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EL DESORDEN MORAL DE LA ANTICONCEPCIÓN

Alberto Zuñiga Croxatto

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«Los que se ponen en abierta oposición a la ley de Dios, auténticamente enseñada por la Iglesia, llevan a los esposos por un camino equivocado. Lo que enseña la Iglesia sobre los anticonceptivos no constituye materia sujeta a libre discusión entre los teólogos. Enseñar lo contrario equivale a inducir a error a la conciencia moral de los esposos.» Juan Pablo II, 5-VI-87

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ÍNDICE

INTRODUCCIÓN......................................................................................6 I. EL VALOR DE LA VIDA HUMANA........................................................8 II. PATERNIDAD RESPONSABLE.........................................................10 III. SIGNIFICADO DE LA RESPONSABILIDAD.....................................13 IV. LA RAÍZ PROFUNDA DE LA ANTICONCEPCION...........................16 V. LEY DIVINA Y FELICIDAD HUMANA................................................19 VI. MORALIDAD DE LA ANTICONCEPCIÓN........................................31 VII. INCONSISTENCIA DE LAS OBJECIONES.....................................37 VIII. DIFERENCIAS ENTRE CONTINENCIA PERIÓDICA Y ANTICONCEPCIÓN...............................................................................42 IX. INVESTIGACIÓN Y ENSEÑANZA DE LOS «MÉTODOS NATURALES»........................................................................................52 X. lo que ha traído la anticoncepción......................................................56 hitos cronológicos relacionados con la anticoncepción..........................58

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ABREVIATURAS UTILIZADAS

AR: Amor y responsabilidad, K. Wojtyla. CatIC: Catecismo de la Iglesia Católica. EV: El Evangelio de la Vida, Juan Pablo II. FC: Familiaris consortio, Juan Pablo II. GS: Gaudium et spes, Concilio Vaticano II. HV: Humanae vitae, Pablo VI. JP: Juan Pablo II. LG: Lumen Gentium, Concilio Vaticano II. L'OR: L'Osservatore Romano. ST: Summa Theologiae, Santo Tomás de Aquino.

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INTRODUCCIÓN

El don más precioso que poseemos es la vida. Podíamos no haber existido y un buen día nos dimos cuenta de que existíamos, sin haberlo merecido, porque Dios nos llamó a la existencia, valiéndose del acto sexual entre un hombre y una mujer. Si la vida de cada ser humano es sagrada, porque procede de Dios, la fuente de la vida, el acto sexual, merece un respeto especial. ¿Qué podemos pensar de la anticoncepción? ¿Qué podemos pensar de todos aquellos medios que se utilizan para impedir que el acto sexual cumpla la función natural que Dios quiso que cumpliese? Hablemos claro. ¿Es moralmente lícita la anticoncepción dentro o fuera del matrimonio? Hablar de la moralidad de la anticoncepción fuera del matrimonio no tiene sentido, ya que de por sí el acto sexual en esas condiciones es ya de por sí inmoral. Recordemos lo que dice el Génesis: «Por esto, el hombre abandonará a su padre y a su madre, se unirá a la mujer y serán los dos una sola carne» (Gen 2, 23-24). Es decir, el hombre y la mujer tienen que comprometerse en matrimonio antes de poder hacer uso del acto sexual. Por tanto, tan inmoral es la relación sexual entre solteros que usan anticonceptivos, como los que mantienen la relación sexual sin método alguno. El acto sexual dentro del matrimonio, tal como lo ha ordenado Dios, cumple dos finalidades, que no se pueden separar: 1º Expresar el amor entre dos esposos unidos en matrimonio, y 2º Dar origen a una nueva vida, es decir, la procreación. Dios ha otorgado a los esposos la alta misión de ser sus colaboradores en el supremo don de la vida. Los métodos anticonceptivos, al impedir la procreación, atentan contra el plan de Dios, de ahí su inmoralidad. 6

Sin embargo, la falta de formación, la influencia del ambiente y la pérdida del sentido de pecado han difundido enormemente el uso de los anticonceptivos entre los esposos cristianos. Dios parece que se ha "eclipsado" en la vida diaria del hombre contemporáneo. Y ello lleva a la deshumanización y descristianización del modo de transmitir la vida. Necesitamos la gracia de Dios para redescubrir la belleza del amor esponsal cristiano. Necesitamos también reflexionar sobre las consecuencias morales de la anticoncepción. El presente trabajo es prácticamente una recopilación de los documentos más esclarecedores del Magisterio de la Iglesia que tratan el tema de la anticoncepción.

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I. EL VALOR DE LA VIDA HUMANA

1. La alegría por cada niño que nace
«En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado con gozosa noticia: "Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta gran alegría; pero pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría por cada niño que nace. »Jesús dice: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida nueva y eterna que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santo. Pero es precisamente en esa vida donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre» (EV 1).

2. Valor incomparable de la persona humana
«El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. La vida humana en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Alcanza su plena realización en la eternidad. Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad última, sino «penúltima»; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos» (EV 2).

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3. El valor de la vida humana
«La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. La vida y la muerte del hombre están, pues, en las manos de Dios, en su poder. Sin embargo, Dios no ejerce este poder como voluntad amenazante, sino como cuidado y solicitud amorosa hacia sus criaturas. Sus manos son cariñosas como las de una madre que acoge, alimenta y cuida a su niño. Dios se opone a las fuerzas de muerte que nacen del pecado: No fue Dios quien hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; él todo lo creó para que subsistiera [Sb 1, 13-14]» (EV 39). «De la sacralidad de la vida deriva su carácter inviolable, inscrito desde el principio en el corazón del hombre. En lo profundo de su conciencia siempre es llamado a respetar el carácter inviolable de la vida, como realidad que no le pertenece, porque es propiedad y don de Dios Creador y Padre» (EV 40).

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II. PATERNIDAD RESPONSABLE
¿Qué es lo que debemos entender por Paternidad Responsable? Es la voluntad de los cónyuges de vivir en plenitud la alta misión a la que son llamados por Dios: ser cooperadores en la transmisión de la vida humana. Porque el acto sexual entre ellos, tal como lo quiere Dios, es un acto de amor mutuo, un don para las personas, un servicio a la vida, y que exige a ambos responsabilidad, llevar juntos las penas y las alegrías, fortaleza y entrega. Esta paternidad «se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa, ya sea con la decisión, tomada por serios motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar durante algún tiempo o por tiempo indefinido, un nuevo nacimiento» (HV 10, par. 4). Este respeto a la ley moral implica no utilizar medios no permitidos por Dios, como son los anticonceptivos. «Como ante cualquier valor ético, también ante el amor conyugal el hombre tiene una grave responsabilidad. Los primeros responsables de su amor conyugal son los cónyuges, en el sentido de que están llamados a vivirlo en toda su verdad» (JP 14-3-88).

1. No basta la sincera intención
«Cuando se trata de armonizar el amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, el carácter moral del comportamiento no depende sólo de una sincera intención y de una valoración de las motivaciones, sino que debe estar determinado por criterios objetivos, que tienen su fundamento en la naturaleza misma de la persona humana y de sus actos: los esposos están destinados a mantener, en un contexto de verdadero amor, el íntegro sentido de la mutua donación y de la procreación humana; y todo eso no será posible a no ser que se cultive con ánimo sincero la virtud de la castidad conyugal» (GS 51)

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2. Problema religioso
El hombre es un ser inteligente y libre y, por tanto, responsable, debe conocer para actuar, y saber para hacer. Además ha sido creado a imagen de Dios. Debe, por tanto, conformarse a la imagen que es Dios, y recibir de Él la norma de su conducta y la dirección de su camino. Esta norma vale para todo su querer y su obrar en todas sus manifestaciones, y, por tanto, vale también para las que son las funciones y los actos propios de la vida matrimonial. Dios es el autor del matrimonio y, por tanto, está establecido por orden divina y no depende del arbitrio del hombre. Desde el momento en que Dios es el Autor es, natural y necesariamente, también el Legislador, y determina sus normas, su finalidad y su ejercicio. Es ilógico e injusto que se hagan estudios e investigaciones, debates y convenios sobre la forma de transmitir la vida humana, excluyendo este dato fundamental; sería como construir una casa sin fundamento, la casa no sólo no se sostendría, sino que aplastaría a sus constructores y a los que la habitaran. «Por esto, el hombre abandonará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne» (Gen 2, 2324). La finalidad última del matrimonio se podría casi llamar «sobrenatural». «Que quede claro a todos que la vida del hombre y el deber de transmitirla no están limitados a este mundo, no se pueden valorar y entender solamente en y desde este mundo, pues se refieren al destino eterno de los hombres» (GS 51). Está fuera de discusión y fuera de toda duda que el Señor ha querido y establecido el amor matrimonial para el bien de los cónyuges y de los hijos. El matrimonio es ciertamente libre, o mejor, son libres los esposos de contraer matrimonio y de casarse con una determinada persona, pero la naturaleza del matrimonio no es en absoluto libre y en ningún sentido sujeta a la voluntad del hombre. «Está totalmente fuera de los límites de la libertad del hombre la naturaleza del matrimonio, de tal suerte que si alguien ha contraído ya matrimonio se halla sujeto a sus leyes y propiedades esenciales» (Casti connubii, Pío XI) 11

«El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de los hijos. Los hijos, ciertamente, son el preciosísismo don del matrimonio y contribuyen al bien de los padres en grado máximo[...]. En consecuencia, el verdadero culto del amor conyugal y toda la estructura familiar que nace de él, sin olvidar los otros fines del matrimonio, se dirigen a esto: a que los cónyuges, con fortaleza de ánimo, estén dispuestos a cooperar con el amor del Creador y del Salvador, que a través de ellos continuamente dilata y enriquece su familia» (GS 50). En resumen, el problema de la «paternidad responsable» es un problema religioso porque se refiere a hombres inteligentes y libres, dirigidos por la ley moral y sujetos a ella, porque la institución matrimonial ha sido establecida por Dios y es también su legislador, porque la finalidad última de la procreación sobrepasa el tiempo y el mundo, y se proyecta en la eternidad infinita. Dios es la fuente de la vida, el matrimonio es una institución para la vida, y la lógica conclusión es que la paternidad responsable debe ser respetuosa con la vida.

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III. SIGNIFICADO DE LA RESPONSABILIDAD
¿Qué entendemos por Paternidad Responsable o Procreación Responsable? Por procreación entendemos el acto sexual realizado entre los esposos como expresión de su mutuo amor, y del que Dios se sirve para que sea concebida una persona humana. De esa manera los esposos colaboran con Dios en la creación de una nueva vida humana. La Paternidad deriva, por tanto, de los esposos, como de Dios Padre, Autor de la Vida. El contenido del otro término, responsable, tiene tres dimensiones: • ¿de qué es responsable? • ¿ante quién es responsable? • ¿quién es responsable? Cuando decimos «él es responsable de...» queremos indicar un «objeto» de esta responsabilidad. Si decimos «los padres son responsables de los propios hijos», indicamos eso de lo que ellos son responsables. Esta es la dimensión objetiva de la responsabilidad. Además, el hombre es responsable de algo hacia alguien. Es responsable ante las demás personas, ante la sociedad, y en última instancia, ante Dios mismo. Es la dimensión trascendente de la responsabilidad. Cuando decimos que «una persona es responsable de», o decimos «yo soy responsable de», entendemos que eso por lo que afirmamos ser responsables debe ser atribuido a nuestra libertad. Somos responsables de una acción solamente cuando de esta acción somos los autores. No se da responsabilidad donde no hay libertad. Libertad significa que la persona se posee a sí misma, y por tanto, es causa, en sentido pleno, de lo que hace. La responsabilidad indica que viene referida a nosotros nuestra propia acción. Esta es la dimensión subjetiva de la responsabilidad moral. Cuando decimos «procreación responsable» queremos afirmar, por tanto, que el acto procreativo es un acto del que son autores los esposos (dimensión subjetiva), y es un acto mediante el 13

cual y en el cual los esposos se hacen responsables de «algo» (dimensión objetiva), y lo son, ante otras personas y ante Dios, en último término (dimensión trascendente).

