Fabricando Ángeles

Iván Cuevas Rosemberg miró fijamente a su paciente, listo para hacerle la pregunta definitiva: Así, que… ¿estamos de acuerdo en que los ángeles no existen como tales, verdad, Ismael? No, doctor… ni ángeles, ni arcángeles, ni serafines, ni querubines, ni nada que se le parezca – Respondió el paciente, a sabiendas de que su pase de salida al mundo exterior dependía de la respuesta. – Las apariciones que se presentaron ante mis ojos, fueron producto de mi mente perturbada - agregó, no sin cierta resignación. Creo que con esto podemos dar por terminado tu tratamiento como interno de este hospital – aclaró Rosemberg – De ahora en adelante, pasarás a ser paciente ambulatorio, y te reportarás conmigo una vez a la semana, en sesión normal. ¿De acuerdo? De acuerdo, doctor, como usted diga – Contestó mansamente Ismael, sonriendo por dentro. – Sólo que, bueno, usted sabe… tengo que acostumbrarme de nuevo a la vida cotidiana, y eso me produce, pues… muchos nervios, a veces hasta siento como que me falta el aire.

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Rosemberg empezó a garabatear algo en su block de recetas. Por eso no te preocupes, te voy a recetar el ansiolítico de costumbre, para que en caso de que te sientas demasiado tenso te lo tomes; pero recuerda: sin abusar.

“Sin abusar”, repitió mecánicamente Ismael, como si estuviera en un proceso de trance. Así, minutos más tarde, el ex paciente Ismael, fue liberado y se le cambió la etiqueta de “interno peligroso con delirio esquizoide” a “individuo socialmente funcional, con neurosis moderada”. Mientras caminaba por la calle, entre las pocas pertenencias de su backpack, Ismael atesoraba dos cosas: una botella de vino tinto que compró en la primer tienda de abarrotes que se cruzó en su camino, y una caja que contenía ochenta pastillas de un tranquilizante menor, diseñado especialmente para aquellos que como él, sufrían crisis de pánico debido a los peligros e inseguridades de la vida en la gran ciudad. Al llegar a su departamento, advirtió que todo seguía exactamente tal y como lo había dejado la última vez, incluyendo la mesa volteada contra el piso y las sillas rotas, producto de su forcejeo con los vecinos y los enfermeros en el último pleito que tuvo lugar ahí, justo antes de que lo internaran. “Mamá siempre decía que el orden de un lugar refleja el estado mental del que vive ahí” pensaba Ismael mientras regresaba los muebles a la posición que generalmente les corresponde.

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Hecho lo anterior, se apresuró a sacar de su blíster cada una de las pastillas de clorhidrato de azepam, para luego empezar a machacarlas una por una, metódicamente, con la ayuda de un martillito metálico de juguete, y una servilleta de tela, hasta formar una pequeña montaña de polvo blanco, que luego se convirtió en polvillo, con la ayuda de una tarjeta de descuento de la farmacia de “Nuestra Señora de la Salud”. Luego, disolvió el polvo en unos cuantos centímetros cúbicos de alcohol etílico hasta obtener una solución homogénea. “Prístina como el cristal”, pensó Ismael al terminar de revolver la mezcla. Minutos después, regresó del descuidado cuarto de baño con una jeringa de vidrio, de esas que se desinfectaban en autoclaves antes de la llegada de las antisépticas jeringuillas de plástico desechable. Como en un ritual planeado mentalmente centenares de veces con anterioridad, absorbió el contenido en el interior de la jeringa, a la cual ya había colocado una larga y gruesa aguja de acero inoxidable. Ya cuando la jeringa estaba llena, Ismael miró burlonamente al cielo raso, y en actitud desafiante pensó en voz alta “¿Qué, piensas que me voy a inyectar en las venas el contenido de esta jeringa para morirme de una sobredosis? ¡Qué poco me conoces, Creador mío!” Acto seguido, sacó la botella de vino tinto que traía en la mochila y con mucha destreza, atravesó el corcho con la larga y resistente aguja, apretando el émbolo para que el líquido de la jeringa se disolviera con el contenido de la botella. “El padre Rentería es muy listo, y sólo así lograré el objetivo que me he propuesto” se dijo a sí mismo Ismael, mientras repetía la operación de llenado una y otra vez, hasta que el contenido de las ochenta pastillas estaba nadando libremente, de forma transparente e inadvertida, en la botella de vino. “Padre Rentería, ¿cómo está usted? Mire, acabo de salir del manicomio y le traje su vinito de consagrar”, le dijo Ismael al sacerdote al saludarlo en la entrada de la parroquia. “Los loqueros dicen que ya estoy curado, por la gracia de Dios”. “Por la gracia de Dios, hijo” - respondió el padre, abriéndole paso al interior de la Iglesia – “Pero ven, pasa y platícame más a fondo sobre tu curación”. Rentería sentía afecto por esa alma descarriada del Señor, pues había sido estudiante del seminario pocos meses antes de empezar a presentar los primeros síntomas de desintegración de la personalidad; al principio, esos pequeños comentarios que Ismael hacía en la cena, acerca de ciertos mensajes que la Virgen al parecer le había transmitido en sueños. “Todo es producto de su extrema devoción, con el tiempo se calmará”, pensó el padre Rentería; pero luego vinieron los mensajes a plena luz del día, mientras estaban en oración silenciosa, y era entonces cuando Ismael se ponía frenético y se desesperaba porque nadie más que él escuchaba los supuestos mensajes; fue así como todos empezaron a darse cuenta de que el hermano Ismael padecía de sus facultades mentales. “Es una pena, siendo tan joven”, reflexionó Rentería, justo antes de llamar a los servicios de emergencia del Hospital de Sanidad Mental; pues la gota que derramó el Página 2 de 4

