrato de algún Bárquida en alguna de las series que Anverso de moneda bárquida conocemos, lo que no es seguro aunque si posible, difícilmente pudo ser debido a un cuestión de propaganda entre los soldados. Más bien se trata de un motivo iconográfico de prestigio, un símbolo de poder fácilmente reconocible, ya que la asimilación Melkart-Heracles genera una simbología que no es otra que la de la victoria, reforzada por la presencia del elefante, asociado también al triunfo y poder militar, en el reverso de las monedas. Las monedas acuñadas por los Bárquidas en la Península muestran, por otra parte, una serie de rasgos característicos como son el alto contenido en plata que se mantiene por encima del 96%, así como la estabilidad, ya que los diversos acontecimientos apenas afectan a la calidad y continuidad de las emisiones, y la independencia de las cecas locales frente al gobierno bárquida, avalada por las rasgos propios de cada amonedación. Se respetan en todas la iconografía y metrología locales. Las monedas de Gadir se adecúan a los nominales del dracma, hemidracma y hemióbolos, mientras que las monedas acuñadas en las cecas bárquidas se ajustan a los nominales del shekel, medioshekel, y cuarto de shekel. Así mismo se observa una aplicación ligeramente distinta de las técnicas metalúrgicas de la plata. La explotación de los recursos. Apenas sabemos nada de la organización territorial de los dominios de los Bárquidas en la Península, lo que se debe particularmente al silencio de los textos antiguos. A grandes rasgos se puede entrever una situación en la que contrasta la autonomía de Gadir y las restantes ciudades fenicias peninsulares, cuyos dominios territoriales no debían ser muy extensos, y junto a los cuales se dispuso el asentamiento de colonos militares procedentes de Africa, con los dominios propiamente Bárquidas, gobernados desde Akra Leuke y Cartago Nova, así como las tierras de los iberos “aliados”. Gadir y las restantes ciudades fenicias de la Península, al igual que Cartago

Nova, poseían instituciones y formas de gobierno típicamente púnicas. Sabemos de la existencia de sufetes en Gadir (Tito Livio, XXVIII, 37), magistrados púnicos que encarnan el poder ejecutivo y que conocemos también en Cartago y en Cerdeña, mientras que para Cartago Nova está atestiguada la existencia de un gobernador, sin que sepamos si se trata de un sufete o de una magistratura militar, un Senado y un Consejo de Ancianos (Polibio, X, 8 y 18), que reproducían a escala local la asamblea oligárquica, que las fuentes griegas llaman Gerusia y las latinas Senado, y el Consejo o Tribunal de los Ciento Cuatro documentados en Cartago. Los recursos estratégicos que la Península ofrecía a los cartagineses eran metales, madera y esparto para la construcción naval y hombres para sus ejércitos. Una de las primeras preocupaciones de Amílcar fue el control de las zonas mineras de Sierra Morena y el S.E. Diodoro (V, 35-38) menciona que todas las minas que estaban en producción en época romana habían sido explotadas antes por los cartagineses. Plinio (XXXIII, 96-7) añade que la explotación de un filón de plata de Cástulo reportaba a Aníbal trescientas libras diarias y menciona otros pozos abiertos por éste que aún continuaban en producción en la época en que escribía. Polibio (XXXIV, 9, 9), por su parte, alaba la gran productividad de las minas de plata de Cartagena. La ceca de Byrsa en Cartago y la de Cartago Nova se beneficiaron de esta explotación comenzando a emitir una serie numerosa de dracmas de plata. El mineral de hierro del S.E. era utilizado para la manufactura de armas y otros utensilios en los talleres de Cartago Nova. El estaño se obtenía a través de Gadir, que en esta época aún controlaba el comercio con las Cassitérides (Estrabón, III, 5, 11), si bien el hallazgo de algunas monedas púnicas en el valle del Sena permite sospechar la Amfora cartaginesa S. IV-III a. C. existencia de algún tipo de presencia cartaginesa en la ruta del estaño de la Galia. Las campañas de Aníbal en la Meseta podían haber tenido también entre su objetivos el de mantener abierto el acceso al N.O. peninsular, rico en estaño y oro. El trabajo en las minas, de las que se ha pensado que probablemente eran monopolio de los cartagineses, fue seguramente realizado por mano de obra servil o esclava. En Cartago Nova, cuya población estaba compuesta por artesanos, menestrales y hombres de mar, había un grupo significativo de dos mil trabajadores especializados. Aunque los texto antiguos no dicen nada sobre su situación jurídica, sabemos que en Cartago los trabajos artesanales y especializados eran desempeñados normalmente por hombres libres. Tras la conquista de Cartago Nova, Escipión dejó en libertad a un buen número de sus habitantes mientras que otros pasaron a convertirse en propiedad del pueblo romano. Probablemente estos últimos eran siervos o esclavos de los Bárquidas, empleados en los trabajos de las canteras y los arsenales, como también sucedía con este tipo de trabajadores en la metrópolis africana. La extracción de sal, de gran importancia para la navegación, el comercio y el abastecimiento de las tropas al permitir conservar más tiempo los alimentos, pudo emplear igualmente a este tipo de trabajadores. Apenas sabemos nada de las explotaciones agrícolas, aunque, como se ha visto, se sospecha la presencia en algunos lugares de grupos de libiofenicios y blastofenicios en un régimen similar al colonato militar. Por otra parte, es lógico suponer que los centros urbanos de población colonial, como Akra Leuke y Cartago Nova, dispondrían de su propio territorio circundante donde el régimen de propiedad y las relaciones de