1. ¿De qué soy responsable?
Soy responsable de mi sexualidad, de mis posibles futuros hijos. Soy responsable del acto sexual, pero ese acto tiene un valor moral. Si soy responsable de mi sexualidad, me podré preguntar: ¿Puedo manipular mi sexualidad, quitando al acto sexual su facultad procreativa, como ocurre con la anticoncepción? Cuando la persona se realiza a sí misma mediante su actuar, esa persona hace siempre algo relativo a los valores, en virtud de los cuales el acto de la persona tiene un valor moral. El ejercicio pleno de mi sexualidad, el acto procreativo —en cuanto tal, es decir, en cuanto acto que pone las condiciones para que surja una persona humana— posee en sí mismo y por sí mismo un valor moral, una valía ética.

2. ¿Ante quién soy responsable?
¿Ante quién son responsables los esposos cuando realizan el acto procreativo? Sobre todo, ante Dios. ¿Qué exigencias plantea esta responsabilidad? Simplemente, reconocer la propia verdad ante Dios. Reconocer que Dios es Dios, y que nosotros no somos dioses sino creaturas. ¿Cuándo realizamos un acto irresponsable, en el sentido de que el acto conyugal no respete esta dimensión de la responsabilidad ante Dios? Fundamentalmente en dos ocasiones: 1) En el inmotivado rechazo de la paternidad y maternidad, es decir, el rechazo de la procreación. Ante Dios, es el rechazo del reconocimiento de la propia verdad de ser esposos, cuya vocación es la de ser cooperadores del amor creador de Dios. No se reconoce la verdad de Dios porque se atribuyen a sí mismos la última decisión de dar o no dar origen a la persona humana; se atribuyen a sí mismos el título de árbitros últimos de la vida. 2) En el ejercicio mismo de la anticoncepción. Cuando se priva la sexualidad humana de su capacidad procreativa, cuando la posee, el comportamiento es siempre el mismo: el árbitro de la vida humana es el hombre y no Dios. 14

El acto conyugal, cuando es capaz de dar origen a una vida humana, constituye el «espacio» en el que Dios mismo puede llevar a cabo su acto creativo, ya que cada persona es creada por Dios. Con la anticoncepción, en el mismo momento, se impide a Dios que sea creador. Y con eso ellos, en el fondo, no reconocen la verdad de Dios ni la verdad de sí mismos. Actúan irresponsablemente. La dimensión trascendente de la responsabilidad abarca también esa nueva persona que puede ser concebida. Significa reconocer la verdad de esta persona humana, reconocer que es persona humana. En este sentido, es irresponsabilidad con esa persona poner las condiciones para que pueda ser engendrada, cuando prudentemente se prevé que no podrá tener lo mínimo que, como persona humana, tiene derecho, por ejemplo, una educación suficiente, alimentación, etc. También hay una responsabilidad respecto al otro cónyuge, reconociendo la verdad de ser persona y la verdad de ser esposo o esposa.

3. ¿Quién es responsable?
Libertad implica dominio de sí mismo, posesión de sí mismo. Los esposos son responsables porque han alcanzado una posesión, un dominio de sí mismos tal, que el acto procreativo es verdaderamente un acto de la persona, no sólo un acto que sucede en la persona. Reconocen y respetan el valor propio del acto procreativo e instituyen una correcta relación hacia Dios, hacia la persona que será concebida, hacia el otro cónyuge. No hay libertad en la persona que no tiene dominio de sí misma; habrá emotividad, instinto, pasión, y, en consecuencia, sus actos simplemente suceden en ella, pero no son de la persona. Sólo quien se somete a la verdad, quien se deja gobernar por ella, es verdaderamente libre: la verdad de sí mismos, de la sexualidad, es, en última instancia, la verdad de Dios como Creador.

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IV. LA RAÍZ PROFUNDA DE LA ANTICONCEPCION
1. El eclipse de Dios
«En la búsqueda de las raíces más profundas de la lucha entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte, es necesario llegar al centro del drama: el eclipse del sentido de Dios y del hombre. Perdiendo el sentido de Dios, se tiende a perder también el sentido del hombre, de su dignidad y de su vida. A su vez, la violación sistemática de la ley moral, especialmente en el grave campo del respeto de la vida humana, produce una especie de progresiva ofuscación de la capacidad de percibir la presencia vivificante y salvadora de Dios» (EV 21). «Por esto, "por el olvido de Dios, la propia criatura queda oscurecida" (GS 36). El hombre no puede ya entenderse como misteriosamente otro respecto a las demás criaturas terrenas; se considera como uno de tantos seres vivientes, como un organismo que, a lo sumo, ha alcanzado un estadio de perfección muy elevado. Encerrado en el restringido horizonte de su materialidad se reduce de este modo a una cosa, y ya no percibe el carácter trascendente de su "existir como hombre". No considera ya la vida como un don espléndido de Dios, una realidad sagrada confiada a su responsabilidad y, por tanto, a su custodia amorosa, a su veneración. La vida llega a ser simplemente una cosa, que el hombre reivindica como su propiedad exclusiva, totalmente dominable y manipulable. »Así, ante la vida que nace y la vida que muere, el hombre ya no es capaz de dejarse interrogar sobre el sentido más auténtico de su existencia, asumiendo con verdadera libertad estos momentos cruciales de su propio existir. Se preocupa sólo del hacer y, recurriendo a cualquier forma de tecnología, se afana por programar, controlar y dominar el nacimiento y la muerte. Éstas, de experiencias originarias que requieren ser vividas, pasan a ser cosas que simplemente se pretenden poseer o rechazar. »Una vez excluida la referencia a Dios, no sorprende que la misma naturaleza quede reducida a material disponible a todas las 16

manipulaciones. A esto parece conducir una cierta racionalidad técnico-científica, dominante en la cultura contemporánea, que niega la idea misma de una verdad de la creación que hay que reconocer o de un designio de Dios sobre la vida que hay que respetar. »En realidad, viviendo "como si Dios no existiera", el hombre pierde no sólo el misterio de Dios, sino también el del mundo y el de su propio ser» (EV 22).

2. El materialismo práctico
«El eclipse del sentido de Dios y del hombre conduce inevitablemente al materialismo práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el hedonismo. "Como no tuvieron a bien guardar el verdadero conocimiento de Dios, Dios los entregó a su mente insensata, para que hicieran lo que no conviene" (Rm 1, 28). Así, los valores del ser son sustituidos por los del tener. El único fin que cuenta es la consecución del propio bienestar material, la llamada «calidad de vida» se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo desordenado, belleza y goce de la vida física, olvidando las dimensiones más profundas —relacionales, espirituales y religiosas— de la existencia. »También en el mismo horizonte cultural, el cuerpo ya no se considera como realidad típicamente personal, signo y lugar de las relaciones con los demás, con Dios y con el mundo. Se reduce a pura materialidad, está simplemente compuesto de órganos, funciones y energías que hay que usar según criterios de mero goce y eficiencia. Por consiguiente, también la sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos. Así se deforma y falsifica el contenido originario de la sexualidad humana, y los dos significados, unitivo y procreativo, innatos a la naturaleza misma del acto conyugal, son separados artificialmente. De este modo, se traiciona la unión y la fecundidad se somete al arbitrio del hombre y de la mujer. La procreación se convierte entonces en el enemigo que hay que evitar en la práctica de la sexualidad. Cuando se 17

acepta, es sólo porque manifiesta el propio deseo, o incluso la propia voluntad, de tener un hijo «a toda costa», y no, en cambio, por expresar la total acogida del otro y, por tanto, la apertura a la riqueza de vida de la que el hijo es portador. »En la perspectiva materialista expuesta hasta aquí las relaciones interpersonales experimentan un grave empobrecimiento. Los primeros que sufren sus consecuencias son la mujer, el niño, el enfermo o el que sufre y el anciano. El criterio propio de la dignidad personal —el del respeto, la gratuidad y el servicio— se sustituye por el criterio de la eficiencia, la funcionalidad y la utilidad. Se aprecia al otro no por lo que es, sino por lo que "tiene, hace o produce". Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil» (EV 23).

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V. LEY DIVINA Y FELICIDAD HUMANA
1. ¿Hay contradicción entre la ley divina y el amor conyugal?
«Muchos piensan que la enseñanza cristiana, aunque es verdadera, resulta, sin embargo, impracticable, por lo menos en algunas circunstancias. Dios no manda lo imposible, y todo mandamiento lleva consigo también un don de gracia que ayuda a la libertad humana a cumplirlo. Sin embargo, son necesarios la oración contante, el recurso frecuente de los sacramentos y la práctica de la castidad conyugal» (JP 5-VI-87). «No puede haber una contradicción real entre la ley divina referente a la transmisión de la vida humana y el auténtico amor conyugal. Hablar de ese "conflicto de valores o bienes" y de la consiguiente necesidad de realizar una especie de equilibrio de los mismos, eligiendo uno y rechazando el otro, no es moralmente correcto y sólo produce confusión en la conciencia de los esposos» (JP 5-VI-87).

2. La ley moral no coarta la felicidad humana
No es justo, ni hacia Dios ni hacia los hombres, presentar la ley divina en un contexto de imposición negativa que coarta a la persona. La Iglesia en sus enseñanzas en lo que se refiere a la regulación de la natalidad, se presenta exigente sólo por una razón altamente positiva: esto es, la profunda convicción de que «el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la cual aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y que debe observar con inteligencia y amor» (HV 31). «El orden moral, precisamente porque revela y propone el designio de Dios Creador, no puede ser algo mortificante para el hombre ni algo impersonal; al contrario, respondiendo a las exigencias más profundas del hombre, creado por Dios, se pone al servicio de su humanidad plena, con el amor delicado y vinculante 19

con que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada creatura hacia su felicidad» (FC 34).

3. La ley de Dios no es graduable
No se pueden esconder ni las dificultades que deben afrontar los cónyuges, ni la altura —y por consiguiente la exigencia— del ideal cristiano y la diferencia existente entre dicho ideal y el estado actual de las costumbres en muchos países, también en los de tradición cristiana, sea en lo que se refiere a fidelidad entre los cónyuges sea respecto a su generosidad en su estar abiertos a la vida. Respecto a esto, se ha hablado de la oportunidad de acomodar la norma de la Iglesia sobre la paternidad responsable, y en concreto de su condena de la contracepción. Se pretendería hacer posible la práctica cristiana a parejas que están desanimadas presentando la verdad como un ideal no exigible a todos. Algunos comenzaron a hablar de una oportuna gradualidad en la aplicación de la ley moral como la solución más prudente. Aún manteniendo el rigor del ideal, serían necesarios ciertos compromisos con la situación de hecho: no exigir todo a todos sino adaptarse a sus reales posibilidades. Por tanto, una aplicación gradual de la ley sería la solución práctica, porque una aplicación así haría posible la vida cristiana a hombres y mujeres que, de otro modo, o se verían privados de los sacramentos o descorazonados por las exigencias, consideradas como incomprensibles e inhumanas. En la práctica, se tendría que admitir —aun conservando los principios de la Humanae vitae— el uso de los anticonceptivos, en atención a las particulares condiciones de los cónyuges; con el mismo criterio, sin negar la indisolubilidad, los divorciados casados de nuevo, hoy en número creciente, no serían apartados de los sacramentos; y, por poner otro ejemplo, se podría resolver el problema de los jóvenes con relaciones prematrimoniales, o el de la poligamia, donde domine una tradición cultural en este sentido.

