PASABA POR AQUÍ Había dejado atrás mi casa, un pequeño planeta llamado Plutón , al que todos daban ya por

muerto, aunque en realidad nos habíamos independizado del resto del sistema solar por problemas de abastecimiento energético. Problemas de vivir en la periferia. Prosigamos con mi viaje; después de haber recorrido casi la totalidad de todos los planetas vecinos y haber descubierto en ellos multitud de formas de vida y comportamiento meramente racional, me invadió la curiosidad de aterrizar en un planeta mitad verde y azul mitad gris y negro cuyo cartel anunciaba mi antepenúltima parada: La Tierra. Como había procurado en mis anteriores exploraciones busco una zona con buen tiempo, sol, playas; lujos de los que carezco en mi Plutón natal. Con todas estas coordenadas dirijo mi nave hasta la zona de el Caribe, pero con la mala suerte de encontrarme con no se qué especie de aire atormentado que me lleva a parar a una ciudad con más grúas que árboles llamada Zaragoza. Para pasar inadvertido ante el resto de los seres que allí habitan decidí adoptar su forma. En primer lugar decido acoger el perfil de esas personas que tienen que llevar esos coches rojos donde se sube tanta gente, ahí estaba de conductor de aquel enorme carro. La gente sube y sin saludarme se dispone a sentarse en cada uno de los asientos acolchados que hay a los lados, la gente que pocas veces se mira y apenas entabla conversación. Observando estos aspectos no veo a otro de estos grandes vehículos y tengo un pequeño choque que me hace replantear mi trabajo y decido adoptar otro aspecto. Pasan los días y me llama la atención una de esas personas que se ayudan de un palo para andar, esas a las que el resto llama jubilados, y como el resto de los jubilados me dedico a la actividad favorita de los jubilados, me voy a todas las obras de la ciudad y me pongo en medio a ver lo que se hace allí. Después de pasarme toda la mañana mirando el trabajo de los operarios me dirijo a comer porque aquí se come a estas horas, cuando uno ya no puede aguantar más del hambre que tiene. De camino a un restaurante para saciarme soy víctima de una ciudad levantada por las obras, cada cinco metros caigo en un hueco: el de la compañía de aguas, el de la compañía eléctrica, el de la compañía de teléfonos así hasta no poder llegar a comer porque en todos los restaurantes habían cerrado las cocinas; porque aquí los horarios no están para saltárselos. La gente es maniática con esto de los horarios. Tras unos días muy ajetreados como persona con bastón decido dejarlo para experimentar otros mundos dentro de este planeta. Llega a mis oídos que como mejor se vive aquí es como un general, y allá que me voy: a ser general. Cerca de Zaragoza se sitúa la Academia General Militar y al mando de la misma me instalé yo. Pero en estos tiempos que corren la vida de un general es un tanto aburrida, eso sí no se trabaja mucho y la comida que me faltó días atrás en este caso no escaseaba. Pero necesitaba de algo más excitante.

Para satisfacer esas necesidades suscitadas de mayor frenesí, decido apuntarme a un cásting de un programa de televisión para futuros cantantes, toda la gente que había allí se encontraba con un nerviosismo increíble, yo estaba bien tranquilo porque allí en Plutón era una figura de la canción. El problema vino cuando me pidieron que cantara en castellano y para ello no me había preparado. Como la primera impresión en este mundo es lo que cuenta, me echaron fuera, no saben lo que se perdían. Aunque lo que peor llevo de vivir en este mundo es el excesivo número de señales que existen, muchas de ellas contradictorias. La palma se la llevan esos palos con tres luces donde nunca sabes cuando es el momento idóneo para cruzar; observando a estos seres que aquí habitan, se ve que en cualquiera de los tres colores que adopta el palo puede uno decidirse a cruzar, aunque el menos indicado debe ser el rojo ya que de los seis atropellos que he sufrido en mi estancia cinco de ellos han sido en este color. Y no hablar ya cuando unos seres vestidos de azul y con un pito en la mano se dedican a contradecir lo que muestran las señales. Aún no me explico como no hay más accidentes. Recuperado de todos los golpes recibidos y curado del peligro que suponía cruzar una calle con los palos en luz roja, me intrigó un lugar por donde había pasado en anteriores ocasiones en el que debían caber miles de personas que no callaban durante mucho tiempo. Más tarde averigüé que allí se jugaba a un deporte llamado fútbol. Así fue, adopté la figura de un hincha del equipo local y me senté a presenciar el partido; no habían pasado ni dos minutos cuando por no se qué decisión de un señor que iba vestido de manera diferente al resto, todo el mundo empezó a gritar y a decir no se qué de la madre del señor ese, cómo se le ocurre jugar él sólo contra todo el mundo y encima sin tocar la pelota. Algo malo tenía que haber pitado para que la gente se pusiera así, una señora que estaba a mi lado dijo algo así como penalti y gol de los otros. Menos mal que luego el equipo de casa metió dos de esos goles y la gente se puso loca de contenta. Se acercaba el momento de despedirme de este curioso planeta, rico en toda forma variopinta y contradictorio hasta en las cuestiones más simples. La visita había dejado secuelas en mí que nunca había imaginado, espero que cuando mi mundo llegue hasta este 2008; porque deben estar cerca de este año, se oye por todos los sitios; haya adoptado una forma de vida más ordenada y racional. Mi viaje estaba cerca de su fin: sólo quedaban Venus y Mercurio que visitar, así completaba la vuelta a un sistema solar al que dejemos de pertenecer por cuestiones energéticas. Por cierto aquí pronto se independizarán, porque algo tengo oído, debe estar pasando algo con la energía, puede que dentro de poco esta Tierra se vea abastecida por no se qué astro llamado Eon.

ENRIQUE QUÍLEZ SORIANO 2º PERIODISMO GRUPO A UNIVERSIDAD SAN JORGE