producción no debieron diferir en mucho de las conocidas en Cartago. Es probable que algunas tierras, debido a la especial importancia de sus productos, estuvieran sometidas, según la práctica helenística, a una forma de propiedad directa por parte del gobierno Bárquida, siendo explotadas tal vez mediante mano de obra servil o esclava. En las proximidades de Cartago Nova se cultivaban grandes extensiones de esparto que era utilizado para la construcción de aparejos para los barcos. Tito Livio (XXXIII, 48, 1) y Plinio (N.H., XVII, 93) mencionan la gran cantidad de cereales y de esparto que los romanos encontraron en los almacenes de la ciudad tras su conquista. La producción de esparto debió ser notable, ya que según parece podía incluso ser enviado fuera de la Península, como ocurrió con el utilizado en la flota de Terón II de Siracusa. Por otra parte, resulta habitual atribuir a los cartagineses la introducción de algunos cultivos, como la granada (malum punicum ), y ciertas innovaciones técnicas, como una máquina de trillar conocida como plostellum punicum. La situación parece haber sido algo distinta en las Baleares. En Ibiza está documentada una colonización agrícola del interior de la isla desde la segunda mitad del siglo V. a. C, probablemente impulsada desde Cartago. La colonización ebusitana de Mallorca, donde destaca la factoría de Na Guardis, se intensificó durante todo el siglo III a. C. La extracción de mineral de hierro, de sal, así como el reclutamiento de mercenarios se destinó entonces, en gran parte, junto con el aprovisionamiento de víveres, a abastecer a los ejércitos cartagineses en la Península, como muestran algunos pecios y la presencia de las ánforas cartaginesas y ebusitanas en los contextos de destrucción y abandono ocasionados por la guerra. Había astilleros en Gadir, Carteia y Cartago Nova. Allí se construían los barcos, tanto de guerra como mercantes. La fabricación y distribución comercial del garum debía proporcionar grandes beneficios y se ha sugerido que esta industria, así como la extracción de sal, eran un monopolio de los Bárquidas. El comercio ebusitano de esta época, más activo aún que en los períodos precedentes, seguía centrado en los poblados ibéricos catalanes y Ampurias, como muestran los hallazgos de ánforas, entre las que también están documentadas, si bien en menor proporción, las cartaginesas y las púnicas de procedencia centromediterránea. La evidencia numismática subraya también los vínculos económicos entre la colonia griega y el mundo púnico poco antes de la conquista iniciada por los Bárquidas en la Península Ibérica. Precisamente por estas fechas Ampurias emite sus primeras dracmas con un tipo cartaginés, el del caballo parado. Todo ello, unido a ciertas semejanzas que presentan algunas de las monedas acuñadas Anfora púnica procedente por los Bárquidas en la Península con monedas sud-itálicas, así de Ibiza. S. VI-III a. C. como a la presencia de cerámicas “campanienses” fabricadas en el N. de Africa y distribuidas en los territorios sometidos por los Bárquidas en la Península, a las importaciones de cerámicas campanienses y ánforas greco-itálicas que están presentes en Cartago Nova, junto a las monedas saguntinas de inspiración massaliota o cartaginesa y al hallazgo de algunas monedas cartaginesas en Massalia, esboza un contexto en el que las relaciones comerciales se sobreponen a las supuestas zonas de influencia y añade algunas dudas sobre la absoluta falta de interés de Roma en estas tierras occidentales.

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