4. No confundirla con la ley de la gradualidad
Ciertamente en la vida cristiana existe un proceso de crecimiento (ley de la gradualidad) que se inicia en el 20

reconocimiento mismo de la plena bondad del plan divino. «No se trata de guardar la ley sólo como un puro ideal alcanzable en el futuro, sino como un mandato de Cristo Señor nuestro para que se superen con esfuerzo las dificultades (...). Por eso la llamada "ley de la gradualidad", o camino gradual, no puede identificarse con la "gradualidad de la ley", como si hubiese varios grados y formas de precepto en la ley divina para los hombres, y situaciones diversas. Todos los cónyuges están llamados, según el plan divino, a la santidad en el matrimonio» (JP 25-X-80). La gradualidad de la ley y la ley de la gradualidad se excluyen mutuamente, porque la segunda nace de la fe mientras que la primera la oscurece. El Papa ha contestado a tal error: «Los cónyuges no pueden mirar la ley como un mero ideal que se puede alcanzar en el futuro, sino que deben considerarla como un mandato de Cristo Señor a superar con valentía las dificultades. El conocimiento del bien, precisamente por ser bien en sí mismo, tiende a suscitar el amor y conduce al cumplimiento de la Voluntad de Dios, que no desea más que nuestro mejor bien. Es necesario no dejarse llevar por el planteamiento pesimista —y además equivocado— de quienes ven la verdadera vida cristiana como si fuese solamente un peso. Hay que animar a los cónyuges para que recuperen la alegría de suscitar la vida, para que se hagan más conscientes de su altísima misión al cooperar con Dios «en el don de la vida a una nueva persona humana», porque los hijos «son el precioso don del matrimonio», «el reflejo viviente de su amor» (FC 30). Viviendo recta y generosamente el propio matrimonio abren, con su libertad, el espacio para que se cree un alma inmortal, cooperando así a que una nueva persona humana pueda amar a Dios —y también a ellos mismos— eternamente. «La norma moral nos da a conocer el proyecto de Dios sobre el matrimonio, el bien entero del amor conyugal: querer reducir ese proyecto es una falta de respeto a la dignidad del hombre» (JP 17XI-83).

5. La ley de Dios es el mejor proyecto
La postura que lleva a decidirse por una gradualidad de la ley no puede darse sino después de perder la convicción de que la ley 21

de Dios constituye, por sí misma y absolutamente, el mejor proyecto para cada hombre de cada tiempo, porque es el plan de la infinita sabiduría y amor de Dios, inscrito en el mismo ser de la persona, y, por tanto, su inclinación más profunda, y que es la verdadera condición para la plenitud y perfección, para la felicidad, grandeza y dignidad del hombre. La Iglesia no puede disimular «la exigencia de radicalidad y de perfección» (FC 33) de la ley moral, porque en ella se encuentra el verdadero bien de la persona.

6. La ley de la gradualidad
La ley de la gradualidad, que la Familiaris consortio desarrolla en los números 9 a 34, oponiéndola a la gradualidad de la ley, representa la alternativa —para resolver la diferencia fe-costumbre —, que se inspira en la concepción bíblica del hombre, caído y redimido. La Iglesia, convencida de la perfección del plan divino, y al mismo tiempo sabedora de los límites y de las dificultades de los hombres, no renuncia a la esperanza, sino que la funda en poder y en la bondad divinos. La ley de la gradualidad es por eso la expresión de aquella pedagogía que se muestra en el camino que Dios hace recorrer a su Pueblo, como igualmente en el itinerario de los discípulos que siguen a Cristo; es decir, expresa el modo histórico y real en el que la gracia crece en la vida de los hombres y de la sociedad, a través de un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios y de las exigencias de su amor en la entera vida personal y social del hombre. Un proceso que comienza con y presupone la conversión del hombre, que se abre a Dios.

7. No admite concesiones
La ley de la gradualidad no comporta nunca concesiones, porque exige desde el comienzo la conversión, con «el completo desprendimiento de todo mal y la adhesión al bien en su plenitud» (FC 9), no admitiendo ninguna adhesión reducida o gradual a la ley divina. No podría ser de otro modo, si no se olvida que la ley expresa el amor y la sabiduría divinos, y no puede sino ser amada íntegramente por el creyente. La razón fundamental es la siguiente: 22

«Justamente porque revela y propone el plan de Dios Creador, el orden moral no puede ser algo mortificante para el hombre o impersonal; al contrario, puesto que responde a las exigencias más profundas del hombre creado por Dios, se pone al servicio de su plena humanidad, con el amor delicado y vinculante con el que Dios mismo inspira, sostiene y guía a cada criatura hacia su felicidad» (FC 34). «La verdadera dificultad está en que el corazón del hombre y de la mujer está habitado por la concupiscencia, y la concupiscencia empuja a la libertad a que no acepte las auténticas exigencias del amor conyugal. Sería un gravísimo error concluir de esto que la norma que la Iglesia enseña es en sí misma solamente un ideal que debe ser luego adaptado, proporcionalmente, gradualmente, a las, así se dice, concretas posibilidades del hombre, conforme a un «equilibrio de los varios bienes en litigio» ¿Pero cuáles son esas "concretas posibilidades del hombre"? ¿De qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia o del hombre redimido por Cristo? Porque es de esto de lo que se trata: de la realidad de la redención de Cristo.» (JP 1-II-84)

8. Apoyados en la fuerza divina
Pidiendo la santidad, la divinización, la heroicidad, el cristianismo sabe que no se puede fiar de la dinámica del esfuerzo humano, sino más bien del don de Dios. No concibe la perfección moral como un proceso debido al esfuerzo siempre más tenso del hombre, sino ahonda las raíces en el consolador e innegable misterio del nacimiento y del crecimiento de la vida divina en nosotros: se revela la paternidad divina y, en ésa, el mismo hombre como hijo de Dios, nace de una vida nueva y original al mismo tiempo. «Lo principal en la Ley del Nuevo Testamento, en lo que radica toda la fuerza, es la gracia del Espíritu Santo, que se da por la fe en Cristo.» (ST). «Los que son llevados por el Espíritu Santo son hijos de Dios» (Rom 8, 14). En virtud de la gracia, el cristiano adquiere un estilo de libertad fundada más sobre las energías divinas, obra de la caridad, que sobre el uso de las propias fuerzas. Se dice que alguien es «llevado» cuando actúa no tanto por propia iniciativa sino bajo el impulso de otro. 23

La ley de Dios es presentada como un dinamismo que sostiene y guía a la persona, y que es instaurado en el alma de la persona por el mismo Espíritu Santo. Esta presencia del Espíritu crea en el hombre un verdadero principio divino de operaciones que se manifiesta en la «fe que actúa a través de la caridad» (Gál 5, 6). El Espíritu Santo no sólo ilumina al hombre sino que mueve su corazón como por un instinto superior: el hombre espiritual tiende a actuar no principalmente según su voluntad sino por instinto del Espíritu Santo. La libertad, que es poder moverse no ciegamente sino en virtud del conocimiento y del amor del bien, aunque herida por el pecado, recupera con la gracia la perfección perdida, y se transforma en inclinación a actuar por amor filial, bajo la guía de la fe, con la fortaleza de la esperanza y el impulso de la caridad, que el Espíritu Santo vierte en los corazones de los fieles (cf. Rom 5, 5).

9. A partir del reconocimiento de nuestra debilidad
Para expresar el dinamismo sobrenatural de la gracia, la ley de la gradualidad puede, paradójicamente, no sólo proponer un ideal heroico al hombre corriente, sino hacerle empezar a caminar desde su mismo desvalimiento, en el reconocimiento de las propias culpas, que esa misma ley le revela. Pensemos en la transformación misma de los Apóstoles que, siguiéndolo, experimentan su fragilidad, su incapacidad. Y en esta fuerza del Espíritu, no obstante sus altas exigencias, permanece accesible a todo hombre de buena voluntad. El panorama de la divinización, que de otro modo podría parecer utópico, se muestra andadero a quien confía más en las promesas divinas y en la energía de la gracia que en las propias fuerzas. Por eso San Pablo pone como base de su actuar cristiano la humildad de quien sabe que ha recibido todo, y confía en el poder de uno más fuerte que él, y no en el orgullo secreto de quien se cree fuerte para cumplir por sí mismo los mandamientos divinos. Es la fe en sí mismo y no la humildad lo que lleva a descorazonarse ante las exigencias divinas. La humildad, el sacrificio, la cruz constituyen parte esencial del proceso de la vida cristiana, la cual «sin la cruz no puede 24

alcanzar la resurrección». El Espíritu Santo pide al hombre nuevo un estilo de conducta cuyas obras son ciertamente ambiciosas: el olvido de sí mismo, la humildad, el abandono, no buscar otra cosa sino la gloria de Dios, en un palabra, «ser santos como Dios es Santo», porque «ésta es la Voluntad de Dios: vuestra santificación» (1 Thes 4, 3). Esto exige una purificación, una transformación interior que se verifica en la medida en la que el hombre consiente en someterse a la acción de la gracia, a través de las diversas pruebas que el Señor anunció en las bienaventuranzas.

10. Llamar al pecado, pecado
No tener miedo a que los cónyuges reconozcan, cuando se dé el caso, la propia situación de pecado. A menudo se fracasa por cobardía al afrontar la realidad, como si fuese solución ignorar el mal en vez de curarlo. En el itinerario moral de los esposos se debe poner atención en la «conciencia de pecado, el sincero esfuerzo por observar la ley moral, el misterio de la reconciliación» (FC 34, par. 6). Se debe reconocer sin ambigüedad «la doctrina de la Humanae vitae como normativa para el ejercicio de la sexualidad» (FC 34, par. 4) y, por tanto, que el uso de los anticonceptivos, y el mismo recurso a los días infértiles sin un «grave motivo», es decir, con mentalidad anticonceptiva, los coloca en situación de pecado. El amor no ha consistido nunca en callar imprudentemente la verdad: exige, al contrario, coraje, como lo demuestra una madre que le dice al hijo sus defectos, y lo que necesita hacer para corregirlos. Se debe llamar «pecado al pecado», y no llamarlo liberación y progreso, aun cuando la moda y la propaganda sean del todo contrarias a eso. Se debe tener la valentía de decir la verdad, de la cual los hombres tienen necesidad, rechazando la cobardía de hacerles sentir sólo las palabras que quieren oír para tranquilizarse la conciencia, porque eso significaría dejarles en su situación de lejanía de Dios y, por tanto, de inautenticidad humana. Quien actúa con amor al hombre, no debe tener miedo de hacerle sabedor de su estado de caída y esclavitud en el que postra el pecado. La razón es evangélica, la ha enseñado Dios mismo. El hijo pródigo se salva justo en el momento en que descubre su propia miseria, que le ha llevado hasta desear la comida de los cerdos. Y es entonces cuando aparece en su 25

corazón y en su conciencia el recuerdo lúcido de la dignidad perdida; llega al «decidido propósito de vivir de nuevo como hijo, debido a la adquirida conciencia de indignidad y de culpa»

11. Suscitar el amor al bien
No basta descubrir la realidad del mal: hace falta suscitar el amor al bien, que despierta las energías del alma. Comprender el valor de liberación y de promoción del amor auténtico que contiene la doctrina de la Iglesia sobre la paternidad responsable. En el fondo, el conformismo con el mal nace del olvido de la grandeza del bien, del cual es negación, y en contraste con el cual se descubre. Hace falta despertar el sentido de la vida, del amor a la vida, de la alegría de vivir: «Contra el pesimismo y el egoísmo, que oscurecen el mundo, la Iglesia está de parte de la vida: y en toda vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "Sí", de aquel "Amén", que es Cristo mismo. Al "no" que invade y aflige el mundo, contrapone este viviente "Sí", defendiendo de este modo al hombre y al mundo de cuantos insidian y mortifican la vida» (FC 30). Es natural para el hombre y para la mujer saber que los «hijos son el preciosísimo don del matrimonio», el reflejo viviente de su amor; la obra más grande que pueden cumplir: una participación en el poder de Dios Creador y Padre; y, además, son la verdadera garantía del desarrollo y autenticidad de su amor. Todo eso lleva consigo un esfuerzo inmediato para desenmascarar los prejuicios que se oponen al natural aprecio por la paternidad y la maternidad; mueve a combatir la mentalidad consumista, que incapacita para entender la riqueza espiritual de una nueva vida; a situar en sus justos límites el peligro demográfico, que crea en algunos un cierto pánico, derivado de los estudios de ecología y futurología, no siempre ponderados; y, en fin, a no compartir una desorientada preocupación por la mejor educación de los hijos, por la cual se olvida que «constituye un mal mucho menor negar a los hijos ciertas comodidades y ventajas materiales, que privarles de la presencia de hermanos y hermanas, que podrían ayudarles a desarrollar su humanidad y a realizar la belleza de la vida en cada una de sus fases y en toda su variedad» (JP 7-X-79). 26