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vaso fue el hecho de que Ismael intentara provocarse los estigmas de la Crucifixión clavándose en la palma de una mano el medidor de temperatura de la carne. Ismael veía con suma devoción como el padre Rentería se servía del vino mientras conversaban. “Yo no puedo ingerir alcohol padre, estoy bajo medicación”, dijo Ismael a modo de pretexto para no beber el contenido de la botella. “A tu renovada salud mental, hijo”, dijo el padre mientras bebía del preparado ante la mirada vidriosa y llena de ansiedad de Ismael. Momentos después, el padre Rentería estaba en el suelo, como dormido, borracho en exceso tal vez. Entonces Ismael se le acercó al oído y le susurró el verdadero motivo de su visita: “Padre, de entre todos los curas que he conocido, usted es el de alma más pura, el de sentimientos más nobles, y por eso he decidido convertirlo en ángel, ya que en el hospital me han quitado la fe que tenía en mis apariciones; y por eso he decidido fabricarme mi propio ángel de la guarda, cuerpo suyo mediante… Usted siempre supo que, siendo huérfano de padre carnal, la necesidad de ser protegido por alguien superior era imperante en mi ser… una necesidad que laceraba mi alma rogaba e imploraba por un protector en este mundo lleno de gente vil y superficial”. De esa manera, Ismael estaba convencido de que se acababa de fabricar su propio Ángel de la Guarda, pues algo en su interior le decía que desde el más alto de los círculos del Paraíso, el padre Rentería le perdonaría su asesino pecado y “desde allá arriba” lo protegería de las vicisitudes malignas de este mundo terrenal. Con la seguridad de quien se siente ataviado con una coraza indestructible, Ismael empezó a recoger las evidencias del crimen para salir al mundo exterior, listo para enfrentar cualesquiera retos que se le presentaran, pues él se había creado su propio y personal Ángel Guardián. Sin embargo, justo cuando Ismael estaba por emprender la silenciosa huida, la nudosa mano del padre Rentería le tomó por los tobillos y le hizo trastabillar, cayendo estrepitosa e inesperadamente al suelo. “Hijo mío, hay algo que debo confesarte” – Ismael, alarmado, volteó a mirar al padre, quien con cara de adormilado empezaba a recuperar fuerzas. – “Yo también dependo de los tranquilizantes, como tú, por eso todavía estoy consciente… lo que para un hombre promedio de mi talla y peso serviría para dejarlo inconsciente y ahogado en su propio vómito, para mí, es sólo como una pequeña siesta vespertina”. Ismael quedó petrificado y aterrorizado, pues como si de entre los muertos se levantara, ante sus ojos el padre Rentería se erguía, no sin cierta dificultad, mirándolo fijamente. “¿Sabías que la ansiedad de rezarle al Señor y no escuchar sus respuestas a nuestras plegarias te puede conducir a una angustia insoportable y enfermiza?, por eso me volví adicto a los narcóticos, para poder soportar Su Silencio ante nuestras tontas plegarias; he llegado a la conclusión de que Él está demasiado ocupado vigilando que se cumplan las leyes físicas del universo como para atender todas y cada una de nuestras egoístas y deleznables peticiones personales”. El sacerdote hizo una pausa para tomar Página 3 de 4

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aliento y agregó: “Por otro lado, el doctor Rosemberg y yo hemos estado en constante comunicación, intercambiando impresiones sobre la evolución de tu estado; y él fue quien me puso en alerta sobre esta posible visita tuya al salir del instituto”. Ismael, sin poder articular palabra, veía con odio y rencor al sacerdote, que tan arteramente se había prestado a tan sucia y vil trampa. Rentería le señaló hacia el pórtico. - ¿Ves? Ahí están los hombres de blanco, con una camisa de fuerza, dispuestos a llevarte de nuevo a donde perteneces. En un instante de angustia total, Ismael volteó hacia donde el cura le indicaba, pero no había nadie en el pórtico. Fue en ese momento cuando sintió en su cabeza el impacto de algo que parecía ser un cáliz de bronce y entonces todo se volvió oscuridad en derredor.

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