12. Exige sacrificio
La ley de la gradualidad requiere conocer que el crecimiento cristiano exige sacrificio y que las caídas, lejos de llevar al desaliento, deben empujar a retomar la lucha con más humildad y más fe en la gracia. No se puede entender la doctrina sobre la paternidad responsable si no «se integra en la misión global de la entera vida cristiana, la cual sin la cruz no puede alcanzar la resurrección. En parecido contexto se comprende cómo no se puede quitar el sacrificio de la vida familiar, sino que se debe aceptar de corazón, para que el amor conyugal se haga más profundo, y llegue a ser fuente de íntima alegría» (FC 23, par. 5). Esta exigencia de sacrificio, condición del verdadero amor, puede hacer que a veces el hombre se descubra incapaz de respetar —en su integridad— la ley moral; incluso en un terreno tan fundamental, lo cual suscita una reacción de desaliento. Éste es el momento decisivo, en el cual el cristiano, en vez de abandonarse a una rebelión estéril y destructiva, accede en su humildad al descubrimiento radical de ser hombre ante Dios, un pecador frente al amor de Cristo Salvador. El momento de entender mejor la obra de la gracia en el alma. Aun cuando uno no quede libre de fatigas y sufrimientos, que a veces sólo el pensamiento de participar en la Pasión de Cristo ayuda a soportar, los esposos entienden que las exigencias de la vida moral no son leyes intolerables ni impracticables, sino don de Dios para ayudarles a llegar, mediante la propia debilidad, a la riqueza de un amor plenamente humano y cristiano. Así los cónyuges recomienzan la lucha, fiándose no ya en las propias fuerzas, sino en las del Sacramento, del cual desciende a ellos la gracia y el esfuerzo moral que les capacita para la santidad. La recepción frecuente de la Confesión y de la Eucaristía, y con la oración ha de santificarles y de hacerles vencer toda dificultad matrimonial.

13. Exigente pero atractivo
El sentido cristiano de la paternidad responsable nace de la generosidad de abrirse íntegramente a los planes divinos con espíritu de abandono filial en Dios, Padre amoroso y omnipotente.

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Al hablar de la paternidad responsable, la Iglesia propone una vez más la integridad del ideal cristiano, exigente pero atractivo, heroico pero posible, porque está fundado en la potencia divina. No se podemos permitir que los hombres valoren imposible lo que, ciertamente, es difícil, pero que es solamente digno del hombre. No podemos claudicar ante la tendencia a hacer de la mediocridad la regla; del egoísmo, prudencia, cayendo en la tentación de reducir las exigencias de la justa conciencia y del Evangelio. Creyendo tranquilizar a los que se sentirían pecadores, en realidad les privamos de las razones válidas para volver a dar sentido a su vida. Sembrando la duda en aquellos que tenían un sentido más elevado del deber, les hacemos débiles para el momento de la prueba. Sobre todo, defraudamos a los que esperan que se les diga qué deben hacer para construir un mundo mejor. No calculamos hasta qué punto ciertas concesiones y ciertos acomodamientos a la "debilidad humana" pueden confirmar la impresión de que no se debe pedir el amor que sea grande, generoso, sin reservas, y tampoco sabemos a cuánta parte de las nuevas generaciones hacemos perder la esperanza, y el deseo de vivir un amor grande.

14. Ideal accesible
Debemos, por tanto, vencer el miedo. El ideal de la santidad no sólo es atractivo, sino que también es accesible, porque «la gracia del Espíritu Santo hace posible lo que al hombre, dejado a sus solas fuerzas, no le es posible. Es necesario, por tanto, que los esposos sostengan la vida espiritual, el frecuente recurso a los sacramentos de la Confesión y de la Eucaristía, para volver de continuo, con una conversión permanente, a la verdad de su amor conyugal. Todos los bautizados están llamados a la santidad, y es vocación ésta que puede exigir el heroísmo. No se puede olvidar» (JP 17-XI-83). Hacer integralmente la voluntad de Dios, a pesar de la dificultad, y contando con la ayuda divina. La paternidad responsable, así como es entendida por la Iglesia, no incita a medir los hijos con un cálculo humano y zafio, sino que intenta conformar el propio actuar con la intención creadora de Dios. Induce a no 28

sobrevalorar los propios cálculos frente al proyecto concreto que Dios tiene para cada pareja. ¿Decidimos nosotros cómo será nuestra familia o preferimos buscar cuál es la voluntad de nuestro Padre Dios? Cuando hay sinceridad y un mínimo de formación cristiana, la conciencia sabe descubrir la voluntad de Dios en todo esto. Si no la hay, puede suceder que se busque un consejo que favorezca el propio egoísmo, que acalle precisamente el clamor de la propia conciencia, o que se vaya cambiando de consejero hasta encontrar el más indulgente.

15. La Iglesia no enseña algo ininteligible
«Sabéis bien que a menudo la fidelidad a esta verdad y a las normas morales consiguientes, quiero decir, las enseñadas por la Humanae vitae y por la Familiaris consortio, tiene que ser con frecuencia pagada a un alto precio. Con frecuencia es uno ridiculizado, acusado de incomprensión y de dureza, y aun de otras cosas. Es la suerte de un testigo de la verdad, como bien sabemos. »Escuchemos otra vez una página de San Agustín: "Pero ¿por qué la verdad engendra odio? En realidad de tal modo se ama la verdad, que todos los que aman otra cosa, quieren que lo que ellos aman sea la verdad; y como no querrían engañarse, no quieren se les convenza de que están engañados. Odian, pues, la verdad, por razón de la cosa que aman como si fuera la verdad. La aman cuando resplandece; la odian cuando reprende" [Confesiones, Lib X, cap 23, n 34]» (JP 1-II-84).

16. Guardar los mandamientos es posible al hombre redimido
«¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que Él nos ha dado la posibilidad de realizar la entera verdad de nuestro ser. Él ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia. Y si el hombre redimido todavía peca, esto no es debido a la imperfección del acto redentor de Cristo, sino a la voluntad del hombre de sustraerse a la gracia que fluye en este acto redentor. El mandamiento de Dios está, ciertamente proporcionado a la capacidad del hombre, pero a la capacidad del hombre al que le es dado el Espíritu Santo, del hombre que, si ha caído en pecado, 29

puede siempre obtener el perdón y gozar de la presencia del Espíritu. »La reconciliación de la conciencia humana de los esposos con el Dios de la Verdad y del Amor pasa a través de la remisión de los pecados, a través del humilde reconocimiento de que no nos hemos adecuado con la Verdad y con sus exigencias. Y no se da la reconciliación de la conciencia humana a través de ese orgulloso llevar la Verdad y sus exigencias a lo que nosotros decimos que es verdad y bien. Nuestra libertad está en ser siervos de la Verdad» (JP 1-II-84). Se puede discutir, conferenciar y argumentar, pero si los esposos no tienen en concreto la luz y la fuerza del espíritu, la fe y la gracia de Dios, muy difícilmente llegarán a la firmeza de convicción y al espíritu de sacrificio necesarios para la observancia plena y constante, serena y gozosa, de la verdadera y leal paternidad responsable. Cuando entre los esposos, no como un tercero incómodo, sino como celebrada fuente de luz e invocada fuente de fuerza, está Dios, el vínculo matrimonial conservará siempre su solidez y será fuente de vida para los hijos.

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VI. MORALIDAD DE LA ANTICONCEPCIÓN
La anticoncepción es ilícita debido a razones de tipo teológico, ético y antropológico.

1. Trivializa el origen de la vida
La anticoncepción disminuye el sentido de responsabilidad de los esposos en la intención procreativa de sus relaciones sexuales, de tal manera que se le echa la culpa al anticonceptivo si éste falla. La sexualidad es una realidad que está unida al principio de la vida humana, en la que se puede intervenir, sin duda, pero que se ha de respetar en su misterio. La anticoncepción trivializa en cierta forma algo tan profundamente vinculado al misterio del hombre.

2. Devalúa el valor de la persona
El amor conyugal es fecundo porque lleva por su propio dinamismo a la procreación. El sexo conduce al nacimiento de una persona. Esta no es parte del todo, es algo que vale por sí misma, es un todo, de modo que debe ser querida por sí misma y nunca instrumentalizada.

3. Impide ser colaboradores del amor creador de Dios
La actividad creadora de Dios es en su esencia más íntima una actividad de amor, porque es una actividad gratuita. Dios no tiene necesidad de ninguno de nosotros, ninguno de nosotros es necesario. Si existimos es porque Dios nos ha querido gratuita y libremente. «En el origen de cada persona humana hay un acto creador de Dios: ningún hombre viene a la existencia por casualidad; el hombre es siempre el término del amor creador de Dios. De esta fundamental verdad de fe y de razón se deriva que la capacidad procreativa, inserta en la sexualidad humana es —en su más profunda verdad— una cooperación con el poder creador de Dios. Y se deriva también que de esta capacidad procreativa el hombre y la mujer no son los árbitros, no son los amos, sino que son llamados, en ella y por ella, a ser partícipes de la decisión creadora 31

de Dios. Por tanto, cuando mediante la anticoncepción, los esposos quitan al ejercicio de su sexualidad conyugal su potencial capacidad procreativa se atribuyen un poder que pertenece sólo a Dios: el poder de decidir en última instancia la venida a la existencia de una persona humana. Bajo esta perspectiva, la anticoncepción debe ser juzgada, objetivamente, como algo tan profundamente ilícito, que nunca podrá, por ninguna razón, ser justificado. Pensar o decir lo contrario equivale a suponer que en la vida humana se puedan dar situaciones en las que sea lícito no reconocer a Dios como Dios» (JP 17-XI-83). Dios, que no quiso cooperadores cuando dio inicio al universo, quiere tener cooperadores cuando da origen a lo que es la obra maestra de todo el universo, el hombre. En su verdad más profunda no se debería hablar de acto procreativo o de procreación sino de co-creación, de acto co-creativo. La participación del hombre y de la mujer en la actividad del acto creador de Dios no puede ser sino un acto radicado en una actividad de amor. Éste es el motivo por el que el mismo acto con el que los esposos se dan el mutuo amor es aquel en que ponen en acto las condiciones por las que puede ser concebida una persona humana. Una objeción sobre este punto es que la vida humana puede ser concebida también como resultado de una violencia carnal. La objeción es inconsistente. La objeción dice simplemente que el hombre puede romper, arruinar, el valor que se encierra en esta conexión entre procreación y amor. En realidad es que, por su libertad, puede actuar irresponsablemente.

4. Destruye la riqueza de la procreación
En el acto conyugal encontramos la presencia de dos potencialidaddes: la capacidad procreativa y la capacidad unitiva. ¿Esta presencia es una co-presencia simplemente de hecho? ¿O bien este hecho lleva inscrito en sí mismo un valor por el cual las cosas no sólo se dan así, sino que deben ser así, y que no pueden no ser así? Antes de responder, una precisión obvia: no se da siempre el hecho de esta co-presencia, por la razón de que la sexualidad humana no es siempre capaz de procrear (períodos infecundos del 32

ciclo femenino, edad de los cónyuges...). La pregunta es si cuando la co-presencia se verifica es simplemente un dato de hecho, o no. Esta conexión no es sólo un dato de hecho, sino una conexión que lleva inscrita en sí misma un valor, un valor por el cual — cuando se da— no puede ser rota, y si la rompiese, sería responsable de dilapidar una riqueza incomparable, impagable. En última instancia arruino la valía misma de mi persona. No actúo responsablemente.

5. Desprecia el fin al que está unido el placer
Dios, comenta Santo Tomás de Aquino, ha unido a las diversas funciones de la vida humana un placer y una satisfacción; ese placer y esa satisfacción son, por tanto, buenos. Pero si el hombre, invirtiendo el orden de las cosas, busca esa emoción como valor último, despreciando el bien y el fin al que debe estar ligada y ordenada, la pervierte y desnaturaliza, convirtiéndola en pecado, o en ocasión de pecado.

6. Contradice un imperativo ético negativo
Existen dos tipos de obligaciones o imperativos éticos: los afirmativos y negativos. Entre los primeros, tenemos, por ejemplo, la obligación de amar a los enemigos, dar limosna, ayudar, etc. Entre los negativos: no matar, no cometer actos impuros, no mentirás, etc. Los imperativos éticos afirmativos obligan, pero no siempre. Por ejemplo, yo tengo la obligación de dar limosna, pero no de darla siempre, puedo tener motivos para no hacerlo (no tengo dinero, lo necesito para dar de comer a mis hijos, etc.). De la misma forma, puede haber motivos proporcionadamente graves para no procrear. ¿Puede el cónyuge realizar el acto conyugal privándolo al mismo tiempo de su capacidad procreativa? Esta pregunta es contraria al imperativo ético negativo: el de no privar a la sexualidad humana de su capacidad procreativa, cuando la posee, y los imperativos éticos negativos obligan siempre, no podrá haber nunca motivos que justifiquen el mal moral. La inseparabilidad de la que hablamos no es un término descriptivo de una situación de hecho: existen períodos en los que 33

la sexualidad no es capaz de procrear. Es un término ético: cuando la sexualidad conyugal es capaz de procrear no debe ser privada de esa capacidad. De tal modo que cuando existieran razones suficientemente graves para no procrear, la única vía éticamente posible es la abstinencia de las relaciones conyugales durante los períodos fecundos.

7. Impide que los esposos puedan donarse totalmente
«La conexión inseparable entre el significado unitivo y el significado procreativo, inscrito en el acto conyugal, nos da a entender que el cuerpo es parte constitutiva del hombre, que pertenece al ser de la persona y no a su tener. En el acto que expresa su amor conyugal los esposos son llamados a hacer de sí mismos don de uno al otro: nada de lo que constituye su ser persona puede ser excluido de esta donación. »Escuchemos a este respecto un texto del Concilio Vaticano II: "Este acto, por ser eminentemente humano —ya que va de persona a persona, con el afecto de la voluntad—, abarca al bien de toda la persona" (GS 49). Un amor centrado del todo en la persona, en el bien de la persona: en el bien que es el ser personal. Y es este bien el que los cónyuges se dan recíprocamente. El acto anticonceptivo introduce una sustancial limitación en el interior de esta recíproca donación, y expresa un objetivo rechazo de dar al otro, respectivamente, todo el bien de la feminidad o de la masculinidad. En una palabra, la anticoncepción niega la verdad del amor conyugal» (JP 17-XI-83). La anticoncepción impide que los esposos puedan donarse totalmente: «Te quiero, sí, pero te quiero estéril; me entrego totalmente a ti, con excepción de mi capacidad de engendrar. Deseo y busco tu plenitud como persona, pero no el engrandecimiento que en ti puedan suponer la paternidad o la maternidad». El amor conyugal ya no compromete a toda la persona, pierde su lenguaje de entrega total y sin reservas, su fecundidad y generosidad. La relación sexual pierde su proyección de futuro.

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8. Desprecia la vida querida por Dios
La moral sexual católica no está fundada sobre una conexión meramente biológica elevada injustamente a la categoría de norma moral. Las leyes biológicas constatan la existencia de hecho, por disposición del Autor de la naturaleza, de una relación entre sexualidad y procreación. Los cónyuges conocen la existencia de esta conexión y por eso, en el uso del matrimonio, tienen que elegir por o contra la vida. El valor de la persona, creado a imagen de Dios, y no el valor de un hecho meramente biológico, es el fundamento. La persona no puede llegar a ser objeto de utilización ni puede ser sometida a fines diversos de aquellos que Dios le ha conferido. Están por encima siempre los valores morales, que son los valores de la persona humana como tal, sobre las leyes biológicas.

9. Pisotea el valor moral del acto conyugal
Por leyes de la naturaleza se entienden aquellas normas que regulan el funcionamiento físico y fisiológico de las cosas. Así, por ejemplo,el fuego, por naturaleza, quema; la digestión, absorbe los alimentos, y la circulación, nutre a las células del organismo. Cada uno de estos procesos se guía por unas normas o leyes. Otro tanto puede decirse de las leyes que regulan la procreación humana: entran en juego una serie de leyes que regulan el proceso (formación de espermatozoides y óvulos, ovulación, acción de las hormonas de la hipófisis, etc). Son fenómenos de la naturaleza con sus propias leyes de orden fisiológico y, como tales, están principalmente ordenadas al proceso procreativo de la misma naturaleza. Por ley natural propia del hombre, se entienden las normas que hacen que el hombre llegue a realizarse como persona, libre y responsable. Al intervenir la libertad de la persona, tienen un valor moral. Hay leyes de la naturaleza, que aun siendo en sí mismas, en cuanto leyes de la ciencia, neutras desde el punto de vista moral, en la medida en que entran a formar parte del actuar humano, estas mismas leyes se encuentran sometidas a la norma moral del actuar humano, es decir a la ley natural propia del hombre. Con otras palabras, las leyes de la naturaleza son valoradas, ya no 35

por la norma de la ciencia, sino por la norma de la moral, para saber si su uso es bueno o malo. Entonces es posible que acciones según las exigencias de las leyes de la naturaleza sean contrarias a las exigencias de la ley natural (y por tanto, sean moralmente ilícitas). E igualmente es posible que acciones contrarias a las leyes de la naturaleza estén perfectamente de acuerdo con las exigencias de la ley natural (y, por tanto, moralmente lícitas). El acto conyugal, por encima de ser un acto biológico (sometido a las leyes de la naturaleza), es un acto propio del hombre como persona (ley natural del hombre), y por tanto, conlleva un valor moral. Las leyes de la naturaleza en sí mismas consideradas son y permanecerán siendo de específica y propia competencia de la ciencia y de la técnica; han formado y formarán, de modo indiscutible, el objeto de las investigaciones en el mundo científico y tecnológico. Sin embargo, el uso de los resultados de la ciencia en la regulación de la natalidad tiene una valoración moral, porque la procreación es un acto humano, específico y exclusivo de los dos cónyuges. Y este acto debe someterse a las exigencias de la ley natural del amor conyugal, con sus significados unitivo y procreativo.

10. No responde a las exigencias del amor conyugal
Por voluntad de Dios, la naturaleza del acto conyugal comporta, de modo inseparable, la unión de amor de los cónyuges y el destino de esta unión a la transmisión de la vida. «Por su íntima estructura, el acto conyugal, mientras une profundamente a los esposos, les hace aptos para la generación de nuevas vidas... Salvaguardando estos dos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegramente el sentido de mutuo y verdadero amor, y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad» (HV 12). La encíclica Humanae Vitae, por tanto, no funda su juicio valorativo sobre leyes fisiológicas o biológicas, si no sobre la conformidad o no del acto conyugal con las exigencias inseparables del amor conyugal. El acto llega a ser así el signo de dos significados que no permiten ningún medio manipulador porque exigen su expresión íntegra. 36

VII. INCONSISTENCIA DE LAS OBJECIONES
1. No es infalible
- El hecho de que la Humanae vitae no sea infalible, no significa que sea falible, es decir, que pueda presentar aspectos discutibles e incluso inexactos. La encíclica pertenece a este tipo de declaraciones doctrinales auténticas, pero no definitivas de la Iglesia, y, por tanto, está por lo menos en la línea de los principios reformables. ¿Cuál es la fuerza vinculante de una doctrina no infalible, más aún si esta doctrina no es compartida por la mayoría de los católicos? Respuesta: Se confunden dos conceptos diversos. La infalibilidad y la irreformabilidad se refieren las dos a la verdad de cuanto es afirmado. Sin embargo, quien usa el término «infalibilidad» quiere dar una calificación específica a la verdad propuesta; cualificación que sólo el Magisterio de la Iglesia Católica se apropia bajo precisas condiciones y que pretende decir que la verdad propuesta pertenece al orden de la fe, o sea, a la garantía de que esa verdad ha sido revelada por Dios, sea en la Biblia, sea en la Sagrada Tradición. Esta cualificación compromete por tanto la fe del creyente, de modo que si este creyente no asintiese se haría culpable de un pecado contra la fe. Por tanto, diciendo que la encíclica no sugiere la nota de infalibilidad significa que no pretende comprometer la fe dogmática del creyente. La falibilidad de la encíclica quiere decir esto y no otra cosa; y para nada queda atacada la verdad que en ella se expresa. La infalibilidad o no infalibilidad no añade nada a la verdad en sí, solamente la califica para el creyente, compromentiendo su fe, o no comprometiéndola, en la declaración dogmática de una verdad revelada por Dios. La no infalibilidad de una verdad no quiere decir que no sea definitiva, y, por tanto, irreformable; la verdad propuesta por el Magisterio de la Iglesia como la formulada en la 37

Humanae vitae es definitiva, aunque no esté definida como dogma. «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Luc. 10,16). A este respecto convendría recordar, según enseña el Catecimo de la Iglesia Católica (cf. 892), que la asistencia divina es concedida al sucesor de Pedro, Obispo de Roma, cuando propone una enseñanza que conduce a una mejor cconocimiento de la Revelación en materia de fe y de costumbres, aunque no sea de una forma infalible: «A esta enseñanza ordinaria, los fieles deben "adherirse... con espíritu de obediencia religiosa" (LG 25) que, aunque distinto del asentimiento de la fe, es una prolongación de él» (CatIC 892).

2. No siempre es deshonesta
- El acto conyugal queridamente infecundo no puede ser siempre intrínsecamente desordenado o deshonesto, pues no es posible dar a priori una semejante calificación moral, sobre todo debido a que el actuar humano está determinado por situaciones concretas. Respuesta: Lo intrínsecamente deshonesto o malo quiere especificar que un acto semejante no podrá nunca, por ninguna razón y por ninguna circunstancia del agente, ser convertido en lícito. Ninguna acción puede ser intrínsecamente mala, culpable, desde el punto de vista subjetivo, porque hay tantos y tantos matices que habría que valorar moralmente. Esto es cierto, y la moral clásica hablaba ya de circunstancias que pueden disminuir el pecado o bien aumentar el pecado. Lo que es objetivamente grave puede ser subjetivamente leve, más aún, puede no haber pecado. Pero esto no afecta al tema sobre lo que es intrínsecamente malo, que es un tema sobre el desorden del acto moral, y no sobre la culpa subjetiva del agente. Lo intrínsecamente malo no significa que todo el acto es malo, sino que hay una malicia en el interior del acto que ninguna razón del mundo puede justificar «subjetivamente».

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3. No significa que siempre haya culpa grave
- Se dice: la anticoncepción se trata siempre de un hecho intrínsecamente deshonesto, pero esto no significa que sea siempre culpa grave: puede ser, incluso objetivamente, venial. Respuesta: La expresión pecado grave o culpa mortal, razonando así, no fue adoptada por la Humanae vitae, sino que solamente afirmó que la anticoncepción es «intrínsecamente deshonesta» o que «debe ser absolutamente excluida». Según la doctrina constante de la Iglesia toda violación directa del uso del sexo es de suyo materia grave. «Según la tradición cristiana, confirmada por la doctrina del Magisterio, y como reconoce también la recta razón, el orden moral de la sexualidad comporta valores morales tan altos, que toda violación directa de este orden es objetivamente grave» (Pablo VI 29-XII-75). Por otra parte la Humanae vitae —al condenar la anticoncepción— cita diversos documentos anteriores que explícitamente habían afirmado la gravedad mortal de esta culpa. En concreto, cita el Catecismo Romano de Trento, que califica a la anticoncepción como «gravísimo delito». Por otra parte, si la insistencia de la Humanae vitae apunta sobre todo a lo intrínsecamente deshonesto (intrinsece malum) de los actos anticonceptivos, es porque éste era el punto entonces controvertido, y no el carácter leve o grave.

4. Nos apoyamos en criterios puramente biológicos
- Se oye decir que los criterios sobre los cuales se establece la citada diferencia son biológicos o físicos, en el sentido de que se elevan las leyes biológicas al status de normas reguladoras del uso de la libertad. Así, dicen, se acepta la confusión entre dos órdenes muy distintos —físico y moral—, y se quita al hombre su derecho al dominio sobre la naturaleza irracional. Así, respecto al problema del dominio sobre la naturaleza irracional, un conocido autor insinuaba que los métodos anticonceptivos son, sí, artificiales, pero lo son como las gafas o lentes para el miope. 39

Respuesta: El uso de la sexualidad no puede ser considerado como uso de la naturaleza irracional sin destrozar gravemente la unidad de la persona. El uso de la sexualidad es una dimensión de autodominio y de autoposesión de la persona, debe estar regulada por el respeto a las normas morales. Si tuviésemos que hacer comparaciones, diríamos que la anticoncepción no es semejante a las gafas o lentes normales, sino más bien a la acción de cegar, como ponerse unas gafas con madera por cristales. La supresión de la fertilidad temporal o definitiva, se puede parangonar a la supresión de la vista, no a su potenciación.

5. La moral está al servicio de la ley biológica
- Algunos objetan, que al prohibir siempre la anticoncepción, la ley moral está al servicio de la ley biológica de la fecundidad, y no al bien de la persona. Respuesta: Está claro que éste no es el fundamento de la moral sexual católica. De otro modo sería preferible desde un punto de vista ético una relación adúltera fecunda que una relación matrimonial que no lo es o que no lo puede ser. Tampoco se puede confundir el orden moral con el orden biológico.

6. La anticoncepción es un remedio eficaz contra el aborto
- Se afirma con frecuencia que la anticoncepción segura y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa, además, a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. Respuesta: «La objeción, mirándolo bien, se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los contravalores inherentes a la "mentalidad anticonceptiva" —bien diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado pleno del acto conyugal— son tales que hacen precisamente más fuerte 40

esta tentación, ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto, desde el punto de vista moral son males específicamente distintos: la primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente el precepto divino «no matarás. »A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están íntimamente relacionados, como fruto de un mismo árbol. Es cierto que no faltan casos en los que se llega a la anticoncepción e incluso al aborto bajo la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la ley de Dios. Pero en muchísimos otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad, que ven en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo que es preciso evitar a toda costa; y el aborto, en la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada. »Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad, existe entre la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez más y lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos, dispositivos intrauterinos y "vacunas" que, distribuidos con la misma facilidad que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano» (EV 13). «La invitación a la contracepción fomenta una comprensión de la sexualidad despersonalizada y orientada únicamente al momento pasajero. Por otra parte, no desconoceréis que en los métodos más recientes, los límites entre contracepción y aborto son muy difíciles de precisar» (JP, L'OR 13-VII-87) 41

VIII. DIFERENCIAS ENTRE CONTINENCIA PERIÓDICA Y ANTICONCEPCIÓN
CONTROL DE LA NATALIDAD Métodos Artificiales de Planificación Familiar Fundamento: Privan a la relación sexual de su función procreativa. TIPOS - Anticonceptivos orales (píldora) - Anticonceptivos inyectables - Dispositivos intrauterinos - Espermicidas - Preservativo - Diafragma y capuchón - Coito interrumpido - Ligadura de Trompas - Vasectomía - Otros Métodos Naturales de Regulación de la Fertilidad Fundamento: La continencia o abstinencia periódica en los días fértiles. TIPOS - Método de la Ovulación Billings - Método de la Temperatura Corporal Basal - Método del Ritmo - Método Sintotérmico

1. Dos concepciones de la persona
Una difusa mentalidad hedonista, típica de nuestra época (dispuesta a legitimar cualquier elección con tal que sea libre), trata de diluir —cuando no negar— la diferencia entre la continencia periódica (abstinencia en días fértiles) y la contracepción, como si todo se redujera a una cuestión de método, en el fondo opinable, sobre su eficacia, su influencia sobre la salud y la espontaneidad de las relaciones. 42

Esto crea inevitablemente confusión, y favorece la difusión, siempre más amplia e irresponsable, de las prácticas contraceptivas. Entre la contracepción y el recurso a los ritmos temporales existe una diferencia antropológica y al mismo tiempo moral, «una diferencia más amplia y profunda de lo que habitualmente se cree, y que implica en resumidas cuentas dos concepciones de la persona y de la sexualidad humana irreconciliables entre sí» (FC 32). De hecho, en la contracepción los cónyuges, se atribuyen el derecho indiscriminado de ser árbitros de la vida, mientras que en la continencia periódica ellos renuncian con mutuo, inteligente y responsable acuerdo, al uso del matrimonio en los períodos fecundos. Pueden existir, efectivamente, graves y justas razones que desaconsejen la procreación y el uso del matrimonio en los períodos fértiles para salvaguardar el amor mutuo y la fidelidad. Hay por tanto entre continencia periódica y contracepción una doble diferencia, ya sea por el objeto (o medio) del acto como por la intención de los esposos, los dos elementos sobre los que se juzga la moralidad de la conducta. Según dice Santo Tomás, «El pecado se genera de dos modos: o porque el objeto del acto no es proporcionado al fin, como sucede con las acciones que son malas en sí mismas, es decir intrínsecamente deshonestas; o porque el agente realiza el propio acto de modo desordenado al fin, como sucede con las acciones que son malas por la intención, aunque el objeto sea bueno». Se debe reconocer claramente que la contracepción y los llamados métodos artificiales, son actos que por su objeto son siempre desordenados. Comportan, por sí mismos, una rotura voluntaria de la «inseparable conexión, que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador» (HV 12). El uso de un medio contraceptivo es un acto desordenado por su mismo objeto, por eso siempre es inmoral, siempre gravemente ilícito cualquiera que sean las circunstancias.

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2. Condiciones de licitud de los «métodos naturales»
Sin embargo, en la continencia periódica, el acto, por su objeto, es indudablemente lícito: usando el matrimonio en los días infértiles, los cónyuges no rompen la unidad entre el aspecto unitivo y procreador. Además la intención es recta cuando, según las enseñanzas de la Iglesia, existen graves motivos, en los que queda claro que la voluntad de los cónyuges no es la de obrar a su arbitrio, sino la de buscar ordenadamente la voluntad de Dios. La Iglesia ha rechazado siempre el recurso a los ritmos cuando éste es elegido por un motivo puramente egoísta. «Hablando del método natural se acepta frecuentemente — decía el cardenal Wojtyla— el mismo punto de vista que para los "métodos artificiales", reduciéndose a los principios utilitaristas. Así concebido, el método natural acaba por ser sólo uno de los medios destinados a asegurar el máximum de placer» distinguiéndose sólo en lo que alcanzaría por un camino diverso al de los métodos artificiales» (AR p. 228). La Iglesia, cuando rechaza todo planteamiento contraceptivo, no establece simplemente una contraposición entre contraceptivos naturales y artificiales, sino que condena cualquier forma intencionada de contracepción: exige que se viva siempre la castidad conyugal, y el recurso a la continencia periódica por justas causas es sólo una de sus manifestaciones. Mientras que la contracepción nace del endurecimiento del egoísmo y lleva a los cónyuges a preferir sólo su bienestar material y su comodidad antes que el bien de la misma vida para los hijos, la castidad —y por consiguiente la continencia periódica por justas causas— es una defensa del amor contra el egoísmo.

3. El subjetivismo: una dificultad para captar la diferencia
Una de las mayores dificultades para captar la diferencia moral y antropológica entre la anticoncepción y la continencia periódica consiste precisamente en la creciente difusión de la mentalidad subjetivista. Es esta mentalidad la que no acepta un criterio objetivo capaz de discernir entre el orden y el desorden, entre el bien y el mal, entre la manifestación del amor, en los fenómenos sentimentales, afectivos, de simpatía, en la búsqueda 44

de determinados valores, en la fundamentación de ciertas relaciones interpersonales. Según esa mentalidad el juicio sobre las cosas, sobre los hombres, sobre los valores toma como norma la humana subjetividad en sus más variados aspectos: su situación vital, sus sentimientos, sean superficiales o profundos. Hay que decir inmediatamente que todos estos aspectos de la subjetividad humana no deben ser dejados completamente aparte, pero es necesario que todas las reacciones espontáneas del sujeto, sean de carácter afectivo, sean de carácter valorativo, tengan por encima de ellas una regla objetiva, que permita discernir su verdad.

4. Un ejemplo de subjetividad
Pongamos un ejemplo. Consideremos el caso que entre un hombre soltero y una mujer casada, pero injustamente abandonada por su marido, nazcan sentimientos de sincera amistad y amor, de modo que decidan vivir juntos. En nuestro ejemplo estas dos personas, que trabajan en la misma oficina, han hecho una verdadera amistad, se han identificado, han experimentado la posibilidad y el deseo de ayudarse recíprocamente y, al final, han conseguido que nazca entre ellos un sincero afecto. Y en tanto que el afecto del hombre hacia la mujer ha sido vivido por él como una aspiración hacia valores nobles, limpios, en su horizonte mental subjetivo no aparece ni siquiera la sombra de un deseo de utilizarla, de hacer de la mujer un objeto de placer. ¿Qué podemos decir sobre este ejemplo? Desde el punto de vista meramente antropológico no podríamos decir nada o casi nada. Sin embargo, detrás de los fenómenos que hemos descrito en nuestro ejemplo hay siempre un acto de libertad, el cual enfrenta al sujeto ante ciertos valores, a la vez que esconde otros de su horizonte visual y, por tanto, consiente al atractivo de los primeros, mientras que impide la atracción de los segundos. Este acto de libertad no debe ser juzgado sólo desde la sinceridad y nobleza de sentimientos vividos frente a los valores que el sujeto ha puesto ante sí, sino que sobre todo debe ser juzgado sobre la base de algunos criterios objetivos, que solamente la razón puede acoger. En este ejemplo, el criterio objetivo que debemos usar en nuestro juicio se constituye por la existencia de relaciones de justicia, ligadas a un anterior acto 45

libre, a un pacto de amor conyugal, por el cual esa mujer no puede ser ya de ese hombre. En nuestro ejemplo estamos ante algo que no es otra cosa que subjetivismo, es decir, estamos ante una determinación del bien y del mal en la cual estas cualidades éticas no tienen más valor que el que pueda resonar en el estado sentimental del sujeto. Por tanto, nos encontramos frente a un amor culpable. Como escribía el Cardenal Wojtyla, «su culpabilidad no es debida al hecho de estar lleno de sentimientos, y ni siquiera es debida a los sentimientos mismos, sino al hecho de que la voluntad los pone por encima de la persona, al hecho de que los sentimientos vienen a suprimir las leyes y los principios objetivos que deben regir la unión de las personas. La autenticidad de lo vivido llega a ser a menudo enemiga de la verdad en el comportamiento» (AR p. 150).

5. Fuera del criterio objetivo
En el ámbito que nos interesa más específicamente encontramos casos que tienen un paralelismo ético con el que hemos descrito antes. Lo encontraremos sobre todo entre los que, teniendo graves motivos para limitar los nacimientos, practican la anticoncepción. Afirman que actúan bien porque usan del matrimonio con el fin de conservar el amor recíproco o de ayudar al otro cónyuge, previniendo así su posible incontinencia o infidelidad. Quien actúa así dice que actúa bien, pero en realidad en su actuar han desaparecido los criterios que permiten juzgar objetivamente, sean los actos cumplidos, sean las intenciones. El subjetivismo, la intención personal y la valoración meramente individual, en ningún modo son suficientes para formar un recto juicio de moralidad. Los criterios objetivos salvaguardan el intrínseco sentido de la mutua donación en el acto de la procreación humana, en un contexto de amor verdadero, de modo que el verdadero amor pueda ser expresado. «Cuando se trata de armonizar el amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, el carácter moral del comportamiento no depende sólo de la sincera intención y de la valoración de los motivos, sino que está determinado por criterios objetivos, que tienen su fundamento en la naturaleza misma de la 46

persona humana y de sus actos, destinados a mantener en su contexto de verdadero amor el íntegro sentido de la mutua donación y de la procreación humana; y todo eso no es posible si no se cultiva la virtud de la castidad conyugal» (GS 510). Por otra parte, un acto de amor recíproco que conlleve la disposición para no transmitir la vida, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida.

6. Diferencia respecto del medio
La anticoncepción siempre infringe, de manera directa y positiva, la norma que regula el uso del matrimonio y que define el verdadero amor conyugal. El procedimiento anticonceptivo se introduce en la dinámica interna de la sexualidad, y cierra voluntariamente y de modo total la apertura hacia un gran bien, puesta en ella por Dios. El hombre manipula los procesos en los que la vida humana tiene sus orígenes, y priva o roba a esos procesos algo que poseen con propiedad específica. El bien arrancado a la sexualidad es la posible existencia de una persona. La acción anticonceptiva, es decir, el acto positivo de quitar a la sexualidad el bien recibido de Dios, es, y no puede no serlo, intrínsecamente malo, en cuanto acto voluntario que excluye positiva y totalmente la conexión entre sexualidad y procreación establecida por Dios mismo, Autor de la naturaleza humana. Emerge aquí una primera y notable diferencia de la continencia periódica respecto a la anticoncepción. La contiencia periódica no infringe el orden establecido por Dios. Ninguno de los actos de los cónyuges que la practican quita a un proceso en acto el bien en ese momento contiene o puede contener. «El método natural —al contrario que los métodos artificiales — aprovecha las condiciones en las que la concepción no puede, por naturaleza, tener lugar. El carácter natural de las relaciones no es por tanto turbado, mientras que los métodos artificiales violan su misma naturaleza» (AR p. 228). No se podría decir que en la continencia periódica tenemos que habérnoslas con un acto anticonceptivo interno. Este acto no existe. No existe ni el deseo ni la intención de quitar a un proceso en acto su bien; es más, la continencia periódica incluye el firme 47

propósito de aceptar y amar la vida que, a pesar de las expectativas de los cónyuges, pudiese venir. En la continencia periódica hay dos aspectos, ciertamente ligados entre sí: el uso del matrimonio en los períodos que se consideran infecundos y la continencia en los períodos fértiles. El primer aspecto no presenta ninguna dificultad; desde siempre se ha considerado lícito el uso del matrimonio a los cónyuges cuya esterilidad natural ha sido comprobada. Los otros fines del matrimonio y el valor intrínseco del amor conyugal lo justifican. La decisión de no usar del matrimonio en los períodos fértiles es una omisión de una prestación. Se trata de una prestación que, en determinadas condiciones, puede no ser pedida a los cónyuges por Dios, y por eso en estos casos se trata de una prestación a la que no están obligados. Ejemplo, yo estoy obligado a dar limosna ante una persona necesitada, pero puede haber motivos (no disponer de dinero, necesitarlo para mis hijos...) para no hacerlo y, por supuesto, no recibo de esa persona ningún agradecimiento. Siguiendo el mismo ejemplo de la limosna, puedo ver a un pobre y darle un billete falso (sin que él lo sepa), recibiendo de él un agradecimiento expreso que me honra (realizo el acto de la limosna pero privándolo del don). La diferencia es manifiesta. Quien practica la continencia periódica, en las condiciones indicadas por el Magisterio de la Iglesia, y durante el tiempo que ellas subsisten, respeta la ley moral, porque actúa según el modo que ella permite. No piensa que su situación le autoriza a todo, o a excluir la vida a cualquier precio y con cualquier medio. Acepta que el hombre no puede manipular los procesos de los que la vida se origina, y es sabedor de que no puede penetrar en el interior de un proceso en acto para arrancarle sus frutos. La anticoncepción es intrínsecamente mala porque infringe directamente las normas morales y los designios de Dios, y por eso no puede ser justificada ni siquiera por una hipotética intención recta. La continencia periódica respeta los criterios objetivos de moralidad y no tiene nada que ver con el subjetivismo. Sólo es posible en el contexto de la virtud de la castidad, es decir, en el contexto del esfuerzo personal por el autodominio y por el respeto 48

del otro cónyuge. La continencia periódica exige el diálogo e impone a ambas partes la comprensión y la aceptación de las diversas particularidades inherentes a la virilidad y a la feminidad, lo cual no sería posible donde el amor fuera reducido a sus aspectos sexuales o biológicos. Además respeta el sentido de la donación, total y sin reserva, que es propio del amor conyugal. Si tuviésemos que resumir, afirmaríamos que entre la continencia periódica y la anticoncepción existe la diferencia que hay entre la conciencia que acepta una definición objetiva de los valores personales y morales, y la conciencia que, en cambio, hace del «para-mí» la condición general de todo bien posible, rechazando así los fundamentos mismos de toda consideración moral de la vida humana.

7. Diferencias en la intención
El recto comportamiento de los cónyuges es el de buscar sobre todo la voluntad de Dios. Desde esta perspectiva queda claro que una postura o una mentalidad anticonceptiva debe ser excluida en medida no menor que la anticoncepción misma. La mentalidad anticonceptiva hunde muchas veces sus raíces en el hedonismo. En muchos casos se trata de un hedonismo que, quizá de manera irreflexiva, asume en la persona el papel de principio determinante último de su obrar. Este hedonismo se traduce en comportamientos y creencias, como por ejemplo la idea de que tener más de uno o dos hijos es, hoy por hoy, una carga insoportable, o también la idea de que no habría graves motivos para evitar un nacimiento sólo en el hipotético caso en el que un nuevo hijo no comportase en absoluto ninguna carga. Entre las múltiples consecuencias de esta mentalidad hedonista, y dejando aparte las relativas a la vida, indicaremos tres. Primera consecuencia: la degradación de la persona, imagen viva de Dios, que es considerada exclusiva o principalmente como objeto. Después, la degradación del amor conyugal, que, de participación en el amor creador de Dios, se convierte en una fusión de egoísmos combinados de modo que no se resulten desagradables el uno al otro; de ser donación total, se rebaja hasta excluir la paternidad y la maternidad inherentes a la virilidad y a la feminidad; de ser forma entre las más sublimes de amistad, pasa a ser una forma de cooperación al mal. En tercer lugar, una 49

degradación de la misma sexualidad, la cual, sin su orientación inmanente al servicio de la existencia de la persona, se convierte en algo que se manipula, en un instrumento de placer y de desahogo, que no posee significado específico en la economía de la Salvación. En la mentalidad hedonista la continencia periódica está puesta al servicio de intenciones anticonceptivas. La continencia periódica no puede ser interpretada como un modo permitido de decir no a la vida, o como el precio que hay que pagar para eludir la responsabilidad de la paternidad o de la maternidad. La correcta interpretación y aplicación de los métodos naturales exige sobre todo superar la mentalidad hedonista, sus consecuencias y sus razones. Por eso no basta que haya motivos, porque incluso el egoísmo de la carne tiene sus «buenas razones». La correcta interpretación de este problema exige el paso al plano de las virtudes cristianas, del deseo sincero de hacer el bien, de la búsqueda amorosa de la voluntad de Dios. En este contexto se entiende enseguida que aquí no se habla de la diferencia entre los métodos, sino de la diferencia radical, puramente ética, entre la anticoncepción y la castidad conyugal, una de cuyas manifestaciones puede ser —en determinadas condiciones— la continencia periódica. Sobre estas condiciones deberán juzgar los cónyuges, considerando en la presencia de Dios si la continencia periódica es para ellos el modo justo de cumplir «los propios deberes hacia Dios, haci sí mismos, hacia la familia y hacia la sociedad, en una justa jerarquía de valores» (HV 10). No es éste el momento de hacer una casuística de los motivos o de las posibles circunstancias. Es mejor repetir con Aristóteles: «El hombre virtuoso juzga siempre las cosas de modo justo, y conoce la verdad sobre ellas, porque así como cada uno es, así le parecen las cosas (...). Quizá la gran dignidad del hombre virtuoso consiste en que sabe ver la verdad de todas las cosas, porque él mismo es como su norma y medida; el hombre grosero, en cambio, es engañado por el placer, que se parece al bien, pero que en realidad no lo es. El vulgo elige el placer, que confunde con el bien; y huye del dolor, que confunde con el mal» (Ética a Nicómaco, III). La mentalidad consumista, la mentalidad contra la vida, el pesimismo y el egoísmo son posturas contrarias a la postura que la 50

Iglesia asume hacia la vida humana. La postura de la Iglesia se respeta y se comprende desde una perspectiva bien distinta: «la constancia y la paciencia, la humildad y la fortaleza de ánimo, la filial confianza en Dios y en su gracia, el recurso frecuente a la oración y a los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación» (FC 33). Y entre estas disposiciones de ánimo debe ser contada también la castidad, que «no significa en absoluto ni rechazo ni menosprecio de la sexualidad humana: significa más bien energía espiritual, que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe conducirlo hacia su plena realización» (FC 33).

8. La continencia periódica exige castidad conyugal
Entre el hombre y la mujer, en el dinamismo de la sexualidad, hay tres formas de expresión: somática (atracción física), psíquica (emocional) y espiritual. Para que exista esta dimensión espiritual se requiere que entre el hombre y la mujer haya una relación de persona a persona, una relación en la cual la persona del otro es querida en sí misma y por sí misma, simplemente por la dignidad de esa persona, dignidad que la hace merecedora de ser querida de ese modo, en su valor absolutamente singular. Es la persona en su irrepetibilidad, en su singular valor lo que entra en relación cuando es la dimensión espirital de la sexualidad humana lo que se pone en acto. Es la postura de quien sabe que tiene en sus manos algo de valor único y tiene miedo de perderlo. Si tomamos un cristal de gran valor entre las manos y nos hacen caminar por una escalera muy resbaladiza se siente ese «temor» de echar a perder algo precioso. Uno se encuentra frente al otro como ante un valor absolutamente único; tiene miedo de echar a perder el valor que le le ha confiado. La virtud de la castidad es la virtud que lleva a cabo la integración entre los dinamismos espiritual, psíquico y somático de la persona. La concupiscencia consiste en reducir el dinamismo de grado superior al de los de grado inferior. Por ella ya no veo al otro o a la otra como persona al que uno se da, sino que veo al otro como objeto de placer. En el fondo, la castidad conyugal es una manifestación de la caridad dentro del estado matrimonial. 51

IX. INVESTIGACIÓN Y ENSEÑANZA DE LOS «MÉTODOS NATURALES»
1. La Iglesia alienta su investigación
La Iglesia anima sinceramente la investigación sobre los métodos naturales, es decir, la investigación científica sobre los ritmos de la fertilidad. Y así se expresa Juan Pablo II: la Iglesia «se alegra de los resultados alcanzados por las investigaciones científicas para un conocimiento más preciso de los ritmos de la fertilidad femenina y alienta una más decisiva y amplia extensión de tales estudios» (FC 35). La Iglesia enseña que «debemos estar convencidos de que es providencial el que existan varios métodos naturales de planificación familiar que permitan satisfacer las necesidades de las diversas parejas. La Iglesia no da aprobación exclusiva a uno u otro de los métodos naturales, sino que urge que todos ellos se hagan viables y se respeten» (JP II 7-VI-1984). Es una lógica y necesaria consecuencia de que se trata de una verdad científica, sobre la que la Iglesia no quiere ni puede pronunciarse, porque su tarea es guiar éticamente el uso de la ciencia pero no sustituirla.

2. Debe acompañarse de formación de las conciencias
Los métodos naturales se deben enseñar en el contexto de toda la doctrina de la Iglesia. La ciencia debe estar guiada por la ética hacia el bien total del hombre. Esto se aplica también, como es lógico, a los descubrimientos científicos sobre los ritmos biológicos: De hecho, estos conocimientos y los métodos a ellos ligados, pueden ser también usados para fines moralmente ilícitos. «Otro modo de debilitar en los cónyuges el sentido de su responsabilidad sobre su amor conyugal es precisamente el de difundir información sobre los métodos naturales, sin ir acompañada por la debida formación de las conciencias. La técnica no resuelve los problemas éticos, simplemente porque no está en condiciones de hacer mejor a la persona. La educación de la castidad es algo que nada puede sustituir. Amarse conyugalmente sólo es posible para el hombre y la mujer que 52

hayan alcanzado una verdadera armonía en lo íntimo de su personalidad» (JP 14-3-88). La Iglesia afirma que el recurso a la continencia periódica, para regular la natalidad, es lícito sólo por graves y justas causas: jamás aprueba que la decisión de los cónyuges sobre el número de hijos sea fruto de un mero proyecto egoísta, aunque el método adoptado sea natural. Es evidente que no pueden ser divulgados los métodos naturales para que hagan uso de ellos quienes buscan un uso desordenado del sexo fuera del matrimonioo sin riesgos procreadores. En una palabra, el uso de los métodos naturales es lícito sólo dentro del matrimonio y con justa causa. Esto lleva consigo la necesidad de usar determinadas cautelas también en el modo de enseñar los métodos naturales. «Respecto a los inicios de la vida, los centros de métodos naturales de regulación de la fertilidad han de ser promovidos como una valiosa ayuda para la paternidad y maternidad responsables, en la que cada persona, comenzando por el hijo, es reconocida y respetada por sí misma. También los consultorios matrimoniales y familiares, mediante su acción de consulta y prevención, realizada a la luz de una antropología coherente con la visión cristiana de la persona, de la pareja y de la sexualidad, constituyen un servicio precioso para profundizar en el sentido del amor y de la vida y para sostener y acompañar a cada familia en su misión como santuario de la vida» (EV 81).

3. No es una técnica más
La misma presentación de los métodos no puede quedar reducida sólo a la exposición de éste u otro método biológico, sino que debe hacerse de tal manera que no constituya «una atenuación de la exigente llamada del Dios infinito; debe, por encima de todo, guiar a los hombres y mujeres de nuestro tiempo a esa verdadera comunión de vida, amor y gracia que es el rico ideal del matrimonio cristiano, apreciando la inseparabilidad esencial de los aspectos unitivo y procreador del acto conyugal. Por tanto, la misma exposición de los aspectos médicos y biológicos debe estar encaminada hacia una búsqueda confiada de la voluntad de Dios para la propia familia, de respeto a la vida y al misterio de la procreación humana, de amor a la castidad. 53

No se trata de difundir una técnica concreta, sino sobre todo, de un modo de entender la sexualidad humana dentro del designio divino: he aquí la razón última por la que la Iglesia se interesa de esta cuestión. Debe estar siempre presente la concepción cristiana correcta y global, tanto de la persona como de la libertad que entraña la seguridad de que no existe problema humano que no encuentre una justa solución dentro del ámbito de la ley divina.

4. Nunca como contraceptivo
Los educadores y docentes no sólo no deben jamás enseñar, sino tampoco dejarse implicar en programas o iniciativas que presenten los métodos naturales y los métodos contraceptivos como alternativos: es decir, en una visión de conjunto en la que el único punto de referencia se concentre sólo en la «seguridad» del método, o en su influjo sobre la salud, o en el modo que interfiere más o menos el placer sexual. Desgraciadamente, se trata de un punto de vista que se ha introducido en gran parte de la bibliografía que se refiere a este tema. Es obvio que no se debe dar indiscriminadamente la misma información a las diversas categorías de personas: se debe distinguir entre la información genérica y la información detallada sobre los métodos naturales. En un colegio, por ejemplo, no sería prudente dar una enseñanza detallada que correría el riesgo de ser utilizada para fines contraceptivos. Al contrario, quien está unido en matrimonio puede tener justas causas para recurrir a la continencia periódica. Como sucede con todo tipo de conocimiento científico, también éste incorrectamente presentado puede ser utilizado para el bien o para el mal.

5. Educar en el valor de la vida
«Es necesario educar en el valor de la vida comenzando por sus mismas raíces. Es una utopía pensar que se puede construir una verdadera cultura de la vida humana, si no se ayuda a los jóvenes a comprender y vivir la sexualidad, el amor y toda la existencia según su verdadero significado y en su íntima correlación. La sexualidad, riqueza de toda la persona, "manifiesta su significado íntimo al llevar a la persona hacia el don de sí misma en el amor". La banalización de la sexualidad es uno de los factores 54

principales que están en la raíz del desprecio por la vida naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto, no se nos puede eximir de ofrecer, sobre todo a los adolescentes y a los jóvenes, la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una educación que implica la formación de la castidad, como virtud que favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado esponsal del cuerpo. »La labor de educación para la vida requiere la formación de los esposos para la procreación responsable. Ésta exige que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo generosamente la familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o por tiempo indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les obliga, de todos modos, a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en sus personas. »Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreación, el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad: éstos han sido precisados cada vez mejor desde el punto de vista científico y ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales. Una consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y convencer a los esposos, y también a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación, con frecuencia ignorada, trabajan en la investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso supone» (EV 97).

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X. LO QUE HA TRAÍDO LA ANTICONCEPCIÓN

En la encíclica Huamane Vitae (n.17) el Papa Pablo VI hacía cuatro predicciones que causaría el uso generalizado de la anticoncepción. No podemos menos de constatar que sus predicciones se han cumplido al pie de la letra. 1º Se abrirá un camino fácil y amplio a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. Desde 1968, fecha en que se publico la Humanae Vitae, los índices de abortos, divorcios, rupturas familiares, violencia familiar, enfermedades venéreas e hijos extramatrimoniales no han dejado de crecer de forma alarmante. 2º El hombre acabará por perder el respeto a la mujer, y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegará a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a compañera, respetada y amada considerará como simple instrumento de placer. Es decir, la mujer pasa a ser considerada como un simple objeto de placer. La actividad sexual se vuelve intranscendente. Indicadores de ello son, por ejemplo: la proliferación de las relaciones sexuales prematrimoniales y extramaritales, de las parejas convivientes, de la pornografía, de la prostitución… La anticoncepción ha cambiado nuestra forma de entender la sexualidad. Surge la mentalidad antinatalista y hedonista: el hijo es una carga, un estorbo; el embarazo, una enfermedad… Y si se quieren tener niños, estos deben de ser perfectos, sin ningún defecto (mentalidad eugenésica). El acto sexual ya no es un compromiso de por vida sino un encuentro momentáneo, intranscendente. Aparece el concepto de embarazo no deseado o accidental. Cuando en realidad el embarazo es una consecuencia natural del acto sexual. Lo que si puede ser deseado o no deseado es el acto sexual.

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Como el uso de los anticonceptivos recae sobre todo en la mujer, el varón se vuelve irresponsable y merma su sentido de la paternidad. La mujer es la que sufre las molestias y los riesgos para su salud. Por ejemplo, con la toma de la píldora se expone a sufrir dolores de cabeza, nauseas, hipersensibilidad mamaria, ganancia de peso, incremento de la irritabilidad, tendencia a la depresión, frigidez, acné... Y lo que es peor trombosis y embolias (muerte, ceguera, infarto miocardio…), cáncer de mamas, ETS, enfermedad pélvica inflamatoria, etc. La píldora la mantiene a la mujer en un estado de pseudo-embarazo y esterelidad permantente. Aunque esté en edad reproductiva, no experimenta las normales fases de fertilidad. 3º Los gobiernos impondrán a sus pueblos el método anticonceptivo que consideren más eficaz. Ejemplos más elocuentes: Política de un hijo único por familia en China; campañas de esterilización masivas en los países en desarrollo; despenalización del aborto, etc. Condicionamiento de los préstamos a los países pobres a la adopción de políticas de control demográfico. 4º La anticoncepción conduciría a los seres humanos a pensar erróneamente que tienen un dominio ilimitado sobre sus propios cuerpos… Desde entonces hemos visto como ha proliferado la fecundación in vitro, la manipulación embriones, los intentos de clonación humana, el uso embriones con supuestos fines terapéuticos, la desnaturalización de la sexualidad (ideología de género), las pruebas diagnósticas prenatales de índole eugenésico, la eutanasia, etc. No cabe duda que el Papa Pablo VI fue guiado por el Espíritu Santo. De otra forma, si hubiese autorizado la anticoncepción abría indirectamente autorizado el aborto, puesto que después se ha visto que muchos anticonceptivos tienen también efecto abortivo en ocasiones (píldoras) o como principal efecto (dius, implantes).

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HITOS CRONOLÓGICOS RELACIONADOS CON LA ANTICONCEPCIÓN

1928. Un investigador escocés, llamado Alexander Fleming descubrió el primer antibiótico, la penicilina. 1930. Conferencia de Lambeth. Los prelados anglicanos, reunidos en el distrito de Lambeth (Londres) declaran lícito el uso de medios anticonceptivos. Hasta ese año toda la cristiandad se mantenía unánime en su respeto a la vida y en su condena a los anticonceptivos. Pero para el año 1958 casi todos los protestantes habían capitulado a la corriente anticonceptiva. 1930. Pio XI, el 31 de diciembre, publica la encíclica Casti connubii (Sobre el matrimonio cristiano), en la que, conforme a la doctrina cristiana, declara rotundamente la inmoralidad de la anticoncepción: «…cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia y natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen, se hacen culpables de un grave delito.» (n.21) 1937. Mediante una serie de estudios realizados en animales, se descubrió que las píldoras de estrógeno eran efectivas para evitar los embarazos. 1940. Florey y Chain utilizan por primera vez la penicilina, en humanos. Pronto se aplicará para tratar la sífilis y la gonorrea. 1951. Pío XII vuelve reitera la doctrina de su predecesor: «Esta prescripción (de Casti connubii) se sigue manteniendo hoy tanto como se mantuvo ayer. Se mantendrá mañana y siempre, pues no es un mero precepto del derecho humano, sino la expresión de una ley natural y Divina» (Mensaje a las Parteras, n. 24, 29-10-51). 1961. Juan XXIII, en la carta encíclica Mater et Magistram, recuerda a los esposos que están obligados a obedecer las leyes divinas: «Debido a que la vida del hombre pasa a otros hombres deliberada y conscientemente, por lo tanto de esto se sigue que debe hacerse según las prescripciones más sagradas, 58

permanentes e inviolables de Dios. Todos sin excepción están obligados a reconocer y observar estas leyes. Por lo tanto, en este asunto, nadie tiene permiso para usar métodos y procedimientos que podrían ser permisibles para controlar la vida de plantas y animales» (1961). 1963. Hacen su aparición en el mercado las primeras píldoras anticonceptivas. 1963. Juan XXIII instituye una Comisión de Estudio que estudie los temas del amor conyugal y la regulación de la natalidad. 1965, Concilio Vaticano II. Se publica el documento Gaudium et Spes, que entre otras cosas afirma: «En el deber de transmitir la vida humana y educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. […] En su modo de obrar, los esposos cristianos, tengan en cuenta que no pueden proceder a su arbitrio, sino que siempre deben regirse por la conciencia, que hay que ajustar a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente aquélla a la luz del Evangelio. Esa ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a su verdadera perfección humana.” (GS n°50) Mayo del 68, París, tienen lugar las revueltas de los estudiantes universitarios que ponen en tela de juicio las bases sociales y económicas vigentes: el modo de producción, la jerarquización, la función del estado, la institución e la familia, el sexo. Entre sus eslóganes: ¡Prohibido prohibir! La imaginación al poder. Hago lo que quiero con mi cuerpo. 1968. El 15 de julio Pablo VI, después de examinar a la luz de Dios los resultados de la comisión de estudio, publica la encíclica Humanae vitae, en la que reitera la condena a la anticoncepción. «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.» (n. 12). «La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su 59

constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de la vida» (n.11). 1973. El Tribunal Supremo legaliza el aborto en los Estados Unidos. 1979. El gobierno chino introduce la política del hijo único por pareja. 1981. En Junio el Centro para el Control de Enfermedad de Atlanta, Estados Unidos (CDC), publica el primer reportaje sobre un tipo raro de neumonía: "Pneumocistis Carinii" en cinco jóvenes, todos homosexuales activos recidentes en Los Angeles. Son los primeros casos conocidos del Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA).

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